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sábado, 8 de febrero de 2025

Demasiado


(versión en vídeo con subtítulos)



 Demasiado ruido afuera,

pantallas que no descansan,

noticias que nos amansan

y dejan la vida en espera.

Adentro hay también quimera,

pensamientos que no paran,

voces que nos desamparan

y nos roban siempre el centro.

Seguro que muy adentro

habrá fuerzas que reparan.


Demasiada luz disfraza

poses falsas en la red.

La sonrisa es un ballet,

glamour “fake” que te atenaza.

Lo artificial es la baza.

En inteligencia también.

Cartón-piedra del desdén.

Un espejo sin retorno.

Cada filtro es un adorno,

cada "selfie", un "queda-bien".


Demasiados cuerpos vagan.

Dios es polvo en un altar.

"Body-building" del sin pensar.

Adicciones que te apagan.

¿Y el espíritu y su flama,

lo que llena alma y ser?

El tener sin comprender,

crea un vacío violento.

¿Será este cuerpo un lamento

o un producto por vender?



Demasiada prisa, vida:

si al final todos llegamos.

Tanto tiempo que buscamos,

y mientras, la calma perdida.

Mejor una vida vivida

con el gozo de existir.

La prisa nos hace salir

de una existencia más plena.

¿Será la muerte serena

o un renacer por venir?


Demasiada pugna estalla,

la vida ya no es sencilla.

Nos separan en orillas

y el rencor todo lo calla.

Los extremos se desatan

la lucha es en cada rincón.

¿Cuál es el bien, cuál la traición?

Aclarémoslo en batalla.

Yo aquí, tú tras tu muralla.

Y todos en una prisión.


Demasiada falsa verdad,

mucho loco en el poder,

narrativa para vencer,

que sólo es vana realidad.

Nos vacían de humanidad,

con futuros que no son nuestros,

pandemias, cambios de textos,

la ciudad se vuelve prisión.

Si no cumples: hay expulsión.

Control con muchos pretextos.



Pensar de más siempre embota,

demasiado hacer nos ciega,

la mente en su caos se niega:

a ver del alma qué brota.

Activismo del que agota:

corriendo sin saber por qué.

¿Dónde dejaremos la fe?

El silencio es lo que calma.

Meditar te abre el alma.

¡Deja de vivir al revés!


Demasiado miedo en mente,

demasiado en cada lugar,

al qué dirán, a respirar,

a existir estando ausente.

Libertad inexistente,

con relato inventado:

virus y muerte al costado,

el temor de quedar fuera.

Miedos creando barrera

frente a aquel  mundo soñado.


Demasiadas soledades

entre tantas multitudes,

irónicas magnitudes

hay en tantas realidades.

Ligues sin identidades,

de “me gusta” sin corazón,

pulsando clicks sin ilusión,

conexión de usar y tirar,

que no tarda en escapar,

y que suscita compasión.


Demasiado nos es dado.

“Demasiado” para sentir.

Hay que huir de ese vivir,

y volver a lo olvidado.

Dejemos el “yo” a un lado.

Menos prisa, más consuelo.

Menos miedo, más el cielo.

Menos odio, más amarse.

Menos control, más sanarse.

“Menos” es más: eso anhelo.


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sábado, 9 de septiembre de 2023

Regresos

Hace mucho que decidimos dejar de actuar como si la vida fuera un ensayo. A fin de cuentas, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años. Dicen que los cuarenta son la vejez de la juventud. Y que los cincuenta (en que algunos andamos ya) son la juventud de la vejez. Por eso toca vivir cada día como si fuera el último. Vivir el presente con intensidad, ese es el gran objetivo. Y cada vez evitamos más lo que nos distraiga de ello, incluidos los deberes autoimpuestos, como la regularidad en compartir nuestras reflexiones y posts. Disculpad por ello.

ebpilgrim en Pixabay
Desde mayo, esa vida ha sido ciertamente intensa en casa. Eva superó con éxito tanto el Bachillerato Internacional como el Bachillerato LOMCE, y tras la Selectividad, ha podido acceder a su primera opción para la Universidad: Ingeniería de Telecomunicaciones. Samuel sigue "flipando" en Física, y en unos días se va de Erasmus a Italia para este curso, trabajando en paralelo en la oferta que ha recibido para cursar el máster en EEUU el curso siguiente. Y Pablo compagina en Oklahoma su último curso de grado con el máster, anda con la tesis tras iniciarse en tareas de investigación, y durante este verano ha estado trabajando cerca de Dallas para Ericsson, con los que ha extendido las prácticas hasta mayo, con la intención de incorporarse a su plantilla después, ojalá que en Estocolmo (que es lo que Pablo desea para estar allí con Estela, tras estos años de noviazgo en la distancia).

En definitiva, se acabó la etapa escolar y de bachillerato en esta familia. Y sin añoranzas ni "nidos vacíos". Cada cosa tiene su tiempo. Y el actual de nuestros tres "churumbeles" es apasionante. Samuel y Pablo están actualmente colaborando en asuntos relacionados con computación cuántica e inteligencia artificial, justo en el "ojo del huracán" de estos tiempos "locos" que vivimos. Ver su complementariedad y cómo se apoyan y ayudan, nos llena de orgullo. Y Eva empieza a volar ya en la Universidad, habiendo superado las pruebas más difíciles en estos dos años.

Grey85 en Pixabay
Eso en el ámbito académico y profesional. Y por mucho que nos alegren sus respectivos logros en él, ese ámbito no es, ni de lejos, el más importante. Lo más importante es observar cómo estos tres seres, que quizás un día decidieron venir a esta familia para que les acompañásemos por el camino de la vida, han empezado a desplegar con fuerza sus alas y sus respectivos dones y talentos, que es a lo que quizás vinieron. Han entendido con apenas 20 años de qué va la vida y este mundo, cosa que, quizás nosotros no entendimos hasta los 40. Y están trabajándose interiormente para lidiar con lo que probablemente vendrá, que no será "moco de pavo". Atrás quedaron las pugnas y alejamientos de los padres para reafirmar su personalidad, habituales en la adolescencia. Ahora viven el regreso a la familia, el regreso a los principios y valores que nos unen, y el disfrute pleno del tiempo que compartimos (ya contaremos detalles de la magia vivida este verano).

No es el único regreso. Con mucha pena, falleció en Francia la bisabuela de la familia a los 102 años. Y en lo cotidiano, estamos ya en septiembre. La operación regreso de vacaciones ya finalizó. El regreso a las aulas y a las oficinas es inminente o ya se ha producido. Y hay muchos indicios que indican también el regreso a la manipulación informativa y a la paranoia de mascarillas, confinamientos e inoculaciones, lo que pondrá a prueba nuestro dominio del miedo y si hemos aprendido algo de todo lo sucedido en los tres últimos años.

Es tiempo de regresos. Pero quizás el mayor regreso al que estamos llamados es el regreso a nuestra esencia como seres humanos. El regreso a los principios inmutables y universales que nos conectan con todo lo divino que nos rodea. El regreso a ejercer de verdad nuestro libre albedrío y nuestra esencia como seres libres, sin chantajes ni miedos interesados desde los medios de comunicación, las redes sociales, las corporaciones o las instituciones públicas. El regreso a nuestra mente abstracta, que nos conecta con el "yo imperecedero". El regreso a lo que somos, y no al "rebaño" o al infra-humano en que parecen querer convertirnos. ¿Regresamos a ello?


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sábado, 26 de noviembre de 2022

Hay un elefante en la habitación

¿Te ha pasado alguna vez que has entrado en una habitación y te has topado de bruces con un gigantesco elefante que te miraba a los ojos, mientras la gente paseaba a su alrededor como si nada? A nosotros, continuamente. Cada vez más. Y es una sensación desconcertante. Porque no sabes si mirar para otro lado y ponerte a silbar tú también como si nada, o si tratar de hacer ver a los demás que allí hay un paquidermo inmenso, aunque haya pasado desapercibido. Pero, ¿y si resulta que se han dado cuenta, y simplemente lo ignoran? ¿Y si prefieren hacer como si no existiera, por alguna extraña razón que se nos escapa?

Hay temas que es mejor no tratar. Sobre todo en los tiempos que corren. Son como ese proboscidio de trompa gigante, que no cuadra en medio del salón, pero al que ignoramos con obstinación. Quizás porque antes que él, ya pasaron unos cuantos gatos a los que no les quisimos poner el cascabel. Y entonces, para qué molestarse.

gkhaus en Pixabay

Cuando mi madre enfermó y los augurios de todos los médicos eran tan negros, el elefante en la habitación era enorme. Se llamaba "muerte". Y es un elefante gigantesco que nadie quiere ni mentar aquí en Occidente, vaya que se presente antes de tiempo. Cuando es absurdo. Está allí. Delante de nosotros. Contemplándonos. Como siempre desde que nacimos y entramos en esta enorme habitación que es la vida. ¿O acaso se nos había olvidado que si vives morirás? ¿Que todos pasaremos por ahí? ¿Y que no estaría de más hablar de ese elefante para vivir ese trago con más normalidad, como una fase más de la vida, con menos sufrimiento e incertidumbre? Porque no somos adivinos. Y quien se queda, debe lidiar con lo que deja el que se va, incluido su propio cuerpo y sus posesiones. Menudo "regalo" es a veces todo eso, entre "seres queridos", generando trifulcas bienintencionadas (o no) entre quienes se quedan. Simplemente por no haber querido hablar a tiempo del dichoso elefante.

También hay elefantes casi transparentes o incluso invisibles en los dormitorios de muchas parejas y matrimonios. Elefantes de incomprensión, de malentendidos, de apoltronamiento, de aburrimiento, de desidia. Y prefieren mirar para otro lado y guardar silencio sobre ellos, por miedo a lo que diga el otro, o a descubrir que se han convertido, quizás, en desconocidos. Hasta que resulta demasiado tarde ya.

No sólo hay elefantes privados en los salones de nuestras casas particulares. Los hay también enormes en las enormes salas de la vida pública. Y lo peor es que no hablar de esos paquidermos se convierte en dogma, siendo señalado y vilipendiado aquel que osa hablar del susodicho bicho. Así, si se te ocurre decir que hay un problema con la inmigración, aunque sólo sea por cuestiones socio-económicas, porque eres testigo de ello en el colegio de tus hijos, o porque lo has visto en los choques entre bandas de tu barrio, puede que te digan que eres de esta ideología o de la otra. Pero ¡oiga! Que yo sólo estoy contando que estoy viendo ese elefante, dice, por ejemplo, Juan Soto Ivars. Pues no. Ese elefante no existe. Y si lo mencionas, dicen que estarás blanqueando a la ultraderecha o al fascismo. Cuando precisamente es todo lo contrario: si no hablamos con normalidad del problema que ese elefante de la inmigración representa, como si la convivencia entre culturas fuese idílica, lo que hacemos es dar toda la cancha para que luego lleguen los oportunistas, populistas e "istas" de todo pelaje y condición a señalar el problema, y con él la solución, por muy absurda y loca que sea. Pero como han sido los únicos que se han atrevido a sacar el tema, a riesgo de ser insultados por ello, mucha gente, que también veía y se callaba el problema, se sentirá identificada y "comprarán" la absurda solución que apunten, porque es la única sobre la mesa. Cuando lo que deberíamos estar haciendo es hablar del elefante sin complejos, y discutir sobre las muchas soluciones que podrían plantearse, en lugar de dejar que la única solución parezca ser la de los únicos que se han atrevido a hablar del elefante.

También hay elefantes enormes en la búsqueda de la verdad en nuestro sistema de convivencia. Un sistema en el que los medios de comunicación y las plataformas de las redes sociales están en manos de unos pocos. Polarizando opiniones a su antojo. Dividiendo para vencer. Ocultando o manipulando la verdad por intereses espurios. Hasta que, de repente, y casi por casualidad, un "outsider", David Jiménez, un simple reportero de guerra, es elegido para sorpresa de todos, nada más y nada menos que Director del periódico El Mundo. Y le toca vivir en primera persona lo que el resto de los mortales a pie de calle intuimos: privilegios, presiones, tergiversación de la verdad, manipulación de millones de personas por parte de unos pocos, mercadeo para conseguir el dinero de la publicidad...Su idealismo y lo que había vivido en tantos conflictos por todo el mundo le llevan a intentar defender lo indefendible hoy: la verdad y la independencia. A describir ese elefante. Pero contrastando su visión con los propios lectores del periódico en los kioscos, se da cuenta, consternado, que no quieren que les cuenten lo que "los suyos" hacen mal, sino sólo lo que hacen mal "los otros". Vamos, que no les venga con historias de elefantes, y que les cuente sólo lo que reafirme las creencias e ideologías que ya tenían. ¿Cómo contar la verdad con independencia si tus lectores no van a comprar tu periódico si lo haces? Menudos dilemas traen estos elefantes. Y a menuda encrucijada de polarización y división nos aboca esto, si hemos decidido no escuchar al otro, y sólo recibir el trocito de verdad (o de mentira) que nos enfrenta más a los que no opinan igual. David acabó siendo no sólo expulsado del periódico, sino condenado al ostracismo por todo su gremio. Hasta que su tenacidad le llevaron a defender su libertad de expresión primero, a hablar después del elefante sin tapujos en un libro que ha resultado ser un super-ventas, y a preparar incluso ahora una serie de televiisón sobre su experiencia.

Esta semana también va de estos elefantes. Ha habido otro inconformista, que si no ha sido despedido ya de su programa de Radio Nacional de España, poco le quedará. Se trata de Aarón García Peña, director del programa "Poesía exterior". Hace unos días explicaba el poema "Los cobardes" de Miguel Hernández, enumerando los acontecimientos sucedidos en la pandemia, carentes de sentido, de lógica, de justicia y hasta de moral. Y cómo, a pesar de todo ello, "tú, poeta, permaneciste callado". Fue un valiente alegato sobre otro gran elefante de estos tiempos, sobre el que millones de personas prefieren no hablar. El programa ha sido ya censurado de la web, aunque como lo imaginábamos, lo descargamos y lo puedes oír aquí. Y pone de manifiesto el proceso que muchos están viviendo. Algunos se nos han acercado en los últimos meses, atreviéndose a mencionar tímidamente ese elefante:

"¿Sabes que creo que lo de los trombos de mis piernas, al final ha sido por la vacuna?"

"¿Te puedes creer que parece que lo del corazón y el marcapasos, puede haber sido por la vacuna?"

"Me da la sensación que en la reactivación de mi cáncer ha tenido mucho que ver la vacuna, ¿sabes?"

"¿Sabes que parece que se está confirmando que lo de mi regla sin parar durante un mes puede deberse a la vacuna?"

Son demasiados elefantes silenciados en nuestras vidas. No poder hablar de ciertos asuntos por miedo a ser etiquetado de esto o lo otro. Sobre Ucrania y la concurrencia de culpas. Sobre los feminismos que nos rodean y que se enfrentan. Sobre la crisis climática. Sobre el "Black Lives Matter"...Tantos elefantes ignorados y suplantados por verdades oficiales, sea de gobiernos o de medios de comunicación. Y millones de personas tragando, tragando, tragando...Y los elefantes dando vueltas en la sala, mientras tanto.

En casa se han acabado los elefantes invisibles. Estamos ya hartos. Los más hartos: nuestros propios hijos. Y eso nos ha llevado a romper con las ideologías. A dejar de votar a quienes votamos, o quizás no votar a ninguno, ya veremos. A dejar de leer los periódicos que leíamos, a escuchar las emisoras que escuchábamos o a ver las cadenas de televisión que veíamos. Nada de apoyar o silenciar algo porque lo diga "fulanito o menganito". Porque algunos se creen muy progresistas, hasta que se les ve el plumero imponiendo sus verdades o acallando las de los demás, cual dictadores. Nuestra realidad la construimos nosotros. No un "tipejo" o una "tipeja" desde un atril, un micrófono, un púlpito, un sillón ministerial o el boletín oficial del estado. En casa, no hay elefante pequeño al que no examinemos de arriba abajo, cada vez que se nos cruza, sea donde sea. Y eso inmuniza contra la manipulación. Y también contra el miedo.

Visto lo visto, Mey y yo quisimos tener una reunión familiar "monotemática" sobre uno de esos elefantes de los que sólo se habla al borde del precipicio. Cuando hay poco que decidir ya, y mucho cansancio y preocupación acumulados. Que quisiéramos hablar "largo y tendido" con ellos sobre nuestra vejez, sobre nuestros planes para entonces, y sobre nuestra muerte, cuando aún estamos muy sanos, les sorprendió al principio. Pero nuestra insistencia les hizo ver que podría ser importante. Y lo hicimos paseando por los túneles de La Cala un tranquilo día del pasado mes de agosto, Finalmente fue una de las conversaciones más bellas que hemos tenido con nuestros hijos. Porque no se trataba sólo de hablar de posesiones, de testamento, y de logística. Sino de filosofía de vida. De pasión por aprovechar hasta el último aliento, y de que supieran de nuestra propia boca (y ya, incluso, por escrito) todos los detalles de cómo queríamos que fueran nuestros últimos días. Ver que no temíamos a la muerte les tranquilizó mucho. Porque si no temes morir, aunque sea mañana, es porque tu vida ha sido y es plena, y no te angustia tener cosas pendientes por vivir antes de ese momento. Y saber cómo nos gustaría que actuasen ellos entonces, les tranquilizó aún más. Incluso nos reímos "a pierna suelta" cuando descubrimos que los tres habían hablado ya de su mayor preocupación para esos momentos. Temían que con lo "hippies" que somos, nos diera por irnos de viaje con ochenta o noventa años a Nepal, y algún accidente allí nos dejara impedidos para volver. Nos encantó comprobar que nos imaginen con tanta energía y ganas de "comernos el mundo" a esas edades. Y nos fascinó la complicidad que tenemos con ellos ahora. Y cómo una charla sincera puede disipar hasta los miedos más asentados en nuestro subconsciente, siempre que estemos dispuestos a abrir los ojos ante el elefante que toque.

Vivimos tiempos de elefantes tan grandes que no caben en la sala y apenas nos dejan sitio en ella. Hablar de esos elefantes es muy sano. Si quieres probar a mirarlos a los ojos, puedes empezar por algunos de los enlaces de este mismo post. No hacen daño, de verdad. A fin de cuentas son tan dóciles como nuestros miedos les quieran dejar ser. Pero si los ignoras, y les das la espalda, quizás algún día te pueden pillar desprevenido y aplastarte en tu sofá cuando estés adormilado en la siesta. Depende sólo de ti el que proliferen. Por eso no conviene perderles el ojo.



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domingo, 24 de enero de 2021

Érase una vez una pandemia (5ª parte): La que está cayendo...o no

Cuando mi padre murió, yo tenía cuatro años y mi hermano sólo dos. Tuvo problemas de corazón. Le tuvieron que operar y en la operación se contagió con una hepatitis que sería la que se lo llevaría finalmente. Por eso siempre odié profundamente el 19 de marzo, el "Día del Padre". Cada año, desde 1º de EGB, era el mismo ritual: el dibujito o la manualidad para papá. Pero yo lo hacía para mamá. Y ello me obligaba cada año a responder sobre los detalles de su muerte al "profe" de turno y a mis compañeros. Siempre era la misma cantinela: caras de sorpresa y preguntas de pena. Todo aquello me hacía sentirme un "bicho raro" por no tener padre. Pero su muerte ya formaba parte de mi vida.

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Mi madre tuvo una enorme virtud. Quiso que esa muerte no hipotecase nuestras vidas. Quedarte viuda con treinta y pocos años, y con dos enanos tan pequeños, sin duda, no fue fácil. Pero ella se propuso no llevar luto, sino colores alegres. No dejó de viajar con nosotros, de reír y de abrirnos todas las puertas que pudo y supo. Y gracias a ella, la muerte estuvo ahí, pero no condicionó nuestras vidas.

Ella murió también, hace ahora ocho años. Se la llevó un cóctel de enfermedades. La fibrosis pulmonar idiopática poquito a poco. Pero luego el cáncer también. Y quién sabe si los efectos secundarios de tantísimas pastillas que tomó durante aquellos largos años en que se fue apagando. Años en que lloré muchas veces, pero que me prepararon para lo que vino cuando ella se fue. Años en que tuvimos que convivir con su enfermedad, y luego con su muerte, sin que lastrase la alegría de vivir de nuestros hijos, sus nietos.

Mis abuelos también se fueron hace mucho. Alguno por una gripe estacional, de esas que dicen que ha desaparecido ahora. En el entierro de mi abuelo paterno descubrí que algo tenía que trabajarme por dentro. No fue normal cómo lloré. Mis primos estaban sorprendidos. Las cicatrices por las ausencias a veces tienen eso.

Si en cada telediario, en cada periódico, o en cada emisora de radio hubieran retransmitido cada minuto de las enfermedades de mis padres, o cuando se marcharon, o los momentos de íntima pena que viví después, hubiera parecido que la vida era sólo eso: enfermedad, dolor, pena y ausencia. Y sería igual si preguntamos a amigos nuestros que trabajan día a día en Urgencias y han tenido que presenciar muertes de Covid cargadas de pena y soledad durante todos estos meses. Pero los que nos leéis desde hace años ya sabéis que, al menos en esta familia, no es así. Hemos decidido que ni la muerte ni la enfermedad nos van a supeditar, por mucho que hayan pasado por nuestras vidas a través de los seres que las padecieron. Sin embargo con esta pandemia se está haciendo precisamente todo lo contrario. La enfermedad está eclipsando nuestras vidas. Se está dejando de vivir para no enfermar. El miedo está atenazando a la Humanidad. Sólo existe Covid. 

Por supuesto ni somos ni podemos ser negacionistas. Y creemos que el peor negacionismo es el de los que se encierran radicalmente y se niegan a vivir por miedo. La Covid-19 existe. Quizás en diversas variantes y con cuadros clínicos radicalmente distintos, que es lo que conviene atender. Pero existe. Que se lo digan a alguna buena amiga que lo ha pasado hace meses y sigue arrastrando secuelas. Y existe como existen las enfermedades y las dolencias cardiovasculares o la hepatitis que se llevaron a mi padre, la fibrosis que se llevó a mi madre, o la gripe estacional que se llevó a mi abuelo. No sé si estamos ante un virus o ante un síndrome, si se ha aislado o secuenciado, o si es natural o creado en laboratorio. La verdad es que a estas alturas "me importa un pimiento". Lo que sé es que hay gente que lo está pasando muy mal. Gente que está sufriendo y muriendo por ese virus, y que merece respeto y consideración. Pero exactamente el mismo respeto y consideración que los enfermos y fallecidos por otras afecciones cuyos procesos, por desgracia, muchos hemos sufrido muy cerca. Y el mismo que el resto de seres humanos, que están sufriendo problemas mentales, suicidios, privaciones en sus derechos y graves problemas económicos por una toma de decisiones totalmente injustificada, viendo las cifras.

Como dice el Dr. Benito, si estuviéramos todo el día mirando con un microscopio binocular un cultivo de paramecios, y nos entretuviésemos en sus minúsculas formas, sus batallas o sus procesos, pensaríamos que esa es la única realidad que existe, por muy llamativa que sea, olvidando que si levantamos la vista del microscopio, hay vida alrededor. Por eso no entiendo lo que está pasando. No entiendo esa frase en boca de todos sobre "la que está cayendo". Estará "cayendo en el Telediario o en algunas Urgencias, pero ¿de verdad también en todas y cada una de nuestras vidas y nuestras cabezas? Porque el miedo es tan peligroso como el bulo, y se acaban extendiendo noticias, como la que corrió como la pólvora esta semana por nuestra zona, alertando de que había tantos contagiados, que el hospital comarcal estaba creando un hospital de campaña en su zona de aparcamientos, cuando la realidad era que se está habilitando una cafetería en los exteriores del edificio. O se acaban haciendo interpretaciones como la de nuestra felicitación navideña, imitando a John Lennon y Yoko Ono, con los mejores deseos de que este virus se acabe, que ha sido vista por algunos como un alegato negacionista por las caras serias que mostrábamos en la imitación.

Somos afirmacionistas. Profundamente afirmacionistas:

-Afirmamos que nunca jamás debe dejarse de vivir porque haya personas que enfermen o mueran.

-Afirmamos que no debe dejarse en la estacada, como está sucediendo, a personas con enfermedades "de toda la vida", en una intolerable discriminación entre enfermedades "de primera y de segunda", como han alertado esta semana con los diagnósticos del cáncer de mama, colon y cervix (ver estadísticas del INE más reciente donde las enfermedades del sistema circulatorio siguen siendo la primera causa de muerte, con el 23% del total, y sin embargo, parecen no existir)

-Afirmamos que es completamente innecesario que, con unas tasas de mortalidad del 1% por Covid, se esté impulsando una vacunación masiva de toda la Humanidad, y a contrarreloj, cuando el nuevo sistema de ARN mensajero está a años de estar testado y ser seguro a largo plazo. ¿De verdad es necesario y tiene sentido poner en riesgo, por pura precipitación, al 99% restante de la población que, o va a estar inmunizada tras pasar la enfermedad o apenas tiene o tendrá síntomas? ¿Se nos ha olvidado cuando de pequeños alguien se contagiaba de sarampión o la varicela, y lo ponían junto a primos, vecinos o hermanos para que lo cogieran y se inmunizaran?

-Afirmamos que es inaceptable e intolerable que se tache de irresponsables a los que no tenemos miedo, o de insolidarios a los que NO queremos vacunarnos hasta que la vacuna esté completamente testada y sea de verdad necesaria. La libertad es lo opuesto al miedo, y con libertad y sin miedo es cuando realmente puedes actuar con verdadera responsabilidad. Observamos a nuestro alrededor, y las personas que conocemos con menos miedo en esta pandemia, son las que perciben que han vivido con intensidad y sentido, que su vida es plena, y afrontan lo que les quede por delante como un verdadero regalo. Y al contrario, observamos mucho miedo en muchas personas que esperan que la vida les dé una prórroga o una segunda oportunidad, pero no acaban de tomar las riendas o las decisiones que den sentido de verdad a esas vidas. Quizá ésa sea la verdadera llamada de esta pandemia.

-Afirmamos que la crispación, el miedo y la histeria que todos estamos presenciando en familiares y amigos, como síntomas del deterioro mental colectivo que se está causando, vienen impulsados por las radicales medidas de aislamiento social, y por un respaldo mediático como nunca ha existido en la historia a una enfermedad concreta. Y que ese deterioro mental y el económico causados por decisiones inapropiadas, repetitivas y encadenadas de país en país, es mucho más grave que la enfermedad que teóricamente se quiere combatir. ¿Cómo se nos puede olvidar que nuestros abuelos y bisabuelos vivieron, se casaron, rieron y "tiraron para adelante" en medio de guerras, miserias y todo tipo de calamidades?

-Afirmamos que el principal aprendizaje de esta pandemia es que la vida, aunque haya muerte y enfermedad, debe ser vivida con intensidad. El miedo y la reclusión anulan el sentido de la vida que muchos dicen tratar de preservar.

He experimentado la muerte y la enfermedad en mi familia desde mi más tierna infancia. Y afirmo con rotundidad, que ni pueden ni deben lastrarnos como lo están haciendo en estos momentos. Al menos así está sucediendo con buena parte de la Humanidad, en este mundo actual, que parece haberse vuelto loco. Impulsemos un poco de cordura. De nosotros depende dejarnos arrastrar o no. Apliquemos un poco de sentido común, que parece ser poco común en estos tiempos que corren. (CONTINUARÁ)

sábado, 4 de julio de 2020

Érase una vez una pandemia (2ª parte): Historias de miedo

A la cuarta fue la vencida. Tres vuelos suspendidos después, y tras cuatro meses y cinco días en casa, Jacopo pudo regresar a Milán este martes. Y con él nuestro último refugiado del coronavirus. No puedo ni imaginar las ganas que tendrían de abrazarlo sus padres. Y tras todo este tiempo, si hay algo de lo que nos sentimos satisfechos, es de haber preservado un ambiente de optimismo, de ilusión y de ganas de cambiar el mundo entre los que hemos compartido estas cuatro paredes. Nada que ver, por desgracia, con lo que nos hemos encontrado al ir regresando poco a poco a esa normalidad anormal que nos hemos auto-impuesto.
Nandhu Kumar en Pixabay
Probablemente haya tantas versiones de lo que está ocurriendo como habitantes en este planeta. Casi ocho mil millones de relatos distintos. Y es curioso, porque aunque no sé si se trata de un cuento o de una pesadilla, todos estamos viviendo los mismos episodios: confinamientos, mascarillas, distancias de seguridad, lúgubres historias en la televisión las 24 horas del día...Sin embargo, cada uno tiene su propia interpretación, su propia explicación, su propio cuento. Pero, si lo pensamos, la narración de la realidad sólo puede condicionar un poco los pasos que nos toca dar a cada uno o una. Es sólo una explicación. Por eso, en el fondo, en casa nos importa tan poco lo que cada uno entienda respecto a lo que está pasando. Con que esa lectura no nos divida más, nos vale. La clave está en cómo vamos a vivir a partir de ese relato. Cómo nos vamos a posicionar individualmente y como Humanidad. Da igual la versión de los hechos de cada uno. Ahora nos toca salir a jugar. Ya hemos calentado bastante el banquillo.
Y debo reconocer que a medida que salimos del confinamiento, a medida que regresamos al trabajo, la preocupación ha ido en aumento. No sé si somos mejores ahora que en marzo. No sé si hemos aprendido alguna lección. Lo que sí estamos presenciando es un "mastodóndico" proceso de miedo colectivo. Y eso nos tiene consternados a Mey y a mi. He dudado, incluso, si escribir sobre ello, por respeto a tantas y tantas personas queridas que están inmersas en ese proceso. Pero si hay un momento en el que no callar, probablemente sea éste. Sin enjuiciar. Respetando los procesos de cada uno. Pero, como me decía Mey hace un par de días: nunca ha hecho tanta falta como ahora desplegar una energía alternativa a la que se está viviendo en la calle y en tantos hogares del planeta. La dualidad y la polarización entre baja y alta vibración parece inevitable. Y es por ello, que, lo sentimos mucho, pero no podemos dejar que se imponga el relato del miedo. Por  nuestros hijos. 
Siete de la mañana de un día cualquiera. Camino despacio hacia el coche aparcado en las afueras de la urbanización. Un señor de unos 70 años recorre un trayecto de uno 50 metros una y otra vez. Una y otra vez. Como un tigre enjaulado en un zoo. No hay nadie en la calle, pero sus guantes de latex y su mascarilla no hay quien se los quite. Una pena que no pueda respirar este frescor de la mañana. Aunque probablemente será su gran momento de libertad. El resto del día lo pasará en su confinamiento voluntario. No me lo ha contado, pero sus ojos de pavor lo dicen todo cuando ve que me acerco a él para abrir la puerta del coche.
Elliot Alderson en Pixabay
En la media hora de recorrido hasta la oficina hay dos hábitos que ya he abandonado tras estas tres semanas. Una es escuchar las noticias y los anuncios. Notaba que llegaba al trabajo soliviantado y exhausto ante tanto "buen rollito" y tanta heterogeneidad de noticias hablando de lo mismo. Mejor crearme yo mi propia realidad. El otro hábito era contar el número de conductores solos que iban conduciendo con mascarilla, para evitar contagiar o contagiarse quizás de su propio aire.
Los compañeros del trabajo van regresando poco a poco, según el ritmo marcado por las autoridades para cada colectivo. Cada uno trae sus "ticks" post covid. Hay quienes se traen todo un set de productos químicos y de desinfección para repasar lo que los servicios de limpieza hacen una y otra vez a diario. Hay quien se pone una bolsa de la basura para no entrar en contacto con su propia silla. Hay quien no sale a desayunar y apenas va al baño, por si acaso. Hay quien se auto-incluye en la clasificación de colectivos vulnerables, quizás para justificar sus precauciones.
Yo he decidido observar. Simplemente observar. No forzar procesos de nadie. No apretar con argumentos desde mi propio relato de la realidad. Respetar y no enjuiciar. Ya me llevé un pequeño tortazo de realidad, cuando tras estos meses de confinamiento, me encontré en la calle con una gran amiga, y de la alegría que me dio me abalancé para abrazarla. Su "no" tajante y sus ojos de pánico me colocaron en mi sitio. Fue en ese momento cuando empecé a darme cuenta de lo que teníamos delante. Algo mucho más peligroso que un coronavirus.
"El miedo es libre". Eso dicen. Parece la frase de moda. Y puede que sea cierto que nadie puede obligarte a ser valiente o a ser miedoso. Eres como eres. Y debes tener libertad para ser así. Y no sólo eso: debes ser respetado en tu decisión. Y si puede ser, incluso sin ser enjuiciado. El problema es analizar ese miedo, de dónde surge y en qué medida te esclaviza o no. Porque el miedo será libre, pero ¿y tú con él?
El miedo es fundamental como mecanismo de supervivencia. Es lo que hacía que el hombre prehistórico se pusiera a correr ante la posibilidad de ser devorado por alguna fiera. Es lo que activa y agudiza todos nuestros sentidos para enfrentarnos a cualquier peligro que nos aceche. Pero el mecanismo del miedo está pensado para momentos extremos. Mantener el miedo en altos niveles y durante mucho tiempo, tiene sus consecuencias, ya que, sin duda, nos saca de nuestro equilibrio habitual y nos hace actuar de forma impensable en un estado natural. Eso lo saben bien los políticos y la publicidad:
-Cuidado con los inmigrantes, que nos van a quitar el trabajo: ¡susto, susto!
-Cuidado con los ultraderechistas come-niños: ¡susto, susto!
-Cuidado con los que van a desintegrar nuestra patria: ¡susto, susto!
-Cuidado con los populistas antisistema: ¡susto, susto!
-Cuidado con irte de vacaciones, sin activar tu sistema de alarma: ¡susto, susto!
Basta con conectar con sentimientos muy básicos, meter bien el dedo en la llaga, y esperar la cosecha, bien sea votos, de ventas o de vacunas. Asusta, que algo consigues. ¡Seguro!
Conocíamos muy bien ese mecanismo, tan habitual en los negocios y en la política. Pero jamás lo habíamos presenciado de forma tan masiva, radical y con cambios tan drásticos en el comportamiento de seres a los que queremos. Porque si algo consigue el miedo es controlarte hasta anular tu capacidad de elección. Por eso siempre se ha dicho que el miedo es el gran enemigo de la libertad. Y por eso vivimos tiempos tan tristes para la libertad. Porque hay tanto miedo que nos auto-confinamos, que vemos normal y necesarias las medidas más inimaginables de restricción de las libertades públicas y de los derechos civiles, con censuras permanentes a quienes osen cuestionar el pensamiento único y oficial. Y porque incluso nos convertimos en verdaderos guardianes que velan por mantener esas restricciones. Está pasando con los llamados "balconazis", que abroncan a los vecinos que van sin mascarilla, por ejemplo. O nos pasó hace unos días, en otra modalidad de miedo, con una señora mayor que, en un grupo de whatsapp de proyectos solidarios que tenemos, se desgañitaba por compartirnos su versión conspiranoica sobre la vertiente pedófila de todo lo que está pasando. 
Antes de ayer, teníamos asamblea de vecinos para decidir si se abría o no la piscina este verano, con las nuevas medidas anti covid-19. Por casi el 99% se descartaba la apertura: no por el sobrecoste (apenas 3,85€/mes por vecino) sino por el riesgo enorme que todos corríamos. Nunca he asistido a una reunión tan concurrida a pesar de los 40 grados de temperatura y el sofoco de llevar todos las mascarillas. En círculos concéntricos y con las distancias de seguridad pertinentes, tratábamos de hacernos entender en base a argumentos racionales. Pero la propia liturgia de la reunión me recordaba las del Ku-Klux-Klan. La postura de abrir la piscina ya estaba condenada de antemano. Se habían encargado de ir casa por casa recogiendo delegaciones de voto para ello. Y los discursos incendiarios se impusieron bajo la ovación del respetable. A los que tenían miedo no les bastó con no ir ellos a la piscina. Hicieron proselitismo para que nadie pudiera ir, descalificando y casi insultando a los disidentes. Difícil combatir con argumentos y equilibrio las consecuencias de una muchedumbre en pánico. Esos parecen ser los tiempos que corren.
Los que hemos tenido que luchar contra algún miedo propio, bien sabemos lo dura que es la batalla. A mí me ha pasado con miedos tan básicos como el de coger un gorrión herido (por algo que tuve que vivir quizás de niño), como con miedos tan complejos como el miedo a equivocarse, el de defraudar a los demás o al "qué dirán". Y el efecto del miedo siempre es el mismo: te imposibilita para actuar con la libertad que te otorga no estar asustado. Bien sea para coger al pájaro que se ha colado en casa y echarlo a volar, o bien sea para decir un simple "no", por mucho que eso defraude al que lo tenga que escuchar. Nuestros hijos, en su etapa de adolescencia, sienten verdadero pánico a no encajar con sus iguales, a no ser aceptados, o a salirse de la pauta de la mayoría. Toca, pues, analizar esos miedos, porque lo queramos o no, nos acaban esclavizando de una u otra forma.
Engin Akyurt
Entorno al Covid-19, existe un gigantesco aparato mediático e institucional respaldando ese miedo. No entro en si se hace de forma planificada e intencionada, si es por simples cuestiones de audiencias mediáticas, o o si es por puro "seguidismo" de lo que hacen otros. Pero jamás ha existido semejante "lavado colectivo de cerebros" para mantener a tantos millones de personas sometidos a tanto miedo durante tanto tiempo. Y las consecuencias las vamos a sufrir, salvo que empecemos a desactivar esa programación.
Además, hay pocas cosas tan importantes para combatir a los virus patógenos como un buen sistema inmunitario. ¿Y a que no sabéis qué es lo que más debilita a un buen sistema inmunológico? Efectivamente: el miedo. Probad, si no, a repetir una y otra vez, "me siento enfermo, me siento enfermo", y observad si no os acaban temblando las piernas de pura debilidad. Así que, aunque sólo sea por reforzar nuestra inmunología, habrá que trabajarse al dichoso miedo. Da igual cómo lo llames: cautela, prudencia o pánico atroz.
Y en ese proceso, tenemos una mala noticia. O quizás no: todos los que estáis leyendo estas líneas vais a morir. Nosotros también. No sé si será dentro de setenta años o dentro de cinco minutos. Pero todos la vamos a "espichar". Tan sólo hay un requisito para morir: estar vivo. Y ese lo cumplimos todos nosotros. Quizás nunca había existido una retransmisión en directo tan intensa y continuada de la muerte como durante esta pandemia. Siempre le damos la espalda a la muerte y nos creemos eternos. Y quizás, por primera vez muchos han caído en la cuenta de que "la vamos a palmar". Si es así, no viene mal hacerse consciente de ello. Aunque la cuestión es qué vas a hacer con ese descubrimiento. ¿Vas a disfrutar del presente como nunca lo has hecho? ¿Vas a dejar de perder el tiempo en cosas que no valen la pena? ¿Vas a enfadarte menos y a reírte más? ¿O te vas a encerrar en tu miedo para no morir? ¿Vas a vivir como un zombi sin disfrutar de la vida, de los abrazos, y de la naturaleza por miedo a morir? ¿Vale la pena morir en vida para no morir físicamente? ¿Qué te vas a llevar entonces al "otro lado"?
No seremos nosotros quienes te juzguen si tienes miedo. No vamos a entrometernos en tus decisiones ni en las restricciones que hayas auto-impuesto en tu vida y en la de los tuyos para combatir el dichoso virus. Pero sí te vamos a pedir que trabajes por desprogramar ese miedo en ti, y que encuentres huecos para ejercer tu libertad frente al sometimiento que te impone ese miedo. Quizás descubras, como ya nos pasó a algunos hace años, que la vida vale todavía más la pena de ser vivida así. Y ojalá cada vez seamos más los que construyamos una Humanidad sin miedos esclavizantes. Pero para ello, no busques salvadores. El trabajo es tuyo contigo mismo/a.

domingo, 15 de marzo de 2020

Un mundo diferente

No. No creemos que éste sea "El Fin del Mundo" que algunos auguran. Pero probablemente sea el fin del mundo tal y como lo entendíamos hasta ahora. Quizás el COVID-19 sea insignificante en tamaño, pero prenda la mecha de un gigantesco cambio que muchos imaginábamos que llegaría. Es como si el tiempo se acelerara, y como si los cambios revolucionarios a los que nos resistíamos y las situaciones más insospechadas se estuvieran agolpando todas de repente. Sin duda, trae consigo la fuerza de las paradojas e incoherencias sobre las que se sustenta nuestro mundo actual. Puede que, sin esperarlo, estemos a las puertas de ese "mundo diferente para vivir" al que aspirábamos cuando empezamos a escribir en este blog.
Pasado mañana, en casa, cumplimos tres semanas de medidas excepcionales. Y anoche se decretaba en España algo tan anómalo e histórico como el estado de alarma. Pero tras todos estos días, la familia ya está curtida en lo que significa tomar medidas extraordinarias en situaciones extraordinarias. Nuestro hogar se ha duplicado en el número de miembros y somos ocho desde entonces. Y hemos puesto en marcha una logística casi militar para compartir espacios, mantener la limpieza, y organizar las comidas y las lavadoras. Todo se ha multiplicado por más del doble de lo habitual. Y si no fuera por las dotes y la capacidad organizativa de Mey, todo se habría hecho muy cuesta arriba.
Hemos tratado de que, hasta que se subiera el nivel de emergencia, cada uno pudiera seguir desarrollando su vida razonablemente como hasta ahora. Los cuatro habituales de casa, con su vida habitual. Y nuestros cuatro huéspedes, incluidos Pablo, asistiendo a sus clases virtuales y estudiando y preparando simulacros de examen por las mañanas, y haciendo ejercicio para quemar energía en la terraza o con alguna salida en bicicleta por las tardes. A partir de hoy, esa agenda se tendrá que restringir.
Gimnasio en la terraza
La moral de la tropa sigue alta. No han faltado las bromas y el buen ambiente. Son unos chavales muy educados, colaboradores y con un gran espíritu comunitario, lo cual es normal, viniendo de donde vienen. Y tan sólo el viernes tuvimos que ponernos un poco serios para convencerles de cancelar la salida a una pizzería con la que querían despedir a Fabián por su regreso de ayer a Costa Rica. Su familia anda preocupada, y él aún está en primero de bachillerato y no tiene la cascada de exámenes finales o la incertidumbre de los otros tres respecto a la posible reapertura del colegio de Italia antes de mayo. Antes de ayer aún no se había impuesto el "toque de queda" del estado de alarma, pero las circunstancias aconsejaban ya quedarse mejor en casa. Aunque a ellos, siendo jóvenes, la sangre les hierve más, y se sienten invulnerables, o con una sensación de irrealidad ante todo esto, como si estuvieran viviendo momentáneamente dentro del episodio de alguna de sus series favoritas. Pero es tiempo de prudencia y de solidaridad, y de actuar como si fueras portador del virus, aunque no lo seas. Porque depende de cada uno de nosotros frenar la escalada de la enfermedad y evitar el colapso del sistema sanitario.
Cuando ayer por la mañana recorríamos el trayecto hasta el aeropuerto para llevar a Fabián, la ciudad y las carreteras parecían territorio fantasma. Los tres que se quedan quisieron honrar al que se va, y le acompañaron a pesar del "madrugón". Las pantallas de la DGT proyectaban mensajes apocalípticos animando a no viajar por el coronavirus. Los parques infantiles se encontraban ya todos precintados para evitar las concentraciones de familias entorno a ellos. Y tan sólo algún que otro corredor apuraba las últimas oportunidades de hacer ejercicio mañanero, antes de que las medidas de confinamiento se pusieran más drásticas. Aún estamos en los comienzos. Y esto, aunque fuera inimaginable hace unas semanas, aún no ha hecho más que empezar. Por aquí, Eva, Samuel y Mey tendrán clases on-line en las próximas semanas. Y en mi caso, parece que empezamos a organizarnos para poner en marcha una nueva forma de trabajar a distancia en la Administración.
Desde hace mucho, nuestro planeta pedía a gritos un respiro. Y ni las cifras de cambio climático, ni los desastres naturales, ni los crecientes movimientos ecologistas habían logrado reducir los niveles de contaminación, como lo está haciendo el aparente colapso económico que el coronavirus está produciendo en sólo unas pocas semanas. Como dice Francesca Morelli, nuestro indiscutible sistema productivo basado en el dogma de "crecer, crecer y crecer" se va a ver confrontado en sus propios cimientos. Años de trifulcas por banderas, siglas, colores y nacionalismos de distinta índole parecen difuminarse por momentos, y esas diferencias, por fin, desaparecen de los telediarios. Quienes hasta hace poco reforzaban fronteras y se sentían en la superioridad moral de excluir de sus tierras al "otro", sienten en sus carnes la exclusión, la sospecha y el rechazo por el miedo a que sean portadores del virus. Aquellos que hacen del enfrentamiento y de lo "mío" la base de sus vidas, se empiezan a dar cuenta de que sin el "nosotros" y sin la coordinación y el trabajo colaborativo, aunque sea a distancia, la cosa se pone cruda en los momentos más decisivos. Cuando pensábamos que la vida iba de "hacer, hacer y hacer", de repente todo se para y debemos redescubrir el sentido de la vida en el Ser, que quizás nos obligue a volver a nacer (no-hacer), y a basar nuestra felicidad no en el "bienestar" sino en el "bienser". De repente, nuestras sofisticadas vidas, deben volver a la simpleza del núcleo familiar, y replantearse frente a la mesa-camilla, a la tarde de sofá, o al juego de las "casitas". Y cuando dábamos la espalda a quienes nos rodean frente a la pantalla de un móvil, de repente empezamos a echar de menos el abrazo, el beso, y el contacto humano proscritos en estos días.
A muchas personas les asusta la incertidumbre, pisar terreno desconocido, y replantearse unas reglas del juego que pensaban inamovibles. Pero lo cierto es que se ha detenido todo, por decreto, y de un día para otro. ¡Por fin!, dirán algunos. Y en una situación tan impensable e inédita, no queda otra que reinventarse, centrarse en la parte positiva de todo esto, y sacudirse el miedo de encima. No hay otra opción. Bien sea saliendo al balcón a cantar, tocar tu instrumento o aplaudir, como muchos ya están haciendo. Bien sea meditando o bailando. O bien sea organizándonos en la distancia, ahora que no tenemos nada más importante que hacer. Es momento de sacar lo mejor de nosotros mismos. De practicar como nunca la solidaridad. De pensar en los demás y hacernos UNO con ellos. El mundo desde hoy ya no es el que era. Reinventémoslo como siempre quisimos.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )

domingo, 8 de marzo de 2020

Abrazos en tiempos de pánico

En la era del coronavirus, quizás no sea lo más prudente. Pero Mey lo hizo sin titubear. Nunca había visto a esa chica y nunca la volverá a ver, probablemente. Bastaron dos minutos de conversación, un sentimiento de sorpresa, otro de gratitud, ¡y zas!, se obraba el milagro. Fuera barreras. Fuera miedos. Sin mascarillas ni alcohol desinfectante. Un abrazo "a pelo" en los tiempos que corren. Un horror. Toda una temeridad.
El miedo cotiza al alza en los telediarios, en las tertulias y en las  conversaciones familiares. Si se te escapa una tos en el autobús, o mencionas la palabra "Italia" o "China" relacionada con alguna experiencia personal, te verás sin duda señalado como sospechoso, o directamente como culpable de atentar contra la continuidad de nuestra especie. Ya no te digo, si se te ocurre acoger en tu propia casa, y bajo tu propio techo, a cuatro estudiantes cuyo colegio en Italia ha sido cerrado durante la crisis del coronavirus. Poco importa que uno de ellos sea tu hijo. Poco importa que peligrara el bachillerato de los otros tres, si regresan a sus hogares. Poco importa si salieron de Italia antes del estallido de la crisis actual, o si ya han pasado en casa las dos semanas de rigor, que dicen los expertos que son precisas para descartar que se tenga el dichoso virus. Ha habido gente que nos ha preguntado preocupada si tienen síntomas. Ha habido incluso una profesora del instituto que, en clase, ha tildado de irresponsable esa acogida a unos refugiados del coronavirus, cuando algún medio de comunicación se ha hecho eco de la noticia. Es increíble la irresponsabilidad que demuestran algunos desde sus púlpitos. Y estamos convencidos de que más de uno evitará cruzarse con nosotros mientras sigan nuestros huéspedes en casa. Pues nada, simplemente un recordatorio: la cosa parece que va para largo. Así que absténgase los asustadizos de mezclarse con nosotros en las próximas semanas, porque amenazamos con seguir acogiendo a los cuatro "corona-bros" (como ellos mismos se autodefinen), mientras no se normalicen las cosas en Italia. 
Ésta no es una crisis sobre un virus que se te mete en el cuerpo. Es una crisis sobre el miedo que se te mete en el cuerpo. Y cuando eso sucede, las personas nos volvemos más manipulables. Simples rebaños que vagan desconcertados a golpe de titular de prensa. La situación idílica para los intereses más espurios, sea en batallas comerciales entre países, sea para vender más periódicos o espacios televisivos, sea para evitar la expansión de un imparable despertar consciencial, sea para probar el sometimiento en la libertad de millones de personas, o sea para vender más mascarillas (igual que pasó con el famoso tamiflu, que todos parecemos haber olvidado). Y es que hasta el más inofensivo catarro o la más inocua gastroenteritis, se vuelven amenazantes cuando se televisa el "minuto a minuto" de cada caso, de cada zona, de cada bulo, o de cada teoría al respecto.
El miedo no sólo vende, sino que es el mayor arma que puede existir contra la libertad. Políticos, banqueros y magnates de todo pelaje lo usan en sus operaciones y decisiones diarias. No hay nada que dé mejores resultados que su uso manipulativo. Que se lo digan a los millones de chinos o italianos, presos por decreto y de forma consentida en sus regiones. Sin duda habrá ya quienes hacen del miedo su profesión y su forma de vida. No sabemos si hay una mano negra detrás de esta crisis del coronavirus. Pero desde luego, sí que hay muchos que se están frotando las manos con su gestión y consecuencias, todo un experimento sociológico de carácter planetario.
Mey y yo volvíamos de mi revisión post-operatoria este pasado miércoles, y el resultado no podía ser mejor. El agujero macular había quedado totalmente sellado, había recuperado visión, se me reducía la medicación a una sola gota, puedo ya volver a hacer deporte, y hasta dentro de un año no tengo que volver a revisión. Estábamos exultantes. Y el cirujano aún más. Los resultados del escáner ocular eran tan abrumadores que casi resultaba milagrosa una recuperación así en tan poco tiempo. La operación había salido muy bien. Los diez días boca abajo, que seguí rigurosamente, fueron también claves. Pero estoy convencido que fueron determinantes las decenas y decenas de personas que nos abrazaron y sostuvieron desde la distancia durante esas semanas de preocupación. Con una energía así, no sólo se diluye cualquier miedo o duda, sino que resulta imposible que las cosas no salgan como tienen que salir.
Después de celebrarlo por Barcelona, llegamos al aeropuerto para coger el vuelo de regreso a casa. Nos sobraban dos viajes en nuestro bono de autobús. No volveríamos a Barcelona hasta pasados doce meses, y para entonces los viajes ya habrían caducado. Así que decidimos que era mejor regalárselos a alguien que los pudiera disfrutar. A mí me cuesta más romper el hielo en esas ocasiones. Pero Mey es una auténtica experta. Se deja guiar por una intuición portentosa. Y justo a la entrada había una joven rubia esperando el autobús con los cascos puestos. Al principio, levantó la mirada con desconfianza cuando Mey traspasó su zona de seguridad. Luego puso cara de incredulidad cuando le ofreció los dos viajes, esperando quizás que le pidiéramos algo a cambio. Lo siguiente fue  buscar la conexión que permitiera a dos desconocidas dejar de serlo: nosotros le compartimos nuestra buena noticia del día y que éramos de Málaga, y ella que estaba visitando a unos amigos y que era de Granada. Y de inmediato, y como resumen de lo que realmente somos los seres humanos, una amplia sonrisa y un abrazo sincero, sin cálculos ni precauciones sanitarias. Sólo por el placer de lo que más nos caracteriza: el relacionarnos, el darnos a los demás, el encontrar la conexión con el otro. ¡Mira que el regalo era insignificante! ¡Dos viajes de autobús! Pero la cara de aquella chica se iluminó como si nunca hubiera recibido un presente más valioso. Quizás porque nos estamos alejando demasiado de nuestra esencia como personas, y cuando recobramos esa esencia, aunque sea tan fugazmente, sentimos que en esos instantes hay algo auténtico por lo que, sin duda habría que luchar.
Adjuntamos al bono de autobús una de las tarjetas "Sonríe" de nuestro amigo Joserra, para que entendiera mejor de qué van estas locuras. Pero sin duda, no habría hecho falta. El dar a un desconocido sin esperar nada a cambio cortocircuita nuestros esquemas hasta tal nivel, que se producen instantes mágicos como ese abrazo espontáneo y libre. Sin miedos. Sin preocupaciones. Sólo porque momentos así nos alejan de esos seres temerosos en que quieren convertirnos y nos acercan a nuestra verdadera naturaleza.
No se trata de hacer apología de la temeridad. Pero tampoco está mal recordar que somos seres humanos. Que probablemente el coronavirus pasará como sucedió con el SARS, la gripe aviar o la porcina. Que las cifras de mortalidad son ridículas frente a cualquier gripe de las que pasamos cada invierno. Y que no hay epidemia peor que el miedo. Y en el contagio del miedo, la expansión depende sólo y exclusivamente de nosotros. Podemos decidir dar la espalda al miedo con un simple abrazo, con una acogida o con una sonrisa, o convertirnos quizás en unos bichos raros que ven a sus congéneres como verdaderas amenazas. Depende de nosotros.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )

sábado, 16 de febrero de 2019

Tormentas

Siempre me han fascinado las tormentas.
No me dan miedo, ni me invade el deseo de guarecerme o escapar.
Me parece un espectáculo a la vez magnífico y sobrecogedor.
Simple y llanamente me fascinan.
Por eso me encanta observarlas desde la ventana, o salir al porche para ver la lluvia cayendo a manta y los rayos partir el cielo sobresaltándome con el sonido de los truenos.
También me maravilla cómo, después de ese despliegue de absoluta destrucción, el cielo, el aire y las calles parecen estar más limpios.
Incluso las plantas crecen con un nuevo brío y todo lo que albergaba  la tierra empieza a brotar con una fuerza que estaba escondida.

En la vida pasa igual.
Hay grandes tormentas que arrasan el corazón.
Vientos huracanados que doblegan la mente.
Lluvias que te llenan de dolor.
Sin embargo, tendemos a huir de estas situaciones, yo incluida, por dos motivos principalmente.
Porque cuesta enfrentarse a las propias verdades o porque  no queremos “dañar” la relación con alguien a quien amamos.


Durante estos últimos meses, por nuestro hogar han pasado varios tsunamis y algún que otro huracán.
Pero a mí me han traído personalmente una gran enseñanza.
Creo que en estas ocasiones, al igual que al principio, hay que salir fuera, bajo la ira de los truenos, a sabiendas de que puedes quedar empapado hasta la médula e incluso  caerte un rayo.
Porque esa bendita tormenta, te permite confrontar tus tonterías, tus miedos, te hace mirar de frente lo que no quieres.
Y si sabes aprovecharla bien, reconducirá tu vida, pondrá las cosas en su sitio, te devolverá a tu camino y, al día siguiente, todo brotará con más fuerza desde tu interior.


NOTA: Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero a través de nuestra escritura estamos canalizando solidaridad hacia proyectos que lo necesitan, y queremos dar cuenta de ello: https://www.patreon.com/posts/damos-cuenta-de-21934667
Además, los beneficios de la nueva tanda de libros que nos ha llegado, irán íntegramente para material escolar de los 28 niños del orfanato de nuestro querido Herminio: https://bit.ly/2CbfnQM