sábado, 20 de julio de 2019

Incendios mentales

Ayer era nuestro primer día de vacaciones. Samuel ya lleva unos días en Bélgica, y se le ve emocionado con su campamento. Pero nosotros, empezábamos ayer nuestra aventura pirenaica en Andorra, tras dos días de coche y mil cien kilómetros recorridos. Hemos incorporado un nuevo fichaje a nuestro periplo anual: la novia de Pablo. Está claro que dentro de poco nuestro siete plazas se nos quedará pequeño si queremos seguir haciendo "piña" en familia para estas escapadas veraniegas, sagradas para todos nosotros.
Queríamos madrugar pero fue imposible. Para eso son las vacaciones: para darle de vez en cuando "cuartelillo" al cuerpo. La montaña y los lagos no se iban a escapar si salíamos este primer día un par de horas más tarde. Y de hecho, hablando con una familia de Zaragoza, pudimos incluso empalmar dos excursiones preciosas. Lagos idílicos, chapuzón en las heladas aguas para las dos más jóvenes del equipo, e incluso avistamiento de decenas de salamandras en uno de los lagos, toda una rareza hoy día. Comimos y siesteamos en el Estany da la Cabana Sorda, un paraíso para los cinco sentidos. E iniciamos el regreso a media tarde, haciendo bromas con los "walkie talkies".
Pero de repente todo se nubló. No. El sol aún brillaba en todo lo alto. Seguía haciendo una temperatura envidiable. Pero surgió una frase. Una simple frase, que no preocupó a Mey en cuanto a sus consecuencias, pero que a mí me removió al instante: "Creo que me he dejado encendido el fuego al máximo con los garbanzos". Habíamos salido del apartamento siete horas antes. Y en ese margen daba tiempo a que el agua de los garbanzos se consumiera, y se generase todo un caos en la cocina. Al instante todo cobró sentido en mi cabeza. Esas ocho insistentes llamadas que desatendí a las 3 de la tarde no eran la típica publicidad que siempre nos bombardea a esas horas bajo números desconocidos: era la señal de alarma desde la recepción de los apartamentos. Y aquel ruidoso helicóptero que nos sobrevoló pocos minutos después recogiendo agua de uno de los lagos, quizás tenía algo que ver con un posible incendio en el apartamento. La imaginación se disparó al instante. Humo, llamas, bomberos...Y mentalmente ya empecé a hacer recuento de daños. El ordenador de Pablo con todos sus trabajos de Italia rápidamente se convirtió en la prioridad.
Puse el turbo. Ni dolor de rodilla ni rozaduras en el pie. Había que llegar al coche cuanto antes. Respiré hondo y evité exteriorizar mi preocupación. Años antes quizás habría habido incluso reproches y malos modos. Menos mal que algo vamos aprendiendo. Salí disparado. Y como en el Tour de Francia, el pelotón salió también despedido en persecución del escapado. Los dolores provocados por los kilómetros andados en el primer día había que dejarlos para mejor momento. Ahora tocaba llegar cuando antes, y tratar de resolver lo que fuera posible ya a estas alturas del día. Pasamos de largo como una exhalación por aquellos idílicos lagos, por aquellas auténticas estampas de "photoshop", y por las salamandras a las que habíamos contemplado poco antes. Era sorprendente cómo una simple frase, un simple presentimiento, había cambiado tan radicalmente esa realidad tan gozosa que había disfrutado pocas horas antes.
Hicimos en apenas una hora un recorido que normalmente se hace en tres. Y al llegar al coche el plan quedó trazado: Mey y yo subiríamos al apartamento, y dependiendo de cómo estuviese la cosa, decidiríamos qué hacer. Pero al llegar no vimos humo. Me sorprendió poder usar el ascensor, respecto a la posible entrada de los bomberos. En el pasillo del apartamento no olía raro, ni se presagiaba ninguna catástrofe. Y al llegar a la cocina, los garbanzos estaban tan "panchos", "más fríos que un polo". Falsa alarma. Resoplidos de alivio y de pura extenuación. Llegamos al coche bajo aplausos y risas de los niños. Mejor así. Aunque el aprendizaje es claro. ¿Cuántas veces la vida nos hace andar rumiando preocupaciones, malas noticias o disgustos que en muchas ocasiones ni siquiera son reales, y quedan en puro humo mental? Lo de hoy fue de manual. Tendré que recordarlo para la próxima.
NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )

domingo, 14 de julio de 2019

Orgullos y prejuicios

En pocos días celebran su primer aniversario de bodas. Y lo harán en Grecia, mochila al hombro, y con un mes por delante para disfrutar. Su vuelo salía hace unos días de Málaga, y esa era una buena excusa para vernos, ponernos al día cenando y acercarles al aeropuerto.
Se les ve muy bien. La boda dicen que les ha cambiado poco. Apenas la posibilidad de pagar menos a hacienda por la declaración de la renta conjunta, y poco más. Siguen felices, serenos, y con su vida habitual. Debemos a Lucas los primeros "pinitos" al violín de Pablo, y muchas y buenas charlas de café cuando éramos vecinos en Linares. Y a Miguel el impulso a nuestra próxima escapada en "parejita": Polonia. De aquella etapa de Linares, Lucas no guarda muy buen recuerdo. Suele pasar cuando no te sientes respetado en tu identidad. Ahora las cosas han cambiado y viven en un precioso apartamento con vistas a la Alhambra, llenos de inquietudes artísticas, culturales y sociales.
Nos enseñaron las fotos de la boda a la que, por desgracia, no pudimos ir. Y se les veía pletóricos. Cuidaron todos los detalles, pero a la vez daba la sensación de ser una celebración sencilla y natural, como ellos. Nos encantó lo orgullosos que iban sus familias del paso que daban. El padre de Lucas incluso con una pajarita arco-iris. No pudimos evitar pensar en tantas parejas que, como ellos, habrían dado ese paso sin ese apoyo tan importante.
Intercambiamos por whatsapp recetas y enlaces de sitios a visitar. Y nos llamó la atención que ambos lucieran la bandera multicolor en su perfil. Siempre han sido muy moderados y comedidos. Pero ahora sienten que es necesario aumentar la reivindicación por una normalización que nunca acaba de llegar. Incluso a veces en su propia mente. Al principio no les entendimos muy bien, pero cuando a los pocos minutos, y de camino al coche, unos chavales desde una moto nos dirigieron improperios, entendí al instante de lo que se trataba. Aún hay gente que te juzga porque lleves el pelo largo y unos pendientes, o porque vayas de la mano de tu pareja si sois del mismo sexo. Y no sólo te juzgan: te insultan. No quisimos preguntarles cuántas veces habrían vivido una situación así, pero imaginamos que no pocas, porque al instante ellos lo habían olvidado y a mí no se me iba de la cabeza la ofensa, tratando de encontrarle sentido.
Lucas nos reconoció que aunque salió del armario hace veinte años, en realidad hoy día sigue saliendo del armario en bastantes cosas. La última, hace unas semanas cuando se atrevió a darle un beso a su marido, al acabar una actuación musical, a la vista de todos. No pasó nada. Tan sólo derribó un muro más. Y esta vez fue en su propia mente. Ese dichoso miedo al "qué dirán". Esos dichosos prejuicios que incluso habitan en quienes osan transgredirlos.
Justo a la  hora en que paseábamos por Málaga se celebraba la Marcha del Orgullo LGTBI en Madrid. Nunca han sido muy partidarios de las estéticas voluptuosas y excesivas. Pero cada vez son más respetuosos con cómo cada cual viva las cosas, porque al final se trata de una cuestión afectiva e identitaria. Una pena que aún haya políticos que usen estos eventos para azuzar la crispación y desviar la atención sobre un debate que, por suerte, ya está superado desde hace muchos años. Y desde luego todas las posturas políticas no son iguales al respecto. Los dichosos titulares de prensa. Los dichosos puñados de votos. Ojalá llegue un día que no haya que salir en marcha para reivindicar estas cosas. En ese día todo esto será ya algo casi universalmente aceptado, como ya pasó con la esclavitud.
Miguel y Lucas son muy buena gente. Da gusto estar con ellos. Transmiten esa energía de quienes se quieren y se dan a los demás. Por eso se entiende menos que en pleno siglo XXI aún tengan que luchar para que se les acepte como son. Y que otros se metan por medio a decirles lo que pueden o no pueden hacer., o se cuelguen una etiqueta para apropiarse de su lucha. ¿Por qué nos gusta tanto meternos en la vida de los demás? ¿Qué mas nos da lo que cada uno haga de puertas adentro o en su cama, si hay amor, respeto y crecimiento personal? ¿Quiénes somos nosotros para opinar sobre cómo gestionen su felicidad y su vida otros? Es curioso que a estas alturas todavía haya que hacerse estas preguntas, y ver algo anómalo en lo que debería ser cotidiano, signo de que aún queda un buen trecho para ese "mundo diferente para vivir".

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domingo, 16 de junio de 2019

El jubilado surfista

La suya no es la historia de un jubilado cualquiera. No desde luego como la de esos abuelos que vemos apostados junto a las vallas de las obras, quizás rememorando la actividad frenética que quizás tuvieron antaño. Tampoco, desde luego, la de esos ancianos que se arremolinan por las mañanas en las plazas de los pueblos con sus amigos, o en las mesas de los bares entorno a una partida de dominó. Tampoco sé yo muy bien si a José le gustan las obras o el dominó. Desde el martes pasado tampoco me ha dado tiempo para conocerle mucho, la verdad. Sé que le gusta la música. Que es amigo y vecino de un compañero de trabajo. Que ronda los setenta años. Que quizás tiene alguna nieta, viendo su foto del whatsapp. Y poco más, en lo que respecta a su descripción general. Pero desde luego sé que es alguien muy especial.
No sé si te vuelves especial cuando la vida te da un zarpazo así, o si los seres especiales ya vienen de serie. Ante un batacazo como el suyo, muchos no habrían levantado cabeza. Pero él no sólo la ha levantado, sino que con su testimonio está ayudando a que otros muchos la levanten.
José era donante de sangre. Y quizás ese pequeño gesto de generosidad le salvó la vida. Tras una de sus donaciones le llegó a casa una carta del Sistema de Salud con un preocupante aviso: había adquirido la Hepatitis C. Se quedó atónito. Repasó y repasó lo que había sucedido desde la anterior donación, en la que había salido limpio, y sólo pudo identificar un momento en el que se pudo producir el contagio: durante una visita al dentista, en la que le manipularon la boca, quizás con insuficiente esterilización. Cualquiera habría maldicho su suerte. Habría mentado toda la parentela del dentista. Se habría regodeado en su desdicha. Pero él no. No guardaba rencor a aquel dentista, ni a lo que aquella nefasta visita le ha acarreado después. No fue sólo la hepatitis. Fue la cirrosis del hígado, muy habitual en estos casos. Y por supuesto, fueron la multitud de pequeños tumores que aquel hígado enfermo había empezado a generar como si estuviera loco. Su vida dio un vuelco. Fue sometido a dos operaciones. Y hace pocos meses, superó el ansiado trasplante de hígado.
Aún no he contado cómo o por qué conocí a José. Hace meses, su amigo Tomás nos ofreció que diera una charla en nuestras sesiones semanales de mindfulness en la oficina. Tenía un testimonio impresionante que dar. No sabíamos muy bien de qué se trataba. Y aún no me explico cómo hemos retrasado tanto esa charla. Podría decir que quizás la agenda, buscar el momento más oportuno... Pero lo cierto es que a veces, en la vida, nos llegan pequeños avisos, con un mensaje contundente para nosotros, que ignoramos o postergamos, quizás por miedo inconsciente a que pueda poner nuestra vida patas arriba. Quizás lo de José fue un poco eso también. Él sentía que debía compartir su experiencia con su familia "mindfulnosa", como él la denomina. Y eso que no nos conocía a ninguno. Pero necesitaba compartir con quienes han iniciado ese camino, que la meditación no hace milagros, pero mitiga el sufrimiento. Necesitaba susurrarnos al oído su frase favorita en toda esta travesía del desierto. Ésa que dice: "No puedes detener las olas, pero puedes aprender a surfear". Él no ha sufrido el envite de las olas; lo suyo ha sido un auténtico tsunami. ¡Y vaya si ha aprendido a surfear! Tanto, que podría montar su propia escuela de surf "mindfulnoso". Ya me imagino hasta el nombre: "Escuela de Surf Ho-Tsé".
Estoy seguro que en esa escuela se aprendería el valor de la aceptación (que no resignación) cuando las zarpas de la vida aprietan. Se aprendería también a pasar más rápido y casi de puntillas por las fases que acarrea el enfrentarse a la pérdida de un ser querido, a la enfermedad o al sufrimiento: negación, enfado, negociación...Quizás también se aprendería a no entrar en victimismos, en reproches psicológicos o en esa espiral tan peligrosa de no dejar de rumiar pensamientos negativos.
Si tratara de resumir el mensaje que José traía bajo el brazo el pasado martes a las ocho de la mañana, creo que sería éste: "Familia: la vida no es fácil; a todos, tarde o temprano, nos tocará sufrir; y es una magnífica idea que estéis practicando meditación y mindfulness, porque lo vais a necesitar y os va a ayudar mucho; ojalá que tanto como a mi".
Para afianzar su mensaje, y como una muestra más de su generosidad, José vino cargando una voluminosa mochila donde traía una bolsa con 15 paquetitos verdes, cuidadosamente envueltos, y otros tantos sobres con las instrucciones de aquel regalo individualizado, que artesanalmente ha estado preparando para cada uno de nosotros, auténticos desconocidos para él. Yo abrí mi regalo con los niños y con Mey esa misma noche, y tardamos casi una hora en asimilar y compartir impresiones sobre un regalo tan profundo acerca de las claves de la vida.
Posteriormente he intercambiado un par de mensajes con José por whatsapp y correo electrónico, ya que generosamente ha recopilado alguna bibliografía que algunos asistentes a la sesión le pidieron. Presiento que, aún en la distancia, hay mucho que nos une con José. Quién sabe, quizás, si de alguna otra vida anterior. Sentí que debía compartirle algunos posts que escribimos hace tiempo y que conectaban plenamente con algunos de sus testimonios de aquel martes. Y él me regañó cariñosamente a los pocos días por haber retrasado su desayuno varias horas, al haberse quedado enfrascado con la lectura de algunas de nuestras vivencias. Es lo que suele suceder cuando se producen este tipo de conexiones espirituales, cargadas de sincronicidades y reciprocidad. De hecho, no nos podíamos creer que en las instrucciones de su regalo apareciese precisamente la frase de Jung que preside la pizarra de nuestra cocina desde pocos días antes de conocerle: "Quien mira afuera, sueña, y quien mira adentro, despierta".
José, a pesar de su dura enfermedad, se encuentra profundamente agradecido. Al principio fue un agradecimiento hacia el donante que le dio su hígado al morir, hacia la familia de éste, y hacia los que le han rodeado y sostenido en los momentos bajos. Pero poco a poco ha ido entendiendo que la gratitud en la vida no es lineal, sino en forma de una enorme red que lo abarca todo. Y hay que agradecer a los agricultores que cultivan lo que él comía en el hospital, a los cirujanos y enfermeras que le trataron, a los empleados de la compañía eléctrica que posibilitaron que todos los aparatos funcionasen, a los funcionarios de Hacienda que recaudamos fondos para que exista ese hospital, a los ingenieros que crearon esas herramientas sanitarias tan sofisticadas, etc, etc. Y cuando uno está agradecido de verdad, no puede evitar dar. Es lo que te brota de dentro. Por eso José quiso darnos su testimonio, aquel paquetito verde y aquellas instrucciones para la vida. Porque sabe que a más de uno nos va a tocar el corazón, y puede darnos una tabla de salvación para cuando vengan olas de las grandes.


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sábado, 8 de junio de 2019

Alternancias, coaliciones, oportunismo y gente rara

Son tiempos de alternancias. De pactos y coaliciones. De postureo mediático. De decir "digo" en campaña, y decir "Diego" luego. De actuar para la galería. O más bien de sobreactuar. De seguir "al dedillo" los argumentarios de los asesores. De mirarte en el espejo de las encuestas, a ver si sales más guapo con el perfil izquierdo, el derecho o el centrado (no digo "guapa" porque ellas, por desgracia, aún parecen pintar muy poco). Son también tiempos de oportunismo para quienes siempre quisieron medrar y nunca supieron bien cómo. También de quienes siempre estuvieron a la sombra, discriminados bajo una etiqueta que pesaba como una losa, y a los que ahora se mira desde otras siglas, las tengan ellos o no. Son tiempos de terreno resbaladizo. Tiempos de cambios. Muchos cambios.
Aquí en Andalucía se nota mucho. Quienes nos siguen bien saben que no somos unos entusiastas de la representación indirecta, y que nos encantaría ser de esa minoría a la que le gustaría participar activamente en todas las decisiones que nos atañen, en lugar de tener que contentarnos con depositar un papelito en una urna cada cuatro años, como si ya con eso todo fuera perfecto. Pero por ahora no nos dejan. Y mientras tanto miramos perplejos todos estos cambios que nos rodean tras casi cuarenta años de monocolor, sin que tengamos muy claro que el cambio de color siempre siente bien. El trabajar en la Administración te permite tener una posición privilegiada de todos esos procesos, que no son más que un reflejo de la propia condición humana, donde se cruzan ambiciones, egos recalcitrantes, subidas meteóricas, desplomes contundentes, y a veces también heroicidades que pasan casi desapercibidas entre tanto ruido. En estas últimas nos vamos a centrar. Son las que más interesan para impulsar un mundo diferente para vivir, aunque ya anticipo que no lo vais a leer en ningún periódico.
Se dice el pecado, pero no el pecador. Lo mismo pasa con las pequeñas heroicidades cotidianas, que te reconcilian con la condición humana, aunque aquí sí apetecería decir nombres y apellidos, a ver si cunde el ejemplo.

Bien. Pues erase una vez un grupo de funcionarios que trabajaban en una delegación de una consejería, en pleno cambio de jefes políticos, tras un sonado vuelco electoral, en una lejana comunidad autónoma de cuyo nombre no me acuerdo muy bien. En esa delegación había un servicio con varias decenas de funcionarios a los que se acumulaba el trabajo sin cesar, y que habían visto desfilar a varios jefes de servicio y sección durante los últimos años, para su desconcierto. Por fin uno había logrado asentarse y aunar los esfuerzos tanto tiempo dispersos, con el apoyo de una de sus jefas de sección. Para sorpresa de ésta, una buena mañana se le aproximó uno de los típicos comisarios políticos, para tantear sus ambiciones con el nuevo Ejecutivo Autonómico. "¿Te apetecería ser jefa de servicio?" La propuesta la pilló desprevenida. Y más aún cuando el puesto que le ofrecían era el de su superior, con el que había logrado consolidar el departamento. Sé de muchos que no habrían tardado en dar el "sí quiero". Pero su negativa descolocó al proponente:
-"Lo siento pero no. No puedo hacerle esto. Creo que está haciendo un buen trabajo"
-"Pero mujer, si lo de hacerlo bien o mal es lo de menos"
-"Pues pensé que precisamente se trataba se eso", replicó ella.
-"Probablemente te arrepientas de tu negativa. Es una oportunidad de oro, para alguien tan joven como tú"
Ciertamente lo era. Pero ella ni titubeó. Es lo bueno de tener claras las prioridades en la vida, y no dejarse arrastrar por lo que la mayoría habría respondido ante esa pequeña gran traición.
Se sucedieron las semanas, y pensó que la tormenta ya había pasado, y que su negativa habría despejado los nubarrones sobre su compañero jefe. Pero no. Éste la llamó una mañana a su despacho y le dijo que la Delegada le había telefoneado para anunciarle su cese, tirando de tópicos. Que si no tenía nada contra él. Que si era tiempo de cambiar de caras. Que si tocaba rodearse de personas de confianza... Blablabla.
Ella se sintió fatal. Y habría sido aún peor de haber participado en el complot. Lo comentó con sus compañeros, y el sentimiento era generalizado. Ese cese era injusto, injustificado en lo profesional, carente de sentido en lo ideológico, y encima era temerario. La proximidad de un concurso de traslados iba a exigir continuidad en las riendas para que todo el castillo de naipes de un departamento tan complicado no se cayera abajo. La política entraba como elefante en cacharrería, como casi siempre. Así que ni cortos ni perezosos, movieron ficha ante los jefes. Manifestaron su perplejidad, y también un poco de indignación, que nunca viene mal. Ella al frente. Y anunciaron que estaban dispuestos a recoger firmas para respaldar al jefe cesado. Como Fuenteovejuna. Los políticos de turno vieron que no iban "de farol", y recularon. Antes de que las firmas empezaran a circular por los despachos, la Delegada llamaba al afectado, y le informaba que se paralizaba el cese. Tiró de nuevo de tópicos. Que si la democracia, que si las mayorías, que si sus compañeros respaldaban su gestión... blablabla.
El caso ha corrido por las oficinas de nuestra Administración como la pólvora. No es habitual. Es más corriente apalear al prójimo, que mojarse por él. Especialmente cuando es un jefe, en el que además se suelen mezclar envidias, rencillas, y malos "rollos". Y eso que muy pocos sabemos la historia previa del nombramiento de mi amiga frustrado por ella misma. Por eso hay que darlo a conocer. Por si hay algún pesimista recalcitrante entre el público. Aunque a ella ya le han dicho que es "tonta" por ser así. Es lo que tienen estos tiempos que corren.

Es cierto que hay gente rara, como mi amiga. Gente que puede tener una ideología, pero que sobre todo se mueve por principios. A esa gente conviene pegarse. Son un seguro ante las embestidas y las tentaciones de este mundo en el que vivimos. Nosotros procuramos no perder de vista a gente así. Nuestros amigos Joserra y David también pertenecen a ese selecto club. Y han decidido llevar a la política local sus principios, sus ganas de cambiar el mundo, su buen rollo, y la sana visión de que todos somos UNO. Lo han hecho en un pequeñísimo pueblo de Burgos, Villasur de Herreros. Lo han puesto en marcha mediante una agrupación que han creado al efecto, "Vecin@s por Villasur". Y están desarrollando su iniciativa con unos valores que muchos tacharían de utópicos, pero que a muchos nos encantaría que presidieran la vida política. Han escuchado a los vecinos. Han creado un programa basado en sus necesidades concretas. Y se han puesto a disposición de todos para tejer una gran red ciudadana. No han ganado. Los ganadores se encargaron de introducir en sus listas a un representante de las principales familias y clanes del pueblo, para garantizarse votos. Y eso, en pequeños pueblos, sigue funcionando más que los valores y los programas. Pero esto no va de ganadores ni de titulares. Han sido la segunda fuerza política. Y están dispuestos no a dar la batalla (porque precisamente de eso NO va la cosa), sino a cambiar las reglas de la política local. Estaremos muy pendientes de ellos. Porque hace falta gente así de rara por este mundo.


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domingo, 26 de mayo de 2019

Un mundo en pequeñito

No íbamos de turismo. Íbamos a empaparnos de su realidad. Esa por la que hemos apostado tan fuerte. Tanto como para prescindir de su presencia en casa. Y esa realidad no defraudó. Ni mucho menos. De hecho, la estancia se nos hizo corta. Muy corta. Y no faltaron ganas de quedarse.
Vista de Duino desde su castillo
Cuando los hijos crecen siempre hay una etapa de rebeldía. De enfrentamiento visceral contra todo y contra todos. Especialmente contra los padres, que simbolizamos mejor que nadie la etapa de niño que quieres dejar atrás. Esos cuatro o cinco años de choque no nos los quita nadie. Y cuando tienes tres hijos se multiplica por más de tres. Por mucho más. Porque la complejidad de los procesos tiene lugar simultáneamente, y a veces se retroalimentan. Pero el final del túnel llega siempre. Y el regreso a casa se acaba produciendo. No a la casa física. Al hogar familiar. Aunque esté coyunturalmente en Italia, y seamos los padres los que vayamos a visitar al retoño, como pasó en abril. Y entonces vuelven los abrazos, más sinceros que nunca. Vuelven las ganas de volver a meterse en la cama con los padres y charlar de fútbol, de política o de amor. Vuelve el respeto y el cariño. Y acabas entendiendo que para ser "tú", no hace falta luchar contra lo que te trajo hasta aquí, sino hacer tuyo lo que necesites de todo ese camino recorrido.
Comiendo pizza en Trieste con Abde e Inés
Fue una delicia de viaje. Pablo nos había preparado todo un itinerario de encuentros con quienes durante este curso han sido su familia. Gente que le ha hecho crecer como persona y dar un salto exponencial en un tiempo récord. Gente como Abde, que nos compartía sus vivencias como musulmán, o Inés con esas ganas envidiables de cambiar el mundo y su proyecto solidario en Rumanía...Y aún quedó tiempo para visitar Trieste, para una cenita colectiva en casa, para un concierto de jazz...Pero lo que más nos impactó fue darnos cuenta de que ya ha empezado a forjar su mundo. Un mundo lleno de ilusiones, de amistades, de fidelidades, de sueños, de retos, de aspiraciones... Ya no hay que preguntar por exámenes, por notas o por trabajos. Todo eso ya lo gestiona él, porque sabe bien que forma parte ya de su mundo. Y llegarán las decepciones. Y las injusticias. Pero también alegrías enormes. Y logros. Y victorias.
Sin comentarios
Si hay algo de lo que estamos especialmente orgullosos en todo este proceso de Pablo en Italia, no es de verlo tan profundamente feliz. Que también. Es de percibir que está creciendo como persona. Y no sólo en conocimientos o técnicas para conseguir un día un trabajo. La vida no va de eso, y a veces nos damos cuenta demasiado tarde. El duro trabajo con las asignaturas debe compatibilizarse con empaparse de las vivencias más ricas que uno pueda imaginarse. Y el día tiene sólo 24 horas. Por eso toca dividirse entre la academia del conocimiento y la academia de la vida. Apostar unas horas para conseguir unos objetivos que te puedan abrir puertas en universidades a las que jamás pensaste poder ir a estudiar, o apostarlas para departir con compañeros del otro lado del globo, a los que quizás no vuelvas a ver, pero que te están dando claves que sabes cruciales para el resto de tu vida. Es un proceso apasionante. Incluso cuando lo vives como un simple espectador.
Haciendo el tonto por Trieste
Mientras estábamos allí fuimos testigos de un episodio que ilustra muy bien ese pequeño mundo en el que viven. Y no sólo porque sean tantísimas nacionalidades, lenguas y culturas las que allí conviven. Sino porque en muy pocos metros cuadrados se desarrollan las mismas dinámicas que se producen en el mundo continuamente, y a las que tendremos que dar respuesta tarde o temprano, de una forma u otra. Y ellos entrenan esas habilidades a diario. La heterogeneidad allí es tan brutal como en nuestro querido planeta. Ríase usted de diferencias por lenguas, banderas o nacionalidades. Ríase usted de la absurda dualidad en la que nos enseñan a vivir desde pequeños: hombres o mujeres, buenos o malos, ricos o pobres, de derechas o de izquierdas, los de aquí o los de fuera, justicia o igualdad... 
Camino de Rielke con el
Castillo de Duino al fondo
Y en una de esas, surgió un conflicto que les traía de cabeza. Dentro de las normas de convivencia que tienen allí, existen unos compromisos claros respecto a la hora de regreso a las habitaciones, a la asistencia a clase, o a la dedicación al estudio. Y una noche, en una de los turnos de vigilancia, una profesora se quedó sorprendida del incumplimiento de esas normas, y lo expuso abiertamente en la asamblea general que todos los lunes celebran para analizar la marcha de todo y planificar los siguientes días. Levantó ampollas. Algunos se sintieron señalados en cuanto a su derecho a estar allí, cuando tantos se han quedado fuera, y cuando hay tanto por hacer por un mundo mejor. Porque, como en el mundo "grande", en ese mundo "pequeñito" no todos han llegado allí con el mismo esfuerzo. Los hay que en su trayectoria vital han estado al borde de la muerte en varias ocasiones, y sufriendo las peores calamidades hasta llegar allí. Y los hay que no se han despeinado, y han llegado con una saneada cuenta corriente a sus espaldas. Algunos ven en Duino la oportunidad de su vida, y otros sólo uno más de la infinidad de caminos que una vida holgada les brinda. Y en esas, hubo una joven iraquí que, al parecer, se levantó y removió las conciencias que aquel debate pudiera aún haber dejado sin remover. Con la beca que ella había recibido para estar allí estudiando, en su país se podría dar de comer a 50.000 personas en un día, una ciudad entera. ¿Cómo podía dilapidar ese preciado tesoro que le había sido entregado? ¿Cómo podían estar otros despreciando una oportunidad así?
A veces nos obsesionamos en dar a nuestros hijos un camino hecho, respuestas para todas sus preguntas, o futuros resueltos. Y nos olvidamos que en la vida, poco hay de decisiones seguras o de identidades inquebrantables. Van a necesitar mucha capacidad crítica y mucha empatía para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo y holográfico, pero cada vez más fascinante. Démosles perspectiva, no certezas.

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viernes, 10 de mayo de 2019

Círculos de autenticidad

(ENGLISH VERSION: HERE)

No había expectativas. No se esperaba conseguir nada. No se pretendía llegar a ningún resultado. Ni cerrar ningún acuerdo. Ni resolver ninguna tarea pendiente. O iniciar ningún proyecto. No nos conocíamos la mayoría de los que habíamos quedado. Con lo cual ni había un mínimo compromiso social. Ni siquiera de que se tuviera que volver a repetir esa atípica "quedada". Aunque todos nos quedamos con tan buen sabor de boca, que se repetirá. Seguro. 
Por eso, quizás, salió todo tan bien. Por eso los círculos Awakin no hacen más que crecer por todo el mundo. Por eso los que vinieron de Burgos nos dicen que organizan uno cada lunes desde hace años. Este mundo de prisas, agendas desbordadas y quehaceres interminables no suele regirse por unos parámetros así. Una hora de silencio, una ronda de intervenciones en base a un texto anteriormente elegido, y una buena cena compartida, elaborada entre todos, y regada con risas y bromas. Sin gurús ni afiliación religiosa o ideológica. Así de sencillo. Así de revolucionario.
No pararon de dar las gracias. Durante toda la noche y al despedirse también. Y es curioso, porque éramos nosotros los que nos sentíamos agradecidos por haber tenido un grupo de gente tan excepcional en casa aquella noche. Cuando uno recibe un regalo, la gratitud brota "a borbotones". Y todos sentíamos que aquello era un auténtico regalo. Para todos. Por eso aquella gratitud tan contagiosa. Y por eso daba igual que apenas un par de ellos hubieran estado en nuestro hogar antes: todos parecían pertenecer a nuestro círculo más cercano después.
Hubo más invitados. Pero quizás eso de estar una hora en silencio y meditación echa para atrás aún a demasiada gente. Y resulta curioso, porque en los tiempos que corren, poder encontrarte contigo mismo durante un buen rato, junto a otros que también lo intentan, debería ser el mayor de los regalos. Pero aún para muchos se convierte en todo un tormento. Estar con uno mismo a solas, rodeado de gente. ¡Qué horror! Así que los 18 que estábamos, éramos sin duda los que teníamos que estar. Al menos esa noche.
¿Qué nos unía entonces a todos los que estábamos allí? La respuesta no es sencilla. Desde luego no era una cita a ciegas. Quizás cualquiera ajeno a aquel círculo habría dicho qué éramos unos frikis de la "new age". Puede ser. Pero sentimos con intensidad que nos unía un proceso de búsqueda, un optimismo patológico, un anhelo por un mundo mejor, una apuesta decidida por integrar lo interno y lo externo... Sólo eso. O nada más y nada menos que eso. Porque en los tiempos que corren puede que sea una actitud bien escasa, que hay que cultivar y mimar.
Sorprende descubrir cómo un grupo de desconocidos abren su corazón ante un simple texto de Krishnamurti o un buen rato de silencio. Personas que comparten que sólo ante un ego herido cabe ejercer el perdón. Que visualizan la dura pugna permanente entre la libertad y la pertenencia en todos nuestros círculos familiares y de amistades. Que se maravillan ante el poder de la escucha activa del otro. Que comparten el misterio paradójico de una grave enfermedad que te abre puertas maravillosas e inimaginables. Que regalan experiencias vividas cargadas de solidaridad en tierras lejanas o muy cercanas. Que se declaran unos convencidos practicantes del "dar sin esperar nada a cambio", recibiendo sin medida. Que revelan descubrimientos profundos sobre el amor humano y divino, que no hay que buscar fuera sino muy dentro de uno mismo. Que callan experiencias vividas, que merecerían estar en todos los telediarios, por mantener a raya a sus egos. Que ponen en valor el mero compartir sin expectativas de resultados, y cómo de ahí surge la magia más auténtica. Que han descubierto la importancia de desaprender lo aprendido como forma de vivir la vida de veras, incluso en soledad.
No es fácil toparse con tanta sabiduría reconcentrada en un grupo de gente corriente, en principio desconocidos entre sí. No es fácil cambiar el mundo sin vaciarse por dentro, sin contagiarse de tanta energía "chunga". No es fácil actuar fuera sin trabajarse bien por dentro. Habrá que seguir practicando este tipo de círculos de autenticidad. Sin lugar a dudas.


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viernes, 26 de abril de 2019

Cuento: "El amor sin límites"

Os compartimos otro de esos cuentos para adultos de Mey que tanto nos demandáis.
En esta ocasión va dedicado a Elena, Lucía y Pablo, tres seres maravillosos, como lo son sus padres.
La voz, la elección musical y la edición del audio se la debemos, como siempre, a nuestra querida amiga Mª Ángeles Salguero. ¡Gracias! ¡Eres un sol!
Esperamos que os guste.

(puedes pulsar sobre esta imagen de las zapatillas de los protagonistas para escuchar el audio del cuento, o leerlo debajo de la imagen)

Zapatillas de Elena, Lucía y Pablo secándose al sol en su casa hace unas semanas, cuando fuimos a verles.

"Estaba el Creador dando un paseo por el firmamento, cuando acertó a ver una pequeña alma que, apoyada sobre una nube, miraba con anhelo hacia la Tierra.

“¿Qué te ocurre, pequeña alma?” le preguntó, “¿por qué pareces tan triste?”

El alma le miró con ojos profundos y  contestó que su deseo más intenso era el de viajar a la Tierra,
para allí poder aprender y crecer.

 “Esa no es una tarea fácil, sino un proceso largo de idas y venidas, de experiencias dulces y amargas, donde impera el gris sobre el blanco y el negro”, dijo el Creador.
“Si ese es tu deseo y estás dispuesta a todo, que así sea.”

La pequeña alma asintió, iniciando en ese mismo instante su aventura sobre nuestro planeta.

En su primer viaje, el alma bajó a la tierra en forma de viento. Fue de este modo que  la exploró por primera vez y contempló la vida de sus habitantes. Allí experimentó por ella misma el poder que confiere la fuerza y la tranquilidad que despliega la calma.

Luego surgió en forma de árbol y aprendió el valor de la paciencia. Abrazó a otros seres vivos, ofreciéndoles protección y desafió las inclemencias del tiempo y de  la mano de hombre.

También fue águila. Recorrió valles y montañas, acarició las copas de los árboles y mató para alimentarse.  Conoció la libertad que dan las alas y el precio a pagar por la supervivencia.

Muchas otras veces viajó nuestra pequeña alma a la tierra, y en cada uno de sus viajes adquiría una nueva experiencia, creciendo en sabiduría.  Sin embargo, el alma anhelaba algo más.   “Quiero habitar entre los hombres y conocer los secretos del corazón,” le dijo un día al Creador. Él la miró tiernamente y le dijo: “Ésta será una dura prueba, pues con ellos conocerás el amor. Si esa es tu elección, así sea.” Y el alma empezó a crecer dentro del vientre de una madre.

Tras su experiencia como ser humano, el alma regresó al firmamento y no tardó en buscar a su Creador. “En la tierra, tal y como dijiste, he conocido el amor. He sido hija, madre y abuela. He conocido el dolor y el júbilo de amar y ser amada. Pero hay algo que no he llegado a comprender. Una madre me tuvo en su vientre, pero al despertar a la luz, encontré otros ojos, otros padres que me tomaron en sus brazos y que, desde ese instante,  me entregaron su corazón.”

El creador lo miró y con infinita dulzura le contestó: “Con la madre que te llevaba en su vientre viviste lo que es la entrega  y con aquellos que te acompañaron en la vida experimentaste lo que supone el amor incondicional. Esas almas te han ofrecido la lección más importante, la más difícil de todas y que muy pocos conocen:
que el amor NO TIENE LÍMITES.”



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domingo, 14 de abril de 2019

El Hogar (parte II)

Cuando Pablo nos hizo esa pregunta, sentimos que era mucho más que una pregunta. Hay interrogantes que valen más que mil respuestas. Y ésa era una de las buenas. De esas que te hacen coger un camino u otro en una de tantas bifurcaciones de la vida. "¿Cómo saber si una pareja es o no LA correcta?" ¡Menuda preguntita! Hay quienes darían todo el oro del mundo por saber la respuesta. Y probablemente sirve para parejas, amigos, familiares, vecinos y compañeros de trabajo. Pero Mey ni titubeó. Clavó la respuesta: "Aquella persona que te hace ser mejor persona". No la persona que te hace reir más. No la que te hace disfrutar más. No la que te da más caprichos o la que te envuelve de más bienes o riquezas. No la que besa, viste o abraza mejor. No. Quien te hace ser mejor persona. Y eso es "la leche". No es nada fácil. Ni por la otra persona, ni por ti mismo. Porque eso supone un esfuerzo perenne de construcción personal. Un inconformismo interior de sol a sol. Un afán de superación a prueba de bombas. Ahí estás solo o sola compitiendo contra ti mismo/a. Y ésa es la competición más difícil. Aunque es la que otorga la mejor de las condecoraciones de la vida: la de sentirte en el "Hogar" con mayúsculas.
Pasamos media vida buscando o tratando de crear ese hogar. ¿Pero por qué? ¿Qué hace del hogar algo tan apetecible, tan deseable? Se suele vincular con la sensación de calor y acogimiento. Con la percepción de refugio, de intimidad, de reposo, de tranquilidad. Pero eso no lo da un sitio, un lugar físico. Por mucho que los anuncios televisivos de gas natural o de aislantes térmicos lo pretendan. Eso va de algo mucho más profundo que tiene que ver con nuestra conexión interior con el lugar y con el momento en el que nos encontramos en cada instante. Sea el que sea. También estando solos, y a gusto con nuestra realidad. Y es precisamente en ese instante en el que podemos lograr conformar un hogar con otras personas. Difícilmente podremos dar a otros lo que no tenemos. Y ese poder de hacer hogar es más escaso de lo que nos imaginamos. Por eso la publicidad lo aprovecha tan bien. Porque conjuga muy bien el verbo "identificar", cuya etimología significa "hacerse igual". Y hace que nos identifiquemos con la forma, con la materia o con la superficie a la que llamamos "hogar", sin hacer hogar de verdad. Así, nos tiramos media vida persiguiendo ese "pisito" de nuestros sueños, ese "príncipe azul" que nos haga felices, esa piscina que cause la envidia de todos, esa cuenta corriente que nos garantice la jubilación, o ese apartamento en la sierra que siempre soñamos. Búsquedas incesantes de esa sensación de "hogar" que se escapa entre los dedos, y que genera esa avería mental que parecía sufrir aquella nube de pájaros aquel martes cualquiera a las siete de la tarde.
"Hogar" y "mudanza" suelen ir de la mano. De estas últimas ya llevamos unas cuantas a la espalda en esta familia nuestra. Y desde hace ya unas pocas, decidimos soltar lastre en cada traslado de casa. ¡Mira que se acumulan cosas innecesarias! Nos dimos cuenta que ni los sofás más confortables, ni los edredones más mullidos, ni las batas más calentitas hacen hogar. Y por eso regalamos tantas cosas de una mudanza a otra. Y por eso nos acusan en broma de que somos cada vez más perroflautas y menos "señorones". El hogar se lleva a cuestas, como los caracoles. Y para eso, mejor ir "ligeritos" de equipaje, como ya experimentamos en el Camino de Santiago. Y el que pretenda lo contrario, se puede pegar un buen "castañazo" contra ese muro que es la realidad de la vida. Por desgracia, cuántas personas hemos conocido que han muerto obsesionadas por bienes, objetos y posesiones que no pudieron llevarse al otro barrio, y que les acaparó todo su tiempo y energía en éste.
Por eso cada vez más en casa tenemos una aspiración que verbalizó genialmente Mey: de mayores queremos ser jubilados germanos de los que vemos por nuestra comarca. Convertirnos en una de tantas parejas de alemanes retirados, que abandonan su ciudad, sus posesiones, sus zonas de confort, y se vienen a un sitio recóndito, a disfrutar de un buen desayuno frente al mar tomando el sol, de un paseo en bici o de besar a la que es su pareja desde hace cincuenta o sesenta años. Las cosas más sencillas, y que sin embargo dan el sentido a toda una vida. Por eso adoro cuando paseamos por la playa cogidos de la mano y algún conocido con quien nos cruzamos nos dice: "¡Qué bien se os ve, parejita!". Siempre pienso lo mismo para mis adentros: "Sí, aquí sacando a pasear el hogar un ratito, como los caracoles, practicando para llegar a ser un buen día una de esas parejas de jubilados alemanes en Torrox".
Hay gente que te hace sentir hogar simplemente con acercarte a ellos. Gente que te quiere y te acepta sin condiciones, sin más. Da igual que no les veas en meses o años. Da igual que tu enfoque de vida o tu ideología no coincida con la de ellos. Te respetan y el simple contacto con ellos, te ayuda a ser mejor persona. Por eso febrero fue un "chute" de energía. Porque aparte de naturaleza y vías ferratas, hicimos hogar con Paco y Encarni en Jaén, con Dolores, Miguel Ángel y sus cuatro niñas en Manzanares, y con Luije y Sonia en Cantabria. Tres grandes familias que son un ejemplo maravilloso, como otras muchas, de eso de hacer hogar, incluso cuando no se es familia de sangre. Y te das cuenta que el mundo se hace pequeño y entrañable con gente así. Se hace hogar. Estés donde estés. Tengas lo que tengas. Pienses lo que pienses. Quizás ese sea el gran reto a afrontar: hacer hogar a discreción. Sin miramientos.


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domingo, 31 de marzo de 2019

El Hogar (parte I)

Eran las siete de la tarde de un martes cualquiera. Practicaba deporte en el polideportivo municipal. Uno se hace mayor y conviene cuidarse, antes de que los achaques tomen la delantera. Y por suerte, la edad de los hijos nos permite por fin tener ciertas licencias en el noble oficio de taxista infantil vespertino. Yo andaba a lo mío: a la pelota y a la pala. Pero un "dramón" sobrevolaba mi cabeza. Literalmente. Y yo seguía a lo mío, totalmente ajeno.
Es curioso cómo los dramas ajenos nos sobrevuelan, nos circundan, nos rodean. Y cómo somos capaces de darles la espalda. Es todo un arte del ser humano moderno ese de "hacerle la cobra" a la adversidad ajena. Ese de hacer el "vacío extremo" a la desgracia o a la necesidad del otro, sea éste persona, animal o planta. A veces esa impasibilidad es consciente. Pero la mayoría de las veces es por pura dejadez, por insuficiencia de empatía, o por falta de consciencia del aquí y ahora. ¿Cómo reparar en esa vecina que es maltratada por su pareja? ¿Como caer en la cuenta de esos niños del barrio que apenas tienen para desayunar? ¿Cómo advertir que una pareja de amigos de toda la vida se están separando, o que una compañera de trabajo anda luchando contra un tumor? ¿Cómo preocuparse por esos inmigrantes que llegan al puerto de tu ciudad cada semana? Síntomas, quizás, de una civilización enferma. Por eso me sentí tan mal, siendo parte de esa especie de abducción colectiva. De esa gigantesca masa de indiferencia practicante. Porque evidenció una clara falta de conexión con lo que nos rodea. Una necesidad de intensificar la toma de consciencia de todo cuanto hacemos, vivimos y somos.
Lo de aquel martes no eran seres humanos. Pero iba cargado de un simbolismo tal, que no dejo de recordarlo a cada instante, aunque hayan pasado ya varias semanas. Centenares o miles de pájaros sobrevolaban nuestras cabezas en círculos anárquicos sobre nuestra pista de pádel. Una y otra vez. Una y otra vez. Era un  lamento colectivo que daba miedo. Un ritual caótico que se repetía durante horas. Apenas unos segundos de reposo en alguna valla o en algún muro, y continuaban con su vuelo macabro. Sobrecogía. Era algo tan angustioso, que parecía anticipar alguna catástrofe o algo por el estilo. Entendí al instante esa expresión de "pájaros de mal agüero". Por eso me culpé de no haberme fijado nada más llegar.
No sé si eran estorninos, golondrinas, mirlos o vencejos. Nunca he sido muy bueno en zoología, botánica o biología. Pero la pregunta era evidente: ¿por qué? No era la típica curiosidad de los programas de telebasura escudriñando la intimidad ajena. Era verdadera preocupación. Pura empatía por saber si se podía hacer algo ante ese aparente drama colectivo.
A veces los "por qués" son muy sencillos de expresar, y muy difíciles de gestionar: un tipo violento que recibía palizas de niño, y una chica que no cesa de caer en el mismo perfil de novio una y otra vez; un despido en el peor momento familiar; unos hijos que crecen y que dejan al descubierto las lagunas de una pareja sin propósito común; un desequilibrio emocional que se acaba enquistando en lo físico; una guerra lejana cargada de intereses económicos de países que se niegan a acoger los efectos colaterales de sus tejemanejes en forma de seres humanos huyendo... Lo de aquel martes también era sencillo de expresar: unos operarios municipales habían hecho su ronda esa mañana, y les había tocado podar en la calle del polideportivo toda una hilera de árboles, los más grandes y frondosos del barrio. Que esos árboles estuvieran cargados de nidos que resultaban ser el hogar de toda esa legión de aves vagando en pena no parecía haber interesado a nadie. Tampoco a mí, hasta pasado un buen rato.
Pero lo espeluznante de la escena no era sólo la cuestión de la impasibilidad. Era evidenciar que esos pájaros, en esas horas de vuelo circular confuso en su particular aflicción colectiva, habían recorrido, quizás, el equivalente a llegar al Adriático. Qué sé yo. Podrían haber explorado otras ramas que les albergaran. Haber construido otros refugios que les acogieran. Haber buscado un nuevo hogar en los miles de árboles que debe haber en los centenares de kilómetros a la redonda que nos rodean, y que podían haber recorrido durante todas esas hora. Sin embargo su programación interna parecía haberse cortocircuitado. Allí estaba su hogar, y ahora ya no estaba. ¿Y ahora, qué? ¿Qué hacer? ¿A dónde ir? ¿Cuál será nuestro hogar? Esa pregunta de dónde ponemos el hogar me tocó muy hondo, observando la desesperación contagiosa de todas aquellas aves. Porque se aplica no sólo a vencejos, tórtolas, gorriones o periquitos. El ser humano tiene mucho que plantearse ahí. Y no me refiero a si nos mudamos a un adosado, a un ático o a una cabaña en la montaña. El concepto de hogar no va de lugares. Va de otra cosa. (CONTINUARÁ)



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sábado, 23 de marzo de 2019

De princesas y púas

Estamos sin duda en otra etapa de transición. No me refiero a las noticias de revoluciones, mentiras al descubierto o poderes que caen y aparecen en la tele. Me refiero a esos cambios que poco a poco se van produciendo en el interior de las personas y que transforman, a la larga, mucho más que revoluciones.
Realmente, a pesar de las manifestaciones, de la discriminación positiva y de todas esas medidas que se están tomado, todo ello no sirve de mucho si, siendo mujeres del siglo XXI, no nos damos permiso para ser libres, para ser felices, y para buscar nuestro camino  y bienestar sin remordimientos. Cada vez me topo más con mujeres a mi alrededor que perciben que algo no funciona bien en sus vidas. Son historias de tristeza interior, de soledad o de una entrega desproporcionada que llega al abandono de sí mismas. Algunas son historias dramáticas; otras describen un proceso de descubrimiento de la propia infelicidad personal; otras, simplemente, una alarma que ha saltado, sutil pero implacable. Todo ello, sumado a mi propia tormenta personal, me ha llevado a reflexionar sobre por qué nos resulta tan fácil a las mujeres anularnos, ocupar el lugar más escondido o convertirnos en una infravalorada superwoman. La respuesta es bien sencilla: nuestra sociedad se ha ocupado bien de ello. Tanto, que está forjado a fuego en nuestro ADN. Por este motivo nos parece una traición buscar y defender nuestros espacios, ponernos en primer lugar, querer ser felices por encima de todo. Y los culpables de ello no son los otros, sino nosotras mismas. Solemos confundir el amor con la entrega absoluta del ser. Solemos poner nuestro centro en los hijos, nuestra familia, nuestros padres o el trabajo. Y olvidamos que para que todo funcione en equilibrio, el centro debe estar en una misma.

Siempre me ha encantado la directriz en los aviones sobre las máscaras de aire en caso de peligro. Si quieres ayudar, primero ocúpate de seguir con vida tú  y luego estarás en condiciones de atender al resto. No es egoísmo. Es sentido común. En la vida cotidiana ocurre lo mismo. Pero estamos tan inmersas en las vidas de los otros, que olvidamos lo valiosa que es la nuestra, la que vivimos aquí y ahora.  Y en ese camino me encuentro. En casa, de sobrenombre, me llaman "Puercoespín". Bueno, en realidad, me puse yo el nombre. ¿Por qué “puercoespín” y no “erizo”, que suena más tierno para una madre? Simplemente porque las púas son mucho más grandes. Y este término tan poco halagüeño me lo gano a pulso todos los días. ¡Mi esfuerzo me cuesta!  Los que me conocen saben que me encantan los abrazos, las charlas de corazón, el tú a tú,  el compartir. Mi familia sabe que soy como Internet, disponible las 24 horas para cualquier cosa. Pero todo tiene un límite. Además, he instalado un software con el que detecto los chantajes emocionales a la legua. Y defiendo mi espacio con uñas, dientes…  y púas. Alguno que otro ha salido magullado. Y no, no me siento culpable. No me siento culpable porque he logrado formatear mi disco duro y reescribir nuevas reglas. Porque he logrado (no siempre, lo reconozco) salir del río de esas normas sociales no escritas y puedo ver que en esas aguas no quiero bañarme más.

Hablamos de feminismo, de mujeres, de cambios sociales... Pero creo que eso sólo se queda en la superficie. Los cambios reales vienen del interior. No quiero ser una princesa, ni una reina... Prefiero sin duda ser un puercoespín.


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sábado, 9 de marzo de 2019

La manifa

Sí. Estuvimos allí ayer. En la "manifa" de Málaga. Y decirlo aquí, públicamente, supondrá de inmediato que nos pongan una nueva etiqueta. Otra más. O directamente nos hagan la cruz. ¡Qué mas da! Hace tiempo que las etiquetas nos resbalan. No estamos ya para muchos remilgos.

Estuvimos allí por pura pedagogía para Eva. Y por participar en una catarsis colectiva que requerirá mucho tiempo, porque el péndulo de Foucault ha estado en un extremo indeseable demasiados siglos. Y ahora toca que vuelva a posiciones más equilibradas, aunque inexorablemente hasta entonces, surjan extremismos en el lado opuesto. Pero eso no nos va a impedir que hagamos el esfuerzo para que poco a poco se llegue a donde se debería estar.

Fotos de diario SUR
Queríamos que Eva viviese esa expresión reivindicativa en la calle. Que viva de primera mano la necesidad de luchar por sus derechos y por su identidad. Que sienta que no hay ningún "salvapatrias" que le vaya a "sacar las castañas del fuego". Y que perciba con la presencia de sus padres, que el cambio de este mundo no se va a producir mientras estemos bien "sentaditos" en nuestro sofá. Que se va a producir detrás de una pancarta. No riendo ante determinadas bromas machistas. Dando la espalda a actitudes indeseables. Huyendo despavoridos ante amistades o relaciones dañinas. Uniéndose a otros y otras contra determinadas injusticias. Y pensando, pensando mucho. No porque de ello se deduzca que existimos, sino aunque sea para estorbar.

Es evidente que un movimiento así es demasiado goloso para los poderosos y los oportunistas. Mueve y moverá a millones de personas que desean que la revolución vaya por ahí, y se conjugue en femenino plural. Y sin duda, cuando algo tan multitudinario se moviliza, a algunos se les hacen los ojos "chiribitas". Sea para que les compren su producto. Sea para que depositen su papeleta en una urna. Sea para que vayan o no vayan, hagan o no hagan lo que les interese. Por eso hay que andar "ojo avizor", y actuar en conciencia, y no bajo consignas, eslóganes, colores o siglas del aprovechado de turno. "No vayas porque es de extrema izquierda". "Ve, porque si no, es que eres del trío de Colón". ¡Qué pena que a estas alturas se siga cayendo en argucias tan simplonas!

A veces hay cosas demasiado importantes y urgentes como para preocuparse de lo que vayan a pensar los demás. Especialmente cuando lo que vayan a pensar está tan mediatizado por lo que diga el medio de comunicación que sigues (porque dice lo que quieres oír), o por lo que diga el "politiquillo" de turno, se apellide Abascal, Casado, Rivera, Sánchez o Iglesias. Desde luego no nos van a condicionar ni en un sentido ni en otro dentro de sus tacticismos, postureos y cálculos electorales. Por mucho que tengan toda una legión de guardianes de lo políticamente correcto, o de lo que se debe o no se debe hacer entre nuestros amigos, vecinos, familiares y compañeros de trabajo. Nos da igual que piensen que vamos a votar a una u otra opción por haber estado allí. Quizás se equivoquen también en eso. 

El ambiente fue extremadamente festivo. Y me sorprendió gratamente ver también a tantos hombres. Bailamos sin parar al ritmo de la batucada. Y Eva se rió de lo lindo, coreando consignas simpáticas, y saltando al ritmo de la música. No hubo salidas de tono. No vimos extremismos. No hubo atisbo de lo que suelen denominar "feminazis" para descalificar estas movilizaciones. Más bien todo lo contrario: consignas de "Ni más, ni menos: IGUAL". Evidentemente hubo muchas pancartas de máxima preocupación por situaciones inaceptables en pleno siglo XXI: violaciones en grupo, hostigamientos, desigualdades salariales, injusto reparto de tareas domésticas...

Cada pancarta (fuera más o menos acertada o exagerada) nos permitió un diálogo con Eva, para que se hiciera una idea de las problemáticas que subyacen ante un 8M como el de ayer. Dobles sentidos, ironía, humor, conceptos por una nueva consciencia...También le señalamos aquellas pancartas cuyas críticas no compartíamos, y que estaban en las antípodas de nuestra visión. ¡Faltaría más! ¿Se puede estar de acuerdo en todo lo que preocupaba ayer a las miles de personas que estuvimos allí? ¿Nos iba eso impedir manifestarnos? ¿O acaso cuando uno vota por un partido está de acuerdo al 100% en todo lo que ese partido defiende? Más bien se suele votar tapándose la nariz, por desgracia. Ojalá pronto podamos votar cada decisión, y no a intermediarios que tergiversen el sentido de nuestra voluntad colectiva. Y ojalá la cuestión de la mujer, como gran principio universal, sea transversal a todas las ideologías, y no haya estos intentos tan descarados de apropiárselo.

Eva no paró de preguntarnos contra quién iba la manifestación. Era una buena pregunta. Curiosamente, muchos de los que debían tomar cartas en los asuntos que ayer se reivindicaban, estuvieron también detrás de las pancartas. Pero al margen de cuestiones laborales, salariales, educativas o sociales, lo de ayer era una manifestación colectiva de posicionamiento en favor de un nuevo modelo social. Y quizás no guste a muchos esto que voy a decir, pero en ese punto no se va contra nada ni contra nadie. Sino que hay que mirarse muy bien el ombligo. Porque quizás muchos de los que estábamos allí, en casa, seguimos practicando micromachismos muy arraigados en nuestra cultura y sociedad. Y quizás muchas de las que se consideran feministas convencidas viven esclavitudes mentales o enganches a relaciones tóxicas que sólo ellas puedan erradicar.

Después de manifestarse, de bailar, de saltar y de gritar todo tipo de consignas, toca ahora examen de conciencia. Ojalá el próximo 8M estemos más cerca de lo que ayer coreábamos. Ojalá dentro de no mucho no haya que salir a manifestarse para que dos seres humanos sean tratados como iguales.



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domingo, 3 de marzo de 2019

Vía ferrata

Nunca habíamos practicado uno de esos deportes que llaman "de riesgo". Bastante adrelina genera ya la vida, para buscar más adrede. Pero tampoco somos de los que dejemos pasar una oportunidad sin exprimirla al máximo. Así que la ocasión la pintaban calva. No todos los días nos ofrecen que un explorador experimentado y recién jubilado, como Quique, nos acompañe en una aventura así junto a nuestro querido Luije, acabando su formación de guía de montaña. Y cuando viene de gente de ese calibre, uno firma el cheque en blanco que haya que firmar, aunque luego te acuerdes de toda la parentela, cuando te ves colgado a esa altura.
Primer tramo de la vía ferrata
Hasta hace una semana no sabíamos lo que era una vía ferrata. Y menos aún habíamos oído hablar de la de Camaleño, en Picos de Europa, todo un reto de casi 200 metros en vertical. Cierto es que contábamos con todas las medidas de seguridad para ello: casco, arnés, disipadores de energía en caso de caída, guantes y cuerda para tenernos a los inexpertos bien amarrados. Pero el miedo no te lo quita nadie cuando te ves a esa altura.
Hacía tiempo que no vivíamos una metáfora tan brutal de lo que es la vida. En pocos minutos te pasa de todo por la cabeza. La experiencia te confronta con tus miedos, con tus debilidades, con tus inseguridades... Quique subía el primero para mostrarnos el camino, y para asentar bien la cuerda que nos aseguraba en caso de caída. Tras él, y amarrados a unos 2-3 metros de distancia cada uno en la misma cuerda: Mey, Samuel, Eva y Rafa. Y cerrando el grupo, Luije vigilaba de que todo fuera bien. Subir agarrado a unos salientes y escalones de metal que son lo único que te unen a esta vida es una experiencia indescriptible. Jamás he sentido con más fuerza el vivir el "aquí y el ahora". Ni una sola preocupación de más. Ni un sólo pensamiento inútil en la mente. Si querías evitarte un buen susto, todo se reducía a acompasar tu ritmo al de tu compañero de arriba, unido a ti por ese mismo cabo salvador; a tener bien fijas tres de tus cuatro extremidades, mientras la cuarta iba tanteando dónde asentarse para seguir avanzando; a tener siempre uno de los dos mosquetones del disipador bien anclado a lo que llaman la "línea de vida"; y a controlar tus energías, tu respiración, y tu pánico.
Los primeros metros fueron de tanteo. De movimientos torpes. Sincronizar extremidades, mosquetones, cuerda y escalones se antojaba la tarea más complicada del mundo. Y las primeras preguntas martillean la mente cuando miras para abajo y confirmas que, sin duda, una caída desde esa altura podría ser ya mortal. ¿Para qué me meto yo en esto? ¿Qué necesidad tengo de algo así? ¿Y si les pasa algo a uno de nuestros hijos? A medida que esas preguntas te bloquean la mente, los miedos surgen casi automáticamente: ¿y si no tengo fuerzas para llegar arriba, y perjudico a los que están amarrados a mí? ¿Y si tienen que venir a rescatarme? Como si de un resorte fuera, en los eternos segundos de espera mientras Quique avanzaba afianzando posiciones y tu compañero de delante realizaba una progresión más, los primeros tembleques de brazos y piernas comienzan a aflorar. Es momento de respirar hondo, muy hondo. 
Mirar para abajo es mirar al pasado. Mirar para arriba es mirar al futuro. Ambos carecen de sentido en unos instantes así. Como en la vida misma. Aunque hayas superado ya unos metros, de nada sirve si caes. Y de poco sirve mirar para arriba cuando a ratos lo inclinado de la roca impide ver los escalones que hay apenas unos pasos por encima. Toda una incógnita que te pone aún más de los nervios. Mejor centrarse en la respiración, en descansar las extremidades, y en pensar dónde asentar brazos y piernas, dónde anclar los mosquetones y a qué ritmo en el siguiente movimiento. Qué hacer en el aquí y en el ahora. Como en la vida misma. Todo lo demás, sobra.
Eva se bloqueó. Subió una distancia espectacular en el primero de los tres tramos del recorrido, el más difícil. Pero la coordinación de los mosquetones con la cuerda y la distancia entre los escalones le jugó una mala pasada, y perdió los nervios. Y los míos con los suyos, aunque bien me guardara yo de mostrarlo para no asustarla más. ¿Qué hacer, más allá de animarla con frases cariñosas? El miedo es libre. ¡Que me lo dijeran a mí en esas circunstancias! Su bloqueo me impedía avanzar a mí, y el no poder avanzar o poder ayudarla también me bloqueaba. Mey me recordaba después que la situación era como ese aviso que dan en los aviones antes de despegar para que, en el caso de una pérdida de presión de cabina en el avión, cualquier persona se ponga la máscara de oxígeno antes de intentar ayudar a otros, incluso a sus hijos, ya que de no hacerlo posiblemente se pierda el conocimiento y se termine sin ponérsela a sí mismo o a nadie más. No veía la forma de ayudar a Eva a subir o bajar. Era momento de ponerme la máscara de oxígeno por si en unos segundo me tocaba ponérsela a ella tirando de una cuerda o algo por el estilo. Y de nuevo los miedos a la pérdida de un ser querido. Luije, sin embargo, más experimentado y resolutivo, subió por detrás de mí (aún no sé cómo), sujetó a Eva por la espalda, y le dio ese empuje de seguridad que necesitaba para llegar a la primera etapa de la subida sin mayor contratiempo.
Eva decidió no continuar. Ya había tenido suficiente. Y yo decidí no dejarla sola. No hubo reproches. No hubo lamentos. No hubo decepción. Sólo una experiencia de vida más. Un espejo magnífico en el que mirarse y conocerse más y mejor. Los demás continuaron la ascensión de los dos tramos siguientes, en lo que parecía toda una proeza vista desde abajo. Mey y Samuel estaban pletóricos. Y no era para menos. Lo que habían logrado era toda una heroicidad en su primer ascenso.
¿Que si repetiremos? Eva dice que sí. A mí me gustaría completar los tres tramos, y quién sabe si hacer la locura del puente tibetano. Pero lo que sí está claro es que los cuatro íbamos con la sensación de una experiencia única y maravillosa. Como la de la vida misma.



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sábado, 16 de febrero de 2019

Tormentas

Siempre me han fascinado las tormentas.
No me dan miedo, ni me invade el deseo de guarecerme o escapar.
Me parece un espectáculo a la vez magnífico y sobrecogedor.
Simple y llanamente me fascinan.
Por eso me encanta observarlas desde la ventana, o salir al porche para ver la lluvia cayendo a manta y los rayos partir el cielo sobresaltándome con el sonido de los truenos.
También me maravilla cómo, después de ese despliegue de absoluta destrucción, el cielo, el aire y las calles parecen estar más limpios.
Incluso las plantas crecen con un nuevo brío y todo lo que albergaba  la tierra empieza a brotar con una fuerza que estaba escondida.

En la vida pasa igual.
Hay grandes tormentas que arrasan el corazón.
Vientos huracanados que doblegan la mente.
Lluvias que te llenan de dolor.
Sin embargo, tendemos a huir de estas situaciones, yo incluida, por dos motivos principalmente.
Porque cuesta enfrentarse a las propias verdades o porque  no queremos “dañar” la relación con alguien a quien amamos.


Durante estos últimos meses, por nuestro hogar han pasado varios tsunamis y algún que otro huracán.
Pero a mí me han traído personalmente una gran enseñanza.
Creo que en estas ocasiones, al igual que al principio, hay que salir fuera, bajo la ira de los truenos, a sabiendas de que puedes quedar empapado hasta la médula e incluso  caerte un rayo.
Porque esa bendita tormenta, te permite confrontar tus tonterías, tus miedos, te hace mirar de frente lo que no quieres.
Y si sabes aprovecharla bien, reconducirá tu vida, pondrá las cosas en su sitio, te devolverá a tu camino y, al día siguiente, todo brotará con más fuerza desde tu interior.


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Además, los beneficios de la nueva tanda de libros que nos ha llegado, irán íntegramente para material escolar de los 28 niños del orfanato de nuestro querido Herminio: https://bit.ly/2CbfnQM