viernes, 10 de mayo de 2019

Círculos de autenticidad

(ENGLISH VERSION: HERE)

No había expectativas. No se esperaba conseguir nada. No se pretendía llegar a ningún resultado. Ni cerrar ningún acuerdo. Ni resolver ninguna tarea pendiente. O iniciar ningún proyecto. No nos conocíamos la mayoría de los que habíamos quedado. Con lo cual ni había un mínimo compromiso social. Ni siquiera de que se tuviera que volver a repetir esa atípica "quedada". Aunque todos nos quedamos con tan buen sabor de boca, que se repetirá. Seguro. 
Por eso, quizás, salió todo tan bien. Por eso los círculos Awakin no hacen más que crecer por todo el mundo. Por eso los que vinieron de Burgos nos dicen que organizan uno cada lunes desde hace años. Este mundo de prisas, agendas desbordadas y quehaceres interminables no suele regirse por unos parámetros así. Una hora de silencio, una ronda de intervenciones en base a un texto anteriormente elegido, y una buena cena compartida, elaborada entre todos, y regada con risas y bromas. Sin gurús ni afiliación religiosa o ideológica. Así de sencillo. Así de revolucionario.
No pararon de dar las gracias. Durante toda la noche y al despedirse también. Y es curioso, porque éramos nosotros los que nos sentíamos agradecidos por haber tenido un grupo de gente tan excepcional en casa aquella noche. Cuando uno recibe un regalo, la gratitud brota "a borbotones". Y todos sentíamos que aquello era un auténtico regalo. Para todos. Por eso aquella gratitud tan contagiosa. Y por eso daba igual que apenas un par de ellos hubieran estado en nuestro hogar antes: todos parecían pertenecer a nuestro círculo más cercano después.
Hubo más invitados. Pero quizás eso de estar una hora en silencio y meditación echa para atrás aún a demasiada gente. Y resulta curioso, porque en los tiempos que corren, poder encontrarte contigo mismo durante un buen rato, junto a otros que también lo intentan, debería ser el mayor de los regalos. Pero aún para muchos se convierte en todo un tormento. Estar con uno mismo a solas, rodeado de gente. ¡Qué horror! Así que los 18 que estábamos, éramos sin duda los que teníamos que estar. Al menos esa noche.
¿Qué nos unía entonces a todos los que estábamos allí? La respuesta no es sencilla. Desde luego no era una cita a ciegas. Quizás cualquiera ajeno a aquel círculo habría dicho qué éramos unos frikis de la "new age". Puede ser. Pero sentimos con intensidad que nos unía un proceso de búsqueda, un optimismo patológico, un anhelo por un mundo mejor, una apuesta decidida por integrar lo interno y lo externo... Sólo eso. O nada más y nada menos que eso. Porque en los tiempos que corren puede que sea una actitud bien escasa, que hay que cultivar y mimar.
Sorprende descubrir cómo un grupo de desconocidos abren su corazón ante un simple texto de Krishnamurti o un buen rato de silencio. Personas que comparten que sólo ante un ego herido cabe ejercer el perdón. Que visualizan la dura pugna permanente entre la libertad y la pertenencia en todos nuestros círculos familiares y de amistades. Que se maravillan ante el poder de la escucha activa del otro. Que comparten el misterio paradójico de una grave enfermedad que te abre puertas maravillosas e inimaginables. Que regalan experiencias vividas cargadas de solidaridad en tierras lejanas o muy cercanas. Que se declaran unos convencidos practicantes del "dar sin esperar nada a cambio", recibiendo sin medida. Que revelan descubrimientos profundos sobre el amor humano y divino, que no hay que buscar fuera sino muy dentro de uno mismo. Que callan experiencias vividas, que merecerían estar en todos los telediarios, por mantener a raya a sus egos. Que ponen en valor el mero compartir sin expectativas de resultados, y cómo de ahí surge la magia más auténtica. Que han descubierto la importancia de desaprender lo aprendido como forma de vivir la vida de veras, incluso en soledad.
No es fácil toparse con tanta sabiduría reconcentrada en un grupo de gente corriente, en principio desconocidos entre sí. No es fácil cambiar el mundo sin vaciarse por dentro, sin contagiarse de tanta energía "chunga". No es fácil actuar fuera sin trabajarse bien por dentro. Habrá que seguir practicando este tipo de círculos de autenticidad. Sin lugar a dudas.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )

viernes, 26 de abril de 2019

Cuento: "El amor sin límites"

Os compartimos otro de esos cuentos para adultos de Mey que tanto nos demandáis.
En esta ocasión va dedicado a Elena, Lucía y Pablo, tres seres maravillosos, como lo son sus padres.
La voz, la elección musical y la edición del audio se la debemos, como siempre, a nuestra querida amiga Mª Ángeles Salguero. ¡Gracias! ¡Eres un sol!
Esperamos que os guste.

(puedes pulsar sobre esta imagen de las zapatillas de los protagonistas para escuchar el audio del cuento, o leerlo debajo de la imagen)

Zapatillas de Elena, Lucía y Pablo secándose al sol en su casa hace unas semanas, cuando fuimos a verles.

"Estaba el Creador dando un paseo por el firmamento, cuando acertó a ver una pequeña alma que, apoyada sobre una nube, miraba con anhelo hacia la Tierra.

“¿Qué te ocurre, pequeña alma?” le preguntó, “¿por qué pareces tan triste?”

El alma le miró con ojos profundos y  contestó que su deseo más intenso era el de viajar a la Tierra,
para allí poder aprender y crecer.

 “Esa no es una tarea fácil, sino un proceso largo de idas y venidas, de experiencias dulces y amargas, donde impera el gris sobre el blanco y el negro”, dijo el Creador.
“Si ese es tu deseo y estás dispuesta a todo, que así sea.”

La pequeña alma asintió, iniciando en ese mismo instante su aventura sobre nuestro planeta.

En su primer viaje, el alma bajó a la tierra en forma de viento. Fue de este modo que  la exploró por primera vez y contempló la vida de sus habitantes. Allí experimentó por ella misma el poder que confiere la fuerza y la tranquilidad que despliega la calma.

Luego surgió en forma de árbol y aprendió el valor de la paciencia. Abrazó a otros seres vivos, ofreciéndoles protección y desafió las inclemencias del tiempo y de  la mano de hombre.

También fue águila. Recorrió valles y montañas, acarició las copas de los árboles y mató para alimentarse.  Conoció la libertad que dan las alas y el precio a pagar por la supervivencia.

Muchas otras veces viajó nuestra pequeña alma a la tierra, y en cada uno de sus viajes adquiría una nueva experiencia, creciendo en sabiduría.  Sin embargo, el alma anhelaba algo más.   “Quiero habitar entre los hombres y conocer los secretos del corazón,” le dijo un día al Creador. Él la miró tiernamente y le dijo: “Ésta será una dura prueba, pues con ellos conocerás el amor. Si esa es tu elección, así sea.” Y el alma empezó a crecer dentro del vientre de una madre.

Tras su experiencia como ser humano, el alma regresó al firmamento y no tardó en buscar a su Creador. “En la tierra, tal y como dijiste, he conocido el amor. He sido hija, madre y abuela. He conocido el dolor y el júbilo de amar y ser amada. Pero hay algo que no he llegado a comprender. Una madre me tuvo en su vientre, pero al despertar a la luz, encontré otros ojos, otros padres que me tomaron en sus brazos y que, desde ese instante,  me entregaron su corazón.”

El creador lo miró y con infinita dulzura le contestó: “Con la madre que te llevaba en su vientre viviste lo que es la entrega  y con aquellos que te acompañaron en la vida experimentaste lo que supone el amor incondicional. Esas almas te han ofrecido la lección más importante, la más difícil de todas y que muy pocos conocen:
que el amor NO TIENE LÍMITES.”



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domingo, 14 de abril de 2019

El Hogar (parte II)

Cuando Pablo nos hizo esa pregunta, sentimos que era mucho más que una pregunta. Hay interrogantes que valen más que mil respuestas. Y ésa era una de las buenas. De esas que te hacen coger un camino u otro en una de tantas bifurcaciones de la vida. "¿Cómo saber si una pareja es o no LA correcta?" ¡Menuda preguntita! Hay quienes darían todo el oro del mundo por saber la respuesta. Y probablemente sirve para parejas, amigos, familiares, vecinos y compañeros de trabajo. Pero Mey ni titubeó. Clavó la respuesta: "Aquella persona que te hace ser mejor persona". No la persona que te hace reir más. No la que te hace disfrutar más. No la que te da más caprichos o la que te envuelve de más bienes o riquezas. No la que besa, viste o abraza mejor. No. Quien te hace ser mejor persona. Y eso es "la leche". No es nada fácil. Ni por la otra persona, ni por ti mismo. Porque eso supone un esfuerzo perenne de construcción personal. Un inconformismo interior de sol a sol. Un afán de superación a prueba de bombas. Ahí estás solo o sola compitiendo contra ti mismo/a. Y ésa es la competición más difícil. Aunque es la que otorga la mejor de las condecoraciones de la vida: la de sentirte en el "Hogar" con mayúsculas.
Pasamos media vida buscando o tratando de crear ese hogar. ¿Pero por qué? ¿Qué hace del hogar algo tan apetecible, tan deseable? Se suele vincular con la sensación de calor y acogimiento. Con la percepción de refugio, de intimidad, de reposo, de tranquilidad. Pero eso no lo da un sitio, un lugar físico. Por mucho que los anuncios televisivos de gas natural o de aislantes térmicos lo pretendan. Eso va de algo mucho más profundo que tiene que ver con nuestra conexión interior con el lugar y con el momento en el que nos encontramos en cada instante. Sea el que sea. También estando solos, y a gusto con nuestra realidad. Y es precisamente en ese instante en el que podemos lograr conformar un hogar con otras personas. Difícilmente podremos dar a otros lo que no tenemos. Y ese poder de hacer hogar es más escaso de lo que nos imaginamos. Por eso la publicidad lo aprovecha tan bien. Porque conjuga muy bien el verbo "identificar", cuya etimología significa "hacerse igual". Y hace que nos identifiquemos con la forma, con la materia o con la superficie a la que llamamos "hogar", sin hacer hogar de verdad. Así, nos tiramos media vida persiguiendo ese "pisito" de nuestros sueños, ese "príncipe azul" que nos haga felices, esa piscina que cause la envidia de todos, esa cuenta corriente que nos garantice la jubilación, o ese apartamento en la sierra que siempre soñamos. Búsquedas incesantes de esa sensación de "hogar" que se escapa entre los dedos, y que genera esa avería mental que parecía sufrir aquella nube de pájaros aquel martes cualquiera a las siete de la tarde.
"Hogar" y "mudanza" suelen ir de la mano. De estas últimas ya llevamos unas cuantas a la espalda en esta familia nuestra. Y desde hace ya unas pocas, decidimos soltar lastre en cada traslado de casa. ¡Mira que se acumulan cosas innecesarias! Nos dimos cuenta que ni los sofás más confortables, ni los edredones más mullidos, ni las batas más calentitas hacen hogar. Y por eso regalamos tantas cosas de una mudanza a otra. Y por eso nos acusan en broma de que somos cada vez más perroflautas y menos "señorones". El hogar se lleva a cuestas, como los caracoles. Y para eso, mejor ir "ligeritos" de equipaje, como ya experimentamos en el Camino de Santiago. Y el que pretenda lo contrario, se puede pegar un buen "castañazo" contra ese muro que es la realidad de la vida. Por desgracia, cuántas personas hemos conocido que han muerto obsesionadas por bienes, objetos y posesiones que no pudieron llevarse al otro barrio, y que les acaparó todo su tiempo y energía en éste.
Por eso cada vez más en casa tenemos una aspiración que verbalizó genialmente Mey: de mayores queremos ser jubilados germanos de los que vemos por nuestra comarca. Convertirnos en una de tantas parejas de alemanes retirados, que abandonan su ciudad, sus posesiones, sus zonas de confort, y se vienen a un sitio recóndito, a disfrutar de un buen desayuno frente al mar tomando el sol, de un paseo en bici o de besar a la que es su pareja desde hace cincuenta o sesenta años. Las cosas más sencillas, y que sin embargo dan el sentido a toda una vida. Por eso adoro cuando paseamos por la playa cogidos de la mano y algún conocido con quien nos cruzamos nos dice: "¡Qué bien se os ve, parejita!". Siempre pienso lo mismo para mis adentros: "Sí, aquí sacando a pasear el hogar un ratito, como los caracoles, practicando para llegar a ser un buen día una de esas parejas de jubilados alemanes en Torrox".
Hay gente que te hace sentir hogar simplemente con acercarte a ellos. Gente que te quiere y te acepta sin condiciones, sin más. Da igual que no les veas en meses o años. Da igual que tu enfoque de vida o tu ideología no coincida con la de ellos. Te respetan y el simple contacto con ellos, te ayuda a ser mejor persona. Por eso febrero fue un "chute" de energía. Porque aparte de naturaleza y vías ferratas, hicimos hogar con Paco y Encarni en Jaén, con Dolores, Miguel Ángel y sus cuatro niñas en Manzanares, y con Luije y Sonia en Cantabria. Tres grandes familias que son un ejemplo maravilloso, como otras muchas, de eso de hacer hogar, incluso cuando no se es familia de sangre. Y te das cuenta que el mundo se hace pequeño y entrañable con gente así. Se hace hogar. Estés donde estés. Tengas lo que tengas. Pienses lo que pienses. Quizás ese sea el gran reto a afrontar: hacer hogar a discreción. Sin miramientos.


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domingo, 31 de marzo de 2019

El Hogar (parte I)

Eran las siete de la tarde de un martes cualquiera. Practicaba deporte en el polideportivo municipal. Uno se hace mayor y conviene cuidarse, antes de que los achaques tomen la delantera. Y por suerte, la edad de los hijos nos permite por fin tener ciertas licencias en el noble oficio de taxista infantil vespertino. Yo andaba a lo mío: a la pelota y a la pala. Pero un "dramón" sobrevolaba mi cabeza. Literalmente. Y yo seguía a lo mío, totalmente ajeno.
Es curioso cómo los dramas ajenos nos sobrevuelan, nos circundan, nos rodean. Y cómo somos capaces de darles la espalda. Es todo un arte del ser humano moderno ese de "hacerle la cobra" a la adversidad ajena. Ese de hacer el "vacío extremo" a la desgracia o a la necesidad del otro, sea éste persona, animal o planta. A veces esa impasibilidad es consciente. Pero la mayoría de las veces es por pura dejadez, por insuficiencia de empatía, o por falta de consciencia del aquí y ahora. ¿Cómo reparar en esa vecina que es maltratada por su pareja? ¿Como caer en la cuenta de esos niños del barrio que apenas tienen para desayunar? ¿Cómo advertir que una pareja de amigos de toda la vida se están separando, o que una compañera de trabajo anda luchando contra un tumor? ¿Cómo preocuparse por esos inmigrantes que llegan al puerto de tu ciudad cada semana? Síntomas, quizás, de una civilización enferma. Por eso me sentí tan mal, siendo parte de esa especie de abducción colectiva. De esa gigantesca masa de indiferencia practicante. Porque evidenció una clara falta de conexión con lo que nos rodea. Una necesidad de intensificar la toma de consciencia de todo cuanto hacemos, vivimos y somos.
Lo de aquel martes no eran seres humanos. Pero iba cargado de un simbolismo tal, que no dejo de recordarlo a cada instante, aunque hayan pasado ya varias semanas. Centenares o miles de pájaros sobrevolaban nuestras cabezas en círculos anárquicos sobre nuestra pista de pádel. Una y otra vez. Una y otra vez. Era un  lamento colectivo que daba miedo. Un ritual caótico que se repetía durante horas. Apenas unos segundos de reposo en alguna valla o en algún muro, y continuaban con su vuelo macabro. Sobrecogía. Era algo tan angustioso, que parecía anticipar alguna catástrofe o algo por el estilo. Entendí al instante esa expresión de "pájaros de mal agüero". Por eso me culpé de no haberme fijado nada más llegar.
No sé si eran estorninos, golondrinas, mirlos o vencejos. Nunca he sido muy bueno en zoología, botánica o biología. Pero la pregunta era evidente: ¿por qué? No era la típica curiosidad de los programas de telebasura escudriñando la intimidad ajena. Era verdadera preocupación. Pura empatía por saber si se podía hacer algo ante ese aparente drama colectivo.
A veces los "por qués" son muy sencillos de expresar, y muy difíciles de gestionar: un tipo violento que recibía palizas de niño, y una chica que no cesa de caer en el mismo perfil de novio una y otra vez; un despido en el peor momento familiar; unos hijos que crecen y que dejan al descubierto las lagunas de una pareja sin propósito común; un desequilibrio emocional que se acaba enquistando en lo físico; una guerra lejana cargada de intereses económicos de países que se niegan a acoger los efectos colaterales de sus tejemanejes en forma de seres humanos huyendo... Lo de aquel martes también era sencillo de expresar: unos operarios municipales habían hecho su ronda esa mañana, y les había tocado podar en la calle del polideportivo toda una hilera de árboles, los más grandes y frondosos del barrio. Que esos árboles estuvieran cargados de nidos que resultaban ser el hogar de toda esa legión de aves vagando en pena no parecía haber interesado a nadie. Tampoco a mí, hasta pasado un buen rato.
Pero lo espeluznante de la escena no era sólo la cuestión de la impasibilidad. Era evidenciar que esos pájaros, en esas horas de vuelo circular confuso en su particular aflicción colectiva, habían recorrido, quizás, el equivalente a llegar al Adriático. Qué sé yo. Podrían haber explorado otras ramas que les albergaran. Haber construido otros refugios que les acogieran. Haber buscado un nuevo hogar en los miles de árboles que debe haber en los centenares de kilómetros a la redonda que nos rodean, y que podían haber recorrido durante todas esas hora. Sin embargo su programación interna parecía haberse cortocircuitado. Allí estaba su hogar, y ahora ya no estaba. ¿Y ahora, qué? ¿Qué hacer? ¿A dónde ir? ¿Cuál será nuestro hogar? Esa pregunta de dónde ponemos el hogar me tocó muy hondo, observando la desesperación contagiosa de todas aquellas aves. Porque se aplica no sólo a vencejos, tórtolas, gorriones o periquitos. El ser humano tiene mucho que plantearse ahí. Y no me refiero a si nos mudamos a un adosado, a un ático o a una cabaña en la montaña. El concepto de hogar no va de lugares. Va de otra cosa. (CONTINUARÁ)



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sábado, 23 de marzo de 2019

De princesas y púas

Estamos sin duda en otra etapa de transición. No me refiero a las noticias de revoluciones, mentiras al descubierto o poderes que caen y aparecen en la tele. Me refiero a esos cambios que poco a poco se van produciendo en el interior de las personas y que transforman, a la larga, mucho más que revoluciones.
Realmente, a pesar de las manifestaciones, de la discriminación positiva y de todas esas medidas que se están tomado, todo ello no sirve de mucho si, siendo mujeres del siglo XXI, no nos damos permiso para ser libres, para ser felices, y para buscar nuestro camino  y bienestar sin remordimientos. Cada vez me topo más con mujeres a mi alrededor que perciben que algo no funciona bien en sus vidas. Son historias de tristeza interior, de soledad o de una entrega desproporcionada que llega al abandono de sí mismas. Algunas son historias dramáticas; otras describen un proceso de descubrimiento de la propia infelicidad personal; otras, simplemente, una alarma que ha saltado, sutil pero implacable. Todo ello, sumado a mi propia tormenta personal, me ha llevado a reflexionar sobre por qué nos resulta tan fácil a las mujeres anularnos, ocupar el lugar más escondido o convertirnos en una infravalorada superwoman. La respuesta es bien sencilla: nuestra sociedad se ha ocupado bien de ello. Tanto, que está forjado a fuego en nuestro ADN. Por este motivo nos parece una traición buscar y defender nuestros espacios, ponernos en primer lugar, querer ser felices por encima de todo. Y los culpables de ello no son los otros, sino nosotras mismas. Solemos confundir el amor con la entrega absoluta del ser. Solemos poner nuestro centro en los hijos, nuestra familia, nuestros padres o el trabajo. Y olvidamos que para que todo funcione en equilibrio, el centro debe estar en una misma.

Siempre me ha encantado la directriz en los aviones sobre las máscaras de aire en caso de peligro. Si quieres ayudar, primero ocúpate de seguir con vida tú  y luego estarás en condiciones de atender al resto. No es egoísmo. Es sentido común. En la vida cotidiana ocurre lo mismo. Pero estamos tan inmersas en las vidas de los otros, que olvidamos lo valiosa que es la nuestra, la que vivimos aquí y ahora.  Y en ese camino me encuentro. En casa, de sobrenombre, me llaman "Puercoespín". Bueno, en realidad, me puse yo el nombre. ¿Por qué “puercoespín” y no “erizo”, que suena más tierno para una madre? Simplemente porque las púas son mucho más grandes. Y este término tan poco halagüeño me lo gano a pulso todos los días. ¡Mi esfuerzo me cuesta!  Los que me conocen saben que me encantan los abrazos, las charlas de corazón, el tú a tú,  el compartir. Mi familia sabe que soy como Internet, disponible las 24 horas para cualquier cosa. Pero todo tiene un límite. Además, he instalado un software con el que detecto los chantajes emocionales a la legua. Y defiendo mi espacio con uñas, dientes…  y púas. Alguno que otro ha salido magullado. Y no, no me siento culpable. No me siento culpable porque he logrado formatear mi disco duro y reescribir nuevas reglas. Porque he logrado (no siempre, lo reconozco) salir del río de esas normas sociales no escritas y puedo ver que en esas aguas no quiero bañarme más.

Hablamos de feminismo, de mujeres, de cambios sociales... Pero creo que eso sólo se queda en la superficie. Los cambios reales vienen del interior. No quiero ser una princesa, ni una reina... Prefiero sin duda ser un puercoespín.


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sábado, 9 de marzo de 2019

La manifa

Sí. Estuvimos allí ayer. En la "manifa" de Málaga. Y decirlo aquí, públicamente, supondrá de inmediato que nos pongan una nueva etiqueta. Otra más. O directamente nos hagan la cruz. ¡Qué mas da! Hace tiempo que las etiquetas nos resbalan. No estamos ya para muchos remilgos.

Estuvimos allí por pura pedagogía para Eva. Y por participar en una catarsis colectiva que requerirá mucho tiempo, porque el péndulo de Foucault ha estado en un extremo indeseable demasiados siglos. Y ahora toca que vuelva a posiciones más equilibradas, aunque inexorablemente hasta entonces, surjan extremismos en el lado opuesto. Pero eso no nos va a impedir que hagamos el esfuerzo para que poco a poco se llegue a donde se debería estar.

Fotos de diario SUR
Queríamos que Eva viviese esa expresión reivindicativa en la calle. Que viva de primera mano la necesidad de luchar por sus derechos y por su identidad. Que sienta que no hay ningún "salvapatrias" que le vaya a "sacar las castañas del fuego". Y que perciba con la presencia de sus padres, que el cambio de este mundo no se va a producir mientras estemos bien "sentaditos" en nuestro sofá. Que se va a producir detrás de una pancarta. No riendo ante determinadas bromas machistas. Dando la espalda a actitudes indeseables. Huyendo despavoridos ante amistades o relaciones dañinas. Uniéndose a otros y otras contra determinadas injusticias. Y pensando, pensando mucho. No porque de ello se deduzca que existimos, sino aunque sea para estorbar.

Es evidente que un movimiento así es demasiado goloso para los poderosos y los oportunistas. Mueve y moverá a millones de personas que desean que la revolución vaya por ahí, y se conjugue en femenino plural. Y sin duda, cuando algo tan multitudinario se moviliza, a algunos se les hacen los ojos "chiribitas". Sea para que les compren su producto. Sea para que depositen su papeleta en una urna. Sea para que vayan o no vayan, hagan o no hagan lo que les interese. Por eso hay que andar "ojo avizor", y actuar en conciencia, y no bajo consignas, eslóganes, colores o siglas del aprovechado de turno. "No vayas porque es de extrema izquierda". "Ve, porque si no, es que eres del trío de Colón". ¡Qué pena que a estas alturas se siga cayendo en argucias tan simplonas!

A veces hay cosas demasiado importantes y urgentes como para preocuparse de lo que vayan a pensar los demás. Especialmente cuando lo que vayan a pensar está tan mediatizado por lo que diga el medio de comunicación que sigues (porque dice lo que quieres oír), o por lo que diga el "politiquillo" de turno, se apellide Abascal, Casado, Rivera, Sánchez o Iglesias. Desde luego no nos van a condicionar ni en un sentido ni en otro dentro de sus tacticismos, postureos y cálculos electorales. Por mucho que tengan toda una legión de guardianes de lo políticamente correcto, o de lo que se debe o no se debe hacer entre nuestros amigos, vecinos, familiares y compañeros de trabajo. Nos da igual que piensen que vamos a votar a una u otra opción por haber estado allí. Quizás se equivoquen también en eso. 

El ambiente fue extremadamente festivo. Y me sorprendió gratamente ver también a tantos hombres. Bailamos sin parar al ritmo de la batucada. Y Eva se rió de lo lindo, coreando consignas simpáticas, y saltando al ritmo de la música. No hubo salidas de tono. No vimos extremismos. No hubo atisbo de lo que suelen denominar "feminazis" para descalificar estas movilizaciones. Más bien todo lo contrario: consignas de "Ni más, ni menos: IGUAL". Evidentemente hubo muchas pancartas de máxima preocupación por situaciones inaceptables en pleno siglo XXI: violaciones en grupo, hostigamientos, desigualdades salariales, injusto reparto de tareas domésticas...

Cada pancarta (fuera más o menos acertada o exagerada) nos permitió un diálogo con Eva, para que se hiciera una idea de las problemáticas que subyacen ante un 8M como el de ayer. Dobles sentidos, ironía, humor, conceptos por una nueva consciencia...También le señalamos aquellas pancartas cuyas críticas no compartíamos, y que estaban en las antípodas de nuestra visión. ¡Faltaría más! ¿Se puede estar de acuerdo en todo lo que preocupaba ayer a las miles de personas que estuvimos allí? ¿Nos iba eso impedir manifestarnos? ¿O acaso cuando uno vota por un partido está de acuerdo al 100% en todo lo que ese partido defiende? Más bien se suele votar tapándose la nariz, por desgracia. Ojalá pronto podamos votar cada decisión, y no a intermediarios que tergiversen el sentido de nuestra voluntad colectiva. Y ojalá la cuestión de la mujer, como gran principio universal, sea transversal a todas las ideologías, y no haya estos intentos tan descarados de apropiárselo.

Eva no paró de preguntarnos contra quién iba la manifestación. Era una buena pregunta. Curiosamente, muchos de los que debían tomar cartas en los asuntos que ayer se reivindicaban, estuvieron también detrás de las pancartas. Pero al margen de cuestiones laborales, salariales, educativas o sociales, lo de ayer era una manifestación colectiva de posicionamiento en favor de un nuevo modelo social. Y quizás no guste a muchos esto que voy a decir, pero en ese punto no se va contra nada ni contra nadie. Sino que hay que mirarse muy bien el ombligo. Porque quizás muchos de los que estábamos allí, en casa, seguimos practicando micromachismos muy arraigados en nuestra cultura y sociedad. Y quizás muchas de las que se consideran feministas convencidas viven esclavitudes mentales o enganches a relaciones tóxicas que sólo ellas puedan erradicar.

Después de manifestarse, de bailar, de saltar y de gritar todo tipo de consignas, toca ahora examen de conciencia. Ojalá el próximo 8M estemos más cerca de lo que ayer coreábamos. Ojalá dentro de no mucho no haya que salir a manifestarse para que dos seres humanos sean tratados como iguales.



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domingo, 3 de marzo de 2019

Vía ferrata

Nunca habíamos practicado uno de esos deportes que llaman "de riesgo". Bastante adrelina genera ya la vida, para buscar más adrede. Pero tampoco somos de los que dejemos pasar una oportunidad sin exprimirla al máximo. Así que la ocasión la pintaban calva. No todos los días nos ofrecen que un explorador experimentado y recién jubilado, como Quique, nos acompañe en una aventura así junto a nuestro querido Luije, acabando su formación de guía de montaña. Y cuando viene de gente de ese calibre, uno firma el cheque en blanco que haya que firmar, aunque luego te acuerdes de toda la parentela, cuando te ves colgado a esa altura.
Primer tramo de la vía ferrata
Hasta hace una semana no sabíamos lo que era una vía ferrata. Y menos aún habíamos oído hablar de la de Camaleño, en Picos de Europa, todo un reto de casi 200 metros en vertical. Cierto es que contábamos con todas las medidas de seguridad para ello: casco, arnés, disipadores de energía en caso de caída, guantes y cuerda para tenernos a los inexpertos bien amarrados. Pero el miedo no te lo quita nadie cuando te ves a esa altura.
Hacía tiempo que no vivíamos una metáfora tan brutal de lo que es la vida. En pocos minutos te pasa de todo por la cabeza. La experiencia te confronta con tus miedos, con tus debilidades, con tus inseguridades... Quique subía el primero para mostrarnos el camino, y para asentar bien la cuerda que nos aseguraba en caso de caída. Tras él, y amarrados a unos 2-3 metros de distancia cada uno en la misma cuerda: Mey, Samuel, Eva y Rafa. Y cerrando el grupo, Luije vigilaba de que todo fuera bien. Subir agarrado a unos salientes y escalones de metal que son lo único que te unen a esta vida es una experiencia indescriptible. Jamás he sentido con más fuerza el vivir el "aquí y el ahora". Ni una sola preocupación de más. Ni un sólo pensamiento inútil en la mente. Si querías evitarte un buen susto, todo se reducía a acompasar tu ritmo al de tu compañero de arriba, unido a ti por ese mismo cabo salvador; a tener bien fijas tres de tus cuatro extremidades, mientras la cuarta iba tanteando dónde asentarse para seguir avanzando; a tener siempre uno de los dos mosquetones del disipador bien anclado a lo que llaman la "línea de vida"; y a controlar tus energías, tu respiración, y tu pánico.
Los primeros metros fueron de tanteo. De movimientos torpes. Sincronizar extremidades, mosquetones, cuerda y escalones se antojaba la tarea más complicada del mundo. Y las primeras preguntas martillean la mente cuando miras para abajo y confirmas que, sin duda, una caída desde esa altura podría ser ya mortal. ¿Para qué me meto yo en esto? ¿Qué necesidad tengo de algo así? ¿Y si les pasa algo a uno de nuestros hijos? A medida que esas preguntas te bloquean la mente, los miedos surgen casi automáticamente: ¿y si no tengo fuerzas para llegar arriba, y perjudico a los que están amarrados a mí? ¿Y si tienen que venir a rescatarme? Como si de un resorte fuera, en los eternos segundos de espera mientras Quique avanzaba afianzando posiciones y tu compañero de delante realizaba una progresión más, los primeros tembleques de brazos y piernas comienzan a aflorar. Es momento de respirar hondo, muy hondo. 
Mirar para abajo es mirar al pasado. Mirar para arriba es mirar al futuro. Ambos carecen de sentido en unos instantes así. Como en la vida misma. Aunque hayas superado ya unos metros, de nada sirve si caes. Y de poco sirve mirar para arriba cuando a ratos lo inclinado de la roca impide ver los escalones que hay apenas unos pasos por encima. Toda una incógnita que te pone aún más de los nervios. Mejor centrarse en la respiración, en descansar las extremidades, y en pensar dónde asentar brazos y piernas, dónde anclar los mosquetones y a qué ritmo en el siguiente movimiento. Qué hacer en el aquí y en el ahora. Como en la vida misma. Todo lo demás, sobra.
Eva se bloqueó. Subió una distancia espectacular en el primero de los tres tramos del recorrido, el más difícil. Pero la coordinación de los mosquetones con la cuerda y la distancia entre los escalones le jugó una mala pasada, y perdió los nervios. Y los míos con los suyos, aunque bien me guardara yo de mostrarlo para no asustarla más. ¿Qué hacer, más allá de animarla con frases cariñosas? El miedo es libre. ¡Que me lo dijeran a mí en esas circunstancias! Su bloqueo me impedía avanzar a mí, y el no poder avanzar o poder ayudarla también me bloqueaba. Mey me recordaba después que la situación era como ese aviso que dan en los aviones antes de despegar para que, en el caso de una pérdida de presión de cabina en el avión, cualquier persona se ponga la máscara de oxígeno antes de intentar ayudar a otros, incluso a sus hijos, ya que de no hacerlo posiblemente se pierda el conocimiento y se termine sin ponérsela a sí mismo o a nadie más. No veía la forma de ayudar a Eva a subir o bajar. Era momento de ponerme la máscara de oxígeno por si en unos segundo me tocaba ponérsela a ella tirando de una cuerda o algo por el estilo. Y de nuevo los miedos a la pérdida de un ser querido. Luije, sin embargo, más experimentado y resolutivo, subió por detrás de mí (aún no sé cómo), sujetó a Eva por la espalda, y le dio ese empuje de seguridad que necesitaba para llegar a la primera etapa de la subida sin mayor contratiempo.
Eva decidió no continuar. Ya había tenido suficiente. Y yo decidí no dejarla sola. No hubo reproches. No hubo lamentos. No hubo decepción. Sólo una experiencia de vida más. Un espejo magnífico en el que mirarse y conocerse más y mejor. Los demás continuaron la ascensión de los dos tramos siguientes, en lo que parecía toda una proeza vista desde abajo. Mey y Samuel estaban pletóricos. Y no era para menos. Lo que habían logrado era toda una heroicidad en su primer ascenso.
¿Que si repetiremos? Eva dice que sí. A mí me gustaría completar los tres tramos, y quién sabe si hacer la locura del puente tibetano. Pero lo que sí está claro es que los cuatro íbamos con la sensación de una experiencia única y maravillosa. Como la de la vida misma.



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sábado, 16 de febrero de 2019

Tormentas

Siempre me han fascinado las tormentas.
No me dan miedo, ni me invade el deseo de guarecerme o escapar.
Me parece un espectáculo a la vez magnífico y sobrecogedor.
Simple y llanamente me fascinan.
Por eso me encanta observarlas desde la ventana, o salir al porche para ver la lluvia cayendo a manta y los rayos partir el cielo sobresaltándome con el sonido de los truenos.
También me maravilla cómo, después de ese despliegue de absoluta destrucción, el cielo, el aire y las calles parecen estar más limpios.
Incluso las plantas crecen con un nuevo brío y todo lo que albergaba  la tierra empieza a brotar con una fuerza que estaba escondida.

En la vida pasa igual.
Hay grandes tormentas que arrasan el corazón.
Vientos huracanados que doblegan la mente.
Lluvias que te llenan de dolor.
Sin embargo, tendemos a huir de estas situaciones, yo incluida, por dos motivos principalmente.
Porque cuesta enfrentarse a las propias verdades o porque  no queremos “dañar” la relación con alguien a quien amamos.


Durante estos últimos meses, por nuestro hogar han pasado varios tsunamis y algún que otro huracán.
Pero a mí me han traído personalmente una gran enseñanza.
Creo que en estas ocasiones, al igual que al principio, hay que salir fuera, bajo la ira de los truenos, a sabiendas de que puedes quedar empapado hasta la médula e incluso  caerte un rayo.
Porque esa bendita tormenta, te permite confrontar tus tonterías, tus miedos, te hace mirar de frente lo que no quieres.
Y si sabes aprovecharla bien, reconducirá tu vida, pondrá las cosas en su sitio, te devolverá a tu camino y, al día siguiente, todo brotará con más fuerza desde tu interior.


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martes, 5 de febrero de 2019

Puertas que se cierran

La "cuesta de enero" ha sido de aúpa. La emocional, me refiero. Y la de febrero apunta maneras también: en la pendiente y en las curvas, me refiero. Han sido semanas intensas, muy intensas. No recuerdo haber suspirado tanto en mi vida. Cuando se juntan tantas cosas, mejor darse tres o cuatro segundos. Mejor respirar dos o tres veces antes de precipitarse. Y al final uno acaba hiperventilado...
Este pasado fin de semana era un momento clave de muchos procesos vividos. Era nada más y nada menos que la final nacional en Madrid para las plazas y becas de las que disfruta Pablo en Italia. Y también Samuel había logrado llegar a lo más alto. Que los dos hermanos hayan llegado hasta ahí en dos años seguidos ya era un logro inmenso. Pero sólo faltaba un último paso. Y por eso durante semanas hemos estado trabajando en casa para que ese paso se pudiera consumar. Practicando entrevistas y presentaciones. Puliendo esto y aquello. Ultimando detalles. Pero no ha podido ser. Ese último paso se ha frustrado. Y la sensación debe ser similar a la del que llega a la final de las Olimpiadas y se queda cuarto. O la del que llega a la final de la Champions y la pierde. Ni medalla, ni copa. Ni Canadá, ni Noruega, ni Singapur.
Pablo y Samuel,
recién llegado éste de EEUU,
junio 2018
Siempre hemos creído en casa que una familia se parece más a una fábrica de sueños que a un búnker. Lo segundo te protege de cualquier peligro o amenaza externa. Lo primero te ayuda a volar. Y por eso hemos estado poniendo a punto las alas de Samuel, igual que hicimos el pasado año con Pablo. Sabiendo que nuestra misión es propiciar que tengan las mismas oportunidades al soñar. Y que luego cada uno abre las alas a su estilo. Salta del nido cuando y como puede (o quiere). Y tiene unas aptitudes u otras en el bello arte de surcar los cielos de este maravilloso mundo.
Esta puerta se ha cerrado. Probablemente para siempre. A pesar de todo el esfuerzo, que no fue poco. En situaciones así, a veces es más fácil pensar que es injusto. O que apostar tanto por dos chavales de la misma familia no debe ser, y que le ha perjudicado. Pero nosotros no creemos ni lo uno ni lo otro. El proceso ha sido impecable. Como el año pasado. Tanto, que el propio descartado está emocionado con lo vivido durante todas esas horas con sus compañeros (no competidores) y con el equipo de selección. Preferimos pensar que quizás a esas alas les falta aún alguna que otra ITV que pasar. Que quizás no todos podemos afrontar los mismos desafíos en el mismo momento, especialmente cuando éstos son tan grandes. Y por eso toca aceptar. Porque todo es perfecto. Porque no tiene sentido aferrarse a nada. A pesar del vuelco del corazón al no escuchar tu nombre entre los elegidos.
Hace 25 años, Mey se presentó a unas oposiciones en Canarias. Había once plazas y ella quedó la duodécima. Cuando fue a revisar el examen, el tribunal le dijo que había empatado con el último, pero que ella tenía más recursos para sacarse las oposiciones a la siguiente en cualquier lugar, y por eso habían optado por el otro candidato. Aquel razonamiento nos indignó hasta el extremo. Costaba aceptar algo tan aparentemente injusto. Pocos años después, Mey resultaba la número uno de su promoción en lo que hoy es nuestro hogar, Andalucía. Y quizás aquel aparente éxito del puesto once nos habría alejado de lo que hoy disfrutamos tanto. Por eso tiene tanto sentido dejarse fluir, incluso en las frustraciones por noticias tan deseadas. Aunque cueste encontrarle el sentido ahora.
Samuel salió mal de allí. Ahora se refugia en su piano y en Chopin para lamerse las heridas. Es lo que toca cuando todo está tan reciente. Sentía que esa puerta era su vida. Suele pasar cuando esperas que los lugares lejanos te resuelvan la "papeleta" de lo que quizás tienes mucho más cerca. Tan cerca como dentro de ti. Y quizás por eso ahora no tocaba que la puerta se abriese. Porque quizás vengan puertas aún mejores. O porque quizás las alas deban fortalecerse para volar aún más alto. Aunque dé un poco de vértigo. Ya se sabe que si los sueños no asustan, como la altitud, es que no son lo suficientemente grandes. Habrá que ponerse a punto para esos vuelos. Y aprender de los portazos de la vida, para que se abran otras puertas de par en par.


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domingo, 13 de enero de 2019

Removidos

El 2019 surca ya los mares de nuestras vidas. A toda máquina, como siempre. Cargado de retos, de ilusiones, de tropiezos y de aprendizajes. Las últimas semanas de travesía han sido especialmente intensas, en todos los sentidos.
Las tradiciones navideñas parece que mandan, y los encuentros y comidas con amigos y familiares rozaron el exceso, aunque el regreso a casa para estas fechas de Pablo ha sido el gran protagonista. Su madurez, sus ansias por crecer y aprender, y su gratitud a la vida por la cantidad de oportunidades que le está ofreciendo, nos han removido profundamente. Es la encarnación viva de lo que significa "vivir la vida a tope". De verdad, sin excesos absurdos. En pocos días cumplirá 18 años, y él mismo nos reconocía su fortuna al haber vivido y experimentado en este tiempo más que muchas personas en toda su vida. ¿Cómo no sentirse agradecido así? Da gusto comprobar la madurez con la que afronta la relación con su chica, a pesar de la distancia y de las voces agoreras de algunos amigos respecto a que las cosas en la lejanía no funcionan. ¡Qué sabrán algunos! Ellos viven su presente compartiendo lo que pueden por whatsapp, construyendo como hormiguitas un futuro, y exprimiendo cada instante de sus reencuentros. Los días en Cádiz con ellos, mientras Samuel y Eva disfrutaban de un nuevo episodio londinense, fueron toda una delicia. También su cara cuando llegó a la fiesta-sorpresa que le organizamos en casa con familiares y sus más allegados, anticipando una efemérides tan relevante. Estaba exultante. Hace dos días que volvió a Italia y su ausencia en casa se nota todavía más que antes.
Playa la Barrosa (Cádiz), dic. 2018
Por otro lado, siempre me costó entender a quienes dicen que estas fechas navideñas les generan nostalgia y tristeza. Para nosotros siempre fue un período precioso, y lo vivíamos con la máxima ilusión, sobre todo cuando los niños eran niños. Pero este año, sin embargo, no he podido evitar sentir esa dura sensación que antes no entendía. La de la ausencia de quienes se fueron para siempre. La de quienes están, pero como si no estuvieran. Por ahí también se han removido cosas muy dentro.
Y finalmente, la experiencia de Alí. Mucho se ha agitado también en lo más profundo tras ella. A veces podemos caer en la tentación de creer que los grandes aprendizajes de la vida viene cargados de finales felices, de sonrisas, y de logros alcanzados a la primera sin esfuerzo. Malos hábitos de los "happy endings" de Hollywood. Bien sabemos todos que las cosas no funcionan así. Que los mayores avances se producen tras estrepitosos fracasos. Y que con frecuencia toca caerse, levantarse e incluso cambiar de rumbo. Los primeros días con él fueron bien, mientras se hacía lo que él quería. Pero poco a poco llegaron los caprichos y las imposiciones. Veladas y no tan veladas. Quizás por su forma de ser, quizás por su cultura, o quizás por la falta de referencias familiares. Pero lo cierto es que se revelaron ciertas las advertencias que nos hicieron respecto a la dificultad que suponía acogerle, aunque tan sólo fuera para unos días estas Navidades. Y todo explotó en una Nochebuena que resultó más bien regular. Importantes dilemas: ¿imponer líneas rojas o dar "cuartelillo" en fechas tan señaladas?; ¿mantener las normas que siempre tuvimos con nuestros hijos, o crear excepciones para el recién llegado?; ¿cómo cuadrar todo esto en el período de mayor trasiego familiar del año, con tanta gente en medio?
Alí necesita muchas semanas previas de acoplamiento. Muchas charlas como las que le dimos en la mañana de Navidad. Y un acompañamiento y una dedicación absolutos que, por desgracia, nuestra vida actual no nos permite. No, al menos, sin dejar de lado buena parte de la atención a nuestros hijos, trabajos, proyectos y responsabilidades presentes o futuras. Por mucha culpabilidad que esa constatación genere. Alí requiere dedicación por completo, y es preciso ser realistas y sinceros: nuestro momento vital nos lo hace inviable ahora.
Su presencia en casa ha sido toda una lección. Y no sólo para él. En este mundo hay mucho por hacer, y a veces no basta sólo con tener buena voluntad. Es preciso tener tiempo, energía y un presente propicio para dedicar todo el tiempo que estos niños requieren tras su, a veces, duro pasado. Sea para una colaboración puntual como la de Alí, o sea para una acogida más prolongada. Sin duda, estos días con Alí nos han hecho valorar hasta qué punto, las familias que reciben en casa a niños así, de forma abnegada y silenciosa, son verdaderos héroes de ese mundo diferente que tantos anhelamos.
El final del 2018 y el principio del 2019 nos ha trastocado mucho en lo más íntimo. Los sentimientos están a flor de piel. Y sentimos con ímpetu que se avecinan vientos de cambio. Nos embarcamos en ese viaje con los mejores propósitos. Intuimos que, quizás, sea el año de la paciencia, de la aceptación, y de trabajarse el ego a fondo. Nos remangaremos para ello. Los desafíos no son pequeños.


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