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domingo, 9 de septiembre de 2012

¿Cuál es tu código de barras?

Observo con preocupación cómo en los gravísimos tiempos que corren cualquier persona o grupo que trata de alzar la voz para denunciar injusticias, para reclamar un cambio de modelo, para plantear alternativas, o para movilizar a su entorno, es etiquetado sin piedad, como forma de estigmatizarle.

Cuando se iniciaba la crisis, aquellos que advertían sobre sus peligros eran etiquetados de "anti-patrióticos".
Cuando estallaron las protestas del 15M, se les etiquetó de "terroristas, gamberros y perroflautas".
Cuando el Gobierno trata de ver respaldadas sus injustas medidas, nos etiqueta a casi todos de "mayoría silenciosa que les apoya"
Cuando se han iniciado acciones simbólicas de protesta con ocupaciones de supermercados, para denunciar el hambre que ya están pasando muchas familias y la cantidad de comida que se tira diariamente, se les ha etiquetado de todo: "delincuentes", "marxistas trasnochados", "ladrones", "usurpadores de la propiedad",,,
A la iniciativa "#25S: Ocupa el Congreso" se la ha etiquetado de "golpista", de ultraderechista o de extrema-izquierda...
A mi mujer y a mí, por haber iniciado este blog y alzar la voz, gente de nuestro entorno más cercano ya nos ha etiquetado de "radicales"...

Las personas, como forma de relacionarnos, tendemos a usar las etiquetas, para saber dónde colocar las barreras que nos defiendan de una posible amenaza que pueda perturbarnos. Sin embargo, el uso de estas etiquetas y las barreras que llevan consigo es utilizada hábilmente por los poderosos y sus medios de comunicación, para tratar de desprestigiar, minusvalorar o criminalizar a todo aquel que osa poner en tela de juicio sus métodos o fines. Es la viejísima estrategia del "Divide et vinces" de Julio César ("Divide y vencerás"), pero con un grado de sofisticación a base de nuevas tecnologías y medios de comunicación que da miedo.
Que ellos van a seguir usando esos métodos para mantener el "status quo" es indudable. Pero depende en gran medida de nosotros seguirles o no el juego. Y me temo que lo llevamos impreso en nuestra programación o en nuestro ADN, con lo cual el esfuerzo ha de ser mayor.
Nos han hecho creer libres al "permitirnos" elegir nuestra ideología, como forma de sentirnos a gusto en un redil pre-concebido. Pero quizás no nos damos cuenta que esa ideología incorpora propuestas que en muchos casos van contra nuestros principios. Como soy de izquierdas....O soy de derechas....¡Qué fácil resulta entonces manipularme, etiquetando tal o cual propuesta en la ideología contraria! ¿Acaso no nos damos cuenta de que incluso vemos o escuchamos el medio de comunicación más afín a nuestra ideología, como forma de reforzar ese chip que llevamos impreso? 
Sólo de nosotros depende, pues, desactivar esa arma de destrucción masiva de alternativas y propuesta de cambio. Seamos profundamente críticos con todo lo que nos llega a través de los medios de comunicación. Huyamos de nuestra adscripción ideológica y UNÁMONOS EN TORNO A PRINCIPIOS. Los principios nos hacen UNO. Las ideologías buscan separarnos.
Las etiquetas son, sin duda, nuestro particular código de barras, una manera de despersonalizarnos, una manera de convertirnos en meras mercancías, lo mismo que los productos que pasamos por la cinta del supermercado. ¿Vamos a seguir pasando por la cinta de los que mueven los hilos? ¿No vale más la pena quitarnos el código de barras, aunque duela un poco? Si queremos cambiar esto, va a ser necesario que estemos TODOS para tener la fuerza suficiente.

5 comentarios:

Antonio José Sáez Castillo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Francisco Rivas Portillo dijo...

Hola, me ha gustado mucho la entrada de hoy, como todas las demás.

Creo que el principal esfuerzo está en guiar nuestra vida de acuerdo a los principios del Humanismo, independientemente de nuestro bagaje personal, ya sean nuestras creencias, nuestras tendencias políticas, etc. Eso quiere decir que debemos (no es una sugerencia, un anhelo, es un deber) desarrollar en nosotros el espíritu crítico, además de madurar los conceptos de independencia, libertad y justicia. Esto no son meras abstracciones bien intencionadas, ya que puede hacerse, y tomar ejemplos tangibles de otros que ya lo hicieron.

Leer (y entender) a Erich Fromm no vendría mal para empezar, por ejemplo, 'El humanismo como utopía real'. También es muy recomendable el libro de Albert Schweitzer 'Filosofía de la Civilización', en el que introduce su más valiosa contribución ética, la reverencia por la vida:
http://www1.chapman.edu/schweitzer/sch.reading1.html

En esta línea, son muy interesantes los principios del Tercer Manifiesto Humanista, en su edición de 2003, en este enlace:
http://aha-files.s3.amazonaws.com/63/237/humanist-manifesto-espanol.pdf

En cuanto a las tendencias políticas, recordemos el dicho romano: 'En la moderación está la virtud'. En ese sentido, una opción muy sensata e integradora es la conocida como 'liberalismo social':
http://es.wikipedia.org/wiki/Socioliberalismo

Leer, entender y asimilar estas lecturas, y otras por el estilo, pueden obrar un cambio importante a quienes se deciden a tomarlas en serio.

Cordiales saludos.

Irene dijo...

Me ha gustado mucho la entrada.
Gracias
Irene (desde Valencia)

Quebrantando el Silencio dijo...

Muy interesante la reflexión. Las etiquetas y el gregarismo son el resultado de años de profundo trabajo adoctrinador a través del sistema educativo y los medios de desinformación. Como comentas es vital recuperar ese espíritu crítico ante cualquier información o idea y el no dejarse llevar por unos u otros sin reflexión previa.

El camino es largo pero imprescindible si realmente se quiere iniciar cualquier tipo de cambio en el modelo social en el que vivimos.

Un saludo y un gran descubrimiento este blog.

marina garcía hidalgo dijo...

Efectivamente las auto_etiquetas son tan fáciles de asumir... Propongo que en Somos Mayoría no se hable de colores políticos si no solamente de lo que hay que hacer. Creo que debemos exigir una democracia más participativa. La reforma electoral fue un fraude de ley. La soberanía debe estar en manos del pueblo y no de los partidos.