sábado, 4 de diciembre de 2021

Hay que hacer algo...¿pero así?

Pensábamos que ese sería el principio del fin. 28 de octubre de 2021. Creímos que a partir de ese día, todo empezaría a relajarse y normalizarse. Pero no. Y ya pasado un mes, casi hemos perdido toda esperanza. Ese día, Singanayagam y colaboradores publicaban un estudio en la prestigiosa revista "The Lancet", la que ha sido durante mucho tiempo la biblia de los estudios científicos. Y el estudio era amplio, profundo y no ofrecía dudas. Desde septiembre de 2020 y durante todo un año, se tomaron muestras nasofaríngeas de 602 personas no infectadas en una comunidad en contacto con personas infectadas (vacunadas y no vacunadas), recogiéndose a diario 8.145 muestras de personas desde los 5 años de edad. Y las conclusiones fueron apabullantes: la vacunación no es suficiente para prevenir la transmisión del virus en hogares donde hay exposiciones prolongadas. En definitiva, que la vacunación ni detiene la infección ni detiene la transmisión, según ese estudio, que iba en la línea de otros estudios anteriores también sobre la inmunidad natural, ampliamente analizados para quien quiera arrimar el oído (1)(2)(3).

Esa información ya la intuía cualquiera a poco que se parara a pensar. Si no, ¿qué sentido tenía mantener la mascarilla en los vacunados? Pero con ese y otros estudios se derrumbaba toda la lógica que, como "papagayos", han repetido los medios de comunicación desde hace un año, aunque estamos convencidos que muchos se apuntarán ahora al "nuncadijismo". "Nunca dije". "Nunca dije"... Aquello de que estamos inmunizados si nos vacunamos. Aquello de que con la vacuna acabaremos con esto. Aquello de que basta con llegar al 70% para lograr la inmunidad de rebaño. Aquello de los porcentajes del 95% de  una inmunidad que no menguaba. O aquello de que no habría que ponerse más dosis. Tantas y tantas cosas dichas sin coherencia todos estos meses.

Pero lo cierto es que la Ciencia, con estos estudios, desmonta por completo las medidas "estrella" de las últimas semanas, repetidas hasta en la sopa: obligatoriedad de la vacunación y pasaporte sanitario. El veredicto es claro y no ofrece dudas, como ya todos reconocen. Y con él, el pasaporte COVID no deja de ser una medida política coercitiva, no sanitaria, sin efectos beneficiosos sobre la salud de las personas, convirtiéndose en un certificado de obediencia, y en una especie de licencia para que las personas vacunadas puedan contagiar si enferman.

Estuvimos esperando unos días a que los medios de comunicación se hicieran eco de ese y otros estudios similares. Clamoroso silencio. Incomprensible silencio. ¿Silencio cómplice? Por el contrario, se repiten los titulares y los llamamientos para acorralar a los no-vacunados, para estigmatizarlos, para arrinconarlos. Un día en un periódico regional. Otro en un programa de tele-basura pero con 3 millones de espectadores. Otro en declaraciones de Presidentes de regiones, Ministros, exministros y exvicepresidentes del PP, del PSOE, de Podemos... Da igual. Todos se apuntan al cacareo desinformado (¿o interesado?). Yo prefiero pensar bien. Y como buen Leo, me embarco en otra de mis causas imposibles. Pienso que quizás no les haya llegado la noticia. Y les interpelo uno a uno: "Estimada Sr/a. X: como ex ministro del Gobierno, etc, etc, rogamos comparta la fuente "científica" de su afirmación para contrastarla con el estudio en Lancet del 28/10 de este hilo. Si es un error, rogamos lo corrija: genera miedo, alarma y división". Ni uno solo corrige su proclama. Y eso que las afirmaciones casi incitan al odio. Javier Solana, afirma que "Los que no se vacunan son responsables de esta ola". Pablo Iglesias lo expresa así: "sería perfectamente razonable hacer la vacunación obligatoria, igual que es obligatorio no ir a más de 120 km/h en una autopista". Revilla lo expresa a su estilo: "que se vacune a todo el mundo, por las buenas o las malas, por lo civil o lo militar". Y Miguel Sebastián es aún más explícito: "El pasaporte no evita el contagio, además los vacunados contagian igual. Hacer la vida imposible a los que no se quieren vacunar, ese es el objetivo". Todo muy cabal. Todo muy sopesado y fundamentado. Y, por supuesto, todo muy democrático. Pero lo cierto es que, sea político, medio de comunicación, o "famosete del tres al cuarto", ni uno solo comparte la fuente en la que basa su loca exhortación, a pesar de que durante meses han dicho que esas decisiones se basaban en los criterios de los expertos. Quizás les faltó añadir: "...mientras los expertos digan lo que queremos que digan".

No me resigno, y me dedico a compartir por doquier tanta evidencia (ver enlaces): decenas de estudios científicos sobre los efectos adversos de las vacunas; testimonios de todo tipo; tratamientos alternativos a las inoculaciones; vídeos formativos e informativos; datos estadísticos de fuentes oficiales; respuestas a tantas preguntas sobre las nuevas variantes...Pero nada. Hasta los hechos más obvios. Hasta las evidencias más clamorosas para el sentido común son silenciadas o directamente malinterpretadas a la luz de las creencias previas o de las decisiones ya tomadas. Esfuerzo baldío. 

Ante ese panorama, difícil no preguntarse por qué, o para qué. Y uno entiende que muchos acudan a las interpretaciones conspiranoicas. A la mano que mueve los hilos de todo esto. Pero ni siquiera hace falta. Las evidencias son tantas y tan claras, que sobra una explicación de un "malo pérfido" que esté detrás de toda esta pesadilla, arrastrando con él a miles de médicos, científicos, autoridades sanitarias, y público en general. A veces las cosas son más sencillas que todo eso. 

En los años 60 y 70, la CIA lanzó su proyecto "Mockingbird" con el objetivo puesto en la disidencia juvenil y sus supuestas conexiones extranjeras, los movimientos contra la guerra de Vietnam y los periodistas incómodos en el interior de EEUU. Y se realizaron experimentos psicológicos consistentes en aislar a alguien como "raro", sin necesidad ni siquiera de acordarlo previamente. El proyecto sólo necesitaba colocar a unos pocos agentes en posiciones clave donde pudieran establecer normas e intimidar a quienes las violaran. El "matón" de turno denunciaba, por ejemplo, a Kent como "rarito" (¿o negacionista?). Si alguien se atrevía a decirle una palabra amistosa a Kent, también sería señalado como "rarito". Pronto todos acabarían rechazando a Kent. Lo peor es que se demostró que esto podía suceder de forma espontánea. Entrevistados posteriormente quienes participaron en aquel experimento sin saberlo, reconocieron su vergüenza por no haber defendido nunca a Kent. Cuando no eran vistos, trataban de ser amables con él. Pero le tenían miedo al "matón" de turno, y entendieron que estaban cerca de sufrir el mismo destino de Kent. Mejor unirse a los verdugos que acabar siendo también una víctima.

Es absurdo pensar que miles de médicos o científicos estén "compichados" con algún malvado, con la intención de perjudicar a la Humanidad. Aunque es clamoroso el desconocimiento de muchos en materia de virología y epidemiología, convirtiéndose en autómatas de los protocolos sanitarios impuestos, como hemos contrastado personalmente en decenas de conversaciones de estos meses. Pero descalificarlos o criminalizarlos no hace sino ridiculizar las lógicas dudas que su posición ha generado a millones de personas en todo el mundo. Sólo se precisa que no quieran ser señalados como favorecedores del que denuncia efectos adversos, o del que aporta evidencias contrarias a la narrativa oficial. El puesto y el sueldo están en juego, como se ha visto ampliamente demostrado con aquellos que han sido despedidos. Y a veces, incluso la curación y el bienestar de los pacientes están también en juego. Porque si como médico, has aconsejado la vacuna, y resulta que acaba teniendo efectos secundarios, y se generan daños para tu paciente, casi va a interesar negar que se deben a la vacuna, porque tu seguro de responsabilidad civil como médico ha excluido expresamente esas decisiones "Covid" de la cobertura para cubrir los posibles daños a tus pacientes. Así que mejor mentir para no perjudicarle aún más, como algunos ya han reconocido. Y con ello, el círculo es perfecto: toma de decisiones a espaldas de las evidencias científicas; políticos y medios de comunicación remando al unísono en la dirección contraria al sentido común y a la razón; y médicos en silencio cómplice, a modo de auto-censura (que muchos también practicamos, por desgracia, en nuestro día a día para evitar estar en permanente confrontación).

Cuando las cosas se tuercen mucho, bien sea por guerras, catástrofes naturales, hambrunas o enfermedades, desde las más antiguas tribus hasta los imperios más actuales, los seres humanos no pueden quedarse de brazos cruzados. El pueblo pide explicaciones. Las autoridades de turno tratan de mover ficha. Y la frase que se ha repetido en todos los idiomas y en todas las épocas ha sido siempre la misma en esas circunstancias: ALGO HAY QUE HACER. Porque resulta insoportable e inasumible que debamos "aguantarnos" sin más con esa calamidad que nos ha caído del cielo. Pero claro, en el fragor de esas circunstancias tan adversas y con la presión por hacer algo ya, lo que menos se tiene es la cabeza fría para hacer algo y hacerlo bien. Y se acaba haciendo cualquier cosa, para que, al menos, se ponga el foco en otros. Y es así como nace el gran invento de la condición humana: el "chivo expiatorio". Una persona o grupo de personas a quienes se quiere hacer culpables de algo con independencia de su inocencia, sirviendo así de excusa a los fines del inculpador. Así, sobre ellos, se aplica injustamente una acusación o condena para impedir que los auténticos responsables sean juzgados o para satisfacer la necesidad de condena ante la falta de culpables, librando de represalias a quien corresponda. ¿A alguien no le suena esta dinámica en la invasión de Irak con aquella absurda acusación de armas de destrucción masiva contra Sadam Husein? Cuando fue ejecutado y tras miles de muertos en los bombardeos, se demostró que lo de las armas había sido una "patraña", pero ya no era un asunto de actualidad, y el olvido jugó su papel. Lo mismo sucedió con la guerra contra Afganistán tras el atentado de las Torres Gemelas, con la Guerra de las Malvinas, o incluso con nuestro famoso Islote Perejil, que defendimos "a capa y espada" contra los marroquíes no hace ni dos décadas. Lo mismo sucedió en aquel "crucifícalo, crucifícalo" de hace dos mil años. O lo mismo sucede a diario con miles de inmigrantes o gitanos de todo el mundo, siendo culpados injustamente de todo tipo de desmanes, para que la ira y la frustración recaiga sobre ellos en lugar de sobre las causas de las injusticias que se quieren combatir. Como bien recuerda Fernando del Pino, "en la Europa Central de los siglos XV a XVII la histeria colectiva llevó a las masas a linchar y quemar vivas a decenas de miles de mujeres acusadas falsamente de causar malas cosechas y epidemias", en una auténtica caza de brujas.

La Historia se supone que existe para no cometer los mismos errores que se cometieron en el pasado. Pero como nos recuerda nuestro querido amigo Xavi León, "la Alemania Nazi introdujo el «Gesundheitspass” o «Pasaporte Sanitario» que deshonraba a quien no lo poseyera. En aquella época fascista, no se podía acceder a edificios públicos, teatros, museos, escuelas y lugares de trabajo, si no poseías ese pasaporte. (...) Eran unos hechos que atentaban contra la libertad individual, y al hacerlo, la esencia del ser humano, simplemente desaparecía. (...) Sin darnos cuenta, estamos aplicando los valores del higienismo, donde los sanos y puros tienen derechos y libertades por encima de los impuros, de los no vacunados, los cuales no pueden tener libertad de movimiento, expresión o decisión". Del Pino se pregunta: "¿Propondrán pronto que los no vacunados se cosan una estrella de David en la solapa antes de encerrarlos en guetos e internar a los más recalcitrantes en campos de concentración?". Sobran las palabras. La realidad es demasiado tozuda y recuerda demasiado a lo que parece haberse olvidado.

Vivimos una narrativa pandémica que se ha construido sobre el belicismo de una supuesta lucha contra un virus letal, sobre unos contagios casi milagrosos, sobre unos porcentajes de inmunidad de rebaño que van y vienen igual que la tan cacareada "normalidad", y sobre toda una batería de dogmas con sus correspondientes ritos sanitarios. Muchos de ellos están totalmente descartados ya por la ciencia, pero tranquilizan a millones de personas como si les protegiera del "demonio", incluyendo el gel hidroalcohólico, las mascarillas y los pinchazos. Por supuesto, como en toda película, debe haber buenos y malos. Y estos segundos están siendo convertidos en verdaderos "cabeza de turco" a los que endosar las culpas de todo.

No está mal la predisposición a solucionar los graves problemas que acucian a la Humanidad. No está mal la actitud de "hay que hacer algo". Pero no vale cualquier cosa. No vale a cualquier precio. Y no vale si lo que se hace no vale absolutamente para nada, y perjudica a millones de personas sin sentido alguno. Por desgracia, en esas estamos. 


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sábado, 27 de noviembre de 2021

Es hora de crecer

Es, sin duda, de lo que más orgullosos estamos como padres. Con los tres. Más allá de las buenas notas, de sus logros musicales o deportivos, o de su nobleza. Todo ello tiene muchísimo mérito. Pero esto lo tiene aún más. Sobre todo en estos tiempos que corren. Baste un ejemplo reciente.

Eva llevaba años con esa ilusión. Había sido testigo desde la distancia y desde la barrera de cómo sus hermanos habían disfrutado de experiencias únicas e inolvidables durante aquel 4º de la ESO en Estados Unidos. Sus ojillos se dilataban cada vez que alguno de ellos rememoraba cualquier anécdota, cualquier detalle. Y se frotaba las manos a medida que se acercaba su turno, pensando en que por fin le tocaba a ella en agosto de 2020. Luchó muy duro para conseguirlo. Meses preparando la documentación, las vacunas y un vídeo de presentación, que trabajó a conciencia. Y cuando aquella familia texana la eligió para acogerla en su hogar, saltaba de júbilo. No se lo podía creer. ¡Por fin!... Pero de repente todo se truncó. Llegó la pandemia y con ella ese miedo pegajoso y contagioso que sigue adherido a esta Humanidad desde entonces. Con todo ya preparado y pagado, la agencia empezó a desaconsejar el viaje. La familia y los amigos empezaron a decirle que era mejor no ir. Que era peligroso. Que no iba a ser como otros años. Que ya habría otras oportunidades. Y a juzgar por las caras que nos ponían a nosotros, que seríamos malos padres si la enviábamos en una situación así. De modo que aquel sueño que había atesorado durante años se truncó definitivamente cuando la Administración Trump cerró las fronteras y las visas para estudiantes extranjeros. No paraba de llorar. No podía creer su mala suerte. Pero tras unos días de "bajón", la ayudamos a recordar lo que llevamos años trabajando en casa. ¿Quién tiene la llave de tus sueños? ¿Tu familia? ¿Tus amigos? ¿La agencia del viaje? ¿Trump? ¿Cómo que el sueño se truncaba definitivamente? ¡De eso nada! Mey la ayudó a visualizar con todas sus fuerzas que aquella puerta que le estaba cerrando el destino, se podía abrir para ella. Debía prepararse interiormente si se daba la más mínima oportunidad. Y día tras día cerró los ojos y se vio con su nueva familia americana en ese viaje que tanto había deseado durante años. Una y otra vez. Sin desesperar. Hasta que el Universo debió sentir las cosquillas de su ilusión y abrió una rendija. Una muy pequeña. Pero si por las rendijas más pequeñas se cuela el agua, ¡qué decir de los sueños! Trump tuvo que recular en su decisión respecto a las visas de estudiantes, ante la demanda de las veinte principales universidades americanas. El primer paso estaba dado. Pero no era el más difícil para Eva. Lo difícil venía ahora: mantenerse firme en su propósito contra viento y marea. Contra la familia, los amigos, y la agencia, que ya nos había devuelto incluso el dinero. Contra el hecho de que sólo darían el paso un puñado de chavales. Y sobre todo contra ese mantra que ya entonces llevábamos meses escuchando: "miedo, miedo, miedo....uh, uh, uh". No se trataba de ir contracorriente en una rebeldía sin causa. Se trataba de no dejarse arrastrar por la corriente de lo que todos hacen sin fundamento, sólo porque todos lo hacen. Se trataba de no tener miedo a ser señalada o criticada por hacer algo distinto. Y se trataba, sobre todo, de no entrar en los chantajes psicológicos, sibilinos o descarados, para que no se fuera "por su bien". Pero ella no dudó ni un instante. "Erre que erre". Y nosotros la respaldamos al 200%. ¿Después de toda una vida guiándole para que nadie le escriba su destino, ahora íbamos a cambiar de rumbo, sólo porque la "tele", los gobiernos y todos los que les escuchaban señalaran otro? Pues no. Rumbo sólo hay uno: el que cada uno se marca. No el que tratan de marcarnos. La decisión no gustó. Y estamos convencidos de que hubo personas que hasta que volvió hecha una mujer un año después, no respiraron tranquilas. Pero ella vivió su sueño, en lo que no para de repetir que ha sido, sin duda, "el mejor año de su vida". Y esa determinación, ese empuje y esa libertad de criterio frente a todos y frente a todo es lo que más orgullo nos genera como padres. Quizás porque el instinto nos dice que es de lo que más necesita este mundo. Y es el mejor legado que podemos dejarle a este planeta a través de nuestros tres hijos.

Por desgracia, el mundo hoy está en las antípodas de esto. Hemos cedido toda nuestra libertad. Hemos delegado en otros la decisión sobre nuestro rumbo vital prácticamente en todo. Nos creemos todo lo que nos dice "la caja tonta" sin cuestionarnos si tiene o no sentido. Obedecemos sin pestañear las decisiones de nuestro gobierno, aunque carezcan de lógica y coherencia. Nos sometemos y, peor aún, sometemos a nuestros hijos al itinerario absurdo que nos marcan "el qué dirán", "un futuro digno", ese miedo histérico, o la absurda huida de nuestra condición de seres finitos. Y agachamos la cabeza, para que nos den los "cogotazos" que sean necesarios. Eso sí. Mientras nos los dan, nos dirán que es por nuestro bien. Nos hemos convencido de que es mejor eso, que tener que decidir por uno mismo, y sobre todo, si con esa decisión, debes ir contracorriente. Pero al menos permanecemos en nuestra zona de confort. Ahí, calentitos. Sintiéndonos rebaño cumplidor, ciudadanos ejemplares de una historia que nos hemos tragado de principio a fin.

Los que hemos vivido en nuestros hijos la etapa de la adolescencia, sabemos bien que lo más difícil del paso a la edad adulta es asumir la responsabilidad de decidir. Siempre es más fácil que otros te digan lo que tienes que hacer. No tienes que analizar alternativas, informarte o estudiar a fondo los pros y contras de las distintas opciones. Sólo obedeces y ya está. Pero eso no es ser adulto. Y nos sorprende enormemente hasta qué punto esta dinámica se ha producido en el último año en buena parte de la Humanidad, dejando que otros decidan por miles de millones de personas sin apenas cuestionarnos nada.

Dicen los psicólogos que entre el niño pequeño y su cuidador (sea el padre, la madre o su tutor) se crea un nexo de dependencia tan fuerte, que cuando por desgracia hay abusos sexuales o violencia en ese ámbito tan íntimo, el niño no puede asimilar que su cuidador, que es "bueno y perfecto", le pueda estar haciendo daño. Y llega a culparse por lo que está sucediéndole, prolongándose durante años (si no, de por vida) ese trauma psicológico. Esos niños, con esa dependencia tan fuerte de sus cuidadores, acaban creciendo. Acaban teniendo un trabajo, un apartamento, un coche. Y muchos acaban trasladando el papel de ese cuidador, desde sus padres al Gobierno, a los medios de comunicación, a la comunidad médica y científica, o incluso a la OMS, sin hacer una verdadera transición a lo que implica ser adulto. Y si les hacen daño, pensarán que es por su culpa o porque alguien ha desobedecido lo que debía hacerse.

Si hubiéramos dicho esto hace dos años, podría haber parecido exagerado. Pero tras lo que estamos viviendo en este pandemia, resulta hasta comedido. Y nos recuerda otras situaciones similares que ya denunciamos y que conectan con este "paternalismo" permanente en el que vivimos, y en el que nos censuran las noticias o la información porque "alguien" sabe, mejor que tú o que yo, lo que necesitamos ver u oír. Hasta ese extremo hemos llegado.

Y si hablamos del "paternalismo sanitario", "apaga y vámonos". Empezando por el papel pasivo, ignorante y sumiso que debe tener el paciente ante la sapiencia del doctor o científico de turno (¡¿a nadie le choca que se le llame precisamente "paciente"?!). Él o ella, mejor que nadie, sabe lo que debes o no debes hacer o tomar. Y ni se te ocurra cuestionar nada, por muy tuyo que sea tu cuerpo. Como cuando nos tacharon de locos por no querer hacer la arriesgadísima amiocentesis en el embarazo de Eva porque lo decía una tabla estadística de edad, por mucho que la madre tuviera claro que todo iba bien. O como cuando a unos grandes amigos les aconsejaron (y casi forzaron) a abortar, porque en el embarazo de su segundo hijo, se detectó un exceso de material genético en el cromosoma 11 sobre el que no había suficiente literatura médica ni estudios científicos. En ambos casos, los padres nos hicimos preguntas, atamos cabos y sopesamos ese criterio "médico-científico", que llevaba a consecuencias tan nefastas. No seguimos el dictamen médico, y en ambos casos, llevábamos razón y los niños están perfectamente 16 años después.

Eso no significa que no creamos en la Medicina o en la Ciencia. Para nada. La Medicina y la Ciencia me han salvado el ojo varias veces (ver 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7) e impidieron que lo de mi oído tuviera consecuencias nefastas. Pero eso no significa que la Medicina o la Ciencia sean un dogma. Podemos y debemos hacernos preguntas y plantear alternativas. Así, si hace unas décadas una embarazada se hubiera negado a que le pusieran rayos X (conocemos a alguien que así lo hizo), se habría visto como un sacrilegio negacionista esa postura, y sin embargo posteriormente se ha sabido el daño que esos rayos provocan al feto. Igual que cuando Mey ya en dos ocasiones, ha dejado "de piedra" a su ginecóloga, cuando le iban a extirpar unos quistes, y ha sido capaz de que éstos se disuelvan solos. ¿Cómo pretenden que simplemente hagamos o nos dejemos hacer sumisamente lo que nos dicen sin hacernos preguntas? ¿Acaso no nos damos cuenta que la medicina occidental en muchos casos está inmersa en un sistema mercantilista que simplemente va al síntoma, y no a las causas de las enfermedades? ¿Acaso se nos olvida que tenemos capacidad incluso para curarnos a nosotros mismos? ¿Cómo pretenden que cedamos de esa forma la autonomía y la libertad sobre nuestro cuerpo, como si fuéramos meros números? Con nosotros que no cuenten para jugar a ese "paternalismo" sanitario absurdo.

Sinceramente, creemos que vivimos en un "Estado-niñera" o en una "sociedad-niñera". Y, por ejemplo, como niños consentidos, maltratamos, derrochamos y abusamos del gran planeta que nos acoge, en lugar de empezar a actuar como adultos y plantearnos qué podemos hacer por el maravilloso lugar en que habitamos. Por otro lado, en el ámbito socio-político, hay mecanismos de solidaridad y apoyo a muchos colectivos que si no se gestionan con equilibrio, acaban generando dependencias, esclavitudes y chantajes peores que las duras situaciones de partida. Por eso toca ya crecer y hacerse mayores. Toca hacerse preguntas. Y toca actuar en conciencia y en coherencia con nuestro rumbo vital como seres adultos y evolucionados. Aunque sea difícil y arriesgado. Aunque a veces uno se caiga y se equivoque. Nosotros hemos dejado que nuestros hijos se caigan muchas veces para que la experiencia de la caída les enseñe y les curta. Desde muy pequeños han ido de acampada a la montaña con los Scouts, y han tenido que enfrentarse por ellos mismos a multitud de dilemas y retos. Obstáculos, encrucijadas, frustraciones...¿acaso no es eso la vida?

En la película de Spiderman, éste decía que "cuanto más poder tienes, más responsabilidad tienes". Y eso implica, antes de nada, evitar que con ese poder puedas causar mal a otros. Y eso no se consigue si actúas con arrogancia y prepotencia. La misma que derrochan hoy en día multitud de instituciones y sus representantes. Por eso va siendo hora, a estas alturas de la película, de que se deje de lado, tanto paternalismo, y empiecen a tratarnos con algo más de respeto. El respeto y la confianza hay que ganárselos. No se imponen. Y para ganárselos hay que escuchar más y demostrar más empatía. Hacia el paciente con efectos secundarios. Hacia los médicos o científicos que no opinan igual. Hacia quienes no tienen ese mismo miedo.

Mey y sus compañeros del mundo de la enseñanza repiten lo mismo una y otra vez. Y es buena prueba de los tiempos que vivimos: "mis alumnos no paran de pedirme la respuesta correcta, en vez de estar dispuestos a aprender a pensar para llegar a ella". ¿Estaremos dispuestos como Humanidad a crecer para llegar nosotros solos a las respuestas de nuestra vida? ¿O seguiremos esperando como niños que nos digan lo que tenemos que hacer?


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viernes, 19 de noviembre de 2021

Para eso estamos

Tres palabras. Tan sólo tres palabras. Pero cuando la vida, el Universo, o las caUsalidades nos repiten  tanto esas tres palabras durante una semana, a lo mejor es para que nos demos cuenta de algo. O incluso quizás es para que lo contemos hoy aquí.

TheVirtualDenise (Pixabay)
Miércoles por la noche. Mey acaba de llegar del trabajo y yo entro por la puerta después de hacer un poco de deporte. Llaman al teléfono. Es el mismo número que ya lo intentó al mediodía sin éxito, tanto con ella como conmigo. Quizás sea algo urgente. Al otro lado Jesús va al grano. No quiere molestar a esas horas. ¡Molestar, madre mía! Ha leído nuestro último post. Se ha quedado preocupado con la posibilidad de que el sueño de Pablo en EEUU se vea truncado por la situación actual. Apenas nos habremos visto en persona cinco o seis veces. Pero la energía y la conexión con personas como él fluyen con tal naturalidad, que no hace falta ser familia o conocerse de toda la vida, para tender la mano en lo que haga falta. "Familias cósmicas", lo llamamos una vez. Él interpreta que sus ahorros de años quizás le hagan falta ahora a Pablo en EEUU, ante su actual encrucijada. El simple ofrecimiento me eriza el vello. La emoción me recorre todo el cuerpo. Pocas personas, incluso muy cercanas, estarían dispuestas a un gesto tan sincero y comprometido como ese. Le agradezco de corazón el ofrecimiento, pero por fortuna, llevamos años ahorrando para esta etapa de nuestros hijos. Él se queda más tranquilo con mi respuesta, y le quita importancia a su ofrecimiento. "El dinero está para estas cosas", afirma. "Para eso estamos", concluye.

Gennaro_Leonardi (Pixabay)
Jueves por la noche. Mey tiene otro bello encuentro en su cotidianeidad. Viendo el nivel que tenía un alumno suyo y que quizás podría llegar a aburrirse en su clase actual, habla con el compañero profesor del nivel superior para poder subirlo. Una vez ambos de acuerdo, se lo comunican al alumno, y le hacen unas pruebas para confirmar esa sospecha. El resultado no ofrece dudas. Su nivel supera el de la clase que cursa. Pero curiosamente él se muestra dubitativo. Y con esa duda, se inicia una larguísima conversación con Mey, que va más allá de la asignatura de inglés, y se adentra en los más intrincados vericuetos de su vida y de LA VIDA. Al día siguiente se disculpa con Mey, por haberle dado tanto la "chapa". Ella hace mucho que ha entendido su papel en esos procesos de escucha. Él se muestra conmovido. "Para eso estamos".

Ese mismo jueves no me toca trabajar. Me froto las manos pensando en disfrutar de una tarde tranquila en casa, leyendo o escribiendo. Pero recibo el whatsapp de Teresa. Cambio de planes. Su hija anda "pachucha" y los protocolos Covid le exigen aislamiento. No va a poder recoger del conservatorio de Málaga a su otro hijo y a Eva, aunque fuera su turno. No pasa nada. Me quedo a comer en Málaga, trabajo esa tarde, y me ofrezco a recogerlos yo. La contundencia de su agradecimiento me conmueve: "Muchas gracias. No podré agradeceros nunca la ayuda que me prestáis. De verdad, mil gracias". Sin pensarlo un segundo, tecleo una respuesta que veo que se está repitiendo esta semana: "No hay nada que agradecer. Para eso estamos..."

Broesis (Pixabay)
El viernes por la tarde se produce un encuentro fortuito de Mey con otra alumna, ésta de hace varios años. Estamos en nuestro supermercado habitual, entre la frutería y los encurtidos, con un montón de gente yendo y viniendo a nuestro alrededor. Pero no hay sitios especiales para los encuentros del alma. Las compras pasan a un segundo plano. Se ve que para la chica es importante ese momento y se desahoga a gusto. Surgen lágrimas. Y consuelo. Brota de nuevo la gratitud. Y la misma respuesta: "Para eso estamos, mujer".

Unos días antes, Magdalena nos envía un whatsapp que nos remueve por dentro. Miles de personas en todo el mundo han leído o escuchado de sus labios alguno de sus poemas. Su poesía es un gran radar, que capta sentimientos a veces muy ocultos y los hace aflorar. Y muchos, tocados por la varita de esas palabras que curan, se dirigen directamente a ella para contarle sus dramas. El de Ana Celia no deja dormir bien a Magdalena desde hace cuatro meses. Tras recorrer miles de kilómetros, y sufrir todo tipo de persecuciones, abusos y vejaciones desde su Nicaragua natal, Ana, su marido y su hija de cuatro años por fin lograron asentarse en España. También aquí sufrieron xenofobia, pero ya es agua pasada para ellos, aunque viven como una maldición su condición de ciudadanos del tercer mundo. Esperan ansiosos que su expediente de asilo se resuelva pronto. Pero su otro hijo, de dieciséis años, sigue "allá". Han pasado ya tres años, y aunque al principio se mostraba fuerte, ha empezado a tener crisis de ansiedad y a no poder dormir siquiera. La lejanía y la angustia hacen mella en la familia, dividida por las fronteras y las burocracias. Y el dinero no les llega para el pasaje del menor y el acompañante. Magdalena se acuerda de nuestro ofrecimiento de hace unas semanas y nos cuenta el problema. De inmediato nos ponemos en marcha. Es la ventaja de estar rodeados de gente normal, pero que hace hazañas extraordinarias. Nuestros amigos de ADAPA están entre ellos. Nadie pone el más mínimo obstáculo. "SÍ" unánime. Sin paliativos. Basta con que todo surja de la relación y de la confianza. Del "tú a tú". Sin intermediarios. En menos de 48 horas, el dinero está en la cuenta de Ana Celia, comprometida en devolverlo sin intereses y al ritmo que ella pueda, para que ese préstamo solidario pueda seguir beneficiando a otras personas que lo necesitarán como ella ahora. Difícil evitar alguna lagrimilla de emoción con los audios de agradecimiento de Ana y Magdalena. Los billetes ya están comprados. En 10 días podremos ser testigos del abrazo de ese reencuentro. Para eso estamos.



  PARA ESO ESTAMOS.

  PARA ESO ESTAMOS.

  PARA ESO ESTAMOS.

  PARA ESO ESTAMOS.



La vida no va de POR QUÉs: a veces los "por qués" nos encierran en el victimismo.

La vida va de PARA QUÉs.

¿Para qué hemos venido a este mundo?

¿Para qué existimos?

¿Para qué estamos aquí?

Para ESO.

¿Y qué es ESO?

Desde luego ESO no va de tener miedo. No va de huidas. No va de buscar atajos. No va de mirarnos al ombligo. Y no va de bandos, de etiquetas o de estar en permanente confrontación por llevar la razón. Tampoco va de fronteras ni de distancias de seguridad.

Va justo de lo contrario.

Va de darnos cuenta de que aquello que le pasa al otro, nos puede pasar a nosotros. Si no nos pasó ya.

Que sólo hay un NOSOTROS.

Y que PARA ESO ESTAMOS.

Para dedicarnos, regalarnos y prestarnos lo que haga falta.

Confianza, dinero, tiempo, palabras, cariño, abrazos... 

PARA ESO ESTAMOS.


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sábado, 6 de noviembre de 2021

Territorio hostil

Hay quiénes no tienen remedio. Aunque los tiempos dicten obedecer. Aunque el lugar dicte callar. Ellos ahí, "erre que erre". Don Miguel, sin duda, fue uno de ellos. Si viviera hoy, le habrían clausurado su canal de Youtube, le habrían suspendido de empleo y sueldo en la Universidad, habría sido vapuleado en los medios de comunicación, y le habrían cortado la financiación a todas sus investigaciones. En aquel entonces casi le costó la vida. Aquel 12 de octubre de 1936 ni calló ni obedeció. Ante un auditorio formado mayoritariamente por militares y falangistas, no ahorró las críticas sobre lo que estaba pasando en aquella Sala Magna de la Universidad de Salamanca aquel Día de la Raza. El que la mujer de Franco le acompañase hasta la salida, quizás le salvó la vida. Su ofensa: haber osado defender lo que él consideraba justo ante un auditorio totalmente en contra. Hoy Don Miguel de Unamuno es considerado uno de los grandes escritores y filósofos de nuestra lengua. 

Marion (Pixabay)
Por desgracia esas situaciones no han acabado. Aunque muchos ni lo imaginábamos, en pleno siglo XXI se suceden las escenas cotidianas en las que la obediencia y el silencio son impuestas en nuestro día a día, a base de una sutil tortura civil.

"Papá, mamá: estoy amargado. Esta situación me supera. Y me empieza a afectar. Sé que es una injusticia. Que es un sinsentido. Pero no sé si voy a poder aguantar mucho más". Cuando un hijo te envía un audio por whatsapp así, desde el otro lado del Atlántico, el nudo en la garganta no hay quien te lo quite. Él, desde hace meses, aguanta una insoportable presión por actuar de forma distinta a los que le rodean, y se siente abiertamente discriminado por esa teórica desobediencia. Mira a su alrededor y percibe que sólo es un "pinchazo". Que tras él quizás le dejarán en paz para moverse estas Navidades. Que quizás no le excluirán de becas o prácticas como ya le ha pasado cuando iba a entrenar a un equipo de fútbol femenino, y finalmente ha sido vetado. O que podrá ir y volver a visitar a su novia. Y ya, tan sólo por eso, quizás ya valga la pena someterse, como él dice. O no. Mientras tanto, va asumiendo que le van a obligar a dejar su trabajo en la universidad, y deberá buscarse otro, quizás mediante teletrabajo.

Da igual que el pinchazo no evite coger el virus o transmitirlo, como todos reconocen ya. Da igual que con ello ya se sepa que no proteges a nadie, y que muchísimos se lo han puesto sólo por la presión de amigos y familiares. Da igual que no haya beneficios para un joven o un niño frente al riesgo que corre, sea por una miocarditis o por cualquiera de las complicaciones ya reportadas y analizadas científicamente (ver). Y menos aún cuando ya estás inmunizado de forma natural por haber pasado la enfermedad, como le sucede a él. Pero entonces ¿por qué, o para qué? Su universidad no ha ocultado sus motivos: "If we do not comply, OU runs the risk of losing hundreds of millions of dollars each year in federal funding" (Si no cumplimos, la universidad corre el riesgo de perder cientos de millones de dólares cada año de financiación federal). "La pela es la pela". Los demás somos sólo cobayas dando vueltas en una rueda dentro de una jaula. Y atrévete a parar de dar vueltas o a tratar de salir de esa jaula. Atrévete a incurrir en el mayor de los pecados: no tener miedo, guiarte por la coherencia con lo estudiado sobre todo lo que está pasando, ir contracorriente...desobedecer.

Comfreak (Pixabay)
Él, al menos, ya está allí, sorteando como puede este sinsentido. Pero al menos está pudiendo disfrutar su sueño. Pero a ella le acaban de cerrar en las narices la puerta a ese mismo sueño. Por el mismo motivo. Porque el mundo no está hecho para el disidente. Aunque los datos y los hechos digan lo que dicen. O entras por el aro, o no entras. Y con todo el dolor del alma, ella también ha decidido no entrar en esa obediencia absurda y sumisa, que a tantos "chirría" pero que pocos enfrentan. Y eso que ese sueño, del que seguimos sintiéndonos parte, constituía uno de los pocos reductos de pensamiento crítico y apuesta por la justicia, la verdad y el diálogo entre posturas divergentes que conocíamos. 

Muchos amigos y familiares tenían claro que nada de esto tenía sentido, y que no iban a transigir. Pero como en las películas de la mafia, quizás casi todos tengamos un precio. Tan sólo se trata de saber cuál. Y como están tocando casi todos los "palos", pues tarde o temprano, sucumbes. Algunos se rindieron a la primera: "yo no quiero vacunarme, pero si me llaman...". Su precio era tan bajo como su convicción. Otros a la segunda: "yo no quiero pincharme, pero como dicen que puedo poner en peligro al abuelo...". Y otros fueron entrando por el aro en las distintas oleadas de "convicción". Aunque lo cierto es que, por las técnicas usadas, más parecían chantajes o amenazas "puras y duras". Eso sí, bajo el "slogan" de que "vacunarse es voluntario": que si el pasaporte sanitario para viajar, que si la entrada en los establecimientos de restauración, que si pueden dejar de llamarte para trabajar... Esa narrativa, unida a sus guardianes (en realidad casi toda la sociedad) han ido haciendo que los que ven que esto carece de sentido, se vean totalmente asediados.

Jplenio (Pixabay)
Y eso sólo hablando de obediencia. Pero si además se te ocurre alzar la voz, como hizo Don Miguel, y osas compartir tu opinión, o conectar con el inconformismo de otros, "apaga y vámonos". Por eso sabíamos que tarde o temprano nos tocaría a nosotros. Y cuando hace unos días nos notificaron la clausura de nuestra cuenta de Twitter, no nos extrañó. Hace años que decidimos que las redes sociales debían tener un espacio muy acotado en nuestras vidas. El mínimo para construir complicidades y sinergias con personas luchando por un mundo mejor. Ni más ni menos. Decidimos que nada de entrar en refriegas por llevar la razón. Nada de esa búsqueda incesante de "likes" o de "followers". Nada de participar en ese mercadeo absurdo por el tiempo de atención de otros. Por eso tampoco ha sido un drama. Aunque evidencia los tiempos que vivimos.

En las últimas semanas habíamos querido compartir información fundamental relacionada con los estudios científicos sobre cuestiones que afectan a millones de personas en todo el mundo, y que deberían ser portada diaria en los medios de comunicación, y sin embargo se ocultan de forma descarada. Por eso quisimos ser fieles a la verdad, y sin enfrentarnos a nadie, exponer esa valiosa información de efectos secundarios, de testimonios en primera persona, y de tratamientos alternativos a las inoculaciones para que, quien quisiera profundizar en ella, pudiera hacerlo. Pero se ve que eso no gusta hoy. Que un estudio científico acabe concluyendo algo contra tu creencia o contra tus intereses no les debe apetecer a algunos. Y es mejor acallar a quien quiera difundir esas cosas. Da igual que se refiera el mensaje a la Ivermectina, como nos ha pasado a nosotros. O da igual que haya que llegar hasta el extremo de una "remoción temporal" (sin explicación editorial alguna) de un estudio científico  ya publicado, cosa inédita en la historia de la Ciencia.

Están pasando cosas que, para quien ya bajó los brazos en la difícil búsqueda de la verdad, pueden pasar inadvertidas. Pero están ahí. Y conviene no mirar para otro lado. Se intenta silenciar lo que médicos y científicos de primer nivel en la lucha contra la Covid-19 están diciendo sobre el sinsentido de las estrategias impuestas en casi en todo el mundo. Y nuestro silencio nos hace cómplices de esas actuaciones. Por eso, como ya dijimos hace semanas, no vamos a entrar en lucha contra las "verdades" de otros, pero tampoco vamos a guardar silencio sobre lo mucho y muy grave que vamos descubriendo. Sería una irresponsabilidad y una traición para quienes confían en nosotros.

Klimkin (Pixabay)
En el caso de nuestra cuenta de Twitter, probablemente hubo una denuncia. Gente a la que no le gusta contrastar hechos y argumentos. Pero quien quiera pelea, no la va a encontrar en nosotros. Ante cada desaire una sonrisa. Ante cada insulto, silencio.

Mey también ha sufrido su cuota de ostracismo y boicot últimamente. Llevaba años renunciando a la mitad de su sueldo, permitiendo con ello que otra persona pudiera trabajar a media jornada, y con ello estaba llena de energía para dar lo mejor de sí en el trabajo, y reservarse tiempo para sí misma y su familia. Pero no. De repente esa posibilidad acaba de ser también prohibida. Hay que meter en cintura a los empleados públicos, aunque al final ello sea también un sinsentido, con pérdidas de empleos parciales, y menor energía para dedicar a las clases. Y por si eso fuera poco, el Presidente de nuestra comunidad autónoma anunció de cara a la galería de las familias de los alumnos andaluces, como medida "estrella" (o "estrellada" ya), que iba a quitar de dar clases a todos los docentes que no se hubieran inoculado, imponiéndoles una test diario. Vamos, persecución por tierra, mar y aire. Y como a fin de cuentas son "cuatro gatos", a nadie le importa...

Si Thomas Jefferson levantara la cabeza... “He jurado sobre el altar de Dios hostilidad eterna contra toda forma de tiranía sobre la mente del hombre”. Han pasado ya más de dos siglos de esas palabras, y mira cómo andamos. Don Miguel expresó lo mismo pero de otra forma, criticando el cientifismo, al que describió como "la fe ciega en la ciencia". Y añadió: "La llamo ciega a esta fe, porque es tanto mayor cuanto menor es la ciencia de los que la poseen. Es el cientifismo una enfermedad de que no están libres ni aun los hombres de verdadera ciencia". Si Don Miguel viviera hoy, la amenaza no le vendría de militares sino de los millones de "feligreses" de ese cientifismo que tacharían esas palabras de negacionismo insolidario. Pero es difícil razonar con alguien sobre una postura sobre la que ese alguien no razonó cuando la hizo suya. Y hoy esos parecen ser una inmensa mayoría, creando para el resto un inmenso territorio hostil. La pregunta es hasta cuándo.


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sábado, 9 de octubre de 2021

Victoria, Verdad o Acuerdo

"Si quieres ser buena persona, tienes que pensar como yo". Eso parece opinar la mayor parte de la Humanidad en estos tiempos de polarización. Y no sólo eso. Lo que es peor: "si no piensas como yo, eres sospechoso, puedes ser un infiltrado, o directamente te mueven intereses espurios". Si tu narrativa es la de la necesidad de una vacunación universal, la de la guerra contra el virus, y la de adoptar medidas de restricción de derechos por el bien de una salud pública en expansión, ¡cuidado con los que no opinen igual! Pero no te preocupes: los críticos con esa narrativa están  también "a la gresca", no sólo contra los primeros, sino incluso entre ellos mismos, por si hay "infiltrados". Que si el virus existe o no. Que si se ha logrado aislar o no. Que si imanes sí o imanes no. Que si grafeno sí o grafeno no. Que si a ver quién se "cuelga la medalla" tras cada novedad o descubrimiento... Narrativas enfrentadas. Gente dividida. Gente vencida. Y mientras tanto, la VERDAD, como siempre en cada guerra, cae la primera en el combate.

Pixel2013 en Pixabay
Yuval Harari, en su libro "Sapiens" describe con abundantes y acertados ejemplos, cómo la revolución cognitiva que supuso el paso de los "neandertales" al "homo sapiens" se produjo gracias a que ese "sapiens" fue capaz, a lo largo de la historia, de crear unas narrativas, unos mitos y unas construcciones mentales, basadas en la adhesión colectiva a los mismos. Ello permitió movilizar a millones de seres humanos en una misma dirección, incluso sin conocerse, en base a realidades abstractas o inventadas que antes no existían en la naturaleza. El dinero, los imperios y las religiones han sido y son grandes muestras de dichas construcciones mentales, propiciando la concentración de miles de culturas dispersas y heterogéneas en unos pocos imperios primero, y en una única Humanidad globalizada hoy. Eso hizo que el "homo sapiens" se diferenciase y subiese a la cúspide del reino animal. Una pena que el propio Harari no haya sabido ver en la narrativa y en los mitos sanitarios de esta pandemia la misma dinámica, encaminada en este caso a que miles de millones de personas estén actuando de forma idéntica.

En la construcción de cualquier narrativa movilizadora de millones de personas, etiquetar o despreciar al que no opina igual, simplifica el trabajo. Es "de los nuestros" o "de los otros". De Dios o del César. De los buenos o de los malos. Pero esa dinámica nos empobrece hasta el extremo. Esquilma de raíz la parte divina que habita cada uno de los seres humanos de este planeta. Y nos deshumaniza a todos, convirtiéndonos en meros instrumentos al servicio de la VICTORIA o de la adhesión a la narrativa imperante. La medalla o el trofeo no es otro que el "yo llevaba razón" en plan "peliculero", justo cuando todo acabe, con una música melódica y el título de "The End" sobreimpresionado  sobre un bello atardecer al fondo.

Pero esa obsesión por llevar razón nos deshumaniza. Y esa deshumanización del otro buscando tan sólo vencer, o ese proceso de considerarlo tan sólo un adepto de nuestra versión de la realidad o un "pelele" de la contraria, no hacen sino ahondar en el gran mal de nuestro tiempo. Y éste no es ni la pandemia, ni la crisis económica, ni la falta de liderazgos efectivos y honestos. Es sin duda, la enorme crisis que vivimos para el ACUERDO. Porque deshumanizar al otro nos hace vulnerables a la propaganda de una versión u otra. De ello ya se encargan las redes sociales y los medios de comunicación, hambrientos de "clicks", de "me gusta" y de minutos de nuestra atención, canjeables por suculentos beneficios publicitarios. Por eso están diseñados para proporcionarte argumentos y contenidos multimedia que te reconforten y te acomoden en tu "esquinita" de realidad victoriosa, bajo ese sentimiento de "llevo razón". Y al otro: "que le den". No tiene ni idea. Es un iluso. De verdad: ¡que le den! Sólo quiero de él su respaldo si me apoya, o su diana para clavar en ella mi desprecio, si no. Poco más, la verdad. Y cuanta menos comunicación con ese "otro", mejor. Mientras ganemos este partido, lo demás es secundario. 

Geralt en Pixabay
Pero ya se sabe: cuanta menos comunicación, más oscuridad y más alejamiento del acuerdo y del encuentro. Y entonces, ¿qué? Pues que nuestra realidad como UNO en este planeta y en el universo se empobrece. Despreciamos esa única realidad interdependiente y holográfica, donde cada uno de nosotros, o hasta el último grano de arena, esconden la grandeza, la divinidad y el misterio de todo el Universo. Y pasamos a ser un pobre universo binario de ceros y unos, de gente a favor o gente en contra de mi versión de la realidad.

Pero no debemos resignarnos. Como bien dice Charles Eisenstein, escuchar otras opiniones no equivale a guardar silencio sobre las propias (por eso hemos seguido compartiendo los muchísimos estudios científicos sobre la pandemia, que los medios de comunicación se empeñan en no difundir). La comunicación no es sinónimo de compromiso y ni siquiera de sintonía, pero es imprescindible. Ver la divinidad de otra persona no equivale a dejar que se salga con la suya, y nos inmuniza contra la deshumanización. Y la compasión no es igual a la capitulación o a la rendición. Lo mismo que el pacifismo no equivale a pasividad. Por eso resultaría "naif" confiar en todo o en todos. Pero tan cierto es eso, como que conviene seguir la pista a aquéllos que demuestran voluntad de liberarse de una identidad de "buenos" y de "estar en lo correcto siempre". En esas personas reside una búsqueda incesante de la conexión y del acuerdo con el otro, para recuperar ese UNO que conformamos todos. Y ahí habita una autenticidad divina a la que no podemos ni debemos renunciar.

Cuando tratábamos de compartir estos meses lo que hemos estudiado durante la pandemia, lo hacíamos con el ánimo de ayudar a otros, de evitar posibles sufrimientos, y de salvaguardar la libertad y la autonomía que todo esto parece habernos usurpado en estos meses. Pero cuando ese compartir generó rechazo, menosprecio y alejamiento, incluso de personas muy queridas cuya versión temían que no resultase victoriosa, vimos que dejaba de tener sentido compartir tan abiertamente lo que íbamos descubriendo, por muy acertado que nos pareciera. La buena intención, el actuar guiados por lo que consideramos la verdad, o incluso el movilizarse con el corazón en la mano, no es garantía de nada. Y menos aún nos protege de caer en el error o incluso de hacer el mal sin desearlo. De ahí la importancia del equilibrio y de la actuación en consciencia.

Hace unas semanas, hablando con un buen amigo sobre los orígenes de lo que está pasando y si podría o no haber un plan organizado o una conspiración para todo esto, me decía: "¿pero tú crees que mi hermano, que es médico, y siempre ha actuado con la máxima ética profesional, forma parte de un plan malévolo o de una conspiración para perjudicar a tanta gente?" Efectivamente. Así es. ¿Cómo pensar algo así? Pero por desgracia, hay muchas personas que, con la mejor intención, y estando convencidas de que hacen el bien, pueden llegar a hacer el mal a otros. Nos ha sorprendido el desconocimiento que muchos médicos especialistas en su materia tienen sobre virología y epidemiología en cuestiones básicas de inmunidad natural, asentadas por la Ciencia hace 150 años, lo que les está llevando a no aconsejar bien a muchos de sus pacientes. Basta el desconocimiento y el verse contagiados por la psicología colectiva de la mayoría, de una turba enfervorecida que no acepta al disidente. O basta con el miedo a verte señalado o rechazado por esa mayoría aplastante. La Historia, por desgracia, está llena de ejemplos de gente buena que, por acción u omisión, contribuyeron a auténticas desgracias colectivas. El "malo malísimo" de las películas que se regodea haciendo el mal no existe. ¿Acaso todos los que gritaron "crucifícalo, crucifícalo" contra Jesucristo eran unos pérfidos demonios? ¿O quizás eran gente normal que no sabían que estaban crucificando a un inocente, al mismísimo Dios hecho Hombre para muchos? Ese relato bíblico resulta magistral precisamente por las palabras de Jesús cuando gritó: "perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen". No dijo: "perdónalos aunque sean unos conspiradores". Tampoco dijo. "perdónalos aunque tengan el corazón podrido". Dijo lo que dijo. Muy consciente de que el mal surge o se extiende porque no sabemos lo que hacemos. 

Por eso este verano decidimos poner el freno a nuestras "verdades". Habíamos sido colocados en uno de los frentes en lucha por la victoria de "tener razón". Y con ello estaba claro lo que había que hacer. Había que desidentificarse de aquel rol. Y había que dar espacio al silencio, para que con él llegara la conexión y quizás el acuerdo.

Comfreak en Pixabay
Muchos quizás no han entendido ese paso. Y quizás nosotros tampoco entendíamos muy bien la llamada tan fuerte que sentíamos a darlo. Pero quizás hoy sí le encontramos más sentido a esa fuerte intuición que sentimos este verano. Y bastaron unas cuantas preguntas que nos hicimos entonces, y que hoy también os trasladamos: ¿Estaríamos dispuestos a aceptar que nos equivocamos, con tal de que todo se solucionase tal y como  se está planteando (vacunas, restricciones, medidas sanitarias, etc), a pesar de nuestra posición al respecto? ¿Aunque nos tachasen de todo, si con ello la gente sana y las medidas sanitarias no causan los efectos que vemos que podrían producirse? ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a conformar un frente en la batalla contra las otras opiniones? ¿Incluso si hubiera que reconocer tarde o temprano que se había demostrado que no teníamos razón? ¿Incluso si hubiera que aceptar que quienes se enfrentaron a nosotros no tendrían que rectificar nunca y hubieran acertado? ¿Hasta el punto de tragarse el orgullo por completo? ¿Hasta tener que reconocer nuestro error, si éste se confirma algún día? Sí. Un rotundo SÍ nos surgía con fuerza de dentro. Sin duda estábamos dispuestos a todo eso. Y con esa aceptación interior renunciábamos a cualquier victoria y a aferrarnos a lo de "si yo estuviera en tu situación, habría actuado diferente". Porque a fin de cuentas, ¿quién sabe qué opinaríamos o haríamos en la piel de tantos millones de personas en otras circunstancias radicalmente distintas a las nuestras? Por eso optamos por el silencio. Pero el reto no era pequeño. El ego, y el esfuerzo hasta haber alcanzado un cierto conocimiento de una materia, avivan demasiado las ansias de tener razón y de que ésta prevalezca. Pero había algo mucho más importante que eso: recobrar la conexión y el acuerdo con el otro, aunque ello supusiera renunciar a cualquier victoria. Vimos con claridad que recobrar la conexión entre todos, vacunados y no vacunados, "negacionistas", "tragacionistas" y "mediopensionistas", era mucho más importante que convencer de nuestra versión de la verdad. Y ello implica estar dispuestos a cambiar nosotros mismos. Desapegarse de verdades y de victorias. Nada más y nada menos. 

Sin esa conexión con los otros, y sin ese interpelarse a uno mismo, ¿cómo podemos pretender que la mente de alguien cambie? Necesitamos el milagro que se produce cuando somos capaces de ver a los demás en toda su humanidad, en toda su divinidad. Piensen lo que piensen. Opinen lo que opinen. Hagan lo que hagan. No como herramientas al servicio de nuestra verdad y de nuestra victoria. A través de esa conexión podemos recuperar el poder de la palabra y el poder del acuerdo. 

Tarde o temprano habrá que dejar de percibir la vida como una guerra. Por nuestro bien. Aunque sólo sea por necesidad y por eficacia, para que sigamos adelante como especie. Por ello, frente a las armas y el enfrentamiento, la palabra, el acuerdo. Porque hay mucho de lo que hablar. Mucho. Y para ello, hemos decidido reconfigurar nuestras victorias. Hemos decidido que gane cada abrazo con quien no piense como nosotros. Cada visita a casa de quien antes tenía miedo. Cada signo de cariño y amistad donde antes había distancia y alejamiento social. Y quizás desde ahí, sin vencedores ni vencidos, la verdad nos acabe haciendo libres.


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sábado, 2 de octubre de 2021

Aquel extraño en aquel extraño autobús

Su amabilidad dio un giro de 180 grados. Conmigo todo había sido cordialidad. Pero fue sentarse él, y la hostilidad fue en aumento. Le pidió que se subiera la mascarilla por encima de la nariz. Me la subí yo también, aunque a mí no me había dicho nada unos segundos antes, y la tenía igual. Cuando comprobó su ficha, antes de iniciar el proceso, le reprochó que se hubiera demorado tanto en volver. "Anda que no ha tardado en venir: ¡toda una vida desde su última vez!", le recriminó. Me sorprendió el tono porque él había dado un paso de generosidad que millones de personas no dan. Estaba allí, a fin de cuentas. Y aún así, para ella, no era suficiente. Pero él lo aceptó sin rechistar. No tardó en llegar la tercera regañina: "Los ojos bien abiertos, ¿eh? Que no quiero problemas". Yo ya me habría "mosqueado". Pero él parecía acostumbrado a esa antipatía, a ese desprecio cotidiano contra él. Tampoco dijo nada a la tercera. Tan sólo al finalizar, cuando le entregaron su zumo, pareció no digerirlo bien, y sólo dijo: "Me genera fatiga".

Leroy Skalstad en Pixabay
Cuando acabaron conmigo, y siguiendo el esquema habitual, me enviaron a la parte trasera del autobús. Dejé el móvil , la funda de las gafas y mi carterilla en el asiento de al lado, y cogí una torta de almendras y azúcar para evitar mareos. Mientras la degustaba, él se acercó a mi. Hice el ademán de quitar mis cosas del asiento de al lado, pensando que él se iría más bien a alguno de los otros dos asientos libres, más espaciosos y alejados de mi. Pero no. Él quería sentarse a mi lado. Pierna con pierna, haciendo un ángulo de noventa grados ambos asientos, y sin mascarillas porque ambos estábamos comiendo. Todo un poema para los protocolos sanitarios de moda, viendo que estábamos precisamente en un entorno sanitario. Pero no me sentí incómodo por ello.

Nada más sentarse, en las distancias cortas, y ya sin mascarillas, entendí la animadversión de aquella chica. Aporofobia, creo que lo llaman. Aquel señor llevaba días sin ducharse. Quizás más. Y su dentadura apenas mostraba algún diente sano, aunque no tenía edad para ello. No iba desarrapado, pero la ropa arrastraba ya muchos días seguidos de uso continuado. Indicios inconfundibles de escasez y de necesidad. Signos de una pobreza que, cada vez se extiende más, y por desgracia, aún genera rechazo.

A mí, sin embargo, me dio un vuelco el corazón. Caí en la cuenta de que habían pasado ocho años desde la última vez que aquel hombre había entregado su última bolsa de sangre. Y había vuelto a hacerlo tras tanto tiempo, quizás porque eso le garantizaba poder desayunar algo en aquel autobús de la Cruz Roja esa mañana. Siempre te dan un zumo y algo dulce de comer para evitar desmayos tras la extracción. ¿Qué habría pasado en esos ocho años con él y su familia? ¿Qué bofetadas le habría dado la vida? ¿Quizás podría estar yo igual dentro de ocho años? ¿Cuántas personas estarían siendo despreciadas como él, por vivir en la calle o por esperar las colas del hambre, tan sólo a raíz de esta pandemia?

Inició rápidamente la conversación. Pero entre su escasez de dientes, mi sordera parcial y el tráfico de la avenida, apenas pude enterarme de los detalles de lo que me decía. Aunque de lo esencial sí. Y fue suficiente. Llevaba varios días durmiendo en la calle con su mujer. No entendí bien si iban solos o con niños. Tampoco junto a qué parque. Habían venido desde Sevilla, a la busca de un trabajo que acabó frustrándose. Y ahora intentaban volver a Sevilla, y se les interponía el precio de los billetes de autobús de vuelta. Evité juzgar lo que me decía, o si me estaba mintiendo. Aunque sabía que me acabaría pidiendo dinero. Daba igual que fuera para un "colacao", como dijo, o para ahorrar para el autobús. ¿Quién era yo para opinar sobre su modo de salir de ésta, incluso si todo aquello era mentira? ¿Acaso no haría yo lo mismo en su situación? ¿Quién ha dicho que no sea lícito hacer lo que sea si está en juego la pura supervivencia?

Le esperé tras bajarme del autobús. Y le di las pocas monedas que llevaba en el bolsillo. Se mostró esquivo entonces. Y yo me sentí culpable por mi dichosa costumbre de ir siempre con el importe justo para el desayuno habitual en la cafetería de siempre. También me sentí culpable por todos aquellos que le despreciarían y rechazarían acercarse a él aquel día. Y también porque ya iba tarde de regreso al trabajo, mientras quién sabe cuándo él podría tener un trabajo. O un hogar. O una comida caliente.

No tenía previsto subir hoy a ese autobús, pero allí estaba aparcado en mi caminar sin rumbo en el rato del desayuno. Donar sangre es un gesto sencillo que acalla unos instantes esa llamada permanente de la conciencia por el sufrimiento o la necesidad ajena. Pero hoy no ha acallado en mi una "mierda". Más bien todo lo contrario. Se ha vuelto a activar en mí esa llama, adormecida por los horarios, las prisas y los quehaceres diarios. Y me alegro. Porque quizás sea bueno este dolor interno del encuentro de hoy en aquel autobús. Significa que el otro nos sigue doliendo. Que su sufrimiento no nos es ajeno ni justificable. Que no hay protocolo sanitario, ni convencionalismo social que pueda alejarnos del otro. Y que si los hay, debemos luchar con todas nuestras fuerzas para evitar este progresivo distanciamiento los unos de los otros. Y quizás te lo esté contando, por si a ti te pasa lo mismo.


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sábado, 11 de septiembre de 2021

Retomar la palabra

Hay momentos en la vida en los que uno no puede ponerse de perfil. Por eso decidimos dar la cara. Por eso y porque dicen que no hay mejor forma de educar a los hijos que mediante el ejemplo, especialmente si son jóvenes o adolescentes. Mejor que la confrontación, las regañinas, o los castigos. El ejemplo. Aunque éste pueda tardar años en calar.

Greyerbaby en Pixabay
Pero, ¿qué ejemplo dar en un momento en el que el mundo entero parece haberse vuelto loco? No nos bastaba con mantener la calma y evitar precipitarnos entre tanto miedo e histeria colectiva. No basta con estudiar inmunología o virología y contárselo. No basta con "empaparse" los estudios científicos, y desmontar punto por punto el sinsentido de las decisiones adoptadas. No basta con analizar en profundidad las estadísticas, y mostrar a los hijos lo absurdo de lo que está pasando. Había que sostener esa postura públicamente. Porque bajar la mirada, callar y obedecer cuando todo por dentro se rebela ante lo que está pasando, sólo crea desequilibrio entre el pensamiento, la palabra y la acción. Muchos han hecho lo que no querían por la presión y han sucumbido por superarse límites de aguante específicamente diseñados para "convencer" a cada colectivo. Menudo legado para las nuevas generaciones.

Un mundo diferente requiere brazos y bocas para construirlo. La realidad no es un regalo o un don. Nos toca construirla día a día. Pero a veces, ese proceso es doloroso. Y expresar ciertas cosas en público cuando casi todo y casi todos están en contra no es fácil. Sabíamos que muchos nos darían la espalda. Que quizás quedarían por el camino algunas amistades. Que seríamos señalados, criticados y quizás estigmatizados. Pero ¿acaso hay algo más importante que cultivar en un hijo o una hija la coherencia contigo y la valentía para no achicarse, cuando la conciencia así te lo dice? 

Tama66 en Pixabay
Nuestros once vídeos tuvieron ese objetivo. También el de posicionarnos con claridad desde un principio, por si todo esto iba a peor. Y por supuesto, darle a cada cosa la importancia que tiene, viendo que las masas sólo se movilizan por el fútbol o por ver a un famoso, pero no por la salud y el futuro de los hijos. ¿Acaso es tan grave mirar a la muerte de frente o preguntarnos en qué consiste vivir? ¿De verdad que no nos hace falta replantearnos nuestra actitud ante la vida o cómo enfocamos nuestra existencia? ¿Ni siquiera cuestionarnos sobre esta realidad que estamos viviendo, sus injusticias y cómo nos relacionamos con los demás en ella? ¿Tan malo es hacerse preguntas de sentido común? Sólo quisimos hacernos esas preguntas. Sí, en voz alta. Pero sólo eso.

El gran Eduardo Galeano decía que "ojalá podamos ser desobedientes, cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común". Y hoy hacerse preguntas sobre lo que está pasando, o simplemente reflexionar sobre la realidad y actuar en coherencia con esa reflexión, parecen haberse convertido en actos de desobediencia. ¿Acaso los pasaportes o certificados de vacunación no son unos certificados de obediencia, cuando ya todos sabemos que las vacunas "COVID-19" ni bloquean la infección ni evitan la transmisión?

No queríamos entrar en guerra con nadie. Ni queríamos convertirnos en influencers o youtubers. Ni queríamos alimentar nuestro ego. Ni queríamos ser líderes o impulsores de ningún bando. No. Y eso que muchos quisieron colocarnos ahí, desde uno y otro lado, a base de críticas o de alabanzas. Sólo queríamos ser coherentes y dar ejemplo de coherencia a nuestros hijos. Y ya ellos dirán un día qué hacer con todo esto, construyendo y defendiendo su propia versión de la realidad. Y si de paso le sirve a alguien nuestro testimonio, por supuesto, mejor que mejor.

Nile en Pixabay

Pero llegó un momento en que sentimos que nuestros vídeos acabarían generando miedo y frustración, en lugar de paz y equilibrio, entre los que masivamente se están posicionando y dando pasos en dirección contraria a lo que íbamos descubriendo, siendo muchos de ellos amigos y familiares. Algunos nos daban explicaciones y casi se disculpaban por tomar direcciones opuestas a las nuestras. Otros mostraban su frustración al comprobar que en sus entornos se daban eventos que ya habíamos anticipado que se podrían dar. Percibíamos que tras año y medio de pandemia, todos habíamos tenido tiempo de sobra para construir nuestra interpretación de lo que está pasando. Que las creencias y los dogmas alrededor de la pandemia se habían asentado ya. Que poco o nada parecen importar los hechos, los datos o las evidencias científicas verdaderas, ya que cada uno las interpreta a su gusto y saca sus conclusiones amoldadas a su decisión. Que tras todo este tiempo, la gran mayoría ya tiene completamente decididas las fuentes de las que nutrirse en este proceso, desdeñando las contrarias. Y lo que es más importante: que éste es un proceso absolutamente individual en el que a cada uno de nosotros/as, con plena consciencia y responsabilidad (o abiertamente sin ellas), tendremos que elegir un camino u otro. 

¿Qué sentido tenía, por tanto, seguir compartiendo vídeos? ¿Valía la pena señalarse tan abiertamente en un contexto de clara censura y "caza de brujas" contra el inconformista o desobediente (por no darle los apelativos e insultos que se han venido escuchando). Era momento de optar por el silencio, y de cultivar el recogimiento o incluso la meditación. Y así lo hicimos.

Pero el mundo no se para. Y evidentemente todos nos hacemos las mismas preguntas. ¿Y ahora qué? ¿Qué va a pasar? ¿Cómo estaremos de aquí a cinco o diez años? ¿Cómo estarán nuestros hijos o nietos? Y es ahí donde quizás nos toque escribir o pintar sobre ese maravilloso lienzo que es el silencio, y retomar la palabra. Y con ella construir realidad. Tengas la etiqueta que tengas, y hayas decidido lo que hayas decidido. Porque quizás el principal déficit que podemos estar viviendo hoy día es el pensar que la realidad se cierne sobre nosotros como un fatalismo. Como algo prexistente que simplemente "nos sucede". Como si fuéramos simples espectadores pasivos que pagan su entrada, que ven con resignación el espectáculo de una vida que otros les escribieron, y que limpian y desmontan al final el escenario según lo que otros ordenan. Como si estuviéramos esperando a que nos digan qué va a pasar para tratar de ajustar nuestra existencia a lo que otros ya decidieron. Eso sí, sin molestar mucho, por supuesto.

Iwannaen Pixabay
Pero, ¡ahí va la buena noticia! (y lo decimos por propia experiencia). Hay otra forma de plantear todo esto. De crear un discurso, una narrativa o una historia, (la de cada uno de nosotros/as, por supuesto) en la que el mundo y yo, lo de fuera y lo de dentro, espectador y espectáculo, no van separados. Y ahí, la pregunta sobre el futuro pasa inexorablemente por nosotros y por nuestra voluntad. De modo que nuestra palabra transforma potencialidades en realidades. Y con la fuerza de esa palabra ya no diremos: "Dime qué va a pasar para acoplar mi vida a lo que vaya a pasar". Todo lo contrario. Ya diremos: "Esto es lo que va a pasar, y por eso sé lo que tengo que hacer". Llámalo como quieras: "discurso profético", "comunicación creadora"...Pero os aseguramos que permite crear realidad. Y de eso van a ir esta temporada buena parte de nuestros posts, dadas las experiencias que hemos venido teniendo en este sentido, y la gran necesidad de crear realidad que existe en estos momentos.

Eisenstein identifica tres condiciones para esta forma de afrontar la vida, retomando con fuerza la palabra. Primero, visualizar bien lo que va a suceder, para poder transformar cientos o miles de posibilidades en eso que estás visualizando. Segundo, estar dispuestos a aceptar lo que implique, sabiendo que habrá mucho que ganar pero también cosas que perder, y sintiéndote una pequeña parte o un simple instrumento de algo mucho mayor. Y por último, por supuesto, buscar aquella comunidad, aquel grupo de almas afines, capaces de compartir contigo esa visión y "hacer piña" para transformarla en realidad junto a ti.

Son muchísimas las personas que usan la palabra para quejarse y regodearse en "lo mal que está todo". Nosotros siempre respondemos lo mismo: "Hay muchas personas construyendo y creando otra realidad mejor". Pero no es una frase hecha. Es cierta. Y lo es, porque visualizamos otra realidad de verdad. Porque nos ponemos en plena disposición a crearla, suponga lo que suponga. Y porque siempre nos rodeamos y andamos en búsqueda de "locos" como nosotros, dispuestos a construirla.

Vienen tiempos en que deberemos sentirnos válidos y capaces para afirmar con rotundidad, cómo va a ser el futuro. Es nuestro derecho hacerlo. Y nadie nos lo puede quitar, por mucho que quieran. Retomar la palabra para crear un mundo diferente es toda una llamada a otros para unirse a ese mundo. Como dice Eisenstein: que ¿qué va a suceder? Dejemos de preguntarlo. Contémoslo.


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jueves, 19 de agosto de 2021

MeysTube (11): Silencio


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Nuestra semana más importante del año, la del reencuentro en la montaña con nuestros 3 hijos, es un buen momento para recapacitar sobre lo que más requieren estos tiempos: SILENCIO.

Nos sumamos a ese silencio.
Al menos por ahora.



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