sábado, 4 de abril de 2020

De la necesidad, virtud

¡Y eso que decían que era imposible! ¿Cuántas de las soluciones a los problemas que se ciernen sobre nuestro planeta se decía que eran absolutamente inviables e inalcanzables? ¿Y cuántas de ellas se han convertido en realidad cotidiana en nuestras vidas y en los titulares de los medios de comunicación en apenas semanas? A lo mejor es que no era tan imposible confrontar esos obstáculos, y lo único que faltaba era una verdadera voluntad, contundente y unánime, que sólo ha llegado con el "corona" de marras.
Estación de Shangai (Reuters)
Parece muy lejano, pero hace apenas tres meses, con motivo del Coop25, parecía toda una utopía del ecologismo reducir los vuelos transcontinentales y la contaminación de nuestras ciudades. De repente las ciudades se quedan sin coches, los niveles de contaminación se reducen un 85% en algunas urbes, y muchos aeropuertos cierran sus puertas por primera vez en su historia.
En el ámbito laboral también se están produciendo momentos históricos en muchísimas entidades públicas y privadas, haciéndose cotidianas circunstancias impensables hace días. ¿Conectarme con mi ordenador de la oficina en casa y en pijama? ¿Coordinarme con compañeros de otros departamentos o incluso de otras provincias? ¿Tirar del carro aunque no seas jefe? ¿Construir desde abajo, aunque no haya directrices desde arriba? ¿Trabajar sin papel? ¿Que se difuminen los eternos "reinos de taifas"? Muchos de los hitos profesionales de estos días han venido para quedarse. Al menos ésa es nuestra esperanza, aunque sea para respaldar la conciliación familiar. Hasta en circunstancias traumáticas de ERTEs y desempleo, surgirá el inevitable debate sobre la alienación en el trabajo y la verdadera conexión con nuestros dones y talentos, ahora que tantos trabajos que se consideraban imprescindibles han tenido que parar. Incluso, los más férreos combatientes contra medidas como la Renta Básica Universal para luchar contra la pobreza, de repente, se dan cuenta de que no era tan impensable su aplicación, y que incluso podría ser la tabla de salvación de la situación actual en todo el mundo, o quizás una vía a explorar en el futuro como sociedad. 
Paseo de la Castellana (Madrid)
La gratitud escasea hoy día. Por eso jamás pensé que habría un movimiento de millones de personas mostrando gratitud en balcones y ventanas cada tarde a las ocho. Tampoco pensé nunca que habría tanta gente desplegando la empatía suficiente para quedarse en casa y evitar así que el sistema sanitario se colapsara o que las personas más vulnerables de nuestra sociedad se vieran infectadas. Ni tampoco imaginé la corriente de solidaridad que ha surgido por todos los rincones para fabricar mascarillas o respiradores, o los cientos o miles de movimientos vecinales que se movilizan a diario para ayudarse en lo cotidiano
Los imposibles de hace tres semanas son hoy parte de nuestra cotidianeidad. Y ese terremoto te pilla como te pilla. Si estás equilibrado, y con unos cimientos más o menos estables, este período te viene hasta bien, y lo vives como un paréntesis de desconexión, descanso y reforzamiento de los lazos familiares. Se te hará hasta corto. Pero si no, las inseguridades aflorarán cada día, a cada instante, haciéndote tambalear en tus desequilibrios previos. La ventaja, quizás, es que te lo notarás y tendrás tiempo, por fin, para empezar a trabajártelo...
La verdad es que me dan igual las teorías sobre lo que está pasando. Allá "cada loco con su tema". No sé si el virus surge de una mutación en un murciélago o un pangolín. Si es un virus de laboratorio o un ensayo de armas biológicas. Si es un experimento social de dominación o para limitar la población de nuestro planeta. Si se trata de una gripe común sobre la que se ha generado una psicosis interesada. Si es un plan urdido para vender mascarillas y vacunas, cuando se descubran. Si todo lo que está pasando es por culpa del Gobierno o por culpa de una oposición que no arrima el hombro en un momento así. O si el fin del mundo realmente es en el 2021, y por pura dislexia se dijo erróneamente que iba a ser en el 2012. Reconozco que me cansan las teorías conspirativas y de todo pelaje que estoy escuchando estas semanas. Y me cansan, porque a fin de cuentas, esta historia realmente no va de una epidemia por coronavirus, sino de una gigantesca pandemia por un virus aún peor: el MIEDO. Y ese miedo se contagia tanto en quienes el otro día me miraban con pavor en el supermercado por ser el único que no llevaba mascarilla, como en quienes se obsesionan en confabulaciones y acaban enviando por whatsapp bulos absurdos e infantiles que respaldarían sus teorías. No hay nada más contagioso que el miedo, sea a un virus, o sea a una mano oculta.
Habilitando IFEMA como hospital
Esta crisis nos ha dado la oportunidad de vivir situaciones que pensábamos imposibles, y que se han demostrado realizables. Sólo ha hecho falta una fuerte voluntad colectiva para poner en marcha medidas inimaginables, pero que se ha visto que no eran imposibles. Quizás porque se ha visualizado que había un enemigo exterior contra el que todos debíamos estar en guerra: el coronavirus. Pero en la mayoría de los grandes problemas de nuestro planeta, el enemigo habita dentro de cada uno de nosotros, en nuestro egoísmo y en nuestra separación los unos de los otros. Y puede que no sea tan fácil luchar contra un enemigo que somos nosotros mismos, cuando los problemas o su solución dependen de nuestra forma de afrontar la vida.
Según la FAO, cada año, 5 millones de niños mueren de hambre, 162 millones padecen retraso del crecimiento, 99 millones tienen falta de peso, y 51 millones sufren problemas por malnutrición aguda. Y ése es sólo uno de los muchos y acuciantes problemas que ya teníamos antes del Covid-19. ¿Es un problema lo suficientemente importante como para dedicarle los recursos y los esfuerzos que hemos visto que se pueden dedicar ante un virus incierto? ¿Es momento, quizás, de plantearse hasta dónde estamos dispuestos a llegar como individuos y como sociedad para resolver lo que siempre pensamos que era imposible de resolver? ¿Quiénes queremos ser durante esta crisis sanitaria? ¿Y después?
Como dijo hace unos días nuestro querido Emilio Carrillo en su primera aparición pública tras la crisis del coronavirus (VER), hablando de su manifiesto (VER) y de su visión de lo que está sucediendo en estas semanas, tras esta crisis no nos vale con tener una "esperanza" mediocre que nos permita volver a lo que éramos antes de esta pandemia. Apostamos por una ESPERANZA con mayúsculas, que nos permita salir reforzados de ésta como seres humanos dispuestos a decir adiós a la vieja humanidad egoísta, y decididos a formar parte activa de la nueva HUMANIDAD, de ese MUNDO DIFERENTE PARA VIVIR por el que llevamos más de ocho años escribiendo. No encontraremos una oportunidad mejor para confrontar nuestros miedos y nuestros desequilibrios. Lo tenemos "a huevo". Nos están obligando por decreto a quedarnos en casa y a hacer un "parón" de semanas o incluso meses. A recapacitar sobre lo que éramos y lo que queremos ser cuando salgamos de ésta. Que lo que el virus ha unido, no lo deshaga el hombre. ¿Vamos a dejar pasar esta oportunidad de hacer de la necesidad, virtud?

NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )

sábado, 28 de marzo de 2020

Abriendo la ventana de nuestro encierro

Corren tiempos de novela distópica. El ejército y la policía patrullan las calles. Un virus invisible provoca el pánico mundial. Todo se detiene de repente. Y las familias nos vemos confinadas en casa "sine die". Se añora el abrazo, el encuentro, la cervecita en la calle, el paseo por el parque...

Por eso hemos querido abriros la ventana de nuestro mundo. Un mundo entre cuatro paredes, como el vuestro. Buscando algo muy simple: el abrazo desde el aislamiento, la apertura desde el encierro. 


Gracias, como siempre, a nuestros amigos Mº Ángeles y Floren, por esa sensibilidad que siempre destiláis en vuestras historias: http://velevisa.com/?alacarta=view&desc=621f8078

sábado, 21 de marzo de 2020

Reencuentros vecinales

Acaba de sonar el móvil. Número desconocido. Vivimos tiempos en que los números desconocidos acaban siendo conocidos. Lo cojo, y un anciano con un poco de sordera, me explica que necesita pan. Y también unas medicinas de la farmacia. Es el vecino de la casa 64. Y alguien le debe haber dado nuestro número. No tiene whatsapp. Pablo ha salido ya para su casa.
Esta tarde a las 20h, la vecina de la casa 65 dará un mini-concierto desde su azotea. Justo después de los aplausos. El vecino de la 153, quizás levante los ánimos del barrio, con su discoteca improvisada, también en la azotea. Probablemente varias vecinas compartirán sus rutinas de yoga y ejercicios para que no nos quedemos anquilosados durante el confinamiento. Puede que la vecina de la casa 66 necesite que vayamos de nuevo a la farmacia, o que le hagamos la compra en el súper. Y nuestro Pablo, recogerá en unos días el violín que otra vecina amablemente va a compartir con él, para que pueda mantener las clases por internet con su profe en Italia.
Aplaudiendo en casa a las 20h
Todo lo anterior, hace una semana, hubiera sido impensable, quizás. Este mundo en el que vivimos, había priorizado las prisas, las tareas, y el individualismo, por encima de la vida. Quizás un saludo de cortesía cuando nos cruzábamos con los vecinos más cercanos. Pero poco más. Hasta la semana pasada. De repente, nuestro mundo se ha puesto "patas arriba". Todo, absolutamente todo, ha cambiado. Y nos obligan a aislarnos en nuestras casas, para que juntos podamos derrotar a un virus. Aislarse juntos. Separarse pero sin dejar a nadie atrás. Paradojas impensables hace una semana.
Justo hablando de estas ironías de la vida estábamos Mey y yo el pasado domingo, muy sensibilizados por lo que nos ha tocado, cuando nos asomamos a la ventana de la cocina. Y nos preguntamos qué estaría pasando en cada una de las casas de los vecinos que nos rodean. En los hogares de esos desconocidos que viven a nuestro lado. ¿Quién estaría solo o sola durante estas largas semanas? ¿Quién tendría algún enfermo en casa? ¿Quién estaría aterrado/a? ¿Quién necesitaría ayuda para sus compras, o para sacar la basura, por miedo a coger el virus para algún familiar en situación delicada? Y sin pensarlo decidimos dar un paso. Nada heroico, por supuesto. Pero un paso. Similar al que están dando, quizás, millones de personas cada día en todos los rincones del planeta. Es momento de dar pasos. Y este mundo girará de otra forma. Sin duda.
Propusimos a los pocos vecinos cuyo móvil teníamos, montar un grupo whatsapp de apoyo y ayuda entre vecinos. Entre auténticos desconocidos, a fin de cuentas. Tres o cuatro mensajes de móvil, y cuatro notas debajo de las puertas, obraron el milagro. El whatsapp echaba humo. En apenas 48 horas ya éramos más de 50 los vecinos en el grupo.
Solemos ser estrictos en los numerosos grupos whatsapp que gestionamos, para evitar saturar a la gente con mensajes. Pero pronto nos dimos cuenta que, aunque la necesidad con la que montamos el grupo era la ayuda, una gran mayoría de vecinos necesitaba también compañía, risas, y motivación. Una necesidad vital que el confinamiento y el aislamiento ha traído consigo. Y no censuramos memes, ni vídeos de broma, ni propuestas alocadas. Hubo algún vecino que se ha tenido que dar de baja porque teletrabaja con su móvil y el grupo se ha "venido arriba" en apenas una semana. Pero es la excepción. Y hemos tenido que crear un segundo grupo, ya exclusivamente de ayuda, para aquellas personas más centradas sólo en pedir y prestar esa ayuda.
Puede parecer tonto: un simple grupo whatsapp para que unos desconocidos, que casualmente son vecinos, se ayuden y se den compañía. Pero algo tan sencillo es hoy noticia en los tiempos que corren. La radio nos entrevistó por ello. La televisión también, por lo de los chavales en casa. E incluso una agencia de noticias va a distribuir la noticia a otros medios de comunicación.
Quizás, visto lo visto, y como mucha gente está haciendo ya, tengamos que cambiar el nombre al dichoso coronavirus, y llamarlo COVIDA-19, haciendo alusión con el prefijo "co" a una cooperación a la vida. Quizás si desde ahora dejamos de llamarle Covid-19, con ello eliminemos el poder que se le ha entregado como agente del miedo, para quedarnos con el COVIDA-19, creador de nuevas situaciones vitales, acordes con el nuevo paradigma, bien común y cooperación.
Los tiempos han cambiado. Toca reencontrarse con los vecinos, y hacer "piña". Toca saludarse después de los aplausos de las ocho. Toca hablar a través de la valla del jardín. Toca llevarle la compra a un anciano desconocido, aunque sea con guantes y mascarilla. Toca ayudarse y hacerse compañía, aunque sea de balcón a balcón. Nosotros y nuestros vecinos lo tenemos claro. Cuando todo esto pase, celebraremos una gran fiesta en la piscina. Como se hacía hace quince o veinte años.


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domingo, 15 de marzo de 2020

Un mundo diferente

No. No creemos que éste sea "El Fin del Mundo" que algunos auguran. Pero probablemente sea el fin del mundo tal y como lo entendíamos hasta ahora. Quizás el COVID-19 sea insignificante en tamaño, pero prenda la mecha de un gigantesco cambio que muchos imaginábamos que llegaría. Es como si el tiempo se acelerara, y como si los cambios revolucionarios a los que nos resistíamos y las situaciones más insospechadas se estuvieran agolpando todas de repente. Sin duda, trae consigo la fuerza de las paradojas e incoherencias sobre las que se sustenta nuestro mundo actual. Puede que, sin esperarlo, estemos a las puertas de ese "mundo diferente para vivir" al que aspirábamos cuando empezamos a escribir en este blog.
Pasado mañana, en casa, cumplimos tres semanas de medidas excepcionales. Y anoche se decretaba en España algo tan anómalo e histórico como el estado de alarma. Pero tras todos estos días, la familia ya está curtida en lo que significa tomar medidas extraordinarias en situaciones extraordinarias. Nuestro hogar se ha duplicado en el número de miembros y somos ocho desde entonces. Y hemos puesto en marcha una logística casi militar para compartir espacios, mantener la limpieza, y organizar las comidas y las lavadoras. Todo se ha multiplicado por más del doble de lo habitual. Y si no fuera por las dotes y la capacidad organizativa de Mey, todo se habría hecho muy cuesta arriba.
Hemos tratado de que, hasta que se subiera el nivel de emergencia, cada uno pudiera seguir desarrollando su vida razonablemente como hasta ahora. Los cuatro habituales de casa, con su vida habitual. Y nuestros cuatro huéspedes, incluidos Pablo, asistiendo a sus clases virtuales y estudiando y preparando simulacros de examen por las mañanas, y haciendo ejercicio para quemar energía en la terraza o con alguna salida en bicicleta por las tardes. A partir de hoy, esa agenda se tendrá que restringir.
Gimnasio en la terraza
La moral de la tropa sigue alta. No han faltado las bromas y el buen ambiente. Son unos chavales muy educados, colaboradores y con un gran espíritu comunitario, lo cual es normal, viniendo de donde vienen. Y tan sólo el viernes tuvimos que ponernos un poco serios para convencerles de cancelar la salida a una pizzería con la que querían despedir a Fabián por su regreso de ayer a Costa Rica. Su familia anda preocupada, y él aún está en primero de bachillerato y no tiene la cascada de exámenes finales o la incertidumbre de los otros tres respecto a la posible reapertura del colegio de Italia antes de mayo. Antes de ayer aún no se había impuesto el "toque de queda" del estado de alarma, pero las circunstancias aconsejaban ya quedarse mejor en casa. Aunque a ellos, siendo jóvenes, la sangre les hierve más, y se sienten invulnerables, o con una sensación de irrealidad ante todo esto, como si estuvieran viviendo momentáneamente dentro del episodio de alguna de sus series favoritas. Pero es tiempo de prudencia y de solidaridad, y de actuar como si fueras portador del virus, aunque no lo seas. Porque depende de cada uno de nosotros frenar la escalada de la enfermedad y evitar el colapso del sistema sanitario.
Cuando ayer por la mañana recorríamos el trayecto hasta el aeropuerto para llevar a Fabián, la ciudad y las carreteras parecían territorio fantasma. Los tres que se quedan quisieron honrar al que se va, y le acompañaron a pesar del "madrugón". Las pantallas de la DGT proyectaban mensajes apocalípticos animando a no viajar por el coronavirus. Los parques infantiles se encontraban ya todos precintados para evitar las concentraciones de familias entorno a ellos. Y tan sólo algún que otro corredor apuraba las últimas oportunidades de hacer ejercicio mañanero, antes de que las medidas de confinamiento se pusieran más drásticas. Aún estamos en los comienzos. Y esto, aunque fuera inimaginable hace unas semanas, aún no ha hecho más que empezar. Por aquí, Eva, Samuel y Mey tendrán clases on-line en las próximas semanas. Y en mi caso, parece que empezamos a organizarnos para poner en marcha una nueva forma de trabajar a distancia en la Administración.
Desde hace mucho, nuestro planeta pedía a gritos un respiro. Y ni las cifras de cambio climático, ni los desastres naturales, ni los crecientes movimientos ecologistas habían logrado reducir los niveles de contaminación, como lo está haciendo el aparente colapso económico que el coronavirus está produciendo en sólo unas pocas semanas. Como dice Francesca Morelli, nuestro indiscutible sistema productivo basado en el dogma de "crecer, crecer y crecer" se va a ver confrontado en sus propios cimientos. Años de trifulcas por banderas, siglas, colores y nacionalismos de distinta índole parecen difuminarse por momentos, y esas diferencias, por fin, desaparecen de los telediarios. Quienes hasta hace poco reforzaban fronteras y se sentían en la superioridad moral de excluir de sus tierras al "otro", sienten en sus carnes la exclusión, la sospecha y el rechazo por el miedo a que sean portadores del virus. Aquellos que hacen del enfrentamiento y de lo "mío" la base de sus vidas, se empiezan a dar cuenta de que sin el "nosotros" y sin la coordinación y el trabajo colaborativo, aunque sea a distancia, la cosa se pone cruda en los momentos más decisivos. Cuando pensábamos que la vida iba de "hacer, hacer y hacer", de repente todo se para y debemos redescubrir el sentido de la vida en el Ser, que quizás nos obligue a volver a nacer (no-hacer), y a basar nuestra felicidad no en el "bienestar" sino en el "bienser". De repente, nuestras sofisticadas vidas, deben volver a la simpleza del núcleo familiar, y replantearse frente a la mesa-camilla, a la tarde de sofá, o al juego de las "casitas". Y cuando dábamos la espalda a quienes nos rodean frente a la pantalla de un móvil, de repente empezamos a echar de menos el abrazo, el beso, y el contacto humano proscritos en estos días.
A muchas personas les asusta la incertidumbre, pisar terreno desconocido, y replantearse unas reglas del juego que pensaban inamovibles. Pero lo cierto es que se ha detenido todo, por decreto, y de un día para otro. ¡Por fin!, dirán algunos. Y en una situación tan impensable e inédita, no queda otra que reinventarse, centrarse en la parte positiva de todo esto, y sacudirse el miedo de encima. No hay otra opción. Bien sea saliendo al balcón a cantar, tocar tu instrumento o aplaudir, como muchos ya están haciendo. Bien sea meditando o bailando. O bien sea organizándonos en la distancia, ahora que no tenemos nada más importante que hacer. Es momento de sacar lo mejor de nosotros mismos. De practicar como nunca la solidaridad. De pensar en los demás y hacernos UNO con ellos. El mundo desde hoy ya no es el que era. Reinventémoslo como siempre quisimos.


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domingo, 8 de marzo de 2020

Abrazos en tiempos de pánico

En la era del coronavirus, quizás no sea lo más prudente. Pero Mey lo hizo sin titubear. Nunca había visto a esa chica y nunca la volverá a ver, probablemente. Bastaron dos minutos de conversación, un sentimiento de sorpresa, otro de gratitud, ¡y zas!, se obraba el milagro. Fuera barreras. Fuera miedos. Sin mascarillas ni alcohol desinfectante. Un abrazo "a pelo" en los tiempos que corren. Un horror. Toda una temeridad.
El miedo cotiza al alza en los telediarios, en las tertulias y en las  conversaciones familiares. Si se te escapa una tos en el autobús, o mencionas la palabra "Italia" o "China" relacionada con alguna experiencia personal, te verás sin duda señalado como sospechoso, o directamente como culpable de atentar contra la continuidad de nuestra especie. Ya no te digo, si se te ocurre acoger en tu propia casa, y bajo tu propio techo, a cuatro estudiantes cuyo colegio en Italia ha sido cerrado durante la crisis del coronavirus. Poco importa que uno de ellos sea tu hijo. Poco importa que peligrara el bachillerato de los otros tres, si regresan a sus hogares. Poco importa si salieron de Italia antes del estallido de la crisis actual, o si ya han pasado en casa las dos semanas de rigor, que dicen los expertos que son precisas para descartar que se tenga el dichoso virus. Ha habido gente que nos ha preguntado preocupada si tienen síntomas. Ha habido incluso una profesora del instituto que, en clase, ha tildado de irresponsable esa acogida a unos refugiados del coronavirus, cuando algún medio de comunicación se ha hecho eco de la noticia. Es increíble la irresponsabilidad que demuestran algunos desde sus púlpitos. Y estamos convencidos de que más de uno evitará cruzarse con nosotros mientras sigan nuestros huéspedes en casa. Pues nada, simplemente un recordatorio: la cosa parece que va para largo. Así que absténgase los asustadizos de mezclarse con nosotros en las próximas semanas, porque amenazamos con seguir acogiendo a los cuatro "corona-bros" (como ellos mismos se autodefinen), mientras no se normalicen las cosas en Italia. 
Ésta no es una crisis sobre un virus que se te mete en el cuerpo. Es una crisis sobre el miedo que se te mete en el cuerpo. Y cuando eso sucede, las personas nos volvemos más manipulables. Simples rebaños que vagan desconcertados a golpe de titular de prensa. La situación idílica para los intereses más espurios, sea en batallas comerciales entre países, sea para vender más periódicos o espacios televisivos, sea para evitar la expansión de un imparable despertar consciencial, sea para probar el sometimiento en la libertad de millones de personas, o sea para vender más mascarillas (igual que pasó con el famoso tamiflu, que todos parecemos haber olvidado). Y es que hasta el más inofensivo catarro o la más inocua gastroenteritis, se vuelven amenazantes cuando se televisa el "minuto a minuto" de cada caso, de cada zona, de cada bulo, o de cada teoría al respecto.
El miedo no sólo vende, sino que es el mayor arma que puede existir contra la libertad. Políticos, banqueros y magnates de todo pelaje lo usan en sus operaciones y decisiones diarias. No hay nada que dé mejores resultados que su uso manipulativo. Que se lo digan a los millones de chinos o italianos, presos por decreto y de forma consentida en sus regiones. Sin duda habrá ya quienes hacen del miedo su profesión y su forma de vida. No sabemos si hay una mano negra detrás de esta crisis del coronavirus. Pero desde luego, sí que hay muchos que se están frotando las manos con su gestión y consecuencias, todo un experimento sociológico de carácter planetario.
Mey y yo volvíamos de mi revisión post-operatoria este pasado miércoles, y el resultado no podía ser mejor. El agujero macular había quedado totalmente sellado, había recuperado visión, se me reducía la medicación a una sola gota, puedo ya volver a hacer deporte, y hasta dentro de un año no tengo que volver a revisión. Estábamos exultantes. Y el cirujano aún más. Los resultados del escáner ocular eran tan abrumadores que casi resultaba milagrosa una recuperación así en tan poco tiempo. La operación había salido muy bien. Los diez días boca abajo, que seguí rigurosamente, fueron también claves. Pero estoy convencido que fueron determinantes las decenas y decenas de personas que nos abrazaron y sostuvieron desde la distancia durante esas semanas de preocupación. Con una energía así, no sólo se diluye cualquier miedo o duda, sino que resulta imposible que las cosas no salgan como tienen que salir.
Después de celebrarlo por Barcelona, llegamos al aeropuerto para coger el vuelo de regreso a casa. Nos sobraban dos viajes en nuestro bono de autobús. No volveríamos a Barcelona hasta pasados doce meses, y para entonces los viajes ya habrían caducado. Así que decidimos que era mejor regalárselos a alguien que los pudiera disfrutar. A mí me cuesta más romper el hielo en esas ocasiones. Pero Mey es una auténtica experta. Se deja guiar por una intuición portentosa. Y justo a la entrada había una joven rubia esperando el autobús con los cascos puestos. Al principio, levantó la mirada con desconfianza cuando Mey traspasó su zona de seguridad. Luego puso cara de incredulidad cuando le ofreció los dos viajes, esperando quizás que le pidiéramos algo a cambio. Lo siguiente fue  buscar la conexión que permitiera a dos desconocidas dejar de serlo: nosotros le compartimos nuestra buena noticia del día y que éramos de Málaga, y ella que estaba visitando a unos amigos y que era de Granada. Y de inmediato, y como resumen de lo que realmente somos los seres humanos, una amplia sonrisa y un abrazo sincero, sin cálculos ni precauciones sanitarias. Sólo por el placer de lo que más nos caracteriza: el relacionarnos, el darnos a los demás, el encontrar la conexión con el otro. ¡Mira que el regalo era insignificante! ¡Dos viajes de autobús! Pero la cara de aquella chica se iluminó como si nunca hubiera recibido un presente más valioso. Quizás porque nos estamos alejando demasiado de nuestra esencia como personas, y cuando recobramos esa esencia, aunque sea tan fugazmente, sentimos que en esos instantes hay algo auténtico por lo que, sin duda habría que luchar.
Adjuntamos al bono de autobús una de las tarjetas "Sonríe" de nuestro amigo Joserra, para que entendiera mejor de qué van estas locuras. Pero sin duda, no habría hecho falta. El dar a un desconocido sin esperar nada a cambio cortocircuita nuestros esquemas hasta tal nivel, que se producen instantes mágicos como ese abrazo espontáneo y libre. Sin miedos. Sin preocupaciones. Sólo porque momentos así nos alejan de esos seres temerosos en que quieren convertirnos y nos acercan a nuestra verdadera naturaleza.
No se trata de hacer apología de la temeridad. Pero tampoco está mal recordar que somos seres humanos. Que probablemente el coronavirus pasará como sucedió con el SARS, la gripe aviar o la porcina. Que las cifras de mortalidad son ridículas frente a cualquier gripe de las que pasamos cada invierno. Y que no hay epidemia peor que el miedo. Y en el contagio del miedo, la expansión depende sólo y exclusivamente de nosotros. Podemos decidir dar la espalda al miedo con un simple abrazo, con una acogida o con una sonrisa, o convertirnos quizás en unos bichos raros que ven a sus congéneres como verdaderas amenazas. Depende de nosotros.


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jueves, 5 de marzo de 2020

Reportaje sobre nuestra acogida a 3 estudiantes tras el cierre de su colegio por coronavirus

Os compartimos a continuación un mini reportaje del Canal 101TV, de febrero de 2020, a raíz de nuestro último post (http://familiade3hijos.blogspot.com/2020/02/refugiados-del-coronavirus.html).

Éste es el resumen que hizo de la noticia el propio canal de televisión:
"Cuando Pablo llamó a sus padres para explicarles la situación, estos ofrecieron su casa sin dudarlo para acoger a algunos de sus compañeros
El coronavirus también nos deja ver la cara más solidaria de los malagueños. Una familia de Vélez-Málaga ha acogido a un grupo de alumnos del centro educativo italiano en el que estudia su hijo tras el cierre temporal del centro como medida preventiva ante el virus.
Aunque la zona de Trieste, en cuyo entorno se ubica el centro, se encuentra libre del coronavirus, el Colegio del Mundo Unido del Adriático optó por cerrar como medida preventiva y se vio ante la tesitura de tener que realojar a sus 180 alumnos.
Cuando Pablo llamó a sus padres para explicarles la situación, estos ofrecieron su casa sin dudarlo para acoger a algunos de sus compañeros.
Desde entonces, dos alumnos costarricenses y uno italiano comparten casa y vivencias con Pablo y su familia, lejos del pánico generado a causa del virus."
http://www.101tv.es/noticias/familia-velezmalaga-acoge-alumnos-colegio-cerrado-coronavirus.aspx



También os ofrecemos las entrevistas extendidas a Pablo, Mey y a nuestros tres invitados (Erick, Fabián y Jacopo) con vistas a dicho mini-reportaje:




miércoles, 26 de febrero de 2020

Refugiados del coronavirus

En cuanto leí el titular de prensa del pasado sábado, tuve de nuevo esa sensación. Esa de que, por muy lejano que aquello pareciese, nos acabaría tocando. A veces es un escalofrío. Otras un pellizco en el estómago. Y la verdad es que preferiría equivocarme más. Pero se ve que la intuición también se entrena.
Era el fin de semana que nos habíamos reservado para descansar y reponer fuerzas tras tanto contratiempo acumulado en las últimas semanas. Por fin nos íbamos a reencontrar con  nuestras escapadas de fin de semana en nuestra furgoneta hippy. Por fin habían ido quedando atrás los días de fiebre de Mey, las duras pruebas de solicitudes pre-universitarias, mi operación ocular y sus posteriores jornadas postrado "boca abajo", e incluso el flemón de la muela del juicio. Tocaba celebrarlo. Y así lo hicimos, disfrutando de la naturaleza, del pantano de los Bermejales y del cauce del río Cacín, del silencio y de la tranquilidad.
Pero justo de regreso, ya el domingo, Pablo desde Italia, nos avisaba en directo de que en dos minutos nos llamaba para decirnos algo muy importante. Se celebraba en esos momentos una asamblea de todo su colegio. Ahí el recuerdo del titular del viernes volvió a aflorar. Y ese escalofrío también. Les acababan de anunciar que, siguiendo las recomendaciones del gobierno italiano, del comité internacional, y de la experiencia de los colegios de China y Hong-Kong, se había decidido cerrar el colegio hasta el 8 de marzo, como mínimo. Era una medida de precaución y para evitar males mayores, como una posible propagación o cuarentena de un colectivo de 95 nacionalidades como el suyo, y las repercusiones que ello podría tener. Nadie estaba afectado y no había aún riesgo alguno. Pero si la cosa se ponía seria, no actuar podría generar un problema mayor que las implicaciones del cierre a tiempo del centro.
No dio tiempo a plantear ninguna duda, o a hacer ninguna consideración. Daba igual que fueras o no crítico con el alarmismo que se está generando. Que no estemos ante el ébola ni ante una epidemia fatal. Que el origen del brote fuera un murciélago, un pangolín, o la mano interesada del hombre. O que la tasa de recuperación sea del 98%, muy superior a cualquier gripe habitual de cualquier año habitual. De repente te ves en medio de un proceso de histeria colectiva, ante el que no puedes quedarte inmóvil, por mucho que creas que carece de sentido. Y en pocos minutos, el precio de los vuelos empezó a subir ante la desbandada general. Ese era el primer motivo de la llamada de Pablo: reservar vuelo cuanto antes, para no quedarse fuera de juego.
Pero no se trataba tan sólo de anunciar el cierre del centro. Se trataba de hacer un llamamiento a la solidaridad con aquellos estudiantes no europeos, cuyo retorno a casa pudiera suponer el fin abrupto de su curso, y quizás de su bachillerato, por el coste de un posible viaje de regreso en unas semanas o por incompatibilidad horaria para mantener las clases a distancia por internet. Y ese era el segundo motivo de la llamada: determinar si estaríamos dispuestos a acoger a otros estudiantes, y calcular en caso afirmativo su número. No hizo falta hablarlo. El "sí" fue unánime. Y tan sólo tuvimos que calcular el espacio en casa para que durante un tiempo, aún por determinar, pudiéramos acoger a más estudiantes de forma digna y razonable, si todo esto se prolongaba.
Durante el trayecto de vuelta ya estuvimos calculando itinerarios y precios, y nada más llegar a casa reservamos los vuelos de Pablo, Erick y Fabián, dos buenos amigos costarricenses de nuestro hijo. La decisión de Jacopo fue más complicada. Él es italiano, pero al vivir su familia en el epicentro del foco del coronavirus, cerca de Milán, se arriesgaba a entrar en cuarentena si regresaba a casa, y quizás no poder volver al colegio más tarde. Decidió venir también con nosotros a las pocas horas, aunque ya su billete no pudo comprarlo por internet.
Durante la salida del aeropuerto de Venecia justo después de la suspensión del carnaval, y a lo largo de la larga noche que tuvieron que pasar en el aeropuerto de la escala de Lisboa, estuvimos con el alma en un puño por si algo se torcía. Pero no. Todo salió bien.
No ha sido fácil para Mey organizar la logística de camas, armarios, ropa para prestarles, y organización general para que todo fluya en las semanas que nos esperan por delante. A fin de cuentas, hemos duplicado los habitantes de la casa, y hemos triplicado la prole que vivía con nosotros hasta hace apenas 48 horas. Hemos llenado la despensa. Y Mey hizo ayer un macro-cocido para una legión, pensando en tener opciones para varios días, aunque se finiquitó en un almuerzo. Ya se sabe cómo come la juventud...
Lo bueno de la gente joven es que lo viven todo como una aventura. Nada es un drama. Todo son risas y bromas. Todo es un puro disfrute. No hay preocupación por el fin del curso, por los exámenes finales del bachillerato internacional, o por el posterior acceso a la universidad. Y es bueno que así sea. Vivir el presente como si no hubiera un mañana. Y si puede ser, alejados de histerias colectivas, mejor.
En los momentos difíciles es cuando se comprueba la nobleza y la categoría de una persona. Y lo mismo sucede con las instituciones y con los colectivos. La respuesta del colegio de Pablo, de las familias, y de los respectivos comités internacionales, sin contraprestación alguna, fue impecable y plagada de solidaridad. En pocas horas, una macro operación logística como ésta quedaba culminada sin que nadie se quedara descolgado o fuera de juego. Quizás sean éstos los aprendizajes que traiga consigo el dichoso coronavirus y el alarmismo que está generando.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )



martes, 11 de febrero de 2020

Perro flaco

Hay quien dice que si algo puede salir mal, saldrá mal. Que la tostada siempre cae en el lado de la mantequilla. Que los pares de calcetines siempre van de dos en dos antes de entrar en la lavadora, y de uno en uno al salir de ella. Que la otra cola del supermercado siempre es más rápida que la tuya. O que las cosas siempre se encuentran en el último sitio en el que se te ocurre buscarlas. Incluso Murphy llegó a formular su teoría con esas evidencias incuestionables.
Cuando te estás recuperando de alguna enfermedad o alguna intervención quirúrgica, es cierto que, en muchas ocasiones, las aparentes adversidades piden su turno para darte su correspondiente "colleja". "A perro flaco, todo son pulgas", dice nuestro refranero español. Y realmente no sé si se trata de cuestión de "perros flacos", de "toros sentados", de "caballos locos" o de "caniches en cunclillas". Pero lo cierto es que en las últimas dos semanas, tengo la sensación de que nos hemos llevado una tunda buena de pulgas. A la bofetada de la revisión "rutinaria" de Barcelona, se unió el problema del examen TOEFL de Samuel. Antes de volver a Barcelona, tuvimos una comprobación limitada de Hacienda por el IRPF de Mey, que hubo que resolver "express". La semana siguiente tocó la gripe de Mey y sus 39 de fiebre, coincidiendo con mi operación. Mejor no hablar de los diez días posteriores inmóvil y boca abajo, con su consiguiente tormento en cuello y cintura. Y justo cuando veía en el horizonte el fin de esa penitencia, se me pone la mejilla como una sandía, con un flemón del calibre 27. Todo ello, regado, como no podía ser de otro modo, con nuestras exóticas goteras, que siguen campando a sus anchas desde hace meses en nuestro sótano, sin que nadie parezca ser capaz de desentrañar el expediente X de su origen. Y de postre, se aceleran los cambios de rumbo en mi nuevo trabajo, justo cuando estoy fuera de juego. Un panorama, vamos.
Imagen de Randy Rodriguez en Pixabay 
¿Que si ha habido días que me he venido abajo? Dos o tres, por lo menos. Y sinceramente, creo que es hasta sano encontrarse en esas circunstancias, y vivirlas en plenitud. Probablemente no veremos muchas fotos en el facebook o en el instagram de la gente, haciendo "poses" de esos días. Pero os aseguro que existen. Días en que te apetece mandarlo todo "a la porra". En que tu vulnerabilidad toca fondo. En que no sabes si explotar, llorar, maldecir o hacerlo todo a la vez. Mi amiga Carmen, que de esos días lleva ya unos pocos, la pobre, dice que se hincha de llorar, saca toda su rabia y frustración de dentro, y cuando se ha quedado nueva, se enjuga las lágrimas, y se pone manos a la obra con lo que toca. Y eso es crucial. Porque es importantísimo dejar que esos sentimientos fluyan y salgan. Que no se repriman. Porque se pueden acabar enquistando. No se trata de hacerse el/la fuerte, y tener inmaculado tu expediente de "tío/a duro/a". Sino tener garantías de que esas inclemencias se superan sin mella, sin rastro alguno. Y en esos momentos de "bajón", aunque parezca paradógico, lo importante no es la enfermedad que te paraliza, sino cómo tu "cabecita" digiere todo ese proceso. Especialmente cuando te quedas solo y la cabeza se pone a dar vueltas a doscientos por hora. ¡Anda que no he dado gracias a las técnicas de meditación en esos momentos! Es ese trabajo con la mente el que hay que priorizar, porque es el que puede acabar dañando nuestra autoestima, nuestra ilusión, y nuestra capacidad para conectar con los demás cuando todo acabe pasando.
Este perro flaco ya se está sacudiendo sus pulgas. Nada de pre-ocuparse: sólo ocuparse. Ahí va el parte. Mañana vuelve a venir otro fontanero. Este jueves me extraigo el trozo de muela del juicio que me trae de cabeza. Samuel sacó un 9 en su TOEFL y ahora está por ver si le aceptan la nota en las universidades, al ser ya fuera de plazo. Ya he empezado a darme unos paseítos para recuperar la forma. Y en unas semanas, volamos de nuevo a Barcelona, para confirmar que todo ha quedado bien. El gas aún no se ha absorbido o disipado totalmente, y mirando por ese ojo parece que estoy navegando medio sumergido o medio a flote. Pero por la periferia del ojo empiezo a recuperar ya la visión. Espero poder volver al trabajo antes de lo previsto.
Dice también nuestro refranero que "Dios aprieta, pero no ahoga". Da igual que seas creyente o no. Hay ahí una sabiduría que no conviene ignorar. Y no tiene nada que ver con un ser ajeno a nosotros que nos tortura sádicamente para ver hasta dónde somos capaces de aguantar. Creo que la cosa no va por ahí. Va de aceptación (que no resignación), y de nuestra capacidad de fluir con las circunstancias de la vida, al margen de que a éstas les pongamos la etiqueta de "buenas" o "malas". Y de que nuestras cicatrices del pasado, acaben convirtiéndose en nuestra fuerza para el presente.


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lunes, 3 de febrero de 2020

Contando baldosas

No me regañéis. Estoy escribiendo este post bajo estricta prescripción médica. Cabeza boca abajo y el portátil totalmente abierto y tumbado en el suelo. Así que no estoy forzando ni arriesgando nada. Eso sí: sin excederme.
La operación del martes fue bien. Mis miedos al inmenso dolor post-operatorio  de la primera intervención de hace nueve años se diluyeron. Tan sólo tuve un conato parecido durante unos minutos en el tren de vuelta de Barcelona, pero fue falsa alarma. Desapareció con un poco de meditación y un ibuprofeno. Parece que el agujero de la mácula quedó sellado con esa mezcla de plaquetas de la sangre que me sacaron poco antes del brazo izquierdo, y con qué se yo qué otros "ingredientes". Pura ciencia ficción. Como siempre allí.

Siguiendo la tónica habitual de esta familia, si algo se puede complicar un poquito, ¿para qué hacerlo fácil? Así que dos días antes de tomar el vuelo a Barcelona, Mey cogió la gripe. Jamás en estos treinta años juntos la había visto con tanta fiebre. Al contrario: cuando enferma, a ella le baja la temperatura. Rarita, la chica, jajaja. Así que estuvimos temiendo contagiarme justo antes de la intervención. Y temiendo también que la pudieran dejar en tierra, si en el aeropuerto se hubieran puesto a controlar la fiebre de los pasajeros como en los aeropuertos chinos, por temor al coronavirus. Un panorama, vamos. Pero no pasó ni lo uno, ni lo otro. Aunque tras mi operación, no sabíamos bien quién debía cuidar a quién. Tanto, que nuestro querido Luije vino a vernos tras la operación, y viendo la situación, salió zumbando para dejarnos descansar, el pobre.
Ya en casa, y con su buen antibiótico, Mey está mucho mejor. Y a mí me toca ejercitar la paciencia y la observación. Porque aunque el médico me dijo que podía mirar una pantalla en el suelo, sí que fue muy estricto e insistente en un detalle: lo de estar mirando para abajo y tumbarme boca abajo de forma permanente durante diez días. Lo normal en estos casos son cinco días, pero él, para prevenir, me prescribe el doble, por la ausencia de barreras naturales de contención en mi ojo, ante la debilidad de mi retina y tras la extirpación del cristalino en las dos operaciones anteriores. Vamos, que el gran temor es la tensión ocular y los estragos que podría suponer una fuerte subida. Así que en esas ando: con dolor de cervicales y de lumbares, por la posición de alcayata. Y buscando a cada instante cómo ponerme para respetar lo dicho por el médico. Y es gracioso, porque he tecleado en Google "Cómo combatir los dolores de cervicales", y lo primero que pone es evitar dormir boca abajo. Así que lo tengo claro...
Muchos me preguntáis cómo lo llevo, sobre todo por el reciente cambio laboral. Ya llevo algunas de éstas a mis espaldas. No muchas. Pero las suficientes para no querer repetir curso. Y ya he aprendido la lección. Al menos la teoría. Aunque la práctica siempre cuesta más. Y la lección no va de resignarte, sino de aceptar de forma combativa lo que el destino nos va deparando. Fluir con él en lugar de pelearte con él o maldecirlo. Encajar el golpe, pero sin perder el tiempo en preocupaciones estériles. Y actuar en cada momento con lo que te encuentres a tu paso. Ni lamentos, ni victimismos. Atentos a lo que toca aprender a cada paso, y al mensaje que cada circunstancia trae consigo.
Toca contar baldosas...jajaja
Cuando tienes tus facultades más o menos normales, te acostumbras a hacer veinte cosas a la vez. Pero cuando te obligan a mirar al suelo, a contar baldosas, te haces más consciente de todo. Intentas escuchar lo que normalmente no escuchas.  Captar los matices que habitualmente pasan desapercibidos. Prestar atención más plena al plato de comida que tienes delante, y a los sabores que trae consigo. Tiendes a observar más, y a hablar menos, o a acaparar menos la atención. Es como si los roles con que normalmente te desenvuelves, se vieran inexorablemente obligados a cambiar. Y te sientes vulnerable. Y los demás te ven vulnerable. Y les da "cosa". Porque están acostumbrados a verte resolutivo y eficaz, siempre activo y en movimiento. Y ahora te ven torpe, más callado, más lento...Pero siempre he creído que en la vulnerabilidad nos veremos todos. Pocas estaciones de obligado paso hay como ésa. Y es curioso, pero cuando caen todas las capas de cebolla, cuando desaparecen nuestros grandes roles, representados con esmero durante años, nos encontramos desnudos en nuestra vulnerabilidad. Y ahí los encuentros con el otro y los descubrimientos existenciales son maravillosos.
Mi vulnerabilidad actual es de "pacotilla". Apenas unas luces y sombras en un ojo, un dolor de cuello y otro de cintura, diez días boca abajo, y en menos de un mes volveremos al terreno de juego, a rodar la pelota de la vida. Pero no dejo de pensar en personas cercanas, luchando contra sus tumores malignos, contra sus recientes soledades, contra sus miedos. Todo nuestro reconocimiento y energía para ellas, en estos días en que andamos fuera de juego. 

En nuestro caso, todo este proceso de estas semanas nos ha traído un regalo monumental, del que quizás no éramos conscientes: la enorme cantidad de personas que, mucho más allá de la familia y amigos cercanos, veláis por nosotros. Hemos recibido multitud de llamadas, mensajes, oraciones, e incluso mantras, cargados de buena energía y buenos deseos en estos días complicados. Hemos sentido con fuerza el enorme empuje de vuestros buenos deseos hacia nosotros. Y que toda esa enorme red de gente buena estéis ahí, pendientes de nosotros, es lo que da verdadero sentido a la vida. ¿Qué, si no? Un millón de gracias a tod@s. Ya sólo por ello, todo esto cobra sentido.



PD: Para los que ya os hayáis perdido en esta larga historia de ojos, ahí van los links anteriores:
Parte 1: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/ojos-que-no-ven.html?m=1
Parte 2: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/el-dolor-del-clavo.html?m=1
Parte 3: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/la-salud-y-la-conviccion.html?m=1
Parte 4: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/ojos-de-nino.html?m=1
Parte 5: http://familiade3hijos.blogspot.com/2018/11/poca-vista.html
Parte 6: http://familiade3hijos.blogspot.com/2020/01/30-horas-para-olvidaro-no.html



domingo, 19 de enero de 2020

30 horas para olvidar... o no

Uno siempre cree tener bien atado el guión de cada día. Ese que actúa como bola de cristal de lo que va a pasar, y que te da cierta tranquilidad sobre lo siguiente por venir. Esta semana acabábamos las últimas solicitudes para universidades extranjeras de Samuel. Había sido un trabajo extenuante por su costumbre de dejarlo todo para el final. Un trabajo ya demasiado prolongado desde que empezamos con las de Pablo antes de Navidad. Por eso llegábamos a esa pequeña meta, ya al límite de nuestras fuerzas. Y el guión para este viernes era sencillo:  una visita relámpago a Barcelona para  mi revisión anual de ojos donde, solos los dos, podríamos reponer algo de fuerzas despejándonos de todo. Pero el guión acabaría siendo otro.
Entrando a la clínica de Barcelona

Viernes 17 de enero, 5:45. Abro los ojos antes de que suene el despertador. Me apetece la escapada a Barcelona, y me pongo en marcha. También Mey, a pesar del "madrugón". Café, tostadas, ducha, y al coche hacia el aeropuerto. Encontramos aparcamiento a la primera, y con tiempo para ir paseando a la puerta de embarque sin prisas. El guión parece confirmarse. El vuelo es rápido y puntual. El aterrizaje, el más suave de mi vida. La cosa sigue pintando bien. A pesar del retraso del autobús 46, llegamos rápidos a Plaza España, y el transbordo al V7 nos deja en tiempo récord a 10 minutos andando de la puerta de la clínica oftalmológica. El tráfico de la hora punta ya ha pasado hace rato, y todo parece seguir yendo conforme a mi guión. Hay una cola inusual en la recepción, pero hasta eso parece cuadrar, porque nos encontramos con un antiguo compañero de trabajo de nuestra etapa en Linares, y nos ponemos al día tras años sin vernos. Todo sigue cuadrando.
Una optometrista de blanco impoluto pronuncia mi nombre desde la puerta de la gigantesca sala de espera, y nos introducimos con ella por los funcionales pasillos de la clínica. Siempre me imagino que los edificios de la NASA deben tener un aspecto similar, no sé por qué. Ella se encarga siempre de los previos: tensión ocular, graduación, síntomas anómalos. Todo correcto. El ojo "bueno", que fue el del susto de hace un año, parece sellado y bien sellado. Eso marca el guión. Correcto. Pero noto un ademán extraño en la joven optometrista en las comprobaciones de visión del ojo izquierdo. Parece que he perdido un 15% de agudeza visual, y eso, en un año, es mucho. Yo no me había dado cuenta porque al procesar mi cerebro prioritariamente la información visual del ojo "bueno", el izquierdo siempre está en un segundo plano.Pero ciertamente, me cuesta más de lo habitual ver las letras y números proyectadas en la pantalla del fondo de la sala. Como yo llevo mi guión de día bajo el brazo, no me preocupo. Será cansancio acumulado de estos días.
Entra el doctor. No es el habitual, porque el que me operó ya dos veces está de congreso oftalmológico en El Cairo. Pero aquí son todos profesionales de primera. Desde luego no tiene pelos en la lengua. No estamos acostumbrados a un oftalmólogo tan explícito. Y no le gusta nada lo que ve en ese ojo izquierdo tras la dilatación de la pupila, y tras ese empeoramiento de visión. Nos propone hacerme un escáner ocular. Yo sigo aferrado a mi guión, y lo atribuyo a un exceso de celo del doctor. Pero la cara de Mey ya ha cambiado a la de preocupación, aunque no quiera preocuparme a mí. Accedemos a la prueba. Mientras me escanean los ojos, me siento contemplando una de esas batallas de "Star Wars" con rayos láser de colores por todos lados.
Los resultados del escáner son enviados en segundos al ordenador de la consulta del doctor. Y mientras le esperamos de nuevo allí, le da tiempo a Mey a ver las imágenes desde su asiento. No tienen buena pinta. Y esa mala pinta la confirma a los pocos instantes el doctor: un buen agujero en la mácula. No muy grande, pero hay que operar. Las posibilidades de que siga agrandándose son más que ciertas, y el deterioro de visión más que probable. Mey le pregunta si es peligrosa la operación, dado lo complicada que fue ya la primera. "En peores plazas hemos toreado, señora", fue su respuesta. Unas risas entre malas noticias nunca vienen mal. Nos damos cuenta de que todo es cuestión de perspectiva.
El experto en mácula y en miopías magnas, como la mía, está justo volando en ese momento de regreso del Congreso de El Cairo. Y en cuestión de segundos me conciertan una consulta con él, nada más aterrice, después del almuerzo. Mi guión ya se ha hecho trizas.
Habíamos quedado en conocernos en persona con una amiga, madre de un compañero de Pablo que estudia en Asia, a la que aún no conocíamos en persona. Por desgracia, el guión ya no existe, y el almuerzo se hace con cronómetro en mano. Toca correr de nuevo. Tatty, la pobre, nos acompaña, para poder seguir charlando, en nuestro peregrinar por la clínica: del experto en mácula que confirma el diagnóstico, al departamento de planificación de operaciones quirúrgicas, y de allí a la cita con la anestesista. Todo para dejar planificada la intervención para dentro de unos días. Más allá de unos días, mi ojo puede correr peligro, por ello el quirófano no debe demorarse.
Los vuelos suelen atrasarse. Pero pocos días antes de la cita en Barcelona nos han comunicado que el nuestro se ha adelantado casi dos horas. Así que el trasiego de consultas en la clínica ha dejado poco margen de tiempo. Toca correr de nuevo. Y llegamos en el último aviso a la puerta de embarque. Tras aterrizar en Málaga, recogemos a los niños en casa de los abuelos, tras contarles todos los detalles. Rápidamente nos vamos para casa, porque hay que madrugar al día siguiente, aunque sea sábado. El día de relax y el guión previsto, "a la porra".
La Alhambra, hace unas semanas

Sábado 18 de enero, 6:30 de la mañana. Por suerte, me repongo bien durmiendo. Y las primeras horas de la mañana me sientan de lujo. Ya habrá tiempo para pensar en Barcelona y en la logística para la operación. Ducha rápida, desayuno express, y zumbando hacia Granada para recorrer los 120 kilómetros que nos separan de la academia donde Samuel tiene el examen Toefl de inglés, penúltimo requisito de sus solicitudes universitarias. Por supuesto en la última convocatoria y en la foto-finish. Como siempre. Llegamos sobrados con un margen de media hora. Un nuevo día, y un nuevo guión. Parece que lo de ayer fue sólo un mal día y un mal guión. Samuel me dice en la puerta que ya me puedo ir. Cosas de la adolescencia. Pero prefiero comprobar que todo está correcto. Luego ya me daré una vuelta por Granada, siguiendo mi guión. Quizás un cafelito, un paseo para ver la Alhambra y el Albaicín, alguna que otra foto "chula"...Pero nada más ver la cara de extrañeza de la chica de recepción, ya sé que de nuevo el guión hoy tampoco va a triunfar. Que no estaba todo correcto. Que de nuevo había otro guión previsto para esa mañana. Llamadas a la dirección de la academia, al responsable en Andalucía, a la central en Irlanda y en Estados Unidos. Nadie sabe nada del examen, a pesar de la confirmación por escrito. Todo cerrado hasta el lunes. Curioso cuando los exámenes siempre son en sábado. Fuera hace un "frío que pela" y empieza a llover, con la nieve de Sierra Nevada de fondo. Samuel y yo montamos un campamento improvisado en el hall de la academia, bajo la mirada de sorpresa de alumnos y profesores. Mey, que se ha quedado en casa para llevar a Eva a chino, coordina los mensajes en inglés. Hay que intentarlo todo. Si no, no sólo se va al traste el guión del sábado. También todos sus sueños universitarios, sus resultados del SAT, y todas las tasas abonadas en las distintas "applications". Tras casi cuatro horas de gestiones, todo queda en manos del coordinador regional, a la espera de sus gestiones con la central el lunes. Vuelta a Málaga con las manos vacías, y con un cansancio que no recuerdo. Físico y mental. Se me cierran los ojos conduciendo.

Hace algunos años había una coletilla que Mey y yo nos decíamos a menudo: "Cuando estemos tranquilos..." Ya aprendimos que, en nuestro caso, eso es una utopía. Nuestra energía atrae los líos de un tipo u otro. Es como nuestro ecosistema natural. Así que mejor no usar más esa coletilla. Mejor no escribir o imaginar muchos guiones de momentos futuros. Mejor vivir los presentes a tope.

Casi apetece olvidar esas 30 horas. Aunque ahora que lo pienso, mejor no. Hay que fluir con los momentos del presente, sean buenos o traigan algún aprendizaje con ellos. En los próximos días tocará vivir muchos de esos momentos, que habrá que gestionar segundo a segundo. El viernes durante unos instantes nos preocupamos. Quizás porque no nos lo esperábamos. Ya no estamos preocupados. Estamos como siempre: ocupados. Del avión de ida, de la estancia en Barcelona, del tren de vuelta, de la agenda de los niños esos días, de gestionar la baja laboral, de las pruebas pre-operatorias...Sin guión. Aceptando lo que toca.


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martes, 24 de diciembre de 2019

Navidades de ayer y de hoy

El conductor debió apiadarse de mi, desplegando todo su espíritu navideño ¿Dónde va este español, "más perdido que un pulpo en un garaje", de noche, sin conocer la ciudad, y a 20 grados bajo cero?
"Patinando" y con gorro
Eso me preguntaba yo también desde que me bajé del avión en Montreal y durante todo el trayecto de autobús hasta Ottawa. Por aquel entonces sin Google Maps, sin navegador y sin ni siquiera un mísero mapa de papel, lo iba a tener crudo para llegar a mi destino. Sin pedírselo yo, se desvió de la ruta, y me llevó directamente hasta la misma puerta del apartamento de Mey. Todo un detalle, si no quieres arriesgarte a morir congelado en una visita sorpresa. Toqué al portero automático, todo nervioso, creyendo que el asombro sería mayúsculo. Y lo fue. Pero para mí. "¿Desde dónde llamas?", me preguntó ella. ¿Cómo que desde dónde llamo? Tardé unos instantes en entenderlo. Pero al final me di cuenta que su portero automático estaba conectado al teléfono, y que efectivamente, pensaba que la llamaba desde España. "Adivina", le contesté... Su cara de emoción, saliendo del ascensor para abrirme, llevando aquella camiseta de Tintín, y su abrazo descomunal aquel 19 de diciembre de principios de los años 90 quedarán para siempre en los anales de mis recuerdos navideños.
También las gigantescas estatuas de hielo en la calle. También mis tropiezos en la mayor pista del hielo del mundo, el canal de Ottawa. Y por supuesto aquel inusual y gélido frío que preocupaba hasta a los propios canadienses. Los días que estábamos a 10 bajo cero parecían el Caribe, comparados con los casi 50 que llegamos a tener con el efecto viento. Esos días se desaconsejaba, incluso, estar al aire libre más de 10 minutos. Y yo, tonto de mi, que ni siquiera quería ponerme gorro al principio. Pronto aprendí que me la jugaba, si no. Que incluso los coches había que conectarlos a las farolas para poder arrancarlos por las mañanas. Y que hasta en las cercanas Cataratas del Niágara, a pesar de la fuerza del agua, se formaban estalactitas de hielo en sus extremos con un frío polar tan extremo.
En aquellas Navidades no hubo apenas regalos. Ni maratonianos días de compras. Ni champán. Ni turrón. Ni Lotería. Ni multitudinarias cenas de Nochebuena. No hubo tampoco campanadas de Nochevieja. Aquel internet era aún muy precario, y la tele no retransmitía nada especial para celebrar el paso al nuevo año allí. Pero nosotros no las arreglamos con nuestras uvas, algún que otro villancico y unas campanadas improvisadas a base de "cacerolazos". Las risas fueron las mismas. No echamos de menos toda la parafernalia que suele acompañar estas fechas. Y sin embargos, sentimos con fuerza que la esencia de la Navidad era aquello que vivimos aquel año.
Después vinieron muchas Navidades más. De aquel apartamento de alquiler en un país lejano, pasamos a nuestro primer hogar en Bravo Murillo. Fueron Navidades al calor de aquella chimenea de forja y bajo aquel abeto de plástico que inauguramos poco después de casarnos. Ese árbol de Navidad se ha convertido, por méritos propios, en el auténtico testigo del paso de las décadas por nuestras vidas. Ha seguido participando en nuestras fiestas cada año hasta ahora. Siempre con algún cambio en su decoración. Alguna pequeña pieza más en el belén junto a sus pies. Alguna bola más o menos. Algún color distinto  en la cinta que lo vestía. Alguna luz diferente...
Papá Noel "in fraganti"
Pero no sólo fue cambiando la decoración del árbol. También quienes lo empezaron a decorar. Quienes tiraban de sus ramas y de sus bolas. Quienes se quedaban obnubilados con sus luces. Esos que son los verdaderos protagonistas de estas fechas. Y no sólo porque se celebre el nacimiento de un niño hace dos mil años. Sino porque probablemente son los niños quienes mejor encarnan el sentido de todo esto. Seas ateo o cristiano. Seas de belén o árbol. Seas de Papá Noel o de Reyes Magos. Seas de Nacimiento o de Solsticio de Invierno. Como me escribía un amigo hace unos días, se trata de celebrar el triunfo de la luz sobre la oscuridad. Del conocimiento sobre la ignorancia. De la fertilidad sobre la aridez. De la alegría sobre la tristeza. De la esperanza sobre el pesimismo. ¿Acaso hay algo que encarne mejor todo eso que un niño o una niña?
Nuestros tres cachorros humanos se han encargado a conciencia de mantener en casa esa esencia y esa magia en estas fechas. Ese "volver a nacer". Ese "volver a hacerse niño". Vestidos de pastorcillos, de ángeles o de princesas. Redescubrir ese niño o esa niña interior que habita dentro de cada persona. Y conectar con esa luz. Abrirse a que un mundo mejor es posible gracias a la esperanza que representamos cada uno de nosotros/as. Que no es un cuento. Y que se puede hacer la luz entre tanta tiniebla que nos rodea. Incluso si se viven estas fechas a miles de kilómetros de distancia.
De nuevo este año nuestro abeto de plástico ya está desplegado en el salón. Da igual que los niños ya sean hombres y mujeres. Eva se encarga de que se mantengan las tradiciones en casa, y que la pereza o la desidia no ganen la partida. De nuevo celebraremos esa luz, ese renacer, esa ilusión y esa esperanza. Este año lo viviremos todos juntos tras varios años en que alguno estaba lejos. Así que habrá aún más risas, y aún más abrazos. Habrá que aprovecharlos bien, porque puede que un día falten. Pero mientras tanto, procuraremos celebrar que nuestros sueños siguen siendo más grandes que nuestros miedos.

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lunes, 9 de diciembre de 2019

Aquel nidito de recién casados

Fue nuestro primer hogar. Ése que queda en la retina para siempre. Apenas eran treinta metros cuadrados donde cabían el salón, el dormitorio, el cuarto de baño y la cocina. Un sitio minúsculo, pero para nosotros era todo un sueño, con su "chimeneita" de forja y todo. Nuestro "nidito de amor" de recién casados. Antes vivimos de alquiler unos meses en Joaquín María López, pero éste fue realmente nuestro primer hogar propio. Poco importaba que fuera un cuarto sin ascensor, o que de vez en cuando tuviéramos que luchar contra alguna que otra gotera o humedad, dada la edad del edificio. La ilusión de ser nuestra primera morada lo podía todo. Y eso que, por aquel entonces, el presupuesto andaba más que justo. Aún recordamos cuando apuntábamos en aquella lista, detrás de la puerta de la cocina, hasta el más mínimo gasto, por miedo a no llegar a fin de mes.
Siempre sentimos que aquel apartamento era todo un milagro. Vivir en pleno centro de Madrid, a tres minutos andando de Plaza de Castilla, con todas las comunicaciones a nuestro alcance, y sin embargo disfrutar de aquel maravilloso silencio y ese sol que entraba a raudales por las ventanas, era todo un lujo. Sólo se escuchaba cada dos semanas, y a lo lejos, el rugido de la afición gritando algún  gol en el Santiago Bernabeu.
Allí vivimos momentos mágicos. De esos que jamás se olvidan, por muchos Alzheimers que puedan venir. Como aquel de la llegada de Pablo, recién nacido, desde el hospital. Aquel pequeño desconocido venía a revolucionarlo todo con los dos hermanos que vendrían más tarde. Y aquel parquet de aquel pequeño salón sobre el que reposaba su "maxi-cosi" era testigo de ese trascendental paso en la liturgia iniciática de formar una familia. De pasar de una parejita en su rinconcito de amor, todo "cuco" y ordenado, a un pequeño pero maravilloso caos de pañales, biberones, chupetes y muñecos con olor a Nenuco.
Cuando al poco tiempo nos fuimos para el Sur, no miramos atrás. No hubo "morriña". Aquellos momentos maravillosos nunca se irían de la memoria. Y, como siempre, la ilusión del nuevo camino nos ancló a aquel presente en Andalucía, nunca al pasado, por muy bello que fuera el que allí vivimos.
Sin embargo Mey y yo nos conjuramos respecto a aquel apartamento, tras darle las gracias en nuestro interior por los años allí vividos. Por un lado le dijimos un "hasta luego", quizás hasta que nuestros hijos lo necesitaran en la etapa universitaria o en sus primeros "pinitos" laborales en la capital. Y por el otro decidimos que aquel idilio que habíamos vivido en aquel lugar debía continuar. Que aquella magia debía persistir, aunque ya no estuviéramos nosotros. Y decidimos que quien lo habitara, debía estar enamorado de ese sitio como nosotros lo estuvimos. Y para ello debía sentirlo como algo propio, como algo personal. Por eso pusimos un precio tan irrisorio, la mitad del que se cobraba en la zona. Por eso decidimos dar plenos poderes a quien viniera a habitarlo. Y de paso, decidimos descargar de tensión, de exigencias y de recelos la relación que, por desgracia, existe muchas veces entre arrendador e inquilino. Decidimos, en definitiva "descosificar" aquel apartamento. ¡Qué tontería, pensaréis! "Descosificar" algo tan físico y tan material como un apartamento. Pues sí. Por desgracia, en este mundo que vivimos, se tiende a dar valor a las cosas en la medida en que hay un interés de por medio, la mayoría de las veces cuantificable en dinero contante y sonante. Pero cuando decides dar valor a los momentos, a la magia de los sitios, a los recuerdos impregnados en las paredes, a la confianza y a la relación, el interés y el dinero dejan de ocupar el centro de todo, y surge algo distinto, muy distinto. Incluso con auténticos desconocidos.
Durante estos casi dieciocho años, han vivido allí Ugo, Ana, José Manuel, Raúl, María Pilar y Hernán. A ninguno los conocíamos de antes. Y a todos les transmitimos esta loca idea de poner en el centro la confianza y la relación, por delante del interés económico o los roles jurídicos. Y por supuesto funcionó. Nunca tuvimos un encontronazo. Nunca tuvimos que subir a Madrid para reparar un enchufe, gestionar un siniestro con el fontanero, o comprar un frigorífico nuevo. Ellos se encargaron de todo como si fuera un asunto propio. Y mira que es normal que surjan incidencias durante tantos años en un piso ya antiguo. Nunca hubo un "tira y afloja". Nunca un impago. Nunca un retraso.
Con Hernán, el inquilino actual, la relación es aún más especial. Ha cristalizado en una bella amistad. Entró en el apartamento sin referencias de nadie, pensando que su origen colombiano pesaría como una losa, como ya le pasó en tantas otras ocasiones. Que habría recelos y desconfianza por su condición de inmigrante. Que estaríamos encima de él para saber qué hacía o no hacía en nuestro piso. Y se sorprendió desde el principio por nuestra confianza absoluta en él y por disponer de un hogar así y a ese precio, como si fuera de verdad suyo.
Cuando se crean las circunstancias y el marco adecuado, igual que cuando riegas y cuidas una planta y le das mimos, lo lógico es que la planta crezca y dé flores. Incluso aunque no lo esperes. Aunque no supieras que esa planta da flores. Sí, es cierto que la semilla debe ser buena. Pero también que el universo se acaba confabulando para que la semilla y el agua acaben encontrándose. Hernán trae una "pedazo" de semilla en su interior. Y ha brotado en él un enorme sentimiento de gratitud por nuestra actitud con él. Lleva años pidiéndonos que le subamos el alquiler. ¡Un inquilino pidiendo que le suban el alquiler! Pero no. No estamos dispuestos a ello. Estamos en plena guerra de gratitudes. Nosotros también estamos encantados con su actitud y cuidado del apartamento. Estamos enormemente agradecidos de que impulsara la insufrible reforma del baño sin que tuviéramos nosotros que estar allí. Que haya cuidado así de nuestro antiguo hogar. Y que lo haya hecho suyo como lo hicimos nosotros. Probablemente mejor, incluso.
Hace unos meses Hernán se nacionalizó español. Y con esa excusa quería cambiar el contrato y que le subiéramos la mensualidad. Cosas de la gratitud. Estuvo en casa en Málaga hace unas semanas. Probablemente la excusa era ese cambio de contrato. Pero estuvimos tan a gusto charlando y disfrutando en la playa, que ni nos acordamos del cambio de contrato, ni por supuesto, del aumento de la mensualidad. Nuestra gratitud con él ganó el combate. Pero no la guerra. Porque sólo nos pidió una cosa: permitirle entonces hacer unas pequeñas mejoras en el apartamento a su costa, dado que no le queríamos subir el alquiler. Imposible negarse. Tan importante es saber dar como saber recibir. Y a fin de cuentas es su hogar ahora.
Hace unos días recibí un mensaje suyo por whatsapp. Era un vídeo que aparecía negro. Estuve a punto de borrarlo, pensando que sería uno de esos vídeos de bromas que se suelen enviar. Pero algo me dijo que lo abriera. Y cuando lo hice, me quedé con las "patas colgando", como se suele decir por aquí. Era un vídeo-sorpresa (ver en nuestro Patreon solidario). Durante semanas se había esmerado a conciencia en nuestro apartamento. Le había quitado el gotelé. Había pintado paredes. Había cambiado las vetustas luces del salón. Había retirado los antiguos acumuladores de calor. Había pintado el armario del dormitorio. Había puesto paredes de imanes y pizarra en la cocina para poder escribir mensajes y pegar recuerdos. Había comprado una nueva campana extractora. Y también un lavavajillas de segunda mano. Y aún nos preguntaba si nos parecía bien, porque si no, lo volvía a cambiar.
No sé cuántas veces hemos visto y mostrado ese vídeo Mey y yo. Lo que sí sé es que cada vez que lo vemos, sentimos que acertamos con nuestro apartamento durante todos estos años. Hay quien piensa, cuando contamos esta historia, que durante estos años podíamos haber sacado por él un buen puñado de miles de euros más. Probablemente. Pero hace ya tiempo que descubrimos que vivir no va de euros ni de dólares. Sino de conexión de almas. De gratitudes que se retroalimentan hasta el infinito. Y ya el universo se encarga de lo demás.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )