jueves, 26 de mayo de 2016

Gorriones en la cocina

Ya empieza el calor. Es momento de aligerar la ropa y abrir las ventanas. Eso propició ayer una inesperada visita a la cocina durante una breve ausencia de casa. Dos atrevidos gorriones se habían aventurado en territorio hostil para disfrutar de la frescura de nuestro fregadero y de alguna que otra migaja de pan  en nuestra encimera. Cuando te topas con una visita así de inesperada puedes percibirlo como una intromisión en tu zona de intimidad, o puedes vivirlo como un bello guiño de la vida. Nosotros optamos por lo segundo, sin dudarlo. A fin de cuentas, no hemos dejado de dar pie a que la relación con nuestros gorriones se afiance cada vez más. No paramos de observar y festejar su baile desde nuestra ventana. Los atiborramos con los restos de nuestro mantel tras cada comida. Y les hemos facilitado soportes de todo tipo en nuestra terraza. Sin duda se sienten a gusto en nuestro patio.
Y eso les ha llevado a envalentonarse y dar el salto al interior de la casa. Quizás porque intuyen que no los vemos como intrusos, sino como simpáticos vecinos, que sólo dejan alguna que otra deposición de vez en cuando.
La presencia de nuestros queridos gorriones, como sucede casi con todo, encierra mágicos paralelismos y sincronías con la vida. Y últimamente llegan a casa preciosos gorriones, cuya presencia nos saca del letargo del trajín diario y nos muestra con todo su esplendor la belleza y el encanto que subyace a todo. Esos gorriones a veces toman la forma de simpáticos periodistas que comparten todo un día con nosotros para conocer nuestras opciones de vida. A veces toman la forma de turistas neocelandeses que en plena vorágine hogareña solicitan alojarse una noche en casa para contarnos sus aventuras por todo el mundo. A veces son gorriones virtuales que comparten sus vivencias, movidos por las que han leído de nosotros. O a veces son gorriones que nos invitan a contar nuestra salida literaria del armario en los más inesperados rincones. Hay gorriones de esos de todos los tamaños y colores. Y los hay por todos lados. ¡Os lo aseguro! Quizás todos dispuestos a sorprendernos. Quizás todos dispuestos a interpelarnos. Sólo piden que no los asustemos ni nos mostremos reacios a su presencia. Y si en algún momento, necesitamos recuperar nuestra intimidad, basta con cerrar la ventana un rato, y pronto estaremos deseosos de volver a abrirla para escuchar su gorgojeo. Este fin de semana cerraremos la ventana y nos refugiaremos en las playas de Tarifa. Pero de nuevo el lunes estaremos "locos" por encontrarnos de nuevo con nuestros gorriones.

lunes, 16 de mayo de 2016

Bendito cortocircuito

De repente somos famosos. Increíble, pero cierto. Dos apariciones en televisión, una en la radio, otra en los periódicos y unos cuantos centenares de clicks en twitter, youtube y facebook han obrado el milagro. Nos han reconocido ya un par de veces por la calle en nuestra comarca. Hemos firmado unas cuantas de decenas de dedicatorias.Cuatro cajas repletas de ejemplares nos han volado ya de las manos en apenas tres semanas. Y no tenemos ni idea de lo que puede estar sucediendo en librerías o con los pedidos por internet. Si fuera algo buscado, sería todo un éxito. Pero no lo ha sido. Quizás esa sea la clave: no tener expectativas, no aferrarse a un resultado. Y entonces todo surge como un regalo enorme, como una gran sorpresa. Así lo estamos viviendo nosotros. Simplemente dejándonos fluir por mucha pereza que nos dé, de antemano. Y perplejos estamos.
Es cierto que nos preguntamos qué sentido tiene todo esto. ¡Si nos encanta el anonimato de nuestro "terruño"! Sin  embargo, estas semanas estamos retando a la normalidad:
-Medios de comunicación que se interesan por dar buenas noticias.
-Gente anónima que abre las puertas de su intimidad.
-Creadores y autores que no cobran por crear.
-Publicaciones de autoría colectiva, que huyen de los egos individualistas.
-Libros bidireccionales, donde los lectores contactan con los autores, y crean redes de colaboración y fraternidad.
¿Acaso el mundo está loco? ¡Todo parece estar "patas arriba"! ¿Dónde está la cordura? ¿A dónde se fue la "normalidad"?
Quizás es que "lo normal" no sea bajar los brazos y renunciar a un mundo mejor. Es frecuente, pero no normal.
"Lo normal" no es llenar la vida de días grises e idénticos. Es frecuente, pero no normal.
Tampoco es "lo normal" que todo gire en torno al trabajo y a los horarios laborales. Es frecuente, pero no normal.
Ni lo es vivir separados y huyendo de los demás. Es frecuente, pero no normal.
"Lo normal" no es someterse, cual esclavo, a nuestra zona de confort. Es frecuente, pero no normal.
"Lo normal" no es que el dinero dirija nuestras acciones y decisiones. Es frecuente, pero tampoco es normal.
Quizás ahí radique el efímero y puntual éxito de nuestro libro: que es una excusa, como otra cualquiera, para quitarse las vendas de lo que es normal.
Quizás no toca otra que ser raros. Sí. Efectivamente. Esta "Familia de 3 hijos" es rara", sin duda. Y nos señalan por serlo. Pero ¿lo hacen porque nuestro actuar es infrecuente? ¿O quizás de repente somos noticia porque hay mucha gente deseosa de levantar la mano como cómplices ante aquel anuncio que lanzamos al viento de "Familia de 3 hijos busca mundo diferente para vivir"? ¿Y si resulta que hay mucha más gente de la que imaginamos en esa búsqueda? Si es así, muchas personas se están sintiendo "raras" estos días. Pero, ¡cuidado! Como los "raros" nos convirtamos en mayoría, podríamos llegar a ser "lo normal". A lo mejor toca "cortocircuitarnos" un poco, y que se vuelvan locos nuestros cables internos de lo que es "normal" y lo que es "raro". Sería un bello cortocircuito. Uno por un mundo diferente para vivir. Un cortocircuito bendito.

lunes, 9 de mayo de 2016

La revolución de la tostada

No es noticia, pero hay millones de personas que buscan un mundo hermoso para vivir. También hay muchos que hacen de este mundo un lugar hermoso, y tampoco es noticia. Lo de este fin de semana ha sido de esto último, y debería ser portada en todos los periódicos y telediarios. No lo será. Pero es perfecto así.
Somos cada vez más los que pensamos que el dinero no puede ocupar el centro de la vida. Que no es verdad que la economía vaya de gestionar recursos escasos. Y que debemos colocar a las personas en el centro de la vida social, económica y política. Por eso este fin de semana, creemos que hemos dado un pequeño paso en la bella historia de la Economía del Don.
Hacer historia parece reservado a unos pocos. Desde luego no a las personas de a pie. Pero este fin de semana ha sido distinto. Sin duda estos tres días serán recordados para siempre por las más de 200 personas que convivimos en Alozaina. Pero probablemente sea el inicio de algo mucho más grande.
Era la tercera vez que Emilio Carrillo visitaba nuestra querida Casa de Acogida, y como las veces anteriores, decenas de personas venían a escucharle, buscando quizás un mundo diferente para vivir. Escucharle supone, sin duda, una llamada a una revolución interior, pero sin violencia, sin aspavientos, en silencio, y viviendo el presente sin huidas, y en pleno centro del huracán que nos toca vivir. Las centenares de miles de personas que siguen a Emilio por Youtube y en todas sus intervenciones son auténticos buscadores, que son conscientes de que en sus palabras hay un poso de Verdad, por encima de nuestras vidas de prisas, agobios, competitividad, deudas y obligaciones laborales. Y sin duda también hay un poso de Verdad en esta Casa de Acogida, donde se ofrecen segundas oportunidades, sin nada a cambio, a personas con enfermedades, adicciones o traumas que les llevan al borde mismo del abismo. Quizás ese contacto con el verdadero sentido de la Vida es lo que hace que Emilio haya hecho de Alozaina una excepción respecto a sus compromisos y salidas, y nos visite todos los meses de mayo. Unir la revolución interior de Emilio, con la revolución exterior de la Casa de Acogida Pepe Bravo es todo un privilegio. Por ello los momentos mágicos afloran. Pero este año se ha ido todavía más allá.
Hace justo un año, unos cuarenta voluntarios nos afanábamos en preparar comidas, limpiar mesas y suelos, y atender a los centenares de personas que acudían a escuchar a Emilio. Eso supone un enorme empujón para el sostenimiento de esta Casa de Acogida, sin apenas apoyos económicos de ningún tipo. Pero algo sucedió. Algo tan simple que normalmente habría pasado inadvertido, pero que se ha convertido en el germen de una pequeña revolución. Mi mujer y yo atendíamos las mesas de comida para los oyentes de Emilio Carrillo que acababan de escucharle. Salían extasiados y fortalecidos por su testimonio de verdad. Pero ante la lenta llegada de las tostadas desde cocina, afloraron los egos y el hambre, y se olvidó la fraternidad y el compartir que acababan de escuchar unos minutos antes. Mejor tostada en mano que ciento volando. Y si era un plato a rebosar, aunque los demás aún no hubieran probado nada, mejor que mejor. Daba igual que los demás no hubieran comido nada. El mensaje de apenas unos minutos quedaba aparcado. La escena nos impactó a mi mujer y a mí. Y se volvió a repetir con la salsa de las albóndigas, con una cama en una u otra habitación, o con la mesa más soleada del jardín. ¿Cómo podía ser eso? ¿Cómo podía ser que tan pronto se hubieran olvidado esos mensajes de fraternidad y de hacernos UNO?
El fin de semana había sido un éxito. Pero esa tostada se nos quedó clavada en la mente y en el corazón durante meses. Hasta que nos dimos cuenta que esa incoherencia entre la teoría y la práctica había sido en cierto modo por culpa nuestra. Con toda nuestra mejor intención habíamos dispuesto un fin de semana con comidas y alojamiento a un  módico precio. Y tratábamos de compaginar la revolución que Emilio nos proponía con los servicios de un hotel o un restaurante al uso, sin serlo realmente. Y al hacerlo, habíamos activado el "chip" mercantilista que todos llevamos dentro. Ése que al poner el dinero en el centro, hace que tratemos de maximizar nuestro beneficio. Nuestros huéspedes habían pagado el precio que les habíamos pedido, y como en cualquier otro establecimiento, se sentían legitimados a exigir y reclamar lo mejor por ese precio pagado. Habíamos activado esa parte de alienación que vivimos en nuestras frenéticas vidas habituales, y de la que tratamos de huir buscando referencias del verdadero sentido de esta vida. Algo había que hacer. ¿Pero qué?
Un día, de repente, nos vino la iluminación. Si queríamos una revolución interior, desde la Casa debíamos apostar por una revolución en lo exterior. Y un fin de semana con buscadores de otro mundo mejor podía ser la mejor plataforma para ello. Si queremos sentirnos UNO con el otro, no hay mejor forma que acogerle como si acogiéramos a unos amigos en casa: abriendo nuestras puertas de par en par, y acogiendo al máximo número posible de ellos. Si hacía falta poner colchonetas en el suelo para que nadie se quedara fuera, así lo haríamos. ¿Y si suprimíamos los precios radicalmente? ¿Y si eliminábamos los tickets de cada comida? ¿Y si evitábamos los interminables procesos de reserva con centenares de llamadas para acomodar a todos nuestros huéspedes? ¿Y si simplemente apelábamos al lema "Deja lo que puedas, coge lo que necesitas"? Con un esquema así, poníamos a la persona en el centro de todo, y seríamos coherentes con lo que movió a Pepe Bravo a destinar su antigua fábrica textil a una Casa de Acogida, en lugar de "forrarse" como tantos empresarios. Seríamos coherentes con las motivaciones de gente como Mariló, Nacha u otros, que habían dejado sus vidas atrás, para dedicarlas a los más desfavorecidos.
Pero eso tenía un gran riesgo: nuestras calculadores mentales. ¿Y si la mayoría de nuestros visitantes decidía no aportar nada o muy poco? ¿Y si no llegábamos ni siquiera para comprar los ingredientes de las comidas? La cuenta de la Casa de Acogida está siempre "tiritando" y una situación así podría suponer el suicidio del proyecto. Las caras de mis compañeros eran un poema cuando lo propusimos. Sé que muchos creían que era un riesgo enorme, si no una auténtica locura. Pero se tiraron al vacío, y decidimos afrontar el reto de la coherencia.
Durante meses preparamos todos los detalles: una carta exponiendo el giro de 180º en la filosofía del encuentro, un formulario de inscripción que favoreciera la expresión de la conciencia de cada uno, el proceso de atención por e-mail, los mensajes durante el encuentro, las rutas para conocer la casa... Y el resultado no es que haya sido favorable. Ha sido mágico, descomunal, excepcional... Para aquellos a los que les obsesionan los números, económicamente la apelación a la conciencia ha supuesto más de el triple de los ingresos de años anteriores, cuando actuábamos bajo el prisma mercantilista. Con esos números, la Casa podrá subsistir durante meses, e incluso dar segundas oportunidades vitales a nuevos huéspedes. Las tres cuartas partes de las aportaciones se hicieron previas al fin de semana, evidenciándose una confianza ciega en lo que estábamos proponiendo, y la otra cuarta parte en cajas dispuestas en la Casa este fin de semana, que garantizaban el anonimato de los donantes. Además, por si fuera poco, se vendieron multitud de libros y artículos de artesanía, y se triplicaron también las afiliaciones como padrinos o socios de la Casa, gracias a nuestra querida Toñi.
Ni en el mejor de los escenarios nos habríamos imaginado unos resultados así, en un enfoque basado en la Economía del Don. Y es que el Don, tiene que ver con el Dar con mayúsculas, ese Dar que nos sale del corazón. Pero tiene que ver también con los Dones y Talentos que todos atesoramos. Y este fin de semana, el derroche de dones fue inmenso: Emilio con su sabiduría y su capacidad de comunicación; nuestro querido Carlos con su talento logístico y su bello detalle de las camisetas, los 55 voluntarios con su solidaridad y sus capacidades para atender al prójimo, para cocinar, para limpiar mesas, o para acoger al desconocido; y las doscientas personas que nos visitaron, para hacerse UNO con la Casa.
Muchos preguntaran: ¿pero nadie se escaqueó de pagar? ¿Nadie comió gratis? ¿Nadie se mostró exigente como en ciertos momentos de otros años? Realmente ni lo sabemos, ni nos importa. Sólo sabemos que hubo personas que han podido venir a pesar de estar en paro y que otros años no lo habían podido hacer. Que ha habido personas que "cogieron lo que necesitaron" (su posible aportación a la Casa) y la destinaron a su billete de ida y vuelta a la Casa. Que han venido amigos desde Nicaragua, Paris o Londres sólo para compartir este fin de semana con nosotros. Que ninguna de las personas que finalmente tuvieron que cancelar su reserva reclamaron los importes abonados, y que todas ellas decidieron destinarlo como donación a la Casa. En definitiva: hemos comprobado que el corazón y la conciencia son mucho más poderosos que el dinero, el interés y nuestras calculadoras mentales. Y lo único que podemos hacer es daros infinitas GRACIAS por haber podido vivir una experiencia, quizás histórica, y animar a otros muchos proyectos a que se dejen guiar también por la magia del DON.

martes, 3 de mayo de 2016

Al unísono

La vida es una gran sinfonía. Pero para disfrutar de la música no hace falta estar ante el mejor violinista, o el mejor director de orquesta. A veces basta con un poco de afinación, una interpretación bien coordinada, y unos oídos sensibles para saber apreciar la belleza.
En las últimas semanas, nos hemos atrevido con nuestra pequeña sinfonía vital. Propusimos a la orquesta donde toca nuestro hijo mayor realizar un concierto benéfico a favor de la ONG ADAPA, y celebrarlo en nuestra comarca. No era un reto fácil, pero nos pusimos a la tarea. Coordinamos durante meses el momento más oportuno con los responsables de la JOPMA. Preparamos la petición formal a Diputación. Iniciamos conversaciones con el Ayuntamiento para poder disponer del Teatro del Carmen. Cuadramos fechas. Empezamos a trabajar todos en la logística: Diputación diseñando e imprimiendo carteles, programas y entradas; el Ayuntamiento organizando el recinto, el personal de apoyo y habilitando puntos de venta; la JOPMA ensayando y organizando el desplazamiento de las decenas de chavales de su orquesta; y nosotros gestionando las reservas, difundiendo en redes sociales y pegando carteles por toda la comarca. Todos afinando en lo poco o mucho que sabemos hacer. Todos en pro de un anhelo común. Nadie buscando lucirse más que el resto.
El sábado pasado se celebró el concierto. Era el bello colofón a unas semanas desenfrenadas llenas de pequeños detalles y de pequeños contratiempos de última hora. Había nervios y expectación. Me tocó compartir escenario para presentar el acto. Quise honrar el trabajo "codo con codo" y el esfuerzo y tenacidad de unos jóvenes que luchan contra viento y marea por su pasión, por sus dones y talentos. No era momento para reprochar incumplimientos institucionales con la educación musical. Era momento de brindar por la música y por las sinfonías de la vida.
El concierto fue magistral. El teatro estaba casi lleno. A la recaudación por las entradas se sumó lo que vendimos en un "puestecillo" de ADAPA en la puerta del teatro, incluidos un montón de ejemplares de nuestro libro, que firmamos gustosos. En total casi mil euros, que se van íntegros para paliar en lo que se pueda las secuelas del terremoto de Ecuador. La afinación de decenas de personas durante semanas, y el trabajo al unísono traía un bello regalo en forma de música y de solidaridad. El colofón, para nosotros, lo puso el señor que recogía las entradas en la puerta, cuando nos marchábamos, ya con el teatro vacío: "Deberíamos hacer más cosas así; quizás no todos los días, pero sí de continuo". Efectivamente. Sería bueno tocar más al unísono. Que así sea.

lunes, 25 de abril de 2016

Salir del armario

Hace justo una semana llamaban al timbre a la hora del almuerzo. No esperábamos a nadie, y menos al mensajero. Traía dos enormes y pesados paquetes de cartón. Firmé el albarán, y los paquetes descansaron en el suelo. Al mirarlos tuve de repente el presentimiento de que esos paquetes podrían cambiarnos la vida. Recordé que estábamos pendientes del envío desde imprenta de los primeros ejemplares de nuestro primer libro. Y allí estaban: "Familia de 3 hijos busca mundo diferente para vivir", 50 ejemplares.
Tuve la sensación de que eran muchísimos, y que difícilmente se podrían vender tantos. Y mentiría si no reconociera que me pasó por la mente esa sensación de "¿Quién nos llamaría a meternos en otro berenjenal?" Pero allí estaban los libros interpelándonos: ¿Y ahora qué?
Estoy convencido que muchos pensarán que nos gustan los "saraos" más que a una actriz de Hollywood. Pero no. Nos encanta el anonimato. Sin embargo, hemos sentido con mucha fuerza que era momento de dar un paso al frente. Cuando empezamos la aventura del blog en el 2012, lo hicimos por puro desahogo y coherencia ante las injusticias que veíamos a nuestro alrededor. Lo del libro ahora ha sido distinto. Algunas de las personas que ya nos leían nos reconocían que se aferraban a nuestra letras como a una tabla de salvación en un enorme océano de incomprensión, de consumismo, de insolidaridad y de competitividad. Y encontrar a otros "locos" como nosotros les había devuelto la cordura. Porque la locura o la rareza no va de tener razón sobre lo que es este mundo, va simplemente de números. Y los locos o los raros somos tan sólo una minoría. Pero si nos unimos poco a poco, ¿quién sabe? ¿Y si alguien descubre nuestro anuncio de búsqueda en un periódico perdido y se encuentra a sí mismo? ¿Y si alguien recoge nuestro mensaje en una botella lanzada al mar, y deja de ser un náufrago? ¿Y si buscando compañero de piso en un tablón de anuncios olvidado, recuerdas quién eres? Por eso sentimos que había que compartir nuestra búsqueda. Por eso nuestro anuncio: "FAMILIA DE 3 HIJOS BUSCA MUNDO DIFERENTE PARA VIVIR". Todas esas páginas ya no eran nuestras. Ni nos pertenecían ni podíamos adueñarnos de ellas. Son de todos los que aspiran a que los locos y los raros seamos mayoría. Son de los que apuestan por un mundo diferente para vivir. ¿Quiénes somos nosotros para evitar que salieran a la luz, por mucha pereza que nos diera la odisea?
No ha sido fácil. No somos unos entusiastas de las entrevistas en la tele o en la radio, y hemos tenido de ambas esta semana. Hemos tenido que firmar decenas de dedicatorias en un puñado de días. Y hemos abierto de par en par las puertas de la intimidad de nuestro hogar para que cualquiera pueda opinar. Pero hay veces que la vida llama a la puerta, aunque sea en forma de libro. Y aunque nunca hubiéramos pensado ser escritores, esa puede ser otra forma más de encontrarte con el otro. ¿Nos vamos a aferrar a nuestro círculo de confort? ¿Nos vamos a encerrar en nuestro castillo de cristal? ¿Vamos a negarle al otro nuestra complicidad? No. Toca compartir. Y hablo de algo que va mucho más allá de los ingresos por las ventas del libro a tres ONGs. Hablo de compartir nuestros sentimientos, nuestros anhelos, nuestra ilusión, y la energía transformadora que este mundo precisa con urgencia.
Acaba de cumplirse una semana de la llegada de aquellas dos cajas. Ya están vacías de libros y llenas de solidaridad y de complicidad de todos quienes ya nos están leyendo. Nuevas cajas vienen de camino, y decenas de envíos viajan ya a domicilios anónimos y a librerías perdidas que han reclamado nuestro libro para sus estanterías. Cuando entremos en alguna, seguro que nos sentiremos muy raros. Quizás abrumados. Pero a veces es necesario salir del armario para entrar en razón.

lunes, 18 de abril de 2016

¡Nos han publicado un libro!

La vida trae regalos inesperados. Y a nosotros nos ha traído uno muy "gordo". Jamás pensamos en escribir un libro. Sólo pusimos un anuncio y lo lanzamos al viento: "Familia de 3 hijos busca mundo diferente para vivir". Eso fue hace cuatro años. En ese tiempo han surgido bellas historias con muchos cómplices de esa aventura. Y esas complicidades digitales, casi sin quererlo, han fructificado en  complicidades en papel, y en este libro.

¿Que de qué va el libro? No va de consejos ni de autoayuda. No va de recetas para ser feliz, ni de atajos hacia el paraíso. Va de vida y más vida. De centenares o miles de retazos de vida. Porque creemos que el mayor camino hacia la iluminación y hacia la felicidad no son los gurús ni las grandes enseñanzas religiosas o espirituales: es el vivir, y los aprendizajes que la vida nos trae.

¿Y las ventas? Por supuesto, si éste ha sido un regalo para nosotros, ¿cómo íbamos a enriquecernos con él? Como autores hemos decidido renunciar a los posibles derechos sobre el libro, de forma que el 100% de las ventas se destine a 3 proyectos solidarios con los que estamos muy vinculados: la Casa de Acogida Pepe Bravo de Alozaina, la Asociación para el Desarrollo De Aquí Para Allá (ADAPA), y Proyecto O Couso, Escuela de Dones y Talentos en el Camino de Santiago.

El libro tiene 318 páginas, y el precio en librería es de 15€. Irá llegando a ellas según vayan evolucionando las ventas. Pero si os resulta posible, por favor, compradlo a través de la web de la editorial, ya que ello supone que la distribución se lleva menos porcentaje y los proyectos solidarios más. El precio es el mismo, y os llegará cómodamente a casa en tres o cinco días.Aquí os compartimos el enlace para curiosear sobre el contenido del libro, sobre sus autores, y para que podáis tramitar directamente vuestro pedido:

Para cualquier duda o consulta sobre el libro, podéis escribirnos a familiade3hijos@gmail.com .

Mil gracias a tod@s por un regalo tan inesperado. Y abrimos la puerta de par en par a los cómplices que esta nueva etapa pueda deparar.

martes, 12 de abril de 2016

Espere su turno

Lo confieso: soy funcionario. Pero en el castigo llevo la penitencia. Sé que para muchas personas ser funcionario es el paraíso de los trabajos para toda la vida, sin saber que a veces eso esclaviza. Y para otros es el refugio de los holgazanes, aunque haya muy honrosas excepciones. En mi caso, o por una razón o por otra, juré y perjuré que jamás sería funcionario. Y como suele pasar en estos casos, me tuve que comer mis palabras con patatas cuando decidí que quería dedicar más tiempo a mi familia, y ésa era la opción más factible para ello en aquel momento.
Ser funcionarios nos está permitiendo disfrutar de una amplia reducción de jornada renunciando a sueldo para poder dedicar más energías y tiempo a cuestiones más importantes que, paradógicamente, aquellas por las que cobramos. Sin embargo, la Administración nos es el lugar más adecuado donde ejercer la coherencia, especialmente si lo que te mueve es servir al otro. Es un reino de papeles, de tareas repetitivas sin plantearse los "para qué", o de jerarquías con escaso fundamento en el mérito o en la capacidad. Más de una vez me han dicho que no se me paga para pensar en cómo mejorar la atención al ciudadano, sino en hacer mi cometido sin más. El "vuelva usted mañana" o el "espere su turno" se convierten en una filosofía de trabajo. Y con razón un reino así ahuyenta a quien quiera plantearse un mundo mejor para vivir, presidido por la fraternidad, la verdad, o la unidad de todos (estés a un lado u otro del mostrador).
Actualmente estoy viviendo una etapa de aceptación, de desapego del resultado que me gustaría lograr en mi trabajo, y de conexión con quien tenga delante, al margen de los dictámenes y normas que se impongan desde arriba. Pero incluso con esa actitud, a veces te topas con circunstancias desconcertantes. Hace poco me tocó solicitar un certificado por un trabajo de coordinación realizado entre dos entidades públicas, una regional y otra municipal, para un gran proyecto que finalmente logró el respaldo del parlamento regional. Lo viví como un reto personal, ya que se trataba de que dos administraciones de color distinto y con profunda desconfianza mutua, se avinieran a colaborar. Tras varios meses de intenso trabajo y de numerosos sinsabores el proyecto se consumó con éxito. El tender puentes donde no los había fue en sí mismo mi recompensa. No esperaba remuneración ni una "palmadita" en la espalda. Pero hace poco tuve que justificar ese proyecto para otro asunto, y solicité el correspondiente certificado. Muchos fueron testigos de mi labor de coordinación y redacción, pero me negaron el documento. La verdad debía verse relegada a la burocracia. Aunque era evidente que yo había hecho ese trabajo, mi disposición a arrimar el hombro sin formalismo alguno, sin remuneración, y sin documentos probatorios les llevaba a denegármelo. Además, me argumentaban que nunca había tenido una relación laboral con esa Administración. ¡Pues claro! ¡Ese era el reto! Arrimar el hombro sin estar movidos por el interés, tan sólo en base a la confianza y a las ganas de crear algo conjunto que nos trascienda. Quizás suene a arameo para algunos. Y por eso, no me resigné. Estaba dispuesto a que la verdad, la confianza y la apuesta por la colaboración no perdiesen esta batalla, aunque fuera en el reino de la burocracia. Tocó recopilar correos, pruebas documentales y alguna que otra foto para que mis interlocutores de ahora y de entonces, pudieran conseguir que me certificaran la verdad. Mes y medio después se ha conseguido tras un esfuerzo ímprobo. ¿Por qué cuesta tanto tender puentes, actuar de buena fe y hacer aflorar la verdad, ésa que va mucho más allá de los papeles?
Lo de mi certificado puede ser una anécdota simpática comparado con lo de la semana pasada en mi oficina de empleo. A algún "lumbreras" de la Consejería se le ocurrió que no era suficiente con la incomodidad de separar las citas de Demanda (Junta de Andalucía) de las de Prestaciones (Ministerio) para que los usuarios tuvieran que soportar la mayor de las descoordinaciones. Esa separación podía llevarse más allá: en concreto a la puerta de la oficina. Y así dieron la consigna a todas las oficinas de que la puerta se convierta en la frontera donde el guardia de seguridad no deje pasar a nadie que no figure en su lista de citas para ese día, y así clasificar al rebaño según vayan a la Junta o al Ministerio, que compartimos espacio (¡qué ironía!). Pero cuando al ser humano le dan una norma, le dan una gorra para ejecutarla, y una cierta potestad para imponerla, el sentido común huye despavorido y se apoltrona don sinsentido. Y así sucedió hace unos días: en vez de organizar los flujos de demandantes de empleo hacia una zona u otra de la oficina, la puerta de la oficina se convierte día a día en el Lesbos de turno, aquel lugar donde unos tienen la enorme suerte de entrar y esperar a su turno, y otros son retenidos porque su DNI no está en las sagrada lista. Cada vez que veo ese rebaño en la puerta, siento vergüenza ajena. Y comprendo perfectamente que hayamos llegado como especie humana a la barbaridad que estamos viendo diariamente desde nuestros sofás con los refugiados. Un amigo me llamó desde la puerta: a pesar de tener cita le impedían el paso porque no aparecía en las "Tablas de la Ley" del "segurata". Salí a rescatarle y a hacer entrar en razón a la autoridad competente. Pero para mi sonrojo, cuando mi amigo dio dos pasos para saludarme, fue interceptado con violencia para impedirle el paso. De lo organizativo habíamos pasado a lo represivo. Sus rasgos sudamericanos y un collar budista que le colgaba del cuello hicieron el resto para que todas las alarmas saltaran ante semejante amenaza a la burocracia de la oficina.
El incidente causó revuelo. No escatimé esfuerzos en que la cordura retomase su sitio. E imagino que más de algún compañero vería exagerada mi preocupación por lo sucedido. Pero sin duda cosas así me llevan cada vez más a creer en que las burocracias, las normas, y la Administración, o están al servicio del ser humano y de la verdad, o si no, mejor que no existan. Quizás tenga yo poco futuro en un reino así. O quizás me toque esperar a mi turno, y no toca ahora.

jueves, 31 de marzo de 2016

Empujoncitos de conciencia


A los padres nos suele obsesionar el futuro de nuestros hijos. Los atiborramos de conocimientos, como si éstos fueran el salvoconducto que les abriera la puerta de un trabajo seguro, y con él de la felicidad. Pero la felicidad no va de trabajos seguros: éstos a veces nos esclavizan. Va de la capacidad de conducirse por la vida con plena libertad. Y para ello la obsesión no debe ser lo laboral sino lo conciencial.
Pero, ¿cómo educar esa parte tan sensible del SER? Difícil tarea si no nos lo replanteamos todo. ¿Todo? Sí, quizás TODO. Porque a fin de cuentas, actuar con conciencia significa replantearse los "por qués", los "para qués" y las consecuencias de nuestro "día a día", de lo que todo el mundo hace. Y si no nos convence, tomar otro rumbo. Esa capacidad de viraje es la que nos hace libres.
En casa llevamos tiempo con ese empeño. Y nos hacemos esas preguntas para entender lo que implica que un filete llegue a nuestro plato, y si tiene o no sentido sustituirlo por otro alimento. O si tiene sentido seguir o no las modas o la dialéctica que usan los compañeros del instituto. O si debemos empezar a aprender a priorizar entre nuestras actividades y círculos para no andar siempre sin rumbo. O si conviene rascar más allá de lo que la televisión, las noticias o los anuncios nos cuentan. Empujoncitos de conciencia para respirar algo de libertad.
No siempre es fácil. Es mucha la presión de no vivir aislado en las montañas o en el bosque. Y el estar rodeado de estímulos y personas que tiran de ti hacia el redil hace a veces muy dura la tarea. Sobre todo si estás en la adolescencia. Por eso hay que agudizar el ingenio: para que no lo vean como una imposición y puedan sacar sus conclusiones, por frustrante que a veces pueda resultar.
Y en ésas estamos, por ejemplo con la tecnología. Tuvimos nuestro fuerte debate en casa sobre hasta qué punto abrir la puerta a las PS2, Wiis y consolas de turno. Incluso algunos familiares no vieron bien nuestra negativa. Pero decidimos que con el contacto con dispositivos así en casas de amigos y familiares era más que suficiente. Sin embargo la irrupción del móvil fue más difícil de controlar. La vida social del adolescente hoy gira en torno a él. Y gran parte de la actividad educativa también. Darle la espalda hubiera sido, de facto, hacerles vivir en la Edad Media. Pero una irrupción así supuso los previsibles daños colaterales: embobamiento ante la pantalla, horas muertas viendo tonterías, y la conciencia "a la porra". Por eso consensuamos algún mecanismo para crear conciencia incluso ahí. Al principio tratamos de hablarlo, pero de poco sirvió. La percepción de nuestros hijos respecto al uso del móvil distaba mucho del abuso. Luego empezamos a restringir las horas, pero pronto llegaron las quejas y los "tiras y aflojas". Lo siguiente fue consensuar la instalación de una App en el móvil que evidenciara el uso real. No les gustó, pero aceptaron "a regañadientes". Se quedaron boquiabiertos: durante semanas, usaban a diario el móvil hasta cuatro veces más de lo que hubieran imaginado. El desglose por minutos y aplicaciones no daba lugar a dudas. ¡Menudo baño de conciencia! Sin duda, detrás de eso podrían venir las explicaciones más o menos cercanas a las excusas. Pero el dato estaba ahí. Y al margen del uso que hagan el resto de amigos, tomando conciencia de ese uso, tienes más capacidad de decisión. Y con ello puedes gestionar mejor las horas de tu tiempo y con ello tu libertad, en este caso a nivel tecnológico. Lo demás supone dejarte llevar por la inercia o por la corriente. Hacer dejación de tu conciencia. Ser esclavo de lo que hace todo el mundo.
Ahora lo estamos probando con papelitos que, para cada niño, introducimos en un gran bote, como forma de visibilizar las rupturas con esa conciencia de lo que hacemos: al discutir con los hermanos, al responder mal a papá o mamá, al no hacer las tareas domésticas que te corresponden....Y mientras los papelitos van inundando tu bote, te vas dando cuenta de las consecuencias de una conciencia no-domada, y las repercusiones de lo que haces o dejas de hacer por ello.
¿Tan sencillo? Ni mucho menos. Casi una pequeña batalla diaria en esos "buches" de conciencia. Pero es lo que toca en el mundo que nos toca vivir. Lo contrario es adormecer la conciencia. Es actuar como la masa. Sin duda menos cansado. Pero sin opción a saborear la miel de la libertad.

lunes, 28 de marzo de 2016

El desconocido

Hoy toca contra-programar. Sabemos que tras los atentados de Bruselas, en las portadas dominan palabras gruesas como "terror", "pánico", "psicosis" y "horror". Y puede que, desgraciadamente, muchas personas estén viviendo esa realidad. Pero para cambiarla es importante que vivamos otras realidades, y no la que nos marca el telediario. Por eso, hoy toca hablar de lo que nosotros hemos vivido.
Hace unas semanas recibimos una petición de una pareja húngara para ser acogida en casa durante la Semana Santa. Mentiría si dijera que al principio no nos dio un poco de pereza. A fin de cuentas, solemos estar muy desbordados, y esos días nos podían permitir desconectar y "recargar las pilas". Pero de inmediato pensamos que las vacaciones no sólo están para eso, sino también para salir de nuestro círculo de confort y para ofrecer a nuestros hijos un contacto con ese otro "mundo diferente para vivir". Así que aceptamos sin dilación. Y hemos acertado de lleno.
Sabemos que para muchos de los que nos leen, hospedar a un desconocido en casa, darle cama, comida, conversación y parte de la intimidad de tu hogar es algo osado y casi temerario, sobre todo si ves mucho las noticias. Por eso cada vez las vemos menos. Por eso, y porque nuestro contacto con el desconocido, hasta la fecha, resulta soberbio.
También sabemos que abrir las puertas de tu castillo simplemente en base a unas breves palabras por escrito y a una foto, para muchos sería imprudente. Pero también es cierto que poco a poco se va adquiriendo un sexto sentido para conectar con personas afines, que quizás como nosotros, buscan el encuentro, el intercambio, la fraternidad o la amistad, más allá de una estancia gratis.
Zsusi y Peter son nuevos en esto del couchsurfing, y se sorprendieron de nuestra disposición a hacer de guías para ellos. Les hemos mostrado sitios especiales para nosotros como la estupa budista de Karma Guen, el balcón de Europa de Nerja, la playa de Burriana, o  las procesiones de Vélez-Málaga. Pero sobre todo, les hemos abierto un poquito nuestros corazones, y como en todas las veces anteriores, la magia fluye, las horas pasan demasiado rápidas, y el inglés a veces es insuficiente para conectar las almas (¡para eso están las miradas y los abrazos!). Ya los consideramos nuestros amigos. Y ya contamos las horas para verles de nuevo. Aquí, en su país o donde toque. Ya no son desconocidos.

martes, 15 de marzo de 2016

Todos somos UNO

Precioso fin de semana el vivido, en el que dos de nuestros proyectos actuales, la Casa de Acogida de Alozaina y nuestro grupo Scout SEK, han convivido. He aquí la vivencia.

"Hay demasiada división en el mundo, como para echar más leña al fuego. Por eso lo de este fin de semana ha sido un bello ejercicio por un mundo mejor.
La Casa de Acogida de Alozaina nos ha abierto sus puertas para acoger a un buen número de padres, responsables y niños en la noble tarea de planificar los próximos meses o incluso años de nuestro grupo Scout SEK. Pero no ha sido un simple visita turística revestida de solidaridad. Ha sido puro mestizaje. No podíamos haber elegido un mejor sitio para abordar nuestra tarea y sentirnos interpelados por su realidad. Como grupo Scout, hemos aprendido que hay personas de carne y hueso como Mariló con un "siempre listos para servir" llevado al extremo de sus vidas las 24 horas del día. Que hay personas como Inga que, de su párkinson, han hecho todo un regalo al prójimo en forma de ejemplo de superación. Que hay Nachas por el mundo que van repartiendo amor y abrazos sea en la acogida a bebés o a personas al borde de sus precipicios personales. Que hay rincones que de sólo pisarlos te llenan de energía y de ganas por construir un mundo mejor. Que no todo se rige por el dinero, por el precio y por el interés, y que no hay mejor apelación a la conciencia que el "Deja lo que puedas, coge lo que necesitas" del Camino de Santiago, y también de esta Casa. Que es posible confrontarnos e incluso estar en desacuerdo, si lo hacemos con respeto, con afán de construir, y con un fuerte abrazo o un gran aplauso como colofón. Que el una "cervecita" o un "cafelito" compartidos tomando el sol obran milagros en el contagio de ilusión. Que hay personas que sin apenas recursos, te dan de su sopa, de sus callos veganos o de su humus mañanero, porque entienden que la acogida no va de servicios contratados ni de paquetes turísticos. Que la esencia scout se puede encontrar por todos lados: en un poema recitado mientras el cuerpo convulsiona, en una danza extasiada o en un poema en hebreo, en una oración compartida en grupo, en unas risas provocadas por unos ronquidos, en un perezoso despertar de 60 personas compartiendo tatami, en una tormenta de ideas para seguir creciendo, en un baile improvisado junto a una barra de un bar, en un juego de "lobo" a las 2 de la mañana, en el "cachondeo" generado con la dinámica de los vecinos...
Hemos vivido un maravilloso fin de semana en una maravillosa Casa de Acogida. Magnífica invitación a ACOGER.
Hemos compartido preciosos momentos con gente que rehace vidas, que da segundas oportunidades a quienes las perdieron, que unen los mil trozos de vidas hechas añicos. Magnífica invitación a UNIR.
Hemos respirado servicio y entrega al prójimo sin miramientos, sin condiciones, sin contraprestaciones. Magnífica invitación a SERVIR.
Será bueno darle la vuelta a la canción: "Ahora sé que el cielo no está lejos; Nosotros tampoco".

jueves, 10 de marzo de 2016

Vivir deprisa

Un buen cuento es el mejor salvavidas. Al menos puede evitar regañinas, castigos y medicación o sesiones de psiquiatra más adelante. Puede incluso ser el mejor guía para un niño. Por eso nuestros tres "enanos" tienen "su" cuento, que les hemos creado para que les acompañe en aquello que les venía bien profundizar y donde tenían más necesidad de ser acompañados. Éste es uno de ellos

La gota viajera
En un día de cielo azul, nació una gota de agua llamada P dentro de una nube. Era una gota de agua sonriente, graciosa y sobre todo, tenía muchas ganas de vivir. Nada más nacer se puso de pie en la nube y empezó a corretear para curiosear y conocer dónde estaba. Asomó su "hociquillo" al borde de la nube y vio la tierra que iba pasando por debajo. Sintió lo emocionante que era, y la suerte que había tenido de ser una gota de agua. Pero de repente la nube cambió de color, se volvió gris y de ella empezaron a lanzarse al vacío un montón de compañeras gotas despidiéndose y diciendo "¡Adios, adiossssss!" con un tono alegre. Cuando P. las vio volando hacia la tierra, deseó con todas sus fuerzas hacer lo mismo. Y empezó también a gritar: "Yo quiero, yo quiero, yo quiero también saltar como mis amigas". Las gotas más mayores y sabias le explicaron que no, que aún no era su momento. Y a duras penas lograron sujetarle para que no saltase. "Aún no ha llegado tu momento: espérate y mira", le decían. Pero P. no lo comprendía. Se enfurruñó y le dio la espalda a sus compañeras.
La nube siguió viajando por el cielo y cada dos por tres sus gotas compañeras le gritaban: "¡Ven P.! ¡Mira por dónde estamos pasando! ¡Estamos sobre la Muralla China...! ¡Mira P., mira los cocodrilos...estamos sobre el Nilo!" Pero P. seguía enfurruñado y les decía: "¡No, no y no! Yo lo que quiero es saltar y llover como mis compañeras..."
"¡Dejadme saltar, dejadme saltar!" gritaba mientras corría hacia el borde de la nube.
Las demás apenas daban a basto para sujetarla...
"Todavía no es tu momento"
"¡No!. Yo quiero saltar. ¡¡Dejadme ir!!"
Pero tanto, tanto, tanto insistió y luchó por su objetivo, que en una de éstas, P. logró resbalarse de una de sus compañeras y se vio volando por los aires. Voló, voló y voló, hasta que cayó en medio de un huerto, y se hundió en la tierra, donde se topó con una semilla. Ésta, nada más ver a P. puso una cara de sorpresa e ilusión que le sorprendió.
"¡Cuéntame, cuéntame!" Gritó la semilla.
"¿Contarte qué?", preguntó P.
"¿Cómo que qué? Pues dónde has estado, los sitios que has visto, los animales, plantas y cosas que has conocido en tus viajes...¡Cuéntamelo todo, cuéntamelo todo!", le respondió.
"Mmmmmmm", se quedó pensativo P.
"No tengo nada que contar", apostilló.
"¿Cómo que no tienes nada que contar?
"No. Yo no he visto nada de eso"
"¡¿Cómo que no?!" dijo la semilla desilusionada.
"¿Tú no sabes que las plantas y los árboles sólo crecemos con los cuentos y las historias que nos cuentan las gotas de agua que caen de los cielos?. Ellos han recorrido todo el mundo, y con su experiencia nos alimentan y nos permiten hacernos más y más grandes... Si tú no tienes nada que contarme, tendré que dormirme hasta que venga otra gota que pueda contarme cosas..."
Y diciendo esto, le dio la espalda a P. y volvió a dormirse.
P. se quedó muy pensativo y se dio cuenta del error que había cometido.
¡Jolin! Había estado dando vueltas a lo largo del mundo y no había disfrutando de los maravillosos sitios por los que había pasado, sólo obsesionado por saltar, saltar y saltar de la nube.
¿Qué podía hacer ahora? Pensó y repensó, y decidió escarbar hacia arriba, hasta que alcanzó la superficie de la tierra. Y allí se tumbó hasta que el sol empezó a calentar de lo lindo y se evaporó. Y así fue cómo, cuando abrió los ojos de nuevo, se encontró....¡en otra nube!
Esta vez no iba a desaprovechar la oportunidad. ¡No estaba dispuesto a ser tan insensato como la primera ocasión! Se agarró bien al borde de la nube y asomó sus ojillos para no perder detalle... Fue así como vio las pirámides de Egipto, saludó a las caravanas de camellos, conoció las montañas de los Alpes, voló junto a las águilas, saludó a las sirenas del mar...
¡Ahora sí que estaba aprovechando las oportunidad de conocer mundo!
Incluso hubo momentos en que la nube se enfadaba con ella. Se ponía gris, soltaba rayos y truenos y le decía: "¡Tú tienes que saltar ya!"
Pero P. había aprendido la lección. Se agarraba fuertemente y se decía a sí mismo en voz baja: "Aún no. Aún no estoy preparado. Tengo que ver más. Tengo que conocer más cosas. Y se agarraba fuertemente al borde de la nube para no caerse"
Ahora sí que disfrutaba de la experiencia de ser una gota. Miraba y miraba su alrededor. Saludaba a los niños. Veía a las madres tendiendo la ropa para que se secara al viento. Vio a centenares de niños entrando y saliendo del "cole"`, o cómo jugaban al "pilla-pilla".
Aprendió miles y miles de cosas. Hasta que un día, que ya vio que estaba preparado, justo cuando la nube chocó con otra nube y empezó a llover, se soltó y se dejó caer. Y de nuevo lo hizo en el campo, adentrándose de inmediato hacia el fondo de la tierra. Y allí se encontró con otra semilla. Y como ya pasó la primera vez, la semilla abrió sus ojillos de inmediato, y le dijo, de nuevo: "Hola. Cuéntame todo lo que has visto"
Pero en esta ocasión P. ya estaba preparado. "Venga. Te voy a contar. Verás tú lo grande que te vas a hacer". Y empezó a contar todas las historias que había vivido: sobre los niños, sobre las cometas, sobre el aprendizaje de los polluelos de águilas, sobre las idas y venidas de las golondrinas cada año, sobre cómo los humanos se despertaban temprano e iban corriendo al trabajo para después volver también corriendo a sus casas, o sobre cómo se acurrucaban por las noches con sus niños para contarles cuentos. Le contó un montón de cosas. Tantas tantas que la semilla empezó a crecer, a crecer y a crecer. Cuantas más cosas le contaba la gota de agua, más grande se hacía la semilla. Hasta que se convirtió en un gran árbol: el roble más sabio y más fuerte de todo el bosque. Desde entonces, todos los días se pueden ver y oír centenares de pájaros bajo sus ramas, disfrutando de las bellas historias del árbol más esbelto
del bosque: el roble de nuestra gota P.
Y colorín, colorado, este cuento se ha terminado.

jueves, 3 de marzo de 2016

Escandinavia

El afán por conocer mundo debería ser asignatura obligatoria en las escuelas. Y cultivar ese anhelo debería ser clave en el rol de padres, aunque con ello los retoños deseen volar antes de lo que nos gustaría. Pero no hay mejor antídoto contra la intolerancia ni mejor vitamina para la autonomía.
Nosotros, cada vez que podemos, lo ponemos en práctica. El precio ya no es excusa con plataformas como Airbnb, Skyscanner, Coachsurfing y otras muchas. Por eso hace unos días nos escapamos a Escandinavia.
Cuanto más distinto es el destino, más enriquecedor, y más interpela nuestra tendencia a pensar que sólo existe una realidad: la nuestra. Y desde luego Noruega es muy diferente. Y no sólo por los 11 grados bajo cero que sufrimos. Es el tercer país más rico del mundo por PIB per cápita, y el tercer exportador de petróleo después de Rusia y Arabia Saudí. Además,  está clasificado como el país con el más alto índice de desarrollo humano junto con Islandia (¡en los precios se nota! : por eso optamos por llevar los bocatas de casa cuando salíamos). Pero no siempre fue así. Pasó períodos muy duros de su historia bajo el yugo de Dinamarca y Suecia, y su población se vio mermada a la mitad por la peste. Pero lograron su independencia de forma pacífica y acordada. Quizás porque la "razonabilidad" forma parte del ADN del noruego. A veces hasta extremos que reta nuestra lógica latina: de sus ingentes ingresos por la venta del petróleo, sólo un 4% se dedican a gastos corrientes del país; el resto se guarda en una "hucha" que ya asciende a 900.000 millones de dólares y que garantiza su nivel de vida para varias generaciones futuras.
Su civismo y esa actitud razonable son los "culpables" de que no hagan falta puertas cerradas para usar el transporte público. A nadie se le ocurre "colarse". Sería una afrenta al bien común, tanto como fotocopiar un libro (a pesar de los altísimos precios de algunos, que rondan los 100€). Esa conciencia crea un sentimiento de igualdad y una educación democrática sorprendentes, aunque a veces el noruego se queje de que su país es el paraíso para los perezosos. Pero van muy por delante en el respeto a las minorías y en los derechos de la mujer.
Uno pensaría que con esas temperaturas extremas nadie saldría a la calle. Pero no: para ellos lo "razonable" es adaptar su vida a esas inclemencias. Y ahí veías a miles de personas skiando o disfrutando en trineo; a los niños más pequeños jugando en los columpios; o a los grupos de amigos de "cháchara" en una "terracita" bajo cero o disfrutando en masa de los campeonatos de snowboard. Para ellos no hay mal tiempo, sólo mala ropa. Aunque veíamos a muchos con unas camisetas o unas minifaldas que daban escalofríos ajenos.
Pensamos que la seguridad sería máxima tras los graves atentados de hace 4 años en los que un tal Breivik asesinó a 77 personas entre el coche bomba del centro de Oslo y el tiroteo en el islote de Utøya. Nos imaginábamos que habría quizás psicosis. Pero eso no es "razonable". Los noruegos no van a cercenar sus libertades por el miedo. Por eso no vimos ni un policía ni un soldado en todos los días que estuvimos. Y sin embargo la sensación de seguridad y paz era total. Quizás por ello es en el Ayuntamiento de Oslo donde se entrega anualmente el Premio Nóbel de la Paz.
Disfrutamos toda una tarde de una pista de trineos de más de 2 kilómetros, que recorrimos infinidad de veces ya que el metro nos llevaba una y otra vez a todo lo alto de la misma. Disfrutamos de "El Grito" de Much en su Galería Nacional, de los museos de costumbres y de barcos vikingos, y del impresionante museo Fram sobre la conquista del Ártico. Todos ellos unos museos pensados para tocar, sentir e interactuar...algo poco frecuente aquí. También disfrutamos de la fortaleza de Oslo y de las preciosas estatuas del parque Vigeland. Nos maravillamos de la vista del fiordo, en buena parte congelado, y con las gaviotas patinando sobre el agua. Pero un viaje así ya no tiene sentido para nosotros si junto lugares únicos, no conocemos la realidad de sus gentes. Y así, vía coachsurfing, disfrutamos de una gran tarde con Marcela y Jørgen, que no sólo nos mostraron la realidad del país, sino su bella historia de amor, superando fronteras y leyes de inmigración (ella es de origen chileno).
Cuando uno vuelve de un viaje así, desearía no parar de viajar. El mundo es una maravillosa aventura que vale muchísimo la pena. Quizás el próximo destino sea una visita a uno de los retoños alzando su vuelo.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Ojos de niño

Tras el susto inicial, y la primera y segunda operación, esta nueva etapa me parecía una oportunidad  para "sacar nota" y seguir aprendiendo por el camino. Comenté el hallazgo sobre la visión 3D con mi amiga Alicia. Años atrás ella había diagnosticado y trabajado con mi segundo hijo en una hipersensibilidad auditiva. De no habernos topado con ella, todos apostaban que sería un niño de fracaso escolar. Trabajó con él con ejercicios físicos muy sencillos, oyendo unos CDs que corregían su distorsionada audiometría y sin medicación alguna. Se trataba de corregir algunas gamas de sonidos que le saturaban y otras que no llegaba a escuchar. En tres meses se había obrado el milagro. Nuestros amigos no se lo creían. Incluso sus hábitos alimenticios habían mejorado . Hoy es un estudiante brillante y toca el piano maravillosamente. Varios amigos y conocidos han llevado a sus hijos con Alicia en casos de déficits de atención, autismos y problemas sensoriales diversos. Los resultados habían sido sorprendentes. Aunque yo no fuera un niño, quizás ella podría orientarme respecto a mi ojo.
Le expuse mi trayectoria ocular a Alicia por e-mail, y aunque era pleno verano y ella se iba de vacaciones, nos las “apañamos” para vernos un domingo en Madrid. Me transmitió que mi caso era “de los que crean escuela”. Ella no es experta en optometría, pero conoce perfectamente el funcionamiento del cerebro y del sistema nervioso. Me aconsejó trabajar las conexiones neuronales sobre las que posteriormente podría construir el optomestrista. Nada de medicación. Tan sólo ejercicios infantiles. Y tanto. Si no fuera por el milagro que había visto en mi hijo, quizás no le habría hecho ni caso. Lo digo porque se trataba de hacer ejercicios en un columpio, succiones con un “chupete” gigante, y ejercicios de rodamientos y giros en el suelo. Cualquiera que me hubiera visto, se habría desternillado de risa. Pero en el fondo se trataba de estimular partes y reflejos de mi cerebro que no se habían activado correctamente en su momento, a edades muy tempranas.
Ese "hacerme niño" de nuevo trajo sorpresas. En menos de un mes, y durante uno de mis ejercicios de estimulación neurológica en el columpio que instalamos en el sótano de casa, empezó a aparecer casi inesperadamente (si no fuera por mis ganas) una segunda imagen en mi visión. Me resultó muy extraño. En el momento en que fijaba la mirada en un objeto y me concentraba, veía junto a la imagen habitual una segunda imagen en la parte superior derecha de mi campo de visión. Entendía que ése era el indicio que necesitaba. Mi cerebro empezaba a gestionar la información de los dos ojos por primera vez en mi vida.
Empecé a indagar a la busca y captura de un optometrista de la reciente tendencia de Susan Berry. No fue tarea fácil. Pero localicé una línea de trabajo denominada Terapia Comportamental, y localicé a Salvador, un joven optometrista que había renunciado a una carrera de éxito en Madrid y Barcelona para atender consultas en su pueblo, Andújar. Para allá que nos fuimos. No creo que fueran muchos adultos a esa consulta, donde todo eran "cacharros" para jugar y estimular el cerebro a través de la visión. Disfruté de lo lindo, y su diagnóstico fue claro. Mi ojo estaba muy "tocado" físicamente tanto por su enorme miopía, como por las dos operaciones. Pero a nivel neurológico, la respuesta cerebral era sorprendentemente buena y alentadora. Sin embargo, mi estrabismo vertical, muy inusual, le impedía ponerse a trabajar conmigo desde ese momento. Era el primer problema a abordar y él carecía del aparato adecuado para ello. Me remitió a Mª Jesús, en Navarra, probablemente una de las mejores optometristas de España, con una enorme reputación tras sus estudios en Estados Unidos. El viaje era interminable desde Málaga, pero tampoco debía dejar pasar este tren.
Ambos especialistas se pusieron en contacto, y el interés médico de mi caso aceleró mi cita con ella, a pesar de las largas listas de espera. No he visto nunca una profesional de ese calibre. Impresionante cómo conocía los secretos más escondidos de la respuesta ocular, y cómo aplicaba las más variadas técnicas para estimula mi cerebro: cordón de Brock, prisma de Fresnel, sacádicos, cartas de Hart, flippers, ...Términos que hasta entonces me sonaban a "chino" empezaron a ser habituales para mí. Me tuve que "poner las pilas" en el aprendizaje de la jerga médica y en el estudio de mi cerebro. Y con gusto me dejé usar como "conejillo de Indias" ante sus estudiantes en prácticas, alucinados con mi caso.
Recuerdo especialmente un momento mágico para mí. A través del sinoptóforo, se ofrecía a cada ojo una imagen diferente pero complementaria de la otra, y mediante unas palancas, cada imagen hacía trabajar a cada ojo por separado con la intención de corregir el estrabismo. Fueron horas extenuantes donde notaba, incluso físicamente, la zona del cerebro que estaba trabajando en cada momento. De repente, Mª Jesús levantó las manos de las palancas, y aunque las dos imágenes se encontraban alejadas una de la otra, percibí con toda nitidez cómo mi cerebro las acercaba lentamente hasta fusionarlas. ¡Se me saltaban las lágrimas de la emoción! Imposible visualizar de una forma más clara, evidente y científica el potencial que atesoramos en nuestro interior.
Viendo mi motivación, y dada la lejanía, se decidió que era imposible acudir semanalmente a terapia, como era lo habitual. Así que me pusieron unos deberes intensísimos para trabajar en casa. Puse todo mi empeño en ellos. Eso incluía más de una hora diaria con todo tipo de dispositivos y ejercicios que me habían prestado. La progresión y los resultados durante esas semanas fueron tan insólitos, que en una de las revisiones con mi cirujano, se sorprendió del enorme avance de mi agudeza visual de una revisión a otra. Le dije que probablemente se debía a la terapia visual que él me había desaconsejado pocas semanas antes. Ahí descubrí que los oftalmólogos y los optometristas se llevan a veces tan regular como los traumatólogos y los fisioterapeutas. Si te rompes una pierna, el primero te rehace el hueso. Pero nunca está de más que el segundo te ayude a restablecer la funcionalidad. Con esto pasaba lo mismo. Pero mejor era atribuirlo a un despertar espontáneo del cerebro o a la casualidad. Yo me reía por dentro. Le debía mucho a ese cirujano.
Tras dos o tres visitas a Navarra, mi avance rozaba lo prodigioso. Pero el coste económico y en tiempo era inasumible para nosotros. Así que me lancé al triple salto mortal. Le propuse a Mª Jesús si estaría dispuesta a dirigir mi terapia a distancia, en el caso de que yo fuera capaz de localizar un sinoptóforo cerca de casa. Creo que asintió pensando que mi atrevimiento resultaba utópico, dados los pocos aparatos que existen en España. Al día siguiente estaba escribiéndole a las principales universidades andaluzas con departamento de óptica. Mi motivación y convicción me abrieron las puertas de la de Granada, cuyo Director de Departamento me derivaba a la profesora del área de terapia. A la semana siguiente nos veíamos en persona.
El encuentro no resultó como me lo imaginé. Mª Angustias me transmitió sus reticencias respecto a lo que le planteaba. Ella era de la corriente de los períodos críticos, y no pensaba que superados los 3 años de edad se pudieran hacer progresos encaminados a la visión 3D. Además existía el peligro de la diplopia (ver doble). Pero mi determinación la acabaron de convencer. El viernes siguiente iniciaba sesión en Granada, a tan sólo una hora de casa, bajo su batuta y como "cobaya" para Clara, una de las alumnas de su máster de Optometría.
Los meses siguientes fueron agotadores, con esta tarea añadida a las que ya tenía como padre, funcionario y algunas cosas más. Durante la semana ejercitándome en casa con los ejercicios que me ponían en Granada, coordinados desde Navarra, y cada viernes a los mandos del sinoptóforo granadino.
Clara obtuvo un sobresaliente con su trabajo de máster. Ella, Mª Angustias y yo nos hicimos amigos, e incluso hemos seguido colaborando en cuestiones de voluntariado. Mi ojo "malo" tiene una agudeza visual impensable aquel día que estuve a punto de perderlo. Si algo le pasara a mi otro ojo, ya con éste podría incluso conducir sin problema. Simplemente milagroso. La terapia ya se ha hecho innecesaria. Quizás debería seguir practicando de vez en cuando, pero para aspirar a una visión 3D completa habría que entrar en quirófano de nuevo, y mi ojo no está para muchos "tutes".
Un serio problema de salud, una pequeña gran crisis en mi vida, se había convertido en el mejor camino para el crecimiento personal y para pasar a una nueva dimensión en mi vida. Mejorar la visión de mi ojo trascendía lo meramente físico y me animaba a abrir los ojos en otras partes cruciales de la vida. Me había dado cuenta que cada día que pasa, sea como sea, somos capaces de encontrarnos mejor, o de que nuestros problemas desaparezcan. Descubrí que podemos ser capaces de re-aprender y descubrir cosas sorprendentes de nosotros mismos. De que en los sustos grandes de la vida uno puede adoptar una actitud miedosa, retraída y victimista ante el problema en ciernes, o puede verlo como una enseñanza, como una oportunidad, o como una ocasión para el combate. Que no existe la casualidad, tan sólo la caUsalidad, y que las cosas no suceden porque sí, sino que tienen un hilo que nosotros desarrollamos sin darnos cuenta, a través de la energía que nos rodea. He descubierto que dar gracias sinceras, y sin buscar una contraprestación es una forma magnífica de sintonizar con la Vida, y con todo lo que nos rodea. También he aprendido que cuanto más buscamos de forma activa algo, más nos suele rehuir: el desapego crea un estado energético muy favorable para la consecución de nuestros logros. He descubierto también que en el ámbito de la Medicina, como en otros muchos, el conformismo con la línea imperante suele ser el peor consejero: a veces pasan oportunidades por nuestra vida que debemos ser capaces de identificar y aprovechar. Y durante ese año y medio  volví a hacerme "niño" y a re-aprender lo que es aquí y allí, cerca y lejos... buen momento de re-aprender el resto de lecciones de la vida. Y como mi objetivo no era conseguir una visión 3D o binocular, sino aprender y disfrutar durante el camino, ahí sigo. Y el camino continúa, continúa y continúa.

jueves, 18 de febrero de 2016

La salud y la convicción

Cuando nos aconsejaron la segunda operación, tratamos de retrasarla. Ya habían pasado los momentos iniciales de desconcierto. Habíamos superado la etapa del fuerte dolor tras la primera operación. Sin embargo, había que pedir prestado a amigos y parientes el dinero para afrontar esa intervención quirúrgica. Era una operación aún más complicada que la primera, y su coste sería mayor, sin duda. Pero nos encontramos enfrente un cómplice de nuestro karma/dharma, en forma de cirujano. Sin saber cómo ni por qué, transmitió internamente la orden de que esa intervención era tan sólo para extraer el aceite de silicona de mi ojo. Ésa es una intervención con un coste de menos del 10%. Y su duración es apenas de 20 minutos, frente a las 3 horas que duró realmente la mía. Ningún asistente ni administrativo preguntó ni dudó. Ni antes, ni durante, ni después. Debían ser también cómplices. Y no sería la primera vez que actuaban así con un paciente por pura solidaridad, empatía u orgullo profesional.
Tras esa segunda intervención quirúrgica sí salí como nuevo. Con hambre, y con ganas de “tirar para adelante”. Parecía que todo había pasado para mí. CaUsalmente la extirpación de mi cristalino no sólo no había mermado mi capacidad visual, sino que la había potenciado hasta límites que nunca había conocido. Los especialistas ya habían hecho números antes de meterme en quirófano. Mis 18 dioptrías de miopía de toda la vida más las 2 que generaba el anillo de silicona de mi primera intervención sumaban caUsalmente las 20 dioptrías a las que equivale un cristalino. Es decir, que una situación tan traumática como la que me había llevado a enfrentarme a dos operaciones graves, caUsalmente había derivado en que por primera vez en mi vida podía ver perfectamente con ese ojo izquierdo, sin ni siquiera una lente intraocular para sustituir mi cristalino. ¡Alucinante!
Y alucinado seguí, dando gracias por mi suerte. Irradiaba felicidad, porque la vida me había dado una enorme oportunidad en forma de grave crisis que podía haberme dejado sin vista. Y de los peores augurios, todo había derivado en un resultado tan inesperado como maravilloso para mí.
En las semanas siguientes tuve ocasión de transmitir mi ilusión y experiencia de todo lo sucedido a personas de mi entorno que estaban padeciendo graves dificultades oculares. Me pasaba como a las embarazadas, que sólo ven embarazadas por todos lados. Yo no paraba de "toparme" con gente con problemas en sus ojos. Todos ellos pudieron reenfocar sus tratamientos, de una forma u otra, tras mi propia experiencia: el profesor de bellas artes,  el marido de una antigua profesora de mis niños, el de una antigua compañera...Todos ellos casos muy traumáticos, y que probablemente no habrían tenido salida en Málaga, pero que lograron ser encauzados...¡Qué alegría ver recuperarse a otros en base a la experiencia que yo mismo había vivido! Sobre todo porque más allá del milagro quirúrgico que yo había experimentado en Barcelona, me di cuenta que la salud tiene mucho que ver con la decisión que uno ponga en encontrar las vías para curarse. Y la propia enfermedad merma esa autoestima y esa energía para dirigir con decisión los siguientes pasos. Te lleva a encerrarte en ti. A agachar la cabeza. A bajar los brazos. Por eso a estas personas les vino muy bien nuestra euforia y convicción.
Pero aquí no acababa todo. Tampoco mi capacidad de sorpresa. Tras la segunda operación en Mayo de 2011, y tras unas semanas de recuperación ocular, volví al trabajo. Quizás por primera vez en mi vida, tras tantas semanas de baja laboral obligada, había conseguido desconectar totalmente de mis obligaciones en la oficina. No me sentí culpable ni me preocupé de cómo podría ir todo en mi ausencia. Desapego total del trabajo y de mis "obligaciones". Curiosamente nada más aterrizar de nuevo en la oficina, iniciaba un proyecto que en apenas unas semanas me reportaría un enorme reconocimiento profesional. Del desapego laboral absoluto al máximo reconocimiento. ¡Yo que toda la vida había estado buscando ese reconocimiento de forma proactiva! ¡Qué de enseñanzas me deparaba todo este proceso!
En junio, en un encuentro familiar, la mujer de mi primo mencionó un documental de Punset (Redes) en el que parecía tratarse la cuestión de la visión estereoscópica o binocular. “Ver en estéreo” se titulaba. ¿Sería esa conversación una nueva pista a seguir o un nuevo tren que no debía dejar pasar? Así lo entendí yo. Localicé en Internet el documental y me resultó más que asombroso. Hasta hace muy pocos años, las tendencias imperantes en la neurología afirmaban que si no se tenía visión estereoscópica a los 3 años, no se podría tener en la vida. La teoría de los "períodos críticos", la llaman. El caso de la neuróloga Susan Berry parecía desmentirlo. Y para una persona que nunca había visto en 3D, esa parecía ser una de las experiencias más increíbles por experimentar. Ahí debía estar yo para intentarlo también. No podía dejar pasar esta nueva llamada de la Vida.
La visión estereoscópica se basa en que cada uno de nuestros dos ojos envía una información al cerebro. En el caso de dos ojos sanos, esa información es idéntica pero separada por los escasos milímetros de la nariz. Y el cerebro construye el efecto “profundidad” con esas dos imágenes casi idénticas. Pero cuando esas dos imágenes son muy diferentes, porque uno de los ojos (o los dos) falla en algo, el cerebro anula una de las imágenes (normalmente la peor). Eso era lo que me había sucedido a mí durante toda mi vida. Y paradógicamente lo que me seguía sucediendo tras la segunda operación. Y ello a pesar de que ese ojo “resucitado” se había quedado casi a cero de miopía, y potencialmente veía mejor que con el derecho. Teóricamente podía ver perfectamente, pero el cerebro no procesaba esa información, porque toda la vida había estado procesando la del derecho. El ojo estaba curado, pero funcionalmente aún no servía. Era un coche puesto a punto, pero aún no tenía conductor. ¿Quizás había que buscarle uno? No me iba a quedar con la duda. (CONTINUARÁ)

jueves, 11 de febrero de 2016

El dolor del clavo

El 3 de Marzo de 2011 fue muy extraño. Tras los intensos días de preocupación vividos, íbamos preparados para el peor de los diagnósticos. Habíamos sondeado a familiares y amigos y sabíamos que estaríamos en las mejores manos allí en Barcelona. Pero nos esperábamos lo peor, incluida la aplicación de láser de urgencia. La multitud de pruebas y profesionales en un entorno tan sofisticado y tecnológico dio paso a la conclusión de que, efectivamente tenía algo de degeneración pigmentaria. Pero que ello era relativamente habitual en unos ojos tan dañados como los míos. Me desaconsejaban el láser: 30 ó 40 impactos podrían solventar el problema en el corto plazo, pero lo agrandaría en el medio y largo. Y la sorpresa: a pesar de mi gran miopía en el ojo izquierdo, su agudeza visual podía permitir una operación para una lente intraocular en un futuro, lo que me podría permitir recuperar buena parte de la visión en ese ojo.
Salimos exultantes. Del peor de los diagnósticos habíamos pasado casi al mejor. De pensar en quedarme casi ciego con el tema de la degeneración pigmentaria, pasaba a plantearme la recuperación de ese ojo izquierdo. Empezaba a entender la frase: “Cada día que pasa, sea como sea, me encuentro mejor, o mi problema desaparece”. Y no paraba de repetirme internamente: “¡Claro!. “Sea como sea”. Sin el susto del primer diagnóstico, nunca habría venido a Barcelona, para una oportunidad como ésta de recuperar mi ojo izquierdo”. Los cuentos de la lechera empezaron a fluir por mi cabeza….Efectivamente, ese “sea como sea” actuaba. ¡Y de qué manera! Pero no como yo me imaginaba.
Durante 4 semanas disfruté de la ilusión por un ojo nuevo como un niño en la mañana de Reyes. Encargué una lente nueva de contacto para probar si mi cerebro toleraría bien una segunda imagen, e hice todos los preparativos que mi nuevo “destino ocular” parecía marcarme. ¡Qué alejado estaba de lo que vendría después!
El 6 de Abril, de forma abrupta, empecé a ver gusanitos negros y bolitas por ese ojo izquierdo. Eran muchas más de las habituales. No quise alarmarme. Pero al día siguiente, jueves, en pleno concierto de mi hijo en el conservatorio, noté cómo se oscurecía totalmente casi una cuarta parte de la visión del ojo izquierdo. Tocaba alarmarse. El hecho de que mi suegro estuviera recién aterrizado de Francia, y que por lo tanto pudiéramos dejarles a cargo a mis tres "fierecillas", me hizo volver a caer en la cuenta del “sea como sea”…
Acudimos a las únicas Urgencias Oftalmológicas de Málaga a las 9 de la noche con el miedo en el cuerpo. El diagnóstico lo confirmaba: desgarro de retina. La médico de guardia trataba de tranquilizar: acudiendo de nuevo al día siguiente a primera hora de la mañana, me aplicarían láser y el punto de desgarro quedaría rehecho. Desde que salimos a las 10:30 hasta la 1 de la mañana la indecisión fue enorme. ¿Qué hacer? ¿Aceptar el diagnóstico de urgencias o acudir a Barcelona de nuevo? ¿No sería “matar moscas a cañonazos” acudir de nuevo a Barcelona, con un alto coste en vuelo y desplazamiento pudiendo ir al día siguiente al láser de Málaga sin más? Y los niños con un “tinglado” de los suyos organizada para ese mismo viernes...Uffff...
Tanto mi mujer como yo sabíamos que esa decisión de justo ese momento podía ser crucial...Y cada uno pusimos nuestra parte de intuición en práctica. Yo, decidiendo rechazar el láser de Málaga y optando por ir a Barcelona. Y ella decidiendo que en ese caso no me dejaría ir solo. Ambas intuiciones resultaron cruciales después.
Reservamos vuelo y cita para Barcelona a las 2 de la mañana, y a las 7 estábamos ya de camino, mientras mis suegros se quedaban al mando en casa con los 3 niños. A las 9:30 se confirmaban nuestros temores: no era un mero desgarro subsanable con láser; era un desprendimiento de retina y vítreo en toda regla, que requería de una intervención quirúrgica y urgente.
A las 2 y media de la tarde me ingresaban en el quirófano, con cada vez menos ángulos de luz en mi ojo, y con la convicción de que lo que venía no iba a ser ninguna broma, ni por el coste económico, ni por las repercusiones médicas. Pero me sentía en las mejores manos. Y eso me dio una extraña tranquilidad en esas circunstancias de desasosiego, que especialmente notaba mi mujer. A las 18h salí del quirófano. Según nos dijo después el cirujano, había tenido que “sudar la camiseta” de lo lindo. Si no hubiera sido por su experiencia, por su pericia, y por estar considerado como uno de los 3 ó 4 mejores retinólogos del mundo, probablemente habría perdido el ojo ese mismo día. Durante la intervención, se quedó con mi retina en sus manos, y se generó una hemorragia masiva en el ojo que le obligó a cambiar de estrategia varias ocasiones en la misma intervención. Finalmente consiguió estabilizar mi retina con un anillo de silicona, cambiaron el gas perfluoroctano por aceite de silicona (cuya densidad, al menos, me permitía volver a casa en avión) y limpiaron mi hemorragia como pudieron.
Aparentemente todo se había solucionado. Aparentemente. Pero ni la cercanía de las revisiones planificadas, ni el estado de mi ojo en carne viva, ni mis extremos dolores de las 2 semanas siguientes presagiaban que la historia hubiera llegado a su final. La hemorragia presionaba contra el nervio escleral, y el dolor más insoportable que jamás había sentido se apoderó de mis dos semanas siguientes. En más de una ocasión no pude reprimir las lágrimas en esos eternos días que se sucedieron. Al dolor físico se unió el emocional, como cuando mi hija me recibió entre lloros al volver de Barcelona y descubrir el deplorable estado que presentaba mi ojo en carne viva, y a su padre “zombi perdido”. El llamado “dolor del clavo” me sacudió de lo lindo, y ni los más fuertes analgésicos que me habían sido recetados, pudieron hacer nada por mitigarlo. A más de una visita que vino a interesarse por mí, tuve de dejarla con la palabra en la boca esos días, ya que era incapaz de seguir el hilo de las conversaciones. La medicación recetada para que la hemorragia se diluyera tampoco ayudó mucho a reconducir mi malestar: todo mi sistema digestivo y la asimilación de líquidos parecieron volverse locos. Curiosamente, tan sólo las meditaciones de mi amiga Carmen me aliviaban en el duro trance de lograr dormir algo para pasar el trago. Descubrí esos días que buena parte de los productos de la “Medicina Occidental” son meros aturdidores de los síntomas, y que todos tenemos en nuestro interior las herramientas para sanarnos, prescindiendo de químicos interesados. La meditación logró lo que los químicos eran incapaces de lograr ¡Yo que siempre había sido tan racional y cientifista!
La primera revisión a los 15 días fue tan sólo un trámite para certificar que el dolor empezaba a remitir poco a poco, y que aún era preciso esperar para que la hemorragia abandonara mi ojo. La segunda revisión, dos semanas después, no resultó tan anegdótica. Yo ya me lo olía, pero no quise alarmar. La oscuridad de nuevo se había hecho fuerte en ese ojo, y ello no presagiaba nada bueno. La hemorragia había impregnado mi cristalino, y ello suponía tener un muro opaco en mi ojo, que impedía que entrase la más mínima luz. Reunión de expertos. Largos minutos de espera y de exploraciones de los más variados especialistas. Cara de miedo y desconcierto en mi amada compañera de fatigas. La propuesta de mi cirujano era contundente: de nuevo debían operarme, y a poder ser de urgencia. Había que extirpar mi cristalino. Sin esa decisión tan traumática, jamás volvería a ver la luz por ese ojo.... Y para colmo, la primera operación, tan sólo 1 mes y medio antes, nos había dejado con las arcas familiares tiritando y con alguna deuda económica pendiente. ¿Cómo afrontar de nuevo otra decisión con esa premura y condicionantes?
Ese día aprendí que, efectivamente, Dios, El Universo o la Energía Universal, escriben recto con renglones torcidos. Y que, sin saberlo, debíamos tener crédito en el Banco de la Divina Providencia. Quizás habíamos acumulado “karma positivo” o “dharma” en algún lado sin saberlo. Venían momentos decisivos para comprobarlo.
(CONTINUARÁ)

lunes, 8 de febrero de 2016

Cooperando en lo cotidiano

A veces la vida está llena de injusticias. Ante ellas podemos "cabrearnos", protestar, o bajar los brazos y rendirnos...Pero también podemos cooperar entre nosotros.
Hace unas semanas, una buena amiga de mi hijo, ante un cambio de trabajo de su padre y los consiguientes viajes que ello suponía, se veía abocada a abandonar la música. Nadie iba a poder llevarla a Málaga, tras el incumplimiento de la Junta de Andalucía (¿firmas, por favor?). No lo permitimos. Su horario coincide  en parte con el de mi hijo. Hay, pues, una plaza adjudicada para ella en nuestro coche. Sí o sí. No hay opción. Si las personas no nos ayudamos cuando la vida "achucha", ¿vamos a esperar a que un político nos resuelva la "papeleta"? ¿Cuántos niños deben abandonar sus sueños y renunciar a su talento porque para las instituciones no somos más que números, o mejor dicho, votos, en una campaña electoral?
Sin embargo no todos estamos preparados para cooperar y ayudarnos en lo cotidiano. Hace unos días, esperando a varios chavales para llevarlos a todos juntos a las clases de Málaga, observé en un coche aparcado a un par de estudiantes que debían hacer el mismo recorrido y a la misma hora, porque me sonaba su cara del conservatorio. Me acerqué para presentarme, ofrecer compartir desplazamientos e intercambiar teléfonos en caso de necesidad. Caras de rechazo y desconfianza. NO rotundo. Mejor seguir siendo unos completos desconocidos ¿Por qué ese miedo a ayudarnos? ¿Por qué nos cerramos al prójimo? ¿De verdad pensamos que sólo desde las Administraciones y desde los políticos se van a resolver nuestras dificultades?
Nuestros hijos estudian música en un pequeño conservatorio de nuestra comarca. Por una falta de eficacia al organizar el profesorado, sólo pueden hacerlo hasta los 14 años. Y con esa edad, se ven obligados a desplazarse 40 kilómetros de ida y otros 40 kilómetros de vuelta de 2 a 4 veces en semana. Muchas familias nos "cabreamos". Otras protestamos. Y gracias a ello, en mayo, logramos que la Junta de Andalucía nos hiciera caso y se extendieran en dos años los estudios musicales, para que ya con 16 años, los chavales pudieran compatibilizarlo con el bachillerato musical y desplazarse ya solos a Málaga con una edad más razonable. Pero ese compromiso lo hicieron en campaña electoral, y después no lo han cumplido. Todavía más cabreo, más protestas, y sobre todo muchas "bajadas de brazos". En concreto el 50% de los alumnos que se matricularon para seguir estudiando en la comarca este curso, tras la promesa de mayo de los políticos, se han visto obligados a abandonar sus estudios ante la imposibilidad de desplazarse a Málaga. Cristina, José Antonio, Ana, Isabel y un largo etcétera a lo largo de los años se han visto obligados a abandonar tras 6 años de estudios musicales, por la negligencia e inoperancia de nuestros políticos de la Junta de Andalucía. La razón puede ser económica para asumir esos desplazamientos. O puede ser de incompatibilidad con los horarios laborales de los padres. Pero sea cual sea la razón, sus talentos se convierten en sueños rotos. Y no podemos evitar pensar cuántos de ellos podrían haber seguido estudiando música, si las familias nos ayudáramos un poco más.
Por eso hemos pensado que es bueno seguir alzando la voz y exigiendo que se cumpla lo prometido. Y mucho más cuando es justo, necesario y sin coste. Pero en paralelo, es crucial que nos organicemos. Y por eso hemos creado un FORMULARIO para que, a quienes les coincidan días y horarios, puedan compartir desplazamientos, y nadie deba abandonar sus sueños por una pequeña falta de cooperación entre nosotros. ¿Te apetece cooperar en lo cotidiano? Ahorremos dinero, tiempo y conozcámosnos mejor. Dejemos de ser desconocidos.