lunes, 7 de octubre de 2019

La furgoneta "hippy"

Discreta lo que se dice discreta no es, la verdad. ¿Para qué vamos a decir lo contrario? Pero probablemente en eso está su encanto. Cortinillas de estrellas. Llantas relucientes. Un rojo eléctrico conjugando con un blanco "esclarecido". Y una combinación entre lo "retro" y lo "hippy". ¿Hay acaso algo más llamativo que eso? Probablemente no. Pero por eso, este fin de semana, cuando la estrenábamos, no parábamos de ver sonrisas, caras de complicidad y pulgares en alto cuando parábamos en cualquier semáforo o paso de cebra. Quizás por la simpatía que despiertan sus formas y colores. O quizás por afinidad con el estilo de vida que suscita verla.
Cuando nos casamos, en broma, Mey me dijo que "sólo" tenía dos caprichos para su vida conyugal: un "chateau" francés, y una furgoneta "hippy". Lo del castillo lo veo "chungo" en esta vida, por mucho que me puedan ascender en el trabajo. Pero lo de la "furgo" sí que ha llegado, por fin. Aunque debo reconocer que ha sido gracias a ella, sin lugar a dudas. Porque lleva tiempo imaginándosela y pidiéndoselo al Universo (y también a nuestro amigo Pepe, del taller). Y hasta que nos ha caído del cielo, no ha parado. Erre que erre. Y cuando te llega un "chollo" así, con las tres "B" (bueno, bonito y barato), ¡a ver cómo dices que no! Por muy cabal que seas, y muy convencido que estés de que es importante ahorrar para la carrera de los niños. Así que un consejo: cuidado con lo que le pedís al Universo. Apuntad bien. Porque se puede acabar cumpliendo. "Al dedillo".
Si teníamos poca fama de bohemios o "hippies", con esto ya queda confirmado oficial y públicamente. Nos colgamos la etiqueta de buen gusto. Y es curioso. Pero no han sido pocos los que, al ver la furgoneta, o enterarse de que la habíamos comprado, han dicho que algo así siempre fue su sueño. Poder volar sin rumbo fijo. Sin plan alguno. Dormir en cualquier sitio ante un bello atardecer. Y hacer de la carretera o de la naturaleza tu hogar. Pero por desgracia, muchos de esos sueños quedan ahí aparcados. Para el momento propicio. Para cuando todo cuadre. Y a veces la vida se complica. Llega un Alzheimer inesperado. Un familiar que enferma. Una ruptura matrimonial. Y los sueños se hacen añicos o se difuminan en el tiempo.
Por eso nosotros ni lo hemos dudado. Es cierto que ya estamos más cerca de los 50 que de los 40. Es cierto que los "niños" aún necesitan un "achuchón" hasta independizarse. Y es cierto que en estas edades suele entrarle a uno la vena conservadora y la obsesión por la jubilación. Pero también es cierto que la vida son dos días. Y a veces hasta día y medio sólo. Y o espabilamos con nuestros sueños, o "se nos pasa el arroz". ¿Vamos a esperar a andar con "taca-taca" para lanzarnos a por esa playas y esas montañas que nos aguardan? ¿A qué esperamos para mandar las tardes de sofá a tomar viento? ¡Hay un pedazo de VIDA ahí fuera esperándonos!
Lo de ayer fue de libro. Una auténtica iluminación espiritual. El sol aún no había salido. El cielo empezaba a iluminarse, pero aún era difícil identificar bien los objetos. Abrí la puerta de la "furgo" y  el fresco amanecer de octubre me acarició la cara. Cuando hay cosas por descubrir, adoro madrugar, aunque sea domingo. Y ayer había muchas. Es como si el tiempo se parara. Sin prisas. Sin quehaceres. Sin expectativas. Sólo se escuchaba el leve rumor de las olas a nuestros pies. Grandes bandadas de gaviotas graznaban por la playa, y se desperdigaban en multitud de puntos blancos, que moteaban el azul turquesa del mar. Un mar que se veía inmenso bajo nuestro acantilado. La noche anterior, ese mar se convertía en un espejo gigantesco que reflejaba la luz de la luna, haciendo innecesaria la luz de nuestra linterna, mientras otro inmenso mar, esta vez de estrellas, cubría nuestras cabezas. No recuerdo la última vez que pude contemplar tantas y tan luminosas. Las primeras luces del alba aparecieron de repente desde el cielo almeriense, en un espectáculo inigualable. Y de repente una pareja de cabras montesas apareció despistada, como nosotros, por un repecho. En apenas una hora y media, mientras Mey acababa de despertarse, me había dado tiempo a exprimir el milagro de la vida, al que continuamente le damos la espalda. Y al despertar ella, su balcón daba a las mejores vistas que uno pudiera pedir en el mejor de los hoteles. Me dio escalofríos pensar lo fácil que es ser feliz, y lo que nos complicamos a veces la vida.
Primer amanecer en la "furgo"
Pero no se trata, de repente, de "echarse al monte". Los próximos meses serán de infarto en casa. Eva empieza a prepararse, como ya hicieron sus hermanos, para su aventura americana del próximo curso. Pablo, desde Italia, ya está tendiendo puentes hacia Universidades lejanas. Y Samuel "tres cuartos" de lo mismo. Vamos: que lo mismo el año que viene nos quedamos "más solos que la una". Y tocará entonces, abrirse a descubrir mundo en nuestra furgoneta "hippy". Por lo pronto, iremos practicando cada fin de semana. Para ir cogiendo "carrerilla".


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viernes, 20 de septiembre de 2019

Remando en pareja río abajo

Nos levantamos muy temprano. El esfuerzo valía la pena. Era nuestra despedida de la escapada veraniega de este año. El último día antes de volver para España. Y lo íbamos a disfrutar a lo grande. Apenas habían sido dos semanas y media, pero como siempre en esta familia, muy intensas. Habíamos recorrido casi 2.000 kilómetros en un coche atestado de gente este año (habrá que ir pensando en la furgoneta, porque la cosa promete seguir creciendo). Habíamos subido y bajado picos en Andorra. Nos habíamos despedido del principado, también a lo grande, con un espectáculo inesperado a precio-chollo del Circo del Sol. Habíamos visitado a la bisabuela en su granja de Agen (Francia). Y habíamos exprimido al máximo esa magia especial que tiene el Perigord francés. No en vano, diez de sus pueblos figuran entre “los más bellos pueblos de Francia”. Da gusto trasladarse siglos atrás recorriendo las calles empedradas de lugares como Beynac, Domme, Limeuil, Monpazie... Es una auténtica gozada admirar las impresionantes vistas de los valles del Dordoña y del Vézère. Y es un gustazo perderse en el ajetreo y la vida nocturna de Sarlat-la-Caneda. Haciendo recuento, no sé cómo nos ha dado tiempo a disfrutar tanto en tan poco tiempo. Por eso, había que despedirse a lo grande. Y qué mejor forma para hacerlo que con un descenso por el gran río de la región.
El río Dordoña es el único río de Francia clasificado como Reserva Mundial de la Biosfera por la UNESCO. Y descender en canoa o kayac por sus tranquilas aguas, contemplando los castillos y los pueblos medievales en sus orillas, es obligado. Quisimos que fuese nuestra actividad de despedida, y lo dejamos para el último día. El recorrido partió de la Roque Gageac, y se prolongó hasta Saint Cyprien, 18 kilómetros más allá, río abajo. Algo más de cinco horas de remos, chapuzones y risas. Una mañana entera para deleitarse con la vista de castillos como el de Malartrie, Castelnaud-la-Chapelle, Beynac o Milandes, viendo aves y peces, y asentando todo lo vivido durante un suave descenso. Pero no pensamos descubrir un aprendizaje de vida como el que nos trajo aquel tranquilo descenso fluvial.
En el mundo náutico, metafóricamente hablando, las canoas suelen ser como “camionetas”, mientras que los kayaks son los “autos deportivos”. Los kayaks suelen transportar menos personas, y usualmente van más rápido, con remos de dos hojas,  siendo más habituales en aguas revueltas y competitivas. Pero nosotros optamos por tres canoas típicas sin cubierta, nos dieron un remo de una sola hoja a cada uno, y nos organizamos por parejas.
Si vemos a alguien remar en una canoa con un remo de una sola hoja, suele sacar el remo del agua cada cierto número de remadas para remar del lado opuesto, con la idea de mantener la canoa moviéndose en línea recta. Y si son canoas de dos personas, como las nuestras, no tienes más remedio que coordinar el cambio con tu compañero/a. Y esto, que puede parecer tan sencillo, se convierte en toda una terapia de pareja. Sea en el Dordoña, o sea en el río de la Vida.
Por desgracia, en los últimos meses, demasiadas de las personas a las que queremos, están padeciendo crisis o sufrimiento intenso en sus vidas de pareja. Y no pudimos evitar acordarnos de todos ellos durante aquel descenso, mientras practicábamos con los remos. Quizás recordando aquellos versos de Jorge Manrique, que casi todos los de nuestra generación tuvimos que aprendernos de pequeños en el "cole": "Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/que es el morir". Aquel descenso por el Dordoña, nos hizo descubrir hasta qué punto era acertada esa metáfora del poeta castellano, autor de las "Coplas a la muerte de su padre". 
Cuando dos personas están sentadas en la misma canoa, es importante mantenerla equilibrada en el agua. Por lo tanto, una persona debe estar sentada en la proa (en la parte delantera) y la otra en la popa (la parte trasera). También la posición de cada uno en la vida en pareja es importante. Es crucial acordar qué sitio ocupa cada uno, si interesa cambiar o no periódicamente de posición, o simplemente si nos especializamos en una concreta: en la proa o en la popa de la pareja. Por desgracia, en algún caso cercano, el remero se bajó de la canoa hace ya tiempo, y no se ha vuelto a saber de él.
Al remar en pareja, también es importante saber que ambas personas deben sincronizar las remadas (empezar y terminar al mismo tiempo) para obtener la máxima potencia. Y ya que el remero de proa está mirando hacia adelante y no puede ver al remero de popa, es el remero de proa el que establece el ritmo. Esto significa que es responsabilidad del remero de atrás coordinar sus remadas con las del remero de delante, no a la inversa. Por supuesto, ambos remeros pueden (y deben) hablarse para decidir un ritmo cómodo. La buena comunicación es clave para un trayecto rápido y alegre. Pero allí veías parejas jóvenes navegando en zig-zag o dando vueltas sin parar, "mondadas" de risa y de impotencia. A veces porque el "macho alfa" de turno quería impresionar a su damisela a golpe de remo. O a veces porque no se decían ni "mu" para coordinarse. Como en la vida misma. Cuando uno cree que el otro debería estar haciendo algo, y no lo hace. Cuando uno asume y suple lo que cree que el otro debería estar haciendo, y acaba agotado/a. Cuando la comunicación y la coordinación brillan por su ausencia.
A la persona sentada en la parte trasera de la nave casi siempre le será más fácil determinar la dirección de la canoa que a la persona sentada delante. Así, el/la remero/a delantero generalmente no podrá tener un rol de mando. Y es simplemente así, por pura física. No nos empeñemos en otra cosa. Salvo que decidamos cada rato cambiarnos de posición, que también es muy sano. Sea en la canoa, o en los respectivos asuntos del hogar. El de popa tiene mayor control sobre la conducción de la canoa por la fuerza de resistencia que el agua ejerce sobre ella. La proa de la canoa es responsable de "cortar" el agua, y constantemente siente la resistencia del agua que la canoa empuja fuera de su camino. Sin embargo, la popa, no tiene ese problema, y por eso siente un menor "empujón" del agua a su alrededor, lo que hace que sea más fácil girar. Es como si una palada del remero de atrás valiese como palada y media del de delante a efectos de la dirección. Y eso se nota en cuanto al rumbo a seguir. También por esas rutas de la vida. Porque hay remeros experimentados y de categoría olímpica en eso de remar solos por la vida, que sin embargo, se vienen abajo cuando les toca remar junto a otra persona. Que no se aclaran si en un momento les toca llevar el mando, el ritmo de las paladas, o la dirección del rumbo. Que han tenido alguna que otra "pájara" en el pasado, y se lo callan. Pero ese actuar en silencio ante la pareja de viaje puede ser una mala decisión, por mucho que se piense que los méritos en la navegación individual podrán suplir las carencias en la navegación de pareja.
Otra cosa es si nos equivocamos de compañero/a de travesía, y nunca debimos embarcarnos con él o ella. Pero si no, al moverse hacia adelante nuestro navío, hacer que ambas personas remen de lados opuestos de la embarcación generalmente suele dar el mejor resultado. Por ello es interesante cambiar de lado al mismo tiempo, si no quieres que la canoa empiece a dar giros absurdos, y como en la vida, acabe mareando a los tripulantes, incluidos los hijos. De este modo, el/a remero/a de popa puede gritar "¡Cambio!" cuando es momento de hacerlo, ya que al tener mayor control sobre la dirección de la canoa, ésta generalmente girará gradualmente en dirección opuesta al lado por el que el remero de popa esté remando, incluso si el remero de proa está remando del lado opuesto. Por eso la importancia de cambiar de lado. Por eso la importancia de estar dispuestos a girar cuando toque girar, salvo que quieras darte de bruces contra la orilla, contra una rama, o caer por alguna cascada. Sí, también en la vida.
Que yo sepa, a ningún padre o madre se les da en el paritorio ningún manual para educar a un hijo. Creo que a los novios tampoco se les facilita una guía sobre la vida en pareja. Y por desgracia, así acaban muchas al cabo de los años. Por eso no estaría mal un "cursito" de canoa en pareja, sea en el Dordoña o en la charca de tu pueblo. Porque parece fácil, pero tiene su "aquel". Y con un poquito de práctica, buena voluntad, y mucha comunicación, la travesía se acaba convirtiendo en toda una experiencia.
Conviene no olvidar que el río es más corto de lo que parece. Que pronto llega el mar. Mucho antes de lo que te esperas. Así que, mejor depurar la técnica, antes que sufrir un vuelco o un naufragio.


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lunes, 9 de septiembre de 2019

Vuelta a la "normalidad"

Es la frase de la semana. Por lo menos la hemos escuchado una docena de veces estos días: "¡Qué ganas tengo de volver a la rutina!" Y suele ir acompañada de una retahíla de situaciones que conforman esa rutina: que los niños vuelvan al "cole"; que retomemos los horarios; que acabemos con tantas salidas y tantas visitas; que volvamos a comer y a acostarnos a unas horas decentes; que los niños aparten la vista de las pantallas, aunque sea durante el rato del colegio; que el marido retome su horario de oficina, y deje de inventar cosas por casa... Es la gran conjura colectiva de la llegada de septiembre: "volver a la normalidad".
Pablo, volando.
La "normalidad" y los hábitos nos dan tranquilidad. Hacen que todas las piezas de nuestro puzzle existencial parezcan encajar. Constituyen esa tabla de salvación a la que asirse para dar sentido a lo que hacemos y vivimos. A fin de cuentas no dejan de ser esa rueda que da vueltas y más vueltas y a la que nos hemos sometido voluntariamente. Repetir unos horarios. Cumplir unas tareas repetitivas. Hacer los deberes y estar "calladitos" en clase. Fichar religiosamente al entrar y al salir del trabajo. Tener la casa limpia y la comida preparada para cuando regrese la familia. Llevar y traer a la prole a las actividades extraescolares...
Todo un gran engranaje rodea nuestras vidas. Y cada cierto tiempo descansamos de él en unas vacaciones más o menos cortas, bien diseñadas para regresar con ansias renovadas de nuevo a ese redil existencial de la "normalidad", pero sin desconectarnos demasiado (¡vaya que nos rebelemos!). Probablemente ese sea el gran mérito de nuestra sociedad actual: que sus miembros se hayan convertido en dóciles sirvientes de esa "normalidad" que, sin darnos cuenta, nos encajona y esclaviza, a cada uno según su sensibilidad.
Y lo peor es que acabamos identificando la Vida, el Vivir, con eso: con cumplir unos horarios, con realizar esas tareas repetitivas, con llenar unos años de nuestra vida de ese "cumplir lo que se espera de nosotros" formándonos, trabajando o cuidando de otros para después disfrutar del merecido descanso, si tenemos la enorme suerte de llegar a él, y no se tuerce la cosa por el camino. 
También nosotros tenemos esos horarios, esas tareas interminables, esas idas y venidas desenfrenadas, y esa permanente "lengua fuera". Pero desde un tiempo a esta parte, intuimos con fuerza que eso no es la Vida. Y nos resistimos "como gato panza arriba" a que esas tareas, ese horario, o ese itinerario vital al que hemos accedido más o menos voluntaria y conscientemente, sea eso que llamamos "Vida" con mayúsculas. Puede que sea necesario en ciertos tramos de este camino existencial. Pero desde luego NO es la Vida. Sucede lo mismo que con esos pensamientos y preocupaciones que, a veces, atormentan nuestras mentes: podemos llegar a pensar que somos ese quebradero de cabeza. Pero no. No lo somos. Y si tenemos la suficiente consciencia y la suficiente práctica, seremos capaces de distanciarnos de ese problema, y ver que no somos nosotros, y que ese simple destello de consciencia, ya hace que ese dilema se afronte de forma muy distinta.
Tarifa, "de playita" y de boda
Creemos que no hay nada más sano para la mente que cuestionarse esa "normalidad", esos horarios, y esas tareas. Es crucial hacerse consciente de lo que es Vivir, e ir metiendo en nuestras vidas, pequeñas cuñas de verdadera Vida. Quizás una escapada en pareja. Quizás una pequeña reducción de jornada. Quizás una locura abocada al fracaso. Da igual. Pero hay que encontrar ese espacio entre tareas, horarios y grilletes auto-impuestos que nos haga ser nosotros mismos. Hace falta conectar con nuestros verdaderos dones y talentos, y no resignarnos a llegar esposados, encadenados y sometidos a ese gran premio que se supone que es la jubilación, o el final que nos hayan hecho creer. ¡Menudo premio, dirán muchos! Si la Vida está en esa infinidad de pequeños momentos mágicos a los que les dimos la espalda por culpa de esa dichosa "normalidad" a la que nos rendimos. La Vida está en el Aquí y en el Ahora.
Lo siento, pero nosotros no tenemos unas ganas especiales de volver a esas rutinas de la "normalidad" de septiembre. De hecho, tenemos ganas de vivir dos o tres vidas seguidas, una detrás de otra, porque hay demasiadas cosas que nos apasionan y que tenemos que hacer antes de irnos al hoyo. Sí o sí. Y no hay horas en el día, ni años en una vida, para Vivir tanto como queremos Vivir.
En 1887, William James, padre de la psicología científica, escribió un artículo titulado "El Hábito", en el que exponía la enorme plasticidad cerebral y cómo son necesarios 21 días para la formación de un nuevo hábito. Y en 1960 el cirujano plástico Maxwell Maltz describió que aquellos pacientes que perdieron alguna extremidad como un brazo o una pierna, tardaban un mínimo de 21 días en adaptarse a este cambio en su cuerpo, igual que los que habían tenido alguna operación en el rostro tardaban también ese número de días en recuperar su autoestima y acostumbrarse a su nueva apariencia física. Estudios recientes afirman que lo de los 21 días exactos probablemente sea demasiado exagerado o rígido. Pero quizás el imponerse una disciplina de hábitos para cambiar esa "normalidad" que nos esclaviza, no sea tan mala idea. Tardes 21 días o tardes lo que tardes. Pero quizás toque cambiar de hábitos y de prioridades, para vivir de verdad la Vida.
Una alumna de Mey lleva meses en una lucha encarnizada contra el cáncer, y el simple hecho de ir a clases de inglés, y juntarse allí con sus compañeros y amigos, están siendo su mejor terapia para luchar contra la enfermedad. Y da envidia sana ver su lucidez a la hora de dar sentido a la Vida a través de los pequeños detalles cotidianos, que normalmente se nos suelen escapar entre los dedos a los demás. Menuda lección de Vida para los que la rodean. La dignidad de lo cotidiano. Curioso, ¿no? Unos deseando engancharse a una rutina que les adormece y que no les haga tener que cuestionarse muchas cosas (más allá de seguir dando vueltas en sus respectivas ruedas de la vida), y otros usando esa cotidianeidad para luchar con fiereza contra los envites de la enfermedad. Está claro que la "normalidad" la construimos cada uno/a de nosotros/as. Lo que habrá que plantearse, quizás, es si queremos una "normalidad" que nos aprisione y adormezca, o una que nos dé alas.

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domingo, 1 de septiembre de 2019

Condenados a repetir

Una sábana blanca cubriendo un cadáver sobre la arena de una playa llena de bañistas. Ésa es una imagen brutal. De ésas que no se olvidan fácilmente. Fue hace un par de meses en Torrox, y aún me viene a la cabeza de vez en cuando. Lo primero que piensas al verla es qué habrá pasado. Pero la agitación que te provoca por dentro radica realmente en el encuentro frontal entre la vida y la muerte, en el mismo lugar, en el mismo instante. Ése al que nuestra cultura occidental nunca se acostumbra, siendo cotidiano en otras culturas, que bien saben que la muerte forma parte de la vida.

Este martes, a 2.900 kilómetros de esa playa, vivimos otra sacudida similar. Un joven hacía "footing" a lo largo de una valla, antaño electrificada, del campo de extermino de Birkenau, también llamado Auschwitz II. Algo tan cotidiano como hacer ejercicio, junto a la que llamaron la "fábrica de la muerte", donde fueron asesinadas más de un millón de personas. Probablemente aquel joven era vecino del pueblo cercano, y aquel campo de concentración no tenía ya para él el significado de espanto que para nosotros tenía como visitantes a los que se acababan de detallar las atrocidades allí cometidas.

Tanto a Mey como a mi nos hizo pensar en qué medida el ser humano es capaz de incorporar a su cotidianidad la barbarie, como si nada. Y no sólo integrarla, sino tolerarla y consentirla. El propio comandante al mando del campo de Auschwitz, Rudolf Höß, vivía con su mujer y 5 hijos en una casita con su jardín y todo, colindante con una de las primeras cámaras de exterminio del campo I, y a escasos metros del famoso cartel de entrada "Arbeit macht frei" ("El trabajo os hará libres", burla macabra que daba la bienvenida a los judíos que directamente eran enviados al matadero). Tanto él como su mujer manifestaron que la época que allí pasaron fue de las más bellas de su vida, y eso que oían, veían y olían las consecuencias de lo que se ha venido en considerar uno de los mayores horrores de la especie humana de toda la historia, 

Algunos pensarán que qué necesidad hay de pasar un mal rato yendo a un sitio así. Que las vacaciones son para disfrutar y evadirse. O que quizás ir a un sitio así es "turismo negro" que se regodea en el horror.  Pero era ineludible esta visita, estando en Cracovia. Hubo tiempo para todo en nuestra escapada en pareja. Pero creemos que debería ser obligatorio visitar estos sitios, como vacuna, al menos para las jóvenes generaciones, en cuyas manos quedará todo esto que habitamos. Y no es plato de buen gusto. La energía allí es extremadamente densa. Ni una risa. Apenas se escuchan los comentarios de los guías. Silencio. Ni cabe tomarse una chocolatina por respeto a lo que allí sucedió. Y por supuesto, no hace falta ser muy sensiblero para que se te salten las lágrimas. A mí me pasó al contemplar una enorme sala con dos toneladas de pelo humano, destinado a hacer tela, de cerca de 40.000 mujeres que allí fueron masacradas. El impacto y la cercanía con algo así resulta brutal. Y no dejas de espantarte de que aún haya quienes niegan el Holocausto.
También nos sobrecogió una fotografía del álbum de Auschwitz. Una en la que un oficial nazi, con el dedo índice de su mano derecha, decidía en centésimas de segundo si cada una de las centenares de personas que se habían apeado de los vagones de ganado, recién llegados a Birkenau, debían ir a la fila de los trabajos forzados o directamente a la fila de la cámara de gas y el crematorio. La decisión la tomaba en base a su aparente utilidad por cuestiones tan circunstanciales como el tono piel, una posible cojera, o las canas. Por supuesto ancianos y niños eran inútiles y eran los primeros en ser desechados. No pudimos evitar pensar cuántas veces, inconscientemente, también levantamos nuestro dedo índice y tomamos decisiones similares al opinar sobre los inmigrantes y su supuesto perjuicio a la seguridad o al trabajo de nuestro país, creyéndonos tantos y tantos bulos al respecto. O incluso al comprar o invertir en opciones más baratas o rentables pero que explotan a seres humanos o van destruyendo nuestro planeta.
Mis amigos Moisés y Paco, hace años, ya me hablaron mucho de Polonia, del Holocausto y del pueblo judío. Pero nada es comparable a vivirlo en primera persona, y entender la grandeza de un pueblo como el polaco. Conocer de primera mano los lugares y las circunstancias que tuvieron lugar antesdeayer, como quien dice, te da una perspectiva muy distinta. Y ese encuentro íntimo y personal con el sinsentido y la ignominia es necesario para conseguir un compromiso, incluso en lo más pequeño, en contra de la exclusión del otro, del diferente. Porque toda esa barbarie se olvida. Y pueblos oprimidos en aquellos años, pueden estar ahora oprimiendo a otros. Y ahí debemos estar cada uno de nosotros, con nuestra dignidad, con nuestros principios y con nuestro voto, velando para que no se repitan cosas así. Recordemos que Hitler inició su loca carrera como canciller con una mayoría simple y el oscuro episodio del incendio del Reichstag, que le acabaría dando el poder absoluto, de modo completamente legal y democrático. Hoy en Polonia gobiernan partidos cercanos a la extrema derecha, y apenas hay símbolos públicos de las atrocidades que allí se cometieron. Tan sólo los homenajes del 1 de agosto por el Alzamiento de Varsovia y la Plaza de los Héroes del Ghetto de Cracovia, impulsada por el cineasta Roman Polanski, que escapó del ghetto. Nos sobrecogió estar allí.
Tal día como hoy, 1 de septiembre, hace 80 años, a las 4.45 de la mañana, los cañones del acorazado alemán Schleswig-Holstein abrieron fuego sobre la guarnición polaca de Westerplatte, en el canal que conectaba lo que hoy es Gdansk, con el Báltico. Daba comienzo así la II Guerra Mundial, que no acabaría hasta 1945.  Una auténtica locura que dejó configurado el mundo, en cierto modo, como lo conocemos hoy. Pero no puedes evitar preguntarte si realmente se ha aprendido la lección de un baño de sangre así, de un frenesí de odio de esa categoría. Abres el periódico y lees noticias sobre vallas y muros, sea en Ceuta o en México. Se ve a la gente tirada en la calle sin hogar, y se percibe como un problema para el turismo, siendo su drama lo secundario. Oímos los datos de las miles de muertes en el Mediterráneo y ni nos inmutamos. Miramos por encima del hombre a quienes van mal vestidos, con rastas o con "pintas" raras. Seguimos tan "panchos" tolerando o desplegando concertinas y cuchillas para dañar al que huye de su horror y evitar que se acerque a nosotros. Denostamos al que llega en la patera, olvidando que a nuestros abuelos les tocó hacer exactamente lo mismo en la dirección contraria. Algo no va bien dentro de nosotros. Quizás hay amnesia colectiva. O quizás se nos ha helado el corazón.

Por fortuna, hay quienes nos reconcilian con lo mejor de la condición humana. Ésa que apuesta decidida por un mundo diferente para vivir. Y por suerte, este viaje nos ha hecho conocer a algunos de esos héroes casi desconocidos: a Witold Pilecki voluntario en Auschwitz para desvelar su horror a los aliados; al farmacéutico Tadeusz Pankiewicz; a la enfermera Irena Sendler apodada el Ángel de Varsovia; o al diplomático español Ángel Sanz Britz cuyas artimañanas lograron salvar a 4.000 judíos, cuatro veces más que la famosa lista de Schindler. Pero no se trata de ser héroes. No todos estamos llamados a formar parte de esa élite de valientes. Ahora bien, quizás sí estamos llamados a no olvidar ni a consentir que se repitan cosas así, por muy pequeñas que parezcan, comparadas con aquellas atrocidades.

La muerte es inevitable. De una forma u otra. Tarde o temprano. Como la de ese bañista alemán de 83 años de la sábana blanca de la playa de Torrox. Pero el horror sí es evitable. Lo primero que lees al entrar en el primero de los barracones en la visita de Auschwitz es una frase de un español. Esa de George Santayana que dice: "Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo". Sin duda ése es el sentido de una visita así. Y depende de nosotros, y de nuestra visión del mundo. Porque todos, absolutamente todos, tenemos una visión del mundo. La clave está en qué medida nuestra visión acaba excluyendo a otros seres humanos. Aunque sea sólo un poquito. Sean éstos "fachas", "rojos", inmigrantes, punkies, judíos, gitanos, gays, madridistas o catalanes. Les pongamos la dichosa etiqueta que sea. Ésa que nos condena a separarnos a unos de los otros.
Creemos que ya toca. Toca, sin duda, salir de esa condena. La de repetir los horrores del pasado. Ésos que, por desgracia, aún se repiten en demasiados rincones de nuestro planeta.


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sábado, 20 de julio de 2019

Incendios mentales

Ayer era nuestro primer día de vacaciones. Samuel ya lleva unos días en Bélgica, y se le ve emocionado con su campamento. Pero nosotros, empezábamos ayer nuestra aventura pirenaica en Andorra, tras dos días de coche y mil cien kilómetros recorridos. Hemos incorporado un nuevo fichaje a nuestro periplo anual: la novia de Pablo. Está claro que dentro de poco nuestro siete plazas se nos quedará pequeño si queremos seguir haciendo "piña" en familia para estas escapadas veraniegas, sagradas para todos nosotros.
Queríamos madrugar pero fue imposible. Para eso son las vacaciones: para darle de vez en cuando "cuartelillo" al cuerpo. La montaña y los lagos no se iban a escapar si salíamos este primer día un par de horas más tarde. Y de hecho, hablando con una familia de Zaragoza, pudimos incluso empalmar dos excursiones preciosas. Lagos idílicos, chapuzón en las heladas aguas para las dos más jóvenes del equipo, e incluso avistamiento de decenas de salamandras en uno de los lagos, toda una rareza hoy día. Comimos y siesteamos en el Estany da la Cabana Sorda, un paraíso para los cinco sentidos. E iniciamos el regreso a media tarde, haciendo bromas con los "walkie talkies".
Pero de repente todo se nubló. No. El sol aún brillaba en todo lo alto. Seguía haciendo una temperatura envidiable. Pero surgió una frase. Una simple frase, que no preocupó a Mey en cuanto a sus consecuencias, pero que a mí me removió al instante: "Creo que me he dejado encendido el fuego al máximo con los garbanzos". Habíamos salido del apartamento siete horas antes. Y en ese margen daba tiempo a que el agua de los garbanzos se consumiera, y se generase todo un caos en la cocina. Al instante todo cobró sentido en mi cabeza. Esas ocho insistentes llamadas que desatendí a las 3 de la tarde no eran la típica publicidad que siempre nos bombardea a esas horas bajo números desconocidos: era la señal de alarma desde la recepción de los apartamentos. Y aquel ruidoso helicóptero que nos sobrevoló pocos minutos después recogiendo agua de uno de los lagos, quizás tenía algo que ver con un posible incendio en el apartamento. La imaginación se disparó al instante. Humo, llamas, bomberos...Y mentalmente ya empecé a hacer recuento de daños. El ordenador de Pablo con todos sus trabajos de Italia rápidamente se convirtió en la prioridad.
Puse el turbo. Ni dolor de rodilla ni rozaduras en el pie. Había que llegar al coche cuanto antes. Respiré hondo y evité exteriorizar mi preocupación. Años antes quizás habría habido incluso reproches y malos modos. Menos mal que algo vamos aprendiendo. Salí disparado. Y como en el Tour de Francia, el pelotón salió también despedido en persecución del escapado. Los dolores provocados por los kilómetros andados en el primer día había que dejarlos para mejor momento. Ahora tocaba llegar cuando antes, y tratar de resolver lo que fuera posible ya a estas alturas del día. Pasamos de largo como una exhalación por aquellos idílicos lagos, por aquellas auténticas estampas de "photoshop", y por las salamandras a las que habíamos contemplado poco antes. Era sorprendente cómo una simple frase, un simple presentimiento, había cambiado tan radicalmente esa realidad tan gozosa que había disfrutado pocas horas antes.
Hicimos en apenas una hora un recorido que normalmente se hace en tres. Y al llegar al coche el plan quedó trazado: Mey y yo subiríamos al apartamento, y dependiendo de cómo estuviese la cosa, decidiríamos qué hacer. Pero al llegar no vimos humo. Me sorprendió poder usar el ascensor, respecto a la posible entrada de los bomberos. En el pasillo del apartamento no olía raro, ni se presagiaba ninguna catástrofe. Y al llegar a la cocina, los garbanzos estaban tan "panchos", "más fríos que un polo". Falsa alarma. Resoplidos de alivio y de pura extenuación. Llegamos al coche bajo aplausos y risas de los niños. Mejor así. Aunque el aprendizaje es claro. ¿Cuántas veces la vida nos hace andar rumiando preocupaciones, malas noticias o disgustos que en muchas ocasiones ni siquiera son reales, y quedan en puro humo mental? Lo de hoy fue de manual. Tendré que recordarlo para la próxima.


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domingo, 14 de julio de 2019

Orgullos y prejuicios

En pocos días celebran su primer aniversario de bodas. Y lo harán en Grecia, mochila al hombro, y con un mes por delante para disfrutar. Su vuelo salía hace unos días de Málaga, y esa era una buena excusa para vernos, ponernos al día cenando y acercarles al aeropuerto.
Se les ve muy bien. La boda dicen que les ha cambiado poco. Apenas la posibilidad de pagar menos a hacienda por la declaración de la renta conjunta, y poco más. Siguen felices, serenos, y con su vida habitual. Debemos a Lucas los primeros "pinitos" al violín de Pablo, y muchas y buenas charlas de café cuando éramos vecinos en Linares. Y a Miguel el impulso a nuestra próxima escapada en "parejita": Polonia. De aquella etapa de Linares, Lucas no guarda muy buen recuerdo. Suele pasar cuando no te sientes respetado en tu identidad. Ahora las cosas han cambiado y viven en un precioso apartamento con vistas a la Alhambra, llenos de inquietudes artísticas, culturales y sociales.
Nos enseñaron las fotos de la boda a la que, por desgracia, no pudimos ir. Y se les veía pletóricos. Cuidaron todos los detalles, pero a la vez daba la sensación de ser una celebración sencilla y natural, como ellos. Nos encantó lo orgullosos que iban sus familias del paso que daban. El padre de Lucas incluso con una pajarita arco-iris. No pudimos evitar pensar en tantas parejas que, como ellos, habrían dado ese paso sin ese apoyo tan importante.
Intercambiamos por whatsapp recetas y enlaces de sitios a visitar. Y nos llamó la atención que ambos lucieran la bandera multicolor en su perfil. Siempre han sido muy moderados y comedidos. Pero ahora sienten que es necesario aumentar la reivindicación por una normalización que nunca acaba de llegar. Incluso a veces en su propia mente. Al principio no les entendimos muy bien, pero cuando a los pocos minutos, y de camino al coche, unos chavales desde una moto nos dirigieron improperios, entendí al instante de lo que se trataba. Aún hay gente que te juzga porque lleves el pelo largo y unos pendientes, o porque vayas de la mano de tu pareja si sois del mismo sexo. Y no sólo te juzgan: te insultan. No quisimos preguntarles cuántas veces habrían vivido una situación así, pero imaginamos que no pocas, porque al instante ellos lo habían olvidado y a mí no se me iba de la cabeza la ofensa, tratando de encontrarle sentido.
Lucas nos reconoció que aunque salió del armario hace veinte años, en realidad hoy día sigue saliendo del armario en bastantes cosas. La última, hace unas semanas cuando se atrevió a darle un beso a su marido, al acabar una actuación musical, a la vista de todos. No pasó nada. Tan sólo derribó un muro más. Y esta vez fue en su propia mente. Ese dichoso miedo al "qué dirán". Esos dichosos prejuicios que incluso habitan en quienes osan transgredirlos.
Justo a la  hora en que paseábamos por Málaga se celebraba la Marcha del Orgullo LGTBI en Madrid. Nunca han sido muy partidarios de las estéticas voluptuosas y excesivas. Pero cada vez son más respetuosos con cómo cada cual viva las cosas, porque al final se trata de una cuestión afectiva e identitaria. Una pena que aún haya políticos que usen estos eventos para azuzar la crispación y desviar la atención sobre un debate que, por suerte, ya está superado desde hace muchos años. Y desde luego todas las posturas políticas no son iguales al respecto. Los dichosos titulares de prensa. Los dichosos puñados de votos. Ojalá llegue un día que no haya que salir en marcha para reivindicar estas cosas. En ese día todo esto será ya algo casi universalmente aceptado, como ya pasó con la esclavitud.
Miguel y Lucas son muy buena gente. Da gusto estar con ellos. Transmiten esa energía de quienes se quieren y se dan a los demás. Por eso se entiende menos que en pleno siglo XXI aún tengan que luchar para que se les acepte como son. Y que otros se metan por medio a decirles lo que pueden o no pueden hacer., o se cuelguen una etiqueta para apropiarse de su lucha. ¿Por qué nos gusta tanto meternos en la vida de los demás? ¿Qué mas nos da lo que cada uno haga de puertas adentro o en su cama, si hay amor, respeto y crecimiento personal? ¿Quiénes somos nosotros para opinar sobre cómo gestionen su felicidad y su vida otros? Es curioso que a estas alturas todavía haya que hacerse estas preguntas, y ver algo anómalo en lo que debería ser cotidiano, signo de que aún queda un buen trecho para ese "mundo diferente para vivir".

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domingo, 16 de junio de 2019

El jubilado surfista

La suya no es la historia de un jubilado cualquiera. No desde luego como la de esos abuelos que vemos apostados junto a las vallas de las obras, quizás rememorando la actividad frenética que quizás tuvieron antaño. Tampoco, desde luego, la de esos ancianos que se arremolinan por las mañanas en las plazas de los pueblos con sus amigos, o en las mesas de los bares entorno a una partida de dominó. Tampoco sé yo muy bien si a José le gustan las obras o el dominó. Desde el martes pasado tampoco me ha dado tiempo para conocerle mucho, la verdad. Sé que le gusta la música. Que es amigo y vecino de un compañero de trabajo. Que ronda los setenta años. Que quizás tiene alguna nieta, viendo su foto del whatsapp. Y poco más, en lo que respecta a su descripción general. Pero desde luego sé que es alguien muy especial.
No sé si te vuelves especial cuando la vida te da un zarpazo así, o si los seres especiales ya vienen de serie. Ante un batacazo como el suyo, muchos no habrían levantado cabeza. Pero él no sólo la ha levantado, sino que con su testimonio está ayudando a que otros muchos la levanten.
José era donante de sangre. Y quizás ese pequeño gesto de generosidad le salvó la vida. Tras una de sus donaciones le llegó a casa una carta del Sistema de Salud con un preocupante aviso: había adquirido la Hepatitis C. Se quedó atónito. Repasó y repasó lo que había sucedido desde la anterior donación, en la que había salido limpio, y sólo pudo identificar un momento en el que se pudo producir el contagio: durante una visita al dentista, en la que le manipularon la boca, quizás con insuficiente esterilización. Cualquiera habría maldicho su suerte. Habría mentado toda la parentela del dentista. Se habría regodeado en su desdicha. Pero él no. No guardaba rencor a aquel dentista, ni a lo que aquella nefasta visita le ha acarreado después. No fue sólo la hepatitis. Fue la cirrosis del hígado, muy habitual en estos casos. Y por supuesto, fueron la multitud de pequeños tumores que aquel hígado enfermo había empezado a generar como si estuviera loco. Su vida dio un vuelco. Fue sometido a dos operaciones. Y hace pocos meses, superó el ansiado trasplante de hígado.
Aún no he contado cómo o por qué conocí a José. Hace meses, su amigo Tomás nos ofreció que diera una charla en nuestras sesiones semanales de mindfulness en la oficina. Tenía un testimonio impresionante que dar. No sabíamos muy bien de qué se trataba. Y aún no me explico cómo hemos retrasado tanto esa charla. Podría decir que quizás la agenda, buscar el momento más oportuno... Pero lo cierto es que a veces, en la vida, nos llegan pequeños avisos, con un mensaje contundente para nosotros, que ignoramos o postergamos, quizás por miedo inconsciente a que pueda poner nuestra vida patas arriba. Quizás lo de José fue un poco eso también. Él sentía que debía compartir su experiencia con su familia "mindfulnosa", como él la denomina. Y eso que no nos conocía a ninguno. Pero necesitaba compartir con quienes han iniciado ese camino, que la meditación no hace milagros, pero mitiga el sufrimiento. Necesitaba susurrarnos al oído su frase favorita en toda esta travesía del desierto. Ésa que dice: "No puedes detener las olas, pero puedes aprender a surfear". Él no ha sufrido el envite de las olas; lo suyo ha sido un auténtico tsunami. ¡Y vaya si ha aprendido a surfear! Tanto, que podría montar su propia escuela de surf "mindfulnoso". Ya me imagino hasta el nombre: "Escuela de Surf Ho-Tsé".
Estoy seguro que en esa escuela se aprendería el valor de la aceptación (que no resignación) cuando las zarpas de la vida aprietan. Se aprendería también a pasar más rápido y casi de puntillas por las fases que acarrea el enfrentarse a la pérdida de un ser querido, a la enfermedad o al sufrimiento: negación, enfado, negociación...Quizás también se aprendería a no entrar en victimismos, en reproches psicológicos o en esa espiral tan peligrosa de no dejar de rumiar pensamientos negativos.
Si tratara de resumir el mensaje que José traía bajo el brazo el pasado martes a las ocho de la mañana, creo que sería éste: "Familia: la vida no es fácil; a todos, tarde o temprano, nos tocará sufrir; y es una magnífica idea que estéis practicando meditación y mindfulness, porque lo vais a necesitar y os va a ayudar mucho; ojalá que tanto como a mi".
Para afianzar su mensaje, y como una muestra más de su generosidad, José vino cargando una voluminosa mochila donde traía una bolsa con 15 paquetitos verdes, cuidadosamente envueltos, y otros tantos sobres con las instrucciones de aquel regalo individualizado, que artesanalmente ha estado preparando para cada uno de nosotros, auténticos desconocidos para él. Yo abrí mi regalo con los niños y con Mey esa misma noche, y tardamos casi una hora en asimilar y compartir impresiones sobre un regalo tan profundo acerca de las claves de la vida.
Posteriormente he intercambiado un par de mensajes con José por whatsapp y correo electrónico, ya que generosamente ha recopilado alguna bibliografía que algunos asistentes a la sesión le pidieron. Presiento que, aún en la distancia, hay mucho que nos une con José. Quién sabe, quizás, si de alguna otra vida anterior. Sentí que debía compartirle algunos posts que escribimos hace tiempo y que conectaban plenamente con algunos de sus testimonios de aquel martes. Y él me regañó cariñosamente a los pocos días por haber retrasado su desayuno varias horas, al haberse quedado enfrascado con la lectura de algunas de nuestras vivencias. Es lo que suele suceder cuando se producen este tipo de conexiones espirituales, cargadas de sincronicidades y reciprocidad. De hecho, no nos podíamos creer que en las instrucciones de su regalo apareciese precisamente la frase de Jung que preside la pizarra de nuestra cocina desde pocos días antes de conocerle: "Quien mira afuera, sueña, y quien mira adentro, despierta".
José, a pesar de su dura enfermedad, se encuentra profundamente agradecido. Al principio fue un agradecimiento hacia el donante que le dio su hígado al morir, hacia la familia de éste, y hacia los que le han rodeado y sostenido en los momentos bajos. Pero poco a poco ha ido entendiendo que la gratitud en la vida no es lineal, sino en forma de una enorme red que lo abarca todo. Y hay que agradecer a los agricultores que cultivan lo que él comía en el hospital, a los cirujanos y enfermeras que le trataron, a los empleados de la compañía eléctrica que posibilitaron que todos los aparatos funcionasen, a los funcionarios de Hacienda que recaudamos fondos para que exista ese hospital, a los ingenieros que crearon esas herramientas sanitarias tan sofisticadas, etc, etc. Y cuando uno está agradecido de verdad, no puede evitar dar. Es lo que te brota de dentro. Por eso José quiso darnos su testimonio, aquel paquetito verde y aquellas instrucciones para la vida. Porque sabe que a más de uno nos va a tocar el corazón, y puede darnos una tabla de salvación para cuando vengan olas de las grandes.


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sábado, 8 de junio de 2019

Alternancias, coaliciones, oportunismo y gente rara

Son tiempos de alternancias. De pactos y coaliciones. De postureo mediático. De decir "digo" en campaña, y decir "Diego" luego. De actuar para la galería. O más bien de sobreactuar. De seguir "al dedillo" los argumentarios de los asesores. De mirarte en el espejo de las encuestas, a ver si sales más guapo con el perfil izquierdo, el derecho o el centrado (no digo "guapa" porque ellas, por desgracia, aún parecen pintar muy poco). Son también tiempos de oportunismo para quienes siempre quisieron medrar y nunca supieron bien cómo. También de quienes siempre estuvieron a la sombra, discriminados bajo una etiqueta que pesaba como una losa, y a los que ahora se mira desde otras siglas, las tengan ellos o no. Son tiempos de terreno resbaladizo. Tiempos de cambios. Muchos cambios.
Aquí en Andalucía se nota mucho. Quienes nos siguen bien saben que no somos unos entusiastas de la representación indirecta, y que nos encantaría ser de esa minoría a la que le gustaría participar activamente en todas las decisiones que nos atañen, en lugar de tener que contentarnos con depositar un papelito en una urna cada cuatro años, como si ya con eso todo fuera perfecto. Pero por ahora no nos dejan. Y mientras tanto miramos perplejos todos estos cambios que nos rodean tras casi cuarenta años de monocolor, sin que tengamos muy claro que el cambio de color siempre siente bien. El trabajar en la Administración te permite tener una posición privilegiada de todos esos procesos, que no son más que un reflejo de la propia condición humana, donde se cruzan ambiciones, egos recalcitrantes, subidas meteóricas, desplomes contundentes, y a veces también heroicidades que pasan casi desapercibidas entre tanto ruido. En estas últimas nos vamos a centrar. Son las que más interesan para impulsar un mundo diferente para vivir, aunque ya anticipo que no lo vais a leer en ningún periódico.
Se dice el pecado, pero no el pecador. Lo mismo pasa con las pequeñas heroicidades cotidianas, que te reconcilian con la condición humana, aunque aquí sí apetecería decir nombres y apellidos, a ver si cunde el ejemplo.

Bien. Pues erase una vez un grupo de funcionarios que trabajaban en una delegación de una consejería, en pleno cambio de jefes políticos, tras un sonado vuelco electoral, en una lejana comunidad autónoma de cuyo nombre no me acuerdo muy bien. En esa delegación había un servicio con varias decenas de funcionarios a los que se acumulaba el trabajo sin cesar, y que habían visto desfilar a varios jefes de servicio y sección durante los últimos años, para su desconcierto. Por fin uno había logrado asentarse y aunar los esfuerzos tanto tiempo dispersos, con el apoyo de una de sus jefas de sección. Para sorpresa de ésta, una buena mañana se le aproximó uno de los típicos comisarios políticos, para tantear sus ambiciones con el nuevo Ejecutivo Autonómico. "¿Te apetecería ser jefa de servicio?" La propuesta la pilló desprevenida. Y más aún cuando el puesto que le ofrecían era el de su superior, con el que había logrado consolidar el departamento. Sé de muchos que no habrían tardado en dar el "sí quiero". Pero su negativa descolocó al proponente:
-"Lo siento pero no. No puedo hacerle esto. Creo que está haciendo un buen trabajo"
-"Pero mujer, si lo de hacerlo bien o mal es lo de menos"
-"Pues pensé que precisamente se trataba se eso", replicó ella.
-"Probablemente te arrepientas de tu negativa. Es una oportunidad de oro, para alguien tan joven como tú"
Ciertamente lo era. Pero ella ni titubeó. Es lo bueno de tener claras las prioridades en la vida, y no dejarse arrastrar por lo que la mayoría habría respondido ante esa pequeña gran traición.
Se sucedieron las semanas, y pensó que la tormenta ya había pasado, y que su negativa habría despejado los nubarrones sobre su compañero jefe. Pero no. Éste la llamó una mañana a su despacho y le dijo que la Delegada le había telefoneado para anunciarle su cese, tirando de tópicos. Que si no tenía nada contra él. Que si era tiempo de cambiar de caras. Que si tocaba rodearse de personas de confianza... Blablabla.
Ella se sintió fatal. Y habría sido aún peor de haber participado en el complot. Lo comentó con sus compañeros, y el sentimiento era generalizado. Ese cese era injusto, injustificado en lo profesional, carente de sentido en lo ideológico, y encima era temerario. La proximidad de un concurso de traslados iba a exigir continuidad en las riendas para que todo el castillo de naipes de un departamento tan complicado no se cayera abajo. La política entraba como elefante en cacharrería, como casi siempre. Así que ni cortos ni perezosos, movieron ficha ante los jefes. Manifestaron su perplejidad, y también un poco de indignación, que nunca viene mal. Ella al frente. Y anunciaron que estaban dispuestos a recoger firmas para respaldar al jefe cesado. Como Fuenteovejuna. Los políticos de turno vieron que no iban "de farol", y recularon. Antes de que las firmas empezaran a circular por los despachos, la Delegada llamaba al afectado, y le informaba que se paralizaba el cese. Tiró de nuevo de tópicos. Que si la democracia, que si las mayorías, que si sus compañeros respaldaban su gestión... blablabla.
El caso ha corrido por las oficinas de nuestra Administración como la pólvora. No es habitual. Es más corriente apalear al prójimo, que mojarse por él. Especialmente cuando es un jefe, en el que además se suelen mezclar envidias, rencillas, y malos "rollos". Y eso que muy pocos sabemos la historia previa del nombramiento de mi amiga frustrado por ella misma. Por eso hay que darlo a conocer. Por si hay algún pesimista recalcitrante entre el público. Aunque a ella ya le han dicho que es "tonta" por ser así. Es lo que tienen estos tiempos que corren.

Es cierto que hay gente rara, como mi amiga. Gente que puede tener una ideología, pero que sobre todo se mueve por principios. A esa gente conviene pegarse. Son un seguro ante las embestidas y las tentaciones de este mundo en el que vivimos. Nosotros procuramos no perder de vista a gente así. Nuestros amigos Joserra y David también pertenecen a ese selecto club. Y han decidido llevar a la política local sus principios, sus ganas de cambiar el mundo, su buen rollo, y la sana visión de que todos somos UNO. Lo han hecho en un pequeñísimo pueblo de Burgos, Villasur de Herreros. Lo han puesto en marcha mediante una agrupación que han creado al efecto, "Vecin@s por Villasur". Y están desarrollando su iniciativa con unos valores que muchos tacharían de utópicos, pero que a muchos nos encantaría que presidieran la vida política. Han escuchado a los vecinos. Han creado un programa basado en sus necesidades concretas. Y se han puesto a disposición de todos para tejer una gran red ciudadana. No han ganado. Los ganadores se encargaron de introducir en sus listas a un representante de las principales familias y clanes del pueblo, para garantizarse votos. Y eso, en pequeños pueblos, sigue funcionando más que los valores y los programas. Pero esto no va de ganadores ni de titulares. Han sido la segunda fuerza política. Y están dispuestos no a dar la batalla (porque precisamente de eso NO va la cosa), sino a cambiar las reglas de la política local. Estaremos muy pendientes de ellos. Porque hace falta gente así de rara por este mundo.


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domingo, 26 de mayo de 2019

Un mundo en pequeñito

No íbamos de turismo. Íbamos a empaparnos de su realidad. Esa por la que hemos apostado tan fuerte. Tanto como para prescindir de su presencia en casa. Y esa realidad no defraudó. Ni mucho menos. De hecho, la estancia se nos hizo corta. Muy corta. Y no faltaron ganas de quedarse.
Vista de Duino desde su castillo
Cuando los hijos crecen siempre hay una etapa de rebeldía. De enfrentamiento visceral contra todo y contra todos. Especialmente contra los padres, que simbolizamos mejor que nadie la etapa de niño que quieres dejar atrás. Esos cuatro o cinco años de choque no nos los quita nadie. Y cuando tienes tres hijos se multiplica por más de tres. Por mucho más. Porque la complejidad de los procesos tiene lugar simultáneamente, y a veces se retroalimentan. Pero el final del túnel llega siempre. Y el regreso a casa se acaba produciendo. No a la casa física. Al hogar familiar. Aunque esté coyunturalmente en Italia, y seamos los padres los que vayamos a visitar al retoño, como pasó en abril. Y entonces vuelven los abrazos, más sinceros que nunca. Vuelven las ganas de volver a meterse en la cama con los padres y charlar de fútbol, de política o de amor. Vuelve el respeto y el cariño. Y acabas entendiendo que para ser "tú", no hace falta luchar contra lo que te trajo hasta aquí, sino hacer tuyo lo que necesites de todo ese camino recorrido.
Comiendo pizza en Trieste con Abde e Inés
Fue una delicia de viaje. Pablo nos había preparado todo un itinerario de encuentros con quienes durante este curso han sido su familia. Gente que le ha hecho crecer como persona y dar un salto exponencial en un tiempo récord. Gente como Abde, que nos compartía sus vivencias como musulmán, o Inés con esas ganas envidiables de cambiar el mundo y su proyecto solidario en Rumanía...Y aún quedó tiempo para visitar Trieste, para una cenita colectiva en casa, para un concierto de jazz...Pero lo que más nos impactó fue darnos cuenta de que ya ha empezado a forjar su mundo. Un mundo lleno de ilusiones, de amistades, de fidelidades, de sueños, de retos, de aspiraciones... Ya no hay que preguntar por exámenes, por notas o por trabajos. Todo eso ya lo gestiona él, porque sabe bien que forma parte ya de su mundo. Y llegarán las decepciones. Y las injusticias. Pero también alegrías enormes. Y logros. Y victorias.
Sin comentarios
Si hay algo de lo que estamos especialmente orgullosos en todo este proceso de Pablo en Italia, no es de verlo tan profundamente feliz. Que también. Es de percibir que está creciendo como persona. Y no sólo en conocimientos o técnicas para conseguir un día un trabajo. La vida no va de eso, y a veces nos damos cuenta demasiado tarde. El duro trabajo con las asignaturas debe compatibilizarse con empaparse de las vivencias más ricas que uno pueda imaginarse. Y el día tiene sólo 24 horas. Por eso toca dividirse entre la academia del conocimiento y la academia de la vida. Apostar unas horas para conseguir unos objetivos que te puedan abrir puertas en universidades a las que jamás pensaste poder ir a estudiar, o apostarlas para departir con compañeros del otro lado del globo, a los que quizás no vuelvas a ver, pero que te están dando claves que sabes cruciales para el resto de tu vida. Es un proceso apasionante. Incluso cuando lo vives como un simple espectador.
Haciendo el tonto por Trieste
Mientras estábamos allí fuimos testigos de un episodio que ilustra muy bien ese pequeño mundo en el que viven. Y no sólo porque sean tantísimas nacionalidades, lenguas y culturas las que allí conviven. Sino porque en muy pocos metros cuadrados se desarrollan las mismas dinámicas que se producen en el mundo continuamente, y a las que tendremos que dar respuesta tarde o temprano, de una forma u otra. Y ellos entrenan esas habilidades a diario. La heterogeneidad allí es tan brutal como en nuestro querido planeta. Ríase usted de diferencias por lenguas, banderas o nacionalidades. Ríase usted de la absurda dualidad en la que nos enseñan a vivir desde pequeños: hombres o mujeres, buenos o malos, ricos o pobres, de derechas o de izquierdas, los de aquí o los de fuera, justicia o igualdad... 
Camino de Rielke con el
Castillo de Duino al fondo
Y en una de esas, surgió un conflicto que les traía de cabeza. Dentro de las normas de convivencia que tienen allí, existen unos compromisos claros respecto a la hora de regreso a las habitaciones, a la asistencia a clase, o a la dedicación al estudio. Y una noche, en una de los turnos de vigilancia, una profesora se quedó sorprendida del incumplimiento de esas normas, y lo expuso abiertamente en la asamblea general que todos los lunes celebran para analizar la marcha de todo y planificar los siguientes días. Levantó ampollas. Algunos se sintieron señalados en cuanto a su derecho a estar allí, cuando tantos se han quedado fuera, y cuando hay tanto por hacer por un mundo mejor. Porque, como en el mundo "grande", en ese mundo "pequeñito" no todos han llegado allí con el mismo esfuerzo. Los hay que en su trayectoria vital han estado al borde de la muerte en varias ocasiones, y sufriendo las peores calamidades hasta llegar allí. Y los hay que no se han despeinado, y han llegado con una saneada cuenta corriente a sus espaldas. Algunos ven en Duino la oportunidad de su vida, y otros sólo uno más de la infinidad de caminos que una vida holgada les brinda. Y en esas, hubo una joven iraquí que, al parecer, se levantó y removió las conciencias que aquel debate pudiera aún haber dejado sin remover. Con la beca que ella había recibido para estar allí estudiando, en su país se podría dar de comer a 50.000 personas en un día, una ciudad entera. ¿Cómo podía dilapidar ese preciado tesoro que le había sido entregado? ¿Cómo podían estar otros despreciando una oportunidad así?
A veces nos obsesionamos en dar a nuestros hijos un camino hecho, respuestas para todas sus preguntas, o futuros resueltos. Y nos olvidamos que en la vida, poco hay de decisiones seguras o de identidades inquebrantables. Van a necesitar mucha capacidad crítica y mucha empatía para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo y holográfico, pero cada vez más fascinante. Démosles perspectiva, no certezas.

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viernes, 10 de mayo de 2019

Círculos de autenticidad

(ENGLISH VERSION: HERE)

No había expectativas. No se esperaba conseguir nada. No se pretendía llegar a ningún resultado. Ni cerrar ningún acuerdo. Ni resolver ninguna tarea pendiente. O iniciar ningún proyecto. No nos conocíamos la mayoría de los que habíamos quedado. Con lo cual ni había un mínimo compromiso social. Ni siquiera de que se tuviera que volver a repetir esa atípica "quedada". Aunque todos nos quedamos con tan buen sabor de boca, que se repetirá. Seguro. 
Por eso, quizás, salió todo tan bien. Por eso los círculos Awakin no hacen más que crecer por todo el mundo. Por eso los que vinieron de Burgos nos dicen que organizan uno cada lunes desde hace años. Este mundo de prisas, agendas desbordadas y quehaceres interminables no suele regirse por unos parámetros así. Una hora de silencio, una ronda de intervenciones en base a un texto anteriormente elegido, y una buena cena compartida, elaborada entre todos, y regada con risas y bromas. Sin gurús ni afiliación religiosa o ideológica. Así de sencillo. Así de revolucionario.
No pararon de dar las gracias. Durante toda la noche y al despedirse también. Y es curioso, porque éramos nosotros los que nos sentíamos agradecidos por haber tenido un grupo de gente tan excepcional en casa aquella noche. Cuando uno recibe un regalo, la gratitud brota "a borbotones". Y todos sentíamos que aquello era un auténtico regalo. Para todos. Por eso aquella gratitud tan contagiosa. Y por eso daba igual que apenas un par de ellos hubieran estado en nuestro hogar antes: todos parecían pertenecer a nuestro círculo más cercano después.
Hubo más invitados. Pero quizás eso de estar una hora en silencio y meditación echa para atrás aún a demasiada gente. Y resulta curioso, porque en los tiempos que corren, poder encontrarte contigo mismo durante un buen rato, junto a otros que también lo intentan, debería ser el mayor de los regalos. Pero aún para muchos se convierte en todo un tormento. Estar con uno mismo a solas, rodeado de gente. ¡Qué horror! Así que los 18 que estábamos, éramos sin duda los que teníamos que estar. Al menos esa noche.
¿Qué nos unía entonces a todos los que estábamos allí? La respuesta no es sencilla. Desde luego no era una cita a ciegas. Quizás cualquiera ajeno a aquel círculo habría dicho qué éramos unos frikis de la "new age". Puede ser. Pero sentimos con intensidad que nos unía un proceso de búsqueda, un optimismo patológico, un anhelo por un mundo mejor, una apuesta decidida por integrar lo interno y lo externo... Sólo eso. O nada más y nada menos que eso. Porque en los tiempos que corren puede que sea una actitud bien escasa, que hay que cultivar y mimar.
Sorprende descubrir cómo un grupo de desconocidos abren su corazón ante un simple texto de Krishnamurti o un buen rato de silencio. Personas que comparten que sólo ante un ego herido cabe ejercer el perdón. Que visualizan la dura pugna permanente entre la libertad y la pertenencia en todos nuestros círculos familiares y de amistades. Que se maravillan ante el poder de la escucha activa del otro. Que comparten el misterio paradójico de una grave enfermedad que te abre puertas maravillosas e inimaginables. Que regalan experiencias vividas cargadas de solidaridad en tierras lejanas o muy cercanas. Que se declaran unos convencidos practicantes del "dar sin esperar nada a cambio", recibiendo sin medida. Que revelan descubrimientos profundos sobre el amor humano y divino, que no hay que buscar fuera sino muy dentro de uno mismo. Que callan experiencias vividas, que merecerían estar en todos los telediarios, por mantener a raya a sus egos. Que ponen en valor el mero compartir sin expectativas de resultados, y cómo de ahí surge la magia más auténtica. Que han descubierto la importancia de desaprender lo aprendido como forma de vivir la vida de veras, incluso en soledad.
No es fácil toparse con tanta sabiduría reconcentrada en un grupo de gente corriente, en principio desconocidos entre sí. No es fácil cambiar el mundo sin vaciarse por dentro, sin contagiarse de tanta energía "chunga". No es fácil actuar fuera sin trabajarse bien por dentro. Habrá que seguir practicando este tipo de círculos de autenticidad. Sin lugar a dudas.


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viernes, 26 de abril de 2019

Cuento: "El amor sin límites"

Os compartimos otro de esos cuentos para adultos de Mey que tanto nos demandáis.
En esta ocasión va dedicado a Elena, Lucía y Pablo, tres seres maravillosos, como lo son sus padres.
La voz, la elección musical y la edición del audio se la debemos, como siempre, a nuestra querida amiga Mª Ángeles Salguero. ¡Gracias! ¡Eres un sol!
Esperamos que os guste.

(puedes pulsar sobre esta imagen de las zapatillas de los protagonistas para escuchar el audio del cuento, o leerlo debajo de la imagen)

Zapatillas de Elena, Lucía y Pablo secándose al sol en su casa hace unas semanas, cuando fuimos a verles.

"Estaba el Creador dando un paseo por el firmamento, cuando acertó a ver una pequeña alma que, apoyada sobre una nube, miraba con anhelo hacia la Tierra.

“¿Qué te ocurre, pequeña alma?” le preguntó, “¿por qué pareces tan triste?”

El alma le miró con ojos profundos y  contestó que su deseo más intenso era el de viajar a la Tierra,
para allí poder aprender y crecer.

 “Esa no es una tarea fácil, sino un proceso largo de idas y venidas, de experiencias dulces y amargas, donde impera el gris sobre el blanco y el negro”, dijo el Creador.
“Si ese es tu deseo y estás dispuesta a todo, que así sea.”

La pequeña alma asintió, iniciando en ese mismo instante su aventura sobre nuestro planeta.

En su primer viaje, el alma bajó a la tierra en forma de viento. Fue de este modo que  la exploró por primera vez y contempló la vida de sus habitantes. Allí experimentó por ella misma el poder que confiere la fuerza y la tranquilidad que despliega la calma.

Luego surgió en forma de árbol y aprendió el valor de la paciencia. Abrazó a otros seres vivos, ofreciéndoles protección y desafió las inclemencias del tiempo y de  la mano de hombre.

También fue águila. Recorrió valles y montañas, acarició las copas de los árboles y mató para alimentarse.  Conoció la libertad que dan las alas y el precio a pagar por la supervivencia.

Muchas otras veces viajó nuestra pequeña alma a la tierra, y en cada uno de sus viajes adquiría una nueva experiencia, creciendo en sabiduría.  Sin embargo, el alma anhelaba algo más.   “Quiero habitar entre los hombres y conocer los secretos del corazón,” le dijo un día al Creador. Él la miró tiernamente y le dijo: “Ésta será una dura prueba, pues con ellos conocerás el amor. Si esa es tu elección, así sea.” Y el alma empezó a crecer dentro del vientre de una madre.

Tras su experiencia como ser humano, el alma regresó al firmamento y no tardó en buscar a su Creador. “En la tierra, tal y como dijiste, he conocido el amor. He sido hija, madre y abuela. He conocido el dolor y el júbilo de amar y ser amada. Pero hay algo que no he llegado a comprender. Una madre me tuvo en su vientre, pero al despertar a la luz, encontré otros ojos, otros padres que me tomaron en sus brazos y que, desde ese instante,  me entregaron su corazón.”

El creador lo miró y con infinita dulzura le contestó: “Con la madre que te llevaba en su vientre viviste lo que es la entrega  y con aquellos que te acompañaron en la vida experimentaste lo que supone el amor incondicional. Esas almas te han ofrecido la lección más importante, la más difícil de todas y que muy pocos conocen:
que el amor NO TIENE LÍMITES.”



NOTA: Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero a través de nuestra escritura estamos canalizando solidaridad hacia proyectos que lo necesitan, y queremos dar cuenta de ello:
https://www.patreon.com/posts/damos-cuenta-de-21934667
Además, los beneficios de la nueva tanda de libros que nos ha llegado, irán íntegramente para material escolar de los 28 niños del orfanato de nuestro querido Herminio: https://bit.ly/2CbfnQM