sábado, 21 de enero de 2023

Cuando lleguen las olas

Aquello era mucho más que un simple paseo por la orilla del Mediterráneo. Probablemente era el regalo más bello que nos hubieran hecho en un Día de Reyes como aquel. Sentíamos que tocábamos algo casi sagrado. Como aquel que se deja hechizar por primera vez con los primeros compases del nocturno Op. 55, No.1 de Chopin, aunque apenas haya salido del "reggaeton". Sabiendo que hay acordes, colores, paisajes o palabras cuya combinación guarda un código secreto, quizás la mismísima firma de Dios. Aunque a veces nos empeñemos en mirar para otro lado, o en atiborrarnos de ruido. No creo que haya nada más fascinante que compartir una comunión así con un hijo o una hija. Porque conectar con ellos en las verdades de la vida, a una edad tan temprana, con un conocimiento que nosotros empezamos a atisbar con el doble de su edad, aviva en nosotros la llama que siempre quisimos encender en ellos. Y nos hace valorar el enorme honor de haber sido sus compañeros de viaje, y de entregarles el testigo para que sigan haciendo camino al andar.
dimitrisvetsikas1969 Pixaba
Jorge Manrique
decía que la vida son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. Nosotros creemos que la vida es más bien ese mar. Con sus días de mar llana, de marejada, y de mar gruesa. Quienes vivimos en ese mar, sabemos que no hay nada más bello que una luna llena reflejada sobre sus aguas en calma, o los destellos de millones de cristales reflejando el sol del mediodía. Pero la belleza y el misterio del mar, como los de la vida, no radican sólo en esos días de luz y calma, sino en su furia, en su fuerza indómita, en su capacidad para recordarnos lo que somos, y para aprender nuestro lugar en este mundo.
Sin embargo, nos empeñamos en dar la espalda a ese mar bravo y fiero, creyéndonos todopoderosos y con capacidad para controlarlo todo. Pensando que la vida son sólo "días de vino y rosas". Y que, a base de buenas poses en el instagram, o de invenciones de todo tipo, podremos evitar sus días de furia. Y no. No es así. No existen las pócimas mágicas. No existen los ungüentos de la eterna juventud. No existen las inyecciones o las píldoras que nos libren del sufrimiento de las olas que están por venir. Porque eso es seguro. Podremos vivir en las orillas del mar más paradisíaco, en el confín más tranquilo del planeta, que podemos estar seguros que las olas llegarán. Tarde o temprano llegarán. Las del dolor. Las de la pérdida. Las de la enfermedad. Las de la adversidad. Las de la muerte. Y ya dependerá de cada uno de nosotros cómo  encarar ese día. 
Habrá quienes decidan huir, olvidando que estamos en alta mar, en medio de la vida, y que no hay donde escapar. Porque la vida es el mar. La vida es la calma, pero también la adversidad. No hay alternativa. Y si pudieras huir del mar, te perderías la maravilla de disfrutarlo. Habrá quienes decidan vivir sólo el éxtasis de esos días de calma, sin querer pensar en que las olas vendrán con toda certeza. Son aquellas personas que piensan que la vida va de "no sufrir", y viven perennemente en ese sueño, en esa fantasía irreal que les acabará estallando en las manos tarde o temprano. Y habrá quienes opten por prepararse con alegría: buscando una buena tabla de surf; poniéndose en forma, física y mentalmente, para cuando llegue ese día; ensayando los saltos desde el agua para ponerse de pie sobre la tabla; controlando los miedos y entrenando el equilibrio sobre las olas de la vida. No es que estos últimos sean pesimistas. Es que saben lo que es el mar.
Aprendiendo a surfear-Galicia 2022

Probablemente por eso, hoy ya no se trate tanto de cambiar el mundo, de cambiar el mar, sino de despertar. De que cada uno se trabaje por dentro. De hacerse UNO con ese mar. Y de darse cuenta que no hay que sufrir porque vayan a llegar las olas. Sino prepararse, cultivarse y estar en equilibrio para cuando éstas lleguen. Sin que nos domine el miedo, porque éste nos hace presa fácil.
A cada persona le llega su día de olas. A unos antes y a otros después. A unos menos y a otros más. Pero recientemente la Humanidad tuvo un auténtico tsunami llamado "pandemia", acompañado de multitud de olas gigantescas: los confinamientos, los cierres de empresas, la crisis económica, el distanciamiento de los seres queridos, la vacunación y sus consecuencias... Y ante una acumulación así de olas, se puso a prueba la armonía interior y la preparación de miles de millones de personas para surfearlas. Y muchos sucumbieron al miedo y a la presión. Muchos (incluso expertos "surferos") se confiaron y se ahogaron en los dramas personales y familiares. Otros en los desequilibrios mentales. Y otros, incluso, en el suicidio. Los hay que aún siguen exigiendo que les den una ruta con un atajo para evitar las olas, en vez de remangarse y aprender a surfearlas. Y una minoría, sin embargo, sigue disfrutando del enorme regalo que es la vida, que es ese mar. Y cuando las olas azotan, y el vendaval se cierne sobre ellos, buscan surfear hacia el ojo del huracán, donde habita la calma mientras todo da vueltas alrededor.
Nos tememos que es tiempo de mucho oleaje. También de mucho pirata que querrá venderte un chaleco o una barca anti-olas, aprovechando la histeria colectiva. Y ya dependerá de ti si quieres ponerte manos a la obra y empezar a surfear, o no. Nosotros, este verano en Galicia, tuvimos la primera experiencia con el surf de verdad, de la mano de nuestra amiga Patricia. Y cuando ves a la gente surfeando en la playa o en la "tele", piensas que es "pan comido". Pero no. No es nada fácil. Y exige práctica. Por eso la complicidad con un hijo hablando del mar, de la vida y de las olas, es puro éxtasis. Porque sabes que estás tocando algo trascendental. Y porque no queda otra que ponerse manos a la obra. Con el surf y sobre todo con la vida. Para cuando lleguen las olas.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Equilibristas

Es momento de reconocerlo. Como especie humana, hemos cometido actos atroces contra otros, contra el planeta y contra nosotros mismos en nombre de la lucha contra el mal. Esa pugna entre el bien y el mal nos ha dado la legitimación para llevar a la hoguera a mujeres a las que considerábamos brujas, a científicos a los creíamos herejes, o a homosexuales, judíos o gitanos que pensábamos que eran una amenaza. Y siempre el mecanismo mental y psicológicico que subyacía detrás de esa actuación era el mismo: estamos en guerra contra el mal, y ese mal, en cada caso lo encarnaban mujeres que se salían de la norma, sabios que hablaban de que la tierra era redonda, o personas y razas que resultaban minoría.

stefanialibietti en Pixabay
Hoy nos consideramos muy evolucionados como especie, y nos parece una auténtica barbaridad que en el pasado se torturase y se eliminase a miles (si no, millones) de personas, por esos motivos. Pero reconozcámoslo: esa excusa de luchar contra el mal nos sigue dando la legitimidad para seguir haciendo atrocidades en pleno siglo XXI. Basta que alguien nos diga que estamos en guerra contra el mal, y nos señalen en cada caso que el mal es Irak, un virus, Putin o el cambio climático, para que cojamos nuestra mochila, cargada de incoherencias, y nos embarquemos en otra batalla frenética contra algo o alguien, que en nuestro fuero interno no deja de ser un demonio con cuernos y tridente.

Lo veíamos hace sólo unos meses, cuando se hacían virales vídeos de ciudadanos anónimos grabando detenciones o uso desproprocionado de la fuerza por parte de la policía contra personas cuyo único pecado había sido no ponerse la mascarilla en plena calle, siendo insultados por los testigos de la detención. ¿Acaso quienes jaleaban esos actos no se consideraban del bando de "los buenos", y colocaban a los agredidos o detenidos en el de "los malos", por ser una gravísima amenaza para la Humanidad? ¿En qué se diferencian esos actos de los que sucedieron hace apenas unas décadas contra judíos, gitanos u homosexuales? En muy poco, la verdad. Y transcurridos sólo unos meses, se hace pública y respaldada por numerosos estudios científicos, la escasa utilidad del argumento que hacía malos a unos y buenos a otros. Aquella encarnizada lucha contra el mal de antesdeayer deja de tener sentido en cuanto nos hacemos conscientes de su irracionalidad. En cuanto nos sentimos engañados por lo que nos dijeron sobre una mascarilla, sobre un "pinchazo", sobre un país más o menos lejano, o sobre unos grados de más o menos en el tiempo. Pero el daño ya está hecho. Hemos batallado, insultado y excluido "al otro". Al del bando de "los malos". Ya sean unos jóvenes irresponsables que se reúnen para charlar, "con la que está cayendo". Ya sea un deportista que va corriendo sin mascarilla, "estando la cosa como está". O ya sea un ruso, cuyo único pecado es ser sospechoso de estar de acuerdo con Putin, y al que debemos señalar en la guardería de los niños, o confiscarle sus bienes. Nuestra eterna batalla contra el mal, nos convierte en auténticos títeres de quienes, en cada caso, nos dicen quiénes o qué encarnan ese mal. Y una vez tras otra, "picamos el anzuelo". Y ya, "a toro pasado", "si te he visto, no me acuerdo". "Pelillos a la mar".

Efraimstochter en Pixabay
Pues no. Quizás sea ya momento de que maduremos como especie. Tan racionales y evolucionados que nos consideramos. Tan por encima del resto de los seres vivos con los que convivimos en este planeta. Cuando de forma tan reiterada tropezamos una y otra vez en la misma piedra. Cuando agredimos al otro por palabra, obra o pensamiento, incluso desde nuestro sofá, simplemente porque pensamos que encarna el mal. Algo tendremos que hacer al respecto. Quizás debamos hacérnoslo mirar. No sé si la solución sea desconfiar un poquito de quienes desde un telediario, desde un partido o desde un gobierno van repartiendo certificados de buenos y malos. No sé si deberemos empezar a indagar por nosotros mismos, en lugar de delegar en otros sobre la percepción de la realidad. O no sé si directamente deberíamos anular de raíz de nuestro modo de actuar esa permanente "batalla contra el mal", que no hace sino enfrentarnos con todo, incluidos nosotros mismos.

Vivimos unos tiempos de polarización, en los que no buscamos la verdad, sino aquello que nos reafirma en nuestra visión de la verdad. Por muy errónea, parcial y torcida que sea esa visión. Y tenemos a nuestro alcance multitud de redes sociales, medios de comunicación, y personajes de todo tipo para reafirmarnos en esa visión distorsionada. Y ahí vamos, como un rebaño de ovejas, enfrentándonos los unos con los otros. Eso sí, todos creyéndonos "a pies juntillas" que estamos en el bando "de los buenos" (nos llamemos "virtuosos", "responsables", "solidarios", "patriotas", "progresistas", "negacionistas", "defensores de la tradición", "ecologistas"...qué más da el nombre).

Si somos capaces de dar el salto, y entender que esta eterna "batalla contra el mal" es completamente absurda, inútil y está cargada de incoherencias, habremos dado un gran paso como especie. Y quizás lo siguiente sería alistarnos en el bando del equilibrio y la mesura. Y ya no sólo para equilibrar nuestras reacciones ante "el otro" o nuestra percepción del bien y el mal. Sino para compensar entre nuestras responsabilidades y nuestro bienestar emocional y físico. Para sopesar entre nuestras metas y prioridades, y aprender a decir "no" a compromisos y actividades que no son consistentes con ellas. Para encontrar formas saludables de manejar el estrés y la ansiedad, mantener una dieta saludable, dormir lo suficiente, y tener tiempo para actividades que disfrutamos. Y qué decir respecto a los altibajos emocionales a los que permanentemente nos vemos sometidos, cuando vivimos más afuera que dentro de nosotros mismos. En definitiva: equilibrio, equilibrio y equilibrio.

Briam-Cute en Pixabay

El equilibrio hoy no se considera un valor en sí mismo. Se lo decían así hace unos días a nuestro hijo Samuel, cuando lo destacaba en una reunión con amigos. Cuando probablemente no hay nada que necesitemos más en estos tiempos de polarización y pugna contra el otro y contra nosotros mismos. Cuando quizás estemos llamados todos a ser verdaderos equilibristas en una realidad tan compleja. Lo describía muy gráfica y sencillamente él mismo con esta breve "Historia de un ascensor":

"Hola, soy un ascensor. Desde que me construyeron no he parado de subir y bajar. Al principio me encantaba llevar a la gente. Entraban y me decían a qué planta querían ir, y yo les daba lo que necesitaban. Pero ahora, después de tanto tiempo estoy un poco cansado. Cuando me decían de subir "me venía arriba". Me ponía muy contento estar en lo alto. Pero el proceso cansaba mucho. Si me decían de bajar, "me venía abajo". Es un poco depresivo estar tan cerca del suelo. Es por eso que he decidido quedarme en el medio. Puede parecer egoísta o aburrido. Pero me gusta no tener que obedecer cuando alguien pulsa alguno de mis botones. Además, por fin he podido hacer algo que nunca había hecho: ver lo que sucede en una de las plantas del edificio al que pertenezco".


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sábado, 26 de noviembre de 2022

Hay un elefante en la habitación

¿Te ha pasado alguna vez que has entrado en una habitación y te has topado de bruces con un gigantesco elefante que te miraba a los ojos, mientras la gente paseaba a su alrededor como si nada? A nosotros, continuamente. Cada vez más. Y es una sensación desconcertante. Porque no sabes si mirar para otro lado y ponerte a silbar tú también como si nada, o si tratar de hacer ver a los demás que allí hay un paquidermo inmenso, aunque haya pasado desapercibido. Pero, ¿y si resulta que se han dado cuenta, y simplemente lo ignoran? ¿Y si prefieren hacer como si no existiera, por alguna extraña razón que se nos escapa?

Hay temas que es mejor no tratar. Sobre todo en los tiempos que corren. Son como ese proboscidio de trompa gigante, que no cuadra en medio del salón, pero al que ignoramos con obstinación. Quizás porque antes que él, ya pasaron unos cuantos gatos a los que no les quisimos poner el cascabel. Y entonces, para qué molestarse.

gkhaus en Pixabay

Cuando mi madre enfermó y los augurios de todos los médicos eran tan negros, el elefante en la habitación era enorme. Se llamaba "muerte". Y es un elefante gigantesco que nadie quiere ni mentar aquí en Occidente, vaya que se presente antes de tiempo. Cuando es absurdo. Está allí. Delante de nosotros. Contemplándonos. Como siempre desde que nacimos y entramos en esta enorme habitación que es la vida. ¿O acaso se nos había olvidado que si vives morirás? ¿Que todos pasaremos por ahí? ¿Y que no estaría de más hablar de ese elefante para vivir ese trago con más normalidad, como una fase más de la vida, con menos sufrimiento e incertidumbre? Porque no somos adivinos. Y quien se queda, debe lidiar con lo que deja el que se va, incluido su propio cuerpo y sus posesiones. Menudo "regalo" es a veces todo eso, entre "seres queridos", generando trifulcas bienintencionadas (o no) entre quienes se quedan. Simplemente por no haber querido hablar a tiempo del dichoso elefante.

También hay elefantes casi transparentes o incluso invisibles en los dormitorios de muchas parejas y matrimonios. Elefantes de incomprensión, de malentendidos, de apoltronamiento, de aburrimiento, de desidia. Y prefieren mirar para otro lado y guardar silencio sobre ellos, por miedo a lo que diga el otro, o a descubrir que se han convertido, quizás, en desconocidos. Hasta que resulta demasiado tarde ya.

No sólo hay elefantes privados en los salones de nuestras casas particulares. Los hay también enormes en las enormes salas de la vida pública. Y lo peor es que no hablar de esos paquidermos se convierte en dogma, siendo señalado y vilipendiado aquel que osa hablar del susodicho bicho. Así, si se te ocurre decir que hay un problema con la inmigración, aunque sólo sea por cuestiones socio-económicas, porque eres testigo de ello en el colegio de tus hijos, o porque lo has visto en los choques entre bandas de tu barrio, puede que te digan que eres de esta ideología o de la otra. Pero ¡oiga! Que yo sólo estoy contando que estoy viendo ese elefante, dice, por ejemplo, Juan Soto Ivars. Pues no. Ese elefante no existe. Y si lo mencionas, dicen que estarás blanqueando a la ultraderecha o al fascismo. Cuando precisamente es todo lo contrario: si no hablamos con normalidad del problema que ese elefante de la inmigración representa, como si la convivencia entre culturas fuese idílica, lo que hacemos es dar toda la cancha para que luego lleguen los oportunistas, populistas e "istas" de todo pelaje y condición a señalar el problema, y con él la solución, por muy absurda y loca que sea. Pero como han sido los únicos que se han atrevido a sacar el tema, a riesgo de ser insultados por ello, mucha gente, que también veía y se callaba el problema, se sentirá identificada y "comprarán" la absurda solución que apunten, porque es la única sobre la mesa. Cuando lo que deberíamos estar haciendo es hablar del elefante sin complejos, y discutir sobre las muchas soluciones que podrían plantearse, en lugar de dejar que la única solución parezca ser la de los únicos que se han atrevido a hablar del elefante.

También hay elefantes enormes en la búsqueda de la verdad en nuestro sistema de convivencia. Un sistema en el que los medios de comunicación y las plataformas de las redes sociales están en manos de unos pocos. Polarizando opiniones a su antojo. Dividiendo para vencer. Ocultando o manipulando la verdad por intereses espurios. Hasta que, de repente, y casi por casualidad, un "outsider", David Jiménez, un simple reportero de guerra, es elegido para sorpresa de todos, nada más y nada menos que Director del periódico El Mundo. Y le toca vivir en primera persona lo que el resto de los mortales a pie de calle intuimos: privilegios, presiones, tergiversación de la verdad, manipulación de millones de personas por parte de unos pocos, mercadeo para conseguir el dinero de la publicidad...Su idealismo y lo que había vivido en tantos conflictos por todo el mundo le llevan a intentar defender lo indefendible hoy: la verdad y la independencia. A describir ese elefante. Pero contrastando su visión con los propios lectores del periódico en los kioscos, se da cuenta, consternado, que no quieren que les cuenten lo que "los suyos" hacen mal, sino sólo lo que hacen mal "los otros". Vamos, que no les venga con historias de elefantes, y que les cuente sólo lo que reafirme las creencias e ideologías que ya tenían. ¿Cómo contar la verdad con independencia si tus lectores no van a comprar tu periódico si lo haces? Menudos dilemas traen estos elefantes. Y a menuda encrucijada de polarización y división nos aboca esto, si hemos decidido no escuchar al otro, y sólo recibir el trocito de verdad (o de mentira) que nos enfrenta más a los que no opinan igual. David acabó siendo no sólo expulsado del periódico, sino condenado al ostracismo por todo su gremio. Hasta que su tenacidad le llevaron a defender su libertad de expresión primero, a hablar después del elefante sin tapujos en un libro que ha resultado ser un super-ventas, y a preparar incluso ahora una serie de televiisón sobre su experiencia.

Esta semana también va de estos elefantes. Ha habido otro inconformista, que si no ha sido despedido ya de su programa de Radio Nacional de España, poco le quedará. Se trata de Aarón García Peña, director del programa "Poesía exterior". Hace unos días explicaba el poema "Los cobardes" de Miguel Hernández, enumerando los acontecimientos sucedidos en la pandemia, carentes de sentido, de lógica, de justicia y hasta de moral. Y cómo, a pesar de todo ello, "tú, poeta, permaneciste callado". Fue un valiente alegato sobre otro gran elefante de estos tiempos, sobre el que millones de personas prefieren no hablar. El programa ha sido ya censurado de la web, aunque como lo imaginábamos, lo descargamos y lo puedes oír aquí. Y pone de manifiesto el proceso que muchos están viviendo. Algunos se nos han acercado en los últimos meses, atreviéndose a mencionar tímidamente ese elefante:

"¿Sabes que creo que lo de los trombos de mis piernas, al final ha sido por la vacuna?"

"¿Te puedes creer que parece que lo del corazón y el marcapasos, puede haber sido por la vacuna?"

"Me da la sensación que en la reactivación de mi cáncer ha tenido mucho que ver la vacuna, ¿sabes?"

"¿Sabes que parece que se está confirmando que lo de mi regla sin parar durante un mes puede deberse a la vacuna?"

Son demasiados elefantes silenciados en nuestras vidas. No poder hablar de ciertos asuntos por miedo a ser etiquetado de esto o lo otro. Sobre Ucrania y la concurrencia de culpas. Sobre los feminismos que nos rodean y que se enfrentan. Sobre la crisis climática. Sobre el "Black Lives Matter"...Tantos elefantes ignorados y suplantados por verdades oficiales, sea de gobiernos o de medios de comunicación. Y millones de personas tragando, tragando, tragando...Y los elefantes dando vueltas en la sala, mientras tanto.

En casa se han acabado los elefantes invisibles. Estamos ya hartos. Los más hartos: nuestros propios hijos. Y eso nos ha llevado a romper con las ideologías. A dejar de votar a quienes votamos, o quizás no votar a ninguno, ya veremos. A dejar de leer los periódicos que leíamos, a escuchar las emisoras que escuchábamos o a ver las cadenas de televisión que veíamos. Nada de apoyar o silenciar algo porque lo diga "fulanito o menganito". Porque algunos se creen muy progresistas, hasta que se les ve el plumero imponiendo sus verdades o acallando las de los demás, cual dictadores. Nuestra realidad la construimos nosotros. No un "tipejo" o una "tipeja" desde un atril, un micrófono, un púlpito, un sillón ministerial o el boletín oficial del estado. En casa, no hay elefante pequeño al que no examinemos de arriba abajo, cada vez que se nos cruza, sea donde sea. Y eso inmuniza contra la manipulación. Y también contra el miedo.

Visto lo visto, Mey y yo quisimos tener una reunión familiar "monotemática" sobre uno de esos elefantes de los que sólo se habla al borde del precipicio. Cuando hay poco que decidir ya, y mucho cansancio y preocupación acumulados. Que quisiéramos hablar "largo y tendido" con ellos sobre nuestra vejez, sobre nuestros planes para entonces, y sobre nuestra muerte, cuando aún estamos muy sanos, les sorprendió al principio. Pero nuestra insistencia les hizo ver que podría ser importante. Y lo hicimos paseando por los túneles de La Cala un tranquilo día del pasado mes de agosto, Finalmente fue una de las conversaciones más bellas que hemos tenido con nuestros hijos. Porque no se trataba sólo de hablar de posesiones, de testamento, y de logística. Sino de filosofía de vida. De pasión por aprovechar hasta el último aliento, y de que supieran de nuestra propia boca (y ya, incluso, por escrito) todos los detalles de cómo queríamos que fueran nuestros últimos días. Ver que no temíamos a la muerte les tranquilizó mucho. Porque si no temes morir, aunque sea mañana, es porque tu vida ha sido y es plena, y no te angustia tener cosas pendientes por vivir antes de ese momento. Y saber cómo nos gustaría que actuasen ellos entonces, les tranquilizó aún más. Incluso nos reímos "a pierna suelta" cuando descubrimos que los tres habían hablado ya de su mayor preocupación para esos momentos. Temían que con lo "hippies" que somos, nos diera por irnos de viaje con ochenta o noventa años a Nepal, y algún accidente allí nos dejara impedidos para volver. Nos encantó comprobar que nos imaginen con tanta energía y ganas de "comernos el mundo" a esas edades. Y nos fascinó la complicidad que tenemos con ellos ahora. Y cómo una charla sincera puede disipar hasta los miedos más asentados en nuestro subconsciente, siempre que estemos dispuestos a abrir los ojos ante el elefante que toque.

Vivimos tiempos de elefantes tan grandes que no caben en la sala y apenas nos dejan sitio en ella. Hablar de esos elefantes es muy sano. Si quieres probar a mirarlos a los ojos, puedes empezar por algunos de los enlaces de este mismo post. No hacen daño, de verdad. A fin de cuentas son tan dóciles como nuestros miedos les quieran dejar ser. Pero si los ignoras, y les das la espalda, quizás algún día te pueden pillar desprevenido y aplastarte en tu sofá cuando estés adormilado en la siesta. Depende sólo de ti el que proliferen. Por eso no conviene perderles el ojo.



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sábado, 12 de noviembre de 2022

Nuestro trocito de Paraíso

Todo está en silencio ahí fuera. Me he levantado a la hora habitual pero todo es distinto. Aquí el sueño es siempre más profundo. Estamos en otro planeta a tan sólo 25 kilómetros de casa y casi a 1.000 metros de altitud. Los perros del vecino no han ladrado esta noche. No sé si por la ausencia de zorros y jabalíes o porque ya se han acostumbrado a ellos. Las luces del alba dibujan los contornos de las montañas que nos rodean y van dando forma al horizonte tras el mar. Los gatos aún no se han asomado a ver si les cae algo. Y aún es pronto para que los abejarucos se lancen en picado a por las abejas. Tan sólo se escucha el tintineo del cencerro de una de las ovejas que pastan delante de casa, y el discurrir del agua que nos llega desde el manantial del cercano barranco. Saludo en silencio la majestuosidad de los árboles frutales que nos rodean. Aún no he dejado de maravillarme y de agradecer que tan pocos árboles puedan darnos tanto, tan bello y tan sabroso. Tanto como para compartir con tantos. Que ese regalo que nos dan, circule hacia nuestros familiares, amigos, vecinos y conocidos. Y que, por arte de magia, nos regrese de nuevo en forma de nuevos dones, regalos y gratitud desbordantes. Ahí están esos árboles, en silencio, simplemente siendo y dando. Sin pretender ser más. Sin quedarse con más de lo que necesitan. 


Cada vez que venimos, todo se calma dentro. La conexión con la tierra, con los árboles y con los animales es total. El ritmo cardíaco y de la respiración es otro. Se disuelven las preocupaciones, los conflictos, los pensamientos. El aquí y el ahora es lo único que existe. Mientras recolectas fruta. Mientras riegas. Mientras lavas los platos. Mientras contemplas el horizonte. Mientras agrupas las hojas caducas del otoño. Mientras alimentas a las ovejas o a los cerdos del vecino con la fruta ya muy madura o con la maleza recogida. Aquello más simple, resulta ser lo único que hay. Resulta ser todo.

Y si tras estos meses, esas son las sensaciones de un "urbanita" empedernido como yo, imaginad las de Mey, de naturaleza "india arapahoe", como solemos bromear. Se calza sus dos trenzas nada más llegar. Se pone sus mejores galas en forma de sonrisa de oreja a oreja. Y no deja de repetir sus mantras desde que llegamos hasta que nos vamos: "¡qué maravilla, por Dios!"... "¡es que esto es el paraíso!"... Con tal despliegue de gratitud, imposible no embriagarse con esta paz.

Desde hace años, fue ella la que insistía en reconectar con la tierra. Me lo repetía cual "gota en el latón". Y yo me resistía, pensando en los gastos de la universidad de los niños, en los imprevistos que siempre pueden venir, o en mil y un motivos que la mente se pone de excusas. Hasta que hace unos meses me dejé llevar. ¿Acaso cada vez que la he seguido en una de sus locuras, mi vida no ha dado un giro a mejor y a mayor felicidad? ¿Para qué tanto control y tanto pensar en el futuro? ¿Qué pinta el dinero en el banco en estos tiempos? Tan sólo acordamos varias condiciones para la aventura de buscar algo en el campo: 1.-Que no nos endeudáramos y que pudiéramos afrontarlo con nuestros ahorros 2.-Que no estuviera a más de 30 minutos de casa, para que no nos diera pereza venir con frecuencia 3.-Que tuviera una vistas preciosas, porque no queríamos estar en el campo, pero rodeados de bancales que profanan y mutilan la majestuosidad de las montañas, o de hileras de aguacates o mangos, milimétricamente ordenados por la artificialidad humana, en vez de por la magia de la naturaleza 4.-Que no nos esclavizara su mantenimiento, ya que pretendíamos continuar con nuestra actividad habitual, nuestros viajes y nuestros proyectos. 

Cuando acabamos de formular esas 4 condiciones, pensé que nos habíamos pasado con la Carta de los Reyes Magos. Que sería imposible encontrar algo así. Pero "la" Mey es "mucha" Mey. Y cuando se le junta la "vena india" con la "vena bruja" , no hay obstáculo que la detenga. Así que, como ella suele decir, puso a trabajar al Universo. Cierto es que vimos unos cuantos terrenos durante un par de meses. Pero igual que con las personas, nos dejamos guiar por las vibraciones que nos transmitían, y ninguno nos convenció. Pero apareció uno por facebook que podía cuadrar, salvo por un detalle: estaba a 40 minutos de casa, en vez de a 30. Mey me llamó por si lo descartábamos. Pero por 10 minutos no íbamos a renunciar al paraíso. Quedamos con el dueño.

Era un día feo y lluvioso. Pero fue el primer propietario que nos invitó a llevarnos en su coche y además sin mascarilla. Nos pareció un bello gesto de partida. Y la conexión empezó a fluir durante el trayecto. Las buenas vibraciones se confirmaron nada más llegar. Mey y yo nos miramos y supimos que aquel era el sitio. No tuvimos ni siquiera que decirnos palabra. Las pocas que dijimos fueron para ajustar el precio en pocos segundos, quizás porque él ya nos imaginaba viviendo allí tras la conversación del coche. Pero había un "pero": había muchos papeles que arreglar. Muchos. Porque el terreno y la casa lo tenían todo. Absolutamente todo. No teníamos nada de qué preocuparnos, ninguna obra que acometer, ni trabajo alguno que impulsar para poner los árboles en producción de frutas, incluido el riego automático y bajo tierra. Estaba todo listo para irnos a vivir de inmediato, si queríamos. Pero el asunto de los papeles estaba totalmente en el aire. Y podrían pasar meses hasta que estuvieran listos, si llegaban a estarlo. Mey y yo nos abandonamos a nuestra intuición, y en lugar de exigirle los papeles, asumimos el reto de arreglarlos nosotros, ya que la especialidad del propietario no era precisamente la burocracia. Y ahí empezaron semanas y semanas de conversaciones con la arquitecta y el técnico municipales, con los de Agricultura y el Parque Natural, con la Notaría y el Registro...Antonio nos autorizó para todo como si fuéramos de la familia. Y poco a poco todo fue tomando forma. Logramos, incluso, ahorrarle un buen "pellizco" de los gastos previstos. No era asunto nuestro, pero siempre pasa que lo que das te acaba volviendo. Y efectivamente así fue. Durante aquellas semanas se fue fraguando la amistad entre nuestras familias. Le acompañamos al "cortijo" todos los fines de semana que fue posible, y nos fue enseñando el noble oficio de cuidar aquel precioso terreno. Y de regreso a casa, trajimos las alforjas llenas de maravillosos manjares: moras, cerezas, naranjas, limones, aguacates, chumbos, higos...Es como si aquel dichoso papeleo, asumido de buenas gana y con ilusión, hubiera sido el terreno para que una bella amistad fuera fructificando. De ese modo, se diluyeron los roles de comprador y vendedor, y surgieron los de unos amigos que se ayudan, se comparten confidencias familiares, y se dan trucos para el cultivo o para la gestión de las finanzas. Comprobar que el centro lo estaba ocupando la relación entre nosotros, y no la defensa egoísta de los intereses de cada parte, fue la prueba definitiva de que la decisión era la correcta: aquel era nuestro sitio. Antonio hoy sigue teniendo llaves de todo, y nos aconseja permanentemente, porque aún somos muy "novatos". En un par de semanas nos tomaremos las dos familias un arroz allí arriba para celebrar estos meses de encuentro. Nos reiremos y quizás también lloraremos añorando a quienes pasaron por aquel cortijo o compartiendo los retos del futuro.


Si nos lees desde hace tiempo, ya sabrás el nombre que le hemos puesto a nuestro trocito de Paraíso: PEPONI. Pero por supuesto, no hace falta comprar ningún terreno para encontrar tu trocito de Paraíso. Hay paraísos de éstos por todas partes. El principal, dentro de ti. Sólo hace falta que ese paraíso te regale silencio fuera, para que crezca el silencio dentro.


Nosotros, en nuestro caso, hemos dado este paso porque es algo que nos hacía mucha ilusión desde hace tiempo. Y las ilusiones son para vivirlas, no para llevárselas a la tumba. También porque se hace preciso dar al campo, al agricultor y al ganadero la importancia que nunca debieron perder. No es una decisión para escapar del ruido, de las noticias, o del miedo imperante. No es una huida. Es un reencuentro con la tierra, con lo sencillo y con lo más auténtico de cada uno de nosotros. Con lo más primario. Allí nos encontrarás si estallan pandemias, guerras o catastróficos cambios climáticos. Viendo esos atardeceres que quitan el hipo. Sintiéndonos hormiguitas en medio de tanta inmensidad. Riéndonos a carcajadas de la convicción del ser humano de ser el ombligo de todo. Retomando la conexión que perdimos creyéndonos más conectados que nunca con nuestras pantallas. Tratando de atisbar las cumbres de África en los días más claros. Observando las estrellas y la luna cada noche. Viendo las luces de la costa y de los barcos a lo lejos. Contemplando el ritmo y los ciclos de la vida. Ilusionados hasta la extenuación. Sintiéndonos vivos, muy vivos.


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sábado, 29 de octubre de 2022

Malo conocido

"Ten cuidado ahí fuera"
"No te fíes de nadie"
"La gente es mala"
"Cuidado con los virus, las bacterias y los hongos"
"No toques eso"
"No te ensucies"
"Cuidado con los viajes"
"Desconfía de los extranjeros, que nos quitan el trabajo"
"El futuro da miedo"
"La cosa se va a poner muy fea"
"Si no te pinchas, morirás, o matarás a tus mayores"
"Hazlo: no seas un irresponsable o un insolidario"
"Tú, como los demás: no intentes ser distinto"
"Que no te señalen"
"Cuidado con el qué dirán"
"Ten cuidado con lo que respiras"
"El cambio climático nos va a matar"
"El botón rojo de Putin también nos va a matar"

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A mi hijo Pablo su profesora le dijo una frase del estilo de las anteriores cuando tenía 5 ó 6 años: "Es imposible que de mayor seas escritor". Él había llegado a clase emocionado por los "cuentos" de Macbeth y del Rey Lear que su madre le contaba cada día. Le dijo a su profe que él quería ser como Shakespeare. Y aquello le debió parecer tan absurdo a aquella mujer, que le salió del alma aquella frase. Pablo llegó a casa llorando.
Una frase así a un niño de 6 años, viniendo de su queridísima profesora, es una tumba de sueños. Frases similares, como las anteriores, viniendo de familiares, de amigos, del telediario o de tu instagram, también. Si las interiorizas se convierten en hipotecas para tu futuro. En lastres del porvenir, En creencias limitantes.
Hace unos días compartí un vídeo sosegado y respetuoso de la Doctora Karina Acevedo dirigiéndose a las personas vacunadas. Llevamos dos años yendo a las fuentes directas, a los estudios científicos y a las estadísticas oficiales, para no conformarnos con lo que dicen los medios y las redes de modo interesado. Y por desgracia, todo lo que esta científica ha venido diciendo se ha ido confirmando. Por eso nos pareció importante compartir su mensaje y sus contrastados argumentos. Por evitar más sufrimiento innecesario. No pedíamos a nadie ni que se apuntara a ninguna secta antivacunas, ni que se inscribiera en la cofradía de los conspiranoicos, ni que se afiliara al sindicato negacionista o bebelejías. De verdad. Tampoco ganamos ninguna comisión ni remuneración económica por ello. Pretendíamos simplemente compartir conocimiento. Y que aquellas personas en las que resonara ese mensaje, pudieran difundirlo para evitar los daños y las muertes que se están produciendo sin sentido. Pero buenos y grandes amigos me reprocharon mi "osadía". Dudo siquiera que llegaran a ver el vídeo. Simplemente les pareció que podía estar disparando a la línea de flotación de algunas de sus creencias, expresadas al principio de este post. Y salió de ellos la ira, la desconfianza, el ego. Y es curioso, porque algunos de ellos nos han pedido consejo desde hace años. Se han fiado de nosotros en cuestiones íntimas y muy personales. Pero en cuanto sintieron esta semana que se podría poner en duda su creencia, debían defenderse "como gato panza arriba". Ya no éramos las personas de confianza y con criterio de siempre: éramos una amenaza.
Si no te dejas interpelar por los demás, malo. Si no permites ni escucharlos y aduces todo tipo de argumentos para aferrarte a tu creencia, peor. Y por desgracia, las excusas empiezan a escasear y a ser más débiles cada vez. Que si nadie dijo que las vacunas evitaban la transmisión (¿cuál era entonces el sentido del pasaporte Covid?). Que si los ictus, miocarditis y cánceres reactivados pueden ser por la Covid que se tuvo hace un año. Que si efectos secundarios siempre los ha habido. Que si los muertos por las vacunas pesan igual que los muertos antes de las vacunas. Que si no hubiera sido por estas vacunas hubiéramos muerto muchos más, o casi todos. Que si la verdad es lo que los ciudadanos creen que es verdad. Que si todos son igual de mentirosos. Que mejor ni escuchar el mensaje cuando siempre va a haber alguien hablando mal del mensajero. La verdad es que ya he escuchado tantos argumentos justificativos, que pienso que la mente, como el papel, lo admite todo. Sobre todo cuando hay miedo, o cuando hay una creencia limitante que no estás dispuesto a poner en duda.

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Dejar de soñar. Dejar de abrazar. Dejar de viajar. Dejar de disfrutar de la libertad. Dejar de compartir...Todo eso hacen las creencias limitantes. Por eso estábamos tan felices este fin de semana en Córdoba, comprobando cómo nuestro hijo Samuel se adentraba de lleno en la confrontación de las creeencias limitantes, tomando control de sus propias limitaciones, y asumiendo de lleno que no tenemos más límites que los que nos auto-impongamos si hacemos la tontería de tragarnos "a pies juntillas" aquello que nos limita sin contraste alguno.
Es una pena, porque creencias así, anulan la parte divina que todos tenemos. Ese Dios que todos somos. Y que tan bien expresó el místico sufí Abdaláh, cuando ante sus verdugos dijo: "Yo soy dios, y Dios es yo, cuando ceso de ser yo". Cuando dejamos de identificarnos con nuestro ego. Con nuestras creencias. Con lo que defendemos. Entonces aflora nuestra esencia. Nuestra parte más auténtica. Nuestra divinidad.
Cuando dejamos de aferrarnos a nuestro ego y a nuestras creencias limitantes, brota un torrente de autenticidad, que lo inunda todo. Hace unos días lo experimentó Mey hablando con una buena amiga. Le preguntó si se iba a poner más dosis de la "vacuna", tras lo que se había visto en el Parlamento Europeo y tras la cantidad de gente que a nuestro alrededor está enfermando. Ella dijo que por supuesto que no. Que nunca quiso ponérselas pero que cedió a la presión de su familia. Mey trató de disculparla, porque esas presiones son casi insuperables. Y ella, con una entereza que no hemos visto en nadie en estos meses, dijo: "No, Mey. La culpa fue mía. Sólo mía. Yo fui responsable de ceder a la presión. Ha habido algunos que no lo han hecho". Cuando me lo contó, me quedé boquiabierto. Nada de aferrarse a excusas. Nada de esconderse tras las frases "facilonas" y los argumentos "de mentirijilla" del telediario. Nada de egos. Soy responsable de mis actos. Punto.
Carl Jung decía: "aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzcan tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma."
Cuando iniciamos la andadura de nuestro blog hace 10 años, pusimos de fondo una imagen del planeta Tierra, como dando a entender que estábamos buscando el lugar donde contruir un mundo diferente para vivir. Pero ese mundo no es un lugar. Está dentro de nosotros. Y puede ser un auténtico paraíso. Eso sí: como le pongas muros, barrotes y fronteras a ese mundo que habita en tu interior, sin más, mal vamos. Porque entonces te acabarás creyendo aquello de "virgencita, virgencita, que me quede como estoy". O peor aún, aquello de "más vale malo conocido que bueno por conocer". No te conformes con lo malo conocido. No te conformes con menos de lo que mereces. No te conformes con lo que te han hecho creer. Contrasta lo que te dicen, si te limita. Sueña. Vive. Vuela.


sábado, 15 de octubre de 2022

Ruedas de molino

Nunca antes la realidad había sido tan compleja. Entender la pandemia para que no nos "tomen el pelo" sin saber algo de Biología, Virología o Epidemiología, es tarea imposible. Entender la guerra de Ucrania, sin unas nociones mínimas de Geopolítica o de la Historia de la que nace el conflicto, se antoja complicado. Por ello nunca fue tan necesario indagar y reflexionar, y así poder entender, posicionarse y decidir en un entorno tan cambiante como el actual. Debemos cultivar las ansias por saber más. Y sin embargo, las consignas, los tópicos y las frases hechas dominan la actualidad como nunca había sucedido. Prueba de que se quiere simplificar lo que es complejo. Prueba de que quieren que cedamos nuestro entendimiento, y quizás hasta nuestra voluntad. O prueba simplemente de que nos gusta el "pan y circo", y para qué nos vamos a complicar mucho, la verdad.

Cuando este verano p
arecía que Pablo se quedaría en EEUU, nos pidió consejo sobre qué libros, artículos, series y películas le aconsejábamos, previendo largos días de asueto y soledad. Sin dudarlo, le dijimos que buscase todo lo que reforzase aquello que blinde sus defensas contra la manipulación y lo que haga aflorar su máxima sensibilidad en pro de la libertad. Y le sugerimos que no dejase de leer todas las obras distópicas que cayeran en sus manos, porque de eso van los tiempos que vivimos: de pura distopía.

En el manual de cabecera de todo buen manipulador distópico, sea político, directivo de alguna farmacéutica o gerente de algún medio de comunicación, el capítulo primero lo ocupan, sin duda, los "buenismos". Esas grandes frases o afirmaciones filosóficas que ningún  ser humano de este planeta osaría poner en duda. Pero tras ellas, buscan nuestro voto, nuestro dinero, nuestra energía, nuestro consentimiento o nuestro tiempo. Frente a un "buenismo", la más mínima objeción supondría directamente una afrenta contra la lógica y contra toda la condición humana. ¿Recordáis aquello de "invadimos Irak para evitar el uso de las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein"? ¿Quién podría oponerse a algo así? ¿Para qué vamos a discutir tan noble intención? No hay nada que hablar ni objetar. Por supuesto que sí. Lástima que hubiera un pequeño detalle: lo de esas armas era pura invención. Un detalle sin importancia que supuso miles de muertos, y la ocupación de un país por puros intereses petrolíferos. Y menos mal que hubo resistencia en la calle con el famoso "No a la guerra", gracias a que entonces sí hubo algo de contraste de opiniones en los medios de comunicación. Pero, ¿y si los medios de comunicación y las redes sociales se convierten en los "mariachis" o en la "comparsa" de quienes lanzan esos "buenismos" sin fundamento? Vamos, vamos...No quiero ni pensar lo que eso supondría.
¿Os imagináis que nos dijeran que hay que vacunarse porque si no, eres un ser insolidario y ruin? Por favor, ¿quién va a querer ser tan mala persona? No se hable más: ponga usted cuatro o cinco "chupitos" del brebaje que haga falta en mi brazo, por favor. ¿Y si además llamamos "vacuna" a lo que es una técnica totalmente nueva, para simplificar términos y que la gente lo asocie con lo de toda la vida, aunque no tenga nada que ver? Si es sólo por no complicar las cosas.... ¿Y si lo ponemos en los dibujos animados o en los ejercicios de los libros de texto escolares, para dejar claro que la postura "buena" es vacunarse y la "mala malísima" no hacerlo?...¡Qué gran idea! Anda, que si te dijeran que te vacunes para proteger a tus seres más queridos, ¿acaso no lo ibas a hacer? Por favor...Pues claro. O imagina que te piden que te pinches para "doblegar la curva". Sin dudarlo, hombre. ¡Cómo no! Pelillos a la mar si luego el susodicho "potingue" de ARNm ni evita la enfermedad ni evita la transmisión. Si luego, por ejemplo, el 90% de los contagiados y el 84% de los muertos por covid en el primer trimestre del 2022 han sido personas perfectamente vacunadas . Eso es un "detallillo" sin importancia. ¿Y lo tranquilos que hemos estado mientras, creyéndonos que protegíamos a los nuestros con el pinchazo-fake?

Oye, ¿y si te dicen que es para luchar contra una enfermedad gravísima con una letalidad altísima, y te llenan la retina de imágenes televisivas de moribundos y féretros? ¿Acaso no vas a querer combatir eso? Por supuesto. ¿Que luego resulta que en España, como en el resto de mundo, los datos oficiales del Ministerio de Sanidad muestran lo contario? Pues mala suerte. Pero incluso en lo peor de 2020, si bien la letalidad o mortalidad del covid (IFR) era del 4% en mayores de 70 años (sobrevivían 96 de cada 100 contagiados), caía hasta el 0,3% en personas de entre 50 y 70 (sobrevivían 997 de cada 1.000) y era muy cercana a cero en personas sanas menores de 50.

Pero, ¿y si se produce un exceso de mortalidad inexplicable y sin precedentes, como el de este pasado verano? ¿Quizás no habría que preguntarse si la vacunación masiva de toda la población en un ensayo clínico así pudo tener algo que ver? Pues no. El "buenismo" aconseja que lo atribuyas al calor que dicen que ha hecho, y no a una crisis médica por esta "vacunación", como ya manifiestan sin ocultarse médicos y científicos. Y como el exceso de muertes es enorme, y ya no cuela atribuirlo al calor o al Covid, pues el resto, ya se verá. ¡Es lo que hay!
Oye, y si resulta que empiezo a notar a mi alrededor, entre familiares y amigos, eventos raros de salud que antes no se producían con tanta frecuencia, y empiezan a aflorar centenares de estudios científicos que relacionan esos efectos con las vacunas Covid-19... ¿tampoco deberíamos exigir explicaciones? Hemos sabido de gente joven y deportistas que mueren fulminados. Gente afectada de ictus, trombosis y trombocitopenia, embolia pulmonar, miocarditis y pericarditis, fibrilación atrial, angina de pecho, palpitaciones, taquicardias y arritmias (la miocarditis o inflamación del corazón en menores de 40 implica que se les ha causado un daño de modo gratuito, dada la levedad del covid para ese rango de edad, habiendo adolescentes a los que la vacuna les ha multiplicado el riesgo 133 veces más de lo normal). También hemos sabido de graves efectos adversos oculares, dermatológicos, inmunitarios y neurológicos, como trombosis del seno venoso cerebral, parálisis facial de Bell, mielitis transversa aguda y herpes simple y zoster. Y eso por no hablar de los numerosísimos desórdenes menstruales y de la reducción de fertilidad masculina que se escucha por todos lados.
¿No deberían los afectados pedir explicaciones? ¿No deberían exigir transparencia? ¿No deberían clamar al cielo los miles de médicos que están presenciando y tratando esos efectos adversos? ¿Dónde se quedó la indignación? Se esfumó. Demasiadas implicaciones. Demasiada dejación. Y para colmo se le echa la culpa, especialmente de los numerosísimos problemas cardíacos de estos últimos meses, a causas tan esperpénticas como: el dormir mal,  las fiestas, la contaminación, el fútbol, la carne roja, los videojuegos, o incluso la pizza Margarita o las gambas (de verdad, no es broma: todo eso se ha llegado a publicar, como veis en los respectivos enlaces)
¿Y tampoco deberíamos preguntarnos cómo justificar que se vacunara a jóvenes y ancianos indistintamente, siendo el riesgo para un joven 1.000 veces inferior que para un anciano? Tampoco. ¿Ni tampoco que puede que las vacunas no fueran tan seguras ni efectivas, ni que fuera tan real aquel 95% de eficacia que nos repitieron hasta "en la sopa"? No. No te preguntes cosas así.
El "buenismo" de turno también nos dirá que no tiene importancia que esta misma semana, Pfizer haya reconocido ante el Parlamento Europeo que su vacuna nunca fue testada para frenar la transmisión del virus antes de salir al mercado; que la CDC reconociera errores en la respuesta a la pandemia en EEUU; o que el mismísimo Anthony Fauci haya anunciado que deja su cargo en diciembre. Nada que objetar. O quizás, incluso, nada que publicar en los medios, vaya que se note mucho.
Es lo bueno del "buenismo": que adormece al individuo, enturbia su entendimiento, y crea mundos para "lelos" (para atontarnos, vamos). ¿Acaso os habéis olvidado ya de la Hipnopedia que describía Huxley en "Un Mundo Feliz" para "educar" a la población en las creencias que interesaban al régimen de turno, mientras dormía? Pues eso, pero mediante medios de comunicación y redes sociales: todo muy moderno, sofisticado, y sin tener que dormirte ni siquiera.
El "buenismo" durante la pandemia ha funcionado. Y todo el que lo ha puesto en duda, ha sido tachado de "negacionista" o "bebelejías". Pero, a tenor del descalabro final en las cifras de las últimas dosis de vacunas, parece que ha habido mucha gente que se ha dado cuenta de la "patraña", y se ha bajado ya de la "trola". Y a toda esa gente ya no habrá quien se la cuele, ¿verdad? Craso error. Me temo que más de uno ha repetido con lo de Ucrania, y ha vuelto a tropezar con las mentiras de turno.
 
¿Eres de los que repite hasta la saciedad que la subida de los precios es por culpa del malo malísimo de Putin? Uy, uy, uy....A ver si va a ser más complicado que eso...A ver si esta historia va más allá de Don Goliat Rusia, aplastando a Don David Ucrania. ¡Que en los "buenismos" nos encanta ponernos del lado del débil! Cuidadín. ¿Y si la guerra realmente es entre EEUU y Rusia, eso sí, en el tablero ucraniano y europeo? Evidentemente no podemos dejar de criticar la desproporcionada, brutal e injustificable reacción rusa. Pero ello no debe nublar nuestro entendimiento, y debemos ser capaces de discernir que aquí se juega algo más. Así, el pobre pueblo ucraniano quizás sea el inaceptable daño colateral inocente (no así su gobierno) de un conflicto entre EEUU y Rusia causado por la expansión hacia el Este de la OTAN, forzada por EEUU, que desoyó las advertencias rusas durante 15 años y despreció las reticencias mostradas por Francia y Alemania.
El "buenismo" nos dirá que Zelensky es un estadista de talla internacional, todo un "moisés bíblico" según alguna editorial, al que aplauden parlamentos y gobiernos de todo el mundo. ¿Cómo no respaldarle? Pero, ¿debemos olvidar que Ucrania es uno de los países más corruptos del mundo y que ya en 2019 el 12% de su población (más que Venezuela) había tenido que emigrar? ¿Debemos olvidar que uno de sus oligarcas, acusado de alzamiento de bienes, fue valedor de Zelensky y que en mayo del 2021 éste mandó arrestar al líder de la oposición parlamentaria democrática prorrusa y cerró de manera totalitaria todos sus medios de comunicación con el visto bueno de los americanos? ¿Nada que objetar tampoco a que Zelensky ordenara la suspensión de actividades de once partidos de la oposición? ¿Y miramos también para otro lado cuando hasta Amnistía Internacional denuncia las técnicas de combate ucranianas que ponen en riesgo a los civiles? ¡Cómo se las gastan los americanos eligiendo socios! Parece que se les hubiera olvidado ya lo de Bin Laden... 
Y ya que nos hemos puesto "preguntones": ¿de verdad nuestros líderes y burócratas europeos están defendiendo los intereses de sus ciudadanos, o le están "haciendo la ola" a las consignas de EEUU? Porque a juzgar por los resultados, parece que primero han disparado y después han apuntado. ¡Qué decisiones tan meditadas en cuanto a sus consecuencias para millones de ciudadanos europeos! Sólo hay que ver las sanciones que nos estamos auto-imponiendo y las declaraciones incendiarias de estadistas europeos, que se daban golpes pacifistas en el pecho hasta hace dos días, y que ahora están emocionados enviando armamento pesado a las milicias ucranianas para que le den una "lección" a Rusia. ¿A nadie le choca esta ausencia de búsqueda de soluciones pactadas y este intento por mantener latente el conflicto?
¿Y si recapacitamos sobre el hecho de que las decisiones sobre gasto militar y el entendimiento entre Europa y Rusia en materias tan sensibles como el gas y el petróleo hayan saltado por los aires en cuestión de días con lo de Ucrania, beneficiando a los americanos, ansiosos por vendernos su armamento y su gas licuado, traído en barco, y mucho más caro, lógicamente?
Y respecto a los sabotajes en los gaseoductos: ¿tampoco somos capaces de hacer un mínimo análisis racional de quiénes pueden estar más interesados en perpetrarlo?

¿Acaso si la actual expansión de la OTAN hasta casi las mismas fronteras rusas se hubiera producido por el antiguo Pacto de Varsovia en territorio mexicano, por ejemplo, no habría habido una respuesta muchopeor por parte de los americanos, como se vislumbró en la famosa "crisis de los misiles" de Cuba?
Y por supuesto, a pesar del "machaque" del "buenismo" de los aliados en torno a EEUU, ¿a nadie le choca que los mismos que hoy se rasgan las vestiduras por la invasión rusa en Ucrania (que según Naciones Unidas ha causado hasta ahora varios centenares de civiles muertos) causaron cerca de 70.000 muertes civiles en Afganistán y 200.000 en Irak? ¿Tampoco nada que objetar sobre el sistemático bombardeo en 1999 de Serbia por parte de la OTAN sin declaración de guerra ni mandato de Naciones Unidas, cayendo misiles y bombas durante 78 días seguidos que destruyeron la infraestructura del país y causaron 500 civiles muertos? ¿Acaso la vida humana tiene distinto valor en función del color de la piel, la religión o la nacionalidad?
 
Por si fuera poco el "buenismo" adormecedor que se ha producido durante estos meses, con miles de fallecidos, damnificados y empobrecidos física y mentalmente, nos vienen esta semana con la "gravísima" historia de los insultos machistas en un colegio mayor de Madrid. Por supuesto que hay que erradicar esas actitudes. Por supuesto que hay que sancionar hasta que desaparezcan las tradiciones machistas. Yo mismo fui testigo de ellas hace 30 años en esos mismos colegios mayores, y me negué a participar en ellas. Pero, ¿de verdad merecen esos gritos la atención del Presidente del Gobierno, de sus ministros, y de la Fiscalía, así como los ríos de tinta vertidos en la última semana por los mismos medios de comunicación que callan en tantos y tantos asuntos de extrema gravedad? ¿No hay cosas más importantes a las que dedicar las energías? Basta con echar un vistazo a los párrafos anteriores...A no ser que de lo que se trate sea de distraer la atención, con "buenismos" de todo "pelaje", sean raciales, de género, o de progresismo barato, para evitar que nos dé por prestar atención a lo importante, y hacernos preguntas.
El mundo actual no tiene que ver con la defensa de los derechos humanos o de los valores democráticos, por mucho que nos "martilleen" con ello las películas de Hollywood, o las ruedas de prensa de la Casa Blanca. El mundo actual se rige sólo y exclusivamente por juegos de poder y de intereses económicos. Incluidas las tan cacareadas alianzas, como la OTAN, o los organismos nacionales y supranacionales como la CDC, la FDA o la OMS. Depende de nosotros si miramos para otro lado, o no estamos dispuestos a "comulgar con ruedas de molino". Aunque visto lo visto, hay millones de personas con las "tragaderas" muy anchas, poniéndose morados a base de pedruscos.
Por favor: dejemos de ver tanta "tele". Dejemos de tragarnos tanta mentira que insulta a la inteligencia. No dejemos que nos metan el miedo en el cuerpo, como clamaba el querido Jesús Quintero. Quizás lo necesitemos para detener esta guerra, protestando en las calles, y evitando así que envíen a nuestros hijos o nietos a luchar absurdamente. O quizás sea necesario para detener esta absurda farsa de vacunas, mascarillas y pasaportes inútiles. No dejemos que nos la cuelen tan fácilmente. Por favor.

 

 

martes, 4 de octubre de 2022

Si la vida te da calabazas

Era mi regalo más deseado. Y quizás por eso ni lo había dicho en voz alta. A nadie. Para evitar el "mal fario" antes de soplar las cincuenta velas. A fin de cuentas, el NO ya lo tenía por delante, y mi regalo era totalmente imposible. Pero, ¿y si a base de desearlo en silencio, con todas las energías, los imposibles se hicieran realidad? ¿Y si los mantras de vida, invocados y repetidos, se acaban realizando? ¿Y si de verdad a base de creer, creamos otro mundo? Ésa es "la especialidad de la casa" y de la familia. Y el cartel de la cocina nos lo recuerda a diario: "A winner is a dreamer who never gives up" (El que lo consigue es un soñador que nunca  se rinde). Sin embargo, esta vez no me tocaba mí ser ese soñador. 

El Universo funciona perfectamente con o sin nosotros. Lo siento, pero es hora ya de darse cuenta. Lo queramos o no, a pesar de pandemias, de virus, y de egoísmos internacionales recalcitrantes, no podemos confundir lo que está sucediendo con lo que a mí me está sucediendo. Por eso no podemos cambiar el Universo. Lo que podemos cambiar es la experiencia individual de lo que sucede fuera. Esa experiencia que a veces llamamos "injusticia" o "mala suerte" no es más que la sensación de fracaso por pasarnos la vida luchando contra lo que la vida nos da. Y depende sólo y exclusivamente de nosotros. Porque lo siento, pero si así lo decidimos, tenemos la capacidad de adaptar nuestro ego a lo que el Universo trae debajo del brazo.

¿Que la cosa viene torcida? Pues sí, eso pasará muchas veces. Pero no queda otra que "currarnos" la actitud y aceptar lo que viene. Pero no aceptarlo de forma sumisa o sin criterio. Sino comprendiendo, y estudiando las leyes del Universo y los procesos pedagógicos de lo que debemos aprender por el camino. Dándonos cuenta de que todo aquello a lo que hagamos resistencia, se manifestará con más fuerza dentro de nosotros.

Esa tolerancia a la frustración ante las calabazas que da la vida debería ser el principal tesoro que demos a nuestros hijos y a las generaciones venideras. Porque sin la resiliencia, y con la que puede caer, ¡agárrense que vienen curvas! Por favor, no les ahorremos el aprendizaje de unas buenas calabazas. La capacidad de superación y de sobreponerse a las malas noticias o a las injusticias no tiene precio. Sobre todo en estos tiempos. 

Samuel lo experimentó cuando consiguió plaza en dos facultades para hacer Fisica en Toronto (Canadá). Su sueño parecía cumplirse. Pero al no conseguir beca, el precio ya sólo de la matrícula era inasumible y tuvo que desechar esa opción. Le dolió el golpe, se levantó, y hoy está triunfando en Córdoba, planificando sus posibles líneas de investigación en plasma y fusión nuclear.

Lo de Eva fue más doloroso. Se quedó a unas centésimas de entrar en la final para la beca que llevó a Pablo a hacer el Bachillerato Internacional a Italia. Era el primer intento y aún era pequeña: las opciones para volver a intentarlo el curso siguiente eran más que halagüeñas. Pero llegó la pandemia del miedo, y esa segunda oportunidad no llegó. Impusieron a los candidatos vacunarse. Si no lo hacían, no podrían acceder a la final, en una decisión tan injusta como absurda. Y más aún viniendo de una institución que siempre había velado por el diálogo entre las posturas discrepantes. Que siempre había hecho del hacerse preguntas su seña de identidad, como forma de hacer avanzar la ciencia. Eso hasta ahora. Ahora hacerse preguntas le podría acarrear etiquetas incómodas, o romper contactos muy valiosos. Mejor optar por el mal menor de dejar injustamente fuera a estudiantes no vacunados como Eva. Por supuesto, no nos lo callamos ante la máxima responsable de la institución en España, a la que admirábamos y con quien teníamos confianza. De nada sirvió. El golpe fue durísimo para Eva. Y hoy aún lucha por sacar adelante el Bachillerato Internacional, aunque sea aquí, en su tierra. 

Tampoco Pablo se ha quedado fuera de estos procesos que, tarde o temprano nos llegan a todos. En menos de un año ha empezado a entender estos principios que millones de personas parecen ignorar. Durante meses había creído lo que la "tele", sus amigos o instagram repetían como papagayos. Se había metido de lleno en esa realidad construida por otros. Y se negaba a cuestionarla, o a hacerse preguntas. No quería cambiar su experiencia individual de lo que parecía pasar fuera. Y estaba irritado, con miedo y cargado de indignación y desequilibrio entre lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía. La presión del grupo era demasiado fuerte, y no hay un ser más social que él. Hasta que algo en su interior se movió en estos meses. Algo quizás imperceptible. Quizás la sensación de que realmente estamos solos en el Universo, y que solos deberemos dar respuesta a lo que el Universo nos plantee. Y de repente surgió en él una valentía y una convicción que le ha hecho madurar años en apenas un puñado de meses. No hablo sólo de superar un curso difícil a miles de kilómetros de la familia o de la novia. No hablo de compaginar estudios y trabajo, o de independencia económica. No hablo de superar la soledad o de salir del rebaño. Hablo de esas ansias por entender en profundidad lo que está pasando, para aceptarlo primero, y para cambiar después tu respuesta individual. Hablo de cuestionarlo todo, de arriba a abajo, sin miedo a desdecirte o a parecer incoherente con lo dicho o creído hasta ahora. Pocas personas conozco con la valentía suficiente para hacer eso. Y empezó a devorar todo lo que le llegaba para entender. Empezó a atar cabos. Empezó a sentirse fuerte en la soledad de sus decisiones. Y en ese proceso de aceptación, logró una claridad que nunca antes le habíamos visto.

Acabado el curso, y tras semanas de gestiones, tenía sobre la mesa una oferta de trabajo de una sólida empresa, American Fidelity, pudiendo compaginar el trabajo con los estudios, y ejercitarse de lleno en lo que está aprendiendo en clase sobre bases de datos. Todo parecía cuadrar. Pero en el último momento, apareció la "injusticia" de turno. Esa "mala suerte" que parece perseguirnos a todos. Y lo hizo en forma de chantaje: "O te vacunas contra la Covid-19 o no hay contrato", parecía decirle el destino. Justo cuando más convicción había alcanzado sobre no hacerlo. Ahora que su decisión era firme, el Universo le ponía a prueba, confrontando esa determinación con lo que más deseaba en ese momento: esa gran oportunidad laboral. Al principio se lo tomó muy mal. ¿Qué sentido tenía ya por junio/julio imponer algo así, cuando ya se sabía tanto sobre la eficacia, seguridad y necesidad de estos experimentos? ¿Cómo podían ponerle ese "ultimatum" cuando su trabajo no era presencial y no había peligro de contagio alguno? ¿Cómo podía ser que le obligaran a ponerse en riesgo, cuando su decisión de no vacunarse ya era firme, y avalada por multitud de tratados internacionales? La realidad era tozuda, y le confrontaba con lo que le habíamos advertido, que no era otra cosa que preparar la defensa formal de su decisión, minoritaria y perseguida. Y si antes no lo había hecho por verlo lejano e inconcreto, esa oferta de trabajo, con su absurda exigencia, le acabaron de convencer. No podía dejarlo pasar. No podía rendirse justo ahora.

Removió "cielo y tierra" contactando a más de doscientos médicos americanos. Y recopiló documentación médica de los antecedentes familiares de su abuelo paterno por problemas cardíacos, de su abuela materna por trombos y de su inmunidad natural por haber superado el Covid-19 en febrero de 2021. Todo ello posibilitó que le firmaran una excepción médica inapelable frente a la vacuna. Y con ella, la empresa no tuvo más remedio que firmar el contrato, aceptando la excepción médica punto por punto. Con esas calabazas, Pablo había hecho un buen guiso. 

¿Cuántos miles o millones de personas se habrían visto violentados en su decisión o en su libertad en decisiones parecidas a lo largo de estos dos años? ¿Cuántos habrían sucumbido ante los anuncios y los globos-sonda, ante la persecución desmedida contra el que actúa distinto? ¿Cuántos habrían seguido al rebaño sin más, por no ser señalados, por no sentirse solos? 

Su batalla y su victoria le reafirmaron aún más. Lo había conseguido porque no había dejado de soñar, ni se había rendido en ningún momento a pesar de ir contracorriente. Y si lo había conseguido confrontando a una empresa gigante como ésta respecto a una oferta de trabajo, ¿por qué no iba a ser capaz de hacerlo confrontando a la todopoderosa CDC americana y a las compañías aéreas, que le decían que si salía de EEUU para ver a su familia en España, no podría regresar a EEUU sin vacunarse? Demasiado tarde para ponerle obstáculos ya. Había experimentado el poder de su libertad y de la coherencia de los actos. 

Pablo y su novia, que había ido a visitarle, se reunieron con nosotros en nuestras vacaciones gallegas, en un vuelo hasta Coruña desde Oklahoma con dos escalas. Los vuelos estaban a unos precios desorbitados, pero ya se las arregló para encontrar vuelo barato de ida y vuelta con escalas europeas. A esas alturas eso estaba "chupado". Y ya está de nuevo de regreso en EEUU. No hubo problemas ni en el vuelo de ida ni en el de vuelta con su excepción médica. Y ya tiene reservado vuelo de nuevo para venir estas Navidades, por primera vez desde que está en la Universidad.

Mi regalo más deseado se había cumplido. Pude tener a mis tres retoños juntos en las vacaciones más entrañables de mi vida. A los tres les ha dado calabazas el destino. ¿Y qué? Ahora los tres son mucho más fuertes.