sábado, 24 de septiembre de 2022

Empujoncitos

Probablemente era el empujoncito que necesitábamos para volver a escribir. Apenas unas frases de una completa desconocida. Una pregunta lanzada al aire desde miles de kilómetros de distancia. Una búsqueda de conexión. "Hola. Me llamo Marina y vivo en Suecia. Disculpa que te moleste, siendo que soy una perfecta desconocida. Pero he visto en el facebook que eres amiga de Mey y de Rafael y quería sólo preguntarte si sabes si ellos están bien. Los seguía en el blog, pero hace tiempo que no publican nada y no encontré ningún contacto para comunicarme con ellos. Perdona por el atrevimiento. Hasta siempre"

¿Qué mueve a una extraña a preocuparse por ti, viviendo tan lejos? ¿Qué le hace indagar en tu círculo de amistades para saber de ti? ¿Qué pensaría que podría haber provocado tu silencio de todos estos meses? ¿Una enfermedad? ¿Quizás una muerte? ¿El virus? ¿El cansancio? ¿El hartazgo? ¿La renuncia respecto a todo lo compartido estos años?

Sentir que le importas a una desconocida. Alguien que no busca tu dinero, tu fama, tu poder o tu conocimiento. Sólo saber si estás bien. Si te ha pasado algo. Si sigues ahí. Si continúas en la brecha. Arrimando el hombro. Persistiendo en esa búsqueda compartida. Insistiendo en que un mundo diferente es posible y necesario, y que puede estar a la vuelta de la esquina. Sentirte parte de una misma familia cósmica. De esa que no entiende de sangre ni de parentescos, sino sólo de principios, de anhelos, de energía, de vibración....¿Acaso puede existir mayor motivación para volver a escribir? ¿Acaso no es esa la conexión esencial o el pilar básico de ese mundo diferente para vivir? Aunque sólo fuera por Marina. Aunque nuestras palabras hiciesen eco en el posible vacío de esta inmensa sala. Aunque sólo fuera por el empujoncito de sus palabras, aquí estamos de nuevo.

¿Qué nos llevó a dejar de escribir todos estos meses? Necesitábamos pensar. Necesitábamos descanso. Han sido meses muy intensos en lo material y en lo emocional. Meses de restructuración patrimonial. De preciosos e inesperados reencuentros familiares. De nuevos proyectos en familia (de todo ello os daremos cumplida cuenta). También de dudas, porque mucha gente se ha alejado de nosotros en estos dos últimos años. De celebración, ya que alguno hasta hemos superado el medio siglo en estos meses. Y por supuesto, de una intensa sensación de "todo está ya dicho tras todos estos años". ¿Valía la pena seguir compartiendo? ¿Acaso no es insistir e insistir, cuando los mensajes ya están ahí, las cartas sobre la mesa, y nos toca jugar a cada uno de nosotros la partida? ¿De qué vale seguir con la "matraca", si sólo depende de cada uno la toma de decisiones? Porque lo de ese mundo diferente para vivir, va de eso: de decisiones. Por eso ese pensamiento y esa conversación de si continuar o no escribiendo, nos rondó varias veces estos meses. Pero también nos dimos cuenta de que cuando nos tomamos un café con un amigo, no dejamos de tomarnos otro a la semana siguiente, aunque pudiéramos repetir la misma conversación. Nos tomamos ese segundo café o todos los que haga falta porque nos queremos, porque estamos a gusto, y porque nos encanta fortalecer nuestra relación. Porque hacen falta empujoncitos en esta vida. Empujoncitos de belleza ante un recuerdo compartido. Empujoncitos de ilusión. Empujoncitos de motivación para afrontar lo que pueda avecinarse. Empujoncitos de paciencia. De lo que haga falta.

Cuando Marina le preguntó a nuestra amiga si estábamos bien, sentimos intensamente la responsabilidad que todos tenemos respecto a todos. A veces para ser el empujoncito que otros necesitan. A veces para tener la paciencia, las agallas y el equilibrio de persistir y no rendirse hasta que llegue el empujoncito de turno.


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sábado, 7 de mayo de 2022

Ceder tu voluntad

Todos parecen querer pasar página de tanto sinsentido. Hacer como si todo hubiera sido un mal sueño: los toques de queda, los confinamientos, las cuarentenas, los cierres y quiebras de empresas, las medidas restrictivas, las mascarillas, la persecución al no-vacunado, los trastornos mentales y los suicidios, los efectos adversos...¿Quién no va a querer dejar atrás todo eso? Pero recordemos lo que decía Quevedo: "donde hay poca justicia, es un peligro tener razón". Y no hay peor peligro para la justicia que el olvido. El pasar página. El mirar para otro lado. Como si nada hubiera sucedido. Como si la injusticia, el atropello, la manipulación y todas sus secuelas, fueran fruto de nuestra imaginación. Por eso no debemos permitirlo. No tenemos más remedio que convertirnos en herejes de la actualidad. Pero no por afán de desquite, ni por tener más o menos razón. Sino porque de lo contrario, como pasa con el desconocimiento de la Historia, estaremos condenados a repetir los errores del pasado. Especialmente cuando tras estos dos años y medio (como nos recordaba nuestro hijo hace unas semanas) el miedo ha azuzado la radicalización de nuestro mundo hasta unos niveles impensables.

Broesis2 en Pixabay

Por supuesto que es momento de olvidar el revanchismo o el "llevar cuentas". Es momento de borrar de nuestra boca lo de "te lo dije". Es momento de acabar con las divisiones, los reproches, y las rupturas que han asolado tantas familias y tantas relaciones de amistad. Es momento de restañar las heridas, de reconstruir puentes, y de reunir lo divido. Es momento de tratar de volver a ser UNO. Pero no olvidar. Por favor, olvidar nunca.

Hace unas semanas recibí una llamada que no ha dejado de martillearme por dentro desde entonces. Era de un familiar muy cercano. Y en ella me contaba que su mujer arrastraba unos gravísimos problemas de salud desde el pasado verano. Su particular infierno se había iniciado con unos trombos en las piernas, que acabaron desplazándose a los pulmones, y que la obligaron a ser hospitalizada durante semanas. Y el panorama se agravó con un cáncer de matriz, por el que le han administrado en dos meses las dosis de quimio y radio que se administran normalmente en dos años. Los médicos reconocieron, sin tapujos, que ambos efectos eran consecuencia directa de la primera dosis de la vacuna contra la Covid-19. Y que, evidentemente, desaconsejaban que se pusiera la segunda o la tercera dosis. Se me pusieron los vellos "como escarpias". Tengo bastantes amigos y conocidos que han sufrido efectos adversos importantes por las vacunas. Ninguno aparecerá en las estadísticas oficiales. Sobre todos esos efectos, como en este caso, habíamos leído ya en casa numerosos estudios científicos que advertían sobre ellos desde hacía meses. Pero ver pender de un hilo la vida de un familiar tan cercano, por el dichoso "pinchazo", me revolvió las entrañas. Todos saben ya que la vacuna no impide ni el contagio ni los efectos de la Covid, con lo que su eficacia y necesidad es ya demostradamente escasa. Y con casos como este, la tan "cacareada" seguridad de las vacunas se ve que es una auténtica quimera, como la propia Pfizer ha tenido que reconocer recientemente.

MARUF_RAHMAN en Pixabay
Sin embargo, no fue nada de eso lo que me removió tan fuertemente a raíz de esa llamada. Todas esas barbaridades ya eran conocidas hacía meses. Ya hemos tenido tiempo de difundirlas, y de denunciarlas desde nuestra humilde posición, a pesar del descarado silenciamiento de los medios de comunicación y de las autoridades, y de la ausencia de cauces para que esos abominables efectos adversos queden reflejados en las estadísticas. Lo que verdaderamente me fracturó por dentro fue la ausencia de indignación. La completa docilidad. La absoluta conformidad con las consecuencias de ese pinchazo. Ni un atisbo de rebeldía. Ni la más mínima dosis de ira, enfado o enojo contra todo el engranaje que ha inducido a tantas y tantas personas a un calvario así, de manera totalmente innecesaria. Todo lo contrario. Les dolía que no pudiera ponerse la segunda o la tercera dosis. Su salud estaba radicalmente dañada, y seguían anhelando esa segunda o tercera dosis. No daba crédito. El miedo había calado tanto en ella, a pesar de ser una persona joven, que aunque su estado de salud era ya crítico, llevaba meses encerrada en su casa, sin tomar el sol, sin dar un paseo, sin asimilar la tan necesaria vitamina D. ¿Por miedo a qué?, me preguntaba yo. ¿Miedo a estar peor, cuando ya no se puede estar peor? ¿Miedo a morir, cuando se está encerrada en vida? ¿No valdrá la pena vivir lo que pueda vivirse, sin sometimiento a esa cárcel auto-impuesta?

No hice ni una valoración durante esa llamada. Respeto absoluto y solidaridad. Y me puse a su disposición para cualquier cosa que pudieran necesitar, que no eran pocas. Pero pasadas las semanas, seguimos tratando de entender cómo hemos superado tantas líneas rojas sin inmutarnos. Porque hasta ahora, si un familiar enfermaba o moría de cáncer u otra enfermedad grave, el proceso de rebeldía, de duelo y el sentimiento de injusticia contra lo que hubiera provocado esa desgracia, te llevaban a movilizarte contra la enfermedad, contra el sistema sanitario, o contra Dios. Y recaudabas fondos para la investigación contra esa desgraciada afección, de modo que otros no tuvieran que pasar por ese mismo trance. Era tu forma de luchar contra la desgracia y darle sentido. Pero tras las muertes y efectos adversos gravísimos por las vacunas Covid, nada de eso está sucediendo. Apatía total. Aquiescencia total. Aceptación total. Rendición total. Y no sólo en quienes sufren esas consecuencias, sino en quienes escuchan o ven esas desgracias, según hemos podido comprobar. ¿Por qué? No paramos de hacernos esa pregunta. ¿Por qué?

El Doctor McCullough también trata de entender esta aparente histeria colectiva, en la que tantas y tantas personas se muestren emocionalmente inertes ante unas consecuencias tan graves para sus vidas y las de sus familiares. Él cree que muchos pueden sentir culpa o remordimiento por haber dado el paso, a pesar de tener dudas o de conocer las posibles consecuencias, en un claro desequilibrio entre lo que uno piensa, lo que dice y lo que hace. Otras, en su opinión, pudieron actuar bajo el mantra de "lo hago por solidaridad, por la seguridad pública o por la sociedad", y cuando se dan cuenta de la falacia, quizás es ya demasiado tarde y no es fácil dar un giro desde esa posición.

Pero nosotros nos tememos que el motivo de esa ausencia de indignación es mucho más grave y profundo. Y tiene que ver con el proceso que millones de personas en todo el mundo han vivido en su interior a raíz de las distintas oleadas de "globos-sonda", de coacciones institucionalizadas, de falsedades públicas, y de medidas de todo pelaje que se anunciaban para que, según los intereses de cada uno, se pusiera el brazo ante la aguja. Que si no, no vas a poder viajar. Que si no, no vas a poder entrar en los restaurantes o en las discotecas. Que si no, no  vas a poder reunirte con tus seres queridos.  Que si no, no vas a poder cobrar tu pensión o tu nómina. Que si enfermas no te va a atender la Seguridad Social...Amenaza tras amenaza, coacción tras coacción, fuera mediática, institucional o de familiares y amigos, casi el 92% de la población "diana" han acabado poniendo el brazo aquí en España. Que se dice pronto. Pero no por obligación. No porque una ley les obligara a ello. Sino por propia voluntad. Los tratados internacionales y la normativa al respecto son tan claros, que ha sido imposible imponerlo por ley, a pesar de lo mucho que lo han intentado algunos. Y ahí está el núcleo del problema. Aunque hayan estado absolutamente condicionados y coaccionados por esas amenazas, esas mentiras y esos "globos-sonda", al final han dado el paso del consentimiento de manera libre y voluntaria. Tan libre y voluntariamente, que la Justicia archiva todas las denuncias al respecto y hay un 8% que hemos dicho NO, hemos puesto todo nuestro empeño en no someternos injustamente, y en algunos casos estamos acarreando las represalias institucionales por nuestra rebeldía y desobediencia. Y ni las ideologías ni el progresismo han sabido estar a la altura en la defensa de tanta injusticia: así que no nos esperen en las próximas elecciones. Y bien sabemos de lo que hablamos: probablemente nuestro hijo Pablo no podrá regresar a casa este año, por las absurdas restricciones aún vigentes en muchos lugares, en los que, a pesar de todo lo que ha llovido y todo lo que ya se sabe a nivel científico, se sigue exigiendo el pasaporte Covid para el que se atreve aún a desobedecer el mandato vacunal. ¿Cómo van a retirar una medida de control poblacional como ésta, que puede serles tan "útil" a futuro para ciertos intereses, cuando apenas ha existido oposición a ella, y les ha resultado tan sencillo imponerla? Sea o no sea ya a estas alturas por motivos sanitarios. Eso ya es lo de menos para ellos. Ya buscarán darle continuidad, y sortear las reticencias crecientes de muchos a vacunarse por tercera o cuarta vez, y con ello, que caduque el pasaporte "de marras".

comfreak en Pixabay

Uno puede pensar: vale, aunque engañados, amedrentados o coaccionados, todas estas personas se han puesto la vacuna de manera voluntaria. Pero ¿de verdad es tan importante que haya sido así, voluntariamente? Por supuesto. Es la clave de todo esto. Es la piedra angular de todo este tinglado. Si esto u otra cosa similar se impone por obligación legal, nuestra alma no sufrirá tanto. Y la reacción que percibí tras esa llamada telefónica de hace unas semanas, no hace más que constatarlo. Dar ese paso de modo voluntario, te introduce en la sumisión, en la asunción de consecuencias, y en la complicidad con todo el proceso. Es como si con ese paso, se te dijera: "Tú, a fin de cuentas, así lo has querido. Te podías haber resistido como unos pocos han hecho. No te quejes. Si no lo has hecho, tus razones tendrías. Atente a las consecuencias. ¿Cómo vas a indignarte si has cedido tu voluntad?". Así de psicológicamente demoledor está siendo para muchos. Y con independencia de que haya una mano moviendo o no los hilos de todo esto, esa cesión de voluntad supone que nuestra alma se ha visto sometida y doblegada, y con ello, ya no es preciso ahondar más en las intencionalidades o en los patrones o estrategias respecto a lo que está sucediendo. Con eso ya basta. Tanto para los que sufren las consecuencias, como para muchos de los que escuchan sus casos o testimonios, y no muestran ni un ápice de enojo. Quizá porque saben que les podría haber pasado también a ellos lo mismo. O quizá porque aún temen que pueda pasarles en un futuro, ante la incertidumbre de lo que la proteína Spike pueda acabar desencadenando en cada cuerpo.

El filósofo francés Jean-Paul Sartre decía que “El hombre está condenado a ser libre”, indicando que la libertad es inherente a la condición humana. Es por ello que somos absolutamente responsables del uso que hagamos de ella. Y de este modo, la existencia del ser humano está atada a la suma de las acciones y decisiones que, a lo largo de su vida, irán determinando su existencia. Por ello somos responsables del sentido de nuestras vidas. Porque somos libres de actuar y definirnos constantemente. Eso es lo inherente a nuestra condición humana. Pero ello nos obliga a elegir permanentemente dentro de esta libertad. Y si en ese proceso de elegir, tú me engañas una vez, será culpa tuya; pero si me engañas dos veces, será culpa mía, porque no habré sabido gestionar esa libertad de elección que es esencial a mi existencia.

Los acontecimientos de estos largos meses, y todo lo que se avecina, tienen mucho que ver con esa decisión de ceder o no nuestra voluntad, de ejercitar bien o mal nuestro libre albedrío. Sea para ponerse la vacuna, para indagar y profundizar frente a las falsedades e incoherencias de las autoridades y los medios de comunicación, o sea para entrar en la confrontación de "buenos y malos", de "cumplidores y negacionistas". Sea para someter a nuestros hijos sin cuestionarnos nada ante tantas evidencias en contra, porque lo hacen todos o porque sacrificándolos protegeremos a los "abuelitos". O sea para encerrar a nuestros mayores solos y en tristísimos aislamientos en lo que se ha demostrado que fueron unas auténtica "ratoneras". ¿Qué le pasa a esta sociedad nuestra que se ha vuelto enferma a base de ceder toda su libertad?

A lo mejor, hoy día, no sea tan prioritario plantearse cambiar el mundo. A lo mejor el gran reto de nuestro tiempo sea simplemente despertar. Y para despertar, quizá sea necesario que se nos revuelvan las entrañas ante tanta injusticia y sinsentido. Se ha "apretado" tanto, y se ha engañado tanto a la gente, que muchísimas personas están iniciando ese proceso, y están saliendo de esa cárcel que supone el sometimiento voluntario de su voluntad.
Por eso, la pizarra de nuestra nevera nos interpela desde hace semanas: "La única manera de lidiar con este mundo sin libertad, es volverte tan absolutamente libre, que tu mera existencia sea un acto de rebeldía". ¿Qué fue del inconformismo y de la indignación? ¿Dónde están? Quizás sean el último clavo ardiendo, la última puerta de entrada al despertar de muchos en unos tiempos tan convulsos. 

Por favor, no olvidéis algo. Todo esto les ha funcionado. Les ha salido casi de balde. Saldrán "de rositas". Y millones de personas se han tragado las mentiras y están ilusionadas con su falso retorno a su falsa normalidad. La gran pregunta es: ¿repetirán? Sea bajo la "teórica" amenaza de un virus, de un tirano, de un populista, de la inflación, de una guerra, o del calentamiento global, ¿repetirán? ¿Nos dejaremos? ¿Se lo permitiremos? ¿Tropezaremos de nuevo con la misma piedra? ¿Cederemos nuestra voluntad? Atentos...


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sábado, 9 de abril de 2022

La energía de los actos

Hacen falta sueños para aferrarse a la realidad, decía Arjona. El sueño de Ana Celia acababa de aterrizar en Madrid Barajas aquel sábado 27 de noviembre de 2021. Tras más de tres años, volvían a abrazar a su hijo. La familia volvía a estar al completo. Era momento, por fin, de dejar atrás la pesadilla. Nuestra ONG ADAPA había dado el último empujón a ese sueño, con un préstamo solidario que irán devolviendo muy poco a poco para hacer realidad otros proyectos solidarios. Pero en pocas horas se iban a truncar los sueños de otra familia, ahora muy querida, entonces desconocida para nosotros. 


Apenas unas horas después de aquel soñado aterrizaje en Madrid, el sueño de aquel hogar para los Guarnieri, volaba para no regresar. Ese domingo 28, Noe y Emi vieron humo a lo lejos desde su casa de Maro. Llamaron a sus vecinos para interesarse. No parecía que les pudiera afectar, dada la lejanía del foco. Pero un cambio repentino de viento hizo que el fuego se plantara en pocos minutos en su casa soñada, destruyéndolo todo. Tuvieron que huir a toda prisa, y sólo pudieron llevarse la documentación básica y los abrigos. No les dio tiempo ni a coger ropa interior. Al menos no hubo daños personales.

Nosotros nos enteramos el lunes al mediodía. Carmen, una voluntaria de ADAPA, es profesora en el colegio de los hijos de los Guarnieri, y le había dado clase a la hija pequeña el curso anterior. Nos envió un audio que aún me eriza la piel al escucharlo. Pedía ropa y material de aseo básico para ellos. Y aportaba sus nombres, edad, y tallas: Eywa 6-7 años y de pie 30; Dhara 13 años, pie 37-38 talla 36, XS o S; Diego 17 años, pie 43, talla L o Xl; Noe pie 38 y talla M; Emi, pie 42.5 y talla M. En pocas horas recogimos decenas de prendas que clasificamos y rápidamente les entregamos. La ayuda de emergencia estaba prestada. Pero, ¿y ahora? Durante casi tres años, habían estado construyendo su sueño de vivir en una pequeña casa de madera. Allí habían recalado tras recorrer medio mundo con sus tres hijos. Como maestros artesanos, trabajaban el macramé con piedras, y complementaban sus ingresos con lo que la tierra que cultivaban les daba. Hasta aquel domingo, en que todo se esfumó. Todo.

Noe y Emi sufrieron la pesadilla que cualquier familia desearía no tener que experimentar nunca. Perderlo todo. Verse con lo puesto, en la calle y con tres hijos mirándote y preguntándose cuál es el plan B. Por eso tuvimos claro que no bastaba con la ayuda de emergencia de aquellas prendas de vestir. Que había que ir más allá. Yo ya había coordinado varias campañas de crowdfunding, y sabía que para lograr la complicidad de decenas o centenares de personas para que te apoyen económicamente con su pequeños "grano de arena", es crucial una narración que te haga sentirte cómplice de esa historia real. Algo que te remueva tanto por dentro, que te haga saltar del sofá, y comprometerte con ese trance en el que nunca querrías verte ni ver a los tuyos, y que precisamente por eso, merecería toda tu solidaridad y respaldo. Por eso sabíamos que el drama de los Guarnieri conseguiría los fondos necesarios para reconstruir la casa. Visualizábamos cada paso que había que dar. Cada hito de la campaña. Cada mensaje a compartir en la redes sociales, en los mensajes de whatsapp, en las conversaciones con la prensa. Probablemente ese sea un don: soñar despierto. Y cuando ves tan claros y tan nítidos tus sueños, crees tanto en ellos, que los acabas haciendo realidad. Nuestros dones están para darlos. Para eso estamos. Y por eso tuvimos claro que nada ni nadie podría impedir que aquel hogar se acabase reconstruyendo. Y que lo iban a hacer con nuestra ayuda. Con la de Pako, con la de Meme y con toda ADAPA "en zafarrancho de combate". Igual que había sucedido sin fisuras pocos días antes, con aquel préstamos solidario a Ana Celia. Aunque en esta ocasión, el reto de la logística era mucho mayor. Había que movilizar a mucha gente, hablar con la prensa, aparecer en la tele, coordinar muchos detalles. Pero eso no deja de ser la letra pequeña de los sueños. 

¿Que si conocíamos a Noe y Emi? No. Para nada. De hecho el pasado sábado, cuatro meses después de la tragedia, los pudimos abrazar en persona por primera vez, y tener una conversación "cara a cara". Compartimos merienda para celebrar que la casa ya está casi acabada. Que aquel 28 de noviembre fue tan sólo un traspiés. Y de paso, para  consagrarnos en un esfuerzo común: el de lanzar un mensaje nítido que debería resonar hoy más que nunca en todos los rincones del planeta: que PARA ESO ESTAMOS. Para echarnos una mano los unos a los otros, cuando la vida nos da un zarpazo. Y que no hay distancia, miedo o narrativa que pueda superar la determinación de un ser humano cuando quiere "hacer piña" con otro, aunque ni siquiera lo conozca personalmente.

A veces puede pensarse que sólo nos movilizamos por egoísmo, por interés. Sólo para favorecer a nuestra familia o a nuestros amigos más cercanos. Y se nos olvida que todos somos UNO. Que lo que das, sea bueno o malo, te acaba volviendo. Y que nunca, como ahora, ha sido tan necesario poner en el centro la relación, la conexión y el vínculo entre los seres humanos. Por eso casi doscientas personas respaldaron el proyecto. Algunos con 4 ó 5 euros, y otros con 1.000, nada más y nada menos. Esas personas, cada vez que compartimos fotos de los progresos de la casa de madera que los Guarnieri están construyendo con los fondos recaudados, alucinan. Sienten que ha valido la pena. Que son parte de un sueño. Y que sí que se puede. Por supuesto que se puede. Por mucho que la tele y los telediarios intenten hacernos caer en la desesperación de pensar que "esto no hay quien lo arregle".

Cuando ayer fuimos a visitar a Noe, a Emi, y a sus tres hijos, yo iba algo nervioso. Tenía que pedirles que me dejaran contar su historia para lanzar al mundo este mensaje de esperanza y solidaridad. Y aquí lo estoy haciendo. Pero tenía que pedirles otra cosa mucho más difícil. Algo para lo que no todos estamos preparados. Pero es algo que también nos exigen los tiempos que corren. Llevaba meses dándole vueltas y, tras compartirlo con Mey, con Pako y con Meme, decidimos proponérselo. Pero debía ser en persona. Y por eso tuvo que esperar hasta esta semana.

Cuando la vida te maltrata, el dolor puede ser tan intenso que puedes acabar encerrándote en ti mismo. Te duele tanto, que resulta insoportable la injusticia de lo que te ha pasado. Puedes caer en el profundo pozo sin fondo del victimismo. Y te puedes volver exigente, incluso con quienes te tienden la mano para salir a flote. Y en vez de gratitud y alegría, surge la exigencia, la culpabilización de todos y el reproche por doquier, como forma inconsciente de compensar, de algún modo, el amargo trago que te ha tocado vivir. Por eso, para ayudar a esas personas, no basta sólo con dar ropa, dinero o comida, restableciendo el equilibrio tras ese zarpazo de la vida. Eso quizás pueda sólo acallar nuestra conciencia. Hay que ayudarles a sanar. Hay que dar un segundo paso. Y esas personas deben pasar de recibir a dar. De exigir a agradecer. De la posición pasiva y receptora de ayuda, a la posición activa y generadora de cambio para otros. El primer paso es muy claro. No se trata de dar peces a quienes tienen hambre, sino de facilitarles la caña para que puedan seguir pescando. Pero, ¿sólo eso? ¿Y si además de darles la caña, les pidiéramos que le enseñasen a pescar a otro que también pasa hambre? ¿O que compartan su pesca con quien lo ha perdido todo? ¿Y si tras superar su trance, se convierten en sanadores de otros? ¡Ahí sí que se produce el cierre del círculo! Porque ya no se trata sólo de conseguir una cantidad concreta de euros para reconstruir una casa. No es el dinero o el presupuesto el centro de todo.  El centro es la relación, el equilibrio, el sentirnos parte de un todo, y comprometernos con ese "todo", nos toque estar arriba o abajo, dando o recibiendo. Y eso te lleva a corresponsabilizarte. A devolver lo que has recibido dando a otros. A no mirar sólo tu ombligo, sino a preocuparte por el de los demás. 

Por eso estaba nervioso cuando tras la merienda del sábado acabé de explicar todo esto a los Guarnieri en nuestro primer encuentro en persona. Porque no todo el mundo entiende esto. No todo el mundo está preparado para algo así. Y no es fácil pedir a alguien que ha sufrido un drama, que ayude ahora a otros a sanar el suyo. No es fácil pedir que cuando aún quedan flecos para ese hogar, compartas parte de la generosidad que se ha derramado contigo, con otros que ahora también lo necesitan. Pero la conversación previa ya me había dado pistas de que no sólo lo iban a entender, sino que coincidirían al 100% con esa filosofía de vida.

Justo con ese enfoque, ya nos habían adelantado que no hacía falta "pulirse" todo lo recaudado, sin necesidad. Que hay cosas y decisiones que aunque tengas dinero, no tiene sentido comprar o decidir. Que hay materiales que se podían utilizar de reciclaje. Y que hay alternativas de construcción baratas o incluso sin coste, que ya estaban probando y empleando, por ejemplo en el techo, o como segunda capa para las paredes. Simple coherencia personal, que conecta a las mil maravillas con el cambio y la responsabilidad que requieren estos tiempos.

También Emi nos ponía un ejemplo extremadamente revelador, de algo que les había sucedido en estos meses. Una vez conseguidos los fondos, hubo gente en el pueblo que quiso organizar una fiesta para seguir recaudando fondos para ellos. Pero ellos amablemente rehusaron el ofrecimiento ante la cascada de generosidad ya recibida, con la idea de que esa iniciativa fluyera hacia otros. Y así, otras personas plantearon financiar otro proyecto similar al suyo, y una ayuda de emergencia para Ucrania. Pero a alguien no le pareció bien lo de compartir la generosidad, y la fiesta se acabó frustrando. Cosas de las energías, cuando se les ponen cortapisas o interfieren los egoísmos.

Nuestra voluntad, nuestros actos, son todo un torrente de energía. Y esa energía debe fluir. Y tenemos la enorme responsabilidad de convertirnos en conductores de dicha energía para que pueda llegar al máximo número de seres, porque todos somos UNO. Eso lo ves muy claro cuando ves juntos ahora a los dos hijos de Ana Celia tras esos tres amargos años de separación. O en una campaña como la desplegada para los Guarnieri. Cada donante actúa por un motivo: porque se acuerda que alguien conocido vivió algo similar; porque no desearía que nunca le pasara nada así a los suyos; por fe; por puro amor incondicional; porque no creen que su dinero o sus bienes sean realmente suyos... Hay tantos motivos como personas. Y esa motivación, esa energía, es sagrada. Nadie debe corromperla. Sólo estamos llamados a darle curso, a que no se estanque, y a que siga creciendo y fluyendo sin parar. Y cuando llega a su destino, esa energía construye, solventa y apacigua los dramas que motivaron ese despliegue de energía. Pero esa energía no desaparece, no se destruye. Noe lo explicaba genial en esa merienda: haber recibido esa generosidad genera en ti una responsabilidad enorme. Por eso recibir es más difícil que dar. Y yo le decía que vivirlo así es maravilloso. No sólo porque evidencia una consciencia equilibrada y generosa, sino porque esa gratitud es siempre el germen de nuevos milagros, y de que esa energía siga fluyendo más y más, y vaya consiguiendo hacer realidad más y más sueños. Por eso no podemos evitar ser extremadamente optimistas sobre nuestra capacidad para impulsar un mundo diferente para vivir. Y también para ser los verdaderos protagonistas de nuestra realidad, por mucho que haya quienes intentan imponernos la suya. A fin de cuentas, "incluso la gente que piensa que no se puede hacer nada para cambiar nuestro destino, mira antes de cruzar la calle", decía Stephen Hawking. Ojalá seamos muchos los comprometidos con nuestros sueños y con ser artífices de ese destino. Que así sea. 



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lunes, 21 de marzo de 2022

Bodas de plata

Es sólo una cifra: 25. Y efectivamente, sí. Es tan sólo una fecha: 22 de marzo. Pero en los tiempos que corren, cumplir 25 años de casados no es fácil. Y hacerlo con la ilusión, con la alegría y con la complicidad que tenemos tras 34 años juntos, es todo un tesoro.

Quienes nos siguen en las redes sociales nos habrán oído hablar de muchos temas: de inconformismo, de la pandemia, de solidaridad, de paz, de educación, de niños, de cambiar el mundo... Pero quienes nos conocen de cerca, saben que probablemente de lo que menos hablamos o escribimos es precisamente de lo que consideramos más importante para nosotros. Lo que nutre de energía nuestra permanente búsqueda de un mundo diferente para vivir. Lo que este 22 de marzo volvemos a celebrar, esta vez quizás con una cifra más redonda. Pero sólo es eso: una cifra redonda.

Porque lo verdaderamente mágico es seguir aprendiendo día a día en pareja. Haber decidido con plena voluntad ser lo más importante para el otro. Crear una realidad propia, mucho más allá de la que nos rodea, de la que nos dicen la tele o las redes sociales, o incluso de la de nuestras familias. Y seguir creciendo y aprendiendo en las pequeñas ilusiones, en los pequeños proyectos, y en los momentos únicos.

Cuando nos preguntan qué hacemos para seguir siendo tan felices juntos, realmente nos miramos y no sabemos qué responder. Hay pocas recetas, la verdad. Quizás por eso escribimos o hablamos tan poco de ello, aunque realmente sea la base de  todo lo demás. 

Ahora que nuestros hijos son mayores, y nos podemos mostrar todavía más naturales con ellos como pareja, estoy convencido de que alucinan. Y que más allá de la educación que les hayamos dado, de las oportunidades o experiencias que les hayamos podido brindar, ver en nosotros unos padres que se quieren tanto, es la mejor herencia que les podemos dejar. Aunque somos conscientes de que, a veces, el listón de tener una relación así suponga un reto muy alto para ellos a la hora de buscar sus propias parejas. Pero no está mal que sean conscientes de que esa es probablemente la decisión y el proyecto más importante de sus vidas. Aquel al que vale la pena dedicarle el mayor de los empeños.

Quienes aquel 22 de marzo de 1997 nos acompañasteis en nuestras risas, nuestros bailes y nuestra celebración, nos veréis ahora con alguna que otra cana (uno más que otra), con más "barriguilla" (uno más que otra) y con alguna arruga de más (también uno más que otra). Pero lo que seguro que no podréis ver en nosotros, es el más mínimo atisbo de desánimo o cansancio, de envejecimiento espiritual, o de pérdida de energía. Y eso significa que la cosa va bien. Más que bien. Tan bien, que mi principal reto en la actualidad consiste en arrancarle el compromiso a Mey de volver a estar juntos, al menos, un par de vida más, cuando nos toque irnos de ésta. Aunque ella, con su sabiduría de siempre, dice que ya no toca repetir, y que habrá que pasar a otro plano. Seguro que lleva razón. Pero, ¿voy a rendirme habiendo sido tan afortunado de encontrarla?

No nos gusta mucho hablar de estas cosas en público. Pero creo que la celebración lo merece. Así que, aunque es un secreto a voces, hoy sí lo voy a decir: te quiero con locura, Mey.


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domingo, 13 de marzo de 2022

Giro de guión (parte II)

¿Preferirías seguir sufriendo en el futuro antes que admitir el error que te llevó a ese sufrimiento? Estamos convencidos que, de entrada, todos responderíamos que no. Que por supuesto admitiríamos que nos hemos equivocado, antes que seguir sufriendo. Pero por muy extraño que nos parezca, el ser humano no funciona así.

Engin Akyurt en Pixabay
Siempre nos ha fascinado comprobar cómo mujeres cercanas que han tenido embarazos muy complicados, con vómitos, sangrados, inmovilización durante meses, contracciones dolorosísimas en el parto, y un largo etcétera, una vez que nacía el bebé, y pasaba algo de tiempo, rememoraban su embarazo quizás como la experiencia más maravillosa de su vida. Podría ser que la presencia del bebé, y el amor que se siente por él, logre compensar todo el dolor padecido. También podríamos pensar que puede que la mente engañe a esas mujeres para asegurarse la continuidad de nuestra especie humana, ya que si se generase una narración colectiva o universal de que el embarazo y el parto son unas experiencias nefastas, y ese mensaje calase entre las mujeres, quizás dejaríamos de procrearnos como especie. O puede que esa narración edulcorada del embarazo y su recuerdo sean simplemente necesarios para que pueda haber más embarazos en esas mujeres o en otras muchas. Pero lo cierto es que podríamos pensar que, aunque sea por necesidad, la mente nos engaña.

Pero, ¿y si no es sólo por necesidad? ¿Y si esa aparente distorsión entre lo que sucede y lo que nos contamos sobre lo que sucede, pasara más a menudo, y por otras muchas razones? ¿Acaso no es sorprendente cómo personas que durante cuatro años no paran de renegar de las injusticias, tropelías y desfachateces que hacen sus gobernantes, cuando les toca a ir a votar, acaban votándoles de nuevo? Si profundizamos más allá de las razones ideológicas, hay motivos para ello. Y los estrategas de las campañas electorales lo saben muy bien. Por eso el principal gasto público se hace en los meses previos a las elecciones. Y por eso una buena campaña electoral, puede dar un giro a los resultados que se esperaban tras una gestión nefasta. Los estrategas saben que esos giros de guión son posibles, y de hecho su trabajo consiste en conseguirlos. No estaría mal que nosotros empezáramos a conocer también los entresijos de esos cambios en la narrativa. Porque nos pueden llevar a seguir sufriendo, o quizás a ser más felices.

En las últimas semanas, nos hemos quedado estupefactos ante la versión más cruda de estos procesos mentales. Personas muy cercanas a nosotros, e incluso de nuestros círculos familiares más próximos, han sufrido gravísimos efectos adversos a las vacunas, como los propios médicos ya les han reconocido. Efectos ya conocidos y constatados por la Ciencia desde hace casi un año. Y que en algún caso ha llevado a la persona a las mismas puertas de la muerte. Pero curiosamente, no se han rebelado contra el sistema o las autoridades que le administraron lo que les ha causado ese daño irreparable, igual que reclamaríamos si nos venden una pizza en mal estado o con moho. No. En lugar de plantearse si ha valido la pena todo ese sufrimiento, dolor y enfermedad para lo que esa vacuna realmente les protegía, para nuestra sorpresa, lo han justificado, y hasta se han lamentado de que les desaconsejaran la segunda o la tercera dosis. Preferirían seguir sufriendo que admitir el error, ya acreditado por centenares de estudios científicos, y por su propia y desgraciada experiencia personal. 

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¿Cómo puede ser esto? El Premio Nobel Daniel Kahneman lo explicó con  su Teoría de las Perspectivas (Prospect Theory) según la cual los individuos tomamos decisiones, en entornos de incertidumbre, que se apartan de los principios básicos de la probabilidad, llamando a este tipo de decisiones "atajos heurísticos". Sus experimentos demostraron que no hay un único "yo" a la hora de tomar decisiones, sino que existe un "tira y afloja" entre diferentes personalidades internas que a menudo se hallan en conflicto, lo que parece constatarse por la neuroplasticidad.

Kahneman dirigió un experimento trascendental con un grupo de voluntarios que participaron en un experimento compuesto por 3 partes. En la parte corta del experimento, los voluntarios sumergían una mano en un recipiente lleno de agua fría durante 1 minuto. Era algo desagradable, casi doloroso. En la parte larga del experimento, los voluntarios colocaban la otra mano en un recipiente lleno de agua fría (a la misma temperatura que en la parte 1), pero después de un 1 minuto, se añadía algo de agua caliente, lo que hacía subir levemente la temperatura. Así permanecían otros 30 segundos más. Y exactamente 7 minutos después llegaba la tercera parte, la crucial: a los voluntarios se les pedía que tenían que repetir una de las dos partes y que ellos debían escoger cuál. El 80% prefirió repetir el experimento largo, pues lo recordaban como menos doloroso.

Como recoge Harari, en su libro “Homo Deus”, el experimento del agua fría es muy simple. Revela la existencia de al menos dos "yoes" en nosotros: el "yo experimentador" y el "yo narrador". El "yo experimentador" es nuestra conciencia constante, centrada en el presente. Para el "yo experimentador", era evidente que la parte larga del experimento era peor, pues estaba un minuto y medio con la mano metida en agua fría, mientras que en la parte corta solo estaba 1 minuto. Sin embargo, el "yo experimentador" no recuerda nada. Apenas se le consulta cuando hay que tomar grandes decisiones o analizar en el largo plazo. Recuperar recuerdos, contar relatos y tomar grandes decisiones corresponde a nuestro otro "yo": el "yo narrador". Como cualquier periodista, poeta o político, el "yo narrador" toma muchos atajos. No lo narra todo, y por lo general teje el relato a partir de momentos culminantes y resultados finales. El valor de toda experiencia viene determinado por el promedio de los momentos culminantes y los finales. En el experimento, el "yo narrador" se olvida de la duración de las partes y concluye que en la parte corta “el agua estaba muy fría” y en la parte larga “el agua no estaba tan fría”, y por tanto, se queda con la parte larga. La regla “parte culminante-parte final” se impone a la duración.

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Kohleman repitió el experimento con 154 pacientes en una colonoscopia, una experiencia muy poco agradable. Los pacientes cuya colonoscopia duró 24 minutos dijeron que la preferían a la que duró 8 minutos, porque en el experimento se redujo el nivel de dolor en la parte final de la colonoscopia que duraba tres veces más. De hecho, ese mecanismo es el que muchos pediatras utilizan con los niños, agasajándoles con algún obsequio final cuando deben hacerles alguna prueba, para que la experiencia, aunque sea más larga, sea menos desagradable.

De este modo, la mayoría de la gente se identifica con su "yo narrador". Y al referirse a sí mismos se refieren al relato que hay en su cabeza, no al torrente de experiencias que viven (algunas, como vemos, llenas de dolor, sufrimiento o sinsentido). Nos identificamos de este modo con el sistema interno que trata de dar coherencia al alocado caos de la vida y lo transforma en cuentos aparentemente lógicos y consistentes. Aunque por el camino se pierda toda lógica y consistencia. Así, si nos quedamos muchas horas sin comer, la experiencia del hambre desde el "yo narrador" será radicalmente distinta si lo hacemos porque se debe a unas pruebas médicas, si estamos en Ramadán, o si nos hemos quedado sin dinero, aunque la experiencia del "yo experimentador" sea idéntica en los tres casos.

Lo verdaderamente grave de todo esto, es que estas dinámicas psicológicas, a buena parte de la Humanidad le son totalmente ajenas. Y sin embargo son aprovechadas por la publicidad, por los estrategas electorales, por los medios de comunicación y por los gobiernos y autoridades de todo pelaje, como hemos podido comprobar sobradamente durante la pandemia, y ahora durante la guerra de Ucrania. Y vemos cómo miles o millones de personas sufren o incluso mueren, pero bajo el síndrome de que "no lo hicieron en vano". Lo hicieron por un virus peligrosísimo, por aquellas famosas armas de destrucción masiva inexistentes, por un Putin dictador y malísimo, o por la defensa de la libertad y los sagradísimos principios de Occidente. En esas narraciones de nuestro "yo narrador" siempre concurren mentiras, lagunas y contradicciones. Podemos considerar que quizás sean admisibles si queremos tener un segundo o tercer hijo, y olvidarnos de lo que padecimos en el embarazo del primero. Pero quizás no sean tan admisibles cuando esos relatos nos causan daño, se lo causan a otros, o simplemente sirven para esclavizarnos o manipularnos. Ahí no quedará más remedio que tomar el timón y dar un giro en el guión, que infunda sentido a esas mentiras, lagunas o contradicciones, si queremos salir limpios de los errores del pasado, o incluso del presente. ¿Estaremos dispuestos a ello? ¿Tendremos el coraje de reconocer internamente que nos equivocamos o que nos embaucaron? ¿O preferiremos seguir engañándonos a nosotros mismos, y de paso quizás también a los demás? De nosotros depende. Sólo de nosotros.


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domingo, 20 de febrero de 2022

Giro de guión (parte I)

Este verano pasado fue, quizás, el más duro de nuestra vida. Era el reencuentro con nuestros tres hijos, después de un largo año de estar separados de ellos: Pablo en Oklahoma, Samuel en Córdoba y Eva en Texas. Y durante esos meses en la distancia, el mundo se había vuelto absolutamente loco. Todo estaba "patas arriba". Y era momento de recomponer las piezas del puzzle, de dar coherencia al sinsentido, y de volver a anclar lo que quizás se había ido a la deriva. Había mucho que compartir. Todo un año de investigación, estudio y recopilación de evidencias de todo tipo, que permitiesen trascender las meras opiniones y creencias alrededor de la pandemia, para poder volver a andar sobre terreno firme. Sobre el terreno de nuestros principios y convicciones familiares. Había que mostrar las fuentes adecuadas, plantearse las preguntas que pocos se hacen, y superar la tendencia a pensar que todo es falso, o la frustración de no encontrar la verdad entre tanta desinformación. No todo es igual de falso, pero requiere esfuerzo encontrar respuestas. Todo ese proceso había que hacerlo en un tiempo récord, porque en septiembre, al menos los dos mayores, volverían a sus actuales universidades.

Andorra, julio 2021

Pero el "martilleo" de las noticias, de las redes sociales y de los círculos de amigos, ya había hecho su trabajo. La predisposición a tragarse el relato oficial era ya un hecho. Y nuestros intentos de contrastarlo y rebatirlo no sólo "caían en saco roto", sino que crearon fricción y enfrentamiento durante semanas. Ir contracorriente nunca es fácil. Hacerlo en la adolescencia o en la juventud, frente al criterio de tus iguales es casi un imposible. Poco importaba que estuviéramos en paisajes maravillosos de Andorra o Asturias: en la visión de la realidad parecía que ellos y nosotros estábamos "en las antípodas".

Mientras tanto, nuestras reflexiones y análisis, expuestos públicamente en nuestro canal de youtube, empezaron a crear malestar en nuestros entornos de familiares y amigos. Algunos, sutilmente, dejaron de dirigirnos la palabra. Otros, abiertamente, iniciaron hostilidades con nosotros. Se empezaba a abrir una enorme brecha a nuestro alrededor, con buena parte de quienes nos habían rodeado siempre. Y el 22 de julio decidimos dar el paso: silencio. Había mucho que compartir, y mucho que habíamos descubierto. Pero quienes necesitaban esa información no estaban dispuestos a escucharla. Y el resto ya la conocía o estaba conectado a las fuentes adecuadas para conocerla. ¿Tenía sentido seguir insistiendo? ¿Valía la pena tratar de convencer a quien no se abre a ser interpelado en sus creencias? ¿Quizás es que no era el momento para todas estas personas? De acuerdo. Había que confiar en el libre albedrío. También en el momento evolutivo de cada persona. Quizás unos años antes, nosotros también nos habríamos "cerrado en banda". Así que, por muy buenas que fueran nuestras intenciones, decidimos que era el momento de renunciar a convencer a nadie y de guardar silencio. Y así lo hicimos.

Pero con nuestros hijos no podíamos guardar silencio. Sentíamos que lo que estaba sucediendo era demasiado grave. Y que ellos se encontraban totalmente desarmados a nivel de información y criterio frente al "cacareo" de los medios y frente a los mantras repetidos una y otra vez por media Humanidad, aunque la lógica de esos mensajes y decisiones hiciera aguas por todos lados. Nos preocupaba su salud, la inexistente eficacia o necesidad de los pinchazos, y los numerosos efectos secundarios ya acreditados científicamente entonces (hoy ya la lista es interminable). Pero también nos preocupaba que estuvieran dispuestos a ceder tan tranquilamente esferas de libertad que ha costado décadas conseguir a nuestros antepasados, y que entrasen en una esfera de sometimiento interior con difícil vuelta atrás. Así que insistimos e insistimos hasta la saciedad. Fuimos unos auténticos "pesados", como los tres se encargaron de repetirnos reiteradamente. Pero forma parte de nuestro "sueldo" de padres. Y no íbamos a bajar los brazos. Aunque de pura desesperación, Mey y yo hablamos en varias ocasiones de dejarlo ir, y que "fuera lo que Dios quisiera". Necesitábamos un poco de paz, y la guerra era incesante, incluso en aquellos paisajes paradisíacos que nos acogieron aquellos días.

Camping en Babia (León), agosto 2021

El verano pasó. Pablo y Samuel volvieron a sus entornos universitarios. Eva inició el bachillerato internacional con nosotros. Y nosotros cruzamos los dedos. La presión que imaginábamos se produjo, incluso antes de lo esperado. Y fue mayor incluso de lo previsto. Los mensajes de audio, especialmente desde Estados Unidos empezaron a ser angustiosos. La presión "por tierra, mar y aire" comenzó a hacer mella en Pablo. Y en varias ocasiones, viendo su desánimo, nos temimos que sucumbiría. Las restricciones de movimientos, la abierta discriminación para ciertas posibilidades en becas, y su dudosa continuidad laboral, dibujaron un negro panorama si no se inoculaba. Lo único que pudimos hacer fue apoyar, apoyar y apoyar. Y rezar para que las semillas de tantas y tantas conversaciones durante el verano, fructificasen dentro de él.

Los padres, a veces, pensamos que todo depende de nosotros. Y se nos olvida que somos tan sólo unos compañeros de viaje en el camino de nuestros hijos. Unos compañeros privilegiados, eso sí. Pero tan sólo eso: compañeros de viaje. El proceso interior de cada uno de nuestros tres hijos ya estaba en marcha. Las tormentas del verano entre ellos y nosotros eran necesarias para afianzar su independencia y su capacidad de decisión. Pero dentro de ellos se había ido consolidando lo que le ha faltado a millones y millones de personas: criterio para separar la paja del trigo; curiosidad para buscar lo importante entre tanto ruido; determinación para no dejarse arrastrar por una avalancha imparable de miedo; fuerza interior para ser diferente y no temer ser señalado; firmeza para actuar en conciencia, para no verse coaccionado o condicionado, y para ejercer nuestros derechos con plenitud; serenidad para tener paciencia, templanza y tino frente a las prisas dominantes y a los globos-sonda; y por qué no decirlo: el respaldo y el apoyo de tu gente más cercana, si ya lo tenías claro, y no querías rendirte frente a tanta adversidad.

En las últimas semanas hemos hablado de esto con bastantes amigos cercanos. Algunos de ellos, con especiales dotes intelectuales o incluso espirituales. Pero han acabado rindiéndose, en algunos casos, casi contra su voluntad, frente a esa histeria colectiva de las inoculaciones y de la narrativa oficial. Y en todos esos casos ha faltado esa pizca de criterio. Esos segundos de discernimiento. Esa gota de arrojo para enfrentarse al "qué dirán". O ese pellizco de empuje para encontrar algo de luz rebuscando entre tanta oscuridad. Y ese pequeño átomo de energía es el que marca la diferencia. Es el que cruza o no la frontera de la rendición, del condicionamiento futuro, o de la autonomía y el empoderamiento, pase lo que pase.

Asturias, Agosto 2021
Tras el tomentoso verano, el curso avanza con determinación para nuestros tres hijos. Eva crece en madurez día a día, en su particular batalla en un complicadísimo bachillerato internacional, que sigue tratando de compaginar con su 9º año de estudios musicales en el conservatorio. Continúa manteniéndose firme frente a las decisiones de todos sus compañeros respecto al "pinchazo" y al pasaporte Covid, y frente a los esporádicos "tiritos" manipuladores de algún que otro profesor al respecto. Y encaró con una madurez y deportividad impropias de su edad, el renunciar a la carrera por UWC, que había llevado a Pablo a Italia y hoy a EEUU, porque se impuso también el injusto y absurdo requisito de la vacunación en el proceso de selección. Se había quedado tan sólo a 0,09 puntos de estar en la final el pasado año, y tenía todas las papeletas para conseguirlo éste. Pero hay chantajes inaceptables, y ni se despeinó con la decisión.

Samuel sigue "saliéndose" en Física en Córdoba: parece que ha encontrado su sitio y su vocación. Y estos meses de pandemia los está encajando como es él: una "anguila" que sabe sortear opiniones y decisiones de su entorno con discreción y sin aspavientos. Eso sí: haciendo al final lo que le da la real gana, y sin que le importe mucho lo que opinen los demás.

Y Pablo es probablemente el que más está sufriendo el "temita". Sus resultados académicos también han sido espectaculares. Pero a las presiones enormes que ha sufrido su novia, se unió las que él mismo padeció durante meses. Sus dudas del verano se han transformado en un torrente de energía y convicción frente a las barbaridades e injusticias que le está tocando comprobar por sí mismo. Y en esto probablemente han influido varias cosas. Por un lado, ha dejado de temer por ser o decidir diferente a su gente. De hecho, su gente ha empezado a valorar mucho en él esa fuerza para ir a contracorriente, guiado por sus principios y su incesante búsqueda de respuestas. Por otro lado, por el camino ha tenido que cambiar ese trabajo que compagina con los estudios, dejando el supermercado, y pasando a ser asesor informático a distancia. No iba a sucumbir a la presión de la normativa del gobierno federal para que se inoculase, y el ofrecimiento por personas cercanas de respaldo (incluso económico) para no ceder, también le ayudó. Decidió no rendirse y cambiar de trabajo. Y por el camino, la justicia americana deshizo esa restricción laboral para los no-vacunados, indefendible ya a la luz de las evidencias científicas y de los hechos. Está encantado con el cambio, y además le ayudará a hacer currículum. Ahora afronta nuevos dilemas pandémicos. Tenía muchas posibilidades de que le dieran una beca para continuar sus estudios durante un semestre en Paris o Estocolmo a partir de septiembre. Pero de nuevo el absurdo requisito de la obligatoria vacunación se interpuso, y ha tenido que renunciar a ello por ahora. Y la lucha se centra en estos momentos en si eliminan el requisito de estar vacunado para volver a entrar a EEUU. Porque si no, quizás no tenga sentido arriesgarse a volar a casa para pasar el verano, si luego no le van a dejar volver a Oklahoma. Eso sería dolorosísimo para él. Pero inocularse ya no es una opción. Esperemos que llegue algo de cordura pronto.

Pico La Serrera (Andorra), julio 2021
Nunca se sabe cuándo va a dar un giro el guión de nuestra vida. Las verdades más absolutas se vuelven, de repente, engaños que no entendemos cómo pudimos tragarnos antes. Lo que siempre descartamos como auténticas paranoias absurdas, a veces, se confirma por la tozudez de los hechos. Quienes siempre pensamos que eran unos "pesados", pueden convertirse en nuestro último clavo ardiendo. Y quienes siempre creímos que eran nuestro férreo sostén y máximos aliados, de repente se convierten en una pesada losa para nuestro crecimiento y evolución consciencial.  Por eso no se trata de convencer a nadie. Sino de construir, construir y construir. Empezando por nosotros mismos. Porque cada uno vive su proceso evolutivo a su ritmo. Y erigirse en dador de verdad no es labor de nadie. Todos vivimos antes o después un momento de oscuridad, de zozobra e incertidumbre, mientras otros, a la vez, viven en la luz, en la plenitud y en el gozo. En un momento podemos ser víctimas, y en el siguiente quizás verdugos sin saberlo. Los resortes de la vida pueden darse la vuelta, para que nuestro proceso de aprendizaje se despliegue en plenitud. Y la vida es muy larga, y llena de decisiones que van mucho más allá de vacunarse o no. De hecho, esta historia aún no ha acabado, y deberemos estar fuertes para sus nuevos episodios. Por eso se trata sólo de compartir vivencias y aprendizajes propios. Sin insistir. Respetando ritmos y momentos vitales. Y a quien deba llegarle el mensaje, le llegará. Y a quien no, quizás es porque debía ser así en ese momento para esa persona y para lo que le rodea. 

Hace unas semanas falleció a los 95 años  Thich Nhat Hanh, símbolo de la no-violencia y del impulso de la meditación y el mindfulness en occidente. En uno de sus poemas, titulado "Llámame por mis verdaderos nombres", aborda con rotundidad la gran verdad de que todos somos UNO, y de que puede que nos toque vivir las dos orillas de la realidad, en un incesante giro del guión de nuestra vida:

(...)

Soy una rana que nada feliz

en el agua clara de un estanque,

y soy la culebra que se acerca

sigilosa para alimentarse de la rana.


Soy el niño de Uganda, todo piel y huesos,

con piernas delgadas como cañas de bambú,

y soy el comerciante de armas

que vende armas mortales a Uganda.


Soy la niña de 12 años

refugiada en un pequeño bote,

que se arroja al mar

tras haber sido violada por un pirata,

y soy el pirata

cuyo corazón es incapaz de amar.


Soy el miembro del Politburó

con todo el poder en mis manos,

y soy el hombre que ha de pagar

su deuda de sangre a mi pueblo,

muriendo lentamente

en un campo de concentración.

(...)

Prométeme:

aun si te abaten

con una montaña de violencia y odio,

aun si te pisan y aplastan

como a un gusano,

aun si te rompen y destripan,

que recordarás, hermano,

recordarás

que el hombre no es nuestro enemigo.


Lo único digno de ti es la compasión:

invencible, ilimitada, incondicional.

El odio nunca te dejará enfrentarte a la bestia en el hombre.


Y un día, cuando te enfrentes a esta bestia solo,

con tu valor intacto, los ojos tranquilos,

llenos de bondad, (aunque nadie los vea),

de tu sonrisa

nacerá una flor.

(...)


domingo, 13 de febrero de 2022

Obediencia sin con(s)ciencia (parte II)

La decisión estaba tomada. Mi posicionamiento era claro. Lo había expresado públicamente. Ya no había marcha atrás. Y mi conciencia estaba en calma. Esa era "la prueba del algodón". Esa que te dice que has obrado conforme a los principios de lo correcto o lo incorrecto. Pero algo no iba bien. Se sucedían los días, y aquel nudo en el pecho continuaba. Sentía que me habían faltado al respeto. Que había sido humillado públicamente y de forma injusta, precisamente por cumplir mis obligaciones. Que todo el personal del edificio estaría comentando lo que había sucedido. Y que me había quedado solo ante el abismo.

Bessi en Pixabay
Si mi decisión había sido la correcta, ¿por qué esos sentimientos? ¿Por qué me sentía víctima de una "encerrona" o de lo que injustamente me habían "liado"? ¿Por qué estaba tan dolorido y ofendido? ¿Por qué, en mi fuero interno, reprochaba al resto de compañeros jefes que no se hubieran rebelado también y me sentía inclinado a castigarles con mi enfado o mi indiferencia?¿Por qué percibía con tanta fuerza que había una conversación pendiente con quienes me habían ofendido? ¿Por qué incluso llegué a poner por escrito los argumentos de lo que les tendría que decir tarde o temprano?

Dejé pasar los días. Cuando hay tantas fuerzas pululando por nuestro interior, es mejor que todo se asiente. No tomar decisiones en caliente. No mudarse en plena tormenta. Y en un paseo por la playa vi la luz con Mey, mi mujer. Lo vi claro. Y su perspectiva coincidía con la de un buen amigo, que me había insinuado algo parecido. Siendo personas tan diferentes, había que indagar por ahí.

Nos gustaría ejercer nuestra libertad. Optar por lo correcto. Actuar en conciencia. Y desobedecer, cuando esa conciencia nos dice que no es admisible algo así. Pero a la vez, nos gustaría que nos dieran la razón por esa desobediencia. Que nos dieran una palmadita en la espalda por la valentía de encarar lo injusto. Que se disculparan. Y por qué no, ya que estamos: poder salir a hombros, entre vítores, de la oficina. A fin de cuentas, ese es el papel de nuestro ego. Para eso está. La clave radica en si estamos dispuestos a identificarnos con él, o si somos mucho más que nuestro ego.

En el fondo, dentro de cada uno de nosotr@s, habita un niño o una niña. Seguimos necesitando que nos quieran, nos valoren o nos presten atención, como cuando éramos pequeños. Y por eso somos obedientes a las órdenes que nos dan. Sean del gobierno, de nuestro jefe, de los medios de comunicación, de la OMS, o de nuestro círculo de amigos y familiares. Pero a veces nos toca crecer. Y darnos cuenta que esas órdenes son injustas, absurdas o dañinas. Y cruzamos la peligrosa frontera de lo que se espera de nosotros, y nos rebelamos. Pero como seguimos siendo niños, esperamos que nos sigan queriendo, valorando o prestando atención. Y a quienes dan esas órdenes o consignas ya les hacemos menos gracia por nuestra osadía. Vamos, lo previsible. Y entonces nos toca trabajárnoslo. Porque si no lo hacemos, esa sensación de insatisfacción y desequilibrio por haber hecho lo correcto, pero recibir "palos" por ello, nos puede amargar la existencia.

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Está bien no tener miedo de defender lo justo. Está bien seguir nuestra conciencia. Pero, ¿estamos preparados para ser tachados de malos, irresponsables o insolidarios por ello? ¿Estamos dispuestos a no caer bien a todo el mundo tras ese paso o a aceptar que opinen mal de nosotros, por actuar distinto? ¿Estamos listos para romper las cadenas de la esclavitud de lo que opinen los demás, a ser diferentes, a ir contracorriente? A eso nos invita el equilibrio interno. A eso nos invita la conSciencia (con "S" en medio).

Dice la Real Academia de la Lengua que la "consciencia" es el conocimiento inmediato o espontáneo que uno tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. Se trata de conocernos a nosotros mismos, de conocer el entorno, y de interactuar con él. Y ese proceso, si es sano, nos debería llevar al equilibrio. El problema es, cuando al interactuar, sea con nuestra familia o pareja, sea con el trabajo, o sea con la sociedad, se generan bloqueos internos, reacciones que nos dañan por dentro, conflictos que no logramos atajar. Y ahí, aunque hayamos actuado en conciencia optando por lo correcto, si para encajar las consecuencias no desplegamos nuestra conSciencia (con "S"), flaco favor nos habremos hecho a nosotros, y flaco favor haremos a la causa que pretendíamos defender.

Stephen Karpman, como nos recordaba un amigo estos días, lo explica muy bien con su "Triángulo Dramático". Según él, la mayor parte de nuestros conflictos internos surgen porque hemos adoptado en relación a nuestro entorno un rol de perseguidor, de salvador o de víctima, cambiando de un rol a otro, dependiendo de cada situación. ¿Y si aquel jueves entré en aquella reunión en plan "perseguidor" juzgando y despertando con ello rabia o frustración en mi jefe? ¿O quizás aquel jueves me puse el traje de "salvador", preocupándome en exceso por aquel problema de protección de datos, prestando una ayuda que quizás ni se esperaba de mi, o asumiendo una responsabilidad exagerada, y no sintiéndome reconocido por el esfuerzo? ¿Y si quizás salí de la reunión de aquel jueves en modo "víctima", quejándome por lo que me habían hecho, buscando la empatía ajena o directamente la lástima? Si yo pude ponerme esos tres "trajes" en distintos momentos de aquel episodio, ¿qué trajes se pusieron los demás al interactuar conmigo? Sin duda, el lío se monta. Y se retroalimenta aún más.

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Pero hay salida. A través de la conSciencia, podemos reconocer nuestra actitud en cada situación, y asumir nuestra responsabilidad para transformarla en otra más favorable. Para la próxima reunión o circunstancia injusta que vea en el trabajo o en la vida, quizás podría cambiarme el traje de "perseguidor", no pretender llevar la razón, y ponerme el traje de "retador", planteando desafíos para que los otros cojan "el toro por los cuernos". Para la próxima, quizás en vez de ir de "salvador", podría decirme a mí mismo "no", ponerme límites a ese "ir resolviendo la vida a los demás", y vestirme de "facilitador", que da apoyo pero permite que los otros sean los protagonistas. Y cuando me lleguen los "palos", en vez de ir de "víctima", quizás debería recuperar antes la confianza, y pasar al rol de "creador", diseñando mis propias decisiones y mi respuesta a un mundo a veces absurdo.

Vivimos tiempos muy complicados. Estamos rodeados por todas partes. Ahí fuera hay un mundo exterior que se descompone a base de miedo, injusticias y sinsentido. Pero aquí dentro de cada uno de nosotros, también hay otro mundo interno que puede desequilibrarse. Y que hoy, más que nunca, se está desequilibrando de hecho, precisamente por la que se está montando en el mundo exterior. Y lo cierto es que podemos "meter la pata" en ambos mundos. En el mundo exterior, obedeciendo y actuando sin conciencia, en relación a lo que es justo o verdadero. Y en el mundo interior y espiritual, sometiéndonos a unos roles y a unos desequilibrios que nos llevan a todo tipo de esclavitudes. Y lo sentimos mucho, pero para ser feliz, no vale sólo con aprobar en uno de esos dos mundos. Hay que sacar nota en los dos. Y habrá que sacar fuerzas de flaqueza. Porque, por un lado, nos tocará ir contracorriente, cuando el mundo exterior nos plantee una locura, un absurdo o directamente una injusticia. Y, por otro lado, nos tocará luchar contra la inercia del desánimo, de la reactividad, y del dolor de nuestro mundo interno, cuando nuestros roles se desequilibren.

Aquel jueves cualquiera, en una reunión de trabajo cualquiera, mis dos mundos se pusieron a prueba. Y no hay solución buena ni solución mala. Sólo hay camino, camino y camino. Y para hacer camino, todo es perfecto, todo vale, todo te enseña. Buscando el equilibrio. Conociéndote cada vez más. Aprendiendo para la próxima. Y compartiendo ese aprendizaje.


PD: Puede que en ese mundo exterior, muchos tengáis la sensación de que habéis cometido errores, que habéis sido engañados, o que no encajáis. Y quizás sentís que hay que hacer un giro en el guión de vuestra vida. De eso irá nuestro próximo post ;)


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sábado, 5 de febrero de 2022

Obediencia sin con(s)ciencia (parte I)

Salí de la reunión de aquel jueves con palpitaciones. Me sentí menospreciado y señalado públicamente ante el resto de mis compañeros jefes. Las faltas de respeto fueron presenciadas por todos. Y aguantar las ganas de responder por evitar entrar en confrontación fue durísimo para mí, que tengo mi genio.

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He dudado mucho en si escribir al respecto. Me he dado más de una semana para madurarlo. No quiero perjudicar a la Administración Pública para la que trabajo, y por eso no doy datos de ningún tipo. Tampoco quiero perjudicar a quienes me han ofendido o me estarán criticando a mis espaldas. Esto no va de revanchas, de confrontación o de cuentas pendientes. Tarde o temprano esta locura pandémica se estabilizará, la crispación reinante ahora se apaciguará, y habrá que reconstruir los puentes y los acuerdos. Pero es importante compartir lo que está pasando. Por respaldar a las miles y miles de personas que estarán sufriendo tragos similares. Para hacernos fuertes entre tanto sinsentido. Por dar la importancia que tienen los miles de gestos cotidianos que apuestan por no doblegarse, por no bajar los brazos, y por conformar esa tribu de guerreros por un mundo diferente. Sin acritud, sin virulencia, sin enfrentamientos. Pero es momento de decir NO. Y ese pequeñísimo gesto, ese insignificante momento de afirmación personal frente al absurdo, hace que todo sea distinto. Te reconcilia con tus principios y con lo que consideras que es correcto. Con tu conciencia y con la conciencia universal. ¿Acaso existe mayor victoria que esa? 

La verdad es que no esperaba que pudiera pasar algo así, precisamente por cumplir mis obligaciones. Nos convocaron a una reunión para revisar el nuevo protocolo Covid. En él, se establecían unas consecuencias distintas para los contagiados, dependiendo de si se habían vacunado o no. Unos no tendrían que hacer cuarentena de varios días y otros sí. Ya de por sí, eso es un sinsentido a estas alturas, dados los abundantes estudios y la evidencia fáctica que vemos a diario: todos vacunados, todos contagiados. Pero no quise debatir ese asunto, para el que ni teníamos competencia ni capacidad de decisión. Aunque como tengo asignadas responsabilidades regionales en materia de gestión de datos, y he estado trabajando intensamente en el registro de actividades de tratamiento, quise al menos plantear mis dudas sobre la legalidad de algunas medidas que sí que nos afectaban. El protocolo plantea que rellenemos un formulario con nombres y apellidos, con la "información a comunicar por el responsable de la unidad administrativa en casos sospechosos, casos probables, o casos confirmados de contagio por coronavirus". Y aparte de todos los datos personales del compañero/a en cuestión, se nos pregunta sobre sus síntomas, toma de muestras, fechas, tipo de test y resultado, si está o no vacunado, si con pauta completa o no, y en un listado final, nos solicitan nombre, apellidos, fecha y teléfono de las personas no vacunadas o inmunodeprimidas. Al pie del formulario deberíamos firmar y poner nuestro puesto o cargo. Nada más y nada menos. Fue leer el protocolo, y apenas me podía creer que se estuviera planteando algo así. Era de manual. No sólo porque los jefes no tenemos ninguna habilitación legal para el tratamiento de datos sanitarios, que son del máximo nivel de protección (acarreando cuantiosas multas si se incumple la ley en este punto). Sino porque, por simple sentido común, si hace dos años nos hubieran pedido algo así sobre quién tenía el SIDA, sobre si había pasado la sífilis, o sobre si se había vacunado contra la viruela, nos habría parecido una aberración. Y sin embargo, ahora todo el mundo parece verlo normal, o al menos mira para otro lado. Igual que si un camarero, sin autoridad legal para ello, nos pide nuestro DNI o nuestra información sanitaria confidencial para poder tomar un café. El mundo al revés, vamos.

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Sopesé mucho qué hacer. Tenía claro que no podía participar en dicho protocolo, al menos hasta consultar con el máximo responsable regional de protección de datos si se había revisado este despropósito. Pero, ¿debía manifestar mis dudas al resto del equipo directivo? Creí que mi obligación era hacerlo. Pero como los ánimos se encienden cuando se habla de Covid, y odio las confrontaciones, preferí hablarlo en privado  con el máximo responsable de mi provincia, un rato antes de la reunión de jefes convocada al efecto. Apenas se sintió interpelado por mis argumentos. Ni siquiera se abrió a la posibilidad de elevar consultas a nuestros superiores. Tampoco se dio lugar al debate sobre la interpretación del protocolo a la luz del principio de legalidad de la normativa española y europea de protección de datos. Para él eran órdenes directas de arriba, y había que cumplirlas. Yo no daba crédito. Y manifestada mi preocupación, decidí guardar silencio en la posterior reunión de jefes. Mis argumentos y reticencias ya estaban expresados. Poco más cabía añadir. Pero "mi gozo en un pozo". Para  mi sorpresa, como todos callaban, se me instó a intervenir y pronunciarme en la reunión. Y entonces ya entendí de qué iba todo esto. No iba de argumentos técnicos, de interpretaciones de normas u órdenes aparentemente contradictorias o irreconciliables, o del principio de legalidad. Iba de obediencia. De conmigo o contra mi. De acatamiento o desobediencia. De dejar fuera de juego al disidente. De acallar, amedrentar o ridiculizar al discrepante. De anular el debate. Y en definitiva, de repetir exactamente lo que viene sucediendo en la pandemia, donde los muchos estudios científicos dicen una cosa, y las autoridades sanitarias imponen unas restricciones, reconociendo ya abiertamente que no por razones sanitarias, sino para forzar la voluntad de quienes cuestionan sus medidas en base a esas mismas evidencias científicas. 

Me sentí humillado y ninguneado por algunas de las expresiones y formas empleadas en la reunión. Pero no quise entrar en una dinámica reactiva. A pesar de lo absurdo de estos protocolos, sólo quería cumplir con el rigor que me exigen mis responsabilidades. Sólo quise estar a la altura de mi cargo y dar respuesta al motivo de esa reunión. En ningún momento traté de boicotear el protocolo, sino de que esa información confidencial circulase directamente desde la persona afectada al destinatario, sin que fuera "manoseada" por decenas de manos. Al menos, técnicamente, algunas intervenciones me respaldaron, y la inquina inicial se sosegó algo. Pero salvo yo, nadie puso en duda la obediencia a una medida tan ridícula, pudiendo solucionarse todo con un email directo del afectado a Recursos Humanos o al máximo encargado en la materia. Los tiempos son propicios para el esperpento. No descarto que la AEPD llegue a aceptar algo así. Aunque a quienes nos chirría todo esto tanto, debería permitírsenos que dudemos de tanta excepcionalidad absurda, cuando la ley y las normas están precisamente para protegernos de estos abusos.

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En esa reunión entendí por fin una interrogante que me atormentaba desde hace meses. No lograba entender la aparente pasividad de tantos médicos y científicos ante las abrumadoras evidencias científicas entorno a la pandemia. Es claro que no son cómplices de ningún plan raro, pero ¿cómo podía ser que siguieran aconsejando una vacunas con tantísimos efectos secundarios y con tan escaso o nulo beneficio? ¿Acaso no estaban al tanto de las numerosísimas publicaciones que hay ya? ¿Es que no estaban nada más que pendientes de obedecer unos protocolos sanitarios? ¿Cómo podía ser que no estuvieran actuando conforme al principio "primum non nocere", es decir, “primero, no hacer daño”? En mi reunión del jueves me quedó claro el motivo. Y eso que mi discrepancia en materia de protección de datos personales es "juego de niños", comparado con la defensa de la salud humana.

Qué pronto se olvida la Historia. En los juicios de Nuremberg en 1945-46, se asentó el criterio de que alegar el cumplimiento de órdenes superiores no es una defensa por crímenes de guerra, con el famoso Principio IV de Nuremberg, que establece: "El hecho de que una persona haya actuado de conformidad con las órdenes de su Gobierno o de un superior no la exime de responsabilidad en virtud del derecho internacional, siempre que en realidad tuviera la posibilidad de elegir moralmente". Por ahora, quizás nada de esto vaya de crímenes de guerra. Pero alguna conclusión sobre la obediencia ciega se podría sacar, creo yo.

Desconozco si habrá consecuencias disciplinarias de mi objeción de conciencia a ser parte de algo así sin hacer las consultas pertinentes. Por fortuna, hay algo que tengo muy claro: no soy el trabajo que desempeño. No soy el cargo o la responsabilidad que ostento. Soy muchas cosas más que eso. Pero quizás nos aferramos al trabajo o al cargo por miedo a perderlo, a perder dinero o a perder prestigio o poder. Pero ¿qué pasa si no existe ese miedo? Que eres libre de actuar en conciencia. Y esa  conciencia te lleva a indagar, a profundizar, a preguntarte los "por qué" y los "para qué", a buscar caminos no explorados. Y te lleva a no venderte por nada que no pase el filtro de tus principios. Y por eso es difícil domesticarte o dominarte.

Las personas que más nos han impactado en esta pandemia por su valentía, por su rigor o por su entereza "contra viento y marea", han sido quienes tenían todo esto muy claro. Por eso, aunque algunos compañeros de trabajo, cegados por el cariño y por los resultados, me dibujaban un halagüeño panorama de ascensos y alfombras rojas, yo siempre digo que eso es muy difícil. Porque en estos tiempos que corren, la obediencia ciega cotiza más que la eficacia, la eficiencia o la innovación. Y poco iba a "pegar" yo ahí, la verdad.

E ironías de la vida o de los protocolos "covidiotas": a raíz de desayunar hace dos días con un compañero que ha dado positivo, aunque estoy perfectamente, se me conmina a permanecer en cuarentena en casa siete días desde ayer. Es el "castigo" o la "discriminación" por no estar vacunado, dé o no positivo. He manifestado mi oposición a un absurdo así, y ayer pensaba ir a la oficina, pues trabajo solo en mi despacho, doy negativo y estoy por ahora en perfecto estado de salud. Pero cómo vamos a cuestionar el santo protocolo...¡por dios!

En la reunión de aquel jueves, me acordé de un truco secreto que no falla cuando se presenta una de estas encrucijadas de la vida, que últimamente se repiten demasiado en estos momentos que nos ha tocado vivir. El truco es éste: me imagino que mis hijos estuvieran presenciando esa escena, y me pregunto: ¿cómo me gustaría que me vieran? ¿Timorato y aceptando las imposiciones sin sentido, o defendiendo con entereza lo que es correcto, simple y llanamente porque lo es? ¿Cuál sería el mejor ejemplo que podría darles a mis hijos si estuvieran viendo esto? Si dejas que estas preguntas calen en tu mente y en tu corazón, caben pocas alternativas, la verdad. Porque luego bien que solemos cargar sobre las espaldas de los jóvenes la responsabilidad de construir un mundo diferente para vivir. ¿Cómo va a ser eso, si no les damos el ejemplo y las herramientas para hacerlo?

Según parece, estos tiempos exigen no hacernos preguntas. Tirarnos por la ventana, si así nos lo piden. Es como decía Groucho Marx: “¿A quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos?”. Lo siento, pero obediencia sólo cuando toque. Y sin conciencia, nunca.

PD: Uno podría pensar que el post, con esta decisión, quedaba cerrado. Pero no. Debía entender mi malestar interno durante todos estos días. Anoche lo descubrí con mi gurú particular, Mey. Y tiene enjundia. Por eso hay una segunda parte de este post. La clave está en el paréntesis del título y en la "S". (CONTINUARÁ)


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