sábado, 9 de marzo de 2019

La manifa

Sí. Estuvimos allí ayer. En la "manifa" de Málaga. Y decirlo aquí, públicamente, supondrá de inmediato que nos pongan una nueva etiqueta. Otra más. O directamente nos hagan la cruz. ¡Qué mas da! Hace tiempo que las etiquetas nos resbalan. No estamos ya para muchos remilgos.

Estuvimos allí por pura pedagogía para Eva. Y por participar en una catarsis colectiva que requerirá mucho tiempo, porque el péndulo de Foucault ha estado en un extremo indeseable demasiados siglos. Y ahora toca que vuelva a posiciones más equilibradas, aunque inexorablemente hasta entonces, surjan extremismos en el lado opuesto. Pero eso no nos va a impedir que hagamos el esfuerzo para que poco a poco se llegue a donde se debería estar.

Fotos de diario SUR
Queríamos que Eva viviese esa expresión reivindicativa en la calle. Que viva de primera mano la necesidad de luchar por sus derechos y por su identidad. Que sienta que no hay ningún "salvapatrias" que le vaya a "sacar las castañas del fuego". Y que perciba con la presencia de sus padres, que el cambio de este mundo no se va a producir mientras estemos bien "sentaditos" en nuestro sofá. Que se va a producir detrás de una pancarta. No riendo ante determinadas bromas machistas. Dando la espalda a actitudes indeseables. Huyendo despavoridos ante amistades o relaciones dañinas. Uniéndose a otros y otras contra determinadas injusticias. Y pensando, pensando mucho. No porque de ello se deduzca que existimos, sino aunque sea para estorbar.

Es evidente que un movimiento así es demasiado goloso para los poderosos y los oportunistas. Mueve y moverá a millones de personas que desean que la revolución vaya por ahí, y se conjugue en femenino plural. Y sin duda, cuando algo tan multitudinario se moviliza, a algunos se les hacen los ojos "chiribitas". Sea para que les compren su producto. Sea para que depositen su papeleta en una urna. Sea para que vayan o no vayan, hagan o no hagan lo que les interese. Por eso hay que andar "ojo avizor", y actuar en conciencia, y no bajo consignas, eslóganes, colores o siglas del aprovechado de turno. "No vayas porque es de extrema izquierda". "Ve, porque si no, es que eres del trío de Colón". ¡Qué pena que a estas alturas se siga cayendo en argucias tan simplonas!

A veces hay cosas demasiado importantes y urgentes como para preocuparse de lo que vayan a pensar los demás. Especialmente cuando lo que vayan a pensar está tan mediatizado por lo que diga el medio de comunicación que sigues (porque dice lo que quieres oír), o por lo que diga el "politiquillo" de turno, se apellide Abascal, Casado, Rivera, Sánchez o Iglesias. Desde luego no nos van a condicionar ni en un sentido ni en otro dentro de sus tacticismos, postureos y cálculos electorales. Por mucho que tengan toda una legión de guardianes de lo políticamente correcto, o de lo que se debe o no se debe hacer entre nuestros amigos, vecinos, familiares y compañeros de trabajo. Nos da igual que piensen que vamos a votar a una u otra opción por haber estado allí. Quizás se equivoquen también en eso. 

El ambiente fue extremadamente festivo. Y me sorprendió gratamente ver también a tantos hombres. Bailamos sin parar al ritmo de la batucada. Y Eva se rió de lo lindo, coreando consignas simpáticas, y saltando al ritmo de la música. No hubo salidas de tono. No vimos extremismos. No hubo atisbo de lo que suelen denominar "feminazis" para descalificar estas movilizaciones. Más bien todo lo contrario: consignas de "Ni más, ni menos: IGUAL". Evidentemente hubo muchas pancartas de máxima preocupación por situaciones inaceptables en pleno siglo XXI: violaciones en grupo, hostigamientos, desigualdades salariales, injusto reparto de tareas domésticas...

Cada pancarta (fuera más o menos acertada o exagerada) nos permitió un diálogo con Eva, para que se hiciera una idea de las problemáticas que subyacen ante un 8M como el de ayer. Dobles sentidos, ironía, humor, conceptos por una nueva consciencia...También le señalamos aquellas pancartas cuyas críticas no compartíamos, y que estaban en las antípodas de nuestra visión. ¡Faltaría más! ¿Se puede estar de acuerdo en todo lo que preocupaba ayer a las miles de personas que estuvimos allí? ¿Nos iba eso impedir manifestarnos? ¿O acaso cuando uno vota por un partido está de acuerdo al 100% en todo lo que ese partido defiende? Más bien se suele votar tapándose la nariz, por desgracia. Ojalá pronto podamos votar cada decisión, y no a intermediarios que tergiversen el sentido de nuestra voluntad colectiva. Y ojalá la cuestión de la mujer, como gran principio universal, sea transversal a todas las ideologías, y no haya estos intentos tan descarados de apropiárselo.

Eva no paró de preguntarnos contra quién iba la manifestación. Era una buena pregunta. Curiosamente, muchos de los que debían tomar cartas en los asuntos que ayer se reivindicaban, estuvieron también detrás de las pancartas. Pero al margen de cuestiones laborales, salariales, educativas o sociales, lo de ayer era una manifestación colectiva de posicionamiento en favor de un nuevo modelo social. Y quizás no guste a muchos esto que voy a decir, pero en ese punto no se va contra nada ni contra nadie. Sino que hay que mirarse muy bien el ombligo. Porque quizás muchos de los que estábamos allí, en casa, seguimos practicando micromachismos muy arraigados en nuestra cultura y sociedad. Y quizás muchas de las que se consideran feministas convencidas viven esclavitudes mentales o enganches a relaciones tóxicas que sólo ellas puedan erradicar.

Después de manifestarse, de bailar, de saltar y de gritar todo tipo de consignas, toca ahora examen de conciencia. Ojalá el próximo 8M estemos más cerca de lo que ayer coreábamos. Ojalá dentro de no mucho no haya que salir a manifestarse para que dos seres humanos sean tratados como iguales.



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domingo, 3 de marzo de 2019

Vía ferrata

Nunca habíamos practicado uno de esos deportes que llaman "de riesgo". Bastante adrelina genera ya la vida, para buscar más adrede. Pero tampoco somos de los que dejemos pasar una oportunidad sin exprimirla al máximo. Así que la ocasión la pintaban calva. No todos los días nos ofrecen que un explorador experimentado y recién jubilado, como Quique, nos acompañe en una aventura así junto a nuestro querido Luije, acabando su formación de guía de montaña. Y cuando viene de gente de ese calibre, uno firma el cheque en blanco que haya que firmar, aunque luego te acuerdes de toda la parentela, cuando te ves colgado a esa altura.
Primer tramo de la vía ferrata
Hasta hace una semana no sabíamos lo que era una vía ferrata. Y menos aún habíamos oído hablar de la de Camaleño, en Picos de Europa, todo un reto de casi 200 metros en vertical. Cierto es que contábamos con todas las medidas de seguridad para ello: casco, arnés, disipadores de energía en caso de caída, guantes y cuerda para tenernos a los inexpertos bien amarrados. Pero el miedo no te lo quita nadie cuando te ves a esa altura.
Hacía tiempo que no vivíamos una metáfora tan brutal de lo que es la vida. En pocos minutos te pasa de todo por la cabeza. La experiencia te confronta con tus miedos, con tus debilidades, con tus inseguridades... Quique subía el primero para mostrarnos el camino, y para asentar bien la cuerda que nos aseguraba en caso de caída. Tras él, y amarrados a unos 2-3 metros de distancia cada uno en la misma cuerda: Mey, Samuel, Eva y Rafa. Y cerrando el grupo, Luije vigilaba de que todo fuera bien. Subir agarrado a unos salientes y escalones de metal que son lo único que te unen a esta vida es una experiencia indescriptible. Jamás he sentido con más fuerza el vivir el "aquí y el ahora". Ni una sola preocupación de más. Ni un sólo pensamiento inútil en la mente. Si querías evitarte un buen susto, todo se reducía a acompasar tu ritmo al de tu compañero de arriba, unido a ti por ese mismo cabo salvador; a tener bien fijas tres de tus cuatro extremidades, mientras la cuarta iba tanteando dónde asentarse para seguir avanzando; a tener siempre uno de los dos mosquetones del disipador bien anclado a lo que llaman la "línea de vida"; y a controlar tus energías, tu respiración, y tu pánico.
Los primeros metros fueron de tanteo. De movimientos torpes. Sincronizar extremidades, mosquetones, cuerda y escalones se antojaba la tarea más complicada del mundo. Y las primeras preguntas martillean la mente cuando miras para abajo y confirmas que, sin duda, una caída desde esa altura podría ser ya mortal. ¿Para qué me meto yo en esto? ¿Qué necesidad tengo de algo así? ¿Y si les pasa algo a uno de nuestros hijos? A medida que esas preguntas te bloquean la mente, los miedos surgen casi automáticamente: ¿y si no tengo fuerzas para llegar arriba, y perjudico a los que están amarrados a mí? ¿Y si tienen que venir a rescatarme? Como si de un resorte fuera, en los eternos segundos de espera mientras Quique avanzaba afianzando posiciones y tu compañero de delante realizaba una progresión más, los primeros tembleques de brazos y piernas comienzan a aflorar. Es momento de respirar hondo, muy hondo. 
Mirar para abajo es mirar al pasado. Mirar para arriba es mirar al futuro. Ambos carecen de sentido en unos instantes así. Como en la vida misma. Aunque hayas superado ya unos metros, de nada sirve si caes. Y de poco sirve mirar para arriba cuando a ratos lo inclinado de la roca impide ver los escalones que hay apenas unos pasos por encima. Toda una incógnita que te pone aún más de los nervios. Mejor centrarse en la respiración, en descansar las extremidades, y en pensar dónde asentar brazos y piernas, dónde anclar los mosquetones y a qué ritmo en el siguiente movimiento. Qué hacer en el aquí y en el ahora. Como en la vida misma. Todo lo demás, sobra.
Eva se bloqueó. Subió una distancia espectacular en el primero de los tres tramos del recorrido, el más difícil. Pero la coordinación de los mosquetones con la cuerda y la distancia entre los escalones le jugó una mala pasada, y perdió los nervios. Y los míos con los suyos, aunque bien me guardara yo de mostrarlo para no asustarla más. ¿Qué hacer, más allá de animarla con frases cariñosas? El miedo es libre. ¡Que me lo dijeran a mí en esas circunstancias! Su bloqueo me impedía avanzar a mí, y el no poder avanzar o poder ayudarla también me bloqueaba. Mey me recordaba después que la situación era como ese aviso que dan en los aviones antes de despegar para que, en el caso de una pérdida de presión de cabina en el avión, cualquier persona se ponga la máscara de oxígeno antes de intentar ayudar a otros, incluso a sus hijos, ya que de no hacerlo posiblemente se pierda el conocimiento y se termine sin ponérsela a sí mismo o a nadie más. No veía la forma de ayudar a Eva a subir o bajar. Era momento de ponerme la máscara de oxígeno por si en unos segundo me tocaba ponérsela a ella tirando de una cuerda o algo por el estilo. Y de nuevo los miedos a la pérdida de un ser querido. Luije, sin embargo, más experimentado y resolutivo, subió por detrás de mí (aún no sé cómo), sujetó a Eva por la espalda, y le dio ese empuje de seguridad que necesitaba para llegar a la primera etapa de la subida sin mayor contratiempo.
Eva decidió no continuar. Ya había tenido suficiente. Y yo decidí no dejarla sola. No hubo reproches. No hubo lamentos. No hubo decepción. Sólo una experiencia de vida más. Un espejo magnífico en el que mirarse y conocerse más y mejor. Los demás continuaron la ascensión de los dos tramos siguientes, en lo que parecía toda una proeza vista desde abajo. Mey y Samuel estaban pletóricos. Y no era para menos. Lo que habían logrado era toda una heroicidad en su primer ascenso.
¿Que si repetiremos? Eva dice que sí. A mí me gustaría completar los tres tramos, y quién sabe si hacer la locura del puente tibetano. Pero lo que sí está claro es que los cuatro íbamos con la sensación de una experiencia única y maravillosa. Como la de la vida misma.



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sábado, 16 de febrero de 2019

Tormentas

Siempre me han fascinado las tormentas.
No me dan miedo, ni me invade el deseo de guarecerme o escapar.
Me parece un espectáculo a la vez magnífico y sobrecogedor.
Simple y llanamente me fascinan.
Por eso me encanta observarlas desde la ventana, o salir al porche para ver la lluvia cayendo a manta y los rayos partir el cielo sobresaltándome con el sonido de los truenos.
También me maravilla cómo, después de ese despliegue de absoluta destrucción, el cielo, el aire y las calles parecen estar más limpios.
Incluso las plantas crecen con un nuevo brío y todo lo que albergaba  la tierra empieza a brotar con una fuerza que estaba escondida.

En la vida pasa igual.
Hay grandes tormentas que arrasan el corazón.
Vientos huracanados que doblegan la mente.
Lluvias que te llenan de dolor.
Sin embargo, tendemos a huir de estas situaciones, yo incluida, por dos motivos principalmente.
Porque cuesta enfrentarse a las propias verdades o porque  no queremos “dañar” la relación con alguien a quien amamos.


Durante estos últimos meses, por nuestro hogar han pasado varios tsunamis y algún que otro huracán.
Pero a mí me han traído personalmente una gran enseñanza.
Creo que en estas ocasiones, al igual que al principio, hay que salir fuera, bajo la ira de los truenos, a sabiendas de que puedes quedar empapado hasta la médula e incluso  caerte un rayo.
Porque esa bendita tormenta, te permite confrontar tus tonterías, tus miedos, te hace mirar de frente lo que no quieres.
Y si sabes aprovecharla bien, reconducirá tu vida, pondrá las cosas en su sitio, te devolverá a tu camino y, al día siguiente, todo brotará con más fuerza desde tu interior.


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martes, 5 de febrero de 2019

Puertas que se cierran

La "cuesta de enero" ha sido de aúpa. La emocional, me refiero. Y la de febrero apunta maneras también: en la pendiente y en las curvas, me refiero. Han sido semanas intensas, muy intensas. No recuerdo haber suspirado tanto en mi vida. Cuando se juntan tantas cosas, mejor darse tres o cuatro segundos. Mejor respirar dos o tres veces antes de precipitarse. Y al final uno acaba hiperventilado...
Este pasado fin de semana era un momento clave de muchos procesos vividos. Era nada más y nada menos que la final nacional en Madrid para las plazas y becas de las que disfruta Pablo en Italia. Y también Samuel había logrado llegar a lo más alto. Que los dos hermanos hayan llegado hasta ahí en dos años seguidos ya era un logro inmenso. Pero sólo faltaba un último paso. Y por eso durante semanas hemos estado trabajando en casa para que ese paso se pudiera consumar. Practicando entrevistas y presentaciones. Puliendo esto y aquello. Ultimando detalles. Pero no ha podido ser. Ese último paso se ha frustrado. Y la sensación debe ser similar a la del que llega a la final de las Olimpiadas y se queda cuarto. O la del que llega a la final de la Champions y la pierde. Ni medalla, ni copa. Ni Canadá, ni Noruega, ni Singapur.
Pablo y Samuel,
recién llegado éste de EEUU,
junio 2018
Siempre hemos creído en casa que una familia se parece más a una fábrica de sueños que a un búnker. Lo segundo te protege de cualquier peligro o amenaza externa. Lo primero te ayuda a volar. Y por eso hemos estado poniendo a punto las alas de Samuel, igual que hicimos el pasado año con Pablo. Sabiendo que nuestra misión es propiciar que tengan las mismas oportunidades al soñar. Y que luego cada uno abre las alas a su estilo. Salta del nido cuando y como puede (o quiere). Y tiene unas aptitudes u otras en el bello arte de surcar los cielos de este maravilloso mundo.
Esta puerta se ha cerrado. Probablemente para siempre. A pesar de todo el esfuerzo, que no fue poco. En situaciones así, a veces es más fácil pensar que es injusto. O que apostar tanto por dos chavales de la misma familia no debe ser, y que le ha perjudicado. Pero nosotros no creemos ni lo uno ni lo otro. El proceso ha sido impecable. Como el año pasado. Tanto, que el propio descartado está emocionado con lo vivido durante todas esas horas con sus compañeros (no competidores) y con el equipo de selección. Preferimos pensar que quizás a esas alas les falta aún alguna que otra ITV que pasar. Que quizás no todos podemos afrontar los mismos desafíos en el mismo momento, especialmente cuando éstos son tan grandes. Y por eso toca aceptar. Porque todo es perfecto. Porque no tiene sentido aferrarse a nada. A pesar del vuelco del corazón al no escuchar tu nombre entre los elegidos.
Hace 25 años, Mey se presentó a unas oposiciones en Canarias. Había once plazas y ella quedó la duodécima. Cuando fue a revisar el examen, el tribunal le dijo que había empatado con el último, pero que ella tenía más recursos para sacarse las oposiciones a la siguiente en cualquier lugar, y por eso habían optado por el otro candidato. Aquel razonamiento nos indignó hasta el extremo. Costaba aceptar algo tan aparentemente injusto. Pocos años después, Mey resultaba la número uno de su promoción en lo que hoy es nuestro hogar, Andalucía. Y quizás aquel aparente éxito del puesto once nos habría alejado de lo que hoy disfrutamos tanto. Por eso tiene tanto sentido dejarse fluir, incluso en las frustraciones por noticias tan deseadas. Aunque cueste encontrarle el sentido ahora.
Samuel salió mal de allí. Ahora se refugia en su piano y en Chopin para lamerse las heridas. Es lo que toca cuando todo está tan reciente. Sentía que esa puerta era su vida. Suele pasar cuando esperas que los lugares lejanos te resuelvan la "papeleta" de lo que quizás tienes mucho más cerca. Tan cerca como dentro de ti. Y quizás por eso ahora no tocaba que la puerta se abriese. Porque quizás vengan puertas aún mejores. O porque quizás las alas deban fortalecerse para volar aún más alto. Aunque dé un poco de vértigo. Ya se sabe que si los sueños no asustan, como la altitud, es que no son lo suficientemente grandes. Habrá que ponerse a punto para esos vuelos. Y aprender de los portazos de la vida, para que se abran otras puertas de par en par.


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domingo, 13 de enero de 2019

Removidos

El 2019 surca ya los mares de nuestras vidas. A toda máquina, como siempre. Cargado de retos, de ilusiones, de tropiezos y de aprendizajes. Las últimas semanas de travesía han sido especialmente intensas, en todos los sentidos.
Las tradiciones navideñas parece que mandan, y los encuentros y comidas con amigos y familiares rozaron el exceso, aunque el regreso a casa para estas fechas de Pablo ha sido el gran protagonista. Su madurez, sus ansias por crecer y aprender, y su gratitud a la vida por la cantidad de oportunidades que le está ofreciendo, nos han removido profundamente. Es la encarnación viva de lo que significa "vivir la vida a tope". De verdad, sin excesos absurdos. En pocos días cumplirá 18 años, y él mismo nos reconocía su fortuna al haber vivido y experimentado en este tiempo más que muchas personas en toda su vida. ¿Cómo no sentirse agradecido así? Da gusto comprobar la madurez con la que afronta la relación con su chica, a pesar de la distancia y de las voces agoreras de algunos amigos respecto a que las cosas en la lejanía no funcionan. ¡Qué sabrán algunos! Ellos viven su presente compartiendo lo que pueden por whatsapp, construyendo como hormiguitas un futuro, y exprimiendo cada instante de sus reencuentros. Los días en Cádiz con ellos, mientras Samuel y Eva disfrutaban de un nuevo episodio londinense, fueron toda una delicia. También su cara cuando llegó a la fiesta-sorpresa que le organizamos en casa con familiares y sus más allegados, anticipando una efemérides tan relevante. Estaba exultante. Hace dos días que volvió a Italia y su ausencia en casa se nota todavía más que antes.
Playa la Barrosa (Cádiz), dic. 2018
Por otro lado, siempre me costó entender a quienes dicen que estas fechas navideñas les generan nostalgia y tristeza. Para nosotros siempre fue un período precioso, y lo vivíamos con la máxima ilusión, sobre todo cuando los niños eran niños. Pero este año, sin embargo, no he podido evitar sentir esa dura sensación que antes no entendía. La de la ausencia de quienes se fueron para siempre. La de quienes están, pero como si no estuvieran. Por ahí también se han removido cosas muy dentro.
Y finalmente, la experiencia de Alí. Mucho se ha agitado también en lo más profundo tras ella. A veces podemos caer en la tentación de creer que los grandes aprendizajes de la vida viene cargados de finales felices, de sonrisas, y de logros alcanzados a la primera sin esfuerzo. Malos hábitos de los "happy endings" de Hollywood. Bien sabemos todos que las cosas no funcionan así. Que los mayores avances se producen tras estrepitosos fracasos. Y que con frecuencia toca caerse, levantarse e incluso cambiar de rumbo. Los primeros días con él fueron bien, mientras se hacía lo que él quería. Pero poco a poco llegaron los caprichos y las imposiciones. Veladas y no tan veladas. Quizás por su forma de ser, quizás por su cultura, o quizás por la falta de referencias familiares. Pero lo cierto es que se revelaron ciertas las advertencias que nos hicieron respecto a la dificultad que suponía acogerle, aunque tan sólo fuera para unos días estas Navidades. Y todo explotó en una Nochebuena que resultó más bien regular. Importantes dilemas: ¿imponer líneas rojas o dar "cuartelillo" en fechas tan señaladas?; ¿mantener las normas que siempre tuvimos con nuestros hijos, o crear excepciones para el recién llegado?; ¿cómo cuadrar todo esto en el período de mayor trasiego familiar del año, con tanta gente en medio?
Alí necesita muchas semanas previas de acoplamiento. Muchas charlas como las que le dimos en la mañana de Navidad. Y un acompañamiento y una dedicación absolutos que, por desgracia, nuestra vida actual no nos permite. No, al menos, sin dejar de lado buena parte de la atención a nuestros hijos, trabajos, proyectos y responsabilidades presentes o futuras. Por mucha culpabilidad que esa constatación genere. Alí requiere dedicación por completo, y es preciso ser realistas y sinceros: nuestro momento vital nos lo hace inviable ahora.
Su presencia en casa ha sido toda una lección. Y no sólo para él. En este mundo hay mucho por hacer, y a veces no basta sólo con tener buena voluntad. Es preciso tener tiempo, energía y un presente propicio para dedicar todo el tiempo que estos niños requieren tras su, a veces, duro pasado. Sea para una colaboración puntual como la de Alí, o sea para una acogida más prolongada. Sin duda, estos días con Alí nos han hecho valorar hasta qué punto, las familias que reciben en casa a niños así, de forma abnegada y silenciosa, son verdaderos héroes de ese mundo diferente que tantos anhelamos.
El final del 2018 y el principio del 2019 nos ha trastocado mucho en lo más íntimo. Los sentimientos están a flor de piel. Y sentimos con ímpetu que se avecinan vientos de cambio. Nos embarcamos en ese viaje con los mejores propósitos. Intuimos que, quizás, sea el año de la paciencia, de la aceptación, y de trabajarse el ego a fondo. Nos remangaremos para ello. Los desafíos no son pequeños.


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lunes, 17 de diciembre de 2018

El pequeño Alí

Alí no es su nombre verdadero. Debemos preservar su anonimato por normativa de menores y por respeto a su familia. Pero lo de menos es su identidad. Lo importante es que comparte el drama que viven decenas, centenares o miles de chavales que, como él, se juegan la vida para huir de un infierno. A veces de una guerra. Otras veces de la pobreza. Otras del abandono, de la calle, de la soledad... Y lo apuestan todo a una carta. A una patera. A los bajos de un camión mientras cruza la frontera. Como él. Como nuestro Alí.
Teníamos ganas de pasar página de tantos frentes abiertos últimamente, en los que ha sido mucho el cariño recibido. Hemos recibido cataratas de mensajes preguntando por el ojo, por el trabajo, por las goteras, por los niños...Todo va bien. El viaje a Barcelona fue tan fugaz como tranquilizador, y nos dicen que, bajo revisión periódica, lo de ese ojo no parece que vaya a resultar tan traumático como lo del otro. Por otro lado, a falta de pintura, hoy nos cerraron las últimas prospecciones en nuestro sótano. Y la gran noticia fue la llegada de nuestro Pablo el viernes pasado para pasar aquí las Navidades. Ya es un hombre. Tras los nervios por su llegada, da gusto hablar con él y sentir que ha valido la pena tanto esfuerzo en tantos frentes. La casa vuelve a estar completa, aunque sólo sea durante unas semanas. De Pablo, de sus hermanos, y de tantos jóvenes como ellos, es el timón de ese mundo diferente que tanto anhelamos. Por eso quisimos que también él estuviera presente en el primer encuentro con Alí.
Foto de Dmitry Ratushny en Unsplash
Íbamos algo preocupados, y al final no fue para tanto. Nos habían dicho que, como muchos "menas" (menores no acompañados) este chico es un reto. Que apenas lleva cuatro meses aquí. Que es nervioso, inquieto y un superviviente nato. Y que integrarlo en una familia era todo un desafío. Por eso dijimos que sí. Los cinco. En esta aventura, más que en ninguna, el veredicto de nuestros hijos es determinante. Ellos serán quienes más convivan con él. Quienes compartirán habitación, juegos y discusiones. Quienes tendrán que ceder turno de palabra y privilegios domésticos. Pero no hubo dudas. El "sí" fue unánime. Antes de conocerle y también después de la merienda del sábado. Pablo es compañero de muchos "alís" en Italia, y está más que sensibilizado con sus dramas. Samuel se hizo amigo de un chaval acogido por una familia en Estados Unidos, y "tres cuarto" de lo mismo. Y era Eva la que más dudas generaba. Ella aspira a acoger a una niña, quizás algo más pequeña, para hacer "piña" con ella, sobre todo pensando que los hermanos "volarán" pronto de casa. Pero tras saber de Alí, no estaba dispuesta a permitir que, como nos contaron, pasara las fechas clave de la Navidad en el desierto comedor de un centro de menores con la única compañía de una cuidadora. Así que dio también su visto bueno.
Es una pena que hasta en la solidaridad haya etiquetas, categorías y clases. Es bonito acoger en tu casa a un niño o niña rubito/a de ojos azules con problemas familiares. Pero no queda tan bien acoger a un marroquí inquieto y de costumbres inciertas. Por eso cuesta tanto que haya familias que les abran la puerta a niños como Alí, y que acaben en una familia de acogida, incluso entre familias ya de por sí sensibles como para embarcarse en estas odiseas.
No sé si para determinar su edad, a Alí le hicieron una radiografía dental, del carpo de la mano izquierda o de la clavícula. Pero lo cierto es que la pruebecita de turno dictaminó que tiene poco más de diez años. Su estatura y su madurez podrían corroborarlo. Sus travesuras y pillería también. Pero los papeles que aparecieron poco después de su llegada a España y él mismo afirman que tiene catorce. Si estuviera cercano a los dieciocho, esa cifra podría condenarle a los infiernos o auparle a los cielos durante una temporada. Pero él aún es pequeño. Para ese momento aún falta un poco. Quizás lo suficiente para entender lo sucedido con los resultados de Vox en las elecciones andaluzas, donde la presencia de muchos chavales como él, está en el centro del debate. Ese que establece que si naces 25 kilómetros más acá eres de los nuestros y te salvas, y si naces 25 kilómetros más allá no eres de fiar y te condenas (salvo que sirvas como mano de obra barata). Los debates están bien. Hasta que te toca a ti la mala suerte de huir, y de tener que arriesgar tu vida o la de tus hijos para salvar el "pellejo". Como les pasó a muchos de nuestros abuelos o bisabuelos, aunque ya se nos haya olvidado. Entonces ahí la cosa ya no va de votos, de opiniones, o de ideas. Va de supervivencia. De seres humanos. Como nosotros. No es mal momento para dar pasos al frente ante dramas así, y posicionarse con hechos, no sólo con palabras.
Al principio costó un poco romper el hielo el sábado cuando nos citamos en el centro comercial con él y con su educadora social. Aunque en cuatro meses ha aprendido español lo que ya quisieran muchos alumnos de la Escuela de Idiomas, no debía sentirse cómodo. ¿Quién podría estarlo ante un examen así? Por mucho que estuviéramos en un ambiente navideño, con luces, muñecos  y canciones pegadizas, se sentiría observado, escrutado y examinado hasta en el último gesto por los que fuimos a conocerle: familia al completo con novia de Pablo incluida. El largo paseo hasta las luces del centro permitió que los nervios fueran pasando, y los lazos fueron aflorando de manera natural. Una palmera compartida con Eva en la cafetería donde merendamos, y las bromas sobre cómo se decían ciertas palabras en árabe hicieron el resto. Prueba superada para todos. Incluso se mostró dispuesto a conocer nuestra casa ya. Pero el protocolo dispone un encuentro con su educadora, y otro sin ella, antes de quedarse a pernoctar ya en casa. Así que ayer mismo quedamos para ese segundo encuentro y hacer algo de deporte. Me sorprendió lo extremadamente formal que se mostró en el coche cuando lo recogí. Probablemente le habían leído bien la cartilla para evitar que pudiera desaprovechar una oportunidad que, en este tipo de casos, puede ser casi única. Y desde luego por nosotros no se va a frustrar la cosa. Porque el chaval es simpático, entusiasta e inocente. Como cualquier niño. Como los nuestros.
Disfrutamos de lo lindo metiendo canastas, paseando y tomando galletas y un zumo. Cosas muy simples, que luego te das cuenta que son un regalo caído del cielo para chavales como Alí. Si no, que se lo digan al grupito de compañeros suyos que hicieron que detuviera el coche cuando fui a recogerle. Sólo querían cotillear un poco y enterarse de qué familia venía a recoger a qué niño. Y de paso ofrecerse para que en algún momento pudieran también sacarles a ellos de aquellas cuatro paredes. Se te hace un nudo en la garganta cuando ves tan de cerca la necesidad de sentirse acogido de niños así. Como los nuestros.
Hay pasos en la vida que conviene dar con tiento. Este es uno de ellos. Tanto por él como por los hijos. Un desencuentro podría suponer un abandono más en la vida de Alí. E igualmente es importante respetar los propios procesos y roles de nuestros chavales, ya de por sí complejos. Por eso vamos a ir poco a poco. Ahora con este protocolo de colaboración, quedando con Alí fines de semana, fiestas y vacaciones. Y ya después, cuando hayamos superado el protocolo de idoneidad en el que estamos inmersos, como familia de acogida, ya veremos de quién.
Si todo marcha bien, Alí pasará bastante tiempo con nosotros estas Navidades. Ya le estamos haciendo hueco en casa. Y esperamos que nuestros amigos, nuestra familia y los que nos leéis y os preocupáis por nosotros también le hagáis un hueco en vuestro corazón y en vuestras vidas a Alí. O a Paco, Toñi, Abdullah o Raquel. Porque son sólo niños. Como los nuestros.


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miércoles, 28 de noviembre de 2018

Alto y claro

Uno se empeña en hacerse el sueco, el loco o el sordo. Pero nada. La vida "erre que erre". Fluyendo, como debe hacer. Y uno con sus planes, con sus apegos, aferrándose a todo y a todos.
Desde hace años vivimos con intensidad el aprendizaje permanente y casi diario a través de lo que nos pasa en la vida, en el día a día. Cada vivencia, cada encuentro, cada situación trae un aprendizaje bajo el brazo. Y tan sólo hace falta un poco de voluntad y de consciencia para desvelarlo o abrirse a esas enseñanzas vitales. Pero lo de estas semanas está siendo muy fuerte. O mejor dicho: "blanco y en botella". Porque más "clarito" no puede venir ese aprendizaje en lo que nos está sucediendo.
Parece que es ley de vida. Al menos de esta vida que nos damos. Y esa ley no escrita nos lleva a buscar aquello que nos da seguridad, que nos reconforta, y nos protege. Nuestra salud, nuestra casa, nuestro trabajo o nuestra familia forman una buena parte de ese círculo virtuoso que conforma gran parte de lo que creemos que somos, porque en esos entornos nos sentimos resguardados de las inclemencias de la incertidumbre, de la inseguridad y de la zozobra. Por eso lo de estas semanas está siendo todo un ataque a lo que suele constituir la línea de flotación de esas certezas que no paramos de construir en nuestras vidas. Primero fue la casa, en cuyo sótano no paran de salir goteras, filtraciones, manchas y charcos desde hace meses. Luego fue la dura adolescencia, que por momentos provoca terremotos en casa, más allá de la escala Richter. La semana pasada fue el episodio de mi ojo "bueno", ese con el que jamás pensé que sufriría contratiempo alguno. Y lo último ha sido el trabajo, donde la estabilidad y continuidad que creí que gozaba fluctúan por momentos.
En todos esos casos, el mensaje es alto y claro. Yo pensaba... Yo creía...Yo me imaginaba...Yo daba por sentado... Y ¡zasca!, en toda la boca.
Pensamos que la casa es nuestro refugio, nuestro lugar de paz, el sitio que nos permite recobrar el aliento... y, sin embargo, desde hace meses, nos asusta bajar al sótano por miedo a pisar de nuevo sobre mojado. Con los hijos algo parecido: todo parece ir encaminado y armonioso, con unos niños encantadores y amorosos, hasta que de repente la adolescencia asoma por la puerta y te topas con unos portazos, una palabrotas, unas caras y unos desafíos más propios de la mafia que de tu propia familia. Con la salud y mi ojo, tres cuartos de lo mismo: se suponía que ese ojo era "a prueba de bombas", la tabla de salvación de mi vista, y de repente láser y la amenaza de otro posible desprendimiento de retina. Y con el trabajo también todo parecía marchar bien: clima laboral magnífico, respaldo pleno a mi labor, y de la noche a la mañana, una cuestión burocrática secundaria con los códigos de los puestos de trabajo puede alejarme a otros menesteres en otro organismo totalmente distinto.
¿Qué ha pasado en estas semanas? ¿Cómo es que todo parece patas arriba o boca abajo? ¿Qué ha sucedido para semejante desconcierto? Quizás si te llega una situación de éstas, puntualmente, lo achacas a la casualidad o a la mala suerte. Pero cuando cuatro aspectos destacados de tu vida se agitan de esta forma a la vez, quizás es que hay algo que aprender, por mucho que te resistas a ello. Y quizás la cosa vaya de darte cuenta de que las certezas, en la vida, poquitas. Que dar las cosas por sentado no es una buena estrategia. Y que son pocas las realidades eternas, inmutables e inequívocas. Todo muta. Todo es un continuo fluir. Todo está llamado a cambiar y a dejar de ser como siempre fue, por mucho que nos empeñemos en mirar para otro lado. Sea en tu casa, con tu familia, con tu salud o la de los tuyos, en el ámbito laboral o profesional. Todo es un río que no para de discurrir por el cauce de la vida. De forma imparable y trepidante. Y ese río deja al descubierto nuestras vulnerabilidades. Aquello que siempre tratamos de ocultar. Y sientes que es mucho más que inesperado o inoportuno. Es inmerecido, injusto, indignante, intolerable... Calificativos que brotan de dentro (quizás por eso empiezan todos por "in) no sólo en ti, sino en los que te rodean, pero que desvelan que dimos por sentado lo que nunca fue. Aquello que realmente sólo existió momentáneamente en el instante minúsculo de nuestro existencia, y tan sólo durante un ratito dentro de la inmensidad de la Vida con mayúsculas, por mucho que nuestros apegos mentales, y nuestras expectativas vitales conspirasen en sentido contrario.
Esas vulnerabilidades compartidas son, paradógicamente, lo que más nos une. Porque a pesar de los "likes", los postureos, y las sonrisas postizas de los "selfies", todos somos y nos sentimos vulnerables en más ocasiones de las que queremos reconocer. Todos vemos cómo en ciertos momentos se resquebrajan aquellos cimientos que siempre creímos perpetuos. Y es justo cuando compartimos esas vulnerabilidades, esos miedos y esas angustias cuando surge la autenticidad de los seres humanos. Aquello que nos hace UNO.
Es curioso que nuestro ADN parece querer que las cosas sean estables y seguras. Que en nuestra vida no haya altibajos, sino líneas rectas y continuas. Y quizás se nos olvida que cuando aparecen las líneas rectas, sea en un electrocardiograma o en un encefalograma, la cosa se pone "chunga". Porque eso significa que nos hemos muerto. Así que habrá que asumir que la vida es una montaña rusa de ascensos escarpados y descensos vertiginosos. Y que nuestro papel es vivir con intensidad lo que toca en cada momento, sin dejarse arrastrar demasiado por los sentimientos, las sensaciones, los pensamientos y las emociones de esos momentos. Y no por nada: porque somos mucho más que esas inquietudes, esas preocupaciones o esas intranquilidades.
Casi todo tiene solución. No hay que pre-ocuparse. Sólo hay que ocuparse cuando toca. Y tocará llamar a un nuevo fontanero o al albañil, aunque sea por enésima vez. Tocará una nueva sesión de láser, un viaje a la clínica oftalmológica de Barcelona, o aprender a manejarse con una visión más reducida si ese lejano día llegara. Tocará un cambio de trabajo o de compañeros, quizás. O tocará simplemente ser paciente y dejar pasar el tiempo hasta que pase la adolescencia. Pero sobre todo tocará darse cuenta de que no hay seguridades para siempre. Que no hay atajos ni líneas rectas. Y que hay que prepararse para esa continua mutación, que nunca cesa, por muy sordos que nos hagamos a estos avisos que da la vida.

PD: Compartimos también un audio de una mini-charla nuestra, justo de hoy, precisamente sobre este mismo asunto: https://www.patreon.com/posts/22984972

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lunes, 19 de noviembre de 2018

Poca vista

Ese no era el guión previsto. La idea era un domingo lluvioso, "mantita" y "peli" en familia, todos acurrucados en el sofá. Pero no. El guión fue otro. Ayer tocó salir corriendo para urgencias a Málaga bajo un soberbio aguacero, y cruzar los dedos para que no fuera la cosa a mayores.
Todo comenzó el sábado. Empecé a ver destellos, moscas y gusanillos voladores. Cuando contemplaba el cielo, una enorme nube de polvo en suspensión lo cubría todo, con millones de granitos que me rodeaban, sin que pudiera tocar ninguno cuando acercaba las manos. Juro que no había consumido alcohol, drogas ni nada parecido. Pero mis ojos me ofrecían un panorama visual de alucinación absoluta. No pude evitar pensar cuántas de las cosas que consideramos reales e inamovibles en nuestra vida son en realidad creaciones de nuestra mente o de nuestros sentidos. Me di unas horas para ver si aquellas visiones desaparecían. Pero viendo que no, llamé a las urgencias de la clínica que me operó el ojo en Barcelona, para pedir consejo. Me dijeron que fuera "zumbando" para urgencias. Y eso fue lo que hicimos, a pesar del guión hogareño que habíamos planificado.
El chaparrón debió disuadir a muchas personas de acudir a las únicas urgencias oftalmológicas de la provincia, porque fuimos atendidos de inmediato. Y de nuevo se rompió el guión. Mi ojo izquierdo siempre había estado dañado. Desde pequeño sólo había visto luces y sombras, y por eso entendí que había pasado el calvario que me había tocado pasar con él hace años. Pero mi ojo derecho siempre ha sido un súper-ojo. Siempre fue el más aplicado. Con su 125% de agudeza visual me había prestado el mejor de los servicios posibles. Y lo había aprovechado al máximo. Ya tenía un poco de miopía y astigmatismo, pero eso es normal a mi edad. Nada relevante que hiciera presagiar un susto como el que durante meses nos dio el otro. Ese era el guión. Y también me lo comí con patatas.
Aquel médico de guardia, un domingo lluvioso cualquiera, en aquellas urgencias solitarias, lo tenía claro: "desgarro operculado a las seis, de mediano tamaño". Eso significaba aplicar láser de inmediato y con la máxima urgencia en mi ojo bueno. Ese que había facilitado a mi cerebro todas las imágenes desde mi más tierna infancia. De no hacerlo, existía peligro de desprendimiento de retina, y eso ya sí eran palabras mayores. Significaba operación en toda regla con anestesia y posible pérdida de la visión para siempre. Mey y yo nos miramos. El semblante nos cambió de inmediato. Ya sí tocaba "ocuparse". La vida nos ha enseñado a no "pre-ocuparnos" antes de tiempo. A no derrochar energía en un absurdo rumiar mental, que no hace sino desgastarnos. Y por eso habíamos llegado tranquilos, relajados y pensando que sería un simple trámite. Nos dirían que era algo pasajero, nos darían unas gotas para el ojo, y en pocos días aquellas extrañas visiones desaparecían. Pero no. El momento adecuado había llegado. Tocaba ponerse manos a la obra, y desplegar toda la energía que aquel anuncio suponía. En dos minutos le contamos nuestra aventura con el otro ojo: aquel primer contacto con Barcelona, la operación y la hemorragia consiguiente, la segunda operación con la extirpación del cristalino, y la posterior terapia visual. Creo que aquella odisea que contamos apabulló a aquel joven doctor. Y nos dio la coartada, sin que se sintiera ofendido, para hacer sobre la marcha la llamada del comodín a Barcelona, para ver qué opinaban sobre su diagnóstico. Mientras, él haría algunas gestiones si decidíamos ir adelante. Barcelona no lo dudó. Un viaje en avión, un traqueteo mayor del habitual, o unas horas de más podrían desencadenar el temido desprendimiento de retina. Debíamos aceptar el ofrecimiento del láser. Y así lo hicimos.
No sé si es una práctica habitual. No sé si se debió a la epopeya del otro ojo que le narramos. No sé si fue porque estaba afectado mi único ojo sano. O no sé si es que empezó a romperse la barrera médico-paciente y se abrió la puerta de la relación humana. Pero lo cierto es que en veinte minutos se presentaba allí, un domingo lluvioso por la tarde, nada menos que el jefe de oftalmología para aplicarme con apremio el láser verde de argón. Me dijo que si estaba dispuesto a colaborar. Como para mostrarme dubitativo estaba la cosa... "Sí", le contesté con rotundidad. Mi respuesta me ahorró la anestesia y un cono incomodísimo que te introducen en el ojo en estas ocasiones. Pero los cuarenta o cincuenta impactos de láser no me los quitaba nadie. Y ésa es una sensación desagradable, la verdad. No es dolor físico, pero sí lo es a la vez. Sientes los nervios oculares. Sientes que el ojo reacciona de forma refleja ante aquel impacto cegador de luz verde repetido sin cesar. Sientes que el ojo quiere parpadear y lucha contra la orden de que no te muevas ni un milímetro. Aquella orgía de luz y color, unida a las fantasías visuales desde el sábado, me habían dado un guión que ya quisiera Stanley Kubrick.
La vida trae días como el de ayer: imprevisto, súbito, accidentado, inquietante, alarmante... Por eso toca prepararse el resto de los días en que no hay enfermedad, no hay preocupaciones, no hay muerte. Y por eso, por la noche, antes de meternos en la cama, Mey y yo pensábamos lo mismo y decidimos hablarlo en voz alta. Es el tercer aviso de mis ojos. De ambos. Tarde o temprano tocará, quizás, afrontar una ceguera. Ojalá que sea dentro de treinta o cuarenta años. Ojalá que no ocurra nunca. Pero mientras, no está de más ir preparándose. Esta mañana, tras nuestra petición, nuestro querido Ángel, desde Lleida, nos abría las puertas de un nuevo mundo: el del braille y el de tantas aplicaciones que hoy día existen para las personas invidentes. Toca ocuparse, sin preocuparse. Toca adentrarse en un nuevo mundo y aprender. Y si al final no me toca, seguro que el camino habrá valido la pena. Como siempre.

PD1: Como sé que sois muchos los que os preocupáis, he escrito esto con permiso médico, porque debo hacer vida normal, incluido leer y trabajar al ordenador. Lo único es que debo evitar esfuerzos físicos y levantar peso hasta confirmar en unos días que todo ha cicatrizado bien y la hemorragia se ha disipado.
PD 2: Para quienes queráis conocer la aventura del otro ojo, os compartimos lo que escribimos en su día al respecto:



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domingo, 11 de noviembre de 2018

Segundo plano

Hay que reconocerlo. Calentito, se está calentito. La verdad. Y cómodo también. No hay nadie que te señale. Nadie que te reproche nada. Nadie que opine a tus espaldas. O que te ponga una u otra etiqueta. Quizás por eso tantos se quedan ahí. En ese estado de letargo, en el que el tiempo pasa sin pena ni gloria. Y en el que te ahorras disgustos y frustraciones que, a fin de cuentas, te has buscado tú solito o solita.
A veces pienso que es cuestión de condición. Que hay personas a las que les hierve la sangre, mientras otras la tienen de horchata de chufa. Pero no. A veces es cuestión de tiempo. De que llegue el momento adecuado, la llamada adecuada, el dolor adecuado. Mientras tanto, seguimos en nuestra zona de confort. Calentitos, muy calentitos.
Una pareja en la playa de Miedzyzdroje, Polonia
El pasado jueves lo hablábamos con nuestros queridos amigos Magdalena y David. En unos días se van a conquistar las Américas con un nuevo sello editorial. Su poesía es disfrutada ya por millones de personas. Y sin embargo, en el tiempo en el que les conocemos, ni un atisbo de apoltronamiento, de conformismo, de autocomplacencia. Hace unas semanas Magda era invitada a dar el pregón de las fiestas de su pueblo. Era un buen momento para regalar el oído a muchos. Pero ella prefirió llamar "al pan pan, y al vino vino". Igual que cuando alzó la voz para insuflar ánimos a tantos y tantos enfermos de cáncer que, como ella, luchan contra esa dichosa plaga. Le faltó tiempo a algunos, con muy mala idea, para acusarla de vender libros con su enfermedad. Es lo que pasa por no quedarse en un segundo plano, de perfil.
Hubo un tiempo en que también nosotros siempre estábamos en un segundo plano. Y cuando vamos a compartir algo, nos lo pensamos mucho. Porque somos muy conscientes de que no somos ejemplo de nada ni para nadie. De hecho cada vez estamos más convencidos del trabajo callado y silencioso de "hormiguita", de ese cambiarse uno o una para cambiar el mundo. Salir del segundo plano no siempre tiene que ser "a bombo y platillo". Y con mucha frecuencia nos encontramos en la misma dicotomía cuando nos metemos en alguna nueva historia. ¿Compartir o callar? ¿Arriesgarse a engordar el ego y las acusaciones de "buenismo", o sacrificar posibles conexiones con personas que se encuentran en la misma búsqueda que nosotros? Y os reconocemos que ni hay recetas para esto, ni en casa nos ponemos siempre de acuerdo a la hora de difundir o no lo que hacemos. Cierto es que mucha gente nos agradece nuestro compartir y nos reconocen que buscaban pistas o referencias cercanas, como la nuestra. Pero huimos de los gurús, de los "salvapatrias", y de los héroes de cartón-piedra. Hace poco un escayolista que nos hizo un trabajo en casa hace años, nos llamó para pedirnos consejo: quería tener gestos solidarios y aportar su granito de arena a varias causas solidarias, y tras seguirnos la pista durante meses, se fiaba de nosotros para decidir a dónde y con quién. Gente como él es la que nos convence de que, de vez en cuando, debemos seguir compartiendo algunas de nuestras salidas a escena.
Sabemos que siempre habrá quien nos critique o nos etiquete de esto o aquello. Pero hay tanto por hacer, que no pueden pararnos quienes se aburren y se dedican a la censura o el reproche. Y cuando los focos o la conciencia te apuntan, puedes decidir quedarte detrás del escenario, o salir a actuar. Por eso esta semana hemos dado otro paso al frente. Sabemos que algunos nos tildarán de locos. Otros de exhibicionistas. Y otros de insensatos. Pero no podemos quedarnos impasibles en ese dichoso segundo plano, por muy calentito que se esté en él.
Hay muchos niños esperando un abrazo, una mirada tierna, una escucha activa, un hogar. Y hay mucha gente mirándose al ombligo, quejándose de su destino, y compitiendo en victimismos de todo pelaje. Olvidan que esas cosas resultan bobadas cuando ves situaciones así en otros. Y hay muchos "otros" que nos necesitan y que nos curan cuando les entregamos parte de nosotros mismos. Por eso ya hemos empezado los trámites. Por eso ya nos hemos ofrecido. No podemos permitir que niños como nuestro Pablo, nuestro Samuel o nuestra Eva, sin ninguna culpa, traba o pecado, vaguen por los centros de menores, sin una familia dispuesta a ofrecerles un hogar, aunque sea para arroparles durante unos días. Da igual que se llamen Cristian, Soraya o Javi. Que tengan 8 o 17 años. Son niños o adolescentes, como los nuestros. Niños que han tenido la mala suerte de que se les torció la vida a sus padres. Y necesitan familias que les hagan de puente hasta que se enderecen esas vidas. Sus profundos abrazos de este miércoles, siendo nosotros unos  auténticos desconocidos, delataban esa necesidad. ¿Se puede seguir de perfil ante esas realidades, teniendo unos brazos, una cama y una sonrisa para compartir con ellos? A pesar de los pesares, hemos decidido dejar de nuevo ese dichoso segundo plano. Y salir a escena. Por estos niños. Y por otros muchos que, ojalá, puedan disfrutar del hogar o de la compañía de gente con corazón, que se movilice con este paso que damos nosotros ahora. Lo compartimos sin mayor pretensión que el conectar con quien también pueda sentir esa necesidad de ayuda. Será incómodo. Traerá dolor. Y quizás no se esté tan calentito. Pero valdrá la pena. Sin lugar a dudas. Por esos niños y también por nuestro corazón. Porque de eso va la vida.

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lunes, 29 de octubre de 2018

Despedidas

"Sabes que ésta es la última vez que nos vemos, ¿verdad, Rafa?", me murmuró al oído mientras nos abrazábamos en la despedida.
"No digas tonterías, tita", le respondí yo, sabiendo que llevaba toda la razón.
Pocos días antes, la oncóloga le había retirado todos los tratamientos. Eso evidenciaba que la ciencia se rendía ante el maldito cáncer. Pero ella se sintió aliviada. Por fin acababa la tortura. Y aunque el final se acercaba, ella lo afrontaba con la entereza con la que había afrontado siempre las difíciles pruebas de la vida. Aunque se resistiera a que la vieran tan demacrada y vapuleada por la enfermedad, sentí que necesitaba despedirme entonces, como no pude hacerlo este verano con mi tía Tere. De aquel abrazo tan necesario, ayer se habrían cumplido seis semanas. Pero antesdeayer a las ocho de la mañana era su adiós definitivo.
Este año el otoño remoloneaba más de lo normal. Aún no habíamos abandonado las mangas cortas, cuando el frío polar nos dejaba tiritando este fin de semana. Era como si su adiós nos hubiera dejado helados a todos, por muy esperado que fuera. Y ayer por la mañana, en la puerta de la iglesia, mientras recibía el pésame junto a mis primos de decenas de desconocidos, en lo que aún sigue siendo una extraña tradición en muchos pueblos, sentía ese frío interior que ningún abrigo puede mitigar. Sin duda, hay fríos que tienen que ver con el alma y no con la piel. Y al ayudar a levantar su ataúd hasta el altar, los escalofríos no paraban. Aunque ahora que lo pienso, quizás se debiera también a lo que nos esperaba tras aquellas inmensas puertas que había cruzado yo de pequeño tantas y tantas veces. Jamás había visto aquella parroquia tan abarrotada de gente como ayer. Centenares de ojos se clavaban en nuestros pasos en una muestra de cariño colectivo que en algo mitigaría el dolor de mis cuatro primos.
Cuando uno ya ha perdido a sus abuelos y a sus padres, siente que empieza a colocarse en primera línea de fuego. Y que esa llamada inexorable de la tierra se aproxima tarde o temprano, aunque nunca queramos pensar en ello. Polvo al polvo. La verdad es que se te desmoronan los castillos de naipes que a veces nos montamos en la cabeza. Y no puedes evitar pensar cuántos besos de tus hijos al llegar del instituto te quedan. Cuántos abrazos a tu mujer. Cuántas lunas llenas por ver. Cuántos "madrugones" para ir a trabajar. Cuántas cosas que adoramos u odiamos, pero que seguro añoraremos cuando ya no estemos aquí. Y no puedes evitar volver a darle la importancia que realmente tienen tantas y tantas cosas sencillas y cotidianas, que a veces, obviamos pensando que somos eternos.
Me gustó el rato que compartí con mis primos y familiares en el recorrido hasta el cementerio y en la espera durante la incineración. También el tapeo posterior que improvisamos los que nos quedamos hasta el final. Y disfruté de las risas con los recuerdos, de unos abrazos por desgracia demasiado esporádicos, y de un compartir que se me antojaba cada vez más necesario entre nosotros. Siempre he odiado el ritual de las coronas de flores, del coche fúnebre y de los pésames. Pero hay algo que siempre agradezco de todo ese ceremonial: que obliga al reencuentro. Y que lo que nuestras cargadas agendas no une, la marcha de alguien querido siempre consigue. 
Mientras volvía a casa en el coche, no podía evitar acordarme de tantos y tantos recuerdos en ese pueblo de mis abuelos. Forman, sin duda, una parte importante de lo que somos. Y nunca desaparecerá, por mucho que el inexorable reloj biológico se empeñe en recordarnos que nada es eterno, y que todo cambia.
Ya son dos noches seguidas de desvelarme a las cuatro de la mañana. Puede que sea el dichoso cambio de hora. Aunque probablemente son las pequeñas secuelas de haber sufrido la ausencia de un padre con cuatro años. Y aunque tengo ya muy integrada la muerte como parte la vida, cada vez que alguien querido se marcha definitivamente, este proceso se repite. Justo antes de su marcha. Justo después de su adiós. Al menos ya no lloro como una magdalena como en aquel entierro del abuelo, aunque bien sé ya del poder terapéutico de las lágrimas. Allí me di cuenta que algo tenía roto por dentro, y tocaba remendarlo. Y por suerte tuve tiempo de hacerlo para la marcha de mi madre. Pero siempre se repite este proceso interior de silencio y duelo, de vellos de punta, de nudo en la garganta.
En la despedida de mi tía Conchi ayer, me acordaba de tantas personas cercanas que se han ido recientemente: mi tía Tere, mi antiguo compañero Pepe... Y en su lucha de tantos años de enfermedad, sentía muy presentes a tantos seres queridos que están ganando o aceptando de una u otra forma sus batallas: Luije, Magdalena, Carmen, el tito Juan, Juanmi, Belen, los padres de tantos buenos amigos...
Cuando depositamos las cenizas de mi tía dentro del nicho familiar junto a las de mi tío Agustín, y se cerró la losa, curiosamente sentí con fuerza que ella ya no estaba en esa urna, ni en esa cavidad. Que estaba en la mariposa que revoloteaba entre las flores y los cipreses de aquellos largos pasillos de silencio. Que se escondía en los diminutos trozos de hielo que aquel mágico granizo nos trajo justo en ese momento entre rayo y rayo de sol. Que nunca se marcharía de los corazones de los que disfrutamos de tenerla entre nosotros.


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domingo, 21 de octubre de 2018

Familia corriente explora territorios insólitos

"Nunca me imaginé encontraros aquí, con los hijos tan excepcionales que tenéis". Esa frase nos la decía ayer mismo una amiga con la que coincidíamos en un taller de adolescencia. Nos habíamos apuntado para profundizar en técnicas y actitudes para afrontar esta complicada etapa que vivimos con nuestros hijos. Y nos sorprendieron mucho esas palabras. Por un lado porque se vienen repitiendo muchos mensajes y encuentros de ese tipo, cargados de cariño y de alta estima hacia nosotros. Pero por otro, porque evidencian un error de base. Y no es que no consideremos a nuestros hijos excepcionales. ¡Qué padre o madre no los va a considerar así! Es que, por muy excepcionales que sean, pasan las vicisitudes, las dificultades y las zozobras por las que todos hemos pasado en esta etapa de la vida. Y cuantas más herramientas se tengan, mejor.
Andorra, verano 2018
También en las últimas semanas, se han repetido situaciones que no dejan de abrumarme. A raíz de mi participación en el impulso de sesiones de mindfulness para compañeros de trabajo en mi oficina y en otro edificio cercano, se me han acercado bastantes personas pidiendo consejo sobre situaciones muy personales que les afectan en su salud interior. Para mí resulta maravilloso que personas, a veces totalmente desconocidas, vengan a consultarme y compartir conmigo situaciones íntimas que les preocupan y atormentan. Enfermedades, trabajo, amistad, relaciones de pareja...Yo, como no puede ser de otra manera, abrazo esa confianza, y comparto mi humilde perspectiva. Pero siempre me cuido de procurar dejar muy claro, que ese encuentro y esa opinión se encuadran dentro de una relación de iguales, y nunca desde una perspectiva de maestría o de gurú. Es muy fácil que, cuando uno anda muy desesperado, y alguien te ayuda a remover y encontrar algo de sentido en todo lo que te atormenta, lo erijas en tu referente, o en una especie de ejemplo a seguir. Y eso siempre es peligroso. En primer término porque se generan dependencias, que es lo que precisamente tratamos de evitar en esas sesiones, liberándonos de ataduras y capas que se van acumulando dentro de nosotros durante años. Y en segundo lugar porque es profundamente erróneo. Si en algo creo que ayudo a mis compañeros/as es compartiendo mis dificultades, mis incoherencias, mis tropiezos y mis errores. De hecho, me asombra que una persona como yo, que dedico mucho menos tiempo del que me gustaría a la meditación, pueda estar ayudando a gente a iniciarse en dicho proceso, con tan buenos resultados en algunos casos. Y creo que la clave está precisamente en eso: en que desde la igualdad y la normalidad, nos ayudamos a adentrarnos en un camino fascinante de encuentro con uno mismo y de impulso de un mundo diferente para vivir, partiendo de nosotros mismos. Y de este modo, no es que seamos maestros, ejemplos o referentes de nada; es que desde nuestra absoluta normalidad, incoherencia y dificultad, estamos compartiendo un camino fascinante, que sin duda, es el que da sentido a la vida. Y la buena noticia es que no hay condiciones para ese camino. Sucede igual que en nuestro querido Camino de Santiago: es el compartir de millones de personas normales en su peregrinar durante siglos por las mismas rutas, con preocupaciones y luchas similares, lo que hace de ése un lugar mágico. Se puede ser de lo más corriente y dar pequeños pasos que nos vayan adentrando por insólitos territorios inexplorados: a veces en las dificultades de la vida, a veces ante la enfermedad o ante el amor, a veces en la educación de los hijos, a veces en la relación con los otros seres de este planeta, a veces en nuestra actitud con el dinero, o a veces en las cuestiones más mundanas...
Eso no significa que no haya seres extraordinarios que actúen de verdaderos faros en ese caminar. Hace unos meses almorzábamos con Emilio, uno de ellos. Él sin duda sí que es alguien muy especial. Sus vídeos de youtube son vistos por millones de personas en todo el mundo. Y está permitiendo la apertura consciencial de muchísimas personas en multitud de países. Es todo un regalo poder abrazarle y comer con él. Probablemente muchos, en una circunstancia tan privilegiada, le habrían preguntado sobre los grandes misterios espirituales, a los que su gran sabiduría, sin duda, habría dado respuesta. Pero yo decidí preguntarle por algo mucho más terrenal, quizás porque ése es uno de mis territorios por explorar: "¿Alguna vez te enfadas con tus hijos?". Su negativa me dejó entre anodadado y conmovido. Sin duda juega en otra división, quizás por su práctica espiritual durante años y su enorme capacidad de introspección. Pero yo aún me siento a años luz de estar tan equilibrado como para no verme arrastrado por el torrente de energía desbordada, hormonas, retos y caos que a veces tenemos en familia. 
Esta semana, precisamente, hemos sentido una fortísima llamada hacia uno de esos caminos en los que adentrarse. Están siendo semanas complicadas de adolescencia en casa. Los desplantes, las palabras gruesas y las actitudes retadoras están a flor de piel en los niños. Evidentemente todos hemos pasado por ahí, aunque a veces se nos olvida. Y aunque uno se prepara para esos momentos, aún estoy alejado de conseguir un equilibrio como el de Pancho Ramos Stierle. La vida de este joven mexicano, afincado ahora en Oakland, se rige por un lema radical: "Si quieres ser revolucionario, sé amable". Y ese lema le ha llevado a situaciones tan chocantes como verse rodeado de antidisturbios en plena batalla campal y ser capaz de seguir en actitud meditativa, devolviendo una sonrisa o una palabra amable frente a las agresiones. Sin duda, Pancho también juega en otra división. Y sus palabras no han dejado de resonarnos esta semana, y por eso decidimos escribirlas en la pizarra de nuestro frigorífico, para que nos iluminasen. Y justo en esas andábamos, cuando a los pocos días llegó a nuestras manos el precioso vídeo #FromWomenToMen en el que un grupo de mujeres lanzaban un radical mensaje de reconciliación hacia los hombres. No pude dejar de pensar la de siglos que el género femenino lleva de sometimiento al género masculino, y cuán necesario resulta esa energía femenina en nuestro mundo de hoy. Pero me maravilló descubrir que la clave que planteaban está en la búsqueda del acercamiento, honrando y reconociendo los propios errores y al otro en su divinidad, y no en una eterna batalla basada en el rencor, en los agravios cometidos en el pasado, o en el tener o no razón. El territorio por explorar de esta semana quedaba tan nítido que no podía mirar para otro lado: la reconciliación.
Ayer, en el taller de adolescencia, los padres asistentes compartíamos vivencias comunes de nuestros hijos adolescentes: desplantes, malos modos, gritos, portazos, desaires... Y reconozco que sigo saltando de vez en cuando como un muelle ante esas situaciones,  aunque haya reducido últimamente la tensión y mis respuestas airadas  en tales situaciones. Muchos dirán que es preciso dar un golpe en la mesa de vez en cuando en el proceso de educar a los hijos cuando se cruzan ciertas líneas rojas. Pero a veces eso no hace más que añadir leña al fuego, y en esos momentos, la pérdida de control, lejos de calmar las situaciones, lo que hace es desencadenar tormentas peores. Y ya se entra en el juego del "y tú más", de la elevación de la voz, de las malas caras, de la baja vibración...Un ambiente poco propicio para el ejemplo, para el abrazo, para la apertura del corazón, y para crecer como personas. Suerte que tengo a Mey a mi lado, para tirarme de las orejas. Suerte que no puedo buscar excusas, exponiéndome en estas citas ante el teclado. Y suerte que la práctica meditativa ante mis compañeros de trabajo me obliga a no rendirme. Porque el camino es sólo uno, aunque a veces se tropiece en él.
Esta semana de nuevo sentí que tenía razones para enfadarme. Pero la vida no va de razones, sino de ser feliz. Y a veces las razones te llevan a un absurdo "ojo por ojo" que te acaba dejando ciego. Y sin darte cuentas piensas que siendo estricto, poniendo caras largas de desaprobación, y creando distancia, las actitudes desviadas se van a corregir. Y no. Las cosas no funcionan así. Por eso decidí pedir perdón a los niños. Y costó. ¡Claro que costó! Es más fácil escribir un post o un tuit, que comerte el orgullo y tus dichosas razones, y exponerte al reproche rebajándote ante el agravio de un hijo o una hija. Pero nunca es rebajarse. Nunca es un agravio. Nunca hay un reproche. Siempre la réplica es el abrazo y el beso. Siempre de inmediato también una disculpa como respuesta. Y siempre las aguas vuelven a la calma. Siempre.
La gente que nos lee y nos escucha nos eleva a los altares con demasiada frecuencia. Y es preciso ser honestos. Estamos a mucha distancia para ello. Pero lo que sí hacemos es caminar por territorios maravillosos, como el de la reconciliación de esta semana. Con la mejor de las intenciones. Aprendiendo día a día. "Metiendo la pata hasta el fondo". Y sirviendo de puente para mucha gente corriente, como nosotros, que también quiere sumarse a esos caminos insólitos e inefables que la vida nos pone por delante. Hace falta mucha reconciliación entre generaciones, entre padres e hijos, entre naciones, entre mujeres y hombres. Ése ha sido nuestro camino de esta semana, y uno de tantos que seguir recorriendo una y otra vez. De aquí al final de nuestros días.

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viernes, 12 de octubre de 2018

Quedarse en tierra (parte II)

Después de nuestra aventura bilbaina, el examen es en Sevilla, a novecientos kilómetros. Pero ya hemos aprendido que hay trenes, barcos o aviones que pasan sólo una vez en la vida. Quizás éste del examen en Sevilla es uno de ellos. Miradas de complicidad. Yo no lo veo claro, pero es Mey la que me anima a dar el salto si conseguimos encontrar un sitio agradable donde los niños puedan disfrutar razonablemente estas cuarenta y ocho horas, sin andar encerrados. De nuevo volvemos al trajín, a las prisas, a las idas y venidas. Está claro que nuestra energía tiene que ver con no parar, y cuando toca parar, ya nos buscamos nosotros solitos el no hacerlo. Vamos a la oficina de turismo a preguntar. Allí nos enteramos que existen campings en los que admiten perros pero no niños. El mundo está loco.
Mirando por la ventana del camarote
Seguimos buscando. Finalmente encontramos un precioso camping, cerca de la playa de Gorliz. Y además está a un par de kilómetros de una estación de metro. Reservamos plaza por teléfono, y salimos zumbando para la estación para comprar un billete para ese autobús que quizás sólo pasa una vez en la vida. El tiempo está justillo. Llegamos a Gorliz y montamos en tiempo récord la tienda de campaña. No me convence mucho dejar a Mey con los tres niños sola, aunque sean sólo dos días. Pero siempre hay buena gente dispuesta a echar un cable. Y la pareja de la autocaravana de al lado se vuelcan en apoyarla en lo que haga falta, incluido el calentarle los biberones. De esos días Mey siempre se acordará de la entrañable imagen de ella duchándose con Eva en brazos, y los dos niños en la puerta montando guardia, explicando a todo el que pasaba que estaban cuidando de su mamá.
Me despido, y de nuevo toca correr al metro, para llegar justo para la salida del autobús a Sevilla. Tras un larguísimo viaje al estilo "Ocho apellidos vascos" llego el sábado a Sevilla a las seis de la mañana . Decido ir andando hasta la facultad donde es el examen para despejarme un poco. Pero al llegar me tumbo en el césped ya exhausto. Aún quedan tres horas para el inicio de las pruebas, y un descanso puede ser clave. Me despiertan dos guardas de seguridad, pensando quizás que soy un drogadicto, una persona sin hogar, o que ando de resaca tras una noche de desenfreno. Les explico brevemente la situación y no puedo evitar reírme por dentro a carcajadas. Si yo les contara...
A las diez entro al examen. No recuerdo haber estado más tranquilo. Cuando llevas ya tanto a la espalda, lo relativizas todo. No te aferras tanto al resultado de las cosas, o a que tengan que ser de una u otra forma. Y eso da tranquilidad. Me defiendo "como gato panza arriba" en el examen y de nuevo salgo corriendo para coger el autobús de vuelta tras pillar algo para comer por el camino. Nuevo viaje eterno hacia el norte. Y amanezco en Bilbao el domingo 23. Cojo el metro hacia Gorliz y al salir me encuentro una algarabía impropia de esas horas de la mañana de un domingo. Son las fiestas del pueblo, y las litronas se mezclan con los "Gora ETA", los carteles pidiendo el acercamiento de presos, y los gritos alcoholizados propios de cualquier exceso festivo. Cruzo los dedos para no verme envuelto en ningún altercado. Y por fin llego a la hora de despertar a la prole en su tienda de campaña. Toca recoger, dirigirse al puerto y embarcar a la hora prevista, esta vez ya sin ningún imprevisto. No recuerdo una sensación mayor de placer cuando sueltan el amarre y el buque se adentra en el mar. El resto del viaje es una auténtica gozada. Todo como habíamos previsto.
En el ferry Bilbao-Portsmouth
Respecto al examen, fue un "sí pero no". Sí, porque efectivamente aprobé el examen contra todo pronóstico y a pesar de todo. Y no, porque no conseguí plaza, por falta de puntos en el concurso. A alguno quizás le chirríe. ¿Para qué tanto lío entonces? ¿Para qué tanto esfuerzo? ¿Para qué tanta carrera? Estamos tan acostumbrados a los finales felices de Hollywood, que todo lo que no tenga un final feliz, parece que no tiene sentido. Pero ya hemos aprendido que la vida no va de finales sino de los caminos intermedios. Y todo lo que se vive en ese camino y cómo se vive es lo que verdaderamente da sentido a la vida. Esa experiencia se sumó a otras muchas. Y poco tiempo después aprobé las oposiciones y conseguí plaza. Curiosamente cuando dejé de aferrarme a ello, y cuando casi ni me acordaba. Y de esa forma, algo por lo que me había esforzado tanto, se consiguió cuando dejé de obsesionarme por conseguirlo. De hecho, en su día tomé posesión y pedí la excedencia en el mismo día, y no empecé a ejercer hasta mucho después. Ese final tan esperado debía ceder el protagonismo a otras muchas circunstancias del camino de la vida.
Samuel, hace pocos meses, en su regreso tras un curso en Estados Unidos, estuvo también a punto de quedarse en tierra. Faltaban pocas horas para su llegada, y recibimos su llamada angustiada. Una vez en el avión, y tras varias horas de retraso en la pista de despegue, un problema en una de las turbinas les obligaba a cambiar de nave. Y para entrar en el nuevo avión, al ser menor de edad, debía estar presente la familia que le había acompañado hasta allí horas antes. Ellos se habían marchado al cerrarse las puertas del avión y ya estaban a centenares de kilómetros. Así que peligraba su vuelo a Nueva York, y consiguientemente la conexión hasta Málaga. Pero quizás recordó alguna experiencia familiar de quedarse en tierra. Y no sabemos cómo (porque las autoridades americanas para esto, no suelen ser muy amigables), pero logró movilizar los apoyos y los argumentos necesarios para convencerles de que le dejasen embarcar. Llegó a casa a su hora y sin contratiempo.
Respecto a aquel lejano viaje en ferry, los niños jamás olvidarán el disfrute de los talleres de ciencias o los dinosaurios en los museos londinenses, el embarque del coche en un tren que viaja por debajo del mar, o los castillos visitados por Francia. O sí, quizás lo hayan olvidado. Pero lo que quizás sí les quede grabado en su interior de por vida es la dinámica de movilización y el inconformismo necesarios cuando uno va a quedarse en tierra. Da igual que sea para un viaje, para un examen, para una lucha por la salud, o para alcanzar un sueño. A veces el quedarse en tierra es el mayor acicate para luchar contra unos límites que no existen, y sólo están en nuestra cabeza.


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