viernes, 22 de septiembre de 2023

El que más lo necesita

"Al que tiene, se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, aun lo que tiene, se le quitará". Si hay un mensaje aparentemente contradictorio con el mensaje del libro que lo alberga es éste, recogido en el Nuevo Testamento, en Mateo 25:29. ¿Cómo? ¿Que a los ricos y opulentos todavía se les dará más, y a los pobres, hasta lo poquísimo que tienen, se les quitará? No suena muy "católico" ese mensaje...¿Cómo va a ser eso? ¿Cómo se va a ensalzar a los ricos y se va a hundir a los pobres? Con razón, cada vez que toca leer la parábola de los talentos, en muchos púlpitos se suele pasar de puntillas por esa frase, o se hacen piruetas dialécticas para no evidenciar esa aparente incoherencia, ese aparente desliz de quien escribió o tradujo al latín el texto. Pero no. No hay error. No hay desliz. La frase es así. Y en ella se encierra un potente mensaje que está en el centro de buena parte de lo que nos está sucediendo como Humanidad.

Geralt en Pixabay

Ese mismo concepto ha coincidido que se ha repetido hasta la saciedad en los últimos meses en distintas conversaciones que hemos tenido con familiares y amigos. Era como una llamada a prestar más atención a este asunto. Siempre la dinámica era similar: justificar actitudes o tratamientos discriminatorios en favor de alguien "porque es quien más lo necesita". Y esa decisión tenía consecuencias claras en cuanto a un tratamiento desigual a nivel económico, de dedicación o de cualquier otra índole. Pero ¿quién reparte los certificados de necesidad? ¿Estamos seguros de que el otro necesita lo que le damos? ¿No estaremos perpetuando su sensación de carencia y sus quejas victimistas? ¿No estaremos siendo paternalistas y sobreprotegiendo, en vez de ayudar a dar alas a quien pretendemos ayudar? ¿Qué significa "tener" o "no tener" en realidad para la VIDA con mayúsculas? Justo de eso va la frase de Mateo 25:29.

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En un mundo tan materialista como el que vivimos, se nos está tratando de convencer por todas las vías posibles de que somos exclusivamente cuerpo y mente. De que lo importante es ser conscientes de la forma, de las cosas y de lo que sucede. Como si esa fuese la única realidad. Pero puede que no sea así. Este verano hemos pasado horas en Peponi contemplando el cielo en la oscuridad de la noche. Era imposible no sentirse sobrecogido ante la inmensidad del espacio y los millones de estrellas que alberga. ¿Cómo no sentir una especie de reverencia ante el misterio incomprensible que contemplábamos, ante nuestra pequeñez dentro de tanta inmensidad? Especialmente cuando llega un momento en que renuncias a identificar esta o aquella estrella, este o aquel planeta... Y en lugar de tratar de explicar, nombrar o señalar esos objetos en el espacio, tomas conciencia de la profundidad infinita del espacio mismo. Llegado ese punto, la cercanía con el éxtasis es casi total, y no se produce por el número de estrellas, planetas, o galaxias que intuyes, sino por la profundidad misma que los alberga a todos. De este modo, cuando tenemos conciencia del espacio, realmente no tenemos conciencia de nada, salvo de la conciencia misma, del espacio interior que todos albergamos en nuestro interior. Es como si se evidenciara que hay algo dentro de nosotros que tiene total afinidad con el espacio. Eckart Tolle lo expresa de este modo: "Cuando el ojo no encuentra nada para ver, la nada se percibe como espacio. Cuando el oído no encuentra nada para oír, el vacío se percibe como quietud. Cuando los sentidos diseñados para percibir la forma se tropiezan con la ausencia de la forma, la conciencia informe que está detrás de la percepción y de la cual emana toda percepción, toda experiencia posible, ya no se oculta detrás de la forma. Cuando contemplamos la profundidad inconmensurable del espacio o escuchamos el silencio en las primeras horas del amanecer, algo resuena dentro de nosotros como en una especie de reconocimiento. Entonces sentimos que la vasta profundidad del espacio es nuestra propia profundidad y reconocemos que esa quietud maravillosa es nuestra más profunda esencia, más profunda que cualquiera de las cosas que conforman el contenido de nuestra vida"

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No ser conscientes de ello supone anular en la práctica nuestro componente espiritual y trascendente como seres humanos. Y desde esa perspectiva, se nos hace creer que cuanto más consumamos, más bienes acumulemos, más reconocimiento, fama o poder busquemos, y más nos centremos en nuestro "bien-estar", más felices seremos. Es el culto al "ESTAR", al componente perecedero y mortal que somos. De ahí que, cuando sucede algo como la pandemia, que nos recuerda que ese componente tiene fecha de caducidad, todos salgan corriendo a hacer lo que se les diga, por muy absurdo que sea, para que ese "ESTAR" en este mundo se prolongue sea como sea. Pero ¿y el componente del "SER"? ¿Y ese otro componente imperecedero e inmortal que atesoramos, esa profundidad interior que todos albergamos? ¿Tan olvidada la tenemos?

Esa carcasa que todos somos acabará. ¡Asumámoslo! ¡Aceptémoslo! Tarde o temprano todos dejaremos de ESTAR aquí. Y todo ese esfuerzo por buscar placeres, riquezas y "cosas" de lo más variopintas no habrá servido para nada. Se esfumará entonces toda esa NECESIDAD de tantas y tantas cosas o experiencias, que nos hacen tan dependientes de lo que digan la publicidad, el instagram, nuestros familiares y amigos, o el gobernante de turno. Será ahí cuando quizás nos daremos cuenta de que si no hemos cultivado nuestra parte imperecedera, ese SER que somos, nos vamos a sentir muy vacíos.

El "SER" es el que te conecta con todo. Por eso el espacio que alberga las estrellas y los planetas conecta tan bien con el espacio interior que alberga nuestro SER. Es el que te hace no sólo ver a Dios en todo lo que existe, sino ver todo lo que existe con los ojos de Dios. Es el que te hace sentirte UNO con la realidad que nos rodea. Y para el SER no hacen falta muchas cosas materiales, no hace falta tanta "forma", tanta cosa, tanto acumular ni tanta "parafernalia". Así, las necesidades se diluyen. Casi sobra todo. Es lo que decía San Francisco de Asís: "Necesito poco, y lo poco que necesito, lo necesito poco". Pero por desgracia, vivimos en la cara opuesta de esa realidad.

Por eso, podemos llegar a perjudicar a quienes queremos ayudar, si con nuestro apoyo, acaban necesitando muchas cosas, y todas esas cosas las necesitan mucho. Ese parece ser el mal de nuestro tiempo. Necesitar, desear y anhelar más y más, pensando que con ello vamos a ESTAR bien, pero olvidando que eso poco va a ayudar a nuestro SER. 

Renan_Brun en Pixabay
Este post no es una apología en contra de la solidaridad o en contra de la ayuda mutua o el apoyo al prójimo. Ni mucho menos. Todo lo contrario. Es una llamada para que nos ayudemos a ser mejores, enriqueciendo nuestra consciencia de lo que no tiene forma, y para que no nos conformemos con ayudarnos a estar mejor con lo pasajero, con la forma o con lo que nos esclaviza. Es una invitación a preguntarnos qué nos hace mejores, aunque precisamente por eso salga poco en la televisión o lo practique poca gente. Un cortometraje y un documental que veíamos hace poco ponía justo "el dedo en la llaga": ¿el tener más y más cosas y comodidades, el ser más independientes de los demás, realmente está enriqueciendo nuestro SER, nos está haciendo ser más felices? ¿O realmente cada vez nos sentimos más vacíos, quizás precisamente por esa búsqueda desaforada de confort, de bienes y de independencia de los demás? 

Por eso, tantos y tantos sabios, tantos gigantes del pensamiento y de la espiritualidad han apuntado en la misma dirección, que se podría resumir en la frase: "¡Qué poco se necesita para sentir la felicidad!". Quizás porque descubrieron que las cosas o "lo que pasa" no dan la felicidad, aunque lo parezca de inicio. Por el contrario, las pequeñas cosas, lo poco, lo más sencillo, ocupan poca forma, y con ello se deja espacio para el espacio interior, y para la conciencia no condicionada, que es de la que emana la verdadera felicidad, la alegría de SER, la sensación de estar llenos, y de no parar de recibir de la vida. El siguiente paso es inevitable: una creciente oleada de gratitud, que acaba atrayendo más y más a esa vida ya plena y llena de sentido. 

Al que tiene su SER pleno, al que es consciente del espacio sin forma, al que se siente feliz con lo que la vida le da, tiene con ello mucho, muchísimo. Y "se le dará y le sobrará". Pero al que ignora a su SER, centrándose en el ESTAR, quejándose de la vida, anhelando y necesitando siempre más y más, aunque puede haber acumulado mucho en lo material y en la forma, tiene poco, poquísimo. Y "aún lo que tiene, se le quitará". Y donde se constata con mayor fuerza todo esto es ante el espejo de la muerte: el que ha estado obsesionado con acumular cosas y caprichos, poco se va a poder llevar "al otro barrio", la verdad; mientras que quien está lleno de su SER, tendrá sus alforjas preparadas para lo que tenga que venir. 

Todo esto no lo decimos nosotros. Ni mucho menos. Aunque cada vez tenemos más claro que debe funcionar así. Sólo hay que observar cómo viven la vida quienes nos rodean, y cómo abandonan este mundo cuando les llega su hora.


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sábado, 9 de septiembre de 2023

Regresos

Hace mucho que decidimos dejar de actuar como si la vida fuera un ensayo. A fin de cuentas, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años. Dicen que los cuarenta son la vejez de la juventud. Y que los cincuenta (en que algunos andamos ya) son la juventud de la vejez. Por eso toca vivir cada día como si fuera el último. Vivir el presente con intensidad, ese es el gran objetivo. Y cada vez evitamos más lo que nos distraiga de ello, incluidos los deberes autoimpuestos, como la regularidad en compartir nuestras reflexiones y posts. Disculpad por ello.

ebpilgrim en Pixabay
Desde mayo, esa vida ha sido ciertamente intensa en casa. Eva superó con éxito tanto el Bachillerato Internacional como el Bachillerato LOMCE, y tras la Selectividad, ha podido acceder a su primera opción para la Universidad: Ingeniería de Telecomunicaciones. Samuel sigue "flipando" en Física, y en unos días se va de Erasmus a Italia para este curso, trabajando en paralelo en la oferta que ha recibido para cursar el máster en EEUU el curso siguiente. Y Pablo compagina en Oklahoma su último curso de grado con el máster, anda con la tesis tras iniciarse en tareas de investigación, y durante este verano ha estado trabajando cerca de Dallas para Ericsson, con los que ha extendido las prácticas hasta mayo, con la intención de incorporarse a su plantilla después, ojalá que en Estocolmo (que es lo que Pablo desea para estar allí con Estela, tras estos años de noviazgo en la distancia).

En definitiva, se acabó la etapa escolar y de bachillerato en esta familia. Y sin añoranzas ni "nidos vacíos". Cada cosa tiene su tiempo. Y el actual de nuestros tres "churumbeles" es apasionante. Samuel y Pablo están actualmente colaborando en asuntos relacionados con computación cuántica e inteligencia artificial, justo en el "ojo del huracán" de estos tiempos "locos" que vivimos. Ver su complementariedad y cómo se apoyan y ayudan, nos llena de orgullo. Y Eva empieza a volar ya en la Universidad, habiendo superado las pruebas más difíciles en estos dos años.

Grey85 en Pixabay
Eso en el ámbito académico y profesional. Y por mucho que nos alegren sus respectivos logros en él, ese ámbito no es, ni de lejos, el más importante. Lo más importante es observar cómo estos tres seres, que quizás un día decidieron venir a esta familia para que les acompañásemos por el camino de la vida, han empezado a desplegar con fuerza sus alas y sus respectivos dones y talentos, que es a lo que quizás vinieron. Han entendido con apenas 20 años de qué va la vida y este mundo, cosa que, quizás nosotros no entendimos hasta los 40. Y están trabajándose interiormente para lidiar con lo que probablemente vendrá, que no será "moco de pavo". Atrás quedaron las pugnas y alejamientos de los padres para reafirmar su personalidad, habituales en la adolescencia. Ahora viven el regreso a la familia, el regreso a los principios y valores que nos unen, y el disfrute pleno del tiempo que compartimos (ya contaremos detalles de la magia vivida este verano).

No es el único regreso. Con mucha pena, falleció en Francia la bisabuela de la familia a los 102 años. Y en lo cotidiano, estamos ya en septiembre. La operación regreso de vacaciones ya finalizó. El regreso a las aulas y a las oficinas es inminente o ya se ha producido. Y hay muchos indicios que indican también el regreso a la manipulación informativa y a la paranoia de mascarillas, confinamientos e inoculaciones, lo que pondrá a prueba nuestro dominio del miedo y si hemos aprendido algo de todo lo sucedido en los tres últimos años.

Es tiempo de regresos. Pero quizás el mayor regreso al que estamos llamados es el regreso a nuestra esencia como seres humanos. El regreso a los principios inmutables y universales que nos conectan con todo lo divino que nos rodea. El regreso a ejercer de verdad nuestro libre albedrío y nuestra esencia como seres libres, sin chantajes ni miedos interesados desde los medios de comunicación, las redes sociales, las corporaciones o las instituciones públicas. El regreso a nuestra mente abstracta, que nos conecta con el "yo imperecedero". El regreso a lo que somos, y no al "rebaño" o al infra-humano en que parecen querer convertirnos. ¿Regresamos a ello?


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