domingo, 19 de julio de 2020

Érase una vez una pandemia (3ª parte): Incertidumbre

Hemos construido nuestro mundo sobre certezas. Nos acostamos cada noche con la certeza de que amanecerá en pocas horas. Que el despertador sonará. Que el termo o el butano nos proporcionará una ducha reparadora. Que nuestro frigorífico habrá mantenido frescos los alimentos para nuestro desayuno. Que nuestro móvil nos tendrá organizada la agenda de trabajo del día. Que nuestro coche arrancará sin problemas, que la autovía estará transitable, y que la plaza de parking del trabajo nos aguardará como siempre. Planificamos las vacaciones con la certeza de que podremos desplazarnos a los destinos escogidos, que habrá medios de transportes para ello, y que las regiones o los países a donde nos dirijamos nos recibirán con los brazos abiertos. E incluso organizamos la vida de nuestros hijos en base a las certezas de su asistencia diaria al colegio o al instituto escogido, a sus actividades extraescolares, y a sus espacios de ocio, eso sí, enlatados en una agenda bien apretadita. Soñamos una gran carrera universitaria para ellos, y un gran trabajo, por supuesto para toda la vida. 
Exebiche en freepik
Pero de repente llega el 2020. Y todas nuestras certezas parecen desmoronarse como castillos de naipes. Nos prohíben circular por donde siempre lo habíamos hecho. Nos obligan a llevar un bozal en la boca. Nos limitan a donde vamos y con quien nos reunimos. Cierran sus puertas instituciones y empresas que parecían invulnerables. Se cierran fronteras a cal y canto. Se suspende incluso el "pan y circo" del fútbol o de las olimpiadas. De repente, nuestras certezas se convierten en zozobra. Y le echamos la culpa al maldito 2020 o al dichoso virus. Quizás sin darnos cuenta de que quizás la culpa sea de nuestras expectativas de cómo debe funcionar nuestro mundo.
Realmente certezas hay pocas. Si hay alguna cierta en nuestra vida es que ésta acabará. Tarde o temprano. Pero lo hará. Al menos en el plano físico, como encarnación en este cuerpo que tenemos. En otros planos, sin duda no. Pero esta carcasa que nos alberga tiene fecha de caducidad. Y hasta esa fecha, todo es puro cambio y puro fluir. Aunque nos hayamos empeñado en darle la espalda a esa realidad, a base de nuestras absurdas certezas. Y de repente, nos televisan en directo, con toda su crudeza, y en horario ininterrumpido, esa gran certeza. Que no somos eternos. Que esto se puede acabar, y de hecho se acaba. Y que ni los grandes imperios tecnológicos, financieros o mediáticos, ni todas nuestras certezas lo pueden impedir. Y cunde el pesimismo, la angustia y el desasosiego por todos los rincones de nuestro planeta. Sin darnos cuenta de que no hay nada nuevo bajo el sol. Que lo único nuevo es un virus que nos confronta con nuestra incertidumbre vital, y con nuestra incapacidad para asumir esa inseguridad. Y en lugar de aprender a convivir con esa incertidumbre, nos aferramos a que esto cambie, a que las cosas vuelvan a ser como antes. ¿Qué "antes"? ¿El "antes" de creerse inexpugnables y eternos? ¿El "antes" de nuestras falaces certezas?
Cada uno tiene un relato de lo que está pasando con el Covid-19. Cada cual está gestionando como puede los miedos ante toda esta situación. Pero lo que está claro es que, si no somos capaces de aceptar la incertidumbre propia de una existencia en constante cambio y sometida a todo tipo de avatares, nada habremos aprendido de todo esto. Y repetiremos curso una y otra vez. Como civilización, y probablemente también como individuos. Porque sin saber convivir con la inestabilidad propia de nuestra condición, seguiremos chocando contra el muro de nuestra incoherencia. Y probablemente tendremos que ir más allá de la mera asunción de esta incertidumbre, y abrazarla con alegría e incluso con entusiasmo. De otro modo será difícil dar respuestas ágiles, innovadoras y flexibles a los desafíos de unos tiempos cada vez más inciertos. Probablemente sea ese uno de los mayores retos a los que no enfrentamos.
Imagen de Seúl en El País
El 17 de enero íbamos a una revisión ocular rutinaria a Barcelona, y nos volvimos con una peligrosa operación por perforación de mácula a realizar 10 días después. Incertidumbre. Semanas de reposo radical boca abajo, tras la operación, con la esperanza de que no vaya a mayores lo del ojo. Incertidumbre. En la primera escapada de fin de semana al campo, tras la intervención quirúrgica, Pablo nos llama desde Italia con urgencia, porque cierran su colegio de inmediato por la pandemia. Debe volver a casa de inmediato, creyendo que será cosa de un par de semanas. Ofrecemos acogida a tres compañeros más. Incertidumbre. El 25 de febrero nuestra casa acoge a ocho habitantes. No sabemos por cuánto tiempo. Incertidumbre. La epidemia en ciernes amenaza los vuelos para la revisión ocular de marzo. Incertidumbre. Cinco días después de la última revisión oftalmológica se inicia el estado de alarma. Incertidumbre. Las estructuras, los protocolos y sobre todo las mentalidades no están preparadas para el trabajo desde un confinamiento obligatorio. Incertidumbre. El teletrabajo y las clases online se abren paso a la fuerza en casa, con la conexión wifi echando humo. Incertidumbre. Las semanas iniciales de acogida a nuestros particulares refugiados se amplían, al ritmo de la histeria colectiva por la pandemia. Incertidumbre. El fin de curso se acerca, y ni Pablo sabe cómo acabará su Bachillerato Internacional (IB) en Italia, ni Samuel cuándo será su Selectividad. Incertidumbre. Fabián vuelve a Costa Rica justo antes del confinamiento. Erick tendrá que esperar casi dos meses a que se flete un vuelo humanitario en pleno estado de alarma. Y Jacopo, tras 3 reservas de vuelos fallidas (y probablemente fraudulentas) logra volver a casa cuatro meses después. Incertidumbre. Las notas del IB se definen por un nuevo algoritmo que tendrá en cuenta todo lo sucedido, alterando lo logrado en los dos primeros trimestres y afectando las posibles salidas de muchos a la universidad. Incertidumbre. Tanto a Pablo como a Samuel les aceptan en varias universidades extranjeras, y en concreto en sus preferidas respectivamente: Oklahoma y Toronto. Pero el cierre de fronteras y la necesidad de conseguir beca para tales logros, genera lo de siempre: incertidumbre. Finalmente Oklahoma ofrece beca completa e incluso un pequeño trabajo remunerado. Toronto no. En un caso todo dependerá de que Trump abra las fronteras tras el cierre radical y el rechazo a las visas de estudiantes. En el otro de los resultados de Selectividad para entrar en una universidad en la opción deseada: Físicas. Incertidumbre. En el caso de Eva, aunque todos los trámites están finalizados para marcharse a EEUU en 4º de la ESO, como sus hermanos, la organización, viendo el panorama, aconseja posponerlo todo al curso siguiente. Eso le cerraría puertas para las mismas opciones que sus hermanos, pero el panorama de EEUU nos obliga a aceptar. Incertidumbre. De un panorama en el que parecía que Mey y yo nos ibamos a quedar solos en casa el próximo curso, de repente las circunstancias parecen abocarnos a todo lo contrario. Incertidumbre. Nos llega un "chivatazo" de un amigo de Pablo desde una lejana embajada: la demanda de Harvard y el MIT frente a las decisiones de Trump respecto a las visas de estudiantes, va a obligar a retractarse en sus decisiones. Todo puede dar un vuelco. Incertidumbre. El vuelco se produce el pasado miércoles. Todo se reactiva. La embajada por fin abre la agenda de entrevistas de nuevo. Decidimos "liarnos la manta a la cabeza" e ir para adelante también con Eva. Seremos sólo 7 familias frente a las 140 del pasado año. Para las demás ha pesado demasiado lo que toca ahora: la incertidumbre. Nos acaban de confirmar el adelanto de cita de la embajada en Madrid para Pablo para este jueves. Iniciamos gestiones para que la cita de Eva también coincida con ese día. Es difícil, pero hay que intentarlo. Es sólo el inicio del papeleo, de las gestiones de los vuelos y del resto del lío. Incertidumbre. Ayer conocimos por videoconferencia a la familia americana. Todo pinta muy bien, aunque todo está realmente en el aire. Incertidumbre. Parece que hay algo cierto: que este año las vacaciones van a ser muy burocráticas. Respecto a si nos quedaremos solos Mey y yo el curso próximo: incertidumbre.
Si en cada paso de estos últimos siete meses, nos hubiéramos estado peleando con la incertidumbre radical que se ha cernido sobre esta casa, ya estaríamos en el manicomio. Pero hemos aprendido que no se trata de luchar contra esa incertidumbre, sino de navegar por su caudal. Y si es posible disfrutar de la travesía, todavía mejor. Porque es lo que hay. A veces entrará agua en la nave. A veces incluso temeremos naufragar. Pero es el río que toca recorrer. Y por tanto, habrá que disfrutar del viaje. Porque no hay final feliz ni final triste. Todo es pura odisea. Una odisea maravillosa (CONTINUARÁ)

sábado, 4 de julio de 2020

Érase una vez una pandemia (2ª parte): Historias de miedo

A la cuarta fue la vencida. Tres vuelos suspendidos después, y tras cuatro meses y cinco días en casa, Jacopo pudo regresar a Milán este martes. Y con él nuestro último refugiado del coronavirus. No puedo ni imaginar las ganas que tendrían de abrazarlo sus padres. Y tras todo este tiempo, si hay algo de lo que nos sentimos satisfechos, es de haber preservado un ambiente de optimismo, de ilusión y de ganas de cambiar el mundo entre los que hemos compartido estas cuatro paredes. Nada que ver, por desgracia, con lo que nos hemos encontrado al ir regresando poco a poco a esa normalidad anormal que nos hemos auto-impuesto.
Nandhu Kumar en Pixabay
Probablemente haya tantas versiones de lo que está ocurriendo como habitantes en este planeta. Casi ocho mil millones de relatos distintos. Y es curioso, porque aunque no sé si se trata de un cuento o de una pesadilla, todos estamos viviendo los mismos episodios: confinamientos, mascarillas, distancias de seguridad, lúgubres historias en la televisión las 24 horas del día...Sin embargo, cada uno tiene su propia interpretación, su propia explicación, su propio cuento. Pero, si lo pensamos, la narración de la realidad sólo puede condicionar un poco los pasos que nos toca dar a cada uno o una. Es sólo una explicación. Por eso, en el fondo, en casa nos importa tan poco lo que cada uno entienda respecto a lo que está pasando. Con que esa lectura no nos divida más, nos vale. La clave está en cómo vamos a vivir a partir de ese relato. Cómo nos vamos a posicionar individualmente y como Humanidad. Da igual la versión de los hechos de cada uno. Ahora nos toca salir a jugar. Ya hemos calentado bastante el banquillo.
Y debo reconocer que a medida que salimos del confinamiento, a medida que regresamos al trabajo, la preocupación ha ido en aumento. No sé si somos mejores ahora que en marzo. No sé si hemos aprendido alguna lección. Lo que sí estamos presenciando es un "mastodóndico" proceso de miedo colectivo. Y eso nos tiene consternados a Mey y a mi. He dudado, incluso, si escribir sobre ello, por respeto a tantas y tantas personas queridas que están inmersas en ese proceso. Pero si hay un momento en el que no callar, probablemente sea éste. Sin enjuiciar. Respetando los procesos de cada uno. Pero, como me decía Mey hace un par de días: nunca ha hecho tanta falta como ahora desplegar una energía alternativa a la que se está viviendo en la calle y en tantos hogares del planeta. La dualidad y la polarización entre baja y alta vibración parece inevitable. Y es por ello, que, lo sentimos mucho, pero no podemos dejar que se imponga el relato del miedo. Por  nuestros hijos. 
Siete de la mañana de un día cualquiera. Camino despacio hacia el coche aparcado en las afueras de la urbanización. Un señor de unos 70 años recorre un trayecto de uno 50 metros una y otra vez. Una y otra vez. Como un tigre enjaulado en un zoo. No hay nadie en la calle, pero sus guantes de latex y su mascarilla no hay quien se los quite. Una pena que no pueda respirar este frescor de la mañana. Aunque probablemente será su gran momento de libertad. El resto del día lo pasará en su confinamiento voluntario. No me lo ha contado, pero sus ojos de pavor lo dicen todo cuando ve que me acerco a él para abrir la puerta del coche.
Elliot Alderson en Pixabay
En la media hora de recorrido hasta la oficina hay dos hábitos que ya he abandonado tras estas tres semanas. Una es escuchar las noticias y los anuncios. Notaba que llegaba al trabajo soliviantado y exhausto ante tanto "buen rollito" y tanta heterogeneidad de noticias hablando de lo mismo. Mejor crearme yo mi propia realidad. El otro hábito era contar el número de conductores solos que iban conduciendo con mascarilla, para evitar contagiar o contagiarse quizás de su propio aire.
Los compañeros del trabajo van regresando poco a poco, según el ritmo marcado por las autoridades para cada colectivo. Cada uno trae sus "ticks" post covid. Hay quienes se traen todo un set de productos químicos y de desinfección para repasar lo que los servicios de limpieza hacen una y otra vez a diario. Hay quien se pone una bolsa de la basura para no entrar en contacto con su propia silla. Hay quien no sale a desayunar y apenas va al baño, por si acaso. Hay quien se auto-incluye en la clasificación de colectivos vulnerables, quizás para justificar sus precauciones.
Yo he decidido observar. Simplemente observar. No forzar procesos de nadie. No apretar con argumentos desde mi propio relato de la realidad. Respetar y no enjuiciar. Ya me llevé un pequeño tortazo de realidad, cuando tras estos meses de confinamiento, me encontré en la calle con una gran amiga, y de la alegría que me dio me abalancé para abrazarla. Su "no" tajante y sus ojos de pánico me colocaron en mi sitio. Fue en ese momento cuando empecé a darme cuenta de lo que teníamos delante. Algo mucho más peligroso que un coronavirus.
"El miedo es libre". Eso dicen. Parece la frase de moda. Y puede que sea cierto que nadie puede obligarte a ser valiente o a ser miedoso. Eres como eres. Y debes tener libertad para ser así. Y no sólo eso: debes ser respetado en tu decisión. Y si puede ser, incluso sin ser enjuiciado. El problema es analizar ese miedo, de dónde surge y en qué medida te esclaviza o no. Porque el miedo será libre, pero ¿y tú con él?
El miedo es fundamental como mecanismo de supervivencia. Es lo que hacía que el hombre prehistórico se pusiera a correr ante la posibilidad de ser devorado por alguna fiera. Es lo que activa y agudiza todos nuestros sentidos para enfrentarnos a cualquier peligro que nos aceche. Pero el mecanismo del miedo está pensado para momentos extremos. Mantener el miedo en altos niveles y durante mucho tiempo, tiene sus consecuencias, ya que, sin duda, nos saca de nuestro equilibrio habitual y nos hace actuar de forma impensable en un estado natural. Eso lo saben bien los políticos y la publicidad:
-Cuidado con los inmigrantes, que nos van a quitar el trabajo: ¡susto, susto!
-Cuidado con los ultraderechistas come-niños: ¡susto, susto!
-Cuidado con los que van a desintegrar nuestra patria: ¡susto, susto!
-Cuidado con los populistas antisistema: ¡susto, susto!
-Cuidado con irte de vacaciones, sin activar tu sistema de alarma: ¡susto, susto!
Basta con conectar con sentimientos muy básicos, meter bien el dedo en la llaga, y esperar la cosecha, bien sea votos, de ventas o de vacunas. Asusta, que algo consigues. ¡Seguro!
Conocíamos muy bien ese mecanismo, tan habitual en los negocios y en la política. Pero jamás lo habíamos presenciado de forma tan masiva, radical y con cambios tan drásticos en el comportamiento de seres a los que queremos. Porque si algo consigue el miedo es controlarte hasta anular tu capacidad de elección. Por eso siempre se ha dicho que el miedo es el gran enemigo de la libertad. Y por eso vivimos tiempos tan tristes para la libertad. Porque hay tanto miedo que nos auto-confinamos, que vemos normal y necesarias las medidas más inimaginables de restricción de las libertades públicas y de los derechos civiles, con censuras permanentes a quienes osen cuestionar el pensamiento único y oficial. Y porque incluso nos convertimos en verdaderos guardianes que velan por mantener esas restricciones. Está pasando con los llamados "balconazis", que abroncan a los vecinos que van sin mascarilla, por ejemplo. O nos pasó hace unos días, en otra modalidad de miedo, con una señora mayor que, en un grupo de whatsapp de proyectos solidarios que tenemos, se desgañitaba por compartirnos su versión conspiranoica sobre la vertiente pedófila de todo lo que está pasando. 
Antes de ayer, teníamos asamblea de vecinos para decidir si se abría o no la piscina este verano, con las nuevas medidas anti covid-19. Por casi el 99% se descartaba la apertura: no por el sobrecoste (apenas 3,85€/mes por vecino) sino por el riesgo enorme que todos corríamos. Nunca he asistido a una reunión tan concurrida a pesar de los 40 grados de temperatura y el sofoco de llevar todos las mascarillas. En círculos concéntricos y con las distancias de seguridad pertinentes, tratábamos de hacernos entender en base a argumentos racionales. Pero la propia liturgia de la reunión me recordaba las del Ku-Klux-Klan. La postura de abrir la piscina ya estaba condenada de antemano. Se habían encargado de ir casa por casa recogiendo delegaciones de voto para ello. Y los discursos incendiarios se impusieron bajo la ovación del respetable. A los que tenían miedo no les bastó con no ir ellos a la piscina. Hicieron proselitismo para que nadie pudiera ir, descalificando y casi insultando a los disidentes. Difícil combatir con argumentos y equilibrio las consecuencias de una muchedumbre en pánico. Esos parecen ser los tiempos que corren.
Los que hemos tenido que luchar contra algún miedo propio, bien sabemos lo dura que es la batalla. A mí me ha pasado con miedos tan básicos como el de coger un gorrión herido (por algo que tuve que vivir quizás de niño), como con miedos tan complejos como el miedo a equivocarse, el de defraudar a los demás o al "qué dirán". Y el efecto del miedo siempre es el mismo: te imposibilita para actuar con la libertad que te otorga no estar asustado. Bien sea para coger al pájaro que se ha colado en casa y echarlo a volar, o bien sea para decir un simple "no", por mucho que eso defraude al que lo tenga que escuchar. Nuestros hijos, en su etapa de adolescencia, sienten verdadero pánico a no encajar con sus iguales, a no ser aceptados, o a salirse de la pauta de la mayoría. Toca, pues, analizar esos miedos, porque lo queramos o no, nos acaban esclavizando de una u otra forma.
Engin Akyurt
Entorno al Covid-19, existe un gigantesco aparato mediático e institucional respaldando ese miedo. No entro en si se hace de forma planificada e intencionada, si es por simples cuestiones de audiencias mediáticas, o o si es por puro "seguidismo" de lo que hacen otros. Pero jamás ha existido semejante "lavado colectivo de cerebros" para mantener a tantos millones de personas sometidos a tanto miedo durante tanto tiempo. Y las consecuencias las vamos a sufrir, salvo que empecemos a desactivar esa programación.
Además, hay pocas cosas tan importantes para combatir a los virus patógenos como un buen sistema inmunitario. ¿Y a que no sabéis qué es lo que más debilita a un buen sistema inmunológico? Efectivamente: el miedo. Probad, si no, a repetir una y otra vez, "me siento enfermo, me siento enfermo", y observad si no os acaban temblando las piernas de pura debilidad. Así que, aunque sólo sea por reforzar nuestra inmunología, habrá que trabajarse al dichoso miedo. Da igual cómo lo llames: cautela, prudencia o pánico atroz.
Y en ese proceso, tenemos una mala noticia. O quizás no: todos los que estáis leyendo estas líneas vais a morir. Nosotros también. No sé si será dentro de setenta años o dentro de cinco minutos. Pero todos la vamos a "espichar". Tan sólo hay un requisito para morir: estar vivo. Y ese lo cumplimos todos nosotros. Quizás nunca había existido una retransmisión en directo tan intensa y continuada de la muerte como durante esta pandemia. Siempre le damos la espalda a la muerte y nos creemos eternos. Y quizás, por primera vez muchos han caído en la cuenta de que "la vamos a palmar". Si es así, no viene mal hacerse consciente de ello. Aunque la cuestión es qué vas a hacer con ese descubrimiento. ¿Vas a disfrutar del presente como nunca lo has hecho? ¿Vas a dejar de perder el tiempo en cosas que no valen la pena? ¿Vas a enfadarte menos y a reírte más? ¿O te vas a encerrar en tu miedo para no morir? ¿Vas a vivir como un zombi sin disfrutar de la vida, de los abrazos, y de la naturaleza por miedo a morir? ¿Vale la pena morir en vida para no morir físicamente? ¿Qué te vas a llevar entonces al "otro lado"?
No seremos nosotros quienes te juzguen si tienes miedo. No vamos a entrometernos en tus decisiones ni en las restricciones que hayas auto-impuesto en tu vida y en la de los tuyos para combatir el dichoso virus. Pero sí te vamos a pedir que trabajes por desprogramar ese miedo en ti, y que encuentres huecos para ejercer tu libertad frente al sometimiento que te impone ese miedo. Quizás descubras, como ya nos pasó a algunos hace años, que la vida vale todavía más la pena de ser vivida así. Y ojalá cada vez seamos más los que construyamos una Humanidad sin miedos esclavizantes. Pero para ello, no busques salvadores. El trabajo es tuyo contigo mismo/a.

sábado, 20 de junio de 2020

Érase una vez una pandemia (1ª parte)

Polos opuestos. Radicalidad. Pasiones y dramas ardiendo por doquier en todos los rincones. Centenares de acontecimientos, noticias e incidentes se multiplican a diario a nuestro alrededor a raíz de la pandemia del coronavirus, generando una polarización de las personas como jamás imaginamos. La interpretación de una realidad tan compleja, tan cambiante y aparentemente tan amenazante para nuestro presente y futuro, genera inquietud y zozobra por todos lados. Pero no deja de ser eso: una interpretación de la realidad. El SÍ y el NO, lo blanco y lo negro, la generosidad y el egoísmo, el miedo y la libertad...Los extremos más antagónicos conviven y obligan a cada individuo a posicionarse sobre cómo entiende lo que está pasando. Y en ese proceso de interpretar la realidad, basta que pronuncies una palabra, que actúes de una determinada forma en estos días, para que automáticamente te etiqueten, te cataloguen, y seas rechazado e insultado o acogido entre algodones. Nunca como ahora se han construido unos muros tan altos entre "lo nuestro" y "lo vuestro", entre "mi razón" y tu "sinrazón", entre "mi verdad" y "tu error", o directamente "tu mentira" o "tu bulo". Andamos en terrenos no ya resbaladizos, sino profundamente enfangados. Y sería sólo anecdótico, si no fuera porque se juega quizás, no sólo el partido de nuestras vidas, sino quién sabe si el partido de la Historia de la Humanidad en los próximos lustros.
Lubimy Czytac
Para esa interpretación de lo que está pasando, han sido muchos los que nos han pedido nuestra opinión sobre muchos de los asuntos que dominan la actualidad. Y no solemos rehuir esas preguntas. Aunque lo cierto es que no dejan de ser opiniones, ideas, conceptos mentales que nos acercan o nos alejan del entendimiento de esta complejísima realidad que estamos viviendo. Son sólo una forma de ver la realidad. ¡Nada más! Pero si lo pensamos, poco o nada sirven para el núcleo de lo que realmente se está jugando, que es algo mucho más sencillo y más cercano: QUÉ VAS A HACER TÚ.
En las próximas líneas vamos a exponer nuestra quiniela respecto a algunas de las preguntas que todos nos hacemos estos días. Esa quiniela no es ni mejor ni peor que la de cualquiera que nos lea. Y estamos seguros que nos equivocaremos en muchas de las cuestiones que vamos a exponer. Perdonadnos por ello. No somo ni adivinos ni más listos que nadie. Y seguro que seremos también "carne de cañón" de la manipulación y de las muchas mentiras que nos rodean. Sólo os rogamos una cosa: que hagáis un simple ejercicio. Observad vuestra opinión previa sobre nosotros, y cómo esa opinión se va consolidando o se va deteriorando a medida que vais leyendo las siguientes líneas y lo que os vamos diciendo se acerca o se aleja de vuestro particular relato de esta realidad. Será un buen termómetro para medir hasta qué punto el relato de lo que está sucediendo nos está o no abduciendo un poco a todos, y nos está obligando a alejarnos del equilibrio al que estamos llamados.


Imagen de Engin Akyurt en Pixabay
-¿Realmente existe el Covid-19 o es todo una mentira?
Quizás sea una de las pocas cuestiones que ya a estas alturas ofrece poco debate, vistos los numerosos estudios médicos y epidemiológicos. El SARS-COV-2 forma parte de una amplia familia de virus (los coronavirus) que pueden causar infección al ser humano y a determinados animales, y éste provoca la enfermedad Covid-19. De eso no parece haber duda. No seremos nosotros de los "negacionistas".

-¿Cómo creemos que se originó?
Ahí empieza parte de la batalla que se está librando. ¿Fue un experimento de arma biológica creado en el WHCDC de forma premeditada y que se les fue de las manos? ¿Se trata de un virus por control remoto a través de la tecnología 5G? ¿Puede tener algo que ver con el Instituto inglés Pirbright, con Bill Gates y con una patente de dicho instituto relativa a otro coronavirus? ¿O se produjo realmente una zoonosis o salto entre especies a raíz de la ingesta de animales salvajes como el pangolín o los murciélagos en Wuhan? Las versiones parecen cada vez más rocambolescas, pero una zoonosis de ese calibre, pasando al hombre de una forma tan directa parece casi de ciencia ficción, y es descartada por muchos expertos.

-¿Es tan letal como lo pintan?
Negar su letalidad sería ofender a las víctimas y a las familias de las víctimas que han fallecido por todo el mundo. Son muchos los que han fallecido, y probablemente muchos más los que fallecerán por el Covid-19 en los próximos años. Y parece indudable su enorme capacidad de contagio. La cuestión es si es tan letal como otras enfermedades, y si esa gravedad justifica el pánico y las medidas históricas que se han adoptado para contenerla. Es ahí donde tenemos muy serias dudas. En promedio, su letalidad es de alrededor del 0,2%, lo que se sitúa en el rango de una gripe fuerte y es unas veinte veces inferior a la supuesta inicialmente por la OMS.

Imagen de Silviu Costin Iancu en Pixabay
-¿Qué papel tienen las estadísticas en todo esto?
Es el gran caballo de batalla de toda esta cuestión. Figuras de primer nivel ya lo dicen abiertamente. Y lo es por una doble razón: porque según el país, un volumen abrumador de las muertes que se han producido, lo han sido en personas de edad avanzada y con patologías previas. Y según las estadísticas de cualquier nación, la muerte, cuando se produce por enfermedad, en muy pocas ocasiones sucede por un solo motivo, sino por las llamadas causas múltiples, que se encadenan unas con otras, como reconoce el INE. Eso ha producido que en todo el mundo la batalla de los números haya explotado entre los que quieren rebajar las cifras oficiales, y los que quieren inflarlas. Y el centro del debate está en los fallecidos CON coronavirus (con las dudas que podamos tener sobre la fiabilidad de los métodos de detección de la enfermedad) y los fallecidos POR coronavirus. Esta distinción es crucial, y parece pasar inadvertida. Ha habido muchas personas con cánceres en estados muy avanzados, a punto de morir, cuyos fallecimientos han sido catalogados como muertes por Covid-19, cuando esa causalidad única es realmente absurda cuando existen patologías previas tan graves. Sin números escandalosos todo lo que se ha generado no se justifica. De ahí la batalla que se está produciendo. Para nosotros ahí hay muchos gatos encerrados. Quizás dentro de unos meses o años, nos sorprenderemos con enfermedades cuyas muertes se han reducido drásticamente en favor de computarlas como Covid-19. El único dato en España, sin análisis de causalidad, y con el sesgo del colapso del sistema de registro por medio, son las 43.000 muertes de más que el sistema Momo ha registrado de marzo a mayo. Son muchas como para negar que sea un problema serio, pero no tantas como para las decisiones tomadas y las gravísimas consecuencias que van a traer.

-¿Qué opinión nos merece la OMS en este asunto?
Quizás sea la institución que ha salido más "tocada" hasta el momento. Ya no es sólo cuestión de las dudas que ha generado el etíope Tedros Adhanom, sus gestiones de varias epidemias en su país, y sus posibles vinculaciones con China. Se trata de los auténticos cambios de criterio que ha llegado a formular la OMS, incluso en cuestión de horas, en temas tan relevantes como la transparencia de China, la posibilidad de una segunda ola, el uso o no de la mascarilla, el papel de los enfermos asintomáticos en la expansión de la enfermedad, y el uso o no de la hidroxicloroquina. Han sido bochornosas algunas de sus intervenciones y ha dejado de ser una institución de referencia para muchos profesionales de la salud, tras sus vaivenes o sus manifestaciones interesadas.

Imagen de Klaus Hausmann en Pixabay
-¿Cómo sale la Ciencia de esta pandemia?
En nuestra opinión, la Ciencia también sale muy perjudicada en todo este proceso. Ha sido la gran coartada de los gobiernos a la hora de tomar unas medidas u otras (cuando había expertos científicos en posiciones muy encontradas), y se ha demostrado su alarmante cercanía en algunos casos con la industria farmacéutica. Tenemos buenos amigos en el mundo de la Ciencia y de la Medicina, y los vaivenes de criterio que se han producido en muchos casos, acompañados de actitudes muy corporativistas, han evidenciado graves carencias a la hora de aceptar visiones distintas, censurándose de forma sesgada las opiniones disidentes, y acercándose a posiciones dogmáticas más propias de fanatismos religiosos que de la búsqueda de una verdad científica. Nos preocupa mucho su futuro papel, y si va a saber encajar el golpe y aprender de los errores cometidos.
Revistas médicas tan prestigiosas como The Lancet o New England Journal of Medicine han resultado muy afectadas en su credibilidad tras los estudios que han publicado sobre el Covid-19. Publicar algo en ellas suponía años de ensayos y pruebas del máximo nivel. Y los errores de bulto en publicaciones sobre el Covid-19, con pruebas de escasa representatividad o con el uso inadecuado de placebos las ha puesto "en la picota".

-¿Qué opinamos sobre las alternativas que se han ido planteando en los últimos meses para combatir el virus?
No somos expertos. Pero desde hace años, y en temas de salud aún más, huimos como de la peste de las posiciones tajantes. Por eso no entendemos la censura y las críticas furibundas a las alternativas planteadas sobre el dióxido de cloro por ejemplo, cuando estos meses se están haciendo ensayos clínicos para el Covid-19 con él, y su uso en sangre está incluso patentado. Tampoco compartimos la persecución que se está desarrollando a los tratamientos basados en las plantas medicinales, existiendo tantos testimonios que los avalan. La artemisia es un gran ejemplo de ello, y es muy descarado el interés de la industria por controlar sus posibles mercados. Ni tampoco entendemos la falta de transparencia para fundamentar la toma de decisiones que se han realizado. Creemos que es momento de explorar con rigor, TODAS las posibilidades, y tenemos muy cerca de nosotros ejemplos de amigos y conocidos que han experimentado algunos métodos alternativos con magníficos resultados. No se trata de que sea la única vía, pero al menos debería permitirse su exploración y viabilidad, cosa que no se está haciendo.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay
-¿Cómo nos posicionamos respecto a la vacuna que, sin duda, llegará tarde o temprano?
Es una de las palabras "tabú" de estos tiempos: "vacuna". Nuestros tres hijos tienen más vacunas que la media de cualquier niño o joven español. Era el peaje que teníamos que pagar si queríamos que viajaran y tuvieran una experiencia internacional. Pero eso no impide que podamos tener dudas y que seamos muy críticos con ellas. Y observamos que el simple hecho de exponer algunos de los problemas de salud que muchas personas sufren con la aplicación de vacunas hace que muchos casi te retiren la palabra y te coloquen el cartelito de "anti-vacunas". En esta cuestión conviene conocer el papel de virus y bacterias y cómo se crea una vacuna, desde la opinión de reputados biólogos. Es indudable el avance que las vacunas han representado para erradicar graves enfermedades del pasado. Pero también lo es que incorporan metales pesados y material genético de las especies sobre las que se ensayan, que generan graves efectos adversos en algunos casos. No entendemos su aplicación en niños menores de 2 años, con insuficientes defensas para algunos de esos "aditivos". Y nos preocupa enormemente cómo se está preparando a la opinión pública para su llegada "salvadora" y su posible obligatoriedad con el Covid-19, así como los pingües beneficios que pueda suponer para ciertas multinacionales. Empiezan a ser muchos, incluso dentro de gobiernos occidentales como el alemán, los que se oponen a una vacunación obligatoria. Nosotros también. Quizás sea el momento de mejorar los sistemas de vacunación.

Imagen de pedro_wroclaw en Pixabay
-¿Qué opinamos sobre el uso de la mascarilla?
Que la OMS y muchos gobiernos hayan sido tan drásticos tanto cuando la desaconsejaban antes como cuando ahora la aconsejan, nos genera numerosas dudas. Y nos sorprende cómo millones de personas la han acogido, quizás por un efecto psicológico de protección, más que por su verdadera eficacia. Nos preocupa mucho más el efecto negativo que genera el estrés respiratorio que provoca, y cómo perjudica al sistema inmunitario, gran valedor del ser humano durante miles de años frente a virus patógenos como éste. La usamos más por evitar el miedo de quienes tenemos delante, que por convicción. Si no fuera obligatoria, no la usaríamos, porque nos genera un agobio innecesario, y porque respirar el aire que exhalamos no es saludable.

Imagen de Наркологическая Клиника en Pixabay
-Cómo vemos el confinamiento mundial que se ha producido? 
Salvo honrosas excepciones, son pocos los gobiernos que han hecho autocrítica sobre las medidas adoptadas. Y son aún menos los que han optado por una estrategia distinta a la del gran rebaño de países, que como en un dominó, uno tras otro, han ido reproduciendo el mismo esquema de confinamientos masivos de la población. Sin embargo cada vez son más los expertos que disienten de la estrategia seguida. Es lógico que en el desconcierto inicial, durante dos o tres semanas, se tomase una medida tan drástica. Pero ni la letalidad del virus, ni las estadísticas justifican la enorme catástrofe económica que esta medida va a representar, al haberle dado continuidad durante tanto tiempo. Y no sólo eso: las cifras de adicciones y muertes relacionadas con problemas mentales derivadas del aislamiento, de la pobreza, o del desempleo que se está provocando, se han disparado y continuarán en ascenso, mucho después de que el confinamiento haya acabado. No es ya que se esté "matando moscas a cañonazos": es que es una auténtica barbaridad que la solución que se ha planteado vaya a provocar muchas más muertes que las del virus contra el que se pretendía luchar. Y la gran mayoría de los gobiernos se han visto abocados a mantener la estrategia y prolongarla en el tiempo, antes que dar un giro de 180 grados, como sólo algunos han hecho al ver la dimensión real del problema, y las gravísimas consecuencias según se encarase de uno u otro modo.

-¿Qué opinamos sobre el papel del sistema inmunitario en todo esto? 
Apenas se dice nada sobre la influencia de la alimentación en el sistema inmunitario, como principal vía para combatir virus patógenos como el causante del Covid-19. Es lo que algunos llaman inmunonutrición. Y nos sorprende el enorme esfuerzo normativo y mediático para sostener el uso de las mascarillas o algunas de las medidas adoptadas de separación y aislamiento, (con el enorme impacto negativo que ello supone para la llamada "inmunidad de rebaño") y que apenas se estén haciendo esfuerzos en comunicar sobre los beneficios para la salud de la alimentación y de determinadas medidas para reforzar el sistema inmunológico. Quizás sea porque la salud no es negocio y la enfermedad sí. Muy preocupante.

-¿Tiene algún papel la tecnología 5G en el origen o empeoramiento de esta crisis?
No creemos que la tecnología 5G tenga algo que ver con el surgimiento y expansión del Covid-19, como se ha llegado a decir. Pero al igual que muchos científicos y técnicos, incluso en primera línea de las nuevas tecnologías, nos preocupa mucho cómo afecta esta tecnología a la salud. Estamos convencidos de que los avances que el 5G puede suponer pueden ser compatibles con mayores garantías para la salud, aunque se tenga que ir un poco más despacio en su desarrollo. La Humanidad puede y debe hacer ese esfuerzo. A veces la tecnología ha corrido demasiado, y sólo después se ven las consecuencias. No debemos mirar para otro lado.

-¿Qué opinamos sobre el papel de Bill Gates?
No somos muy fans de este personaje. Sobre él se han dicho muchas cosas, incluso como instigador o creador de la propia pandemia. No llegamos a tanto nosotros. Pero son, evidentemente, muy sospechosas sus aportaciones como segundo donante a la OMS, muy por delante de todos los países salvo EEUU (que se ha retirado ahora). Y es obvia su capacidad de presión sobre ese organismo al articular las políticas de desarrollo por todo el mundo,  (igual que sucede con los grupos mediáticos o los partidos políticos influidos por las entidades financieras que los sustentan). Es más que probable que intente tener influencia en la vacunación masiva que está por venir, ya que no oculta sus intereses con las farmacéuticas. No nos creemos las informaciones sobre la nanotecnología en las vacunas, ni el apoyo del gobierno español a Bill Gates en sus supuestos planes.Pero sí creemos que habría que controlar la capacidad de condicionar las políticas globales  en base al dinero de un solo individuo como él. Y habría que estar muy pendientes de los avances tecnológicos en nanotecnología e inteligencia artificial, en conexión con distintos aspectos de la salud y del presunto bienestar del ser humano

Imagen de Doug Mills en The New York Times
-¿Qué opinamos sobre las élites o los gobiernos en la sombra que puedan estar moviendo los hilos?
En muchas de todas estas cuestiones, la base de toda la interpretación es si hay una mano oculta detrás de todo esto, si hay alguien que, desde las élites mueve los hilos. Que hay élites, es algo indudable. Y con más poder que nunca. Muy por encima del poder de la mayoría de los gobiernos internacionales. Los datos y los hechos son irrefutables: las 10 principales multinacionales del ranking mundial ostentan un valor combinado comparable al producto interior bruto (PIB) de 180 países, el 92% de los 195 integrados en la ONU; las 100 primeras obtienen anualmente unos ingresos que se aproximan al 50 por 100 del PIB planetario (en 1997 suponían solo el 33%); y las 200 más importantes tienen en sus manos el 75% de la economía mundial (hace 25 años rondaba el 50%). Su capacidad de influencia es brutal. Y algunos dan el paso de decir que están influyendo a unos niveles como para esparcir un virus, crear confinamientos mundiales, generar un experimento de ingeniería social basado en el pánico colectivo, o preparar a la Humanidad para recibir con los brazos abiertos una vacuna salvadora. Ser conscientes de ese poder, sin caer en teorías conspiranoicas puede ser perfectamente compatible. Nos genera mucha desconfianza ese enorme poder acumulado en tan pocas manos. Pero nos da igual si todo lo que está pasando ha sido orquestado por ese poder o si simplemente van a aprovechar las consecuencias de lo que está pasando. Tan negativo es caer en la indiferencia de muchas de las cuestiones que estamos apuntando, como caer en una paranoia sobre las conspiraciones que nos rodean por todos lados. Eso mismo puede aplicarse al mismo debate racial que ahora existe en EEUU, donde la realidad presenta muchos matices: ¿es 100% real y espontáneo, está orquestado o es aprovechado políticamente?. Eso nos hace pensar que vivimos en una verdadera sociedad distópica, como ya están demostrando muchos estudios en distintos ámbitos de nuestra realidad. El equilibrio entre el inconformismo y el criterio sosegado se hace más preciso que nunca.

-¿Qué opinamos sobre el papel de los Gobiernos y de la clase política en general?
Creemos que en general, y salvo algunas naciones (precisamente lideradas por mujeres) la mayoría de los Gobiernos se han visto arrastrados por la improvisación, y han repetido los errores que otros han estado cometiendo. No creemos, en principio, que formen parte de un complot o de una conspiración con las élites o con Bill Gates. Los gobiernos, probablemente, tengan menos poder que éstos últimos. Pero han decidido lo que han decidido, y debemos exigirles responsabilidades por las decisiones erróneas que se han tomado, y por las consecuencias que pueden tener. La oposición y los partidos que pretenden arañar un "puñado" de votos, fomentando bulos, rompiendo consensos, u ondeando banderas de manera interesada son igualmente responsables. A la ciudadanía nos genera hartazgo que, desde las ideologías partidistas, se trate de sacar rédito electoral de una situación así, y haya capacidad nula para alcanzar consensos como país. Es el gran momento de la unidad.

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Imagen de Engin Akyurt en Pixabay
¿Qué es lo más grave de todo lo que está sucediendo? 
Aparte de evidenciarse lo erróneo de recortar en sanidad (porque nos hace más vulnerables en crisis como la que vivimos), lo peor es el pánico mundial que se ha creado. Aún es difícil calibrar el impacto que todo esto va a tener en los próximos años, y la crisis económica brutal que todo esto va a acarrear. Como Humanidad, hemos pasado de gestionar un problema serio, pero no espeluznante, como el Covid-19, a crear un problema histórico de magnitud imprevisible para los próximos años, con las decisiones que se han tomado para luchar contra el virus. Ojalá que se puedan depurar responsabilidades, para evitar tropezar en la misma piedra. Pero nos olemos que se taparán las vergüenzas unos a otros, dada la magnitud del problema y la cantidad de gobiernos y entidades que nos han arrastrado hasta él.


Esa es básicamente nuestra lectura de la realidad, y de lo que nos llega. No deja de ser un cuento, una mera narración como cualquier otra. Y cada uno cuenta el cuento según se lo han contado y según su propia visión del mundo. Pero no dejar de ser eso: un cuento. Seguro que no acertamos en muchos puntos. Tampoco nos importa mucho equivocarnos. Tenemos grandes amigos con visiones diametralmente opuestas de esta realidad. Y, como hablábamos en familia ayer: si algo grave nos pasase en casa, ellos estarían "al pie del cañón" para brindarnos su apoyo. Da igual su visión de la economía, de los partidos políticos, de la monarquía, de las conspiraciones o del dióxido de cloro. Hay algo mucho más importante que nos une. Y tiene mucho más que ver con valores compartidos, que nos llevan a dar pasos ante esta nueva realidad. Toca ahora, pues, hablar de esos pasos. Toca hablar, no de un cuento que hemos escuchado, sino de la historia que cada uno/a va a crear. (CONTINUARÁ)

domingo, 7 de junio de 2020

La nueva normalidad

Que levante la mano quien se haya adentrado ya en ese misterioso mundo de la "nueva normalidad". A nosotros nos tocó hace una semana desplazarnos por primera vez en dos meses a Málaga capital, a 37 kilómetros de casa. Pero esa "normalidad" que presenciamos se pareció más a un safari sociológico a una lejana región del África subsahariana, que a un desplazamiento habitual de los que antes hacíamos hasta varias veces al día antes. Así de alejados nos sentimos de esa "normalidad". Era sábado por la mañana, y teníamos unos cuantos recados que hacer. La calle Larios enmudecía a las doce del mediodía, donde hace unos pocos meses las muchedumbres se agolpaban a esas mismas horas. Tan sólo algunos despistados ojos, desconfiando de todo bicho viviente que se les acercaba, se atrevían a adentrarse en la arteria principal de la capital.
En la puerta de la tienda de las especias varias personas guardaban cola tras coger su ticket de turno. Ya dentro, tres grandes mamparas impedían pasar más allá de tres pasos de la puerta. Nada de acercarse al género, ni para olerlo. Un dependiente por mampara traía desde cualquier rincón de la tienda, lo que necesitases, y tras depositarlo en bolsas, te lo pasaba por una obertura, como antiguamente las monjas de clausura despachaban los dulces navideños por el torno de su convento. En una antigua alpargatería de más de un siglo de antigüedad a la que fuimos, las balanzas y las cajas registradoras de principios del siglo XX contrastaban con la EPI del dependiente, modelo escafandra de astronauta. Al menos se había escrito a mano un  "Javier" que le daba un cierto toque de cercanía. Vino bien ese toque, vistas las cuerdas y obstáculos que impedían acercarse al mostrador, como si fuera la alambrada de Melilla. Desde la calle, en una famosa tienda de moda, vimos que habían desaparecido absolutamente no sólo todos los maniquíes, sino incluso la propia ropa de las estanterías. Pero la tienda estaba abierta. Lo atestiguaban todas las luces encendidas, el "segurata" de la entrada con su arsenal de guantes y geles hidroalcohólicos, y la cola de clientas guardando la distancia pertinente, imagino que para recoger el modelo que habrían escogido por internet. Nos apetecía tomarnos nuestra tradicional selección de encurtidos caseros en uno de los puestos del mercado de abastos de Atarazanas. Pero al ver la cola de gente esperando turno para acceder al recinto, desistimos. Quizás hasta la próxima normalidad. Una en la que el sagrado aforo no sea el rey del mambo. Se nos ocurrió ir a mirar un artículo de menaje y otro de deporte en sendos centros comerciales. Ilusos de nosotros. Los pasillos laterales de ambos establecimientos se encontraban, según  la fase de desescalada del momento, cerrados a "cal y canto". Unos pobres dependientes a los que les había tocado "la china", iban y venían (en algún caso con patinete eléctrico) por aquellos largos pasillos hasta localizar el artículo de turno. Ni que decir tiene la comodidad del sistema cuando se trataba de elegir colores, tamaños o marcas. Eso sí: en los desiertos pasillos centrales transitables, grandes avisos en el suelo recordaban la también sagrada distancia de seguridad. En nuestro pueblo también han puesto el dichoso "recordatorio" en los suelos de plazas y avenidas. Que los rebaños humanos circulen por donde les toca, a ver si nos vamos a despistar. Aprovechamos también y acudimos a un famoso almacén de la construcción para comprar un par de piezas de fontanería. Allí esa nueva normalidad decretada para esta tase había adoptado el formato de confesionario. Cinco dependientes enmascarillados atienden tras una larga mampara a cinco clientes también enmascarillados. Parecen dos equipos de los de Torrebruno en la competición de Tigres y Leones, para ver quiénes encuentran antes la referencia de un determinado artículo en el catálogo de productos del almacén. Luego habría que pasar a  la zona de pago. Y luego otros dependientes-mensajeros acudirían en scooter al lineal correspondiente a recoger el artículo en cuestión. Todo muy normal y muy dinámico.
Con tanta normalidad se nos abrió el apetito. Acudimos a una pizzería a la que habíamos ido en varias ocasiones, y que dispone de una terraza al aire libre. ¿Podríamos desprendernos de la mascarilla para introducirnos los alimentos en la boca? Se lo pregunté así, de broma, al camarero, para romper el hielo, ante la incomodidad que se les notaba con tantas medidas de seguridad. No debió entender el chiste. Me dijo que sí. Pero se le notó entre tenso y dubitativo. Quizás mi  pregunta no estaba en ninguno de los capítulos de medidas de seguridad que se habría "empollado" cuando reabrieron el restaurante dos días antes. Cada mesa se encontraba separada por dos mamparas a cada lado, con pegatinas con el código QR para descargarse el menú del día. Tuve que descargarme la APP para ello en el móvil. Quizá no sea la única que me fuercen a descargar en las próximas semanas para poder ser aceptado en esta nueva normalidad.
Tras más de dos meses, nos pasamos por casa de mis suegros, para ver que todo andaba bien. A ellos les tocó el estado de alarma visitando a la nieta en Cambridge, y allí llevan desde entonces. Pero al abrir el frigorífico nos llevamos otro tortazo de la nueva normalidad. La luz debió irse en los primeros días del confirnamiento, y tras dos meses de prohibición absoluta de desplazamientos, aquello sí que parecía una jungla en la que hacer safari. Es sorprendente cómo crece la vida por todos lados, incluso dentro de un frigorífico sin electricidad. Los olores también. Ocho bolsas de basura después, varios litros de lejía más tarde, y una cuantas horas de frota-frota devuelven las cosas a la normalidad. No sé si a la nueva o a la de siempre. A fin de cuentas la normalidad depende del ojo con que se mire.
Volvimos a casa exhaustos tras ese baño completo de normalidad. De normalidad de la buena. Perdón de la nueva.
Cola en mercado de Atarazanas
Por supuesto, no hay nueva normalidad que se precie sin hablar de la protagonista. Y en esta nueva normalidad, la estrella sin lugar a dudas es la mascarilla. Aunque a veces parece más bien una mascarada o una pantomima. Porque las hay en muchas versiones: versión "quita-multas", que te duran en la cara lo que tardan en cruzarse contigo los guardias municipales en tu paseíto vespertino; versión "protege-codo" o "protege-papada"; o directamente en versión "pendiente colgado de la oreja", que se ha impuesto incluso en la moda masculina. Sin duda, es el complemento de moda perfecto esta temporada. Los hay de colorines, de flores, a juego con tu ropa, e incluso con mensajes reivindicativos: "Fuck Covid-19", leía ayer en varios.
Siempre hemos pensado que la vida es un pequeño teatro en el que cada uno representa un papel, cambiando sin cesar de careta  según la circunstancia. Ahora parece que la careta es obligatoria, y por decreto del Gobierno. Menos explicaciones que dar, dirán muchos. Ojalá que cuando el decreto diga que podemos quitarnos la mascarilla, también podamos quitarnos la de antes.
En fin, que volviendo al día de recados en Málaga, también estrenamos entonces mascarilla. Nos habíamos resistido pero ya empezaba a ser obligatoria. No sólo se me empañaban las gafas, sino que noté que me faltaba el aire. No sabía si centrarme en la nariz o en la boca. Intenté todo tipo de modalidades respiratorias. Pero en Mindfulness me debí saltar la clase de la respiración con mascarilla. Luego he leído que ya hay varios estudios científicos que la desaconsejan por el estrés respiratorio que produce, y por afectar al beneficio de la alcalinización que las respiraciones profundas implican, aparte de ser un foco poco higiénico de los millones de bacterias que habitan en nuestra boca y nariz. Desde luego, si a mucha gente le pasa lo que a mí, imagino perfectamente lo que esa nueva normalidad supone para millones de personas y para sus respectivos sistemas inmunológicos, que al final son los que equilibran los ecosistemas de virus y bacterias de nuestros cuerpos. Porque (por si a alguien se le ha olvidado con tanto derroche de "normalidad") gracias a los millones o trillones de virus y bacterias que pueblan nuestro cuerpo, todos podemos existir y vivir. Aunque ahora pongan de fondo en todos los programas y telediarios una foto de un virus muy desfavorecido con pinta de "alien" que asusta un poco, como si todos los virus y bacterias fuesen malísimos y peligrosísimos. Al menos eso dicen no pocos científicos. Pero tampoco eso importa mucho: en esta nueva normalidad, cada uno tiene su científico de cabecera. Igual que cada uno lee el artículo de opinión de su diario de referencia. No vayamos a salirnos de nuestro marco mental o ideológico. Y según dicen, la CIENCIA (en mayúsculas) dice que "mascarillas por un tubo". Así que nada. Mascarillas "a go-gó". Pero no sé, por qué, pero me "chirría" un poco el papel que está jugando la Ciencia en todo esto. Sobre todo cuando leemos la polémica del artículo de The Lancet sobre la hidroxicloroquina. O cuando escuchamos o leemos a reputados científicos, exponiendo unos tests o pruebas que difieren de los de la línea "oficial", y automáticamente son censurados y borrados de las redes sociales. Da igual que gobierne un partido de izquierdas o de derechas. En esta nueva normalidad eso es lo de menos. Aunque a algunos esta actuación nos recuerde un poco al pensamiento único o a un dogmatismo científico que recuerda a los tiempos de la inquisición religiosa. Cosas también quizás de la nueva normalidad...
Quizás voy a decir una barbaridad. La digo con la boca pequeña, aunque no se me vea por la mascarilla. Pero tengo pocas ganas de volver a la normalidad. Al menos a esa nueva normalidad tan pregonada . Por favor, no me crucifiquéis, pero es así. Sé que alguno ya me habrá puesto la etiqueta del "síndrome de la cabaña". Pero os aseguro que me apetece poco volver. Y que incluso ha habido bastantes cosas positivas durante el confinamiento. No. Y no es por miedo a salir por el virus. Ni mucho menos. Nos hemos perdido las graduaciones de nuestros dos hijos mayores, sus conciertos, algunos viajes que teníamos programados y decenas de encuentros familiares y con amigos, que jamás serán igual a través de una pantalla. Pero también desapareció "por arte de magia" mucho de lo que antes del coronavirus nos impedía disfrutar de muchas de las cosas que de verdad importan en la vida. Nos ha tocado teletrabajar, pero no hemos echado mucho de menos la oficina. Sí a los amigos de la oficina, pero no la dinámica de ir al trabajo con sus prisas, sus atascos, y sus agendas echando humo. Ha sido un "gustazo" disponer la jornada laboral a nuestro gusto, marcando nuestros ritmos y pausas. Sin lugar a dudas, en casa hemos sido más productivos que nunca en el confinamiento. Y encima hemos gastado menos, reduciendo el consumo a lo más esencial. ¡Que nos lo digan a nosotros con ocho en casa! Además, reconozco que "mola" trabajar en bañador o pantalones del pijama. Quizás esa parte de la nueva normalidad, sí que nos guste. Aunque nos olemos que no es la parte de normalidad sobre la que nos van a dejar elegir. Yo, al menos, ya vuelvo a la oficina esta misma semana.
No hay nada más relativo que la normalidad. La mayoría de las veces se confunde "lo normal" con "lo frecuente" o con "lo que hace la mayoría". Y a veces, esa normalidad se impone a base de decretos del Gobierno o de noticias interesadas de los medios de comunicación, aunque sean unas "anormalidades" supinas, como algunas de las que hemos mencionado antes. Lo siento, pero nos rechina mucho lo de la nueva normalidad. Y nos resistiremos "como gatos panza arriba". Preferimos que nuestra normalidad nos la dicte el sentido común, el conocimiento no interesado ni tergiversado, y el equilibrio de las cosas. Probablemente no sea fácil elegir nuestra normalidad en estos tiempos que corren.


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viernes, 29 de mayo de 2020

Un faro en días de cuarentena

Son muy contadas las ocasiones en que alguien ajeno a la familia escribe en nuestro blog. Esta vez lo ha hecho Erick, ya desde Costa Rica, y con dos fotos que nos sacó. Y lo hace porque le hemos convalidado la pertenencia a nuestra familia. A fin de cuentas, como él dice, ya ha pasado un 1% de su vida con nosotros:

"Durante los cortos casi diecinueve años de mi vida he llegado a aprender que la vida puede llegar a cambiar por completo de un día a otro, y en mi caso recientemente fue así. El último fin de semana de Febrero decidí ir con unos amigos a ver el carnaval de Venecia. Estaba emocionado pues sabía que iba a ser una oportunidad única en mi vida. El domingo por la noche en que me encontraba en dicha ciudad recibí una llamada en la que fui advertido que un virus se estaba propagando rápidamente en Italia y que Venecia era una zona de riesgo. No le hice mucho caso y seguí con mi noche como si esa llamada fuese solo eso, una llamada de alguien que probablemente se estaba preocupando más de lo que debía.
25 febrero 2020, día de llegada a Málaga
Al día siguiente, una vez de vuelta en mi colegio, una asamblea de emergencia fue convocada. Sorpresa. El colegio decidió cerrar como medida preventiva al tal “Coronavirus” por dos semanas. Teníamos que volver a nuestras  casas con la incertidumbre de si íbamos a volver al colegio. Me congelé. Pablo, que se encontraba a la par mía, me dijo que no me preocupase, que podría ir con él a España. Pero yo todo lo que pensaba era que todo esto parecía una exageración. Me equivocaba. No me despedí de nadie. “Vamos a volver” pensaba, “tenemos que”. Fui al cuarto de mi novia y le prometí que nos volveríamos a ver, que no había de qué preocuparse. Milagrosamente los padres de Pablo encontraron una forma barata para que nosotros llegásemos a Málaga. Y cuando digo nosotros no solo me refiero a Pablo y a mí, sino a mi primer año costarricense Fabián y a nuestro amigo Jacopo también. Cuando llegamos a Málaga no podía parar de pensar en lo blanco de las paredes de las casas. ¿Cómo es posible que no estén sucias o llenas de grafiti? ¿Por qué todos tienen la casa blanca? ¿Habrá un acuerdo tácito del cual nunca había escuchado? Llegamos a una casa preciosa y fuimos recibidos por los hermanos de Pablo. ¡Qué maravilla! Si esto fuese mi casa mis hermanos se habrían escondido aterrados de la presión de socializar. 
Al inicio fue un poco extraño debo admitir, estaba confundido un poco y no solo acerca de qué sucedería con mi futuro sino también de lo que sucedía en mi presente, pues estas personas no sabían nada de mí y habían aceptado el dejarme entrar en su casa y en sus vidas sin pensarlo dos veces. ¿Será que en el mundo todavía hay personas que ayudan a otros sin pensarlo dos veces? Han pasado casi tres meses desde ese mítico día, y todo es diferente. Ese día era ignorante acerca de la relevancia que iba a tener la pandemia en mi vida, era desconocedor de la delicia de la paella, pero sobretodo ignorante de la grandeza de los Gutiérrez Félix, o los Meys como son mejor conocidos.
Mi breve tiempo en Málaga fue caracterizado por caminatas en la playa, andadas en bicicleta, locuras con mis amigos en la ciudad, pero sobre todo por todo lo que sucedió dentro de esa casa en Veléz-Málaga, y como si fuese un cuento de Cortázar, es ahí, dentro de la casa, donde habitan mis memorias. Habrán sido solo dos meses y medio, pero eso es un poco más del 1% de lo que llevo vivo, y eso que los primeros cinco años no cuentan porque apenas sabía hablar, así que en perspectiva es una gran parte de mi vida, o al menos lo suficientemente larga para ser relevante. Y como es de esperarse, dentro de esa casa viví momentos clave dentro de mi vida. Desde eventos grandes como el haber terminado técnicamente el colegio, pues nos dijeron que no íbamos a volver más, hasta cosas muy pequeñas y personales como el haber tenido que romper con mi novia pues habíamos acordado no tener una relación a larga distancia. Viví esos momentos duros, golpes fuertes que me dolieron en el alma, más de lo que pude expresar en su momento, pero viví mil momentos alegres. 
Quisiera dedicar un breve momento a solo algunas de esas pequeñas mil cosas que para mí fueron relevantes a pesar de lo insignificantes que pueden parecer a algunos:
  • Aprendí a andar en bicicleta, había practicado antes pero no sabía realmente. 
  • Aprendí a hacer series con la pelota de fútbol, siempre quise practicar pero nunca encontraba el momento. Hubo un día en que Pablo, Samuel, Jacopo y yo nos propusimos hacer 20 pases sin que la bola tocase el piso o pondríamos chile en la comida, y después de dos horas lo conseguimos. 
  • Vi al Madrid ganar el Clásico en un bar en España, algo que suena muy bonito para mí siendo extranjero, y no solo eso, sino que ganó con gol de Vinicius Jr, el brasileño que rara vez mete gol, y madre mía que golazo metió. 
  • Tomé una foto que presentó nuestra historia a los periódicos de todo el país y aunque no fui acreditado nunca, no me importa porque la alegría de saber que tomé una foto que vieron millones de personas (al menos en mi mente) es suficiente. 
  • Escribí un cuento en italiano que llegaría a ganar una competencia en mi colegio.
  • Aprendí a cocinar paella, que ahora que estoy en Costa Rica debo aprovechar para practicar. Debo insistir en que esa paella es lo mejor que he comido en mi vida. Juro que podría comerme entera la paella yo solo de lo buena que Mey la hace. 
  • Llegué a editar un cortometraje que empecé hace año y medio y que nunca sentí la fuerza emocional para terminar hasta que algo dentro de esa casa me dio la fuerza para sentarme y pensar: “no importa que tan difícil sea, yo voy a hacer esto”.
  • Descubrí películas y series que harían que me emocionase a por mil el intentar llegar a ser director de cine yo mismo. Debo dar especial énfasis a “This Is Us”. Esa serie cambió nuestras vidas, y definitivamente para mí marcó una meta. Algún día haré algo así de extraordinario que pueda despertar tantos sentimientos y ser capaz de encender conversaciones tan ávidas como las que tuvimos.
  • Finalmente, 7 días antes de ir a Italia para comenzar UWC empecé un diario, un diario que terminaría 7 días después de que terminase UWC. Fue dentro de esa casa dónde lo hice. Le di conclusión al diario de mis aventuras en el viejo continente, y aunque fue antes de lo previsto, y fuera de Duino, no me imagino un mejor final. 

Visita a Frigiliana- febrero 2020
Sin embargo UWC no terminó, Pablo y su familia junto a Jacopo y Fabián lograron mantener vivo ese espíritu de responsabilidad social y multiculturalismo. Esa alegría y energía que siempre caracterizó UWC para mí. Lo hicieron con charlas profundas de política y cuestionamientos filosóficos acerca de quién traería la leche condensada para las fresas después de almorzar. Nos reímos juntos acerca de cómo a lo que ellos llaman fregona, yo llamo trapeador. Discutimos acerca de todo tipo de cosas, pero las más importantes para mí siempre fueron aquellas de autoconocimiento. Rafa y Mey nos hablaron acerca de cómo ciertos aspectos de quienes somos son reflejos o reacciones a nuestros padres, a quienes eran ellos mientras crecíamos, a cómo se comportaban. Nunca lo había pensado y junto con ellos pasé horas pensándolo. Es cierto. Hay muchas cosas de mí que solo pueden ser explicadas por cómo era mi casa cuando crecí. Eso. Eso tengo que agradecérselo a Rafa y a Mey. Agradecerles el que me hayan abierto la mente. Hay cosas dentro de mí que necesito cambiar, y madurar, y gracias a ellos ahora tengo un poco de luz acerca de cómo hacerlo.
Si se me permitiese hacer una comparación, una metáfora, me atrevería a decir que los Meys son una luz. Los cinco. El primero que conocí fue Pablo y desde un inicio ya sabía que él era genial, admirable. No fue hasta mi último semestre que nos volvimos cercanos y el hacerlo sólo lo confirmó. Vivir dos meses y medio con Pablo y tener que estar con él todo el día me demostró la fantástica persona que es él. Un hombre inteligente, talentoso, artista, dedicado, ambicioso, cariñoso, y divertido. Siento profunda admiración por él y comprendo por qué. Habiendo crecido dentro de la familia que lo hizo no me sorprende. Samuel y Eva son otras dos joyas de personas. Con Samuel me reí hasta con sólo verlo. Nos la pasábamos bromeando y haciendo el tonto como si no se sintiese que desde hace un mes que no salíamos de la casa, tal vez fue exactamente por eso que nos reíamos tanto. Eva es, para mí, la definición clara de persistencia con su dedicación a la flauta y a los estudios, y aunque no pasé tanto tiempo con ella como con sus hermanos también me la pasé genial. Y de Rafa y Mey no existen palabras suficientes en el diccionario que puedan expresar el profundo agradecimiento que siento. Ellos dos, sin conocerme, me aceptaron dentro de su casa y su familia y lograron que me sintiese en casa, que me sintiese en familia. ¿Y por qué una luz? Porque como en una noche torrencial en el mar, cuando parecía que el barco se iba a hundir, cual faro ellos llegaron a mi rescate. Pude haberme ido a Costa Rica, con mi familia y habría tenido que vivir el fin de mi colegio solo, solo en el sentido de que lo habría tenido que hacer sin nadie de Duino, y probablemente me habría sentido triste y perdido, pero en su lugar fui a Málaga, a donde Pablo, y todo lo que sentí fue alegría y cariño, desde el primer día, y no pudo haber sido mejor. 
Yo crecí junto a esa familia, y ahora, a kilómetros de distancia, solo puedo decir gracias y que les guardo un enorme lugar dentro de mi corazón. Rara vez en la vida se puede encontrar personas que tan rápidamente te cambien el mundo entero, y es aún más raro que lo hagan para mejor. En esa casa en Veléz-Málaga viven la bondad, la alegría, la humildad, el arte, el amor. En esa casa, en esa casa blanca, viven los Meys."


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domingo, 24 de mayo de 2020

¿Un mundo nuevo?

Eva nos comparte su arte con una reflexión para una de las asignatura del instituto, así como con dos fotos del pasado verano de su queridísimo Meditarráneo:

"Estos 50 días en casa, casi dos meses, la verdad es que se me han pasado rápido. Entre que han vivido en casa gente de otros países compartiendo con nosotros sus tradiciones, entre lo bien que nos llevamos todos y entre lo divertida que es mi familia (riéndonos, haciendo el tonto, jugando, y cocinando) no me he sentido nada “encerrada”. Con ellos me lo paso “en grande” y hemos vivido momentos inolvidables. Creo que, pasados unos años, recordaremos la cuarentena como una experiencia que unió más a las personas, que nos hizo recapacitar sobre lo que de verdad es importante en esta vida. 
Sin embargo, debo reconocer que también ha sido toda una experiencia salir a la calle por primera vez después de tantas semanas. Fui con mi padre al paseo marítimo en bici muy temprano, a casi diez metros de distancia, claro. Había un silencio atípico, sin jaleo, sin coches. Se respiraba un aire fresco, natural. Vimos el amanecer y cuando llegamos a la playa nos emocionamos al ver ese mar que añorábamos tanto. Parecía un espejo con el cielo anaranjado del amanecer. Sentimos ese frío y ese olor marino de mis días de niña, tomando “pescaíto” en familia al atardecer. Me reencontré con la naturaleza, con el exterior, con la amplitud de estar fuera de casa, y con los primeros rayos de sol en la cara.  Sentí con fuerza que habíamos estado lastimando a nuestro planeta. Y que, debido al confinamiento, ha recuperado algo de salud.
Aquella primera escapada fue muy especial. Pero ha ido pasando el tiempo, y la normalidad ha ido volviendo a las calles, aunque aún no sé muy bien si eso es o no un retroceso. Cada vez se escuchan menos los aplausos de las ocho, y más los coches y el bullicio de la gente. Esa gente que antes parecía no tener necesidad de salir y sin embargo ahora se agolpan para ello. Algunos, por desgracia, incumpliendo unas normas, quizás discutibles, pero pensadas para que el verano regrese como cada año.
Yo sólo espero que hayamos aprendido esta lección. Que redescubramos el maravilloso mundo en el que vivimos. Que cuando todo esto acabe, aprovechemos el tiempo con las personas que de verdad nos importan. Que disfrutemos los pequeños momentos de nuestras vidas, sin prisas, sin agobios…Que todo esto sea una nueva y gran oportunidad".


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