miércoles, 28 de noviembre de 2018

Alto y claro

Uno se empeña en hacerse el sueco, el loco o el sordo. Pero nada. La vida "erre que erre". Fluyendo, como debe hacer. Y uno con sus planes, con sus apegos, aferrándose a todo y a todos.
Desde hace años vivimos con intensidad el aprendizaje permanente y casi diario a través de lo que nos pasa en la vida, en el día a día. Cada vivencia, cada encuentro, cada situación trae un aprendizaje bajo el brazo. Y tan sólo hace falta un poco de voluntad y de consciencia para desvelarlo o abrirse a esas enseñanzas vitales. Pero lo de estas semanas está siendo muy fuerte. O mejor dicho: "blanco y en botella". Porque más "clarito" no puede venir ese aprendizaje en lo que nos está sucediendo.
Parece que es ley de vida. Al menos de esta vida que nos damos. Y esa ley no escrita nos lleva a buscar aquello que nos da seguridad, que nos reconforta, y nos protege. Nuestra salud, nuestra casa, nuestro trabajo o nuestra familia forman una buena parte de ese círculo virtuoso que conforma gran parte de lo que creemos que somos, porque en esos entornos nos sentimos resguardados de las inclemencias de la incertidumbre, de la inseguridad y de la zozobra. Por eso lo de estas semanas está siendo todo un ataque a lo que suele constituir la línea de flotación de esas certezas que no paramos de construir en nuestras vidas. Primero fue la casa, en cuyo sótano no paran de salir goteras, filtraciones, manchas y charcos desde hace meses. Luego fue la dura adolescencia, que por momentos provoca terremotos en casa, más allá de la escala Richter. La semana pasada fue el episodio de mi ojo "bueno", ese con el que jamás pensé que sufriría contratiempo alguno. Y lo último ha sido el trabajo, donde la estabilidad y continuidad que creí que gozaba fluctúan por momentos.
En todos esos casos, el mensaje es alto y claro. Yo pensaba... Yo creía...Yo me imaginaba...Yo daba por sentado... Y ¡zasca!, en toda la boca.
Pensamos que la casa es nuestro refugio, nuestro lugar de paz, el sitio que nos permite recobrar el aliento... y, sin embargo, desde hace meses, nos asusta bajar al sótano por miedo a pisar de nuevo sobre mojado. Con los hijos algo parecido: todo parece ir encaminado y armonioso, con unos niños encantadores y amorosos, hasta que de repente la adolescencia asoma por la puerta y te topas con unos portazos, una palabrotas, unas caras y unos desafíos más propios de la mafia que de tu propia familia. Con la salud y mi ojo, tres cuartos de lo mismo: se suponía que ese ojo era "a prueba de bombas", la tabla de salvación de mi vista, y de repente láser y la amenaza de otro posible desprendimiento de retina. Y con el trabajo también todo parecía marchar bien: clima laboral magnífico, respaldo pleno a mi labor, y de la noche a la mañana, una cuestión burocrática secundaria con los códigos de los puestos de trabajo puede alejarme a otros menesteres en otro organismo totalmente distinto.
¿Qué ha pasado en estas semanas? ¿Cómo es que todo parece patas arriba o boca abajo? ¿Qué ha sucedido para semejante desconcierto? Quizás si te llega una situación de éstas, puntualmente, lo achacas a la casualidad o a la mala suerte. Pero cuando cuatro aspectos destacados de tu vida se agitan de esta forma a la vez, quizás es que hay algo que aprender, por mucho que te resistas a ello. Y quizás la cosa vaya de darte cuenta de que las certezas, en la vida, poquitas. Que dar las cosas por sentado no es una buena estrategia. Y que son pocas las realidades eternas, inmutables e inequívocas. Todo muta. Todo es un continuo fluir. Todo está llamado a cambiar y a dejar de ser como siempre fue, por mucho que nos empeñemos en mirar para otro lado. Sea en tu casa, con tu familia, con tu salud o la de los tuyos, en el ámbito laboral o profesional. Todo es un río que no para de discurrir por el cauce de la vida. De forma imparable y trepidante. Y ese río deja al descubierto nuestras vulnerabilidades. Aquello que siempre tratamos de ocultar. Y sientes que es mucho más que inesperado o inoportuno. Es inmerecido, injusto, indignante, intolerable... Calificativos que brotan de dentro (quizás por eso empiezan todos por "in) no sólo en ti, sino en los que te rodean, pero que desvelan que dimos por sentado lo que nunca fue. Aquello que realmente sólo existió momentáneamente en el instante minúsculo de nuestro existencia, y tan sólo durante un ratito dentro de la inmensidad de la Vida con mayúsculas, por mucho que nuestros apegos mentales, y nuestras expectativas vitales conspirasen en sentido contrario.
Esas vulnerabilidades compartidas son, paradógicamente, lo que más nos une. Porque a pesar de los "likes", los postureos, y las sonrisas postizas de los "selfies", todos somos y nos sentimos vulnerables en más ocasiones de las que queremos reconocer. Todos vemos cómo en ciertos momentos se resquebrajan aquellos cimientos que siempre creímos perpetuos. Y es justo cuando compartimos esas vulnerabilidades, esos miedos y esas angustias cuando surge la autenticidad de los seres humanos. Aquello que nos hace UNO.
Es curioso que nuestro ADN parece querer que las cosas sean estables y seguras. Que en nuestra vida no haya altibajos, sino líneas rectas y continuas. Y quizás se nos olvida que cuando aparecen las líneas rectas, sea en un electrocardiograma o en un encefalograma, la cosa se pone "chunga". Porque eso significa que nos hemos muerto. Así que habrá que asumir que la vida es una montaña rusa de ascensos escarpados y descensos vertiginosos. Y que nuestro papel es vivir con intensidad lo que toca en cada momento, sin dejarse arrastrar demasiado por los sentimientos, las sensaciones, los pensamientos y las emociones de esos momentos. Y no por nada: porque somos mucho más que esas inquietudes, esas preocupaciones o esas intranquilidades.
Casi todo tiene solución. No hay que pre-ocuparse. Sólo hay que ocuparse cuando toca. Y tocará llamar a un nuevo fontanero o al albañil, aunque sea por enésima vez. Tocará una nueva sesión de láser, un viaje a la clínica oftalmológica de Barcelona, o aprender a manejarse con una visión más reducida si ese lejano día llegara. Tocará un cambio de trabajo o de compañeros, quizás. O tocará simplemente ser paciente y dejar pasar el tiempo hasta que pase la adolescencia. Pero sobre todo tocará darse cuenta de que no hay seguridades para siempre. Que no hay atajos ni líneas rectas. Y que hay que prepararse para esa continua mutación, que nunca cesa, por muy sordos que nos hagamos a estos avisos que da la vida.

PD: Compartimos también un audio de una mini-charla nuestra, justo de hoy, precisamente sobre este mismo asunto: https://www.patreon.com/posts/22984972

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lunes, 19 de noviembre de 2018

Poca vista

Ese no era el guión previsto. La idea era un domingo lluvioso, "mantita" y "peli" en familia, todos acurrucados en el sofá. Pero no. El guión fue otro. Ayer tocó salir corriendo para urgencias a Málaga bajo un soberbio aguacero, y cruzar los dedos para que no fuera la cosa a mayores.
Todo comenzó el sábado. Empecé a ver destellos, moscas y gusanillos voladores. Cuando contemplaba el cielo, una enorme nube de polvo en suspensión lo cubría todo, con millones de granitos que me rodeaban, sin que pudiera tocar ninguno cuando acercaba las manos. Juro que no había consumido alcohol, drogas ni nada parecido. Pero mis ojos me ofrecían un panorama visual de alucinación absoluta. No pude evitar pensar cuántas de las cosas que consideramos reales e inamovibles en nuestra vida son en realidad creaciones de nuestra mente o de nuestros sentidos. Me di unas horas para ver si aquellas visiones desaparecían. Pero viendo que no, llamé a las urgencias de la clínica que me operó el ojo en Barcelona, para pedir consejo. Me dijeron que fuera "zumbando" para urgencias. Y eso fue lo que hicimos, a pesar del guión hogareño que habíamos planificado.
El chaparrón debió disuadir a muchas personas de acudir a las únicas urgencias oftalmológicas de la provincia, porque fuimos atendidos de inmediato. Y de nuevo se rompió el guión. Mi ojo izquierdo siempre había estado dañado. Desde pequeño sólo había visto luces y sombras, y por eso entendí que había pasado el calvario que me había tocado pasar con él hace años. Pero mi ojo derecho siempre ha sido un súper-ojo. Siempre fue el más aplicado. Con su 125% de agudeza visual me había prestado el mejor de los servicios posibles. Y lo había aprovechado al máximo. Ya tenía un poco de miopía y astigmatismo, pero eso es normal a mi edad. Nada relevante que hiciera presagiar un susto como el que durante meses nos dio el otro. Ese era el guión. Y también me lo comí con patatas.
Aquel médico de guardia, un domingo lluvioso cualquiera, en aquellas urgencias solitarias, lo tenía claro: "desgarro operculado a las seis, de mediano tamaño". Eso significaba aplicar láser de inmediato y con la máxima urgencia en mi ojo bueno. Ese que había facilitado a mi cerebro todas las imágenes desde mi más tierna infancia. De no hacerlo, existía peligro de desprendimiento de retina, y eso ya sí eran palabras mayores. Significaba operación en toda regla con anestesia y posible pérdida de la visión para siempre. Mey y yo nos miramos. El semblante nos cambió de inmediato. Ya sí tocaba "ocuparse". La vida nos ha enseñado a no "pre-ocuparnos" antes de tiempo. A no derrochar energía en un absurdo rumiar mental, que no hace sino desgastarnos. Y por eso habíamos llegado tranquilos, relajados y pensando que sería un simple trámite. Nos dirían que era algo pasajero, nos darían unas gotas para el ojo, y en pocos días aquellas extrañas visiones desaparecían. Pero no. El momento adecuado había llegado. Tocaba ponerse manos a la obra, y desplegar toda la energía que aquel anuncio suponía. En dos minutos le contamos nuestra aventura con el otro ojo: aquel primer contacto con Barcelona, la operación y la hemorragia consiguiente, la segunda operación con la extirpación del cristalino, y la posterior terapia visual. Creo que aquella odisea que contamos apabulló a aquel joven doctor. Y nos dio la coartada, sin que se sintiera ofendido, para hacer sobre la marcha la llamada del comodín a Barcelona, para ver qué opinaban sobre su diagnóstico. Mientras, él haría algunas gestiones si decidíamos ir adelante. Barcelona no lo dudó. Un viaje en avión, un traqueteo mayor del habitual, o unas horas de más podrían desencadenar el temido desprendimiento de retina. Debíamos aceptar el ofrecimiento del láser. Y así lo hicimos.
No sé si es una práctica habitual. No sé si se debió a la epopeya del otro ojo que le narramos. No sé si fue porque estaba afectado mi único ojo sano. O no sé si es que empezó a romperse la barrera médico-paciente y se abrió la puerta de la relación humana. Pero lo cierto es que en veinte minutos se presentaba allí, un domingo lluvioso por la tarde, nada menos que el jefe de oftalmología para aplicarme con apremio el láser verde de argón. Me dijo que si estaba dispuesto a colaborar. Como para mostrarme dubitativo estaba la cosa... "Sí", le contesté con rotundidad. Mi respuesta me ahorró la anestesia y un cono incomodísimo que te introducen en el ojo en estas ocasiones. Pero los cuarenta o cincuenta impactos de láser no me los quitaba nadie. Y ésa es una sensación desagradable, la verdad. No es dolor físico, pero sí lo es a la vez. Sientes los nervios oculares. Sientes que el ojo reacciona de forma refleja ante aquel impacto cegador de luz verde repetido sin cesar. Sientes que el ojo quiere parpadear y lucha contra la orden de que no te muevas ni un milímetro. Aquella orgía de luz y color, unida a las fantasías visuales desde el sábado, me habían dado un guión que ya quisiera Stanley Kubrick.
La vida trae días como el de ayer: imprevisto, súbito, accidentado, inquietante, alarmante... Por eso toca prepararse el resto de los días en que no hay enfermedad, no hay preocupaciones, no hay muerte. Y por eso, por la noche, antes de meternos en la cama, Mey y yo pensábamos lo mismo y decidimos hablarlo en voz alta. Es el tercer aviso de mis ojos. De ambos. Tarde o temprano tocará, quizás, afrontar una ceguera. Ojalá que sea dentro de treinta o cuarenta años. Ojalá que no ocurra nunca. Pero mientras, no está de más ir preparándose. Esta mañana, tras nuestra petición, nuestro querido Ángel, desde Lleida, nos abría las puertas de un nuevo mundo: el del braille y el de tantas aplicaciones que hoy día existen para las personas invidentes. Toca ocuparse, sin preocuparse. Toca adentrarse en un nuevo mundo y aprender. Y si al final no me toca, seguro que el camino habrá valido la pena. Como siempre.

PD1: Como sé que sois muchos los que os preocupáis, he escrito esto con permiso médico, porque debo hacer vida normal, incluido leer y trabajar al ordenador. Lo único es que debo evitar esfuerzos físicos y levantar peso hasta confirmar en unos días que todo ha cicatrizado bien y la hemorragia se ha disipado.
PD 2: Para quienes queráis conocer la aventura del otro ojo, os compartimos lo que escribimos en su día al respecto:



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domingo, 11 de noviembre de 2018

Segundo plano

Hay que reconocerlo. Calentito, se está calentito. La verdad. Y cómodo también. No hay nadie que te señale. Nadie que te reproche nada. Nadie que opine a tus espaldas. O que te ponga una u otra etiqueta. Quizás por eso tantos se quedan ahí. En ese estado de letargo, en el que el tiempo pasa sin pena ni gloria. Y en el que te ahorras disgustos y frustraciones que, a fin de cuentas, te has buscado tú solito o solita.
A veces pienso que es cuestión de condición. Que hay personas a las que les hierve la sangre, mientras otras la tienen de horchata de chufa. Pero no. A veces es cuestión de tiempo. De que llegue el momento adecuado, la llamada adecuada, el dolor adecuado. Mientras tanto, seguimos en nuestra zona de confort. Calentitos, muy calentitos.
Una pareja en la playa de Miedzyzdroje, Polonia
El pasado jueves lo hablábamos con nuestros queridos amigos Magdalena y David. En unos días se van a conquistar las Américas con un nuevo sello editorial. Su poesía es disfrutada ya por millones de personas. Y sin embargo, en el tiempo en el que les conocemos, ni un atisbo de apoltronamiento, de conformismo, de autocomplacencia. Hace unas semanas Magda era invitada a dar el pregón de las fiestas de su pueblo. Era un buen momento para regalar el oído a muchos. Pero ella prefirió llamar "al pan pan, y al vino vino". Igual que cuando alzó la voz para insuflar ánimos a tantos y tantos enfermos de cáncer que, como ella, luchan contra esa dichosa plaga. Le faltó tiempo a algunos, con muy mala idea, para acusarla de vender libros con su enfermedad. Es lo que pasa por no quedarse en un segundo plano, de perfil.
Hubo un tiempo en que también nosotros siempre estábamos en un segundo plano. Y cuando vamos a compartir algo, nos lo pensamos mucho. Porque somos muy conscientes de que no somos ejemplo de nada ni para nadie. De hecho cada vez estamos más convencidos del trabajo callado y silencioso de "hormiguita", de ese cambiarse uno o una para cambiar el mundo. Salir del segundo plano no siempre tiene que ser "a bombo y platillo". Y con mucha frecuencia nos encontramos en la misma dicotomía cuando nos metemos en alguna nueva historia. ¿Compartir o callar? ¿Arriesgarse a engordar el ego y las acusaciones de "buenismo", o sacrificar posibles conexiones con personas que se encuentran en la misma búsqueda que nosotros? Y os reconocemos que ni hay recetas para esto, ni en casa nos ponemos siempre de acuerdo a la hora de difundir o no lo que hacemos. Cierto es que mucha gente nos agradece nuestro compartir y nos reconocen que buscaban pistas o referencias cercanas, como la nuestra. Pero huimos de los gurús, de los "salvapatrias", y de los héroes de cartón-piedra. Hace poco un escayolista que nos hizo un trabajo en casa hace años, nos llamó para pedirnos consejo: quería tener gestos solidarios y aportar su granito de arena a varias causas solidarias, y tras seguirnos la pista durante meses, se fiaba de nosotros para decidir a dónde y con quién. Gente como él es la que nos convence de que, de vez en cuando, debemos seguir compartiendo algunas de nuestras salidas a escena.
Sabemos que siempre habrá quien nos critique o nos etiquete de esto o aquello. Pero hay tanto por hacer, que no pueden pararnos quienes se aburren y se dedican a la censura o el reproche. Y cuando los focos o la conciencia te apuntan, puedes decidir quedarte detrás del escenario, o salir a actuar. Por eso esta semana hemos dado otro paso al frente. Sabemos que algunos nos tildarán de locos. Otros de exhibicionistas. Y otros de insensatos. Pero no podemos quedarnos impasibles en ese dichoso segundo plano, por muy calentito que se esté en él.
Hay muchos niños esperando un abrazo, una mirada tierna, una escucha activa, un hogar. Y hay mucha gente mirándose al ombligo, quejándose de su destino, y compitiendo en victimismos de todo pelaje. Olvidan que esas cosas resultan bobadas cuando ves situaciones así en otros. Y hay muchos "otros" que nos necesitan y que nos curan cuando les entregamos parte de nosotros mismos. Por eso ya hemos empezado los trámites. Por eso ya nos hemos ofrecido. No podemos permitir que niños como nuestro Pablo, nuestro Samuel o nuestra Eva, sin ninguna culpa, traba o pecado, vaguen por los centros de menores, sin una familia dispuesta a ofrecerles un hogar, aunque sea para arroparles durante unos días. Da igual que se llamen Cristian, Soraya o Javi. Que tengan 8 o 17 años. Son niños o adolescentes, como los nuestros. Niños que han tenido la mala suerte de que se les torció la vida a sus padres. Y necesitan familias que les hagan de puente hasta que se enderecen esas vidas. Sus profundos abrazos de este miércoles, siendo nosotros unos  auténticos desconocidos, delataban esa necesidad. ¿Se puede seguir de perfil ante esas realidades, teniendo unos brazos, una cama y una sonrisa para compartir con ellos? A pesar de los pesares, hemos decidido dejar de nuevo ese dichoso segundo plano. Y salir a escena. Por estos niños. Y por otros muchos que, ojalá, puedan disfrutar del hogar o de la compañía de gente con corazón, que se movilice con este paso que damos nosotros ahora. Lo compartimos sin mayor pretensión que el conectar con quien también pueda sentir esa necesidad de ayuda. Será incómodo. Traerá dolor. Y quizás no se esté tan calentito. Pero valdrá la pena. Sin lugar a dudas. Por esos niños y también por nuestro corazón. Porque de eso va la vida.

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lunes, 29 de octubre de 2018

Despedidas

"Sabes que ésta es la última vez que nos vemos, ¿verdad, Rafa?", me murmuró al oído mientras nos abrazábamos en la despedida.
"No digas tonterías, tita", le respondí yo, sabiendo que llevaba toda la razón.
Pocos días antes, la oncóloga le había retirado todos los tratamientos. Eso evidenciaba que la ciencia se rendía ante el maldito cáncer. Pero ella se sintió aliviada. Por fin acababa la tortura. Y aunque el final se acercaba, ella lo afrontaba con la entereza con la que había afrontado siempre las difíciles pruebas de la vida. Aunque se resistiera a que la vieran tan demacrada y vapuleada por la enfermedad, sentí que necesitaba despedirme entonces, como no pude hacerlo este verano con mi tía Tere. De aquel abrazo tan necesario, ayer se habrían cumplido seis semanas. Pero antesdeayer a las ocho de la mañana era su adiós definitivo.
Este año el otoño remoloneaba más de lo normal. Aún no habíamos abandonado las mangas cortas, cuando el frío polar nos dejaba tiritando este fin de semana. Era como si su adiós nos hubiera dejado helados a todos, por muy esperado que fuera. Y ayer por la mañana, en la puerta de la iglesia, mientras recibía el pésame junto a mis primos de decenas de desconocidos, en lo que aún sigue siendo una extraña tradición en muchos pueblos, sentía ese frío interior que ningún abrigo puede mitigar. Sin duda, hay fríos que tienen que ver con el alma y no con la piel. Y al ayudar a levantar su ataúd hasta el altar, los escalofríos no paraban. Aunque ahora que lo pienso, quizás se debiera también a lo que nos esperaba tras aquellas inmensas puertas que había cruzado yo de pequeño tantas y tantas veces. Jamás había visto aquella parroquia tan abarrotada de gente como ayer. Centenares de ojos se clavaban en nuestros pasos en una muestra de cariño colectivo que en algo mitigaría el dolor de mis cuatro primos.
Cuando uno ya ha perdido a sus abuelos y a sus padres, siente que empieza a colocarse en primera línea de fuego. Y que esa llamada inexorable de la tierra se aproxima tarde o temprano, aunque nunca queramos pensar en ello. Polvo al polvo. La verdad es que se te desmoronan los castillos de naipes que a veces nos montamos en la cabeza. Y no puedes evitar pensar cuántos besos de tus hijos al llegar del instituto te quedan. Cuántos abrazos a tu mujer. Cuántas lunas llenas por ver. Cuántos "madrugones" para ir a trabajar. Cuántas cosas que adoramos u odiamos, pero que seguro añoraremos cuando ya no estemos aquí. Y no puedes evitar volver a darle la importancia que realmente tienen tantas y tantas cosas sencillas y cotidianas, que a veces, obviamos pensando que somos eternos.
Me gustó el rato que compartí con mis primos y familiares en el recorrido hasta el cementerio y en la espera durante la incineración. También el tapeo posterior que improvisamos los que nos quedamos hasta el final. Y disfruté de las risas con los recuerdos, de unos abrazos por desgracia demasiado esporádicos, y de un compartir que se me antojaba cada vez más necesario entre nosotros. Siempre he odiado el ritual de las coronas de flores, del coche fúnebre y de los pésames. Pero hay algo que siempre agradezco de todo ese ceremonial: que obliga al reencuentro. Y que lo que nuestras cargadas agendas no une, la marcha de alguien querido siempre consigue. 
Mientras volvía a casa en el coche, no podía evitar acordarme de tantos y tantos recuerdos en ese pueblo de mis abuelos. Forman, sin duda, una parte importante de lo que somos. Y nunca desaparecerá, por mucho que el inexorable reloj biológico se empeñe en recordarnos que nada es eterno, y que todo cambia.
Ya son dos noches seguidas de desvelarme a las cuatro de la mañana. Puede que sea el dichoso cambio de hora. Aunque probablemente son las pequeñas secuelas de haber sufrido la ausencia de un padre con cuatro años. Y aunque tengo ya muy integrada la muerte como parte la vida, cada vez que alguien querido se marcha definitivamente, este proceso se repite. Justo antes de su marcha. Justo después de su adiós. Al menos ya no lloro como una magdalena como en aquel entierro del abuelo, aunque bien sé ya del poder terapéutico de las lágrimas. Allí me di cuenta que algo tenía roto por dentro, y tocaba remendarlo. Y por suerte tuve tiempo de hacerlo para la marcha de mi madre. Pero siempre se repite este proceso interior de silencio y duelo, de vellos de punta, de nudo en la garganta.
En la despedida de mi tía Conchi ayer, me acordaba de tantas personas cercanas que se han ido recientemente: mi tía Tere, mi antiguo compañero Pepe... Y en su lucha de tantos años de enfermedad, sentía muy presentes a tantos seres queridos que están ganando o aceptando de una u otra forma sus batallas: Luije, Magdalena, Carmen, el tito Juan, Juanmi, Belen, los padres de tantos buenos amigos...
Cuando depositamos las cenizas de mi tía dentro del nicho familiar junto a las de mi tío Agustín, y se cerró la losa, curiosamente sentí con fuerza que ella ya no estaba en esa urna, ni en esa cavidad. Que estaba en la mariposa que revoloteaba entre las flores y los cipreses de aquellos largos pasillos de silencio. Que se escondía en los diminutos trozos de hielo que aquel mágico granizo nos trajo justo en ese momento entre rayo y rayo de sol. Que nunca se marcharía de los corazones de los que disfrutamos de tenerla entre nosotros.


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domingo, 21 de octubre de 2018

Familia corriente explora territorios insólitos

"Nunca me imaginé encontraros aquí, con los hijos tan excepcionales que tenéis". Esa frase nos la decía ayer mismo una amiga con la que coincidíamos en un taller de adolescencia. Nos habíamos apuntado para profundizar en técnicas y actitudes para afrontar esta complicada etapa que vivimos con nuestros hijos. Y nos sorprendieron mucho esas palabras. Por un lado porque se vienen repitiendo muchos mensajes y encuentros de ese tipo, cargados de cariño y de alta estima hacia nosotros. Pero por otro, porque evidencian un error de base. Y no es que no consideremos a nuestros hijos excepcionales. ¡Qué padre o madre no los va a considerar así! Es que, por muy excepcionales que sean, pasan las vicisitudes, las dificultades y las zozobras por las que todos hemos pasado en esta etapa de la vida. Y cuantas más herramientas se tengan, mejor.
Andorra, verano 2018
También en las últimas semanas, se han repetido situaciones que no dejan de abrumarme. A raíz de mi participación en el impulso de sesiones de mindfulness para compañeros de trabajo en mi oficina y en otro edificio cercano, se me han acercado bastantes personas pidiendo consejo sobre situaciones muy personales que les afectan en su salud interior. Para mí resulta maravilloso que personas, a veces totalmente desconocidas, vengan a consultarme y compartir conmigo situaciones íntimas que les preocupan y atormentan. Enfermedades, trabajo, amistad, relaciones de pareja...Yo, como no puede ser de otra manera, abrazo esa confianza, y comparto mi humilde perspectiva. Pero siempre me cuido de procurar dejar muy claro, que ese encuentro y esa opinión se encuadran dentro de una relación de iguales, y nunca desde una perspectiva de maestría o de gurú. Es muy fácil que, cuando uno anda muy desesperado, y alguien te ayuda a remover y encontrar algo de sentido en todo lo que te atormenta, lo erijas en tu referente, o en una especie de ejemplo a seguir. Y eso siempre es peligroso. En primer término porque se generan dependencias, que es lo que precisamente tratamos de evitar en esas sesiones, liberándonos de ataduras y capas que se van acumulando dentro de nosotros durante años. Y en segundo lugar porque es profundamente erróneo. Si en algo creo que ayudo a mis compañeros/as es compartiendo mis dificultades, mis incoherencias, mis tropiezos y mis errores. De hecho, me asombra que una persona como yo, que dedico mucho menos tiempo del que me gustaría a la meditación, pueda estar ayudando a gente a iniciarse en dicho proceso, con tan buenos resultados en algunos casos. Y creo que la clave está precisamente en eso: en que desde la igualdad y la normalidad, nos ayudamos a adentrarnos en un camino fascinante de encuentro con uno mismo y de impulso de un mundo diferente para vivir, partiendo de nosotros mismos. Y de este modo, no es que seamos maestros, ejemplos o referentes de nada; es que desde nuestra absoluta normalidad, incoherencia y dificultad, estamos compartiendo un camino fascinante, que sin duda, es el que da sentido a la vida. Y la buena noticia es que no hay condiciones para ese camino. Sucede igual que en nuestro querido Camino de Santiago: es el compartir de millones de personas normales en su peregrinar durante siglos por las mismas rutas, con preocupaciones y luchas similares, lo que hace de ése un lugar mágico. Se puede ser de lo más corriente y dar pequeños pasos que nos vayan adentrando por insólitos territorios inexplorados: a veces en las dificultades de la vida, a veces ante la enfermedad o ante el amor, a veces en la educación de los hijos, a veces en la relación con los otros seres de este planeta, a veces en nuestra actitud con el dinero, o a veces en las cuestiones más mundanas...
Eso no significa que no haya seres extraordinarios que actúen de verdaderos faros en ese caminar. Hace unos meses almorzábamos con Emilio, uno de ellos. Él sin duda sí que es alguien muy especial. Sus vídeos de youtube son vistos por millones de personas en todo el mundo. Y está permitiendo la apertura consciencial de muchísimas personas en multitud de países. Es todo un regalo poder abrazarle y comer con él. Probablemente muchos, en una circunstancia tan privilegiada, le habrían preguntado sobre los grandes misterios espirituales, a los que su gran sabiduría, sin duda, habría dado respuesta. Pero yo decidí preguntarle por algo mucho más terrenal, quizás porque ése es uno de mis territorios por explorar: "¿Alguna vez te enfadas con tus hijos?". Su negativa me dejó entre anodadado y conmovido. Sin duda juega en otra división, quizás por su práctica espiritual durante años y su enorme capacidad de introspección. Pero yo aún me siento a años luz de estar tan equilibrado como para no verme arrastrado por el torrente de energía desbordada, hormonas, retos y caos que a veces tenemos en familia. 
Esta semana, precisamente, hemos sentido una fortísima llamada hacia uno de esos caminos en los que adentrarse. Están siendo semanas complicadas de adolescencia en casa. Los desplantes, las palabras gruesas y las actitudes retadoras están a flor de piel en los niños. Evidentemente todos hemos pasado por ahí, aunque a veces se nos olvida. Y aunque uno se prepara para esos momentos, aún estoy alejado de conseguir un equilibrio como el de Pancho Ramos Stierle. La vida de este joven mexicano, afincado ahora en Oakland, se rige por un lema radical: "Si quieres ser revolucionario, sé amable". Y ese lema le ha llevado a situaciones tan chocantes como verse rodeado de antidisturbios en plena batalla campal y ser capaz de seguir en actitud meditativa, devolviendo una sonrisa o una palabra amable frente a las agresiones. Sin duda, Pancho también juega en otra división. Y sus palabras no han dejado de resonarnos esta semana, y por eso decidimos escribirlas en la pizarra de nuestro frigorífico, para que nos iluminasen. Y justo en esas andábamos, cuando a los pocos días llegó a nuestras manos el precioso vídeo #FromWomenToMen en el que un grupo de mujeres lanzaban un radical mensaje de reconciliación hacia los hombres. No pude dejar de pensar la de siglos que el género femenino lleva de sometimiento al género masculino, y cuán necesario resulta esa energía femenina en nuestro mundo de hoy. Pero me maravilló descubrir que la clave que planteaban está en la búsqueda del acercamiento, honrando y reconociendo los propios errores y al otro en su divinidad, y no en una eterna batalla basada en el rencor, en los agravios cometidos en el pasado, o en el tener o no razón. El territorio por explorar de esta semana quedaba tan nítido que no podía mirar para otro lado: la reconciliación.
Ayer, en el taller de adolescencia, los padres asistentes compartíamos vivencias comunes de nuestros hijos adolescentes: desplantes, malos modos, gritos, portazos, desaires... Y reconozco que sigo saltando de vez en cuando como un muelle ante esas situaciones,  aunque haya reducido últimamente la tensión y mis respuestas airadas  en tales situaciones. Muchos dirán que es preciso dar un golpe en la mesa de vez en cuando en el proceso de educar a los hijos cuando se cruzan ciertas líneas rojas. Pero a veces eso no hace más que añadir leña al fuego, y en esos momentos, la pérdida de control, lejos de calmar las situaciones, lo que hace es desencadenar tormentas peores. Y ya se entra en el juego del "y tú más", de la elevación de la voz, de las malas caras, de la baja vibración...Un ambiente poco propicio para el ejemplo, para el abrazo, para la apertura del corazón, y para crecer como personas. Suerte que tengo a Mey a mi lado, para tirarme de las orejas. Suerte que no puedo buscar excusas, exponiéndome en estas citas ante el teclado. Y suerte que la práctica meditativa ante mis compañeros de trabajo me obliga a no rendirme. Porque el camino es sólo uno, aunque a veces se tropiece en él.
Esta semana de nuevo sentí que tenía razones para enfadarme. Pero la vida no va de razones, sino de ser feliz. Y a veces las razones te llevan a un absurdo "ojo por ojo" que te acaba dejando ciego. Y sin darte cuentas piensas que siendo estricto, poniendo caras largas de desaprobación, y creando distancia, las actitudes desviadas se van a corregir. Y no. Las cosas no funcionan así. Por eso decidí pedir perdón a los niños. Y costó. ¡Claro que costó! Es más fácil escribir un post o un tuit, que comerte el orgullo y tus dichosas razones, y exponerte al reproche rebajándote ante el agravio de un hijo o una hija. Pero nunca es rebajarse. Nunca es un agravio. Nunca hay un reproche. Siempre la réplica es el abrazo y el beso. Siempre de inmediato también una disculpa como respuesta. Y siempre las aguas vuelven a la calma. Siempre.
La gente que nos lee y nos escucha nos eleva a los altares con demasiada frecuencia. Y es preciso ser honestos. Estamos a mucha distancia para ello. Pero lo que sí hacemos es caminar por territorios maravillosos, como el de la reconciliación de esta semana. Con la mejor de las intenciones. Aprendiendo día a día. "Metiendo la pata hasta el fondo". Y sirviendo de puente para mucha gente corriente, como nosotros, que también quiere sumarse a esos caminos insólitos e inefables que la vida nos pone por delante. Hace falta mucha reconciliación entre generaciones, entre padres e hijos, entre naciones, entre mujeres y hombres. Ése ha sido nuestro camino de esta semana, y uno de tantos que seguir recorriendo una y otra vez. De aquí al final de nuestros días.

NOTA: Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero a través de nuestra escritura estamos canalizando solidaridad hacia proyectos que lo necesitan, y queremos dar cuenta de ello:
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Además, los beneficios de la nueva tanda de libros que nos ha llegado, irán íntegramente para material escolar de los 28 niños del orfanato de nuestro querido Herminio: https://bit.ly/2CbfnQM

viernes, 12 de octubre de 2018

Quedarse en tierra (parte II)

Después de nuestra aventura bilbaina, el examen es en Sevilla, a novecientos kilómetros. Pero ya hemos aprendido que hay trenes, barcos o aviones que pasan sólo una vez en la vida. Quizás éste del examen en Sevilla es uno de ellos. Miradas de complicidad. Yo no lo veo claro, pero es Mey la que me anima a dar el salto si conseguimos encontrar un sitio agradable donde los niños puedan disfrutar razonablemente estas cuarenta y ocho horas, sin andar encerrados. De nuevo volvemos al trajín, a las prisas, a las idas y venidas. Está claro que nuestra energía tiene que ver con no parar, y cuando toca parar, ya nos buscamos nosotros solitos el no hacerlo. Vamos a la oficina de turismo a preguntar. Allí nos enteramos que existen campings en los que admiten perros pero no niños. El mundo está loco.
Mirando por la ventana del camarote
Seguimos buscando. Finalmente encontramos un precioso camping, cerca de la playa de Gorliz. Y además está a un par de kilómetros de una estación de metro. Reservamos plaza por teléfono, y salimos zumbando para la estación para comprar un billete para ese autobús que quizás sólo pasa una vez en la vida. El tiempo está justillo. Llegamos a Gorliz y montamos en tiempo récord la tienda de campaña. No me convence mucho dejar a Mey con los tres niños sola, aunque sean sólo dos días. Pero siempre hay buena gente dispuesta a echar un cable. Y la pareja de la autocaravana de al lado se vuelcan en apoyarla en lo que haga falta, incluido el calentarle los biberones. De esos días Mey siempre se acordará de la entrañable imagen de ella duchándose con Eva en brazos, y los dos niños en la puerta montando guardia, explicando a todo el que pasaba que estaban cuidando de su mamá.
Me despido, y de nuevo toca correr al metro, para llegar justo para la salida del autobús a Sevilla. Tras un larguísimo viaje al estilo "Ocho apellidos vascos" llego el sábado a Sevilla a las seis de la mañana . Decido ir andando hasta la facultad donde es el examen para despejarme un poco. Pero al llegar me tumbo en el césped ya exhausto. Aún quedan tres horas para el inicio de las pruebas, y un descanso puede ser clave. Me despiertan dos guardas de seguridad, pensando quizás que soy un drogadicto, una persona sin hogar, o que ando de resaca tras una noche de desenfreno. Les explico brevemente la situación y no puedo evitar reírme por dentro a carcajadas. Si yo les contara...
A las diez entro al examen. No recuerdo haber estado más tranquilo. Cuando llevas ya tanto a la espalda, lo relativizas todo. No te aferras tanto al resultado de las cosas, o a que tengan que ser de una u otra forma. Y eso da tranquilidad. Me defiendo "como gato panza arriba" en el examen y de nuevo salgo corriendo para coger el autobús de vuelta tras pillar algo para comer por el camino. Nuevo viaje eterno hacia el norte. Y amanezco en Bilbao el domingo 23. Cojo el metro hacia Gorliz y al salir me encuentro una algarabía impropia de esas horas de la mañana de un domingo. Son las fiestas del pueblo, y las litronas se mezclan con los "Gora ETA", los carteles pidiendo el acercamiento de presos, y los gritos alcoholizados propios de cualquier exceso festivo. Cruzo los dedos para no verme envuelto en ningún altercado. Y por fin llego a la hora de despertar a la prole en su tienda de campaña. Toca recoger, dirigirse al puerto y embarcar a la hora prevista, esta vez ya sin ningún imprevisto. No recuerdo una sensación mayor de placer cuando sueltan el amarre y el buque se adentra en el mar. El resto del viaje es una auténtica gozada. Todo como habíamos previsto.
En el ferry Bilbao-Portsmouth
Respecto al examen, fue un "sí pero no". Sí, porque efectivamente aprobé el examen contra todo pronóstico y a pesar de todo. Y no, porque no conseguí plaza, por falta de puntos en el concurso. A alguno quizás le chirríe. ¿Para qué tanto lío entonces? ¿Para qué tanto esfuerzo? ¿Para qué tanta carrera? Estamos tan acostumbrados a los finales felices de Hollywood, que todo lo que no tenga un final feliz, parece que no tiene sentido. Pero ya hemos aprendido que la vida no va de finales sino de los caminos intermedios. Y todo lo que se vive en ese camino y cómo se vive es lo que verdaderamente da sentido a la vida. Esa experiencia se sumó a otras muchas. Y poco tiempo después aprobé las oposiciones y conseguí plaza. Curiosamente cuando dejé de aferrarme a ello, y cuando casi ni me acordaba. Y de esa forma, algo por lo que me había esforzado tanto, se consiguió cuando dejé de obsesionarme por conseguirlo. De hecho, en su día tomé posesión y pedí la excedencia en el mismo día, y no empecé a ejercer hasta mucho después. Ese final tan esperado debía ceder el protagonismo a otras muchas circunstancias del camino de la vida.
Samuel, hace pocos meses, en su regreso tras un curso en Estados Unidos, estuvo también a punto de quedarse en tierra. Faltaban pocas horas para su llegada, y recibimos su llamada angustiada. Una vez en el avión, y tras varias horas de retraso en la pista de despegue, un problema en una de las turbinas les obligaba a cambiar de nave. Y para entrar en el nuevo avión, al ser menor de edad, debía estar presente la familia que le había acompañado hasta allí horas antes. Ellos se habían marchado al cerrarse las puertas del avión y ya estaban a centenares de kilómetros. Así que peligraba su vuelo a Nueva York, y consiguientemente la conexión hasta Málaga. Pero quizás recordó alguna experiencia familiar de quedarse en tierra. Y no sabemos cómo (porque las autoridades americanas para esto, no suelen ser muy amigables), pero logró movilizar los apoyos y los argumentos necesarios para convencerles de que le dejasen embarcar. Llegó a casa a su hora y sin contratiempo.
Respecto a aquel lejano viaje en ferry, los niños jamás olvidarán el disfrute de los talleres de ciencias o los dinosaurios en los museos londinenses, el embarque del coche en un tren que viaja por debajo del mar, o los castillos visitados por Francia. O sí, quizás lo hayan olvidado. Pero lo que quizás sí les quede grabado en su interior de por vida es la dinámica de movilización y el inconformismo necesarios cuando uno va a quedarse en tierra. Da igual que sea para un viaje, para un examen, para una lucha por la salud, o para alcanzar un sueño. A veces el quedarse en tierra es el mayor acicate para luchar contra unos límites que no existen, y sólo están en nuestra cabeza.


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domingo, 7 de octubre de 2018

Quedarse en tierra (parte I)

Jueves, 20 de julio de 2006. Con el coche cargado hasta arriba de maletas, utensilios, sacos de dormir y la tienda de campaña, aguardamos con la máxima ilusión nuestro turno en la cola de vehículos. El largo viaje hasta Bilbao desde tierras jiennenses se ha hecho corto. Quizás pensando en lo que nos aguarda. Quizás porque el recorrido hasta ahora no ha podido ser más divertido para los niños: parque de atracciones en Madrid con Luis y María, y días de campo en la sierra de Ávila con Dolores y Miguel Ángel. Aún son pequeños para desplazamientos tan prolongados, y es bueno dosificar las etapas para minimizar las quejas. A pesar de ello, contamos con el desacuerdo de los abuelos, que no entienden un viaje de tantos kilómetros con una niña de ocho meses, y dos "enanos" de cuatro y cinco años. Pero nosotros sentimos que es bueno un cambio de tercio entre tanto pañal, tanto biberón y tanto pediatra. En el fondo lo vivimos como un viaje iniciático, una forma de celebrar que la familia está por fin completa. Y este viaje es la forma de celebrarlo, introduciéndoles de lleno en lo que constituirá probablemente una constante en sus vidas: viajar, conocer mundo, abrirse a nuevas gentes, y desenvolverse en lo desconocido.
A las puertas del Guggenheim de Bilbao
Poco nos imaginamos, mientras bromeamos en el coche antes de ser engullidos hasta la tripa de aquel inmenso ferry, que todos nuestros planes se van a ir por la borda. Nunca mejor dicho. Y todo por la burocracia. Resulta que ha habido un cambio legal, y aunque nos insistieron que con el libro de familia numerosa era suficiente para que nos dejaran entrar en Inglaterra, al llegar al puerto de Portsmouth, los numerosos incidentes con niños de parejas separadas, ha obligado a endurecer los requisitos, y ya no pueden dejar pasar a los niños sin su correspondiente pasaporte individual. El pulso se acelera. Pero no tanto como la preocupación. Todo el viaje está milimétricamente diseñado: Bilbao-Portsmouth; pasaríamos unos días con Pete y Nuria en Londres; luego cruzaríamos el Canal de la Mancha en el tren del Eurotúnel, y desde allí iríamos recorriendo Francia hacia la granja de la bisabuela en el sur, parando unos días en una casa alquilada no muy lejos del precioso Mont Sant Michel. Pero a veces no todo se puede planificar tanto. Y este guardia de fronteras está aquí para recordárnoslo. No nos puede dejar pasar. Y con ello vemos volar todo nuestro viaje de ensueño y todas las reservas ya pagadas.
La imagen del ferry saliendo del puerto de Bilbao con decenas de manos despidiéndose desde cubierta nunca se me olvidará. Tampoco la sensación de absurdo, de "metedura de pata" y de incertidumbre. "Papá, ¿no nos íbamos a subir a ese barco?" "¿Y por qué no podemos subir?" "¿Y cuando nos subimos?".
Mey y yo nos miramos, resoplamos y nos ponemos en marcha. El panorama no está como para derrotismos. La niña "berrea" cada dos por tres reclamando su pecho, y los otros dos juguetean y vociferan sin parar en los asientos traseros llenos de nervios y energía por descargar. Para colmo, Bilbao sufre una ola de calor como no se recuerda otra. Menos mal que vamos estrenando navegador y algo nos podrá guiar en este embrollo en el que nos hemos metido. Buscamos dónde está la comisaría más cercana.
El tráfico está horrible. Las calles me parecen un laberinto. Y el aparcamiento es un imposible. No sé cómo, pero una hora después logramos cruzar la puerta de la comisaría y nos aproximamos a la ventanilla de pasaportes. Allí les explicamos nuestra desesperada situación. La chica se apiada de nosotros, ante los insistentes lloros y diarrea de Eva, y el follón que están liando Pablo y Samuel enzarzados en sus juegos. Pero su jefa no parece estar por la labor, a juzgar por la rotundidad con la que desde la distancia, vemos moverse su dedo índice, indicando un "no" tajante. Tras unos minutos de negociación sale con la receta mágica. Si le traemos el libro de familia original, haciendo una excepción en cuanto a las citas previstas, nos podría expedir tres pasaportes provisionales con los que retomar el viaje. A simple vista sencillo. Pero el libro de familia está en un cajón perdido de nuestra casa en Linares, a 700 kilómetros. Llamamos a nuestra vecina Marga y le encargamos la misión con la llave de casa que siempre tiene. Tras no poco esfuerzo, lo encuentra y acordamos el envío por mensajería para la mañana siguiente. Como los lloros de Eva no cesan, decidimos llevarla a urgencias por miedo a que pueda deshidratarse con tanto calor. Afortunadamente no es nada grave. Luego toca buscar un sitio donde dormir. Un hotel barato en un polígono industrial perdido nos sirve. No estamos para grandes alardes ya.
Toca madrugar el viernes. Hay que ir a recoger el libro de familia a la central de la mensajería. No hay contratiempos y con el libro en la mano nos dirigimos de nuevo a la comisaría agarrados a la tabla de salvación de nuestro navegador. Lo prometido es deuda, y los pasaportes son expedidos sin dilación. Pero aún toca lo más difícil: conseguir un nuevo pasaje para los cinco y nuestro coche en el próximo ferry. Sólo zarpan dos barcos a la semana: los jueves y los domingos. De nuevo nuestra pantallita mágica nos guía hasta la central de la naviera. Allí nos dan un nuevo susto: si hemos perdido el ferry por un tema de pasaportes la culpa es nuestra. Si queremos embarcar el domingo toca comprar nuevos billetes. Esa opción nos resulta inviable. Nuestra economía no está para tanta juerga. Sin embargo, dejan un resquicio abierto. Por una cuestión de salud acreditada, se entiende justificada la pérdida del ferry, y cabría expedir nuevos pasajes sin coste. Toca de nuevo ir a urgencias a pedir un certificado de la atención a Eva del día anterior. No hay mal que por bien no venga. Aquellos lloros, aquellas diarreas, y aquella preocupación del día anterior por nuestro bebé, nos abren la puerta a un nuevo pasaje, que por fin tenemos en nuestras manos, cerca ya del mediodía, y tras infinitas idas y venidas con tres niños de la mano.
Respiramos aliviados. Aunque con tres días de retraso, nuestro viaje proseguirá el domingo. De repente recuerdo que mañana era mi examen de oposiciones. Y a Mey se le pasa por la cabeza una locura: ¿y si este retraso tan rocambolesco tiene algo que ver con aquellas oposiciones a las que estaba apuntado y a las que finalmente decidí no asistir cuando coincidió con el ferry a Portsmouth? ¿Y si resulta que todo este lío tiene sentido por eso? ¿Y si es que a lo mejor debo presentarme al examen, ahora que tenemos dos días por delante hasta que nuestro barco zarpe de nuevo? ¡Menuda locura! (CONTINUARÁ)

NOTA: Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero a través de nuestra escritura estamos canalizando solidaridad hacia proyectos que lo necesitan, y queremos dar cuenta de ello:
Nos encanta la solidaridad. Pero también la transparencia. No se trata de dar con los ojos cerrados. Sino de dar bien, y a quien lo necesita. Por eso siempre lo hacemos con personas que están directamente involucradas en los proyectos. Como nuestro querido amigo Herminio y su proyecto personal en Camerún Yide Bikoue. Y por eso preferimos el "tú a tú", las pequeñas donaciones de cantidades insignificantes para nosotr@s, pero importantes cuando nos juntamos muchos. Aquí tenéis la historia del proyecto de Herminio: http://familiade3hijos.blogspot.com/2018/04/yide-bikoue.html
Con él hemos colaborado en los últimos meses con un total de 645 dólares, que van directamente y sin intermediarios a paliar las necesidades de los 28 niños que tienen acogidos en su casa. En concreto para material escolar. Aquí tenéis el detalle de las facturas con las que colaboramos con otras entidades:
https://drive.google.com/file/d/1gvtHyQZtccHnGYg9MiDuRu0VngQ0z7UW/view?usp=sharing

¿Cómo lo hacemos? Mediante dos vías fundamentales:
1.-A través del grupo de Teaming Ecosolidarios, en el que un grupor de personas aportamos simplemente 1€ al mes que va destinado íntegramente a las causas solidarias que escogemos, como ésta de Herminio. Por si queréis uniros:
https://www.teaming.net/ecosolidarios1-3

2.-A través de nuestro Patreon Solidario familiar, en el que compartimos lo que escribimos en abierto, pero también cosas exclusivas y más íntimas (audios, vídeos, etc) en exclusiva para quienes colaboráis solidariamente en proyectos como éste:
https://www.patreon.com/familiade3hijos


En definitiva: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Los colores del mundo

Dicen que la distancia es el olvido. Así lo dice el bolero. Pero yo tampoco concibo esa razón. Se dicen bastantes mentiras y muchísimas tonterías. Y ésta está entre las que se llevan la palma. La distancia no es el olvido. La falta de afinidad, de conexión de almas, de comunicación o de relación es el olvido. Y a veces son la cercanía o el roce los que evitan que se disuelva lo que quizás estaba predestinado a disolverse en cuanto se pusiera tierra de por medio. Algunas de las personas a las que más amamos se encuentran a cientos o miles de kilómetros, y sin embargo, cuando nos volvemos a encontrar al cabo de los meses e incluso años, no sólo no hay olvido, sino que parece que jamás hubo distancias, que el tiempo no pasó. 
Mey y yo lo experimentamos durante los largos años de noviazgo. Y nuestros hijos, ahora viajeros empedernidos, están también viviéndolo. Lejos del miedo que algunos conocidos nos expresan al dejar volar a los hijos desde tan jóvenes, no sólo no hay olvido, sino que a veces se genera una conexión alma con alma de una profundidad difícil en el contacto diario. La clave creemos que está en la voluntad de construir relación, más allá de los kilómetros y los meses que transcurran.
Ayer vivimos uno de esos momentos mágicos con nuestro hijo Pablo, a dos mil trescientos kilómetros de distancia. Estábamos en la playa, y de repente, sentí la inusual necesidad allí de coger el móvil. A los pocos segundos Pablo nos llamaba por primera vez desde Italia. Se encuentra exultante por todo lo que está viviendo en su nueva etapa. Anda emocionado con los dones y talentos de todos y cada uno de sus compañeros, que ciertamente, son gente muy especial. Alucina con sus profesores, con la forma de dar las clases, y con la experiencia que disfrutará en la orquesta europea en la que acaba de ser admitido. Y justo está viviendo la celebración del #PeaceOneDay (Paz Un Día), un evento que organiza su colegio junto con distintas organizaciones y administraciones de la zona de Trieste, en el que se desparraman por las calles color, alegría, diversidad, bailes, música, heterogeneidad... Decenas de jóvenes de multitud de razas y nacionalidades compartiendo una experiencia única, en una apuesta por un mundo unido. Multitud de colores de banderas, de piel y de circunstancias se daban cita por un mundo en paz, en un encuentro anual que no sólo es ya una tradición, sino el ritual que escenifica que la tarea no es baladí y que va a requerir el esfuerzo de todos.
Pero apostar por la Paz en mayúsculas no sólo requiere alegría, efusividad, abrazos y buenas intenciones. Requiere de memoria. Y por ello, junto a tanta fiesta, Pablo nos contó que les llevaron a un psiquiátrico para la inserción laboral de personas con problemas mentales y a "Risiera di San Sabba", considerado el único campo de concentración nazi ubicado en Italia. Es un conjunto de edificios industriales en el barrio de San Sabba, en Trieste, que fue equipado en 1944 con un horno crematorio,  y en el que se estima que fueron ejecutadas entre 3.000 y 5.000 personas. Allí las caras de los chavales eran de abatimiento, de espanto, de incredulidad.
Siempre tener contacto con el horror del pasado da escalofríos. Y cuando tienes dieciséis o diecisiete años, y estás dispuesto a cambiar el mundo, te da un chute de motivación para trabajar por evitar que esa barbarie pueda repetirse. Pero tocar el horror del presente aún puede ser más radical. Puede darle un giro a tu corazón, y hacer que te conviertas en un auténtico virus en una sociedad aletargada, "pasota", conformista e insensible al drama humano que tenemos a nuestro lado. Por eso en estas jornadas se propiciaron los testimonios de compañeros de este mismo curso de Pablo, para que contaran sus experiencias. Y la energía de los testimonios debió ser tan arrolladora, que cuando Pablo nos lo contaba por teléfono, el vello no podía evitar erizarse y la lágrima asomaba a las cuencas de los ojos. Tan sólo pudo asistir a dos de la treintena de testimonios que hubo. Pero no se le olvidarán en la vida. Testimonios como el de una chica austríaca que padeció las consecuencias de las torturas a sus padres por ser considerados opositores al régimen turco, y que intentó suicidarse en dos ocasiones. O testimonios como el de su amigo guineano, huérfano de padre desde muy pequeño, que sufrió maltrato y escasez en el desierto, cual perro abandonado, y que luego fue retenido y conducido por traficantes de todo.
Pablo se encontraba consternado. Decía sentir culpabilidad por haber disfrutado de una vida color de rosa, mientras compañeros y amigos suyos habían vivido una vida de luto y padecimiento continuo hasta alcanzar la oportunidad que todos comparten ahora. Pero en realidad ese sentimiento es la antesala del compromiso de por vida con el prójimo. Y evidencia que el ser humano tiene una capacidad infinita, por no decir divina, para superar los obstáculos más imposibles. Incluso el de cambiar este mundo. Que se lo digan si no a su amigo guineano, que de sufrir las peores vejaciones que puede sufrir un ser humano, se aferró al clavo ardiendo de salir del horror, aprendiendo italiano en tan sólo tres semanas para convencer al juez de turno de no ser deportado, y así posteriormente poder superar el proceso de selección que le ha abierto las puertas a donde está hoy.
Hace falta mucho color en este mundo. Hace falta mucha heterogeneidad, mucha diversidad y mucha pluralidad, puestos al servicio de lo que somos: UNO. Y hacen falta almas sensibles al padecimiento ajeno y con ganas de mitigarlo. Mentiríamos si dijéramos que no echamos de menos a Pablo. Mentiríamos si dijéramos que no estamos muy orgullosos de verlo tan feliz y comprometido con su nuevo rumbo, recién iniciado.

NOTA: Pablo ha decidido compartir en audios y vídeos algunas de sus vivencias en Italia en "Colegios del Mundo Unido", y con ello agradecer la generosidad de quienes queráis colaborar con nuestro Patreon Solidario (desde 1€/mes). Con lo que se recaude, más adelante, se financiará algún proyecto solidario que Pablo y sus compañeros decidan. Iremos subiendo algunos de sus testimonios y los que os vayáis sumando, podréis acceder a ellos con vuestra clave de Patreon. Aquí tenéis el primero de sus testimonios en un audio, contando la impactante historia de estos dos compañeros

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Dolencias

Este sábado nadie que pasara por allí se habría podido imaginar que su vida había estado tan al límite hace tan sólo unas semanas. Que sus pulmones estuvieron a punto de encharcarse. Que ahora vive sin estómago, con dieciséis kilos menos, y con una cicatriz de dos palmos en su vientre. Nadie. Sobre todo viéndole engalanado con su sonrisa de siempre. Con esos abrazos que te envuelven hasta el infinito. Con esa cercanía que hace que parezca que la distancia y el tiempo no ha pasado de una vez para otra. Tampoco nosotros podíamos haber imaginado un trance así hace unos años cuando nos conocimos en O Couso, o cuando nos recogió el pasado verano tras el Camino de Santiago.
Han sido unos meses complicados. Gente muy cercana a nosotros lo está pasando muy mal por cuestiones de salud. Algunos tan mal que rehuyen el encuentro por su deterioro físico. Y por desgracia han sido frecuentes con muchos los whatsapps y las conversaciones telefónicas llenas de palabras tabú: tumor, extirpación, radioterapia, linfoma, hemodiálisis, quimioterapia, muerte, crematorio...Palabras que uno nunca querría pronunciar, y menos referidas a un familiar, o a amigos tan queridos que también son ya familia. Por eso en el encuentro de este sábado con Luije estaban también muy presentes en nuestra mente todas esas personas tan queridas que están llevando sus procesos lo mejor que pueden.
Con Luije en Finisterre, tras nuestra última etapa del Camino de Santiago
Imagino que cuando la vida te da un zarpazo así de repentino, siempre se tiene la tentación de culpar a la mala suerte. De aferrarte a lo que debería ser. De luchar con uñas y dientes contra la injusticia que te lleva a depender de una sonda, a perder un órgano vital, o a verte invadido por un veneno del que se espera que resurja tu vida. Es difícil mantener la cordura. Mucho menos la compostura o las formas. Y te rebelas "como gato panza arriba" contra lo que parece dictar el destino. O puedes optar por afinar la consciencia y abrirte a lo que esa enfermedad está quizás, queriendo decirte. Ésto último es lo que escogió Luije, aunque para muchas personas podría considerarse una auténtica locura, por no decir una idiotez. Suelen ser personas que prefieren no saber la causa de un dolor o una enfermedad, y recurren simplemente a una pastilla para acallar el síntoma. Cuando actuar a la vez sobre el síntoma y sobre su origen podría, muchas veces, prolongar la salud, en lugar de situarnos en una lucha permanente contra la enfermedad, que es lo que a las farmacéuticas tanto les interesa.
Luije nos contó que cuando entraba en el quirófano sabía que lo suyo no era "moco de pavo". Que se la jugaba. Me recordó esa sensación que yo también tuve cuando me operaron a mí, aunque lo mío, comparado con lo suyo, era un juego de niños. Precisamente por eso se abandonó completamente a su destino aceptando lo que ese aparente momento de caos traía bajo el brazo. Y por eso no dejó de ser él. Bromeó con quienes le tuvieron que rasurar el torso antes de la intervención por no adecentarle también el vello de la espalda; o con la enfermera que se resistía a afeitarle la barba para estar decente cuando llegara su madre desde Almería.
Probablemente había mucho que él no había sido capaz de digerir durante meses, o quizás años. Quién sabe si cuestiones familiares, cuestiones económicas, cuestiones sobre el papel de las mujeres de su vida... O quién sabe si todo a la vez. Sólo él puede y debe tomar consciencia de ello, al margen de lo que los demás veamos o podamos ver u opinar. Un estómago transforma alimento en vida, y probablemente había también mucho sobre lo que hacerse consciente en las transformaciones de su vida. Parece que su tumor había empezado a ser expulsado de forma espontánea y natural del cuerpo en esa toma de consciencia, antes de saber incluso de su existencia. Pero generó una hemorragia en ese proceso, y ahí fue donde el lío se hizo mayúsculo. Como mayúscula fue la perplejidad de enfermeras, auxiliares y médicos viendo con qué entereza (y por momentos euforia y optimismo) afrontaba esos momentos y todos los posteriores, haciendo de todo aquello algo mágico y casi divino, tal y como un médico llegó a reconocer.
Probablemente hemos visto reflejadas en ese encuentro con Luije a tantas personas enfermas a las que queremos, porque nos encantaría que todas y cada una de ellas pudieran ser capaces también de encontrar alguna causa u origen profundo en su interior de lo que les sucede externamente, en lugar de rechazar sus enfermedades. Ojalá que no se queden sólo con lo que les diga el médico, con un diagnóstico, o con un tratamiento, y puedan mirarse a sí mismos/as y buscar respuestas. Ojalá que, como Luije, estén en disposición de afrontar que lo importante no es el "qué", por muy trágico y estremecedor que pueda parecer, sino el "cómo" se afronta y se vive todo ese proceso, abriendo la consciencia y las puertas a nuevas posibilidades de relaciones, o quizás incluso a algún desconocido don o talento. ¿Que hay miedo? Es lógico que lo haya. Forma parte del mundo en el que habitamos. Pero si también éste se acepta, se están tendiendo puentes para que se acabe diluyendo.
La vida es eterna mientras dura. Y aunque no nos guste hablar de ello, a todos nos llegará nuestro momento, antes o después. Quizás porque ya habremos vivenciado las experiencias para las que vinimos a este mundo, o quizás porque ya no nos será posible vivenciarlas. Sea en un caso u otro, la aceptación y el cómo vivimos ese proceso puede ser crucial, porque también puede provocar un cambio consciencial en quienes nos rodean. Que se lo digan, si no, a la familia y amigos de Luije.
Y si aún no estamos al final de nuestros días, la enfermedad puede traer un mensaje de cambio de rumbo, de giro vital, de "volantazo" en toda regla. Ese parece ser el caso de Luije. Bienaventurados los que tengan oídos para escuchar lo que pueda venir a decirnos la enfermedad en ese caso.

NOTA: Iniciamos hace unas semanas el apoyo solidario al proyecto de Yide Bikoue, de nuestros amigos Herminio y Deniz en Camerún. Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario.



domingo, 26 de agosto de 2018

Adriático

Llueve. El tono azul morado de las nubes no presagiaba ayer, paseando por Chioggia, un diluvio como el de esta madrugada. Pero mi fuerte nunca ha sido la meteorología. Ni los colores, la verdad. Siempre he sido un poco daltónico para ciertas cosas. Y sordo para otras muchas. Según Mey, el cielo se ha quebrado por los cuatro costados a eso de las cinco de la mañana. Y ni me lo podía imaginar ayer, ni me he enterado esta noche cuando ha caído "la mundial" mientras dormía.
El tiempo por aquí, en Italia, está como nuestro estado de ánimo. Brillante, caluroso y muy soleado durante las mañanas, y gris, húmedo e incluso tormentoso por las tardes y noches. Con truenos y relámpagos que te sobrecogen. Un poco como el corazón de una madre o un padre cuando debe dejar volar a su hijo. Pero ya se sabe que lo de los sentimientos siempre es más silencioso, más interno, aunque no menos intenso. Saber que un hijo empieza una nueva vida con ilusión, con nuevos horizontes y rodeado de gente tan especial, da sentido y luz a tantos años acompañándole. Pero ser conscientes de que quizás a partir de ahora ya sólo venga de visita o de vacaciones no deja de causarnos algo de pena. Por eso también llueve por dentro, mientras volvemos al apartamento, tras dejarle en su nuevo hogar.
Duino es un pueblo precioso a orillas del Adriático, y a escasos kilómetros de Eslovenia, y de Trieste, la capital. Es conocido por su bello castillo, por su coqueto puertecito de no más de veinte embarcaciones, y por los poemas existenciales que inspiraron aquí a Rilke. Pero sobre todo es famoso ahora porque sus apenas mil cuatrocientos habitantes se ven invadidos cada año por casi doscientos jóvenes de cien nacionalidades que inundan el pueblo de diversidad, color y heterogeneidad, y que conspiran por un mundo mejor, un mundo unido. Es como la ONU, pero en pequeñito. Son constantes los encuentros, las risas y los abrazos en cada rincón, y en multitud de idiomas, especialmente hoy, que era el día oficial de la llegada de los nuevos, como Pablo. No muchas familias tienen la suerte de ser testigos de ese momento. Se nos cruzó una oferta de vuelos y no pudimos resistirnos a acompañar al retoño "haciendo piña".







Inés, María y Laura nos recibían para servirnos de guías improvisadas, en una actitud de servicio marca de la casa, que se acentúa en los estudiantes de segundo año, dispuestos a darlo todo para integrar a los nuevos. Nos resultó gracioso que, siendo españolas, nos recibieran con un distante apretón de manos. Luego entendimos que hay muchas culturas y tradiciones aquí presentes para las que un abrazo o un beso inicial de saludo se vive como una pequeña invasión de la intimidad. Y como hoy tocaban docenas de saludos, mejor no equivocarse. Ya nos resarciríamos en la despedida.
Creo que éste es el único colegio en el que las siete residencias de estudiantes y los edificios de clases forman parte totalmente del pueblo, y no están aislados en un campus. Eso hace que la integración con la vida de la población sea constante, y que toque ponerse las pilas aprendiendo italiano, y quizás algo de esloveno.Pablo compartirá habitación con un japonés y un rumano, en una residencia de catorce personas en la que también vive otro Pablo de Málaga, en este caso profesor y coordinador de la residencia, con el que daba gusto hablar. Se nota que de eso va esta historia: de hablar, conversar, departir y charlar con el diferente. Le auguramos a nuestro hijo largas y fructíferas conversaciones en esa desordenada habitación con varios terturlianos asomados a la ventana desde la calle, igual que ha pasado hoy. "Haciendo comunidad", que fue una expresión que usaron varios veces, y que nos encantó.
Los dos meses y medio de disfrutar los cinco juntos han pasado volando. Y eso que los hemos exprimido al máximo. Pero sabíamos que este día llegaría, aunque hoy llueva. Por fuera y por dentro. Hay mucho y muy especial por delante para Pablo durante estos dos años. Y después también. Nos apasiona pensar lo que veremos y oiremos a través de sus ojos y oídos. Y aguardaremos sus whatsapps con ansia, asumiendo que cada vez serán menos frecuentes porque el día no da para tanto. Como aquí se dice, es imposible practicar las tres "S" a la vez en tan sólo veinticuatro horas (Sleeping, Studying, Socializing): dormir, estudiar, socializar.
Cuando Pablo tenía cuatro o cinco años le apasionaban las historietas sobre las obras literarias británicas que su madre le contaba, rememorando sus tiempos de literatura inglesa en la universidad. Un día, emocionado, le dijo a su profesora que él quería ser escritor, como Shakespeare. La profesora le dijo que eso era imposible. No recuerdo haber visto más enojada a Mey cuando el niño nos contó el episodio en casa. Desde entonces tenemos claro nuestro cometido como padres: hacer de nuestros hijos unos daltónicos y unos sordos activistas frente a las líneas rojas que se supone que separan los sueños de la realidad, lo factible de lo imposible.
Hoy Pablo forma parte de la veintena de estudiantes españoles que esparcidos por el mundo han sido seleccionados este año entre muchísimos para hacer comunidad por un mundo unido, en un anti-pasotismo activo. No existen las líneas rojas para los sueños o las utopías. Y si existen, es sólo en las mentes de unos pocos. Habrá que aprender a no distinguirlas y a no oir a quienes adviertan sobre ellas.

NOTA: Iniciamos hace unas semanas el apoyo solidario al proyecto de Yide Bikoue, de nuestros amigos Herminio y Deniz en Camerún. Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario.

domingo, 19 de agosto de 2018

El pinchazo

De repente saltaron todas las alarmas. El salpicadero del coche parecía una feria de luces. No parecía el guión previsto tras las maravillosas horas compartidas con Joserra. Íbamos relajados, alegres y con todos los planes hechos para llegar a casa al atardecer. Pero a veces la vida parece ir sobre ruedas, y de repente tienes un pinchazo inesperado de esos que te trastocan todos los planes. Esas ruedas se van "a la porra", y la vida parece tambalearse sobre ellas por momentos.
Eran casi las dos de la la tarde. Toda la familia, excepto el piloto, dormitaba ya. Fuera hacía un calor insufrible de casi cuarenta grados. Y cientos de coches volaban por la A-1 cargados "hasta las trancas" en plena operación "Paso del Estrecho" del mes de agosto. No era el mejor momento ni el mejor lugar para tener un reventón. Pero un buen pinchazo no tendría gracia si no sucede en el peor momento. Como en la vida. Hice lo que pude para aguantar hasta la primera salida de la autovía, y al menos evitar el peligro de tanta circulación. Esos metros de más hicieron que la rueda quedase totalmente deshinchada, y que la válvula peligrase. Empezó a cundir el nerviosismo en la tripulación. Todos los planes y quedadas para esa tarde con los amigos parecían peligrar con el contratiempo.Pero ya se sabe: la vida es eso que pasa, mientras tú andas con tus planes.
Manos a la obra "con la fresquita". Chaleco reflectante, triángulos de señalización y a buscar en el manual de instrucciones cómo cambiar la rueda con el gato hidráulico del vehículo. Nos pusimos a temblar cuando vimos que sólo sacar la rueda de repuesto requería quince párrafos de instrucciones. Y la cosa se puso peor cuando descubrimos, para nuestra sorpresa, que la rueda de repuesto era de las que llaman "galletera", de menor tamaño, y tan solo para salir del paso. Difícilmente aquella "ruedecita" nos iba a garantizar una plácida travesía durante los ochocientos kilómetros que aún nos quedaban hasta casa.
El rato de deliberación y de estudio del manual, unido a la canícula ambiental, empezaron a hacer mella en la marinería. Y las primeras quejas se dejaron sentir. Había que pasar a la segunda fase del protocolo de imprevistos: tripulación a la sombra más cercana y llamada de rigor al seguro del coche. El capitán del barco permanecería junto a la nave con su pintoresco chaleco. Una pena no haber contado con una carpa playera entre el abultado equipaje para escapar de aquellos rayos.
El diagnóstico del señor de la grúa confirmó los temores. Imposible llegar a Málaga con aquella birria de rueda de repuesto. Había que reparar la estropeada. Era sábado al mediodía. Jugábamos en el tiempo de descuento para tal proeza. Todavía la cosa se podía complicar más y obligarnos a permanecer en aquellas tierras hasta el lunes.
Dos de los pasajeros se fueron con la grúa y el coche al centro comercial más cercano, a la busca y captura de un comercio de reparación de neumáticos. A los otros tres nos tocaba aún esperar al taxi fletado por el seguro. Y efectivamente: aquel sofocante sol estaba muy a gusto con nosotros y no retrocedía ni un milímetro.
Reunidos por fin de nuevo todos ante el mostrador del comercio de neumáticos, aún quedaba salvar el escollo de los turnos de trabajo. Al menos parecía que la amenaza de tener que quedarnos hasta el lunes se desvanecía. Pero podía ser que empezaran a meterle mano a la rueda las siete y media de la tarde. Eso haría inviable un viaje de madrugada con el cansancio ya acumulado. Quizás viendo nuestro panorama, finalmente cambiaron turnos y se pusieron manos a la obra de inmediato, con la promesa de tenerlo todo listo para las cuatro y media. Eso nos daría tiempo para comer algo en el centro comercial y recuperarnos de la insolación. Eso sí, previo pago de la broma que suponía sustituir los dos neumáticos delanteros.
Mientras comíamos, hubo una agradable e inesperada sorpresa para mí. De forma unánime, toda la familia me felicitaba. No recordaban haberme visto tan calmado y menos frustrado ante un contratiempo de tal calibre. Y nos carcajeamos recordando mis gruñidos ante adversidades insignificantes que en el pasado habían alterado los planes previstos. Era cierto que a pesar de todo, había estado muy relajado. Jugaba con ventaja tras unas buenas vacaciones, tras los largos ratos de meditación en casa de Joserra el día anterior y esa misma mañana, y tras las sesiones de mindfulness sobre la aceptación compartida con mis compañeros de oficina. Me gustó recibir este respaldo familiar. Y me reí de mi torpeza en tantas ocasiones anteriores en que la vida nos ofrece el pinchazo de turno.
Para evitar los pinchazos, lo mejor es no moverse ni viajar. Como no salir a la calle el lo mejor si no quieres que te caiga una maceta o un meteorito. Ésa no es opción. Habrá que aprender la lección para las próximas ocasiones. Porque llegarán. Eso es seguro. En las ruedas del coche o en la vida.

NOTA: Iniciamos hace unas semanas el apoyo solidario al proyecto de Yide Bikoue, de nuestros amigos Herminio y Deniz en Camerún. Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario.