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lunes, 20 de diciembre de 2021

Es el momento

Son las terceras luces largas de esta semana. Algunos desearían que en vez de luces, fueran rayos láser, y hacerme desaparecer. A mí y a los miles de coches que cada mañana nos interponemos en sus trayectos a sus trabajos. Se ve que somos ya el colmo para algunos. La frustración y el hartazgo flotan en el ambiente desde bien tempranito cada mañana.

De los insultos y los exabruptos, perdí ya la cuenta. Igual que de las mentiras o las medias verdades interesadas. Por eso nos hemos quitado ya de ver las noticias. Sólo vemos los titulares. Lo justo para saber cuándo nos toca la siguiente restricción, la próxima prohibición, y cuándo se cernirá sobre nosotros la próxima variante apocalíptica del virus.

Geralt en Pixabay
Ayer tocó comida navideña en la calle. El sábado también. Maratón raro en nosotros. Casualidad. O quizás el subconsciente busque que nos quedemos con las sensaciones de lo que no podremos disfrutar ya a partir de hoy. Quizás me toque desayunar en mi despacho algún día. Aunque hace tiempo que valoramos más una escapada en "furgo", o un paseo por la inmensidad, que encerrarnos en cualquier restaurante "glamouroso", la verdad. Pero a los jóvenes no les da igual. A nuestros hijos tampoco. Por eso les hacen esto. Para que obedezcan y se pinchen. A fin de cuentas, el fin justifica los medios, y ya está demostrado que en esas franjas de edad esos anuncios de restricciones en el ocio y la restauración cuadriplican los pinchazos.

Si no delegásemos nuestro criterio en otros, en la tele o las redes sociales, o leyéramos e indagáramos un poco, quizás se lo pondríamos más difícil. Porque ya se sabe todo. Se sabe que las zonas con mayor porcentaje de población totalmente vacunada tienen más casos de COVID-19 por cada millón de habitante. También se sabe que los vacunados que enferman de COVID parecen ser ligeramente más contagiosos que los no vacunados, con una carga viral similar. Que la aparición de nuevas variantes va íntimamente ligada al propio proceso de vacunación, por pura presión selectiva. Y que probablemente muchas de las cifras de hospitalizaciones y muertes que se dan hoy, no son por "Covid viral" sino por "Covid vacunal". Pero, ¡qué mas da! ¿Quién ha dicho que una vacunación universal o un pasaporte sanitario sea un tema de salud o de Ciencia?

De lo que se trata es de "hacerle la vida imposible" al que no se doblegue, como ya ha dicho algún "lumbreras". De torcer la voluntad al renuente, a pesar del criterio del Consejo de Europa (ver Resolución 2361/2021). De que aquellos que no se vacunan "porque no les da la gana", paguen por su osadía. Aunque, ahora que lo pienso, ¿no se supone que si la ley y los tratados disponen con rotundidad que vacunarse es voluntario, efectivamente puedo hacer al respecto "lo que me dé la gana", sin tener que dar explicaciones a nadie? Si nuestros derechos y libertades existen sólo por el capricho de la autoridad de turno, del pequeño "rey de taifas" que toque, y están condicionados a su arbitraria decisión de otorgarlos o no, entonces no son en absoluto derechos y libertades, sino sólo privilegios que penden del hilo de su capricho. Por su naturaleza, la libertad no es algo que uno deba implorar. Pero a pesar de ello, ahí tenemos estas tácticas "mafiosas" de extorsión, de presión, y de exclusión, para que la vida cotidiana se convierta en puro territorio hostil, y que por puro hartazgo, se acabe cediendo. Lo peor es que les funciona. Y muy bien. Y sólo parece haber tres salidas en estos tiempos para el que ose levantar la voz: la censura, la parodia o el silencio.

Desde hace años, en conversaciones sobre la II Guerra Mundial y el régimen nazi, solía ser habitual acabar concluyendo: "yo no sé cómo el pueblo alemán no se daba cuenta de que estaba pasando todo eso; o estaban ciegos o eran cómplices". Algunas de las personas que hacían esas reflexiones, haciendo gala de su "progresismo", ejercen hoy, sin pudor, de auténticos "torquemadas" contra los no-vacunados, y justifican las tropelías que cada vez con mayor sofisticación, se están impulsando desde los poderes públicos. ¡Qué pronto se olvida la Historia! ¡Qué rápido repetimos sus errores!

Y por si fuera poco, al panorama se suma ahora la "vacunación infantil". También da igual que con cifras del propio Ministerio, desde el pasado 22/6/20 al 9/6/21, los menores de 19 años fallecidos en España como consecuencia del SARS-CoV-2 asciendan a 22 y los ingresados en las UCI hayan sido 229, lo que supone una ridícula tasa de mortalidad por COVID-19 en España para esa franja y en ese año de 0,00023861% y de hospitalización en UCI de 0,002484%. ¿Esas cifras justifican someterlos a la incertidumbre de lo que pueda pasar en el medio o largo plazo, como ya sucedió con la talidomida (ver Real Decreto 1006/2010 y Sentencia 426/2014 del TSJ de Madrid)? ¿De verdad eso justifica someterlos a la "ruleta rusa" de los efectos adversos graves, ya constatadísimos a corto plazo, como la miocarditis y la pericarditis, ampliamente reportados por la Ciencia? ¿O somos tan ruines como sociedad que cargamos a los niños con el deber de proteger a los adultos, en lugar de que sean los padres los que deban proteger a sus hijos? ¿No será mejor adoptar un mínimo principio de prudencia, en lugar de embarcarnos en la loca carrera para que vacunen a nuestros pequeños, bajo el único motivo de que todos lo hacen, o de que lo dice la "caja tonta"?

Mitrey en Pixabay
Siempre creímos que era un principio universal aquel de "No quieras para el prójimo lo que no quieres para ti o para tu familia". Sin embargo, con un descaro bochornoso, algunos defensores a ultranza de esta "vacunación infantil", afirman sin sonrojarse siquiera que "las vacunas son seguras para los niños, pero yo no vacuno al mío porque es que soy muy garantista". Sobran los comentarios.

De verdad, no entendemos qué nos pasa como sociedad. La COVID no ha sido el fin de la democracia o el fin del sentido común. Simplemente ha revelado que ya no estábamos en democracia, y que nuestro sentido común lo modela a su antojo Instagram, Facebook, Twitter o el Telediario, haciéndonos repetir como papagayos consignas y mantras que ni hemos entendido ni hemos fundamentado. "Debes vacunarte para proteger a los demás". "Debes vacunarte para ser solidario". Eso le espetaban a mi hija de 16 años sus compañeros de instituto esta semana, por ser la única en no vacunarse. Esta pandemia ha mostrado dónde está realmente el poder y con qué facilidad se nos puede quitar la fachada de libertad. Ha mostrado que el sentido común es poco común, o directamente no existe. Ha demostrado que éramos "libres" sólo a gusto de algunos. Y con nuestra pronta aquiescencia (o directamente con nuestra complicidad), nos ha mostrado algo sobre nosotros mismos. Que no éramos libres. Y que era demasiado fácil someternos.

Si has llegado hasta aquí leyendo, y no nos has tachado ya de "negacionistas", "insolidarios" o directamente "gilipollas", es que quizás hay algo de todo esto que te chirríe. Da igual que te hayas vacunado o no. Que te sigas aplicando el gel hidroalcohólico, o que vayas con la mascarilla puesta cuando vas solo o sola en el coche. Todo eso da igual. Pero quizás te haces las mismas preguntas que otros muchos millones de personas en todo el mundo. Puede que empieces a vislumbrar ya el punto de ruptura. Puede que estés sintiendo con fuerza que tu lucha individual y tus decisiones personales son importantes. Puede que sientas en tu interior una llamada apremiante o una indignación difícil de controlar. Ayer le decíamos a nuestros hijos que esa sensación que ya tienen ahora, no es mala, si se encauza. Y puede salvarte de la sumisión más absoluta. Algo como: "Ya está bien", "ya hemos tenido suficiente". Quizás sientas que por fin es momento de hacerse preguntas, de pedir explicaciones. O quizás percibas que toca ya dar un puñetazo en la mesa, y decir un "NO" como una catedral. Y si has llegado hasta ahí, te habrás dado cuenta de que ha pasado algo. De repente el mundo parece diferente. Algo crece en tu interior. Y eso te pasa porque efectivamente ES diferente. Es como si dieras un salto en la oscuridad, con la certeza de que "es el momento".

Con humildad, te invitamos a que des ese paso. No porque detrás de todo esto haya un gran líder, un gran héroe o un gran movimiento que logre enfervorizar a las masas. Sino porque con el despertar masivo de millones de personas que, individualmente, sienten que ya basta y no están dispuestas a someterse, se está construyendo un cambio de época. Es el momento de que nos sumemos muchos a ese tren.


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viernes, 11 de junio de 2021

MeysTube (9): Tres restricciones injustas a nuestra familia en esta pandemia

 Esta semana se publicaba que el 55,8% de la población cree que los Gobiernos debieron haber adoptado medidas más estrictas, según el CIS. Es decir: pedimos a voces más restricciones. Es por eso que hemos creído necesario contar 3 ejemplos concretos nuestros de a  dónde nos pueden llevar esas restricciones.

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sábado, 29 de mayo de 2021

MeysTube (8): ¡Hola! ¡Cuánto tiempo!...¿Te has vacunado ya?

Hoy no hablamos de las vacunas

sino de cómo estamos viviendo el proceso de vacunación los seres humanos.

Y os contamos detalles de las 8 ó 9 veces que han llamado ya a Mey para vacunarse...

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viernes, 19 de febrero de 2021

Positivo en COVID-19 (Érase una vez una pandemia- 7ª parte)

Uno de nuestros hijos ha dado positivo en Covid. Llevaba varios días con mal cuerpo, y cuando perdió el olfato y el gusto, la confirmación era casi segura. Salvo eso, y un poco de tos, lo está llevando sin mayor problema. El resto de la familia estamos bien. Mantenemos una estricta distancia de seguridad con él de ocho mil quinientos kilómetros. Allí, en la Universidad de Oklahoma, se ha mudado durante la cuarentena a otra habitación en un edificio específico destinado a tal fin. Y él, con su actitud positiva de siempre, lo ha visto como una oportunidad para ponerse al día con sus "essays" y con el violín, ahora que le han invitado a una "master class". Además, tampoco perderá tantas clases, ya que las han cortado por una tormenta que ha dejado los termómetros "tiritando". Ya mañana acabará su aislamiento.

Las pocas personas que han sabido lo de su positivo, han torcido el gesto o la expresión. Unas por el miedo, creyendo quizás que también nosotros estaríamos asustados, intentando tranquilizarnos con argumentos sobre su juventud o su fortaleza. Otros por el estigma de una enfermedad para la que se reparten culpabilidades a discreción, especialmente en esta especie de fobia a los jóvenes que parece haberse extendido por todos lados, como si todo contagio debiera acarrear una culpa y un castigo. Pero no. Una vez que vemos que él está bien, no estamos asustados. Mucho más nos preocupó cuando de pequeño estuvo cerca de la peritonitis por una apendicitis mal diagnosticada, o cuando Samuel se abrió de lado a lado el labio en una caída por la escalera. En este caso, parece que una compañera de trabajo del supermercado le pudo contagiar trabajando. Pero si le hubiera contagiado tomando un café, viendo una película o contando chistes con los amigos, tampoco hubiéramos "culpado" a nadie de nada. Hoy, son cientos los titulares de noticias que se ensañan con las "fiestas de jóvenes" y con las "actitudes festivas", olvidando que más de uno fue joven y quiso también disfrutar de la vida con veinte años. Habrá quien piense que, como padres, deberíamos estar asustados o buscar culpables, viendo como está el "patio". Puede que seamos "padres asintomáticos", y no actuemos como muchos padres o madres hacen. Pero también puede ser que hayamos decidido no dejarnos arrastrar por esta narrativa  absurda del "monotema" de la Covid. Puede que los padres debamos dar ejemplo, si aspiramos a que la juventud cambie el mundo con valentía. Y puede que hayamos decidido darle a cada cosa su importancia. En el caso del contagio de Pablo, la importancia parece no ir más allá de un resfriado o una gripe. Y las estadísticas y los estudios científicos lo avalan para su edad. Al menos por ahora. ¿Nos vamos a preocupar (ocuparse antes de tiempo) por las malas noticias que puedan llegar en un futuro, si acaso llegan? Mesura, pues. Controlemos las estridencias.

Probablemente nos dirán que, cuando hay tantos contagios y tantos fallecimientos, razonar así puede ser frívolo o incluso irrespetuoso. De verdad que no. Nos sentimos profundamente apenados y afectados por tantas y tantas familias que están sufriendo por esta enfermedad y por sus consecuencias. Tanto las derivadas de un positivo, como las derivadas de las repercusiones por las medidas draconianas que se están adoptando, teóricamente para combatir el virus. Por eso queremos actuar con equilibrio en cada situación, y dar a cada circunstancia la importancia que tiene, sin dejarnos arrastrar por histerias colectivas o reacciones viscerales. De lo contrario, es como si quisiéramos acabar con los piojos utilizando un lanzallamas.

La semana pasada, Mey pasó un mal rato al ir a comprar dos botellas de leche al supermercado. A la salida, un señor vendía bolsas de mandarinas a un euro. Las bolsas eran del propio supermercado. Y las mandarinas, probablemente recogidas del suelo de alguna de las muchas fincas de la comarca. Era su forma de buscarse la vida como fuera. Le compró una bolsa, y ya en el aparcamiento la detuvo otra señora suplicándole que le diera trabajo en casa para la limpieza, o para cualquier tarea agrícola. Ya son varias las personas que se le han cruzado en esa misma tesitura. Gente que ya no puede ni poner un cartel en los locales comerciales, cerrados durante todas estas semanas. Mey la escuchó durante un buen rato. Toda su preocupación. Toda su inquietud. Quizás era lo que más necesitaba: ser escuchada y sacar esa angustia fuera. Lo de darle lo que llevaba en el monedero, quizás fue lo de menos.

Dramas así contrastan dolorosamente con los de personas, también cercanas, sufriendo por asuntos que nos podrían parecer triviales, comparados con los anteriores, como tener que ir a trabajar presencialmente, o tener que llevarse el portátil a casa "a la fuerza". Gente que te increpa por sacar la nariz de la mascarilla unos segundos para tomar aire y despejar el dolor de cabeza, o por tocar un documento que podría llegar a tocar otro. Pero, aunque el motivo del sufrimiento esté en las antípodas, dicho sufrimiento nos obliga a escarbar dentro de nosotros mismos, para hacernos conscientes de lo que nos está pasando. Y todo esto de la pandemia nos está removiendo mucho por dentro. Nos parezca justificado o no. Nos resulte más o menos trivial.

Este sábado era el primero que podíamos ir a comprar productos no esenciales tras casi tres semanas. La chica del hipermercado, muy simpática, nos soltó todo su arsenal de razonamientos y argumentos sobre la irresponsabilidad de la gente, sobre el pánico, y sobre la lucha encarnizada contra el virus. La escuchamos con el máximo respeto durante un largo rato. Necesitaba desahogarse. Era una chica encantadora y una comercial excepcional. Y ni Mey ni yo hicimos el más mínimo intento por contradecirla en nada. ¿Por qué colocarse en bandos distintos por tener una interpretación distinta de lo que está pasando? A ella y a sus compañeros estos días los habían increpado clientes, llamándoles "asesinos" o "criminales" simplemente por pedirles que se pusieran bien las mascarillas al entrar al establecimiento. Ninguna versión de la realidad es tan válida ni tan cierta como para justificar el enfrentamiento, la violencia o la simple falta de respeto. Pero la situación está generando estos graves trastornos, que no hacen sino apelarnos en la búsqueda del equilibrio.

Esta semana lo vivíamos también con la noticia de que la Princesa Leonor se iba a estudiar el bachillerato internacional a uno de los colegios en los que ha estudiado también Pablo. No somos precisamente monárquicos en casa, pero nos alegramos por el hecho de que la futura Reina pudiera vivir en primera persona una experiencia tan heterogénea y enriquecedora para tener una perspectiva de la realidad, alejada de los privilegios de palacio. Pablo, como le sucederá a ella, tuvo de compañeros a refugiados becados, a jóvenes que habían sufrido la esclavitud en pleno siglo XXI, y pudo experimentar los polos opuestos de este loco mundo. Eso, con 18 años curte mucho. Pero nos apenó enormemente comprobar cómo se denostaba sin conocimiento alguno el elitismo de esos colegios, con tal de socavar a la monarquía. Tanto fue así, que tuvieron que sacar un comunicado al respecto. Fines que justifican medios. Mi verdad frente a la verdad. Desequilibrios por doquier.

Muchas mañanas  salgo a desayunar con un buen amigo del trabajo. Tenemos opiniones radicalmente opuestas en política, economía, y por supuesto sobre la pandemia. Y a pesar de que no rehuimos el contraste de pareceres, sin embargo, cada vez nos llevamos mejor. Cada vez colaboramos más en distintos proyectos de la oficina. E incluso hemos empezado a impulsar juntos un proyecto medioambiental fuera del trabajo. Somos muy distintos. Pero nos respetamos enormemente, compartimos la necesidad de dar el 100% en cada asunto en el que nos involucramos, y nos encanta el buen humor. Así que ¿qué más da lo que se piense o lo que se opine? ¿Acaso somos lo que pensamos, o simplemente SOMOS?

Vivimos una época loca y absurda en la que las cifras diarias de positivos por Covid dirigen nuestros pasos como Humanidad. Como si controlando las distintas olas de contagio de esos positivos, todo marchara bien. Pero olvidamos que hay otras cuestione que hay que cuidar. La de nuestra actitud, nuestra solidaridad y nuestra empatía hacia los demás. Ahí hacen falta muchos positivos. Muchísimos. Por eso, cada vez estamos convencidos de que esto no es tanto una crisis sanitaria o económica, sino sobre todo es una crisis humana que nos obliga a replantear a qué dedicamos nuestras energías. ¿Vamos a seguir desperdiciando nuestra energía mirándonos al ombligo, muertos de miedo, construyendo muros frente a los demás, viendo al vecino como nuestra amenaza, y sintiéndonos víctimas de lo que está pasando? ¿O seremos capaces de empatizar con los muchos sufrimientos que están viviendo los demás, sintiéndonos un TODO como Humanidad?

No nos engañemos. No va a llegar nada ni nadie que nos saque de ésta. Ni siquiera la "divina" vacuna. La vuelta a la normalidad como meta, o la recuperación de una felicidad que todos parecen añorar pero de la que parece que nadie era consciente entonces, no va a ser cuestión de arte de magia. Va a depender de la disposición a encontrar dentro de nosotros lo que siempre pensamos que estaba fuera, y buscábamos en una lucha frenética por todos lados. ¿Estaremos dispuestos a buscar y cultivar la felicidad desde el interior, o seguiremos esperando a que nos venga de fuera, o no las traiga alguien o algo?

Quizás no hayamos vivido una época que nos interpele tanto como ésta. Habrá que sacar todo lo positivo que llevamos dentro en esta época del Covid.

domingo, 31 de enero de 2021

Discrepar con consciencia (Érase una vez una pandemia- 6ª parte)

Sabemos que quizás a partir de ahora haya personas que dejen de leernos o de seguirnos en las redes sociales. Hoy, 31 de enero de 2021, son algo más de 258.000 las visitas que tenemos en nuestro blog familiar y más de 4.500 seguidores en twitter. Y quizás se estanquen desde lo de hoy. Pero hace ya años que esas cifras dejaron de preocuparnos, y sobre todo, dejamos de alimentarlas con nuestro tiempo y nuestra dedicación, como un objetivo en sí. De hecho en una reciente entrevista por internet, nos ofrecieron hacernos publicidad del blog, del Patreon y de las redes sociales, y decliné amablemente el ofrecimiento. No queremos ser esclavos ni dependientes de nada ni de nadie. Y menos aún de los "likes" o los "me gusta". Y precisamente por eso, hoy sentimos que debemos hablar con contundencia, y mucha gente nos abandonará, echando en falta, quizás, el tono familiar o distendido de otras veces. Lo sentimos mucho, pero percibimos con mucha fuerza que debe ser así, al menos hoy. Y es el precio que estamos dispuestos a pagar. Sin abandonar la búsqueda del equilibrio. Pero es momento de que, desde la consciencia, alcemos aún más la voz. Y lo hagamos con rotundidad. No podemos permitir que nuestros hijos o nuestros nietos nos reprochen un día que no lo hicimos. O al menos que no lo intentamos. Es demasiado lo que hay en juego.

Hay dos razones para hacerlo. En primer lugar, porque no queremos que la indignación y la rebeldía que nos genera todo lo que estamos presenciando, se nos enquiste dentro, se somatice, y nos acabe generando una úlcera o algo peor. Y en segundo lugar, porque más allá de las reacciones de familiares, amigos y compañeros de trabajo, todos tenemos una misión en esta vida, algo superior que nos guía y ante lo que dar cuentas, y en estos momentos, eso es más importante que lo que puedan opinar de nosotros, viendo lo que se está poniendo en juego en este tablero.

La Humanidad está pasiva. Vive impasible uno de sus momentos más importantes. Y muchísimos seres humanos asisten al espectáculo como si no fuera con ellos. No queremos formar parte de esa masa conformista. Y queremos ejercer con la mayor rotundidad nuestro derecho a disentir, sabiendo que podrán censurarnos (como ya han hecho con personas cercanas). O que incluso algunos de los que os habéis sentido cómplices de nuestras andanzas y testimonios durante estos nueve años, decidiréis darnos la espalda. Pero las injusticias y amenazas que todos estamos presenciando no serían posibles sin nuestro silencio colectivo y cómplice. Por eso, desde luego, nosotros no vamos a callar. No queremos ser cómplices de esta canallada.

Es cierto, como muchos dicen, que todo lo que está pasando es perfecto y debe suceder así. Y quizás tiene que serlo, como forma de que muchas personas den un salto consciencial ante tanto atropello y "sinsentido". Siempre ha sido así. Millones de personas sólo dan el paso necesario cuando las cosas no pueden ir a peor. Pero quizás en ese proceso tengamos también, cada uno de nosotros, un papel que jugar. Y debemos jugarlo.

Hace unas semanas discutíamos con uno de nuestros hijos sobre el coronavirus y las vacunas. Siempre procuramos aportarles continuamente todo tipo de informes, estudios y actualizaciones legislativas dentro de esta locura en la que vivimos. Y llega un momento en que ante la saturación por tanta información, no leen lo que les filtramos, y se limitan a reproducir como propios los argumentos superficiales de amigos, instagramers y medios de comunicación de todo "pelaje". Es, en definitiva, lo que hace el 99% de la población. Pero en este caso Mey le paró en seco: si sus argumentos no se basaban en hechos y en un debate en profundidad, no había nada de qué hablar. No tiene sentido discutir sobre opiniones, ideas, rumores, o noticias sesgadas, partiendo de creencias limitantes y difícilmente modificables. Ese es el terreno que lo empantana todo. Debemos seguir trabajando por buscar la verdad, a pesar del enorme esfuerzo que supone hallarla entre tanta mentira y tal volumen de información permanentemente actualizada. Es el precio de la consciencia hoy día.

Por eso, aunque no es nuestra especialidad, nos estamos haciendo "expertos" en microbiología, en epidemiología y en medicina, a base de tanto estudiar para entender, de verdad, lo que está pasando. Y procuramos huir de las "opiniones" o de las "posiciones" en un sentido u otro. Cuando alguien nos pone una etiqueta, quizás no se da cuenta de que realmente se etiqueta a sí mismo/a. Porque la realidad es tan compleja que sin acudir a los hechos es imposible entender todo esto. Y para nuestra sorpresa, cuando hemos tratado de descender a las fuentes y a los hechos, con estudios científicos muy concretos y con cifras oficiales, nos hemos encontrado con dogmatismos incluso desde el mundo científico, descalificando un estudio o un análisis porque lo decía "fulanito" o un "don nadie", sin entrar ni siquiera a leerlo para refutarlo. También hay quienes se niegan a complicarse la vida, y prefieren no saber, o repetir tal cual lo que su radio o tele "amiga" les dice al oído. Bien. Que cada cual aguante su vela.

El 23 de agosto de 1973, Erik Olsson entró en una sucursal del Banco de Crédito de Estocolmo para atracarlo. Tras disparar a dos agentes, tomó como rehenes a cuatro empleados, tres mujeres y un hombre. Después de seis días de negociaciones, la policía puso fin al asalto sin que nadie más resultara herido. Pero lo peculiar de este atraco fue que una de las rehenes, Kristin Enmark, de 23 años, que había sido la portavoz de los retenidos, paradójicamente mostró abiertamente su simpatía y plena confianza hacia el secuestrador, a pesar de que éste había amenazado con matar a los rehenes durante el cautiverio y había llegado a ponerles una soga al cuello. Pese a todo, ella se ofreció a acompañar a Olsson en un viaje, a cambio de que liberara a dos de los rehenes, algo que las autoridades suecas descartaron. Tras este episodio, el psiquiatra Nils Bejerot, que asesoró a la Policía sueca durante el atraco, acuñó el término "síndrome de Estocolmo" para referirse a la desconcertante reacción de la rehén. Y al margen de su catalogación en la Psiquiatría o Psicología actual, lo cierto es que puede considerarse una reacción no exclusivamente humana, que puede observarse en otras especies, como respuesta universal a una amenaza ineludible para la supervivencia.

La sumisión puede favorecer la supervivencia genética. Y quizás, por ello, no surge exclusivamente en casos de secuestro, sino también en casos de abuso sexual, violencia de pareja, miembros de sectas, actos terroristas o prisioneros de guerra. Desconozco si hay estudios durante una pandemia de tamaño universal, como la que se supone que estamos viviendo, sea la amenaza real o inducida. Probablemente no. Aunque las consecuencias psicológicas que estamos observando parecen muy similares a las que mostró hace casi 50 años  Kristin Enmark tras aquel atraco.

Las restricciones de derechos y libertades que estamos experimentando, con la coartada de un virus asesino, resultan alarmantes. El aparato coercitivo que se ha desplegado para mantenernos "a raya" inédito. Y al régimen cuasi-policial, se le añade un respaldo mediático a las consignas de "la verdad oficial" como nunca se habían visto. Ya se ha generado más desgracia con las medidas tomadas que con el virus que dicen querer combatir. Buena parte de la Humanidad se siente, de verdad, amenazada. Y con independencia de que todo haya sido planificado desde el inicio, o se estén aprovechando del "río revuelto" (ya quizás es lo de menos), miles de millones de personas, simultáneamente, y quizás por primera vez en la historia, se muestran sumisas ante lo que perciben como una maldición para su supervivencia, en un "síndrome de Estocolmo" de dimensiones planetarias. Y en esa confraternización con lo que nos subyuga, parece que una enorme mayoría está dispuesta a todo: sea a reproducir como "papagayos" las cifras o las consignas de los noticieros, o sea a arrimar el brazo a la jeringa que les pongan por delante, lleve lo que lleve, y sea de la farmacéutica que sea. Cosas del "síndrome de Estocolmo" y de la lucha por la anhelada supervivencia.

El lavado de cerebro resulta ya obsceno. La Humanidad asiente sin atisbo de crítica. A base de vilipendiar a los cargos públicos que se han saltado el orden de vacunación, nos hacen ver la vacuna como un bien escaso que peligra, y han conseguido en sólo un mes, que la población española dispuesta a vacunarse haya pasado del 40,5% al 72,5% según el barómetro de enero 2021 del CIS, con un aumento de 32 puntos. Cifra récord en tiempo récord. Y por otro lado, a pocos parece escandalizarles la negociación de la Comisión Europea con las farmacéuticas, y la total opacidad de los contratos (no sólo en precios y cantidades, tachadas expresamente, sino en el ámbito de las responsabilidades), escándalo investigado por la propia Defensora del Pueblo Europeo. Tampoco la nula difusión que se ha dado a la resolución 2361 de 2021 de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, aprobada hace 4 días, que confirma con contundencia que la vacunación es voluntaria y no puede haber discriminación a los renuentes. Ni tampoco cómo las autoridades sanitarias se arrogan la palabra de "LA" Ciencia, cuando las voces discrepantes son ya numerosísimas, a pesar de complicidades o silencios clamorosos, como el de los Colegios de Médicos. Podemos seguir tragando. O quizás plantearnos una simple pregunta: ¿Y si esto no fuera como nos lo están vendiendo?

Queremos discrepar. Queremos unirnos a otros discrepantes. Pero no por ir contracorriente. Sino porque resulta imprescindible el contraste de pareceres para alcanzar LA VERDAD. El debate es sano y fundamental. Y vivimos tiempos donde el debate se silencia. Por eso usamos el altavoz que tenemos: nuestro blog y nuestras redes sociales. Y compartiendo y organizando la información que hemos ido analizando y filtrando. Valga a continuación un amplio listado de evidencias científicas y hechos constatables para ayudar a quien quiera dar el paso de actuar con libertad y discrepar también, a raíz de uno de los análisis más exhaustivos que hemos encontrado: el de las Doctoras Teresa Forcades,  especialista en Medicina Interna por la Universidad de Nueva York, y Dra. Karina Acevedo, Doctorado en Inmunogenética por la Universidad de Cambridge. AQUÍ puedes ver su vídeo completo, y en los siguientes enlace el acceso a los contenidos que hemos resumido en estos 36 puntos:

1.-Cuidado con el conocimiento científico como si fuera un dogma: hace falta un debate de contraste científico y verdadero

2.-No debe ni puede haber bandos (pro vacunas y antivacunas): todo debe basarse en la veracidad de los hechos.

3.-La propia OMS reconoce que las vacunas NO garantizan la erradicación de la Covid-19, y por tanto, la vuelta a la normalidad. 

4.-Es radicalmente falso que el virus no discrimine por edades: a nivel global la letalidad es del 2%, pero para los mayores de 80  años es del 18%

5.-Hay distintos tipos de vacunas, y debemos conocer los 4 grandes grupos de vacunas que se están desarrollando frente al Covid-19: ARN mensajero, de vector, péptidos e inactivada

6.-Las vacunas, a día de hoy NO están aprobadas, y siguen en fase EXPERIMENTAL, reconocido por la OMS: se ha permitido su distribución por emergencia, y justo la fase 4 de dicha experimentación la constituye la vacunación masiva que ya se ha iniciado, como ensayo clínico voluntario, en realidad.

7.-A nivel científico NO hay consenso sobre la eficacia y la seguridad de las vacunas que actualmente han empezado a administrarse, sobre todo porque el tiempo de experimentación ha sido mínimo, de sólo 2 meses (posibles problemas a largo plazo y de inmunopatologías)

8.-Es crucial saber FRENTE A QUÉ nos protege la vacuna de Pfitzer, por ejemplo: pues ni evita la infección, ni evita la transmisión, ni evita la muerte, ni evita la hospitalización; sólo evita la enfermedad (el positivo del test y los signos clínicos más leves)

9.-Es importante conocer realmente la fiabilidad de las pruebas PCR.

10.-Todo lo anterior se complica aún más, si analizamos los añadidos que se hacen a estas vacunas, con nanopartículas que generan reacciones anafilácticas por PEG

11.-En experimentos de 2017 con vacunas de ARNm en animales, aparecieron restos en distintos órganos de todo el cuerpo, con lo que la degradación que se cree que se producirá, entonces NO se produjo, y persistieron restos.

12.-No se deben desconocer los efectos adversos ya documentados, especialmente tras la segunda dosis, siendo especialmente peligroso el síndrome de magnificación de enfermedad respiratoria.

13.-Resulta crucial, por tanto, analizar el principio precautorio en Medicina: no causar daño a alguien que está sano.

14.-Resulta llamativo el relativismos de minimizar las muertes derivadas de la vacunación, porque eran de personas mayores con patologías previas, y sin embargo, ese mismo colectivo es el argumento principal para la vacunación.

15.-Es imposible afrontar este problema sin enfrentarnos con el propio problema de la muerte.

16.-Para analizar los efectos adversos de las vacunas, sería crucial proteger a los GRUPOS PLACEBO, y no vacunarlos para hacer el contraste. Pero, paradógicamente, y sin sentido alguno, ya se les ha empezado a vacunar.

17.-Empiezan a ponerse en tela de juicio las vacunas para ciertos grupos de edad. E incluso en países como Noruega se hacen advertencias para los mayores de 70 años.

18.-La clave, por tanto, está en que cada uno de nosotr@s analice los riesgos de aplicarse la vacuna, y el grupo de riesgo al que se pertenece, para tomar una decisión entre los pros y contras de ponérsela o no ponérsela. Pero no dejarse llevar por la inercia colectiva y por los medios de comunicación.

19.-Debemos olvidar el pensamiento infantil de que las vacunas son la panacea que nos va a devolver "una vida normal" : ya se habla de 3 dosis y de las 33.000 mutaciones que el virus ya ha tenido

20.-Cada persona es responsable de su cuerpo y de sus decisiones.

21.-Se hace preciso denunciar la desprotección de la Ciencia y de la salud pública de la población frente a intereses económicos en esta materia.

22.-Hay advertencias importantes a quienes ya se han vacunado respecto a evitar mezclar dosis de distintas vacunas.

23.-No debe ignorarse, según los estudios, los posibles efectos adversos sobre el aparato reproductor, especialmente el masculino, en los embarazos y durante la lactancia.

24.-Posibilidad de que el ARN viral siga sintetizando la proteína con falsos negativos positivos.

25.-A la hora de decidir, es crucial diferenciar entre el riesgo absoluto y el riesgo relativo.

26.-¿Cuántas personas tienen que vacunarse para que una sola tenga el beneficio (limitado) que se le atribuye a las vacunas? Ya está estudiado. Y es preciso poner en riesgo a 118 personas para beneficiar a 1, y de forma limitada.

27.-En la vacuna de Pfitzer hay 36.000 participantes, pero los datos de seguridad son sólo de 19.000.

28.-Hay estudios muy concretos que ya han verificado los daños a largo plazo en ciertos tipos de vacunas, siendo crucial hacer estudios específicos para buscar esos efectos, porque de lo contrario nunca se caerá en tal correlación, por el mero paso del tiempo.

29.-Hay estudios y evidencias científicas de 2015 que respaldan que instituciones como la OMS en casos muy concretos NO priorizaron la salud pública frente a otros intereses, con un informe al respecto del Consejo Europeo.

30.-Hay estudios de nanotecnología del 2017 que han evidenciado la existencia de contaminación por metales pesados en las vacunas, con las consecuencias para la salud de ciertas personas que ello acarrea.

31.-Junto a todas las evidencias científicas anteriores, es importante tener en cuenta otras consideraciones socio-políticas como que la "oficialidad" o la "administración sanitaria" NO se pueden identificar con la Ciencia.

32.-Debe lucharse hasta el extremo contra la obligatoriedad de la vacuna.

33.-Los antecedentes de la osadía de la ministra polaca Ewa Kopacz en 2009 que se opuso a la opacidad de los contratos con las farmacéuticas, debe alertarnos para evitar que se vuelvan a producir esos abusos. Pero ya los tenemos aquí, de nuevo.

34.-Existen estudios muy contrastados de 2004 sobre la colisión de intereses de las farmacéuticas y los daños causados a la población, como sucedió con el fármaco Vioxx de Merck y la muerte de 29.000 personas. Y sin embargo, ahí no existe responsabilidad penal personal, sino corporativa, que se salda con una multa de un importe muy inferior a las ganancias logradas.

35.-Existen alternativas médicas y de investigación, que como mínimo, deben explorarse. 

36.-NO debe aceptarse, bajo ningún concepto, la ideología que empieza a imponerse de que la salud pública no es una decisión personal. Es un argumento muy peligroso. (CONTINUARÁ)

domingo, 24 de enero de 2021

Érase una vez una pandemia (5ª parte): La que está cayendo...o no

Cuando mi padre murió, yo tenía cuatro años y mi hermano sólo dos. Tuvo problemas de corazón. Le tuvieron que operar y en la operación se contagió con una hepatitis que sería la que se lo llevaría finalmente. Por eso siempre odié profundamente el 19 de marzo, el "Día del Padre". Cada año, desde 1º de EGB, era el mismo ritual: el dibujito o la manualidad para papá. Pero yo lo hacía para mamá. Y ello me obligaba cada año a responder sobre los detalles de su muerte al "profe" de turno y a mis compañeros. Siempre era la misma cantinela: caras de sorpresa y preguntas de pena. Todo aquello me hacía sentirme un "bicho raro" por no tener padre. Pero su muerte ya formaba parte de mi vida.

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Mi madre tuvo una enorme virtud. Quiso que esa muerte no hipotecase nuestras vidas. Quedarte viuda con treinta y pocos años, y con dos enanos tan pequeños, sin duda, no fue fácil. Pero ella se propuso no llevar luto, sino colores alegres. No dejó de viajar con nosotros, de reír y de abrirnos todas las puertas que pudo y supo. Y gracias a ella, la muerte estuvo ahí, pero no condicionó nuestras vidas.

Ella murió también, hace ahora ocho años. Se la llevó un cóctel de enfermedades. La fibrosis pulmonar idiopática poquito a poco. Pero luego el cáncer también. Y quién sabe si los efectos secundarios de tantísimas pastillas que tomó durante aquellos largos años en que se fue apagando. Años en que lloré muchas veces, pero que me prepararon para lo que vino cuando ella se fue. Años en que tuvimos que convivir con su enfermedad, y luego con su muerte, sin que lastrase la alegría de vivir de nuestros hijos, sus nietos.

Mis abuelos también se fueron hace mucho. Alguno por una gripe estacional, de esas que dicen que ha desaparecido ahora. En el entierro de mi abuelo paterno descubrí que algo tenía que trabajarme por dentro. No fue normal cómo lloré. Mis primos estaban sorprendidos. Las cicatrices por las ausencias a veces tienen eso.

Si en cada telediario, en cada periódico, o en cada emisora de radio hubieran retransmitido cada minuto de las enfermedades de mis padres, o cuando se marcharon, o los momentos de íntima pena que viví después, hubiera parecido que la vida era sólo eso: enfermedad, dolor, pena y ausencia. Y sería igual si preguntamos a amigos nuestros que trabajan día a día en Urgencias y han tenido que presenciar muertes de Covid cargadas de pena y soledad durante todos estos meses. Pero los que nos leéis desde hace años ya sabéis que, al menos en esta familia, no es así. Hemos decidido que ni la muerte ni la enfermedad nos van a supeditar, por mucho que hayan pasado por nuestras vidas a través de los seres que las padecieron. Sin embargo con esta pandemia se está haciendo precisamente todo lo contrario. La enfermedad está eclipsando nuestras vidas. Se está dejando de vivir para no enfermar. El miedo está atenazando a la Humanidad. Sólo existe Covid. 

Por supuesto ni somos ni podemos ser negacionistas. Y creemos que el peor negacionismo es el de los que se encierran radicalmente y se niegan a vivir por miedo. La Covid-19 existe. Quizás en diversas variantes y con cuadros clínicos radicalmente distintos, que es lo que conviene atender. Pero existe. Que se lo digan a alguna buena amiga que lo ha pasado hace meses y sigue arrastrando secuelas. Y existe como existen las enfermedades y las dolencias cardiovasculares o la hepatitis que se llevaron a mi padre, la fibrosis que se llevó a mi madre, o la gripe estacional que se llevó a mi abuelo. No sé si estamos ante un virus o ante un síndrome, si se ha aislado o secuenciado, o si es natural o creado en laboratorio. La verdad es que a estas alturas "me importa un pimiento". Lo que sé es que hay gente que lo está pasando muy mal. Gente que está sufriendo y muriendo por ese virus, y que merece respeto y consideración. Pero exactamente el mismo respeto y consideración que los enfermos y fallecidos por otras afecciones cuyos procesos, por desgracia, muchos hemos sufrido muy cerca. Y el mismo que el resto de seres humanos, que están sufriendo problemas mentales, suicidios, privaciones en sus derechos y graves problemas económicos por una toma de decisiones totalmente injustificada, viendo las cifras.

Como dice el Dr. Benito, si estuviéramos todo el día mirando con un microscopio binocular un cultivo de paramecios, y nos entretuviésemos en sus minúsculas formas, sus batallas o sus procesos, pensaríamos que esa es la única realidad que existe, por muy llamativa que sea, olvidando que si levantamos la vista del microscopio, hay vida alrededor. Por eso no entiendo lo que está pasando. No entiendo esa frase en boca de todos sobre "la que está cayendo". Estará "cayendo en el Telediario o en algunas Urgencias, pero ¿de verdad también en todas y cada una de nuestras vidas y nuestras cabezas? Porque el miedo es tan peligroso como el bulo, y se acaban extendiendo noticias, como la que corrió como la pólvora esta semana por nuestra zona, alertando de que había tantos contagiados, que el hospital comarcal estaba creando un hospital de campaña en su zona de aparcamientos, cuando la realidad era que se está habilitando una cafetería en los exteriores del edificio. O se acaban haciendo interpretaciones como la de nuestra felicitación navideña, imitando a John Lennon y Yoko Ono, con los mejores deseos de que este virus se acabe, que ha sido vista por algunos como un alegato negacionista por las caras serias que mostrábamos en la imitación.

Somos afirmacionistas. Profundamente afirmacionistas:

-Afirmamos que nunca jamás debe dejarse de vivir porque haya personas que enfermen o mueran.

-Afirmamos que no debe dejarse en la estacada, como está sucediendo, a personas con enfermedades "de toda la vida", en una intolerable discriminación entre enfermedades "de primera y de segunda", como han alertado esta semana con los diagnósticos del cáncer de mama, colon y cervix (ver estadísticas del INE más reciente donde las enfermedades del sistema circulatorio siguen siendo la primera causa de muerte, con el 23% del total, y sin embargo, parecen no existir)

-Afirmamos que es completamente innecesario que, con unas tasas de mortalidad del 1% por Covid, se esté impulsando una vacunación masiva de toda la Humanidad, y a contrarreloj, cuando el nuevo sistema de ARN mensajero está a años de estar testado y ser seguro a largo plazo. ¿De verdad es necesario y tiene sentido poner en riesgo, por pura precipitación, al 99% restante de la población que, o va a estar inmunizada tras pasar la enfermedad o apenas tiene o tendrá síntomas? ¿Se nos ha olvidado cuando de pequeños alguien se contagiaba de sarampión o la varicela, y lo ponían junto a primos, vecinos o hermanos para que lo cogieran y se inmunizaran?

-Afirmamos que es inaceptable e intolerable que se tache de irresponsables a los que no tenemos miedo, o de insolidarios a los que NO queremos vacunarnos hasta que la vacuna esté completamente testada y sea de verdad necesaria. La libertad es lo opuesto al miedo, y con libertad y sin miedo es cuando realmente puedes actuar con verdadera responsabilidad. Observamos a nuestro alrededor, y las personas que conocemos con menos miedo en esta pandemia, son las que perciben que han vivido con intensidad y sentido, que su vida es plena, y afrontan lo que les quede por delante como un verdadero regalo. Y al contrario, observamos mucho miedo en muchas personas que esperan que la vida les dé una prórroga o una segunda oportunidad, pero no acaban de tomar las riendas o las decisiones que den sentido de verdad a esas vidas. Quizá ésa sea la verdadera llamada de esta pandemia.

-Afirmamos que la crispación, el miedo y la histeria que todos estamos presenciando en familiares y amigos, como síntomas del deterioro mental colectivo que se está causando, vienen impulsados por las radicales medidas de aislamiento social, y por un respaldo mediático como nunca ha existido en la historia a una enfermedad concreta. Y que ese deterioro mental y el económico causados por decisiones inapropiadas, repetitivas y encadenadas de país en país, es mucho más grave que la enfermedad que teóricamente se quiere combatir. ¿Cómo se nos puede olvidar que nuestros abuelos y bisabuelos vivieron, se casaron, rieron y "tiraron para adelante" en medio de guerras, miserias y todo tipo de calamidades?

-Afirmamos que el principal aprendizaje de esta pandemia es que la vida, aunque haya muerte y enfermedad, debe ser vivida con intensidad. El miedo y la reclusión anulan el sentido de la vida que muchos dicen tratar de preservar.

He experimentado la muerte y la enfermedad en mi familia desde mi más tierna infancia. Y afirmo con rotundidad, que ni pueden ni deben lastrarnos como lo están haciendo en estos momentos. Al menos así está sucediendo con buena parte de la Humanidad, en este mundo actual, que parece haberse vuelto loco. Impulsemos un poco de cordura. De nosotros depende dejarnos arrastrar o no. Apliquemos un poco de sentido común, que parece ser poco común en estos tiempos que corren. (CONTINUARÁ)

domingo, 20 de diciembre de 2020

¡ Feliz 2021 !

Para felicitaros, este año hemos optado por nuestra particular adaptación de unos personajes muy conocidos... ¿Se te ocurre quiénes?

 

(Muchas gracias por el reportaje fotográfico a nuestra amiga Tania)

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Hay vida antes de la muerte

No es añoranza. Tampoco morriña. Y desde luego no es nostalgia ni pena. Ni mucho menos. Es sólo ese pequeño nudo en la garganta que te recuerda que, de nuevo, entramos en una nueva etapa. Y ver esta semana los dibujos, los "trabajitos" y las notas de los niños de hace 10 ó 15 años, me recordó intensamente lo que en teoría ya uno sabe. Que la vida pasa. Que los niños son ya hombres. Y que probablemente alguno ya sólo volverá a casa de visita. Esa que ahora es puro silencio y quietud, y que era un auténtico manicomio hace apenas dos meses. Por eso, ahora que se han ido, estamos remodelando espacios y ordenando estanterías. Tirando lo viejo para dar cabida a lo nuevo. Y los recuerdos son inevitables. Pero no dejan de ser eso: simples huellas del pasado. Ni más ni menos.

Andorra-2019
Nuestros hijos han empezado a volar antes de lo habitual. Es cierto. Y el abrirles las ventanas tan "de par en par" para que vuelen desde pequeños tiene eso. Que vuelan. Y entonces no valen las medias tintas. No vale lo de "te dejo volar, pero vuelve porque te necesito". O lo de "vuelve porque creo que aquí vivirás mejor o serás más feliz". Los "sí pero no". No. Eso es hacer trampas al solitario, o un chantaje sibilino. Si abres la ventana es porque estás convencido de que tu papel es ese: enseñarles a volar, para que surquen sus cielos, y elijan su rumbo. No el tuyo. Sabiendo, además, que es probable que se equivoquen, que sufran, y que lo pasen mal. Y si les tocase tropezar muchas veces, seguro que acabarán volando aún mejor, a base de planear en sus caídas. El derecho a tropezar y a elegir caminos distintos a los paternos o maternos debería ser un derecho universal. Y a los padres sólo nos queda ser unos "pesados", preocuparnos cuando toque, y advertir por si se nos escucha alguna vez que otra. Abrir puertas y más puertas, para que ellos elijan. Pero sabiendo que tras alguna de ellas, pueden hacerse daño. No vale abrirles sólo la puerta que más nos guste a nosotros. No. De eso va lo de ser padres, aunque muchos nos miren raro por ello.

Por supuesto no es fácil. Exige prepararse para el continuo cambio de ciclo y de etapa. Y los hijos, además, deben saberlo muy bien desde muy niños. Que podemos ser una "Familiade3hijos". Y que para muchos esa es nuestra identidad. Pero no. No nos definen nuestros hijos. Tampoco nuestro rol de padres. La vida es más rica aún. Y no se agota en esa etapa con ellos. Por eso no cabe la tristeza. Y por eso, los nuestros saben que los echamos de menos. Que nos acordamos muchísimo de ellos. Que gozamos con su gozo desde la lejanía. Pero que nuestra vida sigue. Que por supuesto no hay "síndrome del nido vacío", porque vaciarlo es nuestra principal responsabilidad vital. Que estamos disfrutando de lo lindo de nuestra nueva y recuperada etapa "de novios". De nuestras escapadas en la "furgo", de nuestras rutas en kayak, o de alguna que otra "cenita romántica". Y les alegra saber que es así. Porque pueden disfrutar de su vuelo sin cortapisas, sin resquemores de lo que dejan en casa. Sabiendo que su vuelo no deja damnificados atrás.

Seguro que más de uno pensará que esto es exagerado. Que no hace falta ser tan contundentes. Que los hijos son para toda la vida. Y que si pueden estar cerquita, mejor que mejor. Que "como en España no se vive en ningún lado". O que "como mi pueblo, no hay nada en el mundo". Olvidando que el mundo cada vez es más pequeño. Que no hay distancias. Pero puede que no nos demos cuenta que, detrás de esos razonamientos, existe un apego sutil. Un aferrarse a lo que consideramos que debería ser la vida de nuestros hijos.Y eso acaba limitando su expansión vital, el despliegue de todos sus dones y talentos, y la misión que han venido a desplegar aquí, para la que nosotros sólo somos meros compañeros de viaje


Eva (Mijas Costa-2019)
Que todo esto nos haya pillado antes de los cincuenta, es toda una suerte. Y no sólo porque previsiblemente, "aún nos queda carrete". Sino porque te inmuniza contra el decaimiento vital. Ese que te hace pensar que esto se acaba y que no vale la pena, cuando llega un cambio tan brusco de etapa. Y entonces se tiende a confundir el paso a otra fase, con el paso al otro mundo. Y acabas muriendo por dentro poco a poco. No creo que haya peor muerte que esa, la verdad. Lo hemos presenciado en padres con hijos que se independizaban, y perdían las ganas de vivir. En parejas que se quieren, pero que se atascan en lo trivial o secundario: la distribución de la casa, el papel de la familia política, el tiempo dedicado al trabajo, la forma de hablarse...Y entonces se nos olvida que hasta el último segundo de vida, la muerte debe esperar. Porque morir no es sólo cuando se apagan nuestras constantes vitales. No. Es cuando dejas de vibrar por dentro ante el milagro de estar aquí y ahora. ¿Le vamos a dar esa ventaja o ese gustazo al de la guadaña? No nos podemos permitir el lujo de desperdiciar ni un segundo de vida muriendo por dentro.

Y curiosamente, esa es la paradoja de los tiempos actuales. Se televisa la muerte y el miedo las 24 horas del día. Y no porque de la Covid muera más gente que del sobrepeso o de las enfermedades cardiovasculares. Muy al contrario. Pero te lo repiten a todas horas. Quién sabe qué pasaría si televisasen a todas hora los dramas y las enfermedades derivadas de los que fuman o de los que comen "porquerías". Pero en lugar de "rebotarnos" ante la certeza de esa muerte, por Covid o por la caída de una maceta, y vivir hasta la última gota de vida, nos encerramos en vida para no morir. ¿Seremos tontos? De verdad que no lo entendemos. ¿A qué vienen esas caras de susto que vemos por la calle? ¿A qué vienen esas eternas conversaciones pesimistas? ¿De verdad vamos a prescindir de todo lo que vale la pena en esta vida, hasta que llegue esa vacuna milagrosa, que nos salve de ésta? ¿Y del resto de peligros que amenazan nuestra vida? ¿Nos vamos a poder vacunar contra todos ellos? Podemos meternos en una burbuja los próximos 50 años, y así seguro que no nos morimos. Por favor...Me recuerda mucho a todas esas personas que pasan la vida pensando: "esto para cuando me jubile", "esto para cuando me jubile". Y justo en la semana en que se jubilan, les da un ataque y se van "al otro barrio".

Estos días no hemos parado de oir plegarias para que pase el 2020 cuanto antes, como si las pobres cifras del año 2020 fueran las responsables. Como si fuera otro número demoníaco al que culpar de nuestras desgracias. ¿Olvidarse del 2020? ¿De verdad no hay nada de lo que aprender de lo sucedido? ¿Tan ciegos estamos? ¿No deberíamos acordarnos a cada instante de lo que ha sucedido, para decidir? ¿No habrá que estar muy pendientes para optar en cada instante por aquello que nos trae felicidad y vida, alejando aquellas pequeñas o grandes decisiones que nos matan por dentro?

Samuel (Conil-2020)

Hace unos días nos removió mucho un vídeo de una niña en la televisión Àpunt que se convirtió en viral. Preguntada por el uso de la mascarilla, la pequeña, de apenas unos añitos, contestó: "Es un poquito peor, porque no puedes respirar del todo. Pero, ¡no pasa nada! Es mejor eso que morirte". Lo dijo con tal inocencia, con una voz tan dulce, y con un movimiento de hombros tan convincente, que bien hubiera podido ilustrar cualquier campaña de marketing. Sin duda, muchos se habrán identificado con esas palabras. Pero son la esencia de lo que decimos. No voy a volver a abrazar a mi padre o a mi madre. No voy a volver a ver a mis amigos. No voy a volver a disfrutar de una buena bocanada de aire fresco. Ni de la sonrisa de mis seres queridos. Ni de una escapada. Ni de una locura. No. Es un poquito peor. Pero no pasa nada. Es mejor eso que morirte.

Nosotros lo tenemos claro. Y creo que nuestros hijos también. Estamos en un cambio de fase. En casa y también en la Humanidad. Y surge inevitablemente la pregunta: ¿y ahora qué? Nosotros hemos decidido ser unos activistas del VIVIR. Nos puede llegar la covid en cualquier momento. También un cáncer, un accidente de tráfico, o la caída de un meteorito. Algo, desde luego, nos va a acabar matando. Pero hasta ese momento, que nadie dude que vamos a exprimir este milagro que es la vida, hasta la última gota. Por eso hemos decidido hacernos aún más dueños de nuestro tiempo, de nuestros gustos, de nuestras prioridades, de nuestros rincones y de nuestros seres queridos. Estamos soltando lastre. Estamos quitándonos "perros pulgosos", obligaciones auto-impuestas, y dictaduras del "qué dirán".

El ser humano se afana en buscar vida en otros planetas, en otras galaxias. Incluso se esmera por conocer si hay vida más allá de la muerte. Pero se olvida de lo más importante. Que hay vida antes de la muerte. Y que nadie va a vivirla por nosotros. Que nos toca coger el timón de nuestras vidas con ganas. Y que hacemos el "panoli" si dejamos de vivir para no morir.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Peponi

Si te encuentras envuelto en miedo y desesperación por los rebrotes. Si te obsesiona qué va a pasar este año con la vuelta al "cole". Si te angustia si nos van a confinar o no este otoño. Si no paras de ver las noticias una y otra vez, para ver las cifras de infectados o por si aparece la vacuna milagrosa. Si no paras de compartir por whatsapp noticias cargadas de "yuyu" para advertir a tus familiares y amigos. O incluso si te inquieta cómo va la cosa con el rey emérito o con la fusión de Bankia y La Caixa... ¡NO LEAS ESTE POST!

Por favor: haznos caso. Luego no digas que no te lo advertimos...

Valdevaqueros (Tarifa-Agosto 2020)

Estoy convencido de que cada persona de este planeta tiene un mantra mental. Una frase que de una u otra forma marca cada uno de nuestros pasos, y nos encamina en una u otra dirección. Durante muchos años, mi mantra fue "Estoy agobiado". Y me costó lo mío quitarme de encima la dichosa frasecita, y sobre todo las consecuencias que traía consigo de stress y de sobrecarga en mis espaldas de problemas y dificultades propias y ajenas, laborales, familiares o solidarias. Cuando por fin lo conseguí, descubrí que había sido esclavo demasiado tiempo no sólo de aquella frase, sino de la programación mental que traía consigo. Por eso son tan alarmantes las frases que cada minuto martillean una y otra vez las mentes de los siete mil quinientos millones de personas de este planeta en los últimos meses. "Miedo, miedo". "Preocupación, preocupación". "Yuyu, yuyu".

El mantra de Mey, sin embargo, es otro.  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!". En estos treinta y tres años que llevamos juntos, hemos viajado muchísimo. Hemos visitado miles de lugares. E incluso nos hemos mudado ya también una pocas veces. Y su mantra sigue siendo el mismo:  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!". Tanto es así que, hace unas semanas, cuando los niños le prepararon un vídeo parodiando algunas de sus escenas cotidianas para celebrar su cumpleaños, su mantra no podía faltar:  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!"

Uno podría pensar que alguien que se repite interiormente esa frase una y otra vez, suponiendo que no está un poco "tocado del ala", o bien ha tenido mucha suerte con los sitios que ha visto y en los que ha vivido, o vive con intensidad y verdadero convencimiento la gratitud por estar aquí y ahora.Y cuando eso sucede, os puedo asegurar que resulta profundamente contagioso. Y la gente te busca porque notan que en esa gratitud a la vida reside la semilla de autenticidad de nuestra existencia.

Mazagón (Huelva- Agosto 2020)

Cuando estos días pasados ella y yo recorríamos en nuestra furgoneta, por fin, caminos y calas perdidas del sur, esa frase nos la repetimos un par de millones de veces. Interiormente y de palabra. Y no era para menos. Contemplar bajo el agua un arrecife en Cabo de Gata plagado de peces de colores en la paz más absoluta. Sumergirse en las tonalidades de un atardecer único en Ayamonte o en Isla Cristina. O mimetizarse con la arena, la luz y el agua de las playas tarifeñas. ¿Cómo no sentirse en el Paraíso? ¿Cómo no te va a brotar del corazón un profundo sentimiento de gratitud por tener la enorme dicha de estar viviendo?

Estos días, desde tales lugares, no paraba de pensar en las miles y miles de personas que no quieren salir de su casa, y que no han viajado estas vacaciones, por miedo a contraer el Covid. Y me imaginaba con pena el mantra que estarían repitiendo en su cabeza y cómo se sentirían: dejar de vivir, por miedo a enfermar, por miedo a morir. Muy duro, la verdad. Y nos hacía reafirmarnos a Mey y a mi en nuestro compromiso de gratitud con esta vida: "¡Vivir (o morir) con las botas puestas!". Y si al final uno se muere, sea por el covid o porque te cae una maceta en la cabeza paseando por la calle, "¡que te quiten lo bailao!".

Cabo de Gata (Almería-Agosto 2020)

No. El Paraíso no es cuestión de lugares espléndidos y lejanos. Como decía Mey hace unos días, el Paraíso, se lleva a cuestas. En tu mochila. Sí. Ésa que cargas cada día cuando te levantas y, o bien arrastras tu existencia como si fuera una carga muy pesada, o bien sales a comerte este mundo maravilloso que nos ha tocado vivir. El Paraíso no es un lugar. Es una actitud. Y en cada sitio que estés, lo despliegas como tu tienda de campaña vital. ¿Acaso hay algo más importante que transmitir a los hijos esa visión de un "Paraíso portátil", que te llevas contigo a cualquier lugar y en cualquier circunstancia?

Estos días lo veía con claridad con nuestros hijos Pablo y Eva en Estados Unidos. Eva se levanta a las seis de la mañana para sus ensayos de banda musical. Y Pablo se acuesta a las tantas de la noche tras su primer trabajo en la Universidad de Okalhoma como reponedor y cajero en un supermercado. Probablemente no sean los planes más "molones" del mundo. Y sin embargo, había que escuchar la emoción y la alegría con los que nos los describen en sus videoconferencias y audios (¡¡algunos de 40 minutos de duración!!). Poco importa que les esté cayendo una tormenta tropical como las que arrecian esa zona en estas alturas del año. O que el huracán Laura les haya pasado "de refilón". Ellos viven su Paraíso particular. Y por muy lejos que estén y por mucho que los echemos de menos, nosotros como padres, no podemos estar más felices porque estén disfrutando de ese Paraíso suyo en estos momentos.

Isla Cristina (Huelva-Agosto 2020)

Esta mañana, cuando me levanté, pensando en escribir sobre el Paraíso, me acordé de la canción de ColdPlay con ese nombre, y de una versión de The Piano Guys que disfrutamos en casa hace algunos años ya, y que se convirtió en un pequeño himno casero: Peponi (palabra en suajili que significa "Paraíso"). Cuando los niños eran pequeños, vimos con devoción decenas de veces aquel vídeo, en el que un helicóptero transportaba hasta una cima inaccesible un enorme piano de cola. Samuel se aprendió la letra en suajili, y los movimientos del cantante, Alex Boyé. ¡No parábamos de reirnos con su versión casera! Esta mañana descubrí que este cantante, de origen nigeriano, vivió una vida durísima en las calles de Londres, sin padres ni recursos. Y que, quizás la música y su motivación vital, le hicieron tirar para adelante hasta lo que es hoy: un gran artista, y un "motivado de la vida". Por suerte, cuando uno va acumulando años, te das cuenta de que ésos no son casos aislados, y que no estamos predeterminados para nada. Podemos elegir la dirección correcta hacia nuestro Paraíso, aunque sea volviéndonos sordos a lo que se dice o a lo que se vive a nuestro alrededor.

Así que, si en las circunstancias actuales, no has hecho caso a mis advertencias del principio y vives con miedo, mal humor, o indignación todo lo que está pasando, ¡quítalelo de encima! (Shake It Off: ver vídeo). ¡¡Piensa en tu Paraíso particular!!

domingo, 19 de julio de 2020

Érase una vez una pandemia (3ª parte): Incertidumbre

Hemos construido nuestro mundo sobre certezas. Nos acostamos cada noche con la certeza de que amanecerá en pocas horas. Que el despertador sonará. Que el termo o el butano nos proporcionará una ducha reparadora. Que nuestro frigorífico habrá mantenido frescos los alimentos para nuestro desayuno. Que nuestro móvil nos tendrá organizada la agenda de trabajo del día. Que nuestro coche arrancará sin problemas, que la autovía estará transitable, y que la plaza de parking del trabajo nos aguardará como siempre. Planificamos las vacaciones con la certeza de que podremos desplazarnos a los destinos escogidos, que habrá medios de transportes para ello, y que las regiones o los países a donde nos dirijamos nos recibirán con los brazos abiertos. E incluso organizamos la vida de nuestros hijos en base a las certezas de su asistencia diaria al colegio o al instituto escogido, a sus actividades extraescolares, y a sus espacios de ocio, eso sí, enlatados en una agenda bien apretadita. Soñamos una gran carrera universitaria para ellos, y un gran trabajo, por supuesto para toda la vida. 
Exebiche en freepik
Pero de repente llega el 2020. Y todas nuestras certezas parecen desmoronarse como castillos de naipes. Nos prohíben circular por donde siempre lo habíamos hecho. Nos obligan a llevar un bozal en la boca. Nos limitan a donde vamos y con quien nos reunimos. Cierran sus puertas instituciones y empresas que parecían invulnerables. Se cierran fronteras a cal y canto. Se suspende incluso el "pan y circo" del fútbol o de las olimpiadas. De repente, nuestras certezas se convierten en zozobra. Y le echamos la culpa al maldito 2020 o al dichoso virus. Quizás sin darnos cuenta de que quizás la culpa sea de nuestras expectativas de cómo debe funcionar nuestro mundo.
Realmente certezas hay pocas. Si hay alguna cierta en nuestra vida es que ésta acabará. Tarde o temprano. Pero lo hará. Al menos en el plano físico, como encarnación en este cuerpo que tenemos. En otros planos, sin duda no. Pero esta carcasa que nos alberga tiene fecha de caducidad. Y hasta esa fecha, todo es puro cambio y puro fluir. Aunque nos hayamos empeñado en darle la espalda a esa realidad, a base de nuestras absurdas certezas. Y de repente, nos televisan en directo, con toda su crudeza, y en horario ininterrumpido, esa gran certeza. Que no somos eternos. Que esto se puede acabar, y de hecho se acaba. Y que ni los grandes imperios tecnológicos, financieros o mediáticos, ni todas nuestras certezas lo pueden impedir. Y cunde el pesimismo, la angustia y el desasosiego por todos los rincones de nuestro planeta. Sin darnos cuenta de que no hay nada nuevo bajo el sol. Que lo único nuevo es un virus que nos confronta con nuestra incertidumbre vital, y con nuestra incapacidad para asumir esa inseguridad. Y en lugar de aprender a convivir con esa incertidumbre, nos aferramos a que esto cambie, a que las cosas vuelvan a ser como antes. ¿Qué "antes"? ¿El "antes" de creerse inexpugnables y eternos? ¿El "antes" de nuestras falaces certezas?
Cada uno tiene un relato de lo que está pasando con el Covid-19. Cada cual está gestionando como puede los miedos ante toda esta situación. Pero lo que está claro es que, si no somos capaces de aceptar la incertidumbre propia de una existencia en constante cambio y sometida a todo tipo de avatares, nada habremos aprendido de todo esto. Y repetiremos curso una y otra vez. Como civilización, y probablemente también como individuos. Porque sin saber convivir con la inestabilidad propia de nuestra condición, seguiremos chocando contra el muro de nuestra incoherencia. Y probablemente tendremos que ir más allá de la mera asunción de esta incertidumbre, y abrazarla con alegría e incluso con entusiasmo. De otro modo será difícil dar respuestas ágiles, innovadoras y flexibles a los desafíos de unos tiempos cada vez más inciertos. Probablemente sea ese uno de los mayores retos a los que no enfrentamos.
Imagen de Seúl en El País
El 17 de enero íbamos a una revisión ocular rutinaria a Barcelona, y nos volvimos con una peligrosa operación por perforación de mácula a realizar 10 días después. Incertidumbre. Semanas de reposo radical boca abajo, tras la operación, con la esperanza de que no vaya a mayores lo del ojo. Incertidumbre. En la primera escapada de fin de semana al campo, tras la intervención quirúrgica, Pablo nos llama desde Italia con urgencia, porque cierran su colegio de inmediato por la pandemia. Debe volver a casa de inmediato, creyendo que será cosa de un par de semanas. Ofrecemos acogida a tres compañeros más. Incertidumbre. El 25 de febrero nuestra casa acoge a ocho habitantes. No sabemos por cuánto tiempo. Incertidumbre. La epidemia en ciernes amenaza los vuelos para la revisión ocular de marzo. Incertidumbre. Cinco días después de la última revisión oftalmológica se inicia el estado de alarma. Incertidumbre. Las estructuras, los protocolos y sobre todo las mentalidades no están preparadas para el trabajo desde un confinamiento obligatorio. Incertidumbre. El teletrabajo y las clases online se abren paso a la fuerza en casa, con la conexión wifi echando humo. Incertidumbre. Las semanas iniciales de acogida a nuestros particulares refugiados se amplían, al ritmo de la histeria colectiva por la pandemia. Incertidumbre. El fin de curso se acerca, y ni Pablo sabe cómo acabará su Bachillerato Internacional (IB) en Italia, ni Samuel cuándo será su Selectividad. Incertidumbre. Fabián vuelve a Costa Rica justo antes del confinamiento. Erick tendrá que esperar casi dos meses a que se flete un vuelo humanitario en pleno estado de alarma. Y Jacopo, tras 3 reservas de vuelos fallidas (y probablemente fraudulentas) logra volver a casa cuatro meses después. Incertidumbre. Las notas del IB se definen por un nuevo algoritmo que tendrá en cuenta todo lo sucedido, alterando lo logrado en los dos primeros trimestres y afectando las posibles salidas de muchos a la universidad. Incertidumbre. Tanto a Pablo como a Samuel les aceptan en varias universidades extranjeras, y en concreto en sus preferidas respectivamente: Oklahoma y Toronto. Pero el cierre de fronteras y la necesidad de conseguir beca para tales logros, genera lo de siempre: incertidumbre. Finalmente Oklahoma ofrece beca completa e incluso un pequeño trabajo remunerado. Toronto no. En un caso todo dependerá de que Trump abra las fronteras tras el cierre radical y el rechazo a las visas de estudiantes. En el otro de los resultados de Selectividad para entrar en una universidad en la opción deseada: Físicas. Incertidumbre. En el caso de Eva, aunque todos los trámites están finalizados para marcharse a EEUU en 4º de la ESO, como sus hermanos, la organización, viendo el panorama, aconseja posponerlo todo al curso siguiente. Eso le cerraría puertas para las mismas opciones que sus hermanos, pero el panorama de EEUU nos obliga a aceptar. Incertidumbre. De un panorama en el que parecía que Mey y yo nos ibamos a quedar solos en casa el próximo curso, de repente las circunstancias parecen abocarnos a todo lo contrario. Incertidumbre. Nos llega un "chivatazo" de un amigo de Pablo desde una lejana embajada: la demanda de Harvard y el MIT frente a las decisiones de Trump respecto a las visas de estudiantes, va a obligar a retractarse en sus decisiones. Todo puede dar un vuelco. Incertidumbre. El vuelco se produce el pasado miércoles. Todo se reactiva. La embajada por fin abre la agenda de entrevistas de nuevo. Decidimos "liarnos la manta a la cabeza" e ir para adelante también con Eva. Seremos sólo 7 familias frente a las 140 del pasado año. Para las demás ha pesado demasiado lo que toca ahora: la incertidumbre. Nos acaban de confirmar el adelanto de cita de la embajada en Madrid para Pablo para este jueves. Iniciamos gestiones para que la cita de Eva también coincida con ese día. Es difícil, pero hay que intentarlo. Es sólo el inicio del papeleo, de las gestiones de los vuelos y del resto del lío. Incertidumbre. Ayer conocimos por videoconferencia a la familia americana. Todo pinta muy bien, aunque todo está realmente en el aire. Incertidumbre. Parece que hay algo cierto: que este año las vacaciones van a ser muy burocráticas. Respecto a si nos quedaremos solos Mey y yo el curso próximo: incertidumbre.
Si en cada paso de estos últimos siete meses, nos hubiéramos estado peleando con la incertidumbre radical que se ha cernido sobre esta casa, ya estaríamos en el manicomio. Pero hemos aprendido que no se trata de luchar contra esa incertidumbre, sino de navegar por su caudal. Y si es posible disfrutar de la travesía, todavía mejor. Porque es lo que hay. A veces entrará agua en la nave. A veces incluso temeremos naufragar. Pero es el río que toca recorrer. Y por tanto, habrá que disfrutar del viaje. Porque no hay final feliz ni final triste. Todo es pura odisea. Una odisea maravillosa (CONTINUARÁ)