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sábado, 24 de junio de 2017

Todoterreno

Ya han pasado dos semanas de su regreso. Tiempo más que prudencial para sacar conclusiones. Para asentar los cambios. Para ubicarse de nuevo en el clan familiar. Es cierto que estábamos algo inquietos. Nos mentalizamos para que surgieran las lógicas fricciones tras retomar la vida familiar. Estar casi un año volando por Estados Unidos, y de repente volver a aterrizar en casa, con las lógicas pautas y necesidades de coordinación, no iba a ser fácil, sin duda.
Falsa alarma. Ni el más mínimo atisbo de desavenencia. Todo lo contrario. Nunca habíamos recibido tantas muestras de cariño, ni tal despliegue de comprensión hacia los criterios establecidos en casa. Es como si ese año fuera hubiera hecho que nuestro hijo se viera confrontado sin red ante la realidad desnuda de tantas y tantas cosas habladas con él durante toda su vida. Y ha sentido esa realidad en sus carnes. Y cómo los consejos y los sermones soportados quizás durante años hubieran alcanzado de repente la categoría de tablas de la nueva alianza. Al menos así se lo expresa él a sus hermanos. Por fin ha entendido el enorme sentido de tantas y tantas cosas abordadas desde su niñez. Por fin ha podido experimentarlo por sí mismo. Y por fin ha podido testar sus fuerzas, su preparación y su entrenamiento para un desafío tan fiero. Y está exultante. Llamando a la puerta de la edad adulta por derecho propio. Con criterio. Sin prepotencia. Sabiendo que aún le quedan muchas normas que acatar. Muchas pruebas que superar. Muchas orejas que bajar. Pero empezando a entender por fin de qué va toda esta historia que es la vida. Y nosotros maravillados de tener un nuevo adulto en casa. Un adulto que se "come" el mundo cargado de ilusión y motivación. En estos días desde su regreso se ha encerrado en casa a estudiar por "motu propio", y se ha sacado la mitad del curso del conservatorio y el B1 de inglés, tras su aventura americana.
Este domingo pasado superó otra gran prueba. Le habían invitado a dar una mini conferencia sobre su experiencia en Estados Unidos a los nuevos estudiantes que parten para allá en agosto. Nos tocaba de nuevo ser parte del público por nuestro segundo hijo. Le costó aceptar el ofrecimiento. No se veía con ganas ni preparación de explicar nada ante más de doscientas personas, entre jóvenes y padres. Le animamos un poco, y le ayudamos a estructurar ideas. El tembleque de la pierna delataba sus nervios pocos minutos antes. Cualquier adulto habría estado probablemente igual que él. Pero cuando llegó el turno de tomar la palabra, decidió afrontarlo sin "chuleta". Cogió el "micro" como los nuevos raperos de moda, y se dedicó a dar vueltas en el escenario contando una y otra andanza, una y otra hazaña, uno y otro aprendizaje vivido. Su madre alucinaba boquiabierta. Yo alucinaba tronchado de la risa con sus bromas y desparpajo. Ambos no cabíamos de orgullo y perplejidad ante una faceta de nuestro hijo totalmente desconocida hasta ahora para nosotros.
Impactaron al auditorio sus andanza en el deporte y en la música, sus viajes, lo vivido con su familia y en el "high school"... Pero sobre todo los retos superados. Fue ahí donde Brenda, la mediadora intercultural que dirigía el acto, no dio crédito. Yo miraba su cara, y estaba alucinada. No le importó que Pablo le quitara el micrófono una y otra vez para ampliar más su historia. Probablemente cualquiera de aquellos retos hubiera supuesto semanas de trabajo para ella intermediando entre estudiante, familia americana y familia española. Pero ella ni se había enterado. Y él lo expresaba con la naturalidad de una oportunidad de aprender disfrazada de obstáculo. Que si ponerse a aprender trompeta cuando su instrumento era el violín. Que si ponerse a practicar "basket" o "cross-country" cuando lo suyo siempre había sido el fútbol. Que si enfrentarse a la economía o a la política de una asignatura como "Government", pensada para un 2º de Bachillerato, siendo él de la ESO aún. Que si adaptarse a que las tuberías de casa se congelaran por el frío invernal y hubiera que emigrar durante días a un hostal. Que si el último mes y medio estuvo rodeado de cajas de mudanza y durmiendo en un colchón en el suelo ante el inminente traslado de su familia americana a Filipinas. El diagnóstico de Brenda fue taxativo: un chaval todoterreno, el sueño de cualquier programa de intercambio como ese.
La ovación fue mayúscula. Las felicitaciones a Pablo por los pasillos incesantes. Los cinco minutos previstos para su charla se convirtieron casi en veinte. E incluso le invitaron a dar más charlas como esa en Madrid. Pero lo mejor fue escuchar eso de "un chico todoterreno". ¿Acaso la vida no va de eso? ¿De aceptar con alegría? ¿De hacerse uno con las circunstancias? ¿De fluir con el río? ¿O incluso de hacerse río? Seguiremos disfrutando de nuestro "hijo todoterreno" mientras la vida nos siga regalando su presencia con nosotros.


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domingo, 18 de junio de 2017

Ñoño

Es lo que tiene la escritura en familia. Debe representar estados de ánimo, sentimientos, vivencias o experiencias compartidas de forma coral. Y normalmente suele fluir más o menos esa expresión al unísono de nosotros cinco. Sólo ha habido un par de ocasiones en que no hemos llegado a publicar lo escrito, y ha sido por cuestiones del dolor que aún guardaban esas vivencias expresadas en palabras. Mejor no revivirlo.
Esta semana hemos tenido otro ejemplo, pero de diferente naturaleza. Me sentía tan conmovido tras escuchar a mi segundo hijo en su concierto de final de curso, que me dejé llevar. Era la misma sensación tras la audición de flauta de la "peque", o tras los conciertos de violín del mayor. Y escribí, escribí y escribí expresando lo que me transmitió. Quizás fue la emoción del momento. Quizás el sentir que coronábamos la cumbre de muchos esfuerzos compartidos en familia. Quizás simplemente el orgullo ante la obra maestra de un hijo, aunque lo fuera sólo para un padre o una madre. Pero tras mostrar mi borrador al clan, el dictamen familiar fue inapelable: lo que había escrito era "ñoño". Ñoño de solemnidad. No era censura. Podía publicarlo. Pero el calificativo era unánime. Abrumado ante tal fervor familiar, releí lo escrito. La verdad es que llevaban razón: era "ñoño" hasta decir "basta". Así que mejor esta semana hagamos que las palabras callen. Que hable mejor la música...



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jueves, 8 de junio de 2017

Vuelve a casa

Ha pasado casi un año. Parece que ha sido un suspiro. Aunque en los momentos duros se hizo eterno. Ya está aquí. Por fin. Ha vuelto a casa. No por navidad, como el anuncio, sino en junio. Pero ya está aquí. Sus hermanos y nosotros estábamos histéricos de los nervios estos últimos días. Es una sensación extraña. Nunca la habíamos experimentado. Nunca ninguno de los cinco había estado tanto tiempo separado físicamente del resto de la familia. La comunicación ha sido excepcionalmente fluida durante estos meses. A veces incluso más que cuando anda con sus cosas por casa. Pero un whatsapp o una videoconferencia nunca suplirán los abrazos eternos de una madre, la complicidad de una mirada, o un rato hablando de fútbol en el banquito del porche.
Se hizo de rogar. Una ventisca en Nueva York lo trajo con retraso. Pero unos minutos más, después de tantos meses, era un peaje mínimo. Cuando lo vimos salir por la puerta de Llegadas del aeropuerto, cargado de maletas y de su inseparable violín, todos dijimos lo mismo. "¡Estás cuadrado!" Y la verdad es que sí. Viene hercúleo. Sus espaldas y sus brazos son ya el doble de los míos. Aún le faltan unos milímetros para superarme en altura. Bromeé con ello, porque he ganado la apuesta. Pero en el resto me ha superado ya con creces. Me retó al baloncesto para compensar. La paliza será histórica.
Por supuesto hubo pancarta de bienvenida. En el aeropuerto y en casa. También globos. Pero sobre todo mucha emoción. No se recibe todos los días a un hijo o a un hermano tras tantos meses. Y era curioso observar la reacción de los hermanos, oteándose, observándose, analizando sus cambios, su evolución en este tiempo. No pude evitar pensar en esos cachorros en la sabana o en la jungla que crecen, se hacen mayores, y se reencuentran con el tiempo olisqueándose para reconocerse. Nuestros hijos andaban así ayer. Olisqueándose. Nos encantó el ambiente de concordia que reinaba en casa en estas primeras horas. No sé si será la novedad del reencuentro. O la estrenada madurez del hermano mayor retornado. Pero reinaba una paz y una camaradería entre hermanos que resultaba deliciosa. Es un ambiente maravilloso el que se respira en estos primeros días tras su regreso.
Viene cambiado. Para mejor. Más sereno. Más responsable. Más maduro. Más "aterrizado" en la vida. No le importó hablar casi todo el día en inglés. Antes de irse se resistía, pero ya casi piensa en inglés. Viene bien porque hay que prepararse para cuando recibamos a final de mes a sus "padres americanos", como él les llama. Desde luego nos sentimos en profunda gratitud con ellos. Han cuidado de nuestro retoño a la perfección. Y han compartido entre ellos una complicidad única. Ayer Adam y Brittany se preguntaban, tras la marcha de Pablo, si era posible tener el síndrome de "nido vacío" a los veintico años. Normal. A fin de cuentas, desde que se casaron hace un año, Pablo ha sido "uña y carne" con ellos.
Nuestra familia de tres hijos estrena etapa. De nuevo los cinco juntos. No por mucho. En agosto le toca a Samuel lanzarse a las "américas". Por eso antes habrá que resarcirse y darse un atracón de besos, abrazos y "achuchones". En unas semanas nos escaparemos a algún lugar perdido para disfrutar en familia. Hay que aprovechar antes de que se marche a más de ocho mil kilómetros. Toca reforzar nuestra "piña" para que se mantenga igual en la distancia, como ha sucedido con nuestro recién retornado.


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sábado, 3 de junio de 2017

Llévame al huerto

¿Qué hace un tío como yo en un sitio como éste? Es lo que me pregunté cuando empezamos hace un par de meses. Y es lo que me sigo preguntando cada semana cuando vuelvo. A fin de cuentas soy un "urbanita" empedernido. Veo a Mey entre semillas, azadones y regaderas y me cuadra al cien por cien: lleva los genes de su bisabuela en este asunto, y se le nota la soltura. ¿Pero yo? ¡Si no sé dar un paso sin tener que preguntar qué tocaría hacer ahora! ¡Si parezco un "pato mareado"! ¡Si el contacto que había tenido hasta ahora con zanahorias, brócolis o fresas había sido a través de un blister, de unas bolsas de supermercado, o de la mano del frutero del mercadillo. ¿Por qué este nuevo giro?
Hace tiempo que sentimos que un mundo diferente no se construye sólo desde nuestras burbujas asépticas de consumidores. Que ir a un supermercado lleno de estanterías y lineales bellamente decorados con carteles que te incitan a una compra compulsiva puede proveerte de forma rápida y eficiente de lo necesario para comer y beber, pero puede desconectarte del origen, del proceso, del sudor y de las implicaciones que eso que metes en el carrito tiene. Por eso hace tiempo decidimos abrir la puerta a la posibilidad de tener algún "terrenito" donde cultivar alguna "cosita". Pero todo era o muy caro o muy alejado. Mientras, podíamos seguir acudiendo puntualmente a nuestra amiga Reme, de Triana, con sus productos ecológicos. Con ella aprendimos a ser más locávoros; a tomar productos menos atractivos o maquillados; productos sólo de temporada y del terreno; productos más cercanos; productos que la meteorología, los gusanos o los caracoles hubieran decidido respetar. Pero en el fondo, seguíamos siendo simplemente consumidores. Quizás un poco más alternativos. Pero nuestras manos y nuestra conciencia aún estaban sin estrenar en esta materia.
Nos planteamos "tirarnos al monte" por ésta y por otras muchas razones. Pero en este mundo de la ciudad hay también mucho que trabajar en favor de un mundo diferente para vivir. En el trabajo, con los amigos, en el instituto o en el cole, con los vecinos...Esa opción la sentíamos como una pequeña huida, y por ahora decidimos esperar, dejar la puerta abierta, y abrirnos a la convicción de que la respuesta estaba por llegar. Nos abrimos de par en par a ella, y llegó. Siempre que eres receptivo, la vida es generosa. Nuestra amiga Belén ya cultivaba un huerto ecológico urbano con otra familia, sin nosotros saberlo. Esta otra familia tuvo que dejarlo, y Maria José nos lo comentó. ¡Allí estaba la respuesta que estábamos esperando! Bueno, bonito y barato. Un huerto ecológico de 75 metros cuadrados, a cinco minutos de casa, con agua, riego automático, y herramientas incluidas, por quince euros al mes. Y encima tendríamos la ocasión de conocer mejor a un alma "de las buenas" como Belén. ¿Qué más podíamos pedir?
Ahora nuestra lechugas, nuestras acelgas, nuestras judías y nuestras fresas saben mejor. No tenemos aún para autoabastecernos, pero se ha creado una relación más especial con eso que comemos, y con la tierra de la que provienen. Puede sonar absurdo, pero hay algo místico en todo esto. Ahora vemos lo que cuesta que lleguen a nuestra mesa. Las hemos visto crecer, y se crea un lazo especial con esas verduras y hortalizas que nos nutren, ya no sólo con sus proteínas y vitaminas, sino también con la sensación de gratitud y del vínculo que nos une a ellas.
Estamos convencidos de que este mundo mejorará un poquito si dejamos de aislarnos en nuestra torre de marfil como meros consumidores con tarjeta de crédito en mano, y pasamos a hacernos un poco "hacedores", productores o artesanos. Aunque sea en ratos sueltos. No de forma radical, quizás. Sino como medio de cultivar la consciencia y la conexión con la tierra.
Toca reconstruir los puentes que esta vida desenfrenada destruyó con aquello que comemos, bebemos o con lo que nos viste. Toca superar también aquí la historia en la que vivimos de separación del otro y de lo otro. Quizás eso implique ver pasear por la encimera de casa algún caracol polizonte en una de nuestras lechugas. Quizás suponga algún resto de tierra en las espinacas. Quizás también algún dolor en una espalda mal acostumbrada. O puede que toque sentirse "como un pulpo en un garaje" cuando nunca has labrado la tierra. No pasa nada: ahí están Mey y Belén para dar la consigna adecuada, a pesar de que te sientas el más patoso de la tierra. Vale la pena pagar el peaje. Por el sabor. Por la salud. Por la sostenibilidad. Por recuperar la conexión. Por la consciencia. 
Llevo varias semanas sin poder ir. Este mes de mayo ha sido demencial en ajetreos varios. Ayer fueron Mey y Eva, nuestra hija pequeña. Volvieron exultantes las dos, cargadas de cebollas y de infinidad de anécdotas con los vecinos agricultores, que siempre nos comparten semillas, hortalizas y su saber ancestral. Me encanta esa camaradería labriega. Parece que las judías en pocas semanas ya me han superado en altura. Espero que en unos días esto mejore, y las circunstancias me lleven de nuevo al huerto.

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lunes, 22 de mayo de 2017

Cuento: "Se escribe un libro"

No hay mejor medicina que un cuento. Seas un niño pequeño o un adulto en ciernes, es sin duda el mejor bálsamo para el alma. Nivela los desequilibrios de hormonas alocadas, de edades complicadas, y de entornos hostiles. Y si encima va personalizado por tu madre, tiene propiedades mágicas. Aquí os compartimos el último que ha escrito Mey para uno de nuestros hijos
(para escuchar el cuento en audio pulsa aquí):

"Una mañana de verano, en una biblioteca, un libro abrió sus ojos por primera vez. Miró a su alrededor y quedó abrumado al ver lo que le rodeaba: enormes estanterías llegaban hasta el techo, todas llenas de libros de diferentes colores: unos grandes, otros pequeños, algunos estrechos, otros muy gordos y pesados... Todo estaba lleno de luz. Había gente que iba de un lado para otro. Muchos permanecían absortos ante los volúmenes que se abrían sobre las mesas. Le asustó comprobar cómo ciertas personas se acercaban a las estanterías y cogían los libros entre sus manos para ojear sus páginas y ver lo que contenían. Mirando estos libros de cerca, se dio cuenta de que muchos de ellos estaban ajados, con sus pastas desgastadas e incluso rotas.
Miró a sus compañeros de balda y comprobó cómo lucían nuevos y brillantes, al igual que él. Fue entonces cuando se llenó de miedo por lo que pudiera pasarle y decidió esconderse para que nada ni nadie pudiese dañarle. De esta forma, se escurrió hacia atrás en su estantería hasta que, de pronto, cayó por el hueco de la pared y allí quedó tendido en el suelo, en la penumbra, en silencio. Pasó un tiempo y en un principio, no le molestó mucho la soledad, pero al cabo de un tiempo, se percató de que tener por compañía tan sólo a pelusas y musarañas no era demasiado entretenido. Se paró a pensar qué hacer y entonces cayó en la cuenta de que era ¡un libro! Decidió entonces comprobar qué era lo que contenían sus páginas. Miró dentro de sí y descubrió que su interior albergaba cientos y cientos de palabras que, en su conjunto, le podrían ayudar a comprender el mundo que había fuera.
Desde ese momento acertó a percibir que el mundo era muy grande. Que allí fuera había miles de Senderos y que esos Senderos conducían a Sierras y Selvas, a Sabanas y hasta a un lugar en el Sur llamado Serengueti. También supo que el mundo estaba lleno de vida. Que en el Suelo se escondían Semillas que luego crecían bajo el Sol. También, sobre la tierra, se podían encontrar Saltamontes, Sapos y Serpientes. Y en el mar: Sardinas. Asimismo supo que muchos Sonidos juntos, cuando están en Sintonía pueden llegar a crear una Sinfonía. Y se Sorprendió de cómo la vida está llena de paradojas, ya que hay que poner Sal a un guiso para que éste no sepa Soso. Sin embargo, si hay demasiada Sal puede resultar incomible por Salado. Dedujo, por tanto, que en el término medio debía estar el equilibrio.
En su interior descubrió también el Silencio que deja la Sombra, lo Siniestro y lo Sombrío. Y al mismo tiempo, sus propias páginas le hicieron saber que con Serenidad siempre se encuentra una Salida y un Solución. También descubrió el valor de la Solidaridad, el Servicio, la Sencillez y la Sinceridad. Asímismo comprendió la importancia de los Sueños para Superarse y llegar a Ser uno mismo. Esto último le hizo pensar y se dijo: “¿Quién soy yo?” Una vez hecha esta pregunta, ya no hubo forma de descansar hasta encontrar la respuesta. Nuestro libro miró y miró por todas partes a ver si alguien le ayudaba a encontrar una Solución a su enigma. Pero como estaba Solo no le quedó otra que volver a buscar de nuevo entre sus páginas. Sin embargo, no lograba sacar nada en claro. Siguió buscando y buscando dentro de Sí hasta que un día se dio cuenta de que sobre su lomo había una marca: “S”
“¡Ese es mi nombre!” se dijo. “¡Y todo este tiempo había estado allí y yo sin verlo! Ahora lo entiendo todo. Por eso todas mis entradas empiezan por S!” Sin embargo, también se percató de que había otras palabras que comenzaban por letras distintas de la S y dentro de él Surgió la curiosidad de conocer cuál era el Sentido de todo aquello. No le quedaba más remedio que Socializar para así poder Sumar Sabiduría.
Poco a poco se deslizó por debajo de la estantería, fuera de su escondite, hasta asomar buena parte de su portada. No pasó mucho tiempo antes de que el bibliotecario acertó a pasar por allí y, viéndolo en el suelo lo recogió lleno de alegría. “¿Dónde has estado todo este tiempo? Tus compañeros no tienen Sentido sin ti” le Susurró con cariño. Fue entonces cuando vio que sobre los lomos del resto de sus compañeros estaban todas las letras del abecedario. Él era, nada más y nada menos, que uno de los tomos de una gran Enciclopedia. Es difícil poder describir la alegría que se vivió en aquellos instantes, donde “S” volvió a ocupar su puesto junto a sus hermanos. Además, no paraba de preguntarles por nuevas palabras. Y así fue descubriendo desde Amor hasta Zozobra, pasando por Aprendizaje, Laborioso, Esfuerzo y Paciencia. Y como era un libro mágico, como suele ocurrir en todos los cuentos, sus definiciones fueron creciendo y creciendo, siendo cada vez más completas y haciéndole a él cada vez más Sabio.
Pero aún quedaba algo por hacer. “S” Sentía pavor cada vez que alguien se acercaba hasta donde estaba. Pensaba que no podría Soportar el dolor de abrirse por completo. ¿Y si alguien rasgaba alguna de sus páginas o le dejaba caer al suelo?, se preguntaba. “¡Pero si es maravilloso!” decían sus compañeros “No sabes lo que es el tacto de los dedos sobre el papel y la emoción en los ojos de las personas que recorren tus páginas con su mirada”. “S” decidió entonces Superar el Susto y tener el valor de un Superhéroe. Así que se recolocó bien en su sitio y esperó. Esperó hasta que una joven lo tomó en sus manos y ojeó sus páginas hasta que encontró lo que buscaba: Sagrado, Secreto y Sacrificio. Una lágrima entonces cayó sobre el papel. “¡Qué equivocado estaba!” se dijo S. Las palabras sólo creaban ideas en su imaginación, pero con las personas que lo leían podía llegar a aprender lo que esas palabras Significaban de verdad. Desde entonces, decidió esperar pacientemente a su lector, porque éste es quien realmente le desvelaría el verdadero Sentido de palabras como Soledad y Sufrimiento, Sonrisa y Sorpresa. El mundo era más amplio y rico de lo que nunca hubiese podido imaginar. Y podía contener muchas más cosas de las que él hubiera Soñado.
Desde entonces, nunca volvió a Ser el mismo. Llegó a comprender su destino y el papel tan importante que desempeñaba para todos en aquella biblioteca. Pudo hacerse entonces plenamente consciente de su propio valor y el de los que le rodeaban, ocupando con orgullo el lugar preferente de la Sala."

(Escucha el audio de otro cuento anterior para otro de nuestros hijos)

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domingo, 14 de mayo de 2017

Tiempos de mudanza

"En tiempos de tormenta, no hagas mudanza". Esa fue una frase que escuché decenas de veces durante mi educación con los jesuitas. Probablemente fue pensada para el ámbito de la fe y de la relación con Dios, pero yo me la he aplicado siempre. Incluso cuando la tormenta se hacía muy larga, y quizás tocaba de verdad hacer cambios. Mi mujer dice que soy un "pesado" con esto, y que me lleva a persistir en causas perdidas de todo pelaje. Razón no le falta. Me regaló un cartel que preside nuestra cocina: "A winner is a dreamer who never gives up" (Un ganador es un soñador que nunca abandona). Es un principio que alimentamos con fuerza en casa con los niños.
Sin embargo, el cambio forma parte esencial de la vida. Todo fluye, nada permanece. Y eso implica aceptar que la mudanza llega tarde o temprano. Lo queramos o no. Haya tormenta o un sol abrasador. Y es entonces cuando la fidelidad, la perseverancia, la firmeza y la tenacidad deben dar paso a la aceptación y al asentimiento. Porque quizás el ego juegue malas pasadas. Porque quizás nos hacemos dueños de situaciones que no nos corresponden.O porque quizás nuestra vulnerabilidad ante el cambio encierra las mayores enseñanzas para la vida.
Esta semana ha sido intensa en mudanzas. Se han producido pequeños milagros derivados de muchas situaciones de tribulación en las que persistimos, y por las que la vida pareciera querer premiarnos. Resulta hasta irónico que después de tanta rebeldía laboral, de verme rodeado de formalismos y situaciones burocráticas que me parecían inútiles e incluso ofensivas para nuestros demandantes de empleo, de repente mi aceptación de los aprendizajes que debían llegar, se haya abierto la puerta a una mudanza. Y de las grandes. Y no sólo porque parece que en unos meses me trasladarán a un destino anterior que disfruté inmensamente. Sino porque en el destino actual se abren momentos de magia que jamás imaginé en mi zozobra interior. Esta semana hemos iniciado casi todos los compañeros de la oficina el hábito de meditar unos veinte minutos antes de empezar a atender al público. El clima se ha relajado. La tensión se reduce y la atención plena crece, como la vibración general. 
Para mi sorpresa también, esta semana ha tomado forma un gran regalo para mí. Siempre quise tener la experiencia de ser profesor universitario. El contacto con la savia joven, y la posibilidad de compartir tantas experiencias vividas me atraía enormemente. Pero mis tímidos intentos de adentrarme en ese mundillo siempre se vieron frustrados. Interpreté que no era mi momento. Que no tocaba. Que quizás iba a cargar demasiado nuestra ya abultada agenda. Y lo acepté. Y justo con la aceptación, como suele pasar, llegó el milagro. Me ofrecían dar clases de materias que controlaba de sobra y para las que no tendría que dedicar mucho tiempo de preparación, justo en las dos únicas tardes de la semana que podíamos, y durante un tiempo limitado hasta septiembre. Más "a huevo" imposible. ¿Que me pagarían poco? No importa. Quizás eso es lo que me ha abierto una puerta que otros cerraron. Y ya se sabe: "sarna con gusto..." Reconozco que quizás la ilusión me ciegue, pero estoy encantado en la Escuela de Ingeniería donde ya he dado mis dos primeras clases, sobre todo con los casi ochenta alumnos que tengo: educados, motivados, participativos... Ya les he hablado de emprendimiento social, de crowdfunding, de revoluciones y tostadas, de crear utopías desde sus futuros trabajos... Otra ilusión hecha realidad, dure lo que dure.
Intuimos nuevos cambios en el horizonte. Hace ya un par de meses tuvimos que dejar de asistir a los Scouts por pura falta de tiempo Quizás la mudanza que se avecina no sean tan grata como la meditación en la oficina, o las clases universitarias. Toca pasar página en un proyecto solidario muy querido para nosotros.  A veces toca dar un cheque en blanco y un apoyo incondicional para que las energías fluyan. Pero otras veces toca pasar página. Y es lo que sentimos que toca ahora. Por si se abren las mentes. Por si los peones se recolocan en el tablero. Por si la unidad y la fraternidad se elevan por encima de las visiones individuales. Justo ayer iniciamos esa mudanza y lo hicimos sin portazos ni  malas caras. Arrimando el hombro como siempre. Incluso con el voluntariado de nuestros propios hijos por primera vez. Nos vamos satisfechos con los avances logrados estos años. Y esperanzados de que nuestros sucesores logren aún muchos más. Nunca las condiciones fueron tan propicias para ello. La vida sigue. Nadie es imprescindible. Y ya tenemos nuevos retos por delante. Sentimos que es hora de afrontarlos y pasar a nuevos territorios por explorar. Ligeros de equipaje, como siempre.

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lunes, 1 de mayo de 2017

Elefante en cacharrería

El mundo se mueve gracias al motor del inconformismo. Me maravilla descubrir ese diamante en una persona. Es una energía vital que es capaz de movilizar almas, sacar agua del desierto, ilusión de la desidia, o construir en medio del caos. Pero esa rebeldía natural contra lo establecido, contra el "status quo", o simplemente contra lo injusto, insostenible o inaceptable, tiene un límite para nosotros: el equilibrio.
Nos sentimos unos inconformistas empedernidos. Pero ya se han repetido en nuestra vida demasiadas situaciones en las que ese inconformismo nos ha llevado a caer por el terraplén del desequilibrio. Una situación injusta, un planteamiento erróneo o malvado, una ineficacia o una ineficiencia sangrantes, o una actitud pasiva nos provocan tal reacción en contra que las formas se resienten. Y uno se llena tanto de razón que la acaba perdiendo.
Justo en mi trabajo actual, en una oficina de empleo, me sucedió esto. Hay tanto que creo que se podría hacer para mejorar la atención a los desempleados desde nuestro trabajo, y me mostré tan vehemente tratando de animar a hacer más y más, que generé rechazo, desconfianza y roce en las relaciones humanas. Estaba tan convencido de lo que había que hacer, de la necesidad de movilizarnos en tantas direcciones, y en superar lo que siempre se había hecho, que provoqué sin quererlo el choque de trenes. Mi inconformismo había espantado a quienes debían ser mis cómplices en la aventura del cambio. Y durante cierto tiempo hubo resquemor y actitudes huidizas con ciertas personas. Había entrado como elefante en cacharrería, o como toro en una tienda de porcelana, como dicen los ingleses. Y todas mis intenciones de cambio se habían frustrado con la fuerza de mi embestida. Mi inconformismo había perdido, de esa forma, ilusión y alegría. Y ya se sabe lo que sucede cuando el tener razón se pone por delante del tener alegría. Hasta que descubrí que quizás ese inconformismo debía ser equilibrado y respetuoso con quienes han vivido siempre en otra situación que se resisten a modificar, con quienes no tienen esas ansias de transformación, o con quienes ni se plantearon que las cosas pueden ser de otra forma. Y decidí tomarme ración doble de aceptación. Dicen que es una medicina que no tiene contraindicaciones siempre que no caigas en la renuncia o en la rendición.
Así que acepté. Acepté de corazón que quizás había cosas que yo no veía. Acepté que podría tener sentido el enfoque de nuestro trabajo. Acepté que tenía capacidad de cambiar las cosas en el simple "tú a tú" con quienes se sentaban en mi mesa. Acepté que se podían abrir espacios para hacer más cosas de lo que marcaba una simple jornada laboral. Y acepté que quizás el mayor esfuerzo debía aplicarlo sobre mi propio aprendizaje ante una situación que me sublevaba. Y poco a poco fue obrándose el milagro. Muchos usuarios me buscaban para que les atendiera. Empezaba a destensar la situación con quienes me veían como una amenaza. Surgió una posibilidad de reducción de jornada, y de iniciar nuevos y apasionantes proyectos. Todo cambió radicalmente. Llegué a tener la oportunidad de compartir, no hace mucho, algunas de mis propuestas de cambio y mejora en varias sesiones que impartí para todos mis compañeros, algo impensable tras mi entrada "triunfal". E incluso esta semana iniciaremos sesiones de "mindfulness" a primera hora, para mejorar nuestra atención a los usuarios. Increíble. Sencillamente increíble.
Las circunstancias en mi trabajo básicamente no han cambiado. Sigo creyendo que habría que hacer lo que ya propuse hace algunos años. Pero mi actitud de "salvapatrias" y de portador de la verdad sí. Y eso hace que se obre el milagro. Porque te haces más tolerante a la visión y experiencia del otro. Porque dejas resquicio para el error. Porque no colocas etiquetas de malo a quienes quizás no tenían otra opción de actuar como lo hicieron. Y todo se relaja. Todo se equilibra.
Por suerte o por desgracia, las energías afines se buscan y se encuentran. Y esta familia vive rodeada de gente también inconformista en muchas facetas de la vida. Todos ellos, pues, potenciales elefantes en cacharrería ante un mundo y una realidad a los que les cuesta evolucionar y moverse. O que tienen otra forma de hacerlo distinta a la que podamos plantear. Lo estamos viviendo ahora, de hecho, incluso en preciosos proyectos solidarios con los que colaboramos y que apuestan con intensidad por un mundo mejor. Pero la energía inconformista de algunos de sus impulsores acaba ahuyentando a quienes han de articular dicha metamorfosis, precisamente por no hacerlo con equilibrio. 
Quedarse quieto no es una opción. La vida es puro y vertiginoso cambio. Pero conviene ser benévolo con los cambios de los demás y de uno mismo ante nuestra permanente mutación. Lo contrario nos llevará a una permanente fricción con una realidad cambiante y con el otro que, por naturaleza, siempre es heterogéneo. Habrá que aprender, pues, a domar al elefante.

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lunes, 24 de abril de 2017

Episodios inmobiliarios

Fue nuestro hogar durante media vida. Al menos la media vida de nuestros tres hijos. Entre esas cuatro paredes tomaron sus primeros biberones, les cambiamos sus primeros pañales, dieron sus primeros pasos y vivieron sus primeros días de guardería y de "cole". Hubo muchas risas en esa casa. Y algún que otro lloro. Los primeros bailes en familia. Nuestros primeros jolgorios... El viernes nos despedimos de ese dúplex que tanto nos dio y con el que los cinco construimos nuestro primer hogar familiar. Al bajar sus persianas por última vez, lo hicimos con una profunda gratitud, e incluso lo verbalizamos en voz alta. Cualquiera que nos oyera pensaría que estábamos "chalados" hablándole a un piso. Pero así fue. No sentimos pena. Ni nostalgia. Ni siquiera apego. Sólo una gran gratitud de lo vivido en él. Y una sensación de paso hacia nuevas y apasionantes etapas.
Tratar de buscar un mundo diferente para vivir y una cierta coherencia en las cosas "elevadas" puede resultar bonito e incluso literario. Pero intentarlo en algo tan terrenal y material como el sector inmobiliario, puede no serlo tanto. Por eso es en esos ámbitos donde tiene más sentido "batirse el cobre" y construir utopías. Quizás porque son ámbitos donde predomina el "navajeo", el "tiburón" y el "pelotazo". ¿Acaso la solución es huir de esos ámbitos, o afrontar decisiones en ellos con otra visión y otros valores? Nos gustan los retos. Así que apostamos por esto segundo. Sin duda se tarda más. Hay que ser más paciente. El ego se resiente. Pero no le viene mal. Y el aprendizaje y el crecimiento son mayores.
Hace más de siete años que nos mudamos de Linares a Vélez-Málaga. Aquí tenemos nuestras raíces, nuestra familia y nuestro mar. Allí quedaron sobre todo buenos amigos. Pero sentíamos que, a nivel material, debíamos cerrar etapas. Intentamos vender el dúplex cuando nos fuimos. Pero la crisis inmobiliaria y la de la propia ciudad lo impidió drásticamente. Durante años apenas nadie preguntó. Nosotros estábamos tranquilos. Lo alquilamos a un alumno de Mey por un precio que, para algunos, era un auténtico "chollo" para una vivienda tan amplia. Nos daba igual. No buscábamos "forrarnos", sino que hubiera confianza y que los gastos se cubrieran. Entró en el dúplex un potencial buen inquilino y hace unas semanas salió de él un buen amigo. Él no quería comprar y respetamos su decisión. Él respetó la nuestra de deshacernos del piso cuando surgiera la ocasión, mostrándolo a los interesados.
Hubo algunas inmobiliarias interesadas, pero nos sentíamos en las antípodas con ellas en valores y formas. Hasta que conocimos a Fátima, gran amiga de una buenísima amiga. No había mejor aval que ese para nosotros: el aval humano y el de la confianza para gestionar algo tan frío como la venta de un piso. Durante meses se hizo amiga del inquilino. La marearon decenas de potenciales clientes, la mayoría más interesados en curiosear que en comprar. Ella nunca se quejó. Siempre buenas formas. Siempre buena cara. Hubo tres o cuatro familias verdaderamente interesadas. Pero en la fase final de las gestiones con el banco, éste siempre se sacaba otro piso de la manga de su stock de viviendas, no concediéndoles el préstamo para el nuestro y sí para el suyo. Nos parecía un auténtico descaro que interfirieran  de esa forma en las relaciones entre particulares para acabar beneficiándose en su propio interés. Pero nos dejamos fluir.
Hace unos meses decidimos actuar diferente para alcanzar un resultado diferente. ¿Y si hacíamos lo que nadie hace? Sólo necesitábamos un comprador con un verdadero interés por hacer de nuestro dúplex un nuevo hogar, y ganas de generar confianza entre nosotros. Por fin apareció, aunque no iba a ser fácil. Descartamos su propuesta inicial del alquiler con opción a compra porque no queríamos perjudicar a nuestro inquilino sin la certeza de venta. Propusimos reducir el precio a la mitad de lo que costaba hace diez años. A fin de cuentas compramos barato. ¿Por qué no vender también barato? Lo de los precios del sector inmobiliario durante ese tiempo era sólo un espejismo o una ilusión mental que había enloquecido a muchos. Pero nosotros decidimos ir más allá, reduciendo el precio casi un 25% por debajo de lo que consideraba Hacienda como valor mínimo a declarar a efectos del Impuesto de Transmisiones Patrimoniales. "¡Menudo negocio!", habría pensado yo recién salido de la universidad. Quien me ha visto y quien me ve. Pero ahora el criterio era otro. No era el "sacar tajada" de una vivienda; no era maximizar el beneficio; no era "pegar el pelotazo"... Se trataba tan sólo de equilibrar lo invertido, y de mostrarnos en gratitud por haber disfrutado del piso durante estos años sin perder con ello, si fuera posible. Lo demás son cuentos de la lechera. Son castillos en el aire. Es apegarse a lo que podría haber sido y no fue. Y la vida pide fluir, empujada por la gratitud.
Pensamos que una reducción así sería suficiente y que el banco concedería el préstamo sin dudarlo. Pero no fue así. Era, quizás, para el banco, como si un cliente de un Corsa quisiera aspirar a un Mercedes. Y por eso el banco llegó con su varita mágica y planteó su solución magistral: mentir y decir en escrituras que habíamos vendido por un precio un diez por ciento más caro. Nos decían que era muy habitual. Que así ellos podían conceder más importe para el préstamo. Pero era una mentira, era un fraude y nos parecía totalmente contrario a nuestra intención de incorporar algo de principios en la jungla inmobiliaria. La disyuntiva era clara: acceder a esa mentira, o frustrar la operación. Le dimos vueltas y más vueltas. Reconozco que estábamos muy indignados por una propuesta así, que se habría repetido miles de veces durante estos años. ¡Menuda tentación para tantas y tantas familias! Fácil caer ante los guiños del dinero fácil. Recordamos lo que decía Gandhi sobre el Sathiagray, o poder del NO bajo el respaldo de la verdad. Así que dijimos eso: NO. Y es curioso, pero no pudimos evitar pensar qué habría sido de la crisis si en muchas operaciones como ésta una de las partes hubiera dicho NO ante propuestas tan seductoras. En este caso, nuestro NO implicaba que el comprador se quedaba sin dúplex, pero también el registro, la notaría y la inmobiliaria se quedaban sin cobrar. Una cadena de coherencia o de engaños derivada de un simple Sí o un simple NO. ¿Cómo podemos, a veces, subestimar el poder de nuestras pequeñas decisiones?
Si queríamos avanzar era necesario plantear otras vías. Pero buscar alternativas requeriría audacia. ¿Quién era el banco para entrometerse en los sueños de las personas, y en los acuerdos y apoyos que puedan darse entre ellos? ¿Y si nos lanzábamos al vacío de confiar en un desconocido? ¿Y si estábamos dispuestos a financiar la parte que el banco no quería financiar? ¿Y si las personas nos hacíamos dueños de nuestros sueños, en lugar de que el dinero y los bancos lo dominen todo? ¿Valía la pena arriesgarse? ¿No era más fácil decir simplemente SÍ a la "mentirijilla" que proponía el banco? Todos los involucrados alucinaron con nuestra propuesta de aplazar el pago al comprador de parte del precio. Con esa decisión todo se desatascaba, y el comprador podía acceder a su Mercedes. Se garantizara con condición resolutoria o con aval, accedimos a ese pequeño salto al vacío y firmamos las arras hace un mes.
Nos preocupaba la salida de nuestro inquilino, pero en dos semanas el piso quedaba libre. Todo resulta impecable cuando las relaciones son de amistad, y no de simple arrendamiento. Pero en el piso aún quedaban muebles y enseres de la etapa del alquiler. Reconozco que cuando vi todo lo que aún quedaba por desalojar, mi primer instinto fue de acaparar, y llevarnos todo lo que pudiéramos a nuestra casa actual. Había muchos recuerdos en todos esos objetos. Pero ni por espacio físico ni por desapego tenía sentido. Es necesario quitarse peso para recorrer más fácilmente el camino de la vida. Así que sólo nos trajimos una mínima parte de lo que quedaba en el piso. El resto lo repartimos entre el nuevo propietario, nuestra querida vecina del piso de abajo, y nuestra ya amiga de la inmobiliaria, con la que comimos ayer en su casa para celebrar que todo ha llegado a buen término. Quiso rebajarnos el precio de su intermediación. No lo aceptamos. La gratitud manda.
Cuando era niño hubo una frase que me marcó profundamente. La pronunciaron unos amigos íntimos de la familia: "la amistad a un lado y los negocios a otro". Desde aquella frase, nuestra amistad nunca volvió a ser la misma. No podía expresarse con más fuerza la historia de la separación del ser humano: mente y corazón, amistad y dinero. Y siempre me obsesionó. Por eso me alegro que de esta operación inmobiliaria hayan surgido nuevos amigos, y nuevos motivos para el encuentro.
Nuestro antiguo piso ya tiene una nueva familia con la que hacerse un hogar. Han sido muchos meses de pequeños quebraderos de cabeza hasta cerrarlo todo. No sé si esa nueva familia habrá entendido nuestras motivaciones en todo este proceso, ni si se sentirán en gratitud. Es lo de menos. También hay que liberarse del peso de esa expectativa de gratitud. Tampoco sé si tendremos problemas en los próximos meses sobre la parte del precio aplazada. Espero que no. Pero si fuera así, algo habría que aprender también en ese caso. Por lo pronto, con el paso de la firma ante notario del viernes, no nos hemos "forrado", pero nos quedaremos sin deudas. Y ese es un hito que nos propusimos alcanzar hace tiempo para avanzar más ligeros de equipaje por la senda de una vida más sencilla y libre. Un hito más. ¿Será el siguiente el del hito laboral? Ya se verá.

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martes, 18 de abril de 2017

Papá: ¿qué hago cuando sea mayor?

No suelo tener pesadillas, pero aquel día la tuve. Realmente no sé si llegué a dormirme o si la pesadilla era despierto. Pero lo cierto es que estaba aterrado. Y fue la única vez, que yo recuerde, en que me levanté de noche para buscar el abrazo y el consuelo materno. Ella aún no se había acostado, y apaciguó mis miedos. Miedos sobre el futuro. Miedos sobre ser como los demás o de ser diferente. Miedos sobre a qué dedicarme. Miedos de la infancia.
Esos miedos infantiles fueron hace 35 años. Pero los recordé perfectamente en una conversación familiar de hace varios fines de semana, en el momento mágico por excelencia en casa: el desayuno del domingo. No se madruga, y todos nos levantamos de buen humor, sin prisas y sin reloj. Las tostadas fluyen por la mesa como las palabras. Y la vibración familiar se acompasa y se eleva que da gusto. A veces el desayuno casi se une con la hora del almuerzo. No es momento de hablar de tareas, de deberes, de compromisos o de agenda. Es momento de hablar de la vida, de sus misterios, de sus enseñanzas y de sus miedos. 
Nuestros  dos hijos mayores viven unos momentos críticos donde los cruces de caminos les obligan a decantarse y a tomar decisiones. Y es lógico que se sientan inseguros y con dudas por doquier. Como yo en aquella noche de miedos. Pero lo que quizás no sepan es que esas dudas no sólo les asaltan a ellos, sino también a millones de adultos que han tomado un determinado tren en la vida, y no saben cómo apearse de él. Por eso, estas conversaciones van mucho más allá de si elegir letras o ciencias, un profesor u otro, o una forma u otra de estudiar. Van de conectarnos o no con nuestra misión en el mundo, o seguir simplemente el camino de la mayoría como si fuéramos autómatas.
Tarifa- 2016
A veces, durante esos preciosos diálogos familiares, siento que nuestros hijos se convierten en maravillosos espejos que nos confrontan con la verdadera esencia de la vida. Y echo de menos que otras personas puedan disfrutar de estos momentos de sabiduría compartida. Por eso aquel domingo, mientras charlábamos, no pude resistirme y pulsé el botón de la grabadora del móvil que estaba sobre la mesa. Ya llevábamos un buen rato hablando, pero lo que pudiera venir después podría también valer la pena. Y así fue. Durante esos casi 25 minutos, compartimos con nuestros hijos nuestras frustraciones e ilusiones laborales actuales y de la etapa universitaria; sus inquietudes en clase cuando no les permiten aprender más cosas o cosas diferentes; la conexión con nuestros dones y talentos; el papel del trabajo en la vida, y si éste es un derecho o un deber; el sentirse solo o sola entre una multitud que va en dirección opuesta; la lucha por lo que nos hace felices o la sumisión al deber y a lo que dicta el sistema...
Hace unos años habría sido totalmente impensable que nos grabáramos en una conversación familiar y que la difundiéramos. Pero en estos últimos años de compartir vivencias en nuestro blog y en nuestro libro nos hemos dado cuenta que somos muchísimos los que vivimos las mismas preocupaciones, los mismos momentos de zozobra y de inquietud, las mismas dudas, las mismas ganas de impulsar otro mundo desde lo más cotidiano. Y por eso hemos decidido compartir mucho más que nuestros posts o nuestros escritos. Hemos decidido compartir también la esencia de nuestros diálogos familiares, nuestras recetas, nuestras intervenciones públicas...Es cierto que nos cuesta, porque disfrutamos del paraíso de nuestra intimidad. Pero sois muchos los que os mostráis reconfortados, agradecidos y conectados tras hacerlo. Y por eso seguimos dando el paso como gesto de gratitud hacia quienes, a pesar de vuestras dudas, también dais pasos efectivos, por ejemplo donando generosamente en nuestro Patreon a algunas de las causas solidarias que impulsamos, empezando por una Casa de Acogida en un pueblo de Málaga.
Como veréis por esta grabación de hoy, no nos gusta darles respuestas a nuestros hijos (ni a nadie), sino ayudar a que se hagan las preguntas correctas. Nos gustaría que cada uno vaya descubriendo su camino y que no sucumban a la mayoría, a la mediocridad o al mínimo esfuerzo que a veces nos rodea. Tampoco queremos que se guíen por el miedo o por la opinión de quienes hacen de su formación una simple vía para encontrar un trabajo. Sabemos que la presión externa es fuerte. Sabemos que quienes les rodean les condicionan mucho. Pero para eso están nuestros desayunos dominicales: para que tarde o temprano sepan que hay otras vías, o al menos otras preguntas que hacerse.


NOTA: Si aún no lo haces, y quieres acceder a esta grabación familiar o a otros muchos contenidos exclusivos para nuestros colaboradores solidarios, puedes hacerlo desde 1€/mes pulsando "Become a patron" en este enlace. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS

martes, 11 de abril de 2017

Olor a incienso

Lunes Santo. Málaga. Una auténtica riada de gente se dirige al centro para vivir uno de los días grandes de la Semana Santa. Ni un aparcamiento en kilómetros a la redonda. Pero vale la pena que nuestros dos hijos pequeños vivan por una vez un momento que, lo queramos o no, forma parte de nuestras tradiciones. Cofradías con solera como el Cautivo, los Estudiantes y los Gitanos comparten noche. Y se nota: empujones, gritos, ajetreo desmesurado, nervios por doquier...
Logramos pertrecharnos en una esquina justo en el momento de la llegada de la cruz-guía. Centenares de penitentes de un blanco nuclear circulan ante nosotros, ante la mirada atónita de los amigos de nuestro hijo mayor, en directo desde Wyoming. La imagen les trae a la mente la batalla racial del Ku-Klux-Klan, más que el fervor religioso. Música solemne mezclada con vendedores de perritos calientes. Penitentes orando y soldados armados con metralletas acompañan al mismo trono. Rostros ocultos bajo capirotes, junto a políticos y mantillas que se exhiben sin pudor con sus báculos. Curiosos contrastes "semanasanteros".
Se acerca el Cristo mecido por los porteadores en un ritmo que hace que su túnica ondee al viento. Por momentos parecen unos andares humanos. El fervor crece en los parroquianos. Tras ese Cristo llega probablemente lo más impresionante de la noche: miles de personas en promesa escoltan apiñadas a ese trozo de madera que representa a Dios hecho hombre. Nuestra calle se convierte en un embudo ante una avalancha de gente de consecuencias impredecibles. Todas las personas que estábamos contemplando la procesión a las dos orillas de la calle nos vemos arrastradas por una muchedumbre. No hay espacio ni para respirar. Difícil saber qué hacer si hubiera una emergencia. De hecho tres horas después y a poquísimos metros de donde estamos tiene lugar una avalancha con heridos. Durante tres cuartos de hora somos rehenes de la situación. Imposible moverse ni para delante ni para atrás, mientras desfilan ante nosotros rostros con la amargura y preocupación que les lleva a hacer el recorrido descalzos, con una cruz a cuestas o con los ojos tapados. Imposible no sentirse conmovido ante ese sufrimiento ajeno. Pelos de punta. Junto a ellos personas que también van de promesa pero con otra intensidad, y casi como el que va al fútbol: con su cervecita, sus gusanitos y su bocata de chorizo.
Por fin pasa la procesión y las calles se convierten en un enorme manto de botellas, latas y plásticos de todo pelaje. Nadie diría que allí ha habido un despliegue de religiosidad. Más se parece al escenario de un concierto de heavy metal o a un derby liguero.
"Fantasmas" del artista Kader Attia, en el Museo Pompidou de Málaga
De vuelta a casa no podemos evitar acordarnos de una obra de arte que vimos hace poco en el museo Pompidou, también de Málaga. En ella el artista Kader Attia muestra en una enorme sala a ciento cincuenta esculturas de tamaño natural realizadas con papel de aluminio. Impresiona llegar a la sala y ver ese grupo de personas en actitud orante. Bien podrían estar orando a un dios cristiano, musulmán o hindú. O bien podrían ser de los millones de personas que adoran a su líder político, musical o de youtube. O quizás también de aquellos que viven por y para su smartphone, sus redes sociales o el último gadget tecnológico. Pero lo que impresiona todavía más de esa obra de arte es llegar al otro extremo de la sala y observar que esa pequeña muchedumbre de figuras brillantes están completamente vacías por dentro. Enorme reflexión.
Desconozco cuántas de las miles de personas con las que nos topamos ayer vivían de verdad la fe y el fervor religioso que se supone que se celebra en estas fechas, y cuántas vivían un folklore o un espectáculo más de los que vemos en la tele. Desconozco cuántas personas se congregaban por tradición, porque lo han vivido así toda la vida, o porque es un espectáculo de masas con una fuerza inconmensurable. No soy quien para juzgar a nadie. Pero al mismo tiempo no puedo evitar pensar qué podrían conseguir tantísimas personas si, en lugar de festejar la fe mirando o siguiendo a un muñeco simbólico, pusiesen toda esa energía que sentimos ayer en cumplir lo que aquel Jesús al que representa esa talla propugnaba: "amaros los unos a los otros como yo os he amado". Sería imposible parar una energía creadora de tal magnitud con tantísima gente remando a favor de un mundo diferente para vivir, o que descubriese que creyendo son capaces de crear. Por desgracia, lo de anoche iba poco de eso y más de un espectáculo que, sin duda, vale la pena vivir alguna vez.
Aunque me gusta la luz del papel de aluminio y el olor a incienso, reconozco que prefiero cuando la estatua es de carne y hueso, no está vacía por dentro, y tiene un corazón que late de verdad y por el prójimo. Prefiero los que se creen el mensaje y dan de comer al hambriento; o los que acogen al que no tiene techo; o los que trabajan por la paz. Sobre gustos no hay nada escrito. Y los prefiero a los que se dan golpes en el pecho públicamente para conseguir un milagro para ellos. Prefiero los que creen que "Dios es yo, y yo soy Dios, en la medida en que me olvide de ser yo". Son gente que se ha dado cuenta que ese mundo diferente no habita en iglesias, en tronos o bajo palios. Habita en cada uno de nosotros si nos olvidamos de nuestros respectivos reinos de taifas y caprichos, y nos hacemos UNO con el otro. Y ahí no hay que traficar con promesas a cambio de milagros con alguien que está fuera de nosotros. Ahí el milagro lo hacemos nosotros mismos. A veces la procesión va por dentro. Ojalá que cada vez sea más así.

NOTA: Gracias a las ventas de nuestro libro, seguimos ayudando a tres ONGs. Si te apetece también conocernos más y de paso ayudarlas, puedes pedir tu ejemplar aquí y te llegará sin sobrecoste a casa.
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viernes, 7 de abril de 2017

Tropiezos

Cuando nos toca dar alguna charla en algún colegio, instituto, universidad o asociación siempre hay algo de lo que decimos que causa revuelo. Casi siempre coincide. Pero no por eso dejamos de compartir nuestra experiencia al respecto.
No hace mucho añadimos una experiencia más en ese ámbito. Uno de nuestros hijos iba a quedar casi por primera vez de forma totalmente autónoma con sus amigos en Málaga, a treinta kilómetros de casa. Asumió que por arte de magia su cuerpo se trasladaría al lugar del encuentro en tiempo y forma. Le advertimos que quizás algo tendría que poner de su parte para que así fuera. Pero no se lo tomó muy en serio. No miró los horarios de los autobuses. No cuadró cómo llegar a la estación. No planificó la duración de la batería del móvil. Ni tampoco se planteó la hora de llegada. Le tocó sudar. Le tocó correr. Le tocó pasar bochorno. Llegó cuando sus amigos acababan el postre. Más tarde se quedó sin móvil sin haber concretado su siguiente cita. Se le hizo de noche y se quedó sin alternativas. Vivió unas horas de zozobra. Podríamos haber acudido al rescate. Incluso teníamos intermediarios para ello. Pero era momento de que afrontase una enseñanza en propias carnes que probablemente le ayudará en el futuro. Había aprendido las consecuencias de sus actos u omisiones. Había aprendido que entrar en la edad adulta requiere tomar decisiones, y no esperar que el universo (o tus padres) siempre te saquen del atolladero. Y sin vivirlo en primera persona, todas nuestras advertencias habían caído hasta entonces en saco roto.
Tarifa, 2016
Estamos convencidos que hemos venido a este mundo a aprender o a recordar. Probablemente elegimos las circunstancias y las personas con quienes nos vamos a relacionar en esta vida en ese proceso. Y sin duda eso incluye las dificultades, los tropiezos y los errores. En esta obra de teatro que es la vida, por suerte o por desgracia, no podemos trasladarnos a la escena que más nos gusta, a la que más nos hace reír, o a la que menos dolor nos causa. Nos toca recorrer todos y cada uno de los momentos del guión. Y nada ni nadie debería intentar ahorrarnos ese proceso, porque forma parte de nuestro camino de crecimiento. Ni siquiera los padres.
Pero es cierto que con poco fortuna, muchos padres se ponen como misión la de proteger en lugar de la de acompañar. Y quieren ahorrar a sus hijos el trauma de una caída, de un desamor o de un suspenso. No se trata de regodearse en tales circunstancias. No se trata de forzar esos momentos. Se trata de preparar, de advertir, de soltar (a veces incluso cerrando los ojos y cruzando los dedos) y de acompañar en el momento posterior.
Como padres, para nosotros, quizás sea éste uno de nuestros cometidos más difíciles. Cuando ves que tu hijo o hija se empecina en poner la silla en una posición imposible y no atiende a razones. Cuando ves que su forma de afrontar el estudio o las responsabilidades no es la adecuada. Cuando ves que no asume sus compromisos, y espera que el mundo a su alrededor se confabule para que las cosas le salgan bien. Entonces le preparamos, le advertimos, y si con eso no le basta para aprender, le soltamos para que por sí mismo se enfrente a las consecuencias, al aprendizaje y a la huella interior que esa circunstancia produzca. Sea un tropiezo, un insuficiente, un desplante de los amigos o una ruptura. Evidentemente ahí estamos nosotros para que ese percance no sea traumático o peligroso. Pero no hay sermón que pueda sustituir el aprendizaje en carne propia de las enseñanzas que vinimos a aprender en esta vida.
Esta visión y los ejemplos concretos de nuestras vivencias al respecto a algunos les causa estupor. Lo sentimos. Pero el proteccionismo excesivo, el paternalismo entre algodones o la vida con salvavidas no va con nosotros. No es vida. Y a la larga crea problemas de falta de preparación para vivir, y de no haber aprendido lo que se vino a aprender.
Nuestro hijo mayor, ahora desde EEUU, nos cuenta hasta qué punto ese aprendizaje le está viniendo bien en su presente. Y es un auténtico regalo como padres ver sus progresos y la madurez de sus juicios ahora. Se olvidan rápido las caídas, los malos ratos, los lloros, las pataletas, los gritos... Y se asienta el poso de lo que esa situación tenía que aportar a su vida. ¿Quién es un padre o una madre para interferir en ese proceso?

NOTA: Gracias a vuestros pequeños granos de solidaridad en nuestro Patreon, ya hemos entregado casi 300€ a la Casa de Acogida de Alozaina. Este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario. Como muestra de gratitud a los que os vais sumando, os vamos compartiendo más cosas, aparte de lo que escribimos, como lo siguiente:

sábado, 1 de abril de 2017

Puentes

Todos tenemos una misión en la vida. Aunque le demos la espalda. Aunque estemos ocupados con otras cosas. Aunque no queramos verlo. A veces cuesta verla. A veces tenemos varias, según el momento que nos toca vivir. Pero está ahí. Sin duda alguna. Y hay formas de identificarla. Una de las más sencillas es cuando notas en tu interior que hay gozo y conexión con algo más grande desarrollando esa misión. Y esa alegría no la encuentras en el resto de quehaceres, tareas y responsabilidades de la vida. Es como si hubieras puesto en marcha el resorte de tus dones y talentos, y el simple rodar de sus engranajes te hiciera cosquillas en tu interior.
Caminito del Rey 2015 (Ardales-Málaga)
Durante años estuve obsesionado con esa misión. Era consciente de mis capacidades y aptitudes, y no quería desaprovecharlas. Pero la dinámica en la que me había introducido era de rigidez, de constricción, de deber...Hacer, hacer y hacer. Nada que ver con el placer. Nada que ver con esas cosquillas. Y entonces me veía haciendo de malabarista con las distintos roles de la vida: el familiar, el profesional, el del compromiso social... Y en todos con la presión de sacar matrícula de honor. Pero no veía el gozo ni esas cosquillas por ningún lado. Y no paraba de correr de un lado para otro en cada una de las asignaturas de mi vida. Me sentía exhausto. Quizás con una cierta sensación de coherencia y de estar haciendo lo que debía, pero desde luego no de estar en conexión con mi misión. Sin saberlo, quizás me sentía esclavo del reconocimiento y de las palmaditas en la espalda.
Llegó un momento en que empecé a aceptar. Quizás la historia no iba de cumplir una misión "peliculera" en lo científico, en lo jurídico o en lo económico. Quizás todo iba de otra cosa. Y lo acepté. No fue resignación. No fueron "brazos caídos". No fue una derrota. Fue aceptación de corazón. Poquito a poco. En algunas facetas de forma más sencilla, en otras con años de trabajo detrás, y en otras todavía estoy en ello. Pero me di cuenta que esa aceptación empezaba a abrir las puertas de algo mucho más hermoso que mi "deber" en la vida. No se trataba de hacer lo mejor en todo. Se trataba de Ser yo mismo con autenticidad. Se trataba de hacerse un niño y disfrutar. E incluso de que me importara un "comino" lo que pensaran los demás en ese despliegue de capacidades. Y por arte de magia empecé a sentir ese cosquilleo. Sentí que mi misión tenía mucho más que ver con hacer de puente, que construir en una orilla. Descubrí que uno de los grandes males de este mundo era la historia de Separación en la que vivimos, y que probablemente ahí tenía yo mucho que decir. Descubrí que era momento de crear pasarelas entre distintas orillas. Entre aquellos que se creen espectadores del mundo y quienes quieren cambiarlo. Entre quienes necesitan apoyo económico y quienes pueden y quieren aportar un granito de arena. Entre quienes viven encerrados en unas vidas enlatadas y quienes construyen espacios de expansión para el ser humano. Entre quienes han bajado los brazos y entre quienes necesitan brazos para seguir sosteniendo ilusiones. Entre unos hijos que salen al mundo y ese mundo que no se imagina cómo va a cambiar con ellos. Entre quienes comen lo de siempre (o lo de todos), y quienes intentan incluir consciencia en sus dietas. Entre quienes aparcan a sus hijos en el colegio y quienes quieren del colegio trampolines hacia las nubes. Entre quienes viven entre hormigón y quienes viven con tierra entre las uñas. Entre quienes sufren las injusticias en silencio, y quienes las afrontan en el terreno de los poderosos. Entre quienes viven para trabajar, y los que trabajan para vivir. Entre los de aquí y los de allí. Entre quienes ponen el centro en el dinero y quienes lo ponen en la relación. Entre quienes buscan un mundo diferente para vivir y quienes ya se dieron cuenta que ellos son ya ese mundo diferente para vivir.
Esta semana nos tocó también hacer de puente. Nuestro querido Xavi, impulsor de Proyecto O Couso, una escuela de dones y talentos en el Camino de Santiago, nos había pedido buscar algún sitio donde hacer una presentación de un libro. Su editorial es también un maravilloso puente de transmisión de conocimientos a veces demasiado ocultos. Y encima todo lo que vende se destina a un proyecto utópico como o Couso. No se me ocurrió mejor sitio para presentar el libro que en el comedor social de unos ángeles con los pies en la tierra, y en una casa de acogida en la que se hacen milagros. Y en ambos lugares una nueva amiga, Josy, ha hecho de puente entre lo de aquí y lo del más allá de forma totalmente altruista, contándonos lo vivido con su libro. Gentes inmersas en hacer un mundo mejor. Todas mezcladas y conspirando por el bien común. Me encanta hacer de puente. Me encanta esta misión. ¡Qué gusto da ese cosquilleo interior!


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