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sábado, 4 de febrero de 2023

No nos montemos películas

Después de tantos y tantos meses de batalla en la búsqueda de la verdad, nos dimos cuenta. Sea sobre la pandemia, sobre Ucrania o sobre el cambio climático, lograr un mundo mejor no puede ser a base de victorias. No puede ser a base de "llevar la razón". Porque eso, al final, te acaba convirtiendo en enemigo de los derrotados. ¿Y de qué sirve entonces tanta lucha por la verdad si te quedas solo con quienes ya militaban en tus filas de esa verdad?

Debe hacerse de otra forma. Lo vimos muy claro hace unos días. Tuvimos una videoconferencia con alguien muy querido. Y tras un buen rato de confidencias y cariño compartido, antes de finalizar, quiso hacernos LA pregunta: "Tengo una enorme curiosidad: sabiendo cómo profundizáis en todos los temas, y cómo os tomáis las cosas tan en serio, ¿cómo os pudísteis posicionar sobre la pandemia de esa manera?" Respiramos hondo. La respuesta la teníamos "a huevo". La inercia nos pedía responder algo como: "Precisamente por eso. Porque era el momento de darlo todo, seguir siendo rigurosos y no dejarse arrastrar ni por la mayoría ni por la manipulación." Pero eso habría dejado derrotados. Habría reforzado el ego. E incluso habría alimentado de nuevo el debate a unas alturas en que hay mucho donde buscar para quien quiere abrir los ojos. Así que dimos una respuesta sin derrotas. Tendiendo puentes. Da igual lo que se pensara o se hiciera entonces. Da igual si me señalaste o me defendiste. Al final tendremos que volver a abrazarnos.

Hubo meses en que vimos muy necesario alzar la voz. No callar. Y compartir con la misma actitud de siempre lo que estábamos descubriendo. Principalmente por nuestros hijos. Y también por los pocos que quisieron escucharnos y no huir de nosotros entonces. Pero ahora percibimos con claridad que ya no es momento de luchar contra lo viejo, contra lo falso o contra la manipulación. Eso sí, nada de dejarse avasallar. Pero desde luego es momento de impulsar una nueva historia, una nueva película de todo esto. Una que no se base en la división, en vencedores y vencidos, en buenos y malos.

Cuando uno se llena tanto de razón, sufre cierto trastorno (transitorio o no) que le lleva a endiosar esa razón por encima de todo y de todos. Y probablemente lo hará con la mejor de las intenciones. Pero con unas consecuencias nefastas. Porque si se tiene el poder o la audiencia, se intentará imponer esa "verdad" o ese razonamiento pase lo que pase. Contra viento y marea. Como un rodillo. Y se verán razonables los calvarios que deban sufrir quienes no respeten esa verdad. Y uno pensará: "¡Menos mal que el poder está en nuestras manos y no en la de los malos!". Pero, ¿y si te han engañado? ¿Y si no has profundizado lo suficiente para darte cuenta de que lo que creías la verdad no era sino un error? ¿Y si has cometido acciones injustas creyéndote en el lado de los buenos, cuando realmente estabas en el de los malos? ¿Qué pasa entonces?

Lo que pasa es que eso, justamente eso, es lo que está en el ADN de nuestro sistema actual. Y pasamos sin cesar del bando de los buenos al de los malos, y viceversa, sin darnos cuenta. Por eso, cuando surgen las guerrillas de resistencia para contrarrestar ese rodillo de las "verdades oficiales" injustamente impuestas, acaban cometiéndose los mismos desmanes pensando que está justificado porque los malos son los otros.  Pero lo sentimos mucho: todo lo que eleva el nivel de odio, incluida la crítica agresiva contra el propio sistema, está perfectamente en sintonía con el propio sistema, con el ADN de todo lo que conforma este enorme castillo de naipes en el que vivimos y que subsiste gracias a la división del mundo en dos fuerzas: el bien y el mal.

La pregunta es: ¿aceptamos ciertos motivos, quizás orientados a objetivos, como salvoconducto o excusa para hacer el mal en nombre del bien? Castigar o derrotar a quien no piensa igual, excluirle de ciertos beneficios, hacerle la vida imposible...A fin de cuentas, se lo merece. Es de los malos, de los equivocados. Y si no actuamos así, puede perjudicarnos a todos. Pero cuidadín, cuidadín: ese ADN forma parte de nuestro propio ADN. Es esa configuración interna, esa programación grabada a fuego en nuestro interior, que nos dice que nosotros somos los buenos, que estamos en posesión de la verdad, y que por tanto, los de enfrente están equivocados. Es el doble pensamiento que hemos "mamado" desde los más tiernos cuentos infantiles, pasando por la escuela, los telediarios y las películas de Hollywood. Lo veremos no sólo adecuado sino incluso justo. Y nos veremos reforzados en nuestra creencia de ese "bien" con los consiguientes refuerzos y feedbacks positivos de la pertenencia: la palmadita en la espalda, lo que dice la mayoría o los "expertos" de tu "tele amiga", la aceptación en el grupo, el respaldo de tu colegio profesional...Y el culmen de todo será cuando no se trate simplemente de una interpretación de lo correcto, sino cuando se cambia totalmente la realidad misma para respaldar lo que consideramos la verdad. Y así minusvaloraremos el sistema inmune innato que nos protege desde hace miles de años en detrimento de un experimento génico, o decidiremos que ese experimento protege de la transmisión cuando no lo hace. Pero lo mismo sucede en las filas de quienes critican esa verdad oficial y se pelean sobre el grafeno, el 5G o sobre si el Covid-19 existe o no. Al final el "paño" es el mismo, y la única diferencia es qué nombre le ponemos a nuestra "verdad" y a nuestro bando. Por desgracia, la Historia nos demuestra cuántas aberraciones se han cometido así.

Con toda rotundidad: da igual el "ismo" que defiendas (negacionismo o tragacionismo, madridismo o barcelonismo, sanchismo o feijoismo). Si lo haces, compartes un acuerdo con el sistema: que debemos razonar la respuesta correcta, persuadir a otros, y elegir nuestras acciones en función de ella, caiga quien caiga, sea lo que sea que haya que someter.

Yo mismo esculpí mi identidad en base a ese doble pensamiento. A fin de cuentas soy un "eneatipo 1" de manual. Debía defender la verdad y debía conseguir el reconocimiento y el afecto de los demás en esa defensa a ultranza de lo correcto, lo responsable y lo solidario. Pronto me di cuenta de lo esclavizante que eso podía llegar a ser, y cuánto de ego había por el camino. Pero ahora se añade otro descubrimiento más: veo además que ese razonamiento y el proceso para convencer a los demás sustenta el sistema que trataba de combatir. Quizás era el momento de no combatirlo sino de ayudar a impulsar uno nuevo.

Todo esto lo estoy viviendo en mis propias carnes estos días en el ámbito laboral. Ha habido cambio de Dirección en mi oficina, y ha habido ceses de algunos jefes como consecuencia de ello. Esas decisiones afectan a mi servicio que tendrá que prescindir de algún buen técnico. Y sin embargo he sido señalado por algunos como el instigador de esos ceses. Como el malo de la película que mueve todos los hilos. E incluso algunos compañeros me vinieron alarmados por las mentiras que se iban diciendo por los pasillos sobre mí, y que yo debía desmentir. Era como darme en la línea de flotación de todo lo que había sido mi búsqueda de identidad durante años. Y sin embargo, ahora sentía que la más mínima palabra para argumentar contra esas falacias, no haría sino alimentar la energía de todo ese proceso, por mucho que me pudieran "pitar los oídos". Quizás debía sólo observar el efecto que todo eso me provocaba y aceptar que no era momento de defender mi verdad, sino de entender los procesos de frustración y miedo que podían estar detrás de esas acusaciones. Lo contrario sería echar más leña al fuego y a mi ego

¿Que si está siendo fácil ese proceso en el trabajo? Para nada. Pero en el fondo, ayuda a poner en primera línea algo esencial: desapego, desapego, y desapego. En todo estamos de paso. Tengo 50 años. Soy jefe de servicio en Hacienda. Y he tardado estos años, por suerte a tiempo, en darme cuenta de que ser jefe de Hacienda no es nada. Absolutamente nada. Como tampoco lo es ser Presidente del Gobierno, el mejor futbolista o el mayor millonario del mundo.

Para uno como yo, que lleva toda la vida en películas de "buenos y malos", este nuevo escenario que planteo no es que no sea fácil: es que es una auténtica revolución. Porque, por un lado, te anima a no militar en bandos, que no dejan de ser los pilares del sistema. Y por otro lado, debe partir de donde deben partir todas las revoluciones: del corazón de cada uno de nosotros. Y probablemente esa sea la única forma de cambiar el sistema: infiltrarse en él, y cambiar el ADN de la lógica que lo sustenta. Porque aunque nos llenemos de razones y de "verdad", si traicionamos nuestro corazón, todo estará muerto dentro de nosotros. Por eso quizás valga mucho la pena dejar de montarse películas de esas.


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sábado, 5 de febrero de 2022

Obediencia sin con(s)ciencia (parte I)

Salí de la reunión de aquel jueves con palpitaciones. Me sentí menospreciado y señalado públicamente ante el resto de mis compañeros jefes. Las faltas de respeto fueron presenciadas por todos. Y aguantar las ganas de responder por evitar entrar en confrontación fue durísimo para mí, que tengo mi genio.

harutmovsisyan en Pixabay
He dudado mucho en si escribir al respecto. Me he dado más de una semana para madurarlo. No quiero perjudicar a la Administración Pública para la que trabajo, y por eso no doy datos de ningún tipo. Tampoco quiero perjudicar a quienes me han ofendido o me estarán criticando a mis espaldas. Esto no va de revanchas, de confrontación o de cuentas pendientes. Tarde o temprano esta locura pandémica se estabilizará, la crispación reinante ahora se apaciguará, y habrá que reconstruir los puentes y los acuerdos. Pero es importante compartir lo que está pasando. Por respaldar a las miles y miles de personas que estarán sufriendo tragos similares. Para hacernos fuertes entre tanto sinsentido. Por dar la importancia que tienen los miles de gestos cotidianos que apuestan por no doblegarse, por no bajar los brazos, y por conformar esa tribu de guerreros por un mundo diferente. Sin acritud, sin virulencia, sin enfrentamientos. Pero es momento de decir NO. Y ese pequeñísimo gesto, ese insignificante momento de afirmación personal frente al absurdo, hace que todo sea distinto. Te reconcilia con tus principios y con lo que consideras que es correcto. Con tu conciencia y con la conciencia universal. ¿Acaso existe mayor victoria que esa? 

La verdad es que no esperaba que pudiera pasar algo así, precisamente por cumplir mis obligaciones. Nos convocaron a una reunión para revisar el nuevo protocolo Covid. En él, se establecían unas consecuencias distintas para los contagiados, dependiendo de si se habían vacunado o no. Unos no tendrían que hacer cuarentena de varios días y otros sí. Ya de por sí, eso es un sinsentido a estas alturas, dados los abundantes estudios y la evidencia fáctica que vemos a diario: todos vacunados, todos contagiados. Pero no quise debatir ese asunto, para el que ni teníamos competencia ni capacidad de decisión. Aunque como tengo asignadas responsabilidades regionales en materia de gestión de datos, y he estado trabajando intensamente en el registro de actividades de tratamiento, quise al menos plantear mis dudas sobre la legalidad de algunas medidas que sí que nos afectaban. El protocolo plantea que rellenemos un formulario con nombres y apellidos, con la "información a comunicar por el responsable de la unidad administrativa en casos sospechosos, casos probables, o casos confirmados de contagio por coronavirus". Y aparte de todos los datos personales del compañero/a en cuestión, se nos pregunta sobre sus síntomas, toma de muestras, fechas, tipo de test y resultado, si está o no vacunado, si con pauta completa o no, y en un listado final, nos solicitan nombre, apellidos, fecha y teléfono de las personas no vacunadas o inmunodeprimidas. Al pie del formulario deberíamos firmar y poner nuestro puesto o cargo. Nada más y nada menos. Fue leer el protocolo, y apenas me podía creer que se estuviera planteando algo así. Era de manual. No sólo porque los jefes no tenemos ninguna habilitación legal para el tratamiento de datos sanitarios, que son del máximo nivel de protección (acarreando cuantiosas multas si se incumple la ley en este punto). Sino porque, por simple sentido común, si hace dos años nos hubieran pedido algo así sobre quién tenía el SIDA, sobre si había pasado la sífilis, o sobre si se había vacunado contra la viruela, nos habría parecido una aberración. Y sin embargo, ahora todo el mundo parece verlo normal, o al menos mira para otro lado. Igual que si un camarero, sin autoridad legal para ello, nos pide nuestro DNI o nuestra información sanitaria confidencial para poder tomar un café. El mundo al revés, vamos.

geralt en Pixabay
Sopesé mucho qué hacer. Tenía claro que no podía participar en dicho protocolo, al menos hasta consultar con el máximo responsable regional de protección de datos si se había revisado este despropósito. Pero, ¿debía manifestar mis dudas al resto del equipo directivo? Creí que mi obligación era hacerlo. Pero como los ánimos se encienden cuando se habla de Covid, y odio las confrontaciones, preferí hablarlo en privado  con el máximo responsable de mi provincia, un rato antes de la reunión de jefes convocada al efecto. Apenas se sintió interpelado por mis argumentos. Ni siquiera se abrió a la posibilidad de elevar consultas a nuestros superiores. Tampoco se dio lugar al debate sobre la interpretación del protocolo a la luz del principio de legalidad de la normativa española y europea de protección de datos. Para él eran órdenes directas de arriba, y había que cumplirlas. Yo no daba crédito. Y manifestada mi preocupación, decidí guardar silencio en la posterior reunión de jefes. Mis argumentos y reticencias ya estaban expresados. Poco más cabía añadir. Pero "mi gozo en un pozo". Para  mi sorpresa, como todos callaban, se me instó a intervenir y pronunciarme en la reunión. Y entonces ya entendí de qué iba todo esto. No iba de argumentos técnicos, de interpretaciones de normas u órdenes aparentemente contradictorias o irreconciliables, o del principio de legalidad. Iba de obediencia. De conmigo o contra mi. De acatamiento o desobediencia. De dejar fuera de juego al disidente. De acallar, amedrentar o ridiculizar al discrepante. De anular el debate. Y en definitiva, de repetir exactamente lo que viene sucediendo en la pandemia, donde los muchos estudios científicos dicen una cosa, y las autoridades sanitarias imponen unas restricciones, reconociendo ya abiertamente que no por razones sanitarias, sino para forzar la voluntad de quienes cuestionan sus medidas en base a esas mismas evidencias científicas. 

Me sentí humillado y ninguneado por algunas de las expresiones y formas empleadas en la reunión. Pero no quise entrar en una dinámica reactiva. A pesar de lo absurdo de estos protocolos, sólo quería cumplir con el rigor que me exigen mis responsabilidades. Sólo quise estar a la altura de mi cargo y dar respuesta al motivo de esa reunión. En ningún momento traté de boicotear el protocolo, sino de que esa información confidencial circulase directamente desde la persona afectada al destinatario, sin que fuera "manoseada" por decenas de manos. Al menos, técnicamente, algunas intervenciones me respaldaron, y la inquina inicial se sosegó algo. Pero salvo yo, nadie puso en duda la obediencia a una medida tan ridícula, pudiendo solucionarse todo con un email directo del afectado a Recursos Humanos o al máximo encargado en la materia. Los tiempos son propicios para el esperpento. No descarto que la AEPD llegue a aceptar algo así. Aunque a quienes nos chirría todo esto tanto, debería permitírsenos que dudemos de tanta excepcionalidad absurda, cuando la ley y las normas están precisamente para protegernos de estos abusos.

qimono en Pixabay
En esa reunión entendí por fin una interrogante que me atormentaba desde hace meses. No lograba entender la aparente pasividad de tantos médicos y científicos ante las abrumadoras evidencias científicas entorno a la pandemia. Es claro que no son cómplices de ningún plan raro, pero ¿cómo podía ser que siguieran aconsejando una vacunas con tantísimos efectos secundarios y con tan escaso o nulo beneficio? ¿Acaso no estaban al tanto de las numerosísimas publicaciones que hay ya? ¿Es que no estaban nada más que pendientes de obedecer unos protocolos sanitarios? ¿Cómo podía ser que no estuvieran actuando conforme al principio "primum non nocere", es decir, “primero, no hacer daño”? En mi reunión del jueves me quedó claro el motivo. Y eso que mi discrepancia en materia de protección de datos personales es "juego de niños", comparado con la defensa de la salud humana.

Qué pronto se olvida la Historia. En los juicios de Nuremberg en 1945-46, se asentó el criterio de que alegar el cumplimiento de órdenes superiores no es una defensa por crímenes de guerra, con el famoso Principio IV de Nuremberg, que establece: "El hecho de que una persona haya actuado de conformidad con las órdenes de su Gobierno o de un superior no la exime de responsabilidad en virtud del derecho internacional, siempre que en realidad tuviera la posibilidad de elegir moralmente". Por ahora, quizás nada de esto vaya de crímenes de guerra. Pero alguna conclusión sobre la obediencia ciega se podría sacar, creo yo.

Desconozco si habrá consecuencias disciplinarias de mi objeción de conciencia a ser parte de algo así sin hacer las consultas pertinentes. Por fortuna, hay algo que tengo muy claro: no soy el trabajo que desempeño. No soy el cargo o la responsabilidad que ostento. Soy muchas cosas más que eso. Pero quizás nos aferramos al trabajo o al cargo por miedo a perderlo, a perder dinero o a perder prestigio o poder. Pero ¿qué pasa si no existe ese miedo? Que eres libre de actuar en conciencia. Y esa  conciencia te lleva a indagar, a profundizar, a preguntarte los "por qué" y los "para qué", a buscar caminos no explorados. Y te lleva a no venderte por nada que no pase el filtro de tus principios. Y por eso es difícil domesticarte o dominarte.

Las personas que más nos han impactado en esta pandemia por su valentía, por su rigor o por su entereza "contra viento y marea", han sido quienes tenían todo esto muy claro. Por eso, aunque algunos compañeros de trabajo, cegados por el cariño y por los resultados, me dibujaban un halagüeño panorama de ascensos y alfombras rojas, yo siempre digo que eso es muy difícil. Porque en estos tiempos que corren, la obediencia ciega cotiza más que la eficacia, la eficiencia o la innovación. Y poco iba a "pegar" yo ahí, la verdad.

E ironías de la vida o de los protocolos "covidiotas": a raíz de desayunar hace dos días con un compañero que ha dado positivo, aunque estoy perfectamente, se me conmina a permanecer en cuarentena en casa siete días desde ayer. Es el "castigo" o la "discriminación" por no estar vacunado, dé o no positivo. He manifestado mi oposición a un absurdo así, y ayer pensaba ir a la oficina, pues trabajo solo en mi despacho, doy negativo y estoy por ahora en perfecto estado de salud. Pero cómo vamos a cuestionar el santo protocolo...¡por dios!

En la reunión de aquel jueves, me acordé de un truco secreto que no falla cuando se presenta una de estas encrucijadas de la vida, que últimamente se repiten demasiado en estos momentos que nos ha tocado vivir. El truco es éste: me imagino que mis hijos estuvieran presenciando esa escena, y me pregunto: ¿cómo me gustaría que me vieran? ¿Timorato y aceptando las imposiciones sin sentido, o defendiendo con entereza lo que es correcto, simple y llanamente porque lo es? ¿Cuál sería el mejor ejemplo que podría darles a mis hijos si estuvieran viendo esto? Si dejas que estas preguntas calen en tu mente y en tu corazón, caben pocas alternativas, la verdad. Porque luego bien que solemos cargar sobre las espaldas de los jóvenes la responsabilidad de construir un mundo diferente para vivir. ¿Cómo va a ser eso, si no les damos el ejemplo y las herramientas para hacerlo?

Según parece, estos tiempos exigen no hacernos preguntas. Tirarnos por la ventana, si así nos lo piden. Es como decía Groucho Marx: “¿A quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos?”. Lo siento, pero obediencia sólo cuando toque. Y sin conciencia, nunca.

PD: Uno podría pensar que el post, con esta decisión, quedaba cerrado. Pero no. Debía entender mi malestar interno durante todos estos días. Anoche lo descubrí con mi gurú particular, Mey. Y tiene enjundia. Por eso hay una segunda parte de este post. La clave está en el paréntesis del título y en la "S". (CONTINUARÁ)


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miércoles, 28 de noviembre de 2018

Alto y claro

Uno se empeña en hacerse el sueco, el loco o el sordo. Pero nada. La vida "erre que erre". Fluyendo, como debe hacer. Y uno con sus planes, con sus apegos, aferrándose a todo y a todos.
Desde hace años vivimos con intensidad el aprendizaje permanente y casi diario a través de lo que nos pasa en la vida, en el día a día. Cada vivencia, cada encuentro, cada situación trae un aprendizaje bajo el brazo. Y tan sólo hace falta un poco de voluntad y de consciencia para desvelarlo o abrirse a esas enseñanzas vitales. Pero lo de estas semanas está siendo muy fuerte. O mejor dicho: "blanco y en botella". Porque más "clarito" no puede venir ese aprendizaje en lo que nos está sucediendo.
Parece que es ley de vida. Al menos de esta vida que nos damos. Y esa ley no escrita nos lleva a buscar aquello que nos da seguridad, que nos reconforta, y nos protege. Nuestra salud, nuestra casa, nuestro trabajo o nuestra familia forman una buena parte de ese círculo virtuoso que conforma gran parte de lo que creemos que somos, porque en esos entornos nos sentimos resguardados de las inclemencias de la incertidumbre, de la inseguridad y de la zozobra. Por eso lo de estas semanas está siendo todo un ataque a lo que suele constituir la línea de flotación de esas certezas que no paramos de construir en nuestras vidas. Primero fue la casa, en cuyo sótano no paran de salir goteras, filtraciones, manchas y charcos desde hace meses. Luego fue la dura adolescencia, que por momentos provoca terremotos en casa, más allá de la escala Richter. La semana pasada fue el episodio de mi ojo "bueno", ese con el que jamás pensé que sufriría contratiempo alguno. Y lo último ha sido el trabajo, donde la estabilidad y continuidad que creí que gozaba fluctúan por momentos.
En todos esos casos, el mensaje es alto y claro. Yo pensaba... Yo creía...Yo me imaginaba...Yo daba por sentado... Y ¡zasca!, en toda la boca.
Pensamos que la casa es nuestro refugio, nuestro lugar de paz, el sitio que nos permite recobrar el aliento... y, sin embargo, desde hace meses, nos asusta bajar al sótano por miedo a pisar de nuevo sobre mojado. Con los hijos algo parecido: todo parece ir encaminado y armonioso, con unos niños encantadores y amorosos, hasta que de repente la adolescencia asoma por la puerta y te topas con unos portazos, una palabrotas, unas caras y unos desafíos más propios de la mafia que de tu propia familia. Con la salud y mi ojo, tres cuartos de lo mismo: se suponía que ese ojo era "a prueba de bombas", la tabla de salvación de mi vista, y de repente láser y la amenaza de otro posible desprendimiento de retina. Y con el trabajo también todo parecía marchar bien: clima laboral magnífico, respaldo pleno a mi labor, y de la noche a la mañana, una cuestión burocrática secundaria con los códigos de los puestos de trabajo puede alejarme a otros menesteres en otro organismo totalmente distinto.
¿Qué ha pasado en estas semanas? ¿Cómo es que todo parece patas arriba o boca abajo? ¿Qué ha sucedido para semejante desconcierto? Quizás si te llega una situación de éstas, puntualmente, lo achacas a la casualidad o a la mala suerte. Pero cuando cuatro aspectos destacados de tu vida se agitan de esta forma a la vez, quizás es que hay algo que aprender, por mucho que te resistas a ello. Y quizás la cosa vaya de darte cuenta de que las certezas, en la vida, poquitas. Que dar las cosas por sentado no es una buena estrategia. Y que son pocas las realidades eternas, inmutables e inequívocas. Todo muta. Todo es un continuo fluir. Todo está llamado a cambiar y a dejar de ser como siempre fue, por mucho que nos empeñemos en mirar para otro lado. Sea en tu casa, con tu familia, con tu salud o la de los tuyos, en el ámbito laboral o profesional. Todo es un río que no para de discurrir por el cauce de la vida. De forma imparable y trepidante. Y ese río deja al descubierto nuestras vulnerabilidades. Aquello que siempre tratamos de ocultar. Y sientes que es mucho más que inesperado o inoportuno. Es inmerecido, injusto, indignante, intolerable... Calificativos que brotan de dentro (quizás por eso empiezan todos por "in) no sólo en ti, sino en los que te rodean, pero que desvelan que dimos por sentado lo que nunca fue. Aquello que realmente sólo existió momentáneamente en el instante minúsculo de nuestro existencia, y tan sólo durante un ratito dentro de la inmensidad de la Vida con mayúsculas, por mucho que nuestros apegos mentales, y nuestras expectativas vitales conspirasen en sentido contrario.
Esas vulnerabilidades compartidas son, paradógicamente, lo que más nos une. Porque a pesar de los "likes", los postureos, y las sonrisas postizas de los "selfies", todos somos y nos sentimos vulnerables en más ocasiones de las que queremos reconocer. Todos vemos cómo en ciertos momentos se resquebrajan aquellos cimientos que siempre creímos perpetuos. Y es justo cuando compartimos esas vulnerabilidades, esos miedos y esas angustias cuando surge la autenticidad de los seres humanos. Aquello que nos hace UNO.
Es curioso que nuestro ADN parece querer que las cosas sean estables y seguras. Que en nuestra vida no haya altibajos, sino líneas rectas y continuas. Y quizás se nos olvida que cuando aparecen las líneas rectas, sea en un electrocardiograma o en un encefalograma, la cosa se pone "chunga". Porque eso significa que nos hemos muerto. Así que habrá que asumir que la vida es una montaña rusa de ascensos escarpados y descensos vertiginosos. Y que nuestro papel es vivir con intensidad lo que toca en cada momento, sin dejarse arrastrar demasiado por los sentimientos, las sensaciones, los pensamientos y las emociones de esos momentos. Y no por nada: porque somos mucho más que esas inquietudes, esas preocupaciones o esas intranquilidades.
Casi todo tiene solución. No hay que pre-ocuparse. Sólo hay que ocuparse cuando toca. Y tocará llamar a un nuevo fontanero o al albañil, aunque sea por enésima vez. Tocará una nueva sesión de láser, un viaje a la clínica oftalmológica de Barcelona, o aprender a manejarse con una visión más reducida si ese lejano día llegara. Tocará un cambio de trabajo o de compañeros, quizás. O tocará simplemente ser paciente y dejar pasar el tiempo hasta que pase la adolescencia. Pero sobre todo tocará darse cuenta de que no hay seguridades para siempre. Que no hay atajos ni líneas rectas. Y que hay que prepararse para esa continua mutación, que nunca cesa, por muy sordos que nos hagamos a estos avisos que da la vida.

PD: Compartimos también un audio de una mini-charla nuestra, justo de hoy, precisamente sobre este mismo asunto: https://www.patreon.com/posts/22984972

NOTA: Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero a través de nuestra escritura estamos canalizando solidaridad hacia proyectos que lo necesitan, y queremos dar cuenta de ello:
https://www.patreon.com/posts/damos-cuenta-de-21934667
Además, los beneficios de la nueva tanda de libros que nos ha llegado, irán íntegramente para material escolar de los 28 niños del orfanato de nuestro querido Herminio: https://bit.ly/2CbfnQM

martes, 20 de febrero de 2018

De puntillas

Ya han pasado seis meses. Y uno no acaba de acostumbrarse a la ausencia de un hijo. Por mucho entrenamiento que tuviéramos con el otro el pasado curso. Aún nos levantamos y lo primero que hacemos es mirar si hay un audio, una foto o un vídeo suyos en el whatsapp. Algo que nos conecte con él al otro lado del "charco".
Sorprende ver hasta qué punto los hijos crecen en la distancia. Cuando los ves a diario, los avances son difíciles de advertir en el "día a día". Pero en plena adolescencia y con tantos meses de por medio, los cambios son abismales. Y de repente te lo encuentras hecho casi un hombre a la vuelta de un skype. Casi de puntillas. Casi sin darte cuenta.
Francia, verano de 2006
En la mirada lejana, alucina comprobar hasta qué punto cada hijo es distinto. Por mucho que los hayas educado igual. Por mucho que se hayan ido con la misma edad, al mismo país, o bajo las mismas premisas. Siempre hay un hijo que prefiere pasar inadvertido. Como esos valiosos libros que, como diamantes, se ocultan en los rincones más recónditos de las grandes bibliotecas. El nuestro busca a conciencia el anonimato. Siempre lo ha hecho. Incluso cuando mentía a su profe de lengua sobre lo poco que leía, para no tener que hablar del "libraco" de mil quinientas páginas que le esperaba debajo de la almohada cada noche. Despliega todas sus artes para mimetizarse con el entorno. Y cede el protagonismo a otros. Quizás por timidez. Quizás por convicción. Quizás por guardar celosamente su intimidad.
Lo más difícil es cuando, como padres, tratamos de desentrañar cómo está por dentro a seis mil kilómetros de distancia. Qué siente. Qué anhela. Qué ansía. Y nos toca descifrar los mensajes en clave que nos llegan sueltos. Es cierto que la comunicación se llena de pequeñas anécdotas. Pero el corazón sigue ahí, escondidito. 
En ese proceso oculta sus dones y no acaba de descorchar el manjar de su alma. Por si acaso. Pero siempre, como padres, nos preocupa pensar hasta qué punto estará reservando parte de su tesoro. A lo mejor porque piense que con el talento es suficiente. Por ahorrarse esfuerzos baldíos. O quizás porque no le interesen los trenes que a veces pasan ante nosotros en la vida.
Sin duda pertenece a ese grupo de personas que, probablemente tienen más controlado su ego. A fin de cuentas no van vanagloriándose de sus logros. Aunque hayan sido escogidos entre todos los estudiantes de piano de Pensilvania para una masterclass. O aunque se estén desenvolviendo de maravilla en territorio forastero,con notas espectaculares, y con asignaturas en inglés. 
Nunca sabes, como padre, si deberías apretar un poco para que el trabajo haga el tándem perfecto con el talento. O si debes simplemente observar el devenir de los procesos personales de cada hijo. Aunque puedan pasar de largo maravillosas oportunidades ante ellos. Las oportunidades, en definitiva, pueden estar a tu lado o dentro de ti. Y a veces podemos obsesionarnos con grandes retos, grandes proyectos o lugares lejanos. A fin de cuentas sólo somos sus compañeros de viaje. Quizás unos compañeros algo pesados, eso sí. Pero simples compañeros de aventuras, a fin de cuentas.


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martes, 18 de abril de 2017

Papá: ¿qué hago cuando sea mayor?

No suelo tener pesadillas, pero aquel día la tuve. Realmente no sé si llegué a dormirme o si la pesadilla era despierto. Pero lo cierto es que estaba aterrado. Y fue la única vez, que yo recuerde, en que me levanté de noche para buscar el abrazo y el consuelo materno. Ella aún no se había acostado, y apaciguó mis miedos. Miedos sobre el futuro. Miedos sobre ser como los demás o de ser diferente. Miedos sobre a qué dedicarme. Miedos de la infancia.
Esos miedos infantiles fueron hace 35 años. Pero los recordé perfectamente en una conversación familiar de hace varios fines de semana, en el momento mágico por excelencia en casa: el desayuno del domingo. No se madruga, y todos nos levantamos de buen humor, sin prisas y sin reloj. Las tostadas fluyen por la mesa como las palabras. Y la vibración familiar se acompasa y se eleva que da gusto. A veces el desayuno casi se une con la hora del almuerzo. No es momento de hablar de tareas, de deberes, de compromisos o de agenda. Es momento de hablar de la vida, de sus misterios, de sus enseñanzas y de sus miedos. 
Nuestros  dos hijos mayores viven unos momentos críticos donde los cruces de caminos les obligan a decantarse y a tomar decisiones. Y es lógico que se sientan inseguros y con dudas por doquier. Como yo en aquella noche de miedos. Pero lo que quizás no sepan es que esas dudas no sólo les asaltan a ellos, sino también a millones de adultos que han tomado un determinado tren en la vida, y no saben cómo apearse de él. Por eso, estas conversaciones van mucho más allá de si elegir letras o ciencias, un profesor u otro, o una forma u otra de estudiar. Van de conectarnos o no con nuestra misión en el mundo, o seguir simplemente el camino de la mayoría como si fuéramos autómatas.
Tarifa- 2016
A veces, durante esos preciosos diálogos familiares, siento que nuestros hijos se convierten en maravillosos espejos que nos confrontan con la verdadera esencia de la vida. Y echo de menos que otras personas puedan disfrutar de estos momentos de sabiduría compartida. Por eso aquel domingo, mientras charlábamos, no pude resistirme y pulsé el botón de la grabadora del móvil que estaba sobre la mesa. Ya llevábamos un buen rato hablando, pero lo que pudiera venir después podría también valer la pena. Y así fue. Durante esos casi 25 minutos, compartimos con nuestros hijos nuestras frustraciones e ilusiones laborales actuales y de la etapa universitaria; sus inquietudes en clase cuando no les permiten aprender más cosas o cosas diferentes; la conexión con nuestros dones y talentos; el papel del trabajo en la vida, y si éste es un derecho o un deber; el sentirse solo o sola entre una multitud que va en dirección opuesta; la lucha por lo que nos hace felices o la sumisión al deber y a lo que dicta el sistema...
Hace unos años habría sido totalmente impensable que nos grabáramos en una conversación familiar y que la difundiéramos. Pero en estos últimos años de compartir vivencias en nuestro blog y en nuestro libro nos hemos dado cuenta que somos muchísimos los que vivimos las mismas preocupaciones, los mismos momentos de zozobra y de inquietud, las mismas dudas, las mismas ganas de impulsar otro mundo desde lo más cotidiano. Y por eso hemos decidido compartir mucho más que nuestros posts o nuestros escritos. Hemos decidido compartir también la esencia de nuestros diálogos familiares, nuestras recetas, nuestras intervenciones públicas...Es cierto que nos cuesta, porque disfrutamos del paraíso de nuestra intimidad. Pero sois muchos los que os mostráis reconfortados, agradecidos y conectados tras hacerlo. Y por eso seguimos dando el paso como gesto de gratitud hacia quienes, a pesar de vuestras dudas, también dais pasos efectivos, por ejemplo donando generosamente en nuestro Patreon a algunas de las causas solidarias que impulsamos, empezando por una Casa de Acogida en un pueblo de Málaga.
Como veréis por esta grabación de hoy, no nos gusta darles respuestas a nuestros hijos (ni a nadie), sino ayudar a que se hagan las preguntas correctas. Nos gustaría que cada uno vaya descubriendo su camino y que no sucumban a la mayoría, a la mediocridad o al mínimo esfuerzo que a veces nos rodea. Tampoco queremos que se guíen por el miedo o por la opinión de quienes hacen de su formación una simple vía para encontrar un trabajo. Sabemos que la presión externa es fuerte. Sabemos que quienes les rodean les condicionan mucho. Pero para eso están nuestros desayunos dominicales: para que tarde o temprano sepan que hay otras vías, o al menos otras preguntas que hacerse.


NOTA: Si aún no lo haces, y quieres acceder a esta grabación familiar o a otros muchos contenidos exclusivos para nuestros colaboradores solidarios, puedes hacerlo desde 1€/mes pulsando "Become a patron" en este enlace. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS

martes, 12 de abril de 2016

Espere su turno

Lo confieso: soy funcionario. Pero en el castigo llevo la penitencia. Sé que para muchas personas ser funcionario es el paraíso de los trabajos para toda la vida, sin saber que a veces eso esclaviza. Y para otros es el refugio de los holgazanes, aunque haya muy honrosas excepciones. En mi caso, o por una razón o por otra, juré y perjuré que jamás sería funcionario. Y como suele pasar en estos casos, me tuve que comer mis palabras con patatas cuando decidí que quería dedicar más tiempo a mi familia, y ésa era la opción más factible para ello en aquel momento.
Ser funcionarios nos está permitiendo disfrutar de una amplia reducción de jornada renunciando a sueldo para poder dedicar más energías y tiempo a cuestiones más importantes que, paradógicamente, aquellas por las que cobramos. Sin embargo, la Administración nos es el lugar más adecuado donde ejercer la coherencia, especialmente si lo que te mueve es servir al otro. Es un reino de papeles, de tareas repetitivas sin plantearse los "para qué", o de jerarquías con escaso fundamento en el mérito o en la capacidad. Más de una vez me han dicho que no se me paga para pensar en cómo mejorar la atención al ciudadano, sino en hacer mi cometido sin más. El "vuelva usted mañana" o el "espere su turno" se convierten en una filosofía de trabajo. Y con razón un reino así ahuyenta a quien quiera plantearse un mundo mejor para vivir, presidido por la fraternidad, la verdad, o la unidad de todos (estés a un lado u otro del mostrador).
Actualmente estoy viviendo una etapa de aceptación, de desapego del resultado que me gustaría lograr en mi trabajo, y de conexión con quien tenga delante, al margen de los dictámenes y normas que se impongan desde arriba. Pero incluso con esa actitud, a veces te topas con circunstancias desconcertantes. Hace poco me tocó solicitar un certificado por un trabajo de coordinación realizado entre dos entidades públicas, una regional y otra municipal, para un gran proyecto que finalmente logró el respaldo del parlamento regional. Lo viví como un reto personal, ya que se trataba de que dos administraciones de color distinto y con profunda desconfianza mutua, se avinieran a colaborar. Tras varios meses de intenso trabajo y de numerosos sinsabores el proyecto se consumó con éxito. El tender puentes donde no los había fue en sí mismo mi recompensa. No esperaba remuneración ni una "palmadita" en la espalda. Pero hace poco tuve que justificar ese proyecto para otro asunto, y solicité el correspondiente certificado. Muchos fueron testigos de mi labor de coordinación y redacción, pero me negaron el documento. La verdad debía verse relegada a la burocracia. Aunque era evidente que yo había hecho ese trabajo, mi disposición a arrimar el hombro sin formalismo alguno, sin remuneración, y sin documentos probatorios les llevaba a denegármelo. Además, me argumentaban que nunca había tenido una relación laboral con esa Administración. ¡Pues claro! ¡Ese era el reto! Arrimar el hombro sin estar movidos por el interés, tan sólo en base a la confianza y a las ganas de crear algo conjunto que nos trascienda. Quizás suene a arameo para algunos. Y por eso, no me resigné. Estaba dispuesto a que la verdad, la confianza y la apuesta por la colaboración no perdiesen esta batalla, aunque fuera en el reino de la burocracia. Tocó recopilar correos, pruebas documentales y alguna que otra foto para que mis interlocutores de ahora y de entonces, pudieran conseguir que me certificaran la verdad. Mes y medio después se ha conseguido tras un esfuerzo ímprobo. ¿Por qué cuesta tanto tender puentes, actuar de buena fe y hacer aflorar la verdad, ésa que va mucho más allá de los papeles?
Lo de mi certificado puede ser una anécdota simpática comparado con lo de la semana pasada en mi oficina de empleo. A algún "lumbreras" de la Consejería se le ocurrió que no era suficiente con la incomodidad de separar las citas de Demanda (Junta de Andalucía) de las de Prestaciones (Ministerio) para que los usuarios tuvieran que soportar la mayor de las descoordinaciones. Esa separación podía llevarse más allá: en concreto a la puerta de la oficina. Y así dieron la consigna a todas las oficinas de que la puerta se convierta en la frontera donde el guardia de seguridad no deje pasar a nadie que no figure en su lista de citas para ese día, y así clasificar al rebaño según vayan a la Junta o al Ministerio, que compartimos espacio (¡qué ironía!). Pero cuando al ser humano le dan una norma, le dan una gorra para ejecutarla, y una cierta potestad para imponerla, el sentido común huye despavorido y se apoltrona don sinsentido. Y así sucedió hace unos días: en vez de organizar los flujos de demandantes de empleo hacia una zona u otra de la oficina, la puerta de la oficina se convierte día a día en el Lesbos de turno, aquel lugar donde unos tienen la enorme suerte de entrar y esperar a su turno, y otros son retenidos porque su DNI no está en las sagrada lista. Cada vez que veo ese rebaño en la puerta, siento vergüenza ajena. Y comprendo perfectamente que hayamos llegado como especie humana a la barbaridad que estamos viendo diariamente desde nuestros sofás con los refugiados. Un amigo me llamó desde la puerta: a pesar de tener cita le impedían el paso porque no aparecía en las "Tablas de la Ley" del "segurata". Salí a rescatarle y a hacer entrar en razón a la autoridad competente. Pero para mi sonrojo, cuando mi amigo dio dos pasos para saludarme, fue interceptado con violencia para impedirle el paso. De lo organizativo habíamos pasado a lo represivo. Sus rasgos sudamericanos y un collar budista que le colgaba del cuello hicieron el resto para que todas las alarmas saltaran ante semejante amenaza a la burocracia de la oficina.
El incidente causó revuelo. No escatimé esfuerzos en que la cordura retomase su sitio. E imagino que más de algún compañero vería exagerada mi preocupación por lo sucedido. Pero sin duda cosas así me llevan cada vez más a creer en que las burocracias, las normas, y la Administración, o están al servicio del ser humano y de la verdad, o si no, mejor que no existan. Quizás tenga yo poco futuro en un reino así. O quizás me toque esperar a mi turno, y no toca ahora.

jueves, 18 de junio de 2015

Impotencia

Varias veces he temido ser agredido por mis usuarios en el trabajo. La desesperación por no tener trabajo, unida a complicadas situaciones familiares, genera una rabia incontenible. En esos casos "me las veo y me las deseo" para hacerme escuchar y tratar de orientar un camino de búsqueda de empleo para el que la indignación les ha cegado. Y la cosa se complica cuando ya no creo en las políticas de empleo de nuestras oficinas, y frente a las que me he posicionado abiertamente. Pero lo de ayer fue muy distinto.
No paro de preguntarme por qué he acabado en este trabajo, haciendo funciones que nada tienen que ver ni con lo mucho que estudié ni con mis capacidades. Cierto es que estoy muy cerca de casa y que en otro trabajo jamás me habría pedido una reducción de jornada que me está permitiendo vivir una vida que no gira alrededor de lo laboral. Pero siempre he pensado que hay más razones. Y días como el de ayer me lo confirman.
No faltaba mucho para marcharme. Se me acercó
una chica joven y me preguntó si la podía atender media hora antes de su cita. Había hueco, y siempre que hay oportunidad, accedo a esas peticiones, así que la sorprendí con un "por supuesto", que no esperaba. Necesitaba la tarjeta de demanda de empleo para el abogado que le está tramitando las medidas de alejamiento de un marido que la está maltratando. Eso puede parecer grave, pero lo peor es que hace un año su hija menor, sin previo aviso, empezó a convulsionar viendo la tele. La llevaron al hospital, y un virus de esas "enfermedades raras" la ha dejado postrada con un 90% de discapacidad. El marido se ha echado a la bebida. Ella lleva el peso de la casa y las palizas del marido. Probablemente mi disposición a adelantarle la cita era lo mejor que le había pasado desde hace días.
Me quedé afectado tras atenderla y con miles de "por qués" en mi mente. Era casi la hora de irme, pero quise atender a alguien más, quizás esperando llevarme a casa una sonrisa. Pero la situación con la que me vi fue aún más dura. Arturo, un hombre poco mayor que yo, con Parkinson, dos electrodos instalados en su cabeza y varios intentos de suicidio, acababa de perder los 400 euros que le pemitían pagar sus medicinas y su alquiler en medio de la montaña. Y todo porque su ex-mujer no había renovado su demanda de empleo. Rehacer ese desaguisado burocráticamente iba a suponer semanas, y ni su farmacéutico ni su arrendador iban a estar por la labor de esperar. Traté de darle alternativas, algunas bordeando la legalidad, y se sintió reconfortado y escuchado. Me dio la mano hasta cuatro veces en señal de gratitud. 
Recogí mis cosas y salí de la oficina. Ya con nadie que me viera, en plena calle, dejé que mis ojos hablaran todo lo que tuvieran que hablar. ¿Para qué reprimir mi impotencia? Impotencia ante injusticias flagrantes que me toca explicar. Impotencia ante seres que sufren justo a nuestro lado. Impotencia ante la insensibilidad de instituciones y sus guardianes... Impotencia por un trabajo que no sirve de nada para aliviar esas situaciones tan angustiosas...
No me consuela haberles reconfortado. Ni siquiera la gratitud que me han mostrado. Pero quizás la impotencia que siento es la razón por la que estoy por ahora en este trabajo: confrontarme con situaciones que no puedo resolver, por muy resolutivo que siempre trate de ser. Aceptar estos "sinsentidos" y sentirme junto a estas personas sin vaciarme de energía quizás sea el objetivo. Pero reconozco que me cuesta muchísimo.
Hoy llamaré a Arturo. Sé que como funcionario no debería. Pero como ser humano sí. Me alegraré si ha resuelto algo con la asistenta social. Si no, trataremos de ayudarle desde alguna ONG cercana o desde casa. Pero sobre todo aceptaré mi impotencia. Es lo que me toca aprender ahora.