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sábado, 7 de octubre de 2023

Miami

Lo habíamos aceptado ya. De verdad. De corazón. No era resignación. Y visto lo que pasó después, desde luego no era rendición. Pero sí era aceptación. De esa que la vida te enseña, cuando te trae "calabazas"

Sería uno de los primeros veranos en que no estaríamos juntos. En que no practicaríamos esa liturgia familiar anual de aislarnos de todo y de todos, para reencontrarnos, coger fuerzas y seguir así conectados el resto del año, a pesar de la distancia. Pablo trabajaba. Le habían dado unas prácticas de empresa cerca de Dallas y no podría volver a España. Estaba ya preparando el puente laboral que desea para volver a Europa el año próximo, y no era plan de dejar pasar una oportunidad así. Así que por mucho que deseáramos aquellos abrazos, aceptamos que esta vez no podría ser.

Pero una vez que aceptas sin fingimiento, te abres a lo que la vida de verdad pueda traerte o enseñarte con esa aparente contrariedad. Porque sabes que, en realidad, nada es bueno ni malo, sino que todo es como debe ser: perfecto. Y que somos nosotros los que ponemos las etiquetas de lo que nos sucede, y añadimos sufrimiento cuando no pasa lo que nos gustaría que pasara.

Quizás a muchas personas esto les pueda parecer muy etéreo. O quizás algo filosófico o intelectual. Pero hemos experimentado tantas veces y con tanta rotundidad la magia que la Vida trae cuando te abandonas a ella, sin exigencias ni sufrimiento respecto a lo que te apetecería, ¡que como para no fiarse!

Una vez que aceptamos que este año no nos veríamos, nos lo tomamos con buen humor, y empezamos a jugar...¿Y si...? ¿Te imaginas que...? ¿Y si...? Y empezamos a dejar volar la imaginación hacia territorios donde encontrarnos, no aptos para nuestro bolsillo. ¿Te imaginas que en vez de venir tú a España, fuéramos toda la familia a verte a ti? Y entre carcajada y carcajada, dejamos correr la ilusión...¿Cuál sería el sitio más barato de EEUU para volar desde España si fuéramos a verte? Y en el buscador de vuelos apareció de repente Miami...Jajaja...¿Te imaginas que nos viéramos en Miami? Jajaja....Y empezamos a ver playas paradisíacas, mansiones de lujo, y enclaves de esos que aparecen en las películas o en las series de televisión...

Poco a poco, el juego empezó a hacerse realidad. De la aceptación sincera, pasamos a la ilusión desbordante ante la posibilidad de que Mey y yo nos reencontráramos con Pablo allí, al menos unos días. Él y Estela, que también estaría allí, miraron vuelos internos de Dallas a Miami, y también resultaban sorprendentemente baratos. No estaríamos los seis juntos. Pero eso ya era mucho pedir. Aceptamos lo que teníamos ante nosotros y reservamos los vuelos. La primera fase del juego estaba culminada. Viajaríamos a Miami.

Todo lo demás estaba en el aire. Mey estaba en plenos exámenes de junio. Así que Pablo, Estela y yo nos conjuramos en la búsqueda de hospedaje y de planes para compartir allí. Reservamos un motel "de mala muerte", aunque no por ello barato, con cancelación anticipada, y seguimos jugando. Aún faltaban muchas semanas. Y podían pasar muchas cosas.

El juego acababa de empezar. Y nosotros continuamos haciéndonos la pregunta mágica, y dejándonos arrastrar por ella: ¿Y si...? ¿Y si...? Hasta que se nos ocurrió que, quizás con algún sistema de intercambio de casas o similar, podríamos encontrar algo más decente y económico. Y allá que nos metimos ilusionados. Durante semanas, desfilaron ante nuestros ojos mansiones de lujo, jardines de ensueño y apartamentos de precio indecente. Hasta que, de repente, apareció el mensaje de Michael. Y nada más leerlo, le dije a Pablo, que intuía que habíamos encontrado casa. Él y su familia llevaban 25 años compartiendo e intercambiando casas, viajaban a Alemania justo en los mismos días en que nosotros estaríamos en Miami, y les cuadraba perfectamente que su casa no pareciera desocupada y que alguien cuidara de su gato Bandit, por entonces enfermo. En un par de mensajes más ya teníamos casa en South Miami. Michael nos prestaba su pequeña mansión para nueve personas, con piscina y un jardín plagado de palmeras de ensueño. Así se cerraba la segunda fase del juego.

Aquella noche, Mey y yo no pegamos ojo. Ninguno nos dijimos el motivo. Pero ya en el trabajo, nos cruzamos por whatsapp un audio casi idéntico, que de nuevo empezaba con la pregunta mágica: ¿Y si ya que no vamos a pagar por el hospedaje, intentamos que puedan venirse también Samuel y Eva? Lo más bonito es que Pablo también había pensado exactamente lo mismo. Y cuando vio que coincidía con nosotros, se puso "como loco" con Estela a buscar vuelos, sin decirles nada a ellos. Nos pareció preciosa esa ilusión por reencontrarse con los hermanos. Pero ya habían pasado bastantes semanas, y los vuelos habían subido ya mucho. La cosa no estaba fácil. Había que practicar de nuevo el "Y SI". Y así lo hicieron. El reencontrarse supondría una combinación total de siete vuelos entre la ida y la vuelta. Y muchas horas de desplazamientos y de esperas en los aeropuertos. Pero ¿quién dijo que los sueños no cuesten? La tercera fase del juego también se había superado. Habría reencuentro familia. En Miami. De los seis.

Podríamos contaros nuestras aventuras buceando en los arrecifes de coral, bailando salsa en la Pequeña Habana, abriendo los cocos que recogimos en la playa, o viajando a base de "bocatas" por los Cayos o por el Parque de los Everglades. Pero este sueño hecho realidad no va de los sitios que visitamos, o de las cosas que hicimos. Va del reencuentro que tuvimos. Va de las inolvidables conversaciones en aquel porche de la casa tras los desayunos, contemplando aquellas impresionantes tormentas veraniegas. Va de las horas que dedicamos a compartir nuestros respectivos despertares. Va del orgullo de unos padres que contemplan cómo sus hijos les adelantan por la derecha en entender "de qué va todo esto" (por cierto, ese el nombre de un nuevo grupo whatsapp de los seis, creado desde entonces). Va del proceso iniciado en Miami para saber leer lo que ocurre en estos tiempos que corren, y prepararse para lo que puede venir. Va de complicidades maravillosas. Y de las sorpresas que trae la vida, cuando aceptamos lo que toca, y nos dejamos ilusionar por lo que pueda venir. 

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domingo, 19 de agosto de 2018

El pinchazo

De repente saltaron todas las alarmas. El salpicadero del coche parecía una feria de luces. No parecía el guión previsto tras las maravillosas horas compartidas con Joserra. Íbamos relajados, alegres y con todos los planes hechos para llegar a casa al atardecer. Pero a veces la vida parece ir sobre ruedas, y de repente tienes un pinchazo inesperado de esos que te trastocan todos los planes. Esas ruedas se van "a la porra", y la vida parece tambalearse sobre ellas por momentos.
Eran casi las dos de la la tarde. Toda la familia, excepto el piloto, dormitaba ya. Fuera hacía un calor insufrible de casi cuarenta grados. Y cientos de coches volaban por la A-1 cargados "hasta las trancas" en plena operación "Paso del Estrecho" del mes de agosto. No era el mejor momento ni el mejor lugar para tener un reventón. Pero un buen pinchazo no tendría gracia si no sucede en el peor momento. Como en la vida. Hice lo que pude para aguantar hasta la primera salida de la autovía, y al menos evitar el peligro de tanta circulación. Esos metros de más hicieron que la rueda quedase totalmente deshinchada, y que la válvula peligrase. Empezó a cundir el nerviosismo en la tripulación. Todos los planes y quedadas para esa tarde con los amigos parecían peligrar con el contratiempo.Pero ya se sabe: la vida es eso que pasa, mientras tú andas con tus planes.
Manos a la obra "con la fresquita". Chaleco reflectante, triángulos de señalización y a buscar en el manual de instrucciones cómo cambiar la rueda con el gato hidráulico del vehículo. Nos pusimos a temblar cuando vimos que sólo sacar la rueda de repuesto requería quince párrafos de instrucciones. Y la cosa se puso peor cuando descubrimos, para nuestra sorpresa, que la rueda de repuesto era de las que llaman "galletera", de menor tamaño, y tan solo para salir del paso. Difícilmente aquella "ruedecita" nos iba a garantizar una plácida travesía durante los ochocientos kilómetros que aún nos quedaban hasta casa.
El rato de deliberación y de estudio del manual, unido a la canícula ambiental, empezaron a hacer mella en la marinería. Y las primeras quejas se dejaron sentir. Había que pasar a la segunda fase del protocolo de imprevistos: tripulación a la sombra más cercana y llamada de rigor al seguro del coche. El capitán del barco permanecería junto a la nave con su pintoresco chaleco. Una pena no haber contado con una carpa playera entre el abultado equipaje para escapar de aquellos rayos.
El diagnóstico del señor de la grúa confirmó los temores. Imposible llegar a Málaga con aquella birria de rueda de repuesto. Había que reparar la estropeada. Era sábado al mediodía. Jugábamos en el tiempo de descuento para tal proeza. Todavía la cosa se podía complicar más y obligarnos a permanecer en aquellas tierras hasta el lunes.
Dos de los pasajeros se fueron con la grúa y el coche al centro comercial más cercano, a la busca y captura de un comercio de reparación de neumáticos. A los otros tres nos tocaba aún esperar al taxi fletado por el seguro. Y efectivamente: aquel sofocante sol estaba muy a gusto con nosotros y no retrocedía ni un milímetro.
Reunidos por fin de nuevo todos ante el mostrador del comercio de neumáticos, aún quedaba salvar el escollo de los turnos de trabajo. Al menos parecía que la amenaza de tener que quedarnos hasta el lunes se desvanecía. Pero podía ser que empezaran a meterle mano a la rueda las siete y media de la tarde. Eso haría inviable un viaje de madrugada con el cansancio ya acumulado. Quizás viendo nuestro panorama, finalmente cambiaron turnos y se pusieron manos a la obra de inmediato, con la promesa de tenerlo todo listo para las cuatro y media. Eso nos daría tiempo para comer algo en el centro comercial y recuperarnos de la insolación. Eso sí, previo pago de la broma que suponía sustituir los dos neumáticos delanteros.
Mientras comíamos, hubo una agradable e inesperada sorpresa para mí. De forma unánime, toda la familia me felicitaba. No recordaban haberme visto tan calmado y menos frustrado ante un contratiempo de tal calibre. Y nos carcajeamos recordando mis gruñidos ante adversidades insignificantes que en el pasado habían alterado los planes previstos. Era cierto que a pesar de todo, había estado muy relajado. Jugaba con ventaja tras unas buenas vacaciones, tras los largos ratos de meditación en casa de Joserra el día anterior y esa misma mañana, y tras las sesiones de mindfulness sobre la aceptación compartida con mis compañeros de oficina. Me gustó recibir este respaldo familiar. Y me reí de mi torpeza en tantas ocasiones anteriores en que la vida nos ofrece el pinchazo de turno.
Para evitar los pinchazos, lo mejor es no moverse ni viajar. Como no salir a la calle el lo mejor si no quieres que te caiga una maceta o un meteorito. Ésa no es opción. Habrá que aprender la lección para las próximas ocasiones. Porque llegarán. Eso es seguro. En las ruedas del coche o en la vida.

NOTA: Iniciamos hace unas semanas el apoyo solidario al proyecto de Yide Bikoue, de nuestros amigos Herminio y Deniz en Camerún. Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario.

domingo, 22 de julio de 2018

Al ritmo de la vida

Muchos nos habéis preguntado en las últimas semanas si hemos dejado de escribir, y si vamos a continuar publicando en nuestro blog. Ese interés es precioso. Todo un halago para nosotros. Porque implica que hay bastantes personas, más de las que podíamos imaginar, pendientes semanalmente de cuándo y qué publicamos. Y llevamos semanas faltando a esa cita.
Escribir es para nosotros una extensión de nuestras vidas. Es la conexión externa que genera complicidades a partir de nuestra vivencias cotidianas. Pero no es un objetivo en sí mismo. Y hemos corrido el riesgo de tropezar justo ahí. Porque cuando tienes decenas o centenares de personas pendientes de lo que vas a publicar, el ego no puede evitar engordar. Y te haces esclavo de esa escritura. La publicación semanal se convierte en prioritaria. Y te impones una exigencia más, una tarea más, una esclavitud más. Y entonces, el compartir nuestro SER a través de la escritura, se puede convertir en un HACER más. Y no son pocos los que ya tenemos. De hecho, en las últimas semanas han sido muchos los quehaceres que han copado nuestra existencia: que si los exámenes de final de curso de Mey; que si los tres partes por filtraciones en casa, y sus consiguientes polémicas con la compañía de seguros y con las empresas de reparaciones; que si la llegada y adaptación de Samuel tras su año en Estados Unidos; que si las matrículas de instituto y conservatorios; que si el papeleo de Pablo para su nueva vida en Italia; que si llevar a Eva al campamento de Cáceres; que si los dos desplazamientos de Pablo a Madrid; que si las dos operaciones de Pablo por las muelas del juicio; que si la convalidación de los estudios de Samuel y los ajustes de su nuevo tratamiento oftalmológico; que si todos los conciertos y audiciones del final de curso; que si cuestiones organizativas del AMPA y del autobús del conservatorio para el curso próximo....Hacer, hacer y hacer. Tareas y más tareas.
Hoy en Pirineos.
Por eso sentimos con fuerza que el escribir debía esperar. Y también nuestra actividad en las redes sociales. Cuando las palabras no pueden mejorar el silencio, éste debe imponerse. De lo contrario, ese compartir puede resultar forzado, viciado, y quizás extenuado. Por eso y porque con tanto hacer y hacer, el ser queda relegado a un segundo plano, y las musas vuelan lejos de tu inspiración.
Por ello este parón ha venido bien. También para los que nos leéis. Así evitamos saturaros y quizás aburriros. Y de paso huimos de expectativas y exigencias. Y ello aunque sabemos que muchos pensaréis que es una locura. Que es un pequeño filón el tener miles de seguidores en twitter, en facebook o en instagram. Y que es un auténtico lujo gozar de lectores que leen periódicamente lo que respiramos. Pero la esencia de nuestra escritura no va de números, de seguidores, de "likes" o "me gusta". Va de hacerse uno con los demás. De aceptar lo que nos toca vivir. Y de dejarse fluir con eso que nos trae el río de la vida. Ahí percibes que tu "yo" es minúsculo, y que forma parte de algo mucho mayor, que es la VIDA con mayúscula. Y ésta tiene sus planes, que van más allá de los nuestros. Y conviene aceptarlos. Como cuando te llega la presbicia, la barriguita y las canas a partir de los cuarenta. Lo contrario trae frustración, tensión innecesaria y decepción.
A pesar de este silencio de las últimas semanas en la escritura, se ha abierto una nueva y preciosa vía de compartir a través de las sesiones de mindfulness que un grupo de compañeros/as, ya amigos/as, hemos iniciado en dos de los principales edificios administrativos de Málaga, antes del inicio de la jornada laboral. Y precisamente la aceptación y el conocerse a uno  mismo/a eran los protagonistas de algunas de nuestras últimas sesiones, compartiendo vivencias laborales y muy personales . Eso te obliga también a ponerte las pilas en el compartir. Y ha supuesto una excusa más para construir complicidades en casa durante la preparación de las propias sesiones. La gratitud de los compañeros y compañeras, y los progresos que algunos nos confiesan, compensan con creces este nuevo enredo en el que nos metemos. Y lógicamente, como suele pasar con la vida, brotan nuevas sintonías y bellas connivencias. 
Aceptar ese ritmo vital, aunque resulte paradógico, nos libera. Y lejos de suponer resignación o sumisión, supone empoderarse y llenarse de señorío en esa conexión con la VIDA. Es todo lo contrario de la pasividad de la resignación o de la rendición. Es una auténtica prueba de conexión con la realidad. Tenemos personas muy queridas y cercanas que viven sus particulares procesos de aceptación frente a la enfermedad o la ausencia, y que se convierten en verdaderos maestros para nosotros: la tita Conchi, el tito Juan y la tita Reme, nuestro amigo Miguel Ángel, y hace un par de días, nuestro querido Luije. Éste último nos dejaba boquiabiertos cuando nos escribía: "...está siendo una vivencia extraordinaria...está siendo demasiado bonito...no me cabe el corazón en el pecho de tanto amor, tanta ternura y tanta bonita energía que recibo y que sólo me hacen tener ganas de dar el mejor ejemplo que pueda...". No parecen las palabras más habituales para alguien joven, que te escribe desde la UCI, y que en 48 horas, de forma totalmente inesperada, ha sufrido desmayos, hemorragias, y la extirpación del estómago provocada por un tumor. Quizás podría maldecir su suerte. O renegar de todo y todos. Pero ha aceptado lo que la vida le ha traído como una prueba y un regalo. Y nos está dando un testimonio que pone la piel de gallina, además de sacar con esa actitud lo mejor de médicos, cirujanos y enfermeras. Y de tanta gente que desde todos lados le está enviando todo su amor. Auténticos maestros de la aceptación y del fluir con la vida, sin duda.
No queda otra. Habrá que danzar al ritmo de la vida. A veces sin calendarios, sin expectativas, sin ataduras. Y a veces a pesar de nuestros planes.


NOTA: Iniciamos hace unas semanas el apoyo solidario al proyecto de Yide Bikoue, de nuestros amigos Herminio y Deniz en Camerún. Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario.