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sábado, 31 de octubre de 2015

Pero ¿éste no era de los nuestros?

¡Madre mía lo que nos queda por aguantar de aquí a las Elecciones! Salvo que estemos dispuestos a encerrarnos en casa, con la tele apagada y las persianas bajadas, nadie nos libra del "marrulleo" para rebañar votos aquí y allá. Esa crispación a base de denostar las vilezas de los otros y exagerar las virtudes propias acaba contagiando a la mayoría de la población. Y es una auténtica pena que la política, que podría ser un bello arte, ese de la "cosa común", acabe convirtiéndose en una batalla en el barro, que acaba manchando todo el que se acerca a ella. La estrategia es clara: "que el contrario te dé miedo para que sólo yo sea tu solución".
Por desgracia, incluso los nuevos partidos no pueden evitar entrar en esa dinámica, ya caduca, de desprestigiar al contrario para conseguir un puñado de votos. Cuando si realmente quieres mejorar "lo común", ni siquiera te preocupa el contrario y si hace lo mismo que tú o algo distinto. De hecho, no debería preocuparte ni siquiera lo que piensen tus votantes si la meta es clara, y nos guía una buena brújula, que no puede ser otra que unos buenos principios. Pero eso no suele suceder así: suelen guiarles la ideología (¡a ver si vas a estar más a la derecha, más a la izquierda, o más en el centro que...!) y las dichosas encuestas de opinión (cuando lo que opine una mayoría no significa que sea bueno, como ya vimos con Hitler).

Mi experiencia personal en este ámbito está siendo curiosa. Ya son varios los partidos que, de una forma u otra, me han guiñado para integrarme en sus estructuras. Pero con esta forma de vivir la política, es imposible entrar en ella sin ganarte de inmediato las enemistades del lado opuesto. De ahí mi permanente negativa. No me apetece que por tratar de mejorar las cosas públicas, automáticamente me convierta en enemigo de una buena parte de esa sociedad. Y eso sucede incluso si no estás en la política, pero te involucras en proyectos o iniciativas públicas. Pongo algunos ejemplos:

Hace unos años, como técnico, me propusieron coordinar técnicamente un ambicioso proyecto para mi municipio. Asumí el reto con una sola condición: era un proyecto de ciudad que debería acabar siendo aprobado por el Parlamento regional, y por lo tanto debía contar con el consenso de todas las fuerzas políticas. Yo estaba dispuesto a avanzar en lo técnico, si se trabajaban esos consensos políticos, y el proyecto iba respaldado con un apretón de manos de todas las fuerzas políticas. Acabé mi trabajo 3 meses antes del límite legal, y por lo tanto, con tiempo de sobra para mimar dicho consenso político. El mismo día que entregué el proyecto de 900 folios, convocaron un pleno de urgencia para "pillar" a toda la oposición fuera de juego y "colgarse la medalla" del proyecto. Poco parecía pensarse en la generosidad de un proyecto compartido, y mucho en el rédito en votos o en el desprestigio para el contrario. Consecuencias: el consenso hecho trizas, y lo que podría haber sido un proyecto ilusionante para todos, nació rebosante de ego político. No oculté mi indignación ni mi exigencia de que al Parlamento había que llegar de otra forma. Al menos allí sí se trabajaron previamente las alianzas, aunque el autobús con la delegación municipal que fue al Parlamento en lugar de llevar a todos los representantes políticos del municipio, llevaba a los del partido de turno, familiares incluidos. Yo era el único garbanzo negro, que acompañaba como asesor a la delegación. No disimulé lo más mínimo mi decepción ante esa forma tan ruín y carente de generosidad de concebir la política. Yo era el único que conocía al detalle todo el proyecto, pero estuve a punto de quedarme en la calle en la puerta del Parlamento: la larga "corte" municipal corrió a entrar cuanto antes, en una actitud entre infantil y pueblerina. El riesgo a no poder responder ciertas preguntas técnicamente incómodas les hizo facilitar finalmente una entrada al que, en aquel momento, era probablemente el único conocedor de todo el proyecto. Bochornoso.
El proyecto se aprobó, aunque reconozco que la experiencia parlamentaria me decepcionó extremadamente. Las intervenciones de todos los portavoces estuvieron llenas de inexactitudes que, evidenciaban el desconocimiento de la materia. Pero eso no importaba: apenas les escuchaba nadie. Casi todos los diputados estaban en la cafetería, esperando a que sonara el timbre de las votaciones, para volver a su escaño y votar disciplinadamente lo que les ordenara el jefe de filas, brazo en alto. ¡Menuda forma de entender la política!
A la semana siguiente, como Presidente del AMPA del colegio de mis hijos, me tocó reclamar abiertamente al Ayuntamiento por un muro que se había desplomado con las lluvias y que amenazaba la seguridad de los niños del colegio. No ahorré en exigencias, porque la dejadez había sido manifiesta. Uno de mis interlocutores en el proyecto municipal, me reconoció que en el Ayuntamiento causó estupor mi actitud exigente: "Pero, ¿éste no era de los nuestros?", le preguntaron. Y es que la política funciona así. Si colaboras o te reúnes con alguien por tratar de mejorar tu colegio, tu asociación o tu pueblo, ya te etiquetan con esas siglas políticas. Y si les reclamas a esos mismos por incumplimientos o por atentar contra ciertos principios, el "sanbenito" será con las siglas contrarias. Pero, ¿no debería dar igual quien diga o haga algo? ¿No deberían unirnos los principios, o el objetivo y no el carnet político de quien defienda esa postura? ¿Es que si lo dice A está bien y si eso mismo lo dice B está mal? Parece que no.
En la actualidad estoy viviendo una situación similar. Creo que ya me habrán asignado 3 o 4 carnets de partidos políticos distintos en los últimos meses. Actualmente me está tocando exigir el cumplimiento del compromiso de extender los estudios musicales 2 años más en nuestra comarca como forma de evitar el abandono de sus estudios de centenares de niños con talento musical y 6 años de estudios a sus espaldas. Conocedor de estas dinámicas políticas, insistí en nuestra AMPA que la propuesta debía ir por una senda estrictamente jurídica y administrativa, sin color político alguno. Y para garantizar ese extremo, creé un grupo de redifusión en whatsapp para informar exactamente de lo mismo y al mismo tiempo a todos los partidos políticos de la comarca. Eso permitió que la propuesta fuese ampliamente respaldada por todas las instancias administrativas competentes (Asamblea del AMPA, Consejo Escolar, Junta de Personal Docente, Jefatura de Planificación Educativa e incluso la propia Delegada de Educación en la provincia). Cada partido político actuó de una forma distinta y se involucró de distinta forma: la mayoría haciendo oídos sordos, muy pocos involucrándose en iniciativas, algunos buscando "colgarse alguna medalla" y otros utilizando la cuestión como "arma arrojadiza" pero con poca intención de impulsar una solución que, a la postre, podría significar algún mérito para el contrario. Tuvimos que reunirnos con los responsables políticos con competencias para decidir en la materia. De inmediato ya éramos de ese partido. Al cabo de varios meses, incumplieron flagrantemente lo comprometido, y nos tocó denunciarlo ante los medios de comunicación, y "sacar los colores" a más de uno. Ahora ya éramos del partido contrario. Nuestra posición siempre ha sido la misma: defender una medida que no suponía ningún coste, que no perjudicaba a nadie, y que podía ser aplicada de la misma forma en otros municipios. Los demás a eso le llamaban PSOE, PP, IU, Podemos, PA, o GIPMT...Sin embargo nosotros no defendíamos unas siglas, unos colores, una enseña, o una ideología. Defendíamos unos principios claros, universales y válidos no sólo a favor de nuestros niños, sino para los de otras zonas. El problema es que en la política actual cuesta defender los principios, porque éstos son válidos si lo dice A, pero no lo son si lo dice B. O si lo dicen aquí o en otro sitio o circunstancia. Y así "nos luce el pelo". Basta con ver las cuentas de facebook o twitter de miles de personas para las que todo lo que "SU" partido hace o dice está bien, y para las que lo que hacen o dicen los demás está mal. Yo, por si acaso, seguiré utilizando mi brújula de principios. Y en ellos la confrontación partidaria no tiene lugar. Así que estoy dispuesto a soportar todos los "Pero ¿éste no era de los nuestros?" que haga falta.