miércoles, 30 de septiembre de 2020

Hay vida antes de la muerte

No es añoranza. Tampoco morriña. Y desde luego no es nostalgia ni pena. Ni mucho menos. Es sólo ese pequeño nudo en la garganta que te recuerda que, de nuevo, entramos en una nueva etapa. Y ver esta semana los dibujos, los "trabajitos" y las notas de los niños de hace 10 ó 15 años, me recordó intensamente lo que en teoría ya uno sabe. Que la vida pasa. Que los niños son ya hombres. Y que probablemente alguno ya sólo volverá a casa de visita. Esa que ahora es puro silencio y quietud, y que era un auténtico manicomio hace apenas dos meses. Por eso, ahora que se han ido, estamos remodelando espacios y ordenando estanterías. Tirando lo viejo para dar cabida a lo nuevo. Y los recuerdos son inevitables. Pero no dejan de ser eso: simples huellas del pasado. Ni más ni menos.

Andorra-2019
Nuestros hijos han empezado a volar antes de lo habitual. Es cierto. Y el abrirles las ventanas tan "de par en par" para que vuelen desde pequeños tiene eso. Que vuelan. Y entonces no valen las medias tintas. No vale lo de "te dejo volar, pero vuelve porque te necesito". O lo de "vuelve porque creo que aquí vivirás mejor o serás más feliz". Los "sí pero no". No. Eso es hacer trampas al solitario, o un chantaje sibilino. Si abres la ventana es porque estás convencido de que tu papel es ese: enseñarles a volar, para que surquen sus cielos, y elijan su rumbo. No el tuyo. Sabiendo, además, que es probable que se equivoquen, que sufran, y que lo pasen mal. Y si les tocase tropezar muchas veces, seguro que acabarán volando aún mejor, a base de planear en sus caídas. El derecho a tropezar y a elegir caminos distintos a los paternos o maternos debería ser un derecho universal. Y a los padres sólo nos queda ser unos "pesados", preocuparnos cuando toque, y advertir por si se nos escucha alguna vez que otra. Abrir puertas y más puertas, para que ellos elijan. Pero sabiendo que tras alguna de ellas, pueden hacerse daño. No vale abrirles sólo la puerta que más nos guste a nosotros. No. De eso va lo de ser padres, aunque muchos nos miren raro por ello.

Por supuesto no es fácil. Exige prepararse para el continuo cambio de ciclo y de etapa. Y los hijos, además, deben saberlo muy bien desde muy niños. Que podemos ser una "Familiade3hijos". Y que para muchos esa es nuestra identidad. Pero no. No nos definen nuestros hijos. Tampoco nuestro rol de padres. La vida es más rica aún. Y no se agota en esa etapa con ellos. Por eso no cabe la tristeza. Y por eso, los nuestros saben que los echamos de menos. Que nos acordamos muchísimo de ellos. Que gozamos con su gozo desde la lejanía. Pero que nuestra vida sigue. Que por supuesto no hay "síndrome del nido vacío", porque vaciarlo es nuestra principal responsabilidad vital. Que estamos disfrutando de lo lindo de nuestra nueva y recuperada etapa "de novios". De nuestras escapadas en la "furgo", de nuestras rutas en kayak, o de alguna que otra "cenita romántica". Y les alegra saber que es así. Porque pueden disfrutar de su vuelo sin cortapisas, sin resquemores de lo que dejan en casa. Sabiendo que su vuelo no deja damnificados atrás.

Seguro que más de uno pensará que esto es exagerado. Que no hace falta ser tan contundentes. Que los hijos son para toda la vida. Y que si pueden estar cerquita, mejor que mejor. Que "como en España no se vive en ningún lado". O que "como mi pueblo, no hay nada en el mundo". Olvidando que el mundo cada vez es más pequeño. Que no hay distancias. Pero puede que no nos demos cuenta que, detrás de esos razonamientos, existe un apego sutil. Un aferrarse a lo que consideramos que debería ser la vida de nuestros hijos.Y eso acaba limitando su expansión vital, el despliegue de todos sus dones y talentos, y la misión que han venido a desplegar aquí, para la que nosotros sólo somos meros compañeros de viaje


Eva (Mijas Costa-2019)
Que todo esto nos haya pillado antes de los cincuenta, es toda una suerte. Y no sólo porque previsiblemente, "aún nos queda carrete". Sino porque te inmuniza contra el decaimiento vital. Ese que te hace pensar que esto se acaba y que no vale la pena, cuando llega un cambio tan brusco de etapa. Y entonces se tiende a confundir el paso a otra fase, con el paso al otro mundo. Y acabas muriendo por dentro poco a poco. No creo que haya peor muerte que esa, la verdad. Lo hemos presenciado en padres con hijos que se independizaban, y perdían las ganas de vivir. En parejas que se quieren, pero que se atascan en lo trivial o secundario: la distribución de la casa, el papel de la familia política, el tiempo dedicado al trabajo, la forma de hablarse...Y entonces se nos olvida que hasta el último segundo de vida, la muerte debe esperar. Porque morir no es sólo cuando se apagan nuestras constantes vitales. No. Es cuando dejas de vibrar por dentro ante el milagro de estar aquí y ahora. ¿Le vamos a dar esa ventaja o ese gustazo al de la guadaña? No nos podemos permitir el lujo de desperdiciar ni un segundo de vida muriendo por dentro.

Y curiosamente, esa es la paradoja de los tiempos actuales. Se televisa la muerte y el miedo las 24 horas del día. Y no porque de la Covid muera más gente que del sobrepeso o de las enfermedades cardiovasculares. Muy al contrario. Pero te lo repiten a todas horas. Quién sabe qué pasaría si televisasen a todas hora los dramas y las enfermedades derivadas de los que fuman o de los que comen "porquerías". Pero en lugar de "rebotarnos" ante la certeza de esa muerte, por Covid o por la caída de una maceta, y vivir hasta la última gota de vida, nos encerramos en vida para no morir. ¿Seremos tontos? De verdad que no lo entendemos. ¿A qué vienen esas caras de susto que vemos por la calle? ¿A qué vienen esas eternas conversaciones pesimistas? ¿De verdad vamos a prescindir de todo lo que vale la pena en esta vida, hasta que llegue esa vacuna milagrosa, que nos salve de ésta? ¿Y del resto de peligros que amenazan nuestra vida? ¿Nos vamos a poder vacunar contra todos ellos? Podemos meternos en una burbuja los próximos 50 años, y así seguro que no nos morimos. Por favor...Me recuerda mucho a todas esas personas que pasan la vida pensando: "esto para cuando me jubile", "esto para cuando me jubile". Y justo en la semana en que se jubilan, les da un ataque y se van "al otro barrio".

Estos días no hemos parado de oir plegarias para que pase el 2020 cuanto antes, como si las pobres cifras del año 2020 fueran las responsables. Como si fuera otro número demoníaco al que culpar de nuestras desgracias. ¿Olvidarse del 2020? ¿De verdad no hay nada de lo que aprender de lo sucedido? ¿Tan ciegos estamos? ¿No deberíamos acordarnos a cada instante de lo que ha sucedido, para decidir? ¿No habrá que estar muy pendientes para optar en cada instante por aquello que nos trae felicidad y vida, alejando aquellas pequeñas o grandes decisiones que nos matan por dentro?

Samuel (Conil-2020)

Hace unos días nos removió mucho un vídeo de una niña en la televisión Àpunt que se convirtió en viral. Preguntada por el uso de la mascarilla, la pequeña, de apenas unos añitos, contestó: "Es un poquito peor, porque no puedes respirar del todo. Pero, ¡no pasa nada! Es mejor eso que morirte". Lo dijo con tal inocencia, con una voz tan dulce, y con un movimiento de hombros tan convincente, que bien hubiera podido ilustrar cualquier campaña de marketing. Sin duda, muchos se habrán identificado con esas palabras. Pero son la esencia de lo que decimos. No voy a volver a abrazar a mi padre o a mi madre. No voy a volver a ver a mis amigos. No voy a volver a disfrutar de una buena bocanada de aire fresco. Ni de la sonrisa de mis seres queridos. Ni de una escapada. Ni de una locura. No. Es un poquito peor. Pero no pasa nada. Es mejor eso que morirte.

Nosotros lo tenemos claro. Y creo que nuestros hijos también. Estamos en un cambio de fase. En casa y también en la Humanidad. Y surge inevitablemente la pregunta: ¿y ahora qué? Nosotros hemos decidido ser unos activistas del VIVIR. Nos puede llegar la covid en cualquier momento. También un cáncer, un accidente de tráfico, o la caída de un meteorito. Algo, desde luego, nos va a acabar matando. Pero hasta ese momento, que nadie dude que vamos a exprimir este milagro que es la vida, hasta la última gota. Por eso hemos decidido hacernos aún más dueños de nuestro tiempo, de nuestros gustos, de nuestras prioridades, de nuestros rincones y de nuestros seres queridos. Estamos soltando lastre. Estamos quitándonos "perros pulgosos", obligaciones auto-impuestas, y dictaduras del "qué dirán".

El ser humano se afana en buscar vida en otros planetas, en otras galaxias. Incluso se esmera por conocer si hay vida más allá de la muerte. Pero se olvida de lo más importante. Que hay vida antes de la muerte. Y que nadie va a vivirla por nosotros. Que nos toca coger el timón de nuestras vidas con ganas. Y que hacemos el "panoli" si dejamos de vivir para no morir.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Peponi

Si te encuentras envuelto en miedo y desesperación por los rebrotes. Si te obsesiona qué va a pasar este año con la vuelta al "cole". Si te angustia si nos van a confinar o no este otoño. Si no paras de ver las noticias una y otra vez, para ver las cifras de infectados o por si aparece la vacuna milagrosa. Si no paras de compartir por whatsapp noticias cargadas de "yuyu" para advertir a tus familiares y amigos. O incluso si te inquieta cómo va la cosa con el rey emérito o con la fusión de Bankia y La Caixa... ¡NO LEAS ESTE POST!

Por favor: haznos caso. Luego no digas que no te lo advertimos...

Valdevaqueros (Tarifa-Agosto 2020)

Estoy convencido de que cada persona de este planeta tiene un mantra mental. Una frase que de una u otra forma marca cada uno de nuestros pasos, y nos encamina en una u otra dirección. Durante muchos años, mi mantra fue "Estoy agobiado". Y me costó lo mío quitarme de encima la dichosa frasecita, y sobre todo las consecuencias que traía consigo de stress y de sobrecarga en mis espaldas de problemas y dificultades propias y ajenas, laborales, familiares o solidarias. Cuando por fin lo conseguí, descubrí que había sido esclavo demasiado tiempo no sólo de aquella frase, sino de la programación mental que traía consigo. Por eso son tan alarmantes las frases que cada minuto martillean una y otra vez las mentes de los siete mil quinientos millones de personas de este planeta en los últimos meses. "Miedo, miedo". "Preocupación, preocupación". "Yuyu, yuyu".

El mantra de Mey, sin embargo, es otro.  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!". En estos treinta y tres años que llevamos juntos, hemos viajado muchísimo. Hemos visitado miles de lugares. E incluso nos hemos mudado ya también una pocas veces. Y su mantra sigue siendo el mismo:  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!". Tanto es así que, hace unas semanas, cuando los niños le prepararon un vídeo parodiando algunas de sus escenas cotidianas para celebrar su cumpleaños, su mantra no podía faltar:  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!"

Uno podría pensar que alguien que se repite interiormente esa frase una y otra vez, suponiendo que no está un poco "tocado del ala", o bien ha tenido mucha suerte con los sitios que ha visto y en los que ha vivido, o vive con intensidad y verdadero convencimiento la gratitud por estar aquí y ahora.Y cuando eso sucede, os puedo asegurar que resulta profundamente contagioso. Y la gente te busca porque notan que en esa gratitud a la vida reside la semilla de autenticidad de nuestra existencia.

Mazagón (Huelva- Agosto 2020)

Cuando estos días pasados ella y yo recorríamos en nuestra furgoneta, por fin, caminos y calas perdidas del sur, esa frase nos la repetimos un par de millones de veces. Interiormente y de palabra. Y no era para menos. Contemplar bajo el agua un arrecife en Cabo de Gata plagado de peces de colores en la paz más absoluta. Sumergirse en las tonalidades de un atardecer único en Ayamonte o en Isla Cristina. O mimetizarse con la arena, la luz y el agua de las playas tarifeñas. ¿Cómo no sentirse en el Paraíso? ¿Cómo no te va a brotar del corazón un profundo sentimiento de gratitud por tener la enorme dicha de estar viviendo?

Estos días, desde tales lugares, no paraba de pensar en las miles y miles de personas que no quieren salir de su casa, y que no han viajado estas vacaciones, por miedo a contraer el Covid. Y me imaginaba con pena el mantra que estarían repitiendo en su cabeza y cómo se sentirían: dejar de vivir, por miedo a enfermar, por miedo a morir. Muy duro, la verdad. Y nos hacía reafirmarnos a Mey y a mi en nuestro compromiso de gratitud con esta vida: "¡Vivir (o morir) con las botas puestas!". Y si al final uno se muere, sea por el covid o porque te cae una maceta en la cabeza paseando por la calle, "¡que te quiten lo bailao!".

Cabo de Gata (Almería-Agosto 2020)

No. El Paraíso no es cuestión de lugares espléndidos y lejanos. Como decía Mey hace unos días, el Paraíso, se lleva a cuestas. En tu mochila. Sí. Ésa que cargas cada día cuando te levantas y, o bien arrastras tu existencia como si fuera una carga muy pesada, o bien sales a comerte este mundo maravilloso que nos ha tocado vivir. El Paraíso no es un lugar. Es una actitud. Y en cada sitio que estés, lo despliegas como tu tienda de campaña vital. ¿Acaso hay algo más importante que transmitir a los hijos esa visión de un "Paraíso portátil", que te llevas contigo a cualquier lugar y en cualquier circunstancia?

Estos días lo veía con claridad con nuestros hijos Pablo y Eva en Estados Unidos. Eva se levanta a las seis de la mañana para sus ensayos de banda musical. Y Pablo se acuesta a las tantas de la noche tras su primer trabajo en la Universidad de Okalhoma como reponedor y cajero en un supermercado. Probablemente no sean los planes más "molones" del mundo. Y sin embargo, había que escuchar la emoción y la alegría con los que nos los describen en sus videoconferencias y audios (¡¡algunos de 40 minutos de duración!!). Poco importa que les esté cayendo una tormenta tropical como las que arrecian esa zona en estas alturas del año. O que el huracán Laura les haya pasado "de refilón". Ellos viven su Paraíso particular. Y por muy lejos que estén y por mucho que los echemos de menos, nosotros como padres, no podemos estar más felices porque estén disfrutando de ese Paraíso suyo en estos momentos.

Isla Cristina (Huelva-Agosto 2020)

Esta mañana, cuando me levanté, pensando en escribir sobre el Paraíso, me acordé de la canción de ColdPlay con ese nombre, y de una versión de The Piano Guys que disfrutamos en casa hace algunos años ya, y que se convirtió en un pequeño himno casero: Peponi (palabra en suajili que significa "Paraíso"). Cuando los niños eran pequeños, vimos con devoción decenas de veces aquel vídeo, en el que un helicóptero transportaba hasta una cima inaccesible un enorme piano de cola. Samuel se aprendió la letra en suajili, y los movimientos del cantante, Alex Boyé. ¡No parábamos de reirnos con su versión casera! Esta mañana descubrí que este cantante, de origen nigeriano, vivió una vida durísima en las calles de Londres, sin padres ni recursos. Y que, quizás la música y su motivación vital, le hicieron tirar para adelante hasta lo que es hoy: un gran artista, y un "motivado de la vida". Por suerte, cuando uno va acumulando años, te das cuenta de que ésos no son casos aislados, y que no estamos predeterminados para nada. Podemos elegir la dirección correcta hacia nuestro Paraíso, aunque sea volviéndonos sordos a lo que se dice o a lo que se vive a nuestro alrededor.

Así que, si en las circunstancias actuales, no has hecho caso a mis advertencias del principio y vives con miedo, mal humor, o indignación todo lo que está pasando, ¡quítalelo de encima! (Shake It Off: ver vídeo). ¡¡Piensa en tu Paraíso particular!!

domingo, 16 de agosto de 2020

Dallas - Córdoba - Oklahoma

¿Y ahora qué vais a hacer los dos "solitos"? Esa es la pregunta del "millón" que todo el mundo nos hace ahora cuando nos ve. Y eso que hace tres semanas, la cosa pintaba mal, y no hubiéramos apostado ni un céntimo por el giro que los acontecimientos han dado.

Tras la selectividad de Samuel, y los más de cuatro meses de visitantes en casa, estábamos todos exhaustos. Necesitábamos un cambio de aires, aunque fuera breve. Los cuatro días de escapada a Chiclana cumplieron su misión. Y disiparon la tensión y la frustración ante la incertidumbre respecto al próximo curso.

Días de escapada gaditana (Conil)

La "Presidential Proclamation" de Trump de finales de junio, y la paralización de las actividades de las embajadas, hacía inviable conseguir la visa para poder entrar a Estados Unidos. La cosa se torció más en julio, y Pablo tuvo que iniciar los trámites para matricularse en la Universidad en España. Respecto a Eva nos devolvieron incluso el dinero que ya habíamos pagado. Hubo alguna "lagrimilla" de la "pequeñaja", viendo que tras un proceso tan largo, su experiencia americana se disipaba. Pero un inesperado whatsapp a Pablo reavivó la esperanza. Un amigo de un amigo que trabajaba en una embajada centroeuropea en Washington avisaba que todo iba a dar un repentino vuelco. Y efectivamente ese vuelco se produjo al día siguiente. La demanda contra el gobierno americano de la Universidad de Harvard y el MIT, a la que se unieron otras 20 universidades, por las medidas que Trump había adoptado respecto a la enseñanza online y presencial en EEUU, funcionó. Y el juez no tuvo ni siquiera que pronunciarse, ya que Trump rectificó antes. Las visas de estudiantes se reactivaron y con ellas la actividad de las embajadas. Nuestra escapada gaditana era el preludio de una carrera contrarreloj, muy al estilo de las de esta familia.






Eva, lista para volar a Dallas

De inmediato Pablo inició el asedio a la embajada americana en Madrid por tierra, mar y aire. Llamó a todos los teléfonos y escribió a todas las cuentas de email que localizó, muy a su estilo de "una gota en un latón".  No una ni dos veces: ¡tropecientas! Y como "el que la sigue la consigue", accedieron a tramitar de urgencia su visa, adelantando la cita al 23 de julio. Primera prueba superada. En paralelo, y a pesar de las dudas, decidimos retomar las opciones de Eva justo el día en que, desde España, se iba a formalizar la renuncia a su plaza para el próximo curso. Nuestra determinación allanó las dudas que nos encontramos. Y ahora tocaba insistir para la cita de Eva, y tratar de que la hicieran coincidir con la de su hermano. Tampoco fue fácil, pero cuando hay motivación y convicción, las puertas se abren mágicamente. Y la segunda cita para Eva también se adelantaba de urgencia, haciéndola coincidir con la de Pablo. Escapada de urgencia a Madrid, con nuestros queridos Patricia y Alfonso de respaldo logístico y emocional. Y a los tres días teníamos la visa ya en casa. Lo más difícil estaba conseguido, pero no podíamos "dormirnos en los laureles". Las noticias no eran halagüeñas respecto a la posibilidad de que se vuelvan a cerrar fronteras. Y las entradas a Estados Unidos ahora sólo se gestionan por quince aeropuertos. Mientras tanto, en pocos días tocaba hacer lo que habitualmente toca en semanas. Con el añadido de que el violín de Pablo aún estaba en Italia, junto con parte de su equipaje. Traerlo con seguridad, no iba a ser fácil, tras el intento frustrado de Pablo por ir a recogerlo y cancelarse su vuelo semanas antes. Una hermana de una buena amiga, que resulta que tiene una empresa de mensajería, nos lo trajo con garantías, llegando en el tiempo de descuento a casa de nuestros anfitriones madrileños, un par de días antes de la salida de los vuelos a EEUU. Maletas, ropa, y gestiones múltiples de última hora fructifican en las salidas de los vuelos el pasado fin de semana. El de Eva el sábado 8, y el de Pablo el lunes 10. ¡Menudas tres semanas! No recordamos nada igual en años....

Habitación de Pablo
en la Universidad de Oklahoma

Más de uno se preguntará qué ha pasado con Samuel. Pues como "no hay dos sin tres", también lo suyo estalló a la vez que todo el "tinglado" de sus hermanos. Aunque consiguió su sueño de que lo admitieran en Físicas en la Universidad de Toronto, no pudo conseguir beca. Ello le cerró por ahora las puertas a su sueño canadiense, y le obligó a "ponerse las pilas" para selectividad. Su nota fue muy buena, pero las notas de corte en este año raro de coronavirus se han disparado, y no pudo entrar en su primera opción: Granada. Pero quizás no era eso lo que le marcaba el universo. Y él, que es un maestro en eso, supo escuchar, y cuando aceptó la alternativa de Córdoba, todo le fue "rodado": a través del primo Adolfo, ya tiene piso de estudiantes y compañeros de piso, y hasta un "trabajillo" como "profe" de inglés para chavales de primaria.

En definitiva: Eva empieza mañana sus clases en el High School de una pequeña localidad texana a media hora de Dallas. Está encantada con su nueva familia y con sus dos "hermanas americanas". Tocará su flauta en una banda de música. Y probablemente podrá seguir practicando la natación allí. Está escribiendo un diario, y da gusto recibir sus largos audios cargados de alegría y de vitalidad ante una experiencia tan radicalmente distinta a lo que ha venido viviendo hasta ahora. 

Pablo, por su parte, becado por la Universidad de Oklahoma,  ya ha pasado su mini-cuarentena en un hotel que le reservó la Universidad a su llegada. Sus pruebas PCR han salido negativas, y desde el viernes ya está en su residencia universitaria, a tan solo dos horas de su hermana (¡mira que es pequeño el mundo!). Su novia sigue estudiando en Dinamarca. Pronto harán tres años, a pesar de los amigos que auguraban un noviazgo corto en la distancia.

Samuel está disfrutando de playa y amigos por Málaga, a la vez que saca ratos sueltos para practicar el piano. Pronto le tocará también marcharse para Córdoba e iniciar allí una nueva vida.

Y nosotros nos hemos quedado aquí, aunque Eva volverá en unos meses. Pero desde luego no estamos en un "valle de lágrimas". Ni mucho menos. Y ello, a pesar de las caras de desaprobación de quienes no entienden que los hijos vuelen a pesar de lo que dicta el telediario, y a pesar del peor de los virus que corre por nuestras calles hoy día: el del miedo. Tener hijos es prepararlos para que vuelen. No es tenerlos encerrados en casa para que no les pase nada. Lo único inesperado es que ese vuelo haya coincidido para los tres simultáneamente, y que el mundo se haya vuelto loco en cinco meses. Pero "sólo" eso. Y hay que fluir con eso. Ahora toca disfrutar en pareja de pequeños placeres que quedaron postergados por la prole. Llevamos tres días de bricolaje para un mueble-cama diseñado por Mey para la "furgo". Esta tarde toca escapada.

domingo, 19 de julio de 2020

Érase una vez una pandemia (3ª parte): Incertidumbre

Hemos construido nuestro mundo sobre certezas. Nos acostamos cada noche con la certeza de que amanecerá en pocas horas. Que el despertador sonará. Que el termo o el butano nos proporcionará una ducha reparadora. Que nuestro frigorífico habrá mantenido frescos los alimentos para nuestro desayuno. Que nuestro móvil nos tendrá organizada la agenda de trabajo del día. Que nuestro coche arrancará sin problemas, que la autovía estará transitable, y que la plaza de parking del trabajo nos aguardará como siempre. Planificamos las vacaciones con la certeza de que podremos desplazarnos a los destinos escogidos, que habrá medios de transportes para ello, y que las regiones o los países a donde nos dirijamos nos recibirán con los brazos abiertos. E incluso organizamos la vida de nuestros hijos en base a las certezas de su asistencia diaria al colegio o al instituto escogido, a sus actividades extraescolares, y a sus espacios de ocio, eso sí, enlatados en una agenda bien apretadita. Soñamos una gran carrera universitaria para ellos, y un gran trabajo, por supuesto para toda la vida. 
Exebiche en freepik
Pero de repente llega el 2020. Y todas nuestras certezas parecen desmoronarse como castillos de naipes. Nos prohíben circular por donde siempre lo habíamos hecho. Nos obligan a llevar un bozal en la boca. Nos limitan a donde vamos y con quien nos reunimos. Cierran sus puertas instituciones y empresas que parecían invulnerables. Se cierran fronteras a cal y canto. Se suspende incluso el "pan y circo" del fútbol o de las olimpiadas. De repente, nuestras certezas se convierten en zozobra. Y le echamos la culpa al maldito 2020 o al dichoso virus. Quizás sin darnos cuenta de que quizás la culpa sea de nuestras expectativas de cómo debe funcionar nuestro mundo.
Realmente certezas hay pocas. Si hay alguna cierta en nuestra vida es que ésta acabará. Tarde o temprano. Pero lo hará. Al menos en el plano físico, como encarnación en este cuerpo que tenemos. En otros planos, sin duda no. Pero esta carcasa que nos alberga tiene fecha de caducidad. Y hasta esa fecha, todo es puro cambio y puro fluir. Aunque nos hayamos empeñado en darle la espalda a esa realidad, a base de nuestras absurdas certezas. Y de repente, nos televisan en directo, con toda su crudeza, y en horario ininterrumpido, esa gran certeza. Que no somos eternos. Que esto se puede acabar, y de hecho se acaba. Y que ni los grandes imperios tecnológicos, financieros o mediáticos, ni todas nuestras certezas lo pueden impedir. Y cunde el pesimismo, la angustia y el desasosiego por todos los rincones de nuestro planeta. Sin darnos cuenta de que no hay nada nuevo bajo el sol. Que lo único nuevo es un virus que nos confronta con nuestra incertidumbre vital, y con nuestra incapacidad para asumir esa inseguridad. Y en lugar de aprender a convivir con esa incertidumbre, nos aferramos a que esto cambie, a que las cosas vuelvan a ser como antes. ¿Qué "antes"? ¿El "antes" de creerse inexpugnables y eternos? ¿El "antes" de nuestras falaces certezas?
Cada uno tiene un relato de lo que está pasando con el Covid-19. Cada cual está gestionando como puede los miedos ante toda esta situación. Pero lo que está claro es que, si no somos capaces de aceptar la incertidumbre propia de una existencia en constante cambio y sometida a todo tipo de avatares, nada habremos aprendido de todo esto. Y repetiremos curso una y otra vez. Como civilización, y probablemente también como individuos. Porque sin saber convivir con la inestabilidad propia de nuestra condición, seguiremos chocando contra el muro de nuestra incoherencia. Y probablemente tendremos que ir más allá de la mera asunción de esta incertidumbre, y abrazarla con alegría e incluso con entusiasmo. De otro modo será difícil dar respuestas ágiles, innovadoras y flexibles a los desafíos de unos tiempos cada vez más inciertos. Probablemente sea ese uno de los mayores retos a los que no enfrentamos.
Imagen de Seúl en El País
El 17 de enero íbamos a una revisión ocular rutinaria a Barcelona, y nos volvimos con una peligrosa operación por perforación de mácula a realizar 10 días después. Incertidumbre. Semanas de reposo radical boca abajo, tras la operación, con la esperanza de que no vaya a mayores lo del ojo. Incertidumbre. En la primera escapada de fin de semana al campo, tras la intervención quirúrgica, Pablo nos llama desde Italia con urgencia, porque cierran su colegio de inmediato por la pandemia. Debe volver a casa de inmediato, creyendo que será cosa de un par de semanas. Ofrecemos acogida a tres compañeros más. Incertidumbre. El 25 de febrero nuestra casa acoge a ocho habitantes. No sabemos por cuánto tiempo. Incertidumbre. La epidemia en ciernes amenaza los vuelos para la revisión ocular de marzo. Incertidumbre. Cinco días después de la última revisión oftalmológica se inicia el estado de alarma. Incertidumbre. Las estructuras, los protocolos y sobre todo las mentalidades no están preparadas para el trabajo desde un confinamiento obligatorio. Incertidumbre. El teletrabajo y las clases online se abren paso a la fuerza en casa, con la conexión wifi echando humo. Incertidumbre. Las semanas iniciales de acogida a nuestros particulares refugiados se amplían, al ritmo de la histeria colectiva por la pandemia. Incertidumbre. El fin de curso se acerca, y ni Pablo sabe cómo acabará su Bachillerato Internacional (IB) en Italia, ni Samuel cuándo será su Selectividad. Incertidumbre. Fabián vuelve a Costa Rica justo antes del confinamiento. Erick tendrá que esperar casi dos meses a que se flete un vuelo humanitario en pleno estado de alarma. Y Jacopo, tras 3 reservas de vuelos fallidas (y probablemente fraudulentas) logra volver a casa cuatro meses después. Incertidumbre. Las notas del IB se definen por un nuevo algoritmo que tendrá en cuenta todo lo sucedido, alterando lo logrado en los dos primeros trimestres y afectando las posibles salidas de muchos a la universidad. Incertidumbre. Tanto a Pablo como a Samuel les aceptan en varias universidades extranjeras, y en concreto en sus preferidas respectivamente: Oklahoma y Toronto. Pero el cierre de fronteras y la necesidad de conseguir beca para tales logros, genera lo de siempre: incertidumbre. Finalmente Oklahoma ofrece beca completa e incluso un pequeño trabajo remunerado. Toronto no. En un caso todo dependerá de que Trump abra las fronteras tras el cierre radical y el rechazo a las visas de estudiantes. En el otro de los resultados de Selectividad para entrar en una universidad en la opción deseada: Físicas. Incertidumbre. En el caso de Eva, aunque todos los trámites están finalizados para marcharse a EEUU en 4º de la ESO, como sus hermanos, la organización, viendo el panorama, aconseja posponerlo todo al curso siguiente. Eso le cerraría puertas para las mismas opciones que sus hermanos, pero el panorama de EEUU nos obliga a aceptar. Incertidumbre. De un panorama en el que parecía que Mey y yo nos ibamos a quedar solos en casa el próximo curso, de repente las circunstancias parecen abocarnos a todo lo contrario. Incertidumbre. Nos llega un "chivatazo" de un amigo de Pablo desde una lejana embajada: la demanda de Harvard y el MIT frente a las decisiones de Trump respecto a las visas de estudiantes, va a obligar a retractarse en sus decisiones. Todo puede dar un vuelco. Incertidumbre. El vuelco se produce el pasado miércoles. Todo se reactiva. La embajada por fin abre la agenda de entrevistas de nuevo. Decidimos "liarnos la manta a la cabeza" e ir para adelante también con Eva. Seremos sólo 7 familias frente a las 140 del pasado año. Para las demás ha pesado demasiado lo que toca ahora: la incertidumbre. Nos acaban de confirmar el adelanto de cita de la embajada en Madrid para Pablo para este jueves. Iniciamos gestiones para que la cita de Eva también coincida con ese día. Es difícil, pero hay que intentarlo. Es sólo el inicio del papeleo, de las gestiones de los vuelos y del resto del lío. Incertidumbre. Ayer conocimos por videoconferencia a la familia americana. Todo pinta muy bien, aunque todo está realmente en el aire. Incertidumbre. Parece que hay algo cierto: que este año las vacaciones van a ser muy burocráticas. Respecto a si nos quedaremos solos Mey y yo el curso próximo: incertidumbre.
Si en cada paso de estos últimos siete meses, nos hubiéramos estado peleando con la incertidumbre radical que se ha cernido sobre esta casa, ya estaríamos en el manicomio. Pero hemos aprendido que no se trata de luchar contra esa incertidumbre, sino de navegar por su caudal. Y si es posible disfrutar de la travesía, todavía mejor. Porque es lo que hay. A veces entrará agua en la nave. A veces incluso temeremos naufragar. Pero es el río que toca recorrer. Y por tanto, habrá que disfrutar del viaje. Porque no hay final feliz ni final triste. Todo es pura odisea. Una odisea maravillosa (CONTINUARÁ)

sábado, 4 de julio de 2020

Érase una vez una pandemia (2ª parte): Historias de miedo

A la cuarta fue la vencida. Tres vuelos suspendidos después, y tras cuatro meses y cinco días en casa, Jacopo pudo regresar a Milán este martes. Y con él nuestro último refugiado del coronavirus. No puedo ni imaginar las ganas que tendrían de abrazarlo sus padres. Y tras todo este tiempo, si hay algo de lo que nos sentimos satisfechos, es de haber preservado un ambiente de optimismo, de ilusión y de ganas de cambiar el mundo entre los que hemos compartido estas cuatro paredes. Nada que ver, por desgracia, con lo que nos hemos encontrado al ir regresando poco a poco a esa normalidad anormal que nos hemos auto-impuesto.
Nandhu Kumar en Pixabay
Probablemente haya tantas versiones de lo que está ocurriendo como habitantes en este planeta. Casi ocho mil millones de relatos distintos. Y es curioso, porque aunque no sé si se trata de un cuento o de una pesadilla, todos estamos viviendo los mismos episodios: confinamientos, mascarillas, distancias de seguridad, lúgubres historias en la televisión las 24 horas del día...Sin embargo, cada uno tiene su propia interpretación, su propia explicación, su propio cuento. Pero, si lo pensamos, la narración de la realidad sólo puede condicionar un poco los pasos que nos toca dar a cada uno o una. Es sólo una explicación. Por eso, en el fondo, en casa nos importa tan poco lo que cada uno entienda respecto a lo que está pasando. Con que esa lectura no nos divida más, nos vale. La clave está en cómo vamos a vivir a partir de ese relato. Cómo nos vamos a posicionar individualmente y como Humanidad. Da igual la versión de los hechos de cada uno. Ahora nos toca salir a jugar. Ya hemos calentado bastante el banquillo.
Y debo reconocer que a medida que salimos del confinamiento, a medida que regresamos al trabajo, la preocupación ha ido en aumento. No sé si somos mejores ahora que en marzo. No sé si hemos aprendido alguna lección. Lo que sí estamos presenciando es un "mastodóndico" proceso de miedo colectivo. Y eso nos tiene consternados a Mey y a mi. He dudado, incluso, si escribir sobre ello, por respeto a tantas y tantas personas queridas que están inmersas en ese proceso. Pero si hay un momento en el que no callar, probablemente sea éste. Sin enjuiciar. Respetando los procesos de cada uno. Pero, como me decía Mey hace un par de días: nunca ha hecho tanta falta como ahora desplegar una energía alternativa a la que se está viviendo en la calle y en tantos hogares del planeta. La dualidad y la polarización entre baja y alta vibración parece inevitable. Y es por ello, que, lo sentimos mucho, pero no podemos dejar que se imponga el relato del miedo. Por  nuestros hijos. 
Siete de la mañana de un día cualquiera. Camino despacio hacia el coche aparcado en las afueras de la urbanización. Un señor de unos 70 años recorre un trayecto de uno 50 metros una y otra vez. Una y otra vez. Como un tigre enjaulado en un zoo. No hay nadie en la calle, pero sus guantes de latex y su mascarilla no hay quien se los quite. Una pena que no pueda respirar este frescor de la mañana. Aunque probablemente será su gran momento de libertad. El resto del día lo pasará en su confinamiento voluntario. No me lo ha contado, pero sus ojos de pavor lo dicen todo cuando ve que me acerco a él para abrir la puerta del coche.
Elliot Alderson en Pixabay
En la media hora de recorrido hasta la oficina hay dos hábitos que ya he abandonado tras estas tres semanas. Una es escuchar las noticias y los anuncios. Notaba que llegaba al trabajo soliviantado y exhausto ante tanto "buen rollito" y tanta heterogeneidad de noticias hablando de lo mismo. Mejor crearme yo mi propia realidad. El otro hábito era contar el número de conductores solos que iban conduciendo con mascarilla, para evitar contagiar o contagiarse quizás de su propio aire.
Los compañeros del trabajo van regresando poco a poco, según el ritmo marcado por las autoridades para cada colectivo. Cada uno trae sus "ticks" post covid. Hay quienes se traen todo un set de productos químicos y de desinfección para repasar lo que los servicios de limpieza hacen una y otra vez a diario. Hay quien se pone una bolsa de la basura para no entrar en contacto con su propia silla. Hay quien no sale a desayunar y apenas va al baño, por si acaso. Hay quien se auto-incluye en la clasificación de colectivos vulnerables, quizás para justificar sus precauciones.
Yo he decidido observar. Simplemente observar. No forzar procesos de nadie. No apretar con argumentos desde mi propio relato de la realidad. Respetar y no enjuiciar. Ya me llevé un pequeño tortazo de realidad, cuando tras estos meses de confinamiento, me encontré en la calle con una gran amiga, y de la alegría que me dio me abalancé para abrazarla. Su "no" tajante y sus ojos de pánico me colocaron en mi sitio. Fue en ese momento cuando empecé a darme cuenta de lo que teníamos delante. Algo mucho más peligroso que un coronavirus.
"El miedo es libre". Eso dicen. Parece la frase de moda. Y puede que sea cierto que nadie puede obligarte a ser valiente o a ser miedoso. Eres como eres. Y debes tener libertad para ser así. Y no sólo eso: debes ser respetado en tu decisión. Y si puede ser, incluso sin ser enjuiciado. El problema es analizar ese miedo, de dónde surge y en qué medida te esclaviza o no. Porque el miedo será libre, pero ¿y tú con él?
El miedo es fundamental como mecanismo de supervivencia. Es lo que hacía que el hombre prehistórico se pusiera a correr ante la posibilidad de ser devorado por alguna fiera. Es lo que activa y agudiza todos nuestros sentidos para enfrentarnos a cualquier peligro que nos aceche. Pero el mecanismo del miedo está pensado para momentos extremos. Mantener el miedo en altos niveles y durante mucho tiempo, tiene sus consecuencias, ya que, sin duda, nos saca de nuestro equilibrio habitual y nos hace actuar de forma impensable en un estado natural. Eso lo saben bien los políticos y la publicidad:
-Cuidado con los inmigrantes, que nos van a quitar el trabajo: ¡susto, susto!
-Cuidado con los ultraderechistas come-niños: ¡susto, susto!
-Cuidado con los que van a desintegrar nuestra patria: ¡susto, susto!
-Cuidado con los populistas antisistema: ¡susto, susto!
-Cuidado con irte de vacaciones, sin activar tu sistema de alarma: ¡susto, susto!
Basta con conectar con sentimientos muy básicos, meter bien el dedo en la llaga, y esperar la cosecha, bien sea votos, de ventas o de vacunas. Asusta, que algo consigues. ¡Seguro!
Conocíamos muy bien ese mecanismo, tan habitual en los negocios y en la política. Pero jamás lo habíamos presenciado de forma tan masiva, radical y con cambios tan drásticos en el comportamiento de seres a los que queremos. Porque si algo consigue el miedo es controlarte hasta anular tu capacidad de elección. Por eso siempre se ha dicho que el miedo es el gran enemigo de la libertad. Y por eso vivimos tiempos tan tristes para la libertad. Porque hay tanto miedo que nos auto-confinamos, que vemos normal y necesarias las medidas más inimaginables de restricción de las libertades públicas y de los derechos civiles, con censuras permanentes a quienes osen cuestionar el pensamiento único y oficial. Y porque incluso nos convertimos en verdaderos guardianes que velan por mantener esas restricciones. Está pasando con los llamados "balconazis", que abroncan a los vecinos que van sin mascarilla, por ejemplo. O nos pasó hace unos días, en otra modalidad de miedo, con una señora mayor que, en un grupo de whatsapp de proyectos solidarios que tenemos, se desgañitaba por compartirnos su versión conspiranoica sobre la vertiente pedófila de todo lo que está pasando. 
Antes de ayer, teníamos asamblea de vecinos para decidir si se abría o no la piscina este verano, con las nuevas medidas anti covid-19. Por casi el 99% se descartaba la apertura: no por el sobrecoste (apenas 3,85€/mes por vecino) sino por el riesgo enorme que todos corríamos. Nunca he asistido a una reunión tan concurrida a pesar de los 40 grados de temperatura y el sofoco de llevar todos las mascarillas. En círculos concéntricos y con las distancias de seguridad pertinentes, tratábamos de hacernos entender en base a argumentos racionales. Pero la propia liturgia de la reunión me recordaba las del Ku-Klux-Klan. La postura de abrir la piscina ya estaba condenada de antemano. Se habían encargado de ir casa por casa recogiendo delegaciones de voto para ello. Y los discursos incendiarios se impusieron bajo la ovación del respetable. A los que tenían miedo no les bastó con no ir ellos a la piscina. Hicieron proselitismo para que nadie pudiera ir, descalificando y casi insultando a los disidentes. Difícil combatir con argumentos y equilibrio las consecuencias de una muchedumbre en pánico. Esos parecen ser los tiempos que corren.
Los que hemos tenido que luchar contra algún miedo propio, bien sabemos lo dura que es la batalla. A mí me ha pasado con miedos tan básicos como el de coger un gorrión herido (por algo que tuve que vivir quizás de niño), como con miedos tan complejos como el miedo a equivocarse, el de defraudar a los demás o al "qué dirán". Y el efecto del miedo siempre es el mismo: te imposibilita para actuar con la libertad que te otorga no estar asustado. Bien sea para coger al pájaro que se ha colado en casa y echarlo a volar, o bien sea para decir un simple "no", por mucho que eso defraude al que lo tenga que escuchar. Nuestros hijos, en su etapa de adolescencia, sienten verdadero pánico a no encajar con sus iguales, a no ser aceptados, o a salirse de la pauta de la mayoría. Toca, pues, analizar esos miedos, porque lo queramos o no, nos acaban esclavizando de una u otra forma.
Engin Akyurt
Entorno al Covid-19, existe un gigantesco aparato mediático e institucional respaldando ese miedo. No entro en si se hace de forma planificada e intencionada, si es por simples cuestiones de audiencias mediáticas, o o si es por puro "seguidismo" de lo que hacen otros. Pero jamás ha existido semejante "lavado colectivo de cerebros" para mantener a tantos millones de personas sometidos a tanto miedo durante tanto tiempo. Y las consecuencias las vamos a sufrir, salvo que empecemos a desactivar esa programación.
Además, hay pocas cosas tan importantes para combatir a los virus patógenos como un buen sistema inmunitario. ¿Y a que no sabéis qué es lo que más debilita a un buen sistema inmunológico? Efectivamente: el miedo. Probad, si no, a repetir una y otra vez, "me siento enfermo, me siento enfermo", y observad si no os acaban temblando las piernas de pura debilidad. Así que, aunque sólo sea por reforzar nuestra inmunología, habrá que trabajarse al dichoso miedo. Da igual cómo lo llames: cautela, prudencia o pánico atroz.
Y en ese proceso, tenemos una mala noticia. O quizás no: todos los que estáis leyendo estas líneas vais a morir. Nosotros también. No sé si será dentro de setenta años o dentro de cinco minutos. Pero todos la vamos a "espichar". Tan sólo hay un requisito para morir: estar vivo. Y ese lo cumplimos todos nosotros. Quizás nunca había existido una retransmisión en directo tan intensa y continuada de la muerte como durante esta pandemia. Siempre le damos la espalda a la muerte y nos creemos eternos. Y quizás, por primera vez muchos han caído en la cuenta de que "la vamos a palmar". Si es así, no viene mal hacerse consciente de ello. Aunque la cuestión es qué vas a hacer con ese descubrimiento. ¿Vas a disfrutar del presente como nunca lo has hecho? ¿Vas a dejar de perder el tiempo en cosas que no valen la pena? ¿Vas a enfadarte menos y a reírte más? ¿O te vas a encerrar en tu miedo para no morir? ¿Vas a vivir como un zombi sin disfrutar de la vida, de los abrazos, y de la naturaleza por miedo a morir? ¿Vale la pena morir en vida para no morir físicamente? ¿Qué te vas a llevar entonces al "otro lado"?
No seremos nosotros quienes te juzguen si tienes miedo. No vamos a entrometernos en tus decisiones ni en las restricciones que hayas auto-impuesto en tu vida y en la de los tuyos para combatir el dichoso virus. Pero sí te vamos a pedir que trabajes por desprogramar ese miedo en ti, y que encuentres huecos para ejercer tu libertad frente al sometimiento que te impone ese miedo. Quizás descubras, como ya nos pasó a algunos hace años, que la vida vale todavía más la pena de ser vivida así. Y ojalá cada vez seamos más los que construyamos una Humanidad sin miedos esclavizantes. Pero para ello, no busques salvadores. El trabajo es tuyo contigo mismo/a.

sábado, 20 de junio de 2020

Érase una vez una pandemia (1ª parte)

Polos opuestos. Radicalidad. Pasiones y dramas ardiendo por doquier en todos los rincones. Centenares de acontecimientos, noticias e incidentes se multiplican a diario a nuestro alrededor a raíz de la pandemia del coronavirus, generando una polarización de las personas como jamás imaginamos. La interpretación de una realidad tan compleja, tan cambiante y aparentemente tan amenazante para nuestro presente y futuro, genera inquietud y zozobra por todos lados. Pero no deja de ser eso: una interpretación de la realidad. El SÍ y el NO, lo blanco y lo negro, la generosidad y el egoísmo, el miedo y la libertad...Los extremos más antagónicos conviven y obligan a cada individuo a posicionarse sobre cómo entiende lo que está pasando. Y en ese proceso de interpretar la realidad, basta que pronuncies una palabra, que actúes de una determinada forma en estos días, para que automáticamente te etiqueten, te cataloguen, y seas rechazado e insultado o acogido entre algodones. Nunca como ahora se han construido unos muros tan altos entre "lo nuestro" y "lo vuestro", entre "mi razón" y tu "sinrazón", entre "mi verdad" y "tu error", o directamente "tu mentira" o "tu bulo". Andamos en terrenos no ya resbaladizos, sino profundamente enfangados. Y sería sólo anecdótico, si no fuera porque se juega quizás, no sólo el partido de nuestras vidas, sino quién sabe si el partido de la Historia de la Humanidad en los próximos lustros.
Lubimy Czytac
Para esa interpretación de lo que está pasando, han sido muchos los que nos han pedido nuestra opinión sobre muchos de los asuntos que dominan la actualidad. Y no solemos rehuir esas preguntas. Aunque lo cierto es que no dejan de ser opiniones, ideas, conceptos mentales que nos acercan o nos alejan del entendimiento de esta complejísima realidad que estamos viviendo. Son sólo una forma de ver la realidad. ¡Nada más! Pero si lo pensamos, poco o nada sirven para el núcleo de lo que realmente se está jugando, que es algo mucho más sencillo y más cercano: QUÉ VAS A HACER TÚ.
En las próximas líneas vamos a exponer nuestra quiniela respecto a algunas de las preguntas que todos nos hacemos estos días. Esa quiniela no es ni mejor ni peor que la de cualquiera que nos lea. Y estamos seguros que nos equivocaremos en muchas de las cuestiones que vamos a exponer. Perdonadnos por ello. No somo ni adivinos ni más listos que nadie. Y seguro que seremos también "carne de cañón" de la manipulación y de las muchas mentiras que nos rodean. Sólo os rogamos una cosa: que hagáis un simple ejercicio. Observad vuestra opinión previa sobre nosotros, y cómo esa opinión se va consolidando o se va deteriorando a medida que vais leyendo las siguientes líneas y lo que os vamos diciendo se acerca o se aleja de vuestro particular relato de esta realidad. Será un buen termómetro para medir hasta qué punto el relato de lo que está sucediendo nos está o no abduciendo un poco a todos, y nos está obligando a alejarnos del equilibrio al que estamos llamados.



-¿Realmente existe el Covid-19 o es todo una mentira?
Quizás sea una de las pocas cuestiones que ya a estas alturas ofrece poco debate, vistos los numerosos estudios médicos y epidemiológicos. El SARS-COV-2 forma parte de una amplia familia de virus (los coronavirus) que pueden causar infección al ser humano y a determinados animales, y éste provoca la enfermedad Covid-19. De eso no parece haber duda. No seremos nosotros de los "negacionistas".

-¿Cómo creemos que se originó?
Ahí empieza parte de la batalla que se está librando. ¿Fue un experimento de arma biológica creado en el WHCDC de forma premeditada y que se les fue de las manos? ¿Se trata de un virus por control remoto a través de la tecnología 5G? ¿Puede tener algo que ver con el Instituto inglés Pirbright, con Bill Gates y con una patente de dicho instituto relativa a otro coronavirus? ¿O se produjo realmente una zoonosis o salto entre especies a raíz de la ingesta de animales salvajes como el pangolín o los murciélagos en Wuhan? Las versiones parecen cada vez más rocambolescas, pero una zoonosis de ese calibre, pasando al hombre de una forma tan directa parece casi de ciencia ficción, y es descartada por muchos expertos.

-¿Es tan letal como lo pintan?
Negar su letalidad sería ofender a las víctimas y a las familias de las víctimas que han fallecido por todo el mundo. Son muchos los que han fallecido, y probablemente muchos más los que fallecerán por el Covid-19 en los próximos años. Y parece indudable su enorme capacidad de contagio. La cuestión es si es tan letal como otras enfermedades, y si esa gravedad justifica el pánico y las medidas históricas que se han adoptado para contenerla. Es ahí donde tenemos muy serias dudas. En promedio, su letalidad es de alrededor del 0,2%, lo que se sitúa en el rango de una gripe fuerte y es unas veinte veces inferior a la supuesta inicialmente por la OMS.

Imagen de Silviu Costin Iancu en Pixabay
-¿Qué papel tienen las estadísticas en todo esto?
Es el gran caballo de batalla de toda esta cuestión. Figuras de primer nivel ya lo dicen abiertamente. Y lo es por una doble razón: porque según el país, un volumen abrumador de las muertes que se han producido, lo han sido en personas de edad avanzada y con patologías previas. Y según las estadísticas de cualquier nación, la muerte, cuando se produce por enfermedad, en muy pocas ocasiones sucede por un solo motivo, sino por las llamadas causas múltiples, que se encadenan unas con otras, como reconoce el INE. Eso ha producido que en todo el mundo la batalla de los números haya explotado entre los que quieren rebajar las cifras oficiales, y los que quieren inflarlas. Y el centro del debate está en los fallecidos CON coronavirus (con las dudas que podamos tener sobre la fiabilidad de los métodos de detección de la enfermedad) y los fallecidos POR coronavirus. Esta distinción es crucial, y parece pasar inadvertida. Ha habido muchas personas con cánceres en estados muy avanzados, a punto de morir, cuyos fallecimientos han sido catalogados como muertes por Covid-19, cuando esa causalidad única es realmente absurda cuando existen patologías previas tan graves. Sin números escandalosos todo lo que se ha generado no se justifica. De ahí la batalla que se está produciendo. Para nosotros ahí hay muchos gatos encerrados. Quizás dentro de unos meses o años, nos sorprenderemos con enfermedades cuyas muertes se han reducido drásticamente en favor de computarlas como Covid-19. El único dato en España, sin análisis de causalidad, y con el sesgo del colapso del sistema de registro por medio, son las 43.000 muertes de más que el sistema Momo ha registrado de marzo a mayo. Son muchas como para negar que sea un problema serio, pero no tantas como para las decisiones tomadas y las gravísimas consecuencias que van a traer.

-¿Qué opinión nos merece la OMS en este asunto?
Quizás sea la institución que ha salido más "tocada" hasta el momento. Ya no es sólo cuestión de las dudas que ha generado el etíope Tedros Adhanom, sus gestiones de varias epidemias en su país, y sus posibles vinculaciones con China. Se trata de los auténticos cambios de criterio que ha llegado a formular la OMS, incluso en cuestión de horas, en temas tan relevantes como la transparencia de China, la posibilidad de una segunda ola, el uso o no de la mascarilla, el papel de los enfermos asintomáticos en la expansión de la enfermedad, y el uso o no de la hidroxicloroquina. Han sido bochornosas algunas de sus intervenciones y ha dejado de ser una institución de referencia para muchos profesionales de la salud, tras sus vaivenes o sus manifestaciones interesadas.

Imagen de Klaus Hausmann en Pixabay
-¿Cómo sale la Ciencia de esta pandemia?
En nuestra opinión, la Ciencia también sale muy perjudicada en todo este proceso. Ha sido la gran coartada de los gobiernos a la hora de tomar unas medidas u otras (cuando había expertos científicos en posiciones muy encontradas), y se ha demostrado su alarmante cercanía en algunos casos con la industria farmacéutica. Tenemos buenos amigos en el mundo de la Ciencia y de la Medicina, y los vaivenes de criterio que se han producido en muchos casos, acompañados de actitudes muy corporativistas, han evidenciado graves carencias a la hora de aceptar visiones distintas, censurándose de forma sesgada las opiniones disidentes, y acercándose a posiciones dogmáticas más propias de fanatismos religiosos que de la búsqueda de una verdad científica. Nos preocupa mucho su futuro papel, y si va a saber encajar el golpe y aprender de los errores cometidos.
Revistas médicas tan prestigiosas como The Lancet o New England Journal of Medicine han resultado muy afectadas en su credibilidad tras los estudios que han publicado sobre el Covid-19. Publicar algo en ellas suponía años de ensayos y pruebas del máximo nivel. Y los errores de bulto en publicaciones sobre el Covid-19, con pruebas de escasa representatividad o con el uso inadecuado de placebos las ha puesto "en la picota".

-¿Qué opinamos sobre las alternativas que se han ido planteando en los últimos meses para combatir el virus?
No somos expertos. Pero desde hace años, y en temas de salud aún más, huimos como de la peste de las posiciones tajantes. Por eso no entendemos la censura y las críticas furibundas a las alternativas planteadas sobre el dióxido de cloro por ejemplo, cuando estos meses se están haciendo ensayos clínicos para el Covid-19 con él, y su uso en sangre está incluso patentado. Tampoco compartimos la persecución que se está desarrollando a los tratamientos basados en las plantas medicinales, existiendo tantos testimonios que los avalan. La artemisia es un gran ejemplo de ello, y es muy descarado el interés de la industria por controlar sus posibles mercados. Ni tampoco entendemos la falta de transparencia para fundamentar la toma de decisiones que se han realizado. Creemos que es momento de explorar con rigor, TODAS las posibilidades, y tenemos muy cerca de nosotros ejemplos de amigos y conocidos que han experimentado algunos métodos alternativos con magníficos resultados. No se trata de que sea la única vía, pero al menos debería permitirse su exploración y viabilidad, cosa que no se está haciendo.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay
-¿Cómo nos posicionamos respecto a la vacuna que, sin duda, llegará tarde o temprano?
Es una de las palabras "tabú" de estos tiempos: "vacuna". Nuestros tres hijos tienen más vacunas que la media de cualquier niño o joven español. Era el peaje que teníamos que pagar si queríamos que viajaran y tuvieran una experiencia internacional. Pero eso no impide que podamos tener dudas y que seamos muy críticos con ellas. Y observamos que el simple hecho de exponer algunos de los problemas de salud que muchas personas sufren con la aplicación de vacunas hace que muchos casi te retiren la palabra y te coloquen el cartelito de "anti-vacunas". En esta cuestión conviene conocer el papel de virus y bacterias y cómo se crea una vacuna, desde la opinión de reputados biólogos. Es indudable el avance que las vacunas han representado para erradicar graves enfermedades del pasado. Pero también lo es que incorporan metales pesados y material genético de las especies sobre las que se ensayan, que generan graves efectos adversos en algunos casos. No entendemos su aplicación en niños menores de 2 años, con insuficientes defensas para algunos de esos "aditivos". Y nos preocupa enormemente cómo se está preparando a la opinión pública para su llegada "salvadora" y su posible obligatoriedad con el Covid-19, así como los pingües beneficios que pueda suponer para ciertas multinacionales. Empiezan a ser muchos, incluso dentro de gobiernos occidentales como el alemán, los que se oponen a una vacunación obligatoria. Nosotros también. Quizás sea el momento de mejorar los sistemas de vacunación.

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-¿Qué opinamos sobre el uso de la mascarilla?
Que la OMS y muchos gobiernos hayan sido tan drásticos tanto cuando la desaconsejaban antes como cuando ahora la aconsejan, nos genera numerosas dudas. Y nos sorprende cómo millones de personas la han acogido, quizás por un efecto psicológico de protección, más que por su verdadera eficacia. Nos preocupa mucho más el efecto negativo que genera el estrés respiratorio que provoca, y cómo perjudica al sistema inmunitario, gran valedor del ser humano durante miles de años frente a virus patógenos como éste. La usamos más por evitar el miedo de quienes tenemos delante, que por convicción. Si no fuera obligatoria, no la usaríamos, porque nos genera un agobio innecesario, y porque respirar el aire que exhalamos no es saludable.

Imagen de Наркологическая Клиника en Pixabay
-Cómo vemos el confinamiento mundial que se ha producido? 
Salvo honrosas excepciones, son pocos los gobiernos que han hecho autocrítica sobre las medidas adoptadas. Y son aún menos los que han optado por una estrategia distinta a la del gran rebaño de países, que como en un dominó, uno tras otro, han ido reproduciendo el mismo esquema de confinamientos masivos de la población. Sin embargo cada vez son más los expertos que disienten de la estrategia seguida. Es lógico que en el desconcierto inicial, durante dos o tres semanas, se tomase una medida tan drástica. Pero ni la letalidad del virus, ni las estadísticas justifican la enorme catástrofe económica que esta medida va a representar, al haberle dado continuidad durante tanto tiempo. Y no sólo eso: las cifras de adicciones y muertes relacionadas con problemas mentales derivadas del aislamiento, de la pobreza, o del desempleo que se está provocando, se han disparado y continuarán en ascenso, mucho después de que el confinamiento haya acabado. No es ya que se esté "matando moscas a cañonazos": es que es una auténtica barbaridad que la solución que se ha planteado vaya a provocar muchas más muertes que las del virus contra el que se pretendía luchar. Y la gran mayoría de los gobiernos se han visto abocados a mantener la estrategia y prolongarla en el tiempo, antes que dar un giro de 180 grados, como sólo algunos han hecho al ver la dimensión real del problema, y las gravísimas consecuencias según se encarase de uno u otro modo.

-¿Qué opinamos sobre el papel del sistema inmunitario en todo esto? 
Apenas se dice nada sobre la influencia de la alimentación en el sistema inmunitario, como principal vía para combatir virus patógenos como el causante del Covid-19. Es lo que algunos llaman inmunonutrición. Y nos sorprende el enorme esfuerzo normativo y mediático para sostener el uso de las mascarillas o algunas de las medidas adoptadas de separación y aislamiento, (con el enorme impacto negativo que ello supone para la llamada "inmunidad de rebaño") y que apenas se estén haciendo esfuerzos en comunicar sobre los beneficios para la salud de la alimentación y de determinadas medidas para reforzar el sistema inmunológico. Quizás sea porque la salud no es negocio y la enfermedad sí. Muy preocupante.

-¿Tiene algún papel la tecnología 5G en el origen o empeoramiento de esta crisis?
No creemos que la tecnología 5G tenga algo que ver con el surgimiento y expansión del Covid-19, como se ha llegado a decir. Pero al igual que muchos científicos y técnicos, incluso en primera línea de las nuevas tecnologías, nos preocupa mucho cómo afecta esta tecnología a la salud. Estamos convencidos de que los avances que el 5G puede suponer pueden ser compatibles con mayores garantías para la salud, aunque se tenga que ir un poco más despacio en su desarrollo. La Humanidad puede y debe hacer ese esfuerzo. A veces la tecnología ha corrido demasiado, y sólo después se ven las consecuencias. No debemos mirar para otro lado.

-¿Qué opinamos sobre el papel de Bill Gates?
No somos muy fans de este personaje. Sobre él se han dicho muchas cosas, incluso como instigador o creador de la propia pandemia. No llegamos a tanto nosotros. Pero son, evidentemente, muy sospechosas sus aportaciones como segundo donante a la OMS, muy por delante de todos los países salvo EEUU (que se ha retirado ahora). Y es obvia su capacidad de presión sobre ese organismo al articular las políticas de desarrollo por todo el mundo,  (igual que sucede con los grupos mediáticos o los partidos políticos influidos por las entidades financieras que los sustentan). Es más que probable que intente tener influencia en la vacunación masiva que está por venir, ya que no oculta sus intereses con las farmacéuticas. No nos creemos las informaciones sobre la nanotecnología en las vacunas, ni el apoyo del gobierno español a Bill Gates en sus supuestos planes.Pero sí creemos que habría que controlar la capacidad de condicionar las políticas globales  en base al dinero de un solo individuo como él. Y habría que estar muy pendientes de los avances tecnológicos en nanotecnología e inteligencia artificial, en conexión con distintos aspectos de la salud y del presunto bienestar del ser humano

Imagen de Doug Mills en The New York Times
-¿Qué opinamos sobre las élites o los gobiernos en la sombra que puedan estar moviendo los hilos?
En muchas de todas estas cuestiones, la base de toda la interpretación es si hay una mano oculta detrás de todo esto, si hay alguien que, desde las élites mueve los hilos. Que hay élites, es algo indudable. Y con más poder que nunca. Muy por encima del poder de la mayoría de los gobiernos internacionales. Los datos y los hechos son irrefutables: las 10 principales multinacionales del ranking mundial ostentan un valor combinado comparable al producto interior bruto (PIB) de 180 países, el 92% de los 195 integrados en la ONU; las 100 primeras obtienen anualmente unos ingresos que se aproximan al 50 por 100 del PIB planetario (en 1997 suponían solo el 33%); y las 200 más importantes tienen en sus manos el 75% de la economía mundial (hace 25 años rondaba el 50%). Su capacidad de influencia es brutal. Y algunos dan el paso de decir que están influyendo a unos niveles como para esparcir un virus, crear confinamientos mundiales, generar un experimento de ingeniería social basado en el pánico colectivo, o preparar a la Humanidad para recibir con los brazos abiertos una vacuna salvadora. Ser conscientes de ese poder, sin caer en teorías conspiranoicas puede ser perfectamente compatible. Nos genera mucha desconfianza ese enorme poder acumulado en tan pocas manos. Pero nos da igual si todo lo que está pasando ha sido orquestado por ese poder o si simplemente van a aprovechar las consecuencias de lo que está pasando. Tan negativo es caer en la indiferencia de muchas de las cuestiones que estamos apuntando, como caer en una paranoia sobre las conspiraciones que nos rodean por todos lados. Eso mismo puede aplicarse al mismo debate racial que ahora existe en EEUU, donde la realidad presenta muchos matices: ¿es 100% real y espontáneo, está orquestado o es aprovechado políticamente?. Eso nos hace pensar que vivimos en una verdadera sociedad distópica, como ya están demostrando muchos estudios en distintos ámbitos de nuestra realidad. El equilibrio entre el inconformismo y el criterio sosegado se hace más preciso que nunca.

-¿Qué opinamos sobre el papel de los Gobiernos y de la clase política en general?
Creemos que en general, y salvo algunas naciones (precisamente lideradas por mujeres) la mayoría de los Gobiernos se han visto arrastrados por la improvisación, y han repetido los errores que otros han estado cometiendo. No creemos, en principio, que formen parte de un complot o de una conspiración con las élites o con Bill Gates. Los gobiernos, probablemente, tengan menos poder que éstos últimos. Pero han decidido lo que han decidido, y debemos exigirles responsabilidades por las decisiones erróneas que se han tomado, y por las consecuencias que pueden tener. La oposición y los partidos que pretenden arañar un "puñado" de votos, fomentando bulos, rompiendo consensos, u ondeando banderas de manera interesada son igualmente responsables. A la ciudadanía nos genera hartazgo que, desde las ideologías partidistas, se trate de sacar rédito electoral de una situación así, y haya capacidad nula para alcanzar consensos como país. Es el gran momento de la unidad.

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Imagen de Engin Akyurt en Pixabay
¿Qué es lo más grave de todo lo que está sucediendo? 
Aparte de evidenciarse lo erróneo de recortar en sanidad (porque nos hace más vulnerables en crisis como la que vivimos), lo peor es el pánico mundial que se ha creado. Aún es difícil calibrar el impacto que todo esto va a tener en los próximos años, y la crisis económica brutal que todo esto va a acarrear. Como Humanidad, hemos pasado de gestionar un problema serio, pero no espeluznante, como el Covid-19, a crear un problema histórico de magnitud imprevisible para los próximos años, con las decisiones que se han tomado para luchar contra el virus. Ojalá que se puedan depurar responsabilidades, para evitar tropezar en la misma piedra. Pero nos olemos que se taparán las vergüenzas unos a otros, dada la magnitud del problema y la cantidad de gobiernos y entidades que nos han arrastrado hasta él.


Esa es básicamente nuestra lectura de la realidad, y de lo que nos llega. No deja de ser un cuento, una mera narración como cualquier otra. Y cada uno cuenta el cuento según se lo han contado y según su propia visión del mundo. Pero no dejar de ser eso: un cuento. Seguro que no acertamos en muchos puntos. Tampoco nos importa mucho equivocarnos. Tenemos grandes amigos con visiones diametralmente opuestas de esta realidad. Y, como hablábamos en familia ayer: si algo grave nos pasase en casa, ellos estarían "al pie del cañón" para brindarnos su apoyo. Da igual su visión de la economía, de los partidos políticos, de la monarquía, de las conspiraciones o del dióxido de cloro. Hay algo mucho más importante que nos une. Y tiene mucho más que ver con valores compartidos, que nos llevan a dar pasos ante esta nueva realidad. Toca ahora, pues, hablar de esos pasos. Toca hablar, no de un cuento que hemos escuchado, sino de la historia que cada uno/a va a crear. (CONTINUARÁ)