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sábado, 15 de abril de 2023

El talismán

Creen que les traemos suerte. Dicen que desde que nos hicimos amigos, hace algo más de un año, les va mejor, y que las cosas les empiezan a fluir. Nos ven como una especie de talismán. Y nosotros reímos por dentro.

Benjamin Nelan - Pixabay
Y reímos, por un lado, porque es verdad que las cosas les van mejor a esta queridísima pareja de amigos. Y siempre agrada ver mejor a quien quieres. Pero también reímos porque normalmente casi todos somos ajenos al enorme poder que existe dentro de nosotros. Y cuando accedemos mínimamente a esa enorme y divina fuente de energía que todos atesoramos, por supuesto que las cosas cambian. Especialmente cuando dejamos de buscar fuera lo que siempre tuvimos dentro. Y cuando dejamos a un lado ese dichoso miedo que nos lastra. Si una amistad, unas conversaciones, o una "loca" forma de ver la vida ayudan a alguien a mirarse por dentro, y de eso florece vida e ilusión, no hay amuleto por ningún lado. Sólo está uno mismo sacando de sí mismo lo que siempre tuvo, pero quizás tenía algo olvidado o no se atrevía a sacar.

Dicen que son tiempos de cambios. De muchos cambios. ¿Y cuándo no fue así, acaso? La vida es puro cambio. Pura evolución. No se detiene. Y a veces va a un ritmo frenético. Fito lo dice claro: "La vida se nos va tan rápido, no hay tiempo de sentir el vértigo". Cambios y más cambios se amontonan en los telediarios. Y sin embargo, nos desesperamos esperando que cambien nuestras circunstancias, el gobierno, nuestro jefe, o aquel vecino insufrible...Todo parece cambiar ahí fuera, y sin embargo aquí dentro a veces nuestra vida parece detenida, a la espera de algo o de alguien. Quizás a la espera de un nuevo partido, de una nueva ideología o de una nueva creencia; anhelando una nueva técnica de mindfulness; aguardando un nuevo gurú o un nuevo gran líder carismático... Puede que quizás a la espera de una nueva pareja, de un nuevo libro o de un nuevo lugar que nos inspire más. Deseando que nos digan qué debemos hacer. Qué camino hemos de elegir. Que nos traigan la felicidad de una vez por todas. Que llegue el cambio, pero sin que yo tenga que moverme mucho, vamos. Quizás simplemente a la espera de ese talismán que nos saque de ésta, en definitiva.

Ewa kunicka Zumimak - Pixabay
En Peponi, nos pasamos horas contemplando las ovejas que pastan justo delante de casa. Cómo se arremolinan en un mismo palmo de terreno alrededor de una misma brizna de hierba; cómo se apelotonan unas con otras para ir y venir juntas a todos lados; cómo esperan a que nuestro vecino les eche las ramas cargadas de tiernas hojas. Es una vida aparentemente plácida, pero siempre esperando a lo que hagan los demás. Una vida con un destino cierto, y quizás trágico, también marcado por otros, como les ha pasado recientemente a los dos últimos corderillos que nacieron hace unas semanas y que reposan ya en la nevera del vecino. Por eso siempre nos hemos identificado más con el lobo que con la oveja. Pero no por la imagen depredadora o agresiva que se le atribuye al lobo, sino por su capacidad de buscarse la vida y el sustento. Y si se queda esperando a que le caiga del cielo, pues no le queda otra que aguantarse con las consecuencias. Por eso, en caso de elegir, lo tenemos claro: siempre optaremos por lo que nos permita trazar nuestro propio destino, más que esperar a que nos lo tracen otros.

A muchos también les puede suceder que se hayan cansado de esperar a que llegue ese cambio. Que estén hartos de delegar en otros ese giro del timón de sus vidas. Y puede que se hayan enrolado en la enésima revolución para cambiar el mundo, esperando a que sea la definitiva. Sin darse cuenta, quizás, de que se acaban enganchando a otra forma de talismán, y sin que el mundo cambie, como podemos observar tras todos estos siglos de Historia. Quizás porque, como dice Emilio Carrillo, el mundo es holográfico, y las revoluciones, hasta ahora, se mueven en lo exterior. Por eso el mundo no puede cambiarse desde fuera, debe cambiarse desde dentro, desde cada uno de nosotros, y no obsesionándonos ni en combatir el mundo antiguo ni en alcanzar un resultado u otro. 

Hace unos años, cuando publicamos un libro con nuestras vivencias familiares, nos invitaron a Mey y a mi a un gran número de actos y presentaciones en asociaciones y centros educativos y culturales. Durante semanas estuvimos compartiendo experiencias con un montón de gente "bonita". Pero llegó un momento en que nos empezaron a saltar las alarmas. Por un lado, empezamos a notar que esas presentaciones cada vez nos dejaban menos tiempo para nosotros, y nos pareció incoherente que el compartir vivencias acabase impidiendo que siguiéramos teniendo esas vivencias. Pero aún nos removió más el observar cómo muchas personas acudían a las charlas buscando su talismán en forma de una receta, una solución o un experto que les solucionase su problema existencial, ya fuera en la educación de los hijos, en la conciliación familiar o en las relaciones de pareja. Y ahí decidimos dejarlo. Nuestro objetivo no era vender esos libros solidarios, ni convertirnos en "influencers" ni referentes de nada. Sólo era compartir. Y sin embargo eran muchas las personas que buscaban su talismán, más que indagar y replantearse desde dentro cuestiones importantes para su vida.

Es una evidencia que tendemos a buscar remedios rápidos que nos solucionen la "papeleta", sin profundizar en las causas de lo que nos pasa. Esa "pastillita" que nos quite el dolor de cabeza, en vez de preguntarnos por qué nos duele la cabeza. La propia pandemia y sus vacunas "milagrosas" lo han evidenciado. Pero esa tendencia al remedio milagroso se impone incluso en el marketing, donde ya se anuncian "a bombo y platillo" vacunas contra la soledad. Sí, como lo oyes. 

Ri Butov - Pixabay
El oráculo de Delfos, situado en un gran recinto sagrado consagrado al dios Apolo, fue uno de los principales oráculos de la Antigua Grecia. A él acudía gente de todos los rincones, ansiosa por encontrar respuestas, por conocer su futuro. Y se llevaban un "chasco". Porque en la entrada del Templo de Apolo en el Monte Parnaso, les recibía la inscripción "Nosce te ipsum" que rezaba así:

“Te advierto, quien quiera que fueres. Oh, tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. ¡Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses!”. Parece que el "Nosce te ipsum" se nos ha olvidado un poco. Porque aquí seguimos "dale que te pego", preguntando al oráculo de turno o buscando fuera de nosotros ese talismán que nos dé suerte, que nos evite el sufrimiento, que aleje el "mal fario"... 

¿Es malo tener un talismán o un amuleto? No, en principio no. Salvo que suceda una de estas dos cosas. Que el apego a tu talismán haga que se aprovechen de ti, quienes "comercian" con amuletos y talismanes, tengan éstos la forma de gurús, experiencias religiosas, libros, redes sociales, productos de todo tipo, recetas milagrosas, vacunas, remedios de todo pelaje, o incluso amigos o parejas. O que te enganches tanto a tu amuleto, que pierdas tu autonomía, tu libertad o tu capacidad para conectar con la esencia que hay dentro de ti y con las respuestas para tu vida. Entonces el talismán, mejor tirarlo a la basura. Pero por desgracia, hay millones de talismanes "pululando" por nuestra civilización. Y cada vez más. Indaguemos si nos hemos aferrado a alguno, por favor.

Decía G.Bernard Shaw que la vida no va de encontrarse a uno mismo, sino de crearse a uno mismo. A fin de cuentas, nuestra vida no es más que una escuela donde aprendemos a recordar lo que nuestra alma ya sabe. Por eso, habrá que hacerle caso a Marcel Proust, que decía que "el verdadero viaje de descubrimiento consiste no en ver nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos". Pues con ellos, "conócete a ti mismo"


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sábado, 17 de octubre de 2015

Gestos por la utopía

Ayer, paseando por la calle, un chico joven, desde un segundo piso, vació una botella de un litro sobre la acera y luego tiró el envase a la calle desde unos 8 metros. Poco después tuve conocimiento de un movimiento a nivel mundial, que ha movilizado a miles de personas simultáneamente para, durante un minuto, mirar a los ojos a un desconocido, y experimentar la sensación de conexión y cercanía con cualquier ser humano (el "Eye Contact Movement"). Son gestos muy simples, pero que evidencian un alineamiento de quien interviene en ellos con una forma de relacionarse con los demás y con lo que nos rodea.
Ante el enorme drama de los refugiados también caben gestos. El Papa hizo uno, mostrando su consternación, y animando a todas las parroquias a acogerlos. El Arzobispo de Valencia, Cardenal Cañizares, tuvo también la ocasión de tener un gesto hacia ese drama. Representando a quien representa, podría haber tenido un gesto en conexión con las Bienaventuranzas de Jesús, o ese "fui forastero y me acogísteis". O podría haber recordado la famosa frase del "todo lo que hagáis a uno de mis pequeños, me lo hacéis a mí". Sin embargo escogió otro gesto en forma de preguntas en voz alta: "¿Esta invasión de refugiados y emigrantes es todo trigo limpio? ¿Dónde quedará Europa dentro de unos años? ¿Vienen simplemente porque son perseguidos?". La tormenta que ha desatado evidencia que el simple gesto que guardan tres simples preguntas en voz alta, implica una energía descomunal, y una alineación con una forma de vivir en este mundo. Sin pronunciarme sobre su Eminencia, lo que es indudable es que su gesto va más encaminado a crear duda, desazón, cizaña y resquemor, que a la acogida, al abrazo, al encuentro y a la solidaridad de tantos miles de personas que se han sentido UNO con esos refugiados. Su gesto implica fronteras; implica que unos tienen más derechos que otros; que unos invaden a otros; y que unos tienen más catadura moral que otros, y por lo tanto pueden permitirse juzgar a los demás como trigo limpio o trigo sucio. Sin duda ha sido un gesto feo y que descalifica a quien lo realiza, y a quien representa. Estoy seguro que, por convencimiento del error o forzado por la avalancha generada, pedirá disculpas e incluso se sentirá víctima de un linchamiento mediático. Pero de ahí la importancia de actuar con consciencia con nuestros gestos, porque tienen mucho más valor del que creemos. Estoy convencido que gestos así provocan gestos de rechazo en miles de personas para los que una Iglesia representada de esa forma deja de tener sentido. Miles o millones de personas cuyos gestos están en las antípodas, trabajando por los demás, por la bondad y el entendimiento, sin hacer preguntas, sin solidaridades condicionadas, sin grandes golpes en el pecho, sin boato vacío, y sin medias tintas. Gestos así son los que, hace ya tiempo, me hicieron ver el sinsentido de necesitar intermediarios (y menos de este calibre) para acercarme a Dios. Y en ese proceso me dí cuenta que sin intermediarios, Dios soy yo, y yo soy Dios. Y eso sucede cuando me hago UNO con el otro, y cuando me olvido de mi "yo", de mi "ego", de mis prejuicios, y de mi pensamientos y doctrinas totalizantes.
Ese simple gesto con sus tres simples preguntas en voz alta han creado energía y predisposición en una dirección u otra de millones de personas estos días. De ahí la importancia de nuestra encrucijada diaria y personal a través de nuestros gestos. ¿Nos acercan al otro o nos alejan de él? ¿Nos conectan con nuestro ser esencial o nos convierten en autómatas? ¿Nos llevan al desprendimiento, a la libertad y a la alegría, o nos abocan a la acumulación, a la esclavitud y a la tensión permanente?
El mundo se encuentra ante una encrucijada decisiva. Pero no tanto entre ricos y pobres, entre explotadores y explotados, o entre el Sur y el Norte (¡que también!). Sino probablemente ante el mayor de los cruces de caminos: aquél que enfrenta las dos caras de nuestra moneda como seres únicos e irrepetibles; esa que nos confronta con nosotros mismos. Y deberemos decidir si queremos optar por un mundo nuevo o por un mundo en decadencia; por el "yo" o por el "nosotros"; por el "ser" o por el "estar"; por la confrontación o por la aceptación inconformista; por el miedo o por la libertad... Y en ese cruce no valen etiquetas ni resultados. No valen ni notas ni medallas. Ni siquiera vale el "qué dirán" o "cuánto sacaremos de esto". Estamos solos ante nosotros mismos, ante nuestra propia conciencia. 
No se trata de grandes heroicidades, ni de lograr cambiar el mundo con giros radicales. Se trata sólo de conectarnos con la utopía de un mundo más fraterno y humano. Nuestros hijos se alimentan diariamente de esos gestos. Por eso es crucial alinear los gestos hacia la utopía, hacia un mundo mejor. De ahí que sea necesario poner toda la consciencia en nuestros gestos cotidianos: con pequeños soplos de ternura; posicionándonos contra pequeñas injusticias que perjudican la educación de nuestros hijos; priorizando otras cosas en el trabajo;  viviendo con menos sin ser menos; dando sin esperar nada a cambio; creando nuestra propia suerte; acogiendo al otro, al diferente....Nuestro día a día es un pozo sin fondo de gestos, que nos alinean con la utopía o con lo viejo. Y nuestros hijos están muy pendientes. 


PD: Si hoy te apetece hacer un gesto, te proponemos uno: súmate al grupo teaming de Proyecto O Couso, todo un laboratorio de vida hacia la utopía, lleno de bellos gestos hacia el encuentro. Algunos nos dicen que qué se va a conseguir aportando sólo un  euro al mes (menos del precio de un café al mes). Pero lo importante no es el resultado: es el gesto. Y lo bello de los gestos es que haya muchos similares. Entonces los gestos se convierten en cascadas imparables que hacen que las utopías se conviertan en realidades.

lunes, 18 de mayo de 2015

Agujetas en el alma

Este lunes nos duele todo el cuerpo. Ha sido un fin de semana muy intenso en la Casa de Acogida Pepe Bravo de Alozaina. Allí hemos colaborado como voluntarios para atender a casi 150 personas que han asistido a unas jornadas que ha impartido Emilio Carrillo en la Casa. Dar alojamiento y comida en eventos así permite que un proyecto solidario tan bello pueda sostenerse en el tiempo y seguir acogiendo a los excluidos por la sociedad.
Pero a lo largo del fin de semana no he parado de hacerme esta pregunta: ¿POR QUÉ? ¿Qué hace que 150 personas vengan a la Sierra de las Nieves desde los más alejados confines (alguna incluso de México) para escuchar durante 3 días a Emilio? ¿Qué hace que casi 40 voluntarios dejen familias, responsabilidades y descanso durante un fin de semana, para lavar platos, servir mesas, fregar suelos o cortar lechuga, y dormir en colchones en el suelo? ¿Qué hace que el cocinero haya
estado preparando durante días comida vegana para tanta gente por puro gusto, o que el segundo cocinero estuviese a destajo a pesar de su enfermedad? ¿Qué mueve a unos voluntarios a estar pendientes del mail o del teléfono durante meses para dar la mejor respuesta a quienes nos iban a visitar, o ultimando la nueva web? ¿Qué hace que, incluso no conociéndola, todos nos sintiéramos UNO recordando a Ana, que voló muy alto esta semana? ¿POR QUÉ?
Hace poco escuché una bella ecuación a Swami Puroit que decía:
Dios = Hombre - Ego
Es decir, que si a los seres humanos les quitamos el ego se convierten en dioses. Pero no en dioses cada uno atrincherados en su reino de taifas, sino que nos
hacemos UNO con el verdadero sentido de la vida. Y probablemente esa sea la respuesta a todos los "por qués" de este fin de semana. Había algo sagrado, algo divino entre aquellas 4 paredes. Había muchísima gente tratando de zafarse de su ego. A veces éste se resistía cuando asomaba el hambre y las tostadas tardaban en llegar; o cuando intentábamos organizar las cosas a nuestro gusto. Pero sólo hacía falta dejarse fluir por la energía reinante, por el buen "rollo" del lugar y del momento, y el ego se disolvía como mantequilla en la sartén. Y sin ego somos DIOS y somos UNO. ¡Esa era la respuesta!

Todos buscamos un sentido a la vida. Acumular dinero y posesiones no lo da. El fútbol, la televisión, el trabajo, la hipoteca o el consumismo tampoco. Por eso las palabras de Emilio Carrillo resuenan en nuestro interior, como también el ejemplo de solidaridad de Pepe Bravo, de Mariló, de Nacha... Son destellos de autenticidad que nos marcan el camino a seguir. Un camino que busca al otro, para hacerlo "uno" con nosotros. Habrá que estar atentos a esos destellos. Y habrá que hacer más ejercicio para evitar las agujetas, tanto en el cuerpo como en el alma.

Más fotos del fin de semana: AQUÍ