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jueves, 18 de febrero de 2016

La salud y la convicción

Cuando nos aconsejaron la segunda operación, tratamos de retrasarla. Ya habían pasado los momentos iniciales de desconcierto. Habíamos superado la etapa del fuerte dolor tras la primera operación. Sin embargo, había que pedir prestado a amigos y parientes el dinero para afrontar esa intervención quirúrgica. Era una operación aún más complicada que la primera, y su coste sería mayor, sin duda. Pero nos encontramos enfrente un cómplice de nuestro karma/dharma, en forma de cirujano. Sin saber cómo ni por qué, transmitió internamente la orden de que esa intervención era tan sólo para extraer el aceite de silicona de mi ojo. Ésa es una intervención con un coste de menos del 10%. Y su duración es apenas de 20 minutos, frente a las 3 horas que duró realmente la mía. Ningún asistente ni administrativo preguntó ni dudó. Ni antes, ni durante, ni después. Debían ser también cómplices. Y no sería la primera vez que actuaban así con un paciente por pura solidaridad, empatía u orgullo profesional.
Tras esa segunda intervención quirúrgica sí salí como nuevo. Con hambre, y con ganas de “tirar para adelante”. Parecía que todo había pasado para mí. CaUsalmente la extirpación de mi cristalino no sólo no había mermado mi capacidad visual, sino que la había potenciado hasta límites que nunca había conocido. Los especialistas ya habían hecho números antes de meterme en quirófano. Mis 18 dioptrías de miopía de toda la vida más las 2 que generaba el anillo de silicona de mi primera intervención sumaban caUsalmente las 20 dioptrías a las que equivale un cristalino. Es decir, que una situación tan traumática como la que me había llevado a enfrentarme a dos operaciones graves, caUsalmente había derivado en que por primera vez en mi vida podía ver perfectamente con ese ojo izquierdo, sin ni siquiera una lente intraocular para sustituir mi cristalino. ¡Alucinante!
Y alucinado seguí, dando gracias por mi suerte. Irradiaba felicidad, porque la vida me había dado una enorme oportunidad en forma de grave crisis que podía haberme dejado sin vista. Y de los peores augurios, todo había derivado en un resultado tan inesperado como maravilloso para mí.
En las semanas siguientes tuve ocasión de transmitir mi ilusión y experiencia de todo lo sucedido a personas de mi entorno que estaban padeciendo graves dificultades oculares. Me pasaba como a las embarazadas, que sólo ven embarazadas por todos lados. Yo no paraba de "toparme" con gente con problemas en sus ojos. Todos ellos pudieron reenfocar sus tratamientos, de una forma u otra, tras mi propia experiencia: el profesor de bellas artes,  el marido de una antigua profesora de mis niños, el de una antigua compañera...Todos ellos casos muy traumáticos, y que probablemente no habrían tenido salida en Málaga, pero que lograron ser encauzados...¡Qué alegría ver recuperarse a otros en base a la experiencia que yo mismo había vivido! Sobre todo porque más allá del milagro quirúrgico que yo había experimentado en Barcelona, me di cuenta que la salud tiene mucho que ver con la decisión que uno ponga en encontrar las vías para curarse. Y la propia enfermedad merma esa autoestima y esa energía para dirigir con decisión los siguientes pasos. Te lleva a encerrarte en ti. A agachar la cabeza. A bajar los brazos. Por eso a estas personas les vino muy bien nuestra euforia y convicción.
Pero aquí no acababa todo. Tampoco mi capacidad de sorpresa. Tras la segunda operación en Mayo de 2011, y tras unas semanas de recuperación ocular, volví al trabajo. Quizás por primera vez en mi vida, tras tantas semanas de baja laboral obligada, había conseguido desconectar totalmente de mis obligaciones en la oficina. No me sentí culpable ni me preocupé de cómo podría ir todo en mi ausencia. Desapego total del trabajo y de mis "obligaciones". Curiosamente nada más aterrizar de nuevo en la oficina, iniciaba un proyecto que en apenas unas semanas me reportaría un enorme reconocimiento profesional. Del desapego laboral absoluto al máximo reconocimiento. ¡Yo que toda la vida había estado buscando ese reconocimiento de forma proactiva! ¡Qué de enseñanzas me deparaba todo este proceso!
En junio, en un encuentro familiar, la mujer de mi primo mencionó un documental de Punset (Redes) en el que parecía tratarse la cuestión de la visión estereoscópica o binocular. “Ver en estéreo” se titulaba. ¿Sería esa conversación una nueva pista a seguir o un nuevo tren que no debía dejar pasar? Así lo entendí yo. Localicé en Internet el documental y me resultó más que asombroso. Hasta hace muy pocos años, las tendencias imperantes en la neurología afirmaban que si no se tenía visión estereoscópica a los 3 años, no se podría tener en la vida. La teoría de los "períodos críticos", la llaman. El caso de la neuróloga Susan Berry parecía desmentirlo. Y para una persona que nunca había visto en 3D, esa parecía ser una de las experiencias más increíbles por experimentar. Ahí debía estar yo para intentarlo también. No podía dejar pasar esta nueva llamada de la Vida.
La visión estereoscópica se basa en que cada uno de nuestros dos ojos envía una información al cerebro. En el caso de dos ojos sanos, esa información es idéntica pero separada por los escasos milímetros de la nariz. Y el cerebro construye el efecto “profundidad” con esas dos imágenes casi idénticas. Pero cuando esas dos imágenes son muy diferentes, porque uno de los ojos (o los dos) falla en algo, el cerebro anula una de las imágenes (normalmente la peor). Eso era lo que me había sucedido a mí durante toda mi vida. Y paradógicamente lo que me seguía sucediendo tras la segunda operación. Y ello a pesar de que ese ojo “resucitado” se había quedado casi a cero de miopía, y potencialmente veía mejor que con el derecho. Teóricamente podía ver perfectamente, pero el cerebro no procesaba esa información, porque toda la vida había estado procesando la del derecho. El ojo estaba curado, pero funcionalmente aún no servía. Era un coche puesto a punto, pero aún no tenía conductor. ¿Quizás había que buscarle uno? No me iba a quedar con la duda. (CONTINUARÁ)

jueves, 11 de febrero de 2016

El dolor del clavo

El 3 de Marzo de 2011 fue muy extraño. Tras los intensos días de preocupación vividos, íbamos preparados para el peor de los diagnósticos. Habíamos sondeado a familiares y amigos y sabíamos que estaríamos en las mejores manos allí en Barcelona. Pero nos esperábamos lo peor, incluida la aplicación de láser de urgencia. La multitud de pruebas y profesionales en un entorno tan sofisticado y tecnológico dio paso a la conclusión de que, efectivamente tenía algo de degeneración pigmentaria. Pero que ello era relativamente habitual en unos ojos tan dañados como los míos. Me desaconsejaban el láser: 30 ó 40 impactos podrían solventar el problema en el corto plazo, pero lo agrandaría en el medio y largo. Y la sorpresa: a pesar de mi gran miopía en el ojo izquierdo, su agudeza visual podía permitir una operación para una lente intraocular en un futuro, lo que me podría permitir recuperar buena parte de la visión en ese ojo.
Salimos exultantes. Del peor de los diagnósticos habíamos pasado casi al mejor. De pensar en quedarme casi ciego con el tema de la degeneración pigmentaria, pasaba a plantearme la recuperación de ese ojo izquierdo. Empezaba a entender la frase: “Cada día que pasa, sea como sea, me encuentro mejor, o mi problema desaparece”. Y no paraba de repetirme internamente: “¡Claro!. “Sea como sea”. Sin el susto del primer diagnóstico, nunca habría venido a Barcelona, para una oportunidad como ésta de recuperar mi ojo izquierdo”. Los cuentos de la lechera empezaron a fluir por mi cabeza….Efectivamente, ese “sea como sea” actuaba. ¡Y de qué manera! Pero no como yo me imaginaba.
Durante 4 semanas disfruté de la ilusión por un ojo nuevo como un niño en la mañana de Reyes. Encargué una lente nueva de contacto para probar si mi cerebro toleraría bien una segunda imagen, e hice todos los preparativos que mi nuevo “destino ocular” parecía marcarme. ¡Qué alejado estaba de lo que vendría después!
El 6 de Abril, de forma abrupta, empecé a ver gusanitos negros y bolitas por ese ojo izquierdo. Eran muchas más de las habituales. No quise alarmarme. Pero al día siguiente, jueves, en pleno concierto de mi hijo en el conservatorio, noté cómo se oscurecía totalmente casi una cuarta parte de la visión del ojo izquierdo. Tocaba alarmarse. El hecho de que mi suegro estuviera recién aterrizado de Francia, y que por lo tanto pudiéramos dejarles a cargo a mis tres "fierecillas", me hizo volver a caer en la cuenta del “sea como sea”…
Acudimos a las únicas Urgencias Oftalmológicas de Málaga a las 9 de la noche con el miedo en el cuerpo. El diagnóstico lo confirmaba: desgarro de retina. La médico de guardia trataba de tranquilizar: acudiendo de nuevo al día siguiente a primera hora de la mañana, me aplicarían láser y el punto de desgarro quedaría rehecho. Desde que salimos a las 10:30 hasta la 1 de la mañana la indecisión fue enorme. ¿Qué hacer? ¿Aceptar el diagnóstico de urgencias o acudir a Barcelona de nuevo? ¿No sería “matar moscas a cañonazos” acudir de nuevo a Barcelona, con un alto coste en vuelo y desplazamiento pudiendo ir al día siguiente al láser de Málaga sin más? Y los niños con un “tinglado” de los suyos organizada para ese mismo viernes...Uffff...
Tanto mi mujer como yo sabíamos que esa decisión de justo ese momento podía ser crucial...Y cada uno pusimos nuestra parte de intuición en práctica. Yo, decidiendo rechazar el láser de Málaga y optando por ir a Barcelona. Y ella decidiendo que en ese caso no me dejaría ir solo. Ambas intuiciones resultaron cruciales después.
Reservamos vuelo y cita para Barcelona a las 2 de la mañana, y a las 7 estábamos ya de camino, mientras mis suegros se quedaban al mando en casa con los 3 niños. A las 9:30 se confirmaban nuestros temores: no era un mero desgarro subsanable con láser; era un desprendimiento de retina y vítreo en toda regla, que requería de una intervención quirúrgica y urgente.
A las 2 y media de la tarde me ingresaban en el quirófano, con cada vez menos ángulos de luz en mi ojo, y con la convicción de que lo que venía no iba a ser ninguna broma, ni por el coste económico, ni por las repercusiones médicas. Pero me sentía en las mejores manos. Y eso me dio una extraña tranquilidad en esas circunstancias de desasosiego, que especialmente notaba mi mujer. A las 18h salí del quirófano. Según nos dijo después el cirujano, había tenido que “sudar la camiseta” de lo lindo. Si no hubiera sido por su experiencia, por su pericia, y por estar considerado como uno de los 3 ó 4 mejores retinólogos del mundo, probablemente habría perdido el ojo ese mismo día. Durante la intervención, se quedó con mi retina en sus manos, y se generó una hemorragia masiva en el ojo que le obligó a cambiar de estrategia varias ocasiones en la misma intervención. Finalmente consiguió estabilizar mi retina con un anillo de silicona, cambiaron el gas perfluoroctano por aceite de silicona (cuya densidad, al menos, me permitía volver a casa en avión) y limpiaron mi hemorragia como pudieron.
Aparentemente todo se había solucionado. Aparentemente. Pero ni la cercanía de las revisiones planificadas, ni el estado de mi ojo en carne viva, ni mis extremos dolores de las 2 semanas siguientes presagiaban que la historia hubiera llegado a su final. La hemorragia presionaba contra el nervio escleral, y el dolor más insoportable que jamás había sentido se apoderó de mis dos semanas siguientes. En más de una ocasión no pude reprimir las lágrimas en esos eternos días que se sucedieron. Al dolor físico se unió el emocional, como cuando mi hija me recibió entre lloros al volver de Barcelona y descubrir el deplorable estado que presentaba mi ojo en carne viva, y a su padre “zombi perdido”. El llamado “dolor del clavo” me sacudió de lo lindo, y ni los más fuertes analgésicos que me habían sido recetados, pudieron hacer nada por mitigarlo. A más de una visita que vino a interesarse por mí, tuve de dejarla con la palabra en la boca esos días, ya que era incapaz de seguir el hilo de las conversaciones. La medicación recetada para que la hemorragia se diluyera tampoco ayudó mucho a reconducir mi malestar: todo mi sistema digestivo y la asimilación de líquidos parecieron volverse locos. Curiosamente, tan sólo las meditaciones de mi amiga Carmen me aliviaban en el duro trance de lograr dormir algo para pasar el trago. Descubrí esos días que buena parte de los productos de la “Medicina Occidental” son meros aturdidores de los síntomas, y que todos tenemos en nuestro interior las herramientas para sanarnos, prescindiendo de químicos interesados. La meditación logró lo que los químicos eran incapaces de lograr ¡Yo que siempre había sido tan racional y cientifista!
La primera revisión a los 15 días fue tan sólo un trámite para certificar que el dolor empezaba a remitir poco a poco, y que aún era preciso esperar para que la hemorragia abandonara mi ojo. La segunda revisión, dos semanas después, no resultó tan anegdótica. Yo ya me lo olía, pero no quise alarmar. La oscuridad de nuevo se había hecho fuerte en ese ojo, y ello no presagiaba nada bueno. La hemorragia había impregnado mi cristalino, y ello suponía tener un muro opaco en mi ojo, que impedía que entrase la más mínima luz. Reunión de expertos. Largos minutos de espera y de exploraciones de los más variados especialistas. Cara de miedo y desconcierto en mi amada compañera de fatigas. La propuesta de mi cirujano era contundente: de nuevo debían operarme, y a poder ser de urgencia. Había que extirpar mi cristalino. Sin esa decisión tan traumática, jamás volvería a ver la luz por ese ojo.... Y para colmo, la primera operación, tan sólo 1 mes y medio antes, nos había dejado con las arcas familiares tiritando y con alguna deuda económica pendiente. ¿Cómo afrontar de nuevo otra decisión con esa premura y condicionantes?
Ese día aprendí que, efectivamente, Dios, El Universo o la Energía Universal, escriben recto con renglones torcidos. Y que, sin saberlo, debíamos tener crédito en el Banco de la Divina Providencia. Quizás habíamos acumulado “karma positivo” o “dharma” en algún lado sin saberlo. Venían momentos decisivos para comprobarlo.
(CONTINUARÁ)

miércoles, 1 de abril de 2015

Quirófano

No hace ni 48 horas que salí del quirófano. Es Miércoles Santo y aún no ha amanecido. Ésta será una Semana Santa de mucha profundización interior. Los médicos se han sorprendido de lo rápido de mi recuperación: nada de fiebre y nada de mareos. Eso y evitar pasar en el hospital toda la Semana Santa han ayudado a que me dieran el alta tan pronto. Aunque aún hay dolores y un vendaje tan pomposo que llamo la atención por donde paso.
Estoy convencido que mi rápida recuperación tiene que ver con la aceptación de la situación, que llevo trabajando desde hace meses: nada de aferrarme a que "debería ser de otra forma", o a cantos baldíos a la "mala suerte"...Siempre hay mucho que aprender de todo lo que nos pasa, y una tercera operación relacionada con los sentidos claramente apela a otra forma de ver la realidad. En el 2011 fueron una vitrectomía y una extirpación de cristalino en el ojo izquierdo; ahora ha sido una timpanoplastia en el oído derecho. ¡Menuda llamada del Universo!: "Es hora de percibir la realidad que hay más allá de lo que ves y oyes. ¡Hay mucho que ver y que oír!", parece decirme. En ese camino ando. Y el cambio está siendo enorme, y para mejor.
Pasar unos días en el hospital te hace ver lo efímero de nuestra realidad corpórea. Pocas horas antes de la operación, me traían de compañero de habitación a un ancianito en su último aliento de vida, ya sin habla, sólo suspiros de queja...Menuda llamada: "polvo seremos y en polvo nos convertiremos". ¡Qué milagro tan fugaz es realmente una vida humana, y cuánta importancia nos damos a veces! Incluso me reía ayer al ver que nos trastocan lo más mínimo, y se nos caen "todos los palos del sombrajo": lo aparatoso de mi vendaje impedía ponerme las gafas, y con ello ya no podía ni ver ni oir bien. Curioso equilibrismo el que vivimos, que siempre consideramos eterno...mientras dura.
La operación tenía dos objetivos. Primero, extirpar el colesteatoma del oído, que amenazaba con reproducirse por todo el cerebro, y causar parálisis facial y consecuencias peores. El segundo, garantizar la audición. El primer objetivo se ha conseguido sin problemas; el segundo no. El colesteatoma ya se había "comido" el estribo entero y la mitad del yunque. Los huesecillos ya no transmitían vibración. Ahora se entiende la pérdida de audición de los últimos meses. Gracias a la rotura este pasado verano de la bolsa retráctil que lo inició todo, la operación se precipitó. Sin ese pequeño gran aviso de la sabia naturaleza, casi imperceptible, la cosa se podría haber complicado, y mucho. 
¿Vaso medio lleno o vaso medio vacío? Estoy convencido de que podemos obrar milagros inexplicables para la ciencia o la medicina, como ya me sucedió con el ojo, así que quizás no esté dicha la última palabra sobre ese oído. Además, sigo pudiendo escuchar con el otro oído a Ludovico Einaudi, el Coro de los Peregrinos de Wagner o el "Don´t Give Up" de Peter Gabriel, mi himno favorito ante la adversidad. Podré seguir escuchando a mis niños, a mi mujer y a mis amigos...Ya amanece, y escucho a los pajarillos mañaneros. Vaso lleno, sin duda.