Mostrando entradas con la etiqueta Ojo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ojo. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de febrero de 2020

Perro flaco

Hay quien dice que si algo puede salir mal, saldrá mal. Que la tostada siempre cae en el lado de la mantequilla. Que los pares de calcetines siempre van de dos en dos antes de entrar en la lavadora, y de uno en uno al salir de ella. Que la otra cola del supermercado siempre es más rápida que la tuya. O que las cosas siempre se encuentran en el último sitio en el que se te ocurre buscarlas. Incluso Murphy llegó a formular su teoría con esas evidencias incuestionables.
Cuando te estás recuperando de alguna enfermedad o alguna intervención quirúrgica, es cierto que, en muchas ocasiones, las aparentes adversidades piden su turno para darte su correspondiente "colleja". "A perro flaco, todo son pulgas", dice nuestro refranero español. Y realmente no sé si se trata de cuestión de "perros flacos", de "toros sentados", de "caballos locos" o de "caniches en cunclillas". Pero lo cierto es que en las últimas dos semanas, tengo la sensación de que nos hemos llevado una tunda buena de pulgas. A la bofetada de la revisión "rutinaria" de Barcelona, se unió el problema del examen TOEFL de Samuel. Antes de volver a Barcelona, tuvimos una comprobación limitada de Hacienda por el IRPF de Mey, que hubo que resolver "express". La semana siguiente tocó la gripe de Mey y sus 39 de fiebre, coincidiendo con mi operación. Mejor no hablar de los diez días posteriores inmóvil y boca abajo, con su consiguiente tormento en cuello y cintura. Y justo cuando veía en el horizonte el fin de esa penitencia, se me pone la mejilla como una sandía, con un flemón del calibre 27. Todo ello, regado, como no podía ser de otro modo, con nuestras exóticas goteras, que siguen campando a sus anchas desde hace meses en nuestro sótano, sin que nadie parezca ser capaz de desentrañar el expediente X de su origen. Y de postre, se aceleran los cambios de rumbo en mi nuevo trabajo, justo cuando estoy fuera de juego. Un panorama, vamos.
Imagen de Randy Rodriguez en Pixabay 
¿Que si ha habido días que me he venido abajo? Dos o tres, por lo menos. Y sinceramente, creo que es hasta sano encontrarse en esas circunstancias, y vivirlas en plenitud. Probablemente no veremos muchas fotos en el facebook o en el instagram de la gente, haciendo "poses" de esos días. Pero os aseguro que existen. Días en que te apetece mandarlo todo "a la porra". En que tu vulnerabilidad toca fondo. En que no sabes si explotar, llorar, maldecir o hacerlo todo a la vez. Mi amiga Carmen, que de esos días lleva ya unos pocos, la pobre, dice que se hincha de llorar, saca toda su rabia y frustración de dentro, y cuando se ha quedado nueva, se enjuga las lágrimas, y se pone manos a la obra con lo que toca. Y eso es crucial. Porque es importantísimo dejar que esos sentimientos fluyan y salgan. Que no se repriman. Porque se pueden acabar enquistando. No se trata de hacerse el/la fuerte, y tener inmaculado tu expediente de "tío/a duro/a". Sino tener garantías de que esas inclemencias se superan sin mella, sin rastro alguno. Y en esos momentos de "bajón", aunque parezca paradógico, lo importante no es la enfermedad que te paraliza, sino cómo tu "cabecita" digiere todo ese proceso. Especialmente cuando te quedas solo y la cabeza se pone a dar vueltas a doscientos por hora. ¡Anda que no he dado gracias a las técnicas de meditación en esos momentos! Es ese trabajo con la mente el que hay que priorizar, porque es el que puede acabar dañando nuestra autoestima, nuestra ilusión, y nuestra capacidad para conectar con los demás cuando todo acabe pasando.
Este perro flaco ya se está sacudiendo sus pulgas. Nada de pre-ocuparse: sólo ocuparse. Ahí va el parte. Mañana vuelve a venir otro fontanero. Este jueves me extraigo el trozo de muela del juicio que me trae de cabeza. Samuel sacó un 9 en su TOEFL y ahora está por ver si le aceptan la nota en las universidades, al ser ya fuera de plazo. Ya he empezado a darme unos paseítos para recuperar la forma. Y en unas semanas, volamos de nuevo a Barcelona, para confirmar que todo ha quedado bien. El gas aún no se ha absorbido o disipado totalmente, y mirando por ese ojo parece que estoy navegando medio sumergido o medio a flote. Pero por la periferia del ojo empiezo a recuperar ya la visión. Espero poder volver al trabajo antes de lo previsto.
Dice también nuestro refranero que "Dios aprieta, pero no ahoga". Da igual que seas creyente o no. Hay ahí una sabiduría que no conviene ignorar. Y no tiene nada que ver con un ser ajeno a nosotros que nos tortura sádicamente para ver hasta dónde somos capaces de aguantar. Creo que la cosa no va por ahí. Va de aceptación (que no resignación), y de nuestra capacidad de fluir con las circunstancias de la vida, al margen de que a éstas les pongamos la etiqueta de "buenas" o "malas". Y de que nuestras cicatrices del pasado, acaben convirtiéndose en nuestra fuerza para el presente.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )


lunes, 3 de febrero de 2020

Contando baldosas

No me regañéis. Estoy escribiendo este post bajo estricta prescripción médica. Cabeza boca abajo y el portátil totalmente abierto y tumbado en el suelo. Así que no estoy forzando ni arriesgando nada. Eso sí: sin excederme.
La operación del martes fue bien. Mis miedos al inmenso dolor post-operatorio  de la primera intervención de hace nueve años se diluyeron. Tan sólo tuve un conato parecido durante unos minutos en el tren de vuelta de Barcelona, pero fue falsa alarma. Desapareció con un poco de meditación y un ibuprofeno. Parece que el agujero de la mácula quedó sellado con esa mezcla de plaquetas de la sangre que me sacaron poco antes del brazo izquierdo, y con qué se yo qué otros "ingredientes". Pura ciencia ficción. Como siempre allí.

Siguiendo la tónica habitual de esta familia, si algo se puede complicar un poquito, ¿para qué hacerlo fácil? Así que dos días antes de tomar el vuelo a Barcelona, Mey cogió la gripe. Jamás en estos treinta años juntos la había visto con tanta fiebre. Al contrario: cuando enferma, a ella le baja la temperatura. Rarita, la chica, jajaja. Así que estuvimos temiendo contagiarme justo antes de la intervención. Y temiendo también que la pudieran dejar en tierra, si en el aeropuerto se hubieran puesto a controlar la fiebre de los pasajeros como en los aeropuertos chinos, por temor al coronavirus. Un panorama, vamos. Pero no pasó ni lo uno, ni lo otro. Aunque tras mi operación, no sabíamos bien quién debía cuidar a quién. Tanto, que nuestro querido Luije vino a vernos tras la operación, y viendo la situación, salió zumbando para dejarnos descansar, el pobre.
Ya en casa, y con su buen antibiótico, Mey está mucho mejor. Y a mí me toca ejercitar la paciencia y la observación. Porque aunque el médico me dijo que podía mirar una pantalla en el suelo, sí que fue muy estricto e insistente en un detalle: lo de estar mirando para abajo y tumbarme boca abajo de forma permanente durante diez días. Lo normal en estos casos son cinco días, pero él, para prevenir, me prescribe el doble, por la ausencia de barreras naturales de contención en mi ojo, ante la debilidad de mi retina y tras la extirpación del cristalino en las dos operaciones anteriores. Vamos, que el gran temor es la tensión ocular y los estragos que podría suponer una fuerte subida. Así que en esas ando: con dolor de cervicales y de lumbares, por la posición de alcayata. Y buscando a cada instante cómo ponerme para respetar lo dicho por el médico. Y es gracioso, porque he tecleado en Google "Cómo combatir los dolores de cervicales", y lo primero que pone es evitar dormir boca abajo. Así que lo tengo claro...
Muchos me preguntáis cómo lo llevo, sobre todo por el reciente cambio laboral. Ya llevo algunas de éstas a mis espaldas. No muchas. Pero las suficientes para no querer repetir curso. Y ya he aprendido la lección. Al menos la teoría. Aunque la práctica siempre cuesta más. Y la lección no va de resignarte, sino de aceptar de forma combativa lo que el destino nos va deparando. Fluir con él en lugar de pelearte con él o maldecirlo. Encajar el golpe, pero sin perder el tiempo en preocupaciones estériles. Y actuar en cada momento con lo que te encuentres a tu paso. Ni lamentos, ni victimismos. Atentos a lo que toca aprender a cada paso, y al mensaje que cada circunstancia trae consigo.
Toca contar baldosas...jajaja
Cuando tienes tus facultades más o menos normales, te acostumbras a hacer veinte cosas a la vez. Pero cuando te obligan a mirar al suelo, a contar baldosas, te haces más consciente de todo. Intentas escuchar lo que normalmente no escuchas.  Captar los matices que habitualmente pasan desapercibidos. Prestar atención más plena al plato de comida que tienes delante, y a los sabores que trae consigo. Tiendes a observar más, y a hablar menos, o a acaparar menos la atención. Es como si los roles con que normalmente te desenvuelves, se vieran inexorablemente obligados a cambiar. Y te sientes vulnerable. Y los demás te ven vulnerable. Y les da "cosa". Porque están acostumbrados a verte resolutivo y eficaz, siempre activo y en movimiento. Y ahora te ven torpe, más callado, más lento...Pero siempre he creído que en la vulnerabilidad nos veremos todos. Pocas estaciones de obligado paso hay como ésa. Y es curioso, pero cuando caen todas las capas de cebolla, cuando desaparecen nuestros grandes roles, representados con esmero durante años, nos encontramos desnudos en nuestra vulnerabilidad. Y ahí los encuentros con el otro y los descubrimientos existenciales son maravillosos.
Mi vulnerabilidad actual es de "pacotilla". Apenas unas luces y sombras en un ojo, un dolor de cuello y otro de cintura, diez días boca abajo, y en menos de un mes volveremos al terreno de juego, a rodar la pelota de la vida. Pero no dejo de pensar en personas cercanas, luchando contra sus tumores malignos, contra sus recientes soledades, contra sus miedos. Todo nuestro reconocimiento y energía para ellas, en estos días en que andamos fuera de juego. 

En nuestro caso, todo este proceso de estas semanas nos ha traído un regalo monumental, del que quizás no éramos conscientes: la enorme cantidad de personas que, mucho más allá de la familia y amigos cercanos, veláis por nosotros. Hemos recibido multitud de llamadas, mensajes, oraciones, e incluso mantras, cargados de buena energía y buenos deseos en estos días complicados. Hemos sentido con fuerza el enorme empuje de vuestros buenos deseos hacia nosotros. Y que toda esa enorme red de gente buena estéis ahí, pendientes de nosotros, es lo que da verdadero sentido a la vida. ¿Qué, si no? Un millón de gracias a tod@s. Ya sólo por ello, todo esto cobra sentido.



PD: Para los que ya os hayáis perdido en esta larga historia de ojos, ahí van los links anteriores:
Parte 1: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/ojos-que-no-ven.html?m=1
Parte 2: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/el-dolor-del-clavo.html?m=1
Parte 3: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/la-salud-y-la-conviccion.html?m=1
Parte 4: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/ojos-de-nino.html?m=1
Parte 5: http://familiade3hijos.blogspot.com/2018/11/poca-vista.html
Parte 6: http://familiade3hijos.blogspot.com/2020/01/30-horas-para-olvidaro-no.html



domingo, 19 de enero de 2020

30 horas para olvidar... o no

Uno siempre cree tener bien atado el guión de cada día. Ese que actúa como bola de cristal de lo que va a pasar, y que te da cierta tranquilidad sobre lo siguiente por venir. Esta semana acabábamos las últimas solicitudes para universidades extranjeras de Samuel. Había sido un trabajo extenuante por su costumbre de dejarlo todo para el final. Un trabajo ya demasiado prolongado desde que empezamos con las de Pablo antes de Navidad. Por eso llegábamos a esa pequeña meta, ya al límite de nuestras fuerzas. Y el guión para este viernes era sencillo:  una visita relámpago a Barcelona para  mi revisión anual de ojos donde, solos los dos, podríamos reponer algo de fuerzas despejándonos de todo. Pero el guión acabaría siendo otro.
Entrando a la clínica de Barcelona

Viernes 17 de enero, 5:45. Abro los ojos antes de que suene el despertador. Me apetece la escapada a Barcelona, y me pongo en marcha. También Mey, a pesar del "madrugón". Café, tostadas, ducha, y al coche hacia el aeropuerto. Encontramos aparcamiento a la primera, y con tiempo para ir paseando a la puerta de embarque sin prisas. El guión parece confirmarse. El vuelo es rápido y puntual. El aterrizaje, el más suave de mi vida. La cosa sigue pintando bien. A pesar del retraso del autobús 46, llegamos rápidos a Plaza España, y el transbordo al V7 nos deja en tiempo récord a 10 minutos andando de la puerta de la clínica oftalmológica. El tráfico de la hora punta ya ha pasado hace rato, y todo parece seguir yendo conforme a mi guión. Hay una cola inusual en la recepción, pero hasta eso parece cuadrar, porque nos encontramos con un antiguo compañero de trabajo de nuestra etapa en Linares, y nos ponemos al día tras años sin vernos. Todo sigue cuadrando.
Una optometrista de blanco impoluto pronuncia mi nombre desde la puerta de la gigantesca sala de espera, y nos introducimos con ella por los funcionales pasillos de la clínica. Siempre me imagino que los edificios de la NASA deben tener un aspecto similar, no sé por qué. Ella se encarga siempre de los previos: tensión ocular, graduación, síntomas anómalos. Todo correcto. El ojo "bueno", que fue el del susto de hace un año, parece sellado y bien sellado. Eso marca el guión. Correcto. Pero noto un ademán extraño en la joven optometrista en las comprobaciones de visión del ojo izquierdo. Parece que he perdido un 15% de agudeza visual, y eso, en un año, es mucho. Yo no me había dado cuenta porque al procesar mi cerebro prioritariamente la información visual del ojo "bueno", el izquierdo siempre está en un segundo plano.Pero ciertamente, me cuesta más de lo habitual ver las letras y números proyectadas en la pantalla del fondo de la sala. Como yo llevo mi guión de día bajo el brazo, no me preocupo. Será cansancio acumulado de estos días.
Entra el doctor. No es el habitual, porque el que me operó ya dos veces está de congreso oftalmológico en El Cairo. Pero aquí son todos profesionales de primera. Desde luego no tiene pelos en la lengua. No estamos acostumbrados a un oftalmólogo tan explícito. Y no le gusta nada lo que ve en ese ojo izquierdo tras la dilatación de la pupila, y tras ese empeoramiento de visión. Nos propone hacerme un escáner ocular. Yo sigo aferrado a mi guión, y lo atribuyo a un exceso de celo del doctor. Pero la cara de Mey ya ha cambiado a la de preocupación, aunque no quiera preocuparme a mí. Accedemos a la prueba. Mientras me escanean los ojos, me siento contemplando una de esas batallas de "Star Wars" con rayos láser de colores por todos lados.
Los resultados del escáner son enviados en segundos al ordenador de la consulta del doctor. Y mientras le esperamos de nuevo allí, le da tiempo a Mey a ver las imágenes desde su asiento. No tienen buena pinta. Y esa mala pinta la confirma a los pocos instantes el doctor: un buen agujero en la mácula. No muy grande, pero hay que operar. Las posibilidades de que siga agrandándose son más que ciertas, y el deterioro de visión más que probable. Mey le pregunta si es peligrosa la operación, dado lo complicada que fue ya la primera. "En peores plazas hemos toreado, señora", fue su respuesta. Unas risas entre malas noticias nunca vienen mal. Nos damos cuenta de que todo es cuestión de perspectiva.
El experto en mácula y en miopías magnas, como la mía, está justo volando en ese momento de regreso del Congreso de El Cairo. Y en cuestión de segundos me conciertan una consulta con él, nada más aterrice, después del almuerzo. Mi guión ya se ha hecho trizas.
Habíamos quedado en conocernos en persona con una amiga, madre de un compañero de Pablo que estudia en Asia, a la que aún no conocíamos en persona. Por desgracia, el guión ya no existe, y el almuerzo se hace con cronómetro en mano. Toca correr de nuevo. Tatty, la pobre, nos acompaña, para poder seguir charlando, en nuestro peregrinar por la clínica: del experto en mácula que confirma el diagnóstico, al departamento de planificación de operaciones quirúrgicas, y de allí a la cita con la anestesista. Todo para dejar planificada la intervención para dentro de unos días. Más allá de unos días, mi ojo puede correr peligro, por ello el quirófano no debe demorarse.
Los vuelos suelen atrasarse. Pero pocos días antes de la cita en Barcelona nos han comunicado que el nuestro se ha adelantado casi dos horas. Así que el trasiego de consultas en la clínica ha dejado poco margen de tiempo. Toca correr de nuevo. Y llegamos en el último aviso a la puerta de embarque. Tras aterrizar en Málaga, recogemos a los niños en casa de los abuelos, tras contarles todos los detalles. Rápidamente nos vamos para casa, porque hay que madrugar al día siguiente, aunque sea sábado. El día de relax y el guión previsto, "a la porra".
La Alhambra, hace unas semanas

Sábado 18 de enero, 6:30 de la mañana. Por suerte, me repongo bien durmiendo. Y las primeras horas de la mañana me sientan de lujo. Ya habrá tiempo para pensar en Barcelona y en la logística para la operación. Ducha rápida, desayuno express, y zumbando hacia Granada para recorrer los 120 kilómetros que nos separan de la academia donde Samuel tiene el examen Toefl de inglés, penúltimo requisito de sus solicitudes universitarias. Por supuesto en la última convocatoria y en la foto-finish. Como siempre. Llegamos sobrados con un margen de media hora. Un nuevo día, y un nuevo guión. Parece que lo de ayer fue sólo un mal día y un mal guión. Samuel me dice en la puerta que ya me puedo ir. Cosas de la adolescencia. Pero prefiero comprobar que todo está correcto. Luego ya me daré una vuelta por Granada, siguiendo mi guión. Quizás un cafelito, un paseo para ver la Alhambra y el Albaicín, alguna que otra foto "chula"...Pero nada más ver la cara de extrañeza de la chica de recepción, ya sé que de nuevo el guión hoy tampoco va a triunfar. Que no estaba todo correcto. Que de nuevo había otro guión previsto para esa mañana. Llamadas a la dirección de la academia, al responsable en Andalucía, a la central en Irlanda y en Estados Unidos. Nadie sabe nada del examen, a pesar de la confirmación por escrito. Todo cerrado hasta el lunes. Curioso cuando los exámenes siempre son en sábado. Fuera hace un "frío que pela" y empieza a llover, con la nieve de Sierra Nevada de fondo. Samuel y yo montamos un campamento improvisado en el hall de la academia, bajo la mirada de sorpresa de alumnos y profesores. Mey, que se ha quedado en casa para llevar a Eva a chino, coordina los mensajes en inglés. Hay que intentarlo todo. Si no, no sólo se va al traste el guión del sábado. También todos sus sueños universitarios, sus resultados del SAT, y todas las tasas abonadas en las distintas "applications". Tras casi cuatro horas de gestiones, todo queda en manos del coordinador regional, a la espera de sus gestiones con la central el lunes. Vuelta a Málaga con las manos vacías, y con un cansancio que no recuerdo. Físico y mental. Se me cierran los ojos conduciendo.

Hace algunos años había una coletilla que Mey y yo nos decíamos a menudo: "Cuando estemos tranquilos..." Ya aprendimos que, en nuestro caso, eso es una utopía. Nuestra energía atrae los líos de un tipo u otro. Es como nuestro ecosistema natural. Así que mejor no usar más esa coletilla. Mejor no escribir o imaginar muchos guiones de momentos futuros. Mejor vivir los presentes a tope.

Casi apetece olvidar esas 30 horas. Aunque ahora que lo pienso, mejor no. Hay que fluir con los momentos del presente, sean buenos o traigan algún aprendizaje con ellos. En los próximos días tocará vivir muchos de esos momentos, que habrá que gestionar segundo a segundo. El viernes durante unos instantes nos preocupamos. Quizás porque no nos lo esperábamos. Ya no estamos preocupados. Estamos como siempre: ocupados. Del avión de ida, de la estancia en Barcelona, del tren de vuelta, de la agenda de los niños esos días, de gestionar la baja laboral, de las pruebas pre-operatorias...Sin guión. Aceptando lo que toca.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )

lunes, 19 de noviembre de 2018

Poca vista

Ese no era el guión previsto. La idea era un domingo lluvioso, "mantita" y "peli" en familia, todos acurrucados en el sofá. Pero no. El guión fue otro. Ayer tocó salir corriendo para urgencias a Málaga bajo un soberbio aguacero, y cruzar los dedos para que no fuera la cosa a mayores.
Todo comenzó el sábado. Empecé a ver destellos, moscas y gusanillos voladores. Cuando contemplaba el cielo, una enorme nube de polvo en suspensión lo cubría todo, con millones de granitos que me rodeaban, sin que pudiera tocar ninguno cuando acercaba las manos. Juro que no había consumido alcohol, drogas ni nada parecido. Pero mis ojos me ofrecían un panorama visual de alucinación absoluta. No pude evitar pensar cuántas de las cosas que consideramos reales e inamovibles en nuestra vida son en realidad creaciones de nuestra mente o de nuestros sentidos. Me di unas horas para ver si aquellas visiones desaparecían. Pero viendo que no, llamé a las urgencias de la clínica que me operó el ojo en Barcelona, para pedir consejo. Me dijeron que fuera "zumbando" para urgencias. Y eso fue lo que hicimos, a pesar del guión hogareño que habíamos planificado.
El chaparrón debió disuadir a muchas personas de acudir a las únicas urgencias oftalmológicas de la provincia, porque fuimos atendidos de inmediato. Y de nuevo se rompió el guión. Mi ojo izquierdo siempre había estado dañado. Desde pequeño sólo había visto luces y sombras, y por eso entendí que había pasado el calvario que me había tocado pasar con él hace años. Pero mi ojo derecho siempre ha sido un súper-ojo. Siempre fue el más aplicado. Con su 125% de agudeza visual me había prestado el mejor de los servicios posibles. Y lo había aprovechado al máximo. Ya tenía un poco de miopía y astigmatismo, pero eso es normal a mi edad. Nada relevante que hiciera presagiar un susto como el que durante meses nos dio el otro. Ese era el guión. Y también me lo comí con patatas.
Aquel médico de guardia, un domingo lluvioso cualquiera, en aquellas urgencias solitarias, lo tenía claro: "desgarro operculado a las seis, de mediano tamaño". Eso significaba aplicar láser de inmediato y con la máxima urgencia en mi ojo bueno. Ese que había facilitado a mi cerebro todas las imágenes desde mi más tierna infancia. De no hacerlo, existía peligro de desprendimiento de retina, y eso ya sí eran palabras mayores. Significaba operación en toda regla con anestesia y posible pérdida de la visión para siempre. Mey y yo nos miramos. El semblante nos cambió de inmediato. Ya sí tocaba "ocuparse". La vida nos ha enseñado a no "pre-ocuparnos" antes de tiempo. A no derrochar energía en un absurdo rumiar mental, que no hace sino desgastarnos. Y por eso habíamos llegado tranquilos, relajados y pensando que sería un simple trámite. Nos dirían que era algo pasajero, nos darían unas gotas para el ojo, y en pocos días aquellas extrañas visiones desaparecían. Pero no. El momento adecuado había llegado. Tocaba ponerse manos a la obra, y desplegar toda la energía que aquel anuncio suponía. En dos minutos le contamos nuestra aventura con el otro ojo: aquel primer contacto con Barcelona, la operación y la hemorragia consiguiente, la segunda operación con la extirpación del cristalino, y la posterior terapia visual. Creo que aquella odisea que contamos apabulló a aquel joven doctor. Y nos dio la coartada, sin que se sintiera ofendido, para hacer sobre la marcha la llamada del comodín a Barcelona, para ver qué opinaban sobre su diagnóstico. Mientras, él haría algunas gestiones si decidíamos ir adelante. Barcelona no lo dudó. Un viaje en avión, un traqueteo mayor del habitual, o unas horas de más podrían desencadenar el temido desprendimiento de retina. Debíamos aceptar el ofrecimiento del láser. Y así lo hicimos.
No sé si es una práctica habitual. No sé si se debió a la epopeya del otro ojo que le narramos. No sé si fue porque estaba afectado mi único ojo sano. O no sé si es que empezó a romperse la barrera médico-paciente y se abrió la puerta de la relación humana. Pero lo cierto es que en veinte minutos se presentaba allí, un domingo lluvioso por la tarde, nada menos que el jefe de oftalmología para aplicarme con apremio el láser verde de argón. Me dijo que si estaba dispuesto a colaborar. Como para mostrarme dubitativo estaba la cosa... "Sí", le contesté con rotundidad. Mi respuesta me ahorró la anestesia y un cono incomodísimo que te introducen en el ojo en estas ocasiones. Pero los cuarenta o cincuenta impactos de láser no me los quitaba nadie. Y ésa es una sensación desagradable, la verdad. No es dolor físico, pero sí lo es a la vez. Sientes los nervios oculares. Sientes que el ojo reacciona de forma refleja ante aquel impacto cegador de luz verde repetido sin cesar. Sientes que el ojo quiere parpadear y lucha contra la orden de que no te muevas ni un milímetro. Aquella orgía de luz y color, unida a las fantasías visuales desde el sábado, me habían dado un guión que ya quisiera Stanley Kubrick.
La vida trae días como el de ayer: imprevisto, súbito, accidentado, inquietante, alarmante... Por eso toca prepararse el resto de los días en que no hay enfermedad, no hay preocupaciones, no hay muerte. Y por eso, por la noche, antes de meternos en la cama, Mey y yo pensábamos lo mismo y decidimos hablarlo en voz alta. Es el tercer aviso de mis ojos. De ambos. Tarde o temprano tocará, quizás, afrontar una ceguera. Ojalá que sea dentro de treinta o cuarenta años. Ojalá que no ocurra nunca. Pero mientras, no está de más ir preparándose. Esta mañana, tras nuestra petición, nuestro querido Ángel, desde Lleida, nos abría las puertas de un nuevo mundo: el del braille y el de tantas aplicaciones que hoy día existen para las personas invidentes. Toca ocuparse, sin preocuparse. Toca adentrarse en un nuevo mundo y aprender. Y si al final no me toca, seguro que el camino habrá valido la pena. Como siempre.

PD1: Como sé que sois muchos los que os preocupáis, he escrito esto con permiso médico, porque debo hacer vida normal, incluido leer y trabajar al ordenador. Lo único es que debo evitar esfuerzos físicos y levantar peso hasta confirmar en unos días que todo ha cicatrizado bien y la hemorragia se ha disipado.
PD 2: Para quienes queráis conocer la aventura del otro ojo, os compartimos lo que escribimos en su día al respecto:



NOTA: Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero a través de nuestra escritura estamos canalizando solidaridad hacia proyectos que lo necesitan, y queremos dar cuenta de ello:
https://www.patreon.com/posts/damos-cuenta-de-21934667
Además, los beneficios de la nueva tanda de libros que nos ha llegado, irán íntegramente para material escolar de los 28 niños del orfanato de nuestro querido Herminio: https://bit.ly/2CbfnQM

jueves, 4 de febrero de 2016

Ojos que no ven

Cuando la salud falla, podemos sentirnos víctimas, o podemos observar lo que el cuerpo quiere decirnos. Reconozco que hasta hace pocos años yo fui muy ciego a lo que el mío me decía. Y nunca mejor dicho.
Desde muy pequeño, tuve un ojo vago. No sé si se debió al parto tan traumático que al parecer tuve, con fórceps y más de un hematoma cerebral incluido. Pero lo cierto es que con el ojo izquierdo apenas era capaz de atisbar luces y sombras. A fin de cuentas eran nada más y nada menos que 18 dioptrías. Sin embargo, cuando uno convive con alguna rareza, piensa que a todo el mundo le sucede lo mismo. Hacemos de nuestra realidad, la realidad universal. Y eso debí pensar yo: que todos vemos sólo con el ojo derecho. De ahí que fuera en una revisión rutinaria en el “cole”, con 4 o 5 años, cuando mi deficiencia salió a la luz. Yo no había dicho nada porque pensé que aquello era normal. Y además, para aquel entonces, ya había aprendido a sobrevivir y a manejarme con lo que tenía: un solo ojo y una visión monocular.
Eso ahora, bien superados los 40, he entendido que suponía que mis ojos no eran capaces de transmitir al cerebro la información necesaria para que éste generase el efecto “profundidad”, el famoso 3D. Y ello, sin saberlo durante toda mi vida, me ha supuesto adaptarme e interpretar mi realidad de forma algo distinta a como lo hacían los demás. ¿Cuál es entonces la realidad real? Las diferencias de colores y las sombras me ayudaban a intuir si una montaña estaba delante o detrás de otra en un bello paisaje. Y el ensayo y error, me ayudaba a calcular distancias. Aunque bien es cierto que siempre pensé que debía ser algo torpe, ya que se me caían las llaves cuando alguien me las lanzaba, era incapaz de cortar una loncha plana de queso o de jamón, y de vez en cuando tropezaba con objetos cercanos a mí. Ahora he descubierto que todo ello tenía una explicación.
Con 5 años, y tras algún que otro intento para que mi ojo vago espabilase mediante parches en el otro y gruesas gafas, los médicos aconsejaron a mi madre que me pusiera lentes de contacto a pesar de mi corta edad. ¡Y allí estaba yo, en 1977, siendo un pionero de las lentes de contacto con tan sólo 5 años! En un momento en el que las lentes sólo las usaban algunos artistas de cine, aprendí a ponérmelas y quitármelas, y de nuevo me adapté a la situación con total normalidad. Durante 25 años, las lentes fueron otro apéndice de mi cuerpo.
Con unos 25 años, en una revisión oftalmológica rutinaria, me detectaron un pequeño desgarro retiniano. Parece ser que un ojo tan miope como el mío funciona como un plástico del que extiendes al máximo sus extremos cada vez más: en un determinado momento, el plástico puede crear una fisura o una rotura. Puede pasar a los 5 minutos, o puede suceder a los 30 años. Pero tarde o temprano es fácil que ocurra. De inmediato me aplicaron láser, y el problema quedó zanjado en aquel momento. Aunque desde entonces, procuré asistir a revisiones médicas de mis ojos cada uno o dos años para prevenir. Con 28 ó 30 años, mis ojos empezaron a rechazar las lentes de contacto. Se habían cansado de estar con ellas casi 25 años, a una media de 14-15 horas diarias. Se irritaban y empezaban a escocer. Así que por primera vez, empecé a utilizar gafas.
En 2011, en una de esas revisiones anuales rutinarias, ya en nuestro último domicilio, el nuevo oftalmólogo detectó algo preocupante. "Degeneración pigmentaria en ambos ojos", fue su diagnóstico. Un diagnóstico que, acompañado de la solución que me proponían (30 ó 40 impactos de láser en cada ojo), y de la recomendación  de hacerme un TAC cerebral para descartar males mayores, me generó las mismas palpitaciones que se deben sentir al saltar de un puente. Y no sólo por lo preocupante que sonaba todo. ¿Podría perder también la visión en ese ojo? ¿Esa degeneración significaba que podría quedarme ciego? Recuerdo el enorme desasosiego que sentí volviendo de la consulta del oftalmólogo, pensado cómo explicar a mi mujer con tranquilidad y sin alarmismos algo que realmente me asustaba mucho.
Dado lo rutinaria que pensaba que iba a ser la consulta, había asistido solo, y recorrer los apenas 500 metros desde la consulta hasta el polideportivo donde estaban ella y los niños me resultó interminable. Caminé sin apenas visión tras la agresiva exploración ocular, la correspondiente dilatación pupilar, y la infinidad de pensamientos negativos que mi mente atisbaba. Ir rodeado de gente sin apenas poder verla, tanteando y tropezando con los obstáculos de la calle, y con el peor escenario en mente que podía derivarse de ese diagnóstico, hicieron de esos 5 minutos de recorrido un auténtico infierno. ¿Sería así mi futuro, sin ver a mi alrededor? ¿Era ésa una especie de premonición de lo que podía venir después? ¿Cómo iba a manejarme con 3 niños pequeños? ¿Y mi trabajo? Miles de preguntas y de preocupaciones afloraron en mi mente en esos 5 minutos. Y se me debió notar claramente en el rostro. Mi mujer, desde lejos, intuyó que algo malo había sucedido.
El diagnóstico había sino demoledor. Y no sólo por lo inesperado. Sino porque afectaba también a mi ojo “menos malo”, un super-ojo que había trabajado a destajo durante toda mi vida de estudiante y como profesional, y que quizás se podía estar también resintiendo, dispuesto a abandonarme. Pero como sucede en las grandes crisis, y en los grandes grandes de la vida, uno puede adoptar una actitud miedosa, retraída y victimista ante el problema en ciernes, o puede verlo como una enseñanza, como una oportunidad, o como una ocasión para el combate. Y yo, gracias también a mi mujer, decidí esto segundo. De inmediato pedí a ese mismo oftalmólogo que me aconsejase el mejor especialista en vítreo y retina que conociera para un segundo diagnóstico. No estaba dispuesto a aplicarme esos agresivos impactos de láser sin más. Y nada más llegar a casa estábamos llamando a Barcelona, para reservar cita. La semana siguiente estábamos volando a la ciudad condal para encarar de frente lo que mis ojos tuvieran que decirnos. Se acercaban unas semanas llenas de dolor, de miedo, pero también de milagros. Y cuando los milagros te tocan a ti, te ves obligado a abrir los ojos "de par en par" a lo que quieran decirte.
“Cada día que pasa, sea como sea, me encuentro mejor, o mi problema desaparece”. Esa fue la frase que a modo de mantra me repetía una y otra vez, y que se convirtió en un auténtico descubrimiento y en el acceso a una forma de entender la vida. Viví entonces el enorme poder que el pensamiento positivo y las afirmaciones pueden tener a la hora de crear la realidad. Creer es crear. Y mis problemas graves en los ojos, parecían querer "tirarme de las orejas". Algo debía ver, que no era capaz de ver. Y ya se sabe: "Ojos que no ven..." ¡¡corazón que espabila!!
(CONTINUARÁ)