martes, 5 de febrero de 2019

Puertas que se cierran

La "cuesta de enero" ha sido de aúpa. La emocional, me refiero. Y la de febrero apunta maneras también: en la pendiente y en las curvas, me refiero. Han sido semanas intensas, muy intensas. No recuerdo haber suspirado tanto en mi vida. Cuando se juntan tantas cosas, mejor darse tres o cuatro segundos. Mejor respirar dos o tres veces antes de precipitarse. Y al final uno acaba hiperventilado...
Este pasado fin de semana era un momento clave de muchos procesos vividos. Era nada más y nada menos que la final nacional en Madrid para las plazas y becas de las que disfruta Pablo en Italia. Y también Samuel había logrado llegar a lo más alto. Que los dos hermanos hayan llegado hasta ahí en dos años seguidos ya era un logro inmenso. Pero sólo faltaba un último paso. Y por eso durante semanas hemos estado trabajando en casa para que ese paso se pudiera consumar. Practicando entrevistas y presentaciones. Puliendo esto y aquello. Ultimando detalles. Pero no ha podido ser. Ese último paso se ha frustrado. Y la sensación debe ser similar a la del que llega a la final de las Olimpiadas y se queda cuarto. O la del que llega a la final de la Champions y la pierde. Ni medalla, ni copa. Ni Canadá, ni Noruega, ni Singapur.
Pablo y Samuel,
recién llegado éste de EEUU,
junio 2018
Siempre hemos creído en casa que una familia se parece más a una fábrica de sueños que a un búnker. Lo segundo te protege de cualquier peligro o amenaza externa. Lo primero te ayuda a volar. Y por eso hemos estado poniendo a punto las alas de Samuel, igual que hicimos el pasado año con Pablo. Sabiendo que nuestra misión es propiciar que tengan las mismas oportunidades al soñar. Y que luego cada uno abre las alas a su estilo. Salta del nido cuando y como puede (o quiere). Y tiene unas aptitudes u otras en el bello arte de surcar los cielos de este maravilloso mundo.
Esta puerta se ha cerrado. Probablemente para siempre. A pesar de todo el esfuerzo, que no fue poco. En situaciones así, a veces es más fácil pensar que es injusto. O que apostar tanto por dos chavales de la misma familia no debe ser, y que le ha perjudicado. Pero nosotros no creemos ni lo uno ni lo otro. El proceso ha sido impecable. Como el año pasado. Tanto, que el propio descartado está emocionado con lo vivido durante todas esas horas con sus compañeros (no competidores) y con el equipo de selección. Preferimos pensar que quizás a esas alas les falta aún alguna que otra ITV que pasar. Que quizás no todos podemos afrontar los mismos desafíos en el mismo momento, especialmente cuando éstos son tan grandes. Y por eso toca aceptar. Porque todo es perfecto. Porque no tiene sentido aferrarse a nada. A pesar del vuelco del corazón al no escuchar tu nombre entre los elegidos.
Hace 25 años, Mey se presentó a unas oposiciones en Canarias. Había once plazas y ella quedó la duodécima. Cuando fue a revisar el examen, el tribunal le dijo que había empatado con el último, pero que ella tenía más recursos para sacarse las oposiciones a la siguiente en cualquier lugar, y por eso habían optado por el otro candidato. Aquel razonamiento nos indignó hasta el extremo. Costaba aceptar algo tan aparentemente injusto. Pocos años después, Mey resultaba la número uno de su promoción en lo que hoy es nuestro hogar, Andalucía. Y quizás aquel aparente éxito del puesto once nos habría alejado de lo que hoy disfrutamos tanto. Por eso tiene tanto sentido dejarse fluir, incluso en las frustraciones por noticias tan deseadas. Aunque cueste encontrarle el sentido ahora.
Samuel salió mal de allí. Ahora se refugia en su piano y en Chopin para lamerse las heridas. Es lo que toca cuando todo está tan reciente. Sentía que esa puerta era su vida. Suele pasar cuando esperas que los lugares lejanos te resuelvan la "papeleta" de lo que quizás tienes mucho más cerca. Tan cerca como dentro de ti. Y quizás por eso ahora no tocaba que la puerta se abriese. Porque quizás vengan puertas aún mejores. O porque quizás las alas deban fortalecerse para volar aún más alto. Aunque dé un poco de vértigo. Ya se sabe que si los sueños no asustan, como la altitud, es que no son lo suficientemente grandes. Habrá que ponerse a punto para esos vuelos. Y aprender de los portazos de la vida, para que se abran otras puertas de par en par.


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