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viernes, 10 de febrero de 2017

Comparaciones

Hay frases que repetimos como papagayos durante años. Y de tanto repetirlas nos las creemos. O peor: pensamos que ya las dominamos. Una de esas frases es la de: "las comparaciones son odiosas". Casi cuarenta años después creo haber empezado a entender qué significa.
Siempre pensé que lo odioso de las comparaciones radicaba en hacerle daño al otro. Si te comparabas con él en altura, en velocidad o en las notas de las asignaturas del "cole", le estabas haciendo daño, o estabas siendo maleducado o políticamente incorrecto. Hoy me he dado cuenta que eso es sólo una parte del pastel. Y probablemente la más pequeña. Lo verdaderamente odioso de las comparaciones tiene que ver con nosotros mismos, con el daño que le hacemos a nuestro ser interno. Nuestro post de hace unos días "Bajar de los altares" hablaba también de ello, y de cómo tendemos a idealizar y a compararnos con los otros, o a ansiar lo que vemos en el escaparate ajeno en lugar de desempolvar lo que tenemos en el propio. Parece que a muchos les removió, a juzgar por las respuestas recibidas.
Mi hija es pura alegría, pura vitalidad, pura energía desbocada. Pero hay días que nos da el almuerzo al llegar del colegio. Y casi siempre viene provocado por una comparación: "me han dicho que soy más bajita que..."; "fulanita me ha hecho menos caso a mí que a ..."; "me han puesto menos nota que...cuando yo había estudiado más...". Comparaciones, comparaciones, comparaciones.  Nuestra vida está llena de ellas. Y son muy frecuentes entre los iguales, los hermanos. Pero también entre el resto de "iguales": vecinos, compañeros de trabajo, amigos... Quizás porque creemos que es la forma de conformar nuestro hueco en esta vida. O quizás porque nos pasamos la vida buscando el cariño o la atención ajena, y pensamos que debemos merecer esa atención siendo más altos, más guapos, más rápidos o más aplicados; o dando pena porque somos más feos, más débiles, más lentos o más torpes. Cariño y atención a cambio de admiración o de lástima. Así de sencillo.
Quien haya visto alguna vez "Super-Nanny" en la tele o tenga hijos sabe que no hay mayor arma de educación masiva que la atención al niño. Ni castigos, ni regañinas, ni bofetones. La atención y el cariño es la mejor forma de encauzar el comportamiento de un niño. Porque es lo que todos buscamos desde pequeños, como parte de nuestro ADN. Y si vemos que no lo recibimos como nos gustaría, empieza nuestra cabecita a comparar y a ingeniárselas para conseguirlo. Es puro mecanismo de supervivencia. Pero a veces puede llegar a amargarnos la existencia si no somos capaces de tomar los mandos de ese mecanismo.
Podemos creer que esto es una cuestión de niños. Pero nada más lejos de la realidad. Sigo oyendo a adultos muy "talluditos" hablando de cómo a ellos les hacían menos caso que a sus hermanos de pequeños; cómo les regañaban más; o cómo todos les veían como el patito feo de su casa. Y no sólo lo expresan, sino que les ves en los ojos o en el tono esa espinita clavada de hace cuarenta o cincuenta años, a pesar de que aquello quizás ni siquiera sucedió así, como le pasa a mi hija. Pero queda ahí, de forma indeleble, en algún rinconcito de tu alma. Corroyéndote por dentro. Reviviendo ese dolor día sí y día también. Porque, como sabemos, no hay una realidad sino tantas como cabecitas. Y por eso aún hoy sigues dejándote llevar por las comparaciones más absurdas: que si mi gripe es peor que la tuya, que si mi agenda es más complicada que la tuya, que si mis gastos son peores que los tuyos...
Igual que la frase de las comparaciones odiosas, hay libros e ideas que marcan nuestra existencia. Quizás de un autor o de un filósofo más o menos conocido, cuyas reflexiones nos han guiado alguna vez en momentos de zozobra y tribulación. Mi filósofo favorito es una mujer. Y comparto con ella todas las noches el edredón. Hace unos treinta años también me compartió una frase que puede guiar toda una vida. En aquel entonces no entendí nada. Y hasta hace pocas fechas no he empezado a degustar su hondo significado: "Estamos solos en este mundo". Aquella frase así, sin anestesia, y en plena pubertad, con las hormonas desbocadas, y enamorado hasta las trancas de aquella chavala que la acababa de pronunciar, me pareció tan enigmática como incomprensible. Especialmente porque justo estábamos empezando nuestra relación, y en lo que menos pensaba era en la soledad que ella parecía expresar. Lo dejé aparcado como ese crucigrama indescifrable que siempre se te resiste. Pero esa frase la hemos compartido ella y yo muchas veces en estos años, y ha ido desplegando su esencia. Por suerte o por desgracia los seres humanos somos unos auténticos mendigos de aprecio, de reconocimiento y de cariño. Y ello nos lleva a prostituir nuestra auténtica esencia divina con tal de que te acojan en el rebaño. Y acabas apagando ese pedazo de luz natural que todos llevamos dentro para usar la misma linternita que los demás. Y en esas comparaciones trabajas como los demás; vas de vacaciones como los demás; te compras el coche o la casa como los que te rodean; comes lo mismo que comen los demás; y te sometes a las normas no-escritas que esa comparación con los demás dicta. Pero en el fondo estás solo o sola. Y llega siempre, absolutamente siempre, un momento en la vida en que te das cuenta que tanta comparación era absurda. Que no hay nada ni nadie que te pueda reconocer, apreciar o querer como tú mismo/a a ti mismo/a . Y que renunciar a todos tus dones y talentos por esa comparación permanente y perpetua es no sólo absurdo, sino que te aboca a la frustración, a la decepción y al sinsentido. ¿Para qué me he comparado tanto durante toda mi vida si en realidad estoy solo? ¿Para qué he buscado tanto el tesoro del afecto ajeno, cuando lo tenía dentro de mí?
Estamos solos, aunque nuestra agenda y nuestro facebook echen humo. Hacernos conscientes de ello nos debe animar a la actitud más optimista y positiva del mundo. Porque nos confronta con nuestra propia esencia. Con nuestro ser más real y auténtico. Y nos anima a no ser simplemente una copia barata de lo que vemos a nuestro alrededor por pura comparación. Estamos solos, y paradójicamente, darnos cuenta de ello, nos puede convertir en el mejor y mayor regalo para los que nos rodean.

(FOTO: Samuel y Eva, dos hermanos jugando y comparando sus "chuches" en una playa de Almería)

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