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martes, 13 de diciembre de 2016

Ángeles con los pies en la tierra

Hay encuentros que te cambian la vida. El nuestro de este pasado sábado es uno de esos. Nos pilló de improviso y nos desarmó por entero.
Antonio fue policía durante más de treinta años. Fue una persona normal, con una vida normal. No sabemos bien cómo se cayó del caballo, pero se cayó. ¡Y de qué forma! Un día se dio cuenta que tenía una misión en la vida. Es curioso, porque todos tenemos una, a pesar de nuestras vidas "normales". Quizás esa vida "normal" nos ciega de nuestra misión. Pero él la asumió. Y "sin medias tintas". Y empezó a preparar comidas en su propia casa para los indigentes y los "sin techo" que veía por las calles. Al principio 30 raciones, luego 70, más tarde 100...Y así fue creciendo y creciendo la cosa. También los voluntarios que se unían a una causa de locos en un mundo insensibilizado. Dar de comer al hambriento. ¡Menudas cosas tiene la gente!
Quizás lo más duro para él fue actuar "sin medias tintas". Amar al prójimo así cuesta mucho. Es más fácil pedirle papeles, ponerle fronteras, o encasillarlo en cupos. Antonio no estaba dispuesto a ello. Y ello le valió la indiferencia y la oposición de instituciones y poderes de todo pelaje, incluidos los religiosos y solidarios. También la incomprensión de familiares y amigos. Es curioso: a Jesucristo le sucedió lo mismo hace dos mil años. Y Antonio tuvo que repartir sus comidas a la intemperie durante años en una caseta  de obra donde se hacinaban cientos de personas todos los días en colas interminables, lloviera, hiciera frío o un calor sofocante.
Hace unos meses, y gracias a su locura contagiosa, consiguió un local a pocos metros de aquella caseta de obra. Las donaciones privadas y la abnegación de muchos obró el milagro. A la inauguración asistieron las instituciones que poco o nada le han ayudado. Y ahora se reparten allí miles de comidas todos los días.
Conocimos a Antonio por esas bellas caUsalidades de la vida. Mis abuelos tenían un piso muy antiguo precisamente sobre el nuevo comedor social, y habíamos quedado porque habían intentando entrar en él los okupas. Y lo que iba a ser una conversación sobre el sector inmobiliario, derivó hacia lo humano y lo divino. Esa divinidad que habita en cada uno de nosotros, y que Antonio sintió con una fuerza enorme y llevó hasta el extremo. Sin medias tintas.
A pesar de su historia de años, Antonio sigue a lo suyo: cuidando la dignidad del que se acerca a pedirle un plato de comida. Y por eso no le pide explicaciones a nadie. Y por eso ha creado un comedor social que parece un restaurante normal. Y por eso rechazó sillas de plástico de publicidad, y quiso sillas de madera, como en cualquier casa. Eso sí: con el nombre puesto del que donó cada una.
Probablemente empecemos a colaborar con estos locos que se hacen llamar los Ángeles Malagueños de la Noche. Aunque ya el nombre se les ha quedado pequeño. Son decenas de nacionalidades y atienden las veinticuatro horas. También hemos decidido cederles el piso durante un tiempo, para que puedan hospedarse en él voluntarios y personas que hoy viven en la calle. Alguno pensará que es una locura y que podríamos sacar una buena renta por un piso en pleno centro de Málaga. Quizás sea cierto. Pero estos ángeles reparten ya cerca de un millón de raciones todos los años a gente sin recursos. Probablemente sean un ejemplo único a nivel mundial. Probablemente nos hemos topado con gente única que se ha creído de verdad que amar es urgente. ¿Vamos a andarnos con medias tintas?


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