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jueves, 20 de julio de 2017

Cicatrices familiares

El que más y el que menos ha pasado por eso. Lo queramos o no. Lo hayamos olvidado o lo tengamos presente en todos y cada uno de los instantes de nuestra vida. Todos, absolutamente todos, hemos sido y somos hijos de unos padres. Estén vivos o ya no estén entre nosotros. Sean conocidos o ausentes. Cercanos o lejanos. Y lo queramos o no, esa realidad nos marca para siempre. Para lo bueno o para lo malo.
Verano de 2008: Isleta del Moro (Almería)
Dice Bert Hellinger que el Amor crece con el Orden. Y el orden natural establece que los padres deben pasar el testigo a sus hijos, y éstos deben coger ese testigo, aceptarlo, recorrer con él su propia vida, y pasarlo a su vez a sus hijos. Y así sucesivamente. Sin embargo, con demasiada frecuencia, y por los motivos más diversos, los hijos nos empeñamos en no coger ese testigo. A veces por un recuerdo difuso. A veces por un castigo. A veces por un insulto, por un grito, por un desaire. A veces por un exceso de autoritarismo, o a veces por un exceso de indiferencia. A veces por sentirnos tratados injustamente frente a hermanos o frente a otros familiares. O a veces puede que incluso no pasase nada realmente, pero a nosotros se nos quedó clavada una espina en el alma. Y rechazamos ese testigo. Rechazamos ese cofre de experiencia vital, ese arca de la alianza entre generaciones, esa cadena que une a padres con hijos en el ciclo de la vida. Y ese "orden" se quiebra. Quizás no de forma visible. Quizás no de forma ostentosa. Quizás nadie lo note. Pero algo se quiebra donde más duele: en lo más profundo de nuestra alma. Rechazar ese testigo, esa luz vital que nos pasan nuestros padres, abuelos y ascendientes, crea en nosotros resentimiento, desequilibrio, ansiedad y frustración. Crea una necesidad constante de búsqueda de respuestas y de sentido en el exterior y en otras personas, Muchos se atrincheran en el rechazo a ese testigo paterno o materno y contraatacan con enorme energía. Y esa energía de rebeldía y de rechazo es capaz de crear carreras profesionales exitosas, de ganar premios en las distintas disciplinas, de atesorar fama, poder, dinero...Pero rascas un poco, y dentro de ese enorme despliegue de energía, de sofisticación, de capacidad de superación, sigue habitando un niño o una niña dolido por lo que un día alguien le dijo o no le dijo; por lo que un día alguien le hizo o no le hizo; por lo que un día alguien le dio o no le dio. ¿Acaso no tenemos todos amigos o familiares que viven realmente atormentados en ese rechazo a sus padres o a sus antecesores sin saberlo, y viven ese resentimiento perpetuo? ¿Acaso no tenemos referencias de personas que devuelven a sus padres en la vejez, en situaciones próximas al maltrato físico o psicológico, el daño que ellos creen haber recibido, y lo encuentran perfectamente justificado? ¿Acaso no hemos sido testigos de personas en el culmen de sus carreras, o incluso ya jubilados, que  siguen haciéndose unos niños pequeños e indefensos en ciertas situaciones o ante el recuerdo de ciertas circunstancias que les marcaron para siempre?
Es cierto que a veces, ese resentimiento puede estar incluso justificado porque haya habido abusos, violencia, maltrato...Pero como decía Sartre: "No importa tanto lo que me han hecho, sino lo que yo hago con lo que me han hecho". Y es ahí donde no nos podemos esconder. Ahí se acaban las excusas. Ahí se acaban los victimismos. Ahí se acaban los "malos rollos". Confucio decía que una ofensa no es gran cosa, excepto por el hecho de que nos empeñamos en recordarla. ¿Vamos a estar toda la vida llorando en ese rincón de nuestra alma? ¿Vamos a estar toda la vida quejándonos de lo que pudo ser y no fue? ¿Vamos a estar eternamente resentidos, dolidos o cabreados con el universo y con nosotros mismos? ¿No nos damos cuenta que esa energía de rechazo a lo que nuestros padres nos podían pasar, también la estamos transmitiendo a nuestros hijos e hijas, a nuestros parientes y amigos, lo queramos o no?
No hablo de oídas. Yo experimenté ese resentimiento durante años. Me tocó vivir un papel que no me correspondía tras la muerte de mi padre teniendo yo cuatro años. Y la relación con mi madre y con mi hermano se vio marcada por esa circunstancia, probablemente para siempre. La ausencia de mi padre y el papel en mi familia tras ello. Me sentí esclavo de esa situación. Me sentí siervo del cartel que me pusieron o del que yo inconscientemente me puse. E interiormente me tiré años actuando bajo los mandatos que esa realidad me marcaba. No era libre de actuar como yo hubiera querido. Debía ganarme el aprecio, el cariño y el amor de los demás a base de actuar conforme al cartel que me habían puesto, o que yo me había colocado. Da igual cuál fuera. Me hacía esclavo. Y ese resentimiento fue creciendo y creciendo. Bajo mil capas de persona adulta. Bajo mil cerrojos y sus mil llaves. Pero ese resentimiento estaba ahí. Los que más me conocen me lo notaban a veces. Quizás en ciertas reacciones. Quizás en el semblante tenso cuando saltaban mis mandatos internos.  Quizás en lo tajante de ciertas afirmaciones. Hasta que le diagnosticaron una enfermedad incurable a mi madre. Los médicos dijeron que le quedaban pocos meses de vida. Y ese resentimiento seguía habitando en mi corazón. ¿Iba a dejar que ella se fuera con esa basura dentro de mí? ¿Iba a dejar que ese testigo vital no pasase de ella a mí, como era debido? ¿Iba a seguir rechazándolo? Me "puse las pilas". Empecé a escarbar en mi interior. Busqué y rebusqué. Abrí cerrojos, verjas y puertas. Dejé entrar aire fresco en el alma. Y entonces me di cuenta que nos encadena lo que rechazamos, y sólo lo que amamos nos hace libres. Y acepté y amé sin cortapisas el testigo que mi madre tenía que pasarme. Acepté esa llama vital que ella tenía para mí. Aprendí a ser libre. Y por arte de magia, ese resentimiento desapareció de mi interior. Lo bueno o malo que ella me había dado estaba donde siempre. Las actitudes que me podían desquiciar más o menos persistían. Pero yo había aprendido a aceptarlas y a acogerlas de corazón, porque había entendido que, probablemente, no me las podía haber dado de otra forma. No era culpable de nada. La vida la hizo así, como a cada persona nos hace como somos con nuestras circunstancias.
Por suerte yo tuve tiempo. Aquello fue en 2008 y ella murió en 2013. Tuve tiempo de limpiarme por dentro ese resentimiento, y de aceptar de corazón el testigo que tenía que darme. Y se fue quizás con el mayor amor que jamás le pude haber dado. Pero sobre todo, se fue dejando atrás a un hijo más equilibrado y sobre todo más libre. Desde aquel momento nada ha sido igual. Desaparecieron las cadenas auto-impuestas. Se esfumaron los chantajes psicológicos. Y surgió una conciencia nueva en mi para detectar mis mandatos y mi programación interior. Desde entonces ya no hay límites. Lo que piensen los demás me importa mucho menos. La vida resulta una maravillosa experiencia diaria. Y sobre todo, me he hecho más consciente del testigo que, consciente o inconscientemente paso a mis hijos. Afortunadamente me di cuenta a tiempo que ningún sufrimiento concede derechos, y que ninguna postura construida sobre heridas concede merecimientos. Y me dio tiempo a entender que asentimiento es liberación y que oposición es sufrimiento.
En nuestro periplo veraniego hacia el Norte, hace unos días tuvimos ocasión de participar en una pequeña ceremonia final que viví también hace nueve años en un curso en el que empecé a aprender a ser libre. Parece mentira cómo ese proceso de depuración y limpieza se queda marcado en el alma. Y cómo las personas que este año lo han experimentado también lloraban de alegría y de liberación como yo lo hice entonces. Nunca es tarde. Conozco a gente cuyos padres ya han muerto y han sido capaces de hacer esa limpieza interior después. No es fácil. Pero el esfuerzo vale la pena. Y se logra la aceptación. Se alcanza la liberación.
Veo demasiadas personas que sufren en esos procesos. Personas muy cercanas y queridas, incluso. Me gustaría ayudarlas, pero es un proceso estrictamente personal. Para ellas es momento de dar un portazo a las excusas respecto a la libertad y a la felicidad. Es momento de ser libres y felices ahora, en vez de tirarnos toda la vida buscando o esperando las circunstancias propicias. Es momento de asentir y de aceptar sin resignación. Es momento de liberarse. Es momento de que cicatricen las heridas del alma.


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