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sábado, 9 de abril de 2022

La energía de los actos

Hacen falta sueños para aferrarse a la realidad, decía Arjona. El sueño de Ana Celia acababa de aterrizar en Madrid Barajas aquel sábado 27 de noviembre de 2021. Tras más de tres años, volvían a abrazar a su hijo. La familia volvía a estar al completo. Era momento, por fin, de dejar atrás la pesadilla. Nuestra ONG ADAPA había dado el último empujón a ese sueño, con un préstamo solidario que irán devolviendo muy poco a poco para hacer realidad otros proyectos solidarios. Pero en pocas horas se iban a truncar los sueños de otra familia, ahora muy querida, entonces desconocida para nosotros. 


Apenas unas horas después de aquel soñado aterrizaje en Madrid, el sueño de aquel hogar para los Guarnieri, volaba para no regresar. Ese domingo 28, Noe y Emi vieron humo a lo lejos desde su casa de Maro. Llamaron a sus vecinos para interesarse. No parecía que les pudiera afectar, dada la lejanía del foco. Pero un cambio repentino de viento hizo que el fuego se plantara en pocos minutos en su casa soñada, destruyéndolo todo. Tuvieron que huir a toda prisa, y sólo pudieron llevarse la documentación básica y los abrigos. No les dio tiempo ni a coger ropa interior. Al menos no hubo daños personales.

Nosotros nos enteramos el lunes al mediodía. Carmen, una voluntaria de ADAPA, es profesora en el colegio de los hijos de los Guarnieri, y le había dado clase a la hija pequeña el curso anterior. Nos envió un audio que aún me eriza la piel al escucharlo. Pedía ropa y material de aseo básico para ellos. Y aportaba sus nombres, edad, y tallas: Eywa 6-7 años y de pie 30; Dhara 13 años, pie 37-38 talla 36, XS o S; Diego 17 años, pie 43, talla L o Xl; Noe pie 38 y talla M; Emi, pie 42.5 y talla M. En pocas horas recogimos decenas de prendas que clasificamos y rápidamente les entregamos. La ayuda de emergencia estaba prestada. Pero, ¿y ahora? Durante casi tres años, habían estado construyendo su sueño de vivir en una pequeña casa de madera. Allí habían recalado tras recorrer medio mundo con sus tres hijos. Como maestros artesanos, trabajaban el macramé con piedras, y complementaban sus ingresos con lo que la tierra que cultivaban les daba. Hasta aquel domingo, en que todo se esfumó. Todo.

Noe y Emi sufrieron la pesadilla que cualquier familia desearía no tener que experimentar nunca. Perderlo todo. Verse con lo puesto, en la calle y con tres hijos mirándote y preguntándose cuál es el plan B. Por eso tuvimos claro que no bastaba con la ayuda de emergencia de aquellas prendas de vestir. Que había que ir más allá. Yo ya había coordinado varias campañas de crowdfunding, y sabía que para lograr la complicidad de decenas o centenares de personas para que te apoyen económicamente con su pequeños "grano de arena", es crucial una narración que te haga sentirte cómplice de esa historia real. Algo que te remueva tanto por dentro, que te haga saltar del sofá, y comprometerte con ese trance en el que nunca querrías verte ni ver a los tuyos, y que precisamente por eso, merecería toda tu solidaridad y respaldo. Por eso sabíamos que el drama de los Guarnieri conseguiría los fondos necesarios para reconstruir la casa. Visualizábamos cada paso que había que dar. Cada hito de la campaña. Cada mensaje a compartir en la redes sociales, en los mensajes de whatsapp, en las conversaciones con la prensa. Probablemente ese sea un don: soñar despierto. Y cuando ves tan claros y tan nítidos tus sueños, crees tanto en ellos, que los acabas haciendo realidad. Nuestros dones están para darlos. Para eso estamos. Y por eso tuvimos claro que nada ni nadie podría impedir que aquel hogar se acabase reconstruyendo. Y que lo iban a hacer con nuestra ayuda. Con la de Pako, con la de Meme y con toda ADAPA "en zafarrancho de combate". Igual que había sucedido sin fisuras pocos días antes, con aquel préstamos solidario a Ana Celia. Aunque en esta ocasión, el reto de la logística era mucho mayor. Había que movilizar a mucha gente, hablar con la prensa, aparecer en la tele, coordinar muchos detalles. Pero eso no deja de ser la letra pequeña de los sueños. 

¿Que si conocíamos a Noe y Emi? No. Para nada. De hecho el pasado sábado, cuatro meses después de la tragedia, los pudimos abrazar en persona por primera vez, y tener una conversación "cara a cara". Compartimos merienda para celebrar que la casa ya está casi acabada. Que aquel 28 de noviembre fue tan sólo un traspiés. Y de paso, para  consagrarnos en un esfuerzo común: el de lanzar un mensaje nítido que debería resonar hoy más que nunca en todos los rincones del planeta: que PARA ESO ESTAMOS. Para echarnos una mano los unos a los otros, cuando la vida nos da un zarpazo. Y que no hay distancia, miedo o narrativa que pueda superar la determinación de un ser humano cuando quiere "hacer piña" con otro, aunque ni siquiera lo conozca personalmente.

A veces puede pensarse que sólo nos movilizamos por egoísmo, por interés. Sólo para favorecer a nuestra familia o a nuestros amigos más cercanos. Y se nos olvida que todos somos UNO. Que lo que das, sea bueno o malo, te acaba volviendo. Y que nunca, como ahora, ha sido tan necesario poner en el centro la relación, la conexión y el vínculo entre los seres humanos. Por eso casi doscientas personas respaldaron el proyecto. Algunos con 4 ó 5 euros, y otros con 1.000, nada más y nada menos. Esas personas, cada vez que compartimos fotos de los progresos de la casa de madera que los Guarnieri están construyendo con los fondos recaudados, alucinan. Sienten que ha valido la pena. Que son parte de un sueño. Y que sí que se puede. Por supuesto que se puede. Por mucho que la tele y los telediarios intenten hacernos caer en la desesperación de pensar que "esto no hay quien lo arregle".

Cuando ayer fuimos a visitar a Noe, a Emi, y a sus tres hijos, yo iba algo nervioso. Tenía que pedirles que me dejaran contar su historia para lanzar al mundo este mensaje de esperanza y solidaridad. Y aquí lo estoy haciendo. Pero tenía que pedirles otra cosa mucho más difícil. Algo para lo que no todos estamos preparados. Pero es algo que también nos exigen los tiempos que corren. Llevaba meses dándole vueltas y, tras compartirlo con Mey, con Pako y con Meme, decidimos proponérselo. Pero debía ser en persona. Y por eso tuvo que esperar hasta esta semana.

Cuando la vida te maltrata, el dolor puede ser tan intenso que puedes acabar encerrándote en ti mismo. Te duele tanto, que resulta insoportable la injusticia de lo que te ha pasado. Puedes caer en el profundo pozo sin fondo del victimismo. Y te puedes volver exigente, incluso con quienes te tienden la mano para salir a flote. Y en vez de gratitud y alegría, surge la exigencia, la culpabilización de todos y el reproche por doquier, como forma inconsciente de compensar, de algún modo, el amargo trago que te ha tocado vivir. Por eso, para ayudar a esas personas, no basta sólo con dar ropa, dinero o comida, restableciendo el equilibrio tras ese zarpazo de la vida. Eso quizás pueda sólo acallar nuestra conciencia. Hay que ayudarles a sanar. Hay que dar un segundo paso. Y esas personas deben pasar de recibir a dar. De exigir a agradecer. De la posición pasiva y receptora de ayuda, a la posición activa y generadora de cambio para otros. El primer paso es muy claro. No se trata de dar peces a quienes tienen hambre, sino de facilitarles la caña para que puedan seguir pescando. Pero, ¿sólo eso? ¿Y si además de darles la caña, les pidiéramos que le enseñasen a pescar a otro que también pasa hambre? ¿O que compartan su pesca con quien lo ha perdido todo? ¿Y si tras superar su trance, se convierten en sanadores de otros? ¡Ahí sí que se produce el cierre del círculo! Porque ya no se trata sólo de conseguir una cantidad concreta de euros para reconstruir una casa. No es el dinero o el presupuesto el centro de todo.  El centro es la relación, el equilibrio, el sentirnos parte de un todo, y comprometernos con ese "todo", nos toque estar arriba o abajo, dando o recibiendo. Y eso te lleva a corresponsabilizarte. A devolver lo que has recibido dando a otros. A no mirar sólo tu ombligo, sino a preocuparte por el de los demás. 

Por eso estaba nervioso cuando tras la merienda del sábado acabé de explicar todo esto a los Guarnieri en nuestro primer encuentro en persona. Porque no todo el mundo entiende esto. No todo el mundo está preparado para algo así. Y no es fácil pedir a alguien que ha sufrido un drama, que ayude ahora a otros a sanar el suyo. No es fácil pedir que cuando aún quedan flecos para ese hogar, compartas parte de la generosidad que se ha derramado contigo, con otros que ahora también lo necesitan. Pero la conversación previa ya me había dado pistas de que no sólo lo iban a entender, sino que coincidirían al 100% con esa filosofía de vida.

Justo con ese enfoque, ya nos habían adelantado que no hacía falta "pulirse" todo lo recaudado, sin necesidad. Que hay cosas y decisiones que aunque tengas dinero, no tiene sentido comprar o decidir. Que hay materiales que se podían utilizar de reciclaje. Y que hay alternativas de construcción baratas o incluso sin coste, que ya estaban probando y empleando, por ejemplo en el techo, o como segunda capa para las paredes. Simple coherencia personal, que conecta a las mil maravillas con el cambio y la responsabilidad que requieren estos tiempos.

También Emi nos ponía un ejemplo extremadamente revelador, de algo que les había sucedido en estos meses. Una vez conseguidos los fondos, hubo gente en el pueblo que quiso organizar una fiesta para seguir recaudando fondos para ellos. Pero ellos amablemente rehusaron el ofrecimiento ante la cascada de generosidad ya recibida, con la idea de que esa iniciativa fluyera hacia otros. Y así, otras personas plantearon financiar otro proyecto similar al suyo, y una ayuda de emergencia para Ucrania. Pero a alguien no le pareció bien lo de compartir la generosidad, y la fiesta se acabó frustrando. Cosas de las energías, cuando se les ponen cortapisas o interfieren los egoísmos.

Nuestra voluntad, nuestros actos, son todo un torrente de energía. Y esa energía debe fluir. Y tenemos la enorme responsabilidad de convertirnos en conductores de dicha energía para que pueda llegar al máximo número de seres, porque todos somos UNO. Eso lo ves muy claro cuando ves juntos ahora a los dos hijos de Ana Celia tras esos tres amargos años de separación. O en una campaña como la desplegada para los Guarnieri. Cada donante actúa por un motivo: porque se acuerda que alguien conocido vivió algo similar; porque no desearía que nunca le pasara nada así a los suyos; por fe; por puro amor incondicional; porque no creen que su dinero o sus bienes sean realmente suyos... Hay tantos motivos como personas. Y esa motivación, esa energía, es sagrada. Nadie debe corromperla. Sólo estamos llamados a darle curso, a que no se estanque, y a que siga creciendo y fluyendo sin parar. Y cuando llega a su destino, esa energía construye, solventa y apacigua los dramas que motivaron ese despliegue de energía. Pero esa energía no desaparece, no se destruye. Noe lo explicaba genial en esa merienda: haber recibido esa generosidad genera en ti una responsabilidad enorme. Por eso recibir es más difícil que dar. Y yo le decía que vivirlo así es maravilloso. No sólo porque evidencia una consciencia equilibrada y generosa, sino porque esa gratitud es siempre el germen de nuevos milagros, y de que esa energía siga fluyendo más y más, y vaya consiguiendo hacer realidad más y más sueños. Por eso no podemos evitar ser extremadamente optimistas sobre nuestra capacidad para impulsar un mundo diferente para vivir. Y también para ser los verdaderos protagonistas de nuestra realidad, por mucho que haya quienes intentan imponernos la suya. A fin de cuentas, "incluso la gente que piensa que no se puede hacer nada para cambiar nuestro destino, mira antes de cruzar la calle", decía Stephen Hawking. Ojalá seamos muchos los comprometidos con nuestros sueños y con ser artífices de ese destino. Que así sea. 



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sábado, 28 de marzo de 2020

Abriendo la ventana de nuestro encierro

Corren tiempos de novela distópica. El ejército y la policía patrullan las calles. Un virus invisible provoca el pánico mundial. Todo se detiene de repente. Y las familias nos vemos confinadas en casa "sine die". Se añora el abrazo, el encuentro, la cervecita en la calle, el paseo por el parque...

Por eso hemos querido abriros la ventana de nuestro mundo. Un mundo entre cuatro paredes, como el vuestro. Buscando algo muy simple: el abrazo desde el aislamiento, la apertura desde el encierro. 


Gracias, como siempre, a nuestros amigos Mº Ángeles y Floren, por esa sensibilidad que siempre destiláis en vuestras historias: http://velevisa.com/?alacarta=view&desc=621f8078

sábado, 21 de marzo de 2020

Reencuentros vecinales

Acaba de sonar el móvil. Número desconocido. Vivimos tiempos en que los números desconocidos acaban siendo conocidos. Lo cojo, y un anciano con un poco de sordera, me explica que necesita pan. Y también unas medicinas de la farmacia. Es el vecino de la casa 64. Y alguien le debe haber dado nuestro número. No tiene whatsapp. Pablo ha salido ya para su casa.
Esta tarde a las 20h, la vecina de la casa 65 dará un mini-concierto desde su azotea. Justo después de los aplausos. El vecino de la 153, quizás levante los ánimos del barrio, con su discoteca improvisada, también en la azotea. Probablemente varias vecinas compartirán sus rutinas de yoga y ejercicios para que no nos quedemos anquilosados durante el confinamiento. Puede que la vecina de la casa 66 necesite que vayamos de nuevo a la farmacia, o que le hagamos la compra en el súper. Y nuestro Pablo, recogerá en unos días el violín que otra vecina amablemente va a compartir con él, para que pueda mantener las clases por internet con su profe en Italia.
Aplaudiendo en casa a las 20h
Todo lo anterior, hace una semana, hubiera sido impensable, quizás. Este mundo en el que vivimos, había priorizado las prisas, las tareas, y el individualismo, por encima de la vida. Quizás un saludo de cortesía cuando nos cruzábamos con los vecinos más cercanos. Pero poco más. Hasta la semana pasada. De repente, nuestro mundo se ha puesto "patas arriba". Todo, absolutamente todo, ha cambiado. Y nos obligan a aislarnos en nuestras casas, para que juntos podamos derrotar a un virus. Aislarse juntos. Separarse pero sin dejar a nadie atrás. Paradojas impensables hace una semana.
Justo hablando de estas ironías de la vida estábamos Mey y yo el pasado domingo, muy sensibilizados por lo que nos ha tocado, cuando nos asomamos a la ventana de la cocina. Y nos preguntamos qué estaría pasando en cada una de las casas de los vecinos que nos rodean. En los hogares de esos desconocidos que viven a nuestro lado. ¿Quién estaría solo o sola durante estas largas semanas? ¿Quién tendría algún enfermo en casa? ¿Quién estaría aterrado/a? ¿Quién necesitaría ayuda para sus compras, o para sacar la basura, por miedo a coger el virus para algún familiar en situación delicada? Y sin pensarlo decidimos dar un paso. Nada heroico, por supuesto. Pero un paso. Similar al que están dando, quizás, millones de personas cada día en todos los rincones del planeta. Es momento de dar pasos. Y este mundo girará de otra forma. Sin duda.
Propusimos a los pocos vecinos cuyo móvil teníamos, montar un grupo whatsapp de apoyo y ayuda entre vecinos. Entre auténticos desconocidos, a fin de cuentas. Tres o cuatro mensajes de móvil, y cuatro notas debajo de las puertas, obraron el milagro. El whatsapp echaba humo. En apenas 48 horas ya éramos más de 50 los vecinos en el grupo.
Solemos ser estrictos en los numerosos grupos whatsapp que gestionamos, para evitar saturar a la gente con mensajes. Pero pronto nos dimos cuenta que, aunque la necesidad con la que montamos el grupo era la ayuda, una gran mayoría de vecinos necesitaba también compañía, risas, y motivación. Una necesidad vital que el confinamiento y el aislamiento ha traído consigo. Y no censuramos memes, ni vídeos de broma, ni propuestas alocadas. Hubo algún vecino que se ha tenido que dar de baja porque teletrabaja con su móvil y el grupo se ha "venido arriba" en apenas una semana. Pero es la excepción. Y hemos tenido que crear un segundo grupo, ya exclusivamente de ayuda, para aquellas personas más centradas sólo en pedir y prestar esa ayuda.
Puede parecer tonto: un simple grupo whatsapp para que unos desconocidos, que casualmente son vecinos, se ayuden y se den compañía. Pero algo tan sencillo es hoy noticia en los tiempos que corren. La radio nos entrevistó por ello. La televisión también, por lo de los chavales en casa. E incluso una agencia de noticias va a distribuir la noticia a otros medios de comunicación.
Quizás, visto lo visto, y como mucha gente está haciendo ya, tengamos que cambiar el nombre al dichoso coronavirus, y llamarlo COVIDA-19, haciendo alusión con el prefijo "co" a una cooperación a la vida. Quizás si desde ahora dejamos de llamarle Covid-19, con ello eliminemos el poder que se le ha entregado como agente del miedo, para quedarnos con el COVIDA-19, creador de nuevas situaciones vitales, acordes con el nuevo paradigma, bien común y cooperación.
Los tiempos han cambiado. Toca reencontrarse con los vecinos, y hacer "piña". Toca saludarse después de los aplausos de las ocho. Toca hablar a través de la valla del jardín. Toca llevarle la compra a un anciano desconocido, aunque sea con guantes y mascarilla. Toca ayudarse y hacerse compañía, aunque sea de balcón a balcón. Nosotros y nuestros vecinos lo tenemos claro. Cuando todo esto pase, celebraremos una gran fiesta en la piscina. Como se hacía hace quince o veinte años.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )

domingo, 15 de marzo de 2020

Un mundo diferente

No. No creemos que éste sea "El Fin del Mundo" que algunos auguran. Pero probablemente sea el fin del mundo tal y como lo entendíamos hasta ahora. Quizás el COVID-19 sea insignificante en tamaño, pero prenda la mecha de un gigantesco cambio que muchos imaginábamos que llegaría. Es como si el tiempo se acelerara, y como si los cambios revolucionarios a los que nos resistíamos y las situaciones más insospechadas se estuvieran agolpando todas de repente. Sin duda, trae consigo la fuerza de las paradojas e incoherencias sobre las que se sustenta nuestro mundo actual. Puede que, sin esperarlo, estemos a las puertas de ese "mundo diferente para vivir" al que aspirábamos cuando empezamos a escribir en este blog.
Pasado mañana, en casa, cumplimos tres semanas de medidas excepcionales. Y anoche se decretaba en España algo tan anómalo e histórico como el estado de alarma. Pero tras todos estos días, la familia ya está curtida en lo que significa tomar medidas extraordinarias en situaciones extraordinarias. Nuestro hogar se ha duplicado en el número de miembros y somos ocho desde entonces. Y hemos puesto en marcha una logística casi militar para compartir espacios, mantener la limpieza, y organizar las comidas y las lavadoras. Todo se ha multiplicado por más del doble de lo habitual. Y si no fuera por las dotes y la capacidad organizativa de Mey, todo se habría hecho muy cuesta arriba.
Hemos tratado de que, hasta que se subiera el nivel de emergencia, cada uno pudiera seguir desarrollando su vida razonablemente como hasta ahora. Los cuatro habituales de casa, con su vida habitual. Y nuestros cuatro huéspedes, incluidos Pablo, asistiendo a sus clases virtuales y estudiando y preparando simulacros de examen por las mañanas, y haciendo ejercicio para quemar energía en la terraza o con alguna salida en bicicleta por las tardes. A partir de hoy, esa agenda se tendrá que restringir.
Gimnasio en la terraza
La moral de la tropa sigue alta. No han faltado las bromas y el buen ambiente. Son unos chavales muy educados, colaboradores y con un gran espíritu comunitario, lo cual es normal, viniendo de donde vienen. Y tan sólo el viernes tuvimos que ponernos un poco serios para convencerles de cancelar la salida a una pizzería con la que querían despedir a Fabián por su regreso de ayer a Costa Rica. Su familia anda preocupada, y él aún está en primero de bachillerato y no tiene la cascada de exámenes finales o la incertidumbre de los otros tres respecto a la posible reapertura del colegio de Italia antes de mayo. Antes de ayer aún no se había impuesto el "toque de queda" del estado de alarma, pero las circunstancias aconsejaban ya quedarse mejor en casa. Aunque a ellos, siendo jóvenes, la sangre les hierve más, y se sienten invulnerables, o con una sensación de irrealidad ante todo esto, como si estuvieran viviendo momentáneamente dentro del episodio de alguna de sus series favoritas. Pero es tiempo de prudencia y de solidaridad, y de actuar como si fueras portador del virus, aunque no lo seas. Porque depende de cada uno de nosotros frenar la escalada de la enfermedad y evitar el colapso del sistema sanitario.
Cuando ayer por la mañana recorríamos el trayecto hasta el aeropuerto para llevar a Fabián, la ciudad y las carreteras parecían territorio fantasma. Los tres que se quedan quisieron honrar al que se va, y le acompañaron a pesar del "madrugón". Las pantallas de la DGT proyectaban mensajes apocalípticos animando a no viajar por el coronavirus. Los parques infantiles se encontraban ya todos precintados para evitar las concentraciones de familias entorno a ellos. Y tan sólo algún que otro corredor apuraba las últimas oportunidades de hacer ejercicio mañanero, antes de que las medidas de confinamiento se pusieran más drásticas. Aún estamos en los comienzos. Y esto, aunque fuera inimaginable hace unas semanas, aún no ha hecho más que empezar. Por aquí, Eva, Samuel y Mey tendrán clases on-line en las próximas semanas. Y en mi caso, parece que empezamos a organizarnos para poner en marcha una nueva forma de trabajar a distancia en la Administración.
Desde hace mucho, nuestro planeta pedía a gritos un respiro. Y ni las cifras de cambio climático, ni los desastres naturales, ni los crecientes movimientos ecologistas habían logrado reducir los niveles de contaminación, como lo está haciendo el aparente colapso económico que el coronavirus está produciendo en sólo unas pocas semanas. Como dice Francesca Morelli, nuestro indiscutible sistema productivo basado en el dogma de "crecer, crecer y crecer" se va a ver confrontado en sus propios cimientos. Años de trifulcas por banderas, siglas, colores y nacionalismos de distinta índole parecen difuminarse por momentos, y esas diferencias, por fin, desaparecen de los telediarios. Quienes hasta hace poco reforzaban fronteras y se sentían en la superioridad moral de excluir de sus tierras al "otro", sienten en sus carnes la exclusión, la sospecha y el rechazo por el miedo a que sean portadores del virus. Aquellos que hacen del enfrentamiento y de lo "mío" la base de sus vidas, se empiezan a dar cuenta de que sin el "nosotros" y sin la coordinación y el trabajo colaborativo, aunque sea a distancia, la cosa se pone cruda en los momentos más decisivos. Cuando pensábamos que la vida iba de "hacer, hacer y hacer", de repente todo se para y debemos redescubrir el sentido de la vida en el Ser, que quizás nos obligue a volver a nacer (no-hacer), y a basar nuestra felicidad no en el "bienestar" sino en el "bienser". De repente, nuestras sofisticadas vidas, deben volver a la simpleza del núcleo familiar, y replantearse frente a la mesa-camilla, a la tarde de sofá, o al juego de las "casitas". Y cuando dábamos la espalda a quienes nos rodean frente a la pantalla de un móvil, de repente empezamos a echar de menos el abrazo, el beso, y el contacto humano proscritos en estos días.
A muchas personas les asusta la incertidumbre, pisar terreno desconocido, y replantearse unas reglas del juego que pensaban inamovibles. Pero lo cierto es que se ha detenido todo, por decreto, y de un día para otro. ¡Por fin!, dirán algunos. Y en una situación tan impensable e inédita, no queda otra que reinventarse, centrarse en la parte positiva de todo esto, y sacudirse el miedo de encima. No hay otra opción. Bien sea saliendo al balcón a cantar, tocar tu instrumento o aplaudir, como muchos ya están haciendo. Bien sea meditando o bailando. O bien sea organizándonos en la distancia, ahora que no tenemos nada más importante que hacer. Es momento de sacar lo mejor de nosotros mismos. De practicar como nunca la solidaridad. De pensar en los demás y hacernos UNO con ellos. El mundo desde hoy ya no es el que era. Reinventémoslo como siempre quisimos.


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miércoles, 26 de febrero de 2020

Refugiados del coronavirus

En cuanto leí el titular de prensa del pasado sábado, tuve de nuevo esa sensación. Esa de que, por muy lejano que aquello pareciese, nos acabaría tocando. A veces es un escalofrío. Otras un pellizco en el estómago. Y la verdad es que preferiría equivocarme más. Pero se ve que la intuición también se entrena.
Era el fin de semana que nos habíamos reservado para descansar y reponer fuerzas tras tanto contratiempo acumulado en las últimas semanas. Por fin nos íbamos a reencontrar con  nuestras escapadas de fin de semana en nuestra furgoneta hippy. Por fin habían ido quedando atrás los días de fiebre de Mey, las duras pruebas de solicitudes pre-universitarias, mi operación ocular y sus posteriores jornadas postrado "boca abajo", e incluso el flemón de la muela del juicio. Tocaba celebrarlo. Y así lo hicimos, disfrutando de la naturaleza, del pantano de los Bermejales y del cauce del río Cacín, del silencio y de la tranquilidad.
Pero justo de regreso, ya el domingo, Pablo desde Italia, nos avisaba en directo de que en dos minutos nos llamaba para decirnos algo muy importante. Se celebraba en esos momentos una asamblea de todo su colegio. Ahí el recuerdo del titular del viernes volvió a aflorar. Y ese escalofrío también. Les acababan de anunciar que, siguiendo las recomendaciones del gobierno italiano, del comité internacional, y de la experiencia de los colegios de China y Hong-Kong, se había decidido cerrar el colegio hasta el 8 de marzo, como mínimo. Era una medida de precaución y para evitar males mayores, como una posible propagación o cuarentena de un colectivo de 95 nacionalidades como el suyo, y las repercusiones que ello podría tener. Nadie estaba afectado y no había aún riesgo alguno. Pero si la cosa se ponía seria, no actuar podría generar un problema mayor que las implicaciones del cierre a tiempo del centro.
No dio tiempo a plantear ninguna duda, o a hacer ninguna consideración. Daba igual que fueras o no crítico con el alarmismo que se está generando. Que no estemos ante el ébola ni ante una epidemia fatal. Que el origen del brote fuera un murciélago, un pangolín, o la mano interesada del hombre. O que la tasa de recuperación sea del 98%, muy superior a cualquier gripe habitual de cualquier año habitual. De repente te ves en medio de un proceso de histeria colectiva, ante el que no puedes quedarte inmóvil, por mucho que creas que carece de sentido. Y en pocos minutos, el precio de los vuelos empezó a subir ante la desbandada general. Ese era el primer motivo de la llamada de Pablo: reservar vuelo cuanto antes, para no quedarse fuera de juego.
Pero no se trataba tan sólo de anunciar el cierre del centro. Se trataba de hacer un llamamiento a la solidaridad con aquellos estudiantes no europeos, cuyo retorno a casa pudiera suponer el fin abrupto de su curso, y quizás de su bachillerato, por el coste de un posible viaje de regreso en unas semanas o por incompatibilidad horaria para mantener las clases a distancia por internet. Y ese era el segundo motivo de la llamada: determinar si estaríamos dispuestos a acoger a otros estudiantes, y calcular en caso afirmativo su número. No hizo falta hablarlo. El "sí" fue unánime. Y tan sólo tuvimos que calcular el espacio en casa para que durante un tiempo, aún por determinar, pudiéramos acoger a más estudiantes de forma digna y razonable, si todo esto se prolongaba.
Durante el trayecto de vuelta ya estuvimos calculando itinerarios y precios, y nada más llegar a casa reservamos los vuelos de Pablo, Erick y Fabián, dos buenos amigos costarricenses de nuestro hijo. La decisión de Jacopo fue más complicada. Él es italiano, pero al vivir su familia en el epicentro del foco del coronavirus, cerca de Milán, se arriesgaba a entrar en cuarentena si regresaba a casa, y quizás no poder volver al colegio más tarde. Decidió venir también con nosotros a las pocas horas, aunque ya su billete no pudo comprarlo por internet.
Durante la salida del aeropuerto de Venecia justo después de la suspensión del carnaval, y a lo largo de la larga noche que tuvieron que pasar en el aeropuerto de la escala de Lisboa, estuvimos con el alma en un puño por si algo se torcía. Pero no. Todo salió bien.
No ha sido fácil para Mey organizar la logística de camas, armarios, ropa para prestarles, y organización general para que todo fluya en las semanas que nos esperan por delante. A fin de cuentas, hemos duplicado los habitantes de la casa, y hemos triplicado la prole que vivía con nosotros hasta hace apenas 48 horas. Hemos llenado la despensa. Y Mey hizo ayer un macro-cocido para una legión, pensando en tener opciones para varios días, aunque se finiquitó en un almuerzo. Ya se sabe cómo come la juventud...
Lo bueno de la gente joven es que lo viven todo como una aventura. Nada es un drama. Todo son risas y bromas. Todo es un puro disfrute. No hay preocupación por el fin del curso, por los exámenes finales del bachillerato internacional, o por el posterior acceso a la universidad. Y es bueno que así sea. Vivir el presente como si no hubiera un mañana. Y si puede ser, alejados de histerias colectivas, mejor.
En los momentos difíciles es cuando se comprueba la nobleza y la categoría de una persona. Y lo mismo sucede con las instituciones y con los colectivos. La respuesta del colegio de Pablo, de las familias, y de los respectivos comités internacionales, sin contraprestación alguna, fue impecable y plagada de solidaridad. En pocas horas, una macro operación logística como ésta quedaba culminada sin que nadie se quedara descolgado o fuera de juego. Quizás sean éstos los aprendizajes que traiga consigo el dichoso coronavirus y el alarmismo que está generando.


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domingo, 15 de abril de 2018

Yide Bikoue

Ya me apetecía conocerle en persona, la verdad. Es un lujo tener amigos virtuales que están trabajando por todos los rincones del mundo, impulsando un mundo mejor. Pero no hay nada como el abrazo, la mirada, y el lenguaje no verbal de la presencia física para sentirte aún más cómplice de héroes como él, y su querida Denise.  Se hacía complicado ese encuentro en persona para consolidar los proyectos conjuntos y avanzar en nuevos retos. Hace unos días se produjo esa fugaz reunión. Demasiado efímera para tanto por compartir. Pero aún había mucha gente a la que visitar, muchas redes que tejer, muchas sensibilidades que tocar, y pocos días aquí en España.
Herminio, Denise y algunos de sus chavales de Yide Bikoue
De su Córdoba natal, y de su vida como empresario joyero, Herminio pasó a vivir a cinco mil kilómetros en Ngaoundere, al norte de Camerún. Paco y Dulci lo conocieron allá por Perú, en aquella comunidad de niños de Lima que supuso el germen de nuestro querido proyecto de ADAPA. Y desde entonces Herminio quedó tocado. Y decidió, él también, transformar el mundo, a través de su compromiso con la infancia. No sabía cómo ni dónde. Pero cuando uno visualiza su misión, y pone sus energías en ese empeño, no hay nada que le pare. Y mágicamente se suceden todo tipo de confluencias cósmicas, sincronicidades y casualidades para que eso sea así. El ofrecerse al universo hace que la misión surja. A fin de cuentas hay tanto donde arrimar el hombro...
Chavales de la calle en Ngaoundere
Dejó su negocio de joyería, y se embarcó en la locura de recorrer África en bicicleta para recaudar fondos solidarios.Pero un amigo de una amiga le abrió antes las puertas de Camerún para que conociera la realidad de un continente tan duro. Y vaya si lo conoció. Se estrelló de lleno con un proyecto de emprendimiento social, y fue engañado en multitud de ocasiones. Es lo que sucede en los lugares en los que la supervivencia es lo primero, por encima de lealtades y compromisos éticos. Aprendió la lección. Y sintió que un entorno difícil no le iba a alejar de su vocación por los niños. Sobre todo siendo la necesidad allí tan acuciante. Por medio se cruzó Denise, su actual esposa, que conocía en sus propias carnes cómo es la vida de la calle en Camerún: sin duda durísima, especialmente para los niños varones. Cientos de ellos vagan por las calles sin rumbo, sometidos a vejaciones y abusos sexuales, enfrascados en multitud de peleas y disputas, y esnifando cola a todas horas. 
Fiesta en Yide Bikoue
Cuando te enamoras y decides iniciar una vida en pareja, sueles encerrarte en una burbuja idílica, y andas extasiado y casi atontado. Probablemente eso también le pasó a esta pareja, como a todas. Aunque poco tiempo tuvieron para embobamientos. Esa llamada de las entrañas a veces se hace demasiado apremiante, cuando la realidad es tan tozuda. Y la de los "nangaboko" (los niños de la calle) allí lo es. Así que no saben cómo, pero decidieron hacer compatible su matrimonio con la vida en comunidad que poco a poco han ido creando en su casa. Al principio fue en una casa destartalada sin luz ni agua, viéndose obligados a traer agua en bidones. Y actualmente están en otra que al menos les permite tener literas, agua, luz, y un comedor.
Los chavales de Yide Bikoue
a la entrada al cole (fila derecha)
No debe ser fácil tener veintitrés chavales en tu casa en continuo vaivén hormonal, en trifulcas frecuentes y con los caprichos habituales de la edad, tras un pasado tenebroso como el suyo. No debe ser nada fácil todo el papeleo administrativo para gestionar un proyecto social como este. Tampoco debe ser fácil gestionar los uniformes, las clases particulares y las de karate, para que poco a poco recuperen su autoestima, su confianza y quizás un futuro que andaba más que perdido. Y desde luego no debe ser nada fácil compatibilizarlo con tu vida matrimonial, y con la llegada de tu segundo hijo, que es en lo que Herminio y Denise están ahora. Pero ellos dicen que, superadas las primeras tres o cuatro semanas tras la llegada de un chaval a su casa, la recompensa vale mucho la pena. Los chavales empiezan a sentirse parte de una gran familia, y poco a poco actúan como chicos de su edad. Eso sí, respetando las normas sagradas de la casa: no robar, no mentir, y no pegarse.
Después del café compartido con Herminio mientras Rayco, el hijo de Paco, correteaba entre las mesas de la cafetería, te entran ganas de dejarlo todo y hacer una locura como la que hizo nuestros camerunés cordobés. Y te parece poco el dinero que desde ADAPA hemos aportado para la lavadora y el congelador de su proyecto Yide Bikoue ("El amor de los niños"). O el que enviamos mensualmente para el apadrinamiento de Josoufa, uno de los chavales del proyecto, que con toda naturalidad narra las barbaridades que le ha tocado vivir con tan corta edad. Por eso habrá que involucrarse en tender más puentes con ellos. Habrá que ayudarles a tener un espacio más digno y espacioso, porque se les parte el corazón al decir que "no" a nuevos inquilinos por imposibilidad física de acogerlos en su actual casa.
Dice el Talmud, y lo repetía la película "La lista de Schlinder", que "Quien salva una vida salva al mundo entero". Sin duda no puede haber mejor frase que describa el mundo holográfico en el que vivimos. Herminio y Denise van camino de salvar varias decenas de mundos enteros. Y no va a haber más remedio que involucrarse aún más en su tarea.


NOTA: Si os parece bien, iniciamos con este post el apoyo solidario a este proyecto de Yide Bikoue, de Herminio y Denise. Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario.

jueves, 23 de febrero de 2017

Descalza

Dicen que para ponerse en lugar de alguien hay que meterse en sus zapatos. Por eso Ilse va descalza. Y lo ha hecho durante los últimos tres meses recorriendo más de 1.200 kilómetros.
¿Qué hace una joven belga de 34 años recorriendo España descalza desde Barcelona a Gibraltar con su hija de casi 3 años a cuestas? Una locura, sin lugar a dudas. Pero también ponerse en la piel de los niños keniatas a los que quiere ayudar con su gesto. Ahora sabe bien lo que es andar cientos de kilómetros sin calzado y con heridas y llagas que tardan en curar. Ahora sabe lo que es pasar hambre, frío y miedo en las circunstancias más extremas. Y con ello ha logrado concienciar a muchos medios de comunicación y personas de varios países, recaudando fondos para comprar comida y calzado para centenares de niños de África. Nunca viene mal recordar que los pequeños gestos de amor y solidaridad parecen locuras porque son escasos, pero son los que engrandecen al ser humano.
Cuando mi amiga Ana me avisó de la iniciativa de Ilse, y de que en pocos días pasaría por Torre del Mar, quisimos acogerla en casa de inmediato. No pudo ser  entonces. Pero una vez superado su gran reto, quiso venir a descansar unos días con nosotros tras su periplo. Y hemos compartido unos días deliciosos. Su hija Helinah posee algo mágico, no sólo por su vitalidad y por su capacidad de comunicarse en 4 idiomas siendo tan pequeña, sino por la belleza interior y exterior de su mestizaje. Tyrone les ha acompañado también descalzo en las etapas finales desde Málaga a Gibraltar. Es también joven pero atesora una sabiduría de siglos detrás de su larguísima barba y melena. Ha hecho de la intuición y la magia su estilo de vida. Por ello ha recorrido 16.000 kilómetros desde Australia en más de 40 horas de viaje, para estar con su amiga en estos momentos importantes para ella. Este hombre desprende amor por donde pasa. ¿Y qué decir de Ilse? Parece todavía más joven de lo que es.
Quizás por su sencillez. Quizás por su inocencia. Quizás porque mira a la vida de frente y sin miedo. Y la ausencia de miedo da libertad y viene muy bien para el cutis. También viene bien para los corazones de quienes te observan. Apenas han usado la tienda de campaña que llevaban, ya que les han abierto las puertas de par en par y las han sentado a la mesa de decenas de hogares. Y por si hay algún miedoso en la sala, no han tenido el más mínimo percance: nadie que se propasara; nadie que les haya robado; nadie que las haya tratado mal. Simplemente dejarse fluir por el camino que tenían delante. Como la vida misma. Pero no todo han sido algodones, como en la vida misma. Pensó varias veces en abandonar cuando se topó con la ola de frío cargada de lluvia, truenos y nieve. Tampoco todos los terrenos han sido aptos para pies descalzos: las rocas y el duro asfalto también han hecho de las suyas. Pero quizás lo más duro para ella haya sido la espalda, de la que aún se resiente. Llevar a la niña a cuestas junto con el resto de la carga es una dolorosa prueba, quizás tanto como la maternidad en circunstancias tan extremas. Pero incluso cuando los peores momentos se ceñían sobre ellas, aparecía un milagro que les animaba a no desfallecer. A veces una mano amiga en forma de caravana de repostaje. A veces una billetera anónima extraviada cuando el bolsillo estaba vacío. Y muchas veces con el calor de tantos y tantos hogares que las han incorporado a su familia, incluso en plena Navidad.
Abrir las puertas de casa a Ilse, Helinah y Tyrone ha sido todo un regalo para nosotros. Por supuesto volveremos a vernos, sea aquí, en Bélgica o en Australia. Y por supuesto nos haremos cómplices activos de su locura. No hay nada como descalzarse y sentir en su inmensidad el maravilloso milagro de la vida.



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viernes, 23 de diciembre de 2016

La magia que nos une

Al llegar a casa abrí el buzón, como todos los días. Esperaba publicidad, como todos los días. Pero ese día había magia, y ni me lo olí. Quizás haya que buscarla más en los actos cotidianos. Saqué un sobre que venía de lejos, a juzgar por los sellos y el tipo de papel. No reconocí la letra. Ni el remitente. Ni siquiera el país de procedencia. Pensé que se habrían equivocado. Pero no, nuestras señas eran correctas. Dentro había una bella felicitación navideña escrita en inglés y un cariñoso dibujito hecho a mano. Entonces caí. Eran Zsuzsi y Peter, la pareja de húngaros a los que acogimos en casa unos pocos días del mes de mayo. Nos felicitaban las fiestas y nos enviaban un dibujo para Eva que, dependiendo del giro que se le diese, mostraba distintas figuras. Entrañable.
Nos apresuramos a enviarles un mensaje de agradecimiento y de felicitación. Les contamos nuestras novedades y la aventura americana de Pablo. Y de repente nos planteó una insensatez. "Nosotros nos vamos a Hungría: si os animáis, os dejamos nuestra casa de Viena para vosotros solitos". Lo decían tan de corazón, y era tal la locura, que la aceptamos sin pestañear. Miramos vuelos baratos y en media hora estaba montado nuestro pequeño viaje de ensueño. Nos dejarían la llave con la señora Rumpf del 3º, y ya nos adelantaban la clave de la wifi para contactar con la familia nada más llegar. Todo cuadró a la perfección. Mágico. Quizás les impactó nuestra hospitalidad de hace unos meses. Quizás son así de generosos. Pero en cualquier caso, mágico.
También fue mágico el ofrecimiento de Koldo de hace una semana. Le pregunté por unas bellas fotos de su facebook, y me contestó con una oferta para quedarnos en su casa en Galicia, muy cerca de la Ruta de los Faros, o acompañarle en un hermoso retiro en Navarra. Se siente profundamente agradecido de cuando colaboramos en su Foro Espiritual para fomentar el diálogo entre religiones. No debería, porque lo hicimos encantados. Pero así son las cosas de la gratitud de corazón. En su caso no pudimos cuadrar fechas y desplazamientos. Pero quizás es lo de menos. Saboreamos su hospitalidad, el precioso entorno que nos ofrecía, e incluso la posibilidad de conocernos. Es curioso: lo considero ya buen amigo, y ni nos conocemos en persona. Cosas de la magia. Lo de conocernos habrá que subsanarlo en breve.
Ayer me saltó una notificación rara en el móvil. No es de los sonidos que tengo identificados. Se trataba de Celia, otra chica a la que no conocemos tampoco, pero que nos tiene mucho cariño a través de lo que nos lee. Con ese tintineo en el móvil acababa de iniciar una generosa aportación mensual a la Casa de Acogida de Alozaina en nuestro Patreon. No sabe si podrá mantenerla mucho tiempo. Pero quiere seguirnos no sólo en lo de escribimos en abierto en nuestro blog, sino en todo lo que ya compartimos por ahí (vídeos, recetas, locuras...),  y con ello apoyar proyectos solidarios. Mágico también. Como lo será el café que compartamos para conocernos.
Y ayer justo Agustín me pidió amistad a través de facebook. Nos conoce a través de O Couso, y su mensaje no podía ser más afable. Quizás por lo que nos haya leído o quizás por las referencias "ocosuseras", siempre benévolas y generosas. Le he aceptado de inmediato, y de inmediato me ha devuelto una oferta formal para visitarle por Valencia, con camas y todo para los niños. Encantador. Mágico. Él también tiene ya casa en Málaga.
¿Qué por qué cuento todo esto? El año pasado, por Navidad, compartimos un cuento inventado cargado de situaciones reales que fui recopilando durante meses. En estas fechas las personas parecen más receptivas hacia la magia, hacia la fraternidad, hacia la solidaridad... Hacia ese niño interior que todos tenemos dentro y al que quizás debamos mimar más. Hacia aquellos refugiados buscando posada y que acabaron en un establo de animales. ¿Por qué estamos más abiertos ahora? Quizás sea por las luces de las calles. Quizás por los villancicos que suenan de fondo. Quizás por los señores regordetes y de rojo que inundan los escaparates. O quizás porque las muñecas de famosa se dirigen al portal. Lo cierto es que parece buen momento para compartir que la magia nos rodea, y que sólo hay que dedicarle tiempo abriéndole las puertas. Sería "la leche" que ese sentimiento durase 365 días. A fin de cuentas ésa es nuestra verdadera esencia. Y por eso hoy hemos querido compartir cuatro ejemplos cercanos y recientes de esa magia que nos rodea. Nosotros cada vez somos menos de "gordos" de la lotería, de muñecas de famosa o de "cenorrios" navideños. Y cada vez más de esa magia compartida, de puertas abiertas al desconocido, y de ventanas de par en par dejando correr la brisa de la generosidad. la gratitud y la diversidad. Mañana cogeremos un vuelo para Viena, y nos encontraremos un frigorífico lleno. Cierran las tiendas durante estos días en Austria, y Zsuzsi quiere mimarnos. Será cosa de la Navidad. ¿O quizás no?


NOTA: Este contenido, como todo lo que compartimos, no tiene ningún afán de lucro para nosotros, sus autores. ¡Bastante premio estamos teniendo con los aprendizajes y con las personas que estamos conociendo por el camino! Sin embargo nos encantaría que nuestras creaciones (escritos, vídeos, audios, recetas, remedios caseros, etc) acaben beneficiando ese "mundo mejor" a través de entidades solidarias que apuestan por él. Por eso, algunos de esos contenidos los subimos a nuestra página en Patreon (https://www.patreon.com/familiade3hijos) para disfrute de quienes estáis colaborando en esos proyectos solidarios, aunque sea con 1 simple euro al mes. Basta con pulsar en el botón rojo de "Become a patron". ¿Queréis ser nuestros cómplices, aunque sea con algo simbólico? ¡¡GRACIAS!!

martes, 3 de mayo de 2016

Al unísono

La vida es una gran sinfonía. Pero para disfrutar de la música no hace falta estar ante el mejor violinista, o el mejor director de orquesta. A veces basta con un poco de afinación, una interpretación bien coordinada, y unos oídos sensibles para saber apreciar la belleza.
En las últimas semanas, nos hemos atrevido con nuestra pequeña sinfonía vital. Propusimos a la orquesta donde toca nuestro hijo mayor realizar un concierto benéfico a favor de la ONG ADAPA, y celebrarlo en nuestra comarca. No era un reto fácil, pero nos pusimos a la tarea. Coordinamos durante meses el momento más oportuno con los responsables de la JOPMA. Preparamos la petición formal a Diputación. Iniciamos conversaciones con el Ayuntamiento para poder disponer del Teatro del Carmen. Cuadramos fechas. Empezamos a trabajar todos en la logística: Diputación diseñando e imprimiendo carteles, programas y entradas; el Ayuntamiento organizando el recinto, el personal de apoyo y habilitando puntos de venta; la JOPMA ensayando y organizando el desplazamiento de las decenas de chavales de su orquesta; y nosotros gestionando las reservas, difundiendo en redes sociales y pegando carteles por toda la comarca. Todos afinando en lo poco o mucho que sabemos hacer. Todos en pro de un anhelo común. Nadie buscando lucirse más que el resto.
El sábado pasado se celebró el concierto. Era el bello colofón a unas semanas desenfrenadas llenas de pequeños detalles y de pequeños contratiempos de última hora. Había nervios y expectación. Me tocó compartir escenario para presentar el acto. Quise honrar el trabajo "codo con codo" y el esfuerzo y tenacidad de unos jóvenes que luchan contra viento y marea por su pasión, por sus dones y talentos. No era momento para reprochar incumplimientos institucionales con la educación musical. Era momento de brindar por la música y por las sinfonías de la vida.
El concierto fue magistral. El teatro estaba casi lleno. A la recaudación por las entradas se sumó lo que vendimos en un "puestecillo" de ADAPA en la puerta del teatro, incluidos un montón de ejemplares de nuestro libro, que firmamos gustosos. En total casi mil euros, que se van íntegros para paliar en lo que se pueda las secuelas del terremoto de Ecuador. La afinación de decenas de personas durante semanas, y el trabajo al unísono traía un bello regalo en forma de música y de solidaridad. El colofón, para nosotros, lo puso el señor que recogía las entradas en la puerta, cuando nos marchábamos, ya con el teatro vacío: "Deberíamos hacer más cosas así; quizás no todos los días, pero sí de continuo". Efectivamente. Sería bueno tocar más al unísono. Que así sea.

jueves, 21 de enero de 2016

Reveses de la vida

Ha sido una semana dura, muy dura. No sé si habrá sido por el dichoso "Blue Monday" que dicen que nos altera tras la cuesta de enero, la insuficiente luz solar o el clima invernal, pero la semana se las trae. Suele ser así cuando se juntan a la vez muchos retos. Y esta semana ha tenido unos pocos.
Como ya le sucedió a nuestro hijo mayor, ahora el segundo está en plena efervescencia pre-adolescente, y cerca ya de la frontera que separa al niño del joven adulto, no acaba de dar el salto de asumir sus pequeñas responsabilidades. Así, su mente le lleva a culpabilizar a todo y a todos de lo que él solito se busca, o de no alcanzar sus logros, precisamente por no querer dar ese salto. Son momentos de desconcierto para él, y de reacciones extremas y desairadas, que en su caso, se están prolongando. Pero a fin de cuentas, es un proceso al que no somos ajenos los adultos, ni mucho menos. Especialmente cuando predomina en nosotros el componente mental. En esos casos, si actuamos guiados por el ego, y la cosa se tuerce, nuestra mente ya se encargará de encontrar una razón o un culpable al que "encasquetar" el asunto.
Hace unos años, alguien muy cercano, teniendo a su madre moribunda, y bajo el mismo techo, le negó la mínima atención y cuidado que ya no un hijo, sino cualquier desconocido, le habría dado. Tuve la desgracia de toparme con el panorama, y me generó tales náuseas que no pude reprimir la rabia. No recuerdo nunca haber sentido ni exteriorizado tanto mi furia. Total: para nada. Todo estaba justificado en la defensa propia frente a la mala actitud y cerrazón de una madre que moría tres días después. ¡Menudas ofensas le habría afligido aquella mujer, para recibir esas últimas horas! No he vuelto a hablar con esa persona desde entonces.
Aquella experiencia aún colea en mi interior, aunque creo que ya estaría en condiciones de entablar una conversación con él, pasados varios años. Pero el aprendizaje ha quedado marcado a fuego en mí: actuar sólo bajo "nuestra" razón nos lleva al abismo, y a justificar lo injustificable. Y cuando alguien se rige por esos parámetros, no vale la pena dedicar energías y esfuerzos a argumentar, convencer o contrarrestar esa labor destructiva: mejor dedicar esas energías a construir, o a otra cosa.
Aquel acontecimiento de hace años, hace muy pequeño el proceso de mi hijo. Pero las sincronicidades y las caUsalidades han hecho que justo también esta semana, distintos proyectos solidarios en los que colaboramos, alejados geográficamente y sin conexión entre ellos, estén sufriendo duros ataques. Y lo que, quizás, deberían ser aplausos de reconocimiento a una labor solidaria, se han convertido en críticas, desprecio y negación por parte de dos o tres que antes impulsaban esa solidaridad. De nuevo la mente subida al escenario, sea para defender una forma de gestión, un enfoque de las cosas, o un modelo de actuación. Pero la defensa egoica de nuestro esquema nos lleva a machacar lo que sea, por muy loable que sean los fines solidarios, y muy identificados que estuviéramos hasta ayer con ellos. Gracias al suceso con aquella madre de hace tres años, esta semana no he saltado de aquella manera, y me he dedicado a seguir construyendo en lugar de luchar contra esa "razonada" destrucción.
Sin duda, estas situaciones resultan muy dolorosas, porque donde debería fluir buena energía y cariño para personas concretas, aflora el resquemor, la confabulación y el complot. De poco sirven las explicaciones, los argumentos y los intentos de apaciguar las aguas. Cada persona tiene su momento evolutivo y psicológico, sus picos y su valles, e incluso esos momentos de rabia y sinsentido quizás puedan tener su razón de ser en el proceso de cada uno.
¿Que si duele? Mucho. ¿Que resulta una injusticia? Sin duda. Pero también estas situaciones nos confrontan con nuestra propia actitud en el "hacer". Y quien busca el aplauso, teme al silencio tanto como al abucheo. Por eso, si esperamos un reconocimiento, una "palmadita" en la espalda. o un aplauso por nuestras acciones, es que quizás algo también fallaba ahí. Y esas actitudes tan hostiles y lamentables se convierten en grandes maestros. Cuando veo cómo disfruta mi hijo con su reciente condición de concertista en una joven orquesta, por el simple hecho de serlo, y qué poco le importa si les aplauden más o menos, más me convenzo de la importancia de amar lo que uno hace, y no actuar porque los demás nos aclamen.
Creo que somos simplemente cauces del enorme río de la vida. Y nuestra actitud debe ser simplemente eso: SER cauce. No esperar que nos aplaudan desde las orillas, ni que echen pétalos de rosas al agua. Ser la vía por la que discurra la vida, sin más. ¿Qué surgen obstáculos o caen rocas a ese río? El agua, la vida, se encarga por sí misma, de sortear esos escollos, y sigue fluyendo como si nada. Sin dar ni pedir explicaciones.
Un buen amigo, tras esta semana tan "movidita", nos recordaba hoy una bella imagen: cuanta más luz generemos con nuestro SER y con nuestro HACER, más polillas se nos acercarán. Y no se trata de evitarlas ni de luchar contra ellas. Debemos simplemente ser luz y dar luz. Esa es la misión.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Los milagros son cosa de locos

Cuando una locura llama a tu puerta, ábrela "de par en par", especialmente si la locura va de cambiar el mundo. No soy muy amigos de normas, pero ésa es de obligado cumplimiento. 
Hace unos días una locura "muy gorda" llamó a mi puerta. Un amigo de un amigo me llamaba desde Madrid para proponerme una insensatez. Josepe es un empresario de éxito en el ámbito de la formación y el coaching, y había oído hablar de él, aunque no nos conocíamos personalmente. En el mes de septiembre, a raíz de las desgarradoras imágenes de los refugiados decidió dar el paso: no bastaba ser activista pro-refugiados en facebook; debía involucrarse activamente. Se lo dijo a su mujer y a sus dos hijos de 7 y 9 años, reservó un vuelo, y se fue a la isla de Lesbos a conocer in situ el problema y ofrecer sus manos para lo que hiciera falta. Su locura se incrementó exponencialmente con la experiencia. Y cuando eso sucede, la marcha atrás es harto complicada. A la vuelta, decidió montar un gran evento pro-refugiados en Madrid, e involucrar en él a primeras figuras y personajes famosos. Pero él no tenía experiencia en ONGs, ni en cómo gestionar fondos solidarios. Comentó su inquietud con Miguel Ángel, otro "loco", y éste le dio mi nombre. Cosas de locos. Y con esas me llamaba para, en 5 días, montar un evento de primer orden en Madrid, donde nuestra pequeña ONG ADAPA pondría el nombre, la gestión de los fondos y toda la tramitación burocrática correspondiente hasta que los fondos llegasen a Lesbos. Me pareció de tal calibre la locura que le dí un "SÍ" rotundo sin dudarlo. ¿Quién era yo para detener la circulación de una bella locura así, cuando ni su carrera profesional, ni su esposa, ni sus hijos habían parado su empuje solidario? ¡Había que dar curso a esa energía transformadora!


Cuando le colgué, pensé en cómo convencer a mis compañeros de ONG. La verdad es que algo "locos" deben estar también, porque no me costó mucho vencer las lógicas dudas. A fin de cuentas, una ONG no es más que una carcasa, un paraguas bajo el que auspiciar iniciativas destinadas a cambiar el mundo para mejor. No es ni tuya ni mía. Le pasa como a las ideas: no son de nadie, y simplemente están en nuestras manos o en nuestras mentes como vehículos para circular y mejorar nuestras vidas.
Nos pusimos en marcha: logotipos, apertura de una nueva cuenta, creación de una cuenta paypal, landing page, difusión, facebook, twitter...Nuestra parte estuvo "chupada" comparada con la de Josepe, que convenció nada más y nada menos que a Mario Alonso Puig, Anne Igartiburu, Javier Iriondo, Antonio Garrigues Walker, Joaquina Fernández, el capitán de la selección española de basket Felipe Reyes, Sergio Fernández, Ramiro Calle y Ovidio Peñalver. Las entradas para el evento y las donaciones por fila cero empezaron a colapsar los servidores y nuestro correo electrónico. La locura se iba contagiando. Daba igual si los asistentes pagaban por ver a un personaje famoso, o si lo hacían por pura solidaridad para apoyar la lamentable situación de los refugiados. A fin de cuentas, como dijo en el evento Mario Alonso Puig "lo distinto no deberíamos sentirlo distante". Por eso la energía de esa locura se fue contagiando y extendiendo hasta emocionar a los asistentes y a los que no pudieron ir. En sólo 5 días se recaudaron nada más y nada menos que 9.000€ para los refugiados de Lesbos. Aún siguen llegando aportaciones, una vez finalizado el evento
Según nos cuenta Josepe, para los voluntarios de la StarFish Foundation que reciben a los miles de refugiados a pie de playa en Molyvos, organizando comidas, abrigo y tiendas de campaña, cualquier ayuda extra se convierte en un milagro. Pero los milagros no caen del cielo. Hace tiempo que dejé de creer en una providencia externa a nosotros o en ese "dios proveerá". La providencia eres tú, soy yo, somos nosotros, creyendo en nuestras posibilidades, en crear una realidad, en no limitarnos por nada, en manifestar nuestros dones y talentos...Quizás no abunden los milagros porque sólo los hacen los que actúan de esa forma. Se les llama "locos", pero sólo porque son minoría.
Los milagros los hacen los locos que no ven límites donde los demás sí. Pero cuidado: dicen que la locura es contagiosa. Por eso los locos deberían llevar un cartel en la espalda: para procurar acercarnos a ellos, y que se nos pegue su "demencia". Yo es lo que hago. Cada vez que puedo, me pego a locos maravillosos como Xavi, Laura, Luije, Mariló, Nacha...Locos que apuestan por hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. Bienvenida locura. Bienvenidos milagros.

martes, 6 de octubre de 2015

La mera presencia

No recuerdo un mes de septiembre más frenético. Reconozco haber perdido los nervios más de lo que me gustaría reconocer: conflicto con la Consejería de Educación, posibles cambios laborales, problemas con los seguros y burocráticos de distinta índole, cientos de novedades en las tres "vueltas al cole" de nuestros hijos... ¡Yo que me había propuesto nunca más andar con prisas! ¡Toma 7 tazas de prisas y stress!
Cuando uno pasa un período al límite, tiene la sensación de que cualquier asunto añadido va a desbordar el vaso. Por eso cuando una chica polaca nos pidió alojarse en casa durante unos días hasta encontrar un apartamento donde acomodarse con su hija, estuvimos tentados de decirle que no. Y no sólo por el pequeño caos de este comienzo de curso, sino porque cuando alguien nos visita nos gusta acogerle al 100% y dedicarle el tiempo que se merece y éramos conscientes de que materialmente en esta ocasión no iba a ser posible. Así se lo hicimos saber, pero parecía imperiosa su necesidad y accedimos. A fin de cuentas nuestra primera experiencia como couchsurfers durante el verano había sido excepcional, y las circunstancias parecían exigir que era el momento de estrenarnos como anfitriones.
Mucha gente de nuestro entorno no entiende que nos hayamos abierto a acoger a desconocidos, teniendo en casa a tres niños. Y más aún cuando ni siquiera conocemos al detalle sus circunstancias personales o familiares. ¿Temeridad? Puede ser. Pero cada vez más sentimos que cuando alguien te necesita, el foco hay que ponerlo en su necesidad, y no en los miedos de lo que podría suceder. En el caso de Gosia y su pequeña Józia de 2 años, simplemente querían pasar unos meses en un clima benigno, comiendo buena fruta y verdura, antes de que la niña empezara a ir al colegio. Una razón tan buena como cualquier otra para encontrar nuestro respaldo. De hecho, no hemos podido evitar acordarnos de tantos y tantos miles de refugiados cuya razón para abandonarlo todo es evitar ser bombardeados o masacrados. ¿Quiénes somo nosotros para juzgar las razones de una familia para tomar la decisión de moverse por este nuestro planeta? Cada uno tiene sus razones, y cada vez estamos más convencidos de que no existen fronteras ni nacionalidades y ojalá llegue un día en que los pasaportes sean cosa del pasado.
Los cuatro días que hemos pasado con nuestras amigas polacas han sido muy agradables: buena oportunidad para practicar el inglés en casa, para conocer anécdotas de otras culturas y para que los niños disfrutaran de lo lindo con el nuevo bebé de la familia. No pudimos mostrarles sitios de interés o monumentos, pero parece que no importó. Lo crucial lo tenían: cama, comida, red wifi para la búsqueda de apartamento, y buenos consejos. Les echamos una mano con las llamadas a las inmobiliarias (ya que aún Gosia no conoce el español), y les acompañamos a la hora de visitar y decidirse entre los últimos apartamentos. Parece que nuestra mera presencia como sus amigos y traductores obró el milagro. Las condiciones draconianas que les pedían para el alquiler (6 meses por adelantado) se esfumaron; la petición de avales y de justificantes de ingresos también; y las puertas de un soleado y bello apartamento a precio irrisorio se les abrían de par en par sólo por haberles acompañado. Simplemente habernos prestado a acogerles y acompañarles era justo lo que les abría la puerta a su pequeño sueño. Algo así debió suceder con el milagro de los panes y los peces: disponibilidad para compartir, aunque sea un poco de tiempo.
Ayer les llevamos al apartamento las últimas cajas que habían llegado por mensajería a casa desde Polonia. Gosia nos manifestó que no sabía cómo correspondernos: se sentía en deuda con nosotros. La mejor forma, sin duda, es que siga floreciendo nuestra relación y amistad. Parece que el SER UNO con el prójimo no requiere ni dinero, ni esfuerzos especiales, ni grandes golpes en el pecho; quizás sí olvidarse de nuestro stress, y salir de nuestro ahogo cotidiano. A veces la acogida y la mera presencia obran milagros.