domingo, 26 de mayo de 2019

Un mundo en pequeñito

No íbamos de turismo. Íbamos a empaparnos de su realidad. Esa por la que hemos apostado tan fuerte. Tanto como para prescindir de su presencia en casa. Y esa realidad no defraudó. Ni mucho menos. De hecho, la estancia se nos hizo corta. Muy corta. Y no faltaron ganas de quedarse.
Vista de Duino desde su castillo
Cuando los hijos crecen siempre hay una etapa de rebeldía. De enfrentamiento visceral contra todo y contra todos. Especialmente contra los padres, que simbolizamos mejor que nadie la etapa de niño que quieres dejar atrás. Esos cuatro o cinco años de choque no nos los quita nadie. Y cuando tienes tres hijos se multiplica por más de tres. Por mucho más. Porque la complejidad de los procesos tiene lugar simultáneamente, y a veces se retroalimentan. Pero el final del túnel llega siempre. Y el regreso a casa se acaba produciendo. No a la casa física. Al hogar familiar. Aunque esté coyunturalmente en Italia, y seamos los padres los que vayamos a visitar al retoño, como pasó en abril. Y entonces vuelven los abrazos, más sinceros que nunca. Vuelven las ganas de volver a meterse en la cama con los padres y charlar de fútbol, de política o de amor. Vuelve el respeto y el cariño. Y acabas entendiendo que para ser "tú", no hace falta luchar contra lo que te trajo hasta aquí, sino hacer tuyo lo que necesites de todo ese camino recorrido.
Comiendo pizza en Trieste con Abde e Inés
Fue una delicia de viaje. Pablo nos había preparado todo un itinerario de encuentros con quienes durante este curso han sido su familia. Gente que le ha hecho crecer como persona y dar un salto exponencial en un tiempo récord. Gente como Abde, que nos compartía sus vivencias como musulmán, o Inés con esas ganas envidiables de cambiar el mundo y su proyecto solidario en Rumanía...Y aún quedó tiempo para visitar Trieste, para una cenita colectiva en casa, para un concierto de jazz...Pero lo que más nos impactó fue darnos cuenta de que ya ha empezado a forjar su mundo. Un mundo lleno de ilusiones, de amistades, de fidelidades, de sueños, de retos, de aspiraciones... Ya no hay que preguntar por exámenes, por notas o por trabajos. Todo eso ya lo gestiona él, porque sabe bien que forma parte ya de su mundo. Y llegarán las decepciones. Y las injusticias. Pero también alegrías enormes. Y logros. Y victorias.
Sin comentarios
Si hay algo de lo que estamos especialmente orgullosos en todo este proceso de Pablo en Italia, no es de verlo tan profundamente feliz. Que también. Es de percibir que está creciendo como persona. Y no sólo en conocimientos o técnicas para conseguir un día un trabajo. La vida no va de eso, y a veces nos damos cuenta demasiado tarde. El duro trabajo con las asignaturas debe compatibilizarse con empaparse de las vivencias más ricas que uno pueda imaginarse. Y el día tiene sólo 24 horas. Por eso toca dividirse entre la academia del conocimiento y la academia de la vida. Apostar unas horas para conseguir unos objetivos que te puedan abrir puertas en universidades a las que jamás pensaste poder ir a estudiar, o apostarlas para departir con compañeros del otro lado del globo, a los que quizás no vuelvas a ver, pero que te están dando claves que sabes cruciales para el resto de tu vida. Es un proceso apasionante. Incluso cuando lo vives como un simple espectador.
Haciendo el tonto por Trieste
Mientras estábamos allí fuimos testigos de un episodio que ilustra muy bien ese pequeño mundo en el que viven. Y no sólo porque sean tantísimas nacionalidades, lenguas y culturas las que allí conviven. Sino porque en muy pocos metros cuadrados se desarrollan las mismas dinámicas que se producen en el mundo continuamente, y a las que tendremos que dar respuesta tarde o temprano, de una forma u otra. Y ellos entrenan esas habilidades a diario. La heterogeneidad allí es tan brutal como en nuestro querido planeta. Ríase usted de diferencias por lenguas, banderas o nacionalidades. Ríase usted de la absurda dualidad en la que nos enseñan a vivir desde pequeños: hombres o mujeres, buenos o malos, ricos o pobres, de derechas o de izquierdas, los de aquí o los de fuera, justicia o igualdad... 
Camino de Rielke con el
Castillo de Duino al fondo
Y en una de esas, surgió un conflicto que les traía de cabeza. Dentro de las normas de convivencia que tienen allí, existen unos compromisos claros respecto a la hora de regreso a las habitaciones, a la asistencia a clase, o a la dedicación al estudio. Y una noche, en una de los turnos de vigilancia, una profesora se quedó sorprendida del incumplimiento de esas normas, y lo expuso abiertamente en la asamblea general que todos los lunes celebran para analizar la marcha de todo y planificar los siguientes días. Levantó ampollas. Algunos se sintieron señalados en cuanto a su derecho a estar allí, cuando tantos se han quedado fuera, y cuando hay tanto por hacer por un mundo mejor. Porque, como en el mundo "grande", en ese mundo "pequeñito" no todos han llegado allí con el mismo esfuerzo. Los hay que en su trayectoria vital han estado al borde de la muerte en varias ocasiones, y sufriendo las peores calamidades hasta llegar allí. Y los hay que no se han despeinado, y han llegado con una saneada cuenta corriente a sus espaldas. Algunos ven en Duino la oportunidad de su vida, y otros sólo uno más de la infinidad de caminos que una vida holgada les brinda. Y en esas, hubo una joven iraquí que, al parecer, se levantó y removió las conciencias que aquel debate pudiera aún haber dejado sin remover. Con la beca que ella había recibido para estar allí estudiando, en su país se podría dar de comer a 50.000 personas en un día, una ciudad entera. ¿Cómo podía dilapidar ese preciado tesoro que le había sido entregado? ¿Cómo podían estar otros despreciando una oportunidad así?
A veces nos obsesionamos en dar a nuestros hijos un camino hecho, respuestas para todas sus preguntas, o futuros resueltos. Y nos olvidamos que en la vida, poco hay de decisiones seguras o de identidades inquebrantables. Van a necesitar mucha capacidad crítica y mucha empatía para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo y holográfico, pero cada vez más fascinante. Démosles perspectiva, no certezas.

NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )

viernes, 10 de mayo de 2019

Círculos de autenticidad

(ENGLISH VERSION: HERE)

No había expectativas. No se esperaba conseguir nada. No se pretendía llegar a ningún resultado. Ni cerrar ningún acuerdo. Ni resolver ninguna tarea pendiente. O iniciar ningún proyecto. No nos conocíamos la mayoría de los que habíamos quedado. Con lo cual ni había un mínimo compromiso social. Ni siquiera de que se tuviera que volver a repetir esa atípica "quedada". Aunque todos nos quedamos con tan buen sabor de boca, que se repetirá. Seguro. 
Por eso, quizás, salió todo tan bien. Por eso los círculos Awakin no hacen más que crecer por todo el mundo. Por eso los que vinieron de Burgos nos dicen que organizan uno cada lunes desde hace años. Este mundo de prisas, agendas desbordadas y quehaceres interminables no suele regirse por unos parámetros así. Una hora de silencio, una ronda de intervenciones en base a un texto anteriormente elegido, y una buena cena compartida, elaborada entre todos, y regada con risas y bromas. Sin gurús ni afiliación religiosa o ideológica. Así de sencillo. Así de revolucionario.
No pararon de dar las gracias. Durante toda la noche y al despedirse también. Y es curioso, porque éramos nosotros los que nos sentíamos agradecidos por haber tenido un grupo de gente tan excepcional en casa aquella noche. Cuando uno recibe un regalo, la gratitud brota "a borbotones". Y todos sentíamos que aquello era un auténtico regalo. Para todos. Por eso aquella gratitud tan contagiosa. Y por eso daba igual que apenas un par de ellos hubieran estado en nuestro hogar antes: todos parecían pertenecer a nuestro círculo más cercano después.
Hubo más invitados. Pero quizás eso de estar una hora en silencio y meditación echa para atrás aún a demasiada gente. Y resulta curioso, porque en los tiempos que corren, poder encontrarte contigo mismo durante un buen rato, junto a otros que también lo intentan, debería ser el mayor de los regalos. Pero aún para muchos se convierte en todo un tormento. Estar con uno mismo a solas, rodeado de gente. ¡Qué horror! Así que los 18 que estábamos, éramos sin duda los que teníamos que estar. Al menos esa noche.
¿Qué nos unía entonces a todos los que estábamos allí? La respuesta no es sencilla. Desde luego no era una cita a ciegas. Quizás cualquiera ajeno a aquel círculo habría dicho qué éramos unos frikis de la "new age". Puede ser. Pero sentimos con intensidad que nos unía un proceso de búsqueda, un optimismo patológico, un anhelo por un mundo mejor, una apuesta decidida por integrar lo interno y lo externo... Sólo eso. O nada más y nada menos que eso. Porque en los tiempos que corren puede que sea una actitud bien escasa, que hay que cultivar y mimar.
Sorprende descubrir cómo un grupo de desconocidos abren su corazón ante un simple texto de Krishnamurti o un buen rato de silencio. Personas que comparten que sólo ante un ego herido cabe ejercer el perdón. Que visualizan la dura pugna permanente entre la libertad y la pertenencia en todos nuestros círculos familiares y de amistades. Que se maravillan ante el poder de la escucha activa del otro. Que comparten el misterio paradójico de una grave enfermedad que te abre puertas maravillosas e inimaginables. Que regalan experiencias vividas cargadas de solidaridad en tierras lejanas o muy cercanas. Que se declaran unos convencidos practicantes del "dar sin esperar nada a cambio", recibiendo sin medida. Que revelan descubrimientos profundos sobre el amor humano y divino, que no hay que buscar fuera sino muy dentro de uno mismo. Que callan experiencias vividas, que merecerían estar en todos los telediarios, por mantener a raya a sus egos. Que ponen en valor el mero compartir sin expectativas de resultados, y cómo de ahí surge la magia más auténtica. Que han descubierto la importancia de desaprender lo aprendido como forma de vivir la vida de veras, incluso en soledad.
No es fácil toparse con tanta sabiduría reconcentrada en un grupo de gente corriente, en principio desconocidos entre sí. No es fácil cambiar el mundo sin vaciarse por dentro, sin contagiarse de tanta energía "chunga". No es fácil actuar fuera sin trabajarse bien por dentro. Habrá que seguir practicando este tipo de círculos de autenticidad. Sin lugar a dudas.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )