lunes, 17 de diciembre de 2018

El pequeño Alí

Alí no es su nombre verdadero. Debemos preservar su anonimato por normativa de menores y por respeto a su familia. Pero lo de menos es su identidad. Lo importante es que comparte el drama que viven decenas, centenares o miles de chavales que, como él, se juegan la vida para huir de un infierno. A veces de una guerra. Otras veces de la pobreza. Otras del abandono, de la calle, de la soledad... Y lo apuestan todo a una carta. A una patera. A los bajos de un camión mientras cruza la frontera. Como él. Como nuestro Alí.
Teníamos ganas de pasar página de tantos frentes abiertos últimamente, en los que ha sido mucho el cariño recibido. Hemos recibido cataratas de mensajes preguntando por el ojo, por el trabajo, por las goteras, por los niños...Todo va bien. El viaje a Barcelona fue tan fugaz como tranquilizador, y nos dicen que, bajo revisión periódica, lo de ese ojo no parece que vaya a resultar tan traumático como lo del otro. Por otro lado, a falta de pintura, hoy nos cerraron las últimas prospecciones en nuestro sótano. Y la gran noticia fue la llegada de nuestro Pablo el viernes pasado para pasar aquí las Navidades. Ya es un hombre. Tras los nervios por su llegada, da gusto hablar con él y sentir que ha valido la pena tanto esfuerzo en tantos frentes. La casa vuelve a estar completa, aunque sólo sea durante unas semanas. De Pablo, de sus hermanos, y de tantos jóvenes como ellos, es el timón de ese mundo diferente que tanto anhelamos. Por eso quisimos que también él estuviera presente en el primer encuentro con Alí.
Foto de Dmitry Ratushny en Unsplash
Íbamos algo preocupados, y al final no fue para tanto. Nos habían dicho que, como muchos "menas" (menores no acompañados) este chico es un reto. Que apenas lleva cuatro meses aquí. Que es nervioso, inquieto y un superviviente nato. Y que integrarlo en una familia era todo un desafío. Por eso dijimos que sí. Los cinco. En esta aventura, más que en ninguna, el veredicto de nuestros hijos es determinante. Ellos serán quienes más convivan con él. Quienes compartirán habitación, juegos y discusiones. Quienes tendrán que ceder turno de palabra y privilegios domésticos. Pero no hubo dudas. El "sí" fue unánime. Antes de conocerle y también después de la merienda del sábado. Pablo es compañero de muchos "alís" en Italia, y está más que sensibilizado con sus dramas. Samuel se hizo amigo de un chaval acogido por una familia en Estados Unidos, y "tres cuarto" de lo mismo. Y era Eva la que más dudas generaba. Ella aspira a acoger a una niña, quizás algo más pequeña, para hacer "piña" con ella, sobre todo pensando que los hermanos "volarán" pronto de casa. Pero tras saber de Alí, no estaba dispuesta a permitir que, como nos contaron, pasara las fechas clave de la Navidad en el desierto comedor de un centro de menores con la única compañía de una cuidadora. Así que dio también su visto bueno.
Es una pena que hasta en la solidaridad haya etiquetas, categorías y clases. Es bonito acoger en tu casa a un niño o niña rubito/a de ojos azules con problemas familiares. Pero no queda tan bien acoger a un marroquí inquieto y de costumbres inciertas. Por eso cuesta tanto que haya familias que les abran la puerta a niños como Alí, y que acaben en una familia de acogida, incluso entre familias ya de por sí sensibles como para embarcarse en estas odiseas.
No sé si para determinar su edad, a Alí le hicieron una radiografía dental, del carpo de la mano izquierda o de la clavícula. Pero lo cierto es que la pruebecita de turno dictaminó que tiene poco más de diez años. Su estatura y su madurez podrían corroborarlo. Sus travesuras y pillería también. Pero los papeles que aparecieron poco después de su llegada a España y él mismo afirman que tiene catorce. Si estuviera cercano a los dieciocho, esa cifra podría condenarle a los infiernos o auparle a los cielos durante una temporada. Pero él aún es pequeño. Para ese momento aún falta un poco. Quizás lo suficiente para entender lo sucedido con los resultados de Vox en las elecciones andaluzas, donde la presencia de muchos chavales como él, está en el centro del debate. Ese que establece que si naces 25 kilómetros más acá eres de los nuestros y te salvas, y si naces 25 kilómetros más allá no eres de fiar y te condenas (salvo que sirvas como mano de obra barata). Los debates están bien. Hasta que te toca a ti la mala suerte de huir, y de tener que arriesgar tu vida o la de tus hijos para salvar el "pellejo". Como les pasó a muchos de nuestros abuelos o bisabuelos, aunque ya se nos haya olvidado. Entonces ahí la cosa ya no va de votos, de opiniones, o de ideas. Va de supervivencia. De seres humanos. Como nosotros. No es mal momento para dar pasos al frente ante dramas así, y posicionarse con hechos, no sólo con palabras.
Al principio costó un poco romper el hielo el sábado cuando nos citamos en el centro comercial con él y con su educadora social. Aunque en cuatro meses ha aprendido español lo que ya quisieran muchos alumnos de la Escuela de Idiomas, no debía sentirse cómodo. ¿Quién podría estarlo ante un examen así? Por mucho que estuviéramos en un ambiente navideño, con luces, muñecos  y canciones pegadizas, se sentiría observado, escrutado y examinado hasta en el último gesto por los que fuimos a conocerle: familia al completo con novia de Pablo incluida. El largo paseo hasta las luces del centro permitió que los nervios fueran pasando, y los lazos fueron aflorando de manera natural. Una palmera compartida con Eva en la cafetería donde merendamos, y las bromas sobre cómo se decían ciertas palabras en árabe hicieron el resto. Prueba superada para todos. Incluso se mostró dispuesto a conocer nuestra casa ya. Pero el protocolo dispone un encuentro con su educadora, y otro sin ella, antes de quedarse a pernoctar ya en casa. Así que ayer mismo quedamos para ese segundo encuentro y hacer algo de deporte. Me sorprendió lo extremadamente formal que se mostró en el coche cuando lo recogí. Probablemente le habían leído bien la cartilla para evitar que pudiera desaprovechar una oportunidad que, en este tipo de casos, puede ser casi única. Y desde luego por nosotros no se va a frustrar la cosa. Porque el chaval es simpático, entusiasta e inocente. Como cualquier niño. Como los nuestros.
Disfrutamos de lo lindo metiendo canastas, paseando y tomando galletas y un zumo. Cosas muy simples, que luego te das cuenta que son un regalo caído del cielo para chavales como Alí. Si no, que se lo digan al grupito de compañeros suyos que hicieron que detuviera el coche cuando fui a recogerle. Sólo querían cotillear un poco y enterarse de qué familia venía a recoger a qué niño. Y de paso ofrecerse para que en algún momento pudieran también sacarles a ellos de aquellas cuatro paredes. Se te hace un nudo en la garganta cuando ves tan de cerca la necesidad de sentirse acogido de niños así. Como los nuestros.
Hay pasos en la vida que conviene dar con tiento. Este es uno de ellos. Tanto por él como por los hijos. Un desencuentro podría suponer un abandono más en la vida de Alí. E igualmente es importante respetar los propios procesos y roles de nuestros chavales, ya de por sí complejos. Por eso vamos a ir poco a poco. Ahora con este protocolo de colaboración, quedando con Alí fines de semana, fiestas y vacaciones. Y ya después, cuando hayamos superado el protocolo de idoneidad en el que estamos inmersos, como familia de acogida, ya veremos de quién.
Si todo marcha bien, Alí pasará bastante tiempo con nosotros estas Navidades. Ya le estamos haciendo hueco en casa. Y esperamos que nuestros amigos, nuestra familia y los que nos leéis y os preocupáis por nosotros también le hagáis un hueco en vuestro corazón y en vuestras vidas a Alí. O a Paco, Toñi, Abdullah o Raquel. Porque son sólo niños. Como los nuestros.


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