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sábado, 5 de septiembre de 2020

Peponi

Si te encuentras envuelto en miedo y desesperación por los rebrotes. Si te obsesiona qué va a pasar este año con la vuelta al "cole". Si te angustia si nos van a confinar o no este otoño. Si no paras de ver las noticias una y otra vez, para ver las cifras de infectados o por si aparece la vacuna milagrosa. Si no paras de compartir por whatsapp noticias cargadas de "yuyu" para advertir a tus familiares y amigos. O incluso si te inquieta cómo va la cosa con el rey emérito o con la fusión de Bankia y La Caixa... ¡NO LEAS ESTE POST!

Por favor: haznos caso. Luego no digas que no te lo advertimos...

Valdevaqueros (Tarifa-Agosto 2020)

Estoy convencido de que cada persona de este planeta tiene un mantra mental. Una frase que de una u otra forma marca cada uno de nuestros pasos, y nos encamina en una u otra dirección. Durante muchos años, mi mantra fue "Estoy agobiado". Y me costó lo mío quitarme de encima la dichosa frasecita, y sobre todo las consecuencias que traía consigo de stress y de sobrecarga en mis espaldas de problemas y dificultades propias y ajenas, laborales, familiares o solidarias. Cuando por fin lo conseguí, descubrí que había sido esclavo demasiado tiempo no sólo de aquella frase, sino de la programación mental que traía consigo. Por eso son tan alarmantes las frases que cada minuto martillean una y otra vez las mentes de los siete mil quinientos millones de personas de este planeta en los últimos meses. "Miedo, miedo". "Preocupación, preocupación". "Yuyu, yuyu".

El mantra de Mey, sin embargo, es otro.  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!". En estos treinta y tres años que llevamos juntos, hemos viajado muchísimo. Hemos visitado miles de lugares. E incluso nos hemos mudado ya también una pocas veces. Y su mantra sigue siendo el mismo:  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!". Tanto es así que, hace unas semanas, cuando los niños le prepararon un vídeo parodiando algunas de sus escenas cotidianas para celebrar su cumpleaños, su mantra no podía faltar:  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!"

Uno podría pensar que alguien que se repite interiormente esa frase una y otra vez, suponiendo que no está un poco "tocado del ala", o bien ha tenido mucha suerte con los sitios que ha visto y en los que ha vivido, o vive con intensidad y verdadero convencimiento la gratitud por estar aquí y ahora.Y cuando eso sucede, os puedo asegurar que resulta profundamente contagioso. Y la gente te busca porque notan que en esa gratitud a la vida reside la semilla de autenticidad de nuestra existencia.

Mazagón (Huelva- Agosto 2020)

Cuando estos días pasados ella y yo recorríamos en nuestra furgoneta, por fin, caminos y calas perdidas del sur, esa frase nos la repetimos un par de millones de veces. Interiormente y de palabra. Y no era para menos. Contemplar bajo el agua un arrecife en Cabo de Gata plagado de peces de colores en la paz más absoluta. Sumergirse en las tonalidades de un atardecer único en Ayamonte o en Isla Cristina. O mimetizarse con la arena, la luz y el agua de las playas tarifeñas. ¿Cómo no sentirse en el Paraíso? ¿Cómo no te va a brotar del corazón un profundo sentimiento de gratitud por tener la enorme dicha de estar viviendo?

Estos días, desde tales lugares, no paraba de pensar en las miles y miles de personas que no quieren salir de su casa, y que no han viajado estas vacaciones, por miedo a contraer el Covid. Y me imaginaba con pena el mantra que estarían repitiendo en su cabeza y cómo se sentirían: dejar de vivir, por miedo a enfermar, por miedo a morir. Muy duro, la verdad. Y nos hacía reafirmarnos a Mey y a mi en nuestro compromiso de gratitud con esta vida: "¡Vivir (o morir) con las botas puestas!". Y si al final uno se muere, sea por el covid o porque te cae una maceta en la cabeza paseando por la calle, "¡que te quiten lo bailao!".

Cabo de Gata (Almería-Agosto 2020)

No. El Paraíso no es cuestión de lugares espléndidos y lejanos. Como decía Mey hace unos días, el Paraíso, se lleva a cuestas. En tu mochila. Sí. Ésa que cargas cada día cuando te levantas y, o bien arrastras tu existencia como si fuera una carga muy pesada, o bien sales a comerte este mundo maravilloso que nos ha tocado vivir. El Paraíso no es un lugar. Es una actitud. Y en cada sitio que estés, lo despliegas como tu tienda de campaña vital. ¿Acaso hay algo más importante que transmitir a los hijos esa visión de un "Paraíso portátil", que te llevas contigo a cualquier lugar y en cualquier circunstancia?

Estos días lo veía con claridad con nuestros hijos Pablo y Eva en Estados Unidos. Eva se levanta a las seis de la mañana para sus ensayos de banda musical. Y Pablo se acuesta a las tantas de la noche tras su primer trabajo en la Universidad de Okalhoma como reponedor y cajero en un supermercado. Probablemente no sean los planes más "molones" del mundo. Y sin embargo, había que escuchar la emoción y la alegría con los que nos los describen en sus videoconferencias y audios (¡¡algunos de 40 minutos de duración!!). Poco importa que les esté cayendo una tormenta tropical como las que arrecian esa zona en estas alturas del año. O que el huracán Laura les haya pasado "de refilón". Ellos viven su Paraíso particular. Y por muy lejos que estén y por mucho que los echemos de menos, nosotros como padres, no podemos estar más felices porque estén disfrutando de ese Paraíso suyo en estos momentos.

Isla Cristina (Huelva-Agosto 2020)

Esta mañana, cuando me levanté, pensando en escribir sobre el Paraíso, me acordé de la canción de ColdPlay con ese nombre, y de una versión de The Piano Guys que disfrutamos en casa hace algunos años ya, y que se convirtió en un pequeño himno casero: Peponi (palabra en suajili que significa "Paraíso"). Cuando los niños eran pequeños, vimos con devoción decenas de veces aquel vídeo, en el que un helicóptero transportaba hasta una cima inaccesible un enorme piano de cola. Samuel se aprendió la letra en suajili, y los movimientos del cantante, Alex Boyé. ¡No parábamos de reirnos con su versión casera! Esta mañana descubrí que este cantante, de origen nigeriano, vivió una vida durísima en las calles de Londres, sin padres ni recursos. Y que, quizás la música y su motivación vital, le hicieron tirar para adelante hasta lo que es hoy: un gran artista, y un "motivado de la vida". Por suerte, cuando uno va acumulando años, te das cuenta de que ésos no son casos aislados, y que no estamos predeterminados para nada. Podemos elegir la dirección correcta hacia nuestro Paraíso, aunque sea volviéndonos sordos a lo que se dice o a lo que se vive a nuestro alrededor.

Así que, si en las circunstancias actuales, no has hecho caso a mis advertencias del principio y vives con miedo, mal humor, o indignación todo lo que está pasando, ¡quítalelo de encima! (Shake It Off: ver vídeo). ¡¡Piensa en tu Paraíso particular!!

sábado, 4 de julio de 2020

Érase una vez una pandemia (2ª parte): Historias de miedo

A la cuarta fue la vencida. Tres vuelos suspendidos después, y tras cuatro meses y cinco días en casa, Jacopo pudo regresar a Milán este martes. Y con él nuestro último refugiado del coronavirus. No puedo ni imaginar las ganas que tendrían de abrazarlo sus padres. Y tras todo este tiempo, si hay algo de lo que nos sentimos satisfechos, es de haber preservado un ambiente de optimismo, de ilusión y de ganas de cambiar el mundo entre los que hemos compartido estas cuatro paredes. Nada que ver, por desgracia, con lo que nos hemos encontrado al ir regresando poco a poco a esa normalidad anormal que nos hemos auto-impuesto.
Nandhu Kumar en Pixabay
Probablemente haya tantas versiones de lo que está ocurriendo como habitantes en este planeta. Casi ocho mil millones de relatos distintos. Y es curioso, porque aunque no sé si se trata de un cuento o de una pesadilla, todos estamos viviendo los mismos episodios: confinamientos, mascarillas, distancias de seguridad, lúgubres historias en la televisión las 24 horas del día...Sin embargo, cada uno tiene su propia interpretación, su propia explicación, su propio cuento. Pero, si lo pensamos, la narración de la realidad sólo puede condicionar un poco los pasos que nos toca dar a cada uno o una. Es sólo una explicación. Por eso, en el fondo, en casa nos importa tan poco lo que cada uno entienda respecto a lo que está pasando. Con que esa lectura no nos divida más, nos vale. La clave está en cómo vamos a vivir a partir de ese relato. Cómo nos vamos a posicionar individualmente y como Humanidad. Da igual la versión de los hechos de cada uno. Ahora nos toca salir a jugar. Ya hemos calentado bastante el banquillo.
Y debo reconocer que a medida que salimos del confinamiento, a medida que regresamos al trabajo, la preocupación ha ido en aumento. No sé si somos mejores ahora que en marzo. No sé si hemos aprendido alguna lección. Lo que sí estamos presenciando es un "mastodóndico" proceso de miedo colectivo. Y eso nos tiene consternados a Mey y a mi. He dudado, incluso, si escribir sobre ello, por respeto a tantas y tantas personas queridas que están inmersas en ese proceso. Pero si hay un momento en el que no callar, probablemente sea éste. Sin enjuiciar. Respetando los procesos de cada uno. Pero, como me decía Mey hace un par de días: nunca ha hecho tanta falta como ahora desplegar una energía alternativa a la que se está viviendo en la calle y en tantos hogares del planeta. La dualidad y la polarización entre baja y alta vibración parece inevitable. Y es por ello, que, lo sentimos mucho, pero no podemos dejar que se imponga el relato del miedo. Por  nuestros hijos. 
Siete de la mañana de un día cualquiera. Camino despacio hacia el coche aparcado en las afueras de la urbanización. Un señor de unos 70 años recorre un trayecto de uno 50 metros una y otra vez. Una y otra vez. Como un tigre enjaulado en un zoo. No hay nadie en la calle, pero sus guantes de latex y su mascarilla no hay quien se los quite. Una pena que no pueda respirar este frescor de la mañana. Aunque probablemente será su gran momento de libertad. El resto del día lo pasará en su confinamiento voluntario. No me lo ha contado, pero sus ojos de pavor lo dicen todo cuando ve que me acerco a él para abrir la puerta del coche.
Elliot Alderson en Pixabay
En la media hora de recorrido hasta la oficina hay dos hábitos que ya he abandonado tras estas tres semanas. Una es escuchar las noticias y los anuncios. Notaba que llegaba al trabajo soliviantado y exhausto ante tanto "buen rollito" y tanta heterogeneidad de noticias hablando de lo mismo. Mejor crearme yo mi propia realidad. El otro hábito era contar el número de conductores solos que iban conduciendo con mascarilla, para evitar contagiar o contagiarse quizás de su propio aire.
Los compañeros del trabajo van regresando poco a poco, según el ritmo marcado por las autoridades para cada colectivo. Cada uno trae sus "ticks" post covid. Hay quienes se traen todo un set de productos químicos y de desinfección para repasar lo que los servicios de limpieza hacen una y otra vez a diario. Hay quien se pone una bolsa de la basura para no entrar en contacto con su propia silla. Hay quien no sale a desayunar y apenas va al baño, por si acaso. Hay quien se auto-incluye en la clasificación de colectivos vulnerables, quizás para justificar sus precauciones.
Yo he decidido observar. Simplemente observar. No forzar procesos de nadie. No apretar con argumentos desde mi propio relato de la realidad. Respetar y no enjuiciar. Ya me llevé un pequeño tortazo de realidad, cuando tras estos meses de confinamiento, me encontré en la calle con una gran amiga, y de la alegría que me dio me abalancé para abrazarla. Su "no" tajante y sus ojos de pánico me colocaron en mi sitio. Fue en ese momento cuando empecé a darme cuenta de lo que teníamos delante. Algo mucho más peligroso que un coronavirus.
"El miedo es libre". Eso dicen. Parece la frase de moda. Y puede que sea cierto que nadie puede obligarte a ser valiente o a ser miedoso. Eres como eres. Y debes tener libertad para ser así. Y no sólo eso: debes ser respetado en tu decisión. Y si puede ser, incluso sin ser enjuiciado. El problema es analizar ese miedo, de dónde surge y en qué medida te esclaviza o no. Porque el miedo será libre, pero ¿y tú con él?
El miedo es fundamental como mecanismo de supervivencia. Es lo que hacía que el hombre prehistórico se pusiera a correr ante la posibilidad de ser devorado por alguna fiera. Es lo que activa y agudiza todos nuestros sentidos para enfrentarnos a cualquier peligro que nos aceche. Pero el mecanismo del miedo está pensado para momentos extremos. Mantener el miedo en altos niveles y durante mucho tiempo, tiene sus consecuencias, ya que, sin duda, nos saca de nuestro equilibrio habitual y nos hace actuar de forma impensable en un estado natural. Eso lo saben bien los políticos y la publicidad:
-Cuidado con los inmigrantes, que nos van a quitar el trabajo: ¡susto, susto!
-Cuidado con los ultraderechistas come-niños: ¡susto, susto!
-Cuidado con los que van a desintegrar nuestra patria: ¡susto, susto!
-Cuidado con los populistas antisistema: ¡susto, susto!
-Cuidado con irte de vacaciones, sin activar tu sistema de alarma: ¡susto, susto!
Basta con conectar con sentimientos muy básicos, meter bien el dedo en la llaga, y esperar la cosecha, bien sea votos, de ventas o de vacunas. Asusta, que algo consigues. ¡Seguro!
Conocíamos muy bien ese mecanismo, tan habitual en los negocios y en la política. Pero jamás lo habíamos presenciado de forma tan masiva, radical y con cambios tan drásticos en el comportamiento de seres a los que queremos. Porque si algo consigue el miedo es controlarte hasta anular tu capacidad de elección. Por eso siempre se ha dicho que el miedo es el gran enemigo de la libertad. Y por eso vivimos tiempos tan tristes para la libertad. Porque hay tanto miedo que nos auto-confinamos, que vemos normal y necesarias las medidas más inimaginables de restricción de las libertades públicas y de los derechos civiles, con censuras permanentes a quienes osen cuestionar el pensamiento único y oficial. Y porque incluso nos convertimos en verdaderos guardianes que velan por mantener esas restricciones. Está pasando con los llamados "balconazis", que abroncan a los vecinos que van sin mascarilla, por ejemplo. O nos pasó hace unos días, en otra modalidad de miedo, con una señora mayor que, en un grupo de whatsapp de proyectos solidarios que tenemos, se desgañitaba por compartirnos su versión conspiranoica sobre la vertiente pedófila de todo lo que está pasando. 
Antes de ayer, teníamos asamblea de vecinos para decidir si se abría o no la piscina este verano, con las nuevas medidas anti covid-19. Por casi el 99% se descartaba la apertura: no por el sobrecoste (apenas 3,85€/mes por vecino) sino por el riesgo enorme que todos corríamos. Nunca he asistido a una reunión tan concurrida a pesar de los 40 grados de temperatura y el sofoco de llevar todos las mascarillas. En círculos concéntricos y con las distancias de seguridad pertinentes, tratábamos de hacernos entender en base a argumentos racionales. Pero la propia liturgia de la reunión me recordaba las del Ku-Klux-Klan. La postura de abrir la piscina ya estaba condenada de antemano. Se habían encargado de ir casa por casa recogiendo delegaciones de voto para ello. Y los discursos incendiarios se impusieron bajo la ovación del respetable. A los que tenían miedo no les bastó con no ir ellos a la piscina. Hicieron proselitismo para que nadie pudiera ir, descalificando y casi insultando a los disidentes. Difícil combatir con argumentos y equilibrio las consecuencias de una muchedumbre en pánico. Esos parecen ser los tiempos que corren.
Los que hemos tenido que luchar contra algún miedo propio, bien sabemos lo dura que es la batalla. A mí me ha pasado con miedos tan básicos como el de coger un gorrión herido (por algo que tuve que vivir quizás de niño), como con miedos tan complejos como el miedo a equivocarse, el de defraudar a los demás o al "qué dirán". Y el efecto del miedo siempre es el mismo: te imposibilita para actuar con la libertad que te otorga no estar asustado. Bien sea para coger al pájaro que se ha colado en casa y echarlo a volar, o bien sea para decir un simple "no", por mucho que eso defraude al que lo tenga que escuchar. Nuestros hijos, en su etapa de adolescencia, sienten verdadero pánico a no encajar con sus iguales, a no ser aceptados, o a salirse de la pauta de la mayoría. Toca, pues, analizar esos miedos, porque lo queramos o no, nos acaban esclavizando de una u otra forma.
Engin Akyurt
Entorno al Covid-19, existe un gigantesco aparato mediático e institucional respaldando ese miedo. No entro en si se hace de forma planificada e intencionada, si es por simples cuestiones de audiencias mediáticas, o o si es por puro "seguidismo" de lo que hacen otros. Pero jamás ha existido semejante "lavado colectivo de cerebros" para mantener a tantos millones de personas sometidos a tanto miedo durante tanto tiempo. Y las consecuencias las vamos a sufrir, salvo que empecemos a desactivar esa programación.
Además, hay pocas cosas tan importantes para combatir a los virus patógenos como un buen sistema inmunitario. ¿Y a que no sabéis qué es lo que más debilita a un buen sistema inmunológico? Efectivamente: el miedo. Probad, si no, a repetir una y otra vez, "me siento enfermo, me siento enfermo", y observad si no os acaban temblando las piernas de pura debilidad. Así que, aunque sólo sea por reforzar nuestra inmunología, habrá que trabajarse al dichoso miedo. Da igual cómo lo llames: cautela, prudencia o pánico atroz.
Y en ese proceso, tenemos una mala noticia. O quizás no: todos los que estáis leyendo estas líneas vais a morir. Nosotros también. No sé si será dentro de setenta años o dentro de cinco minutos. Pero todos la vamos a "espichar". Tan sólo hay un requisito para morir: estar vivo. Y ese lo cumplimos todos nosotros. Quizás nunca había existido una retransmisión en directo tan intensa y continuada de la muerte como durante esta pandemia. Siempre le damos la espalda a la muerte y nos creemos eternos. Y quizás, por primera vez muchos han caído en la cuenta de que "la vamos a palmar". Si es así, no viene mal hacerse consciente de ello. Aunque la cuestión es qué vas a hacer con ese descubrimiento. ¿Vas a disfrutar del presente como nunca lo has hecho? ¿Vas a dejar de perder el tiempo en cosas que no valen la pena? ¿Vas a enfadarte menos y a reírte más? ¿O te vas a encerrar en tu miedo para no morir? ¿Vas a vivir como un zombi sin disfrutar de la vida, de los abrazos, y de la naturaleza por miedo a morir? ¿Vale la pena morir en vida para no morir físicamente? ¿Qué te vas a llevar entonces al "otro lado"?
No seremos nosotros quienes te juzguen si tienes miedo. No vamos a entrometernos en tus decisiones ni en las restricciones que hayas auto-impuesto en tu vida y en la de los tuyos para combatir el dichoso virus. Pero sí te vamos a pedir que trabajes por desprogramar ese miedo en ti, y que encuentres huecos para ejercer tu libertad frente al sometimiento que te impone ese miedo. Quizás descubras, como ya nos pasó a algunos hace años, que la vida vale todavía más la pena de ser vivida así. Y ojalá cada vez seamos más los que construyamos una Humanidad sin miedos esclavizantes. Pero para ello, no busques salvadores. El trabajo es tuyo contigo mismo/a.

domingo, 15 de marzo de 2020

Un mundo diferente

No. No creemos que éste sea "El Fin del Mundo" que algunos auguran. Pero probablemente sea el fin del mundo tal y como lo entendíamos hasta ahora. Quizás el COVID-19 sea insignificante en tamaño, pero prenda la mecha de un gigantesco cambio que muchos imaginábamos que llegaría. Es como si el tiempo se acelerara, y como si los cambios revolucionarios a los que nos resistíamos y las situaciones más insospechadas se estuvieran agolpando todas de repente. Sin duda, trae consigo la fuerza de las paradojas e incoherencias sobre las que se sustenta nuestro mundo actual. Puede que, sin esperarlo, estemos a las puertas de ese "mundo diferente para vivir" al que aspirábamos cuando empezamos a escribir en este blog.
Pasado mañana, en casa, cumplimos tres semanas de medidas excepcionales. Y anoche se decretaba en España algo tan anómalo e histórico como el estado de alarma. Pero tras todos estos días, la familia ya está curtida en lo que significa tomar medidas extraordinarias en situaciones extraordinarias. Nuestro hogar se ha duplicado en el número de miembros y somos ocho desde entonces. Y hemos puesto en marcha una logística casi militar para compartir espacios, mantener la limpieza, y organizar las comidas y las lavadoras. Todo se ha multiplicado por más del doble de lo habitual. Y si no fuera por las dotes y la capacidad organizativa de Mey, todo se habría hecho muy cuesta arriba.
Hemos tratado de que, hasta que se subiera el nivel de emergencia, cada uno pudiera seguir desarrollando su vida razonablemente como hasta ahora. Los cuatro habituales de casa, con su vida habitual. Y nuestros cuatro huéspedes, incluidos Pablo, asistiendo a sus clases virtuales y estudiando y preparando simulacros de examen por las mañanas, y haciendo ejercicio para quemar energía en la terraza o con alguna salida en bicicleta por las tardes. A partir de hoy, esa agenda se tendrá que restringir.
Gimnasio en la terraza
La moral de la tropa sigue alta. No han faltado las bromas y el buen ambiente. Son unos chavales muy educados, colaboradores y con un gran espíritu comunitario, lo cual es normal, viniendo de donde vienen. Y tan sólo el viernes tuvimos que ponernos un poco serios para convencerles de cancelar la salida a una pizzería con la que querían despedir a Fabián por su regreso de ayer a Costa Rica. Su familia anda preocupada, y él aún está en primero de bachillerato y no tiene la cascada de exámenes finales o la incertidumbre de los otros tres respecto a la posible reapertura del colegio de Italia antes de mayo. Antes de ayer aún no se había impuesto el "toque de queda" del estado de alarma, pero las circunstancias aconsejaban ya quedarse mejor en casa. Aunque a ellos, siendo jóvenes, la sangre les hierve más, y se sienten invulnerables, o con una sensación de irrealidad ante todo esto, como si estuvieran viviendo momentáneamente dentro del episodio de alguna de sus series favoritas. Pero es tiempo de prudencia y de solidaridad, y de actuar como si fueras portador del virus, aunque no lo seas. Porque depende de cada uno de nosotros frenar la escalada de la enfermedad y evitar el colapso del sistema sanitario.
Cuando ayer por la mañana recorríamos el trayecto hasta el aeropuerto para llevar a Fabián, la ciudad y las carreteras parecían territorio fantasma. Los tres que se quedan quisieron honrar al que se va, y le acompañaron a pesar del "madrugón". Las pantallas de la DGT proyectaban mensajes apocalípticos animando a no viajar por el coronavirus. Los parques infantiles se encontraban ya todos precintados para evitar las concentraciones de familias entorno a ellos. Y tan sólo algún que otro corredor apuraba las últimas oportunidades de hacer ejercicio mañanero, antes de que las medidas de confinamiento se pusieran más drásticas. Aún estamos en los comienzos. Y esto, aunque fuera inimaginable hace unas semanas, aún no ha hecho más que empezar. Por aquí, Eva, Samuel y Mey tendrán clases on-line en las próximas semanas. Y en mi caso, parece que empezamos a organizarnos para poner en marcha una nueva forma de trabajar a distancia en la Administración.
Desde hace mucho, nuestro planeta pedía a gritos un respiro. Y ni las cifras de cambio climático, ni los desastres naturales, ni los crecientes movimientos ecologistas habían logrado reducir los niveles de contaminación, como lo está haciendo el aparente colapso económico que el coronavirus está produciendo en sólo unas pocas semanas. Como dice Francesca Morelli, nuestro indiscutible sistema productivo basado en el dogma de "crecer, crecer y crecer" se va a ver confrontado en sus propios cimientos. Años de trifulcas por banderas, siglas, colores y nacionalismos de distinta índole parecen difuminarse por momentos, y esas diferencias, por fin, desaparecen de los telediarios. Quienes hasta hace poco reforzaban fronteras y se sentían en la superioridad moral de excluir de sus tierras al "otro", sienten en sus carnes la exclusión, la sospecha y el rechazo por el miedo a que sean portadores del virus. Aquellos que hacen del enfrentamiento y de lo "mío" la base de sus vidas, se empiezan a dar cuenta de que sin el "nosotros" y sin la coordinación y el trabajo colaborativo, aunque sea a distancia, la cosa se pone cruda en los momentos más decisivos. Cuando pensábamos que la vida iba de "hacer, hacer y hacer", de repente todo se para y debemos redescubrir el sentido de la vida en el Ser, que quizás nos obligue a volver a nacer (no-hacer), y a basar nuestra felicidad no en el "bienestar" sino en el "bienser". De repente, nuestras sofisticadas vidas, deben volver a la simpleza del núcleo familiar, y replantearse frente a la mesa-camilla, a la tarde de sofá, o al juego de las "casitas". Y cuando dábamos la espalda a quienes nos rodean frente a la pantalla de un móvil, de repente empezamos a echar de menos el abrazo, el beso, y el contacto humano proscritos en estos días.
A muchas personas les asusta la incertidumbre, pisar terreno desconocido, y replantearse unas reglas del juego que pensaban inamovibles. Pero lo cierto es que se ha detenido todo, por decreto, y de un día para otro. ¡Por fin!, dirán algunos. Y en una situación tan impensable e inédita, no queda otra que reinventarse, centrarse en la parte positiva de todo esto, y sacudirse el miedo de encima. No hay otra opción. Bien sea saliendo al balcón a cantar, tocar tu instrumento o aplaudir, como muchos ya están haciendo. Bien sea meditando o bailando. O bien sea organizándonos en la distancia, ahora que no tenemos nada más importante que hacer. Es momento de sacar lo mejor de nosotros mismos. De practicar como nunca la solidaridad. De pensar en los demás y hacernos UNO con ellos. El mundo desde hoy ya no es el que era. Reinventémoslo como siempre quisimos.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )

domingo, 3 de marzo de 2019

Vía ferrata

Nunca habíamos practicado uno de esos deportes que llaman "de riesgo". Bastante adrelina genera ya la vida, para buscar más adrede. Pero tampoco somos de los que dejemos pasar una oportunidad sin exprimirla al máximo. Así que la ocasión la pintaban calva. No todos los días nos ofrecen que un explorador experimentado y recién jubilado, como Quique, nos acompañe en una aventura así junto a nuestro querido Luije, acabando su formación de guía de montaña. Y cuando viene de gente de ese calibre, uno firma el cheque en blanco que haya que firmar, aunque luego te acuerdes de toda la parentela, cuando te ves colgado a esa altura.
Primer tramo de la vía ferrata
Hasta hace una semana no sabíamos lo que era una vía ferrata. Y menos aún habíamos oído hablar de la de Camaleño, en Picos de Europa, todo un reto de casi 200 metros en vertical. Cierto es que contábamos con todas las medidas de seguridad para ello: casco, arnés, disipadores de energía en caso de caída, guantes y cuerda para tenernos a los inexpertos bien amarrados. Pero el miedo no te lo quita nadie cuando te ves a esa altura.
Hacía tiempo que no vivíamos una metáfora tan brutal de lo que es la vida. En pocos minutos te pasa de todo por la cabeza. La experiencia te confronta con tus miedos, con tus debilidades, con tus inseguridades... Quique subía el primero para mostrarnos el camino, y para asentar bien la cuerda que nos aseguraba en caso de caída. Tras él, y amarrados a unos 2-3 metros de distancia cada uno en la misma cuerda: Mey, Samuel, Eva y Rafa. Y cerrando el grupo, Luije vigilaba de que todo fuera bien. Subir agarrado a unos salientes y escalones de metal que son lo único que te unen a esta vida es una experiencia indescriptible. Jamás he sentido con más fuerza el vivir el "aquí y el ahora". Ni una sola preocupación de más. Ni un sólo pensamiento inútil en la mente. Si querías evitarte un buen susto, todo se reducía a acompasar tu ritmo al de tu compañero de arriba, unido a ti por ese mismo cabo salvador; a tener bien fijas tres de tus cuatro extremidades, mientras la cuarta iba tanteando dónde asentarse para seguir avanzando; a tener siempre uno de los dos mosquetones del disipador bien anclado a lo que llaman la "línea de vida"; y a controlar tus energías, tu respiración, y tu pánico.
Los primeros metros fueron de tanteo. De movimientos torpes. Sincronizar extremidades, mosquetones, cuerda y escalones se antojaba la tarea más complicada del mundo. Y las primeras preguntas martillean la mente cuando miras para abajo y confirmas que, sin duda, una caída desde esa altura podría ser ya mortal. ¿Para qué me meto yo en esto? ¿Qué necesidad tengo de algo así? ¿Y si les pasa algo a uno de nuestros hijos? A medida que esas preguntas te bloquean la mente, los miedos surgen casi automáticamente: ¿y si no tengo fuerzas para llegar arriba, y perjudico a los que están amarrados a mí? ¿Y si tienen que venir a rescatarme? Como si de un resorte fuera, en los eternos segundos de espera mientras Quique avanzaba afianzando posiciones y tu compañero de delante realizaba una progresión más, los primeros tembleques de brazos y piernas comienzan a aflorar. Es momento de respirar hondo, muy hondo. 
Mirar para abajo es mirar al pasado. Mirar para arriba es mirar al futuro. Ambos carecen de sentido en unos instantes así. Como en la vida misma. Aunque hayas superado ya unos metros, de nada sirve si caes. Y de poco sirve mirar para arriba cuando a ratos lo inclinado de la roca impide ver los escalones que hay apenas unos pasos por encima. Toda una incógnita que te pone aún más de los nervios. Mejor centrarse en la respiración, en descansar las extremidades, y en pensar dónde asentar brazos y piernas, dónde anclar los mosquetones y a qué ritmo en el siguiente movimiento. Qué hacer en el aquí y en el ahora. Como en la vida misma. Todo lo demás, sobra.
Eva se bloqueó. Subió una distancia espectacular en el primero de los tres tramos del recorrido, el más difícil. Pero la coordinación de los mosquetones con la cuerda y la distancia entre los escalones le jugó una mala pasada, y perdió los nervios. Y los míos con los suyos, aunque bien me guardara yo de mostrarlo para no asustarla más. ¿Qué hacer, más allá de animarla con frases cariñosas? El miedo es libre. ¡Que me lo dijeran a mí en esas circunstancias! Su bloqueo me impedía avanzar a mí, y el no poder avanzar o poder ayudarla también me bloqueaba. Mey me recordaba después que la situación era como ese aviso que dan en los aviones antes de despegar para que, en el caso de una pérdida de presión de cabina en el avión, cualquier persona se ponga la máscara de oxígeno antes de intentar ayudar a otros, incluso a sus hijos, ya que de no hacerlo posiblemente se pierda el conocimiento y se termine sin ponérsela a sí mismo o a nadie más. No veía la forma de ayudar a Eva a subir o bajar. Era momento de ponerme la máscara de oxígeno por si en unos segundo me tocaba ponérsela a ella tirando de una cuerda o algo por el estilo. Y de nuevo los miedos a la pérdida de un ser querido. Luije, sin embargo, más experimentado y resolutivo, subió por detrás de mí (aún no sé cómo), sujetó a Eva por la espalda, y le dio ese empuje de seguridad que necesitaba para llegar a la primera etapa de la subida sin mayor contratiempo.
Eva decidió no continuar. Ya había tenido suficiente. Y yo decidí no dejarla sola. No hubo reproches. No hubo lamentos. No hubo decepción. Sólo una experiencia de vida más. Un espejo magnífico en el que mirarse y conocerse más y mejor. Los demás continuaron la ascensión de los dos tramos siguientes, en lo que parecía toda una proeza vista desde abajo. Mey y Samuel estaban pletóricos. Y no era para menos. Lo que habían logrado era toda una heroicidad en su primer ascenso.
¿Que si repetiremos? Eva dice que sí. A mí me gustaría completar los tres tramos, y quién sabe si hacer la locura del puente tibetano. Pero lo que sí está claro es que los cuatro íbamos con la sensación de una experiencia única y maravillosa. Como la de la vida misma.



NOTA: Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero a través de nuestra escritura estamos canalizando solidaridad hacia proyectos que lo necesitan, y queremos dar cuenta de ello:

Además, los beneficios de la nueva tanda de libros que nos ha llegado, irán íntegramente para material escolar de los 28 niños del orfanato de nuestro querido Herminio: https://bit.ly/2CbfnQM

lunes, 17 de noviembre de 2014

Sin gafas por la vida

Mi hija es una sirena. No tiene en su cuerpo escamas, ni cola, ni aletas. Pero no conozco a un ser humano al que le guste tanto nadar o sumergirse en el agua. Ya con 2 años, casi sin andar aún, le encantaba que la sumergiese en lo más profundo de la piscina para sacar a la superficie algún objeto que yo le tiraba. Con 5 años la apuntamos a la piscina municipal, y empezó con sus primeros entrenamientos medio serios. ¡No he visto un ser más pequeño con una autodisciplina más grande! ¡Daba gusto verla en su papel de nadadora "pofesional"!
Sin embargo, llegó la primera competición seria. El pabellón estaba "a rebosar". El griterío de los niños nadadores y de las familias animadoras era ensordecedor. Le llegó el turno de saltar a la piscina. Sonó la bocina y saltó con tanto entusiasmo que se le salieron las gafas de bucear. Cuando logró salir a la superficie estaba totalmente desorientada. No sabía si nadar en una u otra dirección. Parecía un "patillo mareado". Se golpeó en varias ocasiones con los corchos separadores de calles. Cuando el resto de niñas ya habían llegado a meta, a ella aún le quedaba un buen rato. Se generó un silencio cómplice con ella, y cuando por fin llegó a meta, la ovación colectiva premió su tesón. Ese es un detalle que siempre me ha gustado: incluso los padres más competitivos son capaces de ovacionar y apoyar a los chavales que llegan en última posición muy alejados de los primeros puestos.
A pesar de que había sido más aplaudida que las ganadoras del torneo, aquella anécdota marcó a mi hija. Se sintió ridícula, y empezó a sentir un miedo escénico que empezó a afectarla. Intentamos tranquilizarla. No nos interesa lo más mínimo la competición, pero sí que sepa plantarle cara a las dificultades, o al menos lidiar con ellas. Las siguientes competiciones fueron un suplicio: se apoderó de ella el pánico recordando el episodio de las gafas en su primera competición, y pedía no participar aunque había estado entrenando con ahínco. Quizás unos padres protectores la hubieran quitado de inmediato de natación. Pero huir de la dificultad debilita a nuestros hijos para el futuro. Creemos que más que proteger a sus hijos, los padres deben acompañarles para que aprendan a protegerse, y volar ya solos cuando les toque. Y eso es lo que hicimos, aunque sin duda hubiera sido más fácil darla de baja en natación.
Ahora ella tiene 9 años. Se acuerda de aquel episodio de las gafas con orgullo, como una gran prueba superada en su vida. Ha aprendido que se puede avanzar por la vida incluso si se te caen las gafas y te sientes desorientado; que las pruebas más difíciles nos hacen más fuertes; y que el miedo al ridículo, al "qué dirán" o al fracaso es el mejor maestro para educar nuestra determinación.
Este verano fue medalla de Andalucía de natación, y hoy ha tenido una recepción en el Ayuntamiento por ese motivo. Sus entrenadores creen que podría tener futuro como nadadora profesional, pero continuará con la natación si sigue disfrutando con ella. Las exigencias de la alta competición y el afán por ganar obligan a renunciar a otras inquietudes. Y eso no le interesa a ella, y menos a nosotros como padres. Ella podrá ser lo que se proponga en la vida, como sus hermanos. Sólo tiene que visualizarlo en su mente y en su corazón, con o sin gafas.

domingo, 19 de octubre de 2014

El miedo: lo mismo para un roto que para un descosido

No hace mucho leí una frase que desde entonces no para de rondarme en la cabeza: "El miedo es el gran enemigo de la libertad". Hasta entonces no se me había ocurrido ligar esos dos conceptos: Miedo y Libertad. Pero desde entonces cada vez me siento más identificado con esa afirmación. 
Es cierto que cada vez que se quiere manejar a la masa o condicionar comportamientos, el recurso al miedo resulta muy útil:
-Que quieres que tu niño coma: cuidado que viene el coco. 
-De joven, "miedo al qué dirán" según lo que lleves puesto o lo que hagas.
-De adulto, trabaja, a ver si no vas a poder pagar la hipoteca y te vas a quedar en la calle.
-Que temes perder unas elecciones: haz que cunda el miedo a las apocalípticas consecuencias de que ganase tu contrincante.
-Que tú, Gobierno, quieres distraer a la opinión pública por algunas "meteduras de pata": señala a un enemigo exterior al que temer.
-Que tú, religión de turno, quieres uniformar y controlar comportamientos: anuncia el fuego eterno y la ausencia de reencarnación.
-Que tú, multinacional farmacéutica, necesitas vender más. Magnifica algún brote de la enfermedad a tratar y que cunda el pánico. Funcionó con la Gripe A. Funcionará con el ébola. El miedo causa amnesia colectiva.
Casi se está volviendo en una obsesión en mí, ya que en muchas de las conversaciones que escucho en mi día a día percibo que la energía que subyace es de miedo: al "qué dirán", a "no llegar a fin de mes", al futuro para nuestros hijos, a perder el trabajo, a la próxima reforma del gobierno, a la prima de riesgo o al hundimiento de la banca, a una pandemia, al inmigrante que nos invade, a pederastas que amenazan a nuestros hijos, a lo que puede pasar si saco a mi hijo del sistema educativo o si no lo vacuno...
Por suerte, cada vez suena más fuerte en mi cabeza ese "niiiiiiinoooo, niiiiiiiinoooo". Esa alerta anti-miedo, que me avisa de una posible amenaza sobre mi libertad.
Cuidado. Sirve lo mismo para un roto, que para un descosido. El miedo funciona. Pero la libertad interna también, incluso si nos encierran en una mazmorra.

martes, 1 de octubre de 2013

Pero, ¿por qué no sois como el resto de los padres?

Imagino que tarde o temprano, y especialmente en la pre-adolescencia, esta es una pregunta que todos los hijos nos hacen a los padres. Y si no estás preparado para ello, quizás más de uno sienta inclinación a pensar lo de "cría cuervos..." Pero los padres no podemos esperar de nuestros hijos una "palmadita" en la espalda por nuestra labor educativa ...Quizás ese sea un gran problema de la Educación actual: ¿no querremos ser amigos de nuestros hijos antes de tiempo? A estapas tempranas, lo que necesitan es un compañamiento amoroso, pero también asentar su criterio y discernimiento para que un día (más pronto que tarde) puedan volar en plena Libertad (que no es otra cosa que con ausencia de miedos) y con total Autonomía. Y no hay nada que cercene más esa libertad y esa autonomía que el estilo de vida que nos hemos/ nos han impuesto.
 
Estamos acostumbrados a que, medio en broma, medio en serio, nuestros niños nos digan que somos muy "hippies", budistas o "raritos"...Pero nos hizo pensar esa pregunta-reproche, no por su contenido manipulativo para convencernos de algo, sino porque cuestionaba mucho de lo que compartimos en este blog en nuestra búsqueda de un mundo mejor para vivir con ellos:  búsqueda de alternativas al estilo de vida "habitual", contacto con la naturaleza, cuestionamiento de los movimientos de masas y de los excesos del consumismo, compromisos solidarios, apuesta por la meditación y la búsqueda de la felicidad interior, etc...
 
Somos conscientes que la semilla de muchas de esas apuestas en nuestros hijos no germinarán hasta dentro de mucho tiempo (si lo hacen). Pero la verbalización de algunas de estas cuestiones evidenciaba hasta qué punto la presión social actúa (¡y de qué manera!) frente a los que apuestan por seguir vías alternativas y diferentes. Y cuando eres adulto no tienes más remedio que aceptar y dejar fluir. Pero cuando aún eres niño, las herramientas para contrarrestar el poder de tantos y tantos "guardianes del sistema" no resulta tan sencillo. Quizás por ello muchos padres opten por no complicarse la vida. Nosotros seguimos buscando un mundo mejor junto a ellos...