miércoles, 30 de septiembre de 2020

Hay vida antes de la muerte

No es añoranza. Tampoco morriña. Y desde luego no es nostalgia ni pena. Ni mucho menos. Es sólo ese pequeño nudo en la garganta que te recuerda que, de nuevo, entramos en una nueva etapa. Y ver esta semana los dibujos, los "trabajitos" y las notas de los niños de hace 10 ó 15 años, me recordó intensamente lo que en teoría ya uno sabe. Que la vida pasa. Que los niños son ya hombres. Y que probablemente alguno ya sólo volverá a casa de visita. Esa que ahora es puro silencio y quietud, y que era un auténtico manicomio hace apenas dos meses. Por eso, ahora que se han ido, estamos remodelando espacios y ordenando estanterías. Tirando lo viejo para dar cabida a lo nuevo. Y los recuerdos son inevitables. Pero no dejan de ser eso: simples huellas del pasado. Ni más ni menos.

Andorra-2019
Nuestros hijos han empezado a volar antes de lo habitual. Es cierto. Y el abrirles las ventanas tan "de par en par" para que vuelen desde pequeños tiene eso. Que vuelan. Y entonces no valen las medias tintas. No vale lo de "te dejo volar, pero vuelve porque te necesito". O lo de "vuelve porque creo que aquí vivirás mejor o serás más feliz". Los "sí pero no". No. Eso es hacer trampas al solitario, o un chantaje sibilino. Si abres la ventana es porque estás convencido de que tu papel es ese: enseñarles a volar, para que surquen sus cielos, y elijan su rumbo. No el tuyo. Sabiendo, además, que es probable que se equivoquen, que sufran, y que lo pasen mal. Y si les tocase tropezar muchas veces, seguro que acabarán volando aún mejor, a base de planear en sus caídas. El derecho a tropezar y a elegir caminos distintos a los paternos o maternos debería ser un derecho universal. Y a los padres sólo nos queda ser unos "pesados", preocuparnos cuando toque, y advertir por si se nos escucha alguna vez que otra. Abrir puertas y más puertas, para que ellos elijan. Pero sabiendo que tras alguna de ellas, pueden hacerse daño. No vale abrirles sólo la puerta que más nos guste a nosotros. No. De eso va lo de ser padres, aunque muchos nos miren raro por ello.

Por supuesto no es fácil. Exige prepararse para el continuo cambio de ciclo y de etapa. Y los hijos, además, deben saberlo muy bien desde muy niños. Que podemos ser una "Familiade3hijos". Y que para muchos esa es nuestra identidad. Pero no. No nos definen nuestros hijos. Tampoco nuestro rol de padres. La vida es más rica aún. Y no se agota en esa etapa con ellos. Por eso no cabe la tristeza. Y por eso, los nuestros saben que los echamos de menos. Que nos acordamos muchísimo de ellos. Que gozamos con su gozo desde la lejanía. Pero que nuestra vida sigue. Que por supuesto no hay "síndrome del nido vacío", porque vaciarlo es nuestra principal responsabilidad vital. Que estamos disfrutando de lo lindo de nuestra nueva y recuperada etapa "de novios". De nuestras escapadas en la "furgo", de nuestras rutas en kayak, o de alguna que otra "cenita romántica". Y les alegra saber que es así. Porque pueden disfrutar de su vuelo sin cortapisas, sin resquemores de lo que dejan en casa. Sabiendo que su vuelo no deja damnificados atrás.

Seguro que más de uno pensará que esto es exagerado. Que no hace falta ser tan contundentes. Que los hijos son para toda la vida. Y que si pueden estar cerquita, mejor que mejor. Que "como en España no se vive en ningún lado". O que "como mi pueblo, no hay nada en el mundo". Olvidando que el mundo cada vez es más pequeño. Que no hay distancias. Pero puede que no nos demos cuenta que, detrás de esos razonamientos, existe un apego sutil. Un aferrarse a lo que consideramos que debería ser la vida de nuestros hijos.Y eso acaba limitando su expansión vital, el despliegue de todos sus dones y talentos, y la misión que han venido a desplegar aquí, para la que nosotros sólo somos meros compañeros de viaje


Eva (Mijas Costa-2019)
Que todo esto nos haya pillado antes de los cincuenta, es toda una suerte. Y no sólo porque previsiblemente, "aún nos queda carrete". Sino porque te inmuniza contra el decaimiento vital. Ese que te hace pensar que esto se acaba y que no vale la pena, cuando llega un cambio tan brusco de etapa. Y entonces se tiende a confundir el paso a otra fase, con el paso al otro mundo. Y acabas muriendo por dentro poco a poco. No creo que haya peor muerte que esa, la verdad. Lo hemos presenciado en padres con hijos que se independizaban, y perdían las ganas de vivir. En parejas que se quieren, pero que se atascan en lo trivial o secundario: la distribución de la casa, el papel de la familia política, el tiempo dedicado al trabajo, la forma de hablarse...Y entonces se nos olvida que hasta el último segundo de vida, la muerte debe esperar. Porque morir no es sólo cuando se apagan nuestras constantes vitales. No. Es cuando dejas de vibrar por dentro ante el milagro de estar aquí y ahora. ¿Le vamos a dar esa ventaja o ese gustazo al de la guadaña? No nos podemos permitir el lujo de desperdiciar ni un segundo de vida muriendo por dentro.

Y curiosamente, esa es la paradoja de los tiempos actuales. Se televisa la muerte y el miedo las 24 horas del día. Y no porque de la Covid muera más gente que del sobrepeso o de las enfermedades cardiovasculares. Muy al contrario. Pero te lo repiten a todas horas. Quién sabe qué pasaría si televisasen a todas hora los dramas y las enfermedades derivadas de los que fuman o de los que comen "porquerías". Pero en lugar de "rebotarnos" ante la certeza de esa muerte, por Covid o por la caída de una maceta, y vivir hasta la última gota de vida, nos encerramos en vida para no morir. ¿Seremos tontos? De verdad que no lo entendemos. ¿A qué vienen esas caras de susto que vemos por la calle? ¿A qué vienen esas eternas conversaciones pesimistas? ¿De verdad vamos a prescindir de todo lo que vale la pena en esta vida, hasta que llegue esa vacuna milagrosa, que nos salve de ésta? ¿Y del resto de peligros que amenazan nuestra vida? ¿Nos vamos a poder vacunar contra todos ellos? Podemos meternos en una burbuja los próximos 50 años, y así seguro que no nos morimos. Por favor...Me recuerda mucho a todas esas personas que pasan la vida pensando: "esto para cuando me jubile", "esto para cuando me jubile". Y justo en la semana en que se jubilan, les da un ataque y se van "al otro barrio".

Estos días no hemos parado de oir plegarias para que pase el 2020 cuanto antes, como si las pobres cifras del año 2020 fueran las responsables. Como si fuera otro número demoníaco al que culpar de nuestras desgracias. ¿Olvidarse del 2020? ¿De verdad no hay nada de lo que aprender de lo sucedido? ¿Tan ciegos estamos? ¿No deberíamos acordarnos a cada instante de lo que ha sucedido, para decidir? ¿No habrá que estar muy pendientes para optar en cada instante por aquello que nos trae felicidad y vida, alejando aquellas pequeñas o grandes decisiones que nos matan por dentro?

Samuel (Conil-2020)

Hace unos días nos removió mucho un vídeo de una niña en la televisión Àpunt que se convirtió en viral. Preguntada por el uso de la mascarilla, la pequeña, de apenas unos añitos, contestó: "Es un poquito peor, porque no puedes respirar del todo. Pero, ¡no pasa nada! Es mejor eso que morirte". Lo dijo con tal inocencia, con una voz tan dulce, y con un movimiento de hombros tan convincente, que bien hubiera podido ilustrar cualquier campaña de marketing. Sin duda, muchos se habrán identificado con esas palabras. Pero son la esencia de lo que decimos. No voy a volver a abrazar a mi padre o a mi madre. No voy a volver a ver a mis amigos. No voy a volver a disfrutar de una buena bocanada de aire fresco. Ni de la sonrisa de mis seres queridos. Ni de una escapada. Ni de una locura. No. Es un poquito peor. Pero no pasa nada. Es mejor eso que morirte.

Nosotros lo tenemos claro. Y creo que nuestros hijos también. Estamos en un cambio de fase. En casa y también en la Humanidad. Y surge inevitablemente la pregunta: ¿y ahora qué? Nosotros hemos decidido ser unos activistas del VIVIR. Nos puede llegar la covid en cualquier momento. También un cáncer, un accidente de tráfico, o la caída de un meteorito. Algo, desde luego, nos va a acabar matando. Pero hasta ese momento, que nadie dude que vamos a exprimir este milagro que es la vida, hasta la última gota. Por eso hemos decidido hacernos aún más dueños de nuestro tiempo, de nuestros gustos, de nuestras prioridades, de nuestros rincones y de nuestros seres queridos. Estamos soltando lastre. Estamos quitándonos "perros pulgosos", obligaciones auto-impuestas, y dictaduras del "qué dirán".

El ser humano se afana en buscar vida en otros planetas, en otras galaxias. Incluso se esmera por conocer si hay vida más allá de la muerte. Pero se olvida de lo más importante. Que hay vida antes de la muerte. Y que nadie va a vivirla por nosotros. Que nos toca coger el timón de nuestras vidas con ganas. Y que hacemos el "panoli" si dejamos de vivir para no morir.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Peponi

Si te encuentras envuelto en miedo y desesperación por los rebrotes. Si te obsesiona qué va a pasar este año con la vuelta al "cole". Si te angustia si nos van a confinar o no este otoño. Si no paras de ver las noticias una y otra vez, para ver las cifras de infectados o por si aparece la vacuna milagrosa. Si no paras de compartir por whatsapp noticias cargadas de "yuyu" para advertir a tus familiares y amigos. O incluso si te inquieta cómo va la cosa con el rey emérito o con la fusión de Bankia y La Caixa... ¡NO LEAS ESTE POST!

Por favor: haznos caso. Luego no digas que no te lo advertimos...

Valdevaqueros (Tarifa-Agosto 2020)

Estoy convencido de que cada persona de este planeta tiene un mantra mental. Una frase que de una u otra forma marca cada uno de nuestros pasos, y nos encamina en una u otra dirección. Durante muchos años, mi mantra fue "Estoy agobiado". Y me costó lo mío quitarme de encima la dichosa frasecita, y sobre todo las consecuencias que traía consigo de stress y de sobrecarga en mis espaldas de problemas y dificultades propias y ajenas, laborales, familiares o solidarias. Cuando por fin lo conseguí, descubrí que había sido esclavo demasiado tiempo no sólo de aquella frase, sino de la programación mental que traía consigo. Por eso son tan alarmantes las frases que cada minuto martillean una y otra vez las mentes de los siete mil quinientos millones de personas de este planeta en los últimos meses. "Miedo, miedo". "Preocupación, preocupación". "Yuyu, yuyu".

El mantra de Mey, sin embargo, es otro.  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!". En estos treinta y tres años que llevamos juntos, hemos viajado muchísimo. Hemos visitado miles de lugares. E incluso nos hemos mudado ya también una pocas veces. Y su mantra sigue siendo el mismo:  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!". Tanto es así que, hace unas semanas, cuando los niños le prepararon un vídeo parodiando algunas de sus escenas cotidianas para celebrar su cumpleaños, su mantra no podía faltar:  "¡Esto es el Paraíso!" "¡Vivimos en el Paraíso!"

Uno podría pensar que alguien que se repite interiormente esa frase una y otra vez, suponiendo que no está un poco "tocado del ala", o bien ha tenido mucha suerte con los sitios que ha visto y en los que ha vivido, o vive con intensidad y verdadero convencimiento la gratitud por estar aquí y ahora.Y cuando eso sucede, os puedo asegurar que resulta profundamente contagioso. Y la gente te busca porque notan que en esa gratitud a la vida reside la semilla de autenticidad de nuestra existencia.

Mazagón (Huelva- Agosto 2020)

Cuando estos días pasados ella y yo recorríamos en nuestra furgoneta, por fin, caminos y calas perdidas del sur, esa frase nos la repetimos un par de millones de veces. Interiormente y de palabra. Y no era para menos. Contemplar bajo el agua un arrecife en Cabo de Gata plagado de peces de colores en la paz más absoluta. Sumergirse en las tonalidades de un atardecer único en Ayamonte o en Isla Cristina. O mimetizarse con la arena, la luz y el agua de las playas tarifeñas. ¿Cómo no sentirse en el Paraíso? ¿Cómo no te va a brotar del corazón un profundo sentimiento de gratitud por tener la enorme dicha de estar viviendo?

Estos días, desde tales lugares, no paraba de pensar en las miles y miles de personas que no quieren salir de su casa, y que no han viajado estas vacaciones, por miedo a contraer el Covid. Y me imaginaba con pena el mantra que estarían repitiendo en su cabeza y cómo se sentirían: dejar de vivir, por miedo a enfermar, por miedo a morir. Muy duro, la verdad. Y nos hacía reafirmarnos a Mey y a mi en nuestro compromiso de gratitud con esta vida: "¡Vivir (o morir) con las botas puestas!". Y si al final uno se muere, sea por el covid o porque te cae una maceta en la cabeza paseando por la calle, "¡que te quiten lo bailao!".

Cabo de Gata (Almería-Agosto 2020)

No. El Paraíso no es cuestión de lugares espléndidos y lejanos. Como decía Mey hace unos días, el Paraíso, se lleva a cuestas. En tu mochila. Sí. Ésa que cargas cada día cuando te levantas y, o bien arrastras tu existencia como si fuera una carga muy pesada, o bien sales a comerte este mundo maravilloso que nos ha tocado vivir. El Paraíso no es un lugar. Es una actitud. Y en cada sitio que estés, lo despliegas como tu tienda de campaña vital. ¿Acaso hay algo más importante que transmitir a los hijos esa visión de un "Paraíso portátil", que te llevas contigo a cualquier lugar y en cualquier circunstancia?

Estos días lo veía con claridad con nuestros hijos Pablo y Eva en Estados Unidos. Eva se levanta a las seis de la mañana para sus ensayos de banda musical. Y Pablo se acuesta a las tantas de la noche tras su primer trabajo en la Universidad de Okalhoma como reponedor y cajero en un supermercado. Probablemente no sean los planes más "molones" del mundo. Y sin embargo, había que escuchar la emoción y la alegría con los que nos los describen en sus videoconferencias y audios (¡¡algunos de 40 minutos de duración!!). Poco importa que les esté cayendo una tormenta tropical como las que arrecian esa zona en estas alturas del año. O que el huracán Laura les haya pasado "de refilón". Ellos viven su Paraíso particular. Y por muy lejos que estén y por mucho que los echemos de menos, nosotros como padres, no podemos estar más felices porque estén disfrutando de ese Paraíso suyo en estos momentos.

Isla Cristina (Huelva-Agosto 2020)

Esta mañana, cuando me levanté, pensando en escribir sobre el Paraíso, me acordé de la canción de ColdPlay con ese nombre, y de una versión de The Piano Guys que disfrutamos en casa hace algunos años ya, y que se convirtió en un pequeño himno casero: Peponi (palabra en suajili que significa "Paraíso"). Cuando los niños eran pequeños, vimos con devoción decenas de veces aquel vídeo, en el que un helicóptero transportaba hasta una cima inaccesible un enorme piano de cola. Samuel se aprendió la letra en suajili, y los movimientos del cantante, Alex Boyé. ¡No parábamos de reirnos con su versión casera! Esta mañana descubrí que este cantante, de origen nigeriano, vivió una vida durísima en las calles de Londres, sin padres ni recursos. Y que, quizás la música y su motivación vital, le hicieron tirar para adelante hasta lo que es hoy: un gran artista, y un "motivado de la vida". Por suerte, cuando uno va acumulando años, te das cuenta de que ésos no son casos aislados, y que no estamos predeterminados para nada. Podemos elegir la dirección correcta hacia nuestro Paraíso, aunque sea volviéndonos sordos a lo que se dice o a lo que se vive a nuestro alrededor.

Así que, si en las circunstancias actuales, no has hecho caso a mis advertencias del principio y vives con miedo, mal humor, o indignación todo lo que está pasando, ¡quítalelo de encima! (Shake It Off: ver vídeo). ¡¡Piensa en tu Paraíso particular!!