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sábado, 12 de noviembre de 2022

Nuestro trocito de Paraíso

Todo está en silencio ahí fuera. Me he levantado a la hora habitual pero todo es distinto. Aquí el sueño es siempre más profundo. Estamos en otro planeta a tan sólo 25 kilómetros de casa y casi a 1.000 metros de altitud. Los perros del vecino no han ladrado esta noche. No sé si por la ausencia de zorros y jabalíes o porque ya se han acostumbrado a ellos. Las luces del alba dibujan los contornos de las montañas que nos rodean y van dando forma al horizonte tras el mar. Los gatos aún no se han asomado a ver si les cae algo. Y aún es pronto para que los abejarucos se lancen en picado a por las abejas. Tan sólo se escucha el tintineo del cencerro de una de las ovejas que pastan delante de casa, y el discurrir del agua que nos llega desde el manantial del cercano barranco. Saludo en silencio la majestuosidad de los árboles frutales que nos rodean. Aún no he dejado de maravillarme y de agradecer que tan pocos árboles puedan darnos tanto, tan bello y tan sabroso. Tanto como para compartir con tantos. Que ese regalo que nos dan, circule hacia nuestros familiares, amigos, vecinos y conocidos. Y que, por arte de magia, nos regrese de nuevo en forma de nuevos dones, regalos y gratitud desbordantes. Ahí están esos árboles, en silencio, simplemente siendo y dando. Sin pretender ser más. Sin quedarse con más de lo que necesitan. 


Cada vez que venimos, todo se calma dentro. La conexión con la tierra, con los árboles y con los animales es total. El ritmo cardíaco y de la respiración es otro. Se disuelven las preocupaciones, los conflictos, los pensamientos. El aquí y el ahora es lo único que existe. Mientras recolectas fruta. Mientras riegas. Mientras lavas los platos. Mientras contemplas el horizonte. Mientras agrupas las hojas caducas del otoño. Mientras alimentas a las ovejas o a los cerdos del vecino con la fruta ya muy madura o con la maleza recogida. Aquello más simple, resulta ser lo único que hay. Resulta ser todo.

Y si tras estos meses, esas son las sensaciones de un "urbanita" empedernido como yo, imaginad las de Mey, de naturaleza "india arapahoe", como solemos bromear. Se calza sus dos trenzas nada más llegar. Se pone sus mejores galas en forma de sonrisa de oreja a oreja. Y no deja de repetir sus mantras desde que llegamos hasta que nos vamos: "¡qué maravilla, por Dios!"... "¡es que esto es el paraíso!"... Con tal despliegue de gratitud, imposible no embriagarse con esta paz.

Desde hace años, fue ella la que insistía en reconectar con la tierra. Me lo repetía cual "gota en el latón". Y yo me resistía, pensando en los gastos de la universidad de los niños, en los imprevistos que siempre pueden venir, o en mil y un motivos que la mente se pone de excusas. Hasta que hace unos meses me dejé llevar. ¿Acaso cada vez que la he seguido en una de sus locuras, mi vida no ha dado un giro a mejor y a mayor felicidad? ¿Para qué tanto control y tanto pensar en el futuro? ¿Qué pinta el dinero en el banco en estos tiempos? Tan sólo acordamos varias condiciones para la aventura de buscar algo en el campo: 1.-Que no nos endeudáramos y que pudiéramos afrontarlo con nuestros ahorros 2.-Que no estuviera a más de 30 minutos de casa, para que no nos diera pereza venir con frecuencia 3.-Que tuviera una vistas preciosas, porque no queríamos estar en el campo, pero rodeados de bancales que profanan y mutilan la majestuosidad de las montañas, o de hileras de aguacates o mangos, milimétricamente ordenados por la artificialidad humana, en vez de por la magia de la naturaleza 4.-Que no nos esclavizara su mantenimiento, ya que pretendíamos continuar con nuestra actividad habitual, nuestros viajes y nuestros proyectos. 

Cuando acabamos de formular esas 4 condiciones, pensé que nos habíamos pasado con la Carta de los Reyes Magos. Que sería imposible encontrar algo así. Pero "la" Mey es "mucha" Mey. Y cuando se le junta la "vena india" con la "vena bruja" , no hay obstáculo que la detenga. Así que, como ella suele decir, puso a trabajar al Universo. Cierto es que vimos unos cuantos terrenos durante un par de meses. Pero igual que con las personas, nos dejamos guiar por las vibraciones que nos transmitían, y ninguno nos convenció. Pero apareció uno por facebook que podía cuadrar, salvo por un detalle: estaba a 40 minutos de casa, en vez de a 30. Mey me llamó por si lo descartábamos. Pero por 10 minutos no íbamos a renunciar al paraíso. Quedamos con el dueño.

Era un día feo y lluvioso. Pero fue el primer propietario que nos invitó a llevarnos en su coche y además sin mascarilla. Nos pareció un bello gesto de partida. Y la conexión empezó a fluir durante el trayecto. Las buenas vibraciones se confirmaron nada más llegar. Mey y yo nos miramos y supimos que aquel era el sitio. No tuvimos ni siquiera que decirnos palabra. Las pocas que dijimos fueron para ajustar el precio en pocos segundos, quizás porque él ya nos imaginaba viviendo allí tras la conversación del coche. Pero había un "pero": había muchos papeles que arreglar. Muchos. Porque el terreno y la casa lo tenían todo. Absolutamente todo. No teníamos nada de qué preocuparnos, ninguna obra que acometer, ni trabajo alguno que impulsar para poner los árboles en producción de frutas, incluido el riego automático y bajo tierra. Estaba todo listo para irnos a vivir de inmediato, si queríamos. Pero el asunto de los papeles estaba totalmente en el aire. Y podrían pasar meses hasta que estuvieran listos, si llegaban a estarlo. Mey y yo nos abandonamos a nuestra intuición, y en lugar de exigirle los papeles, asumimos el reto de arreglarlos nosotros, ya que la especialidad del propietario no era precisamente la burocracia. Y ahí empezaron semanas y semanas de conversaciones con la arquitecta y el técnico municipales, con los de Agricultura y el Parque Natural, con la Notaría y el Registro...Antonio nos autorizó para todo como si fuéramos de la familia. Y poco a poco todo fue tomando forma. Logramos, incluso, ahorrarle un buen "pellizco" de los gastos previstos. No era asunto nuestro, pero siempre pasa que lo que das te acaba volviendo. Y efectivamente así fue. Durante aquellas semanas se fue fraguando la amistad entre nuestras familias. Le acompañamos al "cortijo" todos los fines de semana que fue posible, y nos fue enseñando el noble oficio de cuidar aquel precioso terreno. Y de regreso a casa, trajimos las alforjas llenas de maravillosos manjares: moras, cerezas, naranjas, limones, aguacates, chumbos, higos...Es como si aquel dichoso papeleo, asumido de buenas gana y con ilusión, hubiera sido el terreno para que una bella amistad fuera fructificando. De ese modo, se diluyeron los roles de comprador y vendedor, y surgieron los de unos amigos que se ayudan, se comparten confidencias familiares, y se dan trucos para el cultivo o para la gestión de las finanzas. Comprobar que el centro lo estaba ocupando la relación entre nosotros, y no la defensa egoísta de los intereses de cada parte, fue la prueba definitiva de que la decisión era la correcta: aquel era nuestro sitio. Antonio hoy sigue teniendo llaves de todo, y nos aconseja permanentemente, porque aún somos muy "novatos". En un par de semanas nos tomaremos las dos familias un arroz allí arriba para celebrar estos meses de encuentro. Nos reiremos y quizás también lloraremos añorando a quienes pasaron por aquel cortijo o compartiendo los retos del futuro.


Si nos lees desde hace tiempo, ya sabrás el nombre que le hemos puesto a nuestro trocito de Paraíso: PEPONI. Pero por supuesto, no hace falta comprar ningún terreno para encontrar tu trocito de Paraíso. Hay paraísos de éstos por todas partes. El principal, dentro de ti. Sólo hace falta que ese paraíso te regale silencio fuera, para que crezca el silencio dentro.


Nosotros, en nuestro caso, hemos dado este paso porque es algo que nos hacía mucha ilusión desde hace tiempo. Y las ilusiones son para vivirlas, no para llevárselas a la tumba. También porque se hace preciso dar al campo, al agricultor y al ganadero la importancia que nunca debieron perder. No es una decisión para escapar del ruido, de las noticias, o del miedo imperante. No es una huida. Es un reencuentro con la tierra, con lo sencillo y con lo más auténtico de cada uno de nosotros. Con lo más primario. Allí nos encontrarás si estallan pandemias, guerras o catastróficos cambios climáticos. Viendo esos atardeceres que quitan el hipo. Sintiéndonos hormiguitas en medio de tanta inmensidad. Riéndonos a carcajadas de la convicción del ser humano de ser el ombligo de todo. Retomando la conexión que perdimos creyéndonos más conectados que nunca con nuestras pantallas. Tratando de atisbar las cumbres de África en los días más claros. Observando las estrellas y la luna cada noche. Viendo las luces de la costa y de los barcos a lo lejos. Contemplando el ritmo y los ciclos de la vida. Ilusionados hasta la extenuación. Sintiéndonos vivos, muy vivos.


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viernes, 19 de febrero de 2021

Positivo en COVID-19 (Érase una vez una pandemia- 7ª parte)

Uno de nuestros hijos ha dado positivo en Covid. Llevaba varios días con mal cuerpo, y cuando perdió el olfato y el gusto, la confirmación era casi segura. Salvo eso, y un poco de tos, lo está llevando sin mayor problema. El resto de la familia estamos bien. Mantenemos una estricta distancia de seguridad con él de ocho mil quinientos kilómetros. Allí, en la Universidad de Oklahoma, se ha mudado durante la cuarentena a otra habitación en un edificio específico destinado a tal fin. Y él, con su actitud positiva de siempre, lo ha visto como una oportunidad para ponerse al día con sus "essays" y con el violín, ahora que le han invitado a una "master class". Además, tampoco perderá tantas clases, ya que las han cortado por una tormenta que ha dejado los termómetros "tiritando". Ya mañana acabará su aislamiento.

Las pocas personas que han sabido lo de su positivo, han torcido el gesto o la expresión. Unas por el miedo, creyendo quizás que también nosotros estaríamos asustados, intentando tranquilizarnos con argumentos sobre su juventud o su fortaleza. Otros por el estigma de una enfermedad para la que se reparten culpabilidades a discreción, especialmente en esta especie de fobia a los jóvenes que parece haberse extendido por todos lados, como si todo contagio debiera acarrear una culpa y un castigo. Pero no. Una vez que vemos que él está bien, no estamos asustados. Mucho más nos preocupó cuando de pequeño estuvo cerca de la peritonitis por una apendicitis mal diagnosticada, o cuando Samuel se abrió de lado a lado el labio en una caída por la escalera. En este caso, parece que una compañera de trabajo del supermercado le pudo contagiar trabajando. Pero si le hubiera contagiado tomando un café, viendo una película o contando chistes con los amigos, tampoco hubiéramos "culpado" a nadie de nada. Hoy, son cientos los titulares de noticias que se ensañan con las "fiestas de jóvenes" y con las "actitudes festivas", olvidando que más de uno fue joven y quiso también disfrutar de la vida con veinte años. Habrá quien piense que, como padres, deberíamos estar asustados o buscar culpables, viendo como está el "patio". Puede que seamos "padres asintomáticos", y no actuemos como muchos padres o madres hacen. Pero también puede ser que hayamos decidido no dejarnos arrastrar por esta narrativa  absurda del "monotema" de la Covid. Puede que los padres debamos dar ejemplo, si aspiramos a que la juventud cambie el mundo con valentía. Y puede que hayamos decidido darle a cada cosa su importancia. En el caso del contagio de Pablo, la importancia parece no ir más allá de un resfriado o una gripe. Y las estadísticas y los estudios científicos lo avalan para su edad. Al menos por ahora. ¿Nos vamos a preocupar (ocuparse antes de tiempo) por las malas noticias que puedan llegar en un futuro, si acaso llegan? Mesura, pues. Controlemos las estridencias.

Probablemente nos dirán que, cuando hay tantos contagios y tantos fallecimientos, razonar así puede ser frívolo o incluso irrespetuoso. De verdad que no. Nos sentimos profundamente apenados y afectados por tantas y tantas familias que están sufriendo por esta enfermedad y por sus consecuencias. Tanto las derivadas de un positivo, como las derivadas de las repercusiones por las medidas draconianas que se están adoptando, teóricamente para combatir el virus. Por eso queremos actuar con equilibrio en cada situación, y dar a cada circunstancia la importancia que tiene, sin dejarnos arrastrar por histerias colectivas o reacciones viscerales. De lo contrario, es como si quisiéramos acabar con los piojos utilizando un lanzallamas.

La semana pasada, Mey pasó un mal rato al ir a comprar dos botellas de leche al supermercado. A la salida, un señor vendía bolsas de mandarinas a un euro. Las bolsas eran del propio supermercado. Y las mandarinas, probablemente recogidas del suelo de alguna de las muchas fincas de la comarca. Era su forma de buscarse la vida como fuera. Le compró una bolsa, y ya en el aparcamiento la detuvo otra señora suplicándole que le diera trabajo en casa para la limpieza, o para cualquier tarea agrícola. Ya son varias las personas que se le han cruzado en esa misma tesitura. Gente que ya no puede ni poner un cartel en los locales comerciales, cerrados durante todas estas semanas. Mey la escuchó durante un buen rato. Toda su preocupación. Toda su inquietud. Quizás era lo que más necesitaba: ser escuchada y sacar esa angustia fuera. Lo de darle lo que llevaba en el monedero, quizás fue lo de menos.

Dramas así contrastan dolorosamente con los de personas, también cercanas, sufriendo por asuntos que nos podrían parecer triviales, comparados con los anteriores, como tener que ir a trabajar presencialmente, o tener que llevarse el portátil a casa "a la fuerza". Gente que te increpa por sacar la nariz de la mascarilla unos segundos para tomar aire y despejar el dolor de cabeza, o por tocar un documento que podría llegar a tocar otro. Pero, aunque el motivo del sufrimiento esté en las antípodas, dicho sufrimiento nos obliga a escarbar dentro de nosotros mismos, para hacernos conscientes de lo que nos está pasando. Y todo esto de la pandemia nos está removiendo mucho por dentro. Nos parezca justificado o no. Nos resulte más o menos trivial.

Este sábado era el primero que podíamos ir a comprar productos no esenciales tras casi tres semanas. La chica del hipermercado, muy simpática, nos soltó todo su arsenal de razonamientos y argumentos sobre la irresponsabilidad de la gente, sobre el pánico, y sobre la lucha encarnizada contra el virus. La escuchamos con el máximo respeto durante un largo rato. Necesitaba desahogarse. Era una chica encantadora y una comercial excepcional. Y ni Mey ni yo hicimos el más mínimo intento por contradecirla en nada. ¿Por qué colocarse en bandos distintos por tener una interpretación distinta de lo que está pasando? A ella y a sus compañeros estos días los habían increpado clientes, llamándoles "asesinos" o "criminales" simplemente por pedirles que se pusieran bien las mascarillas al entrar al establecimiento. Ninguna versión de la realidad es tan válida ni tan cierta como para justificar el enfrentamiento, la violencia o la simple falta de respeto. Pero la situación está generando estos graves trastornos, que no hacen sino apelarnos en la búsqueda del equilibrio.

Esta semana lo vivíamos también con la noticia de que la Princesa Leonor se iba a estudiar el bachillerato internacional a uno de los colegios en los que ha estudiado también Pablo. No somos precisamente monárquicos en casa, pero nos alegramos por el hecho de que la futura Reina pudiera vivir en primera persona una experiencia tan heterogénea y enriquecedora para tener una perspectiva de la realidad, alejada de los privilegios de palacio. Pablo, como le sucederá a ella, tuvo de compañeros a refugiados becados, a jóvenes que habían sufrido la esclavitud en pleno siglo XXI, y pudo experimentar los polos opuestos de este loco mundo. Eso, con 18 años curte mucho. Pero nos apenó enormemente comprobar cómo se denostaba sin conocimiento alguno el elitismo de esos colegios, con tal de socavar a la monarquía. Tanto fue así, que tuvieron que sacar un comunicado al respecto. Fines que justifican medios. Mi verdad frente a la verdad. Desequilibrios por doquier.

Muchas mañanas  salgo a desayunar con un buen amigo del trabajo. Tenemos opiniones radicalmente opuestas en política, economía, y por supuesto sobre la pandemia. Y a pesar de que no rehuimos el contraste de pareceres, sin embargo, cada vez nos llevamos mejor. Cada vez colaboramos más en distintos proyectos de la oficina. E incluso hemos empezado a impulsar juntos un proyecto medioambiental fuera del trabajo. Somos muy distintos. Pero nos respetamos enormemente, compartimos la necesidad de dar el 100% en cada asunto en el que nos involucramos, y nos encanta el buen humor. Así que ¿qué más da lo que se piense o lo que se opine? ¿Acaso somos lo que pensamos, o simplemente SOMOS?

Vivimos una época loca y absurda en la que las cifras diarias de positivos por Covid dirigen nuestros pasos como Humanidad. Como si controlando las distintas olas de contagio de esos positivos, todo marchara bien. Pero olvidamos que hay otras cuestione que hay que cuidar. La de nuestra actitud, nuestra solidaridad y nuestra empatía hacia los demás. Ahí hacen falta muchos positivos. Muchísimos. Por eso, cada vez estamos convencidos de que esto no es tanto una crisis sanitaria o económica, sino sobre todo es una crisis humana que nos obliga a replantear a qué dedicamos nuestras energías. ¿Vamos a seguir desperdiciando nuestra energía mirándonos al ombligo, muertos de miedo, construyendo muros frente a los demás, viendo al vecino como nuestra amenaza, y sintiéndonos víctimas de lo que está pasando? ¿O seremos capaces de empatizar con los muchos sufrimientos que están viviendo los demás, sintiéndonos un TODO como Humanidad?

No nos engañemos. No va a llegar nada ni nadie que nos saque de ésta. Ni siquiera la "divina" vacuna. La vuelta a la normalidad como meta, o la recuperación de una felicidad que todos parecen añorar pero de la que parece que nadie era consciente entonces, no va a ser cuestión de arte de magia. Va a depender de la disposición a encontrar dentro de nosotros lo que siempre pensamos que estaba fuera, y buscábamos en una lucha frenética por todos lados. ¿Estaremos dispuestos a buscar y cultivar la felicidad desde el interior, o seguiremos esperando a que nos venga de fuera, o no las traiga alguien o algo?

Quizás no hayamos vivido una época que nos interpele tanto como ésta. Habrá que sacar todo lo positivo que llevamos dentro en esta época del Covid.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Martina

No conocíamos su cara. Ni su olor. Ni la suavidad de su piel. Pero ya era probablemente el ser más querido y deseado de la Tierra. Aunque no lo recuerde, tuvo que luchar lo suyo para llegar a su familia. Sus padres si lo recuerdan, porque también les tocó luchar. Pero desde el lunes, ya se les ha olvidado. Es lo que pasa con los milagros: todo se da por bien empleado cuando despliegan su magia.
Ayer conocimos su cara, su olor y la tersura de su piel. No somos familia de sangre, pero la sentimos ya como parte de nosotros también. Fuimos testigos de los maravillosos agobios de unos padres en rodaje, y de los consejos contradictorios de amigos y familiares. Benditos agobios. Benditas contradicciones.

Cuando te encuentras ante un ser tan indefenso, y a la vez tan adorable, no puedes evitar sentir una conexión brutal con el verdadero sentido de la vida y de la existencia. Un sentido que pasa por lo pequeño, por lo sutil, por lo sencillo, por lo frágil... Y no puedes evitar reír a carcajadas, aunque sea interiormente, pensando las de veces que te has preocupado por "el qué dirán", por el color a juego de unas cortinas, o por quedar mejor o peor en el trabajo. Todo se relativiza, y la VIDA toma el escenario. Probablemente ése sea el gran misterio de la Navidad: el Universo, Dios, o como queramos llamarlo, se convierte en pura fragilidad en el cuerpecito de un bebé. Y una catarata de sentido común te zarandea, llamándote a nacer de nuevo. Y es entonces cuando te das cuenta de que esta vida va de nacer de nuevo. Y que no hace falta hacer nada para merecer nada. Nacer. No-hacer.

El padre de Martina seguirá sin dormir por las noches, aunque quizás lo hará con buenas razones para ello. Probablemente se sorprenderá a sí mismo absorto mirando por la ventana, o susurrándole a un ser que ni le puede entender. Quizás decida cuidarse más por ella. Y la madre se verá inundada de lágrimas con más frecuencia de las que quiera reconocer. Quizás por gratitud. Quizás por poder rozar el paraíso teniendo en brazos a su Martina.
Bienvenidos a la profesión más difícil del mundo. Bienvenidos a la aventura de ser padres sin manual de instrucciones. Bienvenidos a la relativización de lo que antes era vital. Bienvenidos al centro de la VIDA.


NOTA: Este contenido, como todo lo que compartimos, no tiene ningún afán de lucro para nosotros, sus autores. ¡Bastante premio estamos teniendo con los aprendizajes y con las personas que estamos conociendo por el camino! Sin embargo nos encantaría que nuestras creaciones (escritos, vídeos, audios, recetas, remedios caseros, etc) acaben beneficiando ese "mundo mejor" a través de entidades solidarias que apuestan por él. Por eso, algunos de esos contenidos los subimos a nuestra página en Patreon (https://www.patreon.com/familiade3hijos) para disfrute de quienes estáis colaborando en esos proyectos solidarios, aunque sea con 1 simple euro al mes. Basta con pulsar en el botón rojo de "Become a patron". ¿Queréis ser nuestros cómplices, aunque sea con algo simbólico? ¡¡GRACIAS!!

domingo, 15 de noviembre de 2015

Lotería

Sin duda este es otro tema en el que somos "raros" en casa. O al menos muy minoritarios. Y especialmente en esta época en que se forman "corrillos" en los trabajos y en las cafeterías para repartirse los décimos de lotería con vistas al Gordo de Navidad. Hubo un tiempo en que compré alguna participación o puntualmente alguna quiniela. Pero éste es un asunto en el que desde hace años hemos querido poner también un poco de consciencia.
La lotería, como otras tantas cuestiones, es una auténtica historia mental, que nos hemos creado de forma colectiva y mayoritaria. No en vano, es una de las grandes "joyas de la corona" de Hacienda para recaudar fondos. Sin embargo, si lo pensamos detenidamente, no deja de ser una zanahoria que apela a nuestros instintos más primarios: el "forrarse" rápido y sin esfuerzo. Y no sólo eso: se convierte en la varita mágica que convierte vidas desdichadas en el paraíso. El dinero, de nuevo, como centro de nuestra existencia. Y toda la sociedad, de forma masiva, dedicando sus energías, sus anhelos, y sus esperanzas en convertirse en "los elegidos" por la diosa fortuna.
Creamos lo que creemos. Y si nos apegamos a que la felicidad es eso, el "batacazo" cuando no se hace realidad es monumental. A fin de cuentas hemos puesto nuestras esperanzas, hemos pagado el "precio", y el destino nos da la espalda. El sinsentido. Y más aún cuando muchos participan porque lo hacen los demás, y para no quedarse fuera de juego: "si toca en mi oficina y no compro, sería el "hazmereir" de todos".
Que el Estado fomente esos instintos tan básicos del "forrarse" o de "el dinero es la felicidad", demuestra los principios que nos rigen. Y cuando se emplean argumentos publicitarios como los del anuncio del año pasado, todavía más. Con un marketing impecable, se nos vendía una historia lacrimógena de un desdichado que no había comprado su décimo donde siempre, y esta vez sí había tocado. Su amigo, el dueño del bar donde se vendió, en lugar de quedarse el décimo, se lo reserva, y le entrega en un sobre rojo: la felicidad plena. Parece una bella historia de solidaridad, pero en realidad pretende sólo que compremos más lotería (como así sucedió) y recaudar más para el Estado (como también sucedió). ¿Qué pasaría si, esa solidaridad, en vez de dedicarla en comprarnos décimos de lotería unos a otros (que nunca tocan), se dedicase a ayudarnos de verdad los unos a los otros, aunque fuera con ese mismo dinero? Seguro que todos sabemos de familias o casos que lo necesitan. Esa sí sería una bella historia de solidaridad y sin una intención mercantilista de fondo. Veremos qué depara el anuncio de este año...
Pero sin hay un apartado donde el tema de la lotería se convierte en inaceptable para mí, es cuando se utiliza para conseguir fondos para campañas solidarias. Es decir, las ONGs, asociaciones y entidades sin ánimo de lucro, para recaudar fondos y contribuir a la sociedad, se convierten en vendedores ambulantes de lotería, y venden décimos de lotería a 20€ para conseguir 2 ó 3€ para el fin solidario en cuestión. ¡Como si no hubiera otras vías para ello! Y lo más triste es lo que subyace a ese acto. Ya que no consigo que colabores con mi fin solidario, mercantilizo la cuestión, y te vendo la esperanza de que te "forres". A eso seguro que estás dispuesto/a. Así consigo fondos para el fin solidario, aunque sea utilizando medios que apelan a instintos poco solidarios"
Dicen que la vida es una tómbola. También que es una lotería. Yo creo más bien que es un río, con sus obstáculos y dificultades. Cada recodo con un aprendizaje o un recuerdo de la verdad. Pero lo importante es fluir y avanzar, sin atajos ni esperanzas trucadas.

viernes, 23 de enero de 2015

Reyes y ratoncitos

Hay un día fatídico para todo padre o madre: aquel en el que tu hijo menor te pregunta cara a cara por los reyes magos. Ese día parece la frontera final de la inocencia y la magia en un hogar. Ese día ha sido hoy para mi Eva.
Pensábamos que, finalizadas las fiestas navideñas, habíamos ganado un año más. Tanteos previos, durante y posteriores a la Navidad había habido: que si "en el cole dicen"...; que si "fíjate qué tontería he escuchado en el recreo"... Pero eran preguntas que, en su propia formulación, buscaban la continuidad de la magia. Y tanto sus hermanos como nosotros colaboramos para que así fuera. Pero lo de hoy era diferente: eran preguntas directas y "al grano". Ya no cabían evasivas. La magia tocaba a su fin. No había más remedio que decir "la verdad".
Estoy seguro que si mi hija viviera en otro entorno, más cercano a la naturaleza, menos lleno de ruido y rumores colegiales, su inocencia por los reyes magos habría perdurado otros dos o tres años más. Pero de nuevo estamos en nuestro dilema: acercarnos más a la naturaleza para preservar ciertas esencias vitales o tratar de vivir ese "mundo diferente" en nuestro día a día. El salto definitivo a lo primero es difícil; vivir de continuo lo segundo todo un reto.
Mi mujer tuvo que asentir a su pregunta sobre los reyes y sobre lo que había escuchado en el "cole". Y le ofreció aclaraciones:
-"¿Pero, tú quieres saberlo de verdad?"
-"No", contestó Eva.
Se quedó pensativa unos instantes y rápidamente formuló la otra "gran" pregunta:
-"¿Y el Ratoncito Pérez?. Ese sí que existe, ¿verdad mamá? ¡No es posible guardar tantos dientes durante tantos años!"
Mi mujer mantuvo la compostura y se aguantó la risa.
En el almuerzo Eva me ha contado su medio-descubrimiento. Y digo "medio" porque su razonamiento de nuevo se convierte en gran maestra para la vida. Sabe que los comentarios de sus compañeras de clase eran ciertos. Su madre se lo ha confirmado esta mañana. Pero sin lugar a dudas no está dispuesta a hacer concesiones respecto a la magia:
-En primer lugar ¡el Ratoncito Pérez sigue existiendo!
-Y en segundo lugar, con una contundencia que nos ha provocado una gigantesca carcajada, ha proclamado: "Desde luego, cuando yo sea mayor, no pienso organizar el tema de los regalos de reyes magos para mis hijos; pienso esperar a que sean los reyes los que se los traigan"
Parecen razonamientos inocentes de una niña de 9 años. Pero si nos paramos a pensar contienen la sabiduría de un ser que hubiera vivido ya decenas de vidas anteriores. ¿Qué es la realidad? ¿Qué es verdad o qué es mentira? ¿Es más real la noticia que se rumorea en el recreo respecto a los Reyes Magos porque cada vez son más niños los que la comparten, o es más real la magia que yo he vivido durante tantos años y durante tantos y tanto momentos? ¿Es más real lo que me informan desde fuera o lo que yo vivo y experimento desde mi creencia? ¿No es acaso verdad que aquello en lo que yo CREO es capaz de CREAR UNA REALIDAD? Y si esa realidad me hace tremendamente feliz, ¿por qué optar por la que proclaman otros, aunque sean mayoría? ¿Hasta qué punto estoy dispuesto a renunciar a la magia que tengo por lo que me digan otros? ¿Nos fiamos de la realidad del telediario con todos los miedos que trae consigo, o nos fiamos de la magia que somos capaces de crear por nosotros mismos? ¿Terrorismo yihadista u O Couso?
Nosotros lo tenemos claro: estamos con los Reyes Magos y todos los Ratoncitos Pérez del mundo

martes, 9 de diciembre de 2014

Laboratorios de vida

Cada vez me fío más de mi corazón. Últimamente no falla. Sabe encauzar el ser super-racional que he sido. Por eso le hice caso este verano: debíamos conocer O Couso, a pesar de los argumentos racionales (desviarse 400 km de la ruta y menos días de vacaciones para otras cosas). También me preocupaba la reacción de los niños y las reticencias de mi mujer, que huye, con mucha razón, de adoctrinamientos, de gurús, y de iniciativas que encorseten la libertad personal. Por eso, cuando los cinco abandonamos O Couso con esa felicidad y ese pellizco en el corazón, sabíamos que ahí había ya parte de nuestra vida.
Hay muchas personas que en estos meses transcurridos nos han preguntado por qué es tan especial O Couso. El sitio y el entorno son maravillosos. La cercanía con el Camino de Santiago lo hace especial. Pero va mucho más allá de eso. Para nosotros es un "laboratorio de vida". Estamos convencidos de que el ser humano necesita evolucionar. Ya no nos vale que nuestra vida gire en torno a unos horarios laborales en un trabajo alienante. No nos vale vivir por y para pagar una hipoteca. No nos vale ese alejamiento de la naturaleza y de la magia que habita en ella. No nos vale ese aislamiento en el que vivimos rodeados de personas. No nos vale una vida vacía llena de cosas materiales. Necesitamos algo diferente a eso. Y en esa búsqueda, resulta crucial contar con referencias. Iniciativas que te indican un rumbo en el que se saborea plenitud, alegría y unidad. Laboratorios que indaguen en la esencia de la existencia, y que te den cucharas de autenticidad para darle un sentido verdadero a tu vida. Un sentido que pasa por una mayor atención a tu ser interior, a la naturaleza y a nuestros hermanos los animales, y al trabajo "codo con codo" con el prójimo, por muy diferente que sea.
No es momento de esperar a que alguien "nos saque de ésta". Es momento de coger las riendas de nuestras vidas con responsabilidad, y apostar por aquello que nos hace de verdad felices. Por eso nosotros hemos decidido apostar por nuestro "laboratorio de vida". Sabemos que uniendo pequeños gestos de mucha gente, se pueden alcanzar grandes logros. Y hemos querido compartir nuestra vivencia personal junto a la de otras personas. Hemos grabado un vídeo con nuestro testimonio y hemos creado una campaña de crowdfunding para impulsar nuestro "laboratorio". Te invitamos a ver el vídeo, participar en la campaña, y difundirla en todos tus entornos:
Estamos convencidos de que tendrá tanto éxito como cuando hicimos algo similar para la Casa de Acogida de Alozaina.
Otra forma de vivir es posible. No nos resignemos. Nuestros pequeños gestos, unidos, pueden lograrlo. Es momento de HACER DE UN MUNDO BUENO, UN MUNDO MEJOR.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Platos rotos

"¡Eso no se hace!"..."¡Eso no se dice!"...."¡Castigado al rincón!"....
Los que somos padres, quizás con demasiada frecuencia, nos identificamos tanto con nuestro papel de progenitores, que nos acabamos obsesionando con lo de "enseñarles a vivir". Y sin duda, nos perdemos con ello el gozo de ser compañeros de viaje de nuestros hijos.
Hace unos días andábamos recogiendo la cocina después de almorzar. Cada uno tiene su pequeña tarea, y a mi Pablo le tocaba organizar el lavavajillas. Con sus 13 años en pleno apogeo de hormonas, suele estar a mil cosas a la vez, y esa falta de concentración le juega malas pasadas. Ese día, en plena recogida de la mesa, de repente atronó la cocina. Fuimos toda la familia corriendo temiéndonos lo peor, y nos encontramos toda la vajilla desparramada por el suelo y un buen número de platos rotos. No había heridos, pero sí un pequeño desastre casero. Logré dominar mi enfado inicial. Pero cuando él se enfrascó en todo tipo de explicaciones surrealistas sobre la bandeja del lavavajillas andando sola a sus espaldas, no pude evitarlo e impuse mi papel de padre. ¡Debía ser responsable y centrarse en hacer bien sus tareas, en lugar de buscar excusas absurdas para justificarse! Me indigné mucho con él, no lo pude evitar.
Hace unos días mi mujer y yo recogíamos la cocina. Hablábamos tranquilamente y en un momento de la conversación me día la vuelta para dirigirme a ella. De nuevo la cocina atronó. No hubo platos damnificados, pero sí un nuevo desparrame de vajilla por el suelo. Lo que mi hijo me había dicho no había sido un argumento surrealista: ¡aquella dichosa bandeja se deslizaba sola, y estaba dispuesta a darme una buena lección!
Me sentí fatal. Él no estaba y ni se enteró del incidente, pero claramente no podía quedar ahí. Cuando volvió a casa después de hacer deporte, le pedí perdón por la injusticia que había cometido con él. Pedir perdón entre adultos es como desnudarse, y pareces quedarte a merced del ofendido. Sin embargo mi hijo es el ser más noble que conozco y con su corazón de oro ni titubeó. Entendió mi "metedura de pata" y me abrió su corazón sin reproches, aclaraciones, o frases del tipo "ya te lo dije". Un fuerte abrazo y un beso enorme arreglaron los platos rotos.
La vida, ¡qué sabia!, volvía a recordarnos nuestro papel de compañeros de viaje.
¡Qué curativo resulta un perdón sincero entre dos seres que se quieren!

lunes, 24 de noviembre de 2014

Hojas de corazones

Hoy mi hija paró de nuevo el reloj. Fue a la hora de salir del "cole". Llegaba  a casa como siempre, contando mil y una anécdotas. De repente se quedó en silencio y el tiempo y ella se detuvieron. Un grito ensordecedor se apoderó de toda la calle. Pensé que sería una broma: acababa de pasar por ahí tres minutos antes y no había visto nada especial. Pero sí que lo había: justo delante de nuestra puerta, en el suelo, había una hoja de árbol con una forma idéntica a la de un corazón. Su hallazgo merecía el grito, y ese parón del tiempo. Que un corazón así estuviera en la puerta de casa debía significar algo, ¡seguro!.
Doy gracias a la vida por esos momentos de magia en lo cotidiano; por esa capacidad que los niños tienen para descubrirnos el misterio de lo sencillo; por su talento para demostrarnos el sinsentido de las prisas que nos hacen pasar de largo; por su sensibilidad hacia la verdadera esencia de la vida: el AQUÍ y el AHORA.
¡Vivan las hojas de corazones y los dibujos en las nubes!

viernes, 24 de octubre de 2014

Soplos cotidianos de ternura

A veces internet te conecta con la esencia del ser humano. Eso nos pasó hace unos días con facebook. Jamás nos habían compartido tanto una foto ni había recibido tantos "me gusta". Se trataba de una foto de mi hija durmiendo. Cierto es que era entrañable. Y que la niña es preciosa (¡qué va a decir un padre!). Pero esa enorme adhesión a la foto poco tenía que ver con una imagen de poca calidad y casi en penumbra. Tenía mucho más que ver con la magia del gesto que escondía. En ella se veía a mi hija de 8 años, dormida sobre su almohada, en penumbra, junto a un gran lazo rosa sobre la almohada y una nota manuscrita: "Os quiero papi y mami".
Creo que lo que fascinó a tantas personas fue imaginarse las secuencias previas: mi hija buscando y preparando su lazo y su nota a escondidas, coloreando sus corazoncitos, y
colocando cuidadosamente la nota y el lazo en una parte de la almohada donde los pudiéramos ver cuando fuésemos a darle el segundo beso de las buenas noches, una vez ya dormida. Era su regalo sorpresa para despedir el día. Y si imaginarse sus preparativos resulta tan entrañable, lo es aún más el hecho de que ella sabía que no iba a poder saborear la sorpresa y el agradecimiento en nuestras caras. Sabía que iba a estar dormida. Eso hacía la imagen cautivadora.
Los niños nos conectan con más frecuencia de la que nos damos cuenta con la esencia de la vida. Son un soplo cotidiano de ternura. Y no siempre estamos atentos para cerrar los ojos y disfrutar de esa brisa embriagadora. El silencio y la oscuridad de la noche del otro día, junto a los ojos dormidos de Eva, obraron el milagro. Un milagro que, compartido por facebook, abre las puertas de nuestras almas. Porque en un gesto tan sencillo, se esconde, quizás, la esencia de la vida: el amor incondicional. Aquel que no espera nada a cambio. Ni siquiera una cara de admiración, alegría y sorpresa. Sólo dar. Y en ese "dar", recibirlo todo sin buscarlo.

sábado, 11 de octubre de 2014

Desaprendiendo lo aprendido: la historia de mi vida

Dicen que al mundo hemos venido a aprender. Yo no acabo de estar muy de acuerdo. Más bien creo que hemos venido a recordar. Recordar la esencia de nuestro ser. Yo, en esa senda del recuerdo, precisamente he tenido que hacer lo contrario: desaprender y desprogramarme.
Con 16 años mi programación era clara: es momento de estudiar, sacar buenas notas, encarrilar una buena carrera profesional...las novias para más adelante. Ahí tuve mi primer cortocircuito. Hice caso a la intuición y a las primeras noches sin dormir de mi vida. Hoy llevo 27 años con mi compañera de viaje en ese recordar lo que soy.
Al acabar la Universidad, nuevo dilema: aprovechar o no mi teórica formación de élite y meterme de lleno en el mundo de las "alfombras rojas" y de la gran multinacional. Desaprendizaje al tanto. Nuevo cortocircuito. En este caso hice caso a la opción que creía que me daba más libertad. Cuatro grandes posibilidades de ascenso meteórico a la basura. Frustración familiar. Se suponía que había estudiado tanto para conseguir esos "puestazos".
Me adentro en el mundo del emprendimiento social. Aunar empresa y ayuda al prójimo está bien. No está nada bien pagado, pero sí está bien visto. Quizás tan bien visto que engorda el ego. No acabo de ser feliz. ¿Quizás sigo preso del "qué dirán"? Toca desprogramarse de nuevo. Hay que dejarse guiar por la llamada de la felicidad.
Etapa dura laboralmente. Muchas puertas cerradas. Tanto esfuerzo..¿para qué? La vida me llama a priorizar. Es momento de ser padre. Replanteamiento de lo aprendido.
Con 27 años, un nuevo trabajo me trae la ilusión por innovar, y un reconocimiento no pretendido incluso en medios de comunicación. La gente me reconoce por la calle. Cuidadín, cuidadín, ego mío... Intrigas políticas y luchas de poder. No quiero estar por medio. Toca renunciar aunque haya triplicado mis objetivos y las cosas vayan tan bien. Nuevo cortocircuito a lo aprendido.
Etapa en el desempleo. Buena cura para un ego reforzado por dos carreras de prestigio y ofertas en bufetes y empresas internacionales. ¿Realmente ha valido la pena tanto esfuerzo y estudio? ¿No es el hombre el que debe proveer a la familia en vez de limpiar pañales? La mente por un lado y la sensación de plenitud por mi hijo por otro. Seguimos desaprendiendo.
El segundo y la tercera hija no tardan en llegar a casa. Familia numerosa. Toca reubicar el papel del trabajo y de la familia en mi vida. Juré y perjuré que jamás sería funcionario. Me gusta innovar, crear desarrollo e impulsar mis iniciativas. Ser funcionario se aleja bastante de eso. Cortocircuito "al canto". Busco dedicación a la prole y tiempo de calidad con mis "enanos". Toca estudiar de nuevo, y desandar mis afirmaciones.
Ya soy funcionario. Trabajo estable. Cierto equilibrio entre familia y trabajo. No muy realizado laboralmente, pero ya habrá tiempo para la excedencia cuando los niños crezcan. Será entonces cuando desarrolle, quizás, mis inquietudes profesionales. Todo parece encajar racionalmente. Quizás por ello, ¡nuevo cortocircuito al sistema! Grave enfermedad terminal en mi madre. No estoy preparado interiormente. Toca limpiarse por dentro.
Hasta entonces, había ido domando mi raciocinio con pincel. Ahora toca el bulldozer. Me enfrento a la gran asignatura de mi vida: aprender a ser libre de verdad. Desandar lo andado, desaprender lo aprendido, desprogramar lo programado. Romper con el papel de niño bueno, responsable, aplicado y solidario de mi vida, y empezar a SER, más allá de roles y expectativas.
Empiezo desde la casilla de salida. Pero la carga es mucho más liviana. Me he quitado mucho peso de encima. Y al vaciarme, he dejado hueco para el recuerdo de lo auténtico. Desde ahí se han abierto muchas ventanas. A veces con una actitud combativa y de lucha contra tanta injusticia. Y quizás últimamente siendo más consciente de que el Sistema somos todos, y mientras no nos reprogramemos cada uno...¡chungo! Paso del "luchar contra" al "construir para": no se trata de destruir lo caduco, se trata de que lo nuevo lo haga caer por sí solo.
Cada experiencia vivida con consciencia se convierte en un motivo para la reprogramación. Lo que antes habría sido una frustración laboral (pasar de perseguidor de fraude fiscal a gran escala a simple repartidor de tarjetas en una oficina de empleo) se convierte ahora en un proceso de reprogramación de mi ego y soberbia. Aprendo lo que es la aceptación, que no la resignación. Y da igual si ese "desaprender lo aprendido" venga de un chaval de 16 años, de mi fontanero, de una cigüeña, de la bisabuela o de mis hijos. Es momento de tomar mayor conciencia de lo que me alimenta, del sentido de mi trabajo, de lo que me transmiten los medios de comunicación, del dominio de mis miedos para ser cada vez más libre, de la escasa importancia del dinero y los bienes materiales....El aire fresco empieza a entrar. Empiezo a recordar.

lunes, 6 de octubre de 2014

De la mansedumbre a la indiferencia

Estamos convencidos que es momento de compartir, compartir y compartir. Por eso queremos poner a disposición de nuestros amigos, nuestro principal altavoz en ese compartir, que es este blog. Aquí este primer gran post de nuestra amiga Marga, comentarista habitual de otros posts nuestros:

"Si algo bueno ha tenido esta crisis, es que ha venido acompañada de un replanteamiento del modelo de vida y de sociedad que tenemos. Y cuando digo "crisis" no me refiero solo a la crisis económica: es todo un modelo social y estructural el que, no solo está "obsoleto" como dicen muchos, sino "viciado" desde el mismo momento en que se ideó. Para afirmar esto que digo, he tenido que recorrer un largo camino, muy duro porque he tenido que enfrentarme a realidades inimaginables y muy dolorosas. En el camino, he conocido a gente con diferentes inquietudes, que me han ido abriendo los ojos sobre diferentes realidades, me han pasado lecturas y vídeos con los que he seguido aprendiendo. Al final, tras descubrir que no hay más verdad que TODO ES MENTIRA, y por una cuestión de salud mental y física, decidimos apartarnos en la medida de lo posible de este sistema y acercarnos a lo esencial: la tierra. Viviendo en el campo, al ritmo que marca el sol y las estaciones, uno descubre que forma parte de un todo, que la vida es mucho más sencilla de cómo nos la habían pintado y se empieza a valorar todo aquello que hasta ahora no se había apreciado: el rayo de sol que calienta, el agua que uno bebe, la brisa que refresca o el aroma del tomillo con el rocío de la mañana. Esta simbiosis con la naturaleza me ha llevado a ser una persona más pacífica y sosegada, más sana y , sobre todo: ¡más feliz!

No obstante, si hoy estoy escribiendo estas líneas es porque no he podido cortar definitivamente con la sociedad, pues como lo habréis adivinado: ¡tengo internet! He reflexionado mucho acerca de cómo desconectar definitivamente de la sociedad o, como decía Quino en boca de Mafalda: "Paren el mundo, ¡qué me quiero bajar!", pero no he encontrado el modo. He pensado en las sociedades paralelas, como los Amish o en otros modelos a los que siempre se acaba denominando peyorativamente "sectas" y he llegado a la conclusión que si se les permite existir es porque la Sociedad con "s" mayúscula los tolera y si hay "tolerancia" es porque existe subordinación, pues no se puede hablar de "tolerancia" entre iguales. Es decir, que haga lo que haga, siempre estaré supeditada al Sistema. Luego, solo quedan dos opciones: o lo acepto o intento cambiarlo.

A lo largo del camino, he descubierto con alegría que la gran mayoría de las personas que conforman la sociedad no abriga maldad. En cambio y por desgracia, sí que vive con miedo, desinformada, programada para no pensar, de tal manera que vive aborregada. Entonces: ¿cómo intentar un cambio en estas condiciones? Creo que la única forma es abriendo los ojos, para volver a ser seres racionales y siguiendo un proceso similar al que narraba al inicio. Por ello, es nuestra obligación informar y hablar con nuestros semejantes sobre todo aquello que hoy ya sabemos, sea sobre alimentación, control mental, falacias sobre terrorismo, etc., pues de diez, quizás ocho pasen de largo al estar tan mermada su capacidad de pensar, pero tal vez en dos ciudadanos se despierte la curiosidad y, siguiendo ese proceso de investigación, acaben ellos también necesitando cambiar el paradigma.

Para alguien que vive en el campo, hablar de estos temas sería, a priori, tan absurdo como innecesario, pues reitero que soy mucho más feliz en mi mundo, sin tener que sufrir reviviendo las obscenidades del Sistema cada vez que las comento con un conciudadano. Leí anoche en un post titulado: "Bienaventurados los mansos", que cuando uno vive rodeado de naturaleza, resulta fácil dejarse hipnotizar por ésta, aunque corra el riesgo de volverse "manso" y deje por ello de luchar por doblegar las circunstancias. No puedo estar más de acuerdo: fácil, sí que es, pero: ¿debo permitir que esa mansedumbre me lleve a la indiferencia? Tal vez, el día que definitivamente me desconecte de la red, eso ocurra. Mientras tanto, tengo una responsabilidad con mis semejantes."

miércoles, 1 de octubre de 2014

Nuestros hijos: ¿dentro o fuera del sistema?

Hace unos días, yendo los cinco en el coche, tuvimos quizás una de las conversaciones más determinantes en la vida de nuestros tres hijos. Fuimos muy transparentes con ellos. Nos estamos planteando muy en serio que a final de curso abandonen el colegio o el instituto, y durante algún tiempo, educarles en casa o viajar por el mundo con ellos. Es algo que les llevamos planteando desde hace tiempo, pero a los dos mayores les entró el pánico.
A cualquiera de nuestros amigos o familiares que esté leyendo esto, quizás le pueda parecer una aberración que saquemos del sistema a unos niños con las notas que sacan los nuestros, compaginándolo además con el violín, piano o flauta travesera según cada caso, y además practicando cada uno su deporte correspondiente. ¿Tan hippies o snobs somos?
Para nosotros no es cuestión de que sus resultados o su adaptación a la escuela esté por encima de la media. Es cuestión de que no creemos en esta escuela. Ya en otro post hablamos de ello, aunque son muchos los "por qué": porque está pensado para competir en el mercado laboral y no para ser felices; porque está basado en la repetición reiterada de conceptos a lo largo de los años avanzando sólo milímetros de un curso para otro; porque no desarrolla el pensamiento crítico sino el "aborregamiento"; porque no despierta la creatividad ni atiende a la peculiaridad de cada uno, sino que los trata a todos iguales como en una cadena de producción; porque con demasiada frecuencia se convierte en un espacio de adoctrinamiento, como se evidencia en los intereses políticos tras cada reforma educativa; porque salvo honrosas excepciones, el profesorado traslada su mediocridad a su alumnado, no por culpa propia, sino porque está también educado en ese mismo sistema, que les impone además una burocracia de la que es muy difícil escapar; porque los propios padres ven a la escuela como un lugar donde "aparcan" a sus hijos, delegando totalmente la educación en el profesor, cuando el principal espacio de educación nunca debería dejar de ser la familia; etc, etc, etc
Desde hace años, estas y otras muchas razones nos han llevado a discusiones con profesores, y a tomar partido en la asociación de madres y padres, tratando de impulsar una educación distintas desde ahí... Al final dimisión al sentir que nuestra posición era no ya minoritaria sino casi única, y por lo tanto no representativa...
Tenemos varias parejas cercanas y de amigos que sí se han salido del camino "habitual": alguna de ellas ha optado por la escuela rural, donde sin duda, se experimentan cambios; otra educa a sus hijos en casa y les buscan clases p.ej. de baile y artes marciales; y otras dos han optado porque la mejor escuela sea el mundo, y viajan continuamente aprendiendo de todo lo que viven a su paso. Hablándolo con estas parejas, la alternativa es clara: en casa y en familia, tú priorizas y personalizas la educación y los valores que les transmites a tus hijos, pero con un coste: su socialización se ve afectada claramente, y en algunos de esos casos, los niños se sienten algo solos y con necesidad de amigos, salvo que entren en un desenfreno de actividades extraescolares.
Si no hemos optado antes por alguna de estas opciones de nuestros amigos, es precisamente por eso: porque nuestros hijos son extremadamente sociables, y preferíamos una labor de contra-programación de lo que aprendían en el "cole" que no nos gustaba, con tal de que pudieran mantener unos círculos de amigos que también les enriquecen. Pero se van haciendo mayores, y empiezan a aparecer tics, que nos preocupan, y que son incompatibles con nuestra visión como familia: malos modos y actitud de confrontación, ausencia de disponibilidad e iniciativa para "arrimar el hombro" en casa, preocupación por el "qué dirán", obsesión por las marcas o las pantallas, falta de generosidad...
La contra-programación se hace cada vez más ardua y difícil por su energía y capacidad de argumentación. Y de ahí que hayamos expuesto abiertamente nuestra preocupación, y la toma de decisión como familia. No como castigo, sino como una decisión importante que debemos tomar, teniendo en cuenta sus pros y contras. Ellos conocen bien lo que opinamos de este sistema educativo, y saben que estamos dispuestos a corregir en casa lo que se pueda de él. De hecho ya estamos viendo vías de homologación y apoyo como WRA o CLONLARA. Si ellos no hacen el esfuerzo para filtrar lo nocivo de ese sistema a la luz de los valores de casa, y tratan de reproducir lo que ven en sus amigos y profesores sin ningún espíritu crítico y de construcción de alternativas, no tendremos más remedio que "coger el petate". Nuestras circunstancias laborales cada vez son más propicias para ello. Y cada vez nos atan menos cosas a cualquier lugar o forma de vida. Cuando han estado en entornos propicios como O Couso o conviviendo en casa con nuestro amigo peruano, no sólo no aparecieron nunca esos tics, sino que sacaron lo mejor de sí mismos. Es momento de optar. La decisión es importante.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Una cigüeña no nos hace padres

A veces nos es fácil llevarse bien con la familia. Y los amigos de verdad suelen estar fuera de ella. Mi primo y su mujer son una excepción. Los consideramos de nuestro círculo más íntimo. Y probablemente, si nos pasara algo a mi mujer y a mí, serían de los pocos a los que confiaría la custodia de mis hijos sin pestañear. No hay mucha gente de la que pueda decir eso, la verdad.
Precisamente por esa cercanía, me he decidido a dar el paso de contar su historia de los últimos meses. A pesar de su vocación por crear una familia y tener hijos, hace 2-3 años, a ella le diagnosticaron una grave enfermedad, por la que entró en el hospital con un dolor en el vientre y salió con un riñón menos y muchas manchas en el pulmón y otros órganos. Muchas visitas médicas.
Mucho desconcierto ante una enfermedad casi desconocida. Y un diagnóstico final: si se quedaba embarazada, las hormonas del embarazo multiplicarían la evolución de la enfermedad y su vida corría serio peligro. Muchas y muchas lágrimas. Muchísimas. Justo cuando querían ser padres...
Este fin de semana hemos estado en Sevilla con ellos. Con ellos y con su bebé. Mis niños no se querían despegar de ella. Sí, porque las lágrimas les dieron claridad en la visión. Y no estaban dispuestos a renunciar a su enorme vocación como pareja. Se pusieron en marcha. Y tras tantear muchas opciones, optaron por la maternidad subrogada. Por ella, una chica iba a albergar durante 9 meses el embrión de su futuro bebé a miles de kilómetros. Y acaban de aterrizar.
No conocía mucho de esta opción, pero la cercanía con ellos me ha hecho descubrir una realidad desconcertante: esa opción no está contemplada en la legislación española, y en los últimos meses ha habido titubeos legales y judiciales para impedir incluso la inscripción de esos niños como hijos de sus padres, aunque la gestación y el proceso jurídico se desarrolle en otros países. Y a eso se une el rechazo de la Iglesia e incluso la perplejidad del mundillo de las "constelaciones familiares"...Y qué decir del poder del "qué dirán", que aquí en España, pesa muchísimo. Está claro: si no pasas por la cigüeña, no eres padre ni para "Papá Estado" ni para "Mamá Iglesia"... ¡Y a ver qué dicen los vecinos! ¡Es imprescindible seguir el protocolo oficial! Y no exagero: mi primo se está encontrando con serias dificultades para disfrutar de su permiso de paternidad: es evidente que una niña que ha venido al mundo de una forma tan poco ortodoxa, no pide comer a las 4 de la mañana, no provoca cansancio, ni necesita el amor de sus padres en los primeros meses de vida, como el resto de los bebés.
Yo, la verdad, viendo el amor que han desparramado todos estos meses para tener a ese bebé en su hogar, la de obstáculos, papeleos y dificultades que han superado, y la felicidad que tienen ahora, lo tengo cada vez más claro:
-"Una cigueña no nos hace padres". Es decir: seguir el "protocolo" habitual para engendrar a un niño, no nos hace padres (¡cuántos hijos engendrados de forma "normal" viven en familias que no lo son, y sin embargo están revestidos de todos los parabienes oficiales)
-"Se puede ser padres, sin que sea la cigüeña la que nos traiga el bebé": una verdad como una catedral, viendo el caso de mi primo y su mujer.
Casos como este, me hacen cada vez alejarme más de dogmas, gurús, doctrinas oficiales, y normas al uso. La única verdad es el AMOR. Y el mundo de las formas, o del procedimiento que se siga, es una auténtica mentira. ¡Y cuánta importancia le damos, desgraciadamente!
Durante bastante tiempo mi perfil de whatsapp tenía la frase: "No importa el QUÉ, sino el CÓMO". Muchos no la entendieron. Pero va precisamente de eso: no importa si hemos seguido o no el procedimiento habitual u oficial, o si actuamos de una u otra forma. Tan sólo importa cómo lo hagamos, y cuánto amor desparramemos por el camino.
Incluso  respecto a la gestante, he descubierto una realidad alucinante. Frente a los que critican a estas "madres de alquiler que venden su maternidad por dinero", lo que hemos conocido nosotros ha sido la realidad de una chica totalmente normalizada, que ya tenía 3 hijos propios, y que en base a sus maravillosos embarazos anteriores quería ofrecer el regalo de un bebé a familias que no podían tenerlo. Hay gente con vocación hacia el prójimo que se va de misiones. Kim ha optado por dar esperanza mediante un embarazo a personas que no pueden tenerlo. Y ha desparramado todo el  amor del mundo en ello. ¡Cómo lo ha ido viviendo con sus hijos este embarazo para ubicar desde el principio a esa niña en otra familia!. ¡Cómo les ha ido transmitiendo a mi primo y su mujer todos los pequeños detalles del embarazo para que lo vivieran con ella! ¡Qué dulzura en los regalos que les ha hecho tras el parto!...Pero lo más impresionante, como en las películas, suelen ser los finales. Y el momento del parto lo ha sido: tras 12 horas de dilatación, y cuando la niña estaba a punto de salir, los médicos atisbaron posibles complicaciones y aconsejaron cesárea. Hablamos de operar su cuerpo, y dejarle una cicatriz de por vida, y  probablemente cerrar para siempre su potencial como madre, tras 4 embarazos. Sin embargo ella, en todo momento, sólo pensó en la niña y en sus padres. ¡E incluso pidió perdón por "haberles fallado" justo en el momento final! ¡Cuando, lógicamente, quien no sufre nada en una cesárea es la niña, y quien se queda con las secuelas de la intervención quirúrgica es la gestante.... ! Impresionante.
Lo tengo claro: AMOR, AMOR y AMOR. Ese es el único criterio...
Corren tiempos difíciles. Amar es urgente.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Enseñanzas de mi fontanero

Ayer conocí a mi fontanero. Quizás alguien pueda pensar exagerado que en tan poco tiempo pueda considerarlo así. Y no es que no hayan pasado más fontaneros por mi vida, con tanta mudanza. Pero cada vez es más frecuente sintonizar con personas a las que acabo de conocer, y tener la certeza de que van a ser parte de mi círculo. Cuando tenía 15 años ya me pasó con mi mujer: tuve entonces la certeza que seríamos íntimos...quizás no almas gemelas o compañeros de un viaje tan importante como el que estamos viviendo, pero sí que tenía ante mí a alguien clave en mi vida. Y me sigue pasando con gente, como la que he conocido en O Couso, con la que, a pesar de haber compartido sólo 5 días, tengo una conexión muy especial, inédita con gente con la que comparto años. Quizás cosas de las energías, o de las vibraciones. No sé.
Lo cierto es que mi fontanero no es un gurú del yoga kundalini, ni lleva la cabeza rapada, ni una túnica blanca. Pero los 10 minutos que pasó ayer en casa estuvieron cargados de profunda enseñanza. Nos habíamos quedado sin agua caliente el día anterior. Una amiga nos aconsejó sus servicios y acudió rápido a nuestra llamada. Debo reconocer que cuando se presentó con tan sólo una llave inglesa en la mano, no me dio "buena espina". Me pareció poco profesional o algo improvisado. Malos hábitos y prejuicios de esta sociedad de consumo tan superficial y llena de apariencias. Cuando vi el manejo que tenía con el calentador, me dí cuenta claramente que el hombre sabía lo que tenía entre manos. Trasteando distintas tuberías, el conducto del gas y la placa electrónica, su diagnóstico fue tan rápido como certero: la placa electrónica estaba dañada. Hizo una llamada y enseguida teníamos el castigo sobre la mesa: 115€ si queríamos cambiar la placa, y 270€ si preferíamos cambiar todo el calentador. Desde una perspectiva comercial, estábamos totalmente "a tiro". Con la llegada del fresquete del otoño, y con 3 niños en casa, si nos hubiera pedido el doble de esas cantidades, sin duda las hubiéramos aceptado, y dando gracias. Pero no nos pidió ninguna de esas cantidades. Se limitó a informarnos de los costes, tras llamar a la tienda proveedora. Pero inmediatamente nos dio su consejo: pegar el botón de la placa electrónica para que se quedase pulsado. Ya lo había hecho con otros muchos calentadores, y personas con el mismo problema, ya llevaban 2 años con su botoncito pegado, y si ningún problema. ¡No me podía creer, que el hombre nos estuviera dando una receta tan sencilla y que efectivamente funcionara! Lo probamos e iba "de lujo". No cabía de asombro. Pero todavía menos, cuando el hombre se despedía diciendo que no había sido nada, y que la visita era sin coste. ¡¡¿¿Cómo??!! ¿Me lo repite? Podría habernos clavado 300€ sin problema, y le habríamos agradecido sin duda sus servicios, y sin embargo se marchaba con el problema resuelto y sin cobrar un duro. Tras insistirle, al menos consintió en llevarse una garrafa de aceitunas de unos buenos amigos. ¡Qué menos que algo de economía de trueque!
Quizás fuera una estrategia comercial. No lo sé. Pero ¿a quién voy a llamar la próxima vez que tenga un problema de fontanería? ¿A quién voy a aconsejar cuando alguien me hable de una fuga de agua? A mi fontanero, sin duda.
Está claro: CUANTO MÁS DAS, MÁS RECIBES. Mi fontanero lo sabe. El Universo también. Hoy me he duchado con agua caliente.

martes, 9 de septiembre de 2014

Preadolescencia

Educar es, sin duda, la responsabilidad más dura a la que nos hemos enfrentado. No hay reto ni meta que se le compare. Nosotros, con nuestros 3 hijos, llenos de energía, bien lo sabemos. No se trata de "enseñar", sino de "acompañar" con una mochila muy ligera en la que nuestro único peso es ese plus de experiencia que podamos tener. Y hay muchos momento de alegría, satisfacción por los logros y disfrute compartido. Pero también hay momentos de dudas, zozobra y sensación de vértigo.

En la actual preadolescencia de nuestros dos hijos mayores hay ahora bastantes de éstos últimos. Momentos en los que la presión del grupo tiende a anular o eclipsar sus dones y talentos. Momentos en los que la frontera entre el mundo infantil y el de los adultos se diluye y se convierte en explosiva. Momentos en los que el cruce de caminos les obliga a optar o por una vida llena de búsqueda, superación alegre de obstáculos y aprendizaje continuo, o por una vida de mimetizaje con la masa. Momentos en los que apetece abandonarlo todo y rendirse... 

Esos momentos, para los hijos y también para los padres, son más que duros... y me temo que inevitables. Forman parte de la evolución humana, en la que nos toca decidir el camino a seguir como adultos. Lágrimas, a veces gritos, de vez en cuando portazos, malas caras, hormonas descontroladas....Mejor eso que adultos frustrados, zombies urbanos, y borregos adiestrados....¡Es lo que toca! ¡Y no cabe la rendición! Hay que estar ahí y acompañar, acompañar y acompañar. Hablar, hablar y hablar... A veces, llevando su mochila...pero muy poco rato, porque ya sabemos que nuestra obligación de padres no es protegerlos, sino ayudarles a volar. Dudando a veces si vale la pena enviarlos al colegio o instituto de turno, o si sería más fácil educarlos en casa por libre, para no estar en permanente contra-programación. Dudando en si quizás lo que más les formaría ahora sería viajar, simplemente viajar y conocer mundo...

En esas estamos. Buscando momentos mágicos donde la fina lluvia de nuestra experiencia pueda calar en sus corazones. No para condicionarles, sino para animarles a remontar el río turbulento de las modas, del consumismo, de la mediocridad, y del borreguismo imperante... 

Ahí va un regalo del rap final de la película "Verbo", todo un poema urbano que ojalá se convierta en hoja de ruta para mis hijos, y que junto a "La vida secreta de Walter Mitty", nos ha propiciado últimamente alguno de esos momentos mágicos en los que nos "arremolinamos" en el sofá y hablamos de opciones de vida, de encrucijadas de caminos, de ilusiones y sueños rotos, de frustraciones y de luchas internas.

VERBO

"Al principio fue la palabra 
esa energía que guía tu voz si hablas,
igual que un arma que se activa entre tus labios 
alejándote del lodo y de ese ahogo solitario. 
Somos puzzles incompletos 
esqueletos vagando histéricos 
mientras nuestro silencio se expande y hiere 
Así el aspecto muere triste y famélico 
viendo que nada cambia 
que la rabia duerme tras la tráquea, 
siempre anclada en ese miedo que provoca arcadas 
Pensando tanto, diciendo nada 
Sintiendo cada mirada minada por la costumbre 
Seca con la escasez por la sed de deseos que no se cumplen 
Abre tu conciencia y mira en las paredes 
Dirán que puedes ser tu mismo, sin fijarte en otro seres 
Y ser viento entre desiertos de cemento 
Sabiendo que quien te rodea ya no te moldea 
Haciendo que todos crean cuando vean que luchas por lo que quieres 
Tú dices, tu haces, tu creces, tu sientes porque eres.....verbo 

La prueba de que existes con un grito eterno, 
la voz que nace y te hace atravesar el tiempo, 
la esencia que te diferencia y te hace brillar, 
el arma que une metas y recuerdos , verbo 
Demasiado cielo para tan pocas alas, 
demasiado tiempo a solas, 
demasiadas balas para esquivarlas todas, 
demasiada oscuridad para moverte. 
Demasiada vida, para echarla a suertes con la muerte. 
Por eso actúa y convierte en cierto lo imposible 
Te atan a acontecimientos pero el pensamiento es libre
Capaz de liquidar al lado oscuro que te absorbe, 
ese enorme ser deforme que habita entre el caos y el orden, 
que marchita tu interior y lo revuelve, 
entre marmitas de sigilos donde sentimientos hierven.
No más silencio si nos queman, 
no mas ojos hacia el suelo que envenenan, 
no mas penas de aguas negras en tu venas que ciegan cada mañana.
Tú hablas, tu buscas,tu amas,tu ganas, porque tu te llamas.....verbo 

Sé tu el cambio que quieres ver en el mundo. 
Sé ese rayo que cayo y que retumbó en lo mas profundo 
Juntos tú y tu voz como una luz incandescente. 
Juntos tu y tu voz cuando nadie te defiende. 
Cuando el resto no comprende que eres especial 
y que no caes en la espiral superficial que arrastra a otros 
¿Cuál de aquellos rostros no echara a perder su vida? 
Gírate y mira tantos se ahogan y no respiran 
oscilan en precipicios de edificios y ven 
que la inercia y el vicio les dejo tan lejos del Eden 
Pero quien tiene la formula y desata 
la trémula red de esa tarántula de la que nadie escapa 
Así que ¡saca de una vez por todas tu pasión, tu furia! 
Pasa a la acción arrinconando a la penuria 
y recuerda que cada emoción muere cuando se esconde 
Tu luchas, tu vuelas, tu sabes, tu puedes 
Tu nombre es la prueba de que existes con un grito eterno, 
la voz que nace y te hace atravesar el tiempo, 
la esencia que te diferencia y te hace brillar, 
el arma que une metas y recuerdos 
Tú tienes el mas grande poder que nos fue dado 
la palabra que libera afectos encadenados 
el don de poder ser alguien dentro de un silencio enfermo 
que te atrapa para hacer de ti su siervo.
Atrévete a cambiar
tu mundo.

domingo, 17 de agosto de 2014

Un mundo diferente es posible: O Couso

En marzo de 2012 empezamos a hacer pública nuestra búsqueda como familia de un mundo mejor para vivir, a través del presente blog. La búsqueda es intensa, pero en los últimos meses apenas hemos publicado nada: casi todo estaba dicho en esa búsqueda, y nada nuevo de relevancia había sucedido. Entendíamos que era mejor callar. Sin embargo, hemos encontrado una piedra preciosa en ese camino de búsqueda. Y sin duda  merece la pena compartir la experiencia.
De forma similar a como hicimos el año pasado, queríamos aprovechar nuestra visita anual a la bisabuela francesa para tener contacto con iniciativas y proyectos que pudieran aliviar nuestra sed de búsqueda. La de este año no sólo nos ha saciado, sino que ha superado nuestras expectativas. De hecho, probablemente, si no se encontrase a 1.020 km de nuestro hogar actual, sin duda nos "lanzaríamos al monte" (nunca mejor dicho). Y aún así....¿quién sabe? Nuestro hogar está donde nos sentimos familia. Y sin duda, por primera vez, y a diferencia de tantos proyectos en los que nos sentimos colaboradores, en O Couso nos sentimos parte de la comunidad y familia.
Si alguien nos pregunta cuál es la fórmula que hace tan especial la experiencia, quizás no pueda creerse su extrema sencillez: media hora de meditación en silencio a primera hora de la mañana en su pequeña ermita reconstruida a la luz de las velas, comida vegetariana, dos círculos de conciencia diarios donde se comparte el estado de conciencia en lo que hacemos y vivimos, cuatro horas de trabajo por la mañana ayudando a reconstruir el magnífico caserón del siglo XVI o a adecentar sus alrededores (huerto, bosques...), el contacto intenso con la tierra y la naturaleza, y todo el tiempo del mundo para abrir el corazón y compartir....¿Así de sencillo? Sí. Y lo curioso es que desde nuestro mundo de prisas y ruido, quizás pocos puedan creer que una experiencia en la que no se dispone de luz, agua corriente o un aseo, y en el que al final del día te duelan las ampollas de las manos o la espalda, pueda removerte tanto por dentro, y te haga replantearte las prioridades en tu vida. Pues sí. Lo hace. ¡Y de qué forma!
Cuando planteamos a los niños que queríamos dedicar 4 ó 5 días de nuestras escasas vacaciones en familia a explorar esta posibilidad, nos pusieron cara de "otra excentricidad del hippismo de nuestros padres". Pero cuando no querían irse, y no paran de hablar de Carmen, Luije, Rosana, Juan, Iván, Xavi, Laura, Bea, Anuska, Nadia, Teresa, "el polaco", Geo, Gaia, las gallinas, las cobayas... como de su propia familia, no hay mejor síntoma: lo vivido en estos días ha abierto una nueva ventana en nuestras vidas. Sabemos que, de una forma u otra, presencial o no, esta "Familia de 3 hijos" se va a integrar con O Couso. El corazón manda. Hay que hacerle caso.