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viernes, 7 de noviembre de 2025

Volteretas de primera

Lo cerré, levanté la mirada, y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Imposible acabar mejor un libro. No se podía decir más con menos palabras. Menudo epílogo. Menuda joya de la cotidianeidad. Menudo tesoro de sabiduría en una simple anécdota infantil. Han pasado ya varias semanas de aquello y aún me viene a la cabeza a cada instante:

"Recuerdo la primera voltereta que di sobre una colchoneta, estando en una clase de gimnasia en el colegio. Estaba dichoso con aquello que había hecho mi cuerpo y que, durante eternos segundos, me hizo sentir de maravilla. En aquel instante (tendría unos cuatro o cinco años, no más) yo era un iluminado sin saberlo. Luego me volví y vi el rostro de mi profesora, así como el de mis compañeros, y, orgulloso por mi hazaña, di una segunda voltereta. Pero en esta ocasión fue para que ellos me vieran y, evidentemente, no hubo comparación. Aquella segunda voltereta no me reportó ni la mitad de dicha que la primera. Empecé a necesitar de la aprobación ajena y, a partir de aquel instante, la sabiduría —y sobre todo la dicha que le iba aneja— se esfumó.

Cuando me siento a meditar en silencio y quietud me acuerdo a menudo del niño que yo era y que dio aquella voltereta antes de que me importara la opinión ajena, esa tiranía."


lovart.ai

¿Cuántas segundas o terceras volteretas habré dado en la vida, buscando aplausos en lugar de vértigo?

¿Y cuántas primeras habré reprimido, temiendo despeinar la mirada ajena?

Tal vez la verdadera libertad consista en volver a girar sin público, sin propósito y sin miedo.

En recordar que el mundo no empezó cuando nos miraron, sino cuando nos atrevimos a girar.

Quizá vivir sea seguir dando primeras volteretas… esas en las que el alma, sorprendida, recuerda que también sabe girar;

en las que el cuerpo, por un instante, se desprende de la tierra y toca el asombro;

en las que no buscamos aplausos, sólo ese breve destello en que el mundo se pone patas arriba y, misteriosamente, todo encaja.

Al fin y al cabo, no nacimos para mantener el pie en tierra, sino para recordar que el cielo empieza aquí abajo.


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viernes, 1 de noviembre de 2024

Testamento vital

Aquel fue el primer bofetón que me llevé. Tenía sólo cuatro años. Y probablemente no entendí de qué iba todo aquello. Sólo viví su ausencia. Y experimenté de repente lo que suponía hacerme mayor y convertirme en un "hombrecito". De ser el "terremoto" que había sido hasta entonces, pasé a convertirme en un personaje hiper-responsable, sin duda a mi pesar. Me arrastraron las consecuencias de aquella temprana ausencia paterna. Y me puse el disfraz que tocaba, sin interiorizar lo que toda muerte viene a decirnos. Demasiado pronto para entender nada.

CDD20 en Pixabay
Pero ese vacío no resuelto siempre reaparece. Y con él, brotaron ríos de lágrimas incontenibles muchos años después, tras la muerte de mi abuelo, o el extravío momentáneo de mi hija durante unos minutos. ¿Qué me pasaba? ¿Cómo no podía controlarme? Terror a la pérdida. Pánico a la ausencia. Miedo incontenible a perder a alguien querido. Pero yo podía con todo. O eso me decía yo.

Aquel diagnóstico a mi madre en 2008 fue mi punto y aparte. Fibrosis pulmonar idiopática: de 3 a 6 meses de vida. La despedida de mi madre llamaba a mi puerta. Y ya sí: se acabó lo de mirar para otro lado. Era el momento de la verdad y de que se cayeran todos lo velos. Debía prepararme. Limpiar resentimientos de una vida marcada hasta entonces por aquella primera ausencia. Y entender que toda muerte que se cruza en nuestro camino es, o debería ser, un buen bofetón en el centro de la cara para que despertemos. ¿Despertar a qué? En mi caso, a darme cuenta que nos agarramos a ese ser querido o a esta vida aquí, y tenemos miedo a morir porque no hemos vivido lo que estamos llamados a vivir. Despertar a ser consciente que morimos como vivimos: frívola o amorosamente, obsesionados por el trabajo, el tener y el hacer, o por el SER. Despertar al entendimiento de que la muerte no es un problema (como cuando la vivimos desde el ego) sino una oportunidad si la vivimos desde el alma. Y sobre todo, despertar a la evidencia de que la mejor manera de prepararse para morir es vivir YA lo que hemos venido a vivir, dejando de postergarlo todo para mañana. ¿Acaso hay un mejor legado para nuestros hijos que ese aprendizaje? ¿Existe un mejor testamento vital para ellos? ¿O se nos olvida que morir es una costumbre que solemos tener la gente sin más requisito que haber nacido? El Mahabharata lo dice bien claro: "La gente muere todos los días, lo que nos hace conscientes de que somos mortales. Sin embargo, vivimos, trabajamos, jugamos y planeamos como si fuéramos inmortales. ¿Qué es más sorprendente que esto?"

CDD20 en Pixabay
Aquel diagnóstico de 3 a 6 meses no se cumplió, y finalmente tuvimos 5 años para despedirnos como ambos nos merecíamos. Ya me había llevado unos cuantos de aquellos bofetones con otras muertes cercanas, y no estaba dispuesto a que la vida me dejara KO con ésta, tan importante para mi. Y como en aquel cortejo fúnebre de Nain, sentí con toda claridad aquello de "¡levántate!". Y creo que por fin espabilé. Hubo ternura, silencio, compañía y paz. Hubo verdad hasta donde ella quiso, sabiendo que la verdad nos hace libres porque nos hace propietarios del tiempo que nos queda. Hubo palabras sagradas como "te quiero", "gracias" y "adios". Hubo la sanación interior que provoca la aceptación de lo que no puedes cambiar, pero te cambia a ti la mirada. Y el sufrimiento se diluyó cuando dejé de resistirme y opté por vivir con ella el tiempo que nos quedó juntos. Ya se sabe que los que sufren no son los cuerpos: son las personas. E incluso hubo ocasión de concretar hasta donde quiso, cómo quería que fuese su marcha.

Es curioso, pero su muerte y ese tiempo para prepararnos para ella, me hizo renacer a una nueva vida de mayor paz y equilibrio. Hubo un antes y un después. Su deterioro en el plano físico dio paso en mí a un enorme despertar en el plano espiritual, encontrando el sentido de todo aquello, y de mucho más. Aquel nuevo bofetón me abrió por fin los ojos. Tuve esa "suerte", que no siempre viven todos. Sentí con claridad que la muerte aguarda en cada esquina, a cada instante, y que es parte intrínseca de esta vida. Que, como todo lo que sucede en la vida, la muerte también es perfecta y necesaria. Y por eso vivo desde entonces con toda la intensidad que puedo, sintiendo que la vida eterna es AHORA. Y que, como dice la canción: "la gente buena no se entierra, se siembra". 

CDD20 en Pixabay
Han pasado ya once años de su marcha. Pero sigue muy presente en mi evolución y en ese legado que nos gustaría para nuestros hijos. Por eso, hace dos veranos, decidimos poner las cartas sobre la mesa con ellos y hablar lo que nunca se quiere hablar, por miedo a atraer a la muerte. Menuda tontería: "atraer a la muerte"... Al principio, Pablo, Samuel y Eva se resistieron un poco. "¿Para qué hablar de vuestra muerte si aún sois jóvenes y os queda mucho?", nos decían. Pero les dijimos que queremos morir como hemos vivido. Y no hay que tenerle miedo a hablar de nada, y menos de la muerte, que es algo normal y además es segura. Creo que los cinco recordamos aquella larga caminata por los túneles de La Cala como algo muy entrañable. Les expresamos nuestra forma de entender la vida y la muerte. Cómo queríamos afrontarla de frente, y cómo queríamos que fuesen nuestros últimos momentos. Les dijimos que no queríamos sentirnos una carga, ni tampoco ser desterrados a cualquier geriátrico como se vio en la pandemia, aunque para que nos cuidase alguien en casa hubiera que vender parte de nuestros bienes, y su herencia se mermase. Les dijimos cómo nos gustaría distribuir y administrar la herencia, fuera con los bienes actuales o con otros. Y lo dejamos todo por escrito en una carpeta en la nube, para que no hubiera dudas de interpretación, ni en lo humano ni en lo divino. No hay nada más triste que te entierren cuando nunca quisiste, por no haberlo dicho; que los hijos se peleen y se retiren la palabra en la pugna por una herencia porque sus padres se escudaron en el "ya os apañáis vosotros cuando no estemos"; que te llenen de rituales y ceremonias el velatorio, cuando en vida siempre rehuiste de ellos; o que deleguen en un desconocido porque nunca se habló sobre qué hacer cuando te llegue la hora. Por eso aquel día no escatimamos en detalles. Y hablando de la muerte y la vejez, ellos también se abrieron y nos expresaron su mayor temor compartido: "es que, sabiendo lo "hippys" que sois, cuando estéis jubilados y os dé por ir al Nepal con ochenta años, y os quedéis tirados o enferméis en medio de la montaña, ¿cómo hacemos para traeros?" Las carcajadas retumbaron en los túneles. Nos mondamos de la risa. Igual que siempre.

Como ya les dijimos a ellos entonces, hemos querido dar un paso más en el proceso de coger las riendas del final de nuestros días. Y tras meses de espera, este julio pasado tuvimos la entrevista con la enfermera que correspondía a nuestro centro de salud para registrar nuestra Voluntad Vital Anticipada. Y lo que inicialmente pensábamos que sería un mero trámite burocrático, se convirtió en una maravillosa conversación de dos horas y media con Celia, que casualmente leía nuestro blog desde hacía años. Probablemente fue el momento más auténtico que hemos vivido con un profesional de la salud. Sin duda porque era todo lo contrario de lo habitual, en que la Sanidad se empeña en concebir la muerte como algo contra lo que hay que luchar; y si intentan curarte de algo que no es una enfermedad sino una fase de tu vida, te van a hacer cosas que no te mereces, que son muy caras, muy sofisticadas o muy complejas, y que ayudan poco o nada en esos momentos, o directamente te deshumanizan. ¿Y qué es lo que ayuda en esos momentos? Justo lo que Celia hizo con nosotros aquella tarde de julio: escuchar, desplegar toda su empatía y ser profundamente humana y cercana con nuestras decisiones, nuestras inquietudes y nuestros miedos. Un ser humano ante otro ser humano. Nada más curativo que eso. Tan poco y tanto a la vez. 

Mimzy en Pixabay
Además de un encuentro maravilloso de almas, aquella tarde en el centro de salud quedó registrado nuestro testamento vital. Sí, otro más. Aunque en este caso fuera un trámite burocrático que garantiza que se van a respetar nuestras decisiones y nuestros valores en esos momentos finales a los que llegaremos el 90% de la población. Nada de improvisación o de que se haga lo que un director de planta o de hospital, un Ministro o un Consejero de Sanidad digan. Ese momento es sólo nuestro, y queremos decidir nosotros sobre la conexión o no a máquinas, las sujeciones físicas, la obligación de comer, el dolor físico y la sedación, el lugar donde morir, la irreversibilidad de la enfermedad, los tratamientos y las pruebas, la donación de órganos, las transfusiones, los respiradores, las reanimaciones, las sedaciones paliativas... No fue sencillo imaginarnos en todas esas situaciones. Pero la muerte, como el parto, es un proceso natural que tiene su orden, sus fases y sus momentos complicados. Y no por no haber pensado en ellos van a dejar de existir. Si pudiéramos entrevistar al bebé cuando está en el canal del parto, con escasez de oxígeno, y teniendo que dejar el útero que ha sido su hogar durante nueve meses, probablemente se mostraría agobiado en ese momento. Pero es algo natural, que forma parte de la vida, y que se olvida una vez superado el trance. Pues igual con la muerte. Y mejor tener decidido cómo prefieres que sea.

Seguro que muchos pensaréis que "nos falta un tornillo", con tanto "mentar" a la muerte. Pero no, de verdad. No estamos locos; que sabemos lo que queremos, como decía Ketama. Además Mey está empeñada en no repetir curso, y en no volver a reencarnarse. Así que hay que aprender lo que hemos venido a aprender, y tratar de subir lo que se pueda el nivel de consciencia en esta escuela de almas que es la vida. Aunque a mi, lo reconozco, me encantaría volver a reencarnarme con ella. A ver si la convenzo de aquí hasta que llegue nuestra hora.


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sábado, 10 de febrero de 2024

Carcajadas de madrugada

Soy de esos tipos raros que no sufren madrugando. Lo confieso "señoría". No es que lo disfrute, pero tampoco lo sufro. Me pasa incluso en vacaciones. Ya de pequeño me levantaba temprano para leer cómics de Tintín. Cuestión de biorritmos, imagino. Pero desde hace siete meses la cosa ha cambiado. Ese inconfesable placer que siento en los amaneceres, se ha convertido en una insufrible tortura. Y la culpa no es del cha-cha-cha. La culpa es de la ducha-cha.

Desde el pasado mes de junio, nuestra comarca sufre graves restricciones de agua. La lluvia nos tiene bastante olvidados por aquí. Y desde la hora de acostarse hasta que la gente empieza a despertarse, ni gota. Aunque ha habido semanas en que los cortes superaron las 12 horas diarias. No entro en las decisiones u omisiones que nos han llevado hasta aquí. Mejor no. Pero lo cierto es que allá tú si te toca madrugar. Como a mí, a las seis de la mañana. En ese caso "apáñatelas" como buenamente puedas. O cambias de costumbre y te duchas en la tarde-noche anterior, o si llegas tarde a casa, sudas mucho durmiendo o simplemente te ayuda a espabilarte la ducha mañanera, tendrás que iniciarte en esa liturgia diaria que yo ya llevo casi 8 meses practicando.

Fifaliana-joy en Pixabay
Todo empieza la tarde del día anterior. Lleno el cubo blanco con unos 5-6 litros de agua para el inodoro. Por si acaso. Lleno el cubo negro con otros 5-6 litros de agua para la ducha. Lleno una botellita en el lavabo para las manos y los dientes. Y lleno el hervidor de agua con 1,8 litros que hervirán muy tempranito para unirse al agua fría del cubo negro y proporcionarme justo la temperatura adecuada para que, "cacito a cacito", cada mañana disfrute de una frugal ducha. Nada de empachos mañaneros. Apenas 7-8 litros de agua para estar limpito, pelo incluido. No muy placentero realmente. Y desde septiembre-octubre, la "rasquilla" tempranera provocando algún que otro tirite, la verdad. Por eso el placer de madrugar ya no lo es tanto, con estas cortapisas en el aseo.

Sin embargo el jueves pasado sucedió un milagro. No, no exagero. A esas horas también suceden milagros, si estás dispuesto a prestar atención. Bajaba yo las escaleras pletórico de legañas y bostezos, dispuesto a activar mi querido hervidor de agua cuando, como cada mañana, probé suerte, por si caía alguna gota del grifo. Aún no sé por qué lo sigo intentando tras tantas negativas diarias de mi querido grifo. Cuestión de costumbre, imagino. Pero, ¡bingo! Ese jueves estaba destinado a ser memorable. Aún no sé qué sucedió. Y poco importa, la verdad. Quizás el operario que tenía que abrir el agua esa mañana tuvo que hacerlo antes. O quizás el que la cortaba por la noche, se quedó dormido y no lo hizo. Pero ese jueves ¡caía agua del grifo a las 6 de la mañana! La liturgia del hervidor, del cubo blanco, del cubo negro, de los cacitos, y de la botellita del lavabo se podían ir a "hacer gárgaras" ese jueves. Esa mañana tocaba una "señora ducha". "Como Dios manda".

Me metí debajo de aquel maravilloso caudal de agua caliente, y juro que me reí a carcajadas. Sí, a las 6 de la mañana uno puede reírse a carcajadas. En realidad cualquier hora del día es buena para reírse a carcajadas. Y viendo por qué me reía, inmediatamente pensé que no hay motivos especiales para reírse a carcajadas. O que todo, absolutamente todo, es un motivo para ello. Quizás tan sólo vivir. Quizás simplemente ser consciente de la suerte que tienes. Quizás darte cuenta de que es un auténtico privilegio ducharte cada mañana, aunque sea con cubo y cacito. Y que si te ducharas a otra hora, tendrías agua caliente y en abundancia a tu disposición, como millones de personas no tienen.

También pensé esa mañana (porque las 6 de la mañana, por si alguien se anima, es la mejor hora para pensar) que en el fondo me reía a carcajadas porque algo cotidiano que damos por sentado, se había ausentado de mi vida durante meses, y por un día volvía a recuperarlo. ¿Cuántas cosas que tenemos a diario dejamos de apreciar porque pensamos que siempre estarán ahí, que nunca nos van a faltar, y que casi es obligatorio tenerlas o un derecho intrínseco a nuestra existencia? Y si hablo de cosas o momentos, ¿para qué decir de las personas? ¿Somos conscientes de que ese padre, esa madre, ese hijo o hija, ese marido o mujer que adoramos, y que damos casi por sentado cada día, puede que un día no esté? ¿Qué daríamos cuando ya no esté por volver a estar con esa persona, aunque fuesen 10 minutos de un jueves cualquiera? ¿No reiríamos a carcajadas pensando lo tontos que fuimos de no reírnos a carcajadas cada instante que estuvo con nosotros?

Yo lo dejo ahí. Que cada uno se duche cuando quiera, pueda y le dejen. Pero sobre todo, que cada uno sea consciente de que la vida es eterna, pero sólo mientras dura. Y que hasta la ducha que nos acompaña a diario, puede faltarnos para recordarnos lo afortunados que somos. Por eso ríete a carcajadas todo lo que puedas. Ríete de puro agradecimiento por vivir, y por todo y todas las personas que puedes disfrutar en esta vida.


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sábado, 27 de enero de 2024

Los viejos rockeros

Hay quien nace con música en las venas. Hay quien tiene el ritmo en la piel. Y hay también quien toca de oídas. Algunos, incluso, son sordos de un pie. Otros bailan al son que otros tocan. Hay expertos en improvisar. Algunos pocos, oídos sordos. Y otros cuantos los afinan más. Algunos llegan a "DJ" de sus vidas: no son muchos, pero los hay .

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No. No hablo sólo de música. Hablo de vida. De envejecer. Y la vida es como la música. Para algunos fluye por dentro como una canción inaudible. Pero para otros se convierte en una sinfonía silenciosa, llena de notas sombrías, fugaces o incluso invisibles.

Pero el amor a la música se entrena. Como pasa con la vida. A veces se hace preciso hacer una pausa en la melodía, cambiar de tonalidad, o incluso buscarse otra partitura. Sí. También en la música. Otras veces, se hace preciso bailar como si nadie estuviera mirando. A tu rollo. Sobre todo cuando la canción que ponen una y otra vez se hace insoportable. Sí, también pasa lo mismo con la música.

Es cierto que algunos llevamos la "marcha" en la sangre, y disfrutamos cualquier "sarao" que la vida ofrece, más que un cantante de ópera en una montaña rusa. Pero por muy "rockeros" que seamos, debemos estar en armonía con la vida. Y es preciso darse cuenta de que a medida que envejeces, conviene cambiar algo el estilo musical, para no desentonar, descubriendo nuevas armonías, y maravillándote ante cada nueva fase como un verso inesperado.

Atrás quedaron los grandes conciertos, los grandes auditorios, y los largos viajes por carretera con todo a cuestas. Atrás quedaron la firma de autógrafos, los chillidos de los fans y las giras interminables (televisión, campañas solidarias, pequeñas revoluciones, crowdfunding, libros, reivindicaciones, lucha contra injusticias...). Pero ¿qué más da que todo eso haya ya pasado? ¿Acaso eso era la música que llevabas dentro o sólo algunas de las manifestaciones de esa música?

Probablemente nos pase como a esos rockeros que envejecen, cuya música se vuelve más introspectiva, como si fuera una balada que resuena con las lecciones aprendidas. Probablemente es tiempo de conciertos en penumbra, sin apenas público, en salas muy pequeñas. Disfrutando cada acorde como si fuera el último, en un eterno presente. En este nuevo escenario, los viejos rockeros disfrutamos de notas más suaves, pero cuyo impacto en quien las oye es mayor, quizás por haber vivido ya cada estrofa de cada canción. Es como si en cada acorde nuevo encontrásemos una versión más profunda de nosotros mismos, viejos rockeros que se reinventan con cada compás.

Por eso nuestras melodías hablan hoy de paraísos terrenales, del vaciamiento interior, de sistemas donde la persona es el centro, de alimentos sanos, del disfrute de la vida, de las historias que nos montarmos en la cabeza, de si encajamos o no en este mundo, de los puntos y aparte, de entrenar la mirada, de no montarse películas, de prepararse para lo que llega...

Sin duda el público cambia, como los escenarios. Pero la música no deja de  sonar. Como si cada arruga contara una historia que sólo el tiempo puede contar. Quizás por eso dicen que los viejos rockeros nunca mueren. Porque con los años, no es la música la que habita dentro de nosotros: somos nosotros los que nos hacemos música.


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sábado, 7 de octubre de 2023

Miami

Lo habíamos aceptado ya. De verdad. De corazón. No era resignación. Y visto lo que pasó después, desde luego no era rendición. Pero sí era aceptación. De esa que la vida te enseña, cuando te trae "calabazas"

Sería uno de los primeros veranos en que no estaríamos juntos. En que no practicaríamos esa liturgia familiar anual de aislarnos de todo y de todos, para reencontrarnos, coger fuerzas y seguir así conectados el resto del año, a pesar de la distancia. Pablo trabajaba. Le habían dado unas prácticas de empresa cerca de Dallas y no podría volver a España. Estaba ya preparando el puente laboral que desea para volver a Europa el año próximo, y no era plan de dejar pasar una oportunidad así. Así que por mucho que deseáramos aquellos abrazos, aceptamos que esta vez no podría ser.

Pero una vez que aceptas sin fingimiento, te abres a lo que la vida de verdad pueda traerte o enseñarte con esa aparente contrariedad. Porque sabes que, en realidad, nada es bueno ni malo, sino que todo es como debe ser: perfecto. Y que somos nosotros los que ponemos las etiquetas de lo que nos sucede, y añadimos sufrimiento cuando no pasa lo que nos gustaría que pasara.

Quizás a muchas personas esto les pueda parecer muy etéreo. O quizás algo filosófico o intelectual. Pero hemos experimentado tantas veces y con tanta rotundidad la magia que la Vida trae cuando te abandonas a ella, sin exigencias ni sufrimiento respecto a lo que te apetecería, ¡que como para no fiarse!

Una vez que aceptamos que este año no nos veríamos, nos lo tomamos con buen humor, y empezamos a jugar...¿Y si...? ¿Te imaginas que...? ¿Y si...? Y empezamos a dejar volar la imaginación hacia territorios donde encontrarnos, no aptos para nuestro bolsillo. ¿Te imaginas que en vez de venir tú a España, fuéramos toda la familia a verte a ti? Y entre carcajada y carcajada, dejamos correr la ilusión...¿Cuál sería el sitio más barato de EEUU para volar desde España si fuéramos a verte? Y en el buscador de vuelos apareció de repente Miami...Jajaja...¿Te imaginas que nos viéramos en Miami? Jajaja....Y empezamos a ver playas paradisíacas, mansiones de lujo, y enclaves de esos que aparecen en las películas o en las series de televisión...

Poco a poco, el juego empezó a hacerse realidad. De la aceptación sincera, pasamos a la ilusión desbordante ante la posibilidad de que Mey y yo nos reencontráramos con Pablo allí, al menos unos días. Él y Estela, que también estaría allí, miraron vuelos internos de Dallas a Miami, y también resultaban sorprendentemente baratos. No estaríamos los seis juntos. Pero eso ya era mucho pedir. Aceptamos lo que teníamos ante nosotros y reservamos los vuelos. La primera fase del juego estaba culminada. Viajaríamos a Miami.

Todo lo demás estaba en el aire. Mey estaba en plenos exámenes de junio. Así que Pablo, Estela y yo nos conjuramos en la búsqueda de hospedaje y de planes para compartir allí. Reservamos un motel "de mala muerte", aunque no por ello barato, con cancelación anticipada, y seguimos jugando. Aún faltaban muchas semanas. Y podían pasar muchas cosas.

El juego acababa de empezar. Y nosotros continuamos haciéndonos la pregunta mágica, y dejándonos arrastrar por ella: ¿Y si...? ¿Y si...? Hasta que se nos ocurrió que, quizás con algún sistema de intercambio de casas o similar, podríamos encontrar algo más decente y económico. Y allá que nos metimos ilusionados. Durante semanas, desfilaron ante nuestros ojos mansiones de lujo, jardines de ensueño y apartamentos de precio indecente. Hasta que, de repente, apareció el mensaje de Michael. Y nada más leerlo, le dije a Pablo, que intuía que habíamos encontrado casa. Él y su familia llevaban 25 años compartiendo e intercambiando casas, viajaban a Alemania justo en los mismos días en que nosotros estaríamos en Miami, y les cuadraba perfectamente que su casa no pareciera desocupada y que alguien cuidara de su gato Bandit, por entonces enfermo. En un par de mensajes más ya teníamos casa en South Miami. Michael nos prestaba su pequeña mansión para nueve personas, con piscina y un jardín plagado de palmeras de ensueño. Así se cerraba la segunda fase del juego.

Aquella noche, Mey y yo no pegamos ojo. Ninguno nos dijimos el motivo. Pero ya en el trabajo, nos cruzamos por whatsapp un audio casi idéntico, que de nuevo empezaba con la pregunta mágica: ¿Y si ya que no vamos a pagar por el hospedaje, intentamos que puedan venirse también Samuel y Eva? Lo más bonito es que Pablo también había pensado exactamente lo mismo. Y cuando vio que coincidía con nosotros, se puso "como loco" con Estela a buscar vuelos, sin decirles nada a ellos. Nos pareció preciosa esa ilusión por reencontrarse con los hermanos. Pero ya habían pasado bastantes semanas, y los vuelos habían subido ya mucho. La cosa no estaba fácil. Había que practicar de nuevo el "Y SI". Y así lo hicieron. El reencontrarse supondría una combinación total de siete vuelos entre la ida y la vuelta. Y muchas horas de desplazamientos y de esperas en los aeropuertos. Pero ¿quién dijo que los sueños no cuesten? La tercera fase del juego también se había superado. Habría reencuentro familia. En Miami. De los seis.

Podríamos contaros nuestras aventuras buceando en los arrecifes de coral, bailando salsa en la Pequeña Habana, abriendo los cocos que recogimos en la playa, o viajando a base de "bocatas" por los Cayos o por el Parque de los Everglades. Pero este sueño hecho realidad no va de los sitios que visitamos, o de las cosas que hicimos. Va del reencuentro que tuvimos. Va de las inolvidables conversaciones en aquel porche de la casa tras los desayunos, contemplando aquellas impresionantes tormentas veraniegas. Va de las horas que dedicamos a compartir nuestros respectivos despertares. Va del orgullo de unos padres que contemplan cómo sus hijos les adelantan por la derecha en entender "de qué va todo esto" (por cierto, ese el nombre de un nuevo grupo whatsapp de los seis, creado desde entonces). Va del proceso iniciado en Miami para saber leer lo que ocurre en estos tiempos que corren, y prepararse para lo que puede venir. Va de complicidades maravillosas. Y de las sorpresas que trae la vida, cuando aceptamos lo que toca, y nos dejamos ilusionar por lo que pueda venir. 

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viernes, 22 de septiembre de 2023

El que más lo necesita

"Al que tiene, se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, aun lo que tiene, se le quitará". Si hay un mensaje aparentemente contradictorio con el mensaje del libro que lo alberga es éste, recogido en el Nuevo Testamento, en Mateo 25:29. ¿Cómo? ¿Que a los ricos y opulentos todavía se les dará más, y a los pobres, hasta lo poquísimo que tienen, se les quitará? No suena muy "católico" ese mensaje...¿Cómo va a ser eso? ¿Cómo se va a ensalzar a los ricos y se va a hundir a los pobres? Con razón, cada vez que toca leer la parábola de los talentos, en muchos púlpitos se suele pasar de puntillas por esa frase, o se hacen piruetas dialécticas para no evidenciar esa aparente incoherencia, ese aparente desliz de quien escribió o tradujo al latín el texto. Pero no. No hay error. No hay desliz. La frase es así. Y en ella se encierra un potente mensaje que está en el centro de buena parte de lo que nos está sucediendo como Humanidad.

Geralt en Pixabay

Ese mismo concepto ha coincidido que se ha repetido hasta la saciedad en los últimos meses en distintas conversaciones que hemos tenido con familiares y amigos. Era como una llamada a prestar más atención a este asunto. Siempre la dinámica era similar: justificar actitudes o tratamientos discriminatorios en favor de alguien "porque es quien más lo necesita". Y esa decisión tenía consecuencias claras en cuanto a un tratamiento desigual a nivel económico, de dedicación o de cualquier otra índole. Pero ¿quién reparte los certificados de necesidad? ¿Estamos seguros de que el otro necesita lo que le damos? ¿No estaremos perpetuando su sensación de carencia y sus quejas victimistas? ¿No estaremos siendo paternalistas y sobreprotegiendo, en vez de ayudar a dar alas a quien pretendemos ayudar? ¿Qué significa "tener" o "no tener" en realidad para la VIDA con mayúsculas? Justo de eso va la frase de Mateo 25:29.

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En un mundo tan materialista como el que vivimos, se nos está tratando de convencer por todas las vías posibles de que somos exclusivamente cuerpo y mente. De que lo importante es ser conscientes de la forma, de las cosas y de lo que sucede. Como si esa fuese la única realidad. Pero puede que no sea así. Este verano hemos pasado horas en Peponi contemplando el cielo en la oscuridad de la noche. Era imposible no sentirse sobrecogido ante la inmensidad del espacio y los millones de estrellas que alberga. ¿Cómo no sentir una especie de reverencia ante el misterio incomprensible que contemplábamos, ante nuestra pequeñez dentro de tanta inmensidad? Especialmente cuando llega un momento en que renuncias a identificar esta o aquella estrella, este o aquel planeta... Y en lugar de tratar de explicar, nombrar o señalar esos objetos en el espacio, tomas conciencia de la profundidad infinita del espacio mismo. Llegado ese punto, la cercanía con el éxtasis es casi total, y no se produce por el número de estrellas, planetas, o galaxias que intuyes, sino por la profundidad misma que los alberga a todos. De este modo, cuando tenemos conciencia del espacio, realmente no tenemos conciencia de nada, salvo de la conciencia misma, del espacio interior que todos albergamos en nuestro interior. Es como si se evidenciara que hay algo dentro de nosotros que tiene total afinidad con el espacio. Eckart Tolle lo expresa de este modo: "Cuando el ojo no encuentra nada para ver, la nada se percibe como espacio. Cuando el oído no encuentra nada para oír, el vacío se percibe como quietud. Cuando los sentidos diseñados para percibir la forma se tropiezan con la ausencia de la forma, la conciencia informe que está detrás de la percepción y de la cual emana toda percepción, toda experiencia posible, ya no se oculta detrás de la forma. Cuando contemplamos la profundidad inconmensurable del espacio o escuchamos el silencio en las primeras horas del amanecer, algo resuena dentro de nosotros como en una especie de reconocimiento. Entonces sentimos que la vasta profundidad del espacio es nuestra propia profundidad y reconocemos que esa quietud maravillosa es nuestra más profunda esencia, más profunda que cualquiera de las cosas que conforman el contenido de nuestra vida"

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No ser conscientes de ello supone anular en la práctica nuestro componente espiritual y trascendente como seres humanos. Y desde esa perspectiva, se nos hace creer que cuanto más consumamos, más bienes acumulemos, más reconocimiento, fama o poder busquemos, y más nos centremos en nuestro "bien-estar", más felices seremos. Es el culto al "ESTAR", al componente perecedero y mortal que somos. De ahí que, cuando sucede algo como la pandemia, que nos recuerda que ese componente tiene fecha de caducidad, todos salgan corriendo a hacer lo que se les diga, por muy absurdo que sea, para que ese "ESTAR" en este mundo se prolongue sea como sea. Pero ¿y el componente del "SER"? ¿Y ese otro componente imperecedero e inmortal que atesoramos, esa profundidad interior que todos albergamos? ¿Tan olvidada la tenemos?

Esa carcasa que todos somos acabará. ¡Asumámoslo! ¡Aceptémoslo! Tarde o temprano todos dejaremos de ESTAR aquí. Y todo ese esfuerzo por buscar placeres, riquezas y "cosas" de lo más variopintas no habrá servido para nada. Se esfumará entonces toda esa NECESIDAD de tantas y tantas cosas o experiencias, que nos hacen tan dependientes de lo que digan la publicidad, el instagram, nuestros familiares y amigos, o el gobernante de turno. Será ahí cuando quizás nos daremos cuenta de que si no hemos cultivado nuestra parte imperecedera, ese SER que somos, nos vamos a sentir muy vacíos.

El "SER" es el que te conecta con todo. Por eso el espacio que alberga las estrellas y los planetas conecta tan bien con el espacio interior que alberga nuestro SER. Es el que te hace no sólo ver a Dios en todo lo que existe, sino ver todo lo que existe con los ojos de Dios. Es el que te hace sentirte UNO con la realidad que nos rodea. Y para el SER no hacen falta muchas cosas materiales, no hace falta tanta "forma", tanta cosa, tanto acumular ni tanta "parafernalia". Así, las necesidades se diluyen. Casi sobra todo. Es lo que decía San Francisco de Asís: "Necesito poco, y lo poco que necesito, lo necesito poco". Pero por desgracia, vivimos en la cara opuesta de esa realidad.

Por eso, podemos llegar a perjudicar a quienes queremos ayudar, si con nuestro apoyo, acaban necesitando muchas cosas, y todas esas cosas las necesitan mucho. Ese parece ser el mal de nuestro tiempo. Necesitar, desear y anhelar más y más, pensando que con ello vamos a ESTAR bien, pero olvidando que eso poco va a ayudar a nuestro SER. 

Renan_Brun en Pixabay
Este post no es una apología en contra de la solidaridad o en contra de la ayuda mutua o el apoyo al prójimo. Ni mucho menos. Todo lo contrario. Es una llamada para que nos ayudemos a ser mejores, enriqueciendo nuestra consciencia de lo que no tiene forma, y para que no nos conformemos con ayudarnos a estar mejor con lo pasajero, con la forma o con lo que nos esclaviza. Es una invitación a preguntarnos qué nos hace mejores, aunque precisamente por eso salga poco en la televisión o lo practique poca gente. Un cortometraje y un documental que veíamos hace poco ponía justo "el dedo en la llaga": ¿el tener más y más cosas y comodidades, el ser más independientes de los demás, realmente está enriqueciendo nuestro SER, nos está haciendo ser más felices? ¿O realmente cada vez nos sentimos más vacíos, quizás precisamente por esa búsqueda desaforada de confort, de bienes y de independencia de los demás? 

Por eso, tantos y tantos sabios, tantos gigantes del pensamiento y de la espiritualidad han apuntado en la misma dirección, que se podría resumir en la frase: "¡Qué poco se necesita para sentir la felicidad!". Quizás porque descubrieron que las cosas o "lo que pasa" no dan la felicidad, aunque lo parezca de inicio. Por el contrario, las pequeñas cosas, lo poco, lo más sencillo, ocupan poca forma, y con ello se deja espacio para el espacio interior, y para la conciencia no condicionada, que es de la que emana la verdadera felicidad, la alegría de SER, la sensación de estar llenos, y de no parar de recibir de la vida. El siguiente paso es inevitable: una creciente oleada de gratitud, que acaba atrayendo más y más a esa vida ya plena y llena de sentido. 

Al que tiene su SER pleno, al que es consciente del espacio sin forma, al que se siente feliz con lo que la vida le da, tiene con ello mucho, muchísimo. Y "se le dará y le sobrará". Pero al que ignora a su SER, centrándose en el ESTAR, quejándose de la vida, anhelando y necesitando siempre más y más, aunque puede haber acumulado mucho en lo material y en la forma, tiene poco, poquísimo. Y "aún lo que tiene, se le quitará". Y donde se constata con mayor fuerza todo esto es ante el espejo de la muerte: el que ha estado obsesionado con acumular cosas y caprichos, poco se va a poder llevar "al otro barrio", la verdad; mientras que quien está lleno de su SER, tendrá sus alforjas preparadas para lo que tenga que venir. 

Todo esto no lo decimos nosotros. Ni mucho menos. Aunque cada vez tenemos más claro que debe funcionar así. Sólo hay que observar cómo viven la vida quienes nos rodean, y cómo abandonan este mundo cuando les llega su hora.


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sábado, 18 de febrero de 2023

Ya no



Lo admito. He cambiado. No pienso lo mismo. No soy el mismo. Ya no.

Quizás sea desertor, desleal, "chaquetero". Pero imposible volver atrás. Ya no

La vida está llena de tachones, de renglones torcidos, de faltas de ortografía.

Pero sobre todo de aprendizaje, de evolución, de despertar. Sobre todo de despertar.

Y no concibo ser el mismo que ayer. Y quizás mañana ya no sea el de hoy. Ya no.


Hubo un tiempo en que creía en bandos, en buenos y malos, en fines y medios. Ya no.

Era de ideologías, de grandes "buenismos", de ruedas de molino. Ya no.

Debía convencer, llevar la razón, e impulsar victorias. Ya no.

Salvar al otro, a pesar del otro, y de los altibajos: ese era el rumbo. Ya no.

Cambiar el mundo importaba más que mi despertar. Ya no


Me creía eterno, cerraba los ojos, huía adelante. Ya no.

Miraba a otro lado, escurría el bulto, ignoraba lo obvio. Ya no.

Me autoengañaba. Temía a los cambios, al giro de guión. Ya no.

Todo era lucha: contra los virus, contra la muerte, contra los malos. Ya no.

Creía ciegamente, no contrastaba, prestaba mi alma y mi voluntad. Ya no.


Buscaba el bullicio, el ir donde todos, el hacer lo que todos. Ya no.

Miles de anuncios, muchas pantallas, soledad entre el gentío. Ya no.

Escuchaba la radio, veía la tele, leía la prensa. Ya no.

Comía de todo, sin hacerme preguntas, sin conciencia alguna. Ya no.

El "qué dirán" y los grandes logros eran mi guía, eran mi norte. Ya no.

Sin saber lo que hacía, tenía excusa, perdón de dios. Ya no.


Prefería lo malo, por ser conocido, y seguir como estoy, ay "virgencita". Ya no.

Confiaba en la ciencia y en los expertos. También en las siglas (UE, OMS…). Ya no.

Me fiaba del médico, del juramento hipocrático, y también de su ética. Ya no.

Siempre correcto. Siempre cortés. Nunca rebelde. Nunca indignado. Ya no.

La sangre y los lazos siempre eclipsaban alianzas de almas. Ya no.

Creía ser mi mente, mi trabajo, mi ego. Hasta mis ideas. Ya no.


Buscaba hacia afuera, nunca hacia dentro, esperando de otros. Ya no.

Me aferraba a lo que no es, y repudiaba lo que es. Ya no.

Eran días de liturgia, intermediarios de fe, y dogmas impuestos. Ya no.

Ignorando esto: que Dios es yo, y que yo soy Dios, cuando dejo de ser yo

Ya Dios no es ajeno, externo, alejado. Ni mucho menos. Ya no.


Me aferraba al pasado y hasta al futuro. Ignoraba el “hoy”. Ya no.

Olvidaba lo vivido al seguir caminando. Como otros zombis. Ya no

Como padre pensaba proteger al hijo más que dar alas. Ya no

Siempre el "qué" ganaba al "cómo". Y el "por qué" al "para qué". Ya no.

Creía que el fuerte siempre vencía. Y que colaborar de nada servía. Ya no

Todo era miedo: a la muerte, al prójimo, a la soledad, a lo hostil. Ya no.


Hasta que un día aprendí: que creer es crear. Y crear es construir.

Y que construyes tú mismo: tu “Aquí”, tu “Ahora”, incluso el “Paraíso”

Y hallé un tesoro: la Verdadel Abrazola Risael Silenciola Palabra

Y me sentí Libre. Por fin lo logré. Siendo UNO con todo.  

He cambiado. Lo admito. Ahora es todo distinto. Ya sí. 


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sábado, 21 de enero de 2023

Cuando lleguen las olas

Aquello era mucho más que un simple paseo por la orilla del Mediterráneo. Probablemente era el regalo más bello que nos hubieran hecho en un Día de Reyes como aquel. Sentíamos que tocábamos algo casi sagrado. Como aquel que se deja hechizar por primera vez con los primeros compases del nocturno Op. 55, No.1 de Chopin, aunque apenas haya salido del "reggaeton". Sabiendo que hay acordes, colores, paisajes o palabras cuya combinación guarda un código secreto, quizás la mismísima firma de Dios. Aunque a veces nos empeñemos en mirar para otro lado, o en atiborrarnos de ruido. No creo que haya nada más fascinante que compartir una comunión así con un hijo o una hija. Porque conectar con ellos en las verdades de la vida, a una edad tan temprana, con un conocimiento que nosotros empezamos a atisbar con el doble de su edad, aviva en nosotros la llama que siempre quisimos encender en ellos. Y nos hace valorar el enorme honor de haber sido sus compañeros de viaje, y de entregarles el testigo para que sigan haciendo camino al andar.
dimitrisvetsikas1969 Pixaba
Jorge Manrique
decía que la vida son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. Nosotros creemos que la vida es más bien ese mar. Con sus días de mar llana, de marejada, y de mar gruesa. Quienes vivimos en ese mar, sabemos que no hay nada más bello que una luna llena reflejada sobre sus aguas en calma, o los destellos de millones de cristales reflejando el sol del mediodía. Pero la belleza y el misterio del mar, como los de la vida, no radican sólo en esos días de luz y calma, sino en su furia, en su fuerza indómita, en su capacidad para recordarnos lo que somos, y para aprender nuestro lugar en este mundo.
Sin embargo, nos empeñamos en dar la espalda a ese mar bravo y fiero, creyéndonos todopoderosos y con capacidad para controlarlo todo. Pensando que la vida son sólo "días de vino y rosas". Y que, a base de buenas poses en el instagram, o de invenciones de todo tipo, podremos evitar sus días de furia. Y no. No es así. No existen las pócimas mágicas. No existen los ungüentos de la eterna juventud. No existen las inyecciones o las píldoras que nos libren del sufrimiento de las olas que están por venir. Porque eso es seguro. Podremos vivir en las orillas del mar más paradisíaco, en el confín más tranquilo del planeta, que podemos estar seguros que las olas llegarán. Tarde o temprano llegarán. Las del dolor. Las de la pérdida. Las de la enfermedad. Las de la adversidad. Las de la muerte. Y ya dependerá de cada uno de nosotros cómo  encarar ese día. 
Habrá quienes decidan huir, olvidando que estamos en alta mar, en medio de la vida, y que no hay donde escapar. Porque la vida es el mar. La vida es la calma, pero también la adversidad. No hay alternativa. Y si pudieras huir del mar, te perderías la maravilla de disfrutarlo. Habrá quienes decidan vivir sólo el éxtasis de esos días de calma, sin querer pensar en que las olas vendrán con toda certeza. Son aquellas personas que piensan que la vida va de "no sufrir", y viven perennemente en ese sueño, en esa fantasía irreal que les acabará estallando en las manos tarde o temprano. Y habrá quienes opten por prepararse con alegría: buscando una buena tabla de surf; poniéndose en forma, física y mentalmente, para cuando llegue ese día; ensayando los saltos desde el agua para ponerse de pie sobre la tabla; controlando los miedos y entrenando el equilibrio sobre las olas de la vida. No es que estos últimos sean pesimistas. Es que saben lo que es el mar.
Aprendiendo a surfear-Galicia 2022

Probablemente por eso, hoy ya no se trate tanto de cambiar el mundo, de cambiar el mar, sino de despertar. De que cada uno se trabaje por dentro. De hacerse UNO con ese mar. Y de darse cuenta que no hay que sufrir porque vayan a llegar las olas. Sino prepararse, cultivarse y estar en equilibrio para cuando éstas lleguen. Sin que nos domine el miedo, porque éste nos hace presa fácil.
A cada persona le llega su día de olas. A unos antes y a otros después. A unos menos y a otros más. Pero recientemente la Humanidad tuvo un auténtico tsunami llamado "pandemia", acompañado de multitud de olas gigantescas: los confinamientos, los cierres de empresas, la crisis económica, el distanciamiento de los seres queridos, la vacunación y sus consecuencias... Y ante una acumulación así de olas, se puso a prueba la armonía interior y la preparación de miles de millones de personas para surfearlas. Y muchos sucumbieron al miedo y a la presión. Muchos (incluso expertos "surferos") se confiaron y se ahogaron en los dramas personales y familiares. Otros en los desequilibrios mentales. Y otros, incluso, en el suicidio. Los hay que aún siguen exigiendo que les den una ruta con un atajo para evitar las olas, en vez de remangarse y aprender a surfearlas. Y una minoría, sin embargo, sigue disfrutando del enorme regalo que es la vida, que es ese mar. Y cuando las olas azotan, y el vendaval se cierne sobre ellos, buscan surfear hacia el ojo del huracán, donde habita la calma mientras todo da vueltas alrededor.
Nos tememos que es tiempo de mucho oleaje. También de mucho pirata que querrá venderte un chaleco o una barca anti-olas, aprovechando la histeria colectiva. Y ya dependerá de ti si quieres ponerte manos a la obra y empezar a surfear, o no. Nosotros, este verano en Galicia, tuvimos la primera experiencia con el surf de verdad, de la mano de nuestra amiga Patricia. Y cuando ves a la gente surfeando en la playa o en la "tele", piensas que es "pan comido". Pero no. No es nada fácil. Y exige práctica. Por eso la complicidad con un hijo hablando del mar, de la vida y de las olas, es puro éxtasis. Porque sabes que estás tocando algo trascendental. Y porque no queda otra que ponerse manos a la obra. Con el surf y sobre todo con la vida. Para cuando lleguen las olas.

sábado, 24 de septiembre de 2022

Empujoncitos

Probablemente era el empujoncito que necesitábamos para volver a escribir. Apenas unas frases de una completa desconocida. Una pregunta lanzada al aire desde miles de kilómetros de distancia. Una búsqueda de conexión. "Hola. Me llamo Marina y vivo en Suecia. Disculpa que te moleste, siendo que soy una perfecta desconocida. Pero he visto en el facebook que eres amiga de Mey y de Rafael y quería sólo preguntarte si sabes si ellos están bien. Los seguía en el blog, pero hace tiempo que no publican nada y no encontré ningún contacto para comunicarme con ellos. Perdona por el atrevimiento. Hasta siempre"

¿Qué mueve a una extraña a preocuparse por ti, viviendo tan lejos? ¿Qué le hace indagar en tu círculo de amistades para saber de ti? ¿Qué pensaría que podría haber provocado tu silencio de todos estos meses? ¿Una enfermedad? ¿Quizás una muerte? ¿El virus? ¿El cansancio? ¿El hartazgo? ¿La renuncia respecto a todo lo compartido estos años?

Sentir que le importas a una desconocida. Alguien que no busca tu dinero, tu fama, tu poder o tu conocimiento. Sólo saber si estás bien. Si te ha pasado algo. Si sigues ahí. Si continúas en la brecha. Arrimando el hombro. Persistiendo en esa búsqueda compartida. Insistiendo en que un mundo diferente es posible y necesario, y que puede estar a la vuelta de la esquina. Sentirte parte de una misma familia cósmica. De esa que no entiende de sangre ni de parentescos, sino sólo de principios, de anhelos, de energía, de vibración....¿Acaso puede existir mayor motivación para volver a escribir? ¿Acaso no es esa la conexión esencial o el pilar básico de ese mundo diferente para vivir? Aunque sólo fuera por Marina. Aunque nuestras palabras hiciesen eco en el posible vacío de esta inmensa sala. Aunque sólo fuera por el empujoncito de sus palabras, aquí estamos de nuevo.

¿Qué nos llevó a dejar de escribir todos estos meses? Necesitábamos pensar. Necesitábamos descanso. Han sido meses muy intensos en lo material y en lo emocional. Meses de restructuración patrimonial. De preciosos e inesperados reencuentros familiares. De nuevos proyectos en familia (de todo ello os daremos cumplida cuenta). También de dudas, porque mucha gente se ha alejado de nosotros en estos dos últimos años. De celebración, ya que alguno hasta hemos superado el medio siglo en estos meses. Y por supuesto, de una intensa sensación de "todo está ya dicho tras todos estos años". ¿Valía la pena seguir compartiendo? ¿Acaso no es insistir e insistir, cuando los mensajes ya están ahí, las cartas sobre la mesa, y nos toca jugar a cada uno de nosotros la partida? ¿De qué vale seguir con la "matraca", si sólo depende de cada uno la toma de decisiones? Porque lo de ese mundo diferente para vivir, va de eso: de decisiones. Por eso ese pensamiento y esa conversación de si continuar o no escribiendo, nos rondó varias veces estos meses. Pero también nos dimos cuenta de que cuando nos tomamos un café con un amigo, no dejamos de tomarnos otro a la semana siguiente, aunque pudiéramos repetir la misma conversación. Nos tomamos ese segundo café o todos los que haga falta porque nos queremos, porque estamos a gusto, y porque nos encanta fortalecer nuestra relación. Porque hacen falta empujoncitos en esta vida. Empujoncitos de belleza ante un recuerdo compartido. Empujoncitos de ilusión. Empujoncitos de motivación para afrontar lo que pueda avecinarse. Empujoncitos de paciencia. De lo que haga falta.

Cuando Marina le preguntó a nuestra amiga si estábamos bien, sentimos intensamente la responsabilidad que todos tenemos respecto a todos. A veces para ser el empujoncito que otros necesitan. A veces para tener la paciencia, las agallas y el equilibrio de persistir y no rendirse hasta que llegue el empujoncito de turno.


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sábado, 5 de diciembre de 2020

Gozar en cabeza ajena

Sé que lo hacen con buena intención. Probablemente con la mejor. Pero al final se convierten en la correa de transmisión de la peor cicuta que recorre nuestras calles. Y desde luego no es el coronavirus. Es el dichoso miedo. "Súbete la mascarilla". "No uses una de tela". "Abre la ventana de par en par". "Póntela en el coche o en el despacho, aunque estés solo"... En respuesta a todas y cada una de esas "recomendaciones" bienintencionadas, a lo más que llego ya, es a esbozar una sonrisa. Mitad de agradecimiento, mitad de respeto. Ya renuncié a expresar mi visión de lo que está sucediendo. Me cansa. Suele acabar la cosa en conflicto. No vale la pena. El que quiera conocer mis "porqués", ya los leerá por aquí. A fin de cuentas, las cartas ya están sobre la mesa, dispuestas a ser jugadas. A la vista de todos. Pero cada uno tiene su estrategia de juego. El "libre albedrío", dicen que se llama eso. Y los hay que se guardan las cartas, se les vayan a estropear. Y otros las tienen gastadas de tanto uso.

El problema es cuando intentan que todos hagamos lo mismo. Que todos juguemos igual. Y tratan de convencerte, metiéndote miedo, y aleccionándote sobre un vecino que ha cogido el bicho y está fatal. Un cuñado que está en la UCI por lo mismo. O una prima, que ha salido negativo, pero tiene los síntomas, y seguro que también es Covid. "Escarmentar en cabeza ajena", dicen que se llama eso. O también "remojar tus barbas, cuando veas las de tu vecino cortar". Pero esa historia del escarmiento y de las barbas del vecino ya no es para ahorrarte errores. Se ha convertido en la forma en que nos retroalimentarnos unos a otros en el miedo. Y no paran de salir anuncios en la televisión y en las marquesinas de los autobuses instándote a que no abraces para poder abrazar en un futuro, a que no te reúnas para poder reunirte en un futuro, a que no viajes para que puedas viajar en un futuro. Sacrifica tu vida de hoy por una posibilidad mañana. Deja de vivir hoy, a ver si podemos vivir mañana. 

Lo siento. Pero somos objetores de conciencia de ese tipo de "escarmientos en cabeza ajena". Es una asignatura obligatoria en casa. Y si no la apruebas, te quedas sin cena. Bueno, cena te damos, pero te pierdes el postre. Que es el puro disfrute de la vida. Y eso es lo que les está pasando a los que se están poniendo "morados" a base de este miedo tan indigesto, en lugar de "rechupetearse" los dedos con este "pedazo" de vida que nos ha sido dada para vivir.

Mejor no describir las caras de zozobra, angustia y desazón de no pocos conocidos, amigos y familiares, cuando nuestros hijos se marcharon allá por agosto, a estudiar en medio de esta pandemia a 8.000 kilómetros de casa. ¡Con la que estaba cayendo, según el telediario! A alguno sólo les faltaba decir algo similar a: "¡Malos padres: Os debían retirar la custodia!" Las caras de pésame casi nos movían a consolarles por lo afectados que se les veía con nuestra decisión. Seguro que más de uno diría que se trata de un desplazamiento "innecesario" y que debería estar prohibido en los momentos actuales. Pero está claro que a algunos nos resulta "necesario" vivir, con las nimiedades e insignificancias que eso implica: viajar, cantar, charlar, abrazar... Caprichosos que somos algunos.

¿Que si nuestros hijos pueden coger el bicho por ahí? Por supuesto. Igual que aquí. ¿Que si pueden enfermar? Por supuesto. Igual que aquí. ¿Que incluso podría ser la cosa peor, e incluso morir? Por supuesto. Igual que aquí. Tengo un conocido cercano que acaba de superar el Covid, con síntomas leves. Nadie pensaba que se contagiaría, ya que por pura convicción, apenas se relaciona con nadie, lleva la mascarilla a todas horas (incluso solo), y no ha pisado un establecimiento comercial o una cafetería desde marzo. Su mujer le acabó contagiando el bicho. Pero los rastreadores estaban encantados con él, porque no había a quién rastrear. Quizás le den la medalla al mérito pandémico. Pero a mí me da pena pensar cómo habrían disfrutado de esos ocho meses que él ha desperdiciado, muchos de los que han fallecido y de los que fallecerán por ésta o por causas mucho más graves. Por eso nosotros apoyamos con determinación la decisión de nuestros hijos de seguir viviendo con pasión cada minuto de sus vidas. Sabiendo que la muerte está ahí, como siempre ha estado, aunque muchos le den la espalda. Y están FELICES, VIVIENDO LA VIDA (con mayúsculas muy muy grandes). Y si les llegase una de esas fatalidades, que por supuesto la vida a veces trae, o que a veces nos buscamos, al menos que hayan sabido lo que es VIVIR DE VERDAD. Dicen que eso, técnicamente se llama: "Que te quiten lo bailao"...

Los que os interesáis de corazón por cómo nos va la cosa, con los niños tan lejos, y habiéndonos quedado los dos solos, bien sabéis la respuesta ya: DE MARAVILLA (también con mayúsculas muy "gordas"). ¿Acaso podría ser de otro modo? Cada vez que tenemos una llamada o una videoconferencia con ellos, el "subidón" es colosal:

-Pablo está "alucinando" con sus profesores. Ha sacado unas notas magníficas en el primer trimestre. Juega en el equipo de fútbol de la Universidad de Oklahoma. Se ha independizado ya económicamente gracias a su trabajo de reponedor y camarero cuatro días en semana. Y está loco de ilusión con sus compañeros de "start-up", tras haber sido seleccionados para desarrollar su proyecto en una incubadora de empresas impresionante que tienen allí. No está mal para llevar tres meses "sufriendo" por ahí los rigores de estos tiempos

-Samuel está encantado también, en su apuesta por la Física en Córdoba. No es fácil que, en el primer trimestre de carrera, sientas que has acertado en tu elección. Pero bastaba ver su sonrisa al mostrarnos los jeroglíficos de sus apuntes, llenos de fórmulas, gráficos y todo tipo de galimatías matemáticos y científicos. Está "en su salsa". Ha encontrado un grupo de compañeros muy apañados en la universidad. Y se está manejando de maravilla con las comidas, los desplazamientos y los viajes a casa cada dos o tres semanas, a pesar de los cierres perimetrales, para continuar sus estudios de piano.

-Y como no hay "dos sin tres", Eva hace honor a su nombre ("fuente de vida"). Es puro gozo perpetuo. Sus notas han sido también envidiables en Texas. Está encantada con su madre y hermanas americanas. Ha disfrutado de un "road trip" por varios estados con las mujeres de la familia. Hace baile y "piruetas musicales" con su Marching Band. Ha volado a Florida para vivir una típica celebración en familia de "Acción de Gracias". Y ha tenido el empuje para que la autoricen a nadar y competir allí, y tras lograrlo, está a punto de batir el récord del instituto, con el consiguiente "alucine" de compañeros y entrenadores.

Son "sólo" tres meses sin ellos. Y puede que algunos piensen que hemos tenido suerte, y que "veremos a ver" qué pasa en los próximos meses. Cosas de los agoreros, que pondrán pegas a algunas de estas fotos porque se vea en ellas mucha gente sin guardar distancias de seguridad, en lugar de alegrarse por la felicidad que destilan. Pero nosotros, como padres, somos profundamente felices viviendo a través de los ojos de nuestros hijos la ilusión en cada paso que dan, sintiendo con ellos cómo disfrutan cada sorbo de sus vidas como si fuera el último. Parece que les tendremos que poner matrícula de honor a ellos, y suspenso a quienes sufren por su marcha.  Y Mey y yo, a lo nuestro. A gozar en cabeza ajena. En la de cada uno de nuestros hijos.

De broma, un buen amigo nos decía ayer que hemos sido muy listos, y que les hemos "colado" a nuestros hijos este "rollo" de vivir la vida, disfrutar y viajar, para quedarnos los dos solos, de novios. Pues quizás, sin buscarlo, también sea eso verdad. Tras no pocos años de dedicación exclusiva a ellos, es perfectamente compatible que ellos vuelen y que nosotros vivamos el presente como ellos, con pasión. Nada de valles de lágrimas. La vida es demasiado corta. 

Nos encantaría que rebuscaras en tu entorno, en tus redes sociales, o en tu propia vida, buenas razones para VIVIR EL PRESENTE con mayúsculas. Déjate ya de tanta mala noticia y de tanto "mal rollo". Disfruta con cabeza, pero por favor, DISFRUTA. Vive cada instante de tu vida como si fuera el último. Por si acaso.