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sábado, 5 de octubre de 2024

Apegos e intercambios

Está claro que me resistía. De modo cabal, civilizado, educado... Sí, todo lo que tú quieras. Pero me resistía. Eso sin duda. Una cosa era participar de la experiencia, como el que explora un territorio desconocido, cosa que siempre tiene su intriga y atractivo, y más aún si hablamos de Miami. Pero otra cosa bien distinta es poner tú el territorio para que otros "curioseen" en él. Y por ello, inconscientemente, claro que me resistía. Por mucha teoría que supiera sobre el desapego de lo material y la necesidad de trascender el ego.

Asturias, verano 2024
No puedo decir que oportunidades no hubieran llegado durante todo este año. Que si desde Quebec, en Canadá. Que si desde Dublín, en Irlanda. Que si desde Bléré, en Francia. Que si desde Wunstorf, en Alemania. Incluso desde Kuala Lumpur, en Malasia, había una familia que nos había propuesto un intercambio de casas para este verano pasado. Algunas eran auténticas mansiones muy alejadas de nuestro "terruño". Se ve que Málaga está de moda y vende mucho, porque si no, no se entiende. Pero en todos los casos, mi respuesta había sido negativa. Y era cierto que las fechas no cuadraban para hacer el intercambio de casas o que tras más de un año, seguíamos con nuestras restricciones nocturnas de agua, lo que incomodaría a nuestros visitantes, sin duda. Pero también lo era que me venían bien esas excusas, todas ciertas, para no salirme de mi zona de confort, y sentirme justificado en mis respuestas huidizas.

Pero cuando el Universo tiene claro por dónde deben ir las cosas, es bueno darse cuenta, y no empecinarse, para encaminar bien el rumbo. Por eso cuando recibí el mensaje de aquellos desconocidos, tras todos los anteriores en que siempre podía poner alguna excusa, me olió a otra maravillosa jugada del Universo: "Hola, estamos buscando un intercambio simultáneo entre finales de julio y las primeras semanas de agosto, ¿Os gustaría venir a Asturias? Somos 6 personas, mi marido y yo, nuestras hijas de 26 y 18 años y sus novios. Saludos". Las fechas cuadraban al milímetro, más aún tras la tardía vuelta de Samuel desde Italia, y los compromisos laborales de Pablo y Estela durante julio. El número de personas era exactamente el mismo. Pero yo tenía que seguir siendo "cabal" en mi zona de confort, y plantearles, ya por teléfono, los dos grandes impedimentos: las restricciones de agua y la previsible ola de calor en nuestra comarca en esas fechas. No les importaron lo más mínimo. Estaban encantados con poder venir. Me parecieron tan auténticos, tan desprendidos y con tanta experiencia tras 20 años intercambiando su casa, que no pude decir que no. Pero hasta que salimos hacia Asturias, reconozco que tuve que trabajarme el asumir que nuestra cama, nuestro frigorífico o nuestro aseo serían usados por unos desconocidos que, durante 15 días, estarían "como Pedro por su casa", pero en la nuestra.

Asturias, verano 2024

Poco a poco, me fui dando cuenta que la vida nos pone por delante justo lo que necesitamos para evolucionar y crecer como almas. Y aquella experiencia iba justo de eso. Constaté que lo de "primero preocuparse por lo espiritual" (el trabajarse por dentro esos apegos, esos miedos y esas limitaciones), y que "lo demás se nos dará por añadidura", no es ninguna tontería. Que lo de los lirios del campo y los pájaros del cielo tampoco es una "chalaura", como decimos aquí. Y que la felicidad depende de nuestro nivel de consciencia, y no de las cosas a las que nos aferremos. Que el fomentar pensamientos y hábitos de desmaterialización no sólo es bueno, sino que ayuda a trascender el ego, que no quiere otra cosa que seguridad (sea física, económica o emocional) y controlarlo todo. Por eso mi ego había estado buscando excusas, todas muy reales, para no salir de mi zona de confort en lo material, y resistirme a ese intercambio de casas para pasar las vacaciones. Exponerme a esa experiencia, me hacía ver que mi sofá, mis libros o mi inodoro no dejan de ser cosas materiales que poco tienen que ver conmigo, con mi felicidad o con mi alma. Y lo cierto es que esa dificultad que me hacía resistirme de inicio es más común de lo que parece. Porque contando la experiencia a familiares y amigos, casi todos eran rotundos: imposible hacer un intercambio así y que unos desconocidos entrasen en su casa y la habitaran durante 2 semanas. Ni siquiera para abaratar las vacaciones. Ni siquiera para sumergirse de lleno en la realidad de otros. ¿Para qué hablar, entonces, de proponérselo como forma de practicar el desapego y domesticar un poco el ego?

Compra con junas
La experiencia ha sido maravillosa. Hemos tenido playa, montaña, descenso en canoa, visitas a preciosos pueblos, y fresquito, mucho fresquito, que era un gran objetivo huyendo del terral malagueño. Por eso tenemos claro que repetiremos con lo de los intercambios. Zona de confort confrontada. Miedo superado. Y ego trascendido, aunque sea en ese apego puntual, y durante unos días concretos. Bien le viene, la verdad. Y seguro que habrá cosas que en futuras experiencias no saldrán tan bien. Pero, ¿qué más da, si en el proceso hemos vivido momentos únicos, y hemos crecido por dentro?
De hecho, justo este pasado fin de semana, en mi revisión anual del ojo, hemos vuelto a apelar al intercambio, y hemos vuelto a maravillarnos de la empatía y servicialidad de quien nos dejó su piso en pleno centro de Barcelona, y de los mundos tan distintos en que vivimos unos y otros. Una vez que contemplas bien tus apegos, ¿cómo no buscar esas experiencias que te interpelen y que incomoden un poco nuestras costumbres y nuestra forma de ver y actuar en el mundo?

Desde que disfrutamos de Peponi, este ejercicio de desapego también está presente. Porque a veces la tierra es tan generosa que te da mucho más de lo que puedes consumir y disfrutar tú o tu familia. Es como si el planeta que habitamos nos estuviera diciendo: "Ábrete, hombre. Que nada de esto es tuyo. Da y se te dará". Y en eso Mey es una artista. Organiza bolsas y cajas de fruta para la familia, para los amigos, para los vecinos. Y te das cuenta de que lo que haces circular, te acaba volviendo. Que si tú das una caja de naranjas, te acaba volviendo una bolsa de almendras o de nueces. Que si das un cubo de chumbos, te acaba volviendo un guiso de cuarrécano. O que si das una cesta de higos, te acaban llegando varios kilos de mangos. Quizás no de las mismas personas. Pero se genera un precioso juego de gratitudes, que favorecen ese intercambio, ese trueque movido por el cariño y la amabilidad. Y justo en esa dinámica, hace unos meses nos introdujeron en una moneda, la G-1 o Juna, que precisamente está pensada para que el afán de acaparar no sean el centro, sino que lo sea el intercambio y la relación con las personas. De este modo, unos amigos nos introdujeron en el sistema y nos entregaron unas junas por algunas naranjas que nos sobraban en el campo, y que ellos sin embargo, necesitaban. Esas junas se cargaron en una APP que nos instalamos en el móvil. Y a la semana siguiente fuimos a un mercado en Marbella, y para nuestra sorpresa, con esas junas pudimos comprar jabones naturales artesanos, un conjunto de chocolatera, plata coloidal, bruma de aceite relajante, y miel y jalea real con espirulina... ¿Seremos capaces de crear herramientas que saquen de nosotros lo mejor a nivel de empatía y desapego, y que fomenten el intercambio y el apoyo mutuo entre los seres humanos?
Kyraxys en Pixabay

Cierto es que una cosa es practicar el desapego en experiencias cordiales, de común acuerdo, y en un enfoque de disfrute mutuo, como el del intercambio de casas de este verano o el del intercambio de fruta o junas; y otro bien distinto, trabajarse el desapego en lo jurídico, con dinero por delante, e incluso en la divergencia y en la ingratitud. De esto último, también estamos viviendo en estos momentos experiencias de aprendizaje que van más allá de la superación de apegos materiales que ya os compartimos tras las mudanzas de Madrid o de Linares, o en situaciones que nos confrontaron con aquel comedor social de Málaga, o con una familia de La Cala del Moral. Lo de ahora es distinto, porque lo material va unido a lo sentimental, a los recuerdos de la infancia y a las expectativas de gratitud. Y eso hace que el apego inconsciente sea más fuerte y al ego le cueste más. Pero seguro que es perfecto que así sea, aunque cueste mucho por momentos. Para aprender a soltar más, y evitar el sufrimiento mental que el apego provoca. El alma está llamada a volar alto. Que los apegos materiales no lastren ese vuelo.

 


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lunes, 24 de abril de 2017

Episodios inmobiliarios

Fue nuestro hogar durante media vida. Al menos la media vida de nuestros tres hijos. Entre esas cuatro paredes tomaron sus primeros biberones, les cambiamos sus primeros pañales, dieron sus primeros pasos y vivieron sus primeros días de guardería y de "cole". Hubo muchas risas en esa casa. Y algún que otro lloro. Los primeros bailes en familia. Nuestros primeros jolgorios... El viernes nos despedimos de ese dúplex que tanto nos dio y con el que los cinco construimos nuestro primer hogar familiar. Al bajar sus persianas por última vez, lo hicimos con una profunda gratitud, e incluso lo verbalizamos en voz alta. Cualquiera que nos oyera pensaría que estábamos "chalados" hablándole a un piso. Pero así fue. No sentimos pena. Ni nostalgia. Ni siquiera apego. Sólo una gran gratitud de lo vivido en él. Y una sensación de paso hacia nuevas y apasionantes etapas.
Tratar de buscar un mundo diferente para vivir y una cierta coherencia en las cosas "elevadas" puede resultar bonito e incluso literario. Pero intentarlo en algo tan terrenal y material como el sector inmobiliario, puede no serlo tanto. Por eso es en esos ámbitos donde tiene más sentido "batirse el cobre" y construir utopías. Quizás porque son ámbitos donde predomina el "navajeo", el "tiburón" y el "pelotazo". ¿Acaso la solución es huir de esos ámbitos, o afrontar decisiones en ellos con otra visión y otros valores? Nos gustan los retos. Así que apostamos por esto segundo. Sin duda se tarda más. Hay que ser más paciente. El ego se resiente. Pero no le viene mal. Y el aprendizaje y el crecimiento son mayores.
Hace más de siete años que nos mudamos de Linares a Vélez-Málaga. Aquí tenemos nuestras raíces, nuestra familia y nuestro mar. Allí quedaron sobre todo buenos amigos. Pero sentíamos que, a nivel material, debíamos cerrar etapas. Intentamos vender el dúplex cuando nos fuimos. Pero la crisis inmobiliaria y la de la propia ciudad lo impidió drásticamente. Durante años apenas nadie preguntó. Nosotros estábamos tranquilos. Lo alquilamos a un alumno de Mey por un precio que, para algunos, era un auténtico "chollo" para una vivienda tan amplia. Nos daba igual. No buscábamos "forrarnos", sino que hubiera confianza y que los gastos se cubrieran. Entró en el dúplex un potencial buen inquilino y hace unas semanas salió de él un buen amigo. Él no quería comprar y respetamos su decisión. Él respetó la nuestra de deshacernos del piso cuando surgiera la ocasión, mostrándolo a los interesados.
Hubo algunas inmobiliarias interesadas, pero nos sentíamos en las antípodas con ellas en valores y formas. Hasta que conocimos a Fátima, gran amiga de una buenísima amiga. No había mejor aval que ese para nosotros: el aval humano y el de la confianza para gestionar algo tan frío como la venta de un piso. Durante meses se hizo amiga del inquilino. La marearon decenas de potenciales clientes, la mayoría más interesados en curiosear que en comprar. Ella nunca se quejó. Siempre buenas formas. Siempre buena cara. Hubo tres o cuatro familias verdaderamente interesadas. Pero en la fase final de las gestiones con el banco, éste siempre se sacaba otro piso de la manga de su stock de viviendas, no concediéndoles el préstamo para el nuestro y sí para el suyo. Nos parecía un auténtico descaro que interfirieran  de esa forma en las relaciones entre particulares para acabar beneficiándose en su propio interés. Pero nos dejamos fluir.
Hace unos meses decidimos actuar diferente para alcanzar un resultado diferente. ¿Y si hacíamos lo que nadie hace? Sólo necesitábamos un comprador con un verdadero interés por hacer de nuestro dúplex un nuevo hogar, y ganas de generar confianza entre nosotros. Por fin apareció, aunque no iba a ser fácil. Descartamos su propuesta inicial del alquiler con opción a compra porque no queríamos perjudicar a nuestro inquilino sin la certeza de venta. Propusimos reducir el precio a la mitad de lo que costaba hace diez años. A fin de cuentas compramos barato. ¿Por qué no vender también barato? Lo de los precios del sector inmobiliario durante ese tiempo era sólo un espejismo o una ilusión mental que había enloquecido a muchos. Pero nosotros decidimos ir más allá, reduciendo el precio casi un 25% por debajo de lo que consideraba Hacienda como valor mínimo a declarar a efectos del Impuesto de Transmisiones Patrimoniales. "¡Menudo negocio!", habría pensado yo recién salido de la universidad. Quien me ha visto y quien me ve. Pero ahora el criterio era otro. No era el "sacar tajada" de una vivienda; no era maximizar el beneficio; no era "pegar el pelotazo"... Se trataba tan sólo de equilibrar lo invertido, y de mostrarnos en gratitud por haber disfrutado del piso durante estos años sin perder con ello, si fuera posible. Lo demás son cuentos de la lechera. Son castillos en el aire. Es apegarse a lo que podría haber sido y no fue. Y la vida pide fluir, empujada por la gratitud.
Pensamos que una reducción así sería suficiente y que el banco concedería el préstamo sin dudarlo. Pero no fue así. Era, quizás, para el banco, como si un cliente de un Corsa quisiera aspirar a un Mercedes. Y por eso el banco llegó con su varita mágica y planteó su solución magistral: mentir y decir en escrituras que habíamos vendido por un precio un diez por ciento más caro. Nos decían que era muy habitual. Que así ellos podían conceder más importe para el préstamo. Pero era una mentira, era un fraude y nos parecía totalmente contrario a nuestra intención de incorporar algo de principios en la jungla inmobiliaria. La disyuntiva era clara: acceder a esa mentira, o frustrar la operación. Le dimos vueltas y más vueltas. Reconozco que estábamos muy indignados por una propuesta así, que se habría repetido miles de veces durante estos años. ¡Menuda tentación para tantas y tantas familias! Fácil caer ante los guiños del dinero fácil. Recordamos lo que decía Gandhi sobre el Sathiagray, o poder del NO bajo el respaldo de la verdad. Así que dijimos eso: NO. Y es curioso, pero no pudimos evitar pensar qué habría sido de la crisis si en muchas operaciones como ésta una de las partes hubiera dicho NO ante propuestas tan seductoras. En este caso, nuestro NO implicaba que el comprador se quedaba sin dúplex, pero también el registro, la notaría y la inmobiliaria se quedaban sin cobrar. Una cadena de coherencia o de engaños derivada de un simple Sí o un simple NO. ¿Cómo podemos, a veces, subestimar el poder de nuestras pequeñas decisiones?
Si queríamos avanzar era necesario plantear otras vías. Pero buscar alternativas requeriría audacia. ¿Quién era el banco para entrometerse en los sueños de las personas, y en los acuerdos y apoyos que puedan darse entre ellos? ¿Y si nos lanzábamos al vacío de confiar en un desconocido? ¿Y si estábamos dispuestos a financiar la parte que el banco no quería financiar? ¿Y si las personas nos hacíamos dueños de nuestros sueños, en lugar de que el dinero y los bancos lo dominen todo? ¿Valía la pena arriesgarse? ¿No era más fácil decir simplemente SÍ a la "mentirijilla" que proponía el banco? Todos los involucrados alucinaron con nuestra propuesta de aplazar el pago al comprador de parte del precio. Con esa decisión todo se desatascaba, y el comprador podía acceder a su Mercedes. Se garantizara con condición resolutoria o con aval, accedimos a ese pequeño salto al vacío y firmamos las arras hace un mes.
Nos preocupaba la salida de nuestro inquilino, pero en dos semanas el piso quedaba libre. Todo resulta impecable cuando las relaciones son de amistad, y no de simple arrendamiento. Pero en el piso aún quedaban muebles y enseres de la etapa del alquiler. Reconozco que cuando vi todo lo que aún quedaba por desalojar, mi primer instinto fue de acaparar, y llevarnos todo lo que pudiéramos a nuestra casa actual. Había muchos recuerdos en todos esos objetos. Pero ni por espacio físico ni por desapego tenía sentido. Es necesario quitarse peso para recorrer más fácilmente el camino de la vida. Así que sólo nos trajimos una mínima parte de lo que quedaba en el piso. El resto lo repartimos entre el nuevo propietario, nuestra querida vecina del piso de abajo, y nuestra ya amiga de la inmobiliaria, con la que comimos ayer en su casa para celebrar que todo ha llegado a buen término. Quiso rebajarnos el precio de su intermediación. No lo aceptamos. La gratitud manda.
Cuando era niño hubo una frase que me marcó profundamente. La pronunciaron unos amigos íntimos de la familia: "la amistad a un lado y los negocios a otro". Desde aquella frase, nuestra amistad nunca volvió a ser la misma. No podía expresarse con más fuerza la historia de la separación del ser humano: mente y corazón, amistad y dinero. Y siempre me obsesionó. Por eso me alegro que de esta operación inmobiliaria hayan surgido nuevos amigos, y nuevos motivos para el encuentro.
Nuestro antiguo piso ya tiene una nueva familia con la que hacerse un hogar. Han sido muchos meses de pequeños quebraderos de cabeza hasta cerrarlo todo. No sé si esa nueva familia habrá entendido nuestras motivaciones en todo este proceso, ni si se sentirán en gratitud. Es lo de menos. También hay que liberarse del peso de esa expectativa de gratitud. Tampoco sé si tendremos problemas en los próximos meses sobre la parte del precio aplazada. Espero que no. Pero si fuera así, algo habría que aprender también en ese caso. Por lo pronto, con el paso de la firma ante notario del viernes, no nos hemos "forrado", pero nos quedaremos sin deudas. Y ese es un hito que nos propusimos alcanzar hace tiempo para avanzar más ligeros de equipaje por la senda de una vida más sencilla y libre. Un hito más. ¿Será el siguiente el del hito laboral? Ya se verá.

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jueves, 16 de marzo de 2017

Poderoso caballero

No hay nada más difícil que la búsqueda de la coherencia en medio de la pura incoherencia. Tratar de tener principios en un mundo de intereses, de competencia y de prioridad por el dinero se antoja una tarea titánica. Y por todos los rincones acechan los dilemas morales y éticos. Gran escuela, sin duda, para la búsqueda de un mundo diferente para vivir.
Esta semana hemos tenido varias ejemplos. En uno de ellos, una buena amiga que trabaja en una empresa de seguros (en este caso a su pesar), nos pidió un favor: trasladar a su compañía los posibles planes de pensiones que tuviéramos en la familia para beneficiarse de la correspondiente comisión. Han pasado apuros en los últimos tiempos, y me pareció razonable, ya que hace mucho años tuvimos operativos nuestros planes de pensiones, y quizás ella podía beneficiarse de ello. Los giros radicales en nuestra vida aún no habían llegado, y actuábamos entonces en muchos temas como lo hace la mayoría: sin plantearnos los "cómos", los "por qués", ni las consecuencias. Creía "a pies juntillas" lo que me habían enseñado en la universidad y las consignas del telediario de turno. Ya se sabe: "¡que viene el coco"... Que si la incertidumbre sobre el futuro. Que si la quiebra del sistema de pensiones. Que si los ancianos desahuciados tras toda una vida trabajando... Pero hubo un momento en que decidimos parar las aportaciones. Actuar por miedo es una gran baza comercial y publicitaria. Les funciona de maravilla. Pero cuando empiezas a actuar con consciencia, muchos miedos se diluyen. Y decidimos no seguir alimentando al "monstruo", invirtiendo nuestro dinero en destinos incompatibles con nuestros principios. A diferencia de hoy día, en aquel entonces la banca ética o la responsabilidad social corporativa eran pura ciencia-ficción, y lo más coherente nos pareció paralizar las aportaciones y olvidarnos del tema. Ese dinero quedaba así bloqueado "per se" hasta nuestra jubilación, o algo peor. Parar las aportaciones era la mejor opción en aquel momento si queríamos ser coherentes. Y nos olvidamos de ese dinero literalmente. Incluso de cuánto había acumulado hasta ese momento. Reconozco que ese desapego es sano, y te puede ayudar a invertir en tiempo y en relaciones de calidad. Pero también es algo inconsciente, porque con ese dinero el banco podía seguir invirtiendo en barbaridades como la destrucción de bosques, prospecciones petrolíferas abusivas, fracking, prácticas bancarias mafiosas o un sinfín de tropelías que nos parecen una barbaridad en los telediarios pero que financiamos con nuestras inversiones en bolsa o en los planes de pensiones. Y ha sido ahora, a raíz de la petición de mi amiga, cuando hemos desempolvado el asunto, y nos sorprendíamos de la cuantía acumulada. Nuestra amiga también.
Realmente me fío muy poco del banco donde tenía los fondos de pensiones. Tan poco como de la empresa de seguros de mi amiga. Y si nos planteamos el cambio era por favorecerla a ella. Pero al ver el importe de la cuantía acumulada, tomamos consciencia de la necesidad de actuar con coherencia. No podíamos seguir mirando para otro lado y que ese dinero siguiera destinándose a valores que inviertan de forma injusta o insostenible. Revisamos uno a uno todos los planes de pensiones que nos proponía ella, y todos incluían en su cartera empresas o países cuyas actuaciones hemos criticado o denunciado, firmando en Change y otras plataformas de lucha. Hace unos años plantearte otras opciones éticas de inversión era simplemente utópico. Pero cada vez más afloran alternativas para que al menos tu dinero no se destine a empeorar aún más nuestro planeta. Pero ser consciente resulta incómodo. Para ti y para los demás. Es más fácil actuar como lo habíamos hecho estos años, olvidándote de todo o mirando para otro lado. Pero si te planteas que tu dinero es otra forma de energía, y que con él puedes impulsar un mundo mejor, o al menos no seguir empeorándolo, la molestia vale la pena.
Me remitieron varias opciones, pero ninguna con enfoque ético. La rentabilidad, la seguridad o la liquidez parecen ser los criterios supremos por los que se rige la inmensa mayoría de los ciudadanos al invertir. La ética y el destino del dinero parece algo secundario. "Dame pasta y no me digas de dónde la has sacado". Esa parece ser la consigna. Por eso nos pareció importante no claudicar, y que los bancos y las empresas de seguros empiecen a tropezarse con "bichos raros" como nosotros, para que empiecen a plantearse otros enfoques de inversión. Incluso que conozcan que hay gente que quiere ser "ahorrador ético activo".
Sin embargo, el sistema está bien pertrechado contra individuos "raritos". La misma sensación hemos tenido cuando hemos dado pasos en busca de una mayor coherencia en la alimentación. Y en este caso, aunque ni siquiera habíamos firmado, el traspaso de nuestros fondos era ya efectivo tras unos pocos whatsapps de intercambio de impresiones. ¡Qué bien sabe el sistema cómo apañárselas para hacernos sus guardianes, o como mínimo sus cómplices!
Menudo dilema. Si simplemente hubiéramos traspasado los fondos sin mirar nada más, con la inconsciencia con que habían dormido estos años, no habría habido ningún problema. Pero si con ese traspaso te planteas ser coherente y consciente, la opción de la empresa de mi amiga dejaba de ser opción. O ayudarle en su comisión y situación familiar invirtiendo en valores que nos generan rechazo, o deshacer el traspaso invirtiendo en valores más éticos y darle la espalda a ella. Difícil coyuntura. La misma que cuando en casa de un amigo o familiar te ponen un filete con todo el cariño, y tú te planteas rechazarlo por cariño a los animales. O cuando decides que encender una lámpara en casa no suponga quemar más combustibles fósiles. Tras hacer números vimos que ella podría alcanzar sus objetivos trimestrales simplemente con uno de los fondos, que deberíamos mantener unos meses con ella. El otro podíamos trasladarlo a opciones más éticas. Al margen de las decisiones de nuestra amiga, nosotros incurríamos en incoherencia dejando uno de los fondos, pero ayudar a nuestra amiga también forma parte de nuestros principios. Así que un fondo ha ido a parar a la banca ética, y el otro a darle un "empujoncito" a nuestra amiga durante unos meses. Difíciles equilibrios en un mundo lleno de incoherencias donde Don Dinero, por desgracia, sigue siendo poderoso caballero.

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sábado, 18 de febrero de 2017

Cuando faltemos

La actualidad no pinta bien. Los que necesitan ver un futuro despejado no están de enhorabuena precisamente. Los Trump, los Brexits, los enfrentamientos nacionalistas y geopolíticas, y la desconfianza hacia "el otro" parecen "el pan nuestro de cada día". Es como si el terreno que pisábamos hasta ahora desapareciera bajo nuestros pies. Y los que somos padres no podemos evitar pensar qué será lo que les tocará vivir a nuestros hijos. ¿Qué mundo habitarán?
A algunos padres les entra el pánico. Tenemos amigos muy preocupados por ese futuro para sus hijos. Tanto, que a veces no pueden ni dormir. Andaban muy inquietos antes del panorama actual, así que ni imaginamos cómo estarán ahora. No quieren equivocarse en la carrera que elijan para ellos, buscando la salida laboral más segura. A otros no les da la vida para tratar de acumular pisos, casas o fincas, que luego repartir entre sus hijos, y con ello procurarles un seguro ante las inclemencias del futuro. Una carrera segura de la que vivir. Unas propiedades que te mantengan a flote. Pero ¿de verdad nos creemos que el dinero o las cosas materiales son las que nos van a salvar en las situaciones más extremas? ¿No será quizás que las situaciones más extremas nos igualan a todos, tengamos o no dinero y tierras? ¿No será que es  ahí donde podremos desplegar otros recursos y habilidades menos tangibles pero quizás mucho más valiosas? E incluso sin llegar a ese precipicio: ¿y si esas carreras o esas propiedades se acaban convirtiendo en unas cadenas que aprisionan a nuestros hijos durante cuarenta o cincuenta años? ¿Y si una hipotética herencia lo único que consigue es avivar rencillas entre hermanos, como tantas veces sucede por desgracia? Para ciertas almas libres, una carrera con salida segura o una suculenta herencia puede convertirse en la peor de las cárceles. Y los padres, encima, frustrados o hundidos por haber dedicado todos los esfuerzos de una vida a algo que, a la postre, hace de sus hijos unos infelices.
Poner el dinero en el centro de la vida de nuestros hijos, y que su existencia gire en torno a él quizás no hace sino prolongar esclavitudes de generación en generación. Por mi trabajo en una oficina de empleo, observo con estupefacción cómo la vida de miles de personas gira alrededor de una llamada de teléfono para que les contraten unos días de peón o les concedan un subsidio por unos pocos meses. Todo por unos pocos euros puntuales. Los dones y talentos de tantas personas, y su capacidad para generar redes de apoyo mutuo y sinergias, tirados a la cloaca de forma masiva e institucionalizada. Y miles de personas pendientes de que "Papá Estado" les salve. Afortunadamente hemos vivido ejemplos maravillosos de todo lo contrario , bajo las mismas circunstancias.
Entonces, ¿en qué invertir para allanarles el camino a nuestros hijos? Cuando la cosa se pone cruda, lo material no hace sino lastrarnos hacia las profundidades. Poner el dinero en el centro de nuestras vidas y la de nuestros hijos es la apuesta mayoritaria, pero incluso desde una perspectiva lógica, resulta absurda. Si el mundo se fuera "a la porra" y hubiera una catástrofe, una guerra o una estampida masiva, invertir en relaciones sería lo que nos podría salvar. Invertir en flexibilidad, en empatía, en tolerancia, en movilidad y en interculturalidad podría ser nuestro salvoconducto si tuviéramos que coger el "petate" y salir corriendo a descubrir mundo. Invertir en lo más intangible y sutil de nuestro ser interno sería nuestra tabla de salvación. Porque quizás toque adaptarse a situaciones precarias y ser capaz de ser feliz en ellas. Porque quizás toque trabajar "codo con codo" con el otro, con el diferente, con el de otro sitio, y vivir en armonía y paz con él a pesar de nuestras diferencias. Porque quizás toque hacer de cualquier sitio alejado y de personas totalmente desconocidas nuestro hogar. Y quizás ahí poco nos va a ayudar nuestra herencia, nuestra carrera para toda la vida, o nuestra saneadísima libreta de ahorros. Quizás ahí sea vital tener o construir relaciones fuertes, duraderas y de confianza con gente que nos abriría las puertas de su casa y de su corazón ante la adversidad.
Cada vez conocemos más gente que decide cortar en parte con esa dinámica materialista tan mayoritaria, aunque les tilden de locos o de irresponsables. Y casi siempre se les hace la misma pregunta: "¿Cómo llegáis a fin de mes?" Una pregunta que inmediatamente te obliga a pensar en sueldos mínimos para un cierto status. Pero la pregunta correcta debería ser: ¿Cuánto quieres invertir en trabajar por dinero, según el tipo de vida que deseas llevar? ¿Cuánto quieres invertire en ganar dinero y cuánto a trabajar por los demás, por otro mundo diferente, por tus dones y talentos, por dar otras referencias a tus hijos, o por construir relaciones duraderas? Quizás más que asegurar dinero para los hijos, deberíamos preferir facilitarles capacidad de adaptación, flexibilidad, inquietud por aprender, por relacionarse, por viajar y por adaptarse con facilidad y felicidad a las circunstancias que la vida les ponga delante, aunque sean las más extremas. Y curiosamente, en ese camino siempre surgen posibilidades y lugares a los que acudir y en los que ser acogidos si hiciera falta. Hablamos por pura experiencia.
Puede que haya llegado el momento de ser prácticos con respecto a los hijos. Por si acaso. Para cuando faltemos. Vaya o no la cosa a peor. Pero a lo mejor toca replantearse qué es "ser prácticos". Por si acaso. Para cuando faltemos. Vaya que nuestra apuesta pudiera hacer de ellos unos infelices.

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domingo, 15 de noviembre de 2015

Lotería

Sin duda este es otro tema en el que somos "raros" en casa. O al menos muy minoritarios. Y especialmente en esta época en que se forman "corrillos" en los trabajos y en las cafeterías para repartirse los décimos de lotería con vistas al Gordo de Navidad. Hubo un tiempo en que compré alguna participación o puntualmente alguna quiniela. Pero éste es un asunto en el que desde hace años hemos querido poner también un poco de consciencia.
La lotería, como otras tantas cuestiones, es una auténtica historia mental, que nos hemos creado de forma colectiva y mayoritaria. No en vano, es una de las grandes "joyas de la corona" de Hacienda para recaudar fondos. Sin embargo, si lo pensamos detenidamente, no deja de ser una zanahoria que apela a nuestros instintos más primarios: el "forrarse" rápido y sin esfuerzo. Y no sólo eso: se convierte en la varita mágica que convierte vidas desdichadas en el paraíso. El dinero, de nuevo, como centro de nuestra existencia. Y toda la sociedad, de forma masiva, dedicando sus energías, sus anhelos, y sus esperanzas en convertirse en "los elegidos" por la diosa fortuna.
Creamos lo que creemos. Y si nos apegamos a que la felicidad es eso, el "batacazo" cuando no se hace realidad es monumental. A fin de cuentas hemos puesto nuestras esperanzas, hemos pagado el "precio", y el destino nos da la espalda. El sinsentido. Y más aún cuando muchos participan porque lo hacen los demás, y para no quedarse fuera de juego: "si toca en mi oficina y no compro, sería el "hazmereir" de todos".
Que el Estado fomente esos instintos tan básicos del "forrarse" o de "el dinero es la felicidad", demuestra los principios que nos rigen. Y cuando se emplean argumentos publicitarios como los del anuncio del año pasado, todavía más. Con un marketing impecable, se nos vendía una historia lacrimógena de un desdichado que no había comprado su décimo donde siempre, y esta vez sí había tocado. Su amigo, el dueño del bar donde se vendió, en lugar de quedarse el décimo, se lo reserva, y le entrega en un sobre rojo: la felicidad plena. Parece una bella historia de solidaridad, pero en realidad pretende sólo que compremos más lotería (como así sucedió) y recaudar más para el Estado (como también sucedió). ¿Qué pasaría si, esa solidaridad, en vez de dedicarla en comprarnos décimos de lotería unos a otros (que nunca tocan), se dedicase a ayudarnos de verdad los unos a los otros, aunque fuera con ese mismo dinero? Seguro que todos sabemos de familias o casos que lo necesitan. Esa sí sería una bella historia de solidaridad y sin una intención mercantilista de fondo. Veremos qué depara el anuncio de este año...
Pero sin hay un apartado donde el tema de la lotería se convierte en inaceptable para mí, es cuando se utiliza para conseguir fondos para campañas solidarias. Es decir, las ONGs, asociaciones y entidades sin ánimo de lucro, para recaudar fondos y contribuir a la sociedad, se convierten en vendedores ambulantes de lotería, y venden décimos de lotería a 20€ para conseguir 2 ó 3€ para el fin solidario en cuestión. ¡Como si no hubiera otras vías para ello! Y lo más triste es lo que subyace a ese acto. Ya que no consigo que colabores con mi fin solidario, mercantilizo la cuestión, y te vendo la esperanza de que te "forres". A eso seguro que estás dispuesto/a. Así consigo fondos para el fin solidario, aunque sea utilizando medios que apelan a instintos poco solidarios"
Dicen que la vida es una tómbola. También que es una lotería. Yo creo más bien que es un río, con sus obstáculos y dificultades. Cada recodo con un aprendizaje o un recuerdo de la verdad. Pero lo importante es fluir y avanzar, sin atajos ni esperanzas trucadas.

sábado, 19 de octubre de 2013

¿Por qué no nos dejan ser Ahorradores Éticos Activos (A.E.A.)?

Desde hace algún tiempo, y ante el destrozo que el sistema financiero ha hecho en tantas y tantas familias, nos involucramos en algunas iniciativas de crowdfunding en el ámbito de la solidaridad y el emprendimiento social, como muchos ya sabéis. Vimos que eran muchísimas personas las que querían dar un sentido distinto a su dinero, más allá de rentabilidades: querían transformar su rinconcito de mundo, con aportaciones más o menos pequeñas. Por eso, partiendo de esas experiencias, nos hemos puesto en contacto con algunas entidades autodenominadas "banca ética" para realizarles una propuesta constructiva. Nos preocupaba que, en gran medida, estuvieran reproduciendo y manteniendo la dinámica de la banca tradicional en los siguientes aspectos:
  • Los proyectos de emprendimiento deben acudir a una estructura más o menos centralizada de la entidad, que recepciona el proyecto, lo evalúa según sus criterios (más o menos técnicos o asamblearios) y decide o no su apoyo con los fondos de los ahorradores.
  • Tan sólo se facilita la posibilidad de elección, por parte de los ahorradores particulares, renunciando o no a a la remuneración de su ahorro, para destinarlos a unas ONGs u otras dentro de un grupo tasado y cerrado propuesto por la entidad de banca ética. A ello se limita la libertad de elección concreta del ahorrador en el destino de sus fondos.
  • El papel del ahorrador se ciñe a la aportación de fondos, sabiendo que su destino va a ser más positivo que en la banca tradicional, y disfrutando de una transparencia mucho mayor, pero sigue adoptando un rol pasivo y mudo en cuanto al destino de sus fondos. A lo sumo podrá facilitar la presentación de proyectos de emprendimiento que conozca, en base a su condición de cliente, pero el mecanismo de selección sigue siendo el descrito en el punto 1.

Indudablemente, el modelo de estas entidades supone un salto cualitativo respecto a la banca tradicional. Pero pensamos que los tiempos que corren, exigen una apuesta más decidida y audaz dentro de la banca ética, y que incorpore los siguientes actores y enfoques,  quizás no mayoritarios en nuestra realidad, pero indudablemente con un protagonismo cada vez mayor, como hemos tenido ocasión de comprobar:
  1. Incorporar al modelo de financiación ética un sujeto hasta ahora inédito, pero que de forma creciente empieza a tener un protagonismo impensable hace unos años: el del Ahorrador Ético Activo (AEA). En el modelo actual de las entidades de financiación ética, se sigue tratando al ahorrador como AEP (Ahorrador Ético Pasivo): una persona que tiene su trabajo (o no), que quiere transparencia y responsabilidad con su dinero, pero que no se involucra a través de la banca ética de forma activa en la transformación de su entorno mediante los proyectos concretos que pueden transformar esa realidad. Nuestra experiencia de crowdfunding nos permite vislumbrar de forma nítida un AEA, que yendo más allá de su participación en asociaciones o voluntariados diversos, quiere que su dinero transforme su realidad, sin delegar dicha facultad en un organismo intermedio que puede o no compartir sus criterios a la hora de decidir apoyar unos proyectos u otros.
  2. Un ahorrador que valora mucho la cercanía a la hora de seleccionar los proyectos de emprendimiento a los que financiar: los planes de viabilidad, las cuentas previsionales y los análisis económico-financieros son fundamentales, pero al mismo nivel que la valoración de la urgencia y la confianza que pueden generar proyectos de entornos cercanos (un familiar que va a montar una granja escolar, un amigo que quiere crear un Centro Especial de Empleo, etc)
  3. Un ahorrador que se muestra decidido a involucrarse activamente en la elección concreta de los proyectos que querría financiar con su propio dinero, y que se muestra reacio y crítico a la hora de que su dinero se destine a proyectos en positivo pero de forma genérica, a veces alejados en lo geográfico y en lo que pueden suponer sus prioridades.
  4. Un ahorrador para el que la rentabilidad o la consecución de un retorno financiero supone un aspecto secundario, y a veces totalmente prescindible (como hemos podido constatar claramente en crowdfunding) frente a la posibilidad de transformar su realidad y mejorar su “rinconcito” de realidad. En muchas ocasiones, está decidido a dedicar parte de sus ingresos o de sus ahorros a esta tarea, a cambio de retornos simbólicos o incluso asumiendo que parte se va a perder, pero que la parte que no lo haga y fructifique en proyectos transformadores habrá valido la pena, y justificará las posibles pérdidas, que podrán ser asumidas por él.
  5. Un ahorrador para el que el papel de la entidad de financiación es meramente instrumental: él quiere ser el protagonista y quiere decidir qué proyectos apoyar, y el papel del banco es sólo de asesoramiento, de delimitación del marco positivo de las áreas a impulsar desde la entidad (medio ambiente, cultura, etc) y sobre todo, de creación de productos financieros que faciliten ese apoyo a sus proyectos escogidos, así como el retorno de las cantidades prestadas.
  6. Dicho carácter instrumental en el papel del banco puede llegar hasta tal extremo que, en la fijación de las condiciones de los productos financieros que posibiliten estos apoyos, la entidad pueda simplemente crear el producto (línea de crédito, préstamos entre particulares, etc), acordar las condiciones con ahorrador y proyecto de emprendimiento dentro de unas posibilidades más o menos tasadas, pero incluso llegando a sustraerse en determinados aspectos de problemas de retrasos, impagos, etc que podrán ser asumidos por el AEA.

Este planteamiento, en la práctica supondría que cada uno de los ahorradores, elegiría realmente su entidad de banca ética, para facilitarle simplemente la operativa bancaria para prestar el dinero y que le sea devuelto. Nada más y nada menos. Pero la elección es suya. No quiere dedicar tiempo a tener que buscar al prestatario para darle el dinero o pedir que se lo devuelva, y sólo para eso es para lo que necesita al banco: para crear el marco financiero profesionalizado que permita que estar labor de apoyo financiero activo y ético se dinamice, y se repita en el tiempo. Si la labor de la entidad es buena, el dinero que se presta y se devuelve, rotará de forma rápida, y se podrá apoyar a más proyectos. Y será ahí donde se mida la calidad de esa banca ética en esta área de su negocio. Pero con una contraprestación enorme a efectos de posicionamiento y expansión de la propia entidad: cada persona se convierte en la práctica en una sucursal andante de dicha entidad de financiación ética.

Son sólo dos los requisitos para poner en práctica esta línea de trabajo:
  1. Disposición de las entidades de financiación ética a dar verdadero protagonismo a quien lo tiene: la persona, bien en su condición de ahorrador o de emprendedor de proyectos transformadores. Y como consecuencia de lo anterior, saber situarse en el papel que realmente le debe corresponder: el instrumental de facilitador de ese contacto financiero entre las personas, sin robar protagonismo a quien lo tiene.
  2. Creación del marco jurídico de los distintos productos financieros que permitirían la articulación de la presente propuesta, con la delimitación de los distintos niveles de remuneración, de penalización, de exención de responsabilidad en demoras e impagos, etc…

Hicimos llegar nuestra propuesta concreta a distintas entidades (https://www.dropbox.com/s/p5wvq6haj13o5r8/Presentaci%C3%B3n_propuesta_finanzas1.pdf). Algunas ni contestaron. Triodos Bank sí lo hizo, desde la Dirección de Comunicación (aún esperamos a su Dirección General), aunque hubiéramos preferido recibir otra respuesta: "...en algunos puntos existe cierta distancia con nuestro modelo de negocio. Como usted sabe, en el mundo hay diversas aproximaciones a las finanzas éticas. Cuando se fundó el banco en 1980, Triodos Bank optó por ser un banco como los demás, que pudiera competir con la banca tradicional y demostrar que también desde el sistema financiero, cumpliendo con los mismos requisitos y bajo una estructura empresarial, era posible reinventar la banca....como entidad financiera europea sería preciso un consenso del grupo a nivel internacional para cualquier tipo de cambio en nuestro enfoque de banca". Malas noticias para quienes queremos involucrarnos activamente en la transformación de nuestro entorno concreto con nuestro dinero. Seguiremos intentándolo, no obstante.