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sábado, 12 de noviembre de 2022

Nuestro trocito de Paraíso

Todo está en silencio ahí fuera. Me he levantado a la hora habitual pero todo es distinto. Aquí el sueño es siempre más profundo. Estamos en otro planeta a tan sólo 25 kilómetros de casa y casi a 1.000 metros de altitud. Los perros del vecino no han ladrado esta noche. No sé si por la ausencia de zorros y jabalíes o porque ya se han acostumbrado a ellos. Las luces del alba dibujan los contornos de las montañas que nos rodean y van dando forma al horizonte tras el mar. Los gatos aún no se han asomado a ver si les cae algo. Y aún es pronto para que los abejarucos se lancen en picado a por las abejas. Tan sólo se escucha el tintineo del cencerro de una de las ovejas que pastan delante de casa, y el discurrir del agua que nos llega desde el manantial del cercano barranco. Saludo en silencio la majestuosidad de los árboles frutales que nos rodean. Aún no he dejado de maravillarme y de agradecer que tan pocos árboles puedan darnos tanto, tan bello y tan sabroso. Tanto como para compartir con tantos. Que ese regalo que nos dan, circule hacia nuestros familiares, amigos, vecinos y conocidos. Y que, por arte de magia, nos regrese de nuevo en forma de nuevos dones, regalos y gratitud desbordantes. Ahí están esos árboles, en silencio, simplemente siendo y dando. Sin pretender ser más. Sin quedarse con más de lo que necesitan. 


Cada vez que venimos, todo se calma dentro. La conexión con la tierra, con los árboles y con los animales es total. El ritmo cardíaco y de la respiración es otro. Se disuelven las preocupaciones, los conflictos, los pensamientos. El aquí y el ahora es lo único que existe. Mientras recolectas fruta. Mientras riegas. Mientras lavas los platos. Mientras contemplas el horizonte. Mientras agrupas las hojas caducas del otoño. Mientras alimentas a las ovejas o a los cerdos del vecino con la fruta ya muy madura o con la maleza recogida. Aquello más simple, resulta ser lo único que hay. Resulta ser todo.

Y si tras estos meses, esas son las sensaciones de un "urbanita" empedernido como yo, imaginad las de Mey, de naturaleza "india arapahoe", como solemos bromear. Se calza sus dos trenzas nada más llegar. Se pone sus mejores galas en forma de sonrisa de oreja a oreja. Y no deja de repetir sus mantras desde que llegamos hasta que nos vamos: "¡qué maravilla, por Dios!"... "¡es que esto es el paraíso!"... Con tal despliegue de gratitud, imposible no embriagarse con esta paz.

Desde hace años, fue ella la que insistía en reconectar con la tierra. Me lo repetía cual "gota en el latón". Y yo me resistía, pensando en los gastos de la universidad de los niños, en los imprevistos que siempre pueden venir, o en mil y un motivos que la mente se pone de excusas. Hasta que hace unos meses me dejé llevar. ¿Acaso cada vez que la he seguido en una de sus locuras, mi vida no ha dado un giro a mejor y a mayor felicidad? ¿Para qué tanto control y tanto pensar en el futuro? ¿Qué pinta el dinero en el banco en estos tiempos? Tan sólo acordamos varias condiciones para la aventura de buscar algo en el campo: 1.-Que no nos endeudáramos y que pudiéramos afrontarlo con nuestros ahorros 2.-Que no estuviera a más de 30 minutos de casa, para que no nos diera pereza venir con frecuencia 3.-Que tuviera una vistas preciosas, porque no queríamos estar en el campo, pero rodeados de bancales que profanan y mutilan la majestuosidad de las montañas, o de hileras de aguacates o mangos, milimétricamente ordenados por la artificialidad humana, en vez de por la magia de la naturaleza 4.-Que no nos esclavizara su mantenimiento, ya que pretendíamos continuar con nuestra actividad habitual, nuestros viajes y nuestros proyectos. 

Cuando acabamos de formular esas 4 condiciones, pensé que nos habíamos pasado con la Carta de los Reyes Magos. Que sería imposible encontrar algo así. Pero "la" Mey es "mucha" Mey. Y cuando se le junta la "vena india" con la "vena bruja" , no hay obstáculo que la detenga. Así que, como ella suele decir, puso a trabajar al Universo. Cierto es que vimos unos cuantos terrenos durante un par de meses. Pero igual que con las personas, nos dejamos guiar por las vibraciones que nos transmitían, y ninguno nos convenció. Pero apareció uno por facebook que podía cuadrar, salvo por un detalle: estaba a 40 minutos de casa, en vez de a 30. Mey me llamó por si lo descartábamos. Pero por 10 minutos no íbamos a renunciar al paraíso. Quedamos con el dueño.

Era un día feo y lluvioso. Pero fue el primer propietario que nos invitó a llevarnos en su coche y además sin mascarilla. Nos pareció un bello gesto de partida. Y la conexión empezó a fluir durante el trayecto. Las buenas vibraciones se confirmaron nada más llegar. Mey y yo nos miramos y supimos que aquel era el sitio. No tuvimos ni siquiera que decirnos palabra. Las pocas que dijimos fueron para ajustar el precio en pocos segundos, quizás porque él ya nos imaginaba viviendo allí tras la conversación del coche. Pero había un "pero": había muchos papeles que arreglar. Muchos. Porque el terreno y la casa lo tenían todo. Absolutamente todo. No teníamos nada de qué preocuparnos, ninguna obra que acometer, ni trabajo alguno que impulsar para poner los árboles en producción de frutas, incluido el riego automático y bajo tierra. Estaba todo listo para irnos a vivir de inmediato, si queríamos. Pero el asunto de los papeles estaba totalmente en el aire. Y podrían pasar meses hasta que estuvieran listos, si llegaban a estarlo. Mey y yo nos abandonamos a nuestra intuición, y en lugar de exigirle los papeles, asumimos el reto de arreglarlos nosotros, ya que la especialidad del propietario no era precisamente la burocracia. Y ahí empezaron semanas y semanas de conversaciones con la arquitecta y el técnico municipales, con los de Agricultura y el Parque Natural, con la Notaría y el Registro...Antonio nos autorizó para todo como si fuéramos de la familia. Y poco a poco todo fue tomando forma. Logramos, incluso, ahorrarle un buen "pellizco" de los gastos previstos. No era asunto nuestro, pero siempre pasa que lo que das te acaba volviendo. Y efectivamente así fue. Durante aquellas semanas se fue fraguando la amistad entre nuestras familias. Le acompañamos al "cortijo" todos los fines de semana que fue posible, y nos fue enseñando el noble oficio de cuidar aquel precioso terreno. Y de regreso a casa, trajimos las alforjas llenas de maravillosos manjares: moras, cerezas, naranjas, limones, aguacates, chumbos, higos...Es como si aquel dichoso papeleo, asumido de buenas gana y con ilusión, hubiera sido el terreno para que una bella amistad fuera fructificando. De ese modo, se diluyeron los roles de comprador y vendedor, y surgieron los de unos amigos que se ayudan, se comparten confidencias familiares, y se dan trucos para el cultivo o para la gestión de las finanzas. Comprobar que el centro lo estaba ocupando la relación entre nosotros, y no la defensa egoísta de los intereses de cada parte, fue la prueba definitiva de que la decisión era la correcta: aquel era nuestro sitio. Antonio hoy sigue teniendo llaves de todo, y nos aconseja permanentemente, porque aún somos muy "novatos". En un par de semanas nos tomaremos las dos familias un arroz allí arriba para celebrar estos meses de encuentro. Nos reiremos y quizás también lloraremos añorando a quienes pasaron por aquel cortijo o compartiendo los retos del futuro.


Si nos lees desde hace tiempo, ya sabrás el nombre que le hemos puesto a nuestro trocito de Paraíso: PEPONI. Pero por supuesto, no hace falta comprar ningún terreno para encontrar tu trocito de Paraíso. Hay paraísos de éstos por todas partes. El principal, dentro de ti. Sólo hace falta que ese paraíso te regale silencio fuera, para que crezca el silencio dentro.


Nosotros, en nuestro caso, hemos dado este paso porque es algo que nos hacía mucha ilusión desde hace tiempo. Y las ilusiones son para vivirlas, no para llevárselas a la tumba. También porque se hace preciso dar al campo, al agricultor y al ganadero la importancia que nunca debieron perder. No es una decisión para escapar del ruido, de las noticias, o del miedo imperante. No es una huida. Es un reencuentro con la tierra, con lo sencillo y con lo más auténtico de cada uno de nosotros. Con lo más primario. Allí nos encontrarás si estallan pandemias, guerras o catastróficos cambios climáticos. Viendo esos atardeceres que quitan el hipo. Sintiéndonos hormiguitas en medio de tanta inmensidad. Riéndonos a carcajadas de la convicción del ser humano de ser el ombligo de todo. Retomando la conexión que perdimos creyéndonos más conectados que nunca con nuestras pantallas. Tratando de atisbar las cumbres de África en los días más claros. Observando las estrellas y la luna cada noche. Viendo las luces de la costa y de los barcos a lo lejos. Contemplando el ritmo y los ciclos de la vida. Ilusionados hasta la extenuación. Sintiéndonos vivos, muy vivos.


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miércoles, 28 de octubre de 2020

Espejismos

Espejismo (jplenio en Pixabay)


Empezó a anochecer. Y con ello mis temores. Las fuerzas flaqueaban ya. Nos creíamos a salvo, pero no. Todo había sido un espejismo. No estábamos donde creíamos. Había que empezar casi de cero. Debíamos volver a ponernos la ropa empapada, enfundarnos el "cortavientos", y adentrarnos de nuevo en aquel inmenso mar. No tardaría en irse la luz. Y sin linternas ni móvil, aquello se podría convertir en un "pequeño drama". No le gustó a Mey que pronunciara aquellas palabras. Evidenciaban mi preocupación. Miedo no, pero sí preocupación. Y ella lo estaba viviendo de una forma distinta. Por eso preferimos quedarnos callados, y remar. Remar con intensidad. Pero el cansancio atenazaba mis músculos, la mente empezó a patinar, y aquellas crecientes olas nos ganaban la batalla por instantes. Cada vez más agua inundaba la canoa. Cada vez más empapados. Cada vez más giros innecesarios en un zig-zag interminable. En el lejano paisaje de montañas que veía delante de nosotros, tomé la referencia de cómo las sombras de la noche tomaban el control. Y cada minuto que pasaba creía ver menos trozos de montaña sonrosados por el atardecer, y más trozos de un gris oscuro. Cosas de los nervios, probablemente. Me imaginaba que cuando el gris le ganara el pulso al rosa, nuestro panorama sería ya negro. Por eso, cuando aparecieron un par de lanchas a lo lejos, presentí que nuestros amigos ya habrían activado nuestro rescate. Pero no. Mi percepción quizás no era nada objetiva. Desde luego estaba muy alejada de la de Mey, como pude comprobar después. Quizás por eso no levanté las manos y los remos para pedir auxilio, como se me pasó por la cabeza en algún momento. Aún quedaba un rato de luz y había que aprovecharlos. Quizás la siguiente cala era la correcta. O quizás la siguiente. O quizás la otra.

Cueva de las Palomas (Wikiloc-Cejus)

El día había sido inolvidable. Por enésimo fin de semana consecutivo, Mey y yo habíamos decidido ejercer nuestra objeción de conciencia a este panorama de desasosiego, de miedo y de crispación que parece haber abducido a nuestra Humanidad. Sin embargo fuimos "más papistas que el Papa" en eso de mantener el metro y medio de distancias de seguridad, y nos lanzamos de nuevo a los brazos de la naturaleza junto a unos buenos amigos en Cabo de Gata. Ese sábado fuimos los únicos que botamos nuestro kayak para recorrer el precioso trayecto entre el Playazo y Las Negras. El resto de amigos lo harían por tierra. Navegamos junto al castillo de San Ramón, nos adentramos  en el hechizo de la cueva de las Palomas, rememoramos aquella comida especial en el camping de La Caleta de hace apenas dos meses y las horas de buceo en las cristalinas aguas de la cala del Cuervo, y llegamos con tiempo de sobra a Las Negras, para curiosear por los alrededores, hasta que el equipo terrestre nos alcanzara. Luego compartimos con ellos unos tercios, unas patatas de bolsa, y unos bocatas partidos a "cachos" en aquel bohemio malecón. Primero una bella conversación cargada de muchas risas en el almuerzo, y después un café en el bar Cerro Negro, hicieron de aquélla una tarde mágica. Y como suele suceder con la euforia del momento, improvisamos el regreso a casa sobre la marcha. En lugar de volver por el mismo recorrido, Mey y yo seguiríamos avanzando hasta las calas del Plomo y de Enmedio, mientras los demás regresarían andando a por los coches para recogernos. No cabía pérdida. La cala del Plomo tenía una construcción a la izquierda y un amplio cañaveral a la derecha. Avanzaríamos hasta la cala de Enmedio, que nos dijeron que era espectacular, y regresaríamos de nuevo a la del Plomo, porque era la única a la que se podía llegar en coche, tras siete kilómetros de carril polvoriento. Aunque ya llevábamos un par de horas remando, la propuesta era irrechazable, vista la belleza de aquellas columnas y rosetones de roca volcánica, que cualquier catedral humana habría deseado para sí.

No tardamos en llegar a nuestro destino. Una bandera pirata ondeaba al viento, mientras un par de chicas tomaban el sol, y una pareja nudista se mimetizaba con las rocas. Como había pasado por la mañana, nuestra velocidad era mayor que la de los senderistas. Así que mantuvimos el plan, y llegamos también pronto a la cala de Enmedio. Efectivamente valía la pena: dos grandes rocas a cada lado la ocultaban de las miradas curiosas, y cual unicornio misterioso, una cabra montesa nos dio la bienvenida en la misma playa. No podía haber un mejor colofón para un día así.

Ya algo cansados, regresamos a la cala del Plomo, con algo de fresco, porque aquellos altos acantilados ya ocultaban los rayos del Lorenzo. Pero la arena de aquella playa aún estaba al sol. Así que descendimos algo entumecidos del kayak, y rápidamente nos cambiamos de bañador y de camiseta para no enfriarnos. Y como sucedió por la mañana, el equipo acuático había vencido al equipo terrestre. Nos vendría bien, porque ya llevábamos casi tres horas y media remando, y el cuerpo no está acostumbrado a estos "tutes". Así que un poco de relax, tumbados en aquel atardecer paradisíaco, nos vendría "de perlas". Nuestros amigos podrían tardar lo que quisieran. Nosotros ya estábamos a salvo.

Cabo de Gata (Wikiloc-Cejus)
Sin embargo, algo no cuadraba. Por mucho que lo intentábamos, no lográbamos ver el aparcamiento de coches detrás de aquel cañaveral. Por allí debían llegar nuestros amigos a recogernos. Pero nada. Ni un coche. Preguntamos a las dos chicas que tomaban el sol, y sus palabras supusieron un bofetón. De repente, el momento idílico en aquella cala de ensueño se convirtió en una escena surrealista. Efectivamente allí había una construcción y un cañaveral, pero aquello no era la cala del Plomo sino la de San Pedro. Hasta la del Plomo, quedaban aún unos buenos kilómetros. Vamos, que aquella cabra montesa que se nos apareció en aquella cala desierta, aún estaba bastante antes de nuestro destino, y nosotros nos habíamos vuelto para atrás. Como con el plan improvisado ni habíamos cogido el móvil, les pedimos a aquellas chicas una llamada de gracia para tranquilizar a nuestros amigos sobre nuestra posición, y avisarles de nuestro retraso. Pero nada, no debían oírlo con su particular espejismo de la situación.

Y así fue cómo, con las tardías sombras del atardecer, un luminoso día cargado de bellas emociones, se había transformado en un motivo de preocupación. Al menos para mí. Y cada cala que pasábamos se convertía en una pequeña frustración por no ser nuestro destino y por no descubrir en ella a nuestros amigos esperándonos. Una y otra vez. Una y otra vez. Y cada vez más frío. Y cada vez más mojados. Y cada vez más oscuro.

Habíamos cumplido "a rajatable" las especificaciones: "una construcción a la izquierda y un cañaveral a la derecha en la Cala del Plomo; y dos grandes piedras delimitando la cala de Enmedio". Y justo con esas instrucciones bajo el brazo, habíamos llegado a nuestro destino. Pero todo había sido un espejismo. Aquel no era nuestro destino. Quizás estábamos en lo cierto con esa descripción. Pero quizás la verdad tiene muchas caras, que a veces desconocemos. Incluso para los dos remeros de nuestro kayak, que vivíamos con distinta intensidad la premura por llegar a nuestro destino, así como el tiempo de luz que nos quedaba para ello. Cada persona experimenta la realidad según sus vivencias y experiencias pasadas, o según su propia forma de ser. Por eso, ni siquiera Mey y yo percibíamos lo mismo, remando al unísono, como íbamos. Ni aquella cala en la que habíamos descendido se llamaba del Plomo, ni hasta ella podían acceder los coches. Todo había sido una pequeña broma del destino, creando una coincidencia en la vaga descripción de dos calas alejadas por unos cuantos kilómetros. Pero ya no había remedio. Sólo quedaba remar. De poco valía preocuparse. Sólo valía ya ocuparse. Por muy pocas fuerzas que quedasen ya.

Y justo cuando ya parecíamos desfallecer, y tan sólo se divisaban lejanas luces en Agua Amarga, en el recodo de nuestra enésima esperanza de destino divisamos una construcción y un cañaveral. En realidad ni uno ni otro tenían nada que ver con los de la cala que habíamos tomado por nuestro destino, unos kilómetros atrás. Pero eso es lo que pasa con los espejismos. Que los haces "tu verdad", aunque poco tengan que ver con "la verdad".

Cabo de Gata (Wikiloc-Cejus)
Cuando a lo lejos avistamos la figura de Gema, las sonrisas volvieron a bordo, aunque estaba sola y muy afanada con su móvil. Luije, efectivamente, había salido en nuestro búsqueda. Su espejismo mental había consistido en que, quizás alguno de nosotros habría sufrido alguna contractura o se habría sentido mal, y habíamos regresado a las Negras. No era normal que no hubiéramos llegado aún a esas horas. Algunos pescadores y bañistas así se lo habían corroborado. Y cada uno ya estaba planificando su plan conforme a tal espejismo. Luije preparando la llamada a un familiar para que nos buscara con su lancha. Y Gema consultando el teléfono para avisar al servicio de rescate marítimo. ¡Menuda odisea podíamos haber liado!

Ya con el kayak desmontado en el coche, exhaustos, y llenos de arena y sal, reflexionábamos  en el camino de regreso a casa de Gema, sobre lo compleja que es la realidad. Todos habíamos actuado conforme a la verdad de lo que sabíamos. Y sin embargo, se podía haber montado un buen "pollo". Probablemente se podría haber evitado con menos euforia e improvisación en el plan vespertino. Quizás nos podríamos haber detenido a ver los detalles del recorrido. O podríamos haber buscado unas fotos para asegurarnos antes de salir. O al menos habernos llevado el móvil y una linterna. Pero lo cierto es que Luije y Gema ya se habían imaginado tres o cuatro escenarios que podían explicar nuestro extraño retraso, y nosotros habíamos situado nuestra cala de destino unos pocos kilómetros antes. Cada uno estaba viviendo "su verdad", mientras "la verdad" seguía su curso, e impedía nuestro reencuentro. Con razón decía Machado aquello de "¿Tu verdad? No, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela". Y sin embargo, ¡cómo cuesta despegarse de "nuestra" verdad, por muy insuficientes que sean los cimientos de ésta! Un proverbio zen japonés lo expresa de otra forma: "No busques la verdad; descarta tus opiniones".


Tanto nosotros como Luije y Gema habíamos creado nuestro particular espejismo con su correspondiente "castillo en el aire", como sucede con el efecto Fata Morgana, o "hada Morgana" en italiano, en referencia a la hermanastra del Rey Arturo, Morgan le Fay, que, según la leyenda, era un hada cambiante. Esta ilusión óptica tiene una fácil explicación y se debe a una inversión de temperatura, de modo que objetos que se encuentran en el horizonte como, por ejemplo, islas, acantilados, barcos o témpanos de hielo, adquieren una apariencia alargada y elevada, similar a "castillos de cuentos de hadas". Pues lo mismo nos sucedió a cada uno de nosotros: por una pequeña interpretación que hacíamos de la realidad en base a la parte de información de que disponíamos cada uno, habíamos construido nuestro particular "castillo de la realidad".

Atardecer en Cabo de Gata (Wikiloc-Cejus)
Alguien dijo hace dos milenios aquello de "la verdad os hará libres". Y eso es tan cierto como que, por desgracia, cada persona acaba haciendo de "la verdad" su pequeña versión. Y esas "mini" versiones de "la verdad", con el posesivo delante, dejan de ser verdad. Y es cuando "mi verdad" me acaba esclavizando a mi versión de los hechos y de la realidad. Y si pueden suceder estas distorsiones o confusiones en una simple "quedada" para llegar por distintos caminos a una misma playa, imaginemos lo que sucede cuando la realidad es tan compleja como la que vivimos actualmente, con un teórico virus que, también teóricamente, está amenazando la salud pública y el desarrollo de toda la Humanidad. ¿Cuántas "verdades" surgen de un panorama tan incierto y desconcertante? Probablemente tantas como habitantes hay en este planeta. Cada uno con "su verdad", y además permanentemente cambiando entre una oleada y otra del dichoso virus, o entre un narrador u otro de dicha "realidad". Narradores que no tendrán escrúpulos para contar verdades cargadas de "fake" para condicionar nuestra fe, nuestro voto, nuestra compra o nuestro miedo. Y así nos va. Unos culpándonos a otros. Unas verdades enfrentadas a  otras. Las personas mayores culpando a los jóvenes por reunirse en cafeterías y bares, olvidando cuando ellos lo hacían. Y los jóvenes sorprendidos de que los mayores quieran desplazarse a sus segundas residencias, a pesar de las prohibiciones. Unos tratando de luchar contra el virus para derrotarlo, y otros resaltando que ni es tan mortal ni tan peligroso, y que las medidas que se están aplicando traerán consecuencias peores que las que se intentan evitar. Unos buscando complots y conspiraciones en la creación y propagación del virus, y otros a la caza de los bulos que desacrediten a los primeros. Unos, partidarios de la "protección focalizada" para evitar el colapso económico y las secuelas mentales y por otras enfermedades que puede acarrear todo esto a la mayoría de la población no vulnerable, y otros partidarios de los confinamientos, los toques de queda, y los estados de alarma cada vez más estrictos. Cada uno con "su verdad". Y consiguientemente, esclavos de ella. Bajo una consigna. Bajo una bandera. Bajo un lema. Bajo un plan.

Si de verdad queremos que la verdad nos haga libres, nos va a tocar soltar amarras de "nuestra verdad", y abrirnos a que "la verdad" nos sorprenda y nos interpele con toda su plenitud. Nos tememos que no hay otra forma de encontrarnos y volver juntos a casa. A esta casa que compartimos todos y en la que verdaderamente podríamos vivir libres de intereses e ideologías.



sábado, 29 de agosto de 2015

Retiro familiar

A veces pienso que nuestra vida familiar es demasiado intensa, llena de idas y venidas, de encuentros , de viajes, de proyectos, de iniciativas... Es cierto que los cinco estamos cargados de energía y nos cuesta parar de hacer cosas. Pero la esencia de la vida no está en hacer, hacer y hacer, sino precisamente en no-hacer. Por eso es sagrado para nosotros esta semana de agosto en la que paramos de hacer y nos regalamos un retiro familiar los cinco juntos, alejados de todo y de todos, rodeados de naturaleza. Unos días para darnos cuenta de lo pequeños que somos frente a un Universo tan grande y hermoso. Este año nos hemos perdido del mapa en Ordesa y como todos los años está siendo una semana mágica.
El plan es muy sencillo: madrugamos y sobre las 10 de la mañana estamos ya recorriendo montañas majestuosas o impresionantes valles hasta que empieza a oscurecer por la tarde y volvemos exhaustos. Andar, andar y andar, como la vida. Pero en este caso alejados de estímulos que nos separan de lo esencial: estar en el aquí y en el ahora. Y una fórmula tan sencilla es la que cada año nos equilibra y cohesiona como familia. Son largas horas de esfuerzo compartido, de risas y de bocatas. Pero sobre todo de darnos un espacio y una atención exclusiva los unos a los otros que no siempre es sencilla. Y con algo tan simple, se obran milagros.
Hace un par de días, con mi hija menor, mientras subíamos a la "Cola de Caballo", quise hacer una prueba. Ella es el ser más vehemente, vital y enérgico que existe. Vive con intensidad los buenos momentos, pero se hunde ante el menor contratiempo. La reté a que estuviera 5 minutos seguidos sin reaccionar al menor estímulo exterior, y ser consciente de sus reacciones. Nuestro cometido era sacarla de su silencio y concentración y hacerla "saltar". Tardó más de 2 horas en conseguirlo: las bromas, la conversación ajena, el miedo a sentirse excluida, o cualquier comentario levemente hiriente la hacían revolverse y salirse de su centro, como nos suele pasar a todos con los estímulos de nuestro día a día: televisión, internet, los vecinos, los compañeros de trabajo, el siempre presente móvil... Al cabo de esas dos horas comprendió que podía ser dueña de sus reacciones y no esclava de los estímulos externos simplemente prestando atención y haciéndose consciente. Ella misma decidió seguir haciendo el juego a diario para entrenarse.
Otro bello aprendizaje surgió en los días siguientes sin ni siquiera buscarlo. Cada vez más los niños buscan su espacio e independencia, y quisieron adelantarse a la vuelta para llegar victoriosos los primeros al coche. Les dejamos, pero en un repecho del camino les vimos e intentamos acercarnos a ellos para retomar la conversación. Rápidamente vieron nuestro intento y buscaron otro atajo para escaparse y demostrarnos su fortalezas a pesar de la larga caminata. Pero nuestro atajo nos llevó al cabo de 10 minutos 500 metros por delante de ellos y ganamos sin pretenderlo la improvisada carrera. Nuestras risas contrastaban con su enfado y frustración: habíamos ganado a pesar de no haberlo pretendido, y ellos habían perdido a pesar de sus esfuerzos. Sin duda habíamos hecho trampa. Los mayores solemos reaccionar también así en nuestra vida.
Ayer intentaron el segundo asalto, y se escaparon en el último trecho de la ruta. Esta vez no íbamos a intentar ni siquiera un atajo, y nos detuvimos en dos cascadas para darles tiempo. A falta de 5 minutos para la llegada oímos sus gritos a nuestras espaldas. ¿Cómo podíamos haberles adelantado? Caras largas. Había habido motín a bordo y diferencias de criterio en un cruce de caminos. Anduvieron cerca de una hora perdidos. Nueva carrera perdida, pero era lo de menos. Aprendizaje de vida "al canto" con el susto aún en el cuerpo. Adoro estos días de retiro familiar.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Miel amarga

Hemos estado de viaje en familia. Eso siempre suele ser un gran aliciente para aprender alejados de nuestras zonas habituales de confort. Valencia y la Sierra de Segura han sido los destinos. En este último lugar pasamos un fin de semana junto a nuestros amigos Marga y Jose, ambos pletóricos viviendo en pleno campo, y ya superada la decisión que les llevó allí. Su actual contacto con la tierra, con las plantas y con los animales es para nosotros un chorro de aire fresco en el camino de ser más conscientes del planeta que habitamos.
Ser una pareja joven en un entorno paradisíaco, casi abandonado, hace que los ancianos del lugar se vuelquen en cederles sus huertas y sus conocimientos sobre la tierra y los recursos naturales de la zona. Pero ese contacto les hace ver hasta qué punto el ser humano se cree el "ombligo" del mundo y esquilma los recursos de su entorno. Jose nos narró sus primeras experiencias como apicultor "novato" y nos dejó "boquiabiertos". A pesar de lo mucho que hacen las abejas por el sostenimiento de nuestros ecosistemas, nos contaba cómo muchos apicultores vacían casi totalmente de miel y cera las colmenas para sacar unos pocos euros más, dejando a miles de abejas en total debilidad para superar el invierno, y despreocupándose por la continuidad de las abejas reinas y todo el enjambre que les sigue. Ya que nos proveen de miel y cera, polinizan nuestros campos, y son generadoras de vida con ello, ¿no se merecerían otro trato? El resultado: colmenas muy debilitadas y miles de abejas muertas.
Desgraciadamente no fue el único ejemplo de falta de sintonía entre ser humano y resto de seres: nos hablaron de cazadores que matan ciervos para exhibirlos en el bar del pueblo durante cinco minutos, y luego tiran sus restos en el monte, sin aprovechamiento ni siquiera de esa carne.
Estas y otras muchas posturas son las que nos hacen darnos cuenta de que nos alejamos a pasos agigantados del SOMOS UNO que rige en la Naturaleza. Si tratamos así a los animales con los que convivimos en la Tierra, ¿no estaremos abocados a que nos suceda lo mismo como especie? Ya sabemos que recibimos del Universo en función de lo que damos al Universo. ¿Y luego nos extraña que los gobiernos sometan a sus súbditos a desahucios, pobreza extrema y corrupción en nombre de la macroeconomía? Pero ¿no hacemos lo mismo con nuestros hermanos los animales?
Antes, cuando se convivía con las vacas, las gallinas y algún conejo, y nuestra alimentación dependía en parte de ello, se les cuidaba como parte de nuestra vida. Eran UNO con nosotros. Ahora todo se mercantiliza y se lleva al terreno monetario. Y "ojos que no ven...". Por eso cuesta tan poco"atiborrarse" de carne de otros seres vivos: no hemos convivido ni cuidado de ellos, no los hemos tenido que sacrificar. Tan sólo cogemos una bandeja del frigorífico del supermercado, de forma muy aséptica, sin pensar lo que implica ese acto. Y sin plantearnos que ni siquiera esa carne forma parte de una dieta sana para nuestro cuerpo. Lo hace todo el mundo, lo machaca la televisión... Cómodo y sin mayores complicaciones a nivel de consciencia.
No hace mucho me hice consciente de lo que implica abrir el frigorífico y tomar un vaso de leche. Para que eso sea posible de forma masiva y para millones de personas, son millones de vacas que son violadas sistemáticamente para que generen leche para unos terneros que les son arrebatados nada más nacer. Generan leche cuando hay embarazo, como le pasa a la mujer. Los gemidos de pena son sobrecogedores. Tanto como leer decenas de estudios que afirman el sinsentido de la leche de vaca para el ser humano.
Todo es cuestión de "consciencia", de hacerse presente en lo que hacemos y vivimos. Y por desgracia, para el ser humano parece que no se trata de una colmena con miles de abejas: se trata de X euros. No se trata de terneros apartados masivamente de sus madres: se trata de euros por litro de leche o por kilo de carne. No se trata de familias que se van a la calle, o de personas que mueren por falta de asistencia sanitaria: se trata de una reducción del gasto público.
No queda otra que aumentar nuestras dosis de consciencia en lo que hacemos, en lo que pensamos, y en cómo vivimos. Es la única forma de hacernos UNO con lo que nos rodea. Ser responsables y conscientes es la única forma de lograr ser libres. Es la única forma de conseguir que la miel sea dulce y no amarga.