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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Hay vida antes de la muerte

No es añoranza. Tampoco morriña. Y desde luego no es nostalgia ni pena. Ni mucho menos. Es sólo ese pequeño nudo en la garganta que te recuerda que, de nuevo, entramos en una nueva etapa. Y ver esta semana los dibujos, los "trabajitos" y las notas de los niños de hace 10 ó 15 años, me recordó intensamente lo que en teoría ya uno sabe. Que la vida pasa. Que los niños son ya hombres. Y que probablemente alguno ya sólo volverá a casa de visita. Esa que ahora es puro silencio y quietud, y que era un auténtico manicomio hace apenas dos meses. Por eso, ahora que se han ido, estamos remodelando espacios y ordenando estanterías. Tirando lo viejo para dar cabida a lo nuevo. Y los recuerdos son inevitables. Pero no dejan de ser eso: simples huellas del pasado. Ni más ni menos.

Andorra-2019
Nuestros hijos han empezado a volar antes de lo habitual. Es cierto. Y el abrirles las ventanas tan "de par en par" para que vuelen desde pequeños tiene eso. Que vuelan. Y entonces no valen las medias tintas. No vale lo de "te dejo volar, pero vuelve porque te necesito". O lo de "vuelve porque creo que aquí vivirás mejor o serás más feliz". Los "sí pero no". No. Eso es hacer trampas al solitario, o un chantaje sibilino. Si abres la ventana es porque estás convencido de que tu papel es ese: enseñarles a volar, para que surquen sus cielos, y elijan su rumbo. No el tuyo. Sabiendo, además, que es probable que se equivoquen, que sufran, y que lo pasen mal. Y si les tocase tropezar muchas veces, seguro que acabarán volando aún mejor, a base de planear en sus caídas. El derecho a tropezar y a elegir caminos distintos a los paternos o maternos debería ser un derecho universal. Y a los padres sólo nos queda ser unos "pesados", preocuparnos cuando toque, y advertir por si se nos escucha alguna vez que otra. Abrir puertas y más puertas, para que ellos elijan. Pero sabiendo que tras alguna de ellas, pueden hacerse daño. No vale abrirles sólo la puerta que más nos guste a nosotros. No. De eso va lo de ser padres, aunque muchos nos miren raro por ello.

Por supuesto no es fácil. Exige prepararse para el continuo cambio de ciclo y de etapa. Y los hijos, además, deben saberlo muy bien desde muy niños. Que podemos ser una "Familiade3hijos". Y que para muchos esa es nuestra identidad. Pero no. No nos definen nuestros hijos. Tampoco nuestro rol de padres. La vida es más rica aún. Y no se agota en esa etapa con ellos. Por eso no cabe la tristeza. Y por eso, los nuestros saben que los echamos de menos. Que nos acordamos muchísimo de ellos. Que gozamos con su gozo desde la lejanía. Pero que nuestra vida sigue. Que por supuesto no hay "síndrome del nido vacío", porque vaciarlo es nuestra principal responsabilidad vital. Que estamos disfrutando de lo lindo de nuestra nueva y recuperada etapa "de novios". De nuestras escapadas en la "furgo", de nuestras rutas en kayak, o de alguna que otra "cenita romántica". Y les alegra saber que es así. Porque pueden disfrutar de su vuelo sin cortapisas, sin resquemores de lo que dejan en casa. Sabiendo que su vuelo no deja damnificados atrás.

Seguro que más de uno pensará que esto es exagerado. Que no hace falta ser tan contundentes. Que los hijos son para toda la vida. Y que si pueden estar cerquita, mejor que mejor. Que "como en España no se vive en ningún lado". O que "como mi pueblo, no hay nada en el mundo". Olvidando que el mundo cada vez es más pequeño. Que no hay distancias. Pero puede que no nos demos cuenta que, detrás de esos razonamientos, existe un apego sutil. Un aferrarse a lo que consideramos que debería ser la vida de nuestros hijos.Y eso acaba limitando su expansión vital, el despliegue de todos sus dones y talentos, y la misión que han venido a desplegar aquí, para la que nosotros sólo somos meros compañeros de viaje


Eva (Mijas Costa-2019)
Que todo esto nos haya pillado antes de los cincuenta, es toda una suerte. Y no sólo porque previsiblemente, "aún nos queda carrete". Sino porque te inmuniza contra el decaimiento vital. Ese que te hace pensar que esto se acaba y que no vale la pena, cuando llega un cambio tan brusco de etapa. Y entonces se tiende a confundir el paso a otra fase, con el paso al otro mundo. Y acabas muriendo por dentro poco a poco. No creo que haya peor muerte que esa, la verdad. Lo hemos presenciado en padres con hijos que se independizaban, y perdían las ganas de vivir. En parejas que se quieren, pero que se atascan en lo trivial o secundario: la distribución de la casa, el papel de la familia política, el tiempo dedicado al trabajo, la forma de hablarse...Y entonces se nos olvida que hasta el último segundo de vida, la muerte debe esperar. Porque morir no es sólo cuando se apagan nuestras constantes vitales. No. Es cuando dejas de vibrar por dentro ante el milagro de estar aquí y ahora. ¿Le vamos a dar esa ventaja o ese gustazo al de la guadaña? No nos podemos permitir el lujo de desperdiciar ni un segundo de vida muriendo por dentro.

Y curiosamente, esa es la paradoja de los tiempos actuales. Se televisa la muerte y el miedo las 24 horas del día. Y no porque de la Covid muera más gente que del sobrepeso o de las enfermedades cardiovasculares. Muy al contrario. Pero te lo repiten a todas horas. Quién sabe qué pasaría si televisasen a todas hora los dramas y las enfermedades derivadas de los que fuman o de los que comen "porquerías". Pero en lugar de "rebotarnos" ante la certeza de esa muerte, por Covid o por la caída de una maceta, y vivir hasta la última gota de vida, nos encerramos en vida para no morir. ¿Seremos tontos? De verdad que no lo entendemos. ¿A qué vienen esas caras de susto que vemos por la calle? ¿A qué vienen esas eternas conversaciones pesimistas? ¿De verdad vamos a prescindir de todo lo que vale la pena en esta vida, hasta que llegue esa vacuna milagrosa, que nos salve de ésta? ¿Y del resto de peligros que amenazan nuestra vida? ¿Nos vamos a poder vacunar contra todos ellos? Podemos meternos en una burbuja los próximos 50 años, y así seguro que no nos morimos. Por favor...Me recuerda mucho a todas esas personas que pasan la vida pensando: "esto para cuando me jubile", "esto para cuando me jubile". Y justo en la semana en que se jubilan, les da un ataque y se van "al otro barrio".

Estos días no hemos parado de oir plegarias para que pase el 2020 cuanto antes, como si las pobres cifras del año 2020 fueran las responsables. Como si fuera otro número demoníaco al que culpar de nuestras desgracias. ¿Olvidarse del 2020? ¿De verdad no hay nada de lo que aprender de lo sucedido? ¿Tan ciegos estamos? ¿No deberíamos acordarnos a cada instante de lo que ha sucedido, para decidir? ¿No habrá que estar muy pendientes para optar en cada instante por aquello que nos trae felicidad y vida, alejando aquellas pequeñas o grandes decisiones que nos matan por dentro?

Samuel (Conil-2020)

Hace unos días nos removió mucho un vídeo de una niña en la televisión Àpunt que se convirtió en viral. Preguntada por el uso de la mascarilla, la pequeña, de apenas unos añitos, contestó: "Es un poquito peor, porque no puedes respirar del todo. Pero, ¡no pasa nada! Es mejor eso que morirte". Lo dijo con tal inocencia, con una voz tan dulce, y con un movimiento de hombros tan convincente, que bien hubiera podido ilustrar cualquier campaña de marketing. Sin duda, muchos se habrán identificado con esas palabras. Pero son la esencia de lo que decimos. No voy a volver a abrazar a mi padre o a mi madre. No voy a volver a ver a mis amigos. No voy a volver a disfrutar de una buena bocanada de aire fresco. Ni de la sonrisa de mis seres queridos. Ni de una escapada. Ni de una locura. No. Es un poquito peor. Pero no pasa nada. Es mejor eso que morirte.

Nosotros lo tenemos claro. Y creo que nuestros hijos también. Estamos en un cambio de fase. En casa y también en la Humanidad. Y surge inevitablemente la pregunta: ¿y ahora qué? Nosotros hemos decidido ser unos activistas del VIVIR. Nos puede llegar la covid en cualquier momento. También un cáncer, un accidente de tráfico, o la caída de un meteorito. Algo, desde luego, nos va a acabar matando. Pero hasta ese momento, que nadie dude que vamos a exprimir este milagro que es la vida, hasta la última gota. Por eso hemos decidido hacernos aún más dueños de nuestro tiempo, de nuestros gustos, de nuestras prioridades, de nuestros rincones y de nuestros seres queridos. Estamos soltando lastre. Estamos quitándonos "perros pulgosos", obligaciones auto-impuestas, y dictaduras del "qué dirán".

El ser humano se afana en buscar vida en otros planetas, en otras galaxias. Incluso se esmera por conocer si hay vida más allá de la muerte. Pero se olvida de lo más importante. Que hay vida antes de la muerte. Y que nadie va a vivirla por nosotros. Que nos toca coger el timón de nuestras vidas con ganas. Y que hacemos el "panoli" si dejamos de vivir para no morir.

domingo, 13 de enero de 2019

Removidos

El 2019 surca ya los mares de nuestras vidas. A toda máquina, como siempre. Cargado de retos, de ilusiones, de tropiezos y de aprendizajes. Las últimas semanas de travesía han sido especialmente intensas, en todos los sentidos.
Las tradiciones navideñas parece que mandan, y los encuentros y comidas con amigos y familiares rozaron el exceso, aunque el regreso a casa para estas fechas de Pablo ha sido el gran protagonista. Su madurez, sus ansias por crecer y aprender, y su gratitud a la vida por la cantidad de oportunidades que le está ofreciendo, nos han removido profundamente. Es la encarnación viva de lo que significa "vivir la vida a tope". De verdad, sin excesos absurdos. En pocos días cumplirá 18 años, y él mismo nos reconocía su fortuna al haber vivido y experimentado en este tiempo más que muchas personas en toda su vida. ¿Cómo no sentirse agradecido así? Da gusto comprobar la madurez con la que afronta la relación con su chica, a pesar de la distancia y de las voces agoreras de algunos amigos respecto a que las cosas en la lejanía no funcionan. ¡Qué sabrán algunos! Ellos viven su presente compartiendo lo que pueden por whatsapp, construyendo como hormiguitas un futuro, y exprimiendo cada instante de sus reencuentros. Los días en Cádiz con ellos, mientras Samuel y Eva disfrutaban de un nuevo episodio londinense, fueron toda una delicia. También su cara cuando llegó a la fiesta-sorpresa que le organizamos en casa con familiares y sus más allegados, anticipando una efemérides tan relevante. Estaba exultante. Hace dos días que volvió a Italia y su ausencia en casa se nota todavía más que antes.
Playa la Barrosa (Cádiz), dic. 2018
Por otro lado, siempre me costó entender a quienes dicen que estas fechas navideñas les generan nostalgia y tristeza. Para nosotros siempre fue un período precioso, y lo vivíamos con la máxima ilusión, sobre todo cuando los niños eran niños. Pero este año, sin embargo, no he podido evitar sentir esa dura sensación que antes no entendía. La de la ausencia de quienes se fueron para siempre. La de quienes están, pero como si no estuvieran. Por ahí también se han removido cosas muy dentro.
Y finalmente, la experiencia de Alí. Mucho se ha agitado también en lo más profundo tras ella. A veces podemos caer en la tentación de creer que los grandes aprendizajes de la vida viene cargados de finales felices, de sonrisas, y de logros alcanzados a la primera sin esfuerzo. Malos hábitos de los "happy endings" de Hollywood. Bien sabemos todos que las cosas no funcionan así. Que los mayores avances se producen tras estrepitosos fracasos. Y que con frecuencia toca caerse, levantarse e incluso cambiar de rumbo. Los primeros días con él fueron bien, mientras se hacía lo que él quería. Pero poco a poco llegaron los caprichos y las imposiciones. Veladas y no tan veladas. Quizás por su forma de ser, quizás por su cultura, o quizás por la falta de referencias familiares. Pero lo cierto es que se revelaron ciertas las advertencias que nos hicieron respecto a la dificultad que suponía acogerle, aunque tan sólo fuera para unos días estas Navidades. Y todo explotó en una Nochebuena que resultó más bien regular. Importantes dilemas: ¿imponer líneas rojas o dar "cuartelillo" en fechas tan señaladas?; ¿mantener las normas que siempre tuvimos con nuestros hijos, o crear excepciones para el recién llegado?; ¿cómo cuadrar todo esto en el período de mayor trasiego familiar del año, con tanta gente en medio?
Alí necesita muchas semanas previas de acoplamiento. Muchas charlas como las que le dimos en la mañana de Navidad. Y un acompañamiento y una dedicación absolutos que, por desgracia, nuestra vida actual no nos permite. No, al menos, sin dejar de lado buena parte de la atención a nuestros hijos, trabajos, proyectos y responsabilidades presentes o futuras. Por mucha culpabilidad que esa constatación genere. Alí requiere dedicación por completo, y es preciso ser realistas y sinceros: nuestro momento vital nos lo hace inviable ahora.
Su presencia en casa ha sido toda una lección. Y no sólo para él. En este mundo hay mucho por hacer, y a veces no basta sólo con tener buena voluntad. Es preciso tener tiempo, energía y un presente propicio para dedicar todo el tiempo que estos niños requieren tras su, a veces, duro pasado. Sea para una colaboración puntual como la de Alí, o sea para una acogida más prolongada. Sin duda, estos días con Alí nos han hecho valorar hasta qué punto, las familias que reciben en casa a niños así, de forma abnegada y silenciosa, son verdaderos héroes de ese mundo diferente que tantos anhelamos.
El final del 2018 y el principio del 2019 nos ha trastocado mucho en lo más íntimo. Los sentimientos están a flor de piel. Y sentimos con ímpetu que se avecinan vientos de cambio. Nos embarcamos en ese viaje con los mejores propósitos. Intuimos que, quizás, sea el año de la paciencia, de la aceptación, y de trabajarse el ego a fondo. Nos remangaremos para ello. Los desafíos no son pequeños.


NOTA: Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero a través de nuestra escritura estamos canalizando solidaridad hacia proyectos que lo necesitan, y queremos dar cuenta de ello:
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Además, los beneficios de la nueva tanda de libros que nos ha llegado, irán íntegramente para material escolar de los 28 niños del orfanato de nuestro querido Herminio: https://bit.ly/2CbfnQM


domingo, 10 de septiembre de 2017

Inconformismo contagioso

Puede parecer poco premio. Y quizás lo sea para quien actúe pensando en qué va a obtener a cambio.Sin embargo a mí me ha sabido a gloria. Esos mensajes, esas lágrimas de emoción en los niños, ese entusiasmo desbordado en los padres... Debe ser maravilloso que, estando todo perdido, de nuevo se les abran a tus hijos las puertas para desarrollar sus sueños. Y esa manifestación de sentimientos rebosantes es el mejor de los obsequios para quienes hemos estado en esa lucha. Ni en el mejor de los casos pensamos que lo lograríamos para tantos: ciento sesenta o ciento setenta familias beneficiadas hasta ahora es una barbaridad en tan poco tiempo. Muchas de ellas ni sabrán que en la sorprendente llamada de esta semana desde el centro de estudios de su hijo o hija, teníamos mucho que ver nosotros. Ni siquiera sentirán gratitud por el esfuerzo que hemos realizado todos estos meses por ellos. No importa. No buscábamos gratitud. A veces se actúa simplemente porque sí, porque eso que hacemos nos alinea con lo que es correcto o justo, aunque no haya premios, recompensas o contraprestaciones.
Se suponía que yo ya había colgado las botas o los hábitos; que me había cortado la coleta. Los últimos años de batalla, muchas veces en total soledad, habían sido muy duros. Habíamos logrado doblegar a Goliat, pero el desgaste personal había sido grande. Y la finalización de mi etapa de Presidente del AMPA era la excusa perfecta para pasar página. Pero hay cosas de las que uno difícilmente se puede jubilar. Y sólo hace falta toparse con un utópico practicante, para que todos los planes se vayan al traste. Bastó un extraño mensaje allá por marzo de una desconocida en facebook, para activar lo que no había acabado de desactivarse. "Nos encantaría que trabajásemos en conjunto..." "estaríamos encantados si deciden acompañarnos...". Aquella llamada anónima a la unidad de esfuerzos y a hacerse UNO en un frente común ante una injusticia, me llamó tanto la atención como que me hablara de "usted", quizás por respeto a lo ya logrado con la Junta. Y esa convicción, casi infantil, de enfrentarse a los gigantescos molinos de viento, que yo había sentido tantas veces, y que me hubiera encantado compartir con otros, acabó de convencerme.
Fue así como Tere dejó de ser una desconocida, y aunque aún no nos hemos topado personalmente, ya es casi de la familia. La noté tan luchadora, tan inconformista y con una ambición tan sana y tan ausente de interés personal, que no pude evitar involucrarme. Mi experiencia en guerrilla administrativa les podría venir de perlas. Como dice Mey: "a mí me va la marcha". Y como los viejos rockeros nunca mueren, nos pusimos manos a la obra para conseguir que se cortara la sangría de niños que desde 2013 estaban abandonando la música en Andalucia tras cuatro años de estudios, y tras haber aprobado su examen de acceso a grado profesional, por una pésima e injusta decisión de la Junta de Andalucía, y por su falta de planificación. Y fue así como he conocido en la distancia de las redes sociales a gente maravillosa que están luchando por el prójimo hasta la extenuación: Soluna, Claudia, Francisco, Ángel, Jesús... Empezamos por involucrar a las AMPAs de la provincia de Málaga. Luego preparamos un modelo de recurso de alzada, un formulario para agrupar a los afectados, un correo de contacto para gestionarlo todo, e iniciamos propuestas técnicas con la Asociación de Directores de Conservatorios. Y así llegó el momento en que en junio la Administración volvía a dejar fuera a más de 330 niños tan sólo en este curso. Eso sumó a nuestras filas a centros de toda Andalucía. Organizamos por whatsapp, facebook y twitter tanto a las AMPAs como a los padres afectados. Nos preparamos a conciencia y nos reunimos con las Delegaciones de Educación, y pedimos reunirnos con la nueva Consejera. Pero nos ningunearon por activa, por pasiva y por perifrástica. Y tocó sacar la artillería pesada, si queríamos lograr algo antes del inicio de las clases en septiembre. Movimos hilos con los parlamentarios en materia educativa de todos los grupos políticos. Eso "meneó" bastante la cosa. Pero el terremoto le llegó a la Junta cuando empezaron a lloverle noticias de prensa, radio y  televisión "no muy favorables" desde todos los flancos. No hay nada que duela más a un político que le toquen la imagen, y nosotros estábamos dándoles hasta en el carnet de identidad desde todas las provincias, tras una comparecencia parlamentaria bochornosa sobre nuestro asunto. Me vi en plenas vacaciones concediendo entrevistas por teléfono delante de vacas en plena montaña, y preparando posts y correos electrónicos desde el coche. Eso es lo bueno de estas batallas: que no necesitas siempre estar detrás de la pancarta. Y por fin nos concedieron audiencia en Sevilla en pleno mes de agosto. Planificamos a fondo esa reunión y milagrosamente nuestra convicción obró el milagro. Creímos que podría lograrse, y creamos esa realidad. La Junta de Andalucía se comprometía parcialmente para este año, y mostraba buena disposición a revisar el sistema para los cursos sucesivos. Y así es como esta semana, tras unos primeros días en vilo, los jefes provinciales de planificación llamaban uno a uno a los directores con vacantes en sus centros, y éstos han ido llamando a familias con niños aprobados sin plaza, que apenas se podían creer lo que ya daban por perdido.
Como uno lleva ya muchas cruzadas de este tipo a las espaldas, no puedo evitar observar con cierta mirada antropológica las reacciones de la gente en estas situaciones: la de los reticentes en un principio, que acaban volviéndose enfervorizados combatientes ante los primeros pasos; la de los pesimistas o incluso "pájaros de mal agüero", que acaban silenciándose con el avance favorable de las gestiones; la de quienes disfrutan con los logros ajenos, aunque aún no les haya llegado a los propios; y la de quienes cuestionan lo alcanzado por otros, porque aún no les ha llegado a los suyos. Éstos últimos son los que más me apenan. Sé bien que es condición humana. Sé bien que no todo el mundo está llamado a tener y a contagiar un inconformismo como el de Tere o el de Soluna. Sé bien que la solidaridad y el bien común son términos reservados para unos pocos privilegiados. Pero también he visto con mis propios ojos cómo grandes logros como el que acabamos de alcanzar se desmoronaban porque algunos de los posibles beneficiarios de los mismos, que curiosamente no habían hecho nada por lograrlos, se quejaban en perjuicio de los demás por impaciencia, envidia o recelo. Es habitual cuando una guerra de largo recorrido como ésta, consigue una victoria contundente demasiado pronto, y los que no se han beneficiado de ello, ponen sus intereses por encima de las victorias de sus compañeros de fatigas. Ojalá que éste no sea el caso. Hemos logrado muchísimo en muy poco tiempo, y con la legalidad en nuestra contra. Y tenemos a Goliat contra las cuerdas. Pero nuestra guerra es para lograr erradicar esta injusticia, y que en años sucesivos lo sucedido desde 2013 no vuelva a producirse. Y a ese tablero de ajedrez es al que toca pasar ahora, para lograr ganar la guerra que acabe con esta tropelía. Deseo con fuerza que el inconformismo, la solidaridad y el compromiso por el bien común que hemos saboreado las centenares de familias que estamos viviendo esta experiencia nos contagie hasta los tuétanos. Que así sea.

NOTA: Este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario. Acabamos de iniciar una nueva etapa apoyando a los Ángeles Malagueños de la Noche, uno de los Comedores Sociales más importantes de Europa.

sábado, 18 de febrero de 2017

Cuando faltemos

La actualidad no pinta bien. Los que necesitan ver un futuro despejado no están de enhorabuena precisamente. Los Trump, los Brexits, los enfrentamientos nacionalistas y geopolíticas, y la desconfianza hacia "el otro" parecen "el pan nuestro de cada día". Es como si el terreno que pisábamos hasta ahora desapareciera bajo nuestros pies. Y los que somos padres no podemos evitar pensar qué será lo que les tocará vivir a nuestros hijos. ¿Qué mundo habitarán?
A algunos padres les entra el pánico. Tenemos amigos muy preocupados por ese futuro para sus hijos. Tanto, que a veces no pueden ni dormir. Andaban muy inquietos antes del panorama actual, así que ni imaginamos cómo estarán ahora. No quieren equivocarse en la carrera que elijan para ellos, buscando la salida laboral más segura. A otros no les da la vida para tratar de acumular pisos, casas o fincas, que luego repartir entre sus hijos, y con ello procurarles un seguro ante las inclemencias del futuro. Una carrera segura de la que vivir. Unas propiedades que te mantengan a flote. Pero ¿de verdad nos creemos que el dinero o las cosas materiales son las que nos van a salvar en las situaciones más extremas? ¿No será quizás que las situaciones más extremas nos igualan a todos, tengamos o no dinero y tierras? ¿No será que es  ahí donde podremos desplegar otros recursos y habilidades menos tangibles pero quizás mucho más valiosas? E incluso sin llegar a ese precipicio: ¿y si esas carreras o esas propiedades se acaban convirtiendo en unas cadenas que aprisionan a nuestros hijos durante cuarenta o cincuenta años? ¿Y si una hipotética herencia lo único que consigue es avivar rencillas entre hermanos, como tantas veces sucede por desgracia? Para ciertas almas libres, una carrera con salida segura o una suculenta herencia puede convertirse en la peor de las cárceles. Y los padres, encima, frustrados o hundidos por haber dedicado todos los esfuerzos de una vida a algo que, a la postre, hace de sus hijos unos infelices.
Poner el dinero en el centro de la vida de nuestros hijos, y que su existencia gire en torno a él quizás no hace sino prolongar esclavitudes de generación en generación. Por mi trabajo en una oficina de empleo, observo con estupefacción cómo la vida de miles de personas gira alrededor de una llamada de teléfono para que les contraten unos días de peón o les concedan un subsidio por unos pocos meses. Todo por unos pocos euros puntuales. Los dones y talentos de tantas personas, y su capacidad para generar redes de apoyo mutuo y sinergias, tirados a la cloaca de forma masiva e institucionalizada. Y miles de personas pendientes de que "Papá Estado" les salve. Afortunadamente hemos vivido ejemplos maravillosos de todo lo contrario , bajo las mismas circunstancias.
Entonces, ¿en qué invertir para allanarles el camino a nuestros hijos? Cuando la cosa se pone cruda, lo material no hace sino lastrarnos hacia las profundidades. Poner el dinero en el centro de nuestras vidas y la de nuestros hijos es la apuesta mayoritaria, pero incluso desde una perspectiva lógica, resulta absurda. Si el mundo se fuera "a la porra" y hubiera una catástrofe, una guerra o una estampida masiva, invertir en relaciones sería lo que nos podría salvar. Invertir en flexibilidad, en empatía, en tolerancia, en movilidad y en interculturalidad podría ser nuestro salvoconducto si tuviéramos que coger el "petate" y salir corriendo a descubrir mundo. Invertir en lo más intangible y sutil de nuestro ser interno sería nuestra tabla de salvación. Porque quizás toque adaptarse a situaciones precarias y ser capaz de ser feliz en ellas. Porque quizás toque trabajar "codo con codo" con el otro, con el diferente, con el de otro sitio, y vivir en armonía y paz con él a pesar de nuestras diferencias. Porque quizás toque hacer de cualquier sitio alejado y de personas totalmente desconocidas nuestro hogar. Y quizás ahí poco nos va a ayudar nuestra herencia, nuestra carrera para toda la vida, o nuestra saneadísima libreta de ahorros. Quizás ahí sea vital tener o construir relaciones fuertes, duraderas y de confianza con gente que nos abriría las puertas de su casa y de su corazón ante la adversidad.
Cada vez conocemos más gente que decide cortar en parte con esa dinámica materialista tan mayoritaria, aunque les tilden de locos o de irresponsables. Y casi siempre se les hace la misma pregunta: "¿Cómo llegáis a fin de mes?" Una pregunta que inmediatamente te obliga a pensar en sueldos mínimos para un cierto status. Pero la pregunta correcta debería ser: ¿Cuánto quieres invertir en trabajar por dinero, según el tipo de vida que deseas llevar? ¿Cuánto quieres invertire en ganar dinero y cuánto a trabajar por los demás, por otro mundo diferente, por tus dones y talentos, por dar otras referencias a tus hijos, o por construir relaciones duraderas? Quizás más que asegurar dinero para los hijos, deberíamos preferir facilitarles capacidad de adaptación, flexibilidad, inquietud por aprender, por relacionarse, por viajar y por adaptarse con facilidad y felicidad a las circunstancias que la vida les ponga delante, aunque sean las más extremas. Y curiosamente, en ese camino siempre surgen posibilidades y lugares a los que acudir y en los que ser acogidos si hiciera falta. Hablamos por pura experiencia.
Puede que haya llegado el momento de ser prácticos con respecto a los hijos. Por si acaso. Para cuando faltemos. Vaya o no la cosa a peor. Pero a lo mejor toca replantearse qué es "ser prácticos". Por si acaso. Para cuando faltemos. Vaya que nuestra apuesta pudiera hacer de ellos unos infelices.

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viernes, 10 de febrero de 2017

Comparaciones

Hay frases que repetimos como papagayos durante años. Y de tanto repetirlas nos las creemos. O peor: pensamos que ya las dominamos. Una de esas frases es la de: "las comparaciones son odiosas". Casi cuarenta años después creo haber empezado a entender qué significa.
Siempre pensé que lo odioso de las comparaciones radicaba en hacerle daño al otro. Si te comparabas con él en altura, en velocidad o en las notas de las asignaturas del "cole", le estabas haciendo daño, o estabas siendo maleducado o políticamente incorrecto. Hoy me he dado cuenta que eso es sólo una parte del pastel. Y probablemente la más pequeña. Lo verdaderamente odioso de las comparaciones tiene que ver con nosotros mismos, con el daño que le hacemos a nuestro ser interno. Nuestro post de hace unos días "Bajar de los altares" hablaba también de ello, y de cómo tendemos a idealizar y a compararnos con los otros, o a ansiar lo que vemos en el escaparate ajeno en lugar de desempolvar lo que tenemos en el propio. Parece que a muchos les removió, a juzgar por las respuestas recibidas.
Mi hija es pura alegría, pura vitalidad, pura energía desbocada. Pero hay días que nos da el almuerzo al llegar del colegio. Y casi siempre viene provocado por una comparación: "me han dicho que soy más bajita que..."; "fulanita me ha hecho menos caso a mí que a ..."; "me han puesto menos nota que...cuando yo había estudiado más...". Comparaciones, comparaciones, comparaciones.  Nuestra vida está llena de ellas. Y son muy frecuentes entre los iguales, los hermanos. Pero también entre el resto de "iguales": vecinos, compañeros de trabajo, amigos... Quizás porque creemos que es la forma de conformar nuestro hueco en esta vida. O quizás porque nos pasamos la vida buscando el cariño o la atención ajena, y pensamos que debemos merecer esa atención siendo más altos, más guapos, más rápidos o más aplicados; o dando pena porque somos más feos, más débiles, más lentos o más torpes. Cariño y atención a cambio de admiración o de lástima. Así de sencillo.
Quien haya visto alguna vez "Super-Nanny" en la tele o tenga hijos sabe que no hay mayor arma de educación masiva que la atención al niño. Ni castigos, ni regañinas, ni bofetones. La atención y el cariño es la mejor forma de encauzar el comportamiento de un niño. Porque es lo que todos buscamos desde pequeños, como parte de nuestro ADN. Y si vemos que no lo recibimos como nos gustaría, empieza nuestra cabecita a comparar y a ingeniárselas para conseguirlo. Es puro mecanismo de supervivencia. Pero a veces puede llegar a amargarnos la existencia si no somos capaces de tomar los mandos de ese mecanismo.
Podemos creer que esto es una cuestión de niños. Pero nada más lejos de la realidad. Sigo oyendo a adultos muy "talluditos" hablando de cómo a ellos les hacían menos caso que a sus hermanos de pequeños; cómo les regañaban más; o cómo todos les veían como el patito feo de su casa. Y no sólo lo expresan, sino que les ves en los ojos o en el tono esa espinita clavada de hace cuarenta o cincuenta años, a pesar de que aquello quizás ni siquiera sucedió así, como le pasa a mi hija. Pero queda ahí, de forma indeleble, en algún rinconcito de tu alma. Corroyéndote por dentro. Reviviendo ese dolor día sí y día también. Porque, como sabemos, no hay una realidad sino tantas como cabecitas. Y por eso aún hoy sigues dejándote llevar por las comparaciones más absurdas: que si mi gripe es peor que la tuya, que si mi agenda es más complicada que la tuya, que si mis gastos son peores que los tuyos...
Igual que la frase de las comparaciones odiosas, hay libros e ideas que marcan nuestra existencia. Quizás de un autor o de un filósofo más o menos conocido, cuyas reflexiones nos han guiado alguna vez en momentos de zozobra y tribulación. Mi filósofo favorito es una mujer. Y comparto con ella todas las noches el edredón. Hace unos treinta años también me compartió una frase que puede guiar toda una vida. En aquel entonces no entendí nada. Y hasta hace pocas fechas no he empezado a degustar su hondo significado: "Estamos solos en este mundo". Aquella frase así, sin anestesia, y en plena pubertad, con las hormonas desbocadas, y enamorado hasta las trancas de aquella chavala que la acababa de pronunciar, me pareció tan enigmática como incomprensible. Especialmente porque justo estábamos empezando nuestra relación, y en lo que menos pensaba era en la soledad que ella parecía expresar. Lo dejé aparcado como ese crucigrama indescifrable que siempre se te resiste. Pero esa frase la hemos compartido ella y yo muchas veces en estos años, y ha ido desplegando su esencia. Por suerte o por desgracia los seres humanos somos unos auténticos mendigos de aprecio, de reconocimiento y de cariño. Y ello nos lleva a prostituir nuestra auténtica esencia divina con tal de que te acojan en el rebaño. Y acabas apagando ese pedazo de luz natural que todos llevamos dentro para usar la misma linternita que los demás. Y en esas comparaciones trabajas como los demás; vas de vacaciones como los demás; te compras el coche o la casa como los que te rodean; comes lo mismo que comen los demás; y te sometes a las normas no-escritas que esa comparación con los demás dicta. Pero en el fondo estás solo o sola. Y llega siempre, absolutamente siempre, un momento en la vida en que te das cuenta que tanta comparación era absurda. Que no hay nada ni nadie que te pueda reconocer, apreciar o querer como tú mismo/a a ti mismo/a . Y que renunciar a todos tus dones y talentos por esa comparación permanente y perpetua es no sólo absurdo, sino que te aboca a la frustración, a la decepción y al sinsentido. ¿Para qué me he comparado tanto durante toda mi vida si en realidad estoy solo? ¿Para qué he buscado tanto el tesoro del afecto ajeno, cuando lo tenía dentro de mí?
Estamos solos, aunque nuestra agenda y nuestro facebook echen humo. Hacernos conscientes de ello nos debe animar a la actitud más optimista y positiva del mundo. Porque nos confronta con nuestra propia esencia. Con nuestro ser más real y auténtico. Y nos anima a no ser simplemente una copia barata de lo que vemos a nuestro alrededor por pura comparación. Estamos solos, y paradójicamente, darnos cuenta de ello, nos puede convertir en el mejor y mayor regalo para los que nos rodean.

(FOTO: Samuel y Eva, dos hermanos jugando y comparando sus "chuches" en una playa de Almería)

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lunes, 26 de octubre de 2015

La "otra" educación

Todos gritan que esto tiene que cambiar; que no podemos seguir así. Pero los cambios no tienen futuro si no provienen de los más pequeños. Por eso el cambio sólo puede venir de la escuela. Pero a la escuela le falta corazón. Y el corazón no se lo va a poner el político de turno, de eso podemos estar seguros. Ellos están en sus estériles debates sobre los informes Pizza, la asignatura de religión o de ciudadanía, el bilingüismo o los libros te texto. 
El corazón sólo se lo van a poner los profesores, los padres y los alumnos. Por eso, quizás va a hacer falta nuevos profesores, nuevos padres y, quizás incluso, nuevos alumnos. ¿Qué hacemos entonces? ¿Echamos a todos los profesores, demolemos colegios, hacemos intercambios entre familias...? Quizás no haga falta eso, pero sin duda, si queremos conseguir un mundo nuevo nacido de la escuela, tendremos que aportarle algo nuevo a esa escuela. Y aunque no aparezca en los titulares de prensa, hay muchas personas que están trabajando en esa dirección. Vale con echarle un vistazo a "La Educación Prohibida". Pero nuestra experiencia aquí ha sido más directa y en primera persona.
Hace varios años conocimos a Meme. Ella es una madre plenamente dedicada a sus 3 niños, y eso ya te da el doctorado en Educación. Pero, además, desde muy joven, ha apostado por una educación holística en la que la gestión de las emociones, la autoestima, la respiración, la meditación, los abrazos, el yoga y el reiki son sus grandes herramientas. No ha sacado las oposiciones a Magisterio. Ni lo ha intentado. Pero profesores y maestros con décadas de docencia a sus espaldas acuden a sus clases para conocer su magia. Y su magia no es otra que el corazón.
Cuando la conocimos, quiso ofrecer su escaso tiempo libre a dar, sin remuneración alguna, sesiones a los niños del colegio. Desde el AMPA la respaldamos. La magia fue entrando en las aulas. Al principio los niños de 4 años, luego los de 5, luego una sesión quincenal a todos los niños del colegio....Y poco a poco los propios profesores le empezaron a demandar apoyo para gestionar sus aulas. Hoy, los Centros de Educación del Profesorado se la rifan para formar a los docentes. Ha tenido que decir "no" a tentadoras ofertas de centros privados con muchos ceros en sus cuentas corrientes. E incluso desde la semana pasada tiene su pequeño programa en una televisión comarcal. Ella es un ejemplo de ese corazón que necesita la escuela: ha dado su escaso tiempo libre durante años a la escuela a cambio de nada: ni sueldo, ni seguridad, ni cargo, ni reconocimiento...Y cuando das al universo sin esperar nada a cambio, el universo te lo devuelve con creces.
Ayer participamos en uno de sus demandadísimos cursos para docentes. Y se palpaba otra forma de hacer escuela. Una en la que el objetivo no es hacer mano de obra para el mercado laboral, sino seres felices y libres. Allí había docentes, padres y niños dispuestos a hacer "otra" escuela. Una escuela que no sea un "parking de niños", ni el paraíso de los exámenes, la memoria o los eternos deberes en casa para "machacar" los conocimientos. Una escuela donde padres y docentes "hacen piña". Y estamos convencidos de que con esa escuela, otro mundo es posible.

viernes, 29 de mayo de 2015

La misión más difícil

Echando la vista atrás, surgen recuerdos de pruebas superadas. He cambiado de trabajo y de domicilio multitud de veces sin traumas. He hablado ante auditorios de centenares de personas. He tenido tensas reuniones con políticos y altos dirigentes de la administración. He superado los nervios en entrevistas de radio, televisión y prensa. He aprobado oposiciones estudiando con mis niños en el regazo. He coordinado esfuerzos de decenas de voluntarios en bellos proyectos solidarios. He aprendido a desaprender lo aprendido. Y sigo aprendiendo y reciclándome día a día. Pero nada, absolutamente nada de eso es comparable a la misión que tengo ahora entre manos.
De mis 3 hijos, dos de ellos se adentran en la complicada etapa de la adolescencia. Y en ese reino todo está por hacer, por escribir y por aprender, tanto para ellos como para nosotros, los padres. Siento que el terreno es muy resbaladizo, y la seguridad que siempre tengo en otros ámbitos parece difuminarse. Soy consciente de la importancia del momento para conformar su personalidad, pero sólo se trata de acompañarles. Es momento de retos y confrontación; de reafirmación y de búsqueda de identidad; de pasiones y desesperaciones; de alegrías desbordantes y de penas inconsolables. Y yo, sin manual de uso...Si trato de respetar los procesos con cautela, se trasgreden fronteras de confianza y respeto. Si trato de reforzar normas de convivencia surgen choques de trenes. No es fácil salirme de mis casillas, pero esta misión me supera por momentos: enorme sentimiento de culpa después. Quizás mi falta de una experiencia intensa en el período de la adolescencia tiene mucho que ver. Y sin embargo no se puede desfallecer. Mi papel es clave en estos momentos. Charlas interminables. Argumentos y contra-argumentos. Abrazos. Lágrimas. Parece que todo se calma...hasta mañana en que todo volverá a temblar de nuevo. Sin duda la misión más difícil que he vivido. Pero juntos la superaremos también.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Platos rotos

"¡Eso no se hace!"..."¡Eso no se dice!"...."¡Castigado al rincón!"....
Los que somos padres, quizás con demasiada frecuencia, nos identificamos tanto con nuestro papel de progenitores, que nos acabamos obsesionando con lo de "enseñarles a vivir". Y sin duda, nos perdemos con ello el gozo de ser compañeros de viaje de nuestros hijos.
Hace unos días andábamos recogiendo la cocina después de almorzar. Cada uno tiene su pequeña tarea, y a mi Pablo le tocaba organizar el lavavajillas. Con sus 13 años en pleno apogeo de hormonas, suele estar a mil cosas a la vez, y esa falta de concentración le juega malas pasadas. Ese día, en plena recogida de la mesa, de repente atronó la cocina. Fuimos toda la familia corriendo temiéndonos lo peor, y nos encontramos toda la vajilla desparramada por el suelo y un buen número de platos rotos. No había heridos, pero sí un pequeño desastre casero. Logré dominar mi enfado inicial. Pero cuando él se enfrascó en todo tipo de explicaciones surrealistas sobre la bandeja del lavavajillas andando sola a sus espaldas, no pude evitarlo e impuse mi papel de padre. ¡Debía ser responsable y centrarse en hacer bien sus tareas, en lugar de buscar excusas absurdas para justificarse! Me indigné mucho con él, no lo pude evitar.
Hace unos días mi mujer y yo recogíamos la cocina. Hablábamos tranquilamente y en un momento de la conversación me día la vuelta para dirigirme a ella. De nuevo la cocina atronó. No hubo platos damnificados, pero sí un nuevo desparrame de vajilla por el suelo. Lo que mi hijo me había dicho no había sido un argumento surrealista: ¡aquella dichosa bandeja se deslizaba sola, y estaba dispuesta a darme una buena lección!
Me sentí fatal. Él no estaba y ni se enteró del incidente, pero claramente no podía quedar ahí. Cuando volvió a casa después de hacer deporte, le pedí perdón por la injusticia que había cometido con él. Pedir perdón entre adultos es como desnudarse, y pareces quedarte a merced del ofendido. Sin embargo mi hijo es el ser más noble que conozco y con su corazón de oro ni titubeó. Entendió mi "metedura de pata" y me abrió su corazón sin reproches, aclaraciones, o frases del tipo "ya te lo dije". Un fuerte abrazo y un beso enorme arreglaron los platos rotos.
La vida, ¡qué sabia!, volvía a recordarnos nuestro papel de compañeros de viaje.
¡Qué curativo resulta un perdón sincero entre dos seres que se quieren!

lunes, 17 de noviembre de 2014

Sin gafas por la vida

Mi hija es una sirena. No tiene en su cuerpo escamas, ni cola, ni aletas. Pero no conozco a un ser humano al que le guste tanto nadar o sumergirse en el agua. Ya con 2 años, casi sin andar aún, le encantaba que la sumergiese en lo más profundo de la piscina para sacar a la superficie algún objeto que yo le tiraba. Con 5 años la apuntamos a la piscina municipal, y empezó con sus primeros entrenamientos medio serios. ¡No he visto un ser más pequeño con una autodisciplina más grande! ¡Daba gusto verla en su papel de nadadora "pofesional"!
Sin embargo, llegó la primera competición seria. El pabellón estaba "a rebosar". El griterío de los niños nadadores y de las familias animadoras era ensordecedor. Le llegó el turno de saltar a la piscina. Sonó la bocina y saltó con tanto entusiasmo que se le salieron las gafas de bucear. Cuando logró salir a la superficie estaba totalmente desorientada. No sabía si nadar en una u otra dirección. Parecía un "patillo mareado". Se golpeó en varias ocasiones con los corchos separadores de calles. Cuando el resto de niñas ya habían llegado a meta, a ella aún le quedaba un buen rato. Se generó un silencio cómplice con ella, y cuando por fin llegó a meta, la ovación colectiva premió su tesón. Ese es un detalle que siempre me ha gustado: incluso los padres más competitivos son capaces de ovacionar y apoyar a los chavales que llegan en última posición muy alejados de los primeros puestos.
A pesar de que había sido más aplaudida que las ganadoras del torneo, aquella anécdota marcó a mi hija. Se sintió ridícula, y empezó a sentir un miedo escénico que empezó a afectarla. Intentamos tranquilizarla. No nos interesa lo más mínimo la competición, pero sí que sepa plantarle cara a las dificultades, o al menos lidiar con ellas. Las siguientes competiciones fueron un suplicio: se apoderó de ella el pánico recordando el episodio de las gafas en su primera competición, y pedía no participar aunque había estado entrenando con ahínco. Quizás unos padres protectores la hubieran quitado de inmediato de natación. Pero huir de la dificultad debilita a nuestros hijos para el futuro. Creemos que más que proteger a sus hijos, los padres deben acompañarles para que aprendan a protegerse, y volar ya solos cuando les toque. Y eso es lo que hicimos, aunque sin duda hubiera sido más fácil darla de baja en natación.
Ahora ella tiene 9 años. Se acuerda de aquel episodio de las gafas con orgullo, como una gran prueba superada en su vida. Ha aprendido que se puede avanzar por la vida incluso si se te caen las gafas y te sientes desorientado; que las pruebas más difíciles nos hacen más fuertes; y que el miedo al ridículo, al "qué dirán" o al fracaso es el mejor maestro para educar nuestra determinación.
Este verano fue medalla de Andalucía de natación, y hoy ha tenido una recepción en el Ayuntamiento por ese motivo. Sus entrenadores creen que podría tener futuro como nadadora profesional, pero continuará con la natación si sigue disfrutando con ella. Las exigencias de la alta competición y el afán por ganar obligan a renunciar a otras inquietudes. Y eso no le interesa a ella, y menos a nosotros como padres. Ella podrá ser lo que se proponga en la vida, como sus hermanos. Sólo tiene que visualizarlo en su mente y en su corazón, con o sin gafas.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Nuestros hijos: ¿dentro o fuera del sistema?

Hace unos días, yendo los cinco en el coche, tuvimos quizás una de las conversaciones más determinantes en la vida de nuestros tres hijos. Fuimos muy transparentes con ellos. Nos estamos planteando muy en serio que a final de curso abandonen el colegio o el instituto, y durante algún tiempo, educarles en casa o viajar por el mundo con ellos. Es algo que les llevamos planteando desde hace tiempo, pero a los dos mayores les entró el pánico.
A cualquiera de nuestros amigos o familiares que esté leyendo esto, quizás le pueda parecer una aberración que saquemos del sistema a unos niños con las notas que sacan los nuestros, compaginándolo además con el violín, piano o flauta travesera según cada caso, y además practicando cada uno su deporte correspondiente. ¿Tan hippies o snobs somos?
Para nosotros no es cuestión de que sus resultados o su adaptación a la escuela esté por encima de la media. Es cuestión de que no creemos en esta escuela. Ya en otro post hablamos de ello, aunque son muchos los "por qué": porque está pensado para competir en el mercado laboral y no para ser felices; porque está basado en la repetición reiterada de conceptos a lo largo de los años avanzando sólo milímetros de un curso para otro; porque no desarrolla el pensamiento crítico sino el "aborregamiento"; porque no despierta la creatividad ni atiende a la peculiaridad de cada uno, sino que los trata a todos iguales como en una cadena de producción; porque con demasiada frecuencia se convierte en un espacio de adoctrinamiento, como se evidencia en los intereses políticos tras cada reforma educativa; porque salvo honrosas excepciones, el profesorado traslada su mediocridad a su alumnado, no por culpa propia, sino porque está también educado en ese mismo sistema, que les impone además una burocracia de la que es muy difícil escapar; porque los propios padres ven a la escuela como un lugar donde "aparcan" a sus hijos, delegando totalmente la educación en el profesor, cuando el principal espacio de educación nunca debería dejar de ser la familia; etc, etc, etc
Desde hace años, estas y otras muchas razones nos han llevado a discusiones con profesores, y a tomar partido en la asociación de madres y padres, tratando de impulsar una educación distintas desde ahí... Al final dimisión al sentir que nuestra posición era no ya minoritaria sino casi única, y por lo tanto no representativa...
Tenemos varias parejas cercanas y de amigos que sí se han salido del camino "habitual": alguna de ellas ha optado por la escuela rural, donde sin duda, se experimentan cambios; otra educa a sus hijos en casa y les buscan clases p.ej. de baile y artes marciales; y otras dos han optado porque la mejor escuela sea el mundo, y viajan continuamente aprendiendo de todo lo que viven a su paso. Hablándolo con estas parejas, la alternativa es clara: en casa y en familia, tú priorizas y personalizas la educación y los valores que les transmites a tus hijos, pero con un coste: su socialización se ve afectada claramente, y en algunos de esos casos, los niños se sienten algo solos y con necesidad de amigos, salvo que entren en un desenfreno de actividades extraescolares.
Si no hemos optado antes por alguna de estas opciones de nuestros amigos, es precisamente por eso: porque nuestros hijos son extremadamente sociables, y preferíamos una labor de contra-programación de lo que aprendían en el "cole" que no nos gustaba, con tal de que pudieran mantener unos círculos de amigos que también les enriquecen. Pero se van haciendo mayores, y empiezan a aparecer tics, que nos preocupan, y que son incompatibles con nuestra visión como familia: malos modos y actitud de confrontación, ausencia de disponibilidad e iniciativa para "arrimar el hombro" en casa, preocupación por el "qué dirán", obsesión por las marcas o las pantallas, falta de generosidad...
La contra-programación se hace cada vez más ardua y difícil por su energía y capacidad de argumentación. Y de ahí que hayamos expuesto abiertamente nuestra preocupación, y la toma de decisión como familia. No como castigo, sino como una decisión importante que debemos tomar, teniendo en cuenta sus pros y contras. Ellos conocen bien lo que opinamos de este sistema educativo, y saben que estamos dispuestos a corregir en casa lo que se pueda de él. De hecho ya estamos viendo vías de homologación y apoyo como WRA o CLONLARA. Si ellos no hacen el esfuerzo para filtrar lo nocivo de ese sistema a la luz de los valores de casa, y tratan de reproducir lo que ven en sus amigos y profesores sin ningún espíritu crítico y de construcción de alternativas, no tendremos más remedio que "coger el petate". Nuestras circunstancias laborales cada vez son más propicias para ello. Y cada vez nos atan menos cosas a cualquier lugar o forma de vida. Cuando han estado en entornos propicios como O Couso o conviviendo en casa con nuestro amigo peruano, no sólo no aparecieron nunca esos tics, sino que sacaron lo mejor de sí mismos. Es momento de optar. La decisión es importante.

martes, 1 de octubre de 2013

Pero, ¿por qué no sois como el resto de los padres?

Imagino que tarde o temprano, y especialmente en la pre-adolescencia, esta es una pregunta que todos los hijos nos hacen a los padres. Y si no estás preparado para ello, quizás más de uno sienta inclinación a pensar lo de "cría cuervos..." Pero los padres no podemos esperar de nuestros hijos una "palmadita" en la espalda por nuestra labor educativa ...Quizás ese sea un gran problema de la Educación actual: ¿no querremos ser amigos de nuestros hijos antes de tiempo? A estapas tempranas, lo que necesitan es un compañamiento amoroso, pero también asentar su criterio y discernimiento para que un día (más pronto que tarde) puedan volar en plena Libertad (que no es otra cosa que con ausencia de miedos) y con total Autonomía. Y no hay nada que cercene más esa libertad y esa autonomía que el estilo de vida que nos hemos/ nos han impuesto.
 
Estamos acostumbrados a que, medio en broma, medio en serio, nuestros niños nos digan que somos muy "hippies", budistas o "raritos"...Pero nos hizo pensar esa pregunta-reproche, no por su contenido manipulativo para convencernos de algo, sino porque cuestionaba mucho de lo que compartimos en este blog en nuestra búsqueda de un mundo mejor para vivir con ellos:  búsqueda de alternativas al estilo de vida "habitual", contacto con la naturaleza, cuestionamiento de los movimientos de masas y de los excesos del consumismo, compromisos solidarios, apuesta por la meditación y la búsqueda de la felicidad interior, etc...
 
Somos conscientes que la semilla de muchas de esas apuestas en nuestros hijos no germinarán hasta dentro de mucho tiempo (si lo hacen). Pero la verbalización de algunas de estas cuestiones evidenciaba hasta qué punto la presión social actúa (¡y de qué manera!) frente a los que apuestan por seguir vías alternativas y diferentes. Y cuando eres adulto no tienes más remedio que aceptar y dejar fluir. Pero cuando aún eres niño, las herramientas para contrarrestar el poder de tantos y tantos "guardianes del sistema" no resulta tan sencillo. Quizás por ello muchos padres opten por no complicarse la vida. Nosotros seguimos buscando un mundo mejor junto a ellos...

domingo, 14 de abril de 2013

El día en que os marchéis

Pocas veces, un artículo resume tan bien muchas de las ideas que, a lo largo de muchos meses, hemos ido compartiendo aquí en relación con la educación y los hijos. Este, de Pedro Simón, lo hace, y por eso lo reproducimos íntegro y os ponemos el enlace para que lo localicéis. Sin duda es un gran acicate para encontrar ese mundo diferente en nuestro "día a día":

"El día en que os marchéis, lamentaré no haberme manchado más, haberme pintado la cara tan pocas veces, no haber aguantado más tiempo tirado en la hierba, haber arriesgado tan poco, ya veis, no habérmela jugado más por el desfiladero de vuestros silencios y la tirolina de vuestros ruidos.    

El día en que os marchéis, añoraré el desorden de esta nada y este todo tirado por el suelo, las zapatillas puestas del revés y vuestro escrache madrugador y a pie de cama, las gominolas de tiburones y los abordajes de bucanero en la cubierta del sofá.

El día en que os marchéis, habrá cosas que no vuelvan, lo sé. Y haré inventario de todas aquellas cosquillas que no hice: las cosquillas de antes de acostarnos y las de recién levantados, las que curaban como un Dalsy de dedos y las que cicatrizaban la niebla y la angustia. Las que habrían hecho que el mundo se partiera.

El día en que hayáis crecido y os marchéis y cerréis la puerta y quede el felpudo haciendo burla en la entrada, vendrá todo el tiempo libre del mundo como una broma. Y entonces ya nunca nadie dirá: "Papá, ¿juegas conmigo?".

(...)

Todo está en el épico 'Pulgarcito'. En la lisérgica 'Caperucita Roja'. En el tramposo de 'Pinocho'. O en el propio Wilde, que tuvo dos hijos y poco tiempo para andarles con cuentos. "Los niños comienzan amando a los padres", decía, "cuando ya han crecido, los juzgan; y algunas veces hasta los perdonan".

Andamos por aquí toda una cuerda de padres arrastrando las cadenas con sentimiento de culpabilidad. Porque cuando no son los deberes que tienen ellos, son los deberes que nos ponen a nosotros. Perdiendo el tiempo con un calendario infantil que hemos convertido en cuartel y en cuenta de resultados. Perdiendo los días en imponerles la paz en constante pie de guerra. Perdiéndonos/perdiéndolos idiotizados por el mañana cuando lo que tenemos delante es el hoy. 

A todo esto se nos van. Y a lo peor, cuando lleguemos, ya no están. O están lejos, que es otra forma de ausencia.

Al tiempo: el día en que se marchen, lamentaremos haber arriesgado tan poco.

(...)

Este domingo quedamos en la calle, chicos. Me pido ponerme de portero, hacer el payaso como en las fotos del primer álbum, no discutir por lo importante, sino por tonterías; apurar este trago ávidamente, mandar el móvil de una patada hasta la Osa Mayor, y no tener prisa por dormir si es que hay amaneceres menores.   

Ya tenemos una edad.

Vosotros.

Yo.

Todos los lunes me digo que empezaré este sábado.

Espero que no sea demasiado tarde."

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/asimplevista/2013/04/09/el-dia-en-que-os-marcheis.html

jueves, 21 de marzo de 2013

Un mundo de dependencias


En el capítulo uno del Manual de Uso que nos deberían dar a todos los padres a la salida del paritorio, debería poner en letras mayúsculas y bien grandes cuál es el objetivo de cualquier padre o madre: "IMPULSAR LA AUTONOMÍA DE SU HIJO/A, Y ENSEÑARLE A VOLAR".
Dicen que venimos al Mundo a aprender. Yo le añadiría: "a ser libres". Sin embargo, cada vez más creo que nos va a tocar estudiar en verano, y que nos van a dejar la asignatura para septiembre. Por un lado,  nuestro sistema parece pensado para todo lo contrario (crear dependencias que acaben desembocando en un consumo compulsivo): quien no tiene un coche de un cierto nivel, o incluso su segundo o tercer vehículo, se siente un "bicho raro"; quien no está a la última en las noticias o en el último gadget de Apple, es percibido como un auténtico "paria" social; quien no se puede ir de vacaciones, o permitirse peluquería todas las semanas, resulta casi "marciano"; y quien durante estos años no era recibido por el director de su sucursal bancaria, era casi un "don nadie". Pero todas estas aparentes "medallas de status" en realidad son una soga que nos hunde cada vez más en el pozo de la dependencia, y nos aleja de nuestra verdadera esencia: la de SER LIBRES.
Y nosotros, los padres, madres y educadores, sin saberlo ni quererlo, nos convertimos también en verdaderos impulsores de la dependencia de nuestros hijos y alumnos. Quizás porque necesitemos verles dependientes de nosotros para encontrar nuestro sentido en la vida, y ocultar con su enganche a nuestro cordón umbilical nuestra propias carencias en la asignatura de la libertad. Pero sin darnos cuenta que, con ello, les abocamos a la esclavitud de la dependencia.
No puedo evitar que se me pongan los "pelos como escarpias" cuando acompañando a mi hija a piscina, observo que niños de 9 a 12 años, algunos incluso por encima de los 50 kilos, son vestidos y desvestidos por sus madres, totalmente desencajadas ante la magnitud de la tarea y el pose "marajá" del menor. Y me entran "salpullidos" viendo el enorme sufrimiento de las madres del colegio, ante el próximo viaje de fin de curso de nuestros hijos de 12 años al acabar en 6º el colegio: ¡niños que nunca han dormido fuera de su casa o sin sus padres, con el pánico que representa para éstos que pasen 2 o 3 noches fuera de casa en dicho viaje! ¡Menudos padres deben pensar que somos mi mujer y yo cuando desde los 5 años nuestros hijos se van de acampada con los Scouts, haga frío o llueva, durante períodos de 3 a 15 días! ¡Claro que te acuerdas mucho de ellos, y pienas si estarán o no bien abrigados...! Pero bien sabes que un resfriado por descuidarse en el abrigo, es el mejor antídoto para el siguiente resfriado, y una inversión para una personalidad autónoma, independiente y con capacidad de criterio y decisión.
Si los padres, desde que salimos del paritorio no pensamos, casi a diario, que nuestro principal cometido es facilitarles el vuelo a nuestros hijos un día, y les preparamos (y nos preparamos) para ello, les estaremos haciendo un flaco favor, y les estaremos encarrilando hacia las filas de los dependientes de este Mundo.