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viernes, 1 de noviembre de 2024

Testamento vital

Aquel fue el primer bofetón que me llevé. Tenía sólo cuatro años. Y probablemente no entendí de qué iba todo aquello. Sólo viví su ausencia. Y experimenté de repente lo que suponía hacerme mayor y convertirme en un "hombrecito". De ser el "terremoto" que había sido hasta entonces, pasé a convertirme en un personaje hiper-responsable, sin duda a mi pesar. Me arrastraron las consecuencias de aquella temprana ausencia paterna. Y me puse el disfraz que tocaba, sin interiorizar lo que toda muerte viene a decirnos. Demasiado pronto para entender nada.

CDD20 en Pixabay
Pero ese vacío no resuelto siempre reaparece. Y con él, brotaron ríos de lágrimas incontenibles muchos años después, tras la muerte de mi abuelo, o el extravío momentáneo de mi hija durante unos minutos. ¿Qué me pasaba? ¿Cómo no podía controlarme? Terror a la pérdida. Pánico a la ausencia. Miedo incontenible a perder a alguien querido. Pero yo podía con todo. O eso me decía yo.

Aquel diagnóstico a mi madre en 2008 fue mi punto y aparte. Fibrosis pulmonar idiopática: de 3 a 6 meses de vida. La despedida de mi madre llamaba a mi puerta. Y ya sí: se acabó lo de mirar para otro lado. Era el momento de la verdad y de que se cayeran todos lo velos. Debía prepararme. Limpiar resentimientos de una vida marcada hasta entonces por aquella primera ausencia. Y entender que toda muerte que se cruza en nuestro camino es, o debería ser, un buen bofetón en el centro de la cara para que despertemos. ¿Despertar a qué? En mi caso, a darme cuenta que nos agarramos a ese ser querido o a esta vida aquí, y tenemos miedo a morir porque no hemos vivido lo que estamos llamados a vivir. Despertar a ser consciente que morimos como vivimos: frívola o amorosamente, obsesionados por el trabajo, el tener y el hacer, o por el SER. Despertar al entendimiento de que la muerte no es un problema (como cuando la vivimos desde el ego) sino una oportunidad si la vivimos desde el alma. Y sobre todo, despertar a la evidencia de que la mejor manera de prepararse para morir es vivir YA lo que hemos venido a vivir, dejando de postergarlo todo para mañana. ¿Acaso hay un mejor legado para nuestros hijos que ese aprendizaje? ¿Existe un mejor testamento vital para ellos? ¿O se nos olvida que morir es una costumbre que solemos tener la gente sin más requisito que haber nacido? El Mahabharata lo dice bien claro: "La gente muere todos los días, lo que nos hace conscientes de que somos mortales. Sin embargo, vivimos, trabajamos, jugamos y planeamos como si fuéramos inmortales. ¿Qué es más sorprendente que esto?"

CDD20 en Pixabay
Aquel diagnóstico de 3 a 6 meses no se cumplió, y finalmente tuvimos 5 años para despedirnos como ambos nos merecíamos. Ya me había llevado unos cuantos de aquellos bofetones con otras muertes cercanas, y no estaba dispuesto a que la vida me dejara KO con ésta, tan importante para mi. Y como en aquel cortejo fúnebre de Nain, sentí con toda claridad aquello de "¡levántate!". Y creo que por fin espabilé. Hubo ternura, silencio, compañía y paz. Hubo verdad hasta donde ella quiso, sabiendo que la verdad nos hace libres porque nos hace propietarios del tiempo que nos queda. Hubo palabras sagradas como "te quiero", "gracias" y "adios". Hubo la sanación interior que provoca la aceptación de lo que no puedes cambiar, pero te cambia a ti la mirada. Y el sufrimiento se diluyó cuando dejé de resistirme y opté por vivir con ella el tiempo que nos quedó juntos. Ya se sabe que los que sufren no son los cuerpos: son las personas. E incluso hubo ocasión de concretar hasta donde quiso, cómo quería que fuese su marcha.

Es curioso, pero su muerte y ese tiempo para prepararnos para ella, me hizo renacer a una nueva vida de mayor paz y equilibrio. Hubo un antes y un después. Su deterioro en el plano físico dio paso en mí a un enorme despertar en el plano espiritual, encontrando el sentido de todo aquello, y de mucho más. Aquel nuevo bofetón me abrió por fin los ojos. Tuve esa "suerte", que no siempre viven todos. Sentí con claridad que la muerte aguarda en cada esquina, a cada instante, y que es parte intrínseca de esta vida. Que, como todo lo que sucede en la vida, la muerte también es perfecta y necesaria. Y por eso vivo desde entonces con toda la intensidad que puedo, sintiendo que la vida eterna es AHORA. Y que, como dice la canción: "la gente buena no se entierra, se siembra". 

CDD20 en Pixabay
Han pasado ya once años de su marcha. Pero sigue muy presente en mi evolución y en ese legado que nos gustaría para nuestros hijos. Por eso, hace dos veranos, decidimos poner las cartas sobre la mesa con ellos y hablar lo que nunca se quiere hablar, por miedo a atraer a la muerte. Menuda tontería: "atraer a la muerte"... Al principio, Pablo, Samuel y Eva se resistieron un poco. "¿Para qué hablar de vuestra muerte si aún sois jóvenes y os queda mucho?", nos decían. Pero les dijimos que queremos morir como hemos vivido. Y no hay que tenerle miedo a hablar de nada, y menos de la muerte, que es algo normal y además es segura. Creo que los cinco recordamos aquella larga caminata por los túneles de La Cala como algo muy entrañable. Les expresamos nuestra forma de entender la vida y la muerte. Cómo queríamos afrontarla de frente, y cómo queríamos que fuesen nuestros últimos momentos. Les dijimos que no queríamos sentirnos una carga, ni tampoco ser desterrados a cualquier geriátrico como se vio en la pandemia, aunque para que nos cuidase alguien en casa hubiera que vender parte de nuestros bienes, y su herencia se mermase. Les dijimos cómo nos gustaría distribuir y administrar la herencia, fuera con los bienes actuales o con otros. Y lo dejamos todo por escrito en una carpeta en la nube, para que no hubiera dudas de interpretación, ni en lo humano ni en lo divino. No hay nada más triste que te entierren cuando nunca quisiste, por no haberlo dicho; que los hijos se peleen y se retiren la palabra en la pugna por una herencia porque sus padres se escudaron en el "ya os apañáis vosotros cuando no estemos"; que te llenen de rituales y ceremonias el velatorio, cuando en vida siempre rehuiste de ellos; o que deleguen en un desconocido porque nunca se habló sobre qué hacer cuando te llegue la hora. Por eso aquel día no escatimamos en detalles. Y hablando de la muerte y la vejez, ellos también se abrieron y nos expresaron su mayor temor compartido: "es que, sabiendo lo "hippys" que sois, cuando estéis jubilados y os dé por ir al Nepal con ochenta años, y os quedéis tirados o enferméis en medio de la montaña, ¿cómo hacemos para traeros?" Las carcajadas retumbaron en los túneles. Nos mondamos de la risa. Igual que siempre.

Como ya les dijimos a ellos entonces, hemos querido dar un paso más en el proceso de coger las riendas del final de nuestros días. Y tras meses de espera, este julio pasado tuvimos la entrevista con la enfermera que correspondía a nuestro centro de salud para registrar nuestra Voluntad Vital Anticipada. Y lo que inicialmente pensábamos que sería un mero trámite burocrático, se convirtió en una maravillosa conversación de dos horas y media con Celia, que casualmente leía nuestro blog desde hacía años. Probablemente fue el momento más auténtico que hemos vivido con un profesional de la salud. Sin duda porque era todo lo contrario de lo habitual, en que la Sanidad se empeña en concebir la muerte como algo contra lo que hay que luchar; y si intentan curarte de algo que no es una enfermedad sino una fase de tu vida, te van a hacer cosas que no te mereces, que son muy caras, muy sofisticadas o muy complejas, y que ayudan poco o nada en esos momentos, o directamente te deshumanizan. ¿Y qué es lo que ayuda en esos momentos? Justo lo que Celia hizo con nosotros aquella tarde de julio: escuchar, desplegar toda su empatía y ser profundamente humana y cercana con nuestras decisiones, nuestras inquietudes y nuestros miedos. Un ser humano ante otro ser humano. Nada más curativo que eso. Tan poco y tanto a la vez. 

Mimzy en Pixabay
Además de un encuentro maravilloso de almas, aquella tarde en el centro de salud quedó registrado nuestro testamento vital. Sí, otro más. Aunque en este caso fuera un trámite burocrático que garantiza que se van a respetar nuestras decisiones y nuestros valores en esos momentos finales a los que llegaremos el 90% de la población. Nada de improvisación o de que se haga lo que un director de planta o de hospital, un Ministro o un Consejero de Sanidad digan. Ese momento es sólo nuestro, y queremos decidir nosotros sobre la conexión o no a máquinas, las sujeciones físicas, la obligación de comer, el dolor físico y la sedación, el lugar donde morir, la irreversibilidad de la enfermedad, los tratamientos y las pruebas, la donación de órganos, las transfusiones, los respiradores, las reanimaciones, las sedaciones paliativas... No fue sencillo imaginarnos en todas esas situaciones. Pero la muerte, como el parto, es un proceso natural que tiene su orden, sus fases y sus momentos complicados. Y no por no haber pensado en ellos van a dejar de existir. Si pudiéramos entrevistar al bebé cuando está en el canal del parto, con escasez de oxígeno, y teniendo que dejar el útero que ha sido su hogar durante nueve meses, probablemente se mostraría agobiado en ese momento. Pero es algo natural, que forma parte de la vida, y que se olvida una vez superado el trance. Pues igual con la muerte. Y mejor tener decidido cómo prefieres que sea.

Seguro que muchos pensaréis que "nos falta un tornillo", con tanto "mentar" a la muerte. Pero no, de verdad. No estamos locos; que sabemos lo que queremos, como decía Ketama. Además Mey está empeñada en no repetir curso, y en no volver a reencarnarse. Así que hay que aprender lo que hemos venido a aprender, y tratar de subir lo que se pueda el nivel de consciencia en esta escuela de almas que es la vida. Aunque a mi, lo reconozco, me encantaría volver a reencarnarme con ella. A ver si la convenzo de aquí hasta que llegue nuestra hora.


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martes, 4 de mayo de 2021

MeysTube (6): Cuando una amiga se va

 Cuando alguien querido se va, duele mucho.

Cuando decide irse, el vacío es inmenso.

Hoy nos sentimos profundamente conmovidos por tantas y tantas personas

que están sufriendo por dentro tanto como para dar un paso tan drástico.

Ojalá podamos tejer una red de humanidad que palíe en parte ese dolor.

(pulsar sobre la imagen para ver el vídeo)


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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Hay vida antes de la muerte

No es añoranza. Tampoco morriña. Y desde luego no es nostalgia ni pena. Ni mucho menos. Es sólo ese pequeño nudo en la garganta que te recuerda que, de nuevo, entramos en una nueva etapa. Y ver esta semana los dibujos, los "trabajitos" y las notas de los niños de hace 10 ó 15 años, me recordó intensamente lo que en teoría ya uno sabe. Que la vida pasa. Que los niños son ya hombres. Y que probablemente alguno ya sólo volverá a casa de visita. Esa que ahora es puro silencio y quietud, y que era un auténtico manicomio hace apenas dos meses. Por eso, ahora que se han ido, estamos remodelando espacios y ordenando estanterías. Tirando lo viejo para dar cabida a lo nuevo. Y los recuerdos son inevitables. Pero no dejan de ser eso: simples huellas del pasado. Ni más ni menos.

Andorra-2019
Nuestros hijos han empezado a volar antes de lo habitual. Es cierto. Y el abrirles las ventanas tan "de par en par" para que vuelen desde pequeños tiene eso. Que vuelan. Y entonces no valen las medias tintas. No vale lo de "te dejo volar, pero vuelve porque te necesito". O lo de "vuelve porque creo que aquí vivirás mejor o serás más feliz". Los "sí pero no". No. Eso es hacer trampas al solitario, o un chantaje sibilino. Si abres la ventana es porque estás convencido de que tu papel es ese: enseñarles a volar, para que surquen sus cielos, y elijan su rumbo. No el tuyo. Sabiendo, además, que es probable que se equivoquen, que sufran, y que lo pasen mal. Y si les tocase tropezar muchas veces, seguro que acabarán volando aún mejor, a base de planear en sus caídas. El derecho a tropezar y a elegir caminos distintos a los paternos o maternos debería ser un derecho universal. Y a los padres sólo nos queda ser unos "pesados", preocuparnos cuando toque, y advertir por si se nos escucha alguna vez que otra. Abrir puertas y más puertas, para que ellos elijan. Pero sabiendo que tras alguna de ellas, pueden hacerse daño. No vale abrirles sólo la puerta que más nos guste a nosotros. No. De eso va lo de ser padres, aunque muchos nos miren raro por ello.

Por supuesto no es fácil. Exige prepararse para el continuo cambio de ciclo y de etapa. Y los hijos, además, deben saberlo muy bien desde muy niños. Que podemos ser una "Familiade3hijos". Y que para muchos esa es nuestra identidad. Pero no. No nos definen nuestros hijos. Tampoco nuestro rol de padres. La vida es más rica aún. Y no se agota en esa etapa con ellos. Por eso no cabe la tristeza. Y por eso, los nuestros saben que los echamos de menos. Que nos acordamos muchísimo de ellos. Que gozamos con su gozo desde la lejanía. Pero que nuestra vida sigue. Que por supuesto no hay "síndrome del nido vacío", porque vaciarlo es nuestra principal responsabilidad vital. Que estamos disfrutando de lo lindo de nuestra nueva y recuperada etapa "de novios". De nuestras escapadas en la "furgo", de nuestras rutas en kayak, o de alguna que otra "cenita romántica". Y les alegra saber que es así. Porque pueden disfrutar de su vuelo sin cortapisas, sin resquemores de lo que dejan en casa. Sabiendo que su vuelo no deja damnificados atrás.

Seguro que más de uno pensará que esto es exagerado. Que no hace falta ser tan contundentes. Que los hijos son para toda la vida. Y que si pueden estar cerquita, mejor que mejor. Que "como en España no se vive en ningún lado". O que "como mi pueblo, no hay nada en el mundo". Olvidando que el mundo cada vez es más pequeño. Que no hay distancias. Pero puede que no nos demos cuenta que, detrás de esos razonamientos, existe un apego sutil. Un aferrarse a lo que consideramos que debería ser la vida de nuestros hijos.Y eso acaba limitando su expansión vital, el despliegue de todos sus dones y talentos, y la misión que han venido a desplegar aquí, para la que nosotros sólo somos meros compañeros de viaje


Eva (Mijas Costa-2019)
Que todo esto nos haya pillado antes de los cincuenta, es toda una suerte. Y no sólo porque previsiblemente, "aún nos queda carrete". Sino porque te inmuniza contra el decaimiento vital. Ese que te hace pensar que esto se acaba y que no vale la pena, cuando llega un cambio tan brusco de etapa. Y entonces se tiende a confundir el paso a otra fase, con el paso al otro mundo. Y acabas muriendo por dentro poco a poco. No creo que haya peor muerte que esa, la verdad. Lo hemos presenciado en padres con hijos que se independizaban, y perdían las ganas de vivir. En parejas que se quieren, pero que se atascan en lo trivial o secundario: la distribución de la casa, el papel de la familia política, el tiempo dedicado al trabajo, la forma de hablarse...Y entonces se nos olvida que hasta el último segundo de vida, la muerte debe esperar. Porque morir no es sólo cuando se apagan nuestras constantes vitales. No. Es cuando dejas de vibrar por dentro ante el milagro de estar aquí y ahora. ¿Le vamos a dar esa ventaja o ese gustazo al de la guadaña? No nos podemos permitir el lujo de desperdiciar ni un segundo de vida muriendo por dentro.

Y curiosamente, esa es la paradoja de los tiempos actuales. Se televisa la muerte y el miedo las 24 horas del día. Y no porque de la Covid muera más gente que del sobrepeso o de las enfermedades cardiovasculares. Muy al contrario. Pero te lo repiten a todas horas. Quién sabe qué pasaría si televisasen a todas hora los dramas y las enfermedades derivadas de los que fuman o de los que comen "porquerías". Pero en lugar de "rebotarnos" ante la certeza de esa muerte, por Covid o por la caída de una maceta, y vivir hasta la última gota de vida, nos encerramos en vida para no morir. ¿Seremos tontos? De verdad que no lo entendemos. ¿A qué vienen esas caras de susto que vemos por la calle? ¿A qué vienen esas eternas conversaciones pesimistas? ¿De verdad vamos a prescindir de todo lo que vale la pena en esta vida, hasta que llegue esa vacuna milagrosa, que nos salve de ésta? ¿Y del resto de peligros que amenazan nuestra vida? ¿Nos vamos a poder vacunar contra todos ellos? Podemos meternos en una burbuja los próximos 50 años, y así seguro que no nos morimos. Por favor...Me recuerda mucho a todas esas personas que pasan la vida pensando: "esto para cuando me jubile", "esto para cuando me jubile". Y justo en la semana en que se jubilan, les da un ataque y se van "al otro barrio".

Estos días no hemos parado de oir plegarias para que pase el 2020 cuanto antes, como si las pobres cifras del año 2020 fueran las responsables. Como si fuera otro número demoníaco al que culpar de nuestras desgracias. ¿Olvidarse del 2020? ¿De verdad no hay nada de lo que aprender de lo sucedido? ¿Tan ciegos estamos? ¿No deberíamos acordarnos a cada instante de lo que ha sucedido, para decidir? ¿No habrá que estar muy pendientes para optar en cada instante por aquello que nos trae felicidad y vida, alejando aquellas pequeñas o grandes decisiones que nos matan por dentro?

Samuel (Conil-2020)

Hace unos días nos removió mucho un vídeo de una niña en la televisión Àpunt que se convirtió en viral. Preguntada por el uso de la mascarilla, la pequeña, de apenas unos añitos, contestó: "Es un poquito peor, porque no puedes respirar del todo. Pero, ¡no pasa nada! Es mejor eso que morirte". Lo dijo con tal inocencia, con una voz tan dulce, y con un movimiento de hombros tan convincente, que bien hubiera podido ilustrar cualquier campaña de marketing. Sin duda, muchos se habrán identificado con esas palabras. Pero son la esencia de lo que decimos. No voy a volver a abrazar a mi padre o a mi madre. No voy a volver a ver a mis amigos. No voy a volver a disfrutar de una buena bocanada de aire fresco. Ni de la sonrisa de mis seres queridos. Ni de una escapada. Ni de una locura. No. Es un poquito peor. Pero no pasa nada. Es mejor eso que morirte.

Nosotros lo tenemos claro. Y creo que nuestros hijos también. Estamos en un cambio de fase. En casa y también en la Humanidad. Y surge inevitablemente la pregunta: ¿y ahora qué? Nosotros hemos decidido ser unos activistas del VIVIR. Nos puede llegar la covid en cualquier momento. También un cáncer, un accidente de tráfico, o la caída de un meteorito. Algo, desde luego, nos va a acabar matando. Pero hasta ese momento, que nadie dude que vamos a exprimir este milagro que es la vida, hasta la última gota. Por eso hemos decidido hacernos aún más dueños de nuestro tiempo, de nuestros gustos, de nuestras prioridades, de nuestros rincones y de nuestros seres queridos. Estamos soltando lastre. Estamos quitándonos "perros pulgosos", obligaciones auto-impuestas, y dictaduras del "qué dirán".

El ser humano se afana en buscar vida en otros planetas, en otras galaxias. Incluso se esmera por conocer si hay vida más allá de la muerte. Pero se olvida de lo más importante. Que hay vida antes de la muerte. Y que nadie va a vivirla por nosotros. Que nos toca coger el timón de nuestras vidas con ganas. Y que hacemos el "panoli" si dejamos de vivir para no morir.

domingo, 19 de abril de 2020

Cuando salgamos de ésta

Al bajar las escaleras del dormitorio, el primer rayo de sol me sorprende de lleno en la cara. Amanece un día más. O "un día menos", dirán quienes tienen como meta salir libres de casa.  Hasta el sol se ha "compinchado" estas semanas, ocultándose extrañamente por estas tierras, para que no echemos tanto de menos volar libremente por ahí. Por eso ese primer rayo me ha sabido a gloria.
Somo aves enjauladas con tantas ganas de volar, que olvidamos que en este remanso, también se ve la vida pasar. Eso nos cantaba Rozalén esta semana. Y es cierto. Desde casa también se ve la vida pasar. La vida se abre paso sin reparos. Anoche hubo fiesta de vecinos. Cada uno en su terraza. El vecino de la casa 65 lo dio todo con su voz, sus altavoces, su mesa de mezclas, su mujer grabándolo todo y sus dos niñas bailando para que los vecinos siguiéramos los pasos desde la distancia. Son bellos los gestos que la vida nos ofrece estos días, de gente sacando lo mejor que tienen, en favor de los demás. Aparte de la discoteca vecinal, en casa tuvimos videoconferencia con la familia, torneo de mini ping-pong en la mesa del comedor, tortitas de sábado, y sesión de nuestra serie favorita.
Foto de El País (Samuel Sánchez)
Pero la vida es todo. También lo que nos contaba nuestro amigo David desde Burgos. Su hermano es médico en el hospital improvisado de IFEMA, en Madrid. Y dice que, cuando pase todo esto, saldrán a la luz historias de un sufrimiento que nos cuesta creer posible en nuestro país, como en otros tantos. Personas que no recibieron tratamiento médico o acceso a las camas de la UCI que necesitaban, y sufrieron una muerte en otras circunstancias evitable. Enfermeras con trastornos psicológicos porque debieron informar a los familiares que debían dejar morir en soledad a su padre, madre, o hermano. Miles de ancianos en las residencias, solos, asustados, deprimidos, o enfermos terminales, que ven acercarse su fin inexorable, sin una mano amada a su lado. Ayer mismo moría de un infarto, con nuestra misma edad, la hermana de una querida compañera de trabajo, a la vez que la madre se partía la cadera. No podía quitarme de la cabeza el momento de sufrimiento que estarían viviendo, en una situación como la actual, con hospitales desbordados, y sin apenas poder despedirse de un ser tan querido y cercano. La muerte, la debilidad y el sufrimiento colándose por las rendijas de nuestra cotidianidad de confiamiento, como parte de nuestras vidas.
Reconozco que ese es uno de los mayores retos que afrontamos cuando nos ponemos a escribir. Cómo impulsar ese mundo diferente para vivir que tanto nos ilusiona, y que nos pide aceptación, esperanza. motivación y entusiasmo, a la vez que nos topamos de bruces con la muerte, con el dolor, y con la desolación más absoluta. Y más aún cuando en este mundo que vivimos, se le da precisamente la espalda a la muerte, a esa parte de la vida. ¿Cuántos médicos y enfermeras estarán llegando a sus casas estos días, deshechos de lo que han visto y vivido, y apenas pueden sacar esas vivencias, porque nos incomoda presenciar ese sufrimiento? Quizás esta crisis del coronavirus nos trae ese aprendizaje también. ¿Y si conseguimos que la muerte, el dolor y el sufrimiento dejen de ser tabú en esta sociedad y que eso nos haga más humanos y solidarios? ¿Y si nos damos permiso para compartir el sufrimiento, y así no llevarlo en silencio y en soledad, evitando así la condena de la vergüenza o del "no incomodar" a  los demás?  ¿Cómo mantener la salud mental y seguir con la propia vida cuando el sufrimiento, la enfermedad y la muerte nos rodea? ¿Mirando hacia otro lado? ¿Conectando con nuestro propio dolor? ¿Reconociendo con humildad nuestro privilegio y poniéndonos al servicio de los que sufren o de los que alivian ese sufrimiento? ¿Continuando con nuestras vidas, tratando de ser felices y estar bien, como una ofrenda a uno mismo y a los demás? ¿Es posible ser consciente de la injusticia y el sufrimiento, sosteniendo la mirada a la oscura bestia, y aún así vivir con alegría? Preguntas como dardos que nos lanzaba David hace unos días. A nosotros, y probablemente a esta Humanidad afligida por el dolor de estos tiempos...
Foto de El País (Samuel Sánchez)
Y si esa interpelación es dura y difícil, no lo es menos la que nos hace esta pandemia respecto a la muerte. Como plantea Eisenstein, ¿cuál es la forma correcta de vivir o de morir? ¿Valdría la pena sacrificar durante meses o años algunas de las cosas que tanto valoramos y que estamos sacrificando estos días para algo incierto, o incluso seguro? ¿O acaso se nos ha olvidado que todos moriremos tarde o temprano? En un mundo de separación, morir es un fracaso. Y resulta casi impensable plantearse el concepto de "morir bien". Pero lo cierto es que no todos estaríamos dispuestos a estar entubados y aislados en una UCI por ganar unos días, unas semanas o unos meses, frente a lo que significaría morir, quizás antes, pero abrazado a los tuyos. Y entonces esta crisis nos trae una pregunta aún mayor: ¿a cuánta vida estamos dispuestos a renunciar para estar seguros?  Hay culturas que valoran el disfrute o la vida intensa más que la seguridad. Y es cierto que a veces algunos esfuerzos sanitarios titánicos significan sólo una muerte pospuesta, ya que ésta es siempre segura. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?
Para nosotros, la vida es sagrada. Y lo es tanto, que quizás debamos cambiar el concepto de lo que es "vivir". "VIvir" NO es sólo "vivir más". Es vivir bien. Es vivir con intensidad. Es vivir con sentido. Rodeado y arropado por los tuyos. Con plena libertad y consciencia. El reto que nos lanza el Covid-19 no es pequeño, porque ha elevado la muerte en la conciencia colectiva, cuando se suele renegar de ella y se le suele dar la espalda.
Pero no sólo nos interpela ante la muerte. También lo hace ante la propia vida. ¿Cuánto estamos dispuestos a vivir con miedo? Si el distanciamiento social tiene éxito, preparémonos para introducirlo en nuestras vidas. Porque quizás algunos cambios que creíamos temporales se conviertan en definitivos. ¿O es que quienes nos miran con desconfianza en la cola del supermercado, van a abrazarnos tres semanas después, cuando algún burócrata diga que ya no es obligatoria la separación? ¿Es la reducción en las cifras de muertes lo que debe medir nuestros estándares de vida y nuestra relación con los demás? ¿El progreso futuro consiste en la separación? ¿Y si el futuro consiste en el encuentro virtual online? ¿Nos acostumbraremos a temer dar la mano o un beso, por el recuerdo de lo que vivimos ahora? ¿Seremos capaces de controlar el miedo o el recuerdo de este confinamiento mundial? ¿Podremos volver a dar un abrazo de corazón sin pensar si el abrazado tiene el virus? ¿O quizás sea éste el punto de inflexión para dominar no sólo el Covid-19, sino ese virus que nos llevaba por el camino de la Separación los unos de los otros, e incluso del planeta que habitamos y todos sus seres vivos? Probablemente dependerá de cómo valoremos la muerte frente al abrazo, a la relación con el otro/a, al juego o al estar juntos. Quizás debamos descubrir que la muerte forma parte de la vida. Ya que, de la conciencia del dolor y de la vulnerabilidad surge la más auténtica y profunda solidaridad. Es precisamente ahí donde podemos reconocer nuestra fundamental Humanidad Común.
Un día más se ha nublado de nuevo. Pero queda un día menos. Un día menos para enfrentarnos a nuestros miedos y a la decisión de cómo queremos vivir el resto de nuestras vidas.

NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) ) https://www.patreon.com/posts/balance-de-de-de-26647734


lunes, 29 de octubre de 2018

Despedidas

"Sabes que ésta es la última vez que nos vemos, ¿verdad, Rafa?", me murmuró al oído mientras nos abrazábamos en la despedida.
"No digas tonterías, tita", le respondí yo, sabiendo que llevaba toda la razón.
Pocos días antes, la oncóloga le había retirado todos los tratamientos. Eso evidenciaba que la ciencia se rendía ante el maldito cáncer. Pero ella se sintió aliviada. Por fin acababa la tortura. Y aunque el final se acercaba, ella lo afrontaba con la entereza con la que había afrontado siempre las difíciles pruebas de la vida. Aunque se resistiera a que la vieran tan demacrada y vapuleada por la enfermedad, sentí que necesitaba despedirme entonces, como no pude hacerlo este verano con mi tía Tere. De aquel abrazo tan necesario, ayer se habrían cumplido seis semanas. Pero antesdeayer a las ocho de la mañana era su adiós definitivo.
Este año el otoño remoloneaba más de lo normal. Aún no habíamos abandonado las mangas cortas, cuando el frío polar nos dejaba tiritando este fin de semana. Era como si su adiós nos hubiera dejado helados a todos, por muy esperado que fuera. Y ayer por la mañana, en la puerta de la iglesia, mientras recibía el pésame junto a mis primos de decenas de desconocidos, en lo que aún sigue siendo una extraña tradición en muchos pueblos, sentía ese frío interior que ningún abrigo puede mitigar. Sin duda, hay fríos que tienen que ver con el alma y no con la piel. Y al ayudar a levantar su ataúd hasta el altar, los escalofríos no paraban. Aunque ahora que lo pienso, quizás se debiera también a lo que nos esperaba tras aquellas inmensas puertas que había cruzado yo de pequeño tantas y tantas veces. Jamás había visto aquella parroquia tan abarrotada de gente como ayer. Centenares de ojos se clavaban en nuestros pasos en una muestra de cariño colectivo que en algo mitigaría el dolor de mis cuatro primos.
Cuando uno ya ha perdido a sus abuelos y a sus padres, siente que empieza a colocarse en primera línea de fuego. Y que esa llamada inexorable de la tierra se aproxima tarde o temprano, aunque nunca queramos pensar en ello. Polvo al polvo. La verdad es que se te desmoronan los castillos de naipes que a veces nos montamos en la cabeza. Y no puedes evitar pensar cuántos besos de tus hijos al llegar del instituto te quedan. Cuántos abrazos a tu mujer. Cuántas lunas llenas por ver. Cuántos "madrugones" para ir a trabajar. Cuántas cosas que adoramos u odiamos, pero que seguro añoraremos cuando ya no estemos aquí. Y no puedes evitar volver a darle la importancia que realmente tienen tantas y tantas cosas sencillas y cotidianas, que a veces, obviamos pensando que somos eternos.
Me gustó el rato que compartí con mis primos y familiares en el recorrido hasta el cementerio y en la espera durante la incineración. También el tapeo posterior que improvisamos los que nos quedamos hasta el final. Y disfruté de las risas con los recuerdos, de unos abrazos por desgracia demasiado esporádicos, y de un compartir que se me antojaba cada vez más necesario entre nosotros. Siempre he odiado el ritual de las coronas de flores, del coche fúnebre y de los pésames. Pero hay algo que siempre agradezco de todo ese ceremonial: que obliga al reencuentro. Y que lo que nuestras cargadas agendas no une, la marcha de alguien querido siempre consigue. 
Mientras volvía a casa en el coche, no podía evitar acordarme de tantos y tantos recuerdos en ese pueblo de mis abuelos. Forman, sin duda, una parte importante de lo que somos. Y nunca desaparecerá, por mucho que el inexorable reloj biológico se empeñe en recordarnos que nada es eterno, y que todo cambia.
Ya son dos noches seguidas de desvelarme a las cuatro de la mañana. Puede que sea el dichoso cambio de hora. Aunque probablemente son las pequeñas secuelas de haber sufrido la ausencia de un padre con cuatro años. Y aunque tengo ya muy integrada la muerte como parte la vida, cada vez que alguien querido se marcha definitivamente, este proceso se repite. Justo antes de su marcha. Justo después de su adiós. Al menos ya no lloro como una magdalena como en aquel entierro del abuelo, aunque bien sé ya del poder terapéutico de las lágrimas. Allí me di cuenta que algo tenía roto por dentro, y tocaba remendarlo. Y por suerte tuve tiempo de hacerlo para la marcha de mi madre. Pero siempre se repite este proceso interior de silencio y duelo, de vellos de punta, de nudo en la garganta.
En la despedida de mi tía Conchi ayer, me acordaba de tantas personas cercanas que se han ido recientemente: mi tía Tere, mi antiguo compañero Pepe... Y en su lucha de tantos años de enfermedad, sentía muy presentes a tantos seres queridos que están ganando o aceptando de una u otra forma sus batallas: Luije, Magdalena, Carmen, el tito Juan, Juanmi, Belen, los padres de tantos buenos amigos...
Cuando depositamos las cenizas de mi tía dentro del nicho familiar junto a las de mi tío Agustín, y se cerró la losa, curiosamente sentí con fuerza que ella ya no estaba en esa urna, ni en esa cavidad. Que estaba en la mariposa que revoloteaba entre las flores y los cipreses de aquellos largos pasillos de silencio. Que se escondía en los diminutos trozos de hielo que aquel mágico granizo nos trajo justo en ese momento entre rayo y rayo de sol. Que nunca se marcharía de los corazones de los que disfrutamos de tenerla entre nosotros.


NOTA: Ya sabéis que este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero a través de nuestra escritura estamos canalizando solidaridad hacia proyectos que lo necesitan, y queremos dar cuenta de ello:
https://www.patreon.com/posts/damos-cuenta-de-21934667
Además, los beneficios de la nueva tanda de libros que nos ha llegado, irán íntegramente para material escolar de los 28 niños del orfanato de nuestro querido Herminio: https://bit.ly/2CbfnQM

domingo, 22 de octubre de 2017

Lo que de verdad importa

La conocí hace cuarenta años. Fue un pilar crucial para mi madre cuando mi padre murió. Su nombre, imborrable como el de tantos otros: Araceli, Joaquín, Isabel, Antonio, Leandro, Conchi... Gente buena que siempre hizo dudar a mi madre de si acertó o no al mudarnos de Córdoba.
Apenas nos vemos. Pero el cariño y la gratitud no entienden de distancias ni de tiempo. Habitan en lo recóndito y alimentan las almas. Y el encuentro surge espontáneo cuando el abrazo apremia. Este jueves apremiaba. Y mucho.
Aprovechamos una revisión médica y fuimos a su casa. Siempre que voy allí me inundan los recuerdos. Objetos que mi madre y ella compraron juntas y que también adornaron mi niñez. Fotos familiares de gente querida que me cuidó de pequeño. Aroma de hogar.
Siempre he odiado ir a dar un pésame. Me cuesta pronunciar palabra. Probablemente aún tenga algún circuito escacharrado con eso. Pero con ella fue distinto. No íbamos a un compromiso social. Íbamos a una auténtica lección de vida. De esas que nunca se olvidan. De esas que derrochan belleza por todos lados.
No estoy acostumbrado a verla así. Con la lágrima incipiente. Con su preciosa sonrisa quebrada. Con la sensación de "pollo sin cabeza". Esta vez su entereza habitual titubeaba por momentos. Aunque no hubo ni un atisbo de rebeldía. Ni un indicio de sublevación. Y eso que un desenlace tan inesperado podría haberlos suscitado. Pero no. Aceptación. Gratitud. Suerte de tener una fe como la suya. Unos hijos y nietos como los suyos. Tanta gente que la adora. A ella y a él también. Tan prudente, tan atento, tan cariñoso... Saber estar en cada instante. Sin buscar el halago o la alabanza. La palabra justa. El gesto amable. Siempre.
Morir es ley de vida. La única condición para morirse es estar vivo. Y a todos nos va a tocar. Sí o sí. Aunque no queramos hablar de ello. Aunque miremos para otro lado. Aunque sea tabú. Antes o después todos pasaremos por ahí. Y la clave es cómo queremos que sea ese momento. Por nosotros y por los que se quedan. Yo, después de este jueves, lo tengo claro. Quiero irme como él. Con los deberes hechos.
Hablar de la felicidad con quien tiene setenta u ochenta años, y conocer sus claves en el atardecer de la vida es un auténtico lujo. Uno puede pensar que tras cincuenta y cuatro años junto a tu compañero de viaje, lo que más viene a la memoria son los grandes logros, las grandes hazañas, los momentos memorables. Pues no. Escuchar a Araceli enumerando multitud de gestos cotidianos, de momentos fugaces, y de situaciones ordinarias te reconcilia con el mundo. Quizás porque te das cuenta de que en lo pequeño está lo hermoso. Y que lo tenemos delante de las narices. En un abrazo. En una mirada. En un paseo para la compra. En un suspiro compartido... Y nosotros, quizás, ocupados en otros menesteres. Quizás preocupados por la cuenta corriente, por la limpieza de la casa, por el horario, por el jefe, por la hipoteca... Nos pasamos la vida buscando la felicidad y el sentido de la existencia fuera, lejos, y en lo grande. Y resulta que están dentro, cerca y en lo pequeño. Araceli y Joaquín lo han encontrado. Enhorabuena. Misión cumplida.



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viernes, 9 de enero de 2015

Ausencias

Hoy hace dos años que se marchó. Es curioso, pero con el paso del tiempo cada vez me acuerdo más de ella. No es un recuerdo de detalles, de momentos o de conversaciones, sino de su presencia en mi vida, hoy tornada en ausencia. Y ese recuerdo me pedía hoy una tregua en mis roles de funcionario, de tesorero, de voluntario en campañas, de padre....Y me animaba a buscar el silencio, el cielo abierto, los pájaros, el rugir del mar... Me he dejado llevar. Y me ha venido muy bien. No era nostalgia. Era serenidad. Y pedía su espacio y su tiempo.
Cuando hace justo dos años dejó de respirar, sentí una fuerte necesidad de salir de la UCI. Percibí claramente que ella ya no estaba en aquella sala, y que se había liberado de ese cuerpo que tan malos ratos le había hecho pasar en los últimos años. La sentí en el vuelo de los pájaros que inundaban el patio interior del hospital. Su larga enfermedad me había preparado para ese momento, y creo que ambos sentimos esa sensación de "dejar ir" con paz.
La ausencia de mi padre 37 años antes no nos lo puso fácil. Ni a ella en su papel de madre, ni a mí en el de hijo. Ni siquiera la muerte supone un punto y final. Todo fluye y sigue fluyendo. Incluso las cicatrices por cerrar. Pero sin duda, sin ella, no sería el que soy hoy. Y por ello brota de mí un enorme sentimiento de gratitud hacia ella. Gracias, gracias, gracias.