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sábado, 27 de noviembre de 2021

Es hora de crecer

Es, sin duda, de lo que más orgullosos estamos como padres. Con los tres. Más allá de las buenas notas, de sus logros musicales o deportivos, o de su nobleza. Todo ello tiene muchísimo mérito. Pero esto lo tiene aún más. Sobre todo en estos tiempos que corren. Baste un ejemplo reciente.

Eva llevaba años con esa ilusión. Había sido testigo desde la distancia y desde la barrera de cómo sus hermanos habían disfrutado de experiencias únicas e inolvidables durante aquel 4º de la ESO en Estados Unidos. Sus ojillos se dilataban cada vez que alguno de ellos rememoraba cualquier anécdota, cualquier detalle. Y se frotaba las manos a medida que se acercaba su turno, pensando en que por fin le tocaba a ella en agosto de 2020. Luchó muy duro para conseguirlo. Meses preparando la documentación, las vacunas y un vídeo de presentación, que trabajó a conciencia. Y cuando aquella familia texana la eligió para acogerla en su hogar, saltaba de júbilo. No se lo podía creer. ¡Por fin!... Pero de repente todo se truncó. Llegó la pandemia y con ella ese miedo pegajoso y contagioso que sigue adherido a esta Humanidad desde entonces. Con todo ya preparado y pagado, la agencia empezó a desaconsejar el viaje. La familia y los amigos empezaron a decirle que era mejor no ir. Que era peligroso. Que no iba a ser como otros años. Que ya habría otras oportunidades. Y a juzgar por las caras que nos ponían a nosotros, que seríamos malos padres si la enviábamos en una situación así. De modo que aquel sueño que había atesorado durante años se truncó definitivamente cuando la Administración Trump cerró las fronteras y las visas para estudiantes extranjeros. No paraba de llorar. No podía creer su mala suerte. Pero tras unos días de "bajón", la ayudamos a recordar lo que llevamos años trabajando en casa. ¿Quién tiene la llave de tus sueños? ¿Tu familia? ¿Tus amigos? ¿La agencia del viaje? ¿Trump? ¿Cómo que el sueño se truncaba definitivamente? ¡De eso nada! Mey la ayudó a visualizar con todas sus fuerzas que aquella puerta que le estaba cerrando el destino, se podía abrir para ella. Debía prepararse interiormente si se daba la más mínima oportunidad. Y día tras día cerró los ojos y se vio con su nueva familia americana en ese viaje que tanto había deseado durante años. Una y otra vez. Sin desesperar. Hasta que el Universo debió sentir las cosquillas de su ilusión y abrió una rendija. Una muy pequeña. Pero si por las rendijas más pequeñas se cuela el agua, ¡qué decir de los sueños! Trump tuvo que recular en su decisión respecto a las visas de estudiantes, ante la demanda de las veinte principales universidades americanas. El primer paso estaba dado. Pero no era el más difícil para Eva. Lo difícil venía ahora: mantenerse firme en su propósito contra viento y marea. Contra la familia, los amigos, y la agencia, que ya nos había devuelto incluso el dinero. Contra el hecho de que sólo darían el paso un puñado de chavales. Y sobre todo contra ese mantra que ya entonces llevábamos meses escuchando: "miedo, miedo, miedo....uh, uh, uh". No se trataba de ir contracorriente en una rebeldía sin causa. Se trataba de no dejarse arrastrar por la corriente de lo que todos hacen sin fundamento, sólo porque todos lo hacen. Se trataba de no tener miedo a ser señalada o criticada por hacer algo distinto. Y se trataba, sobre todo, de no entrar en los chantajes psicológicos, sibilinos o descarados, para que no se fuera "por su bien". Pero ella no dudó ni un instante. "Erre que erre". Y nosotros la respaldamos al 200%. ¿Después de toda una vida guiándole para que nadie le escriba su destino, ahora íbamos a cambiar de rumbo, sólo porque la "tele", los gobiernos y todos los que les escuchaban señalaran otro? Pues no. Rumbo sólo hay uno: el que cada uno se marca. No el que tratan de marcarnos. La decisión no gustó. Y estamos convencidos de que hubo personas que hasta que volvió hecha una mujer un año después, no respiraron tranquilas. Pero ella vivió su sueño, en lo que no para de repetir que ha sido, sin duda, "el mejor año de su vida". Y esa determinación, ese empuje y esa libertad de criterio frente a todos y frente a todo es lo que más orgullo nos genera como padres. Quizás porque el instinto nos dice que es de lo que más necesita este mundo. Y es el mejor legado que podemos dejarle a este planeta a través de nuestros tres hijos.

Por desgracia, el mundo hoy está en las antípodas de esto. Hemos cedido toda nuestra libertad. Hemos delegado en otros la decisión sobre nuestro rumbo vital prácticamente en todo. Nos creemos todo lo que nos dice "la caja tonta" sin cuestionarnos si tiene o no sentido. Obedecemos sin pestañear las decisiones de nuestro gobierno, aunque carezcan de lógica y coherencia. Nos sometemos y, peor aún, sometemos a nuestros hijos al itinerario absurdo que nos marcan "el qué dirán", "un futuro digno", ese miedo histérico, o la absurda huida de nuestra condición de seres finitos. Y agachamos la cabeza, para que nos den los "cogotazos" que sean necesarios. Eso sí. Mientras nos los dan, nos dirán que es por nuestro bien. Nos hemos convencido de que es mejor eso, que tener que decidir por uno mismo, y sobre todo, si con esa decisión, debes ir contracorriente. Pero al menos permanecemos en nuestra zona de confort. Ahí, calentitos. Sintiéndonos rebaño cumplidor, ciudadanos ejemplares de una historia que nos hemos tragado de principio a fin.

Los que hemos vivido en nuestros hijos la etapa de la adolescencia, sabemos bien que lo más difícil del paso a la edad adulta es asumir la responsabilidad de decidir. Siempre es más fácil que otros te digan lo que tienes que hacer. No tienes que analizar alternativas, informarte o estudiar a fondo los pros y contras de las distintas opciones. Sólo obedeces y ya está. Pero eso no es ser adulto. Y nos sorprende enormemente hasta qué punto esta dinámica se ha producido en el último año en buena parte de la Humanidad, dejando que otros decidan por miles de millones de personas sin apenas cuestionarnos nada.

Dicen los psicólogos que entre el niño pequeño y su cuidador (sea el padre, la madre o su tutor) se crea un nexo de dependencia tan fuerte, que cuando por desgracia hay abusos sexuales o violencia en ese ámbito tan íntimo, el niño no puede asimilar que su cuidador, que es "bueno y perfecto", le pueda estar haciendo daño. Y llega a culparse por lo que está sucediéndole, prolongándose durante años (si no, de por vida) ese trauma psicológico. Esos niños, con esa dependencia tan fuerte de sus cuidadores, acaban creciendo. Acaban teniendo un trabajo, un apartamento, un coche. Y muchos acaban trasladando el papel de ese cuidador, desde sus padres al Gobierno, a los medios de comunicación, a la comunidad médica y científica, o incluso a la OMS, sin hacer una verdadera transición a lo que implica ser adulto. Y si les hacen daño, pensarán que es por su culpa o porque alguien ha desobedecido lo que debía hacerse.

Si hubiéramos dicho esto hace dos años, podría haber parecido exagerado. Pero tras lo que estamos viviendo en este pandemia, resulta hasta comedido. Y nos recuerda otras situaciones similares que ya denunciamos y que conectan con este "paternalismo" permanente en el que vivimos, y en el que nos censuran las noticias o la información porque "alguien" sabe, mejor que tú o que yo, lo que necesitamos ver u oír. Hasta ese extremo hemos llegado.

Y si hablamos del "paternalismo sanitario", "apaga y vámonos". Empezando por el papel pasivo, ignorante y sumiso que debe tener el paciente ante la sapiencia del doctor o científico de turno (¡¿a nadie le choca que se le llame precisamente "paciente"?!). Él o ella, mejor que nadie, sabe lo que debes o no debes hacer o tomar. Y ni se te ocurra cuestionar nada, por muy tuyo que sea tu cuerpo. Como cuando nos tacharon de locos por no querer hacer la arriesgadísima amiocentesis en el embarazo de Eva porque lo decía una tabla estadística de edad, por mucho que la madre tuviera claro que todo iba bien. O como cuando a unos grandes amigos les aconsejaron (y casi forzaron) a abortar, porque en el embarazo de su segundo hijo, se detectó un exceso de material genético en el cromosoma 11 sobre el que no había suficiente literatura médica ni estudios científicos. En ambos casos, los padres nos hicimos preguntas, atamos cabos y sopesamos ese criterio "médico-científico", que llevaba a consecuencias tan nefastas. No seguimos el dictamen médico, y en ambos casos, llevábamos razón y los niños están perfectamente 16 años después.

Eso no significa que no creamos en la Medicina o en la Ciencia. Para nada. La Medicina y la Ciencia me han salvado el ojo varias veces (ver 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7) e impidieron que lo de mi oído tuviera consecuencias nefastas. Pero eso no significa que la Medicina o la Ciencia sean un dogma. Podemos y debemos hacernos preguntas y plantear alternativas. Así, si hace unas décadas una embarazada se hubiera negado a que le pusieran rayos X (conocemos a alguien que así lo hizo), se habría visto como un sacrilegio negacionista esa postura, y sin embargo posteriormente se ha sabido el daño que esos rayos provocan al feto. Igual que cuando Mey ya en dos ocasiones, ha dejado "de piedra" a su ginecóloga, cuando le iban a extirpar unos quistes, y ha sido capaz de que éstos se disuelvan solos. ¿Cómo pretenden que simplemente hagamos o nos dejemos hacer sumisamente lo que nos dicen sin hacernos preguntas? ¿Acaso no nos damos cuenta que la medicina occidental en muchos casos está inmersa en un sistema mercantilista que simplemente va al síntoma, y no a las causas de las enfermedades? ¿Acaso se nos olvida que tenemos capacidad incluso para curarnos a nosotros mismos? ¿Cómo pretenden que cedamos de esa forma la autonomía y la libertad sobre nuestro cuerpo, como si fuéramos meros números? Con nosotros que no cuenten para jugar a ese "paternalismo" sanitario absurdo.

Sinceramente, creemos que vivimos en un "Estado-niñera" o en una "sociedad-niñera". Y, por ejemplo, como niños consentidos, maltratamos, derrochamos y abusamos del gran planeta que nos acoge, en lugar de empezar a actuar como adultos y plantearnos qué podemos hacer por el maravilloso lugar en que habitamos. Por otro lado, en el ámbito socio-político, hay mecanismos de solidaridad y apoyo a muchos colectivos que si no se gestionan con equilibrio, acaban generando dependencias, esclavitudes y chantajes peores que las duras situaciones de partida. Por eso toca ya crecer y hacerse mayores. Toca hacerse preguntas. Y toca actuar en conciencia y en coherencia con nuestro rumbo vital como seres adultos y evolucionados. Aunque sea difícil y arriesgado. Aunque a veces uno se caiga y se equivoque. Nosotros hemos dejado que nuestros hijos se caigan muchas veces para que la experiencia de la caída les enseñe y les curta. Desde muy pequeños han ido de acampada a la montaña con los Scouts, y han tenido que enfrentarse por ellos mismos a multitud de dilemas y retos. Obstáculos, encrucijadas, frustraciones...¿acaso no es eso la vida?

En la película de Spiderman, éste decía que "cuanto más poder tienes, más responsabilidad tienes". Y eso implica, antes de nada, evitar que con ese poder puedas causar mal a otros. Y eso no se consigue si actúas con arrogancia y prepotencia. La misma que derrochan hoy en día multitud de instituciones y sus representantes. Por eso va siendo hora, a estas alturas de la película, de que se deje de lado, tanto paternalismo, y empiecen a tratarnos con algo más de respeto. El respeto y la confianza hay que ganárselos. No se imponen. Y para ganárselos hay que escuchar más y demostrar más empatía. Hacia el paciente con efectos secundarios. Hacia los médicos o científicos que no opinan igual. Hacia quienes no tienen ese mismo miedo.

Mey y sus compañeros del mundo de la enseñanza repiten lo mismo una y otra vez. Y es buena prueba de los tiempos que vivimos: "mis alumnos no paran de pedirme la respuesta correcta, en vez de estar dispuestos a aprender a pensar para llegar a ella". ¿Estaremos dispuestos como Humanidad a crecer para llegar nosotros solos a las respuestas de nuestra vida? ¿O seguiremos esperando como niños que nos digan lo que tenemos que hacer?


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domingo, 19 de octubre de 2014

El miedo: lo mismo para un roto que para un descosido

No hace mucho leí una frase que desde entonces no para de rondarme en la cabeza: "El miedo es el gran enemigo de la libertad". Hasta entonces no se me había ocurrido ligar esos dos conceptos: Miedo y Libertad. Pero desde entonces cada vez me siento más identificado con esa afirmación. 
Es cierto que cada vez que se quiere manejar a la masa o condicionar comportamientos, el recurso al miedo resulta muy útil:
-Que quieres que tu niño coma: cuidado que viene el coco. 
-De joven, "miedo al qué dirán" según lo que lleves puesto o lo que hagas.
-De adulto, trabaja, a ver si no vas a poder pagar la hipoteca y te vas a quedar en la calle.
-Que temes perder unas elecciones: haz que cunda el miedo a las apocalípticas consecuencias de que ganase tu contrincante.
-Que tú, Gobierno, quieres distraer a la opinión pública por algunas "meteduras de pata": señala a un enemigo exterior al que temer.
-Que tú, religión de turno, quieres uniformar y controlar comportamientos: anuncia el fuego eterno y la ausencia de reencarnación.
-Que tú, multinacional farmacéutica, necesitas vender más. Magnifica algún brote de la enfermedad a tratar y que cunda el pánico. Funcionó con la Gripe A. Funcionará con el ébola. El miedo causa amnesia colectiva.
Casi se está volviendo en una obsesión en mí, ya que en muchas de las conversaciones que escucho en mi día a día percibo que la energía que subyace es de miedo: al "qué dirán", a "no llegar a fin de mes", al futuro para nuestros hijos, a perder el trabajo, a la próxima reforma del gobierno, a la prima de riesgo o al hundimiento de la banca, a una pandemia, al inmigrante que nos invade, a pederastas que amenazan a nuestros hijos, a lo que puede pasar si saco a mi hijo del sistema educativo o si no lo vacuno...
Por suerte, cada vez suena más fuerte en mi cabeza ese "niiiiiiinoooo, niiiiiiiinoooo". Esa alerta anti-miedo, que me avisa de una posible amenaza sobre mi libertad.
Cuidado. Sirve lo mismo para un roto, que para un descosido. El miedo funciona. Pero la libertad interna también, incluso si nos encierran en una mazmorra.

lunes, 24 de junio de 2013

El flautista de INEM-lin

Desde hace unas semanas estoy trabajando en una oficina de (des)Empleo. Me siento como un corresponsal de guerra, testigo de un cuento "macabro" en el que desempleados y funcionarios danzamos hipnotizados al son de una música que nos han puesto, y tras la cual andamos, sin hacernos las preguntas clave para salir de esta hipnosis colectiva: "¿POR QUÉ?" y "¿PARA QUÉ?".
Hace tiempo que me hablaron del concepto de "Mente-Colmena". Al principio me pareció algo exagerado, pero mi experiencia actual me hace constatar que es una gran realidad, y desgraciadamente (si no lo evitamos) en franco crecimiento. Según ese concepto, las personas servimos en la medida que contribuimos al bien colectivo superior, como si de hormigas o abejas se tratara. No pasa nada si es necesario sacrificar por el camino a los individuos que sea preciso (con deshaucios, esquema esclavizantes de desempleo o recortes sociales). Todo sea en pro del todopoderoso y teórico "Bien Común". Lo peor de ese esquema es que perdemos nuestra individualidad, nuestra esencia más sagrada, ese "yo" que nos hace únicos. Y nos vemos sometidos a las directrices que nos marca nuestro "flautista" de turno, creyendo que siguiendo su música estamos salvados y disfrutaremos de salud, dinero y amor...Sin embargo, si no somos capaces de tener un mínimo de criterio, y de capacidad crítica; si no somos capaces de salirnos del redil y actuar como "ovejas negras"; si no actuamos en base a nuestra individualidad, estaremos sometidos a la tiranía de nuestra "Abeja Reina".
Efectivamente, el anterior párrafo podría sonar apocalíptico y exagerado. Pero sólo pretendo gritar en alto lo que veo en mi "día a día", por si a alguien le apetece despertar de esa hipnosis, y dejar de seguir la música del flautista, o salir huyendo de su colmena.
Cuando entré en el Servicio de Empleo de mi Comunidad Autónoma, y participé en las jornadas iniciales de formación, aspiraba a una formación más o menos completa dirigida a mitigar tanto dolor colectivo por el desempleo y los recortes. En los últimos meses se han despedido a más de 800 personas en Empleo, y aunque no cabe buen servicio en Empleo si no se crean oportunidades desde las empresas y el emprendimiento, qué menos que dar asesoramiento y orientación, un poco de empatía y asertividad...Mi gozo en un pozo...Los 4 días se dedicaron exclusivamente a profundizar en la herramienta informática que mantiene perfectamente clasificados a nuestros desempleados. Una herramienta a la que los técnicos de toda Andalucía dedican el 100% de su tiempo. De inmediato hice la pregunta de rigor: ¿Para qué sirve realmente eso? ¿Por qué nos hemos convertido en verdaderos expertos de la clasificación de ratones-desempleados? La música del flautista ya se había apoderado de mis compañeros...Vale más un sueldo seguro, que plantearse cosas trascendentes. En los mejores tiempos nuestro servicio intermedió en el 9-10% de los contratos de trabajo que se firmaban; ahora en el 2% de lo poquísimo que se firma. Estamos, pues, todo el día rellenando formularios de clasificación de nuestros desempleados para meros efectos estadísticos. Uffff....¿Y no valdría dedicar un poco menos tiempo a esa labor, y un poco más a la orientación, al reformzamiento de las capacidades para la empleabilidad, a la motivación hacia la búsqueda activa de empleo o el emprendimiento? Como mis preguntas no parecían ser escuchadas por la música del flautista, las puse por escrito junto a una batería de propuestas, esperando que mis jefes actuaran como tales y se dedicaran a administrar, que no es otra cosa que gestionar los recursos escasos que podamos tener. Nada más lejos de mis intenciones: ya están totalmente abducidos por la "musiquilla diabólica", y se conforman, como en servicios centrales, con maravillosas estadísticas de tiempos de espera y de atención a los usuarios. Eso es lo que tiene la "mente-colmena": que crea magníficos sistemas de auto-justificación y de apaciguamiento de nuestra mente. De intermediar, lo que se dice intermediar, poco. De "políticas activas de empleo" (que es a lo que paradógicamente nos dedicanos), menos aún. Ahora sí: ¡tenemos organizado un sistema de citas, que es la envidia de las "ratitas" del lugar!. Todas en fila india, organizadas en turnos de 15 minutos, para evitar aglomeraciones y sobre todo conatos de rebeldía ante la situación. Todo muy civilizado.
Una pena que, los que tenemos trabajo a este lado del escritorio, nos sintamos tan "a gustito" cobrando por mirar a la pared (que es realmente para lo que sirve nuestro trabajo actual).
Pero aún es más penosa la situación en la parte de los demandantes de empleo. Miles de personas a las que atiende mi oficina, con verdaderos dramas familiares, y que se encuentran poseídos por esa "maligna música flautera". Vienen a la oficina en un ritual programado, repetido hasta la saciedad desde hace años, a renovar su tarjeta de demanda para que no caduque, cada 3 meses. Por supuesto, ya lo pueden hacer por Internet, por el móvil, todo muy civilizado....Pero de nuevo: ¿para qué?. No se trata sólo de que no hay ofertas de trabajo, y que la "abeja reina" ahora mismo no tiene nada para darles de comer. No se trata sólo de que sería mejor que dedicaran sus esfuerzos a crear su propio trabajo, a plantearse emigrar, o a reenfocar sus vida. No. Se trata de que cuando reviso los perfiles informatizados de estas personas que vienen "religiosamente" a sellar, los tienen  vacíos completamente. Es decir, que vienen a sellar, teóricamente para mantener una antigüedad, y creyendo que el flautista o la "abeja reina" les "sacará de esta", pero sin ni siquiera saber que sus fichas, tan inmaculadas, jamás podrán llamar la atención de una oferta de trabajo....¿Para qué?....¿Por qué?...Elemental querido Watson...
Afortunadamente, aún quedan ovejas negras. Personas que se han puesto "tapones" en los oídos para no escuchar al flautista. Gente que, al doblar la esquina, se sale de la cola de la colmena, y decide emprender, buscar su propio camino, a veces incluso emigrar o cambiar de vida...Buscar en su interior la respuesta a la grave situación que vivimos, y no esperar a que los "flautistas de turno" se la resuelvan...Esa gente merece toda mi atención y esfuerzo. Ellos son el sentido de mi trabajo actual. Con ellos me vuelco en tiempo y esfuerzo, aunque ya me hayan dado algún toque de atención por salirme de los tiempos establecidos en las estadísticas...Pero yo siempre llevo mis tapones de repuesto en el bolsillo: esos que me permiten escuchar a mi conciencia, antes que a jefes, políticos o "musiquillas de pacotilla".

jueves, 21 de marzo de 2013

Un mundo de dependencias


En el capítulo uno del Manual de Uso que nos deberían dar a todos los padres a la salida del paritorio, debería poner en letras mayúsculas y bien grandes cuál es el objetivo de cualquier padre o madre: "IMPULSAR LA AUTONOMÍA DE SU HIJO/A, Y ENSEÑARLE A VOLAR".
Dicen que venimos al Mundo a aprender. Yo le añadiría: "a ser libres". Sin embargo, cada vez más creo que nos va a tocar estudiar en verano, y que nos van a dejar la asignatura para septiembre. Por un lado,  nuestro sistema parece pensado para todo lo contrario (crear dependencias que acaben desembocando en un consumo compulsivo): quien no tiene un coche de un cierto nivel, o incluso su segundo o tercer vehículo, se siente un "bicho raro"; quien no está a la última en las noticias o en el último gadget de Apple, es percibido como un auténtico "paria" social; quien no se puede ir de vacaciones, o permitirse peluquería todas las semanas, resulta casi "marciano"; y quien durante estos años no era recibido por el director de su sucursal bancaria, era casi un "don nadie". Pero todas estas aparentes "medallas de status" en realidad son una soga que nos hunde cada vez más en el pozo de la dependencia, y nos aleja de nuestra verdadera esencia: la de SER LIBRES.
Y nosotros, los padres, madres y educadores, sin saberlo ni quererlo, nos convertimos también en verdaderos impulsores de la dependencia de nuestros hijos y alumnos. Quizás porque necesitemos verles dependientes de nosotros para encontrar nuestro sentido en la vida, y ocultar con su enganche a nuestro cordón umbilical nuestra propias carencias en la asignatura de la libertad. Pero sin darnos cuenta que, con ello, les abocamos a la esclavitud de la dependencia.
No puedo evitar que se me pongan los "pelos como escarpias" cuando acompañando a mi hija a piscina, observo que niños de 9 a 12 años, algunos incluso por encima de los 50 kilos, son vestidos y desvestidos por sus madres, totalmente desencajadas ante la magnitud de la tarea y el pose "marajá" del menor. Y me entran "salpullidos" viendo el enorme sufrimiento de las madres del colegio, ante el próximo viaje de fin de curso de nuestros hijos de 12 años al acabar en 6º el colegio: ¡niños que nunca han dormido fuera de su casa o sin sus padres, con el pánico que representa para éstos que pasen 2 o 3 noches fuera de casa en dicho viaje! ¡Menudos padres deben pensar que somos mi mujer y yo cuando desde los 5 años nuestros hijos se van de acampada con los Scouts, haga frío o llueva, durante períodos de 3 a 15 días! ¡Claro que te acuerdas mucho de ellos, y pienas si estarán o no bien abrigados...! Pero bien sabes que un resfriado por descuidarse en el abrigo, es el mejor antídoto para el siguiente resfriado, y una inversión para una personalidad autónoma, independiente y con capacidad de criterio y decisión.
Si los padres, desde que salimos del paritorio no pensamos, casi a diario, que nuestro principal cometido es facilitarles el vuelo a nuestros hijos un día, y les preparamos (y nos preparamos) para ello, les estaremos haciendo un flaco favor, y les estaremos encarrilando hacia las filas de los dependientes de este Mundo.