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sábado, 21 de junio de 2025

¿Libertad? Tocar lo escrito, sentir lo eterno

Paradojas de la vida. Cuanto más se enarbola la bandera de la libertad (ese hacer lo que uno quiera, cuando quiera y como quiera), más gente veo encadenada. Y no precisamente con eslabones visibles. Hoy obedecer está mal visto. Es de antiguos. De sumisos. Y sin embargo, como decía aquella canción de Jarcha: “yo sólo he visto gente muy obediente, hasta en la cama.” 

Magic Media - Canva
Está claro que picamos el anzuelo hasta la garganta. Nos dijeron que éramos tan libres que podíamos elegir cada cuatro años a quienes dictaran nuestros destinos (y desatinos). Que seríamos más libres cuanto más dinero tuviéramos, más cosas compráramos, más cuerpos acumuláramos en la cama y más carne exhibiéramos en Instagram. Que libertad era estar conectados con cualquiera, a cualquier hora, desde cualquier lugar, incluso sin ganas. Y, por si fuera poco, que podíamos ser lo que quisiéramos ser, aunque no lo fuéramos, ni de lejos.

Pero nadie nos advirtió de la letra pequeña. Que acabaríamos esclavos de quienes cambian las promesas con la misma agilidad con la que cambian de corbata. Que quedaríamos atrapados en el bucle del tener-más-para-sentirnos-menos. Que íbamos a estar solos como nunca, rodeados de mil pantallas, saturados de likes y hambrientos de contacto real. Nadie avisó que nos obsesionaríamos con si nacimos en el cuerpo equivocado… o si en realidad lo equivocado era el alma. Nos vendieron libertad, y nos entregaron un catálogo de compulsiones con opción a filtros. Hoy, ser libre es hacer lo que hace todo el mundo. Pero con emoji. Y hashtag. Menuda libertad. Menuda pantomima. Menuda zanahoria.

Don Quijote lo dejó claro: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos.” Probablemente el más sublime. Pero nos han colado gato por liebre, y además nos han hecho firmar el recibo. Nos han dado libertinaje por libertad, resignación por elección y narcisismo por autoconocimiento. Una estafa emocional con factura emocional.

Magic Media - Canva
¿Estamos aún a tiempo de recuperar la libertad verdadera, o ya es tarde y sólo queda el karaoke existencial del “haz lo que sientas”? Despertar ayuda. Hacerse consciente ayuda más. Y reconectar con esa chispa silenciosa que llevamos dentro, esa brújula que no hace ruido pero apunta siempre al norte, quizá sea la única forma de recuperar el timón. Todos llevamos dentro esa conexión misteriosa con algo más grande. Llámalo Tao, Dios, Vida, Wifi cósmico...

Y ahí está la clave: podemos fluir con esa corriente o nadar en contra como salmón confundido. Eso sí: no vale quejarse del cansancio si uno ha elegido la contracorriente. Esa, y no otra, es la libertad: hacerte uno con el ritmo del universo, pero por decisión propia. Aunque para ello sea preciso pararse a escuchar y a pensar despacio. Pero eso suena hoy a herejía en esta religión del scroll infinito.

En ciertos momentos, la vida se convierte en cruce de caminos. Como cuando toca elegir profesión: ¿dentista o arquitecto? Si eliges ser dentista, no puedes andar luego construyendo catedrales alegando libertad creativa. Tú elegiste. Y la libertad verdadera implica compromiso. Tu voluntad, tu razón y tu acción se alinean con la elección libre que hiciste. Con la vida pasa igual: si eliges fluir con la corriente profunda del ser, no puedes luego mariposear de rama en rama como si nada. Y ahí es donde han saboteado nuestro libre albedrío:  haciéndonos creer que ser libre no exige voluntad, ni coherencia, ni esfuerzo. Sólo impulso. Sólo deseo. Sólo ego. Y que además el mundo entero debe aplaudirte por ello, no vaya a ser que se te dañe la autoestima.

Pues no. Esa libertad líquida, tan moderna, tan sin forma, tan de usar y tirar, nos descentra y nos descarrila. Nos convierte en hojas al viento, sin raíz ni destino. Pero la libertad de verdad, la de mayúsculas, exige dirección. Exige escucha. Exige obedecer.

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¿Obedecer? ¡Pero si nos dijeron que eso era de ovejas, de autómatas, de perdedores! ¿Y ahora vienes tú a decir que obedecer es el acto supremo de libertad? Pues sí. Pero no se trata de obedecer al mercado, al algoritmo, al partido o al gurú de turno con sonrisa blanca y frases en neón. Eso es obedecer al sistema. Y como en El Gatopardo, ahí todo cambia para que todo siga igual. Obedecer, en su sentido profundo, viene del latín oboedīre: escuchar con atención, abrirse, prestarse a algo mayor. ¿Y a quién obedecer, entonces? A esa voz interior que no grita pero guía. A ese susurro que no empuja pero orienta. A lo que algunos llaman Dios, otros Tao, otros simplemente “sentido”. Obedecer, aquí, no es someterse. Es afinar el oído. Como decía Agustín de Hipona: no basta con amar, hay que amar bien. El ordo amoris es eso: poner en orden el amor, dar a cada cosa el lugar que le corresponde. Lo eterno, antes que lo urgente. Lo verdadero, antes que lo útil. Lo esencial, antes que lo vistoso. Y el Tao, esa corriente sabia que no puedes controlar pero sí habitar, dice lo mismo sin decirlo: la libertad no es imponer la forma, sino seguir el fluir con humildad y asombro. Ni Agustín ni Lao-Tsé eran influencers, pero sabían esto: la verdadera libertad no es hacer lo que te apetece, sino lo que da sentido. Y a veces eso implica callar, parar, cambiar de rumbo o dejarse llevar. Cuando el corazón se ordena, cuando se alinea con el Todo, obedecer deja de ser sumisión y se convierte en danza con el universo.

Así que, al final, la libertad no es hacer ruido con el instrumento que te tocó en el reparto cósmico, sino tocar con él la partitura que la Vida, con mayúscula y bemoles, compuso para ti. No somos los compositores, pero sí los intérpretes únicos e irrepetibles de una melodía que no podemos cambiar, pero sí llenar de alma. El violín no elige la sinfonía. Pero cuando se afina y se deja guiar, hace llorar al silencio. La paradoja es clara: obedecer al sentido es la forma más alta de libertad. Y fluir con el Tao o con el ordo amoris no es renunciar a ti, es hallarte por fin donde siempre estuviste.

Así que ya sabes: Si la vida te suena rara, quizás no sea que el mundo desafina (que también), sino que tú estás intentando tocar una bachata con un oboe. O te has empeñado en dirigir la orquesta desde la fila siete sin partitura. Pero no pasa nada. Todos nos perdemos entre  pentagramas ajenos. Todos desafinamos creyéndonos solistas antes de afinar el alma. Lo importante es que la música no deja de sonar. Solo hay que volver a escuchar. Pero escuchar de verdad, no con los oídos de fuera, sino con los de dentro…Y entonces oirás ese susurro bajito: “Ahora sí. Toca.”


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martes, 4 de octubre de 2022

Si la vida te da calabazas

Era mi regalo más deseado. Y quizás por eso ni lo había dicho en voz alta. A nadie. Para evitar el "mal fario" antes de soplar las cincuenta velas. A fin de cuentas, el NO ya lo tenía por delante, y mi regalo era totalmente imposible. Pero, ¿y si a base de desearlo en silencio, con todas las energías, los imposibles se hicieran realidad? ¿Y si los mantras de vida, invocados y repetidos, se acaban realizando? ¿Y si de verdad a base de creer, creamos otro mundo? Ésa es "la especialidad de la casa" y de la familia. Y el cartel de la cocina nos lo recuerda a diario: "A winner is a dreamer who never gives up" (El que lo consigue es un soñador que nunca  se rinde). Sin embargo, esta vez no me tocaba mí ser ese soñador. 

El Universo funciona perfectamente con o sin nosotros. Lo siento, pero es hora ya de darse cuenta. Lo queramos o no, a pesar de pandemias, de virus, y de egoísmos internacionales recalcitrantes, no podemos confundir lo que está sucediendo con lo que a mí me está sucediendo. Por eso no podemos cambiar el Universo. Lo que podemos cambiar es la experiencia individual de lo que sucede fuera. Esa experiencia que a veces llamamos "injusticia" o "mala suerte" no es más que la sensación de fracaso por pasarnos la vida luchando contra lo que la vida nos da. Y depende sólo y exclusivamente de nosotros. Porque lo siento, pero si así lo decidimos, tenemos la capacidad de adaptar nuestro ego a lo que el Universo trae debajo del brazo.

¿Que la cosa viene torcida? Pues sí, eso pasará muchas veces. Pero no queda otra que "currarnos" la actitud y aceptar lo que viene. Pero no aceptarlo de forma sumisa o sin criterio. Sino comprendiendo, y estudiando las leyes del Universo y los procesos pedagógicos de lo que debemos aprender por el camino. Dándonos cuenta de que todo aquello a lo que hagamos resistencia, se manifestará con más fuerza dentro de nosotros.

Esa tolerancia a la frustración ante las calabazas que da la vida debería ser el principal tesoro que demos a nuestros hijos y a las generaciones venideras. Porque sin la resiliencia, y con la que puede caer, ¡agárrense que vienen curvas! Por favor, no les ahorremos el aprendizaje de unas buenas calabazas. La capacidad de superación y de sobreponerse a las malas noticias o a las injusticias no tiene precio. Sobre todo en estos tiempos. 

Samuel lo experimentó cuando consiguió plaza en dos facultades para hacer Fisica en Toronto (Canadá). Su sueño parecía cumplirse. Pero al no conseguir beca, el precio ya sólo de la matrícula era inasumible y tuvo que desechar esa opción. Le dolió el golpe, se levantó, y hoy está triunfando en Córdoba, planificando sus posibles líneas de investigación en plasma y fusión nuclear.

Lo de Eva fue más doloroso. Se quedó a unas centésimas de entrar en la final para la beca que llevó a Pablo a hacer el Bachillerato Internacional a Italia. Era el primer intento y aún era pequeña: las opciones para volver a intentarlo el curso siguiente eran más que halagüeñas. Pero llegó la pandemia del miedo, y esa segunda oportunidad no llegó. Impusieron a los candidatos vacunarse. Si no lo hacían, no podrían acceder a la final, en una decisión tan injusta como absurda. Y más aún viniendo de una institución que siempre había velado por el diálogo entre las posturas discrepantes. Que siempre había hecho del hacerse preguntas su seña de identidad, como forma de hacer avanzar la ciencia. Eso hasta ahora. Ahora hacerse preguntas le podría acarrear etiquetas incómodas, o romper contactos muy valiosos. Mejor optar por el mal menor de dejar injustamente fuera a estudiantes no vacunados como Eva. Por supuesto, no nos lo callamos ante la máxima responsable de la institución en España, a la que admirábamos y con quien teníamos confianza. De nada sirvió. El golpe fue durísimo para Eva. Y hoy aún lucha por sacar adelante el Bachillerato Internacional, aunque sea aquí, en su tierra. 

Tampoco Pablo se ha quedado fuera de estos procesos que, tarde o temprano nos llegan a todos. En menos de un año ha empezado a entender estos principios que millones de personas parecen ignorar. Durante meses había creído lo que la "tele", sus amigos o instagram repetían como papagayos. Se había metido de lleno en esa realidad construida por otros. Y se negaba a cuestionarla, o a hacerse preguntas. No quería cambiar su experiencia individual de lo que parecía pasar fuera. Y estaba irritado, con miedo y cargado de indignación y desequilibrio entre lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía. La presión del grupo era demasiado fuerte, y no hay un ser más social que él. Hasta que algo en su interior se movió en estos meses. Algo quizás imperceptible. Quizás la sensación de que realmente estamos solos en el Universo, y que solos deberemos dar respuesta a lo que el Universo nos plantee. Y de repente surgió en él una valentía y una convicción que le ha hecho madurar años en apenas un puñado de meses. No hablo sólo de superar un curso difícil a miles de kilómetros de la familia o de la novia. No hablo de compaginar estudios y trabajo, o de independencia económica. No hablo de superar la soledad o de salir del rebaño. Hablo de esas ansias por entender en profundidad lo que está pasando, para aceptarlo primero, y para cambiar después tu respuesta individual. Hablo de cuestionarlo todo, de arriba a abajo, sin miedo a desdecirte o a parecer incoherente con lo dicho o creído hasta ahora. Pocas personas conozco con la valentía suficiente para hacer eso. Y empezó a devorar todo lo que le llegaba para entender. Empezó a atar cabos. Empezó a sentirse fuerte en la soledad de sus decisiones. Y en ese proceso de aceptación, logró una claridad que nunca antes le habíamos visto.

Acabado el curso, y tras semanas de gestiones, tenía sobre la mesa una oferta de trabajo de una sólida empresa, American Fidelity, pudiendo compaginar el trabajo con los estudios, y ejercitarse de lleno en lo que está aprendiendo en clase sobre bases de datos. Todo parecía cuadrar. Pero en el último momento, apareció la "injusticia" de turno. Esa "mala suerte" que parece perseguirnos a todos. Y lo hizo en forma de chantaje: "O te vacunas contra la Covid-19 o no hay contrato", parecía decirle el destino. Justo cuando más convicción había alcanzado sobre no hacerlo. Ahora que su decisión era firme, el Universo le ponía a prueba, confrontando esa determinación con lo que más deseaba en ese momento: esa gran oportunidad laboral. Al principio se lo tomó muy mal. ¿Qué sentido tenía ya por junio/julio imponer algo así, cuando ya se sabía tanto sobre la eficacia, seguridad y necesidad de estos experimentos? ¿Cómo podían ponerle ese "ultimatum" cuando su trabajo no era presencial y no había peligro de contagio alguno? ¿Cómo podía ser que le obligaran a ponerse en riesgo, cuando su decisión de no vacunarse ya era firme, y avalada por multitud de tratados internacionales? La realidad era tozuda, y le confrontaba con lo que le habíamos advertido, que no era otra cosa que preparar la defensa formal de su decisión, minoritaria y perseguida. Y si antes no lo había hecho por verlo lejano e inconcreto, esa oferta de trabajo, con su absurda exigencia, le acabaron de convencer. No podía dejarlo pasar. No podía rendirse justo ahora.

Removió "cielo y tierra" contactando a más de doscientos médicos americanos. Y recopiló documentación médica de los antecedentes familiares de su abuelo paterno por problemas cardíacos, de su abuela materna por trombos y de su inmunidad natural por haber superado el Covid-19 en febrero de 2021. Todo ello posibilitó que le firmaran una excepción médica inapelable frente a la vacuna. Y con ella, la empresa no tuvo más remedio que firmar el contrato, aceptando la excepción médica punto por punto. Con esas calabazas, Pablo había hecho un buen guiso. 

¿Cuántos miles o millones de personas se habrían visto violentados en su decisión o en su libertad en decisiones parecidas a lo largo de estos dos años? ¿Cuántos habrían sucumbido ante los anuncios y los globos-sonda, ante la persecución desmedida contra el que actúa distinto? ¿Cuántos habrían seguido al rebaño sin más, por no ser señalados, por no sentirse solos? 

Su batalla y su victoria le reafirmaron aún más. Lo había conseguido porque no había dejado de soñar, ni se había rendido en ningún momento a pesar de ir contracorriente. Y si lo había conseguido confrontando a una empresa gigante como ésta respecto a una oferta de trabajo, ¿por qué no iba a ser capaz de hacerlo confrontando a la todopoderosa CDC americana y a las compañías aéreas, que le decían que si salía de EEUU para ver a su familia en España, no podría regresar a EEUU sin vacunarse? Demasiado tarde para ponerle obstáculos ya. Había experimentado el poder de su libertad y de la coherencia de los actos. 

Pablo y su novia, que había ido a visitarle, se reunieron con nosotros en nuestras vacaciones gallegas, en un vuelo hasta Coruña desde Oklahoma con dos escalas. Los vuelos estaban a unos precios desorbitados, pero ya se las arregló para encontrar vuelo barato de ida y vuelta con escalas europeas. A esas alturas eso estaba "chupado". Y ya está de nuevo de regreso en EEUU. No hubo problemas ni en el vuelo de ida ni en el de vuelta con su excepción médica. Y ya tiene reservado vuelo de nuevo para venir estas Navidades, por primera vez desde que está en la Universidad.

Mi regalo más deseado se había cumplido. Pude tener a mis tres retoños juntos en las vacaciones más entrañables de mi vida. A los tres les ha dado calabazas el destino. ¿Y qué? Ahora los tres son mucho más fuertes.


sábado, 11 de septiembre de 2021

Retomar la palabra

Hay momentos en la vida en los que uno no puede ponerse de perfil. Por eso decidimos dar la cara. Por eso y porque dicen que no hay mejor forma de educar a los hijos que mediante el ejemplo, especialmente si son jóvenes o adolescentes. Mejor que la confrontación, las regañinas, o los castigos. El ejemplo. Aunque éste pueda tardar años en calar.

Greyerbaby en Pixabay
Pero, ¿qué ejemplo dar en un momento en el que el mundo entero parece haberse vuelto loco? No nos bastaba con mantener la calma y evitar precipitarnos entre tanto miedo e histeria colectiva. No basta con estudiar inmunología o virología y contárselo. No basta con "empaparse" los estudios científicos, y desmontar punto por punto el sinsentido de las decisiones adoptadas. No basta con analizar en profundidad las estadísticas, y mostrar a los hijos lo absurdo de lo que está pasando. Había que sostener esa postura públicamente. Porque bajar la mirada, callar y obedecer cuando todo por dentro se rebela ante lo que está pasando, sólo crea desequilibrio entre el pensamiento, la palabra y la acción. Muchos han hecho lo que no querían por la presión y han sucumbido por superarse límites de aguante específicamente diseñados para "convencer" a cada colectivo. Menudo legado para las nuevas generaciones.

Un mundo diferente requiere brazos y bocas para construirlo. La realidad no es un regalo o un don. Nos toca construirla día a día. Pero a veces, ese proceso es doloroso. Y expresar ciertas cosas en público cuando casi todo y casi todos están en contra no es fácil. Sabíamos que muchos nos darían la espalda. Que quizás quedarían por el camino algunas amistades. Que seríamos señalados, criticados y quizás estigmatizados. Pero ¿acaso hay algo más importante que cultivar en un hijo o una hija la coherencia contigo y la valentía para no achicarse, cuando la conciencia así te lo dice? 

Tama66 en Pixabay
Nuestros once vídeos tuvieron ese objetivo. También el de posicionarnos con claridad desde un principio, por si todo esto iba a peor. Y por supuesto, darle a cada cosa la importancia que tiene, viendo que las masas sólo se movilizan por el fútbol o por ver a un famoso, pero no por la salud y el futuro de los hijos. ¿Acaso es tan grave mirar a la muerte de frente o preguntarnos en qué consiste vivir? ¿De verdad que no nos hace falta replantearnos nuestra actitud ante la vida o cómo enfocamos nuestra existencia? ¿Ni siquiera cuestionarnos sobre esta realidad que estamos viviendo, sus injusticias y cómo nos relacionamos con los demás en ella? ¿Tan malo es hacerse preguntas de sentido común? Sólo quisimos hacernos esas preguntas. Sí, en voz alta. Pero sólo eso.

El gran Eduardo Galeano decía que "ojalá podamos ser desobedientes, cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común". Y hoy hacerse preguntas sobre lo que está pasando, o simplemente reflexionar sobre la realidad y actuar en coherencia con esa reflexión, parecen haberse convertido en actos de desobediencia. ¿Acaso los pasaportes o certificados de vacunación no son unos certificados de obediencia, cuando ya todos sabemos que las vacunas "COVID-19" ni bloquean la infección ni evitan la transmisión?

No queríamos entrar en guerra con nadie. Ni queríamos convertirnos en influencers o youtubers. Ni queríamos alimentar nuestro ego. Ni queríamos ser líderes o impulsores de ningún bando. No. Y eso que muchos quisieron colocarnos ahí, desde uno y otro lado, a base de críticas o de alabanzas. Sólo queríamos ser coherentes y dar ejemplo de coherencia a nuestros hijos. Y ya ellos dirán un día qué hacer con todo esto, construyendo y defendiendo su propia versión de la realidad. Y si de paso le sirve a alguien nuestro testimonio, por supuesto, mejor que mejor.

Nile en Pixabay

Pero llegó un momento en que sentimos que nuestros vídeos acabarían generando miedo y frustración, en lugar de paz y equilibrio, entre los que masivamente se están posicionando y dando pasos en dirección contraria a lo que íbamos descubriendo, siendo muchos de ellos amigos y familiares. Algunos nos daban explicaciones y casi se disculpaban por tomar direcciones opuestas a las nuestras. Otros mostraban su frustración al comprobar que en sus entornos se daban eventos que ya habíamos anticipado que se podrían dar. Percibíamos que tras año y medio de pandemia, todos habíamos tenido tiempo de sobra para construir nuestra interpretación de lo que está pasando. Que las creencias y los dogmas alrededor de la pandemia se habían asentado ya. Que poco o nada parecen importar los hechos, los datos o las evidencias científicas verdaderas, ya que cada uno las interpreta a su gusto y saca sus conclusiones amoldadas a su decisión. Que tras todo este tiempo, la gran mayoría ya tiene completamente decididas las fuentes de las que nutrirse en este proceso, desdeñando las contrarias. Y lo que es más importante: que éste es un proceso absolutamente individual en el que a cada uno de nosotros/as, con plena consciencia y responsabilidad (o abiertamente sin ellas), tendremos que elegir un camino u otro. 

¿Qué sentido tenía, por tanto, seguir compartiendo vídeos? ¿Valía la pena señalarse tan abiertamente en un contexto de clara censura y "caza de brujas" contra el inconformista o desobediente (por no darle los apelativos e insultos que se han venido escuchando). Era momento de optar por el silencio, y de cultivar el recogimiento o incluso la meditación. Y así lo hicimos.

Pero el mundo no se para. Y evidentemente todos nos hacemos las mismas preguntas. ¿Y ahora qué? ¿Qué va a pasar? ¿Cómo estaremos de aquí a cinco o diez años? ¿Cómo estarán nuestros hijos o nietos? Y es ahí donde quizás nos toque escribir o pintar sobre ese maravilloso lienzo que es el silencio, y retomar la palabra. Y con ella construir realidad. Tengas la etiqueta que tengas, y hayas decidido lo que hayas decidido. Porque quizás el principal déficit que podemos estar viviendo hoy día es el pensar que la realidad se cierne sobre nosotros como un fatalismo. Como algo prexistente que simplemente "nos sucede". Como si fuéramos simples espectadores pasivos que pagan su entrada, que ven con resignación el espectáculo de una vida que otros les escribieron, y que limpian y desmontan al final el escenario según lo que otros ordenan. Como si estuviéramos esperando a que nos digan qué va a pasar para tratar de ajustar nuestra existencia a lo que otros ya decidieron. Eso sí, sin molestar mucho, por supuesto.

Iwannaen Pixabay
Pero, ¡ahí va la buena noticia! (y lo decimos por propia experiencia). Hay otra forma de plantear todo esto. De crear un discurso, una narrativa o una historia, (la de cada uno de nosotros/as, por supuesto) en la que el mundo y yo, lo de fuera y lo de dentro, espectador y espectáculo, no van separados. Y ahí, la pregunta sobre el futuro pasa inexorablemente por nosotros y por nuestra voluntad. De modo que nuestra palabra transforma potencialidades en realidades. Y con la fuerza de esa palabra ya no diremos: "Dime qué va a pasar para acoplar mi vida a lo que vaya a pasar". Todo lo contrario. Ya diremos: "Esto es lo que va a pasar, y por eso sé lo que tengo que hacer". Llámalo como quieras: "discurso profético", "comunicación creadora"...Pero os aseguramos que permite crear realidad. Y de eso van a ir esta temporada buena parte de nuestros posts, dadas las experiencias que hemos venido teniendo en este sentido, y la gran necesidad de crear realidad que existe en estos momentos.

Eisenstein identifica tres condiciones para esta forma de afrontar la vida, retomando con fuerza la palabra. Primero, visualizar bien lo que va a suceder, para poder transformar cientos o miles de posibilidades en eso que estás visualizando. Segundo, estar dispuestos a aceptar lo que implique, sabiendo que habrá mucho que ganar pero también cosas que perder, y sintiéndote una pequeña parte o un simple instrumento de algo mucho mayor. Y por último, por supuesto, buscar aquella comunidad, aquel grupo de almas afines, capaces de compartir contigo esa visión y "hacer piña" para transformarla en realidad junto a ti.

Son muchísimas las personas que usan la palabra para quejarse y regodearse en "lo mal que está todo". Nosotros siempre respondemos lo mismo: "Hay muchas personas construyendo y creando otra realidad mejor". Pero no es una frase hecha. Es cierta. Y lo es, porque visualizamos otra realidad de verdad. Porque nos ponemos en plena disposición a crearla, suponga lo que suponga. Y porque siempre nos rodeamos y andamos en búsqueda de "locos" como nosotros, dispuestos a construirla.

Vienen tiempos en que deberemos sentirnos válidos y capaces para afirmar con rotundidad, cómo va a ser el futuro. Es nuestro derecho hacerlo. Y nadie nos lo puede quitar, por mucho que quieran. Retomar la palabra para crear un mundo diferente es toda una llamada a otros para unirse a ese mundo. Como dice Eisenstein: que ¿qué va a suceder? Dejemos de preguntarlo. Contémoslo.


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domingo, 18 de abril de 2021

MeysTube (3): 20 preguntas de sentido común para no-expertos

El mayor peligro de estos tiempos que corren es que el SENTIDO COMÚN perezca y se ahogue en las turbias y siniestras profundidades del MIEDO, la FALSEDAD y la CONFUSIÓN colectiva.

Pero hay una tabla de salvación: HACERSE PREGUNTAS.

Ahí va nuestra aportación a un debate que debería ser fundamental y aún no existe. 


(pulsar sobre la imagen para acceder al vídeo)


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-Pulsa AQUÍ para acceder al vídeo en Youtube

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viernes, 9 de abril de 2021

MeysTube (2): La palabra prohibida

Esta pandemia nos está confrontando

con la palabra a la que siempre

le damos la espalda.

Hoy le dedicamos a ella nuestro vídeo.

(pulsa sobre la imagen para ver el vídeo en Youtube)


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-Mismo vídeo grabado en Odysee (en caso de censura):

https://odysee.com/la_palabra_prohibida:689db50a0cc5222d88b8884c5bd695a598c94d28