Mostrando entradas con la etiqueta Vulnerables. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vulnerables. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de abril de 2020

Cuando salgamos de ésta

Al bajar las escaleras del dormitorio, el primer rayo de sol me sorprende de lleno en la cara. Amanece un día más. O "un día menos", dirán quienes tienen como meta salir libres de casa.  Hasta el sol se ha "compinchado" estas semanas, ocultándose extrañamente por estas tierras, para que no echemos tanto de menos volar libremente por ahí. Por eso ese primer rayo me ha sabido a gloria.
Somo aves enjauladas con tantas ganas de volar, que olvidamos que en este remanso, también se ve la vida pasar. Eso nos cantaba Rozalén esta semana. Y es cierto. Desde casa también se ve la vida pasar. La vida se abre paso sin reparos. Anoche hubo fiesta de vecinos. Cada uno en su terraza. El vecino de la casa 65 lo dio todo con su voz, sus altavoces, su mesa de mezclas, su mujer grabándolo todo y sus dos niñas bailando para que los vecinos siguiéramos los pasos desde la distancia. Son bellos los gestos que la vida nos ofrece estos días, de gente sacando lo mejor que tienen, en favor de los demás. Aparte de la discoteca vecinal, en casa tuvimos videoconferencia con la familia, torneo de mini ping-pong en la mesa del comedor, tortitas de sábado, y sesión de nuestra serie favorita.
Foto de El País (Samuel Sánchez)
Pero la vida es todo. También lo que nos contaba nuestro amigo David desde Burgos. Su hermano es médico en el hospital improvisado de IFEMA, en Madrid. Y dice que, cuando pase todo esto, saldrán a la luz historias de un sufrimiento que nos cuesta creer posible en nuestro país, como en otros tantos. Personas que no recibieron tratamiento médico o acceso a las camas de la UCI que necesitaban, y sufrieron una muerte en otras circunstancias evitable. Enfermeras con trastornos psicológicos porque debieron informar a los familiares que debían dejar morir en soledad a su padre, madre, o hermano. Miles de ancianos en las residencias, solos, asustados, deprimidos, o enfermos terminales, que ven acercarse su fin inexorable, sin una mano amada a su lado. Ayer mismo moría de un infarto, con nuestra misma edad, la hermana de una querida compañera de trabajo, a la vez que la madre se partía la cadera. No podía quitarme de la cabeza el momento de sufrimiento que estarían viviendo, en una situación como la actual, con hospitales desbordados, y sin apenas poder despedirse de un ser tan querido y cercano. La muerte, la debilidad y el sufrimiento colándose por las rendijas de nuestra cotidianidad de confiamiento, como parte de nuestras vidas.
Reconozco que ese es uno de los mayores retos que afrontamos cuando nos ponemos a escribir. Cómo impulsar ese mundo diferente para vivir que tanto nos ilusiona, y que nos pide aceptación, esperanza. motivación y entusiasmo, a la vez que nos topamos de bruces con la muerte, con el dolor, y con la desolación más absoluta. Y más aún cuando en este mundo que vivimos, se le da precisamente la espalda a la muerte, a esa parte de la vida. ¿Cuántos médicos y enfermeras estarán llegando a sus casas estos días, deshechos de lo que han visto y vivido, y apenas pueden sacar esas vivencias, porque nos incomoda presenciar ese sufrimiento? Quizás esta crisis del coronavirus nos trae ese aprendizaje también. ¿Y si conseguimos que la muerte, el dolor y el sufrimiento dejen de ser tabú en esta sociedad y que eso nos haga más humanos y solidarios? ¿Y si nos damos permiso para compartir el sufrimiento, y así no llevarlo en silencio y en soledad, evitando así la condena de la vergüenza o del "no incomodar" a  los demás?  ¿Cómo mantener la salud mental y seguir con la propia vida cuando el sufrimiento, la enfermedad y la muerte nos rodea? ¿Mirando hacia otro lado? ¿Conectando con nuestro propio dolor? ¿Reconociendo con humildad nuestro privilegio y poniéndonos al servicio de los que sufren o de los que alivian ese sufrimiento? ¿Continuando con nuestras vidas, tratando de ser felices y estar bien, como una ofrenda a uno mismo y a los demás? ¿Es posible ser consciente de la injusticia y el sufrimiento, sosteniendo la mirada a la oscura bestia, y aún así vivir con alegría? Preguntas como dardos que nos lanzaba David hace unos días. A nosotros, y probablemente a esta Humanidad afligida por el dolor de estos tiempos...
Foto de El País (Samuel Sánchez)
Y si esa interpelación es dura y difícil, no lo es menos la que nos hace esta pandemia respecto a la muerte. Como plantea Eisenstein, ¿cuál es la forma correcta de vivir o de morir? ¿Valdría la pena sacrificar durante meses o años algunas de las cosas que tanto valoramos y que estamos sacrificando estos días para algo incierto, o incluso seguro? ¿O acaso se nos ha olvidado que todos moriremos tarde o temprano? En un mundo de separación, morir es un fracaso. Y resulta casi impensable plantearse el concepto de "morir bien". Pero lo cierto es que no todos estaríamos dispuestos a estar entubados y aislados en una UCI por ganar unos días, unas semanas o unos meses, frente a lo que significaría morir, quizás antes, pero abrazado a los tuyos. Y entonces esta crisis nos trae una pregunta aún mayor: ¿a cuánta vida estamos dispuestos a renunciar para estar seguros?  Hay culturas que valoran el disfrute o la vida intensa más que la seguridad. Y es cierto que a veces algunos esfuerzos sanitarios titánicos significan sólo una muerte pospuesta, ya que ésta es siempre segura. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?
Para nosotros, la vida es sagrada. Y lo es tanto, que quizás debamos cambiar el concepto de lo que es "vivir". "VIvir" NO es sólo "vivir más". Es vivir bien. Es vivir con intensidad. Es vivir con sentido. Rodeado y arropado por los tuyos. Con plena libertad y consciencia. El reto que nos lanza el Covid-19 no es pequeño, porque ha elevado la muerte en la conciencia colectiva, cuando se suele renegar de ella y se le suele dar la espalda.
Pero no sólo nos interpela ante la muerte. También lo hace ante la propia vida. ¿Cuánto estamos dispuestos a vivir con miedo? Si el distanciamiento social tiene éxito, preparémonos para introducirlo en nuestras vidas. Porque quizás algunos cambios que creíamos temporales se conviertan en definitivos. ¿O es que quienes nos miran con desconfianza en la cola del supermercado, van a abrazarnos tres semanas después, cuando algún burócrata diga que ya no es obligatoria la separación? ¿Es la reducción en las cifras de muertes lo que debe medir nuestros estándares de vida y nuestra relación con los demás? ¿El progreso futuro consiste en la separación? ¿Y si el futuro consiste en el encuentro virtual online? ¿Nos acostumbraremos a temer dar la mano o un beso, por el recuerdo de lo que vivimos ahora? ¿Seremos capaces de controlar el miedo o el recuerdo de este confinamiento mundial? ¿Podremos volver a dar un abrazo de corazón sin pensar si el abrazado tiene el virus? ¿O quizás sea éste el punto de inflexión para dominar no sólo el Covid-19, sino ese virus que nos llevaba por el camino de la Separación los unos de los otros, e incluso del planeta que habitamos y todos sus seres vivos? Probablemente dependerá de cómo valoremos la muerte frente al abrazo, a la relación con el otro/a, al juego o al estar juntos. Quizás debamos descubrir que la muerte forma parte de la vida. Ya que, de la conciencia del dolor y de la vulnerabilidad surge la más auténtica y profunda solidaridad. Es precisamente ahí donde podemos reconocer nuestra fundamental Humanidad Común.
Un día más se ha nublado de nuevo. Pero queda un día menos. Un día menos para enfrentarnos a nuestros miedos y a la decisión de cómo queremos vivir el resto de nuestras vidas.

NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) ) https://www.patreon.com/posts/balance-de-de-de-26647734


lunes, 3 de febrero de 2020

Contando baldosas

No me regañéis. Estoy escribiendo este post bajo estricta prescripción médica. Cabeza boca abajo y el portátil totalmente abierto y tumbado en el suelo. Así que no estoy forzando ni arriesgando nada. Eso sí: sin excederme.
La operación del martes fue bien. Mis miedos al inmenso dolor post-operatorio  de la primera intervención de hace nueve años se diluyeron. Tan sólo tuve un conato parecido durante unos minutos en el tren de vuelta de Barcelona, pero fue falsa alarma. Desapareció con un poco de meditación y un ibuprofeno. Parece que el agujero de la mácula quedó sellado con esa mezcla de plaquetas de la sangre que me sacaron poco antes del brazo izquierdo, y con qué se yo qué otros "ingredientes". Pura ciencia ficción. Como siempre allí.

Siguiendo la tónica habitual de esta familia, si algo se puede complicar un poquito, ¿para qué hacerlo fácil? Así que dos días antes de tomar el vuelo a Barcelona, Mey cogió la gripe. Jamás en estos treinta años juntos la había visto con tanta fiebre. Al contrario: cuando enferma, a ella le baja la temperatura. Rarita, la chica, jajaja. Así que estuvimos temiendo contagiarme justo antes de la intervención. Y temiendo también que la pudieran dejar en tierra, si en el aeropuerto se hubieran puesto a controlar la fiebre de los pasajeros como en los aeropuertos chinos, por temor al coronavirus. Un panorama, vamos. Pero no pasó ni lo uno, ni lo otro. Aunque tras mi operación, no sabíamos bien quién debía cuidar a quién. Tanto, que nuestro querido Luije vino a vernos tras la operación, y viendo la situación, salió zumbando para dejarnos descansar, el pobre.
Ya en casa, y con su buen antibiótico, Mey está mucho mejor. Y a mí me toca ejercitar la paciencia y la observación. Porque aunque el médico me dijo que podía mirar una pantalla en el suelo, sí que fue muy estricto e insistente en un detalle: lo de estar mirando para abajo y tumbarme boca abajo de forma permanente durante diez días. Lo normal en estos casos son cinco días, pero él, para prevenir, me prescribe el doble, por la ausencia de barreras naturales de contención en mi ojo, ante la debilidad de mi retina y tras la extirpación del cristalino en las dos operaciones anteriores. Vamos, que el gran temor es la tensión ocular y los estragos que podría suponer una fuerte subida. Así que en esas ando: con dolor de cervicales y de lumbares, por la posición de alcayata. Y buscando a cada instante cómo ponerme para respetar lo dicho por el médico. Y es gracioso, porque he tecleado en Google "Cómo combatir los dolores de cervicales", y lo primero que pone es evitar dormir boca abajo. Así que lo tengo claro...
Muchos me preguntáis cómo lo llevo, sobre todo por el reciente cambio laboral. Ya llevo algunas de éstas a mis espaldas. No muchas. Pero las suficientes para no querer repetir curso. Y ya he aprendido la lección. Al menos la teoría. Aunque la práctica siempre cuesta más. Y la lección no va de resignarte, sino de aceptar de forma combativa lo que el destino nos va deparando. Fluir con él en lugar de pelearte con él o maldecirlo. Encajar el golpe, pero sin perder el tiempo en preocupaciones estériles. Y actuar en cada momento con lo que te encuentres a tu paso. Ni lamentos, ni victimismos. Atentos a lo que toca aprender a cada paso, y al mensaje que cada circunstancia trae consigo.
Toca contar baldosas...jajaja
Cuando tienes tus facultades más o menos normales, te acostumbras a hacer veinte cosas a la vez. Pero cuando te obligan a mirar al suelo, a contar baldosas, te haces más consciente de todo. Intentas escuchar lo que normalmente no escuchas.  Captar los matices que habitualmente pasan desapercibidos. Prestar atención más plena al plato de comida que tienes delante, y a los sabores que trae consigo. Tiendes a observar más, y a hablar menos, o a acaparar menos la atención. Es como si los roles con que normalmente te desenvuelves, se vieran inexorablemente obligados a cambiar. Y te sientes vulnerable. Y los demás te ven vulnerable. Y les da "cosa". Porque están acostumbrados a verte resolutivo y eficaz, siempre activo y en movimiento. Y ahora te ven torpe, más callado, más lento...Pero siempre he creído que en la vulnerabilidad nos veremos todos. Pocas estaciones de obligado paso hay como ésa. Y es curioso, pero cuando caen todas las capas de cebolla, cuando desaparecen nuestros grandes roles, representados con esmero durante años, nos encontramos desnudos en nuestra vulnerabilidad. Y ahí los encuentros con el otro y los descubrimientos existenciales son maravillosos.
Mi vulnerabilidad actual es de "pacotilla". Apenas unas luces y sombras en un ojo, un dolor de cuello y otro de cintura, diez días boca abajo, y en menos de un mes volveremos al terreno de juego, a rodar la pelota de la vida. Pero no dejo de pensar en personas cercanas, luchando contra sus tumores malignos, contra sus recientes soledades, contra sus miedos. Todo nuestro reconocimiento y energía para ellas, en estos días en que andamos fuera de juego. 

En nuestro caso, todo este proceso de estas semanas nos ha traído un regalo monumental, del que quizás no éramos conscientes: la enorme cantidad de personas que, mucho más allá de la familia y amigos cercanos, veláis por nosotros. Hemos recibido multitud de llamadas, mensajes, oraciones, e incluso mantras, cargados de buena energía y buenos deseos en estos días complicados. Hemos sentido con fuerza el enorme empuje de vuestros buenos deseos hacia nosotros. Y que toda esa enorme red de gente buena estéis ahí, pendientes de nosotros, es lo que da verdadero sentido a la vida. ¿Qué, si no? Un millón de gracias a tod@s. Ya sólo por ello, todo esto cobra sentido.



PD: Para los que ya os hayáis perdido en esta larga historia de ojos, ahí van los links anteriores:
Parte 1: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/ojos-que-no-ven.html?m=1
Parte 2: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/el-dolor-del-clavo.html?m=1
Parte 3: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/la-salud-y-la-conviccion.html?m=1
Parte 4: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/ojos-de-nino.html?m=1
Parte 5: http://familiade3hijos.blogspot.com/2018/11/poca-vista.html
Parte 6: http://familiade3hijos.blogspot.com/2020/01/30-horas-para-olvidaro-no.html



viernes, 10 de abril de 2015

Vulnerables

A veces nuestro cuerpo nos da avisos. Es como si necesitara equilibrar físicamente los desequilibrios en los que incurrimos a otros niveles. Ya me pasó hace unos años con el milagroso proceso en mi ojo izquierdo que parecía decirme claramente: "niño: es hora de ver más allá de tus narices y de tu mundo". ¡Y vaya si lo he hecho! La biodescodificación habla mucho de esto: en qué medida nuestro cuerpo es el mejor consejero para que tomemos conciencia y/o equilibremos los posibles desequilibrios de nuestra vida. Con mi operación de oído de la semana pasada ha sucedido algo parecido: he tenido la sensación durante toda mi vida de escuchar y prestar demasiada atención a expectativas e informaciones que todos quizás escuchamos, pero a las que yo hacía demasiado caso. Me importaba mucho lo que se dijera de mí...
Buscaba el reconocimiento siendo un estudiante brillante, un trabajador modélico, una persona hiper-responsable...Pero a fin de cuentas, todos esos halagos que mis oídos buscaban, me hacían cada vez más esclavo de un rol que no me hacía para nada feliz. El cuerpo, tarde o temprano, manifiesta esos desequilibrios y ya es decisión nuestra hacerle o no caso, y decidir querer hacer milagros.
El confrontar las expectativas que sobre mí podrían tener quienes me rodean, sin duda, me dio libertad. Sin embargo, imagino que desconcertaría a quienes me conocían de mi etapa anterior. Hace un par de días, un precioso mensaje de mi amiga María, a quien por cierto no conozco en persona, pero a la que siento muy cercana, me ha ayudado a entender mi proceso. Decidí no tener vergüenza en mostrarme como soy, aunque se alejase del modelo que yo entendía que se esperaba de mí. Decidí tener el coraje de ser imperfecto, e incluso superar la vergüenza de contarlo abiertamente en este blog. Asumí que era momento de renunciar a quien pensaba que debía ser, y decidí ser lo que realmente era. En definitiva acepté por completo ser vulnerable, y para mi sorpresa, muchas personas empezaron a identificarse con mi vulnerabilidad. Y empezaron a conectar con mis lágrimas, con mis equivocaciones, con los momentos de tristeza o de enfermedad. ¡Menuda sorpresa! Yo lo hacía porque me hacía sentir bien escribirlo...Pero para otros, esa vulnerabilidad, esa ausencia de control y predicción, y ese saltar sin red, resultaba bonito, porque también lo sentían ellos.
¿Por qué aprendemos a ocultar nuestra vulnerabilidad, cuando probablemente no hay nada más humano que eso? ¡Qué pena que desde pequeños nos enseñen a insensibilizarla a base de consumo, de televisión, de pan y circo...! ¡Qué pena que ese proceso ahogue también lo más preciado y bueno que tenemos! ¡Qué pena que entremos en la esfera de las certezas, convirtiendo lo incierto en cierto, y nos adentremos en la culpa como forma de eliminar el dolor y la incomodidad! ¡Qué pena que en algún momento decidamos controlarlo todo, perfeccionarnos a nosotros mismos y sobre todo a nuestros hijos! ¡Con lo bueno que es asumir que nuestros hijos son imperfectos sabiendo que están hechos para afrontar lo que deba venir, plenamente merecedores de todo el amor del mundo! ¡Qué pena que nos traguemos eso de que lo pequeño que hacemos no tiene efecto en lo grande cuando somos realmente UNO!
Como dice el precioso vídeo que me envió mi amiga, dejemos que nos vean como somos, vulnerables o no. Nuestra vulnerabilidad es preciosa. Amemos con el corazón aunque no haya garantías. Practiquemos la gratitud y la dicha sabiendo que nuestra vulnerabilidad supone que estamos vivos. Valemos la pena. Y mucho.