sábado, 9 de abril de 2022

La energía de los actos

Hacen falta sueños para aferrarse a la realidad, decía Arjona. El sueño de Ana Celia acababa de aterrizar en Madrid Barajas aquel sábado 27 de noviembre de 2021. Tras más de tres años, volvían a abrazar a su hijo. La familia volvía a estar al completo. Era momento, por fin, de dejar atrás la pesadilla. Nuestra ONG ADAPA había dado el último empujón a ese sueño, con un préstamo solidario que irán devolviendo muy poco a poco para hacer realidad otros proyectos solidarios. Pero en pocas horas se iban a truncar los sueños de otra familia, ahora muy querida, entonces desconocida para nosotros. 


Apenas unas horas después de aquel soñado aterrizaje en Madrid, el sueño de aquel hogar para los Guarnieri, volaba para no regresar. Ese domingo 28, Noe y Emi vieron humo a lo lejos desde su casa de Maro. Llamaron a sus vecinos para interesarse. No parecía que les pudiera afectar, dada la lejanía del foco. Pero un cambio repentino de viento hizo que el fuego se plantara en pocos minutos en su casa soñada, destruyéndolo todo. Tuvieron que huir a toda prisa, y sólo pudieron llevarse la documentación básica y los abrigos. No les dio tiempo ni a coger ropa interior. Al menos no hubo daños personales.

Nosotros nos enteramos el lunes al mediodía. Carmen, una voluntaria de ADAPA, es profesora en el colegio de los hijos de los Guarnieri, y le había dado clase a la hija pequeña el curso anterior. Nos envió un audio que aún me eriza la piel al escucharlo. Pedía ropa y material de aseo básico para ellos. Y aportaba sus nombres, edad, y tallas: Eywa 6-7 años y de pie 30; Dhara 13 años, pie 37-38 talla 36, XS o S; Diego 17 años, pie 43, talla L o Xl; Noe pie 38 y talla M; Emi, pie 42.5 y talla M. En pocas horas recogimos decenas de prendas que clasificamos y rápidamente les entregamos. La ayuda de emergencia estaba prestada. Pero, ¿y ahora? Durante casi tres años, habían estado construyendo su sueño de vivir en una pequeña casa de madera. Allí habían recalado tras recorrer medio mundo con sus tres hijos. Como maestros artesanos, trabajaban el macramé con piedras, y complementaban sus ingresos con lo que la tierra que cultivaban les daba. Hasta aquel domingo, en que todo se esfumó. Todo.

Noe y Emi sufrieron la pesadilla que cualquier familia desearía no tener que experimentar nunca. Perderlo todo. Verse con lo puesto, en la calle y con tres hijos mirándote y preguntándose cuál es el plan B. Por eso tuvimos claro que no bastaba con la ayuda de emergencia de aquellas prendas de vestir. Que había que ir más allá. Yo ya había coordinado varias campañas de crowdfunding, y sabía que para lograr la complicidad de decenas o centenares de personas para que te apoyen económicamente con su pequeños "grano de arena", es crucial una narración que te haga sentirte cómplice de esa historia real. Algo que te remueva tanto por dentro, que te haga saltar del sofá, y comprometerte con ese trance en el que nunca querrías verte ni ver a los tuyos, y que precisamente por eso, merecería toda tu solidaridad y respaldo. Por eso sabíamos que el drama de los Guarnieri conseguiría los fondos necesarios para reconstruir la casa. Visualizábamos cada paso que había que dar. Cada hito de la campaña. Cada mensaje a compartir en la redes sociales, en los mensajes de whatsapp, en las conversaciones con la prensa. Probablemente ese sea un don: soñar despierto. Y cuando ves tan claros y tan nítidos tus sueños, crees tanto en ellos, que los acabas haciendo realidad. Nuestros dones están para darlos. Para eso estamos. Y por eso tuvimos claro que nada ni nadie podría impedir que aquel hogar se acabase reconstruyendo. Y que lo iban a hacer con nuestra ayuda. Con la de Pako, con la de Meme y con toda ADAPA "en zafarrancho de combate". Igual que había sucedido sin fisuras pocos días antes, con aquel préstamos solidario a Ana Celia. Aunque en esta ocasión, el reto de la logística era mucho mayor. Había que movilizar a mucha gente, hablar con la prensa, aparecer en la tele, coordinar muchos detalles. Pero eso no deja de ser la letra pequeña de los sueños. 

¿Que si conocíamos a Noe y Emi? No. Para nada. De hecho el pasado sábado, cuatro meses después de la tragedia, los pudimos abrazar en persona por primera vez, y tener una conversación "cara a cara". Compartimos merienda para celebrar que la casa ya está casi acabada. Que aquel 28 de noviembre fue tan sólo un traspiés. Y de paso, para  consagrarnos en un esfuerzo común: el de lanzar un mensaje nítido que debería resonar hoy más que nunca en todos los rincones del planeta: que PARA ESO ESTAMOS. Para echarnos una mano los unos a los otros, cuando la vida nos da un zarpazo. Y que no hay distancia, miedo o narrativa que pueda superar la determinación de un ser humano cuando quiere "hacer piña" con otro, aunque ni siquiera lo conozca personalmente.

A veces puede pensarse que sólo nos movilizamos por egoísmo, por interés. Sólo para favorecer a nuestra familia o a nuestros amigos más cercanos. Y se nos olvida que todos somos UNO. Que lo que das, sea bueno o malo, te acaba volviendo. Y que nunca, como ahora, ha sido tan necesario poner en el centro la relación, la conexión y el vínculo entre los seres humanos. Por eso casi doscientas personas respaldaron el proyecto. Algunos con 4 ó 5 euros, y otros con 1.000, nada más y nada menos. Esas personas, cada vez que compartimos fotos de los progresos de la casa de madera que los Guarnieri están construyendo con los fondos recaudados, alucinan. Sienten que ha valido la pena. Que son parte de un sueño. Y que sí que se puede. Por supuesto que se puede. Por mucho que la tele y los telediarios intenten hacernos caer en la desesperación de pensar que "esto no hay quien lo arregle".

Cuando ayer fuimos a visitar a Noe, a Emi, y a sus tres hijos, yo iba algo nervioso. Tenía que pedirles que me dejaran contar su historia para lanzar al mundo este mensaje de esperanza y solidaridad. Y aquí lo estoy haciendo. Pero tenía que pedirles otra cosa mucho más difícil. Algo para lo que no todos estamos preparados. Pero es algo que también nos exigen los tiempos que corren. Llevaba meses dándole vueltas y, tras compartirlo con Mey, con Pako y con Meme, decidimos proponérselo. Pero debía ser en persona. Y por eso tuvo que esperar hasta esta semana.

Cuando la vida te maltrata, el dolor puede ser tan intenso que puedes acabar encerrándote en ti mismo. Te duele tanto, que resulta insoportable la injusticia de lo que te ha pasado. Puedes caer en el profundo pozo sin fondo del victimismo. Y te puedes volver exigente, incluso con quienes te tienden la mano para salir a flote. Y en vez de gratitud y alegría, surge la exigencia, la culpabilización de todos y el reproche por doquier, como forma inconsciente de compensar, de algún modo, el amargo trago que te ha tocado vivir. Por eso, para ayudar a esas personas, no basta sólo con dar ropa, dinero o comida, restableciendo el equilibrio tras ese zarpazo de la vida. Eso quizás pueda sólo acallar nuestra conciencia. Hay que ayudarles a sanar. Hay que dar un segundo paso. Y esas personas deben pasar de recibir a dar. De exigir a agradecer. De la posición pasiva y receptora de ayuda, a la posición activa y generadora de cambio para otros. El primer paso es muy claro. No se trata de dar peces a quienes tienen hambre, sino de facilitarles la caña para que puedan seguir pescando. Pero, ¿sólo eso? ¿Y si además de darles la caña, les pidiéramos que le enseñasen a pescar a otro que también pasa hambre? ¿O que compartan su pesca con quien lo ha perdido todo? ¿Y si tras superar su trance, se convierten en sanadores de otros? ¡Ahí sí que se produce el cierre del círculo! Porque ya no se trata sólo de conseguir una cantidad concreta de euros para reconstruir una casa. No es el dinero o el presupuesto el centro de todo.  El centro es la relación, el equilibrio, el sentirnos parte de un todo, y comprometernos con ese "todo", nos toque estar arriba o abajo, dando o recibiendo. Y eso te lleva a corresponsabilizarte. A devolver lo que has recibido dando a otros. A no mirar sólo tu ombligo, sino a preocuparte por el de los demás. 

Por eso estaba nervioso cuando tras la merienda del sábado acabé de explicar todo esto a los Guarnieri en nuestro primer encuentro en persona. Porque no todo el mundo entiende esto. No todo el mundo está preparado para algo así. Y no es fácil pedir a alguien que ha sufrido un drama, que ayude ahora a otros a sanar el suyo. No es fácil pedir que cuando aún quedan flecos para ese hogar, compartas parte de la generosidad que se ha derramado contigo, con otros que ahora también lo necesitan. Pero la conversación previa ya me había dado pistas de que no sólo lo iban a entender, sino que coincidirían al 100% con esa filosofía de vida.

Justo con ese enfoque, ya nos habían adelantado que no hacía falta "pulirse" todo lo recaudado, sin necesidad. Que hay cosas y decisiones que aunque tengas dinero, no tiene sentido comprar o decidir. Que hay materiales que se podían utilizar de reciclaje. Y que hay alternativas de construcción baratas o incluso sin coste, que ya estaban probando y empleando, por ejemplo en el techo, o como segunda capa para las paredes. Simple coherencia personal, que conecta a las mil maravillas con el cambio y la responsabilidad que requieren estos tiempos.

También Emi nos ponía un ejemplo extremadamente revelador, de algo que les había sucedido en estos meses. Una vez conseguidos los fondos, hubo gente en el pueblo que quiso organizar una fiesta para seguir recaudando fondos para ellos. Pero ellos amablemente rehusaron el ofrecimiento ante la cascada de generosidad ya recibida, con la idea de que esa iniciativa fluyera hacia otros. Y así, otras personas plantearon financiar otro proyecto similar al suyo, y una ayuda de emergencia para Ucrania. Pero a alguien no le pareció bien lo de compartir la generosidad, y la fiesta se acabó frustrando. Cosas de las energías, cuando se les ponen cortapisas o interfieren los egoísmos.

Nuestra voluntad, nuestros actos, son todo un torrente de energía. Y esa energía debe fluir. Y tenemos la enorme responsabilidad de convertirnos en conductores de dicha energía para que pueda llegar al máximo número de seres, porque todos somos UNO. Eso lo ves muy claro cuando ves juntos ahora a los dos hijos de Ana Celia tras esos tres amargos años de separación. O en una campaña como la desplegada para los Guarnieri. Cada donante actúa por un motivo: porque se acuerda que alguien conocido vivió algo similar; porque no desearía que nunca le pasara nada así a los suyos; por fe; por puro amor incondicional; porque no creen que su dinero o sus bienes sean realmente suyos... Hay tantos motivos como personas. Y esa motivación, esa energía, es sagrada. Nadie debe corromperla. Sólo estamos llamados a darle curso, a que no se estanque, y a que siga creciendo y fluyendo sin parar. Y cuando llega a su destino, esa energía construye, solventa y apacigua los dramas que motivaron ese despliegue de energía. Pero esa energía no desaparece, no se destruye. Noe lo explicaba genial en esa merienda: haber recibido esa generosidad genera en ti una responsabilidad enorme. Por eso recibir es más difícil que dar. Y yo le decía que vivirlo así es maravilloso. No sólo porque evidencia una consciencia equilibrada y generosa, sino porque esa gratitud es siempre el germen de nuevos milagros, y de que esa energía siga fluyendo más y más, y vaya consiguiendo hacer realidad más y más sueños. Por eso no podemos evitar ser extremadamente optimistas sobre nuestra capacidad para impulsar un mundo diferente para vivir. Y también para ser los verdaderos protagonistas de nuestra realidad, por mucho que haya quienes intentan imponernos la suya. A fin de cuentas, "incluso la gente que piensa que no se puede hacer nada para cambiar nuestro destino, mira antes de cruzar la calle", decía Stephen Hawking. Ojalá seamos muchos los comprometidos con nuestros sueños y con ser artífices de ese destino. Que así sea. 



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lunes, 21 de marzo de 2022

Bodas de plata

Es sólo una cifra: 25. Y efectivamente, sí. Es tan sólo una fecha: 22 de marzo. Pero en los tiempos que corren, cumplir 25 años de casados no es fácil. Y hacerlo con la ilusión, con la alegría y con la complicidad que tenemos tras 34 años juntos, es todo un tesoro.

Quienes nos siguen en las redes sociales nos habrán oído hablar de muchos temas: de inconformismo, de la pandemia, de solidaridad, de paz, de educación, de niños, de cambiar el mundo... Pero quienes nos conocen de cerca, saben que probablemente de lo que menos hablamos o escribimos es precisamente de lo que consideramos más importante para nosotros. Lo que nutre de energía nuestra permanente búsqueda de un mundo diferente para vivir. Lo que este 22 de marzo volvemos a celebrar, esta vez quizás con una cifra más redonda. Pero sólo es eso: una cifra redonda.

Porque lo verdaderamente mágico es seguir aprendiendo día a día en pareja. Haber decidido con plena voluntad ser lo más importante para el otro. Crear una realidad propia, mucho más allá de la que nos rodea, de la que nos dicen la tele o las redes sociales, o incluso de la de nuestras familias. Y seguir creciendo y aprendiendo en las pequeñas ilusiones, en los pequeños proyectos, y en los momentos únicos.

Cuando nos preguntan qué hacemos para seguir siendo tan felices juntos, realmente nos miramos y no sabemos qué responder. Hay pocas recetas, la verdad. Quizás por eso escribimos o hablamos tan poco de ello, aunque realmente sea la base de  todo lo demás. 

Ahora que nuestros hijos son mayores, y nos podemos mostrar todavía más naturales con ellos como pareja, estoy convencido de que alucinan. Y que más allá de la educación que les hayamos dado, de las oportunidades o experiencias que les hayamos podido brindar, ver en nosotros unos padres que se quieren tanto, es la mejor herencia que les podemos dejar. Aunque somos conscientes de que, a veces, el listón de tener una relación así suponga un reto muy alto para ellos a la hora de buscar sus propias parejas. Pero no está mal que sean conscientes de que esa es probablemente la decisión y el proyecto más importante de sus vidas. Aquel al que vale la pena dedicarle el mayor de los empeños.

Quienes aquel 22 de marzo de 1997 nos acompañasteis en nuestras risas, nuestros bailes y nuestra celebración, nos veréis ahora con alguna que otra cana (uno más que otra), con más "barriguilla" (uno más que otra) y con alguna arruga de más (también uno más que otra). Pero lo que seguro que no podréis ver en nosotros, es el más mínimo atisbo de desánimo o cansancio, de envejecimiento espiritual, o de pérdida de energía. Y eso significa que la cosa va bien. Más que bien. Tan bien, que mi principal reto en la actualidad consiste en arrancarle el compromiso a Mey de volver a estar juntos, al menos, un par de vida más, cuando nos toque irnos de ésta. Aunque ella, con su sabiduría de siempre, dice que ya no toca repetir, y que habrá que pasar a otro plano. Seguro que lleva razón. Pero, ¿voy a rendirme habiendo sido tan afortunado de encontrarla?

No nos gusta mucho hablar de estas cosas en público. Pero creo que la celebración lo merece. Así que, aunque es un secreto a voces, hoy sí lo voy a decir: te quiero con locura, Mey.


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domingo, 13 de marzo de 2022

Giro de guión (parte II)

¿Preferirías seguir sufriendo en el futuro antes que admitir el error que te llevó a ese sufrimiento? Estamos convencidos que, de entrada, todos responderíamos que no. Que por supuesto admitiríamos que nos hemos equivocado, antes que seguir sufriendo. Pero por muy extraño que nos parezca, el ser humano no funciona así.

Engin Akyurt en Pixabay
Siempre nos ha fascinado comprobar cómo mujeres cercanas que han tenido embarazos muy complicados, con vómitos, sangrados, inmovilización durante meses, contracciones dolorosísimas en el parto, y un largo etcétera, una vez que nacía el bebé, y pasaba algo de tiempo, rememoraban su embarazo quizás como la experiencia más maravillosa de su vida. Podría ser que la presencia del bebé, y el amor que se siente por él, logre compensar todo el dolor padecido. También podríamos pensar que puede que la mente engañe a esas mujeres para asegurarse la continuidad de nuestra especie humana, ya que si se generase una narración colectiva o universal de que el embarazo y el parto son unas experiencias nefastas, y ese mensaje calase entre las mujeres, quizás dejaríamos de procrearnos como especie. O puede que esa narración edulcorada del embarazo y su recuerdo sean simplemente necesarios para que pueda haber más embarazos en esas mujeres o en otras muchas. Pero lo cierto es que podríamos pensar que, aunque sea por necesidad, la mente nos engaña.

Pero, ¿y si no es sólo por necesidad? ¿Y si esa aparente distorsión entre lo que sucede y lo que nos contamos sobre lo que sucede, pasara más a menudo, y por otras muchas razones? ¿Acaso no es sorprendente cómo personas que durante cuatro años no paran de renegar de las injusticias, tropelías y desfachateces que hacen sus gobernantes, cuando les toca a ir a votar, acaban votándoles de nuevo? Si profundizamos más allá de las razones ideológicas, hay motivos para ello. Y los estrategas de las campañas electorales lo saben muy bien. Por eso el principal gasto público se hace en los meses previos a las elecciones. Y por eso una buena campaña electoral, puede dar un giro a los resultados que se esperaban tras una gestión nefasta. Los estrategas saben que esos giros de guión son posibles, y de hecho su trabajo consiste en conseguirlos. No estaría mal que nosotros empezáramos a conocer también los entresijos de esos cambios en la narrativa. Porque nos pueden llevar a seguir sufriendo, o quizás a ser más felices.

En las últimas semanas, nos hemos quedado estupefactos ante la versión más cruda de estos procesos mentales. Personas muy cercanas a nosotros, e incluso de nuestros círculos familiares más próximos, han sufrido gravísimos efectos adversos a las vacunas, como los propios médicos ya les han reconocido. Efectos ya conocidos y constatados por la Ciencia desde hace casi un año. Y que en algún caso ha llevado a la persona a las mismas puertas de la muerte. Pero curiosamente, no se han rebelado contra el sistema o las autoridades que le administraron lo que les ha causado ese daño irreparable, igual que reclamaríamos si nos venden una pizza en mal estado o con moho. No. En lugar de plantearse si ha valido la pena todo ese sufrimiento, dolor y enfermedad para lo que esa vacuna realmente les protegía, para nuestra sorpresa, lo han justificado, y hasta se han lamentado de que les desaconsejaran la segunda o la tercera dosis. Preferirían seguir sufriendo que admitir el error, ya acreditado por centenares de estudios científicos, y por su propia y desgraciada experiencia personal. 

mailtotobi en Pixabay

¿Cómo puede ser esto? El Premio Nobel Daniel Kahneman lo explicó con  su Teoría de las Perspectivas (Prospect Theory) según la cual los individuos tomamos decisiones, en entornos de incertidumbre, que se apartan de los principios básicos de la probabilidad, llamando a este tipo de decisiones "atajos heurísticos". Sus experimentos demostraron que no hay un único "yo" a la hora de tomar decisiones, sino que existe un "tira y afloja" entre diferentes personalidades internas que a menudo se hallan en conflicto, lo que parece constatarse por la neuroplasticidad.

Kahneman dirigió un experimento trascendental con un grupo de voluntarios que participaron en un experimento compuesto por 3 partes. En la parte corta del experimento, los voluntarios sumergían una mano en un recipiente lleno de agua fría durante 1 minuto. Era algo desagradable, casi doloroso. En la parte larga del experimento, los voluntarios colocaban la otra mano en un recipiente lleno de agua fría (a la misma temperatura que en la parte 1), pero después de un 1 minuto, se añadía algo de agua caliente, lo que hacía subir levemente la temperatura. Así permanecían otros 30 segundos más. Y exactamente 7 minutos después llegaba la tercera parte, la crucial: a los voluntarios se les pedía que tenían que repetir una de las dos partes y que ellos debían escoger cuál. El 80% prefirió repetir el experimento largo, pues lo recordaban como menos doloroso.

Como recoge Harari, en su libro “Homo Deus”, el experimento del agua fría es muy simple. Revela la existencia de al menos dos "yoes" en nosotros: el "yo experimentador" y el "yo narrador". El "yo experimentador" es nuestra conciencia constante, centrada en el presente. Para el "yo experimentador", era evidente que la parte larga del experimento era peor, pues estaba un minuto y medio con la mano metida en agua fría, mientras que en la parte corta solo estaba 1 minuto. Sin embargo, el "yo experimentador" no recuerda nada. Apenas se le consulta cuando hay que tomar grandes decisiones o analizar en el largo plazo. Recuperar recuerdos, contar relatos y tomar grandes decisiones corresponde a nuestro otro "yo": el "yo narrador". Como cualquier periodista, poeta o político, el "yo narrador" toma muchos atajos. No lo narra todo, y por lo general teje el relato a partir de momentos culminantes y resultados finales. El valor de toda experiencia viene determinado por el promedio de los momentos culminantes y los finales. En el experimento, el "yo narrador" se olvida de la duración de las partes y concluye que en la parte corta “el agua estaba muy fría” y en la parte larga “el agua no estaba tan fría”, y por tanto, se queda con la parte larga. La regla “parte culminante-parte final” se impone a la duración.

B Me en Pixabay
Kohleman repitió el experimento con 154 pacientes en una colonoscopia, una experiencia muy poco agradable. Los pacientes cuya colonoscopia duró 24 minutos dijeron que la preferían a la que duró 8 minutos, porque en el experimento se redujo el nivel de dolor en la parte final de la colonoscopia que duraba tres veces más. De hecho, ese mecanismo es el que muchos pediatras utilizan con los niños, agasajándoles con algún obsequio final cuando deben hacerles alguna prueba, para que la experiencia, aunque sea más larga, sea menos desagradable.

De este modo, la mayoría de la gente se identifica con su "yo narrador". Y al referirse a sí mismos se refieren al relato que hay en su cabeza, no al torrente de experiencias que viven (algunas, como vemos, llenas de dolor, sufrimiento o sinsentido). Nos identificamos de este modo con el sistema interno que trata de dar coherencia al alocado caos de la vida y lo transforma en cuentos aparentemente lógicos y consistentes. Aunque por el camino se pierda toda lógica y consistencia. Así, si nos quedamos muchas horas sin comer, la experiencia del hambre desde el "yo narrador" será radicalmente distinta si lo hacemos porque se debe a unas pruebas médicas, si estamos en Ramadán, o si nos hemos quedado sin dinero, aunque la experiencia del "yo experimentador" sea idéntica en los tres casos.

Lo verdaderamente grave de todo esto, es que estas dinámicas psicológicas, a buena parte de la Humanidad le son totalmente ajenas. Y sin embargo son aprovechadas por la publicidad, por los estrategas electorales, por los medios de comunicación y por los gobiernos y autoridades de todo pelaje, como hemos podido comprobar sobradamente durante la pandemia, y ahora durante la guerra de Ucrania. Y vemos cómo miles o millones de personas sufren o incluso mueren, pero bajo el síndrome de que "no lo hicieron en vano". Lo hicieron por un virus peligrosísimo, por aquellas famosas armas de destrucción masiva inexistentes, por un Putin dictador y malísimo, o por la defensa de la libertad y los sagradísimos principios de Occidente. En esas narraciones de nuestro "yo narrador" siempre concurren mentiras, lagunas y contradicciones. Podemos considerar que quizás sean admisibles si queremos tener un segundo o tercer hijo, y olvidarnos de lo que padecimos en el embarazo del primero. Pero quizás no sean tan admisibles cuando esos relatos nos causan daño, se lo causan a otros, o simplemente sirven para esclavizarnos o manipularnos. Ahí no quedará más remedio que tomar el timón y dar un giro en el guión, que infunda sentido a esas mentiras, lagunas o contradicciones, si queremos salir limpios de los errores del pasado, o incluso del presente. ¿Estaremos dispuestos a ello? ¿Tendremos el coraje de reconocer internamente que nos equivocamos o que nos embaucaron? ¿O preferiremos seguir engañándonos a nosotros mismos, y de paso quizás también a los demás? De nosotros depende. Sólo de nosotros.


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domingo, 20 de febrero de 2022

Giro de guión (parte I)

Este verano pasado fue, quizás, el más duro de nuestra vida. Era el reencuentro con nuestros tres hijos, después de un largo año de estar separados de ellos: Pablo en Oklahoma, Samuel en Córdoba y Eva en Texas. Y durante esos meses en la distancia, el mundo se había vuelto absolutamente loco. Todo estaba "patas arriba". Y era momento de recomponer las piezas del puzzle, de dar coherencia al sinsentido, y de volver a anclar lo que quizás se había ido a la deriva. Había mucho que compartir. Todo un año de investigación, estudio y recopilación de evidencias de todo tipo, que permitiesen trascender las meras opiniones y creencias alrededor de la pandemia, para poder volver a andar sobre terreno firme. Sobre el terreno de nuestros principios y convicciones familiares. Había que mostrar las fuentes adecuadas, plantearse las preguntas que pocos se hacen, y superar la tendencia a pensar que todo es falso, o la frustración de no encontrar la verdad entre tanta desinformación. No todo es igual de falso, pero requiere esfuerzo encontrar respuestas. Todo ese proceso había que hacerlo en un tiempo récord, porque en septiembre, al menos los dos mayores, volverían a sus actuales universidades.

Andorra, julio 2021

Pero el "martilleo" de las noticias, de las redes sociales y de los círculos de amigos, ya había hecho su trabajo. La predisposición a tragarse el relato oficial era ya un hecho. Y nuestros intentos de contrastarlo y rebatirlo no sólo "caían en saco roto", sino que crearon fricción y enfrentamiento durante semanas. Ir contracorriente nunca es fácil. Hacerlo en la adolescencia o en la juventud, frente al criterio de tus iguales es casi un imposible. Poco importaba que estuviéramos en paisajes maravillosos de Andorra o Asturias: en la visión de la realidad parecía que ellos y nosotros estábamos "en las antípodas".

Mientras tanto, nuestras reflexiones y análisis, expuestos públicamente en nuestro canal de youtube, empezaron a crear malestar en nuestros entornos de familiares y amigos. Algunos, sutilmente, dejaron de dirigirnos la palabra. Otros, abiertamente, iniciaron hostilidades con nosotros. Se empezaba a abrir una enorme brecha a nuestro alrededor, con buena parte de quienes nos habían rodeado siempre. Y el 22 de julio decidimos dar el paso: silencio. Había mucho que compartir, y mucho que habíamos descubierto. Pero quienes necesitaban esa información no estaban dispuestos a escucharla. Y el resto ya la conocía o estaba conectado a las fuentes adecuadas para conocerla. ¿Tenía sentido seguir insistiendo? ¿Valía la pena tratar de convencer a quien no se abre a ser interpelado en sus creencias? ¿Quizás es que no era el momento para todas estas personas? De acuerdo. Había que confiar en el libre albedrío. También en el momento evolutivo de cada persona. Quizás unos años antes, nosotros también nos habríamos "cerrado en banda". Así que, por muy buenas que fueran nuestras intenciones, decidimos que era el momento de renunciar a convencer a nadie y de guardar silencio. Y así lo hicimos.

Pero con nuestros hijos no podíamos guardar silencio. Sentíamos que lo que estaba sucediendo era demasiado grave. Y que ellos se encontraban totalmente desarmados a nivel de información y criterio frente al "cacareo" de los medios y frente a los mantras repetidos una y otra vez por media Humanidad, aunque la lógica de esos mensajes y decisiones hiciera aguas por todos lados. Nos preocupaba su salud, la inexistente eficacia o necesidad de los pinchazos, y los numerosos efectos secundarios ya acreditados científicamente entonces (hoy ya la lista es interminable). Pero también nos preocupaba que estuvieran dispuestos a ceder tan tranquilamente esferas de libertad que ha costado décadas conseguir a nuestros antepasados, y que entrasen en una esfera de sometimiento interior con difícil vuelta atrás. Así que insistimos e insistimos hasta la saciedad. Fuimos unos auténticos "pesados", como los tres se encargaron de repetirnos reiteradamente. Pero forma parte de nuestro "sueldo" de padres. Y no íbamos a bajar los brazos. Aunque de pura desesperación, Mey y yo hablamos en varias ocasiones de dejarlo ir, y que "fuera lo que Dios quisiera". Necesitábamos un poco de paz, y la guerra era incesante, incluso en aquellos paisajes paradisíacos que nos acogieron aquellos días.

Camping en Babia (León), agosto 2021

El verano pasó. Pablo y Samuel volvieron a sus entornos universitarios. Eva inició el bachillerato internacional con nosotros. Y nosotros cruzamos los dedos. La presión que imaginábamos se produjo, incluso antes de lo esperado. Y fue mayor incluso de lo previsto. Los mensajes de audio, especialmente desde Estados Unidos empezaron a ser angustiosos. La presión "por tierra, mar y aire" comenzó a hacer mella en Pablo. Y en varias ocasiones, viendo su desánimo, nos temimos que sucumbiría. Las restricciones de movimientos, la abierta discriminación para ciertas posibilidades en becas, y su dudosa continuidad laboral, dibujaron un negro panorama si no se inoculaba. Lo único que pudimos hacer fue apoyar, apoyar y apoyar. Y rezar para que las semillas de tantas y tantas conversaciones durante el verano, fructificasen dentro de él.

Los padres, a veces, pensamos que todo depende de nosotros. Y se nos olvida que somos tan sólo unos compañeros de viaje en el camino de nuestros hijos. Unos compañeros privilegiados, eso sí. Pero tan sólo eso: compañeros de viaje. El proceso interior de cada uno de nuestros tres hijos ya estaba en marcha. Las tormentas del verano entre ellos y nosotros eran necesarias para afianzar su independencia y su capacidad de decisión. Pero dentro de ellos se había ido consolidando lo que le ha faltado a millones y millones de personas: criterio para separar la paja del trigo; curiosidad para buscar lo importante entre tanto ruido; determinación para no dejarse arrastrar por una avalancha imparable de miedo; fuerza interior para ser diferente y no temer ser señalado; firmeza para actuar en conciencia, para no verse coaccionado o condicionado, y para ejercer nuestros derechos con plenitud; serenidad para tener paciencia, templanza y tino frente a las prisas dominantes y a los globos-sonda; y por qué no decirlo: el respaldo y el apoyo de tu gente más cercana, si ya lo tenías claro, y no querías rendirte frente a tanta adversidad.

En las últimas semanas hemos hablado de esto con bastantes amigos cercanos. Algunos de ellos, con especiales dotes intelectuales o incluso espirituales. Pero han acabado rindiéndose, en algunos casos, casi contra su voluntad, frente a esa histeria colectiva de las inoculaciones y de la narrativa oficial. Y en todos esos casos ha faltado esa pizca de criterio. Esos segundos de discernimiento. Esa gota de arrojo para enfrentarse al "qué dirán". O ese pellizco de empuje para encontrar algo de luz rebuscando entre tanta oscuridad. Y ese pequeño átomo de energía es el que marca la diferencia. Es el que cruza o no la frontera de la rendición, del condicionamiento futuro, o de la autonomía y el empoderamiento, pase lo que pase.

Asturias, Agosto 2021
Tras el tomentoso verano, el curso avanza con determinación para nuestros tres hijos. Eva crece en madurez día a día, en su particular batalla en un complicadísimo bachillerato internacional, que sigue tratando de compaginar con su 9º año de estudios musicales en el conservatorio. Continúa manteniéndose firme frente a las decisiones de todos sus compañeros respecto al "pinchazo" y al pasaporte Covid, y frente a los esporádicos "tiritos" manipuladores de algún que otro profesor al respecto. Y encaró con una madurez y deportividad impropias de su edad, el renunciar a la carrera por UWC, que había llevado a Pablo a Italia y hoy a EEUU, porque se impuso también el injusto y absurdo requisito de la vacunación en el proceso de selección. Se había quedado tan sólo a 0,09 puntos de estar en la final el pasado año, y tenía todas las papeletas para conseguirlo éste. Pero hay chantajes inaceptables, y ni se despeinó con la decisión.

Samuel sigue "saliéndose" en Física en Córdoba: parece que ha encontrado su sitio y su vocación. Y estos meses de pandemia los está encajando como es él: una "anguila" que sabe sortear opiniones y decisiones de su entorno con discreción y sin aspavientos. Eso sí: haciendo al final lo que le da la real gana, y sin que le importe mucho lo que opinen los demás.

Y Pablo es probablemente el que más está sufriendo el "temita". Sus resultados académicos también han sido espectaculares. Pero a las presiones enormes que ha sufrido su novia, se unió las que él mismo padeció durante meses. Sus dudas del verano se han transformado en un torrente de energía y convicción frente a las barbaridades e injusticias que le está tocando comprobar por sí mismo. Y en esto probablemente han influido varias cosas. Por un lado, ha dejado de temer por ser o decidir diferente a su gente. De hecho, su gente ha empezado a valorar mucho en él esa fuerza para ir a contracorriente, guiado por sus principios y su incesante búsqueda de respuestas. Por otro lado, por el camino ha tenido que cambiar ese trabajo que compagina con los estudios, dejando el supermercado, y pasando a ser asesor informático a distancia. No iba a sucumbir a la presión de la normativa del gobierno federal para que se inoculase, y el ofrecimiento por personas cercanas de respaldo (incluso económico) para no ceder, también le ayudó. Decidió no rendirse y cambiar de trabajo. Y por el camino, la justicia americana deshizo esa restricción laboral para los no-vacunados, indefendible ya a la luz de las evidencias científicas y de los hechos. Está encantado con el cambio, y además le ayudará a hacer currículum. Ahora afronta nuevos dilemas pandémicos. Tenía muchas posibilidades de que le dieran una beca para continuar sus estudios durante un semestre en Paris o Estocolmo a partir de septiembre. Pero de nuevo el absurdo requisito de la obligatoria vacunación se interpuso, y ha tenido que renunciar a ello por ahora. Y la lucha se centra en estos momentos en si eliminan el requisito de estar vacunado para volver a entrar a EEUU. Porque si no, quizás no tenga sentido arriesgarse a volar a casa para pasar el verano, si luego no le van a dejar volver a Oklahoma. Eso sería dolorosísimo para él. Pero inocularse ya no es una opción. Esperemos que llegue algo de cordura pronto.

Pico La Serrera (Andorra), julio 2021
Nunca se sabe cuándo va a dar un giro el guión de nuestra vida. Las verdades más absolutas se vuelven, de repente, engaños que no entendemos cómo pudimos tragarnos antes. Lo que siempre descartamos como auténticas paranoias absurdas, a veces, se confirma por la tozudez de los hechos. Quienes siempre pensamos que eran unos "pesados", pueden convertirse en nuestro último clavo ardiendo. Y quienes siempre creímos que eran nuestro férreo sostén y máximos aliados, de repente se convierten en una pesada losa para nuestro crecimiento y evolución consciencial.  Por eso no se trata de convencer a nadie. Sino de construir, construir y construir. Empezando por nosotros mismos. Porque cada uno vive su proceso evolutivo a su ritmo. Y erigirse en dador de verdad no es labor de nadie. Todos vivimos antes o después un momento de oscuridad, de zozobra e incertidumbre, mientras otros, a la vez, viven en la luz, en la plenitud y en el gozo. En un momento podemos ser víctimas, y en el siguiente quizás verdugos sin saberlo. Los resortes de la vida pueden darse la vuelta, para que nuestro proceso de aprendizaje se despliegue en plenitud. Y la vida es muy larga, y llena de decisiones que van mucho más allá de vacunarse o no. De hecho, esta historia aún no ha acabado, y deberemos estar fuertes para sus nuevos episodios. Por eso se trata sólo de compartir vivencias y aprendizajes propios. Sin insistir. Respetando ritmos y momentos vitales. Y a quien deba llegarle el mensaje, le llegará. Y a quien no, quizás es porque debía ser así en ese momento para esa persona y para lo que le rodea. 

Hace unas semanas falleció a los 95 años  Thich Nhat Hanh, símbolo de la no-violencia y del impulso de la meditación y el mindfulness en occidente. En uno de sus poemas, titulado "Llámame por mis verdaderos nombres", aborda con rotundidad la gran verdad de que todos somos UNO, y de que puede que nos toque vivir las dos orillas de la realidad, en un incesante giro del guión de nuestra vida:

(...)

Soy una rana que nada feliz

en el agua clara de un estanque,

y soy la culebra que se acerca

sigilosa para alimentarse de la rana.


Soy el niño de Uganda, todo piel y huesos,

con piernas delgadas como cañas de bambú,

y soy el comerciante de armas

que vende armas mortales a Uganda.


Soy la niña de 12 años

refugiada en un pequeño bote,

que se arroja al mar

tras haber sido violada por un pirata,

y soy el pirata

cuyo corazón es incapaz de amar.


Soy el miembro del Politburó

con todo el poder en mis manos,

y soy el hombre que ha de pagar

su deuda de sangre a mi pueblo,

muriendo lentamente

en un campo de concentración.

(...)

Prométeme:

aun si te abaten

con una montaña de violencia y odio,

aun si te pisan y aplastan

como a un gusano,

aun si te rompen y destripan,

que recordarás, hermano,

recordarás

que el hombre no es nuestro enemigo.


Lo único digno de ti es la compasión:

invencible, ilimitada, incondicional.

El odio nunca te dejará enfrentarte a la bestia en el hombre.


Y un día, cuando te enfrentes a esta bestia solo,

con tu valor intacto, los ojos tranquilos,

llenos de bondad, (aunque nadie los vea),

de tu sonrisa

nacerá una flor.

(...)


domingo, 13 de febrero de 2022

Obediencia sin con(s)ciencia (parte II)

La decisión estaba tomada. Mi posicionamiento era claro. Lo había expresado públicamente. Ya no había marcha atrás. Y mi conciencia estaba en calma. Esa era "la prueba del algodón". Esa que te dice que has obrado conforme a los principios de lo correcto o lo incorrecto. Pero algo no iba bien. Se sucedían los días, y aquel nudo en el pecho continuaba. Sentía que me habían faltado al respeto. Que había sido humillado públicamente y de forma injusta, precisamente por cumplir mis obligaciones. Que todo el personal del edificio estaría comentando lo que había sucedido. Y que me había quedado solo ante el abismo.

Bessi en Pixabay
Si mi decisión había sido la correcta, ¿por qué esos sentimientos? ¿Por qué me sentía víctima de una "encerrona" o de lo que injustamente me habían "liado"? ¿Por qué estaba tan dolorido y ofendido? ¿Por qué, en mi fuero interno, reprochaba al resto de compañeros jefes que no se hubieran rebelado también y me sentía inclinado a castigarles con mi enfado o mi indiferencia?¿Por qué percibía con tanta fuerza que había una conversación pendiente con quienes me habían ofendido? ¿Por qué incluso llegué a poner por escrito los argumentos de lo que les tendría que decir tarde o temprano?

Dejé pasar los días. Cuando hay tantas fuerzas pululando por nuestro interior, es mejor que todo se asiente. No tomar decisiones en caliente. No mudarse en plena tormenta. Y en un paseo por la playa vi la luz con Mey, mi mujer. Lo vi claro. Y su perspectiva coincidía con la de un buen amigo, que me había insinuado algo parecido. Siendo personas tan diferentes, había que indagar por ahí.

Nos gustaría ejercer nuestra libertad. Optar por lo correcto. Actuar en conciencia. Y desobedecer, cuando esa conciencia nos dice que no es admisible algo así. Pero a la vez, nos gustaría que nos dieran la razón por esa desobediencia. Que nos dieran una palmadita en la espalda por la valentía de encarar lo injusto. Que se disculparan. Y por qué no, ya que estamos: poder salir a hombros, entre vítores, de la oficina. A fin de cuentas, ese es el papel de nuestro ego. Para eso está. La clave radica en si estamos dispuestos a identificarnos con él, o si somos mucho más que nuestro ego.

En el fondo, dentro de cada uno de nosotr@s, habita un niño o una niña. Seguimos necesitando que nos quieran, nos valoren o nos presten atención, como cuando éramos pequeños. Y por eso somos obedientes a las órdenes que nos dan. Sean del gobierno, de nuestro jefe, de los medios de comunicación, de la OMS, o de nuestro círculo de amigos y familiares. Pero a veces nos toca crecer. Y darnos cuenta que esas órdenes son injustas, absurdas o dañinas. Y cruzamos la peligrosa frontera de lo que se espera de nosotros, y nos rebelamos. Pero como seguimos siendo niños, esperamos que nos sigan queriendo, valorando o prestando atención. Y a quienes dan esas órdenes o consignas ya les hacemos menos gracia por nuestra osadía. Vamos, lo previsible. Y entonces nos toca trabajárnoslo. Porque si no lo hacemos, esa sensación de insatisfacción y desequilibrio por haber hecho lo correcto, pero recibir "palos" por ello, nos puede amargar la existencia.

Lukas_Rychvalsky en Pixabay
Está bien no tener miedo de defender lo justo. Está bien seguir nuestra conciencia. Pero, ¿estamos preparados para ser tachados de malos, irresponsables o insolidarios por ello? ¿Estamos dispuestos a no caer bien a todo el mundo tras ese paso o a aceptar que opinen mal de nosotros, por actuar distinto? ¿Estamos listos para romper las cadenas de la esclavitud de lo que opinen los demás, a ser diferentes, a ir contracorriente? A eso nos invita el equilibrio interno. A eso nos invita la conSciencia (con "S" en medio).

Dice la Real Academia de la Lengua que la "consciencia" es el conocimiento inmediato o espontáneo que uno tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. Se trata de conocernos a nosotros mismos, de conocer el entorno, y de interactuar con él. Y ese proceso, si es sano, nos debería llevar al equilibrio. El problema es, cuando al interactuar, sea con nuestra familia o pareja, sea con el trabajo, o sea con la sociedad, se generan bloqueos internos, reacciones que nos dañan por dentro, conflictos que no logramos atajar. Y ahí, aunque hayamos actuado en conciencia optando por lo correcto, si para encajar las consecuencias no desplegamos nuestra conSciencia (con "S"), flaco favor nos habremos hecho a nosotros, y flaco favor haremos a la causa que pretendíamos defender.

Stephen Karpman, como nos recordaba un amigo estos días, lo explica muy bien con su "Triángulo Dramático". Según él, la mayor parte de nuestros conflictos internos surgen porque hemos adoptado en relación a nuestro entorno un rol de perseguidor, de salvador o de víctima, cambiando de un rol a otro, dependiendo de cada situación. ¿Y si aquel jueves entré en aquella reunión en plan "perseguidor" juzgando y despertando con ello rabia o frustración en mi jefe? ¿O quizás aquel jueves me puse el traje de "salvador", preocupándome en exceso por aquel problema de protección de datos, prestando una ayuda que quizás ni se esperaba de mi, o asumiendo una responsabilidad exagerada, y no sintiéndome reconocido por el esfuerzo? ¿Y si quizás salí de la reunión de aquel jueves en modo "víctima", quejándome por lo que me habían hecho, buscando la empatía ajena o directamente la lástima? Si yo pude ponerme esos tres "trajes" en distintos momentos de aquel episodio, ¿qué trajes se pusieron los demás al interactuar conmigo? Sin duda, el lío se monta. Y se retroalimenta aún más.

dima_goroziya en Pixabay
Pero hay salida. A través de la conSciencia, podemos reconocer nuestra actitud en cada situación, y asumir nuestra responsabilidad para transformarla en otra más favorable. Para la próxima reunión o circunstancia injusta que vea en el trabajo o en la vida, quizás podría cambiarme el traje de "perseguidor", no pretender llevar la razón, y ponerme el traje de "retador", planteando desafíos para que los otros cojan "el toro por los cuernos". Para la próxima, quizás en vez de ir de "salvador", podría decirme a mí mismo "no", ponerme límites a ese "ir resolviendo la vida a los demás", y vestirme de "facilitador", que da apoyo pero permite que los otros sean los protagonistas. Y cuando me lleguen los "palos", en vez de ir de "víctima", quizás debería recuperar antes la confianza, y pasar al rol de "creador", diseñando mis propias decisiones y mi respuesta a un mundo a veces absurdo.

Vivimos tiempos muy complicados. Estamos rodeados por todas partes. Ahí fuera hay un mundo exterior que se descompone a base de miedo, injusticias y sinsentido. Pero aquí dentro de cada uno de nosotros, también hay otro mundo interno que puede desequilibrarse. Y que hoy, más que nunca, se está desequilibrando de hecho, precisamente por la que se está montando en el mundo exterior. Y lo cierto es que podemos "meter la pata" en ambos mundos. En el mundo exterior, obedeciendo y actuando sin conciencia, en relación a lo que es justo o verdadero. Y en el mundo interior y espiritual, sometiéndonos a unos roles y a unos desequilibrios que nos llevan a todo tipo de esclavitudes. Y lo sentimos mucho, pero para ser feliz, no vale sólo con aprobar en uno de esos dos mundos. Hay que sacar nota en los dos. Y habrá que sacar fuerzas de flaqueza. Porque, por un lado, nos tocará ir contracorriente, cuando el mundo exterior nos plantee una locura, un absurdo o directamente una injusticia. Y, por otro lado, nos tocará luchar contra la inercia del desánimo, de la reactividad, y del dolor de nuestro mundo interno, cuando nuestros roles se desequilibren.

Aquel jueves cualquiera, en una reunión de trabajo cualquiera, mis dos mundos se pusieron a prueba. Y no hay solución buena ni solución mala. Sólo hay camino, camino y camino. Y para hacer camino, todo es perfecto, todo vale, todo te enseña. Buscando el equilibrio. Conociéndote cada vez más. Aprendiendo para la próxima. Y compartiendo ese aprendizaje.


PD: Puede que en ese mundo exterior, muchos tengáis la sensación de que habéis cometido errores, que habéis sido engañados, o que no encajáis. Y quizás sentís que hay que hacer un giro en el guión de vuestra vida. De eso irá nuestro próximo post ;)


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sábado, 5 de febrero de 2022

Obediencia sin con(s)ciencia (parte I)

Salí de la reunión de aquel jueves con palpitaciones. Me sentí menospreciado y señalado públicamente ante el resto de mis compañeros jefes. Las faltas de respeto fueron presenciadas por todos. Y aguantar las ganas de responder por evitar entrar en confrontación fue durísimo para mí, que tengo mi genio.

harutmovsisyan en Pixabay
He dudado mucho en si escribir al respecto. Me he dado más de una semana para madurarlo. No quiero perjudicar a la Administración Pública para la que trabajo, y por eso no doy datos de ningún tipo. Tampoco quiero perjudicar a quienes me han ofendido o me estarán criticando a mis espaldas. Esto no va de revanchas, de confrontación o de cuentas pendientes. Tarde o temprano esta locura pandémica se estabilizará, la crispación reinante ahora se apaciguará, y habrá que reconstruir los puentes y los acuerdos. Pero es importante compartir lo que está pasando. Por respaldar a las miles y miles de personas que estarán sufriendo tragos similares. Para hacernos fuertes entre tanto sinsentido. Por dar la importancia que tienen los miles de gestos cotidianos que apuestan por no doblegarse, por no bajar los brazos, y por conformar esa tribu de guerreros por un mundo diferente. Sin acritud, sin virulencia, sin enfrentamientos. Pero es momento de decir NO. Y ese pequeñísimo gesto, ese insignificante momento de afirmación personal frente al absurdo, hace que todo sea distinto. Te reconcilia con tus principios y con lo que consideras que es correcto. Con tu conciencia y con la conciencia universal. ¿Acaso existe mayor victoria que esa? 

La verdad es que no esperaba que pudiera pasar algo así, precisamente por cumplir mis obligaciones. Nos convocaron a una reunión para revisar el nuevo protocolo Covid. En él, se establecían unas consecuencias distintas para los contagiados, dependiendo de si se habían vacunado o no. Unos no tendrían que hacer cuarentena de varios días y otros sí. Ya de por sí, eso es un sinsentido a estas alturas, dados los abundantes estudios y la evidencia fáctica que vemos a diario: todos vacunados, todos contagiados. Pero no quise debatir ese asunto, para el que ni teníamos competencia ni capacidad de decisión. Aunque como tengo asignadas responsabilidades regionales en materia de gestión de datos, y he estado trabajando intensamente en el registro de actividades de tratamiento, quise al menos plantear mis dudas sobre la legalidad de algunas medidas que sí que nos afectaban. El protocolo plantea que rellenemos un formulario con nombres y apellidos, con la "información a comunicar por el responsable de la unidad administrativa en casos sospechosos, casos probables, o casos confirmados de contagio por coronavirus". Y aparte de todos los datos personales del compañero/a en cuestión, se nos pregunta sobre sus síntomas, toma de muestras, fechas, tipo de test y resultado, si está o no vacunado, si con pauta completa o no, y en un listado final, nos solicitan nombre, apellidos, fecha y teléfono de las personas no vacunadas o inmunodeprimidas. Al pie del formulario deberíamos firmar y poner nuestro puesto o cargo. Nada más y nada menos. Fue leer el protocolo, y apenas me podía creer que se estuviera planteando algo así. Era de manual. No sólo porque los jefes no tenemos ninguna habilitación legal para el tratamiento de datos sanitarios, que son del máximo nivel de protección (acarreando cuantiosas multas si se incumple la ley en este punto). Sino porque, por simple sentido común, si hace dos años nos hubieran pedido algo así sobre quién tenía el SIDA, sobre si había pasado la sífilis, o sobre si se había vacunado contra la viruela, nos habría parecido una aberración. Y sin embargo, ahora todo el mundo parece verlo normal, o al menos mira para otro lado. Igual que si un camarero, sin autoridad legal para ello, nos pide nuestro DNI o nuestra información sanitaria confidencial para poder tomar un café. El mundo al revés, vamos.

geralt en Pixabay
Sopesé mucho qué hacer. Tenía claro que no podía participar en dicho protocolo, al menos hasta consultar con el máximo responsable regional de protección de datos si se había revisado este despropósito. Pero, ¿debía manifestar mis dudas al resto del equipo directivo? Creí que mi obligación era hacerlo. Pero como los ánimos se encienden cuando se habla de Covid, y odio las confrontaciones, preferí hablarlo en privado  con el máximo responsable de mi provincia, un rato antes de la reunión de jefes convocada al efecto. Apenas se sintió interpelado por mis argumentos. Ni siquiera se abrió a la posibilidad de elevar consultas a nuestros superiores. Tampoco se dio lugar al debate sobre la interpretación del protocolo a la luz del principio de legalidad de la normativa española y europea de protección de datos. Para él eran órdenes directas de arriba, y había que cumplirlas. Yo no daba crédito. Y manifestada mi preocupación, decidí guardar silencio en la posterior reunión de jefes. Mis argumentos y reticencias ya estaban expresados. Poco más cabía añadir. Pero "mi gozo en un pozo". Para  mi sorpresa, como todos callaban, se me instó a intervenir y pronunciarme en la reunión. Y entonces ya entendí de qué iba todo esto. No iba de argumentos técnicos, de interpretaciones de normas u órdenes aparentemente contradictorias o irreconciliables, o del principio de legalidad. Iba de obediencia. De conmigo o contra mi. De acatamiento o desobediencia. De dejar fuera de juego al disidente. De acallar, amedrentar o ridiculizar al discrepante. De anular el debate. Y en definitiva, de repetir exactamente lo que viene sucediendo en la pandemia, donde los muchos estudios científicos dicen una cosa, y las autoridades sanitarias imponen unas restricciones, reconociendo ya abiertamente que no por razones sanitarias, sino para forzar la voluntad de quienes cuestionan sus medidas en base a esas mismas evidencias científicas. 

Me sentí humillado y ninguneado por algunas de las expresiones y formas empleadas en la reunión. Pero no quise entrar en una dinámica reactiva. A pesar de lo absurdo de estos protocolos, sólo quería cumplir con el rigor que me exigen mis responsabilidades. Sólo quise estar a la altura de mi cargo y dar respuesta al motivo de esa reunión. En ningún momento traté de boicotear el protocolo, sino de que esa información confidencial circulase directamente desde la persona afectada al destinatario, sin que fuera "manoseada" por decenas de manos. Al menos, técnicamente, algunas intervenciones me respaldaron, y la inquina inicial se sosegó algo. Pero salvo yo, nadie puso en duda la obediencia a una medida tan ridícula, pudiendo solucionarse todo con un email directo del afectado a Recursos Humanos o al máximo encargado en la materia. Los tiempos son propicios para el esperpento. No descarto que la AEPD llegue a aceptar algo así. Aunque a quienes nos chirría todo esto tanto, debería permitírsenos que dudemos de tanta excepcionalidad absurda, cuando la ley y las normas están precisamente para protegernos de estos abusos.

qimono en Pixabay
En esa reunión entendí por fin una interrogante que me atormentaba desde hace meses. No lograba entender la aparente pasividad de tantos médicos y científicos ante las abrumadoras evidencias científicas entorno a la pandemia. Es claro que no son cómplices de ningún plan raro, pero ¿cómo podía ser que siguieran aconsejando una vacunas con tantísimos efectos secundarios y con tan escaso o nulo beneficio? ¿Acaso no estaban al tanto de las numerosísimas publicaciones que hay ya? ¿Es que no estaban nada más que pendientes de obedecer unos protocolos sanitarios? ¿Cómo podía ser que no estuvieran actuando conforme al principio "primum non nocere", es decir, “primero, no hacer daño”? En mi reunión del jueves me quedó claro el motivo. Y eso que mi discrepancia en materia de protección de datos personales es "juego de niños", comparado con la defensa de la salud humana.

Qué pronto se olvida la Historia. En los juicios de Nuremberg en 1945-46, se asentó el criterio de que alegar el cumplimiento de órdenes superiores no es una defensa por crímenes de guerra, con el famoso Principio IV de Nuremberg, que establece: "El hecho de que una persona haya actuado de conformidad con las órdenes de su Gobierno o de un superior no la exime de responsabilidad en virtud del derecho internacional, siempre que en realidad tuviera la posibilidad de elegir moralmente". Por ahora, quizás nada de esto vaya de crímenes de guerra. Pero alguna conclusión sobre la obediencia ciega se podría sacar, creo yo.

Desconozco si habrá consecuencias disciplinarias de mi objeción de conciencia a ser parte de algo así sin hacer las consultas pertinentes. Por fortuna, hay algo que tengo muy claro: no soy el trabajo que desempeño. No soy el cargo o la responsabilidad que ostento. Soy muchas cosas más que eso. Pero quizás nos aferramos al trabajo o al cargo por miedo a perderlo, a perder dinero o a perder prestigio o poder. Pero ¿qué pasa si no existe ese miedo? Que eres libre de actuar en conciencia. Y esa  conciencia te lleva a indagar, a profundizar, a preguntarte los "por qué" y los "para qué", a buscar caminos no explorados. Y te lleva a no venderte por nada que no pase el filtro de tus principios. Y por eso es difícil domesticarte o dominarte.

Las personas que más nos han impactado en esta pandemia por su valentía, por su rigor o por su entereza "contra viento y marea", han sido quienes tenían todo esto muy claro. Por eso, aunque algunos compañeros de trabajo, cegados por el cariño y por los resultados, me dibujaban un halagüeño panorama de ascensos y alfombras rojas, yo siempre digo que eso es muy difícil. Porque en estos tiempos que corren, la obediencia ciega cotiza más que la eficacia, la eficiencia o la innovación. Y poco iba a "pegar" yo ahí, la verdad.

E ironías de la vida o de los protocolos "covidiotas": a raíz de desayunar hace dos días con un compañero que ha dado positivo, aunque estoy perfectamente, se me conmina a permanecer en cuarentena en casa siete días desde ayer. Es el "castigo" o la "discriminación" por no estar vacunado, dé o no positivo. He manifestado mi oposición a un absurdo así, y ayer pensaba ir a la oficina, pues trabajo solo en mi despacho, doy negativo y estoy por ahora en perfecto estado de salud. Pero cómo vamos a cuestionar el santo protocolo...¡por dios!

En la reunión de aquel jueves, me acordé de un truco secreto que no falla cuando se presenta una de estas encrucijadas de la vida, que últimamente se repiten demasiado en estos momentos que nos ha tocado vivir. El truco es éste: me imagino que mis hijos estuvieran presenciando esa escena, y me pregunto: ¿cómo me gustaría que me vieran? ¿Timorato y aceptando las imposiciones sin sentido, o defendiendo con entereza lo que es correcto, simple y llanamente porque lo es? ¿Cuál sería el mejor ejemplo que podría darles a mis hijos si estuvieran viendo esto? Si dejas que estas preguntas calen en tu mente y en tu corazón, caben pocas alternativas, la verdad. Porque luego bien que solemos cargar sobre las espaldas de los jóvenes la responsabilidad de construir un mundo diferente para vivir. ¿Cómo va a ser eso, si no les damos el ejemplo y las herramientas para hacerlo?

Según parece, estos tiempos exigen no hacernos preguntas. Tirarnos por la ventana, si así nos lo piden. Es como decía Groucho Marx: “¿A quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos?”. Lo siento, pero obediencia sólo cuando toque. Y sin conciencia, nunca.

PD: Uno podría pensar que el post, con esta decisión, quedaba cerrado. Pero no. Debía entender mi malestar interno durante todos estos días. Anoche lo descubrí con mi gurú particular, Mey. Y tiene enjundia. Por eso hay una segunda parte de este post. La clave está en el paréntesis del título y en la "S". (CONTINUARÁ)


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domingo, 23 de enero de 2022

Déjà vu

Hace tres meses, el 21 de octubre de 2021, salió a la luz una noticia que pasó inadvertida, y que sin embargo, podría haber arrojado luz a millones de personas que andan perdidas, llenas de miedo e incertidumbre en medio de esta pandemia. En ella se decía que "La farmacéutica Purdue Pharma pagará 8.340 millones de dólares por la crisis de los opiáceos". Y hace apenas un mes salía otra que decía que "Una jueza de EE.UU. anula el acuerdo de bancarrota de la farmacéutica Purdue". Quien haya visto la serie Dopesick (que os aconsejamos encarecidamente) sabrá que dicha crisis se produjo cuando en 1995, los hermanos Sackler lanzaron al mercado el OxyContin. Éste era un opioide tres veces más potente que la morfina. Purdue Pharma lo comercializó en pastillas de 10, 80 y 160 miligramos, nada más y nada menos. Y era tan potente que si se comparara con un arma contra el dolor, estaríamos hablando de una bomba nuclear. Pero el medicamento, cuyo uso debía circunscribirse sólo a pacientes con cánceres terminales o recién salidos de una agresiva cirugía, se recomendó y prescribió, con el consentimiento de la FDA, para cualquier persona con dolores severos o crónicos, aunque acabó abriéndose la mano a dolores de todo tipo. Por ilustrar el sinsentido de aquello, Williamson, en Virginia Occidental, un municipio de no más de 3.000 personas, recibió entre 2006 y 2016 más de 20 millones de pastillas. Fue el estado con la tasa más alta de EEUU de muertes por sobredosis de opiáceos: 57,3 por cada 100.000 habitantes en 2017, año en el que los reportajes sobre esta realidad le valieron el Pulitzer a Eric Eyre. Hubo 3.000 denuncias y casi 500.000 muertes entre 1997 y 2019 asociadas a distintos medicamentos como éste, que se vendieron masivamente como un milagro que no generaba adicción.

qimono_Pixabay
¿Por qué decimos que podría haber arrojado mucha luz respecto a nuestra pandemia actual? Pues porque las tácticas de entonces, se han repetido milimétricamente en estos dos últimos años, aunque adaptadas al SARS-COV-2 y a sus inoculaciones. En aquel entonces, la farmacéutica Purdue Pharma tuvo en nómina a un agente de la FDA, Curtis Wright, encargado de autorizar la venta de OxyContin. Además, sobornaron a cientos de profesionales. Lanzaron una campaña para concienciar a la opinión pública de que la sanidad no trataba el dolor en los EEUU. Se sacaron "de la chistera" escalas de medición del dolor. Influyeron para negar la certeza empírica de que la toma continuada de opiáceos genera adicción. Y como consecuencia de todas esas prácticas, se generó una gigantesca epidemia de adicciones, muerte y delincuencia. Tanto fue así, que la familia Sackler pasó de ser un referente mundial de filantropía, a convertirse en un emblema de la crisis de los opioides que azotó a Estados Unidos. Y de ser más ricos que incluso los Rockefeller, según Forbes, han pasado a ser públicamente rechazados. La prestigiosa Universidad de Tufts, en Boston, decidió quitar el apellido Sackler de los programas y edificios construidos gracias a sus donaciones, tras haber recibido unos 15 millones de dólares. El Museo de Arte Metropolitano de Nueva York, el Louvre de París y la Tate Modern de Londres, entre otros, también han eliminado a los Sackler de sus muros y han informado de que no aceptarán más regalos provenientes de esta dinastía farmacéutica.


Resulta muy doloroso comprobar cómo podemos tropezar dos veces en la misma piedra. Pero lo es aún más, cuando la "piedra" actual genera dolor a toda la Humanidad, incluidos los niños; cuando se han firmado acuerdos de exención de responsabilidad para las multinacionales farmacéuticas; y cuando se están utilizando prácticas mafiosas desde los propios gobiernos para señalar, presionar y excluir socialmente a quienes no acceden a administrarse las inoculaciones experimentales frente al Covid-19. Este "déjà vu" parece habernos servido de bien poco para corregir el rumbo.

Quizás pueda sonar lejano en el tiempo. Pero es de antes de ayer, como el que dice. Y hablando de esta misma pandemia, en Illinois (EEUU), la familia de un paciente que estaba hospitalizado con COVID-19 en la UCI, a punto ya de morir, interpuso una demanda para que le administrasen Ivermectina. El hospital se negaba, pero el Juez consideró que era su derecho. Después de haber estado en coma inducido y con ventilación asistida durante tres semanas sin mejora, el paciente recibió Ivermectina inyectada, y su mejoría fue tal que salió caminando del hospital y respirando perfectamente. Uno podría pensar que la historia acababa con final feliz. Pero no. Lo que fue noticia es que, a pesar de haber ganado la querella legal el paciente, y a pesar de haber salido de su grave situación clínica, el hospital apeló la decisión. Es decir: no le bastaba con la evidencia de su recuperación. Necesitaba batallar para evitar que se "abriese la veda" a tratamientos de coste irrisorio comparados con los de la "verdad oficial". Comportamientos de soberbia y avaricia que parecen repetirse.

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Hay escenas, situaciones, comportamientos o eventos que, de repente, nos generan una sensación de familiaridad. ¡Eso lo hemos vivido antes! O quizás lo hemos visto u oído en algún sitio. Y si tenemos la suficiente curiosidad o la consciencia suficientemente despierta, seremos capaces de "tirar del hilo" de los recuerdos, y rescatar aquel momento. Muchas veces tiene mucho que aportarnos. Puede que se presente en nuestra vida de forma reiterada para ayudarnos a aprender algo. Quizás para aprobar ciertas asignaturas de la vida. O puede que para que no repitamos errores del pasado una y otra vez. El problema es que no todo el mundo está dispuesto a ello. Quizás porque puede suponer tener que enfrentarse a miedos o incertidumbres que nos superan. Quizás porque es más fácil actuar como todo el mundo, y mirar para otro lado. Sin cuestionarse. Sin recordar.

¿No os chirrían demasiadas cosas ya, tras estos dos años? Que te pidan un certificado para poder ir a tomar un café con tu marido o con tu novia. Que te impidan trabajar si no te has puesto las dosis de turno. Que haya millones de personas que no quieran estar con sus familiares y amigos por miedo al contagio. Que estemos "hipercontrolados" a través de nuestro móvil. Que en vez de señalar a quienes decidieron medidas injustas, declaradas luego ilegales en muchos casos y que fueron catastróficas para la economía, se utilice de "cabeza de turco" el ridículo porcentaje de no-vacunados. Que muchos esperen que una una ley solucione lo que deben solucionar ellos mismos, o que obedezcan esa ley incluso en la intimidad como si fuera creadora de "la verdad" o como si siempre fuera justa. Que se inviertan miles de millones de euros en unas inoculaciones experimentales que ya se han demostrado ineficaces e inseguras, pero sobre todo innecesarias en la mayor parte de los tramos de edad. Que se haya dejado a su suerte al resto de enfermedades y a los colectivos más vulnerables, anulando la atención primaria, y creando un problema de suicidios y enfermedades mentales como nunca hubo. Que sistemáticamente se censure al que aporta evidencias distintas a la verdad oficial. Que los medios silencien los centenares de estudios que ponen en tela de juicio las medidas y estrategias sanitarias que se están siguiendo. Que pidamos un test a nuestro hermano/a para que pueda sentarse a nuestra mesa. Que una inmensa mayoría vaya con mascarilla cuando camina por la calle, cuando conduce su vehículo, o cuando pasea por el campo o la playa en soledad, habiendo ya multitud de estudios que evidencian ese sinsentido. Que se discrimine e incluso señale públicamente a los ciudadanos por motivos ideológicos o sanitarios. Que millones de personas estén forjando su opinión sin ni siquiera haber dedicado tiempo para respaldarla, tan sólo por lo que les dicen los medios o quienes se han tragado lo que dicen los medios. Que exista un empeño tan obsceno en que cedamos nuestra voluntad al inocularnos (eso sí, con amenazas y advertencias apocalípticas de todo tipo) en vez de directamente imponerlo obligatorio, y que luego esas advertencias y amenazas se diluyan como consecuencia de la dinámica de globos-sonda. A nosotros, desde hace dos años, hay demasiadas cosas que nos chirrían, sin necesidad siquiera de buscar su autoría ni su origen. Nos suenan ya a prácticas repetidas. Sí, de nuevo a "déjà vu". Y vemos con claridad que si los ciudadanos acabamos normalizando lo anormal y acostumbrándonos a actuar contra la libertad en pro de una falsa seguridad o de una abstracta "salud pública", finalmente no tendremos ninguna de las dos cosas.

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Por desgracia, en nuestros entornos se están reproduciendo ya algunos de los numerosísimos efectos adversos a las inoculaciones que empezamos a compartir desde hace meses. No eran ningún secreto. Aquellos estudios científicos se han ido publicando y estaban a la vista de todos. Sólo había que leerlos y contrastarlos. Pero muchos entonces prefirieron mirar para otro lado. E incluso algunas de estas personas cercanas que están padeciendo ahora esos efectos, prefieren seguir mirando para otro lado, en lugar de asumir que son consecuencia de la vacuna que se inocularon. A veces es demasiado duro aceptar el engaño o el error en que uno ha incurrido. Es mejor seguir negándose a ver.

Pero yendo aún más allá, algunas personas que, por sentirse parte de la gran masa vacunada frente a Covid-19, respaldaron las medidas discriminatorias contra los no-vacunados, como las restricciones y el pasaporte Covid, han contraído recientemente la enfermedad en su variante ómicron. Y han vivido en sus carnes esa discriminación, ese rechazo y esa exclusión irracionales en el trabajo o en el colegio. Y curiosamente ahora les toca a ellos sentirse víctimas. Paradojas de la vida.

Por suerte o por desgracia todo depende de nosotros. Todo. Toda esta farsa acabaría mañana mismo si decidiéramos no entrar en el juego de la narrativa de estos dos años. Bastaría con darle a la enfermedad y a la muerte el papel que tuvieron toda la vida. Vivimos en un tiempo en que estamos obsesionados por nuestro cuerpo: gimnasios, dietas, piercing, tatuajes... pero descuidamos estrepitosamente nuestra mente, y de lo que ésta se nutre. Y nos tragamos dócilmente todo lo que nos ponen por delante en la pantalla. Ya lo dijo Nietzsche: "aquellos que fueron vistos bailando, fueron considerados locos por quienes no podían escuchar la música". A lo mejor es cuestión de afinar el oído, aunque sólo sea un poquito. Quizás debamos agudizar la vista para cuando toque ver cosas que ya habíamos vivido. Y quizás hay que tomar rabillos de pasas, para la memoria.


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