domingo, 20 de febrero de 2022

Giro de guión (parte I)

Este verano pasado fue, quizás, el más duro de nuestra vida. Era el reencuentro con nuestros tres hijos, después de un largo año de estar separados de ellos: Pablo en Oklahoma, Samuel en Córdoba y Eva en Texas. Y durante esos meses en la distancia, el mundo se había vuelto absolutamente loco. Todo estaba "patas arriba". Y era momento de recomponer las piezas del puzzle, de dar coherencia al sinsentido, y de volver a anclar lo que quizás se había ido a la deriva. Había mucho que compartir. Todo un año de investigación, estudio y recopilación de evidencias de todo tipo, que permitiesen trascender las meras opiniones y creencias alrededor de la pandemia, para poder volver a andar sobre terreno firme. Sobre el terreno de nuestros principios y convicciones familiares. Había que mostrar las fuentes adecuadas, plantearse las preguntas que pocos se hacen, y superar la tendencia a pensar que todo es falso, o la frustración de no encontrar la verdad entre tanta desinformación. No todo es igual de falso, pero requiere esfuerzo encontrar respuestas. Todo ese proceso había que hacerlo en un tiempo récord, porque en septiembre, al menos los dos mayores, volverían a sus actuales universidades.

Andorra, julio 2021

Pero el "martilleo" de las noticias, de las redes sociales y de los círculos de amigos, ya había hecho su trabajo. La predisposición a tragarse el relato oficial era ya un hecho. Y nuestros intentos de contrastarlo y rebatirlo no sólo "caían en saco roto", sino que crearon fricción y enfrentamiento durante semanas. Ir contracorriente nunca es fácil. Hacerlo en la adolescencia o en la juventud, frente al criterio de tus iguales es casi un imposible. Poco importaba que estuviéramos en paisajes maravillosos de Andorra o Asturias: en la visión de la realidad parecía que ellos y nosotros estábamos "en las antípodas".

Mientras tanto, nuestras reflexiones y análisis, expuestos públicamente en nuestro canal de youtube, empezaron a crear malestar en nuestros entornos de familiares y amigos. Algunos, sutilmente, dejaron de dirigirnos la palabra. Otros, abiertamente, iniciaron hostilidades con nosotros. Se empezaba a abrir una enorme brecha a nuestro alrededor, con buena parte de quienes nos habían rodeado siempre. Y el 22 de julio decidimos dar el paso: silencio. Había mucho que compartir, y mucho que habíamos descubierto. Pero quienes necesitaban esa información no estaban dispuestos a escucharla. Y el resto ya la conocía o estaba conectado a las fuentes adecuadas para conocerla. ¿Tenía sentido seguir insistiendo? ¿Valía la pena tratar de convencer a quien no se abre a ser interpelado en sus creencias? ¿Quizás es que no era el momento para todas estas personas? De acuerdo. Había que confiar en el libre albedrío. También en el momento evolutivo de cada persona. Quizás unos años antes, nosotros también nos habríamos "cerrado en banda". Así que, por muy buenas que fueran nuestras intenciones, decidimos que era el momento de renunciar a convencer a nadie y de guardar silencio. Y así lo hicimos.

Pero con nuestros hijos no podíamos guardar silencio. Sentíamos que lo que estaba sucediendo era demasiado grave. Y que ellos se encontraban totalmente desarmados a nivel de información y criterio frente al "cacareo" de los medios y frente a los mantras repetidos una y otra vez por media Humanidad, aunque la lógica de esos mensajes y decisiones hiciera aguas por todos lados. Nos preocupaba su salud, la inexistente eficacia o necesidad de los pinchazos, y los numerosos efectos secundarios ya acreditados científicamente entonces (hoy ya la lista es interminable). Pero también nos preocupaba que estuvieran dispuestos a ceder tan tranquilamente esferas de libertad que ha costado décadas conseguir a nuestros antepasados, y que entrasen en una esfera de sometimiento interior con difícil vuelta atrás. Así que insistimos e insistimos hasta la saciedad. Fuimos unos auténticos "pesados", como los tres se encargaron de repetirnos reiteradamente. Pero forma parte de nuestro "sueldo" de padres. Y no íbamos a bajar los brazos. Aunque de pura desesperación, Mey y yo hablamos en varias ocasiones de dejarlo ir, y que "fuera lo que Dios quisiera". Necesitábamos un poco de paz, y la guerra era incesante, incluso en aquellos paisajes paradisíacos que nos acogieron aquellos días.

Camping en Babia (León), agosto 2021

El verano pasó. Pablo y Samuel volvieron a sus entornos universitarios. Eva inició el bachillerato internacional con nosotros. Y nosotros cruzamos los dedos. La presión que imaginábamos se produjo, incluso antes de lo esperado. Y fue mayor incluso de lo previsto. Los mensajes de audio, especialmente desde Estados Unidos empezaron a ser angustiosos. La presión "por tierra, mar y aire" comenzó a hacer mella en Pablo. Y en varias ocasiones, viendo su desánimo, nos temimos que sucumbiría. Las restricciones de movimientos, la abierta discriminación para ciertas posibilidades en becas, y su dudosa continuidad laboral, dibujaron un negro panorama si no se inoculaba. Lo único que pudimos hacer fue apoyar, apoyar y apoyar. Y rezar para que las semillas de tantas y tantas conversaciones durante el verano, fructificasen dentro de él.

Los padres, a veces, pensamos que todo depende de nosotros. Y se nos olvida que somos tan sólo unos compañeros de viaje en el camino de nuestros hijos. Unos compañeros privilegiados, eso sí. Pero tan sólo eso: compañeros de viaje. El proceso interior de cada uno de nuestros tres hijos ya estaba en marcha. Las tormentas del verano entre ellos y nosotros eran necesarias para afianzar su independencia y su capacidad de decisión. Pero dentro de ellos se había ido consolidando lo que le ha faltado a millones y millones de personas: criterio para separar la paja del trigo; curiosidad para buscar lo importante entre tanto ruido; determinación para no dejarse arrastrar por una avalancha imparable de miedo; fuerza interior para ser diferente y no temer ser señalado; firmeza para actuar en conciencia, para no verse coaccionado o condicionado, y para ejercer nuestros derechos con plenitud; serenidad para tener paciencia, templanza y tino frente a las prisas dominantes y a los globos-sonda; y por qué no decirlo: el respaldo y el apoyo de tu gente más cercana, si ya lo tenías claro, y no querías rendirte frente a tanta adversidad.

En las últimas semanas hemos hablado de esto con bastantes amigos cercanos. Algunos de ellos, con especiales dotes intelectuales o incluso espirituales. Pero han acabado rindiéndose, en algunos casos, casi contra su voluntad, frente a esa histeria colectiva de las inoculaciones y de la narrativa oficial. Y en todos esos casos ha faltado esa pizca de criterio. Esos segundos de discernimiento. Esa gota de arrojo para enfrentarse al "qué dirán". O ese pellizco de empuje para encontrar algo de luz rebuscando entre tanta oscuridad. Y ese pequeño átomo de energía es el que marca la diferencia. Es el que cruza o no la frontera de la rendición, del condicionamiento futuro, o de la autonomía y el empoderamiento, pase lo que pase.

Asturias, Agosto 2021
Tras el tomentoso verano, el curso avanza con determinación para nuestros tres hijos. Eva crece en madurez día a día, en su particular batalla en un complicadísimo bachillerato internacional, que sigue tratando de compaginar con su 9º año de estudios musicales en el conservatorio. Continúa manteniéndose firme frente a las decisiones de todos sus compañeros respecto al "pinchazo" y al pasaporte Covid, y frente a los esporádicos "tiritos" manipuladores de algún que otro profesor al respecto. Y encaró con una madurez y deportividad impropias de su edad, el renunciar a la carrera por UWC, que había llevado a Pablo a Italia y hoy a EEUU, porque se impuso también el injusto y absurdo requisito de la vacunación en el proceso de selección. Se había quedado tan sólo a 0,09 puntos de estar en la final el pasado año, y tenía todas las papeletas para conseguirlo éste. Pero hay chantajes inaceptables, y ni se despeinó con la decisión.

Samuel sigue "saliéndose" en Física en Córdoba: parece que ha encontrado su sitio y su vocación. Y estos meses de pandemia los está encajando como es él: una "anguila" que sabe sortear opiniones y decisiones de su entorno con discreción y sin aspavientos. Eso sí: haciendo al final lo que le da la real gana, y sin que le importe mucho lo que opinen los demás.

Y Pablo es probablemente el que más está sufriendo el "temita". Sus resultados académicos también han sido espectaculares. Pero a las presiones enormes que ha sufrido su novia, se unió las que él mismo padeció durante meses. Sus dudas del verano se han transformado en un torrente de energía y convicción frente a las barbaridades e injusticias que le está tocando comprobar por sí mismo. Y en esto probablemente han influido varias cosas. Por un lado, ha dejado de temer por ser o decidir diferente a su gente. De hecho, su gente ha empezado a valorar mucho en él esa fuerza para ir a contracorriente, guiado por sus principios y su incesante búsqueda de respuestas. Por otro lado, por el camino ha tenido que cambiar ese trabajo que compagina con los estudios, dejando el supermercado, y pasando a ser asesor informático a distancia. No iba a sucumbir a la presión de la normativa del gobierno federal para que se inoculase, y el ofrecimiento por personas cercanas de respaldo (incluso económico) para no ceder, también le ayudó. Decidió no rendirse y cambiar de trabajo. Y por el camino, la justicia americana deshizo esa restricción laboral para los no-vacunados, indefendible ya a la luz de las evidencias científicas y de los hechos. Está encantado con el cambio, y además le ayudará a hacer currículum. Ahora afronta nuevos dilemas pandémicos. Tenía muchas posibilidades de que le dieran una beca para continuar sus estudios durante un semestre en Paris o Estocolmo a partir de septiembre. Pero de nuevo el absurdo requisito de la obligatoria vacunación se interpuso, y ha tenido que renunciar a ello por ahora. Y la lucha se centra en estos momentos en si eliminan el requisito de estar vacunado para volver a entrar a EEUU. Porque si no, quizás no tenga sentido arriesgarse a volar a casa para pasar el verano, si luego no le van a dejar volver a Oklahoma. Eso sería dolorosísimo para él. Pero inocularse ya no es una opción. Esperemos que llegue algo de cordura pronto.

Pico La Serrera (Andorra), julio 2021
Nunca se sabe cuándo va a dar un giro el guión de nuestra vida. Las verdades más absolutas se vuelven, de repente, engaños que no entendemos cómo pudimos tragarnos antes. Lo que siempre descartamos como auténticas paranoias absurdas, a veces, se confirma por la tozudez de los hechos. Quienes siempre pensamos que eran unos "pesados", pueden convertirse en nuestro último clavo ardiendo. Y quienes siempre creímos que eran nuestro férreo sostén y máximos aliados, de repente se convierten en una pesada losa para nuestro crecimiento y evolución consciencial.  Por eso no se trata de convencer a nadie. Sino de construir, construir y construir. Empezando por nosotros mismos. Porque cada uno vive su proceso evolutivo a su ritmo. Y erigirse en dador de verdad no es labor de nadie. Todos vivimos antes o después un momento de oscuridad, de zozobra e incertidumbre, mientras otros, a la vez, viven en la luz, en la plenitud y en el gozo. En un momento podemos ser víctimas, y en el siguiente quizás verdugos sin saberlo. Los resortes de la vida pueden darse la vuelta, para que nuestro proceso de aprendizaje se despliegue en plenitud. Y la vida es muy larga, y llena de decisiones que van mucho más allá de vacunarse o no. De hecho, esta historia aún no ha acabado, y deberemos estar fuertes para sus nuevos episodios. Por eso se trata sólo de compartir vivencias y aprendizajes propios. Sin insistir. Respetando ritmos y momentos vitales. Y a quien deba llegarle el mensaje, le llegará. Y a quien no, quizás es porque debía ser así en ese momento para esa persona y para lo que le rodea. 

Hace unas semanas falleció a los 95 años  Thich Nhat Hanh, símbolo de la no-violencia y del impulso de la meditación y el mindfulness en occidente. En uno de sus poemas, titulado "Llámame por mis verdaderos nombres", aborda con rotundidad la gran verdad de que todos somos UNO, y de que puede que nos toque vivir las dos orillas de la realidad, en un incesante giro del guión de nuestra vida:

(...)

Soy una rana que nada feliz

en el agua clara de un estanque,

y soy la culebra que se acerca

sigilosa para alimentarse de la rana.


Soy el niño de Uganda, todo piel y huesos,

con piernas delgadas como cañas de bambú,

y soy el comerciante de armas

que vende armas mortales a Uganda.


Soy la niña de 12 años

refugiada en un pequeño bote,

que se arroja al mar

tras haber sido violada por un pirata,

y soy el pirata

cuyo corazón es incapaz de amar.


Soy el miembro del Politburó

con todo el poder en mis manos,

y soy el hombre que ha de pagar

su deuda de sangre a mi pueblo,

muriendo lentamente

en un campo de concentración.

(...)

Prométeme:

aun si te abaten

con una montaña de violencia y odio,

aun si te pisan y aplastan

como a un gusano,

aun si te rompen y destripan,

que recordarás, hermano,

recordarás

que el hombre no es nuestro enemigo.


Lo único digno de ti es la compasión:

invencible, ilimitada, incondicional.

El odio nunca te dejará enfrentarte a la bestia en el hombre.


Y un día, cuando te enfrentes a esta bestia solo,

con tu valor intacto, los ojos tranquilos,

llenos de bondad, (aunque nadie los vea),

de tu sonrisa

nacerá una flor.

(...)


domingo, 13 de febrero de 2022

Obediencia sin con(s)ciencia (parte II)

La decisión estaba tomada. Mi posicionamiento era claro. Lo había expresado públicamente. Ya no había marcha atrás. Y mi conciencia estaba en calma. Esa era "la prueba del algodón". Esa que te dice que has obrado conforme a los principios de lo correcto o lo incorrecto. Pero algo no iba bien. Se sucedían los días, y aquel nudo en el pecho continuaba. Sentía que me habían faltado al respeto. Que había sido humillado públicamente y de forma injusta, precisamente por cumplir mis obligaciones. Que todo el personal del edificio estaría comentando lo que había sucedido. Y que me había quedado solo ante el abismo.

Bessi en Pixabay
Si mi decisión había sido la correcta, ¿por qué esos sentimientos? ¿Por qué me sentía víctima de una "encerrona" o de lo que injustamente me habían "liado"? ¿Por qué estaba tan dolorido y ofendido? ¿Por qué, en mi fuero interno, reprochaba al resto de compañeros jefes que no se hubieran rebelado también y me sentía inclinado a castigarles con mi enfado o mi indiferencia?¿Por qué percibía con tanta fuerza que había una conversación pendiente con quienes me habían ofendido? ¿Por qué incluso llegué a poner por escrito los argumentos de lo que les tendría que decir tarde o temprano?

Dejé pasar los días. Cuando hay tantas fuerzas pululando por nuestro interior, es mejor que todo se asiente. No tomar decisiones en caliente. No mudarse en plena tormenta. Y en un paseo por la playa vi la luz con Mey, mi mujer. Lo vi claro. Y su perspectiva coincidía con la de un buen amigo, que me había insinuado algo parecido. Siendo personas tan diferentes, había que indagar por ahí.

Nos gustaría ejercer nuestra libertad. Optar por lo correcto. Actuar en conciencia. Y desobedecer, cuando esa conciencia nos dice que no es admisible algo así. Pero a la vez, nos gustaría que nos dieran la razón por esa desobediencia. Que nos dieran una palmadita en la espalda por la valentía de encarar lo injusto. Que se disculparan. Y por qué no, ya que estamos: poder salir a hombros, entre vítores, de la oficina. A fin de cuentas, ese es el papel de nuestro ego. Para eso está. La clave radica en si estamos dispuestos a identificarnos con él, o si somos mucho más que nuestro ego.

En el fondo, dentro de cada uno de nosotr@s, habita un niño o una niña. Seguimos necesitando que nos quieran, nos valoren o nos presten atención, como cuando éramos pequeños. Y por eso somos obedientes a las órdenes que nos dan. Sean del gobierno, de nuestro jefe, de los medios de comunicación, de la OMS, o de nuestro círculo de amigos y familiares. Pero a veces nos toca crecer. Y darnos cuenta que esas órdenes son injustas, absurdas o dañinas. Y cruzamos la peligrosa frontera de lo que se espera de nosotros, y nos rebelamos. Pero como seguimos siendo niños, esperamos que nos sigan queriendo, valorando o prestando atención. Y a quienes dan esas órdenes o consignas ya les hacemos menos gracia por nuestra osadía. Vamos, lo previsible. Y entonces nos toca trabajárnoslo. Porque si no lo hacemos, esa sensación de insatisfacción y desequilibrio por haber hecho lo correcto, pero recibir "palos" por ello, nos puede amargar la existencia.

Lukas_Rychvalsky en Pixabay
Está bien no tener miedo de defender lo justo. Está bien seguir nuestra conciencia. Pero, ¿estamos preparados para ser tachados de malos, irresponsables o insolidarios por ello? ¿Estamos dispuestos a no caer bien a todo el mundo tras ese paso o a aceptar que opinen mal de nosotros, por actuar distinto? ¿Estamos listos para romper las cadenas de la esclavitud de lo que opinen los demás, a ser diferentes, a ir contracorriente? A eso nos invita el equilibrio interno. A eso nos invita la conSciencia (con "S" en medio).

Dice la Real Academia de la Lengua que la "consciencia" es el conocimiento inmediato o espontáneo que uno tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. Se trata de conocernos a nosotros mismos, de conocer el entorno, y de interactuar con él. Y ese proceso, si es sano, nos debería llevar al equilibrio. El problema es, cuando al interactuar, sea con nuestra familia o pareja, sea con el trabajo, o sea con la sociedad, se generan bloqueos internos, reacciones que nos dañan por dentro, conflictos que no logramos atajar. Y ahí, aunque hayamos actuado en conciencia optando por lo correcto, si para encajar las consecuencias no desplegamos nuestra conSciencia (con "S"), flaco favor nos habremos hecho a nosotros, y flaco favor haremos a la causa que pretendíamos defender.

Stephen Karpman, como nos recordaba un amigo estos días, lo explica muy bien con su "Triángulo Dramático". Según él, la mayor parte de nuestros conflictos internos surgen porque hemos adoptado en relación a nuestro entorno un rol de perseguidor, de salvador o de víctima, cambiando de un rol a otro, dependiendo de cada situación. ¿Y si aquel jueves entré en aquella reunión en plan "perseguidor" juzgando y despertando con ello rabia o frustración en mi jefe? ¿O quizás aquel jueves me puse el traje de "salvador", preocupándome en exceso por aquel problema de protección de datos, prestando una ayuda que quizás ni se esperaba de mi, o asumiendo una responsabilidad exagerada, y no sintiéndome reconocido por el esfuerzo? ¿Y si quizás salí de la reunión de aquel jueves en modo "víctima", quejándome por lo que me habían hecho, buscando la empatía ajena o directamente la lástima? Si yo pude ponerme esos tres "trajes" en distintos momentos de aquel episodio, ¿qué trajes se pusieron los demás al interactuar conmigo? Sin duda, el lío se monta. Y se retroalimenta aún más.

dima_goroziya en Pixabay
Pero hay salida. A través de la conSciencia, podemos reconocer nuestra actitud en cada situación, y asumir nuestra responsabilidad para transformarla en otra más favorable. Para la próxima reunión o circunstancia injusta que vea en el trabajo o en la vida, quizás podría cambiarme el traje de "perseguidor", no pretender llevar la razón, y ponerme el traje de "retador", planteando desafíos para que los otros cojan "el toro por los cuernos". Para la próxima, quizás en vez de ir de "salvador", podría decirme a mí mismo "no", ponerme límites a ese "ir resolviendo la vida a los demás", y vestirme de "facilitador", que da apoyo pero permite que los otros sean los protagonistas. Y cuando me lleguen los "palos", en vez de ir de "víctima", quizás debería recuperar antes la confianza, y pasar al rol de "creador", diseñando mis propias decisiones y mi respuesta a un mundo a veces absurdo.

Vivimos tiempos muy complicados. Estamos rodeados por todas partes. Ahí fuera hay un mundo exterior que se descompone a base de miedo, injusticias y sinsentido. Pero aquí dentro de cada uno de nosotros, también hay otro mundo interno que puede desequilibrarse. Y que hoy, más que nunca, se está desequilibrando de hecho, precisamente por la que se está montando en el mundo exterior. Y lo cierto es que podemos "meter la pata" en ambos mundos. En el mundo exterior, obedeciendo y actuando sin conciencia, en relación a lo que es justo o verdadero. Y en el mundo interior y espiritual, sometiéndonos a unos roles y a unos desequilibrios que nos llevan a todo tipo de esclavitudes. Y lo sentimos mucho, pero para ser feliz, no vale sólo con aprobar en uno de esos dos mundos. Hay que sacar nota en los dos. Y habrá que sacar fuerzas de flaqueza. Porque, por un lado, nos tocará ir contracorriente, cuando el mundo exterior nos plantee una locura, un absurdo o directamente una injusticia. Y, por otro lado, nos tocará luchar contra la inercia del desánimo, de la reactividad, y del dolor de nuestro mundo interno, cuando nuestros roles se desequilibren.

Aquel jueves cualquiera, en una reunión de trabajo cualquiera, mis dos mundos se pusieron a prueba. Y no hay solución buena ni solución mala. Sólo hay camino, camino y camino. Y para hacer camino, todo es perfecto, todo vale, todo te enseña. Buscando el equilibrio. Conociéndote cada vez más. Aprendiendo para la próxima. Y compartiendo ese aprendizaje.


PD: Puede que en ese mundo exterior, muchos tengáis la sensación de que habéis cometido errores, que habéis sido engañados, o que no encajáis. Y quizás sentís que hay que hacer un giro en el guión de vuestra vida. De eso irá nuestro próximo post ;)


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sábado, 5 de febrero de 2022

Obediencia sin con(s)ciencia (parte I)

Salí de la reunión de aquel jueves con palpitaciones. Me sentí menospreciado y señalado públicamente ante el resto de mis compañeros jefes. Las faltas de respeto fueron presenciadas por todos. Y aguantar las ganas de responder por evitar entrar en confrontación fue durísimo para mí, que tengo mi genio.

harutmovsisyan en Pixabay
He dudado mucho en si escribir al respecto. Me he dado más de una semana para madurarlo. No quiero perjudicar a la Administración Pública para la que trabajo, y por eso no doy datos de ningún tipo. Tampoco quiero perjudicar a quienes me han ofendido o me estarán criticando a mis espaldas. Esto no va de revanchas, de confrontación o de cuentas pendientes. Tarde o temprano esta locura pandémica se estabilizará, la crispación reinante ahora se apaciguará, y habrá que reconstruir los puentes y los acuerdos. Pero es importante compartir lo que está pasando. Por respaldar a las miles y miles de personas que estarán sufriendo tragos similares. Para hacernos fuertes entre tanto sinsentido. Por dar la importancia que tienen los miles de gestos cotidianos que apuestan por no doblegarse, por no bajar los brazos, y por conformar esa tribu de guerreros por un mundo diferente. Sin acritud, sin virulencia, sin enfrentamientos. Pero es momento de decir NO. Y ese pequeñísimo gesto, ese insignificante momento de afirmación personal frente al absurdo, hace que todo sea distinto. Te reconcilia con tus principios y con lo que consideras que es correcto. Con tu conciencia y con la conciencia universal. ¿Acaso existe mayor victoria que esa? 

La verdad es que no esperaba que pudiera pasar algo así, precisamente por cumplir mis obligaciones. Nos convocaron a una reunión para revisar el nuevo protocolo Covid. En él, se establecían unas consecuencias distintas para los contagiados, dependiendo de si se habían vacunado o no. Unos no tendrían que hacer cuarentena de varios días y otros sí. Ya de por sí, eso es un sinsentido a estas alturas, dados los abundantes estudios y la evidencia fáctica que vemos a diario: todos vacunados, todos contagiados. Pero no quise debatir ese asunto, para el que ni teníamos competencia ni capacidad de decisión. Aunque como tengo asignadas responsabilidades regionales en materia de gestión de datos, y he estado trabajando intensamente en el registro de actividades de tratamiento, quise al menos plantear mis dudas sobre la legalidad de algunas medidas que sí que nos afectaban. El protocolo plantea que rellenemos un formulario con nombres y apellidos, con la "información a comunicar por el responsable de la unidad administrativa en casos sospechosos, casos probables, o casos confirmados de contagio por coronavirus". Y aparte de todos los datos personales del compañero/a en cuestión, se nos pregunta sobre sus síntomas, toma de muestras, fechas, tipo de test y resultado, si está o no vacunado, si con pauta completa o no, y en un listado final, nos solicitan nombre, apellidos, fecha y teléfono de las personas no vacunadas o inmunodeprimidas. Al pie del formulario deberíamos firmar y poner nuestro puesto o cargo. Nada más y nada menos. Fue leer el protocolo, y apenas me podía creer que se estuviera planteando algo así. Era de manual. No sólo porque los jefes no tenemos ninguna habilitación legal para el tratamiento de datos sanitarios, que son del máximo nivel de protección (acarreando cuantiosas multas si se incumple la ley en este punto). Sino porque, por simple sentido común, si hace dos años nos hubieran pedido algo así sobre quién tenía el SIDA, sobre si había pasado la sífilis, o sobre si se había vacunado contra la viruela, nos habría parecido una aberración. Y sin embargo, ahora todo el mundo parece verlo normal, o al menos mira para otro lado. Igual que si un camarero, sin autoridad legal para ello, nos pide nuestro DNI o nuestra información sanitaria confidencial para poder tomar un café. El mundo al revés, vamos.

geralt en Pixabay
Sopesé mucho qué hacer. Tenía claro que no podía participar en dicho protocolo, al menos hasta consultar con el máximo responsable regional de protección de datos si se había revisado este despropósito. Pero, ¿debía manifestar mis dudas al resto del equipo directivo? Creí que mi obligación era hacerlo. Pero como los ánimos se encienden cuando se habla de Covid, y odio las confrontaciones, preferí hablarlo en privado  con el máximo responsable de mi provincia, un rato antes de la reunión de jefes convocada al efecto. Apenas se sintió interpelado por mis argumentos. Ni siquiera se abrió a la posibilidad de elevar consultas a nuestros superiores. Tampoco se dio lugar al debate sobre la interpretación del protocolo a la luz del principio de legalidad de la normativa española y europea de protección de datos. Para él eran órdenes directas de arriba, y había que cumplirlas. Yo no daba crédito. Y manifestada mi preocupación, decidí guardar silencio en la posterior reunión de jefes. Mis argumentos y reticencias ya estaban expresados. Poco más cabía añadir. Pero "mi gozo en un pozo". Para  mi sorpresa, como todos callaban, se me instó a intervenir y pronunciarme en la reunión. Y entonces ya entendí de qué iba todo esto. No iba de argumentos técnicos, de interpretaciones de normas u órdenes aparentemente contradictorias o irreconciliables, o del principio de legalidad. Iba de obediencia. De conmigo o contra mi. De acatamiento o desobediencia. De dejar fuera de juego al disidente. De acallar, amedrentar o ridiculizar al discrepante. De anular el debate. Y en definitiva, de repetir exactamente lo que viene sucediendo en la pandemia, donde los muchos estudios científicos dicen una cosa, y las autoridades sanitarias imponen unas restricciones, reconociendo ya abiertamente que no por razones sanitarias, sino para forzar la voluntad de quienes cuestionan sus medidas en base a esas mismas evidencias científicas. 

Me sentí humillado y ninguneado por algunas de las expresiones y formas empleadas en la reunión. Pero no quise entrar en una dinámica reactiva. A pesar de lo absurdo de estos protocolos, sólo quería cumplir con el rigor que me exigen mis responsabilidades. Sólo quise estar a la altura de mi cargo y dar respuesta al motivo de esa reunión. En ningún momento traté de boicotear el protocolo, sino de que esa información confidencial circulase directamente desde la persona afectada al destinatario, sin que fuera "manoseada" por decenas de manos. Al menos, técnicamente, algunas intervenciones me respaldaron, y la inquina inicial se sosegó algo. Pero salvo yo, nadie puso en duda la obediencia a una medida tan ridícula, pudiendo solucionarse todo con un email directo del afectado a Recursos Humanos o al máximo encargado en la materia. Los tiempos son propicios para el esperpento. No descarto que la AEPD llegue a aceptar algo así. Aunque a quienes nos chirría todo esto tanto, debería permitírsenos que dudemos de tanta excepcionalidad absurda, cuando la ley y las normas están precisamente para protegernos de estos abusos.

qimono en Pixabay
En esa reunión entendí por fin una interrogante que me atormentaba desde hace meses. No lograba entender la aparente pasividad de tantos médicos y científicos ante las abrumadoras evidencias científicas entorno a la pandemia. Es claro que no son cómplices de ningún plan raro, pero ¿cómo podía ser que siguieran aconsejando una vacunas con tantísimos efectos secundarios y con tan escaso o nulo beneficio? ¿Acaso no estaban al tanto de las numerosísimas publicaciones que hay ya? ¿Es que no estaban nada más que pendientes de obedecer unos protocolos sanitarios? ¿Cómo podía ser que no estuvieran actuando conforme al principio "primum non nocere", es decir, “primero, no hacer daño”? En mi reunión del jueves me quedó claro el motivo. Y eso que mi discrepancia en materia de protección de datos personales es "juego de niños", comparado con la defensa de la salud humana.

Qué pronto se olvida la Historia. En los juicios de Nuremberg en 1945-46, se asentó el criterio de que alegar el cumplimiento de órdenes superiores no es una defensa por crímenes de guerra, con el famoso Principio IV de Nuremberg, que establece: "El hecho de que una persona haya actuado de conformidad con las órdenes de su Gobierno o de un superior no la exime de responsabilidad en virtud del derecho internacional, siempre que en realidad tuviera la posibilidad de elegir moralmente". Por ahora, quizás nada de esto vaya de crímenes de guerra. Pero alguna conclusión sobre la obediencia ciega se podría sacar, creo yo.

Desconozco si habrá consecuencias disciplinarias de mi objeción de conciencia a ser parte de algo así sin hacer las consultas pertinentes. Por fortuna, hay algo que tengo muy claro: no soy el trabajo que desempeño. No soy el cargo o la responsabilidad que ostento. Soy muchas cosas más que eso. Pero quizás nos aferramos al trabajo o al cargo por miedo a perderlo, a perder dinero o a perder prestigio o poder. Pero ¿qué pasa si no existe ese miedo? Que eres libre de actuar en conciencia. Y esa  conciencia te lleva a indagar, a profundizar, a preguntarte los "por qué" y los "para qué", a buscar caminos no explorados. Y te lleva a no venderte por nada que no pase el filtro de tus principios. Y por eso es difícil domesticarte o dominarte.

Las personas que más nos han impactado en esta pandemia por su valentía, por su rigor o por su entereza "contra viento y marea", han sido quienes tenían todo esto muy claro. Por eso, aunque algunos compañeros de trabajo, cegados por el cariño y por los resultados, me dibujaban un halagüeño panorama de ascensos y alfombras rojas, yo siempre digo que eso es muy difícil. Porque en estos tiempos que corren, la obediencia ciega cotiza más que la eficacia, la eficiencia o la innovación. Y poco iba a "pegar" yo ahí, la verdad.

E ironías de la vida o de los protocolos "covidiotas": a raíz de desayunar hace dos días con un compañero que ha dado positivo, aunque estoy perfectamente, se me conmina a permanecer en cuarentena en casa siete días desde ayer. Es el "castigo" o la "discriminación" por no estar vacunado, dé o no positivo. He manifestado mi oposición a un absurdo así, y ayer pensaba ir a la oficina, pues trabajo solo en mi despacho, doy negativo y estoy por ahora en perfecto estado de salud. Pero cómo vamos a cuestionar el santo protocolo...¡por dios!

En la reunión de aquel jueves, me acordé de un truco secreto que no falla cuando se presenta una de estas encrucijadas de la vida, que últimamente se repiten demasiado en estos momentos que nos ha tocado vivir. El truco es éste: me imagino que mis hijos estuvieran presenciando esa escena, y me pregunto: ¿cómo me gustaría que me vieran? ¿Timorato y aceptando las imposiciones sin sentido, o defendiendo con entereza lo que es correcto, simple y llanamente porque lo es? ¿Cuál sería el mejor ejemplo que podría darles a mis hijos si estuvieran viendo esto? Si dejas que estas preguntas calen en tu mente y en tu corazón, caben pocas alternativas, la verdad. Porque luego bien que solemos cargar sobre las espaldas de los jóvenes la responsabilidad de construir un mundo diferente para vivir. ¿Cómo va a ser eso, si no les damos el ejemplo y las herramientas para hacerlo?

Según parece, estos tiempos exigen no hacernos preguntas. Tirarnos por la ventana, si así nos lo piden. Es como decía Groucho Marx: “¿A quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos?”. Lo siento, pero obediencia sólo cuando toque. Y sin conciencia, nunca.

PD: Uno podría pensar que el post, con esta decisión, quedaba cerrado. Pero no. Debía entender mi malestar interno durante todos estos días. Anoche lo descubrí con mi gurú particular, Mey. Y tiene enjundia. Por eso hay una segunda parte de este post. La clave está en el paréntesis del título y en la "S". (CONTINUARÁ)


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domingo, 23 de enero de 2022

Déjà vu

Hace tres meses, el 21 de octubre de 2021, salió a la luz una noticia que pasó inadvertida, y que sin embargo, podría haber arrojado luz a millones de personas que andan perdidas, llenas de miedo e incertidumbre en medio de esta pandemia. En ella se decía que "La farmacéutica Purdue Pharma pagará 8.340 millones de dólares por la crisis de los opiáceos". Y hace apenas un mes salía otra que decía que "Una jueza de EE.UU. anula el acuerdo de bancarrota de la farmacéutica Purdue". Quien haya visto la serie Dopesick (que os aconsejamos encarecidamente) sabrá que dicha crisis se produjo cuando en 1995, los hermanos Sackler lanzaron al mercado el OxyContin. Éste era un opioide tres veces más potente que la morfina. Purdue Pharma lo comercializó en pastillas de 10, 80 y 160 miligramos, nada más y nada menos. Y era tan potente que si se comparara con un arma contra el dolor, estaríamos hablando de una bomba nuclear. Pero el medicamento, cuyo uso debía circunscribirse sólo a pacientes con cánceres terminales o recién salidos de una agresiva cirugía, se recomendó y prescribió, con el consentimiento de la FDA, para cualquier persona con dolores severos o crónicos, aunque acabó abriéndose la mano a dolores de todo tipo. Por ilustrar el sinsentido de aquello, Williamson, en Virginia Occidental, un municipio de no más de 3.000 personas, recibió entre 2006 y 2016 más de 20 millones de pastillas. Fue el estado con la tasa más alta de EEUU de muertes por sobredosis de opiáceos: 57,3 por cada 100.000 habitantes en 2017, año en el que los reportajes sobre esta realidad le valieron el Pulitzer a Eric Eyre. Hubo 3.000 denuncias y casi 500.000 muertes entre 1997 y 2019 asociadas a distintos medicamentos como éste, que se vendieron masivamente como un milagro que no generaba adicción.

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¿Por qué decimos que podría haber arrojado mucha luz respecto a nuestra pandemia actual? Pues porque las tácticas de entonces, se han repetido milimétricamente en estos dos últimos años, aunque adaptadas al SARS-COV-2 y a sus inoculaciones. En aquel entonces, la farmacéutica Purdue Pharma tuvo en nómina a un agente de la FDA, Curtis Wright, encargado de autorizar la venta de OxyContin. Además, sobornaron a cientos de profesionales. Lanzaron una campaña para concienciar a la opinión pública de que la sanidad no trataba el dolor en los EEUU. Se sacaron "de la chistera" escalas de medición del dolor. Influyeron para negar la certeza empírica de que la toma continuada de opiáceos genera adicción. Y como consecuencia de todas esas prácticas, se generó una gigantesca epidemia de adicciones, muerte y delincuencia. Tanto fue así, que la familia Sackler pasó de ser un referente mundial de filantropía, a convertirse en un emblema de la crisis de los opioides que azotó a Estados Unidos. Y de ser más ricos que incluso los Rockefeller, según Forbes, han pasado a ser públicamente rechazados. La prestigiosa Universidad de Tufts, en Boston, decidió quitar el apellido Sackler de los programas y edificios construidos gracias a sus donaciones, tras haber recibido unos 15 millones de dólares. El Museo de Arte Metropolitano de Nueva York, el Louvre de París y la Tate Modern de Londres, entre otros, también han eliminado a los Sackler de sus muros y han informado de que no aceptarán más regalos provenientes de esta dinastía farmacéutica.


Resulta muy doloroso comprobar cómo podemos tropezar dos veces en la misma piedra. Pero lo es aún más, cuando la "piedra" actual genera dolor a toda la Humanidad, incluidos los niños; cuando se han firmado acuerdos de exención de responsabilidad para las multinacionales farmacéuticas; y cuando se están utilizando prácticas mafiosas desde los propios gobiernos para señalar, presionar y excluir socialmente a quienes no acceden a administrarse las inoculaciones experimentales frente al Covid-19. Este "déjà vu" parece habernos servido de bien poco para corregir el rumbo.

Quizás pueda sonar lejano en el tiempo. Pero es de antes de ayer, como el que dice. Y hablando de esta misma pandemia, en Illinois (EEUU), la familia de un paciente que estaba hospitalizado con COVID-19 en la UCI, a punto ya de morir, interpuso una demanda para que le administrasen Ivermectina. El hospital se negaba, pero el Juez consideró que era su derecho. Después de haber estado en coma inducido y con ventilación asistida durante tres semanas sin mejora, el paciente recibió Ivermectina inyectada, y su mejoría fue tal que salió caminando del hospital y respirando perfectamente. Uno podría pensar que la historia acababa con final feliz. Pero no. Lo que fue noticia es que, a pesar de haber ganado la querella legal el paciente, y a pesar de haber salido de su grave situación clínica, el hospital apeló la decisión. Es decir: no le bastaba con la evidencia de su recuperación. Necesitaba batallar para evitar que se "abriese la veda" a tratamientos de coste irrisorio comparados con los de la "verdad oficial". Comportamientos de soberbia y avaricia que parecen repetirse.

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Hay escenas, situaciones, comportamientos o eventos que, de repente, nos generan una sensación de familiaridad. ¡Eso lo hemos vivido antes! O quizás lo hemos visto u oído en algún sitio. Y si tenemos la suficiente curiosidad o la consciencia suficientemente despierta, seremos capaces de "tirar del hilo" de los recuerdos, y rescatar aquel momento. Muchas veces tiene mucho que aportarnos. Puede que se presente en nuestra vida de forma reiterada para ayudarnos a aprender algo. Quizás para aprobar ciertas asignaturas de la vida. O puede que para que no repitamos errores del pasado una y otra vez. El problema es que no todo el mundo está dispuesto a ello. Quizás porque puede suponer tener que enfrentarse a miedos o incertidumbres que nos superan. Quizás porque es más fácil actuar como todo el mundo, y mirar para otro lado. Sin cuestionarse. Sin recordar.

¿No os chirrían demasiadas cosas ya, tras estos dos años? Que te pidan un certificado para poder ir a tomar un café con tu marido o con tu novia. Que te impidan trabajar si no te has puesto las dosis de turno. Que haya millones de personas que no quieran estar con sus familiares y amigos por miedo al contagio. Que estemos "hipercontrolados" a través de nuestro móvil. Que en vez de señalar a quienes decidieron medidas injustas, declaradas luego ilegales en muchos casos y que fueron catastróficas para la economía, se utilice de "cabeza de turco" el ridículo porcentaje de no-vacunados. Que muchos esperen que una una ley solucione lo que deben solucionar ellos mismos, o que obedezcan esa ley incluso en la intimidad como si fuera creadora de "la verdad" o como si siempre fuera justa. Que se inviertan miles de millones de euros en unas inoculaciones experimentales que ya se han demostrado ineficaces e inseguras, pero sobre todo innecesarias en la mayor parte de los tramos de edad. Que se haya dejado a su suerte al resto de enfermedades y a los colectivos más vulnerables, anulando la atención primaria, y creando un problema de suicidios y enfermedades mentales como nunca hubo. Que sistemáticamente se censure al que aporta evidencias distintas a la verdad oficial. Que los medios silencien los centenares de estudios que ponen en tela de juicio las medidas y estrategias sanitarias que se están siguiendo. Que pidamos un test a nuestro hermano/a para que pueda sentarse a nuestra mesa. Que una inmensa mayoría vaya con mascarilla cuando camina por la calle, cuando conduce su vehículo, o cuando pasea por el campo o la playa en soledad, habiendo ya multitud de estudios que evidencian ese sinsentido. Que se discrimine e incluso señale públicamente a los ciudadanos por motivos ideológicos o sanitarios. Que millones de personas estén forjando su opinión sin ni siquiera haber dedicado tiempo para respaldarla, tan sólo por lo que les dicen los medios o quienes se han tragado lo que dicen los medios. Que exista un empeño tan obsceno en que cedamos nuestra voluntad al inocularnos (eso sí, con amenazas y advertencias apocalípticas de todo tipo) en vez de directamente imponerlo obligatorio, y que luego esas advertencias y amenazas se diluyan como consecuencia de la dinámica de globos-sonda. A nosotros, desde hace dos años, hay demasiadas cosas que nos chirrían, sin necesidad siquiera de buscar su autoría ni su origen. Nos suenan ya a prácticas repetidas. Sí, de nuevo a "déjà vu". Y vemos con claridad que si los ciudadanos acabamos normalizando lo anormal y acostumbrándonos a actuar contra la libertad en pro de una falsa seguridad o de una abstracta "salud pública", finalmente no tendremos ninguna de las dos cosas.

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Por desgracia, en nuestros entornos se están reproduciendo ya algunos de los numerosísimos efectos adversos a las inoculaciones que empezamos a compartir desde hace meses. No eran ningún secreto. Aquellos estudios científicos se han ido publicando y estaban a la vista de todos. Sólo había que leerlos y contrastarlos. Pero muchos entonces prefirieron mirar para otro lado. E incluso algunas de estas personas cercanas que están padeciendo ahora esos efectos, prefieren seguir mirando para otro lado, en lugar de asumir que son consecuencia de la vacuna que se inocularon. A veces es demasiado duro aceptar el engaño o el error en que uno ha incurrido. Es mejor seguir negándose a ver.

Pero yendo aún más allá, algunas personas que, por sentirse parte de la gran masa vacunada frente a Covid-19, respaldaron las medidas discriminatorias contra los no-vacunados, como las restricciones y el pasaporte Covid, han contraído recientemente la enfermedad en su variante ómicron. Y han vivido en sus carnes esa discriminación, ese rechazo y esa exclusión irracionales en el trabajo o en el colegio. Y curiosamente ahora les toca a ellos sentirse víctimas. Paradojas de la vida.

Por suerte o por desgracia todo depende de nosotros. Todo. Toda esta farsa acabaría mañana mismo si decidiéramos no entrar en el juego de la narrativa de estos dos años. Bastaría con darle a la enfermedad y a la muerte el papel que tuvieron toda la vida. Vivimos en un tiempo en que estamos obsesionados por nuestro cuerpo: gimnasios, dietas, piercing, tatuajes... pero descuidamos estrepitosamente nuestra mente, y de lo que ésta se nutre. Y nos tragamos dócilmente todo lo que nos ponen por delante en la pantalla. Ya lo dijo Nietzsche: "aquellos que fueron vistos bailando, fueron considerados locos por quienes no podían escuchar la música". A lo mejor es cuestión de afinar el oído, aunque sólo sea un poquito. Quizás debamos agudizar la vista para cuando toque ver cosas que ya habíamos vivido. Y quizás hay que tomar rabillos de pasas, para la memoria.


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lunes, 17 de enero de 2022

¿Hay alguien ahí?

A  los 16 años llegué a la conclusión y a la más completa certeza de que estaba sola en este mundo. Podíamos caminar rodeados de gente, quedar para charlar o salir, pero todo se quedaba en la superficie. Por más que intentara comunicarme y acceder al exterior, mi mundo interior era tan diferente que me daba la impresión de ser una alienígena en un planeta desconocido. Las personas somos islas flotando en un mar inmenso, pero al fin y al cabo  islas. Estaba convencida de ello.

Tarifa, Dic. 2021
Al principio me embargó una profunda tristeza. Luego pasé a la desesperanza y, por último, a la aceptación. Esa aceptación me llevó a mirar dentro de mí misma, en lugar de afuera. Y éste fue el inicio de una gran aventura: conocerme. Al fin y al cabo, yo siempre iba a estar ahí. Dejé entonces de intentar ser quien no era, tratando de ser estupenda a los ojos de los demás, y decidí ser YO. Con mis defectos y mis virtudes. Y vi que el traje me quedaba perfecto. Sólo cuando acepté la soledad del caminar consciente y me encontré a mí misma, fue cuando apareció Rafa en mi vida. Para demostrarme que estaba completamente equivocada y que hay encuentros que pueden dar un vuelco a tu existencia. El Universo es así: le encanta ponerte a prueba.

Desde entonces no hemos parado de conocer gente tan loca (o tan cuerda) como nosotros. Gente con la que compartimos el mismo idioma, a pesar de ser diferentes. Gente que te toca el corazón y el alma. Gente con la que estás dispuesta a caminar, a compartir, a crear, a mirar más allá de lo meramente superficial.

Canillas del Aceituno, Dic.2021
La situación actual nos pone en una tesitura similar a la que describía más arriba. Mucha gente se siente sola, desamparada, abatida. Las circunstancias nos están poniendo a prueba. ¿Realmente te conoces? ¿Tu brújula está dentro de ti o fuera? ¿Hasta dónde estás dispuesto/a a llegar por complacer a otros sin traicionarte a ti mismo/a? De una forma u otra, lo absurdo de lo que estamos viviendo y las reacciones de los que están a nuestro alrededor nos confrontan con estas preguntas. Y de la respuesta depende el rumbo que tomará tu vida y el resto de la Humanidad.

¿Sigo pensando que somos islas? No. Somos los cofres de tesoros escondidos en las islas. Todos somos distintos, con un talento, un don propio, que primero tenemos que descubrir, desenterrar y pulir, y así luego salir con la barca a explorar otras islas para aprender y compartir. Es momento de mirar hacia dentro para reunir fuerzas. Y, al mismo tiempo, tender la mano porque no estamos solos. Y lo que tenemos por delante es una aventura apasionante. ¿Hay alguien ahí?


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jueves, 6 de enero de 2022

La tribu

"Había una vez, en la lejana ciudad de Wirani, un rey que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Y le temían por su poder, y lo amaban por su sabiduría.

Había también en el corazón de esa ciudad un pozo de agua fresca y cristalina, del que bebían todos los habitantes, incluso el rey y sus cortesanos, pues era el único pozo de la ciudad.

Una noche, cuando todo estaba en calma, una bruja entró en la ciudad y vertió siete gotas de un misterioso líquido en el pozo, al tiempo que decía:

-Desde este momento, quien beba de esta agua se volverá loco.

drfuenteshernandez en Pixabay
A la mañana siguiente, todos los habitantes del reino, excepto el rey y su gran chambelán, bebieron del pozo y enloquecieron, tal como había predicho la bruja.

Y aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente no hacía sino cuchichear:

-El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán perdieron la razón. No podemos permitir que nos gobierne un rey loco; debemos destronarlo.

Aquella noche, el rey ordenó que llenaran con agua del pozo una gran copa de oro. Y cuando se la llevaron, el soberano ávidamente bebió y pasó la copa a su gran chambelán, para que también bebiera.

Y hubo un gran regocijo en la lejana ciudad de Wirani, porque el rey y el gran chambelán habían recobrado la razón".


StockSnap en Pixabay
Desde hace años, este pequeño cuento de Gibrán Jalil Gibrán nos ha inquietado profundamente en casa. Y ese desasosiego hemos querido compartirlo con los niños, desde pequeños. Ese relativismo sobre "lo normal" y "lo razonable". Ese poder de las mayorías. Ese miedo a la soledad. Esa necesidad de pertenencia. Y finalmente, el peor de los finales: esa renuncia a uno mismo por ser como los demás.

Los Evangelios lo expresan de otro modo en San Juan 12: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para la vida eterna la guardará". Más claro, agua. Pero no de la de la bruja. 

Habrá quien vea en esas siete gotas de la pócima de aquella bruja un paralelismo con las inoculaciones universales que vivimos en estos tiempos. No. No vamos por ahí. Va mucho más allá de eso. Porque esta pandemia tan sólo ha agudizado lo que ya fallaba desde hace tiempo: nuestros miedos, nuestro "ombliguismo", nuestra lejanía del prójimo... Y nos ha confrontado con las bases de nuestros principios. Ni más ni menos. Colocando a muchos ante la gran encrucijada de su vida. Hacer lo que hacen todos o sentirse excluido. Tensión o aceptación. Miedo o libertad. Materia o espíritu. Vibración baja o alta. Distanciamiento o abrazos. Máscaras o sonrisas. Postergar e imponer, o vivir y dejar vivir. 

liuguangxi en Pixabay
En unas semanas se cumplirán ya 10 años de aquel domingo de 2012 en que sin levantarnos siquiera de la cama, volvimos a hablar de ello por enésima vez. Aquella crisis económica. Aquel continuado proceso de manipulación que padecíamos y que parecía abocarnos a un camino sin retorno. Aquella preocupación por la situación que nos rodeaba, y que podría convertirse en el triste legado para nuestros hijos. Creíamos que era el momento de hacer algo. Y hacerlo YA.Y la mejor forma que se nos ocurrió fue crear un blog familiar en el que poder "exteriorizar, a modo de mensaje en una botella lanzada al mar, lo que opinábamos de este mundo que nos rodea". Y fue así como iniciamos aquella búsqueda de "un mundo diferente para vivir". Una búsqueda que pretendía ser una metáfora. Una apuesta por un cambio de rumbo. Pero nunca pensamos que 10 años después, la búsqueda de ese "mundo diferente para vivir" sería tan literal y sobre todo tan necesaria. Hoy aquello nos parece casi ridículo comparado con lo que hoy tenemos por delante. Y lo que nos aguarda. Porque no sabemos qué va a pasar, pero sabemos que va a pasar. Están sucediendo tantas cosas y tan graves, que el despertar de más y más personas es inevitable. Y, como dice Eckart Tolle, conviene prepararse espiritualmente para esos momentos que nos aguardan. Hemos publicado 322 posts desde entonces. Nos han hecho 582 comentarios a nuestros posts. Y hemos recibido cerca de 290.000 visitas ya. Pero la necesidad de este altavoz permanece más intacta que nunca. Y la exigencia de conectar con tantas y tantas otras iniciativas similares es acuciante. Por la dualidad que vive hoy la Humanidad. Por el miedo paralizante. Por las flagrantes desigualdades. Por las intolerables injusticias. Por esa división permanente. Por la necesidad de pertenencia. Por no sufrir la soledad rodeados de tanta gente. Por aferrarse a un mínimo de cordura, de equilibrio, de sentido...

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Hace unos días, y como "regalo de Navidad", compartíamos en nuestro canal de Youtube un pequeño cuento en dibujos animados titulado: "La reunión de la tribu". Nos llegaba mágicamente a través de dos personas que nos inspiran muchísimo, que creíamos que nada tienen que ver, y que sin embargo está claro que están conectadas a nosotr@s y a muchos de vosotr@s: Charles Eisenstein y Karina Acevedo. En apenas unos días, más de 15.000 personas han visto ya el vídeo, y las suscripciones a nuestro canal de Youtube y de Telegram no paran de crecer. Sin duda, esa necesidad coincide en muchos de nosotr@s, por todos los rincones del planeta. Leah, a través de Twitter, no lo podía explicar mejor: "Es lo que pasa con la verdad, que resuena, reverbera y emociona. Después de sentirme un bicho raro toda la vida, como si algo estuviera mal en mí, encontré a mi grupo de ovejas negras. Gracias por estar y ser".

Es así cómo, por aquí y por allá, surgen personas e iniciativas por un mundo diferente para vivir. "AmAnAcer" es otra de ellas. Sí, con tres "A" mayúsculas, simbolizando las más altas cimas de nuestro potencial como seres humanos. Una nueva iniciativa hacia un nuevo comienzo. Para volver a nacer a lo mejor de nosotros mismos. Y nos estamos involucrando de lleno en ella. A fin de cuentas no se trata de seguir a ningún líder ni a ningún movimiento. Se trata de hacer aflorar de nosotros mismos lo mucho que atesoramos, olvidando mucho de lo "aprendido", reeducándonos en la no-dualidad, y afianzando unas raíces que nos permitan impulsar lo más luminoso y sagrado que habita en nuestro interior. Coloquemos a la persona en el centro. Construyamos otra forma de relacionarnos y de tejer redes entre nosotros. No hay nada que destruir: lo nuevo hará que lo viejo caiga por sí mismo. Sabiendo que es una decisión individual, cargada de libre albedrío, y que habrá seres muy queridos que decidirán quedarse atrás. Ascendamos a nuestras más altas cimas como seres de luz, inspirándonos los unos en los otros (ver VÍDEO).

Pexels en Pixabay

Vivimos en un reino y en un tiempo en el que no hace falta ni siquiera enfrentarse a ninguna bruja. Ni saber quién es ni por qué hace lo que hace. Para qué vamos a perder el tiempo y las energías. Tan sólo basta con saber que el agua de ese pozo no es buena. Que nos enloquece y nos desequilibra. Habiendo otras fuentes y otros pozos donde beber, ¿qué necesidad hay? Ahora es el momento. Busquemos compañeros de camino hacia esas otras fuentes. Gente dispuesta a construir un nuevo reino. Un nuevo espacio por todo nuestro planeta donde nos acepten por ser lo que somos, y no  por hacer lo mismo que hacen los demás. Ovejas negras, rosas o transparentes, que nos acompañen en este maravilloso viaje. Una nueva tribu de seres dispuestos a impulsar ese mundo diferente que nos aguarda.


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jueves, 23 de diciembre de 2021

Navidad de verdad

No hay nada más revolucionario que la Navidad. De verdad. Lo que pasa es que nos da tanto miedo. Nos interpela tanto. Que preferimos embadurnarla de superficialidad. De comilonas y borracheras. De peces que beben en un río. De campanas sobre campanas. De cotillón. Y de luces, muuchas luces. Que se ilumine bien lo de fuera, vaya que nos dé por mirar adentro.

Chriswanders / Pixabay
Sin embargo no es ese el mensaje de la Navidad. La Navidad hace una llamada a regresar a lo pequeño, a lo sencillo. Nos invita a replantearlo todo, por muy adultos y creciditos que ya estemos. A revisar de arriba a abajo nuestro papel aquí. A prepararnos para la VIDA con mayúsculas. Y para ello no hay que correr ni estresarse. No hay mucho que hacer. De hecho se trata de no-hacer. O lo que es lo mismo: de NACER. Por eso la Navidad siempre llega con la imagen de un niño en un pesebre oscuro, alejado de multitudes, de ruido, de "likes", de fuegos artificiales y de consumismo absurdo. Nada que ver con el "buenismo" forzado, con los angelitos y sus alas de algodón, o con la solidaridad con fecha de caducidad.

Una verdadera Navidad nos revoluciona por dentro. No genera complacencia sino inconformismo. Huye del rebaño y asienta el ser divino que habita en cada uno de nosotros. Nos prepara para reafirmarnos en nuestro SER, por si toca expulsar a quien haga falta del templo de nuestro cuerpo o de nuestra dignidad. E incluso asienta las bases por si toca ser señalado, acusado, vilipendiado o incluso crucificado. "Moco de pavo", vaya...

one_life / Pixabay
Menos mal que hay una Navidad por año. Por si se nos olvida el asunto. Para repasar. Pero hay mucha gente que hace del año una auténtica Navidad. Gente que ante cualquier necesidad del prójimo, dice "aquí estoy" o "para eso estamos". Gente que vive con alegría y dignidad su vida en territorios hostiles. Gente que renuncia a su verdad o a cantar victoria, con tal de sellar con un abrazo el acuerdo. Gente a la que le duele el prójimo hasta lo más hondo de las entrañas. Gente que construye con silencios o con palabras, pero siempre hacia arriba, siempre hacia delante. Gente que no deja de buscar y edificar la mejor versión de sí mismo/a. Gente que siempre está dispuesta a hacer algo, pero no cualquier cosa. Gente para la que siempre es el momento para construir esa Navidad.

2020 fue duro. 2021 también. Quién sabe cómo serán los próximos años. De ti depende hacer de ellos una Navidad permanente. Porque entonces todo tendrá sentido.


Que tu vida sea un renacer permanente,

un precioso camino hacia las más altas cimas de ti mismo/a.

FELIZ NAVIDAD


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lunes, 20 de diciembre de 2021

Es el momento

Son las terceras luces largas de esta semana. Algunos desearían que en vez de luces, fueran rayos láser, y hacerme desaparecer. A mí y a los miles de coches que cada mañana nos interponemos en sus trayectos a sus trabajos. Se ve que somos ya el colmo para algunos. La frustración y el hartazgo flotan en el ambiente desde bien tempranito cada mañana.

De los insultos y los exabruptos, perdí ya la cuenta. Igual que de las mentiras o las medias verdades interesadas. Por eso nos hemos quitado ya de ver las noticias. Sólo vemos los titulares. Lo justo para saber cuándo nos toca la siguiente restricción, la próxima prohibición, y cuándo se cernirá sobre nosotros la próxima variante apocalíptica del virus.

Geralt en Pixabay
Ayer tocó comida navideña en la calle. El sábado también. Maratón raro en nosotros. Casualidad. O quizás el subconsciente busque que nos quedemos con las sensaciones de lo que no podremos disfrutar ya a partir de hoy. Quizás me toque desayunar en mi despacho algún día. Aunque hace tiempo que valoramos más una escapada en "furgo", o un paseo por la inmensidad, que encerrarnos en cualquier restaurante "glamouroso", la verdad. Pero a los jóvenes no les da igual. A nuestros hijos tampoco. Por eso les hacen esto. Para que obedezcan y se pinchen. A fin de cuentas, el fin justifica los medios, y ya está demostrado que en esas franjas de edad esos anuncios de restricciones en el ocio y la restauración cuadriplican los pinchazos.

Si no delegásemos nuestro criterio en otros, en la tele o las redes sociales, o leyéramos e indagáramos un poco, quizás se lo pondríamos más difícil. Porque ya se sabe todo. Se sabe que las zonas con mayor porcentaje de población totalmente vacunada tienen más casos de COVID-19 por cada millón de habitante. También se sabe que los vacunados que enferman de COVID parecen ser ligeramente más contagiosos que los no vacunados, con una carga viral similar. Que la aparición de nuevas variantes va íntimamente ligada al propio proceso de vacunación, por pura presión selectiva. Y que probablemente muchas de las cifras de hospitalizaciones y muertes que se dan hoy, no son por "Covid viral" sino por "Covid vacunal". Pero, ¡qué mas da! ¿Quién ha dicho que una vacunación universal o un pasaporte sanitario sea un tema de salud o de Ciencia?

De lo que se trata es de "hacerle la vida imposible" al que no se doblegue, como ya ha dicho algún "lumbreras". De torcer la voluntad al renuente, a pesar del criterio del Consejo de Europa (ver Resolución 2361/2021). De que aquellos que no se vacunan "porque no les da la gana", paguen por su osadía. Aunque, ahora que lo pienso, ¿no se supone que si la ley y los tratados disponen con rotundidad que vacunarse es voluntario, efectivamente puedo hacer al respecto "lo que me dé la gana", sin tener que dar explicaciones a nadie? Si nuestros derechos y libertades existen sólo por el capricho de la autoridad de turno, del pequeño "rey de taifas" que toque, y están condicionados a su arbitraria decisión de otorgarlos o no, entonces no son en absoluto derechos y libertades, sino sólo privilegios que penden del hilo de su capricho. Por su naturaleza, la libertad no es algo que uno deba implorar. Pero a pesar de ello, ahí tenemos estas tácticas "mafiosas" de extorsión, de presión, y de exclusión, para que la vida cotidiana se convierta en puro territorio hostil, y que por puro hartazgo, se acabe cediendo. Lo peor es que les funciona. Y muy bien. Y sólo parece haber tres salidas en estos tiempos para el que ose levantar la voz: la censura, la parodia o el silencio.

Desde hace años, en conversaciones sobre la II Guerra Mundial y el régimen nazi, solía ser habitual acabar concluyendo: "yo no sé cómo el pueblo alemán no se daba cuenta de que estaba pasando todo eso; o estaban ciegos o eran cómplices". Algunas de las personas que hacían esas reflexiones, haciendo gala de su "progresismo", ejercen hoy, sin pudor, de auténticos "torquemadas" contra los no-vacunados, y justifican las tropelías que cada vez con mayor sofisticación, se están impulsando desde los poderes públicos. ¡Qué pronto se olvida la Historia! ¡Qué rápido repetimos sus errores!

Y por si fuera poco, al panorama se suma ahora la "vacunación infantil". También da igual que con cifras del propio Ministerio, desde el pasado 22/6/20 al 9/6/21, los menores de 19 años fallecidos en España como consecuencia del SARS-CoV-2 asciendan a 22 y los ingresados en las UCI hayan sido 229, lo que supone una ridícula tasa de mortalidad por COVID-19 en España para esa franja y en ese año de 0,00023861% y de hospitalización en UCI de 0,002484%. ¿Esas cifras justifican someterlos a la incertidumbre de lo que pueda pasar en el medio o largo plazo, como ya sucedió con la talidomida (ver Real Decreto 1006/2010 y Sentencia 426/2014 del TSJ de Madrid)? ¿De verdad eso justifica someterlos a la "ruleta rusa" de los efectos adversos graves, ya constatadísimos a corto plazo, como la miocarditis y la pericarditis, ampliamente reportados por la Ciencia? ¿O somos tan ruines como sociedad que cargamos a los niños con el deber de proteger a los adultos, en lugar de que sean los padres los que deban proteger a sus hijos? ¿No será mejor adoptar un mínimo principio de prudencia, en lugar de embarcarnos en la loca carrera para que vacunen a nuestros pequeños, bajo el único motivo de que todos lo hacen, o de que lo dice la "caja tonta"?

Mitrey en Pixabay
Siempre creímos que era un principio universal aquel de "No quieras para el prójimo lo que no quieres para ti o para tu familia". Sin embargo, con un descaro bochornoso, algunos defensores a ultranza de esta "vacunación infantil", afirman sin sonrojarse siquiera que "las vacunas son seguras para los niños, pero yo no vacuno al mío porque es que soy muy garantista". Sobran los comentarios.

De verdad, no entendemos qué nos pasa como sociedad. La COVID no ha sido el fin de la democracia o el fin del sentido común. Simplemente ha revelado que ya no estábamos en democracia, y que nuestro sentido común lo modela a su antojo Instagram, Facebook, Twitter o el Telediario, haciéndonos repetir como papagayos consignas y mantras que ni hemos entendido ni hemos fundamentado. "Debes vacunarte para proteger a los demás". "Debes vacunarte para ser solidario". Eso le espetaban a mi hija de 16 años sus compañeros de instituto esta semana, por ser la única en no vacunarse. Esta pandemia ha mostrado dónde está realmente el poder y con qué facilidad se nos puede quitar la fachada de libertad. Ha mostrado que el sentido común es poco común, o directamente no existe. Ha demostrado que éramos "libres" sólo a gusto de algunos. Y con nuestra pronta aquiescencia (o directamente con nuestra complicidad), nos ha mostrado algo sobre nosotros mismos. Que no éramos libres. Y que era demasiado fácil someternos.

Si has llegado hasta aquí leyendo, y no nos has tachado ya de "negacionistas", "insolidarios" o directamente "gilipollas", es que quizás hay algo de todo esto que te chirríe. Da igual que te hayas vacunado o no. Que te sigas aplicando el gel hidroalcohólico, o que vayas con la mascarilla puesta cuando vas solo o sola en el coche. Todo eso da igual. Pero quizás te haces las mismas preguntas que otros muchos millones de personas en todo el mundo. Puede que empieces a vislumbrar ya el punto de ruptura. Puede que estés sintiendo con fuerza que tu lucha individual y tus decisiones personales son importantes. Puede que sientas en tu interior una llamada apremiante o una indignación difícil de controlar. Ayer le decíamos a nuestros hijos que esa sensación que ya tienen ahora, no es mala, si se encauza. Y puede salvarte de la sumisión más absoluta. Algo como: "Ya está bien", "ya hemos tenido suficiente". Quizás sientas que por fin es momento de hacerse preguntas, de pedir explicaciones. O quizás percibas que toca ya dar un puñetazo en la mesa, y decir un "NO" como una catedral. Y si has llegado hasta ahí, te habrás dado cuenta de que ha pasado algo. De repente el mundo parece diferente. Algo crece en tu interior. Y eso te pasa porque efectivamente ES diferente. Es como si dieras un salto en la oscuridad, con la certeza de que "es el momento".

Con humildad, te invitamos a que des ese paso. No porque detrás de todo esto haya un gran líder, un gran héroe o un gran movimiento que logre enfervorizar a las masas. Sino porque con el despertar masivo de millones de personas que, individualmente, sienten que ya basta y no están dispuestas a someterse, se está construyendo un cambio de época. Es el momento de que nos sumemos muchos a ese tren.


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