Hace justo un mes tuvimos en casa una de las experiencias que más nos han interpelado, no sólo a mi mujer y a mí, sino también a los tres niños. Durante una semana convivió con nosotros un chaval peruano de 16 años, que con su actitud removió nuestros cimientos.
Ha habido gente que, a raíz de iniciar este blog se ha preguntado si pretende que nos lancemos a la calle, si aspira a que se cambien las leyes, a apostar por un nuevo sistema...También. Pero sobre todo aspira a que nos demos cuenta de que la vida, como la educación, es integral u holística. Y que si nos centramos mucho en las matemáticas pero nos olvidamos de los sentimientos o de empatía, algo acabará fallando. Con la vida pasa igual: podemos quejarnos de nuestros políticos, de las deficiencias del sistema, de la manipulación que sufrimos....¡Por supuesto que sí! Pero si seguimos rigiéndonos en nuestras casas y familias por los mismos valores, algo acaba cojeando. Y quizás acabemos teniendo lo que nos merezcamos.
Creemos que esta vida está para aprender. Y el que no lo haga, quizás tendrá que repetir curso. Nuestro amigo peruano nos dio una verdadera lección. Vino a casa a través de una asociación con la que colaboramos, y que organizó una gira musical de un grupo de chicos peruanos, pertenecientes a la Comunidad Sagrada Familia de Perú, que alberga a más de 800 niños y niñas sin familia, y a los que se les facilita comida, alojamiento, educación y un futuro.
Antes de su llegada, organizando las familias que los iban a acoger en sus hogares, se evidenció la primera enseñanza. Familias que estaban "locas" por recibirles, pensando en niños de 8 a 10 años, finalmente se "desinflaban" porque el consulado había cerrado la salida a los más pequeños y sólo vendrían chicos y chicas de 13 a 16 años. Ya no era un peruanito-peluche al que cuidar. Ya no era un pobre niñito del que apiadarse y con el que mostrarse bondadoso/a. Ya era un chaval/a de 16 años que podría causarnos problemas en casa. Mejor cerrarle la puerta y dejar la solidaridad para otra ocasión. ¿Quizás es que la solidaridad es también una mercancía que compramos cuando nos interesa para acallar nuestra conciencia, pero que realmente nos transforma poco en nuestras actitudes de vida? Hubo gente que dijo que no porque temían no tener suficiente espacio en casa, o porque sus horarios laborales podrían no cuadrar. Hemos aprendido estos días que "nuestros" esquemas se ven desarbolados cuando las realidades hablan de supervivencia, de compartir la escasez, y de luchar contra las injusticias de este mundo. Y nosotros aquí seguimos hablando de horarios, de estética en nuestros hogares, y de fútbol. Primera enseñanza.
Nada más llegar a casa, ofrecimos a Juan Alex la posibilidad de elegir entre ocupar la habitación de las visitas en el sótano, donde tendría más holgura, más intimidad y comodidad, o estar con nosotros en la primera planta, cediéndole la habitación de nuestra hija pequeña, y que ella durmiera con los hermanos. Su respuesta fue: "yo prefiero darles a ustedes su espacio, y que tengan intimidad; casi mejor el sótano". Yo alucinaba. No podía imaginarme un "niñato" de 16 años de los de aquí, dando una respuesta tan educada y considerada, y no colocando sus intereses lo primero. Le dijimos que si él estaba en casa, era de la familia, y que lo fundamental era que estuviese a gusto. Se decantó sin vacilar por estar con nosotros. Ellos allí duermen muchos en cada habitación. Las personas que sufren y tienen que sobrevivir se arriman unos a otros. Se dan calor como los pingüinos en plena tormenta de nieve. Nosotros cada vez nos aislamos más. Nos separamos en nuestras habitaciones con televisores y ordenadores individuales. Juan Alex, sin embargo, lo que más valoraba era un ratito de conversación, los seis "arremolinados" en el sofá bajo una manta compartida. O los abrazos sinceros después de unas pocas horas sin vernos. Mi Pablo me dice que nunca ha sentido un abrazo tan "de corazón" como los que le daba él. Segunda gran enseñanza.
Mi segundo hijo tuvo la gripe esos días y llegó a los 40 de fiebre. Juan Alex cuando volvía a casa lo primero que hacía era pregunta por él. Pero se ve que la gripe también le tocó. Una mañana era imposible levantarle. La ronquera apenas dejaba escucha su voz. Le dolía todo el cuerpo. Y ardía su frente. Le dije que quizás tendría que quedarse en casa ese día. Que así no podría dar ningún concierto, ni visitar colegios o institutos. Él, con una contundencia desconocida para mí en chavales de 16 años, lo rechazó de plano. Debía estar con sus compañeros. Codo con codo. Había tocado el bajo en conciertos incluso con una fuerte infección en un brazo. Y ésta no iba a ser una excepción. Ellos eran una "piña", y no se iba a escaquear" por una gripe. La solidaridad con sus compañeros, el sentimiento de pertenencia, y su sentido de la responsabilidad eran mucho más importantes que su estado de salud. No cabía hablar de MI gripe. MI dolor. MI situación. Él sólo pensaba en el NOSOTROS. Tercera enseñanza.
Estuve inquieto todo el día. Me temía que, a pesar de sus buenas intenciones, llegará "hecho polvo" y aún peor por la noche. Cuando llegó a las diez y media, tras una larguísima jornada de visitas y conciertos, estaba como una "rosa". Mejor que nunca. No lo podía creer. Mejor incluso que los días anteriores. Le pregunté cómo era posible, habiéndole visto esa misma mañana tan griposo. Sus sabias palabras me dejaron boquiabierto: "La enfermedad, en gran medida, es mental. En nuestro interior tenemos todas las herramientas para curarnos de lo que sea. Y si no queremos dejarnos caer podemos lograrlo". Impresionante. Y no sólo aplicable a la enfermedad. Quizás también en la consecución de un mundo mejor. Cuarta enseñanza.

Fueron unos días de febrero de bastante frío, y dado lo desabrigado que venía, decidimos comprarle un chaquetón. Apenas llevaba nada consigo en su maleta. Tan sólo los CDs que iban vendiendo y algunos recuerdos regalados por familias anteriores en su ruta. Es curioso cómo las personas que apenas tienen posesiones o propiedades sienten un gran desapego por lo material. Juan Álex llevaba dos años sin gafas graduadas, a pesar de necesitarlas, porque se le rompieron las anteriores, y sus ojos necesitaban protegerse del sol. Le dí unas gafas mías recién compradas, que usó durante varios días, pero que no quiso llevarse a Perú pensando que yo las necesitaría. El último día, para sorpresa de todos, no permitió bajo ningún concepto que mi hijo Pablo, con el que había trabado amistad, no aceptara quizás una de sus más preciadas (y únicas) posesiones: una camiseta de fútbol del equipo "Alianza Lima". Mi hijo (y nosotros) no podíamos dar crédito. Regalaba sin pestañear una de sus más preciadas posesiones por agradecimiento y amistad. Ahora es difícil que Pablo se cambie de camiseta. Quinta enseñanza.
Mis tres hijos, durante la semana que estuvo él en casa apenas discutieron o rivalizaron entre ellos, como suele ser habitual. El tipo de relación con Juan Álex no lo propiciaba. No había rivalidades, ni divisiones, ni protagonismos, ni individualismos, ni "es mío"... Tan sólo hablar de corazón a corazón. Aprendiendo unos de otros. Con las virtudes y defectos de cada uno. Y cuando eso sucede, nos quedamos desarmados todos. Sexta enseñanza.
Son muchas enseñanzas para tan pocos días. Y hubo muchas más. Y de un chaval de 16 años. Ahora entiendo como nunca lo de "Dejad que los niños se acerquen a mí". Está claro que cuanto más tenemos o más "adultos" nos creemos, "desaprendemos" a ser humanos. Y cuanto menos tienes, o más sencillo eres, más valoras lo auténtico y más te desapegas de lo superficial. Se nos olvidan los principios de una vida plena. Trato de transmitir a mis hijos esos principios, pero lo que nos rodea nos puede. Algo habrá que hacer...