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sábado, 29 de octubre de 2022

Malo conocido

"Ten cuidado ahí fuera"
"No te fíes de nadie"
"La gente es mala"
"Cuidado con los virus, las bacterias y los hongos"
"No toques eso"
"No te ensucies"
"Cuidado con los viajes"
"Desconfía de los extranjeros, que nos quitan el trabajo"
"El futuro da miedo"
"La cosa se va a poner muy fea"
"Si no te pinchas, morirás, o matarás a tus mayores"
"Hazlo: no seas un irresponsable o un insolidario"
"Tú, como los demás: no intentes ser distinto"
"Que no te señalen"
"Cuidado con el qué dirán"
"Ten cuidado con lo que respiras"
"El cambio climático nos va a matar"
"El botón rojo de Putin también nos va a matar"

makamuki0 en Pixabay
 
A mi hijo Pablo su profesora le dijo una frase del estilo de las anteriores cuando tenía 5 ó 6 años: "Es imposible que de mayor seas escritor". Él había llegado a clase emocionado por los "cuentos" de Macbeth y del Rey Lear que su madre le contaba cada día. Le dijo a su profe que él quería ser como Shakespeare. Y aquello le debió parecer tan absurdo a aquella mujer, que le salió del alma aquella frase. Pablo llegó a casa llorando.
Una frase así a un niño de 6 años, viniendo de su queridísima profesora, es una tumba de sueños. Frases similares, como las anteriores, viniendo de familiares, de amigos, del telediario o de tu instagram, también. Si las interiorizas se convierten en hipotecas para tu futuro. En lastres del porvenir, En creencias limitantes.
Hace unos días compartí un vídeo sosegado y respetuoso de la Doctora Karina Acevedo dirigiéndose a las personas vacunadas. Llevamos dos años yendo a las fuentes directas, a los estudios científicos y a las estadísticas oficiales, para no conformarnos con lo que dicen los medios y las redes de modo interesado. Y por desgracia, todo lo que esta científica ha venido diciendo se ha ido confirmando. Por eso nos pareció importante compartir su mensaje y sus contrastados argumentos. Por evitar más sufrimiento innecesario. No pedíamos a nadie ni que se apuntara a ninguna secta antivacunas, ni que se inscribiera en la cofradía de los conspiranoicos, ni que se afiliara al sindicato negacionista o bebelejías. De verdad. Tampoco ganamos ninguna comisión ni remuneración económica por ello. Pretendíamos simplemente compartir conocimiento. Y que aquellas personas en las que resonara ese mensaje, pudieran difundirlo para evitar los daños y las muertes que se están produciendo sin sentido. Pero buenos y grandes amigos me reprocharon mi "osadía". Dudo siquiera que llegaran a ver el vídeo. Simplemente les pareció que podía estar disparando a la línea de flotación de algunas de sus creencias, expresadas al principio de este post. Y salió de ellos la ira, la desconfianza, el ego. Y es curioso, porque algunos de ellos nos han pedido consejo desde hace años. Se han fiado de nosotros en cuestiones íntimas y muy personales. Pero en cuanto sintieron esta semana que se podría poner en duda su creencia, debían defenderse "como gato panza arriba". Ya no éramos las personas de confianza y con criterio de siempre: éramos una amenaza.
Si no te dejas interpelar por los demás, malo. Si no permites ni escucharlos y aduces todo tipo de argumentos para aferrarte a tu creencia, peor. Y por desgracia, las excusas empiezan a escasear y a ser más débiles cada vez. Que si nadie dijo que las vacunas evitaban la transmisión (¿cuál era entonces el sentido del pasaporte Covid?). Que si los ictus, miocarditis y cánceres reactivados pueden ser por la Covid que se tuvo hace un año. Que si efectos secundarios siempre los ha habido. Que si los muertos por las vacunas pesan igual que los muertos antes de las vacunas. Que si no hubiera sido por estas vacunas hubiéramos muerto muchos más, o casi todos. Que si la verdad es lo que los ciudadanos creen que es verdad. Que si todos son igual de mentirosos. Que mejor ni escuchar el mensaje cuando siempre va a haber alguien hablando mal del mensajero. La verdad es que ya he escuchado tantos argumentos justificativos, que pienso que la mente, como el papel, lo admite todo. Sobre todo cuando hay miedo, o cuando hay una creencia limitante que no estás dispuesto a poner en duda.

Pexels en Pixabay

Dejar de soñar. Dejar de abrazar. Dejar de viajar. Dejar de disfrutar de la libertad. Dejar de compartir...Todo eso hacen las creencias limitantes. Por eso estábamos tan felices este fin de semana en Córdoba, comprobando cómo nuestro hijo Samuel se adentraba de lleno en la confrontación de las creeencias limitantes, tomando control de sus propias limitaciones, y asumiendo de lleno que no tenemos más límites que los que nos auto-impongamos si hacemos la tontería de tragarnos "a pies juntillas" aquello que nos limita sin contraste alguno.
Es una pena, porque creencias así, anulan la parte divina que todos tenemos. Ese Dios que todos somos. Y que tan bien expresó el místico sufí Abdaláh, cuando ante sus verdugos dijo: "Yo soy dios, y Dios es yo, cuando ceso de ser yo". Cuando dejamos de identificarnos con nuestro ego. Con nuestras creencias. Con lo que defendemos. Entonces aflora nuestra esencia. Nuestra parte más auténtica. Nuestra divinidad.
Cuando dejamos de aferrarnos a nuestro ego y a nuestras creencias limitantes, brota un torrente de autenticidad, que lo inunda todo. Hace unos días lo experimentó Mey hablando con una buena amiga. Le preguntó si se iba a poner más dosis de la "vacuna", tras lo que se había visto en el Parlamento Europeo y tras la cantidad de gente que a nuestro alrededor está enfermando. Ella dijo que por supuesto que no. Que nunca quiso ponérselas pero que cedió a la presión de su familia. Mey trató de disculparla, porque esas presiones son casi insuperables. Y ella, con una entereza que no hemos visto en nadie en estos meses, dijo: "No, Mey. La culpa fue mía. Sólo mía. Yo fui responsable de ceder a la presión. Ha habido algunos que no lo han hecho". Cuando me lo contó, me quedé boquiabierto. Nada de aferrarse a excusas. Nada de esconderse tras las frases "facilonas" y los argumentos "de mentirijilla" del telediario. Nada de egos. Soy responsable de mis actos. Punto.
Carl Jung decía: "aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzcan tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma."
Cuando iniciamos la andadura de nuestro blog hace 10 años, pusimos de fondo una imagen del planeta Tierra, como dando a entender que estábamos buscando el lugar donde contruir un mundo diferente para vivir. Pero ese mundo no es un lugar. Está dentro de nosotros. Y puede ser un auténtico paraíso. Eso sí: como le pongas muros, barrotes y fronteras a ese mundo que habita en tu interior, sin más, mal vamos. Porque entonces te acabarás creyendo aquello de "virgencita, virgencita, que me quede como estoy". O peor aún, aquello de "más vale malo conocido que bueno por conocer". No te conformes con lo malo conocido. No te conformes con menos de lo que mereces. No te conformes con lo que te han hecho creer. Contrasta lo que te dicen, si te limita. Sueña. Vive. Vuela.


sábado, 7 de mayo de 2022

Ceder tu voluntad

Todos parecen querer pasar página de tanto sinsentido. Hacer como si todo hubiera sido un mal sueño: los toques de queda, los confinamientos, las cuarentenas, los cierres y quiebras de empresas, las medidas restrictivas, las mascarillas, la persecución al no-vacunado, los trastornos mentales y los suicidios, los efectos adversos...¿Quién no va a querer dejar atrás todo eso? Pero recordemos lo que decía Quevedo: "donde hay poca justicia, es un peligro tener razón". Y no hay peor peligro para la justicia que el olvido. El pasar página. El mirar para otro lado. Como si nada hubiera sucedido. Como si la injusticia, el atropello, la manipulación y todas sus secuelas, fueran fruto de nuestra imaginación. Por eso no debemos permitirlo. No tenemos más remedio que convertirnos en herejes de la actualidad. Pero no por afán de desquite, ni por tener más o menos razón. Sino porque de lo contrario, como pasa con el desconocimiento de la Historia, estaremos condenados a repetir los errores del pasado. Especialmente cuando tras estos dos años y medio (como nos recordaba nuestro hijo hace unas semanas) el miedo ha azuzado la radicalización de nuestro mundo hasta unos niveles impensables.

Broesis2 en Pixabay

Por supuesto que es momento de olvidar el revanchismo o el "llevar cuentas". Es momento de borrar de nuestra boca lo de "te lo dije". Es momento de acabar con las divisiones, los reproches, y las rupturas que han asolado tantas familias y tantas relaciones de amistad. Es momento de restañar las heridas, de reconstruir puentes, y de reunir lo divido. Es momento de tratar de volver a ser UNO. Pero no olvidar. Por favor, olvidar nunca.

Hace unas semanas recibí una llamada que no ha dejado de martillearme por dentro desde entonces. Era de un familiar muy cercano. Y en ella me contaba que su mujer arrastraba unos gravísimos problemas de salud desde el pasado verano. Su particular infierno se había iniciado con unos trombos en las piernas, que acabaron desplazándose a los pulmones, y que la obligaron a ser hospitalizada durante semanas. Y el panorama se agravó con un cáncer de matriz, por el que le han administrado en dos meses las dosis de quimio y radio que se administran normalmente en dos años. Los médicos reconocieron, sin tapujos, que ambos efectos eran consecuencia directa de la primera dosis de la vacuna contra la Covid-19. Y que, evidentemente, desaconsejaban que se pusiera la segunda o la tercera dosis. Se me pusieron los vellos "como escarpias". Tengo bastantes amigos y conocidos que han sufrido efectos adversos importantes por las vacunas. Ninguno aparecerá en las estadísticas oficiales. Sobre todos esos efectos, como en este caso, habíamos leído ya en casa numerosos estudios científicos que advertían sobre ellos desde hacía meses. Pero ver pender de un hilo la vida de un familiar tan cercano, por el dichoso "pinchazo", me revolvió las entrañas. Todos saben ya que la vacuna no impide ni el contagio ni los efectos de la Covid, con lo que su eficacia y necesidad es ya demostradamente escasa. Y con casos como este, la tan "cacareada" seguridad de las vacunas se ve que es una auténtica quimera, como la propia Pfizer ha tenido que reconocer recientemente.

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Sin embargo, no fue nada de eso lo que me removió tan fuertemente a raíz de esa llamada. Todas esas barbaridades ya eran conocidas hacía meses. Ya hemos tenido tiempo de difundirlas, y de denunciarlas desde nuestra humilde posición, a pesar del descarado silenciamiento de los medios de comunicación y de las autoridades, y de la ausencia de cauces para que esos abominables efectos adversos queden reflejados en las estadísticas. Lo que verdaderamente me fracturó por dentro fue la ausencia de indignación. La completa docilidad. La absoluta conformidad con las consecuencias de ese pinchazo. Ni un atisbo de rebeldía. Ni la más mínima dosis de ira, enfado o enojo contra todo el engranaje que ha inducido a tantas y tantas personas a un calvario así, de manera totalmente innecesaria. Todo lo contrario. Les dolía que no pudiera ponerse la segunda o la tercera dosis. Su salud estaba radicalmente dañada, y seguían anhelando esa segunda o tercera dosis. No daba crédito. El miedo había calado tanto en ella, a pesar de ser una persona joven, que aunque su estado de salud era ya crítico, llevaba meses encerrada en su casa, sin tomar el sol, sin dar un paseo, sin asimilar la tan necesaria vitamina D. ¿Por miedo a qué?, me preguntaba yo. ¿Miedo a estar peor, cuando ya no se puede estar peor? ¿Miedo a morir, cuando se está encerrada en vida? ¿No valdrá la pena vivir lo que pueda vivirse, sin sometimiento a esa cárcel auto-impuesta?

No hice ni una valoración durante esa llamada. Respeto absoluto y solidaridad. Y me puse a su disposición para cualquier cosa que pudieran necesitar, que no eran pocas. Pero pasadas las semanas, seguimos tratando de entender cómo hemos superado tantas líneas rojas sin inmutarnos. Porque hasta ahora, si un familiar enfermaba o moría de cáncer u otra enfermedad grave, el proceso de rebeldía, de duelo y el sentimiento de injusticia contra lo que hubiera provocado esa desgracia, te llevaban a movilizarte contra la enfermedad, contra el sistema sanitario, o contra Dios. Y recaudabas fondos para la investigación contra esa desgraciada afección, de modo que otros no tuvieran que pasar por ese mismo trance. Era tu forma de luchar contra la desgracia y darle sentido. Pero tras las muertes y efectos adversos gravísimos por las vacunas Covid, nada de eso está sucediendo. Apatía total. Aquiescencia total. Aceptación total. Rendición total. Y no sólo en quienes sufren esas consecuencias, sino en quienes escuchan o ven esas desgracias, según hemos podido comprobar. ¿Por qué? No paramos de hacernos esa pregunta. ¿Por qué?

El Doctor McCullough también trata de entender esta aparente histeria colectiva, en la que tantas y tantas personas se muestren emocionalmente inertes ante unas consecuencias tan graves para sus vidas y las de sus familiares. Él cree que muchos pueden sentir culpa o remordimiento por haber dado el paso, a pesar de tener dudas o de conocer las posibles consecuencias, en un claro desequilibrio entre lo que uno piensa, lo que dice y lo que hace. Otras, en su opinión, pudieron actuar bajo el mantra de "lo hago por solidaridad, por la seguridad pública o por la sociedad", y cuando se dan cuenta de la falacia, quizás es ya demasiado tarde y no es fácil dar un giro desde esa posición.

Pero nosotros nos tememos que el motivo de esa ausencia de indignación es mucho más grave y profundo. Y tiene que ver con el proceso que millones de personas en todo el mundo han vivido en su interior a raíz de las distintas oleadas de "globos-sonda", de coacciones institucionalizadas, de falsedades públicas, y de medidas de todo pelaje que se anunciaban para que, según los intereses de cada uno, se pusiera el brazo ante la aguja. Que si no, no vas a poder viajar. Que si no, no vas a poder entrar en los restaurantes o en las discotecas. Que si no, no  vas a poder reunirte con tus seres queridos.  Que si no, no vas a poder cobrar tu pensión o tu nómina. Que si enfermas no te va a atender la Seguridad Social...Amenaza tras amenaza, coacción tras coacción, fuera mediática, institucional o de familiares y amigos, casi el 92% de la población "diana" han acabado poniendo el brazo aquí en España. Que se dice pronto. Pero no por obligación. No porque una ley les obligara a ello. Sino por propia voluntad. Los tratados internacionales y la normativa al respecto son tan claros, que ha sido imposible imponerlo por ley, a pesar de lo mucho que lo han intentado algunos. Y ahí está el núcleo del problema. Aunque hayan estado absolutamente condicionados y coaccionados por esas amenazas, esas mentiras y esos "globos-sonda", al final han dado el paso del consentimiento de manera libre y voluntaria. Tan libre y voluntariamente, que la Justicia archiva todas las denuncias al respecto y hay un 8% que hemos dicho NO, hemos puesto todo nuestro empeño en no someternos injustamente, y en algunos casos estamos acarreando las represalias institucionales por nuestra rebeldía y desobediencia. Y ni las ideologías ni el progresismo han sabido estar a la altura en la defensa de tanta injusticia: así que no nos esperen en las próximas elecciones. Y bien sabemos de lo que hablamos: probablemente nuestro hijo Pablo no podrá regresar a casa este año, por las absurdas restricciones aún vigentes en muchos lugares, en los que, a pesar de todo lo que ha llovido y todo lo que ya se sabe a nivel científico, se sigue exigiendo el pasaporte Covid para el que se atreve aún a desobedecer el mandato vacunal. ¿Cómo van a retirar una medida de control poblacional como ésta, que puede serles tan "útil" a futuro para ciertos intereses, cuando apenas ha existido oposición a ella, y les ha resultado tan sencillo imponerla? Sea o no sea ya a estas alturas por motivos sanitarios. Eso ya es lo de menos para ellos. Ya buscarán darle continuidad, y sortear las reticencias crecientes de muchos a vacunarse por tercera o cuarta vez, y con ello, que caduque el pasaporte "de marras".

comfreak en Pixabay

Uno puede pensar: vale, aunque engañados, amedrentados o coaccionados, todas estas personas se han puesto la vacuna de manera voluntaria. Pero ¿de verdad es tan importante que haya sido así, voluntariamente? Por supuesto. Es la clave de todo esto. Es la piedra angular de todo este tinglado. Si esto u otra cosa similar se impone por obligación legal, nuestra alma no sufrirá tanto. Y la reacción que percibí tras esa llamada telefónica de hace unas semanas, no hace más que constatarlo. Dar ese paso de modo voluntario, te introduce en la sumisión, en la asunción de consecuencias, y en la complicidad con todo el proceso. Es como si con ese paso, se te dijera: "Tú, a fin de cuentas, así lo has querido. Te podías haber resistido como unos pocos han hecho. No te quejes. Si no lo has hecho, tus razones tendrías. Atente a las consecuencias. ¿Cómo vas a indignarte si has cedido tu voluntad?". Así de psicológicamente demoledor está siendo para muchos. Y con independencia de que haya una mano moviendo o no los hilos de todo esto, esa cesión de voluntad supone que nuestra alma se ha visto sometida y doblegada, y con ello, ya no es preciso ahondar más en las intencionalidades o en los patrones o estrategias respecto a lo que está sucediendo. Con eso ya basta. Tanto para los que sufren las consecuencias, como para muchos de los que escuchan sus casos o testimonios, y no muestran ni un ápice de enojo. Quizá porque saben que les podría haber pasado también a ellos lo mismo. O quizá porque aún temen que pueda pasarles en un futuro, ante la incertidumbre de lo que la proteína Spike pueda acabar desencadenando en cada cuerpo.

El filósofo francés Jean-Paul Sartre decía que “El hombre está condenado a ser libre”, indicando que la libertad es inherente a la condición humana. Es por ello que somos absolutamente responsables del uso que hagamos de ella. Y de este modo, la existencia del ser humano está atada a la suma de las acciones y decisiones que, a lo largo de su vida, irán determinando su existencia. Por ello somos responsables del sentido de nuestras vidas. Porque somos libres de actuar y definirnos constantemente. Eso es lo inherente a nuestra condición humana. Pero ello nos obliga a elegir permanentemente dentro de esta libertad. Y si en ese proceso de elegir, tú me engañas una vez, será culpa tuya; pero si me engañas dos veces, será culpa mía, porque no habré sabido gestionar esa libertad de elección que es esencial a mi existencia.

Los acontecimientos de estos largos meses, y todo lo que se avecina, tienen mucho que ver con esa decisión de ceder o no nuestra voluntad, de ejercitar bien o mal nuestro libre albedrío. Sea para ponerse la vacuna, para indagar y profundizar frente a las falsedades e incoherencias de las autoridades y los medios de comunicación, o sea para entrar en la confrontación de "buenos y malos", de "cumplidores y negacionistas". Sea para someter a nuestros hijos sin cuestionarnos nada ante tantas evidencias en contra, porque lo hacen todos o porque sacrificándolos protegeremos a los "abuelitos". O sea para encerrar a nuestros mayores solos y en tristísimos aislamientos en lo que se ha demostrado que fueron unas auténtica "ratoneras". ¿Qué le pasa a esta sociedad nuestra que se ha vuelto enferma a base de ceder toda su libertad?

A lo mejor, hoy día, no sea tan prioritario plantearse cambiar el mundo. A lo mejor el gran reto de nuestro tiempo sea simplemente despertar. Y para despertar, quizá sea necesario que se nos revuelvan las entrañas ante tanta injusticia y sinsentido. Se ha "apretado" tanto, y se ha engañado tanto a la gente, que muchísimas personas están iniciando ese proceso, y están saliendo de esa cárcel que supone el sometimiento voluntario de su voluntad.
Por eso, la pizarra de nuestra nevera nos interpela desde hace semanas: "La única manera de lidiar con este mundo sin libertad, es volverte tan absolutamente libre, que tu mera existencia sea un acto de rebeldía". ¿Qué fue del inconformismo y de la indignación? ¿Dónde están? Quizás sean el último clavo ardiendo, la última puerta de entrada al despertar de muchos en unos tiempos tan convulsos. 

Por favor, no olvidéis algo. Todo esto les ha funcionado. Les ha salido casi de balde. Saldrán "de rositas". Y millones de personas se han tragado las mentiras y están ilusionadas con su falso retorno a su falsa normalidad. La gran pregunta es: ¿repetirán? Sea bajo la "teórica" amenaza de un virus, de un tirano, de un populista, de la inflación, de una guerra, o del calentamiento global, ¿repetirán? ¿Nos dejaremos? ¿Se lo permitiremos? ¿Tropezaremos de nuevo con la misma piedra? ¿Cederemos nuestra voluntad? Atentos...


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