Mostrando entradas con la etiqueta Huerto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Huerto. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de enero de 2018

Malas hierbas

Era una auténtica selva. Ortigas, cardos, zarzas, tréboles, cerrajas y verdolagas se habían hecho fuertes. Los días de lluvia, unidos a algún que otro resfriado y al quehacer diario, nos impidieron darle una ojeada a nuestro huerto. Y nuestras pobres coles, guisantes, lechugas y fresas estaban sitiadas por las malas hierbas. Es lo que tiene una tierra tan fértil y un clima tan benigno: que todo crece que es una barbaridad. Y si te descuidas, el huerto se convierte en una jungla.
Nos resistimos a llamar "malas hierbas" a especies que las pobres también tienen derecho a existir sin que se las descalifique, y que en muchos casos incluso son comestibles. Pero lo cierto es que ya nos ha pasado que acaban usurpando el terreno de tomates, pimientos, cebollas y calabazas. Y si el objetivo del huerto es precisamente tener una pequeña producción ecológica, que evite los pesticidas, que reduzca la factura del súper, y que de camino permita un mayor contacto con la tierra, no queda más remedio que estar ojo avizor a esas hierbas. Sabemos que hay métodos como el del japonés Fukuoka, que pretende conseguir las condiciones más naturales posibles con la mínima intervención por el ser humano: sin arar, sin abonos, sin fertilizantes, sin podar y sin eliminar malas hierbas. Nosotros cultivamos sin químicos, y lo más ecológicamente posible, pero aún no hemos llegado a lo de este método, la verdad. Quizás todo se ande. Pero por ahora no nos da la vida para tanto.
Así que este fin de semana tocaba quitar hierbas, agachados, con el azadón y en posiciones casi imposibles entre tanto matojo. Buena terapia para la espalda y la vida de oficina. Y es curioso cómo ese contacto con la naturaleza, con el agua, con la tierra y el barro, despierta mil y una analogías con la vida cotidiana. Tras las recientes lluvias, el suelo estaba aún húmedo, y el quitar las hierbas se convertía en una tarea mucho más sencilla de lo habitual. Apenas había que escarbar un poco y con un simple tironcillo la hierba salía sin apenas esfuerzo. Nada que ver con lo de otras veces, que casi nos obligaba a ir con motosierra. El momento era propicio para ello. Como pasa también en la vida. Y los padres lo sabemos muy bien. Hay pequeños actos cotidianos que si se siembran, se acaban convirtiendo en hábitos. Y hay también otros, que como esas hierbas de nuestro huerto, si se dejan crecer, no sólo acaban siendo hábitos perjudiciales para nuestros hijos, sino que incluso acaban forjando un carácter, e incluso un destino. 
Y ahí surge la gran pregunta que todo padre o madre tarde o temprano se hace: ¿intervengo o no intervengo? ¿Corto esa hierba, o estaré coartando parte de su encanto, de su chispa, de su espontaneidad? ¿Hasta dónde dejar crecer su salero, y a partir de dónde podrá acabar convirtiéndose en un maleducado, en un consentido, en un perezoso o en un asocial? ¿Aplicamos el método Fukuoka o cortamos esas posibles malas hierbas? Desde luego, si optamos por lo segundo, mejor en terreno blandito, como nosotros en nuestro huerto este fin de semana. Porque si esperas mucho, el chaval puede tener ya novia, sacarte medio metro, y mandar tus tijeras de podar al "quinto pinto". Los que tenemos hijos en edad pre-adolescente y adolescente vivimos permanentemente en esa dicotomía. Ante una mala respuesta, ante un portazo, ante un desaire, ante una chulería o ante la enésima confrontación: ¿tijeras o Fukuoka? Y curiosamente también en las últimas semanas, algunas personas cercanas nos hablaban justo sobre esto, pero aplicado a su relación de pareja: si le hubiera dicho a tiempo que compartiéramos las tareas de casa, si hubiéramos puesto las cartas sobre la mesa en su momento, si, si, si.....
Nuestro huerto no sólo nos alimenta, también nos da que pensar. Vemos que hay plantas que no se pueden juntar; otras que se asocian entre ellas; otras que deben plantarse para proteger la producción contra caracoles, pájaros o bichos variopintos... Menudo máster si lo aplicamos a las relaciones humanas. Habrá que acudir más al huerto, para seguir aprendiendo de la vida.

NOTA: Este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario. Actualmente estamos apoyando a los Ángeles Malagueños de la Noche, uno de los Comedores Sociales más importantes de España. 

sábado, 3 de junio de 2017

Llévame al huerto

¿Qué hace un tío como yo en un sitio como éste? Es lo que me pregunté cuando empezamos hace un par de meses. Y es lo que me sigo preguntando cada semana cuando vuelvo. A fin de cuentas soy un "urbanita" empedernido. Veo a Mey entre semillas, azadones y regaderas y me cuadra al cien por cien: lleva los genes de su bisabuela en este asunto, y se le nota la soltura. ¿Pero yo? ¡Si no sé dar un paso sin tener que preguntar qué tocaría hacer ahora! ¡Si parezco un "pato mareado"! ¡Si el contacto que había tenido hasta ahora con zanahorias, brócolis o fresas había sido a través de un blister, de unas bolsas de supermercado, o de la mano del frutero del mercadillo. ¿Por qué este nuevo giro?
Hace tiempo que sentimos que un mundo diferente no se construye sólo desde nuestras burbujas asépticas de consumidores. Que ir a un supermercado lleno de estanterías y lineales bellamente decorados con carteles que te incitan a una compra compulsiva puede proveerte de forma rápida y eficiente de lo necesario para comer y beber, pero puede desconectarte del origen, del proceso, del sudor y de las implicaciones que eso que metes en el carrito tiene. Por eso hace tiempo decidimos abrir la puerta a la posibilidad de tener algún "terrenito" donde cultivar alguna "cosita". Pero todo era o muy caro o muy alejado. Mientras, podíamos seguir acudiendo puntualmente a nuestra amiga Reme, de Triana, con sus productos ecológicos. Con ella aprendimos a ser más locávoros; a tomar productos menos atractivos o maquillados; productos sólo de temporada y del terreno; productos más cercanos; productos que la meteorología, los gusanos o los caracoles hubieran decidido respetar. Pero en el fondo, seguíamos siendo simplemente consumidores. Quizás un poco más alternativos. Pero nuestras manos y nuestra conciencia aún estaban sin estrenar en esta materia.
Nos planteamos "tirarnos al monte" por ésta y por otras muchas razones. Pero en este mundo de la ciudad hay también mucho que trabajar en favor de un mundo diferente para vivir. En el trabajo, con los amigos, en el instituto o en el cole, con los vecinos...Esa opción la sentíamos como una pequeña huida, y por ahora decidimos esperar, dejar la puerta abierta, y abrirnos a la convicción de que la respuesta estaba por llegar. Nos abrimos de par en par a ella, y llegó. Siempre que eres receptivo, la vida es generosa. Nuestra amiga Belén ya cultivaba un huerto ecológico urbano con otra familia, sin nosotros saberlo. Esta otra familia tuvo que dejarlo, y Maria José nos lo comentó. ¡Allí estaba la respuesta que estábamos esperando! Bueno, bonito y barato. Un huerto ecológico de 75 metros cuadrados, a cinco minutos de casa, con agua, riego automático, y herramientas incluidas, por quince euros al mes. Y encima tendríamos la ocasión de conocer mejor a un alma "de las buenas" como Belén. ¿Qué más podíamos pedir?
Ahora nuestra lechugas, nuestras acelgas, nuestras judías y nuestras fresas saben mejor. No tenemos aún para autoabastecernos, pero se ha creado una relación más especial con eso que comemos, y con la tierra de la que provienen. Puede sonar absurdo, pero hay algo místico en todo esto. Ahora vemos lo que cuesta que lleguen a nuestra mesa. Las hemos visto crecer, y se crea un lazo especial con esas verduras y hortalizas que nos nutren, ya no sólo con sus proteínas y vitaminas, sino también con la sensación de gratitud y del vínculo que nos une a ellas.
Estamos convencidos de que este mundo mejorará un poquito si dejamos de aislarnos en nuestra torre de marfil como meros consumidores con tarjeta de crédito en mano, y pasamos a hacernos un poco "hacedores", productores o artesanos. Aunque sea en ratos sueltos. No de forma radical, quizás. Sino como medio de cultivar la consciencia y la conexión con la tierra.
Toca reconstruir los puentes que esta vida desenfrenada destruyó con aquello que comemos, bebemos o con lo que nos viste. Toca superar también aquí la historia en la que vivimos de separación del otro y de lo otro. Quizás eso implique ver pasear por la encimera de casa algún caracol polizonte en una de nuestras lechugas. Quizás suponga algún resto de tierra en las espinacas. Quizás también algún dolor en una espalda mal acostumbrada. O puede que toque sentirse "como un pulpo en un garaje" cuando nunca has labrado la tierra. No pasa nada: ahí están Mey y Belén para dar la consigna adecuada, a pesar de que te sientas el más patoso de la tierra. Vale la pena pagar el peaje. Por el sabor. Por la salud. Por la sostenibilidad. Por recuperar la conexión. Por la consciencia. 
Llevo varias semanas sin poder ir. Este mes de mayo ha sido demencial en ajetreos varios. Ayer fueron Mey y Eva, nuestra hija pequeña. Volvieron exultantes las dos, cargadas de cebollas y de infinidad de anécdotas con los vecinos agricultores, que siempre nos comparten semillas, hortalizas y su saber ancestral. Me encanta esa camaradería labriega. Parece que las judías en pocas semanas ya me han superado en altura. Espero que en unos días esto mejore, y las circunstancias me lleven de nuevo al huerto.

NOTA: Este post se publica, como todo lo que escribimos, de forma gratuita y en abierto tanto en nuestro Blog como en nuestro Patreon. Pero si te gusta lo que escribimos, te ayuda, te sientes en gratitud, y quieres también impulsar un mundo diferente para vivir con nosotros, puedes colaborar en nuestros proyectos solidarios colaborando con una cantidad simbólica (desde 1€/mes) en nuestro Patreon Solidario.