miércoles, 26 de febrero de 2020

Refugiados del coronavirus

En cuanto leí el titular de prensa del pasado sábado, tuve de nuevo esa sensación. Esa de que, por muy lejano que aquello pareciese, nos acabaría tocando. A veces es un escalofrío. Otras un pellizco en el estómago. Y la verdad es que preferiría equivocarme más. Pero se ve que la intuición también se entrena.
Era el fin de semana que nos habíamos reservado para descansar y reponer fuerzas tras tanto contratiempo acumulado en las últimas semanas. Por fin nos íbamos a reencontrar con  nuestras escapadas de fin de semana en nuestra furgoneta hippy. Por fin habían ido quedando atrás los días de fiebre de Mey, las duras pruebas de solicitudes pre-universitarias, mi operación ocular y sus posteriores jornadas postrado "boca abajo", e incluso el flemón de la muela del juicio. Tocaba celebrarlo. Y así lo hicimos, disfrutando de la naturaleza, del pantano de los Bermejales y del cauce del río Cacín, del silencio y de la tranquilidad.
Pero justo de regreso, ya el domingo, Pablo desde Italia, nos avisaba en directo de que en dos minutos nos llamaba para decirnos algo muy importante. Se celebraba en esos momentos una asamblea de todo su colegio. Ahí el recuerdo del titular del viernes volvió a aflorar. Y ese escalofrío también. Les acababan de anunciar que, siguiendo las recomendaciones del gobierno italiano, del comité internacional, y de la experiencia de los colegios de China y Hong-Kong, se había decidido cerrar el colegio hasta el 8 de marzo, como mínimo. Era una medida de precaución y para evitar males mayores, como una posible propagación o cuarentena de un colectivo de 95 nacionalidades como el suyo, y las repercusiones que ello podría tener. Nadie estaba afectado y no había aún riesgo alguno. Pero si la cosa se ponía seria, no actuar podría generar un problema mayor que las implicaciones del cierre a tiempo del centro.
No dio tiempo a plantear ninguna duda, o a hacer ninguna consideración. Daba igual que fueras o no crítico con el alarmismo que se está generando. Que no estemos ante el ébola ni ante una epidemia fatal. Que el origen del brote fuera un murciélago, un pangolín, o la mano interesada del hombre. O que la tasa de recuperación sea del 98%, muy superior a cualquier gripe habitual de cualquier año habitual. De repente te ves en medio de un proceso de histeria colectiva, ante el que no puedes quedarte inmóvil, por mucho que creas que carece de sentido. Y en pocos minutos, el precio de los vuelos empezó a subir ante la desbandada general. Ese era el primer motivo de la llamada de Pablo: reservar vuelo cuanto antes, para no quedarse fuera de juego.
Pero no se trataba tan sólo de anunciar el cierre del centro. Se trataba de hacer un llamamiento a la solidaridad con aquellos estudiantes no europeos, cuyo retorno a casa pudiera suponer el fin abrupto de su curso, y quizás de su bachillerato, por el coste de un posible viaje de regreso en unas semanas o por incompatibilidad horaria para mantener las clases a distancia por internet. Y ese era el segundo motivo de la llamada: determinar si estaríamos dispuestos a acoger a otros estudiantes, y calcular en caso afirmativo su número. No hizo falta hablarlo. El "sí" fue unánime. Y tan sólo tuvimos que calcular el espacio en casa para que durante un tiempo, aún por determinar, pudiéramos acoger a más estudiantes de forma digna y razonable, si todo esto se prolongaba.
Durante el trayecto de vuelta ya estuvimos calculando itinerarios y precios, y nada más llegar a casa reservamos los vuelos de Pablo, Erick y Fabián, dos buenos amigos costarricenses de nuestro hijo. La decisión de Jacopo fue más complicada. Él es italiano, pero al vivir su familia en el epicentro del foco del coronavirus, cerca de Milán, se arriesgaba a entrar en cuarentena si regresaba a casa, y quizás no poder volver al colegio más tarde. Decidió venir también con nosotros a las pocas horas, aunque ya su billete no pudo comprarlo por internet.
Durante la salida del aeropuerto de Venecia justo después de la suspensión del carnaval, y a lo largo de la larga noche que tuvieron que pasar en el aeropuerto de la escala de Lisboa, estuvimos con el alma en un puño por si algo se torcía. Pero no. Todo salió bien.
No ha sido fácil para Mey organizar la logística de camas, armarios, ropa para prestarles, y organización general para que todo fluya en las semanas que nos esperan por delante. A fin de cuentas, hemos duplicado los habitantes de la casa, y hemos triplicado la prole que vivía con nosotros hasta hace apenas 48 horas. Hemos llenado la despensa. Y Mey hizo ayer un macro-cocido para una legión, pensando en tener opciones para varios días, aunque se finiquitó en un almuerzo. Ya se sabe cómo come la juventud...
Lo bueno de la gente joven es que lo viven todo como una aventura. Nada es un drama. Todo son risas y bromas. Todo es un puro disfrute. No hay preocupación por el fin del curso, por los exámenes finales del bachillerato internacional, o por el posterior acceso a la universidad. Y es bueno que así sea. Vivir el presente como si no hubiera un mañana. Y si puede ser, alejados de histerias colectivas, mejor.
En los momentos difíciles es cuando se comprueba la nobleza y la categoría de una persona. Y lo mismo sucede con las instituciones y con los colectivos. La respuesta del colegio de Pablo, de las familias, y de los respectivos comités internacionales, sin contraprestación alguna, fue impecable y plagada de solidaridad. En pocas horas, una macro operación logística como ésta quedaba culminada sin que nadie se quedara descolgado o fuera de juego. Quizás sean éstos los aprendizajes que traiga consigo el dichoso coronavirus y el alarmismo que está generando.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )



martes, 11 de febrero de 2020

Perro flaco

Hay quien dice que si algo puede salir mal, saldrá mal. Que la tostada siempre cae en el lado de la mantequilla. Que los pares de calcetines siempre van de dos en dos antes de entrar en la lavadora, y de uno en uno al salir de ella. Que la otra cola del supermercado siempre es más rápida que la tuya. O que las cosas siempre se encuentran en el último sitio en el que se te ocurre buscarlas. Incluso Murphy llegó a formular su teoría con esas evidencias incuestionables.
Cuando te estás recuperando de alguna enfermedad o alguna intervención quirúrgica, es cierto que, en muchas ocasiones, las aparentes adversidades piden su turno para darte su correspondiente "colleja". "A perro flaco, todo son pulgas", dice nuestro refranero español. Y realmente no sé si se trata de cuestión de "perros flacos", de "toros sentados", de "caballos locos" o de "caniches en cunclillas". Pero lo cierto es que en las últimas dos semanas, tengo la sensación de que nos hemos llevado una tunda buena de pulgas. A la bofetada de la revisión "rutinaria" de Barcelona, se unió el problema del examen TOEFL de Samuel. Antes de volver a Barcelona, tuvimos una comprobación limitada de Hacienda por el IRPF de Mey, que hubo que resolver "express". La semana siguiente tocó la gripe de Mey y sus 39 de fiebre, coincidiendo con mi operación. Mejor no hablar de los diez días posteriores inmóvil y boca abajo, con su consiguiente tormento en cuello y cintura. Y justo cuando veía en el horizonte el fin de esa penitencia, se me pone la mejilla como una sandía, con un flemón del calibre 27. Todo ello, regado, como no podía ser de otro modo, con nuestras exóticas goteras, que siguen campando a sus anchas desde hace meses en nuestro sótano, sin que nadie parezca ser capaz de desentrañar el expediente X de su origen. Y de postre, se aceleran los cambios de rumbo en mi nuevo trabajo, justo cuando estoy fuera de juego. Un panorama, vamos.
Imagen de Randy Rodriguez en Pixabay 
¿Que si ha habido días que me he venido abajo? Dos o tres, por lo menos. Y sinceramente, creo que es hasta sano encontrarse en esas circunstancias, y vivirlas en plenitud. Probablemente no veremos muchas fotos en el facebook o en el instagram de la gente, haciendo "poses" de esos días. Pero os aseguro que existen. Días en que te apetece mandarlo todo "a la porra". En que tu vulnerabilidad toca fondo. En que no sabes si explotar, llorar, maldecir o hacerlo todo a la vez. Mi amiga Carmen, que de esos días lleva ya unos pocos, la pobre, dice que se hincha de llorar, saca toda su rabia y frustración de dentro, y cuando se ha quedado nueva, se enjuga las lágrimas, y se pone manos a la obra con lo que toca. Y eso es crucial. Porque es importantísimo dejar que esos sentimientos fluyan y salgan. Que no se repriman. Porque se pueden acabar enquistando. No se trata de hacerse el/la fuerte, y tener inmaculado tu expediente de "tío/a duro/a". Sino tener garantías de que esas inclemencias se superan sin mella, sin rastro alguno. Y en esos momentos de "bajón", aunque parezca paradógico, lo importante no es la enfermedad que te paraliza, sino cómo tu "cabecita" digiere todo ese proceso. Especialmente cuando te quedas solo y la cabeza se pone a dar vueltas a doscientos por hora. ¡Anda que no he dado gracias a las técnicas de meditación en esos momentos! Es ese trabajo con la mente el que hay que priorizar, porque es el que puede acabar dañando nuestra autoestima, nuestra ilusión, y nuestra capacidad para conectar con los demás cuando todo acabe pasando.
Este perro flaco ya se está sacudiendo sus pulgas. Nada de pre-ocuparse: sólo ocuparse. Ahí va el parte. Mañana vuelve a venir otro fontanero. Este jueves me extraigo el trozo de muela del juicio que me trae de cabeza. Samuel sacó un 9 en su TOEFL y ahora está por ver si le aceptan la nota en las universidades, al ser ya fuera de plazo. Ya he empezado a darme unos paseítos para recuperar la forma. Y en unas semanas, volamos de nuevo a Barcelona, para confirmar que todo ha quedado bien. El gas aún no se ha absorbido o disipado totalmente, y mirando por ese ojo parece que estoy navegando medio sumergido o medio a flote. Pero por la periferia del ojo empiezo a recuperar ya la visión. Espero poder volver al trabajo antes de lo previsto.
Dice también nuestro refranero que "Dios aprieta, pero no ahoga". Da igual que seas creyente o no. Hay ahí una sabiduría que no conviene ignorar. Y no tiene nada que ver con un ser ajeno a nosotros que nos tortura sádicamente para ver hasta dónde somos capaces de aguantar. Creo que la cosa no va por ahí. Va de aceptación (que no resignación), y de nuestra capacidad de fluir con las circunstancias de la vida, al margen de que a éstas les pongamos la etiqueta de "buenas" o "malas". Y de que nuestras cicatrices del pasado, acaben convirtiéndose en nuestra fuerza para el presente.


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lunes, 3 de febrero de 2020

Contando baldosas

No me regañéis. Estoy escribiendo este post bajo estricta prescripción médica. Cabeza boca abajo y el portátil totalmente abierto y tumbado en el suelo. Así que no estoy forzando ni arriesgando nada. Eso sí: sin excederme.
La operación del martes fue bien. Mis miedos al inmenso dolor post-operatorio  de la primera intervención de hace nueve años se diluyeron. Tan sólo tuve un conato parecido durante unos minutos en el tren de vuelta de Barcelona, pero fue falsa alarma. Desapareció con un poco de meditación y un ibuprofeno. Parece que el agujero de la mácula quedó sellado con esa mezcla de plaquetas de la sangre que me sacaron poco antes del brazo izquierdo, y con qué se yo qué otros "ingredientes". Pura ciencia ficción. Como siempre allí.

Siguiendo la tónica habitual de esta familia, si algo se puede complicar un poquito, ¿para qué hacerlo fácil? Así que dos días antes de tomar el vuelo a Barcelona, Mey cogió la gripe. Jamás en estos treinta años juntos la había visto con tanta fiebre. Al contrario: cuando enferma, a ella le baja la temperatura. Rarita, la chica, jajaja. Así que estuvimos temiendo contagiarme justo antes de la intervención. Y temiendo también que la pudieran dejar en tierra, si en el aeropuerto se hubieran puesto a controlar la fiebre de los pasajeros como en los aeropuertos chinos, por temor al coronavirus. Un panorama, vamos. Pero no pasó ni lo uno, ni lo otro. Aunque tras mi operación, no sabíamos bien quién debía cuidar a quién. Tanto, que nuestro querido Luije vino a vernos tras la operación, y viendo la situación, salió zumbando para dejarnos descansar, el pobre.
Ya en casa, y con su buen antibiótico, Mey está mucho mejor. Y a mí me toca ejercitar la paciencia y la observación. Porque aunque el médico me dijo que podía mirar una pantalla en el suelo, sí que fue muy estricto e insistente en un detalle: lo de estar mirando para abajo y tumbarme boca abajo de forma permanente durante diez días. Lo normal en estos casos son cinco días, pero él, para prevenir, me prescribe el doble, por la ausencia de barreras naturales de contención en mi ojo, ante la debilidad de mi retina y tras la extirpación del cristalino en las dos operaciones anteriores. Vamos, que el gran temor es la tensión ocular y los estragos que podría suponer una fuerte subida. Así que en esas ando: con dolor de cervicales y de lumbares, por la posición de alcayata. Y buscando a cada instante cómo ponerme para respetar lo dicho por el médico. Y es gracioso, porque he tecleado en Google "Cómo combatir los dolores de cervicales", y lo primero que pone es evitar dormir boca abajo. Así que lo tengo claro...
Muchos me preguntáis cómo lo llevo, sobre todo por el reciente cambio laboral. Ya llevo algunas de éstas a mis espaldas. No muchas. Pero las suficientes para no querer repetir curso. Y ya he aprendido la lección. Al menos la teoría. Aunque la práctica siempre cuesta más. Y la lección no va de resignarte, sino de aceptar de forma combativa lo que el destino nos va deparando. Fluir con él en lugar de pelearte con él o maldecirlo. Encajar el golpe, pero sin perder el tiempo en preocupaciones estériles. Y actuar en cada momento con lo que te encuentres a tu paso. Ni lamentos, ni victimismos. Atentos a lo que toca aprender a cada paso, y al mensaje que cada circunstancia trae consigo.
Toca contar baldosas...jajaja
Cuando tienes tus facultades más o menos normales, te acostumbras a hacer veinte cosas a la vez. Pero cuando te obligan a mirar al suelo, a contar baldosas, te haces más consciente de todo. Intentas escuchar lo que normalmente no escuchas.  Captar los matices que habitualmente pasan desapercibidos. Prestar atención más plena al plato de comida que tienes delante, y a los sabores que trae consigo. Tiendes a observar más, y a hablar menos, o a acaparar menos la atención. Es como si los roles con que normalmente te desenvuelves, se vieran inexorablemente obligados a cambiar. Y te sientes vulnerable. Y los demás te ven vulnerable. Y les da "cosa". Porque están acostumbrados a verte resolutivo y eficaz, siempre activo y en movimiento. Y ahora te ven torpe, más callado, más lento...Pero siempre he creído que en la vulnerabilidad nos veremos todos. Pocas estaciones de obligado paso hay como ésa. Y es curioso, pero cuando caen todas las capas de cebolla, cuando desaparecen nuestros grandes roles, representados con esmero durante años, nos encontramos desnudos en nuestra vulnerabilidad. Y ahí los encuentros con el otro y los descubrimientos existenciales son maravillosos.
Mi vulnerabilidad actual es de "pacotilla". Apenas unas luces y sombras en un ojo, un dolor de cuello y otro de cintura, diez días boca abajo, y en menos de un mes volveremos al terreno de juego, a rodar la pelota de la vida. Pero no dejo de pensar en personas cercanas, luchando contra sus tumores malignos, contra sus recientes soledades, contra sus miedos. Todo nuestro reconocimiento y energía para ellas, en estos días en que andamos fuera de juego. 

En nuestro caso, todo este proceso de estas semanas nos ha traído un regalo monumental, del que quizás no éramos conscientes: la enorme cantidad de personas que, mucho más allá de la familia y amigos cercanos, veláis por nosotros. Hemos recibido multitud de llamadas, mensajes, oraciones, e incluso mantras, cargados de buena energía y buenos deseos en estos días complicados. Hemos sentido con fuerza el enorme empuje de vuestros buenos deseos hacia nosotros. Y que toda esa enorme red de gente buena estéis ahí, pendientes de nosotros, es lo que da verdadero sentido a la vida. ¿Qué, si no? Un millón de gracias a tod@s. Ya sólo por ello, todo esto cobra sentido.



PD: Para los que ya os hayáis perdido en esta larga historia de ojos, ahí van los links anteriores:
Parte 1: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/ojos-que-no-ven.html?m=1
Parte 2: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/el-dolor-del-clavo.html?m=1
Parte 3: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/la-salud-y-la-conviccion.html?m=1
Parte 4: http://familiade3hijos.blogspot.com.es/2016/02/ojos-de-nino.html?m=1
Parte 5: http://familiade3hijos.blogspot.com/2018/11/poca-vista.html
Parte 6: http://familiade3hijos.blogspot.com/2020/01/30-horas-para-olvidaro-no.html



domingo, 19 de enero de 2020

30 horas para olvidar... o no

Uno siempre cree tener bien atado el guión de cada día. Ese que actúa como bola de cristal de lo que va a pasar, y que te da cierta tranquilidad sobre lo siguiente por venir. Esta semana acabábamos las últimas solicitudes para universidades extranjeras de Samuel. Había sido un trabajo extenuante por su costumbre de dejarlo todo para el final. Un trabajo ya demasiado prolongado desde que empezamos con las de Pablo antes de Navidad. Por eso llegábamos a esa pequeña meta, ya al límite de nuestras fuerzas. Y el guión para este viernes era sencillo:  una visita relámpago a Barcelona para  mi revisión anual de ojos donde, solos los dos, podríamos reponer algo de fuerzas despejándonos de todo. Pero el guión acabaría siendo otro.
Entrando a la clínica de Barcelona

Viernes 17 de enero, 5:45. Abro los ojos antes de que suene el despertador. Me apetece la escapada a Barcelona, y me pongo en marcha. También Mey, a pesar del "madrugón". Café, tostadas, ducha, y al coche hacia el aeropuerto. Encontramos aparcamiento a la primera, y con tiempo para ir paseando a la puerta de embarque sin prisas. El guión parece confirmarse. El vuelo es rápido y puntual. El aterrizaje, el más suave de mi vida. La cosa sigue pintando bien. A pesar del retraso del autobús 46, llegamos rápidos a Plaza España, y el transbordo al V7 nos deja en tiempo récord a 10 minutos andando de la puerta de la clínica oftalmológica. El tráfico de la hora punta ya ha pasado hace rato, y todo parece seguir yendo conforme a mi guión. Hay una cola inusual en la recepción, pero hasta eso parece cuadrar, porque nos encontramos con un antiguo compañero de trabajo de nuestra etapa en Linares, y nos ponemos al día tras años sin vernos. Todo sigue cuadrando.
Una optometrista de blanco impoluto pronuncia mi nombre desde la puerta de la gigantesca sala de espera, y nos introducimos con ella por los funcionales pasillos de la clínica. Siempre me imagino que los edificios de la NASA deben tener un aspecto similar, no sé por qué. Ella se encarga siempre de los previos: tensión ocular, graduación, síntomas anómalos. Todo correcto. El ojo "bueno", que fue el del susto de hace un año, parece sellado y bien sellado. Eso marca el guión. Correcto. Pero noto un ademán extraño en la joven optometrista en las comprobaciones de visión del ojo izquierdo. Parece que he perdido un 15% de agudeza visual, y eso, en un año, es mucho. Yo no me había dado cuenta porque al procesar mi cerebro prioritariamente la información visual del ojo "bueno", el izquierdo siempre está en un segundo plano.Pero ciertamente, me cuesta más de lo habitual ver las letras y números proyectadas en la pantalla del fondo de la sala. Como yo llevo mi guión de día bajo el brazo, no me preocupo. Será cansancio acumulado de estos días.
Entra el doctor. No es el habitual, porque el que me operó ya dos veces está de congreso oftalmológico en El Cairo. Pero aquí son todos profesionales de primera. Desde luego no tiene pelos en la lengua. No estamos acostumbrados a un oftalmólogo tan explícito. Y no le gusta nada lo que ve en ese ojo izquierdo tras la dilatación de la pupila, y tras ese empeoramiento de visión. Nos propone hacerme un escáner ocular. Yo sigo aferrado a mi guión, y lo atribuyo a un exceso de celo del doctor. Pero la cara de Mey ya ha cambiado a la de preocupación, aunque no quiera preocuparme a mí. Accedemos a la prueba. Mientras me escanean los ojos, me siento contemplando una de esas batallas de "Star Wars" con rayos láser de colores por todos lados.
Los resultados del escáner son enviados en segundos al ordenador de la consulta del doctor. Y mientras le esperamos de nuevo allí, le da tiempo a Mey a ver las imágenes desde su asiento. No tienen buena pinta. Y esa mala pinta la confirma a los pocos instantes el doctor: un buen agujero en la mácula. No muy grande, pero hay que operar. Las posibilidades de que siga agrandándose son más que ciertas, y el deterioro de visión más que probable. Mey le pregunta si es peligrosa la operación, dado lo complicada que fue ya la primera. "En peores plazas hemos toreado, señora", fue su respuesta. Unas risas entre malas noticias nunca vienen mal. Nos damos cuenta de que todo es cuestión de perspectiva.
El experto en mácula y en miopías magnas, como la mía, está justo volando en ese momento de regreso del Congreso de El Cairo. Y en cuestión de segundos me conciertan una consulta con él, nada más aterrice, después del almuerzo. Mi guión ya se ha hecho trizas.
Habíamos quedado en conocernos en persona con una amiga, madre de un compañero de Pablo que estudia en Asia, a la que aún no conocíamos en persona. Por desgracia, el guión ya no existe, y el almuerzo se hace con cronómetro en mano. Toca correr de nuevo. Tatty, la pobre, nos acompaña, para poder seguir charlando, en nuestro peregrinar por la clínica: del experto en mácula que confirma el diagnóstico, al departamento de planificación de operaciones quirúrgicas, y de allí a la cita con la anestesista. Todo para dejar planificada la intervención para dentro de unos días. Más allá de unos días, mi ojo puede correr peligro, por ello el quirófano no debe demorarse.
Los vuelos suelen atrasarse. Pero pocos días antes de la cita en Barcelona nos han comunicado que el nuestro se ha adelantado casi dos horas. Así que el trasiego de consultas en la clínica ha dejado poco margen de tiempo. Toca correr de nuevo. Y llegamos en el último aviso a la puerta de embarque. Tras aterrizar en Málaga, recogemos a los niños en casa de los abuelos, tras contarles todos los detalles. Rápidamente nos vamos para casa, porque hay que madrugar al día siguiente, aunque sea sábado. El día de relax y el guión previsto, "a la porra".
La Alhambra, hace unas semanas

Sábado 18 de enero, 6:30 de la mañana. Por suerte, me repongo bien durmiendo. Y las primeras horas de la mañana me sientan de lujo. Ya habrá tiempo para pensar en Barcelona y en la logística para la operación. Ducha rápida, desayuno express, y zumbando hacia Granada para recorrer los 120 kilómetros que nos separan de la academia donde Samuel tiene el examen Toefl de inglés, penúltimo requisito de sus solicitudes universitarias. Por supuesto en la última convocatoria y en la foto-finish. Como siempre. Llegamos sobrados con un margen de media hora. Un nuevo día, y un nuevo guión. Parece que lo de ayer fue sólo un mal día y un mal guión. Samuel me dice en la puerta que ya me puedo ir. Cosas de la adolescencia. Pero prefiero comprobar que todo está correcto. Luego ya me daré una vuelta por Granada, siguiendo mi guión. Quizás un cafelito, un paseo para ver la Alhambra y el Albaicín, alguna que otra foto "chula"...Pero nada más ver la cara de extrañeza de la chica de recepción, ya sé que de nuevo el guión hoy tampoco va a triunfar. Que no estaba todo correcto. Que de nuevo había otro guión previsto para esa mañana. Llamadas a la dirección de la academia, al responsable en Andalucía, a la central en Irlanda y en Estados Unidos. Nadie sabe nada del examen, a pesar de la confirmación por escrito. Todo cerrado hasta el lunes. Curioso cuando los exámenes siempre son en sábado. Fuera hace un "frío que pela" y empieza a llover, con la nieve de Sierra Nevada de fondo. Samuel y yo montamos un campamento improvisado en el hall de la academia, bajo la mirada de sorpresa de alumnos y profesores. Mey, que se ha quedado en casa para llevar a Eva a chino, coordina los mensajes en inglés. Hay que intentarlo todo. Si no, no sólo se va al traste el guión del sábado. También todos sus sueños universitarios, sus resultados del SAT, y todas las tasas abonadas en las distintas "applications". Tras casi cuatro horas de gestiones, todo queda en manos del coordinador regional, a la espera de sus gestiones con la central el lunes. Vuelta a Málaga con las manos vacías, y con un cansancio que no recuerdo. Físico y mental. Se me cierran los ojos conduciendo.

Hace algunos años había una coletilla que Mey y yo nos decíamos a menudo: "Cuando estemos tranquilos..." Ya aprendimos que, en nuestro caso, eso es una utopía. Nuestra energía atrae los líos de un tipo u otro. Es como nuestro ecosistema natural. Así que mejor no usar más esa coletilla. Mejor no escribir o imaginar muchos guiones de momentos futuros. Mejor vivir los presentes a tope.

Casi apetece olvidar esas 30 horas. Aunque ahora que lo pienso, mejor no. Hay que fluir con los momentos del presente, sean buenos o traigan algún aprendizaje con ellos. En los próximos días tocará vivir muchos de esos momentos, que habrá que gestionar segundo a segundo. El viernes durante unos instantes nos preocupamos. Quizás porque no nos lo esperábamos. Ya no estamos preocupados. Estamos como siempre: ocupados. Del avión de ida, de la estancia en Barcelona, del tren de vuelta, de la agenda de los niños esos días, de gestionar la baja laboral, de las pruebas pre-operatorias...Sin guión. Aceptando lo que toca.


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martes, 24 de diciembre de 2019

Navidades de ayer y de hoy

El conductor debió apiadarse de mi, desplegando todo su espíritu navideño ¿Dónde va este español, "más perdido que un pulpo en un garaje", de noche, sin conocer la ciudad, y a 20 grados bajo cero?
"Patinando" y con gorro
Eso me preguntaba yo también desde que me bajé del avión en Montreal y durante todo el trayecto de autobús hasta Ottawa. Por aquel entonces sin Google Maps, sin navegador y sin ni siquiera un mísero mapa de papel, lo iba a tener crudo para llegar a mi destino. Sin pedírselo yo, se desvió de la ruta, y me llevó directamente hasta la misma puerta del apartamento de Mey. Todo un detalle, si no quieres arriesgarte a morir congelado en una visita sorpresa. Toqué al portero automático, todo nervioso, creyendo que el asombro sería mayúsculo. Y lo fue. Pero para mí. "¿Desde dónde llamas?", me preguntó ella. ¿Cómo que desde dónde llamo? Tardé unos instantes en entenderlo. Pero al final me di cuenta que su portero automático estaba conectado al teléfono, y que efectivamente, pensaba que la llamaba desde España. "Adivina", le contesté... Su cara de emoción, saliendo del ascensor para abrirme, llevando aquella camiseta de Tintín, y su abrazo descomunal aquel 19 de diciembre de principios de los años 90 quedarán para siempre en los anales de mis recuerdos navideños.
También las gigantescas estatuas de hielo en la calle. También mis tropiezos en la mayor pista del hielo del mundo, el canal de Ottawa. Y por supuesto aquel inusual y gélido frío que preocupaba hasta a los propios canadienses. Los días que estábamos a 10 bajo cero parecían el Caribe, comparados con los casi 50 que llegamos a tener con el efecto viento. Esos días se desaconsejaba, incluso, estar al aire libre más de 10 minutos. Y yo, tonto de mi, que ni siquiera quería ponerme gorro al principio. Pronto aprendí que me la jugaba, si no. Que incluso los coches había que conectarlos a las farolas para poder arrancarlos por las mañanas. Y que hasta en las cercanas Cataratas del Niágara, a pesar de la fuerza del agua, se formaban estalactitas de hielo en sus extremos con un frío polar tan extremo.
En aquellas Navidades no hubo apenas regalos. Ni maratonianos días de compras. Ni champán. Ni turrón. Ni Lotería. Ni multitudinarias cenas de Nochebuena. No hubo tampoco campanadas de Nochevieja. Aquel internet era aún muy precario, y la tele no retransmitía nada especial para celebrar el paso al nuevo año allí. Pero nosotros no las arreglamos con nuestras uvas, algún que otro villancico y unas campanadas improvisadas a base de "cacerolazos". Las risas fueron las mismas. No echamos de menos toda la parafernalia que suele acompañar estas fechas. Y sin embargos, sentimos con fuerza que la esencia de la Navidad era aquello que vivimos aquel año.
Después vinieron muchas Navidades más. De aquel apartamento de alquiler en un país lejano, pasamos a nuestro primer hogar en Bravo Murillo. Fueron Navidades al calor de aquella chimenea de forja y bajo aquel abeto de plástico que inauguramos poco después de casarnos. Ese árbol de Navidad se ha convertido, por méritos propios, en el auténtico testigo del paso de las décadas por nuestras vidas. Ha seguido participando en nuestras fiestas cada año hasta ahora. Siempre con algún cambio en su decoración. Alguna pequeña pieza más en el belén junto a sus pies. Alguna bola más o menos. Algún color distinto  en la cinta que lo vestía. Alguna luz diferente...
Papá Noel "in fraganti"
Pero no sólo fue cambiando la decoración del árbol. También quienes lo empezaron a decorar. Quienes tiraban de sus ramas y de sus bolas. Quienes se quedaban obnubilados con sus luces. Esos que son los verdaderos protagonistas de estas fechas. Y no sólo porque se celebre el nacimiento de un niño hace dos mil años. Sino porque probablemente son los niños quienes mejor encarnan el sentido de todo esto. Seas ateo o cristiano. Seas de belén o árbol. Seas de Papá Noel o de Reyes Magos. Seas de Nacimiento o de Solsticio de Invierno. Como me escribía un amigo hace unos días, se trata de celebrar el triunfo de la luz sobre la oscuridad. Del conocimiento sobre la ignorancia. De la fertilidad sobre la aridez. De la alegría sobre la tristeza. De la esperanza sobre el pesimismo. ¿Acaso hay algo que encarne mejor todo eso que un niño o una niña?
Nuestros tres cachorros humanos se han encargado a conciencia de mantener en casa esa esencia y esa magia en estas fechas. Ese "volver a nacer". Ese "volver a hacerse niño". Vestidos de pastorcillos, de ángeles o de princesas. Redescubrir ese niño o esa niña interior que habita dentro de cada persona. Y conectar con esa luz. Abrirse a que un mundo mejor es posible gracias a la esperanza que representamos cada uno de nosotros/as. Que no es un cuento. Y que se puede hacer la luz entre tanta tiniebla que nos rodea. Incluso si se viven estas fechas a miles de kilómetros de distancia.
De nuevo este año nuestro abeto de plástico ya está desplegado en el salón. Da igual que los niños ya sean hombres y mujeres. Eva se encarga de que se mantengan las tradiciones en casa, y que la pereza o la desidia no ganen la partida. De nuevo celebraremos esa luz, ese renacer, esa ilusión y esa esperanza. Este año lo viviremos todos juntos tras varios años en que alguno estaba lejos. Así que habrá aún más risas, y aún más abrazos. Habrá que aprovecharlos bien, porque puede que un día falten. Pero mientras tanto, procuraremos celebrar que nuestros sueños siguen siendo más grandes que nuestros miedos.

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lunes, 9 de diciembre de 2019

Aquel nidito de recién casados

Fue nuestro primer hogar. Ése que queda en la retina para siempre. Apenas eran treinta metros cuadrados donde cabían el salón, el dormitorio, el cuarto de baño y la cocina. Un sitio minúsculo, pero para nosotros era todo un sueño, con su "chimeneita" de forja y todo. Nuestro "nidito de amor" de recién casados. Antes vivimos de alquiler unos meses en Joaquín María López, pero éste fue realmente nuestro primer hogar propio. Poco importaba que fuera un cuarto sin ascensor, o que de vez en cuando tuviéramos que luchar contra alguna que otra gotera o humedad, dada la edad del edificio. La ilusión de ser nuestra primera morada lo podía todo. Y eso que, por aquel entonces, el presupuesto andaba más que justo. Aún recordamos cuando apuntábamos en aquella lista, detrás de la puerta de la cocina, hasta el más mínimo gasto, por miedo a no llegar a fin de mes.
Siempre sentimos que aquel apartamento era todo un milagro. Vivir en pleno centro de Madrid, a tres minutos andando de Plaza de Castilla, con todas las comunicaciones a nuestro alcance, y sin embargo disfrutar de aquel maravilloso silencio y ese sol que entraba a raudales por las ventanas, era todo un lujo. Sólo se escuchaba cada dos semanas, y a lo lejos, el rugido de la afición gritando algún  gol en el Santiago Bernabeu.
Allí vivimos momentos mágicos. De esos que jamás se olvidan, por muchos Alzheimers que puedan venir. Como aquel de la llegada de Pablo, recién nacido, desde el hospital. Aquel pequeño desconocido venía a revolucionarlo todo con los dos hermanos que vendrían más tarde. Y aquel parquet de aquel pequeño salón sobre el que reposaba su "maxi-cosi" era testigo de ese trascendental paso en la liturgia iniciática de formar una familia. De pasar de una parejita en su rinconcito de amor, todo "cuco" y ordenado, a un pequeño pero maravilloso caos de pañales, biberones, chupetes y muñecos con olor a Nenuco.
Cuando al poco tiempo nos fuimos para el Sur, no miramos atrás. No hubo "morriña". Aquellos momentos maravillosos nunca se irían de la memoria. Y, como siempre, la ilusión del nuevo camino nos ancló a aquel presente en Andalucía, nunca al pasado, por muy bello que fuera el que allí vivimos.
Sin embargo Mey y yo nos conjuramos respecto a aquel apartamento, tras darle las gracias en nuestro interior por los años allí vividos. Por un lado le dijimos un "hasta luego", quizás hasta que nuestros hijos lo necesitaran en la etapa universitaria o en sus primeros "pinitos" laborales en la capital. Y por el otro decidimos que aquel idilio que habíamos vivido en aquel lugar debía continuar. Que aquella magia debía persistir, aunque ya no estuviéramos nosotros. Y decidimos que quien lo habitara, debía estar enamorado de ese sitio como nosotros lo estuvimos. Y para ello debía sentirlo como algo propio, como algo personal. Por eso pusimos un precio tan irrisorio, la mitad del que se cobraba en la zona. Por eso decidimos dar plenos poderes a quien viniera a habitarlo. Y de paso, decidimos descargar de tensión, de exigencias y de recelos la relación que, por desgracia, existe muchas veces entre arrendador e inquilino. Decidimos, en definitiva "descosificar" aquel apartamento. ¡Qué tontería, pensaréis! "Descosificar" algo tan físico y tan material como un apartamento. Pues sí. Por desgracia, en este mundo que vivimos, se tiende a dar valor a las cosas en la medida en que hay un interés de por medio, la mayoría de las veces cuantificable en dinero contante y sonante. Pero cuando decides dar valor a los momentos, a la magia de los sitios, a los recuerdos impregnados en las paredes, a la confianza y a la relación, el interés y el dinero dejan de ocupar el centro de todo, y surge algo distinto, muy distinto. Incluso con auténticos desconocidos.
Durante estos casi dieciocho años, han vivido allí Ugo, Ana, José Manuel, Raúl, María Pilar y Hernán. A ninguno los conocíamos de antes. Y a todos les transmitimos esta loca idea de poner en el centro la confianza y la relación, por delante del interés económico o los roles jurídicos. Y por supuesto funcionó. Nunca tuvimos un encontronazo. Nunca tuvimos que subir a Madrid para reparar un enchufe, gestionar un siniestro con el fontanero, o comprar un frigorífico nuevo. Ellos se encargaron de todo como si fuera un asunto propio. Y mira que es normal que surjan incidencias durante tantos años en un piso ya antiguo. Nunca hubo un "tira y afloja". Nunca un impago. Nunca un retraso.
Con Hernán, el inquilino actual, la relación es aún más especial. Ha cristalizado en una bella amistad. Entró en el apartamento sin referencias de nadie, pensando que su origen colombiano pesaría como una losa, como ya le pasó en tantas otras ocasiones. Que habría recelos y desconfianza por su condición de inmigrante. Que estaríamos encima de él para saber qué hacía o no hacía en nuestro piso. Y se sorprendió desde el principio por nuestra confianza absoluta en él y por disponer de un hogar así y a ese precio, como si fuera de verdad suyo.
Cuando se crean las circunstancias y el marco adecuado, igual que cuando riegas y cuidas una planta y le das mimos, lo lógico es que la planta crezca y dé flores. Incluso aunque no lo esperes. Aunque no supieras que esa planta da flores. Sí, es cierto que la semilla debe ser buena. Pero también que el universo se acaba confabulando para que la semilla y el agua acaben encontrándose. Hernán trae una "pedazo" de semilla en su interior. Y ha brotado en él un enorme sentimiento de gratitud por nuestra actitud con él. Lleva años pidiéndonos que le subamos el alquiler. ¡Un inquilino pidiendo que le suban el alquiler! Pero no. No estamos dispuestos a ello. Estamos en plena guerra de gratitudes. Nosotros también estamos encantados con su actitud y cuidado del apartamento. Estamos enormemente agradecidos de que impulsara la insufrible reforma del baño sin que tuviéramos nosotros que estar allí. Que haya cuidado así de nuestro antiguo hogar. Y que lo haya hecho suyo como lo hicimos nosotros. Probablemente mejor, incluso.
Hace unos meses Hernán se nacionalizó español. Y con esa excusa quería cambiar el contrato y que le subiéramos la mensualidad. Cosas de la gratitud. Estuvo en casa en Málaga hace unas semanas. Probablemente la excusa era ese cambio de contrato. Pero estuvimos tan a gusto charlando y disfrutando en la playa, que ni nos acordamos del cambio de contrato, ni por supuesto, del aumento de la mensualidad. Nuestra gratitud con él ganó el combate. Pero no la guerra. Porque sólo nos pidió una cosa: permitirle entonces hacer unas pequeñas mejoras en el apartamento a su costa, dado que no le queríamos subir el alquiler. Imposible negarse. Tan importante es saber dar como saber recibir. Y a fin de cuentas es su hogar ahora.
Hace unos días recibí un mensaje suyo por whatsapp. Era un vídeo que aparecía negro. Estuve a punto de borrarlo, pensando que sería uno de esos vídeos de bromas que se suelen enviar. Pero algo me dijo que lo abriera. Y cuando lo hice, me quedé con las "patas colgando", como se suele decir por aquí. Era un vídeo-sorpresa (ver en nuestro Patreon solidario). Durante semanas se había esmerado a conciencia en nuestro apartamento. Le había quitado el gotelé. Había pintado paredes. Había cambiado las vetustas luces del salón. Había retirado los antiguos acumuladores de calor. Había pintado el armario del dormitorio. Había puesto paredes de imanes y pizarra en la cocina para poder escribir mensajes y pegar recuerdos. Había comprado una nueva campana extractora. Y también un lavavajillas de segunda mano. Y aún nos preguntaba si nos parecía bien, porque si no, lo volvía a cambiar.
No sé cuántas veces hemos visto y mostrado ese vídeo Mey y yo. Lo que sí sé es que cada vez que lo vemos, sentimos que acertamos con nuestro apartamento durante todos estos años. Hay quien piensa, cuando contamos esta historia, que durante estos años podíamos haber sacado por él un buen puñado de miles de euros más. Probablemente. Pero hace ya tiempo que descubrimos que vivir no va de euros ni de dólares. Sino de conexión de almas. De gratitudes que se retroalimentan hasta el infinito. Y ya el universo se encarga de lo demás.


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domingo, 24 de noviembre de 2019

Resiliencia

Hacía tres años que no nos veíamos. Pero ni el tiempo ni la distancia son un problema cuando la amistad es verdadera y el cariño profundo. Por eso cuando nos abrazamos el pasado fin de semana, es como si lo hubiéramos hecho dos días antes.
Se les ve muy bien. Más que bien, diría yo. Destilan esa felicidad serena que supera los altibajos del día a día. Esa que buscan millones de personas acumulando cosas, relaciones o poder, en una búsqueda casi siempre infructuosa.
Cualquiera que los viera en plena Sierra de Segura, rodeados de árboles, de agua, de sus animales, y con el majestuoso vuelo de los buitres siempre visible desde su ventana, pensaría que lo suyo es una huida. Pero no. La suya no es una historia de huida. Es una historia de valentía y de superación desde que les conocimos como vecinos hace ya algunos añitos.
Hay una nota común en las personas más sabias que conocemos. Y esa nota se repite también con Jose y Marga. No huyen de la adversidad. No creen en la buena o mala suerte. Aceptan su suerte como parte del camino vital. No es que se regodeen con los obstáculos de la vida. Pero no se aferran a que las cosas deberían ser de otro modo. Simplemente se adaptan positivamente a las situaciones complicadas que se interponen en la vida. Dicen que a eso se le llama resiliencia. Lo cierto es que ellos ocupan su tiempo y sus energías en dar respuestas constructivas a las collejas que a todos nos da el destino. Y a veces las collejas se convierten en bofetadas, o hasta en hachazos. Pocos lamentos y ninguna lágrima les recuerdo, tras la suyas. Y no han sido pocas.
Atrás parece haber quedado el despido de él de la fábrica de Santana en Linares. Atrás también los largos meses de ella postrada en la cama con esos dolores en la espalda que la llevaron al quirófano primero y a la incapacidad absoluta después, con treinta y pocos años, y una energía y una capacidad desbordantes. Atrás quedó también la zozobra de no poder llegar a final de mes porque les retiraban la única pensión de la que dependían ellos y sus dos hijos, en aquellos recortes injustos durante la crisis. Luego vendría la decisión de abandonarlo todo y buscar refugio en el campo, ante la imposibilidad de pagar las facturas de la calefacción o de la luz. De poco sirvieron los ofrecimientos de los amigos, ya que son de los que afrontan los golpes de la vida con sus propias fuerzas, sin dependencias. 
Cuando te vienen de repente tantas tortas a la vez, lo fácil es echarse a llorar, bajar los brazos, y colgarte el cartel de víctima de una confabulación universal de la mala suerte. Pero ellos no son de esos. Y quizás deberían andar dando clases por ahí, porque muchos creen que esto de vivir va de buena o mala suerte. Y no. No va de eso. La vida es así de dual. Las alegrías las experimentas porque también has vivido las tristezas. Y ambas te van conformando como persona. Y sin embargo nos pasamos media vida huyendo de situaciones que creemos negativas y corriendo detrás de las que pensamos placenteras.
El desempleo de entonces de él se ha convertido hoy en una pasión por sus colmenas, por sus plantas y por sus animales. Ha pasado de ser una persona callada y gris a un auténtico apasionado por lo que vive, y uno se queda embobado escuchándole. El insoportable dolor de ella de entonces es hoy apenas un cosquilleo por la pierna, gracias al mecanismo, con batería incluido, que tiene incrustado en su espalda, y que va conectado a su espina dorsal. Y no es que hayan dejado de tener problemas o dificultades. Fueron expulsados de mala forma por el dueño de aquella primera casa alquilada en el campo a la que dedicaron tantos desvelos para adecentarla, y que finalmente sería vendida con todas sus mejoras. Pero ese nuevo mal trago se ha convertido en gratitud ante el maravilloso hogar que hoy disfrutan. Nos contaron las trabas y dificultades que les pusieron para conectarles la electricidad, y el coste prohibitivo que les presupuestaron. Pero ellos, en vez de venirse abajo tras el enésimo contratiempo, lo usaron como empujón para decidirse por un autoabastecimiento energético que resulta envidiable hoy, en una casa con agua, luz y calefacción sin dependencias de ninguna multinacional. Ellos se los guisan todo, y ellos se lo comen todo. Literalmente. Y están alejados del mundanal ruido, pero gracias a su conexión de internet por satélite están a la última en todo, y tan combativos como siempre.
Han conseguido que el autobús del instituto recoja a los chavales de la zona. Son unos auténticos expertos en plantas medicinales y en recetas sanas. Se preocupan por los perros que numerosos cazadores inconscientes abandonan en las batidas por la zona. Y sin obsesiones, cuidan de ocho perros y nueve gatos, por pura responsabilidad como seres vivos que son.
Sin duda, hay también algo que tiene mucho que ver con su forma de vivir y de afrontar las adversidades. Disfrutan mucho de estar el uno con el otro. Y puede parecer una tontería, pero eso hoy escasea. Hoy en día parece imprescindible rodearse de gente, de tiendas, de actividades, de eventos y de ruido, quizás por el miedo a encontrarnos a solas con nosotros mismos. Buscamos fuera lo que debemos primero encontrar dentro. Ellos han perdido ya ese miedo, quizás por el propio silencio y tranquilidad que les rodea. Y disfrutan de compartir en pareja lo que han encontrado cada uno por su lado. Por eso da gusto verlos sin necesitar a nadie más, aunque luego sean la mar de sociables y abiertos.
Marga y Jose no es que sean resilientes. Es que han hecho de la adaptación en positivo su forma de vida. Cada obstáculo que el destino les parecía tener preparado, se ha convertido en el trampolín perfecto hacia una mayor apertura consciencial, para ser personas más completas, y para priorizar las cosas verdaderamente importantes. Y eso se nota. Cuando pasas unos días con ellos, vienes cargado con la energía del optimismo, de la serenidad, y del contacto con la sencillez de la vida.


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domingo, 10 de noviembre de 2019

Adrenalina

Tirarse de un puente. Hacer rafting en aguas caudalosas entre cañones inaccesibles. Lanzarse en paracaídas o parapente. Verte surfeando ante olas de seis o siete metros. Ascender una pared vertical aferrándote a la roca tan solo con tus dedos... Si buscas peripecias, todo eso está muy bien. Pero si lo que de verdad buscas es aventura extrema, no lo dudes: apúntate a esto de tener familia numerosa. Y si cada uno de sus miembros está tan "chalado" como nosotros, desde luego no te vas a aburrir.
Quien nos lea de vez en cuando, puede pensar que qué simpática la anécdota del jersey, la novedad de la furgoneta, o el episodio del descenso en canoa. O que qué auténticos los cuentos que se le ocurren a Mey, o la gente que se cruza en nuestro camino. Y pueden pensar que nuestra vida se desenvuelve entre anécdotas y risas en un equilibrio armonioso y sereno. Pues no. Esto no va de eso. Y estas últimas semanas son la viva expresión de ese loco caos que nos rodea.
Escribo esto desde la cocina un domingo a las ocho de la mañana porque nuestra zona de trabajo en el sótano ha sido "okupada" por cuatro preadolescentes que duermen hoy en casa, celebrando los catorce años de Eva. Nuestro sótano ya está acostumbrado a ser un "piso-patera" de amigos, familiares e invitados de todo tipo. No sé qué sería de esta casa sin la "vidilla" que le da ese sótano. Dos italianos, un marroquí, una madrileña, un belga, un colombiano y dos inglesas lo han habitado desde el verano. Por supuesto, y por enésima vez, también el fontanero. Este jueves ha vuelto a abrir el techo del trastero, y el ritmo es de una gota cada treinta segundos. Así que durante unas pocas semanas dejaremos abierto el techo, y los cubos debajo, para ver cómo evoluciona la cosa. Así le damos un aspecto más desenfadado y de batalla a nuestro querido sótano.
Algunos de los visitantes de nuestro sótano
Uno podría pensar que menudo trasiego tiene esta familia en su sótano con tanta visita y fontanero entrando y saliendo. Pues no. Esa no es la principal actividad de nuestro sótano. Realmente es el cuartel general de lo que Mey y yo llevamos tiempo denominando como "la corporation". Sí. Porque con la energía que despliegan nuestros retoños en eso de empezar a desplegar las alas, desde hace ya bastante se ha convertido en una macro-gestoría. En ella hacemos nuestros "pinitos" en todo tipo de gestiones y burocracias varias: que si revisar el contenido y el inglés de una tesina de economía de nuestro Pablo desde Italia; que si acabar los formularios y unir los trozos del vídeo que hemos grabado en distintos emplazamientos para que Eva pueda estudiar en Estados Unidos el próximo curso; que si revisar las "applications" de Samuel y Pablo para la primera universidad extranjera a la que les gustaría ir, siempre que consigan beca para ello; que si coordinar con ellos la preparación del examen SAT de diciembre para tener más opciones de beca en el resto de solicitudes a otras universidades en los próximos meses; que si organizar la petición de distintas cartas de recomendación que les puedan abrir puertas; o que si ayudar a planificarse a Samuel ante tantos frentes que se le van abriendo frente a su tendencia a la anarquía. Todo un sinfín de formularios, webs y documentos que animan la ya de por sí compleja vida habitual de cualquier casa.
Por suerte, la aventura de esta familia no se circunscribe tan sólo al sótano, ni nuestra actividad tan sólo a tareas burocráticas. Hace ya tiempo que tenemos montado un negocio (palabra que debe venir de "no-ocio") en el noble oficio de los taxistas. Eso sí: gratis. Así, los lunes recogemos en el conservatorio de Málaga a las nueve de la noche a Samuel y a una compañera; el martes llevamos y traemos de Málaga a Eva para su clase de orquesta; el viernes también recorremos esos 35 kilómetros de ida y de vuelta para nuevos ensayos grupales; el sábado toca madrugar para clase de chino; y entre medias, algunas pocas idas y venidas más, ya por Vélez y Torre del Mar, para la Escuela de Idiomas y para la Piscina Municipal. Menos mal que el jueves pueden aprovechar el autobús que pusimos en marcha hace tres cursos para los estudiantes de música de la comarca. Aunque lo cierto es que de las reuniones del Consejo Escolar del Instituto o de las del Conservatorio, hace tiempo que nos hemos tenido que descolgar, porque el don de la omnipresencia aún no lo tenemos muy desarrollado.
No será porque no intentamos reducir ese ajetreo de idas y venidas. Pero no hay forma. Siempre surge algo. Cuando no es que hay que  llevar a arreglar la flauta travesera de Eva como el viernes, es que hay llevar el coche al taller como hace 10 días, o es que toca una ronda de vacunas para Eva o la revisión ocular de la Orto-K de Eva o Samuel.
Por supuesto, todo lo anterior no es más que el añadido, la guinda del pastel. El grueso de la "normalidad" de esta "casa de locos" lo lleva Mey: alimentación equilibrada y sana, ropa, compras, limpieza... Toda una organización y planificación a medida, que sería la envidia de cualquier multinacional. No me explico aún cómo puede tener cabeza para tanta cosa y tanto detalle.
¿Que si hay contratiempos o tareas extra? Pues alguna, la verdad. Usando estas últimas semanas de ejemplo, nos ha tocado: la afinación anual del piano de casa; un curso de materia tributaria por internet; preparar las sesiones de mindfulness de la oficina cuando toca; el cambio de la batería del coche pequeño que dejó tirado a Mey en la calle; reuniones para decidir si nos embarcábamos en invertir en la autonomía energética de casa, aunque la disposición de los tejados no parece la propicia; reclamar unos cargos fraudulentos que nos hicieron por internet y que hemos reclamado hasta que nos los han devuelto; tratar de impulsar una asociación de apoyo al proyecto educativo de los colegios donde cursa Pablo en Italia, iniciando un sistema de recogida de fondos para becas a más estudiantes; y un episodio más de nuestra batalla contra el Banco Santander, al que en tres asuntos distintos, le llevamos ganado un juicio y dos dictámenes del Banco España, aunque no están por la labor de devolvernos lo que indebidamente se han apropiado. A veces nos gustaría ser más conformistas, la verdad aunque fuera para tener una agenda con algo de cordura. Pero debe ser cuestión del ADN quizás...
Es cierto que la cosa se ha complicado más de lo habitual estas semanas. Y no por la situación política o por unas elecciones, a las que miramos de reojo, para responder a las preguntas que les surgen a nuestros hijos. Sino porque tuve una cirugía maxilofacial hace tres semanas por una muela del juicio atrincherada en el interior de mi encía, y porque me acaban de ascender en el trabajo, y toca nuevo despacho, nuevos procesos y nuevas formas para crear equipo en un nuevo Servicio recién creado.
Sí. Lo sabemos. Esto es de locos. Va mucho más allá de la búsqueda puntual de emociones fuertes en los deportes de riesgo. Pero con la adrenalina del ajetreo vital debe pasar como con la sarna. Que con gusto, no pica.

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domingo, 27 de octubre de 2019

Reírse de sí mismo

El mundo es de los valientes. Pero valientes hay de muchos tipos. Hay quienes se llaman valientes, pero en realidad no son sino temerarios adictos a la adrenalina de situaciones límite. También hay valientes que se atreven a explorar lo desconocido y lejano. Por supuesto están los que se enfrentan nada más y nada menos que "al que dirán", y eso ya es para nota. Pero entre mis favoritos se hallan quienes son capaces de reírse de sí mismos. De esos no hay muchos. Hay que tener muchas agallas para ello. Vivimos en un mundo de postureo y "likes" en el que no se lleva reconocer los tropiezos.
Eva, en Cabo de Gata, hace una semana
Todos somo perfectos, inmaculados, guapos e infalibles. Y sin embargo no hay nada que nos haga crecer más que el error, la metedura de pata, o el batacazo olímpico. A nosotros y a quienes aprenden con nuestros errores. Mey dice que los alumnos que mejor aprenden en sus clases de inglés son los que no temen equivocarse en público. Mi hija pertenece a ese club de valientes. Hoy no escribiríamos esto, si antes no nos hubiera autorizado a ello. A pesar de lo aparentemente simple de la anécdota. Se expone públicamente a sus trece años. Y lo hace por si le sirve a alguien. Como le ha servido a ella.
Era un viernes por la tarde de hace pocas semanas. Aunque ya era otoño, hacía un calor considerable a las cinco de la tarde. Y el coche llevaba al sol unas cuantas horas. La sauna estaba asegurada. La llevábamos a su ensayo semanal de orquesta de flautas, y buscaba la aprobación materna a su indumentaria, como es habitual en estas edades. Mey, toda inocente, le dijo que estaba muy guapa, pero que quizás iba a pasar calor con el jersey que llevaba puesto. "¡Craso error!", pensaría quizás después. Esa nimia valoración, se convertiría en motivo de ardua discusión durante los tres cuartos de hora de trayecto. 
La cara de Eva se trasformó. Siempre busca la sintonía con su madre. Lo que inicialmente esperaba como un piropo, lo interpretó como una crítica. Y al verse señalada, su ego empezó a desvariar. Lo que ella lleva no era un jersey. Mey y yo nos miramos, sin saber si mordernos la lengua para no reírnos, o si buscar dónde estaba la cámara oculta. Pero no. Volvía a repetir su argumento cada vez con más vehemencia, y con voz más exaltada. "Aquello NO era un jersey". Quizás buscaba convencernos de que era un jersey más fino que otros. Quizás podía haber argumentado que no le gustaba mucho la camiseta de debajo y con el jersey la ocultaba. Quizás podía haber dicho que estaba cansada ya de la ropa de verano. Pero no. "Aquello NO era un jersey".
Os aseguramos que lo que llevaba puesto era una prenda de punto con mangas que le cubría desde el cuello a la cintura. Y aquello, según la Real Academia de la Lengua se denomina "jersey".
Al principio, simplemente negó que fuera un jersey, quizás pensando que negándolo, pudiera ser aceptable su uso con aquel calor. Pero a medida que la sauna fue haciendo sus efectos en la conversación, empezó incluso a llamarlo "chaquetita", aunque ni tenía apertura ni botones por ningún lado.
Mey y yo nos miramos, y decidimos que, aunque no había muchas ganas tras una semana intensa, tocaba aprovechar la coyuntura para hablar de lo que estaba pasando. Todo aquello era tan "de manual", que debía ponerse sobre la mesa inexorablemente.
Nuestra mente y nuestro ego tienen, sin duda, una función destacada en nuestra vida. Nos ayudan a encontrar salidas. Nos ayudan a dar respuestas en el sinfín de cruces de caminos que a diario se nos abren. Y en definitiva, están diseñados para nuestra supervivencia. Sin embargo, demasiadas veces, nos acabamos identificando con la mente, como forma de diferenciarnos de los demás. Y es ahí cuando surge el problema: identificación, y separación del otro. Y eso sucede cuando pensamos que somos esos pensamientos que la mente hace aflorar. Y defendemos "a capa y espada" esos pensamientos, como si en ello nos fuera la vida. Por muy peregrinos que sean. Porque cuando se dice "esto no es un jersey", al ser algo tan objetivo, es muy fácil de identificar que se trata de una treta de nuestra mente y nuestro ego, y por eso sirve tan bien como ejemplo. Pero los pensamientos de nuestra mente no siempre son tan claros como ese. "Es que nadie me quiere". "Es que siempre he sido el patito feo de mi casa". "Es que siempre me toca a mí". "Es que la gente que me rodea son todos unos vagos..."
El jersey de la polémica
Hubo un tiempo en que, durante meses, mi mente no paraba de repetir un pensamiento: "Estoy agobiado", "Estoy agobiado"...Y lo conectaba con otra formulación que no paraba de rumiar una y otra vez: "Tengo que...", "Tengo que.." Hasta que empecé a darme cuenta que yo no era ese pensamiento. Que soy mucho más que unos pensamientos. Y que esos pensamientos perdían su poder sobre mi, en el momento en que los observaba como un simple espectador o testigo. No se trataba de anular mis pensamientos. Se trataba de ubicarlos en el momento y lugar que les corresponde, como una herramienta más a mi servicio, y no que usurparan áreas de mi ser, como lo estaban haciendo, llevándome a una hiper-responsabilidad y a un agobio permanentes sin sentido. Aquello fue mi particular episodio de "ésto NO es un jersey". Me di cuenta de ello. Y desde entonces procuro no tomarme demasiado en serio lo que el ego trata de imponer desde la "cabecita".
Eva, aquel viernes, también acabó distanciándose de aquel pensamiento sobre el jersey. Incluso se acabó riendo de él y de su cabezonería transitoria identificándose con un pensamiento tan absurdo como el mío. Y cuando eso sucede, se abre un espacio de luz y de consciencia que no tiene precio. Pura salud mental. Pero no todos están dispuestos a abrir ese espacio y reírse de sí mismos. Sólo unos pocos valientes. Como Eva aquel viernes.
Llegando al conservatorio, Eva nos hizo la pregunta del millón: "Y esto, ¿por qué no nos lo explican en el colegio?". Y llevaba razón. Probablemente debería ser materia obligatoria. Gestión de las emociones, técnicas para equilibrar la mente, saber reírse de sí mismo/a cuando "se nos va la olla"... Probablemente habría gente más sana andando por ahí. Y no haría falta ser un valiente, sino que sería lo habitual.


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lunes, 7 de octubre de 2019

La furgoneta "hippy"

Discreta lo que se dice discreta no es, la verdad. ¿Para qué vamos a decir lo contrario? Pero probablemente en eso está su encanto. Cortinillas de estrellas. Llantas relucientes. Un rojo eléctrico conjugando con un blanco "esclarecido". Y una combinación entre lo "retro" y lo "hippy". ¿Hay acaso algo más llamativo que eso? Probablemente no. Pero por eso, este fin de semana, cuando la estrenábamos, no parábamos de ver sonrisas, caras de complicidad y pulgares en alto cuando parábamos en cualquier semáforo o paso de cebra. Quizás por la simpatía que despiertan sus formas y colores. O quizás por afinidad con el estilo de vida que suscita verla.
Cuando nos casamos, en broma, Mey me dijo que "sólo" tenía dos caprichos para su vida conyugal: un "chateau" francés, y una furgoneta "hippy". Lo del castillo lo veo "chungo" en esta vida, por mucho que me puedan ascender en el trabajo. Pero lo de la "furgo" sí que ha llegado, por fin. Aunque debo reconocer que ha sido gracias a ella, sin lugar a dudas. Porque lleva tiempo imaginándosela y pidiéndoselo al Universo (y también a nuestro amigo Pepe, del taller). Y hasta que nos ha caído del cielo, no ha parado. Erre que erre. Y cuando te llega un "chollo" así, con las tres "B" (bueno, bonito y barato), ¡a ver cómo dices que no! Por muy cabal que seas, y muy convencido que estés de que es importante ahorrar para la carrera de los niños. Así que un consejo: cuidado con lo que le pedís al Universo. Apuntad bien. Porque se puede acabar cumpliendo. "Al dedillo".
Si teníamos poca fama de bohemios o "hippies", con esto ya queda confirmado oficial y públicamente. Nos colgamos la etiqueta de buen gusto. Y es curioso. Pero no han sido pocos los que, al ver la furgoneta, o enterarse de que la habíamos comprado, han dicho que algo así siempre fue su sueño. Poder volar sin rumbo fijo. Sin plan alguno. Dormir en cualquier sitio ante un bello atardecer. Y hacer de la carretera o de la naturaleza tu hogar. Pero por desgracia, muchos de esos sueños quedan ahí aparcados. Para el momento propicio. Para cuando todo cuadre. Y a veces la vida se complica. Llega un Alzheimer inesperado. Un familiar que enferma. Una ruptura matrimonial. Y los sueños se hacen añicos o se difuminan en el tiempo.
Por eso nosotros ni lo hemos dudado. Es cierto que ya estamos más cerca de los 50 que de los 40. Es cierto que los "niños" aún necesitan un "achuchón" hasta independizarse. Y es cierto que en estas edades suele entrarle a uno la vena conservadora y la obsesión por la jubilación. Pero también es cierto que la vida son dos días. Y a veces hasta día y medio sólo. Y o espabilamos con nuestros sueños, o "se nos pasa el arroz". ¿Vamos a esperar a andar con "taca-taca" para lanzarnos a por esa playas y esas montañas que nos aguardan? ¿A qué esperamos para mandar las tardes de sofá a tomar viento? ¡Hay un pedazo de VIDA ahí fuera esperándonos!
Lo de ayer fue de libro. Una auténtica iluminación espiritual. El sol aún no había salido. El cielo empezaba a iluminarse, pero aún era difícil identificar bien los objetos. Abrí la puerta de la "furgo" y  el fresco amanecer de octubre me acarició la cara. Cuando hay cosas por descubrir, adoro madrugar, aunque sea domingo. Y ayer había muchas. Es como si el tiempo se parara. Sin prisas. Sin quehaceres. Sin expectativas. Sólo se escuchaba el leve rumor de las olas a nuestros pies. Grandes bandadas de gaviotas graznaban por la playa, y se desperdigaban en multitud de puntos blancos, que moteaban el azul turquesa del mar. Un mar que se veía inmenso bajo nuestro acantilado. La noche anterior, ese mar se convertía en un espejo gigantesco que reflejaba la luz de la luna, haciendo innecesaria la luz de nuestra linterna, mientras otro inmenso mar, esta vez de estrellas, cubría nuestras cabezas. No recuerdo la última vez que pude contemplar tantas y tan luminosas. Las primeras luces del alba aparecieron de repente desde el cielo almeriense, en un espectáculo inigualable. Y de repente una pareja de cabras montesas apareció despistada, como nosotros, por un repecho. En apenas una hora y media, mientras Mey acababa de despertarse, me había dado tiempo a exprimir el milagro de la vida, al que continuamente le damos la espalda. Y al despertar ella, su balcón daba a las mejores vistas que uno pudiera pedir en el mejor de los hoteles. Me dio escalofríos pensar lo fácil que es ser feliz, y lo que nos complicamos a veces la vida.
Primer amanecer en la "furgo"
Pero no se trata, de repente, de "echarse al monte". Los próximos meses serán de infarto en casa. Eva empieza a prepararse, como ya hicieron sus hermanos, para su aventura americana del próximo curso. Pablo, desde Italia, ya está tendiendo puentes hacia Universidades lejanas. Y Samuel "tres cuartos" de lo mismo. Vamos: que lo mismo el año que viene nos quedamos "más solos que la una". Y tocará entonces, abrirse a descubrir mundo en nuestra furgoneta "hippy". Por lo pronto, iremos practicando cada fin de semana. Para ir cogiendo "carrerilla".


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