sábado, 9 de octubre de 2021

Victoria, Verdad o Acuerdo

"Si quieres ser buena persona, tienes que pensar como yo". Eso parece opinar la mayor parte de la Humanidad en estos tiempos de polarización. Y no sólo eso. Lo que es peor: "si no piensas como yo, eres sospechoso, puedes ser un infiltrado, o directamente te mueven intereses espurios". Si tu narrativa es la de la necesidad de una vacunación universal, la de la guerra contra el virus, y la de adoptar medidas de restricción de derechos por el bien de una salud pública en expansión, ¡cuidado con los que no opinen igual! Pero no te preocupes: los críticos con esa narrativa están  también "a la gresca", no sólo contra los primeros, sino incluso entre ellos mismos, por si hay "infiltrados". Que si el virus existe o no. Que si se ha logrado aislar o no. Que si imanes sí o imanes no. Que si grafeno sí o grafeno no. Que si a ver quién se "cuelga la medalla" tras cada novedad o descubrimiento... Narrativas enfrentadas. Gente dividida. Gente vencida. Y mientras tanto, la VERDAD, como siempre en cada guerra, cae la primera en el combate.

Pixel2013 en Pixabay
Yuval Harari, en su libro "Sapiens" describe con abundantes y acertados ejemplos, cómo la revolución cognitiva que supuso el paso de los "neandertales" al "homo sapiens" se produjo gracias a que ese "sapiens" fue capaz, a lo largo de la historia, de crear unas narrativas, unos mitos y unas construcciones mentales, basadas en la adhesión colectiva a los mismos. Ello permitió movilizar a millones de seres humanos en una misma dirección, incluso sin conocerse, en base a realidades abstractas o inventadas que antes no existían en la naturaleza. El dinero, los imperios y las religiones han sido y son grandes muestras de dichas construcciones mentales, propiciando la concentración de miles de culturas dispersas y heterogéneas en unos pocos imperios primero, y en una única Humanidad globalizada hoy. Eso hizo que el "homo sapiens" se diferenciase y subiese a la cúspide del reino animal. Una pena que el propio Harari no haya sabido ver en la narrativa y en los mitos sanitarios de esta pandemia la misma dinámica, encaminada en este caso a que miles de millones de personas estén actuando de forma idéntica.

En la construcción de cualquier narrativa movilizadora de millones de personas, etiquetar o despreciar al que no opina igual, simplifica el trabajo. Es "de los nuestros" o "de los otros". De Dios o del César. De los buenos o de los malos. Pero esa dinámica nos empobrece hasta el extremo. Esquilma de raíz la parte divina que habita cada uno de los seres humanos de este planeta. Y nos deshumaniza a todos, convirtiéndonos en meros instrumentos al servicio de la VICTORIA o de la adhesión a la narrativa imperante. La medalla o el trofeo no es otro que el "yo llevaba razón" en plan "peliculero", justo cuando todo acabe, con una música melódica y el título de "The End" sobreimpresionado  sobre un bello atardecer al fondo.

Pero esa obsesión por llevar razón nos deshumaniza. Y esa deshumanización del otro buscando tan sólo vencer, o ese proceso de considerarlo tan sólo un adepto de nuestra versión de la realidad o un "pelele" de la contraria, no hacen sino ahondar en el gran mal de nuestro tiempo. Y éste no es ni la pandemia, ni la crisis económica, ni la falta de liderazgos efectivos y honestos. Es sin duda, la enorme crisis que vivimos para el ACUERDO. Porque deshumanizar al otro nos hace vulnerables a la propaganda de una versión u otra. De ello ya se encargan las redes sociales y los medios de comunicación, hambrientos de "clicks", de "me gusta" y de minutos de nuestra atención, canjeables por suculentos beneficios publicitarios. Por eso están diseñados para proporcionarte argumentos y contenidos multimedia que te reconforten y te acomoden en tu "esquinita" de realidad victoriosa, bajo ese sentimiento de "llevo razón". Y al otro: "que le den". No tiene ni idea. Es un iluso. De verdad: ¡que le den! Sólo quiero de él su respaldo si me apoya, o su diana para clavar en ella mi desprecio, si no. Poco más, la verdad. Y cuanta menos comunicación con ese "otro", mejor. Mientras ganemos este partido, lo demás es secundario. 

Geralt en Pixabay
Pero ya se sabe: cuanta menos comunicación, más oscuridad y más alejamiento del acuerdo y del encuentro. Y entonces, ¿qué? Pues que nuestra realidad como UNO en este planeta y en el universo se empobrece. Despreciamos esa única realidad interdependiente y holográfica, donde cada uno de nosotros, o hasta el último grano de arena, esconden la grandeza, la divinidad y el misterio de todo el Universo. Y pasamos a ser un pobre universo binario de ceros y unos, de gente a favor o gente en contra de mi versión de la realidad.

Pero no debemos resignarnos. Como bien dice Charles Eisenstein, escuchar otras opiniones no equivale a guardar silencio sobre las propias (por eso hemos seguido compartiendo los muchísimos estudios científicos sobre la pandemia, que los medios de comunicación se empeñan en no difundir). La comunicación no es sinónimo de compromiso y ni siquiera de sintonía, pero es imprescindible. Ver la divinidad de otra persona no equivale a dejar que se salga con la suya, y nos inmuniza contra la deshumanización. Y la compasión no es igual a la capitulación o a la rendición. Lo mismo que el pacifismo no equivale a pasividad. Por eso resultaría "naif" confiar en todo o en todos. Pero tan cierto es eso, como que conviene seguir la pista a aquéllos que demuestran voluntad de liberarse de una identidad de "buenos" y de "estar en lo correcto siempre". En esas personas reside una búsqueda incesante de la conexión y del acuerdo con el otro, para recuperar ese UNO que conformamos todos. Y ahí habita una autenticidad divina a la que no podemos ni debemos renunciar.

Cuando tratábamos de compartir estos meses lo que hemos estudiado durante la pandemia, lo hacíamos con el ánimo de ayudar a otros, de evitar posibles sufrimientos, y de salvaguardar la libertad y la autonomía que todo esto parece habernos usurpado en estos meses. Pero cuando ese compartir generó rechazo, menosprecio y alejamiento, incluso de personas muy queridas cuya versión temían que no resultase victoriosa, vimos que dejaba de tener sentido compartir tan abiertamente lo que íbamos descubriendo, por muy acertado que nos pareciera. La buena intención, el actuar guiados por lo que consideramos la verdad, o incluso el movilizarse con el corazón en la mano, no es garantía de nada. Y menos aún nos protege de caer en el error o incluso de hacer el mal sin desearlo. De ahí la importancia del equilibrio y de la actuación en consciencia.

Hace unas semanas, hablando con un buen amigo sobre los orígenes de lo que está pasando y si podría o no haber un plan organizado o una conspiración para todo esto, me decía: "¿pero tú crees que mi hermano, que es médico, y siempre ha actuado con la máxima ética profesional, forma parte de un plan malévolo o de una conspiración para perjudicar a tanta gente?" Efectivamente. Así es. ¿Cómo pensar algo así? Pero por desgracia, hay muchas personas que, con la mejor intención, y estando convencidas de que hacen el bien, pueden llegar a hacer el mal a otros. Nos ha sorprendido el desconocimiento que muchos médicos especialistas en su materia tienen sobre virología y epidemiología en cuestiones básicas de inmunidad natural, asentadas por la Ciencia hace 150 años, lo que les está llevando a no aconsejar bien a muchos de sus pacientes. Basta el desconocimiento y el verse contagiados por la psicología colectiva de la mayoría, de una turba enfervorecida que no acepta al disidente. O basta con el miedo a verte señalado o rechazado por esa mayoría aplastante. La Historia, por desgracia, está llena de ejemplos de gente buena que, por acción u omisión, contribuyeron a auténticas desgracias colectivas. El "malo malísimo" de las películas que se regodea haciendo el mal no existe. ¿Acaso todos los que gritaron "crucifícalo, crucifícalo" contra Jesucristo eran unos pérfidos demonios? ¿O quizás eran gente normal que no sabían que estaban crucificando a un inocente, al mismísimo Dios hecho Hombre para muchos? Ese relato bíblico resulta magistral precisamente por las palabras de Jesús cuando gritó: "perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen". No dijo: "perdónalos aunque sean unos conspiradores". Tampoco dijo. "perdónalos aunque tengan el corazón podrido". Dijo lo que dijo. Muy consciente de que el mal surge o se extiende porque no sabemos lo que hacemos. 

Por eso este verano decidimos poner el freno a nuestras "verdades". Habíamos sido colocados en uno de los frentes en lucha por la victoria de "tener razón". Y con ello estaba claro lo que había que hacer. Había que desidentificarse de aquel rol. Y había que dar espacio al silencio, para que con él llegara la conexión y quizás el acuerdo.

Comfreak en Pixabay
Muchos quizás no han entendido ese paso. Y quizás nosotros tampoco entendíamos muy bien la llamada tan fuerte que sentíamos a darlo. Pero quizás hoy sí le encontramos más sentido a esa fuerte intuición que sentimos este verano. Y bastaron unas cuantas preguntas que nos hicimos entonces, y que hoy también os trasladamos: ¿Estaríamos dispuestos a aceptar que nos equivocamos, con tal de que todo se solucionase tal y como  se está planteando (vacunas, restricciones, medidas sanitarias, etc), a pesar de nuestra posición al respecto? ¿Aunque nos tachasen de todo, si con ello la gente sana y las medidas sanitarias no causan los efectos que vemos que podrían producirse? ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a conformar un frente en la batalla contra las otras opiniones? ¿Incluso si hubiera que reconocer tarde o temprano que se había demostrado que no teníamos razón? ¿Incluso si hubiera que aceptar que quienes se enfrentaron a nosotros no tendrían que rectificar nunca y hubieran acertado? ¿Hasta el punto de tragarse el orgullo por completo? ¿Hasta tener que reconocer nuestro error, si éste se confirma algún día? Sí. Un rotundo SÍ nos surgía con fuerza de dentro. Sin duda estábamos dispuestos a todo eso. Y con esa aceptación interior renunciábamos a cualquier victoria y a aferrarnos a lo de "si yo estuviera en tu situación, habría actuado diferente". Porque a fin de cuentas, ¿quién sabe qué opinaríamos o haríamos en la piel de tantos millones de personas en otras circunstancias radicalmente distintas a las nuestras? Por eso optamos por el silencio. Pero el reto no era pequeño. El ego, y el esfuerzo hasta haber alcanzado un cierto conocimiento de una materia, avivan demasiado las ansias de tener razón y de que ésta prevalezca. Pero había algo mucho más importante que eso: recobrar la conexión y el acuerdo con el otro, aunque ello supusiera renunciar a cualquier victoria. Vimos con claridad que recobrar la conexión entre todos, vacunados y no vacunados, "negacionistas", "tragacionistas" y "mediopensionistas", era mucho más importante que convencer de nuestra versión de la verdad. Y ello implica estar dispuestos a cambiar nosotros mismos. Desapegarse de verdades y de victorias. Nada más y nada menos. 

Sin esa conexión con los otros, y sin ese interpelarse a uno mismo, ¿cómo podemos pretender que la mente de alguien cambie? Necesitamos el milagro que se produce cuando somos capaces de ver a los demás en toda su humanidad, en toda su divinidad. Piensen lo que piensen. Opinen lo que opinen. Hagan lo que hagan. No como herramientas al servicio de nuestra verdad y de nuestra victoria. A través de esa conexión podemos recuperar el poder de la palabra y el poder del acuerdo. 

Tarde o temprano habrá que dejar de percibir la vida como una guerra. Por nuestro bien. Aunque sólo sea por necesidad y por eficacia, para que sigamos adelante como especie. Por ello, frente a las armas y el enfrentamiento, la palabra, el acuerdo. Porque hay mucho de lo que hablar. Mucho. Y para ello, hemos decidido reconfigurar nuestras victorias. Hemos decidido que gane cada abrazo con quien no piense como nosotros. Cada visita a casa de quien antes tenía miedo. Cada signo de cariño y amistad donde antes había distancia y alejamiento social. Y quizás desde ahí, sin vencedores ni vencidos, la verdad nos acabe haciendo libres.


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sábado, 2 de octubre de 2021

Aquel extraño en aquel extraño autobús

Su amabilidad dio un giro de 180 grados. Conmigo todo había sido cordialidad. Pero fue sentarse él, y la hostilidad fue en aumento. Le pidió que se subiera la mascarilla por encima de la nariz. Me la subí yo también, aunque a mí no me había dicho nada unos segundos antes, y la tenía igual. Cuando comprobó su ficha, antes de iniciar el proceso, le reprochó que se hubiera demorado tanto en volver. "Anda que no ha tardado en venir: ¡toda una vida desde su última vez!", le recriminó. Me sorprendió el tono porque él había dado un paso de generosidad que millones de personas no dan. Estaba allí, a fin de cuentas. Y aún así, para ella, no era suficiente. Pero él lo aceptó sin rechistar. No tardó en llegar la tercera regañina: "Los ojos bien abiertos, ¿eh? Que no quiero problemas". Yo ya me habría "mosqueado". Pero él parecía acostumbrado a esa antipatía, a ese desprecio cotidiano contra él. Tampoco dijo nada a la tercera. Tan sólo al finalizar, cuando le entregaron su zumo, pareció no digerirlo bien, y sólo dijo: "Me genera fatiga".

Leroy Skalstad en Pixabay
Cuando acabaron conmigo, y siguiendo el esquema habitual, me enviaron a la parte trasera del autobús. Dejé el móvil , la funda de las gafas y mi carterilla en el asiento de al lado, y cogí una torta de almendras y azúcar para evitar mareos. Mientras la degustaba, él se acercó a mi. Hice el ademán de quitar mis cosas del asiento de al lado, pensando que él se iría más bien a alguno de los otros dos asientos libres, más espaciosos y alejados de mi. Pero no. Él quería sentarse a mi lado. Pierna con pierna, haciendo un ángulo de noventa grados ambos asientos, y sin mascarillas porque ambos estábamos comiendo. Todo un poema para los protocolos sanitarios de moda, viendo que estábamos precisamente en un entorno sanitario. Pero no me sentí incómodo por ello.

Nada más sentarse, en las distancias cortas, y ya sin mascarillas, entendí la animadversión de aquella chica. Aporofobia, creo que lo llaman. Aquel señor llevaba días sin ducharse. Quizás más. Y su dentadura apenas mostraba algún diente sano, aunque no tenía edad para ello. No iba desarrapado, pero la ropa arrastraba ya muchos días seguidos de uso continuado. Indicios inconfundibles de escasez y de necesidad. Signos de una pobreza que, cada vez se extiende más, y por desgracia, aún genera rechazo.

A mí, sin embargo, me dio un vuelco el corazón. Caí en la cuenta de que habían pasado ocho años desde la última vez que aquel hombre había entregado su última bolsa de sangre. Y había vuelto a hacerlo tras tanto tiempo, quizás porque eso le garantizaba poder desayunar algo en aquel autobús de la Cruz Roja esa mañana. Siempre te dan un zumo y algo dulce de comer para evitar desmayos tras la extracción. ¿Qué habría pasado en esos ocho años con él y su familia? ¿Qué bofetadas le habría dado la vida? ¿Quizás podría estar yo igual dentro de ocho años? ¿Cuántas personas estarían siendo despreciadas como él, por vivir en la calle o por esperar las colas del hambre, tan sólo a raíz de esta pandemia?

Inició rápidamente la conversación. Pero entre su escasez de dientes, mi sordera parcial y el tráfico de la avenida, apenas pude enterarme de los detalles de lo que me decía. Aunque de lo esencial sí. Y fue suficiente. Llevaba varios días durmiendo en la calle con su mujer. No entendí bien si iban solos o con niños. Tampoco junto a qué parque. Habían venido desde Sevilla, a la busca de un trabajo que acabó frustrándose. Y ahora intentaban volver a Sevilla, y se les interponía el precio de los billetes de autobús de vuelta. Evité juzgar lo que me decía, o si me estaba mintiendo. Aunque sabía que me acabaría pidiendo dinero. Daba igual que fuera para un "colacao", como dijo, o para ahorrar para el autobús. ¿Quién era yo para opinar sobre su modo de salir de ésta, incluso si todo aquello era mentira? ¿Acaso no haría yo lo mismo en su situación? ¿Quién ha dicho que no sea lícito hacer lo que sea si está en juego la pura supervivencia?

Le esperé tras bajarme del autobús. Y le di las pocas monedas que llevaba en el bolsillo. Se mostró esquivo entonces. Y yo me sentí culpable por mi dichosa costumbre de ir siempre con el importe justo para el desayuno habitual en la cafetería de siempre. También me sentí culpable por todos aquellos que le despreciarían y rechazarían acercarse a él aquel día. Y también porque ya iba tarde de regreso al trabajo, mientras quién sabe cuándo él podría tener un trabajo. O un hogar. O una comida caliente.

No tenía previsto subir hoy a ese autobús, pero allí estaba aparcado en mi caminar sin rumbo en el rato del desayuno. Donar sangre es un gesto sencillo que acalla unos instantes esa llamada permanente de la conciencia por el sufrimiento o la necesidad ajena. Pero hoy no ha acallado en mi una "mierda". Más bien todo lo contrario. Se ha vuelto a activar en mí esa llama, adormecida por los horarios, las prisas y los quehaceres diarios. Y me alegro. Porque quizás sea bueno este dolor interno del encuentro de hoy en aquel autobús. Significa que el otro nos sigue doliendo. Que su sufrimiento no nos es ajeno ni justificable. Que no hay protocolo sanitario, ni convencionalismo social que pueda alejarnos del otro. Y que si los hay, debemos luchar con todas nuestras fuerzas para evitar este progresivo distanciamiento los unos de los otros. Y quizás te lo esté contando, por si a ti te pasa lo mismo.


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sábado, 11 de septiembre de 2021

Retomar la palabra

Hay momentos en la vida en los que uno no puede ponerse de perfil. Por eso decidimos dar la cara. Por eso y porque dicen que no hay mejor forma de educar a los hijos que mediante el ejemplo, especialmente si son jóvenes o adolescentes. Mejor que la confrontación, las regañinas, o los castigos. El ejemplo. Aunque éste pueda tardar años en calar.

Greyerbaby en Pixabay
Pero, ¿qué ejemplo dar en un momento en el que el mundo entero parece haberse vuelto loco? No nos bastaba con mantener la calma y evitar precipitarnos entre tanto miedo e histeria colectiva. No basta con estudiar inmunología o virología y contárselo. No basta con "empaparse" los estudios científicos, y desmontar punto por punto el sinsentido de las decisiones adoptadas. No basta con analizar en profundidad las estadísticas, y mostrar a los hijos lo absurdo de lo que está pasando. Había que sostener esa postura públicamente. Porque bajar la mirada, callar y obedecer cuando todo por dentro se rebela ante lo que está pasando, sólo crea desequilibrio entre el pensamiento, la palabra y la acción. Muchos han hecho lo que no querían por la presión y han sucumbido por superarse límites de aguante específicamente diseñados para "convencer" a cada colectivo. Menudo legado para las nuevas generaciones.

Un mundo diferente requiere brazos y bocas para construirlo. La realidad no es un regalo o un don. Nos toca construirla día a día. Pero a veces, ese proceso es doloroso. Y expresar ciertas cosas en público cuando casi todo y casi todos están en contra no es fácil. Sabíamos que muchos nos darían la espalda. Que quizás quedarían por el camino algunas amistades. Que seríamos señalados, criticados y quizás estigmatizados. Pero ¿acaso hay algo más importante que cultivar en un hijo o una hija la coherencia contigo y la valentía para no achicarse, cuando la conciencia así te lo dice? 

Tama66 en Pixabay
Nuestros once vídeos tuvieron ese objetivo. También el de posicionarnos con claridad desde un principio, por si todo esto iba a peor. Y por supuesto, darle a cada cosa la importancia que tiene, viendo que las masas sólo se movilizan por el fútbol o por ver a un famoso, pero no por la salud y el futuro de los hijos. ¿Acaso es tan grave mirar a la muerte de frente o preguntarnos en qué consiste vivir? ¿De verdad que no nos hace falta replantearnos nuestra actitud ante la vida o cómo enfocamos nuestra existencia? ¿Ni siquiera cuestionarnos sobre esta realidad que estamos viviendo, sus injusticias y cómo nos relacionamos con los demás en ella? ¿Tan malo es hacerse preguntas de sentido común? Sólo quisimos hacernos esas preguntas. Sí, en voz alta. Pero sólo eso.

El gran Eduardo Galeano decía que "ojalá podamos ser desobedientes, cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común". Y hoy hacerse preguntas sobre lo que está pasando, o simplemente reflexionar sobre la realidad y actuar en coherencia con esa reflexión, parecen haberse convertido en actos de desobediencia. ¿Acaso los pasaportes o certificados de vacunación no son unos certificados de obediencia, cuando ya todos sabemos que las vacunas "COVID-19" ni bloquean la infección ni evitan la transmisión?

No queríamos entrar en guerra con nadie. Ni queríamos convertirnos en influencers o youtubers. Ni queríamos alimentar nuestro ego. Ni queríamos ser líderes o impulsores de ningún bando. No. Y eso que muchos quisieron colocarnos ahí, desde uno y otro lado, a base de críticas o de alabanzas. Sólo queríamos ser coherentes y dar ejemplo de coherencia a nuestros hijos. Y ya ellos dirán un día qué hacer con todo esto, construyendo y defendiendo su propia versión de la realidad. Y si de paso le sirve a alguien nuestro testimonio, por supuesto, mejor que mejor.

Nile en Pixabay

Pero llegó un momento en que sentimos que nuestros vídeos acabarían generando miedo y frustración, en lugar de paz y equilibrio, entre los que masivamente se están posicionando y dando pasos en dirección contraria a lo que íbamos descubriendo, siendo muchos de ellos amigos y familiares. Algunos nos daban explicaciones y casi se disculpaban por tomar direcciones opuestas a las nuestras. Otros mostraban su frustración al comprobar que en sus entornos se daban eventos que ya habíamos anticipado que se podrían dar. Percibíamos que tras año y medio de pandemia, todos habíamos tenido tiempo de sobra para construir nuestra interpretación de lo que está pasando. Que las creencias y los dogmas alrededor de la pandemia se habían asentado ya. Que poco o nada parecen importar los hechos, los datos o las evidencias científicas verdaderas, ya que cada uno las interpreta a su gusto y saca sus conclusiones amoldadas a su decisión. Que tras todo este tiempo, la gran mayoría ya tiene completamente decididas las fuentes de las que nutrirse en este proceso, desdeñando las contrarias. Y lo que es más importante: que éste es un proceso absolutamente individual en el que a cada uno de nosotros/as, con plena consciencia y responsabilidad (o abiertamente sin ellas), tendremos que elegir un camino u otro. 

¿Qué sentido tenía, por tanto, seguir compartiendo vídeos? ¿Valía la pena señalarse tan abiertamente en un contexto de clara censura y "caza de brujas" contra el inconformista o desobediente (por no darle los apelativos e insultos que se han venido escuchando). Era momento de optar por el silencio, y de cultivar el recogimiento o incluso la meditación. Y así lo hicimos.

Pero el mundo no se para. Y evidentemente todos nos hacemos las mismas preguntas. ¿Y ahora qué? ¿Qué va a pasar? ¿Cómo estaremos de aquí a cinco o diez años? ¿Cómo estarán nuestros hijos o nietos? Y es ahí donde quizás nos toque escribir o pintar sobre ese maravilloso lienzo que es el silencio, y retomar la palabra. Y con ella construir realidad. Tengas la etiqueta que tengas, y hayas decidido lo que hayas decidido. Porque quizás el principal déficit que podemos estar viviendo hoy día es el pensar que la realidad se cierne sobre nosotros como un fatalismo. Como algo prexistente que simplemente "nos sucede". Como si fuéramos simples espectadores pasivos que pagan su entrada, que ven con resignación el espectáculo de una vida que otros les escribieron, y que limpian y desmontan al final el escenario según lo que otros ordenan. Como si estuviéramos esperando a que nos digan qué va a pasar para tratar de ajustar nuestra existencia a lo que otros ya decidieron. Eso sí, sin molestar mucho, por supuesto.

Iwannaen Pixabay
Pero, ¡ahí va la buena noticia! (y lo decimos por propia experiencia). Hay otra forma de plantear todo esto. De crear un discurso, una narrativa o una historia, (la de cada uno de nosotros/as, por supuesto) en la que el mundo y yo, lo de fuera y lo de dentro, espectador y espectáculo, no van separados. Y ahí, la pregunta sobre el futuro pasa inexorablemente por nosotros y por nuestra voluntad. De modo que nuestra palabra transforma potencialidades en realidades. Y con la fuerza de esa palabra ya no diremos: "Dime qué va a pasar para acoplar mi vida a lo que vaya a pasar". Todo lo contrario. Ya diremos: "Esto es lo que va a pasar, y por eso sé lo que tengo que hacer". Llámalo como quieras: "discurso profético", "comunicación creadora"...Pero os aseguramos que permite crear realidad. Y de eso van a ir esta temporada buena parte de nuestros posts, dadas las experiencias que hemos venido teniendo en este sentido, y la gran necesidad de crear realidad que existe en estos momentos.

Eisenstein identifica tres condiciones para esta forma de afrontar la vida, retomando con fuerza la palabra. Primero, visualizar bien lo que va a suceder, para poder transformar cientos o miles de posibilidades en eso que estás visualizando. Segundo, estar dispuestos a aceptar lo que implique, sabiendo que habrá mucho que ganar pero también cosas que perder, y sintiéndote una pequeña parte o un simple instrumento de algo mucho mayor. Y por último, por supuesto, buscar aquella comunidad, aquel grupo de almas afines, capaces de compartir contigo esa visión y "hacer piña" para transformarla en realidad junto a ti.

Son muchísimas las personas que usan la palabra para quejarse y regodearse en "lo mal que está todo". Nosotros siempre respondemos lo mismo: "Hay muchas personas construyendo y creando otra realidad mejor". Pero no es una frase hecha. Es cierta. Y lo es, porque visualizamos otra realidad de verdad. Porque nos ponemos en plena disposición a crearla, suponga lo que suponga. Y porque siempre nos rodeamos y andamos en búsqueda de "locos" como nosotros, dispuestos a construirla.

Vienen tiempos en que deberemos sentirnos válidos y capaces para afirmar con rotundidad, cómo va a ser el futuro. Es nuestro derecho hacerlo. Y nadie nos lo puede quitar, por mucho que quieran. Retomar la palabra para crear un mundo diferente es toda una llamada a otros para unirse a ese mundo. Como dice Eisenstein: que ¿qué va a suceder? Dejemos de preguntarlo. Contémoslo.


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jueves, 19 de agosto de 2021

MeysTube (11): Silencio


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Nuestra semana más importante del año, la del reencuentro en la montaña con nuestros 3 hijos, es un buen momento para recapacitar sobre lo que más requieren estos tiempos: SILENCIO.

Nos sumamos a ese silencio.
Al menos por ahora.



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lunes, 28 de junio de 2021

MeysTube (10): Realidades pandémicas

 ¿Hay una sola pandemia o hay varias?

¿Qué nos ha descubierto la pandemia de nosotros mismos?

¿Cómo puede ser que haya personas aterrorizadas y otras que desarrollan su vida con normalidad?

¿En qué medida nuestra creencias conforman nuestra realidad?

¿Qué sucede si no compartimos la misma percepción de la pandemia?

¿Y si queremos escapar de esa realidad?

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viernes, 11 de junio de 2021

MeysTube (9): Tres restricciones injustas a nuestra familia en esta pandemia

 Esta semana se publicaba que el 55,8% de la población cree que los Gobiernos debieron haber adoptado medidas más estrictas, según el CIS. Es decir: pedimos a voces más restricciones. Es por eso que hemos creído necesario contar 3 ejemplos concretos nuestros de a  dónde nos pueden llevar esas restricciones.

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sábado, 29 de mayo de 2021

MeysTube (8): ¡Hola! ¡Cuánto tiempo!...¿Te has vacunado ya?

Hoy no hablamos de las vacunas

sino de cómo estamos viviendo el proceso de vacunación los seres humanos.

Y os contamos detalles de las 8 ó 9 veces que han llamado ya a Mey para vacunarse...

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sábado, 15 de mayo de 2021

MeysTube (7): Vida "interruptus". ¿Se trata de VIVIR o de SOBREVIVIR?

 La pandemia nos ha colocado ante la gran pregunta:

¿En qué consiste VIVIR?

¿En preservar simplemente una existencia "biológica"?

¿O se trata de algo más?

¿Tenemos alguna brújula en ese proceso?


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martes, 4 de mayo de 2021

MeysTube (6): Cuando una amiga se va

 Cuando alguien querido se va, duele mucho.

Cuando decide irse, el vacío es inmenso.

Hoy nos sentimos profundamente conmovidos por tantas y tantas personas

que están sufriendo por dentro tanto como para dar un paso tan drástico.

Ojalá podamos tejer una red de humanidad que palíe en parte ese dolor.

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viernes, 30 de abril de 2021

MeysTube (5): ¿Cómo enfocas tu vida?

 ¿No tenéis la sensación de que la gente está muy polarizada, muy crispada, muy irascible?

Hoy analizamos la cuestión de cómo enfocamos nuestra vida, con una analogía sobre el ajedrez y los viajes.

Y además, en relación a la pandemia, os compartimos otro documento que hemos elaborado con las conclusiones de la videoconferencia que mantuvimos esta semana con la Doctora Acevedo desde México, así como con 4 enlaces a vídeos muy pedagógicos o muy elocuentes (copiad los enlaces en un navegador, porque Youtube hace un redireccionamiento "raro"):

https://drive.google.com/file/d/1zPjwI7Oc6Ppssn7vdGJm1WyySzkKgim6/view?usp=sharing


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sábado, 24 de abril de 2021

MeysTube (4): Las 7 actitudes ante estos tiempos de cambio

 El vídeo de la pasada semana (el 3) ha removido mucho. Incluso desde creencias que impiden hacerse esas preguntas que allí os proponíamos.

Gracias por vuestros comentarios y mensajes, que definen la actitud de cada uno ante estos tiempos de cambios profundos: esa actitud acaba conformando nuestra identidad.

Por ello hemos decidido hoy hablar de las 7 actitudes ante estos momentos huracanados que vivimos

¿En cuál de esas actitudes te identificas tú?

Es importante planteárselo, para decidir con ella, si apuestas por mantenerte en este modelo de Humanidad o por involucrarte en crear otro...

(pulsa sobre la imagen para ver el vídeo)

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domingo, 18 de abril de 2021

MeysTube (3): 20 preguntas de sentido común para no-expertos

El mayor peligro de estos tiempos que corren es que el SENTIDO COMÚN perezca y se ahogue en las turbias y siniestras profundidades del MIEDO, la FALSEDAD y la CONFUSIÓN colectiva.

Pero hay una tabla de salvación: HACERSE PREGUNTAS.

Ahí va nuestra aportación a un debate que debería ser fundamental y aún no existe. 


(pulsar sobre la imagen para acceder al vídeo)


-Pulsa AQUÍ para acceder al documento en PDF con las preguntas

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-Pulsa AQUÍ para acceder al vídeo en Odysee (por si se censura en Youtube)

viernes, 9 de abril de 2021

MeysTube (2): La palabra prohibida

Esta pandemia nos está confrontando

con la palabra a la que siempre

le damos la espalda.

Hoy le dedicamos a ella nuestro vídeo.

(pulsa sobre la imagen para ver el vídeo en Youtube)


-Para unirte a nuestro grupo Telegram: https://t.me/familia3hijos

-Mismo vídeo grabado en Odysee (en caso de censura):

https://odysee.com/la_palabra_prohibida:689db50a0cc5222d88b8884c5bd695a598c94d28



viernes, 2 de abril de 2021

MeysTube (1): Por qué damos la cara

Vivimos tiempos muy difíciles.

Quizás los más difíciles para una o dos generaciones.

Quién sabe si incluso para toda la Humanidad.

Y hemos sentido con fuerza que la aventura

que iniciamos con nuestro blog allá por 2012

tenía estos tiempos de ahora como razón de ser.

Por eso hemos querido dar un paso más y dar la cara.

Con este vídeo iniciamos esta nueva aventura.

(pulsar sobre la imagen)








domingo, 7 de marzo de 2021

Oda al díscolo

Una de las mayores decepciones de Mey en su carrera de Filología la sufrió cuando una profesora le puso un cinco "raspado", según le dijo, por no haber reproducido con puntos y comas los apuntes que ella había suministrado. Había indagado otras fuentes complementarias. Se había hecho demasiadas preguntas.

Shutterstock: Vitezslav Vylicil

Si hace 15 años nos hubieran preguntado cuál sería la principal asignatura que nos gustaría que se hubiera impartido a nuestros hijos, la respuesta habría sido clara. Desde luego no las matemáticas, la literatura o los idiomas. Sin duda habríamos elegido una asignatura de pensamiento crítico, y de aprender a hacerse preguntas. El principal problema es qué profesor y cómo podría dar esa asignatura. Pero es la base de todo aprendizaje y de toda evolución humana. 

Vivimos una época en la que buscamos respuestas para todo y con inmediatez. Se estudian asignaturas para acabar teniendo un trabajo. Se imparten unos contenidos memorísticos en las asignaturas para acabar soltándolos en un examen. Éste, a su vez, está diseñado para obtener una nota. Y esta nota será la que te abra las puertas al ansiado trofeo laboral. Incluso en la asignatura de filosofía, por desgracia, se imparte un curriculum pensado para memorizar ciertos contenidos sobre los filósofos, y poco más.. Pero, ¿y las preguntas?

De nada sirven las respuestas, si no hemos aprendido a preguntarnos antes. Y ese cuestionamiento de todo está casi ausente hoy día. Se ha perdido la capacidad de formular dos palabras mágicas: "¿Y si...? Parecen dos palabras sencillas, pero cuesta muchísimo encontrar personas dispuestas a dar el paso de replantearse si las cosas pueden ser distintas a como la mayoría las ve, o incluso como ellas mismas pensaban que eran, antes de preguntarse: "¿y si resulta que esto no es así?". Incluso es alarmante esa ausencia de cuestionamientos por parte de quienes deberían usar las preguntas y los replanteamientos en su trabajo diario, sean científicos, médicos, economistas, teólogos o políticos. Nos dan las respuestas con las que pensamos que resolvemos la "papeleta" del momento. Pero así nos va. Sin preguntarnos si esas respuestas se adaptan a lo que tenemos delante.

Shutterstock: Vitezslav_Vylicil

Y no es un problema de profesores. Es de nuestra sociedad en conjunto. Un gran profesor de preescolar nos mostraba hace años su frustración al contarnos que muchos padres le reprochaban que sus hijos empezaban con él a leer la "U" o la "P" más tarde que los niños de la clase de al lado. Esos padres querían respuestas rápidas que les permitiesen compararse con los demás y competir. Lo de hacerse preguntas, y preparar la mente para asentar el conocimiento no les valía.

Hace unos días hablábamos con Pablo sobre unos ensayos que tiene que realizar relacionados con un apasionante asunto de materia económica. Y a raíz de un vídeo que había visto Mey, le planteamos una duda. Esa duda le puso a la defensiva. Y casi nos reprochaba que hubiéramos dado un giro a nuestra posición inicial con esa duda. Pero no. Cuando uno se hace preguntas que antes no se había planteado, a veces se llega a respuestas que habías dejado olvidadas detrás de tu ideología, de tu educación, de tu forma de ser, o incluso de tus prejuicios. Por eso el hacerse preguntas debe ser un ejercicio diario que debemos cultivar hasta el último día de nuestra existencia. Y sin embargo, es una tarea muy devaluada.

Cuando hace ya un año se inició esta historia de la pandemia y empezó a haber cosas que no cuadraban, respuestas incoherentes, y explicaciones sin sentido, empezamos a hacernos preguntas. Probablemente más que nunca en nuestras vidas. Y cuando compartíamos esas preguntas, en el 99% de los casos, a nuestro alrededor, sólo nos daban respuestas. "No, es que he visto en instagram...". "No, es que dice la OMS..." "No, es que según el ministro...". "No, es que si millones de médicos hacen lo mismo, y nadie ha dicho nada..." Para nuestra sorpresa, nos habíamos introducido en un gigantesco túnel universal en el que las respuestas estaban prefabricadas y listas para ser engullidas por una masa sin capacidad de plantearse preguntas. Y eso asusta mucho. Mucho más que el "virus de marras". Por eso nos gusta estar muy atentos a díscolos de peso, con argumentos, conocimiento, experiencia y clarividencia, aunque los pongan "a caldo". Gente como el Dr. Benito, la Dra.Forcades, la Dra. Acevedo, José Luis Parise o el propio Emilio Carrillo.

Shutterstock: Lightspring
Hacerse preguntas hoy es "chungo". Muy "chungo". Es arriesgarte a verte etiquetado, excluido y vilipendiado. Es peor que un insulto. Mucho peor incluso que ser escupido a la cara. En estos tiempos de pandemia, hacerse preguntas acarrea automáticamente recibir el calificativo de "negacionista". Es lanzarte directamente al ostracismo o a la más profunda de las cloacas. Y te ves a esa masa informe repitiendo como "papagayos" con el dedo acusador señalándote y diciendo: "negacionista, negacionista"...Pero según la Real Academia, el negacionismo es simplemente una actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes. Ni más ni menos. 

Ser negacionista no es otra cosa que ser un inconformista, un díscolo que va contra corriente de lo que se considera como adecuado, racional, prudente o consensuado. Alguien que se hace preguntas ante una realidad sobre la que los demás parecen no cuestionarse nada. Pero la historia de la Humanidad sólo ha avanzado a golpe de negacionistas que tuvieron el coraje y la perseverancia de luchar contra lo establecido en su tiempo, y mostrar al resto la luz de una verdad hasta entonces oculta a base de creencias de todo pelaje.

Sin embargo no se trata de ser díscolos porque sí. Para nosotros, el ser inconformista o ir contra corriente no es un valor en sí. El valor se lo da el hecho de que esa actitud va respaldada por el estudio, el esfuerzo, la experiencia, o el empuje por alcanzar un alto ideal. Y eso es pura valentía. Porque lo cómodo es apoltronarse en lo que repite la mayoría, y seguir al rebaño sin plantearse nada. Lo difícil es sostener una postura cuando todo el mundo parece opinar lo contario, y encima tener argumentos para hacerlo. Pero cuidado: hay quienes hacen del "ir en contra" una forma de vida, y edifican su identidad sobre ello. Y un díscolo que no es capaz de ser flexible ante las circunstancias, las evidencias o los principios superiores, y se enroca en lo suyo, se acaba llenando de ego, y hace de su argumento pura tiranía, que no genera sino antipatía. Por desgracia eso es algo común en nuestra política nacional.

Los científicos admirados en películas y libros de Historia son los que negaron lo anterior e impulsaron algo nuevo. Igual que los descubridores, los conquistadores, los inventores y los héroes que defendieron derechos y libertades que hoy creemos que cayeron del cielo. Como dice Bayce, ¿qué hubiera sido del mundo sin profetas, hazañas o utopías?

Cristóbal Colón
Cristóbal Colón fue un díscolo negacionista que no aceptó la "verdad oficial", según la cual se caería al vacío si cruzaba la línea del horizonte. Y de paso descubrió América. Le siguieron otros díscolos negacionistas que no aceptaron lo de que la Tierra era plana y se animaron a doblar el Cabo de Buena Esperanza, apostando por que la Tierra fuese redonda y poder volver a España por un mar opuesto a aquél por el que habían llegado.

En el ámbito de la ciencia, Nicolás Copérnico fue otro díscolo irreductible que supuso que el Sol era el centro del Universo y que la Tierra y los demás planetas giraban a su alrededor, toda una barbaridad para la concepción geocéntrica de la época. Johannes Kepler, también ilustre díscolo negacionista, es bien conocido por sus leyes sobre el movimiento de planetas en su órbita alrededor del Sol. Su madre fue acusada de brujería, otra forma histórica de catalogar a los negacionistas. Las ideas de Kepler chocaron directamente con la Santa Sede que incluyó sus libros entre los títulos prohibidos. Peor suerte correría el díscolo Galileo, que a pesar de ser considerado como el padre de la astronomía moderna, de la física moderna o de la propia ciencia, tuvo que soportar que se prohibiera su obra y se le condenara a la cárcel. 

Marie Curie

Pero no hace falta irse tan lejos en el tiempo. Marie Curie unió a su condición de díscola negacionista, otro pecado capital: el de ser mujer. Fue la primera persona en recibir dos Premios Nobel en dos especialidades diferentes, y la primera mujer en conseguir ese preciado galardón. No obstante, la sociedad de su época casi logró privarle de ambos. El primer Nobel, compartido con su marido Pierre, se le otorgó ante la amenaza de él de no aceptar el premio si ella no era también recompensada. Y en el segundo Nobel, recibió críticas feroces en los titulares de todos los periódicos, siendo tachada de adúltera, y presionada  para no ir a recoger el galardón, aunque un joven Albert Einstein la animó finalmente a que lo hiciera.

Malala Yousafzai
La historia de los derechos de los que disfrutamos cotidianamente, está también jalonada de díscolos negacionistas. Baste nombrar sólo un par de ellos: Emmeline Pankhurst, activista y política británica que lideró el movimiento sufragista en su país, y cuya lucha fue crucial para lograr el derecho de las mujeres a votar en Gran Bretaña, con todo en contra. O la joven paquistaní Malala Yousafzai, que en 2008  se planteó con vehemencia una simple pregunta: por qué los niños de su país tenían limitaciones en la educación, recibiendo por ello varios balazos en la cabeza por extremistas talibanes, que afortunadamente no le impidieron recibir a los 17 años el Premio Nobel de la Paz.

Rosa Parks
A veces ese inconformismo díscolo surge de un gesto sencillo y simple, como el de la costurera Rosa Parks en Alabama , que se hizo la pregunta de por qué iba a tener que cederle el asiento en un autobús a un blanco, y con ello inició el camino para la primera gran victoria de los negros americanos contra las leyes racistas en Estados Unidos.

Y por supuesto, forma parte de ese proceso negacionista la ruptura con lo que se considera habitual, cotidiano y asumido. Así, hoy sería inconcebible ir al médico y que éste te recibiera fumando, o tener que aguantar los humos del tabaco de otros en la oficina o en el cine. Cuando se planteó la prohibición en 2006, (antes de ayer, como el que dice) una gran mayoría lo consideró una idea absurda y díscola, algo inconcebible que supondría el hundimiento de la economía. Han pasado sólo unos pocos años, y fumar en cualquier sitio cerrado sería un auténtico atropello. 

Por eso, en estos tiempos de coronavirus, pensemos dos veces, antes de arrojar la piedra del insulto o la descalificación como "negacionista" a quienes no comparten algunas de las "verdades oficiales" que gobiernos, medios de comunicación e instituciones internacionales nos están imponiendo a base de repetirlas y de imponerlas por la fuerza de la ley. Quien insulta de esa forma, se descalifica a sí mismo. A ver si dentro de unos años, resulta que nos vamos a reír a carcajadas o nos abochornamos recordando lo que nos "tragamos" en relación a las PCR, a los toques de queda, a los cierres perimetrales, a la prohibición de actividades económicas, a su clasificación en esenciales y no-esenciales, a la imposición de las mascarillas, y a la vacunación universal que hoy nos ocupa. ¿De verdad no pensamos que hay preguntas de sobra para hacerse en esta realidad pandémica que estamos viviendo? ¿O será simplemente que nos informamos, NO para buscar la verdad, sino para vernos reafirmados en nuestros puntos de vista? En ese caso, estaremos suspendiendo esa asignatura de pensamiento crítico, por mucho tiempo que haya pasado desde que abandonamos el colegio.

Shutterstock: Paolo Certo
Hace años decidimos que en casa debíamos proporcionar esa asignatura de pensamiento crítico y de hacerse preguntas sobre la realidad. Fuera como fuera. Y por eso llevamos a los niños desde pequeños a ecoaldeas y lugares lejanos donde hubiera gente replanteándose la forma de vivir la vida, nos gustaran más o menos esos sitios. Por eso quisimos que viajaran, que recorrieran los caminos, y se hicieran preguntas que alguien que no se ha movido de su pueblo quizás no se haga nunca. Y por eso les animamos a que abrieran sus puertas a huéspedes y se sintieran acogidos por anfitriones. Que entraran en contacto con poetas, con soñadores por un mundo mejor, y con los "locos" de este mundo...  

Nuestros hijos aprenderán muchas matemáticas, mucha literatura y muchos idiomas si se apasionan por hacerse preguntas, y cultivan la curiosidad por aprender, por ver las cosas desde otra perspectiva, y por buscar la verdad, aplicando el sentido común. Y sin duda, la salida laboral, que a tantos padres preocupa, llegará como consecuencia de todo ese proceso, y cuando toque. Pero ¿de qué sirve obsesionarse por conseguir un trabajo, si la vida se vuelve gris por acallar tantas y tantas preguntas?

 Si te atreves a hacerte preguntas a pesar de todo y de todos, y al final acabas confirmando tu idea inicial, ¡olé por ti! Pero si tienes el coraje de hacerte preguntas contra corriente, y te das cuenta que las respuestas no son las que pensabas o las que todo el mundo repite como autómatas, y además decides "tirar para adelante" a pesar de lo que digan de ti, o cómo te etiqueten, te mereces una medalla. Porque entonces eres un diamante en bruto. Y entonces brindaremos por ti y por todos los díscolos como tú ¡Ojalá no paremos de hacernos preguntas! ¡Y ojalá ayudemos a nuestros hijos a que no paren de hacérselas! De ello depende el futuro.

lunes, 1 de marzo de 2021

No claudicar

 1) Madrugada del viernes 26. Tres fuertes manotazos en los cristales retumban en toda la furgoneta. El susto es de muerte a esas horas. Varias personas merodean alrededor del vehículo. Cuando abrimos los ojos, dos potentes faros nos apuntan directamente. A ellos se suma una inconfundible luz azul. Una de ésas que durante la pandemia exhiben a todas horas la Policía y la Guardia Civil. No tenemos escapatoria. Tampoco tenemos ni idea del motivo de ese despliegue. Suelo tardar mucho en recomponerme cuando me despierto a mitad de la noche. Así que me quedo "encasquillado" unos instantes resolviendo dilemas filosóficos: ¿dónde estamos?; ¿qué pasa?; ¿es esto una pesadilla o una película distópica?... Mey, sin embargo, se pone la mascarilla sin titubear, y en un "santiamén" abre diligente la ventanilla de la "furgo".

-"Buenas noches, ¿hay algún problema?"

-"¿De dónde son ustedes?", responde el guardia civil

-"De aquí al lado, de Vélez-Málaga", contesta Mey.

-"¿¿¿De Vélez-Málaga???". El tono y los ojos del agente evidencian que no le cuadra nada.

-"Sí. Esto es lo que tenemos más cerca para disfrutar y evadirnos un poco de todo lo que está pasando. ¿Hay algún problema? ¿Quiere que le mostremos nuestra documentación?"

-"No, no hace falta", responde.

-"¿Vienen ustedes con este otro vehículo de Granada?" (refiriéndose a otra furgoneta que estaba allí aparcada, cerca de nosotros, y en la que ni habíamos reparado)

-"No. No les conocemos".

Adivinando ya por dónde parece ir la cosa, Mey añade: "No se nos habría ocurrido incumplir el cierre perimetral provincial con matrícula de Granada, con una furgoneta con este color rojo chillón, y con estas cortinas de estrellas... No es buen plan para pasar inadvertidos, la verdad..."

-El agente por fin sonríe, y asiente con la cabeza. Todo se distiende.. 

A esas alturas, el guardia ya nota que se han pasado de frenada con nosotros. Que no hemos infringido el cierre provincial. Falsa alarma para ellos. Se relaja, nos advierte sobre la protección del paraje natural en el que estamos, nos pide disculpas dos veces, y nos desea buen descanso. A buenas horas...

El episodio policial de la noche anterior es la excusa perfecta para romper el hielo por la mañana con los vecinos de las autocaravanas cercanas. La familia británica de nuestra derecha se asustó mucho con el incidente, pero a ellos ni les molestaron. Llevan 3 meses vagando por donde les dejan acampar, desde que allá por noviembre les anunciaron que en España el Covid tenía muy buenas cifras, y cuando ya estaban aquí, se vieron encerrados "a cal y canto", y sin apenas campings abiertos donde pernoctar. Están contando los días para coger el ferry en Santander, haciendo cálculos de la cuarentena y de lo que les van a costar las varias PCR que cada miembro de la familia deberá hacer a la vuelta. Ya lo tienen asumido. Son la viva imagen del "que pare el mundo, que yo me bajo". Al menos desde noviembre. La adversidad une. Mey les aconseja sitios donde pernoctar y un restaurante "bueno, bonito y barato". Les dejamos nuestro teléfono, "por si las moscas". Y si hubiéramos tenido jardín, allí estaría ahora su caravana.

Con la pareja de la izquierda, la conversación es más larga. Sobre todo con Rosa. Ella era la de la otra furgoneta granadina, y la policía también le apretó. Lleva treinta años ejerciendo la enfermería y se ha desengañado ahora después de ver desde dentro tantas cosas que no le cuadran. La pandemia y la vacuna parecen haber sido la gota que colma el vaso. Sorprende descubrir tanta afinidad en auténticos desconocidos. Tanta como para abrazarles, como quizás haga meses que no lo hagamos con familiares cercanos. Cosas de esta pandemia. O del miedo, quizás.

Tras desayunar y recoger, decidimos cambiar de aires, y marcharnos a la montaña. Pero apenas hemos recorrido dos kilómetros, cuando se nos pone delante un coche de la policía local, y en una maniobra de película, en plena rotonda, nos corta el paso y se acerca uno de los agentes. El otro también se baja, cruza los brazos, y abre las piernas.

-"¡Póngase la mascarilla!", me ordena con contundencia.

Reconozco que las formas y el tono, unidos a lo sucedido la madrugada anterior, me molestan tanto que a punto estoy de responder con la misma actitud. Pero respiro dos veces, y me la pongo por respeto a él y para evitar males mayores. La escena me suena a "dejá-vu". Por eso intentamos Mey y yo adelantarnos a sus palabras con un "¡Somos de Vélez-Málaga!". De poco sirve el intento.

-"¡La documentación!", nos exige.

Tras mostrarle nuestros DNIs y carnet de conducir, comprueba que no mentimos. Nuestra matrícula es de otra provincia, pero nosotros somos malagueños y vivimos en la provincia de Málaga. En esta ocasión no hay disculpas. Pero se le nota en la cara que el "paripé" de la rotonda, el compañero de respaldo con las piernas abiertas, y su tono y actitud han resultado un poco cómicas, dado el resultado. Cuando le decimos que es la segunda vez que nos pasa, tan sólo atisba a decir: "Es por el bien de todos". Me río a carcajadas por dentro.

Mientras ascendemos camino de Frigiliana, no puedo evitar pensar las energías que los seres humanos desplegamos para crear unas normas, que nos acabamos creyendo "a pies juntillas", y que defendemos "a capa y espada" con la fuerza coercitiva que sea precisa, como si de verdaderos delincuentes se tratase. ¿De verdad, si hubiéramos cruzado esa frontera inexistente con Granada, existiría peligro de algo? ¿De verdad vale la pena ese derroche de energía y de desconfianza? Ante una anécdota tan insignificante, Mey y yo no podemos evitar pensar en tantos y tantos miles de personas que llevan la "matrícula de Granada" grabada en el color de su piel, y que pagan el cruzar otras fronteras ficticias con la detención, el maltrato o incluso la muerte. O incluso aquellos cuya "matrícula de Granada" consiste en haber montado con todo el esfuerzo de su vida un negocio que ahora alguien, desde su despacho, condena a la muerte, catalogándolo de "no esencial". No debemos rendirnos. Seguro que el sentido común acabará prevaleciendo.


2) Hemos aprovechado el puente del Día de Andalucía para una "escapada de novios" y volver a disfrutar de la furgoneta tras muchos meses de "parón". Somos conscientes de que mucha gente pensará que es una irresponsabilidad. Y que los desplazamientos, aunque sean dentro de la provincia, deben reducirse a lo estrictamente necesario. Probablemente estas personas y muchos responsables políticos y sanitarios pensarán que disfrutar largas horas de sol en pleno mes de febrero en los acantilados de Maro no es necesario. Dirán que dormir bajo una luna llena y con el rugir de las olas no es necesario. Que tampoco es necesario contemplar los delfines o las olas que nos han deleitado estos días. Que la subida a un pico cercano al Acebuchal, y que aquella tarta de queso en aquella cafetería tampoco son necesarios. Que volver a nuestro restaurante favorito tras meses, tampoco es necesario. Ni tampoco reencontrarse con las calles de Málaga. Que experimentar la calma de los embalses de Ardales tampoco es necesario. Que contemplar el vuelo de los buitres, disfrutar de las vistas desde el Pico de la Cueva, y zamparse un bocata contemplando cómo se evacúan hectolitros de agua desde uno de los embalses tampoco es necesario. Y puede que lleven razón. Porque si sólo se piensa en una teórica "lucha" contra un virus, sólo es necesario lo que sirva a esa lucha. Y ahí, lo más eficaz es que todos nos quedemos encerrados bajo veinte candados, eso sí, bien pertrechados delante de nuestras respectivas pantallas, para que interioricemos bien los mensajes que toque obedecer en cada momento. Pero ya me dirán qué vida es esa. La que, de hecho, están viviendo millones de personas, de forma consentida, además. Lo sentimos mucho, pero no. Sin incumplir ninguna norma, pero no claudicaremos a ese "engendro" de vida que muchos consideran que es el necesario en estos tiempos que corren.


3) Jueves 25. Poco antes del incidente policial, participamos en un encuentro histórico. Eso sí, por videoconferencia, como ordenan estos tiempos. La bisabuela de la familia cumple nada menos que cien años. Hijos, nietos, bisnietos y sus familias nos vemos las caras desde distintos puntos de España y Francia. Ella está como su nombre, como una rosa. Casi como la conocí yo hace treinta años. Incluso el periódico local le ha dedicado un amplio artículo, y posa en una foto junto al alcalde del pueblo. Ya quedan pocas como ella. Pero es cierto que la guerra y los campos de concentración la han curtido mucho en eso de no doblegarse ante nada, por mucho que ahora se tema por la vida de las personas de más edad y vulnerabilidad.

Por si fuera poco, un día antes nace su octavo bisnieto, Rodrigo, segundo hijo del hermano de Mey. Todo un regalo para la familia. Sus padres tampoco se han rendido en un parto que ha resultado más complicado de lo esperado. Pero cuando alguien tiene claras las prioridades en la vida, no hay contratiempo que se ponga por medio. Que se lo digan a los padres de Rodrigo...


4) Domingo 28. La ruta del Gaitanejo nos ha dejado exhaustos. Pero también esa sensación que siempre busca cualquier montañero: el contacto con la naturaleza, una vibración más acompasada con nuestro planeta, y la satisfacción de superar los propios límites. Probablemente es una de las rutas más bellas que hemos disfrutado en mucho tiempo. Y por eso nuestra alegría es doble al llegar a la furgoneta. Pero nos espera una sorpresa desagradable. Poco nos podemos imaginar que, al intentar abrir el vehículo, éste está abierto, y tres de sus cuatro cerraduras han sido forzadas. El corazón se acelera. ¿Por qué? ¡Con lo bien que lo habíamos pasado! ¿Qué se habrán llevado? ¿Estarán aún por aquí? ¿Vamos a comisaría a denunciarlo? ¿Cómo es que nuestro seguro no cubre nada de esto?...

Después de un día tan especial, los nubarrones de la adversidad y los contratiempos nos acechan. Pero de repente, la sabiduría de Mey se impone: "Esto no nos va a estropear estos días. Es sólo dinero. Y debemos dar gracias, porque no les ha dado tiempo a llevarse la furgoneta". Efectivamente. Sólo están dañadas las cerraduras, pero no parece que les haya dado tiempo a llevarse nada. Es decisión nuestra optar por seguir disfrutando, o lamentarnos por esta contrariedad. Como en el resto de la vida, en realidad. Elegimos disfrutar, y acabamos el día riéndonos a carcajadas por whatsapp haciendo bromas con los niños.


Estos días no he podido evitar acordarme de amigos y familiares que lo están pasando mal, muy mal. Personas que sufren de soledad, de miedo, de cáncer, de depresión, o de intensos dolores. Personas a las que queremos, y que se encuentran en una disyuntiva, como las pequeñas disyuntivas que nos hemos encontrado estos días nosotros. ¿Íbamos a renunciar a seguir disfrutando por llevar una matrícula de otra provincia? ¿Íbamos a dejar de vivir con intensidad estos días porque muchos piensen que no eran necesarios esos desplazamientos? ¿Iban a rendirse la bisabuela porque pocos lleguen a su edad, o Rodrigo ante las complicaciones de un parto? ¿Vamos a amargarnos un día inolvidable, porque hayan intentado robarnos la furgoneta? Los obstáculos y las dificultades nos acaban haciendo más fuertes. Por favor: no claudiquéis.

viernes, 19 de febrero de 2021

Positivo en COVID-19 (Érase una vez una pandemia- 7ª parte)

Uno de nuestros hijos ha dado positivo en Covid. Llevaba varios días con mal cuerpo, y cuando perdió el olfato y el gusto, la confirmación era casi segura. Salvo eso, y un poco de tos, lo está llevando sin mayor problema. El resto de la familia estamos bien. Mantenemos una estricta distancia de seguridad con él de ocho mil quinientos kilómetros. Allí, en la Universidad de Oklahoma, se ha mudado durante la cuarentena a otra habitación en un edificio específico destinado a tal fin. Y él, con su actitud positiva de siempre, lo ha visto como una oportunidad para ponerse al día con sus "essays" y con el violín, ahora que le han invitado a una "master class". Además, tampoco perderá tantas clases, ya que las han cortado por una tormenta que ha dejado los termómetros "tiritando". Ya mañana acabará su aislamiento.

Las pocas personas que han sabido lo de su positivo, han torcido el gesto o la expresión. Unas por el miedo, creyendo quizás que también nosotros estaríamos asustados, intentando tranquilizarnos con argumentos sobre su juventud o su fortaleza. Otros por el estigma de una enfermedad para la que se reparten culpabilidades a discreción, especialmente en esta especie de fobia a los jóvenes que parece haberse extendido por todos lados, como si todo contagio debiera acarrear una culpa y un castigo. Pero no. Una vez que vemos que él está bien, no estamos asustados. Mucho más nos preocupó cuando de pequeño estuvo cerca de la peritonitis por una apendicitis mal diagnosticada, o cuando Samuel se abrió de lado a lado el labio en una caída por la escalera. En este caso, parece que una compañera de trabajo del supermercado le pudo contagiar trabajando. Pero si le hubiera contagiado tomando un café, viendo una película o contando chistes con los amigos, tampoco hubiéramos "culpado" a nadie de nada. Hoy, son cientos los titulares de noticias que se ensañan con las "fiestas de jóvenes" y con las "actitudes festivas", olvidando que más de uno fue joven y quiso también disfrutar de la vida con veinte años. Habrá quien piense que, como padres, deberíamos estar asustados o buscar culpables, viendo como está el "patio". Puede que seamos "padres asintomáticos", y no actuemos como muchos padres o madres hacen. Pero también puede ser que hayamos decidido no dejarnos arrastrar por esta narrativa  absurda del "monotema" de la Covid. Puede que los padres debamos dar ejemplo, si aspiramos a que la juventud cambie el mundo con valentía. Y puede que hayamos decidido darle a cada cosa su importancia. En el caso del contagio de Pablo, la importancia parece no ir más allá de un resfriado o una gripe. Y las estadísticas y los estudios científicos lo avalan para su edad. Al menos por ahora. ¿Nos vamos a preocupar (ocuparse antes de tiempo) por las malas noticias que puedan llegar en un futuro, si acaso llegan? Mesura, pues. Controlemos las estridencias.

Probablemente nos dirán que, cuando hay tantos contagios y tantos fallecimientos, razonar así puede ser frívolo o incluso irrespetuoso. De verdad que no. Nos sentimos profundamente apenados y afectados por tantas y tantas familias que están sufriendo por esta enfermedad y por sus consecuencias. Tanto las derivadas de un positivo, como las derivadas de las repercusiones por las medidas draconianas que se están adoptando, teóricamente para combatir el virus. Por eso queremos actuar con equilibrio en cada situación, y dar a cada circunstancia la importancia que tiene, sin dejarnos arrastrar por histerias colectivas o reacciones viscerales. De lo contrario, es como si quisiéramos acabar con los piojos utilizando un lanzallamas.

La semana pasada, Mey pasó un mal rato al ir a comprar dos botellas de leche al supermercado. A la salida, un señor vendía bolsas de mandarinas a un euro. Las bolsas eran del propio supermercado. Y las mandarinas, probablemente recogidas del suelo de alguna de las muchas fincas de la comarca. Era su forma de buscarse la vida como fuera. Le compró una bolsa, y ya en el aparcamiento la detuvo otra señora suplicándole que le diera trabajo en casa para la limpieza, o para cualquier tarea agrícola. Ya son varias las personas que se le han cruzado en esa misma tesitura. Gente que ya no puede ni poner un cartel en los locales comerciales, cerrados durante todas estas semanas. Mey la escuchó durante un buen rato. Toda su preocupación. Toda su inquietud. Quizás era lo que más necesitaba: ser escuchada y sacar esa angustia fuera. Lo de darle lo que llevaba en el monedero, quizás fue lo de menos.

Dramas así contrastan dolorosamente con los de personas, también cercanas, sufriendo por asuntos que nos podrían parecer triviales, comparados con los anteriores, como tener que ir a trabajar presencialmente, o tener que llevarse el portátil a casa "a la fuerza". Gente que te increpa por sacar la nariz de la mascarilla unos segundos para tomar aire y despejar el dolor de cabeza, o por tocar un documento que podría llegar a tocar otro. Pero, aunque el motivo del sufrimiento esté en las antípodas, dicho sufrimiento nos obliga a escarbar dentro de nosotros mismos, para hacernos conscientes de lo que nos está pasando. Y todo esto de la pandemia nos está removiendo mucho por dentro. Nos parezca justificado o no. Nos resulte más o menos trivial.

Este sábado era el primero que podíamos ir a comprar productos no esenciales tras casi tres semanas. La chica del hipermercado, muy simpática, nos soltó todo su arsenal de razonamientos y argumentos sobre la irresponsabilidad de la gente, sobre el pánico, y sobre la lucha encarnizada contra el virus. La escuchamos con el máximo respeto durante un largo rato. Necesitaba desahogarse. Era una chica encantadora y una comercial excepcional. Y ni Mey ni yo hicimos el más mínimo intento por contradecirla en nada. ¿Por qué colocarse en bandos distintos por tener una interpretación distinta de lo que está pasando? A ella y a sus compañeros estos días los habían increpado clientes, llamándoles "asesinos" o "criminales" simplemente por pedirles que se pusieran bien las mascarillas al entrar al establecimiento. Ninguna versión de la realidad es tan válida ni tan cierta como para justificar el enfrentamiento, la violencia o la simple falta de respeto. Pero la situación está generando estos graves trastornos, que no hacen sino apelarnos en la búsqueda del equilibrio.

Esta semana lo vivíamos también con la noticia de que la Princesa Leonor se iba a estudiar el bachillerato internacional a uno de los colegios en los que ha estudiado también Pablo. No somos precisamente monárquicos en casa, pero nos alegramos por el hecho de que la futura Reina pudiera vivir en primera persona una experiencia tan heterogénea y enriquecedora para tener una perspectiva de la realidad, alejada de los privilegios de palacio. Pablo, como le sucederá a ella, tuvo de compañeros a refugiados becados, a jóvenes que habían sufrido la esclavitud en pleno siglo XXI, y pudo experimentar los polos opuestos de este loco mundo. Eso, con 18 años curte mucho. Pero nos apenó enormemente comprobar cómo se denostaba sin conocimiento alguno el elitismo de esos colegios, con tal de socavar a la monarquía. Tanto fue así, que tuvieron que sacar un comunicado al respecto. Fines que justifican medios. Mi verdad frente a la verdad. Desequilibrios por doquier.

Muchas mañanas  salgo a desayunar con un buen amigo del trabajo. Tenemos opiniones radicalmente opuestas en política, economía, y por supuesto sobre la pandemia. Y a pesar de que no rehuimos el contraste de pareceres, sin embargo, cada vez nos llevamos mejor. Cada vez colaboramos más en distintos proyectos de la oficina. E incluso hemos empezado a impulsar juntos un proyecto medioambiental fuera del trabajo. Somos muy distintos. Pero nos respetamos enormemente, compartimos la necesidad de dar el 100% en cada asunto en el que nos involucramos, y nos encanta el buen humor. Así que ¿qué más da lo que se piense o lo que se opine? ¿Acaso somos lo que pensamos, o simplemente SOMOS?

Vivimos una época loca y absurda en la que las cifras diarias de positivos por Covid dirigen nuestros pasos como Humanidad. Como si controlando las distintas olas de contagio de esos positivos, todo marchara bien. Pero olvidamos que hay otras cuestione que hay que cuidar. La de nuestra actitud, nuestra solidaridad y nuestra empatía hacia los demás. Ahí hacen falta muchos positivos. Muchísimos. Por eso, cada vez estamos convencidos de que esto no es tanto una crisis sanitaria o económica, sino sobre todo es una crisis humana que nos obliga a replantear a qué dedicamos nuestras energías. ¿Vamos a seguir desperdiciando nuestra energía mirándonos al ombligo, muertos de miedo, construyendo muros frente a los demás, viendo al vecino como nuestra amenaza, y sintiéndonos víctimas de lo que está pasando? ¿O seremos capaces de empatizar con los muchos sufrimientos que están viviendo los demás, sintiéndonos un TODO como Humanidad?

No nos engañemos. No va a llegar nada ni nadie que nos saque de ésta. Ni siquiera la "divina" vacuna. La vuelta a la normalidad como meta, o la recuperación de una felicidad que todos parecen añorar pero de la que parece que nadie era consciente entonces, no va a ser cuestión de arte de magia. Va a depender de la disposición a encontrar dentro de nosotros lo que siempre pensamos que estaba fuera, y buscábamos en una lucha frenética por todos lados. ¿Estaremos dispuestos a buscar y cultivar la felicidad desde el interior, o seguiremos esperando a que nos venga de fuera, o no las traiga alguien o algo?

Quizás no hayamos vivido una época que nos interpele tanto como ésta. Habrá que sacar todo lo positivo que llevamos dentro en esta época del Covid.