domingo, 31 de enero de 2021

Discrepar con consciencia (Érase una vez una pandemia- 6ª parte)

Sabemos que quizás a partir de ahora haya personas que dejen de leernos o de seguirnos en las redes sociales. Hoy, 31 de enero de 2021, son algo más de 258.000 las visitas que tenemos en nuestro blog familiar y más de 4.500 seguidores en twitter. Y quizás se estanquen desde lo de hoy. Pero hace ya años que esas cifras dejaron de preocuparnos, y sobre todo, dejamos de alimentarlas con nuestro tiempo y nuestra dedicación, como un objetivo en sí. De hecho en una reciente entrevista por internet, nos ofrecieron hacernos publicidad del blog, del Patreon y de las redes sociales, y decliné amablemente el ofrecimiento. No queremos ser esclavos ni dependientes de nada ni de nadie. Y menos aún de los "likes" o los "me gusta". Y precisamente por eso, hoy sentimos que debemos hablar con contundencia, y mucha gente nos abandonará, echando en falta, quizás, el tono familiar o distendido de otras veces. Lo sentimos mucho, pero percibimos con mucha fuerza que debe ser así, al menos hoy. Y es el precio que estamos dispuestos a pagar. Sin abandonar la búsqueda del equilibrio. Pero es momento de que, desde la consciencia, alcemos aún más la voz. Y lo hagamos con rotundidad. No podemos permitir que nuestros hijos o nuestros nietos nos reprochen un día que no lo hicimos. O al menos que no lo intentamos. Es demasiado lo que hay en juego.

Hay dos razones para hacerlo. En primer lugar, porque no queremos que la indignación y la rebeldía que nos genera todo lo que estamos presenciando, se nos enquiste dentro, se somatice, y nos acabe generando una úlcera o algo peor. Y en segundo lugar, porque más allá de las reacciones de familiares, amigos y compañeros de trabajo, todos tenemos una misión en esta vida, algo superior que nos guía y ante lo que dar cuentas, y en estos momentos, eso es más importante que lo que puedan opinar de nosotros, viendo lo que se está poniendo en juego en este tablero.

La Humanidad está pasiva. Vive impasible uno de sus momentos más importantes. Y muchísimos seres humanos asisten al espectáculo como si no fuera con ellos. No queremos formar parte de esa masa conformista. Y queremos ejercer con la mayor rotundidad nuestro derecho a disentir, sabiendo que podrán censurarnos (como ya han hecho con personas cercanas). O que incluso algunos de los que os habéis sentido cómplices de nuestras andanzas y testimonios durante estos nueve años, decidiréis darnos la espalda. Pero las injusticias y amenazas que todos estamos presenciando no serían posibles sin nuestro silencio colectivo y cómplice. Por eso, desde luego, nosotros no vamos a callar. No queremos ser cómplices de esta canallada.

Es cierto, como muchos dicen, que todo lo que está pasando es perfecto y debe suceder así. Y quizás tiene que serlo, como forma de que muchas personas den un salto consciencial ante tanto atropello y "sinsentido". Siempre ha sido así. Millones de personas sólo dan el paso necesario cuando las cosas no pueden ir a peor. Pero quizás en ese proceso tengamos también, cada uno de nosotros, un papel que jugar. Y debemos jugarlo.

Hace unas semanas discutíamos con uno de nuestros hijos sobre el coronavirus y las vacunas. Siempre procuramos aportarles continuamente todo tipo de informes, estudios y actualizaciones legislativas dentro de esta locura en la que vivimos. Y llega un momento en que ante la saturación por tanta información, no leen lo que les filtramos, y se limitan a reproducir como propios los argumentos superficiales de amigos, instagramers y medios de comunicación de todo "pelaje". Es, en definitiva, lo que hace el 99% de la población. Pero en este caso Mey le paró en seco: si sus argumentos no se basaban en hechos y en un debate en profundidad, no había nada de qué hablar. No tiene sentido discutir sobre opiniones, ideas, rumores, o noticias sesgadas, partiendo de creencias limitantes y difícilmente modificables. Ese es el terreno que lo empantana todo. Debemos seguir trabajando por buscar la verdad, a pesar del enorme esfuerzo que supone hallarla entre tanta mentira y tal volumen de información permanentemente actualizada. Es el precio de la consciencia hoy día.

Por eso, aunque no es nuestra especialidad, nos estamos haciendo "expertos" en microbiología, en epidemiología y en medicina, a base de tanto estudiar para entender, de verdad, lo que está pasando. Y procuramos huir de las "opiniones" o de las "posiciones" en un sentido u otro. Cuando alguien nos pone una etiqueta, quizás no se da cuenta de que realmente se etiqueta a sí mismo/a. Porque la realidad es tan compleja que sin acudir a los hechos es imposible entender todo esto. Y para nuestra sorpresa, cuando hemos tratado de descender a las fuentes y a los hechos, con estudios científicos muy concretos y con cifras oficiales, nos hemos encontrado con dogmatismos incluso desde el mundo científico, descalificando un estudio o un análisis porque lo decía "fulanito" o un "don nadie", sin entrar ni siquiera a leerlo para refutarlo. También hay quienes se niegan a complicarse la vida, y prefieren no saber, o repetir tal cual lo que su radio o tele "amiga" les dice al oído. Bien. Que cada cual aguante su vela.

El 23 de agosto de 1973, Erik Olsson entró en una sucursal del Banco de Crédito de Estocolmo para atracarlo. Tras disparar a dos agentes, tomó como rehenes a cuatro empleados, tres mujeres y un hombre. Después de seis días de negociaciones, la policía puso fin al asalto sin que nadie más resultara herido. Pero lo peculiar de este atraco fue que una de las rehenes, Kristin Enmark, de 23 años, que había sido la portavoz de los retenidos, paradójicamente mostró abiertamente su simpatía y plena confianza hacia el secuestrador, a pesar de que éste había amenazado con matar a los rehenes durante el cautiverio y había llegado a ponerles una soga al cuello. Pese a todo, ella se ofreció a acompañar a Olsson en un viaje, a cambio de que liberara a dos de los rehenes, algo que las autoridades suecas descartaron. Tras este episodio, el psiquiatra Nils Bejerot, que asesoró a la Policía sueca durante el atraco, acuñó el término "síndrome de Estocolmo" para referirse a la desconcertante reacción de la rehén. Y al margen de su catalogación en la Psiquiatría o Psicología actual, lo cierto es que puede considerarse una reacción no exclusivamente humana, que puede observarse en otras especies, como respuesta universal a una amenaza ineludible para la supervivencia.

La sumisión puede favorecer la supervivencia genética. Y quizás, por ello, no surge exclusivamente en casos de secuestro, sino también en casos de abuso sexual, violencia de pareja, miembros de sectas, actos terroristas o prisioneros de guerra. Desconozco si hay estudios durante una pandemia de tamaño universal, como la que se supone que estamos viviendo, sea la amenaza real o inducida. Probablemente no. Aunque las consecuencias psicológicas que estamos observando parecen muy similares a las que mostró hace casi 50 años  Kristin Enmark tras aquel atraco.

Las restricciones de derechos y libertades que estamos experimentando, con la coartada de un virus asesino, resultan alarmantes. El aparato coercitivo que se ha desplegado para mantenernos "a raya" inédito. Y al régimen cuasi-policial, se le añade un respaldo mediático a las consignas de "la verdad oficial" como nunca se habían visto. Ya se ha generado más desgracia con las medidas tomadas que con el virus que dicen querer combatir. Buena parte de la Humanidad se siente, de verdad, amenazada. Y con independencia de que todo haya sido planificado desde el inicio, o se estén aprovechando del "río revuelto" (ya quizás es lo de menos), miles de millones de personas, simultáneamente, y quizás por primera vez en la historia, se muestran sumisas ante lo que perciben como una maldición para su supervivencia, en un "síndrome de Estocolmo" de dimensiones planetarias. Y en esa confraternización con lo que nos subyuga, parece que una enorme mayoría está dispuesta a todo: sea a reproducir como "papagayos" las cifras o las consignas de los noticieros, o sea a arrimar el brazo a la jeringa que les pongan por delante, lleve lo que lleve, y sea de la farmacéutica que sea. Cosas del "síndrome de Estocolmo" y de la lucha por la anhelada supervivencia.

El lavado de cerebro resulta ya obsceno. La Humanidad asiente sin atisbo de crítica. A base de vilipendiar a los cargos públicos que se han saltado el orden de vacunación, nos hacen ver la vacuna como un bien escaso que peligra, y han conseguido en sólo un mes, que la población española dispuesta a vacunarse haya pasado del 40,5% al 72,5% según el barómetro de enero 2021 del CIS, con un aumento de 32 puntos. Cifra récord en tiempo récord. Y por otro lado, a pocos parece escandalizarles la negociación de la Comisión Europea con las farmacéuticas, y la total opacidad de los contratos (no sólo en precios y cantidades, tachadas expresamente, sino en el ámbito de las responsabilidades), escándalo investigado por la propia Defensora del Pueblo Europeo. Tampoco la nula difusión que se ha dado a la resolución 2361 de 2021 de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, aprobada hace 4 días, que confirma con contundencia que la vacunación es voluntaria y no puede haber discriminación a los renuentes. Ni tampoco cómo las autoridades sanitarias se arrogan la palabra de "LA" Ciencia, cuando las voces discrepantes son ya numerosísimas, a pesar de complicidades o silencios clamorosos, como el de los Colegios de Médicos. Podemos seguir tragando. O quizás plantearnos una simple pregunta: ¿Y si esto no fuera como nos lo están vendiendo?

Queremos discrepar. Queremos unirnos a otros discrepantes. Pero no por ir contracorriente. Sino porque resulta imprescindible el contraste de pareceres para alcanzar LA VERDAD. El debate es sano y fundamental. Y vivimos tiempos donde el debate se silencia. Por eso usamos el altavoz que tenemos: nuestro blog y nuestras redes sociales. Y compartiendo y organizando la información que hemos ido analizando y filtrando. Valga a continuación un amplio listado de evidencias científicas y hechos constatables para ayudar a quien quiera dar el paso de actuar con libertad y discrepar también, a raíz de uno de los análisis más exhaustivos que hemos encontrado: el de las Doctoras Teresa Forcades,  especialista en Medicina Interna por la Universidad de Nueva York, y Dra. Karina Acevedo, Doctorado en Inmunogenética por la Universidad de Cambridge. AQUÍ puedes ver su vídeo completo, y en los siguientes enlace el acceso a los contenidos que hemos resumido en estos 36 puntos:

1.-Cuidado con el conocimiento científico como si fuera un dogma: hace falta un debate de contraste científico y verdadero

2.-No debe ni puede haber bandos (pro vacunas y antivacunas): todo debe basarse en la veracidad de los hechos.

3.-La propia OMS reconoce que las vacunas NO garantizan la erradicación de la Covid-19, y por tanto, la vuelta a la normalidad

4.-Es radicalmente falso que el virus no discrimine por edades: a nivel global la letalidad es del 2%, pero para los mayores de 80  años es del 18%

5.-Hay distintos tipos de vacunas, y debemos conocer los 4 grandes grupos de vacunas que se están desarrollando frente al Covid-19: ARN mensajero, de vector, péptidos e inactivada

6.-Las vacunas, a día de hoy NO están aprobadas, y siguen en fase EXPERIMENTAL, reconocido por la OMS: se ha permitido su distribución por emergencia, y justo la fase 4 de dicha experimentación la constituye la vacunación masiva que ya se ha iniciado, como ensayo clínico voluntario, en realidad.

7.-A nivel científico NO hay consenso sobre la eficacia y la seguridad de las vacunas que actualmente han empezado a administrarse, sobre todo porque el tiempo de experimentación ha sido mínimo, de sólo 2 meses (posibles problemas a largo plazo y de inmunopatologías)

8.-Es crucial saber FRENTE A QUÉ nos protege la vacuna de Pfitzer, por ejemplo: pues ni evita la infección, ni evita la transmisión, ni evita la muerte, ni evita la hospitalización; sólo evita la enfermedad (el positivo del test y los signos clínicos más leves)

9.-Es importante conocer realmente la fiabilidad de las pruebas PCR.

10.-Todo lo anterior se complica aún más, si analizamos los añadidos que se hacen a estas vacunas, con nanopartículas que generan reacciones anafilácticas por PEG

11.-En experimentos de 2017 con vacunas de ARNm en animales, aparecieron restos en distintos órganos de todo el cuerpo, con lo que la degradación que se cree que se producirá, entonces NO se produjo, y persistieron restos.

12.-No se deben desconocer los efectos adversos ya documentados, especialmente tras la segunda dosis, siendo especialmente peligroso el síndrome de magnificación de enfermedad respiratoria.

13.-Resulta crucial, por tanto, analizar el principio precautorio en Medicina: no causar daño a alguien que está sano.

14.-Resulta llamativo el relativismos de minimizar las muertes derivadas de la vacunación, porque eran de personas mayores con patologías previas, y sin embargo, ese mismo colectivo es el argumento principal para la vacunación.

15.-Es imposible afrontar este problema sin enfrentarnos con el propio problema de la muerte.

16.-Para analizar los efectos adversos de las vacunas, sería crucial proteger a los GRUPOS PLACEBO, y no vacunarlos para hacer el contraste. Pero, paradógicamente, y sin sentido alguno, ya se les ha empezado a vacunar.

17.-Empiezan a ponerse en tela de juicio las vacunas para ciertos grupos de edad. E incluso en países como Noruega se hacen advertencias para los mayores de 70 años.

18.-La clave, por tanto, está en que cada uno de nosotr@s analice los riesgos de aplicarse la vacuna, y el grupo de riesgo al que se pertenece, para tomar una decisión entre los pros y contras de ponérsela o no ponérsela. Pero no dejarse llevar por la inercia colectiva y por los medios de comunicación.

19.-Debemos olvidar el pensamiento infantil de que las vacunas son la panacea que nos va a devolver "una vida normal" : ya se habla de 3 dosis y de las 33.000 mutaciones que el virus ya ha tenido

20.-Cada persona es responsable de su cuerpo y de sus decisiones.

21.-Se hace preciso denunciar la desprotección de la Ciencia y de la salud pública de la población frente a intereses económicos en esta materia.

22.-Hay advertencias importantes a quienes ya se han vacunado respecto a evitar mezclar dosis de distintas vacunas.

23.-No debe ignorarse, según los estudios, los posibles efectos adversos sobre el aparato reproductor, especialmente el masculino, en los embarazos y durante la lactancia.

24.-Posibilidad de que el ARN viral siga sintetizando la proteína con falsos negativos positivos.

25.-A la hora de decidir, es crucial diferenciar entre el riesgo absoluto y el riesgo relativo.

26.-¿Cuántas personas tienen que vacunarse para que una sola tenga el beneficio (limitado) que se le atribuye a las vacunas? Ya está estudiado. Y es preciso poner en riesgo a 118 personas para beneficiar a 1, y de forma limitada.

27.-En la vacuna de Pfitzer hay 36.000 participantes, pero los datos de seguridad son sólo de 19.000.

28.-Hay estudios muy concretos que ya han verificado los daños a largo plazo en ciertos tipos de vacunas, siendo crucial hacer estudios específicos para buscar esos efectos, porque de lo contrario nunca se caerá en tal correlación, por el mero paso del tiempo.

29.-Hay estudios y evidencias científicas de 2015 que respaldan que instituciones como la OMS en casos muy concretos NO priorizaron la salud pública frente a otros intereses, con un informe al respecto del Consejo Europeo.

30.-Hay estudios de nanotecnología del 2017 que han evidenciado la existencia de contaminación por metales pesados en las vacunas, con las consecuencias para la salud de ciertas personas que ello acarrea.

31.-Junto a todas las evidencias científicas anteriores, es importante tener en cuenta otras consideraciones socio-políticas como que la "oficialidad" o la "administración sanitaria" NO se pueden identificar con la Ciencia.

32.-Debe lucharse hasta el extremo contra la obligatoriedad de la vacuna.

33.-Los antecedentes de la osadía de la ministra polaca Ewa Kopacz en 2009 que se opuso a la opacidad de los contratos con las farmacéuticas, debe alertarnos para evitar que se vuelvan a producir esos abusos. Pero ya los tenemos aquí, de nuevo.

34.-Existen estudios muy contrastados de 2004 sobre la colisión de intereses de las farmacéuticas y los daños causados a la población, como sucedió con el fármaco Vioxx de Merck y la muerte de 29.000 personas. Y sin embargo, ahí no existe responsabilidad penal personal, sino corporativa, que se salda con una multa de un importe muy inferior a las ganancias logradas.

35.-Existen alternativas médicas y de investigación, que como mínimo, deben explorarse

36.-NO debe aceptarse, bajo ningún concepto, la ideología que empieza a imponerse de que la salud pública no es una decisión personal. Es un argumento muy peligroso. (CONTINUARÁ)

domingo, 24 de enero de 2021

Érase una vez una pandemia (5ª parte): La que está cayendo...o no

Cuando mi padre murió, yo tenía cuatro años y mi hermano sólo dos. Tuvo problemas de corazón. Le tuvieron que operar y en la operación se contagió con una hepatitis que sería la que se lo llevaría finalmente. Por eso siempre odié profundamente el 19 de marzo, el "Día del Padre". Cada año, desde 1º de EGB, era el mismo ritual: el dibujito o la manualidad para papá. Pero yo lo hacía para mamá. Y ello me obligaba cada año a responder sobre los detalles de su muerte al "profe" de turno y a mis compañeros. Siempre era la misma cantinela: caras de sorpresa y preguntas de pena. Todo aquello me hacía sentirme un "bicho raro" por no tener padre. Pero su muerte ya formaba parte de mi vida.

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Mi madre tuvo una enorme virtud. Quiso que esa muerte no hipotecase nuestras vidas. Quedarte viuda con treinta y pocos años, y con dos enanos tan pequeños, sin duda, no fue fácil. Pero ella se propuso no llevar luto, sino colores alegres. No dejó de viajar con nosotros, de reír y de abrirnos todas las puertas que pudo y supo. Y gracias a ella, la muerte estuvo ahí, pero no condicionó nuestras vidas.

Ella murió también, hace ahora ocho años. Se la llevó un cóctel de enfermedades. La fibrosis pulmonar idiopática poquito a poco. Pero luego el cáncer también. Y quién sabe si los efectos secundarios de tantísimas pastillas que tomó durante aquellos largos años en que se fue apagando. Años en que lloré muchas veces, pero que me prepararon para lo que vino cuando ella se fue. Años en que tuvimos que convivir con su enfermedad, y luego con su muerte, sin que lastrase la alegría de vivir de nuestros hijos, sus nietos.

Mis abuelos también se fueron hace mucho. Alguno por una gripe estacional, de esas que dicen que ha desaparecido ahora. En el entierro de mi abuelo paterno descubrí que algo tenía que trabajarme por dentro. No fue normal cómo lloré. Mis primos estaban sorprendidos. Las cicatrices por las ausencias a veces tienen eso.

Si en cada telediario, en cada periódico, o en cada emisora de radio hubieran retransmitido cada minuto de las enfermedades de mis padres, o cuando se marcharon, o los momentos de íntima pena que viví después, hubiera parecido que la vida era sólo eso: enfermedad, dolor, pena y ausencia. Y sería igual si preguntamos a amigos nuestros que trabajan día a día en Urgencias y han tenido que presenciar muertes de Covid cargadas de pena y soledad durante todos estos meses. Pero los que nos leéis desde hace años ya sabéis que, al menos en esta familia, no es así. Hemos decidido que ni la muerte ni la enfermedad nos van a supeditar, por mucho que hayan pasado por nuestras vidas a través de los seres que las padecieron. Sin embargo con esta pandemia se está haciendo precisamente todo lo contrario. La enfermedad está eclipsando nuestras vidas. Se está dejando de vivir para no enfermar. El miedo está atenazando a la Humanidad. Sólo existe Covid. 

Por supuesto ni somos ni podemos ser negacionistas. Y creemos que el peor negacionismo es el de los que se encierran radicalmente y se niegan a vivir por miedo. La Covid-19 existe. Quizás en diversas variantes y con cuadros clínicos radicalmente distintos, que es lo que conviene atender. Pero existe. Que se lo digan a alguna buena amiga que lo ha pasado hace meses y sigue arrastrando secuelas. Y existe como existen las enfermedades y las dolencias cardiovasculares o la hepatitis que se llevaron a mi padre, la fibrosis que se llevó a mi madre, o la gripe estacional que se llevó a mi abuelo. No sé si estamos ante un virus o ante un síndrome, si se ha aislado o secuenciado, o si es natural o creado en laboratorio. La verdad es que a estas alturas "me importa un pimiento". Lo que sé es que hay gente que lo está pasando muy mal. Gente que está sufriendo y muriendo por ese virus, y que merece respeto y consideración. Pero exactamente el mismo respeto y consideración que los enfermos y fallecidos por otras afecciones cuyos procesos, por desgracia, muchos hemos sufrido muy cerca. Y el mismo que el resto de seres humanos, que están sufriendo problemas mentales, suicidios, privaciones en sus derechos y graves problemas económicos por una toma de decisiones totalmente injustificada, viendo las cifras.

Como dice el Dr. Benito, si estuviéramos todo el día mirando con un microscopio binocular un cultivo de paramecios, y nos entretuviésemos en sus minúsculas formas, sus batallas o sus procesos, pensaríamos que esa es la única realidad que existe, por muy llamativa que sea, olvidando que si levantamos la vista del microscopio, hay vida alrededor. Por eso no entiendo lo que está pasando. No entiendo esa frase en boca de todos sobre "la que está cayendo". Estará "cayendo en el Telediario o en algunas Urgencias, pero ¿de verdad también en todas y cada una de nuestras vidas y nuestras cabezas? Porque el miedo es tan peligroso como el bulo, y se acaban extendiendo noticias, como la que corrió como la pólvora esta semana por nuestra zona, alertando de que había tantos contagiados, que el hospital comarcal estaba creando un hospital de campaña en su zona de aparcamientos, cuando la realidad era que se está habilitando una cafetería en los exteriores del edificio. O se acaban haciendo interpretaciones como la de nuestra felicitación navideña, imitando a John Lennon y Yoko Ono, con los mejores deseos de que este virus se acabe, que ha sido vista por algunos como un alegato negacionista por las caras serias que mostrábamos en la imitación.

Somos afirmacionistas. Profundamente afirmacionistas:

-Afirmamos que nunca jamás debe dejarse de vivir porque haya personas que enfermen o mueran.

-Afirmamos que no debe dejarse en la estacada, como está sucediendo, a personas con enfermedades "de toda la vida", en una intolerable discriminación entre enfermedades "de primera y de segunda", como han alertado esta semana con los diagnósticos del cáncer de mama, colon y cervix (ver estadísticas del INE más reciente donde las enfermedades del sistema circulatorio siguen siendo la primera causa de muerte, con el 23% del total, y sin embargo, parecen no existir)

-Afirmamos que es completamente innecesario que, con unas tasas de mortalidad del 1% por Covid, se esté impulsando una vacunación masiva de toda la Humanidad, y a contrarreloj, cuando el nuevo sistema de ARN mensajero está a años de estar testado y ser seguro a largo plazo. ¿De verdad es necesario y tiene sentido poner en riesgo, por pura precipitación, al 99% restante de la población que, o va a estar inmunizada tras pasar la enfermedad o apenas tiene o tendrá síntomas? ¿Se nos ha olvidado cuando de pequeños alguien se contagiaba de sarampión o la varicela, y lo ponían junto a primos, vecinos o hermanos para que lo cogieran y se inmunizaran?

-Afirmamos que es inaceptable e intolerable que se tache de irresponsables a los que no tenemos miedo, o de insolidarios a los que NO queremos vacunarnos hasta que la vacuna esté completamente testada y sea de verdad necesaria. La libertad es lo opuesto al miedo, y con libertad y sin miedo es cuando realmente puedes actuar con verdadera responsabilidad. Observamos a nuestro alrededor, y las personas que conocemos con menos miedo en esta pandemia, son las que perciben que han vivido con intensidad y sentido, que su vida es plena, y afrontan lo que les quede por delante como un verdadero regalo. Y al contrario, observamos mucho miedo en muchas personas que esperan que la vida les dé una prórroga o una segunda oportunidad, pero no acaban de tomar las riendas o las decisiones que den sentido de verdad a esas vidas. Quizá ésa sea la verdadera llamada de esta pandemia.

-Afirmamos que la crispación, el miedo y la histeria que todos estamos presenciando en familiares y amigos, como síntomas del deterioro mental colectivo que se está causando, vienen impulsados por las radicales medidas de aislamiento social, y por un respaldo mediático como nunca ha existido en la historia a una enfermedad concreta. Y que ese deterioro mental y el económico causados por decisiones inapropiadas, repetitivas y encadenadas de país en país, es mucho más grave que la enfermedad que teóricamente se quiere combatir. ¿Cómo se nos puede olvidar que nuestros abuelos y bisabuelos vivieron, se casaron, rieron y "tiraron para adelante" en medio de guerras, miserias y todo tipo de calamidades?

-Afirmamos que el principal aprendizaje de esta pandemia es que la vida, aunque haya muerte y enfermedad, debe ser vivida con intensidad. El miedo y la reclusión anulan el sentido de la vida que muchos dicen tratar de preservar.

He experimentado la muerte y la enfermedad en mi familia desde mi más tierna infancia. Y afirmo con rotundidad, que ni pueden ni deben lastrarnos como lo están haciendo en estos momentos. Al menos así está sucediendo con buena parte de la Humanidad, en este mundo actual, que parece haberse vuelto loco. Impulsemos un poco de cordura. De nosotros depende dejarnos arrastrar o no. Apliquemos un poco de sentido común, que parece ser poco común en estos tiempos que corren. (CONTINUARÁ)

miércoles, 20 de enero de 2021

Compartiendo experiencias en "El Punto BE"

Hoy, en lugar de un post, os compartimos la agradable charla que hemos mantenido en directo, compartiendo experiencias y vivencias, con Sonia Marín y Abel Fernández en el programa "El Punto BE":


(pulsa sobre la imagen para acceder al vídeo)



 

domingo, 20 de diciembre de 2020

¡ Feliz 2021 !

Para felicitaros, este año hemos optado por nuestra particular adaptación de unos personajes muy conocidos... ¿Se te ocurre quiénes?

 

(Muchas gracias por el reportaje fotográfico a nuestra amiga Tania)

sábado, 5 de diciembre de 2020

Gozar en cabeza ajena

Sé que lo hacen con buena intención. Probablemente con la mejor. Pero al final se convierten en la correa de transmisión de la peor cicuta que recorre nuestras calles. Y desde luego no es el coronavirus. Es el dichoso miedo. "Súbete la mascarilla". "No uses una de tela". "Abre la ventana de par en par". "Póntela en el coche o en el despacho, aunque estés solo"... En respuesta a todas y cada una de esas "recomendaciones" bienintencionadas, a lo más que llego ya, es a esbozar una sonrisa. Mitad de agradecimiento, mitad de respeto. Ya renuncié a expresar mi visión de lo que está sucediendo. Me cansa. Suele acabar la cosa en conflicto. No vale la pena. El que quiera conocer mis "porqués", ya los leerá por aquí. A fin de cuentas, las cartas ya están sobre la mesa, dispuestas a ser jugadas. A la vista de todos. Pero cada uno tiene su estrategia de juego. El "libre albedrío", dicen que se llama eso. Y los hay que se guardan las cartas, se les vayan a estropear. Y otros las tienen gastadas de tanto uso.

El problema es cuando intentan que todos hagamos lo mismo. Que todos juguemos igual. Y tratan de convencerte, metiéndote miedo, y aleccionándote sobre un vecino que ha cogido el bicho y está fatal. Un cuñado que está en la UCI por lo mismo. O una prima, que ha salido negativo, pero tiene los síntomas, y seguro que también es Covid. "Escarmentar en cabeza ajena", dicen que se llama eso. O también "remojar tus barbas, cuando veas las de tu vecino cortar". Pero esa historia del escarmiento y de las barbas del vecino ya no es para ahorrarte errores. Se ha convertido en la forma en que nos retroalimentarnos unos a otros en el miedo. Y no paran de salir anuncios en la televisión y en las marquesinas de los autobuses instándote a que no abraces para poder abrazar en un futuro, a que no te reúnas para poder reunirte en un futuro, a que no viajes para que puedas viajar en un futuro. Sacrifica tu vida de hoy por una posibilidad mañana. Deja de vivir hoy, a ver si podemos vivir mañana. 

Lo siento. Pero somos objetores de conciencia de ese tipo de "escarmientos en cabeza ajena". Es una asignatura obligatoria en casa. Y si no la apruebas, te quedas sin cena. Bueno, cena te damos, pero te pierdes el postre. Que es el puro disfrute de la vida. Y eso es lo que les está pasando a los que se están poniendo "morados" a base de este miedo tan indigesto, en lugar de "rechupetearse" los dedos con este "pedazo" de vida que nos ha sido dada para vivir.

Mejor no describir las caras de zozobra, angustia y desazón de no pocos conocidos, amigos y familiares, cuando nuestros hijos se marcharon allá por agosto, a estudiar en medio de esta pandemia a 8.000 kilómetros de casa. ¡Con la que estaba cayendo, según el telediario! A alguno sólo les faltaba decir algo similar a: "¡Malos padres: Os debían retirar la custodia!" Las caras de pésame casi nos movían a consolarles por lo afectados que se les veía con nuestra decisión. Seguro que más de uno diría que se trata de un desplazamiento "innecesario" y que debería estar prohibido en los momentos actuales. Pero está claro que a algunos nos resulta "necesario" vivir, con las nimiedades e insignificancias que eso implica: viajar, cantar, charlar, abrazar... Caprichosos que somos algunos.

¿Que si nuestros hijos pueden coger el bicho por ahí? Por supuesto. Igual que aquí. ¿Que si pueden enfermar? Por supuesto. Igual que aquí. ¿Que incluso podría ser la cosa peor, e incluso morir? Por supuesto. Igual que aquí. Tengo un conocido cercano que acaba de superar el Covid, con síntomas leves. Nadie pensaba que se contagiaría, ya que por pura convicción, apenas se relaciona con nadie, lleva la mascarilla a todas horas (incluso solo), y no ha pisado un establecimiento comercial o una cafetería desde marzo. Su mujer le acabó contagiando el bicho. Pero los rastreadores estaban encantados con él, porque no había a quién rastrear. Quizás le den la medalla al mérito pandémico. Pero a mí me da pena pensar cómo habrían disfrutado de esos ocho meses que él ha desperdiciado, muchos de los que han fallecido y de los que fallecerán por ésta o por causas mucho más graves. Por eso nosotros apoyamos con determinación la decisión de nuestros hijos de seguir viviendo con pasión cada minuto de sus vidas. Sabiendo que la muerte está ahí, como siempre ha estado, aunque muchos le den la espalda. Y están FELICES, VIVIENDO LA VIDA (con mayúsculas muy muy grandes). Y si les llegase una de esas fatalidades, que por supuesto la vida a veces trae, o que a veces nos buscamos, al menos que hayan sabido lo que es VIVIR DE VERDAD. Dicen que eso, técnicamente se llama: "Que te quiten lo bailao"...

Los que os interesáis de corazón por cómo nos va la cosa, con los niños tan lejos, y habiéndonos quedado los dos solos, bien sabéis la respuesta ya: DE MARAVILLA (también con mayúsculas muy "gordas"). ¿Acaso podría ser de otro modo? Cada vez que tenemos una llamada o una videoconferencia con ellos, el "subidón" es colosal:

-Pablo está "alucinando" con sus profesores. Ha sacado unas notas magníficas en el primer trimestre. Juega en el equipo de fútbol de la Universidad de Oklahoma. Se ha independizado ya económicamente gracias a su trabajo de reponedor y camarero cuatro días en semana. Y está loco de ilusión con sus compañeros de "start-up", tras haber sido seleccionados para desarrollar su proyecto en una incubadora de empresas impresionante que tienen allí. No está mal para llevar tres meses "sufriendo" por ahí los rigores de estos tiempos

-Samuel está encantado también, en su apuesta por la Física en Córdoba. No es fácil que, en el primer trimestre de carrera, sientas que has acertado en tu elección. Pero bastaba ver su sonrisa al mostrarnos los jeroglíficos de sus apuntes, llenos de fórmulas, gráficos y todo tipo de galimatías matemáticos y científicos. Está "en su salsa". Ha encontrado un grupo de compañeros muy apañados en la universidad. Y se está manejando de maravilla con las comidas, los desplazamientos y los viajes a casa cada dos o tres semanas, a pesar de los cierres perimetrales, para continuar sus estudios de piano.

-Y como no hay "dos sin tres", Eva hace honor a su nombre ("fuente de vida"). Es puro gozo perpetuo. Sus notas han sido también envidiables en Texas. Está encantada con su madre y hermanas americanas. Ha disfrutado de un "road trip" por varios estados con las mujeres de la familia. Hace baile y "piruetas musicales" con su Marching Band. Ha volado a Florida para vivir una típica celebración en familia de "Acción de Gracias". Y ha tenido el empuje para que la autoricen a nadar y competir allí, y tras lograrlo, está a punto de batir el récord del instituto, con el consiguiente "alucine" de compañeros y entrenadores.

Son "sólo" tres meses sin ellos. Y puede que algunos piensen que hemos tenido suerte, y que "veremos a ver" qué pasa en los próximos meses. Cosas de los agoreros, que pondrán pegas a algunas de estas fotos porque se vea en ellas mucha gente sin guardar distancias de seguridad, en lugar de alegrarse por la felicidad que destilan. Pero nosotros, como padres, somos profundamente felices viviendo a través de los ojos de nuestros hijos la ilusión en cada paso que dan, sintiendo con ellos cómo disfrutan cada sorbo de sus vidas como si fuera el último. Parece que les tendremos que poner matrícula de honor a ellos, y suspenso a quienes sufren por su marcha.  Y Mey y yo, a lo nuestro. A gozar en cabeza ajena. En la de cada uno de nuestros hijos.

De broma, un buen amigo nos decía ayer que hemos sido muy listos, y que les hemos "colado" a nuestros hijos este "rollo" de vivir la vida, disfrutar y viajar, para quedarnos los dos solos, de novios. Pues quizás, sin buscarlo, también sea eso verdad. Tras no pocos años de dedicación exclusiva a ellos, es perfectamente compatible que ellos vuelen y que nosotros vivamos el presente como ellos, con pasión. Nada de valles de lágrimas. La vida es demasiado corta. 

Nos encantaría que rebuscaras en tu entorno, en tus redes sociales, o en tu propia vida, buenas razones para VIVIR EL PRESENTE con mayúsculas. Déjate ya de tanta mala noticia y de tanto "mal rollo". Disfruta con cabeza, pero por favor, DISFRUTA. Vive cada instante de tu vida como si fuera el último. Por si acaso.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Exorcismo casero (microrrelatos verídicos)

Empezó a llorar de nuevo. Había que sacárselo como fuera. Aquel bicho inmundo se había hecho fuerte en su cerebro otra vez. Eran los síntomas habituales: berrinche en primer grado. Y ni siquiera sabíamos si era de origen  vírico, alienígena o mental. La madre, con diligencia, pidió consentimiento informado: "¿Te lo saco?" El niño asintió, y ella se acercó a su oreja despacito. Con la precisión que da la experiencia, sorbió todo lo que pudo, hasta que aquella masa informe y viscosa acabó en su boca. La "Cascarrabia" ya estaba fuera. Ante la atenta mirada de su hijo, corrió hasta el inodoro para escupirla en varios salivazos, antes de que pudiera contagiarse ella. En pocos segundos el niño volvió a sonreír radiante. El peligro había pasado. La rabieta también. Quizás hasta que volviera a reproducirse de nuevo, y hubiera que repetir aquella liturgia cuasi-quirúrgica.

Dicen que hoy hay millones de personas igual. Víctimas del miedo, la indignación, la incertidumbre y el pesimismo, en un círculo vicioso del que no pueden o no saben salir. A nosotros siempre nos funcionó con él. Tendremos que patentar nuestro exorcismo casero simulado.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Cruzando la línea

Algo debió pasarme en otra vida. Seguro. Porque a estas edades es normal haber visto injusticias de todo pelaje. Pero en ninguna el efecto es tan devastador dentro de mí. Y eso que lo presencié ocho días después, en un vídeo, y aislándome con unos cascos. Pero mi llanto es el de siempre. Mi desesperación, la habitual. Mi impotencia no cambia. Y Mey, que estaba corrigiendo redacciones, escuchó mi leve sollozo, y vino a abrazarme y a consolarme. Pero lo mío pasa. Lo otro no.

El pasado miércoles 11 de noviembre, el barco de rescate de Open Arms consiguió salvar en tres operativos a 265 personas que intentaban alcanzar Europa a través del Mediterráneo Central, cerca de Malta e Italia. Esta vez parece que no les han puesto trabas para las evacuaciones médicas y para un posible desembarco. La indecencia ya habría sido histórica. Eran demasiado recientes los gritos desgarradores de aquella madre, por la pérdida de su bebé Joseph, durante las operaciones de salvamento de esta ONG. El niño volvió a sus brazos. Pero la vida ya nunca volvería a su pequeño cuerpo. Cinco personas más siguieron su suerte. Tras muchas horas a la deriva, las 118 personas que iban en aquella frágil embarcación cayeron al agua al abrirse el suelo de la barca, justo cuando iban a ser rescatados. Dicen que pocas veces los socorristas han quedado tan consternados, aunque hubieran salvado tantas vidas aquel mismo día.

Por esas cosas del destino, otros miles de dramas nos interpelan a golpe de telediario, esta vez en el Océano Atlántico, en el pequeño puerto de Arguineguín, en Gran Canaria. Allí se está fraguando a fuego lento otro gran drama descomunal, habiendo crecido en más de un 1.000% el número de personas que han llegado respecto al pasado año, alcanzando casi las 17.000. Todos hacinados en aquel diminuto puerto, y poco a poco esparcidos en edificios y cuarteles abandonados por distintas localidades. Que la vergüenza no se vea mucho. Que las fotos no sean demasiado impactantes. Y ahora es cuando empiezan a pasarse la pelota unos a otros con frases grandilocuentes, en un bochornoso espectáculo de excusas. Que si hay que evitar los "efectos-llamada"... Que si tú cuando estabas en la oposición, o tú cuando estabas en el gobierno... Que si somos "la puerta de Europa"... Que si la lucha contra las mafias de la inmigración... Y como siempre, la palabrería, las ideologías, y los cálculos electorales sobre la mesa. Esperpéntico.

Cuando esa "jerga" burocrática e impersonal sobrevuela sobre dramas humanos de este calibre, a uno le entran ganas de borrarse de la especie humana. Y lo peor es que todo se enmascara de institucionalidad y legalidad. Todo muy civilizado. Todo muy europeísta. John Locke fue claro: "Las leyes se hicieron para los hombres, y no los hombres para las leyes". "Lex injusta non est lex", decía Santo Tomás de Aquino. Y Juan XXIII tampoco se quedó corto: "Las leyes contrarias a los derechos humanos, no son válidas". Pues aquí andamos. Maltratando por omisión o dejación a miles de seres humanos. Venerando fronteras ficticias. Líneas imaginarias que sólo están en las mentes de algunos. 

Si fuera algo aislado. Si todo eso fuera una excepción. Pero estas barbaridades se reproducen por todo el planeta. Basta con ver el espectáculo surrealista que, cada año (salvo cancelación arbitraria de la autoridad competente), se celebra gracias a la organización Alianza Fronteriza de los Derechos Humanos (BNHR) bajo la campaña #HugsNotWalls o #AbrazosNoMuros. En ella han "logrado" que se abra la frontera entre El Paso, Texas (EEUU) y Ciudad Juárez (México), para que familias separadas por esa frontera, puedan abrazarse ¡¡durante 3 minutos!!. Sí. No has leído mal. Los familiares en el lado mexicano van ataviados con camisetas blancas y los del lado estadounidense con camisetas azules, y bajo la atenta mirada de la policía y los organizadores de rojo, tienen 3 minutos para abrazar a familiares a los que en algunos casos no ven desde hace 25 años. Y puedes darte "con un canto en los dientes". Imagino que las gestiones de BNHR habrán sido titánicas para conseguirlo. Porque si no te gusta el plan, o te parece una barbaridad, ¡lentejas! O puedes hacer como aquel quinto del ejército: "¡Que se fastidie mi sargento!: ¡Que me quedo sin rancho!". ¿Vas a renunciar a ese abrazo con quienes más quieres, aunque sea así? ¿No vas a entrar por el aro? Más allá del sadismo de un encuentro tan efímero, es un gran símbolo de que las fronteras no existen y que por más que los gobiernos se esfuercen en crearlas, construirlas, fortalecerlas y reforzarlas materialmente, en el plano humano quedan desmoronadas. No existen "ellos" y "nosotros". Todos somos NOSOTROS. Que se lo pregunten a cualquiera de los familiares a los que les dejan abrazarse allí, sea cual sea su camiseta. Tan sólo les diferencia un papel con su nombre escrito en él. Un papel que alguien decidió que tuviera un valor absurdo.

Lo sentimos mucho, pero no podemos mirar para otro lado. No podemos escudarnos en que los políticos o los gobiernos son unos ineptos. No podemos buscar excusas de que "ellos" no hacen nada. Porque es un problema "nuestro". Tuyo y mío. Y esto no va a cambiar hasta que actuemos cada uno de nosotros. Por eso te rogamos que hagas algo YA:

-Mostremos la mayor de las indiferencias a quienes dan pábulo a bulos, chistes o teorías conspiranoicas contra estas personas. No hace falta enfrentarse a ellos. No nos contagiemos de esa energía, luchando contra ella. Construyamos alternativas por un mundo mejor, y presionemos por políticas migratorias basadas en los Derechos Humanos.

-Difundamos otra visión del mundo. En nuestras charlas de café. En nuestros mensajes de whatsapp. En nuestras redes sociales. En nuestros blogs. Una visión en la que todos somos "nosotros" y las fronteras sólo están en nuestra mente y pueden borrarse, si así lo decidimos.

-Construyamos coherencia con esa visión, en cada paso que demos de nuestro día a día, evitando miradas o actitudes de desconfianza o recelo, como las que vivimos con nuestro amigo Adama.

-Posicionándonos activamente para combatir injustas discriminaciones, como le sucedió a nuestra querida amiga polaca Gosia y a su pequeña Józia.

-Apostando y contratando con los de allí, igual que haríamos con los de aquí, como hemos hecho con Hernán.

-Apoyando siempre que podamos "locuras" como la de Josepe, que apuesten por un mundo más justo y sin fronteras.

-Tomando partido activo en campañas e iniciativas con personas normales, como tú y como yo, pero que, unidas, hacen hazañas extraordinarias. Hay mucho donde elegir.

-No mirando para otro lado en dramas en los que podamos participar e involucrarnos, como los que está gestionando nuestro querido Herminio en su orfanato de Camerún.

-Dando una oportunidad al desconocido para convertirse en conocidoacogiéndole y dejándose acoger por él o ella, como nos sucedió con Peter y Zsusi.

-Hospedando al viajero como nos gustaría que nos hospedaran a nosotros o a nuestros hijos, como hicimos con Erick, Jacopo y Fabián.

-Tendiendo puentes frente al desarraigo o el abandono, como intentamos con Alí.

-Transmitiendo esta realidad a nuestros hijos, para que vean en la diversidad, un "nosotros" enorme, rico y cargado de colores.

-Viviendo la heterogeneidad de este mundo maravilloso, en cada rinconcito de nuestro planeta, como experimentamos en Duino.

Mientras sigamos creyendo que las fronteras son algo real, seguirán existiendo. Mientras nos traguemos la narrativa del miedo, de que nos van a invadir, de que nos van a contagiar sus virus, de que nos van a quitar nuestros trabajos, o de que van a violar a nuestra hijas, toda esta barbaridad seguirá existiendo. "Ellos" no son ni más ni menos que "nosotros". Son "nosotros". Con sus virtudes y con sus defectos. Y como hemos hecho durante siglos, juntos hemos forjado nuestra identidad, siempre dinámica y multirracial. ¿Acaso conocéis a alguien que no tenga sangre árabe, judía, vikinga o de cualquier otra raza o cultura? Somos la mezcla de quienes nos precedieron. Y si hace falta poner sobre la mesa líneas rojas culturales que no se pueden traspasar hoy en día, pongámoslas sin complejos: ablación, burka, ghettos, etc. Pero, por favor, dejemos que esas cuestiones puntuales se conviertan en la absurda excusa para dividirnos en "ellos" y "nosotros". Porque esa línea de separación no existe.

Rozalén lo expresa en su canción "La línea" con dos preguntas que se te clavan en el alma:

"No solo mata el que asesina.

También arrebata la vida quien deja morir.

¿Quién dibujo esa línea

que separa a tu alma de la mía?

¿Quién decidió

darle solo a una valor?"

Arguineguín, esta semana
Vivimos en el absurdo de las fronteras mentales. Vivimos en la pura separación. Pensamos que debemos salvar el Planeta, sin darnos cuenta de que a quienes debemos salvar es a nosotros mismos, si no actuamos ya frente a la huella de CO2, la biodiversidad o el calentamiento global. La naturaleza seguirá su curso. Quién sabe si nosotros seguiremos como especie, o por el contrario, nos pasará como a los dinosaurios. Visitamos lugares paradisíacos con ese afán de consumo con el que acudimos a un centro comercial, sin darnos cuenta que somos parte intrínseca de esos lugares. Y pensamos que debemos luchar contra el problema de la inmigración, sin darnos cuenta que ese problema lo creamos nosotros con nuestra forma  de ver el mundo, y que no es un problema de los pobres "negritos", sino que es un problema que nos va a estallar en las manos. Que es NUESTRO problema. Separación, separación, separación.

Los que tenemos hijos, adquirimos un sexto sentido que nos conecta con ellos, estén donde estén. Sus alegrías son las nuestras. Sus tropiezos, los nuestros. Incluso sus silencios son elocuentes. Son parte de nosotros. No hay fronteras con ellos, estén donde estén. Pues tendremos que aprender a hacer lo mismo con estas personas. Tendremos que ponernos en su lugar. Tendremos que entenderles. Tendremos que sentir lo que ellos sienten. Esa desesperación que les hace saltar vallas, trepar muros, tirarse al mar. ¿Acaso no haríamos nosotros lo mismo en su lugar? Si azuzara el hambre. Si llegara la guerra. ¿Acaso no buscaríamos lo mejor para nuestros hijos, y removeríamos cielo y tierra para dárselo? ¿Qué pasa? ¿Que ellos no pueden buscar un futuro mejor para los suyos? ¡Ah, claro! Es que los nuestros han nacido 25 kilómetros más acá, y los suyos han nacido 25 kilómetros más allá. Gran diferencia para justificar lo injustificable. ¡Qué pronto se olvida cuando los que huían eran nuestros abuelos y bisabuelos! ¡Y qué vueltas da la vida! Hoy quizás indiferentes a tantos de esos dramas, y quién sabe mañana...

Da igual lo que nos pasara en otras vidas. Da igual que los dramas de hoy activen recuerdos dolorosos del ayer. Dan igual los errores del pasado. Lo peor sería la indiferencia. Mientras nos siga doliendo el otro, mientras su sufrimiento nos haga llorar, hay esperanza. Estamos a tiempo de corregirlo todo. De borrar líneas que nunca debieron existir. De hacernos UNO con "ellos". Y de que sólo exista el NOSOTROS. Se llame como se llame. Tenga el color de piel que tenga. Venga de donde venga. 

domingo, 15 de noviembre de 2020

Érase una vez una pandemia (4ª parte): Catarsis


Ella ya está inmunizada de por vida. Pero no del "bicho" ese del Covid-19. De otro "bicho". En este caso de uno de 120 kilos. Todo un jabalí, que se le cruzó a la hermana de Mey, de noche, en plena autovía de Málaga, hace pocos días. Chocó con él de frente sin tiempo para reaccionar ni frenar. Le saltaron todos los airbags. Y salvar el pellejo a esa velocidad y en esas circunstancias, debe generar una inmunidad "de la leche". Por mucho que el coche sea "siniestro total". Porque algo así seguro que no se repite dos veces. Sin embargo, estas cosas pasan. Tuve un profesor en la universidad, que quedó cojo para siempre al caerle encima un suicida que se tiró desde lo alto de un edificio. Uno podría pensar que son casos de mala suerte. O de buena suerte. ¿Quién sabe? Porque si sales de una de ésas, es como si volvieras a nacer. La vida te regala una segunda oportunidad y la capacidad de apreciar lo fina que es la línea entre vivir y morir, de valorar las cosas que de verdad importan, que en realidad son muy pocas.

Hoy, parece que la "mala suerte" la ha traído el año 2020, con el dichoso "coronavirus". Pero la gran peculiaridad de este "bichito",  en realidad, es tan sólo que es muy contagioso. Sólo y exclusivamente eso. Sus cifras de letalidad, como ya coinciden todos, están a años-luz de las de otras muchísimas enfermedades, a las que ni hacemos caso en nuestro "día a día". Pero como se extiende con esa rapidez, es como si estadísticamente todos tuviéramos todas las papeletas para que nos toque la lotería de la enfermedad, de la desgracia, o incluso de la muerte, en el peor de los casos. Es como si la mala suerte se generalizase. Porque chocar con un jabalí, o que te caiga un suicida, te puede pasar una vez entre un millón. Pero lo del coronavirus lo tienes a un palmo de ti. Son muchas las posibilidades de cogerlo, según dicen.  Y te obliga inexorablemente a plantearte cosas a las que nos enseñan a darle la espalda desde pequeñitos, ante su improbabilidad o supuesta lejanía en el tiempo. Pero aparte de esa capacidad de contagio que podría generar un problema de colapso hospitalario, ¿cuál es en realidad la razón por la que desde hace 10 meses estamos enganchados las 24 horas del día a esta única realidad del Covid-19, como si no existiera nada más? El motivo es simple y llanamente que nos ha zarandeado en nuestra vulnerabilidad. Nos ha recordado nuestra esencia, que es limitada y finita. Y nos resistimos con todas nuestras fuerzas, entrando en la paranoia de cómo evitarlo: mascarilla, gel hidroalcohólico, distancia social, cierre perimetral, toque de queda...Toda una batería de decisiones incoherentes, para evitar tan sólo una de las miles de amenazas que nos podrían acechar. Es como si para evitar que te caiga encima un suicida, fuéramos siempre andando por la calle mirando hacia el cielo: podremos caer entonces en una zanja o que nos atropelle un coche. O como si para evitar al jabalí, fueras mirando a los lados de la carretera cuando conduces, olvidando lo que tienes delante. Pues eso es exactamente lo que estamos haciendo: olvidar atender otras facetas cruciales de nuestra vida, por miedo a uno de los muchísimos teóricos peligros que nos rodean. Luchar contra una enfermedad a base de crear una sociedad enferma. Menudo negocio estamos haciendo.

Festival de YeePeng (John Shedrick)
Pero junto a esto, este virus ha traído otro efecto inesperado. Está obligando a cada persona a posicionarse respecto a su equilibrio como ser humano. Nos está obligando a gestionar, o a que se manifiesten con toda su crudeza en nosotros nuestras inseguridades, nuestras obsesiones, nuestras limitaciones. Y eso está trayendo un desolador panorama de miedo, frustración y desconcierto, como nunca habíamos presenciado. Algunas personas muy cercanas y queridas parecen haber sido abducidas por lo que dice el Boletín Oficial del Estado. Como si ésa fuera LA VERDAD. Como si lo justo y lo legal coincidieran. Como si tuviéramos todos y cada uno de nosotros que ser guardianes que velan por una versión "oficial" que nos acaba fagocitando, alienando y trastornando. Una versión que, a base de alarmas y alertas, parece que nos sitúa al borde del fin de los tiempos. Una versión que es aireada por la prensa y la televisión, cada minuto que pasa, recreándose en cada enfermo, en cada drama. Estaríamos ya todos de manicomio si se hiciera lo mismo con los dramas del cáncer, de las enfermedades cardiovasculares o del ébola. Nadie aguantaría una presión así y tan continua en el tiempo. Una versión, por cierto, que olvida deliberadamente hablar del fortalecimiento del sistema inmunitario, de la gestión emocional, del poder de la ilusión, del valor de la voluntad o de la importancia de la alimentación. Una versión que impone el cierre de aquel proyecto por el que te has sacrificado toda tu vida, que te aleja de tus seres más queridos, y lo que es peor: que te sitúa como una gran amenaza para ellos. Una versión que no sólo busca separarnos y distanciarnos en aquello que debería ser el centro de nuestras vidas, la relación con los otros, sino que incluso trata ya de imponerte el silencio sumiso en lugares públicos. Una versión oficial que habla de "lucha contra el virus", olvidando que nuestro cuerpo está compuesto por miles de bacterias y virus, y que lógicamente son parte de nuestra vida. Olvidando que no hay una batalla frente a algo que nos invade desde fuera, sino que somos nosotros los que, desde dentro, podemos y debemos reforzarnos física y mentalmente. Olvidando también que no hay barrera, distancia ni mascarilla que nos pueda aislar de todos los desafíos que se podrían cernir sobre nosotros. Una versión de "vencedores y vencidos" en esta "batalla", que nos martillea con el miedo a la muerte, como si la muerte no fuera consustancial a la vida, igual que sucede con los bosques, que florecen y se desarrollan gracias a los millones de árboles que mueren y se descomponen cada día. Y por desgracia, una versión oficial que, con sus decisiones, copiadas casi milimétricamente de país a país, está creando un descomunal problema  de enfermedad mental, desempleo y colapso económico. Consecuencias mucho peores que las que se supone que pretende resolver.  Sinceramente, a estas alturas, me importa "un pimiento" que todo esto esté orquestado por una mente maléfica que esté moviendo los hilos, o que sea consecuencia de las ineptitudes y la falta de criterio de las autoridades y de una buena parte de los "expertos" científicos y médicos, de los que no dudo de su buena fe. El resultado es el mismo. Y los perjudicados andan "a la gresca" buscando explicaciones, culpables, cuando no convirtiéndose en la "guardia pretoriana" de tales decisiones. Más aún cuando, a fin de cuentas, todos acabamos estando en el mismo barco.

Muchas de las medidas que nos están imponiendo están pensadas para contener la pandemia, en esa teórica feroz contienda. Pero aunque no digo que no haya que tomar decisiones, es preciso hacerlo desde nuestra limitada condición. Porque de lo contrario estaremos incurriendo en una incoherencia permanente, pensando que se pueden poner vallas a un campo que resulta infinito. Y así acabaremos dedicando nuestras energías a culpar a la sociedad o a los jóvenes de ser unos irresponsables, de reunirse, de abrazarse, o de quedar a tomar algo. A cerrar perímetros de provincias o regiones, para que, como pollos industriales, estemos donde se nos quiere y cuando se nos quiere que estemos. Porque eso sí: que no se deje de trabajar para el sistema. Que sigamos produciendo y consumiendo. Porque ese parece ser nuestro valor como seres humanos. Quizás porque no nos hemos dado cuenta de que el virus es más listo de lo que parece. Por eso, ir a trabajar cada día a 40 kilómetros de casa se cataloga de "necesario" y merece salvoconducto (por mucho que sí se pueda teletrabajar), mientras que viajar para evadirte o para abrazar a un familiar al que no ves desde marzo resulta un "desplazamiento innecesario" que merece multa. Por eso Mey sí puede dar clases a un grupo de 15 o 25 alumnos encerrados en una diminuta aula, pero no podemos reunirnos más de 6 familiares en nuestra propia casa. Por eso debo jugar al pádel o correr con mascarilla, pero si estoy de cervezas con los amigos en una terraza, el virus huye despavorido. ¿A nadie le "chirría, de verdad, cómo estamos dejando que la coartada del virus permita, quizás bienintencionadamente, que las autoridades se entrometan en nuestra intimidad, decidiendo cuándo un desplazamiento es o no innecesario, u obligándonos a dar explicaciones sobre si alguien es o no nuestro conviviente, o si debemos sentarnos en uno u otro asiento de nuestro propio coche según por dónde circulemos? A base de tanta incoherencia, por el camino, muchos se ven ya subyugados y  despojados de los derechos y la esencia que hace que valga la pena vivir. Por eso tanta tristeza. Tanta desolación. Tanta locura reprimida. Porque la coherencia del ser humano implica que nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones estén alineadas. Y ahora mismo andan "a guantazos" con tanta norma o recomendación, con tantas restricciones, con tantas versiones de la verdad, y con tanto miedo. Ese miedo del que nos hablaba una gran amiga hace unos días, y que la ha llevado a la lucha interna de acatar unas medidas en las que no cree, aislándose ella y dos de sus hijos a raíz de sus positivos en Covid en una planta de su casa, y su marido y su otra hija en otra, pero que tras varias semanas ya, y a pesar de ello, ha sido repudiada sutilmente por su familia y por sus alumnos de las clases que imparte.

Festival de YeePeng (John Shedrick)
Estoy convencido que a estas alturas del post, ya más de uno habrá decidido dejar de seguir leyendo, pensando que somos unos "negacionistas". Allá ellos. La verdadera paradoja de todo esto es que casi toda nuestra especie humana, al unísono, parece haber decidido negarse a pensar y a cuestionar el sentido y la coherencia de todo este teatro que hemos montado. Negarse a vivir la vida por el miedo a enfermar. Ese sí que es el peor "negacionismo" que existe. Cuando a lo que debería llamarnos esta pandemia es a vivir cada instante con la plenitud de saber que podría ser el último. Y sin embargo andamos "racaneando" absurdamente momentos irrepetibles a nosotros mismos y a los demás.

Creemos que no es malo practicar un escepticismo saludable, huyendo de la arrogancia de creerse en posesión de la verdad. Y es bueno hacerlo porque cuando hay tanta gente sufriendo, tanta gente desconcertada en una permanente incoherencia cotidiana, y tanta gente al borde del precipicio mental, emocional y físico, es que algo no va bien, por no decir que va rematadamente mal. O no estamos haciendo bien los deberes como especie, o no estamos aprendiendo lo que deberíamos aprender de todo este proceso. Y básicamente habría que aprender a ser feliz, a disfrutar de paz interior, y a centrar nuestra vida en el amor. ¿Y qué significan esas tres cosas? Muy sencillo. Dicen que ser feliz implica 0% de sufrimiento. Que gozar de paz interior significa 0% de reactividad. Y que basar la vida en el amor significa 0% de lucha y 0% de conflicto. Así que cuando observamos estos días tanto sufrimiento, tanta reactividad, tanta lucha y tanto conflicto, ése es el mejor indicador de que muchos están suspendiendo la asignatura de lo que hemos venido a aprender a este mundo.

Escuchábamos hace unos días una conferencia muy interesante en la que se decía que realmente no existen problemas, sino procesos en los que nos resistimos a tener una actitud acorde con los cambios que esos procesos nos invitan a hacer. Que esa actitud es una decisión que nadie puede arrebatarnos, ya que depende sólo y exclusivamente de nuestra voluntad, pase lo que pase fuera de nosotros, caigan los "chuzos de punta" que caigan, como parece estar pasando en nuestra realidad actual. Y que realmente el sufrimiento derivado de esos problemas es absolutamente inútil, ya que ese sufrimiento interno no va a cambiar la realidad que existe fuera. Ojalá con tanta preocupación, con tanta ansiedad, o con tanta locura colectiva como estamos presenciando estos días, la cosa pudiese mejorar. Pero no. El sufrimiento es absolutamente inútil para cambiar la realidad. Ahora sí, el sufrimiento tiene una función crucial: ser el mejor motor de cambio en nosotros. De los sufrimientos más extremos y prolongados surgen las revoluciones internas más regeneradoras. Quién sabe si el Universo, con todas sus leyes y principios, genera situaciones para que, por fin, demos ese paso que necesitamos dar. Quién sabe si a base de incumplir tales principios universales y de armonía con nuestro entorno, con nuestros congéneres y con nosotros mismos, nos toca asumir las consecuencias de tales rupturas con esos principios, y necesitemos darnos cuenta que debemos volver al cauce que nunca debimos abandonar. Todo dependerá de lo mal que vayan las cosas, y si el sufrimiento que nos genera todo esto es lo suficientemente grande como para conseguir que nos movilicemos por dentro. A veces necesitamos toparnos con una situación tan traumática como la colisión con un jabalí, un suicida en caída libre o un coronavirus calibre 19, para que salgamos del conformismo y la vida de rebaño, y se produzca una catarsis de arriba a abajo, por mucho que toque sufrir en el camino. Eso es precisamente lo que se celebran cada año en Tailandia con los festivales Loy Krathong y Yi Peng para festejar la llegada de un nuevo ciclo de vida y dejar atrás lo negativo de cada uno, lanzándose al cielo linternas de papel incandescente, o al río pequeñas balsas hechas de hojas de plátano, incienso y velas, como símbolos de echar con ellas los malos espíritus y las malas vibraciones para que así el viento o el agua se los lleve.

El mundo no es más que un reflejo de todos los desórdenes y conflictos internos que tenemos dentro cada uno de nosotros, de nuestros egoísmos y de nuestras rupturas. Por eso esto no va de cambiar el mundo. No va de que alguien nos solucione lo que está pasando. Va de SER EL CAMBIO que necesita el mundo. Va de algo que sí que podemos hacer cada uno de nosotros: DESPERTAR.  (CONTINUARÁ)


Festival de Loy Krathong en Tailandia (foto de John Shedrick)


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) ) https://www.patreon.com/posts/balance-de-de-de-26647734

miércoles, 28 de octubre de 2020

Espejismos

Espejismo (jplenio en Pixabay)


Empezó a anochecer. Y con ello mis temores. Las fuerzas flaqueaban ya. Nos creíamos a salvo, pero no. Todo había sido un espejismo. No estábamos donde creíamos. Había que empezar casi de cero. Debíamos volver a ponernos la ropa empapada, enfundarnos el "cortavientos", y adentrarnos de nuevo en aquel inmenso mar. No tardaría en irse la luz. Y sin linternas ni móvil, aquello se podría convertir en un "pequeño drama". No le gustó a Mey que pronunciara aquellas palabras. Evidenciaban mi preocupación. Miedo no, pero sí preocupación. Y ella lo estaba viviendo de una forma distinta. Por eso preferimos quedarnos callados, y remar. Remar con intensidad. Pero el cansancio atenazaba mis músculos, la mente empezó a patinar, y aquellas crecientes olas nos ganaban la batalla por instantes. Cada vez más agua inundaba la canoa. Cada vez más empapados. Cada vez más giros innecesarios en un zig-zag interminable. En el lejano paisaje de montañas que veía delante de nosotros, tomé la referencia de cómo las sombras de la noche tomaban el control. Y cada minuto que pasaba creía ver menos trozos de montaña sonrosados por el atardecer, y más trozos de un gris oscuro. Cosas de los nervios, probablemente. Me imaginaba que cuando el gris le ganara el pulso al rosa, nuestro panorama sería ya negro. Por eso, cuando aparecieron un par de lanchas a lo lejos, presentí que nuestros amigos ya habrían activado nuestro rescate. Pero no. Mi percepción quizás no era nada objetiva. Desde luego estaba muy alejada de la de Mey, como pude comprobar después. Quizás por eso no levanté las manos y los remos para pedir auxilio, como se me pasó por la cabeza en algún momento. Aún quedaba un rato de luz y había que aprovecharlos. Quizás la siguiente cala era la correcta. O quizás la siguiente. O quizás la otra.

Cueva de las Palomas (Wikiloc-Cejus)

El día había sido inolvidable. Por enésimo fin de semana consecutivo, Mey y yo habíamos decidido ejercer nuestra objeción de conciencia a este panorama de desasosiego, de miedo y de crispación que parece haber abducido a nuestra Humanidad. Sin embargo fuimos "más papistas que el Papa" en eso de mantener el metro y medio de distancias de seguridad, y nos lanzamos de nuevo a los brazos de la naturaleza junto a unos buenos amigos en Cabo de Gata. Ese sábado fuimos los únicos que botamos nuestro kayak para recorrer el precioso trayecto entre el Playazo y Las Negras. El resto de amigos lo harían por tierra. Navegamos junto al castillo de San Ramón, nos adentramos  en el hechizo de la cueva de las Palomas, rememoramos aquella comida especial en el camping de La Caleta de hace apenas dos meses y las horas de buceo en las cristalinas aguas de la cala del Cuervo, y llegamos con tiempo de sobra a Las Negras, para curiosear por los alrededores, hasta que el equipo terrestre nos alcanzara. Luego compartimos con ellos unos tercios, unas patatas de bolsa, y unos bocatas partidos a "cachos" en aquel bohemio malecón. Primero una bella conversación cargada de muchas risas en el almuerzo, y después un café en el bar Cerro Negro, hicieron de aquélla una tarde mágica. Y como suele suceder con la euforia del momento, improvisamos el regreso a casa sobre la marcha. En lugar de volver por el mismo recorrido, Mey y yo seguiríamos avanzando hasta las calas del Plomo y de Enmedio, mientras los demás regresarían andando a por los coches para recogernos. No cabía pérdida. La cala del Plomo tenía una construcción a la izquierda y un amplio cañaveral a la derecha. Avanzaríamos hasta la cala de Enmedio, que nos dijeron que era espectacular, y regresaríamos de nuevo a la del Plomo, porque era la única a la que se podía llegar en coche, tras siete kilómetros de carril polvoriento. Aunque ya llevábamos un par de horas remando, la propuesta era irrechazable, vista la belleza de aquellas columnas y rosetones de roca volcánica, que cualquier catedral humana habría deseado para sí.

No tardamos en llegar a nuestro destino. Una bandera pirata ondeaba al viento, mientras un par de chicas tomaban el sol, y una pareja nudista se mimetizaba con las rocas. Como había pasado por la mañana, nuestra velocidad era mayor que la de los senderistas. Así que mantuvimos el plan, y llegamos también pronto a la cala de Enmedio. Efectivamente valía la pena: dos grandes rocas a cada lado la ocultaban de las miradas curiosas, y cual unicornio misterioso, una cabra montesa nos dio la bienvenida en la misma playa. No podía haber un mejor colofón para un día así.

Ya algo cansados, regresamos a la cala del Plomo, con algo de fresco, porque aquellos altos acantilados ya ocultaban los rayos del Lorenzo. Pero la arena de aquella playa aún estaba al sol. Así que descendimos algo entumecidos del kayak, y rápidamente nos cambiamos de bañador y de camiseta para no enfriarnos. Y como sucedió por la mañana, el equipo acuático había vencido al equipo terrestre. Nos vendría bien, porque ya llevábamos casi tres horas y media remando, y el cuerpo no está acostumbrado a estos "tutes". Así que un poco de relax, tumbados en aquel atardecer paradisíaco, nos vendría "de perlas". Nuestros amigos podrían tardar lo que quisieran. Nosotros ya estábamos a salvo.

Cabo de Gata (Wikiloc-Cejus)
Sin embargo, algo no cuadraba. Por mucho que lo intentábamos, no lográbamos ver el aparcamiento de coches detrás de aquel cañaveral. Por allí debían llegar nuestros amigos a recogernos. Pero nada. Ni un coche. Preguntamos a las dos chicas que tomaban el sol, y sus palabras supusieron un bofetón. De repente, el momento idílico en aquella cala de ensueño se convirtió en una escena surrealista. Efectivamente allí había una construcción y un cañaveral, pero aquello no era la cala del Plomo sino la de San Pedro. Hasta la del Plomo, quedaban aún unos buenos kilómetros. Vamos, que aquella cabra montesa que se nos apareció en aquella cala desierta, aún estaba bastante antes de nuestro destino, y nosotros nos habíamos vuelto para atrás. Como con el plan improvisado ni habíamos cogido el móvil, les pedimos a aquellas chicas una llamada de gracia para tranquilizar a nuestros amigos sobre nuestra posición, y avisarles de nuestro retraso. Pero nada, no debían oírlo con su particular espejismo de la situación.

Y así fue cómo, con las tardías sombras del atardecer, un luminoso día cargado de bellas emociones, se había transformado en un motivo de preocupación. Al menos para mí. Y cada cala que pasábamos se convertía en una pequeña frustración por no ser nuestro destino y por no descubrir en ella a nuestros amigos esperándonos. Una y otra vez. Una y otra vez. Y cada vez más frío. Y cada vez más mojados. Y cada vez más oscuro.

Habíamos cumplido "a rajatable" las especificaciones: "una construcción a la izquierda y un cañaveral a la derecha en la Cala del Plomo; y dos grandes piedras delimitando la cala de Enmedio". Y justo con esas instrucciones bajo el brazo, habíamos llegado a nuestro destino. Pero todo había sido un espejismo. Aquel no era nuestro destino. Quizás estábamos en lo cierto con esa descripción. Pero quizás la verdad tiene muchas caras, que a veces desconocemos. Incluso para los dos remeros de nuestro kayak, que vivíamos con distinta intensidad la premura por llegar a nuestro destino, así como el tiempo de luz que nos quedaba para ello. Cada persona experimenta la realidad según sus vivencias y experiencias pasadas, o según su propia forma de ser. Por eso, ni siquiera Mey y yo percibíamos lo mismo, remando al unísono, como íbamos. Ni aquella cala en la que habíamos descendido se llamaba del Plomo, ni hasta ella podían acceder los coches. Todo había sido una pequeña broma del destino, creando una coincidencia en la vaga descripción de dos calas alejadas por unos cuantos kilómetros. Pero ya no había remedio. Sólo quedaba remar. De poco valía preocuparse. Sólo valía ya ocuparse. Por muy pocas fuerzas que quedasen ya.

Y justo cuando ya parecíamos desfallecer, y tan sólo se divisaban lejanas luces en Agua Amarga, en el recodo de nuestra enésima esperanza de destino divisamos una construcción y un cañaveral. En realidad ni uno ni otro tenían nada que ver con los de la cala que habíamos tomado por nuestro destino, unos kilómetros atrás. Pero eso es lo que pasa con los espejismos. Que los haces "tu verdad", aunque poco tengan que ver con "la verdad".

Cabo de Gata (Wikiloc-Cejus)
Cuando a lo lejos avistamos la figura de Gema, las sonrisas volvieron a bordo, aunque estaba sola y muy afanada con su móvil. Luije, efectivamente, había salido en nuestro búsqueda. Su espejismo mental había consistido en que, quizás alguno de nosotros habría sufrido alguna contractura o se habría sentido mal, y habíamos regresado a las Negras. No era normal que no hubiéramos llegado aún a esas horas. Algunos pescadores y bañistas así se lo habían corroborado. Y cada uno ya estaba planificando su plan conforme a tal espejismo. Luije preparando la llamada a un familiar para que nos buscara con su lancha. Y Gema consultando el teléfono para avisar al servicio de rescate marítimo. ¡Menuda odisea podíamos haber liado!

Ya con el kayak desmontado en el coche, exhaustos, y llenos de arena y sal, reflexionábamos  en el camino de regreso a casa de Gema, sobre lo compleja que es la realidad. Todos habíamos actuado conforme a la verdad de lo que sabíamos. Y sin embargo, se podía haber montado un buen "pollo". Probablemente se podría haber evitado con menos euforia e improvisación en el plan vespertino. Quizás nos podríamos haber detenido a ver los detalles del recorrido. O podríamos haber buscado unas fotos para asegurarnos antes de salir. O al menos habernos llevado el móvil y una linterna. Pero lo cierto es que Luije y Gema ya se habían imaginado tres o cuatro escenarios que podían explicar nuestro extraño retraso, y nosotros habíamos situado nuestra cala de destino unos pocos kilómetros antes. Cada uno estaba viviendo "su verdad", mientras "la verdad" seguía su curso, e impedía nuestro reencuentro. Con razón decía Machado aquello de "¿Tu verdad? No, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela". Y sin embargo, ¡cómo cuesta despegarse de "nuestra" verdad, por muy insuficientes que sean los cimientos de ésta! Un proverbio zen japonés lo expresa de otra forma: "No busques la verdad; descarta tus opiniones".


Tanto nosotros como Luije y Gema habíamos creado nuestro particular espejismo con su correspondiente "castillo en el aire", como sucede con el efecto Fata Morgana, o "hada Morgana" en italiano, en referencia a la hermanastra del Rey Arturo, Morgan le Fay, que, según la leyenda, era un hada cambiante. Esta ilusión óptica tiene una fácil explicación y se debe a una inversión de temperatura, de modo que objetos que se encuentran en el horizonte como, por ejemplo, islas, acantilados, barcos o témpanos de hielo, adquieren una apariencia alargada y elevada, similar a "castillos de cuentos de hadas". Pues lo mismo nos sucedió a cada uno de nosotros: por una pequeña interpretación que hacíamos de la realidad en base a la parte de información de que disponíamos cada uno, habíamos construido nuestro particular "castillo de la realidad".

Atardecer en Cabo de Gata (Wikiloc-Cejus)
Alguien dijo hace dos milenios aquello de "la verdad os hará libres". Y eso es tan cierto como que, por desgracia, cada persona acaba haciendo de "la verdad" su pequeña versión. Y esas "mini" versiones de "la verdad", con el posesivo delante, dejan de ser verdad. Y es cuando "mi verdad" me acaba esclavizando a mi versión de los hechos y de la realidad. Y si pueden suceder estas distorsiones o confusiones en una simple "quedada" para llegar por distintos caminos a una misma playa, imaginemos lo que sucede cuando la realidad es tan compleja como la que vivimos actualmente, con un teórico virus que, también teóricamente, está amenazando la salud pública y el desarrollo de toda la Humanidad. ¿Cuántas "verdades" surgen de un panorama tan incierto y desconcertante? Probablemente tantas como habitantes hay en este planeta. Cada uno con "su verdad", y además permanentemente cambiando entre una oleada y otra del dichoso virus, o entre un narrador u otro de dicha "realidad". Narradores que no tendrán escrúpulos para contar verdades cargadas de "fake" para condicionar nuestra fe, nuestro voto, nuestra compra o nuestro miedo. Y así nos va. Unos culpándonos a otros. Unas verdades enfrentadas a  otras. Las personas mayores culpando a los jóvenes por reunirse en cafeterías y bares, olvidando cuando ellos lo hacían. Y los jóvenes sorprendidos de que los mayores quieran desplazarse a sus segundas residencias, a pesar de las prohibiciones. Unos tratando de luchar contra el virus para derrotarlo, y otros resaltando que ni es tan mortal ni tan peligroso, y que las medidas que se están aplicando traerán consecuencias peores que las que se intentan evitar. Unos buscando complots y conspiraciones en la creación y propagación del virus, y otros a la caza de los bulos que desacrediten a los primeros. Unos, partidarios de la "protección focalizada" para evitar el colapso económico y las secuelas mentales y por otras enfermedades que puede acarrear todo esto a la mayoría de la población no vulnerable, y otros partidarios de los confinamientos, los toques de queda, y los estados de alarma cada vez más estrictos. Cada uno con "su verdad". Y consiguientemente, esclavos de ella. Bajo una consigna. Bajo una bandera. Bajo un lema. Bajo un plan.

Si de verdad queremos que la verdad nos haga libres, nos va a tocar soltar amarras de "nuestra verdad", y abrirnos a que "la verdad" nos sorprenda y nos interpele con toda su plenitud. Nos tememos que no hay otra forma de encontrarnos y volver juntos a casa. A esta casa que compartimos todos y en la que verdaderamente podríamos vivir libres de intereses e ideologías.