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viernes, 10 de marzo de 2023

Entrenar la mirada

¿Qué buscamos cuando miramos al cielo? El pasado lunes 27 de febrero, el piloto de Easy Jet del vuelo EZY1806 entre Reykjavik y Manchester inesperadamente dio un giro de 360 grados para deleite de sus pasajeros. El motivo era exactamente el mismo que hizo que, ese mismo día, Mey y yo, junto a decenas de universitarios, estuviéramos pasando frío a 10 grados bajo cero en un bosque de las afueras de Estocolmo, en plena oscuridad, a las 12 de la noche, junto a un lago completamente helado. Una locura, sin duda...o quizás no tanto.

Tor_Ivar Naeess
El piloto se topó con el inesperado regalo de una aurora boreal en pleno vuelo, y quiso compartirlo con los pasajeros y la tripulación. Y a nosotros ese mismo fenómeno nos pilló de escapada "de novios" en Estocolmo, donde las auroras boreales no suelen prodigarse. Y quisimos acudir a la cita, animados por las probabilidades de visualización que se anunciaban para ese día. Nuestra vista no captó el espectáculo con tanta intensidad como nuestros móviles, saturando la luz, o como los viajeros de ese vuelo. Pero era lo de menos. Mientras esperábamos mirando al cielo, no podía evitar pensar en esa fascinación que nos provoca el espectáculo del firmamento. En el caso de las auroras, va mucho más allá del fenómeno físico que hay detrás, cuando partículas solares cargadas chocan con la magnetósfera de la Tierra. ¿Por qué nos emociona tanto? ¿Por qué el mundo parece detenerse? ¿Por qué los amigos alucinan al contárselo? ¿Es simplemente por un afán de coleccionar rarezas, experiencias o fotos bellas? ¿O hay algo más?
Esa misma sensación de deleite y gozo colectivo siempre nos ha sorprendido en los mágicos atardeceres de bellos lugares. Da igual que sea en las playas de Tarifa o en el cabo de Finisterre, tras finalizar el Camino de Santiago. Decenas o centenares de personas se congregan en un mismo lugar, a la misma hora. Y en los momentos finales en que el sol está a punto de desaparecer, se hace el silencio, las parejas se abrazan, aquello que siempre nos separa de los demás de repente desaparece, hasta que la atención se concentra sólo y exclusivamente ahí, en el cielo. Y finalmente una fuerte ovación de "todos a una" culmina ese instante mágico. Como si de repente, todas las disputas, las prisas, y las paranoias de nuestra Humanidad se detuvieran en seco, para poner toda la atención en un mismo propósito. Igual que ante una enorme luna llena apareciendo gigante en el horizonte o ante un gran eclipse solar. Decenas de veces hemos visto a gente pararse en la carretera sólo para contemplar esos instantes. Quizás sea que cuando algo no es tan frecuente, le prestamos atención y casi veneración, como veíamos hace unos días a la gente en Estocolmo poniéndose al sol en mangas cortas, en cuanto salía un pequeño rayo, estando bajo cero, como si fueran caracoles. ¿Pero por qué? ¿Qué hace que Netflix, Instagram o Facebook resulten tan secundarios frente a la inmensa belleza y hechizo que ofrece la bóveda celeste en esos momentos? ¿Es quizás la veneración a la magia que le atribuían nuestros antepasados a esos fenómenos? ¿Es quizás la toma de conciencia de que pocos instantes como ese se repetirán en nuestras vidas? ¿O es que logran sacarnos, a base de luz, color y belleza de una vida quizás demasiado repetitiva?
Vuelo EZY1806 Reykjavik-Manchester

No es que el sol, la luna, las nubes o el cielo en general se merezcan ese asombro y las demás cosas no. Quizás debamos preguntarnos por qué no nos sorprendemos tanto contemplando el resto de cosas. Por qué nuestra vida no es puro asombro. Qué hemos hecho con nuestro don para maravillarnos de las pequeñas cosas. ¿Qué pasaría si tuviéramos la capacidad o la costumbre de observar la vida como observamos el cielo en esas ocasiones? Yo, a veces, me quedo largos ratos extasiado contemplando desde la distancia cómo Mey acaricia sus plantas en el campo, cómo les habla, como las anima a recuperarse y coger fuerza. Me parece un milagro ver su capacidad de hacerse "UNO" con lo que le rodea, de intercambiar energía con su entorno, y de desparramar gratitud por poder disfrutar de cada instante. Y muchas veces, cuando salgo del ensimismamiento de mirarla, me doy cuenta de que esa misma gratitud está brotando también dentro de mí al observarla, sintiendo la suerte de tenerla a mi lado, y de poder disfrutar con ella de tantos pequeños placeres de la vida.
Estocolmo, 27-2-23

Sería maravilloso cultivar esa capacidad de admiración en lo que hacemos y vivimos cada día. Nos llevaría a apreciar lo bello que hay en todo. A valorar lo efímero de nuestra existencia. Y probablemente, sería una hermosa excusa para centrarnos en el aquí y ahora, sin hacer nada. Sin mirar al reloj. Sin tratar de llegar a un resultado. Simplemente siendo agradecidos. Porque en el fondo: ¿cuándo fue la última vez que sentimos la fuerza de la gratitud ante el milagro de poder tener un techo, una cama, un bocado que echarnos a la boca o quizás el abrazo de quienes nos quieren o nos cuidan? ¿Acaso eso no debería sorprendernos mucho más que las auroras boreales, las estrellas fugaces o los eclipses lunares? ¿No es un auténtico milagro que forma parte de nuestro "día a día" y que sin embargo, parecemos obviar?
Quizás la gratitud esté mucho más cerca de la capacidad de asombro de lo que imaginamos. Y quizás sumando asombro y gratitud puede que nos encontremos a nosotros mismos, que de vez en cuando andamos algo perdidos por la vida. Por eso, a lo mejor no viene mal hacer el ejercicio de entrenar la mirada, y ver auroras boreales en todo lo que nos rodea. Porque como decía Alan Watts, "cuando miras al cielo, no buscas a Dios, te buscas a ti".

 

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viernes, 10 de mayo de 2019

Círculos de autenticidad

(ENGLISH VERSION: HERE)

No había expectativas. No se esperaba conseguir nada. No se pretendía llegar a ningún resultado. Ni cerrar ningún acuerdo. Ni resolver ninguna tarea pendiente. O iniciar ningún proyecto. No nos conocíamos la mayoría de los que habíamos quedado. Con lo cual ni había un mínimo compromiso social. Ni siquiera de que se tuviera que volver a repetir esa atípica "quedada". Aunque todos nos quedamos con tan buen sabor de boca, que se repetirá. Seguro. 
Por eso, quizás, salió todo tan bien. Por eso los círculos Awakin no hacen más que crecer por todo el mundo. Por eso los que vinieron de Burgos nos dicen que organizan uno cada lunes desde hace años. Este mundo de prisas, agendas desbordadas y quehaceres interminables no suele regirse por unos parámetros así. Una hora de silencio, una ronda de intervenciones en base a un texto anteriormente elegido, y una buena cena compartida, elaborada entre todos, y regada con risas y bromas. Sin gurús ni afiliación religiosa o ideológica. Así de sencillo. Así de revolucionario.
No pararon de dar las gracias. Durante toda la noche y al despedirse también. Y es curioso, porque éramos nosotros los que nos sentíamos agradecidos por haber tenido un grupo de gente tan excepcional en casa aquella noche. Cuando uno recibe un regalo, la gratitud brota "a borbotones". Y todos sentíamos que aquello era un auténtico regalo. Para todos. Por eso aquella gratitud tan contagiosa. Y por eso daba igual que apenas un par de ellos hubieran estado en nuestro hogar antes: todos parecían pertenecer a nuestro círculo más cercano después.
Hubo más invitados. Pero quizás eso de estar una hora en silencio y meditación echa para atrás aún a demasiada gente. Y resulta curioso, porque en los tiempos que corren, poder encontrarte contigo mismo durante un buen rato, junto a otros que también lo intentan, debería ser el mayor de los regalos. Pero aún para muchos se convierte en todo un tormento. Estar con uno mismo a solas, rodeado de gente. ¡Qué horror! Así que los 18 que estábamos, éramos sin duda los que teníamos que estar. Al menos esa noche.
¿Qué nos unía entonces a todos los que estábamos allí? La respuesta no es sencilla. Desde luego no era una cita a ciegas. Quizás cualquiera ajeno a aquel círculo habría dicho qué éramos unos frikis de la "new age". Puede ser. Pero sentimos con intensidad que nos unía un proceso de búsqueda, un optimismo patológico, un anhelo por un mundo mejor, una apuesta decidida por integrar lo interno y lo externo... Sólo eso. O nada más y nada menos que eso. Porque en los tiempos que corren puede que sea una actitud bien escasa, que hay que cultivar y mimar.
Sorprende descubrir cómo un grupo de desconocidos abren su corazón ante un simple texto de Krishnamurti o un buen rato de silencio. Personas que comparten que sólo ante un ego herido cabe ejercer el perdón. Que visualizan la dura pugna permanente entre la libertad y la pertenencia en todos nuestros círculos familiares y de amistades. Que se maravillan ante el poder de la escucha activa del otro. Que comparten el misterio paradójico de una grave enfermedad que te abre puertas maravillosas e inimaginables. Que regalan experiencias vividas cargadas de solidaridad en tierras lejanas o muy cercanas. Que se declaran unos convencidos practicantes del "dar sin esperar nada a cambio", recibiendo sin medida. Que revelan descubrimientos profundos sobre el amor humano y divino, que no hay que buscar fuera sino muy dentro de uno mismo. Que callan experiencias vividas, que merecerían estar en todos los telediarios, por mantener a raya a sus egos. Que ponen en valor el mero compartir sin expectativas de resultados, y cómo de ahí surge la magia más auténtica. Que han descubierto la importancia de desaprender lo aprendido como forma de vivir la vida de veras, incluso en soledad.
No es fácil toparse con tanta sabiduría reconcentrada en un grupo de gente corriente, en principio desconocidos entre sí. No es fácil cambiar el mundo sin vaciarse por dentro, sin contagiarse de tanta energía "chunga". No es fácil actuar fuera sin trabajarse bien por dentro. Habrá que seguir practicando este tipo de círculos de autenticidad. Sin lugar a dudas.


NOTA: Os compartimos el balance económico de algunos de los proyectos solidarios que impulsamos gracias a los granitos de arena de muchos de vosotr@s, así como las distintas vías que empleamos para ello (por si algun@ se anima a unirse ;) )