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miércoles, 22 de marzo de 2017

22 de marzo

Hoy me he levantado muy temprano. Mucho más de lo habitual. No se oía ningún pajarillo. Y eso que en estos inicios de la primavera andan ya alborotados desde antes del amanecer. Siempre que tengo alguna preocupación, alguna idea "entre ceja y ceja", o algún reto entre manos me despierto antes de lo normal. Hoy no era el caso. Hoy era de puro gozo, en la fecha más señalada, ésa que nunca se olvida. Después de muchos meses me he afeitado. Se lo había prometido a las dos personas que más me besan en el mundo. Me he quitado varios años de encima. Quizás no tantos como para confundirme con el de aquel otro día de marzo. Me he regalado un buen rato de meditación. Mucho más largo de lo habitual. Había mucho que agradecer hoy a la Vida.
Aquel 22 de marzo también me levanté temprano. Quizás no tanto como hoy. Pero lo suficiente como para tener luego que hacer tiempo junto a mi madre, la madrina. Es curioso, pero siempre recordaré esos instantes previos de nerviosismo apaciguado junto a ella. Puedo afirmar, sin lugar a dudas, que fue de los días más felices de mi existencia. Y no porque fuera la primera vez que llevaba chaqué (y probablemente la última). Ni porque fuéramos el centro de todas las miradas y flashes. Sino porque de verdad disfrutamos como "enanos". No recuerdo haber bailado tanto ni haberme reído tanto en toda mi vida. Habíamos decidido sentir nuestra boda en toda su intensidad, más allá de los convencionalismos habituales. Por eso quisimos vivir en plenitud cada momento, incluidas las largas carcajadas espontáneas que brotaron para sorpresa de todos en medio de la ceremonia. Probablemente si fuera hoy, los invitados serían otros, y quizás nos sobrarían chaqués, corbatas, carpas y caterings. Pero probablemente eso es lo de menos. Era un momento para festejar, sin aferrarse a que debiera salir de una u otra forma. Sin agobios. Sin tensiones. Y así lo vivimos nosotros. Quizás porque sólo era la exteriorización de un compromiso que nos habíamos dado sin testigos ya muchos meses antes, en una playa desértica. Uno de esos compromisos que van más allá de protocolos, de registros civiles, y de ceremonias. Quién sabe si procedente de otras vidas anteriores.
Hubo también risas cuando se me perdió el anillo momentáneamente entre las sábanas en aquella noche de bodas. Y cuando ella se deshizo el tocado del pelo y se llenó la habitación de las toneladas de arroz que nos habían lanzado horas antes. También hubo risas cuando pasamos la tercera noche de casados durmiendo en nuestro "pandilla" azul en medio de un bosque francés por habernos quedado sin gasolina al inicio de nuestra luna de miel.
Hoy no habrá grandes festejos aunque celebremos nuestras bodas de porcelana. Veinte años de casados no se cumplen todos los días, ni los cumple todo el mundo. Pero hoy trabajamos los dos: yo por la mañana y ella por la tarde. Toca tutoría en el instituto de los niños, compra en el supermercado, y cita de médicos. Será complicado encontrar hueco, salvo quizás para un capuccino en nuestra cafetería favorita. Pero después de tantos años, he aprendido de ella que la verdadera celebración radica en la maravillosa cotidianeidad que compartimos. No hace falta vivir una vida de aventuras para ser feliz. Cuando se es feliz, la vida más normal se convierte en una aventura. Y los pequeños momentos despliegan toda la magia de una vida auténtica. No hacen falta grandes festejos, ni grandes ceremonias, ni enormes fuegos artificiales. La vida es un regalo inmenso teniéndola a mi lado. Dure lo que dure. Hasta las bodas de plata, de oro o de platino. O hasta mañana. Viviendo el presente junto a ella, como si fuera el último día.


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jueves, 16 de marzo de 2017

Poderoso caballero

No hay nada más difícil que la búsqueda de la coherencia en medio de la pura incoherencia. Tratar de tener principios en un mundo de intereses, de competencia y de prioridad por el dinero se antoja una tarea titánica. Y por todos los rincones acechan los dilemas morales y éticos. Gran escuela, sin duda, para la búsqueda de un mundo diferente para vivir.
Esta semana hemos tenido varias ejemplos. En uno de ellos, una buena amiga que trabaja en una empresa de seguros (en este caso a su pesar), nos pidió un favor: trasladar a su compañía los posibles planes de pensiones que tuviéramos en la familia para beneficiarse de la correspondiente comisión. Han pasado apuros en los últimos tiempos, y me pareció razonable, ya que hace mucho años tuvimos operativos nuestros planes de pensiones, y quizás ella podía beneficiarse de ello. Los giros radicales en nuestra vida aún no habían llegado, y actuábamos entonces en muchos temas como lo hace la mayoría: sin plantearnos los "cómos", los "por qués", ni las consecuencias. Creía "a pies juntillas" lo que me habían enseñado en la universidad y las consignas del telediario de turno. Ya se sabe: "¡que viene el coco"... Que si la incertidumbre sobre el futuro. Que si la quiebra del sistema de pensiones. Que si los ancianos desahuciados tras toda una vida trabajando... Pero hubo un momento en que decidimos parar las aportaciones. Actuar por miedo es una gran baza comercial y publicitaria. Les funciona de maravilla. Pero cuando empiezas a actuar con consciencia, muchos miedos se diluyen. Y decidimos no seguir alimentando al "monstruo", invirtiendo nuestro dinero en destinos incompatibles con nuestros principios. A diferencia de hoy día, en aquel entonces la banca ética o la responsabilidad social corporativa eran pura ciencia-ficción, y lo más coherente nos pareció paralizar las aportaciones y olvidarnos del tema. Ese dinero quedaba así bloqueado "per se" hasta nuestra jubilación, o algo peor. Parar las aportaciones era la mejor opción en aquel momento si queríamos ser coherentes. Y nos olvidamos de ese dinero literalmente. Incluso de cuánto había acumulado hasta ese momento. Reconozco que ese desapego es sano, y te puede ayudar a invertir en tiempo y en relaciones de calidad. Pero también es algo inconsciente, porque con ese dinero el banco podía seguir invirtiendo en barbaridades como la destrucción de bosques, prospecciones petrolíferas abusivas, fracking, prácticas bancarias mafiosas o un sinfín de tropelías que nos parecen una barbaridad en los telediarios pero que financiamos con nuestras inversiones en bolsa o en los planes de pensiones. Y ha sido ahora, a raíz de la petición de mi amiga, cuando hemos desempolvado el asunto, y nos sorprendíamos de la cuantía acumulada. Nuestra amiga también.
Realmente me fío muy poco del banco donde tenía los fondos de pensiones. Tan poco como de la empresa de seguros de mi amiga. Y si nos planteamos el cambio era por favorecerla a ella. Pero al ver el importe de la cuantía acumulada, tomamos consciencia de la necesidad de actuar con coherencia. No podíamos seguir mirando para otro lado y que ese dinero siguiera destinándose a valores que inviertan de forma injusta o insostenible. Revisamos uno a uno todos los planes de pensiones que nos proponía ella, y todos incluían en su cartera empresas o países cuyas actuaciones hemos criticado o denunciado, firmando en Change y otras plataformas de lucha. Hace unos años plantearte otras opciones éticas de inversión era simplemente utópico. Pero cada vez más afloran alternativas para que al menos tu dinero no se destine a empeorar aún más nuestro planeta. Pero ser consciente resulta incómodo. Para ti y para los demás. Es más fácil actuar como lo habíamos hecho estos años, olvidándote de todo o mirando para otro lado. Pero si te planteas que tu dinero es otra forma de energía, y que con él puedes impulsar un mundo mejor, o al menos no seguir empeorándolo, la molestia vale la pena.
Me remitieron varias opciones, pero ninguna con enfoque ético. La rentabilidad, la seguridad o la liquidez parecen ser los criterios supremos por los que se rige la inmensa mayoría de los ciudadanos al invertir. La ética y el destino del dinero parece algo secundario. "Dame pasta y no me digas de dónde la has sacado". Esa parece ser la consigna. Por eso nos pareció importante no claudicar, y que los bancos y las empresas de seguros empiecen a tropezarse con "bichos raros" como nosotros, para que empiecen a plantearse otros enfoques de inversión. Incluso que conozcan que hay gente que quiere ser "ahorrador ético activo".
Sin embargo, el sistema está bien pertrechado contra individuos "raritos". La misma sensación hemos tenido cuando hemos dado pasos en busca de una mayor coherencia en la alimentación. Y en este caso, aunque ni siquiera habíamos firmado, el traspaso de nuestros fondos era ya efectivo tras unos pocos whatsapps de intercambio de impresiones. ¡Qué bien sabe el sistema cómo apañárselas para hacernos sus guardianes, o como mínimo sus cómplices!
Menudo dilema. Si simplemente hubiéramos traspasado los fondos sin mirar nada más, con la inconsciencia con que habían dormido estos años, no habría habido ningún problema. Pero si con ese traspaso te planteas ser coherente y consciente, la opción de la empresa de mi amiga dejaba de ser opción. O ayudarle en su comisión y situación familiar invirtiendo en valores que nos generan rechazo, o deshacer el traspaso invirtiendo en valores más éticos y darle la espalda a ella. Difícil coyuntura. La misma que cuando en casa de un amigo o familiar te ponen un filete con todo el cariño, y tú te planteas rechazarlo por cariño a los animales. O cuando decides que encender una lámpara en casa no suponga quemar más combustibles fósiles. Tras hacer números vimos que ella podría alcanzar sus objetivos trimestrales simplemente con uno de los fondos, que deberíamos mantener unos meses con ella. El otro podíamos trasladarlo a opciones más éticas. Al margen de las decisiones de nuestra amiga, nosotros incurríamos en incoherencia dejando uno de los fondos, pero ayudar a nuestra amiga también forma parte de nuestros principios. Así que un fondo ha ido a parar a la banca ética, y el otro a darle un "empujoncito" a nuestra amiga durante unos meses. Difíciles equilibrios en un mundo lleno de incoherencias donde Don Dinero, por desgracia, sigue siendo poderoso caballero.

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jueves, 9 de marzo de 2017

Idas y venidas

Todo cambia. Nada permanece. Lo único constante es el cambio. Y probablemente la tarea más complicada que tenemos como seres humanos es encontrar el equilibrio en ese constante ir y venir que es la vida. Se trata de enriquecernos y crecer con lo que llega a nosotros, con lo que exploramos, y con lo que vivimos en nuestra cotidianeidad. En el aquí y en el allí. Con éstos y con aquéllos. Y poco creceríamos si pensáramos que lo que hacemos, quienes nos rodean o donde habitamos constituyen la única realidad. Como tampoco nos enriqueceríamos si nuestra vida fuese una constante mutación y réplica de lo que vemos y vivimos a nuestro alrededor. Alcanzar el equilibrio y la serenidad en estas constantes idas y venidas, mantenerse en el Ser en un constante Hacer, Ir y Venir quizás sea uno de los grandes retos de nuestra existencia.
Entrenar a nuestros hijos en esa realidad constituye uno de nuestros principales cometidos. De poco sirve tenerlos entre algodones en el "nidito" familiar, si en un suspiro se toparán con ese cambio constante, que cada vez parece acelerarse más y más. Por eso, quizás para muchos, nuestra vida familiar resulta una montaña rusa permanente. Aparecen por casa gente como Ilse, Helinah y Tyrone desde Bélgica y Australia, y nos colman de aventuras, de compromiso solidario y de sabiduría con su presencia. Pablo nos envía un precioso regalo musical por San Valentín junto al coro de su Instituto en Estados Unidos. También nos planteaba ayer un posible intercambio con una amiga francesa. Ahora está allí. En tres meses ya estará aquí. También vendrán Adam y Brittany, su familia americana de acogida, y sin duda surgirán nuevos lazos, nuevas complicidades, nuevos aprendizajes. Ya en agosto le tocará a Samuel iniciar su periplo americano, y como a Pablo, le supondrá un antes y un después en su vida.
Hace pocos días aterrizamos de Bruselas. Siempre aprovechamos la Semana Blanca de febrero para encontrar algún viaje "chollo" y este año ha tocado Bélgica. El año pasado tocó Noruega. Y no sólo nos llevamos preciosas vivencias del romanticismo de Brujas, del bullicio universitario de Gante, o de lo vivido en Bruselas: la Grand-Place, el Manneken Pis, el Atomium, el Parlamento Europeo, las fachadas de comics, el museo de instrumentos musicales, el surrealismo de Magritte, los gofres, el chocolate o la cerveza belga.... También nos llevamos el cariño de Anne, una belga afincada en Málaga antigua compañera de trabajo de Mey, que nos preparó un maravilloso itinerario lleno de sorpresas. También el encuentro con su hermana Cécile y su familia, en una cena entrañable tras un precioso recorrido bruselense. Y por supuesto, el contacto con Julie, la dueña del bohemio apartamento en el que estuvimos. Ella es cantante y directora de cine, y acaba de lanzar un interesante documental que ha puesto nuestro foco de atención en la realidad africana. Estaba en Burkina Faso cuando llegamos. Ello nos permitió disfrutar de la amabilidad de su vecino Augustin. Y sin duda como con Cécile y Anne, se abrirán nuevas experiencias futuras con ella. Para eso está whatsapp, facebook, gmail...
Ahora estamos inmersos en nuevas vorágines cotidianas. Que si una pequeña reforma en el baño porque se nos caían los azulejos. Que si la matrícula de Pablo para su vuelta de Estados Unidos. Que si la nueva asociación por la educación musical en la Axarquía. Que si la venta de nuestro antiguo coche. Que si la traducción del cuento de Mey con sus alumnos para las extraescolares de la Escuela de Idiomas, y todo el trajín de sus exámenes trimestrales. Que si unas presentaciones de un libro de nuestros amigos de O Couso en Málaga y Alozaina. Que si éste o aquel papeleo...Hacer, hacer, hacer. Ir y venir constantes. Búsqueda del difícil equilibrio dentro de un ajetreo incesante.
Hace unos años creamos una ONG entre unos amigos de aquí, de la Axarquía. A alguien se le ocurrió un nombre inmejorable. Nadie dudó ni un instante de su conveniencia: Asociación De Aquí Para Allá (ADAPA). ¿Acaso hay mejor forma de describir lo que es la vida y la solidaridad? ¿Idas y venidas? ¿Ir de aquí para allá? ¿Dar y recibir del que está aquí para el que está allí, o viceversa? ¿Conectar energías de unos y otros para impulsarnos como seres humanos, y para hacer de un mundo bueno, un mundo mejor? Precisamente vivimos una de esas bellas conexiones ahora. Tras nuestra experiencia personal, ADAPA acaba de hacer una generosa aportación al proyecto de Kenya de nuestra amiga Ilse, tras su precioso reto de más de 1.000km descalza con su hija a hombros. Ilse partirá de Bélgica hacia África en unos días para gestionar la entrega directa  a su destino final de los fondos recaudados durante los tres meses de su odisea. Además de dinero para filtros de agua potable, material y enseres, llevará consigo más de 1.000 pares de zapatos que le han donado por todas las zapaterías belgas. Es curioso cómo Bélgica y África han aparecido en nuestras vidas en las últimas semanas. ¿Quién sabe si  en nuestras próximas idas y venidas aparecerán Kenya, Burquina Faso o el Congo?


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